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Relatos que entienden

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Re: Relatos que entienden

Mensaje  Cool el Septiembre 1st 2009, 6:52 am

ajajjaa q vida... :risasuelos:
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Re: Relatos que entienden

Mensaje  julia el Septiembre 4th 2009, 4:29 pm

Otro relato de Inés Núñez, publicado en su libro amor im...perfecto que os recomiendo leer entero. Hay relatos muy buenos.

Buena, bonita y…

Tenía un corazón “Cinco Jotas” y unas tetas de calibre ciento diez. Por eso me gustaba tanto. No es que yo sea una tía romántica, pero de vez en cuando tengo mi puntito de ternura. Soy lo que se dice una tía legal. Cumplí condena porque le asesté doce puñaladas al mal nacido que me sacó de casa con quince años para que me casara con él, cobrándose de esa manera una deuda de juego de mi “santo” padre. Fue así como pasé de jugar con la Nancy a jugar con una polla peluda.

Pero volvamos a las “Cinco Jotas” o, mejor dicho, a Charo, que así se llamaba mi princesa. Era la cajera del Día de mi barrio y tenía los años cosidos a la piel, pero a mí no me importaba. Es más, me parecía una mujer de esas de toda la vida, con las manos ásperas y un olor a mezcla de lejía y agua de colonia barata que hacía que se me saltaran las lágrimas. Era de esas mujeres que se debaten entre las ofertas y los saldos desarrollando un instinto casi animal.

Cuando nos miramos en la cola del súper compartimos un mismo y silencioso destino. No nos cruzamos ni cuatro palabras, pero en sus ojos pude ver el cansancio y el hastío, pude leer en su rostro como en el folleto de las ofertas del Día para la semana. Ella aún no sabía que yo la amaba, que estaba de fiesta desde que la conocía. Una tarde la esperé a la salida y la invité a un café. Ella me miró extrañada.

—No soy mujer de dejarse invitar—me hizo saber, pero estaba tan cansada que no tuvo fuerzas para buscar una excusa.

Lo que le esperaba en casa bien podía esperar a que ella se tomara un café sentada. Al fin y al cabo yo era una clienta asidua y podía confiar en mí.

Era posible que yo estuviera igual de sola y de cansada que ella, debió de pensar.

Nos sentamos en una mesa al fondo de una cafetería del centro de Alcobendas. Un sitio horrible, frío y gris que no ayudaba mucho. No es que pensara declararme allí mismo, pero había que ir abonando el terreno, así que sin pensármelo dos veces la invité a tortitas con nata. ¡Qué carajo, un día es un día! Nos contamos nuestras vidas, que casi parecían calcadas. No dejábamos de interrumpirnos. Continuamente
nos pedíamos perdón por quitarnos la palabra y, entre risas, atropelladamente, volvíamos a empezar donde lo habíamos dejado. Los finales de sus frases coincidían con el principio de las mías y viceversa.

Al final, una mirada rápida al reloj me la arrebató con excusas de cenas no hechas, pero con la promesa de vernos al día siguiente.

—Hasta mañana Asun..
.
—Hasta mañana...

Y allí estaba yo, a la mañana siguiente, en la cola, con mi cesta llena de productos marca Día. Me miró y una sonrisa le iluminó el rostro. Esperando mi turno, tuve que admitir que el uniforme rojo y verde le sentaba de maravilla. El rojo y aquel cartelito sobre su voluminoso pecho izquierdo donde se podía leer, “Cajera: Charo Pérez” le daba más vida a la cara. Mi Charo. ¡Qué orgullosa estaba yo de verla con aquel
uniforme! Mi anterior amor también usaba uniforme. Era celadora en la cárcel donde cumplí condena.

Aquellos si que habían sido unos años felices… Al llegar mi turno sentí que pasaba mis botes por la célula del lector con mucha más delicadeza, que se cuidaba con más esmero de no marcar dos veces un mismo artículo. En el momento de preguntar: “¿quiere una bolsa?” y cobrarme los tres céntimos de marras, rompiendo todas las normas y arriesgando su propio puesto de trabajo, no la cobró. Me dirán
ustedes si eso no es amor. Al menos así lo percibí yo.

Cada quince de mes tengo que ver a mi asistente social y contarle cómo me voy insertando en el barrio. Un barrio de mierda, de casas apiladas como una colmena de contenedores hacinados unos encima de otros. Con olor a fritanga, pis y caldo de gallina. Donde no cesan los berridos de niños, las peleas, los portazos y, en una letanía continua, la voz de la Campos, Mariñas, Terelu, Ana Rosa, Jorge Javier... pasándose el testigo los unos a los otros las veinticuatro horas del día. Aquí viven ancianos meados y
olvidados, niños meados y dando por culo, mujeres golpeadas por amor etílico, maridos en paro enganchados al carrusel deportivo, hijos marcados por la frase: “córtate el pelo y búscate un trabajo” y yo, una ex-presidiaria. Cómo pretende la asistente social que haga de este hecho una fiesta, que me sienta afortunada por vivir una vida miserable en un barrio miserable. Algunas de estas vecinas y yo nos
encontramos al amanecer en la parada del autobús, como un rebaño de zombis, aún dormidas, con los sueños pegados a las legañas. Cada una desenredando sus propias miserias. No queda tiempo para actos sociales de reconciliación vecinal.

Continuará
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Re: Relatos que entienden

Mensaje  julia el Septiembre 6th 2009, 12:31 pm

Casi todas trabajamos en contratas de limpieza. Para eso me saqué yo en la cárcel el graduado, el curso de manipuladora, el de patronaje industrial y hasta el carné de conducir camiones… Para que ahora sólo me den trabajo limpiando escaleras y portales. Señora asistente social, ¿es ésta la reinserción que me prometieron?

—Asun, no te quejes, que no estás tan mal.

—¡Carajo! No me quieras tanto. Simplemente quiéreme mejor.

A lo tonto, entre ir y venir, me han dado las ocho y mi Charo estará saliendo, así que debo darme prisa. Se vuelve a sorprender de verme ahí esperándola, pero una sonrisa la delata. Es jueves y tiene que echar La Loto, así que apretamos el paso y llegamos justo cuando van a cerrar. Parece ser asidua, porque el chico la ha llamado por su nombre. Cogemos los boletos y hacemos distintas combinaciones: los años en la trena, el día de su cumpleaños y esa serie de tonterías que todos usamos para rellenarlos, pero Charo reza con fervor cuando entrega su combinación a la máquina del azar, la que hará realidad sus sueños. Yo la miro conmovida. A partir de este jueves yo también jugaré a La Loto. Y cada noche, cuando canten los números por Radio Nacional, sabré que Charo en su casa y yo en la mía, boleto y lápiz en mano, estaremos unidas por un mismo sueño.

