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Relatos que entienden

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Re: Relatos que entienden

Mensaje  julia el Junio 21st 2011, 1:45 pm

María Belén me ha encantado este relato, sobre todo la última parte. No conocía a Albertina Carri Embarassed Embarassed pero la he gogleado y ahora ya sé quien es. Pongo en mi lista de cosas pendientes ver una de sus películas Very Happy
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Re: Relatos que entienden

Mensaje  Belu el Junio 22nd 2011, 3:38 am

Julia, Clarita, me alegro que les haya gustado (de paso, estoy leyendo cosas muy bonitas en este post, buenísimo dedook)

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Habitación de hotel

Mensaje  malena el Septiembre 20th 2012, 2:59 pm

HABITACIÓN DE HOTEL

de Beatriz Gimeno

del Libro Sex

Al lado de mi trabajo hay un hotel al que eché el ojo hace mucho. Es el típico hotel para ejecutivos que vienen a cualquiera de las múltiples ferias que se organizan en el recinto de al lado. Es el sitio perfecto, porque está fuera de Madrid y porque aquí no puede vernos nadie que nos conozca. Así que, cuando quedo con ella, lo primero que hago es reservar una habitación por teléfono para el día convenido. Ese día salgo de la oficina demasiado pronto, mucho antes de lo que hemos quedado, porque quiero llegar antes que ella. Necesito un tiempo para estar sola antes de que ella llegue. Quiero estar tranquila durante un rato en la habitación y que el tiempo que falta hasta la hora de la cita me ayude a tranquilizarme. Intento no pensar mucho porque, a veces, pienso demasiado. Intento no pensar en ella y pongo la televisión, pero me doy cuenta de que no veo nada, de que no me la puedo quitar de la cabeza: sólo con pensar en ella todo mi vello se pone de punta, como si ya la estuviera tocando. Estoy sentada en la cama y abro un poco los muslos de manera que mi clítoris se aplaste contra el colchón; ese contacto, esa presión, impide que pueda olvidar ni por un momento lo que estoy haciendo en esta habitación de hotel un martes por la mañana. Estoy engañando a mi mujer, y ella va a engañar a la suya.

Por fin llama a la puerta, abro y entra Ana con esa sonrisa suya que tanto me duele. Al verla es como si me vertiera, como si todo lo de adentro saliera afuera; el corazón, la sangre, las tripas, el sexo, los músculos, todo se vacía y vuelve después a llenarse en un movimiento que me incendia por dentro. Estamos de pie frente a frente, mirándonos. Ni siquiera nos hemos saludado porque yo, como siempre que estoy con ella, no se  qué quiere de mí; no sé lo que ella preferiría que yo hiciera, porque no suele hablar mucho y yo, que me gusta contarlo todo, me quedo paralizada con su silencio. Entonces alza su brazo y restriega su mano cerrada contra mi boca hasta hacerme daño y, cuando ya me voy a quejar, abre la mano y me acaricia los labios con los dedos; con sus preciosos dedos, delgados y huesudos, que parecen hechos nada más que para introducirse en todos mis orificios. Su dedo perfila primero mis labios cerrados y después presiona para abrirlos, y ese mismo dedo recorre mis dientes y después mis encías para buscar mi saliva y con ella empapar mis propios labios. Por fin, cogiéndome la cara con la otra mano, me abre la boca y me mete un dedo, dos, tres; y yo los chupo, los acaricio con mi lengua, los recorro, los succiono mientras ella los mete y los saca y recorre todos los intersticios de mi boca. Después es su mano entera la que juega con mi boca, la palma de su mano la que aplasta contra mi cara; es su mano la que intento lamer y es su dedo pulgar el que me trago. Por fin se cansa de este juego y se decide a besarme. El beso de Ana, que reconocería ante cualquier otro beso, que es tan extraño, tan diferente. Mete su lengua en mi boca, la recorre entera, me muerde los labios, me llena la boca de su saliva. Yo gimo y retrocedo, porque siento que me falta el aire, los pezones me duelen, el clítoris hinchado y palpitante me avisa de la necesidad que tiene de que le toque y le descargue. Por eso quiero que su mano presione ahí: en el centro neurálgico de mi desesperación, aunque sea por encima del pantalón. Le cojo la mano y se la llevo hasta ese lugar, que me desespera y del que siempre me falta ella, y se la aprieto contra mí. Pero aún no es el momento y por eso, desasiendo su mano de la mía, que busca retenerla en mi entrepierna, me da una bofetada que sirve para mostrarme, por si me quedara alguna duda, quién manda ahí, por si no lo había entendido. Ana, naturalmente. Su bofetada, que ha dejado mi mejilla encendida y caliente, me ata a ella más fuertemente que si me pusiera una correa al cuello: así fue desde el principio, así será siempre.


Entonces me sube la camiseta por encima de las tetas; ya sabe a estas alturas que nunca llevo sujetador. Me pellizca los pezones, me los acaricia primero con suavidad, después con más fuerza, hasta que consigue ponerlos duros y erguidos, y después me los succiona. Me desabrocha el pantalón y, metiendo su mano por debajo de las bragas, pone su mano en mi coño, y sólo ese contacto ya supone un placer tan intenso quetengo que poner mi cabeza en su hombro y respirar hondo, apenas me tengo en pie. Empieza a apretarme el clítoris rítmicamente y siento que me voy a correr, pero Ana no quiere que eso ocurra y por eso, cuando siente que ya estoy a punto, me empuja hasta la cama, me pide que me desnude y lo hago. Me dice que abra las piernas y lo hago. Y durante un rato que se me hace eterno me mira ahí, bien abierta, abierta para ella en realidad, y entonces se quita el abrigo (aún no lo ha hecho). Lo deja en una silla y saca del bolsillo un dildo y un condón, y se lo pone despacio y con cuidado. Normalmente, no me gusta nada que me penetren pero, en casos excepcionales es, sin embargo, lo que me da más placer. Disfruto cuando es una mujer que me gusta mucho, no lo soporto si es un hombre o alguien que no me interesa demasiado. Me gusta mucho cuando esa mujer me gusta tanto que necesito que me llene y que entre dentro; me gusta sentirme abierta y vulnerable y penetrada y poseída cuando esa persona puede de verdad poseerme, y Ana es la única que puede. No me corro sólo con el dildo, pero si me toca el clítoris al mismo tiempo, ella o yo misma, entonces el orgasmo es intenso y muy, muy profundo. Yo misma me masturbo ahora, porque Ana está con una mano en el dildo y con la otra tiene los dedos en mi boca. Siempre me corro mejor si tengo algo en la boca. Podría decir que esta persona que tiene una mano en mi boca y otra en mi coño, esta persona a la que nunca veo pero con la que siempre sueño es lo más importante que me ha pasado en la vida, pero si lo dijera puede que no le gustara oírlo, así que no vida, pero si lo dijera puede que no le gustara oírlo, así que no digo nada y me dejo llevar por el placer que ya viene y que me llevará muy lejos, allí donde siempre quiero estar porque no hay un lugar mejor que ese.


Me corro profunda, larga y silenciosamente porque no soy yo muy escandalosa en el orgasmo. Siempre me retengo para gemir o gritar. Ana se desnuda y se pone encima de mí y yocomienzo a acariciarle la punta del clítoris con la misma
indecisión de siempre, porque me atenazan los nervios con ella, sólo con ella me pueden. Está empapada, está chorreando, así que es fácil deslizar el dedo. Y no dice nada, no dice lo que le gusta y lo que no, así que me muevo entre tinieblas con respecto a ella. Finalmente, cuando comienza a correrse, grita y jadea sobre mi hombro y un líquido caliente mancha mis muslos, está eyaculando mientras su placer parece ser inmenso y largo.
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Re: Relatos que entienden

Mensaje  malena el Septiembre 23rd 2012, 1:34 am

EJECUTIVA AGRESIVA

de Beatriz Gimeno

del libro Sex

La bronca del martes fue épica; la eché a empujones de mi casa y casi la tiro escaleras abajo. No quiero volver a verla.
Llamo a mi amiga Rosa para contárselo y no me entiende. Dice que está harta y que ya ha vivido esto mismo una treintena de veces, que ha vivido peleas terribles.

—¡Mucho llanto, mucho grito pero siempre vuelves! —me dice.

—Esta vez no, se ha terminado.

—Eso no te lo crees ni tú.

—Bueno, ya lo verás.

Y así acaba nuestra conversación.

Después me tumbo en la cama a pensar: necesito pensar. Y termino pensando en Amaya. ¿He terminado con ella? Ya no lo sé. ¿Volveré a verla? De repente, me invade una oleada de angustia y me entran ganas de llamarla y disculparme otra vez. ¿Por qué estoy tan enganchada a ella?

—Está claro que eres masoquista —me dice Rosa, a la que he vuelto a llamar por teléfono.

—No tiene nada que ver con eso —respondo yo, no muy convencida.

Pero lo cierto es que no creo ser masoquista, aunque lo más fácil es pensar que sí, que lo soy. No creo serlo. No me importa que me aten, pero no me gusta nada que me peguen, y lo de las cuerdas o las esposas es más bien una cosa de atrezzo; me da un poco igual. Lo que me excita es la sensación de entregarme y de perder mis propios límites. No ser pasiva o dejar de serlo, porque puedo ser muy activa, sino el hecho de sentir que mi amante está tomando posesión de mi cuerpo; un cuerpo que le ofrezco, que le entrego por amor o por placer; por mi placer o por el suyo. He estado con muchas mujeres y he vivido con varias; me he enamorado también de algunas y he sufrido por unas cuantas, pero engancharme de la manera en que estoy enganchaba a Amaya me ha ocurrido pocas veces; quizá nunca hasta ahora.

Eso es lo que le explico a Rosa, que no entiende nada y que me dice que, en todo caso, Amaya me hace sufrir y que hay que apartarse como sea del sufrimiento. Es cierto, tengo que dejarla porque me hace sufrir y no me gusta nada sufrir. El control no tiene nada que ver con el dolor, sino siempre con el placer.

Qué le vamos a hacer si me gusta, me excita y me hace gozar mucho. Es que cuando no está en mi vida la echo de
menos, es que cuando estamos juntas se comporta exactamente como me gusta, de la manera en que me vuelve loca, como si mi cuerpo le perteneciese, en cualquier momento, donde quiera, como quiera. No es que sea desagradable, ni que sea violenta o como quiera. No es que sea desagradable, ni que sea violenta o que me hable dándome órdenes, nada de eso. Además, no se lo permitiría… Se trata de una actitud que seguramente sólo yo perciba, pero que me da tanto placer que me es imposible resistirme a ella, no la he encontrado en nadie más. Cuando estamos en casa de las amigas, por ejemplo, y me mira desde el otro lado del sillón, sólo con su sonrisa es como si se estuviese echando encima de mí, aunque yo sea la única en percibirlo; como cuando se levanta, y se sienta a mi lado, y me acaricia el pelo y, de repente, baja la mano y me roza un pezón, o como cuando mete la mano entre mis piernas sin que nadie se dé cuenta, en el cine o donde sea.

—¿Es que soy la única persona que le da tanta importancia al sexo? —le digo a Rosa, pero es una pregunta retórica, claro está. El sexo es un juego en el que cada participante pone las reglas que quiere y Amaya juega como a mí me gusta y por eso me cuesta tanto dejarla, porque cuando la he dejado y después me la he encontrado en cualquier sitio, en una fiesta, en la librería, en el barrio, y me ha mirado de esa manera…

—Tú vuelves, siempre vuelves —me dice Rosa— y haces mal, se siente segura y por eso te hace sufrir.

Paso la semana resistiendo las ganas de llamarla y no la llamo, pero sé que el viernes tendré que verla porque es el
cumpleaños de una amiga común que da una fiesta en su casa. Dudo si ir o no ir, pero es una de mis mejores amigas y no ir por culpa de Amaya… Es como esconderme.

—Iré, iré —le digo a Rosa cuando me llama—. ¿Vamos juntas?

Mi amiga abre la puerta con una sonrisa de oreja a oreja, como sabiendo lo que todo el mundo debe saber, que nos
hemos peleado otra vez. Supongo que todas piensan que es otra de nuestras crisis, pero lo que no saben, pienso yo, es que esta vez es de verdad.

Paseo por el piso saludando a unas y a otras; las conozco a casi todas desde hace siglos. De repente, me siento un poco angustiada, como encerrada en un armario; todo es demasiado previsible. Entro en la cocina, me sirvo algo de comer y me voy al salón con mi plato; entonces veo a una mujer que no conozco, una mujer mayor, con pinta muy formal, conservadora diría yo, que está sentada en el sofá y que ha comenzado a mirarme exactamente como me mira Amaya. Y su mirada tiene el efecto de hacerme sentir igual que cuando me mira Amaya: desposeída. Y eso me calienta. Amaya, que ahora entra en el salón, se da perfecta cuenta de lo que pasa y también me dejo llevar, porque le estoy dando de su propia medicina, de la que duele. Creo que es la primera vez que soy yo la que tengo la sartén por el mango y esa sensación es agradable; pero lo más agradable es ver a Amaya insegura de su poder sobre mí, ella que siempre ha estado convencida de que no podía perderme… Ahora soy yo la que elijo. Por un instante me asusto; ¿no me estaré equivocando? No, llega un momento en que una tiene ya la suficiente experiencia como para saber qué significa una mirada como ésta.

Me dejo llevar acunada por esa mirada que me sigue por la habitación, que me sigue cuando me levanto, cuando me vuelvo a sentar. Me siento halagada y me gusta ignorar a Amaya, que trata vanamente de llamar mi atención; ahora puedo incluso verla como parte de un pasado que soy capaz de ver lejos de mí, como parte de un pasado que no ha sido tan agradable como a mí me hubiese gustado. En toda la noche no hago otra cosa que estar pendiente de esa mujer.

—Ya está —le digo a Rosa—, Amaya es el pasado.

—No me digas. Y ¿quién es el presente? ¿No podrías darte un respiro?

Pero yo estoy demasiado ocupada como para hacerle caso y ni siquiera me enfado.