Va a hacer ya un mes que nos vemos con asiduidad. Hoy quedé con ella para ir a misa de doce. No es que yo sea muy creyente. De hecho, aparte de mirar a mi santa, por lo de estar en una iglesia, no sabía qué otra cosa podía hacer. La imitaba en los gestos. Hacía ver que movía los labios para rezar, pero yo veía que me faltaba su fervor y creo que hasta pegué alguna que otra cabezada. Cuando llegó el momento de comulgar y me hizo un gesto para que la siguiera, tragué saliva y me dije: ¡Asun, tú pa’lante! Así que allí nos presentamos las dos ante el altar, con sus velas y sus flores, el órgano y esas vocecillas angelicales y
desafinadas cantando “Señor, tú has venido a esta orilla… En la arena he dejado mi barca...” En ese momento absurdo de confusión, al verme frente al cura, no pude reprimir un: “Sí, quiero”, ante la mira atónita de todos los feligreses y la cara de mi Charo, que era todo un poema. Al salir, la acompañé hasta el portal de su casa. No me atrevía ni a mirarla a la cara, así que hicimos el camino en silencio. Al
menos ella, porque yo no podía dejar de tararear la cancioncilla esa de “Señor, tú has venido a esta orilla. No has buscado ni a ricos ni a pobres”. Ya me podría haber salido cualquier otra de los Chichos o del Fary, pero nada. Por el rabillo del ojo veía que Charo hacía esfuerzos por no echarse a reír. Cuando finalmente llegamos al portal y estábamos a punto de despedirnos, me miró muy seria y me dijo:

—Asun, ¿tú estás bien...? ¿Tienes algún problema?

Yo la miré, tragué saliva y le dije:

—Yo... quería decirte que yo... —me tembló la voz—...que yo... no he pagado el recibo de la luz de este mes.

¿Cómo iba a decirle a esta santa de comunión semanal con la Iglesia y el azar, cuyo conocimiento sobre las relaciones humanas y de pareja le venía dado por las letras de las canciones de Camela, que yo estaba enamorada de ella?, ¿En qué cabeza cabía algo así?

Volví a casa caminando, intentando poner algo de orden en mis cosas. Yo nunca he sido una persona con suerte. Todo lo que tengo me lo he currado. No me han regalado nada. Voy a cumplir cuarenta años y aún me queda mucha vida por vivir y todos mis sueños por cumplir. Era el momento de poner las cosas claras con Charo. Ya en casa, me abrí una lata de fabada Litoral y me vi un telefilme de esos “basados en hechos reales”. Mi vida sí que es un telefilme y no esas historias que nos cuentan de Estados Unidos. No hay que irse tan lejos. Si no, que se den una vueltecita por mi barrio los productores esos… Aun así, tengo que admitir que me sirven de consuelo y hago la siesta más a gustito.

Me puse el chaquetón de piel vuelta y las botas de caña altas. Me miré al espejo y me dije: Asun, tú no pasas una noche más con este calentón en el cuerpo y con este sin vivir reconcomiéndote por dentro.
Si no fuese porque mi Charo era muy conocida en el barrio y una vecina me supo decir el piso y la puerta, aún estaría tratando de descifrar esos absurdos buzones quemados y llenos de grafitis. El portal y las escaleras eran un asco. Ya en la puerta, pegué la oreja para hacerme una idea de lo que me podía encontrar al otro lado, pero sólo me llegaba el ruido de un televisor y el llanto de un niño. Sin pensármelo
dos veces llamé a la puerta y esperé. Nada, y un segundo después, un gruñido.

—¿Vas a abrir la puerta o qué? ¡Carajo!

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Re: Relatos que entienden

Mensaje  julia el Septiembre 10th 2009, 10:19 am

Retrocedí un paso y pensé si habría sido una buena idea ir, pero la puerta se estaba abriendo ya ante mi cara de susto.

—¡Estás loca!, ¿qué haces aquí?—Charo hablaba apenas en un susurro y tapaba con su cuerpo el breve espacio de puerta por el que yo intentaba mirar hacia el interior.

—He pensado que siendo domingo...

—¿Quién es, Charo?—gritó una voz desde dentro.

Charo se giró y habló hacia esa voz.

—No es nadie. Es sólo una compañera del trabajo...

—Pues no os quedéis ahí fuera y hazla pasar.

Charo se hizo a un lado y me dejó pasar. Al traspasar la puerta pude ver ante mis ojos las razones por las que hace años le había asestado las doce puñaladas a mi marido. Como en un recuerdo de esos de las películas, me vi a mí misma en el salón de mi casa, asustada y golpeada, mirando a un tipo grande y sudado con una lata de cerveza en la mano, sonriéndome, afable, con ese brillo en los ojos que al mirarte te hace sentir la cosa más insignificante del mundo. Y esa voz diciéndote: “¡Mira que eres torpe! Ya
te has vuelto a caer. ¿Qué va a pensar tu amiga?”. No te preocupes Charo, yo no tengo qué pensar. Yo lo he vivido. No tienes por qué sentirte culpable ante mí. No tienes por qué sentir vergüenza. Lo que eres es eso en lo que te ha convertido él.

No sé de dónde pude sacar el valor, pero agarré a Charo por la manga y le dije al tipo del sofá:

—Es mi cumpleaños y me llevo a su señora a cenar, así que por una noche ocúpese usted de los niños.

El tipo no tuvo tiempo de reaccionar. Nos fuimos corriendo ante su mirada atónita, mientras seguía agarrado a su lata de cerveza. Bajamos las escaleras riéndonos y no pudimos parar hasta llegar a la parada del autobús.

—¿De verdad es tu cumpleaños?

—Claro que no, aún faltan cinco meses.

Se repitió el ataque de risa. La gente nos miraba como a un par de locas. Cogimos el autobús y bajamos hasta el Centro Comercial Plaza Norte, donde hay un chino que no está mal. A Charo le encantó la decoración. Le parecía muy exótico. No pudo resistirse a mirar más de cerca un cuadro del que parecía caer agua en forma de cascada. Intentó incluso comer con palillos, pero por más malabarismos que
hizo no consiguió que llegara nada a su boca. Me encantaba verla reír. Era como si le hubieran devuelto el alma. Se la veía sofocada por la comida, el vino y, sobre todo, por el licor de lagarto.