Mercedes y yo apenas hablamos, es más bien un juego de miradas, mirarnos y reconocernos. El hecho de que sea mucho mayor que yo, de que sea tan distinta a mí en la manera de vestir, también me excita y sólo espero no equivocarme con ella. Finalmente, cuando ya he bebido lo bastante, me siento en el brazo del sofá, mientras hago como que charlo con todas; al rato, ella pone su mano distraídamente encima en mi muslo, así que a mitad de la noche ya tengo claro que no me estoy equivocando en absoluto. Cuando Amaya ve que Mercedes pone una mano en mi muslo y luego en mi hombro, se va de la cena y yo paladeo lentamente mi triunfo. La venganza es un plato que se sirve frío, y así es. Rosa me mira desde el otro lado de la habitación con cara de pocos amigos.

Cuando la gente comienza a marcharse, Mercedes se levanta del sofá, me mira y me dice:

—¿Me acompañas?

—Claro —respondo.

Rosa dice que no con la cabeza pero ¿qué iba a contestar? Así que salimos juntas y nos montamos en su coche. Hablamos de cosas banales: el tiempo, el tráfico esas cosas que se dicen cuando hay que llenar las horas pero no hay gran cosa que decir. Como no hay tráfico a causa de la hora enseguida llegamos a su barrio, y eso que está en el quinto pino. Un barrio de esos que es como un jardín, con buenas casas y un garaje que se abre automáticamente según llegamos y desde el que cogemos un ascensor que se supone que nos llevará directamente a su piso. Dinero, se ve el dinero.

Yo la sigo bastante asombrada, porque soy una auxiliar administrativa que nunca ha estado antes en una casa como ésta. Ahora me pregunto dónde habrá conocido mi amiga a una persona como esta Mercedes, tan distinta de todas nosotras. Cuando la puerta del ascensor se cierra, comienza a besarme mientras me mete la mano por debajo de la ropa, buscando mis tetas con ansiedad y con fuerza. Me hace un poco de daño en los labios porque me muerde con fuerza y después baja su boca por mi cuello y me muerde hasta hacerme daño. Mañana tendré una marca, como una adolescente. Me da un poco de rabia.

Entramos en una casa elegante, de rica.

—¿En qué trabajas? —le pregunto.

—Soy abogada —y sin ningún preámbulo me lleva hasta su dormitorio.

—Desnúdate —me dice, y eso es lo que comienzo a hacer, con pudor porque siempre da pudor desnudarte delante de alguien que te mira, y más si te mira vestida.

Cuando me quito las bragas me pasa la mano por el vientre, juega con los pelos de mi coño y dice:

—Y ahora, desnúdame —y eso lo que hago. Ella me agarra la cara y la acerca hasta la suya para besarme mientras yo lucho con botones, cremalleras, corchetes y todo tipo de artefactos que llevan las ropas para sujetarse y que no se nos caigan, sobre todo en el caso de las ricas. Con lo fácil que es quitar una camiseta.

Cuando sólo queda quitarle las bragas, me detiene y no me deja continuar; se las deja puestas. Me arroja sobre la cama, se tumba encima de mí y durante un rato nos besamos, nos frotamos y ella acaricia mi clítoris suavemente; yo empiezo a pensar que esto va bien. Sólo puedo chuparle los pezones porque continúa con las bragas puestas y porque no me deja hacer gran cosa, ya que me aparta las manos cuando las pongo sobre su cuerpo. Es en este momento, cuando me estoy preguntando por qué no se quita las bragas de una vez, se levanta de la mesilla, saca un arnés con su correspondiente dildo, que se coloca con pericia, y me mira desafiante. Yo me he puesto un poco nerviosa; aunque no es la primera que lo usan conmigo y muchas amigas lo tienen, lo cierto es que Amaya no es muy partidaria, así que ahora este artefacto me ha descentrado un poco.

Eso es sólo en el primer momento: cuando está lista, la veo con esa cosa e imagino lo que va a pasar, las tripas se me revuelven de placer y, simplemente, abro las piernas, dejando mi vagina abierta y desprotegida. Abierta para ella, para que me folle, deseando que me folie, suplicando que me folie.

Saca un condón de la mesilla, se lo pone y después se pone frente a mí para jugar un rato conmigo, pasando la punta sobre mi clítoris, poniéndome tan caliente que yo misma quiero cogerlo y metérmelo de una vez por todas, porque ya necesito sentirme llena, pero ella sonríe y dice:

—No, no, así no.

Y yo la dejo hacer. Se echa sobre mí y yo continúo entregada, con las piernas abiertas; empujando con las caderas
el dildo entra sin ninguna dificultad. Estoy muy mojada. Cuando el dildo está dentro de mí, siento algo que no he sentido antes, la sensación de estar llena, entregada del todo, llena de sexo, completamente a su merced. Hasta ese momento no había sabido lo que es sentir el cuerpo completamente entregado.

Y entonces, ¡vaya!, Amaya aparece como una ráfaga en mi pensamiento: imagino el placer que sentiría, que sería mucho mayor si fuera ella quien estuviera usando un dildo como este. Y pienso que tengo que decírselo, y eso me distrae y me pone muy triste; no puedo evitarlo, aunque intento por todos los medios concentrarme en lo que tengo entre las piernas. Pero enseguida las acometidas de su cuerpo contra el mío, su vientre contra el mío, su mano ahora en mi coño y su boca en mis tetas, me hacen volver a mí misma y a esta sensación nueva que es correrse sintiéndose llena y penetrada, algo nuevo y precioso para mí; me corro despacio y lentamente, con un buen orgasmo. Mi orgasmo
llama al suyo y mientras yo estoy acabando con ese arquear del cuerpo que pide que no se termine, ella se sienta, se quita el arnés y se lo hace frotándose contra mí. Yo aún estoy terminando y ella empieza a gemir. Ha estado muy bien.

Lo malo es que ahora, al terminar, no me siento feliz ni siento las ganas que tengo siempre que me corro con Amaya, de reírme, de besarla, de acariciarla, de dormirme encima de ella, o debajo. Por el contrario, siento un agujero dentro de mí y una nostalgia inmensa de su piel, de su olor tan conocido, y también unas enormes ganas de llamarla, unas enormes ganas de tenerla cerca. Siento una necesidad imperiosa de contarle esto que me acaba de suceder y tengo la sensación, además, de que si no se lo cuento será como si no me hubiera pasado. Como no me parece que deba llamarla desde casa de Mercedes le digo que tengo que marcharme, que me he dejado en casa cosas importantes que tengo que llevar al trabajo. Me mira incrédula y un tanto socarrona, pero no parece importarle que me vaya. Yo
estoy deseando irme. En cuanto pongo un pie fuera de su casa corro en busca de un taxi.

En cuanto Amaya abre la puerta, la abrazo y me echo a llorar. Ella me abraza también, aunque no llora porque nunca
llora o, por lo menos yo no la he visto jamás. No quiere escuchar nada, porque dice que es muy tarde, y nos vamos a
dormir. No se lo conté hasta el día siguiente, pero no parece que le haya importado gran cosa. Pero eso sí, lo primero que hacemos esa mañana es ir a una juguetería a comprar un dildo color violeta, tamaño medio, que usamos de vez en cuando. Y no hay nada comparable a lo que siento cuando Amaya entra en mí y me folla, es lo mejor del mundo o, por lo menos, es lo que más me gusta. Sobre gustos…
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Re: Relatos que entienden

Mensaje  malena el Septiembre 25th 2012, 12:18 am

Gozad, gozad, malditas

de Beatriz Gimeno

del libro Sex

Fuente: revista Mirales

Decía Virginie Despentes en “Porno brujas/brujas porno” que le pedimos al porno precisamente lo que nos asusta de él: que diga la verdad sobre nuestros deseos. Yo, yo no sé nada sobre por qué es tan excitante ver a otras personas follando y diciéndose guarradas. El caso es que funciona. Es mecánico. (…) Y, sin embargo, mi libido es compleja, lo que dice de mí no siempre me agrada, no siempre encaja con lo que a mi me gustaría ser. Pero puedo preferir saberlo, en lugar de esconder la cabeza y decir lo contrario de lo que sé de mí, para preservar una imagen social tranquilizadora

Shame on me, señoras: soy de aquellas a las que les gusta saberlo. Vamos, me dije, sé un poco inapropiada. Cómpralo. Time to blow out.

Me gustan muchas cosas de los relatos de Sex, como la variedad de situaciones, lograda a pesar de que han sido escritos por una única persona. Treinta y cuatro textos dan para hablar de mujeres jóvenes y maduras, fieles e infieles esporádicamente, o por principios; con aprobación por la otra parte o sin ella; con marido ignorante o voyeur; dan para hablar de sexo en relaciones largas o recién estrenadas; con dildo, con las manos o con la boca; a dos, a tres; en la oficina, en la habitación de hotel, en casa o por teléfono; sexo en estado puro o mezclado con amor.

Me gusta que los relatos no se enmarquen en lo que se conoce como erotismo light. Como dice la autora en el prólogo de Sex, no sólo somos, por supuesto, sexuales, sino que nuestro sexo no siempre está hecho de ternura, de amor y de caricias. A veces es violento o agresivo, a veces juega por el poder y el control. Creo que es necesario – y sano- asumir que aquello que resulta excitante a menudo es socialmente molesto. En este sentido, al igual que declara Gimeno en el prólogo, considero que no es machista casi nada de lo que dos mujeres puedan hacer y disfrutar; dos mujeres pueden hacer lo mismo que una pareja heterosexual y el significado de la acción es completamente diferente.

A diferencia de los relatos porno al uso, donde los cuerpos son siempre jóvenes y perfectos y en los que todo transcurre sin problemas hasta el estallido final (simultáneo, cómo no), en algunos de estos relatos la autora nos coloca ante actos sexuales que no siempre empiezan o acaban bien, en los que no todo es perfecto, como aquellos que narran relaciones entre mujeres sexys y cuerpos considerados invisibles: los de aquellas que pasan de los cuarenta; las anodinas, las que no son especialmente guapas. En “Una pequeña diferencia”, la mujer que toma la iniciativa y vuelve a otra loca de deseo es muy atractiva, sí, pero va en silla de ruedas.

Gimeno rescata esos cuerpos que han sido negados y rechazados por la tradición patriarcal y nos los muestra en toda su espléndida capacidad para sentir y provocar deseo. Estas mujeres no suplican, ni dan pena, ni se sienten mal consigo mismas. No son víctimas. Ellas, como el resto de mujeres que aparecen en Sex, saben lo que quieren, qué les gusta, a quién quieren hacérselo y cómo, quién quieren que se lo haga y por qué.

En este sentido, aunque Sex nos habla de fantasmas y fantasías, algunos de los relatos contienen también una buena dosis de realidad, de voluntad de exigirle al porno que también nos hable de lo real. Porque a veces podemos sentirnos incómodas en el momento de tener sexo, o ridículas, fuera de lugar o con ganas de llorar; vivir momentos en que nuestro cuerpo grita de placer mientras la mente aúlla basta. No siempre hemos de leer o escribir historias que nos dejan como mensaje subliminal la obligatoriedad de tener un orgasmo cada vez que abrimos las piernas.

Doce años juntas y una profunda crisis sexual. Es normal; todo el mundo dice que es normal. Puede que sea normal, pero también es preocupante porque… ¿qué se hace? No hay duda de que nos queremos y que queremos seguir juntas; no hay duda tampoco de que no concebimos las relaciones sexuales fuera de la pareja, somos tradicionales para eso. También es normal. Al principio no me preocupaba lo más mínimo porque no me importa mucho el sexo y a Carla tampoco. Después de tantos años con ella, con una vez a la semana me basta y me sobra; parecía que a ella también. Ahora todo es más lento y todo mucha ternura y mucho amor. No echo nada en falta. Pero las cosas se han complicado un poco porque, de un día para otro, Carla no quiere sexo, ni una vez a la semana ni nada. Bueno, pensé. Es una fase. Todo el mundo decía que en el sexo se pasa por fases y en la pareja también. Pero pasaba el tiempo y Carla no hacía otra cosa que poner excusas, parecía una esposa harta ya del marido, del sexo y de todo. (“Reconversión”)

Es bueno -y necesario- que de tanto en tanto leamos sobre relaciones sexuales que no empiezan con buen pie porque la intensidad el deseo es tanta que paradójicamente bloquea al cuerpo deseante. O que acaban mal, porque la protagonista se da cuenta, en brazos de otra, de que le gusta más hacerlo con su pareja, que ha sido mucho mayor el deseo previo que el placer actual, y que sólo tiene ganas de vestirse rápido y volver a casa, donde le espera el dulce, amado cuerpo conocido. El sexo es complejo, tiene luces y sombras. La humanidad subyace al puro instinto y perturba el cuerpo a veces, a nuestro pesar, como en el momento en que la amante constata los estragos del tiempo en el deseo:

Todo lo que viniera del cuerpo era excitante, todo lo que diera el cuerpo era bien recibido y con todo jugaban y gozaban. Y así estuvieron casi sin trabajar, casi sin salir de casa, casi sin hacer ninguna otra cosa durante varios meses.

Después la vida cotidiana se impuso. Tuvieron que volver a sus trabajos, a sus cosas y, poco a poco, el deseo se fue apaciguando y apagando como ocurre siempre. Ahora han pasado ya veinte años y de aquellos meses queda el recuerdo; ahora apenas encuentran tiempo ya para amarse. (“Nueva vida”)


No cometeré la hipocresía de decir que compré este libro por un interés intelectual ligado a esta irrupción de lo real en lo pornográfico. Compré este libro para gozar, llana y lisamente. Y precisamente por eso me alegra comprobar que he encontrado en él mucho más de lo que esperaba. No sólo me ha aportado imágenes que me han dado placer y que se han unido a las que conforman mi BIOS, mi bootstrapping o sistema de arranque particular, sino que he encontrado mucho más. Por eso no he tenido la tentación de saltarme o leer en diagonal la parte de texto que no contiene la descripción del acto sexual. Aquí todo es importante, cada relato se disfruta entero, como un buen cuerpo deseado. Sex no sólo muestra, simplemente – que también- “cómo lo hacen” dos mujeres, sino cómo se sienten al hacerlo, antes de hacerlo, después de hacerlo. Cómo se posicionan frente al sexo y al amor. Cómo reaccionan, qué sienten, por ejemplo, al saber que la mujer que aman se siente atraída por otra:

No me acerqué; estaba bebida y rabiosa, frustrada y dolida, pero no tanto como para hacer el ridículo abiertamente. (…) Ver cómo tu pareja, a la que quieres, besa apasionadamente a otra no es plato de buen gusto. Me sentía, más que desgraciada, miserable, sola y abandonada.