—¿Cómo habrán conseguido que se metiera este bicho ahí dentro?—me preguntó cuando iba ya por el tercer chupito.

—Por la cara que tiene el bicho creo que él también se lo está preguntando.

Pagamos la cuenta. Me recordó que no era mujer de dejarse invitar y salimos del restaurante un poco piripis, así que nos tuvimos que ayudar la una a la otra sujetándonos por la cintura. El contacto de Charo me devolvió de golpe la consciencia y una oleada de deseo me recorrió la espalda. Era un momento de esos de película. Yo sabía que era entonces o nunca, así que la tomé de la mano y la guíe hasta mi portal. Abrí la puerta y la invité a pasar.

—¿Qué haces?—me preguntó mirándome extrañada.

—Nada...—y la besé. Su primera reacción fue echarse hacia atrás.

—Yo no soy bollera.

—Yo tampoco lo era—y la volví a besar.

Esta vez se dejó. Su boca sabía a besos gastados. Sus caricias estaban usadas. Tenía el deseo agotado, pero se abrazó a mí con esperanza. Se dejó llevar sin mirar, sin preguntar, hasta que se vio frente a mi cama. Estaba temblando y se agarraba con ambas manos el abrigo. Yo no soy una experta en seducción, pero no quería que tuviese miedo. Miedo era seguramente lo que siempre había tenido.

—Deberías quitarte el abrigo. Aquí hay calefacción.

—Qué lujo... ¿Qué hacemos con la ropa?

Comencé a desabrocharle la blusa por respuesta. La vi mirando hacia un punto indefinido de la habitación.

—Podrías apagar la luz. Me da vergüenza… Ya no tengo veinte años.

—Quiero verte. Para mí eres tan hermosa…

—No te burles.

—No me burlo, es la verdad. Mírate.

Y la giré hacia el espejo de mi cómoda. El espejo nos devolvió la visión de una mujer dolida pero hermosa. La acaricié despacio sin dejar de mirarla en ese reflejo que iba llenando todos nuestros ángulos. La tumbé sobre la cama. Ya sólo le cubrían la piel una combinación negra y unas medias. Su tacto era suave. Me deslicé por ella y besé cada una de las heridas, acaricié cada resto de golpes y cortes a la vez que contaba los lunares de su escote. Intenté borrar quince años de palizas con el deseo y el recuerdo de mi propio cuerpo dolorido, con la franqueza del tacto que no busca la humillación. Cuánta poesía puede acumularse en la yema de los dedos de alguien que no ha leído más que el Pronto. Toda esa superficie de piel expuesta a mis caricias... a unos sentimientos que nada tienen de baratos aunque se hayan encontrado en un supermercado de barrio.

Acurruqué mi cara entre sus dos pechos, que colmaron mis ansias y alimentaron mi primer deseo de ella. Inspiré hondo la mezcla de olor a sudor y colonia barata que me estaba volviendo loca desde el día en que la conocí. Ya no pude reprimirme más y abrí para mí el resto de olores y sabores que ocultaba. Ella tampoco se pudo resistir. Su cuerpo dejó de ser un secreto para convertirse en una evidencia. Un cuerpo que vivía olvidado, ajeno a su deseo.

Un cuerpo que me preguntaba hacia dónde íbamos, que se dejaba llevar por mis manos, por mis labios. Un cuerpo que descubría sus propios caminos de deseo y me hacía acompañarlo. Cuando sintió su primer espasmo cerró los ojos de vergüenza y se dobló sobre sí misma dándome la espalda. Temblaba y pude intuir que lloraba, pero esta vez de felicidad. La abracé con unos brazos que ya no le eran extraños y esperé.

En el silencio pude pensar que éste sería un momento inolvidable. Traté de grabar en mi memoria hasta el más mínimo detalle cuando todavía estaba caliente y húmedo, para que se quedara conmigo. Era consciente de que por la mañana no estaría, pero aquella noche iba a dormiría abrazada a ella.

Charo no es sólo mujer de no dejarse invitar, sino también de no traicionar. Podría enredarla, pero no se dejaría. Al día siguiente no recordaría nada, sentiría algo extraño dentro de ella, pero lo achacaría al alcohol o se diría que lo había soñado. Volvería cansada a la rutina de siempre, buscaría cada vez excusas más raras para no vernos, cubriría con maquillaje algún golpe mal dado, seguiría oliendo a lejía y a agua de colonia barata. Sus manos continuarían deshechas y su espalda quebrada. Yo seguiría sintiendo vértigo cada vez que me asomase a su escote y ella me seguiría regalando la bolsa de plástico del Día porque tiene un corazón “Cinco Jotas” y unas tetas del calibre ciento diez.

Cuando se despertó me pidió que la llevara al fin del mundo como le había oído cantar a Sabina, pero en aquellos momentos el fin del mundo estaba a dos paradas de autobús y ella lo sabía. El amor a veces necesita de gestos heroicos y, en según qué casos, es mejor arrancarlo sin piedad. La acompañé hasta el autobús y lo cogimos juntas por última vez. Yo me entretuve un poco más. En la línea había una agradable novedad. Conducía una joven a quien debo reconocer que le sentaba muy bien el uniforme. Y
es que a mí las mujeres con uniforme me parecen tan guapas… Vi sentarse a Charo al fondo, muy lejos de mí. Sonreía y yo pensé: “La vida sigue y… yo tengo que coger el autobús todos los días”.

Final
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Iniciación

Mensaje  masay el Septiembre 14th 2009, 11:48 pm

Este es el relato número 10 del libro Primeras Caricias de Beatriz Gimeno.

 INICIACION (I)

Pienso muy a menudo que en el momento de la muerte lo que pasará ante mis ojos, como dicen que ocurre, serán imágenes de su cuerpo. Su cuerpo se me presentará en diferentes momentos de nuestra vida juntas. El peso de su cuerpo sobre el mío, cuando solía echarse sobre mí, caliente, cuando el sol de verano era inclemente en el exterior y sudábamos por cada poro de la piel; y su cuerpo desnudo andaba por la casa de noche, cuando se levantaba de mi lado y yo contemplaba su silueta perfilada contra la oscuridad gracias a la luz de la luna que entraba por una ventana que ella se obstinaba en dejar siempre abierta.

Su mano avanzando procaz sobre una piel virgen, como lo era la mía, hasta que la conocí a ella; su boca llenándolo todo de saliva y de deseo y su respiración en mi oido, marcando el sonido de sus orgasmos y de los míos.