Entonces me acerqué. Marga debió verme por el rabillo del ojo, porque dejó de besar a la chica y sacó su mano de debajo de la falda. Yo me acerqué aún más y percibí claramente que todo su cuerpo se ponía tenso y a la defensiva. La joven se arregló un poco la falda aún más nerviosa, mirando al suelo como avergonzada. Cuando Marga pudo ver mi cara se relajó. (…) Siempre sabe lo que pienso, le basta con mirarme. Y ahora ya no estaba inquieta sino, si acaso, curiosa. Me acerqué aún más y me puse frente a ellas, aproximando mi cara a la de Marga; comencé a besarla y ella se unió a mi beso. En ese momento, la joven quiso marcharse, pero la agarré del brazo y se lo impedí. (…) Ella se dejaba hacer. Mi cuerpo las tapaba a ambas: era difícil ver en la oscuridad lo que estábamos haciendo. La joven respiraba cada vez con más fuerza. Me volví hacia ella y le puse una mano detrás de la cabeza. (“Los pezones de Marga”)

Soy consciente de que lograr todo esto sólo es posible cuando la autora dispone de la maestría narrativa de una escritora de la talla de Gimeno; en este sentido, y precisamente porque ese talento no es común, recomiendo esta lectura.



Por último, tal como indica la autora en el prólogo, os aconsejo que no leáis estos relatos de una sentada: como Ícaro, se os quemarán las alas, sometidas a tamaña sobreexposición. Leedlos con calma, o con la calma que os permita su contenido, digamos un texto, máximo dos por sesión. Pocos libros se han demorado, como éste, durante meses sobre mi mesilla de noche, en el brazo del sofá o la mesa del despacho. En esta lectura, como en tantas otras delicias, vale la pena demorarse, contener la impaciencia y degustar sabiamente, a solas o en compañía, todo el placer
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Re: Relatos que entienden

Mensaje  malena el Octubre 2nd 2012, 11:11 am

COMO DISIMULAR EL PALETISMO Y SALIR AIROSA EN UNA BODA

de Mónica Rivas

Mis vacaciones veraniegas casi siempre empiezan con una boda, es lo que tiene que tus amigas estén en edad casadera. Este año no ha sido menos y a finales de junio tuve el primer bodorrio de la temporada. Me trasladé a Bilbao unos días antes para organizarlo todo: peluquería, chapa y pintura y sobre todo el discurso. Después de los 5 que hice el año pasado mis amigas me han nombrado la speaker oficial de la cuadrilla y dan por hecho que seré yo la que salga al ruedo para emocionar a la plebe congregada. El pánico empezó a apoderarse de mi 16 horas antes del enlace cuando solo llevaba un párrafo escrito. Pensé en algo fácil como es el famoso corta/pega de otros discursos anteriores pero da la casualidad de que los invitados eran casi los mismos, no podía arriesgarme a un fracaso de crítica. Bajo presión parece que mi mente funciona mejor y conseguí escribir un par de folios.

Me levanté prontito para ir a maquearme, primero sesión de peluquería para hacerme un semi recogido con un floripondio verde y luego maquillaje, que a esas horas y con mi cara de sueño bien podría ser la obra del escorial. Cuando vi el despliegue de medios pensé que me iba a esculpir mi cara con cincel y martillo.

Llegué a casa divina de la muerte si obviamos mi indumentaria de chándal, zapatillas y una camiseta ancha para poder quitármela sin mover un solo pelo de mi recogido. Me puse el sujetador y las bragas bonitas, esas que se guardan para ocasiones especiales y para ir al médico, seguido del vestido mitad verde mitad colores y formas variadas que me llegaba hasta las rodillas y los andamios de 10 centímetros, llámense tacones. Teniendo en cuenta que mi calzado habitual son zapatillas, chancletas, sandalias y botas con algo de tacón o planas, subirme a esas alturas es todo un logro (evitar el mal de altura) y poder andar con soltura como si hubiese nacido para llevarlos un auténtico milagro.

Con mi bolso “perdona pero no entra nada, que mierda” y pendientes a juego salí hacia el autobús.

Llegamos al lugar del enlace, yo ya lo conocía ya que el año pasado tuve otra boda civil allí. El patio estaba ideal, las sillas forradas de tela blanca, flores por todas partes, una alfombra roja que llegaba hasta la mesa, piedras enormes que hacían de baldosas rodeadas de espacios grandes con piedras pequeñas blancas.

Donde la gente veía belleza yo solo podía ver un terreno escarpado cual Himalaya que tenía que sortear con mis andamios de 10 cm para poder llegar al atril….mierda!!! donde coño está el atril?? Por Dios santo, habían decidido que el micro fuese de mano, cojonudo!! Bueno, ya que era mi quinto discurso y mi soltura en intervenciones públicas iba en aumento confié en mi pulso.

En un lateral del patio vimos con lágrimas en los ojos la entrada del novio y de la novia. La concejal empezó con sus lecturas, yo mientras estudiaba la mejor ruta para llegar a la mesa y no comerme por el camino a la abuela del novio sentada en primera fila ni a la tía de la novia, la del pueblo, que muy concentrada seguía la ceremonia desde segunda fila.

Saqué el discurso del bolso, con mucho tiempo de antelación. Os preguntareis, ¿Por que es tan importante hacerlo con tiempo? La explicación es sencilla, para evitar cualquier tipo de contratiempo como el que me pasó en una boda religiosa el año pasado. Cuando el cura me indicó que ya podía salir a decir unas palabras fui a abrir el bolso y…sorpresa!! me quedé con la cremallera en la mano y….sorpresa!! el discurso estaba dentro. Una amiga se percató de lo ocurrido y de mi cara de pánico, no estaba preparada para improvisar en una iglesia. Entre las dos al mas puro estilo “trata de arrancarlo Carlos, trata de arrancarlo por Dios!!!” conseguimos abrirlo cuando el cura ya me lanzaba miradas amenazadoras. Ese día le di gracias al señor aprovechando que estaba en su casa.

Llegó mi momentazo, mis 3-4 minutos de gloria. Llegué a mi destino pese al terreno hostil con elegancia y saber estar. Me dieron el micro, perfecto, no había baile de san Vito. Primer percance, eché el pie hacia atrás y el tacón se hundió en las piedrecitas blancas, nadie se dio cuenta pero mi postura era pelín tensa, entre un pase-pose que me dejaba el gemelo en continúa contracción y la cadera hacia el otro lado para compensar el peso. Segundo percance, por culpa del viento uno de los mechones que se salía de mi semi recogido despeinado se me metió en la boca. Discurso en una mano y micro en la otra, no había manera de apartármelo y el brillo de labios dificultaba la operación. Con sutiles sacudidas de cabeza conseguí no atragantarme con mi propio pelo, hubiese sido una muerte bastante estúpida. Tercer percance, aparte brevemente la vista del discurso para mirar a los novios (momento emotivo) cuando volví a mirar al folio me había perdido completamente, no conseguía encontrar la frase ni el párrafo que tocaba. Para los asistentes fue una pausa emotiva, lo se por los comentarios tipo “mira que maja, se ha emocionado y no puede hablar”. Para mi fue una de “te lo dije, tenías que haber puesto las letras tamaño 14 o 16, el 12 no se ve un cagau”. Tras unos angustiosos segundos pude acabar mi discurso con dignidad y me retiré entre aplausos por el camino ya memorizado.

Tras las fotos de rigor, el coktail y marujear sobre los vestido de las invitadas fuimos al comedor. Todo transcurrió con normalidad hasta el comienzo de la barra libre.

Ya no quedaba vino en la mesa y yo tenía sed, los de la barra libre me negaron un par de veces con la cabeza mis intentos de acercarme y pedirme un cubata. Primero los novios tenían que abrir el baile, no me acordaba de eso. Cuando por fin se animaron me coloqué en un ángulo favorable para mi objetivo, el baile se acabó y fui directa a la barra, me estaba deshidratando. Tras adelantar a varias personas y casi hacerle un placaje a la novia conseguí que me sirvieran el primer cubata de la barra libre, toma!!! me sentí como Fernando Alonso cuando gana una carrera, satisfecha por el trabajo bien hecho.

Un dato importante, los novios nos dijeron que la barra libre les saldría rentable si cada uno bebíamos mínimo 5 cubatas, yo cumplí. Una amiga mía siempre dice que es de mala educación no emborracharse en las bodas porque los novios ponen todo de su parte para conseguirlo, yo siempre lo cumplo.

Entre canciones de pitbull y alguna rumba el alcohol iba haciendo su labor. Puse mi gaydar en modo ON aunque bien sabía de antemano que allí no había donde rascar. Efectivamente y como diría mecano mucha niña mona pero ninguna sola. Otra vez modo off para seguir con la fiesta. En ese momento me di cuenta de que la señal que yo emito está estropeada, tenía al típico tío pesado al lado y mi pensamiento fue “ni aunque me gustasen los hombres me iba yo con alguien que lleva una camisa amarillo pollo y una corbata con un escudo de armas…bicho”.

De repente pusieron la canción de lady gaga “telephone”,la gente me miró a mi y otra amiga esperando una coreografía, esto viene de otra historia que nunca contaré si no es bajo tortura o posible estado de embriaguez máximo.

Me vine arriba, en mi mente se me ocurrió quitarme el zapato y utilizarlo de teléfono para divertir a la plebe. Me pareció aun mas divertido quitármelo sin utilizar las manos, dando una patada al aire y cogiendo el zapato al vuelo…

No hubo que lamentar heridos pero si unos grititos ahogados y la gente apartándose de la zona rápidamente. Yo por fin tuve mi zapatófono e hice mi show todo lo bien que pude.

La noche acabó a altas horas de la mañana, con sandalias planas y una borrachera considerable. Me encantan las bodas y las historietas que ocurren en ellas. Con este relato he demostrado que se puede pasar por glamurosa y estilosa echándole algo de morro y disimulando, aunque al día siguiente te vuelvas a poner el chándal y bajes de los andamios a tierra firme.

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Re: Relatos que entienden

Mensaje  malena el Octubre 15th 2012, 11:51 am

El gato azul I

Mónica Martín

- Puedes dormir aquí- Kati me señala la estrecha cama.

Las luces intermitentes de la calle golpean las sábanas. El camastro ocre me recibe, pienso en su cuerpo desnudo y al minuto velos de deseo caen empapando mi espalda.


Es pequeñita. Kati, morena, con la piel color aceituna, tiene una voz extremadamente aterciopelada que no encaja demasiado bien con su estructura osea.

La pequeña Kati.

Tiene una casa a orillas del océano y sin que esto sirva de precedente, fue el motivo por el que decidí dejarme guiar hacia su puerta. Desde que llegué a la Habana, Cuba, he estado durmiendo en pensiones de mala muerte. Un día sin más, acabé con el poco dinero que me quedaba y me perdí en callejuelas sin salida, al final de una barriada vi su casa y merodeé por su puerta como un gato hambriento.

Kati, inusalmente estrecha y bajita para ser Cubana, teñida de chocolate, se esfuerza en explicarme que es heterogénea, que en ella caben muchas cosas, también la amistad mezclada con el sexo y el sexo con los amigos. Me dice que en el fondo el contacto humano es solo una cuestión de cariño, que Dios nos ha dotado con la capacidad de querernos y que deberíamos celebrar cada minuto que estamos vivos. ¿Saben ustedes cuál es esa sensación de estar delante de alguien que a fuerza de haberse clavado la vida en los ojos puede ver más allá de tí misma? Lástima que no pueda entender nada de lo que dice y que estas bacterias indigestas se hayan instalado en mí. No estoy acostumbrada a la comida local, al ambiente húmedo y sanguinolento de calor que me aplatana. No estoy acostumbrada a la exhuberancia con la que me recibe el pueblo Cubano y sin embargo, creo, que me estoy enamorando lentamente de él.

Toma ron, no le hace ascos a un buen puro, tiene por costumbre cobrar por su compañía. Eso deduzco después de observarla durante varios días; no es que sea especialmente interesante, es ese azul, esa decisión de pintar su casa de azul lo que llamó poderosamente mi atención. Será este calor, la brisa del océano o los cuarenta años de atraso Cubano. Será este país o seré yo, o los coches que se caen a pedazos, o la turgencia con la que muestran las mujeres su cuerpo, o ese olor a sexo callejero y la música inundandolo todo. Será la música, sí, tiene que ser eso la música, van pasando los días y con ellos me doy cuenta que es una compañía de la que no puedo desprenderme. Será que pese a querer ser tan dura como pretendo en el fondo no lo he conseguido.

Comienzo a desnudarme en el baño, para quitarme el sudor pegado a mi interior desde hace varios días. Su forma de vida, su filosofía de vida, choca frontalmente contra mí. Intento desnudarme pero, pese a estar sin ropa aún me siento vestida.

Me descubre. Abre la puerta y me ve como te ven las personas que te conocen por dentro. Intento tapar mi sexo hasta que me doy cuenta de que resulta inútil. Avanza hacia mí con la mirada de una madre que quiere cuidar de su hijo. En silencio comienza a llenar la bañera de latón. Una antigua bañera de latón que se sostiene con cuatro patas que allí no vale nada y que en España es un artículo de lujo. Va templando mi agua, le cuento que me he fugado de mi país para intentar escribir otra novela, que allí no podía, porque me sentía triste. Le cuento que todos mis días eran iguales que yo creía en el amor hasta que me di cuenta de que nos habiamos convertido en esclavas. Le cuento que para mí lo más importante de este mundo es escribir, que escribiría con la sangre de mis venas, que entregaría mi vida a cambio de poder construir con las palabras.

Sorprendida se insta de hito en hito. Me toma por las axilas, me encuentro débil. Me ayuda a meterme en la bañera. El agua tiene la temperatura perfecta pero sabe sosa. Es curioso que en casi todos los sitios que hay playa el agua tenga un sabor nacarado.