Yo, antes de conocerla, ni era lesbiana ni dejaba de serlo. Me interesaba el trabajo y no los hombres o eso es lo que se decía de mí, y era cierto sólo en parte. La verdad es que no me interesaban mucho los hombres, pero verdad es también que el trabajo me interesaba sólo a falta de algo mejor.

Soy enfermera, una buena enfermera y mi trabajo es exigente si lo que se quiere es destacar. Exige muchas horas al día, muchas guardias, muchas noches pasadas de urgencia en urgencia, hasta llegar a mandar sobre otras enfermeras novatas que entran en el hospital igual que entré yo un día, sin saber nada. Mi trabajo exige mucho y pude, en su momento, dedicarme a él sin que resultara extraño. Y después vino una vida cómoda en la que no echaba nada en falta. Sola y con un buen sueldo me podía permitir hacer un gran viaje al año, tener una buena casa en la ciudad y otra, más pequeña, en el campo. Y aborrecía todo aquello de la reivindicación gay, los desfiles, las manifestaciones...

Me habían enseñado a ser discreta en todo lo concerniente al sexo y eso abarcaba también el deseo. Aborrecía, por otra parte, los bares, la posibilidad de encontrarme con alguien conocido en una pequeña ciudad en la que esta posibilidad es más que posible; tener que hablar con alguien con una copa en la mano, sólo para ligar; en realidad no me gustaba salir a ligar, me parecía de una vulgaridad espantosa, algo que no debería hacerse ni por hombres ni por mujeres. El sexo, en definitiva, me parecía algo perfectamente prescindible.

Pero una mañana llegó al hospital, a la sección de urgencias pediátricas en la que yo trabajaba, una nueva doctora, muy joven, que venía con el MIR recién aprobado y que, lo primero que dijo cuando le preguntaron las enfermeras si tenía novio, es que no tenía novio ni pensaba tenerlo ya que era lesbiana. El silencio que se hizo entonces en la sala podía cogerse con una cuchara. Durante unos larguísimos minutos, nadie fue capaz de pronunciar una palabra y las respiraciones, agitadas por los nervios de los que estábamos allí, resonaban en el silencio. Al final, fue ella, la doctora Gálvez, Paloma Gálvez, la que hizo una broma: 'Caray, no es para tanto, seguro que ya habéis visto a una lesbiana antes'. Pero no, nadie de allí había visto a una lesbiana antes o, para ser más exactos, ninguno de los allí presentes sabía que ya había visto a una lesbiana antes. Después les daría tiempo de hartarse de las lesbianas. Paloma llevaba una bandera del arco iris pegada en el cristal de atrás de su coche y, enseguida todos supimos que lo primero que había hecho al llegar a nuestra pequeña ciudad había sido enterarse de si había en ella alguna asociación gay en la que poder integrarse. Y ante nuestra sorpresa resulta que sí que había una, aunque yo jamás hubiera sabido de su existencia. En fin, Paloma revolucionó el hospital y, al poco tiempo, todo el mundo cuchicheaba tanto a sus espaldas que el director tuvo que poner orden. A ella no parecía importarle.


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Re: Relatos que entienden

Mensaje  masay el Septiembre 15th 2009, 11:44 pm

INICIACION (II)


Mi vida entera se revolucionó también porque por primera vez deseaba claramente a una mujer real y conocida. No era ahora el deseo vago y que apenas me incomodaba, mezclado con un enamoramiento adolescente, que hubiera podido sentir en el colegio por una de mis profesoras; o el deseo, para el que apenas tenía tiempo, por una de mis compañeras durante la carrera. Ahora, al poco de conocerla, Paloma se convirtió en un deseo lacerante que no me dejaba dormir por las noches ni respirar por el día, cuando la tenía delante. Pero, por nada del mundo me hubiera permitido pensar en que nada real, nada de verdad, pudiera suceder entre ella, con apenas 25 años y yo, que rozaba los cuarenta; entre una joven lesbiana militante con múltiples experiencias sexuales, tal y como era evidente con sólo mirarla, y una mujer de provincias que se había quedado "para vestir santos". Aquello era algo inoportuno de lo que yo pretendía librarme en cuanto pudiera.

Pero no me resultaba fácil. Estaba acostumbrada a masturbarme ordenadamente una o dos veces por semana; estaba acostumbrada a sentir cierto temblor interior cuando una actriz o una modelo aparecía ligeras de ropa en la televisión, ese era todo mi mundo erótico, todo lo que tenía, todo lo que esperaba del futuro. Y de repente aquella joven deseable, hermosa, sexi, segura de sí misma entraba en el mismo espacio que ocupaba yo para volverme loca. No me la podía quitar de la cabeza ni dormida ni despierta, a pesar de que era lo más desagradable que podía, todo para que mi interés no quedara al descubierto. Y ahora, al masturbarme, la imaginaba desnuda, pensamiento este que me resultaba perturbador al máximo porque no podía por menos que pensar que era una falta de respeto hacia una doctora, algo de lo que me avergonzaba.

Por otra parte, yo estaba pasando un mal momento, ese en el que te preguntas si tu vida ha merecido la pena, si lo que tienes que no es gran cosa, es lo que vas a tener hasta el momento de tu muerte, ese en el que piensas que has desperdiciado el tiempo del que has dispuesto, cuando la doctora Gálvez, para mi sorpresa, comenzó a mostrar cierto interés por mí. Según me explicó mucho después, se me notaba a la legua que me gustaba, así que decidió no mostrarse indiferente; dijo que le gustaban las mujeres mayores, después me dijo que el hecho de que yo pareciera tan inexperta y "armarizada" le daba mucho morbo. El caso es que si yo no quería verla en todo el día, me la encontraba en todas partes; si yo buscaba estar especialmente desagradable, ella estaba encantadora y me mostraba una sonrisa que yo no entendía. Y así pasaron los días, los meses y toda mi vida dio un vuelco. Durante un tiempo luché contra mí misma en razón no sé de qué, pero fuera lo que fuera, puedo decir con alegría que perdí; o que gané, que es lo mismo. Paloma comenzó a insinuarse de una manera evidente.

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Re: Relatos que entienden

Mensaje  masay el Septiembre 17th 2009, 11:41 pm

INICIACION (III)

Comenzó a quitarme inexistentes pelusillas que se supone tenía en el pelo, a arreglarme la bata que estaba arrugada... ese tipo de cosas. Y un día, y para entonces yo estaba segura de que ella pensaba de mí que era odiosa y que la odiaba, mientras hablábamos me pasó el dorso de su mano por mi mejilla mientras me miraba muy seria y muy fijamente a los ojos. No pude continuar hablando porque el contacto de su mano hizo que me quemara, me quitó el habla, me sumió en una confusión y un temor inexplicable.