- ¿ De verdad que en tu país eres escritora, mami? –

Y sus ojos me taladran en una danza incontestable de recreo, de curiosidad insatisfecha, de amargura, al haber encontrado un gato con forma humana que malvive comiendo de sus sobras. Sé que en el fondo me tiene lástima, que no cree una palabra, que me ha adoptado para darme un plato de leche fresca. Sé que no tiene nada pero que, pese a ello, es más feliz que yo.

- Si, pero nadie me conoce-

Hace tiempo esa frase me dolía, ahora ha venido a darme lo mismo, por ese motivo cogí un avión y me marché lejos de todo.

Me interroga con las manos, me abraza con la barbilla. Todo en ella es un puño de sensualidad que roba mi atención. A carcajadas se rie.

- ¿Cómo es eso? ¿Con lo tuyo no se gana dinero? – Se sonríe mientras me limpia el cuerpo con un paño blanco y empapado.

El brillo de su inocencia me inunda, me perturba, me descoloca pero, disimulo soy un gato, necesito mi cuenco de comida. Deliciosa Kati, a qué sabrás en esta maldita tarde.

- No – Relamo mis heridas. Cómo alguien tan pequeño puede causarte una herida tan enorme.

- Puedes dormir aquí, mami, pero tendrás que buscar la plata en otro sitio. – Asiento. Me pide que busque trabajo.

No soy nadie, ni en Cuba, ni en mi país, ni por supuesto en cualquier otro sitio. Eso es lo bueno de la experiencia, haberme marchado con lo puesto y sobrevivir. Se acabaron mis últimas monedas, ahora dependo por completo de la caridad ajena. Suerte que estoy en Cuba, el lugar donde las cosas son realmente lo que son. Farfulla, siente la impotencia de la eutanasia entre las manos. No puede ejecutarme, dejarme en ese callejón repleto de restos de basura sin otra cosa de lo que poder alimentarme.

Me ayuda a salir de la bañera. Me siento cansada, mareada, débil. Me siento como una imbécil: la imbécil que soy. La que perdió su documentación el primer día y con ella, cualquier esperanza de poder regresar a su casa. Podría acudir a la embajada pero, prefiero perderme en los callejones oscuros, beber de los platos ajenos y robar a otros turistas que se fian de mi aspecto Europeo.

Kati sale por la quejumbrosa puerta de su casa, se cae a pedazos, ella, su casa, el maltrecho comunismo, ese azul inanimado que es la promesa de un mundo mejor. Cómo se le habrá ocurrido pintar su casa de azul celeste. A las puertas del océano constituye un insulto de gamas añiles que es más libre, más equilibrado, menos miserable. Humano, si es que aún los humanos podemos cambiarnos de color.

Llevaba tacones rojos. Carmín. Una camisa blanca que sí apenas tapaba sus menudos pechos. Un bolsito de lentejuelas doradas. Huele a vainilla. No soporto esas colonias saturadas de olores dulces. Si ella supiera, si ella supiera que el mejor perfume es su piel, su redonda estatura, unos labios mestizos que no rompen las leyes de la gravedad. Su precioso y largo pelo.

Estoy en un gran problema, me gusta Kati.

Y no tengo dinero para seducirla.

Ella es la calle y yo, el intento de comprarla, de darle lástima, de encontrar un hueco en el corazón de esa reina negra.

Empieza a caer la noche, se oyen timbales que cruzan somnolientos el ruido de las olas. En el fondo del horizonte nacen olas, versos, gigantes de colores azules que vienen a despertarme de este sueño azul. Guitarras, tacones, gemidos de placer. Voces de hombres que han venido de viaje de fin de curso. Gente que busca el plástico del placer, gente que no lo encuentra. La noche huele a sexo, penes que se enervan, vaginas que se abren, infartos de viagra, ron reposado, marihuana húmeda. La noche huele a dinero, fresca sustancia de vida que acude en la soledad de mi indigestión.

Kati.

Yo.

Tres millones de Cubanos amarrados a sus pezones, como iba diciendo, estoy en un gran problema.

Me siento en el quicio de su puerta, empieza a refrescar mientras un manto oscuro cae sobre nosotras. A saber, yo y mi soledad. La ausencia de Kati y un estomago vacío.



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Re: Relatos que entienden

Mensaje  malena el Noviembre 30th 2012, 2:06 pm

El gato azul II

Mónica Martín

Acunada por la noche y el suave rugido de las olas, me duermo esperando su regreso, en la postura de un buda Cubano apoyado en la puerta. Típico rictus de un turista autosuficiente.

Kati, los ojos de Kati. Los pechos de Kati, como recogió Kati a una turista que vagaba detrás de su callejón con la mirada perdida.

Vuélvete a tu país, aquí tampoco eres nadie. Oigo entre sueños las olas que rompen contra el malecón y rendida, ronco sinfonías de estupores en los albores de la madrugada. Hay estrellas, unos cientos. En el cielo, cuando es de noche, suelen dibujarse las estrellas. Pedazos de luz iridiscente que me miran implacables entre todos los continentes.

Escritora… - Gruño - ¡Escritora! – Alguien golpea mi hombro.

Es kati, huele a puro, a hombre, a sudor ganado en cualquier esquina. Huele a pasado de hembra, al lamentable farfullo de la vida. Huele a semen. Nocturno, borracho, desamparado y extranjero.

- ¿Qué haces aquí loca? - Coge mi mano flacida y noctámbula - Es muy tarde vamos al cuarto -

Intento incorporarme pero, estoy un poco mareada. Con la mirada perdida la observo pero, soy incapaz de contestar nada. Me ayuda a levantar lo poco que está quedando de mí. Las tres mi autoestima, ella y yo nos encaminamos hacia la que será mi cama está noche. Al entrar en la estancia no reconozco mi catre pero igualmente me desplomo encima de unas sábanas húmedas y sucias. Llevo 48 horas sin dormir, entiendiendo el acto de dormir como el descanso inapelable que necesita el cuerpo. Llevo 48 horas comiendo lo que encuentro en los cubos de basura. Dispuesta a renunciar a todo, incluso a mi propia supervivencia o definitivamente a morir cuando Kati, belleza opaca que se distribuye en pequeños platos de degustación, me recoge, me sujeta, me registra y tras comprobar que estoy cautiva y desarmada, siente lástima de mí y me acoge, con la piedad de la miseria, esa que solo sienten, los que no son en absoluto miserables.

Era de esperar, no soy más que un gato.

Un gato que se aposta en las esquinas de su pequeña, seductora y llamativa casa azul.

Me deja en la puerta de mi cuarto. Una estancia, gris, sucia, pequeña y deja la puerta abierta. Desde allí puedo olerla, sentirla y recordarla. Todo en el mismo acto macabro.

Entre sombras veo como se deshace de su falda. Con las pupilas, apunto a su fisionomía con cuidado, no vaya a ser que me olvide como se apellida su monte de Venus. Es fuerte, pomposa, arrogante, oscura. Supura vigor mientras yo voy desfalleciendo. Se deshace de su parca blusa blanca y en tacones, desnuda por completo, viene a mi encuentro. Posa sus labios en mi frente, me invade un escalofrío que no sé si debiera atribuir a la excitación o la fiebre.