No era capaz de darle significado a aquella caricia pero el contacto, por primera vez en mi vida, con la piel de una mujer hizo que pasara toda la noche llorando con desesperación. Creo que lloraba por todo el tiempo perdido, por la juventud desperdiciada, por todo lo qu etiene la vida de irrecuperable.

A la mañana siguiente acepté marcharme en su coche del hospital y que me invitara a cenar. Y recuerdo aquella cena con una ternura infinita porque me sentía como una colegiala, ilusionada y temerosa al mismo tiempo, asustada por lo que iba a pasar y excitada, porque me recuerdo tímida y avergonzada como si tuviera quince años, eligiendo con cuidado las palabras que pronunciaba, procurando ofrecer de mí lo más agradable, lo mejor, pero temiendo toda la noche que no fuese suficiente.

Y el sexo vino después de la cena como era previsible. Con 25 años, Paloma era preciosa, con mis 41 años yo me sentía avergonzada de todas esas pequeñas imperfecciones que aparecen ya a mi edad: la grasa que se acumula donde no debe, los muslos llenos de bultitos, el vientre que fue plano y que ya no lo es tanto... mi desnudo me avergonzaba tanto como el suyo me atemorizaba; pero todo fue bien. Ella me guió allí donde yo nunca había estado y de aquella noche recuerdo que hacía mucho calor y que dejamos las ventanas abiertas. Entraba la luz de la luna y nuestros cuerpos se deslizaban debido al sudor, se pegaban y luego se despegaban con dificultad; recuerdo sobre todo el sudor.

Recuerdo cómo miraba su mano morena sobre mi piel tan blanca y como pensaba con temor en lo que me esperaba después de aquello, todo para lo que yo no estaba preparada: los chismes del hospital, los comentarios en cuanto me diera la vuelta, la agresividad de algunos compañeros... todo lo que Paloma venía soportando sin que se le alterara un músculo. Y en tanto pensaba en esto, pensaba también en que no quería volver a vivir sin aquellas caricias y que prefería morirme a regresar a la aridez de mi vida anterior. Yo me pasé la noche al borde del éxtasis y al borde del llanto al mismo tiempo. No fue nuestra mejor noche, claro que yo desconocía que después de aquella vendrían otras muchas en las que nuestros cuerpos se acoplarían, en las que yo aprendería a conocer su cuerpo con mis manos, a vencer la timidez y el miedo que me producía al principio sentirme responsable del placer de otra persona que ya había conocido tanto placer.

Las cosas no fueron tan difíciles como las imaginé aquella primera noche. Paloma no me dejó, yo le gustaba, y continuamos, afianzamos e hicimos crecer aquella relación. Ante el asombro de todos me hice militante de la causa y eso es lo que más le agradezco, que a los cuarenta años me diera una causa justa en la que empeñar mis días. Hoy, diez años después, Paloma es la única mujer con la que me he acostado y no he querido acostarme con más; ella colma todas mis necesidades. Ella y la asociación a la que pertenezco, la lucha por los derechos de gays y lesbianas, el saber que la represión se da fuera, pero que también nos reprimen en nosotros mismos y que las vidas pueden perderse y se siguen perdiendo inútilmente.

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Re: Relatos que entienden

Mensaje  masay el Octubre 7th 2009, 10:51 am

Otro relato del mismo libro.

No puedo sino recordarte con un inmenso cariño y una ternura infinita; recordarnos a las dos, a aquellas niñas dispuestas a todo que éramos.

Nos sentamos detrás de la valla del colegio, donde la ciudad se acaba y con todo el campo delante de nosotras. Las dos muy tiesas, con las espaldas pegadas a la pared de ladrillo, mirando al paisaje inacabable y en silencio. Hasta que te volviste a mi, acercaste tu cara a la mía, me besaste en la mejilla y después apretaste tu boca contra mi mejilla al tiempo que murmuraste: "¡Como te quiero! Y ese contacto de tu piel en mi piel y esa palabra apenas murmurada, que no hizo más que rozarme levemente, me hinchó una inmensa bola de aire en el estómago que me mantuvo allí clavada hasta que te separaste, te levantaste y echaste a correr.

Yo me quedé allí sentada todavía un buen rato, pletórica de felicidad, llena de algo que no sabría ni aún ahora describir, quizá ilusión por el futuro, un futuro en el que, sin lugar a dudas, íbamos a estar juntas tú y yo.

Después entré en el colegio y por primera vez sentí tristeza por no poder contarle lo que me había pasado a mis amigas, a todo el mundo.

Después de aquello nos consideramos novias, pero eso sólo quería decir que pasábamos los recreos juntas y que íbamos juntas, a la salida del colegio, hasta la parada del autobús.

Aún nos costaba mucho hablar, nos contábamos pocas cosas y yo creo que era porque lo único que queríamos era besarnos y no encontrábamos el momento ni el lugar.

La Semana Santa delaño 1978 fuimos al pueblo de tus abuelos, y allí por primera vez, sin más adultos a la vista que unos tranquilos y despreocupados ancianos, pasamos una semana entera aprendiendo nuestros cuerpos.
Claro que entonces no había películas ni lesbianas en ninguna parte y no teníamos ni idea de qué hacer con ellos. Por eso nos besábamos mucho, durante horas y nuestras manos acariciaban la piel debajo de la ropa, pero no íbamos más allá, la verdad es que nunca nos atrevimos a bajar por debajo del ombligo; eso era territorio vedado.

No hubieramos sabido qué hacer ni cómo.

Y no lo siento, no siento que no nos atrevieramos a tener una sexualidad adulta, porque no éramos adultas y porque besarnos y acariciarnos durante horas nos proporcionaba un placer infinito y no sentíamos que nos faltara nada.
A veces pienso que las chicas -y los chicos de ahora- van demasiado deprisa y que se pierden las caricias que no tienen otro objetivo que el de levantar la piel a su paso, que no quieren provocar otra sensación que la que ofrecen, un placer sensual que va poco a poco a más; muy poco a poco.

Recuerdo cuando me dijiste que te gustaba que pasara mi mano por el interior de tus muslos y cuando yo te dije que me besaras la nuca. Recuerdo las tardes metidas en tu habitación,en la penumbra, y como cogías mi mano y me besabas en la palma y después subías hasta el codo y a mi la habitación se me descomponía en puntitos de luz que se metían dentro del cuerpo y me hacían cosquillas debajo de la piel.

El curso siguiente dejamos de vernos porque tu familia se fue a La Coruña y aunque prometimos esribirnos cada semana no lo hicimos; sólo recibí dos cartas tuyas en las que parecías feliz.
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Re: Relatos que entienden

Mensaje  julia el Octubre 29th 2009, 4:30 pm

Esta es una historia real, publicada en el último número de la revista Lambda del casal Lambda.

Una historia de amor y de muerte

Hace unos meses, recibimos un correo electrónico en el Casal de un familiar de dos mujeres de edad avanzada que habían vivido una gran historia de amor. Este familiar nos pedía que hiciéramos difusión del escrito que encontraréis a continuación. Veréis que, desgraciadamente, es una realidad de nuestra gente mayor y de los grandes retos que tenemos pendientes. ¡Gracias Leonor y María por dejarnos entrar un poco en vuestras vidas!

Amparo Fernández

Leonor se ha muerto, se ha muerto de pena, los dos o tres últimos días no ha sufrido ni de cuerpo ni de spíritu, la habían sedado, se ha ido sin darse cuenta. En el hospital cuidaban bien. Leonor se ha ido apagando pòquito a poco, en unos dos meses, su sobrina, Amparo, ya lo había dicho, lo había dicho bien alto. Esta mujer se morirá, y la otra también. ¿La otra?. Si, María, su compañera, la compañera de toda su vida, llevaban 70 años viviendo juntas. Leonor tenía 88 años. María tiene 86.

Nacieron en Bujalance y El Carpio respectivamente, dos pueblos de la vieja Andalucía, en Córdoba. Se conocieron cuando Leonor tenía 18 años, cogiendo olivas, y descubrieron una de las cosas más valiosas de la vida: el amor. Un amor escondido, negado, mal visto, criticado y, en aquellos tiempos, perseguido. Pere este amor era fuerte y eso hacía que aún fueran más valientes, y trabajando, ahora cogiendo olivas, ahora cogiendo algodón, ahora haciendo lo que fuese, fueron subsistiendo con penas y trabajos, pero juntas.

La familia, los amigos y conocidos, os lo podéis imaginar. Allí pasó de todo, desde los que lo escondían, casi todos, a los que las compadecían, falsos, hasta los que las rechazaban, pero ellas, seguían adelante. Junto con toda la familia, por un conducto o por otro, decidieron emigrar a Barcelona, donde se establecieron. Eso ya era diferente, y cuanto más grande es todo, más fácil pasar desapercibidas. Encontraron trabajo rápidamente y así pudieron alquilar un piso, su hogar.

Leonor era decidida, un poco más adelante se sacó el carnet de conducir, y enseguida se comprón una "Vespa", estoy hablando de los años "50", toda una proeza. ¡Que digo!. Una barbaridad, mujer, en moto y con otra mujer detrás, se veía extraño. Después vino un coche, y después otro y otro...

Pero como todo llega, llegó la jubilaciñon, la vejez, y también algún dolor y alguna enfermedad. En alguien tenían que confiar, y hablaron con Amparo, para ellas la Amparito, una de las no sé cuantas sobrinas (en casa de Leonor eran 10 hermanos). ¿Nos cuidarás cuando no podamos valernos por nosotras mismas?, le dijeron. La resupesta de Amparo fue: si puedo, si, y todas quedaron conformes.

La salud de las tías, como las llamábamos, porque para nosotros eran las tías, comenzó a deteriorarse más o menos a la vez, y por culpa de la misma enfermedad, el Alzheimer. Cuando estaban de vacaciones Amparo y su familia, recibieron una llamada diciéndoles que las tías estaban en la calle, desorientadas y que no sabían volver a casa. Era la hora de cumplir y de cuidarlas, y las tías, a cala de la Amparito, que, a esas alturas, ya tiene 53 años. La enfermedad avanzaba muy deprisa y hacia los 7 u 8 meses se hace evidente que en casa ya no las podíamos tener.

Se piden las ayudas necesarias, hospitales, residencias, papeleo... No os lo podéis imaginar. Resultado: al hospital, en una habitación, juntitas, enfermas. Leonor es la que está peor. Maria va aguantando. Las asistentas sociales le dicen a Amparo que se tienen que marchar, que no tienen motivos para estar en el hospital. Mentirosas, cuando las íbamos a ver, una o dos veces por semana como mínimo, Leonor estaba a la cama y Maria a su lado. Cuando nos íbamos Maria nos venía a acompañar unos 10 metros más allá de la puerta de la habitación, porque se perdía para volver. Y no tenían motivos para estar en el hospital. Más tarde deciden que Leonor ya tiene motivos para estar en el hospital pero Maria, no. Por lo tanto, ésta sí que tiene que irse.

Amparo empezó una lucha feroz, primero con buenas palabras y después como pudo. El argumento era que Maria tampoco estaba bien y que eran pareja, que lo habían sido toda la vida. Ahora ya se puede decir y demostrar, estaban empadronadas en el mismo domicilio, tenían cuentas comunes...

Cada 2 meses recibíamos la mala noticia que tal día sacaban a Maria del hospital y la llevaban a casa de Amparo, se pudiera estar o no. Y Amparo a volver a luchar que lucharás, pelea por aquí, pelea por allá, hubieron hasta retos y amenazas. Valoraciones, estimaciones, conversaciones, reuniones, no servían para nada, la idea de las asistentas sociales era clara: Maria debía salir del hospital. Y lo consiguieron, después de un año de estancia en el hospital, llegó la orden definitiva. Maria se fue a una residencia y Leonor se quedó en el hospital. Incluso se recurrió a un juez, amigo de un abogado, amigo de no sé quién. La orden no se puede desacatar. La Maria debe marchar, se tienen que separar.

El último clamor es: Las separais, pero las mataréis, ¿no véis que llevan 70 años juntas? ¿que han trabajado toda la vida, que han pagado sus impuestos, que se merecen morir juntas? Con cara de hierro dicen que ese no es su problema, y supongo que se rien por dentro, dicen: hemos ganado.

Nada más separarlas empezó el calvario: Amparo iba a ver la Maria: ¿y mí Leonor por qué no viene aquí conmigo? Porque está enferma, cuando se cure ya te la traeran, Maria. Puede ser que sólo tenga esos momento de lucidez pero es lo que dice siempre, cada día. Ibas a ver Leonor: y mí Maria ¿cómo está? Cuando podíamos llevábamos a Maria a ver a su Leonor. Cuando se reconocían, cuando la enfermedat lo permitía, aquello hacía enternecer el corazón de las personas normales, no de las asistentas sociales, mucho besos, abrazos, cariñitos?, en fin lo que queráis. Pero después venía la hora del adiós. Total: no sabías nunca que era mejor, si llevarla o no.

Leonor se fue apagando, cada día un poco más, hasta que un día decidió no despertarse, supongo. Todo el mundo que las ha cuidado y que las han conocido, dicen como Amparo: ¡Leonor seha muerto de pena!

Y Maria, ¿qué pasará con ella, también se morirá de pena? ¿Y las asistentas sociales, tienen corazón? ¿tienen pena?
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Re: Relatos que entienden

Mensaje  masay el Octubre 29th 2009, 5:00 pm

que historia más bonita y triste. Y cuántas historias habrá como esta.

Hay muchas mentalidades que deben cambiar porque sino las leyes que tenemos no se podrán aplicar bien.
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Re: Relatos que entienden

Mensaje  miss L el Octubre 30th 2009, 2:18 am

ais, q triste
la gente debería dejar ser feliz a la otra gente, esta clase de miedo no sé a qué se debe
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Re: Relatos que entienden

Mensaje  Xena el Octubre 30th 2009, 3:05 pm

Es un poco triste. La gente q poco piensa en los demás.
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Re: Relatos que entienden

Mensaje  julia el Diciembre 12th 2009, 7:42 pm

En la web de la COGAM encontraréis una colección de cuentos muy interesantes en formato pdf. Se llaman Cuentos para la Diversidad.

http://www.cogam.es/secciones/educacion/documentos-sin-orden/i/1413/154/cuentos-para-la-diversidad

Os transcribo uno.

La princesa valiente

Arancha Sánchez-Apellániz Sanz

Iria vivía en el barrio de Chueca, en Madrid, en un apartamento soleado compuesto por dos habitaciones. Su dormitorio estaba pintado de un color amarillo acogedor y las paredes decoradas con numerosos dibujos suyos. Disfrutaba dibujando, le divertía imaginar situaciones que casi nadie veía y luego convertirlas en imágenes.

Como todas las mañanas Marta, su madre, le despertó con un sonoro beso y la ayudó a vestirse. Después de elegir un pantalón vaquero y una camiseta con flores, Marta, sonriente, le preguntó:

–¿Te acuerdas qué día es hoy?

A Iria se le iluminó la cara con una enorme sonrisa.

–Claro que me acuerdo. Hoy es mi cumpleaños.

–¿Y cuántos cumples?

–Cinco años.

Desde luego, ése era un día importante, esa tarde tenían una fiesta en casa para celebrar su cumpleaños. Pero además, significaba que mañana empezaría el colegio. Se había acabado la etapa de la escuela infantil, ya era mayor.

A partir de las cinco empezaron a llegar los amigos y en pocos minutos la casa parecía un estallido de colores, gritos y felicitaciones. Cuando se fueron marchando, Marta, sin dejar que se quejara mucho, la llevó directamente al cuarto de baño. No es que no le gustara bañarse, pero estaba demasiado cansada y entusiasmada para desvestirse y meterse en el agua sin rechistar, así que tuvieron que negociar hasta que finalmente accedió. Después de ponerse el pijama, Elvira le solía leer un cuento todas las noches. Últimamente, Iria elegía siempre el mismo: “La princesa valiente”, aunque se sabía de memoria lo que iba a ocurrir, e incluso muchas veces Elvira le preguntaba o se callaba para que Iria lo siguiera contando. Al llegar a la escena central del cuento, la princesa sabía quién había robado el cofre con las joyas de la corona, pero tenía miedo de denunciar al conde, porque éste tenía mucha influencia en el reino y se arriesgaba a que su padre, el rey, no la creyera. La princesa tenía que elegir entre ser una cobarde y continuar con la comodidad de su vida en palacio, o ser valiente y defender a su amigo, que estaba encerrado en los calabozos. En ese momento Iria contenía la respiración y preguntaba inquieta:

–¿Qué eligió?

–Como era la princesa valiente, no se entristeció mucho tiempo y buscó la solución más correcta. Ella era diferente al resto de los niños, tenía un gran don, el de poder ver los sentimientos que se albergaban en el
corazón de las personas, por eso sabía que el conde mentía y que él las había robado. En cambio, su amigo, aunque nadie le creyera por su apariencia harapienta, era inocente. Además, aunque era muy pequeña, sabía que la ley más importante del mundo es la “ley del amor”, que se basa en no dejarse llevar por las apariencias, las razas, las creencias, la opción sexual… No podía dejar que castigaran a su amigo sólo por ser un plebeyo, y que triunfara la ambición del conde. Así que ideó un plan: al día siguiente dibujó delante de su padre un cuadro donde reflejaba quién era el culpable del robo y dónde estaban las joyas de la corona.

Gracias a su valentía detuvieron al conde y liberaron a su amigo. Y si alguna vez te sientes, triste, desdichada por ser diferente, recuerda que esa diferencia puede ser un don, y aunque aparentemente el resto de los niños parezcan iguales, también son diferentes, más altos, más bajos, delgados, gordos, chinos, negros… y justo la diferencia es lo que nos enriquece. No hay que tener miedo a lo diferente, es una oportunidad que nos da la vida de aprender a amar. Confía en la vida, seguro que los momentos difíciles son breves y mañana saldrá un sol reluciente y prometedor.

Al acabar la lectura, Iria le comentó inquieta:

–Tengo un poco de miedo, mañana es mi primer día en el colegio nuevo.

Elvira la abrazó, la besó efusivamente y le contestó en un tono cariñoso:

–No te preocupes, ya verás como todo va a ir fenomenal. –Pero es que no conozco a nadie.

–Estoy segura de que con tu carácter, en una semana eres amiga de toda la clase.

Al entrar al colegio Iria se dio cuenta de que la mayoría de los niños y niñas parecían igual de asustados que ella, así que a medida que transcurría el día se fue relajando. Después de la comida estuvo jugando
divertida con varios compañeros. En la última clase, la señorita les dijo que dibujaran a su familia. Iria estaba encantada, iba a finalizar el día pintando, no se podía pedir más al primer día de cole. Dibujó con colores alegres a Elvira a un lado, ella en medio más pequeña, y al otro lado a Marta, las tres se daban las manos sonrientes. Luego había que enseñar el dibujo a la clase y hablar de la familia que se había pintado.

Cuando le tocó a Iria, estaba muy tranquila y confiada, y así, mostró su dibujo primero a la seño, que preguntó sonriendo y señalando a Elvira:

–¿Tu papá también tiene el pelo largo?

–Ésa no es mi papá, ésa es Elvira, mi mamá.

La seño entonces señaló a Marta y volvió a preguntar.

–Ah, ¿entonces éste es tu papá?

Iria volvió a contestar:

–No, ésa es mi otra mamá, Marta.

En ese momento una niña muy cursi que estaba sentada en primera fila contestó en un tono demasiado alto:

Eso es imposible, no se puede tener dos mamás.

Muchos niños de la clase se daban codazos y sonreían. Iria se sentía intranquila, muy pequeña, como si su cuerpo estuviera disminuyendo de tamaño por segundos. Era consciente que estaba pasando algo que
se le escapaba de las manos. Entonces recordó lo que le había explicado muchas veces Elvira sobre el cuento de “La princesa valiente”. “Iria, recuerda siempre que la valentía es una muestra de amor, y el amor tiene sus propias reglas, aunque muchos las desconocen. Marta y yo te concebimos por amor, y estás en este mundo para crecer con amor y compartirlo con todo el que quiera. Existe mucha gente que desconoce esta norma, la más importante de la vida, la del amor, y se rigen por otros prejuicios caducos y antiguos. No te preocupes, cada uno tiene su forma de pensar, pero no permitas que nadie te agreda con sus pensamientos, tú eres una niña muy querida con dos madres. Es verdad que la mayoría de los niños tienen un padre y una madre, pero no es ni mejor ni peor tener dos padres o dos madres, simplemente es diferente”.

En ese momento, Elvira siempre le agarraba las dos manos y se las apretaba con fuerza, le mostraba una sonrisa sincera y confiada, para luego continuar hablando: “Igual que tú tienes que aprender a respetar
otras opiniones, el resto de la sociedad tiene que aprender a respetar otras opciones. Y si alguna vez se complican demasiado las cosas, que a veces pasa, tú, como la princesa valiente, confía en que los momentos difíciles son breves y mañana saldrá un sol reluciente y prometedor”.

Tras recordar estas palabras, Iria finalmente contestó en un tono seguro y alto:

–No es imposible, porque yo tengo dos mamás.

En ese momento toda la clase dirigió la mirada a la seño. Ésta tardó unos segundos en contestar, pero por fin dio la razón a Iria y, después, contó el cuento de “La princesa valiente”. Iria cogió con firmeza su
dibujo y, orgullosa, volvió a su asiento.
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Re: Relatos que entienden

Mensaje  Invitado el Abril 1st 2010, 2:46 am

Me gustaria comprar el libro pero por donde vivo no lo venden y dudo que lo lleguen a vender aun, pero aunque sea descargarlo seria bueno :) o leer parte de el gracias a personas como tu

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No lo había pensado nunca

Mensaje  julia el Abril 30th 2010, 7:41 pm

No lo había pensado nunca

de Beatriz Gimeno

Relato del libro Primeras caricias

La verdad es que no puedo decir que de pequeña pensara de mi misma que era lesbiana o ni siquiera diferente a las demás chicas. Ya sé que es difícil de creer pero, aunque siempre he mantenido muy estrechas relaciones con mis amigas -yo era de esas de tener una amiga íntima de la que no me separaba- cuando llegó el momento de los chicos, yo también salí con chicos. Cierto es que siempre pensé que me faltaba algo, pero también es verdad que no le di a ese pensamiento mayor importancia; pensaba que era una persona a la que el sexo no le interesaba tanto como parecía interesarle a los demás. Incluso defendía el derecho de tener una vida feliz sin estar obsesionada por eso que parecía obsesionarles a todos y a todas los que me rodeaban. Pero no era desgraciada, sino más bien feliz. Tenía un novio y mis relaciones sexuales con él eran tranquilas y yo diría que placenteras. Incluso creo que eso de que "faltaba algo" es algo que he elaborado a posteriori, porque por entonces y no pudiendo comparar, no creo que echara en falta nada.

Ya tenía treinta años cuando acudí un día a la fiesta de cumpleaños de una amiga muy querida a la que conocía desde el colegio. Era una fiesta de "sólo chicas" y la perspectiva de pasar una tarde con amigas, sin hombres, me resultaba bastante agradable. Después de todo ya tenía la impresión de aguantar a bastantes hombres en mi oficina. Me relaciono bien con mujeres y siempre había sentido que las mujeres me gustaban: me gustaba hablar con ellas, ir de compras con ellas, pasar las vacaciones con ellas y los malos momentos también. Desde siempre he pensado que las mujeres son mejores para la conversación, para las risas (para las risas tontas y para las inteligentes) y son mucho mejores también para los malos momentos, cuando necesitas de la solidaridad de otro ser humano.

No todas las amigas que estaban en la fiesta pensaban como yo y como la anfitriona, Marta, así que enseguida ella y yo hicimos una piña frente a las que echaban en falta en la reunión a "los chicos". Pero eso sólo fue al principio, porque enseguida la cosa se relajó cuando la tarde fue avanzando y la bebida empezó a hacer su efecto. Luego, cuando el día se convirtió en noche, algunas tuvieron que irse: las que tenían maridos que no saben estar solos, las que tenían hijos a los que dar de cenar, las que tenían un novio que no podían estar sin ellas. Las demás nos quedamos, al fin y al cabo era Viernes y al día siguiente no había que trabajar.

Primero bebimos, después cenamos y más tarde, cada una con un vaso en la mano, nos sentamos en el salón a hablar de nuestras cosas. Al principio las cosas de las que hablamos eran las normales: el trabajo un poco, y después, casi únicamente, de las relaciones con los hombres. Y también aquíal principio contamos lo bueno, pero según avanzaba la noche y nuestro punto de alcohol, comenzamos a desinhibirnos. Al final llegamos a ese momento extraño de la madrugada en el que, será la bebida o será la hora, todo el mundo comienza a hablar de cosas sexuales. Nos ha pasado a todos, es el momento en que se liga, cuando sin necesidad de hablar más, las bocas comienzan a acercarse. Pero allí no había hombres, sólo estábamos nosotras. Viejas amigas, heterosexuales de cierta edad; ya no estábamos para experimentos juveniles, o eso creía.
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Re: Relatos que entienden

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