- Mami, estás ardiendo -

Si tú supieras, si tú supieras.

Sus pechos se balancean cerca de mi cara y tras tumbarme en ese catre infesto, acariciarme las mejillas y regalarme un casto beso en los labios sale por puerta, balanceando sus perfectas nalgas.

Tac tac tac tac tac.

Me deshago en un líquido que desconozco.

Tac tac tac tac.

Gimo. Imagino su pequeño y menudo cuerpo paseando por la casa mientras yo soy incapaz de levantarme.

Durante toda la noche sueño que pasea por el borde mi cama. Sueño que se sienta a mi lado, que me toca la frente, el cuello, el pelo. Sueño que me quiere, que se tumba a mi lado y me abraza. Sueño que sus tacones me traen noticias lejanas de mi mundo y me cuentan que en realidad al mundo ha dejado de importarle cuánto escriba o deje de escribir. Sueño que todos vuelven a quererme y que ya no les importa lo que digo, pienso o sueño.

La luz golpea mis pestañas, la impertinente luz golpea mis entrañas.

Oigo sus pies arrastrar una piel dura por la tarima. Reaparece en mi cuarto. Envuelta en un vestido blanco, parece la novia de San Pedro. Es preciosa pero, para decírselo no me quedan palabras. Moja mis labios con un paño húmedo, hasta ahora no me había dado cuenta de la sed que tenía. Kat, bonita, méceme entre tus caderas.

Abrazame y no me sueltes, creo que ene este momento me siento un poco triste.

Me desperezo, su olor dulzón acompaña mis idas y venidas. Como buena Cubana ha registrado mi mochila, deduzco al entreabrir mis febriles ojos y ver como manosea y curiosea uno de mis libros. Entre sueños pienso que ha hecho una mala elección, es el libro maldito. Aquel que gustaba a todo el mundo pero fue incapaz de levantar el vuelo. Mi libro maldito. Decepcionada lo lanza contra la cama.

- ¿Eres Gay? -

- Lesbiana - Corrijo - Soy Lesbiana - Frunce el ceño.

- ¿No te gustan los machos, mami? -



No - E intento incorporarme pero, no lo consigo.


Cierra el libro y farfulla entre dientes, viene hacia mí exasperada, como una madre cuyo hijo se empeña en hacerle la vida imposible.

- Lleva cuidado, mami, te prepararé algo para desayunar -

Caigo en la cuenta de que está amaneciendo y aún continuo en la casa azul.

Desde el episodio del libro, Kati no me quita ojo, aunque mis ojos se cierren tan a menudo puedo sentir su presencia cerca de mí. Su mirada de pantera negra me traspasa, busca respuestas a preguntas para las que no estoy preparada, preguntas que no quiero contestar, en parte porque no tengo una explicación, en parte porque estoy cansada. Preguntas que en otro tiempo contesté con generosidad y elegancia y que ahora me molestan y me perturban.

Trae una bandeja de mimbre, el algodón blanco del vestido resbala por su cuerpo como la crema que supura un pastel. Es dulce, nacarada, contundente, embriagadora. Ese olor a vainilla seca me produce naúseas. Tiene una acidez inesperada. Posa la bandeja en mi lado de la cama, se acomoda sobre su pierna derecha.

- Café y huevos.- Me acerca la bandeja. Me asomo a la taza de lata en la que ha vertido un caldo informe y oscuro. Flotan los posos necesarios para resucitarme o rematarme.

- Café, solo café - Murmullo y dentro de mí nace algo incompresible, tal vez el recuerdo lechoso de otro tiempo en el que acostumbraba a tomar café a cada instante. Parece mentira como un gesto tan cotidiano denota una estupenda salud física y mental.

Los huevos tienen un color amarillento, bastante solido. Café y huevos, no deja de tener gracia la ironía, como si esto pudiese solucionar algo. Empiezo a sorber el líquido oscuro, sabe a rayos, pero al menos no está putrefacto como el resto de alimentos que he ingerido en los últimos días. Kati continua con la mirada fija en mí, arrobada, esperando una repuesta a la incognita que me plantea.

Paro de engullir y me pregunta.

-¿Por qué te has ido de tu país? - Me lo dice la pobreza en persona, la novia de la muerte, la mulata que persigue braguetas en cada esquina, la de la mirada rota. Me lo dice Kati y su olor a vainilla, me lo dicen sus pezones, la oscuridad de una piel extremadamente suave y joven que fluye en mis pupilas como una lágrima que se despeña.

Suspiro hondo, dejo el café en la bandeja. Durante algunos minutos nos miramos a los ojos, a los labios, de nuevo a los ojos. Ella expectante, yo moribunda. Empiezo a entender que en la Habana, Cuba, estoy de más. Me sobro, es sencillo de entender.



Escribes bien – Le devuelvo una mueca, de incredulidad de arrogancia, de esperanza, de fe en el criterio de la que se ha convertido en mi tabla de salvación.


Cadencia Cubana y yo nos reímos de la sandez y el aburrimiento. Como no tengo padrino que se arrodille a mis plegarias y evite los estertores producidos por una mala digestión vomito violentamente encima de los huevos amarillos, a saber, de gallina de corral de playa.

Kati, las sabanas y yo nos hemos vuelto oscuras, ahora olemos a vainilla mezclada con acido sulfúrico.

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Re: Relatos que entienden

Mensaje  malena el Noviembre 30th 2012, 2:07 pm

El gato azul III

Mónica Martín

En la Habana una no se mete en la ducha y se quita la mugre como haría en un país primermundista, a saber, con agua corriente pagada y bien pagada, aquí llenas una vieja bañera de lata con calderos de agua hirviendo y te frotas con jabón de marsella.

El segundo baño en su casa. En su casa de color azul brillante.

La bañera de Kati tiene cuatro patas, es de hierro fundido.

Mi negra ha terminado de limpiarse los bigotes y me invita a utilizar el agua que ella ha usado en primer lugar antes de ponerme el desayuno. Una capa de aceite y sustancia amarilla, una capa de cosas que flotan y que bien podría ser semen de la noche anterior. Con una balleta retira los elementos solidos de la cama. Me besa la frente. Sigo apestando a descomposición, a Zombie, a intento de escritora que se creyó demasiado y ha terminado pidiendo limosna a una meretriz que la mira en el vaiven de las horas.

Me dice que espere.

Me pide que espere.

Me pregunto que hace vestida de faena tan temprano, será eso, su belleza que me ha vuelto loca o, tal vez, el interminable paso de las horas y esta fiebre, que se empeña en llevarme a cualquier precio, de esta vida.

Vista de frente parece un maniquí de la quinta manzana. La corta falda en esas menudas pero perfectas piernas, los tacones interminables, el pelo liso, negro, suave, la piel brillante, la bisutería estrambótica, llamada a satisfacter una feminidad barata, fácil de adivinar. Con la cabeza agachada sale del baño en mi busca. Ahora lo entiendo todo, vestida de uniforme Kati me teme, se averguenza de ser lo que es. Cree que ha metido al enemigo en casa. Cree que intentaré disfrutar de sus servicios sin pagar por ellos.

Cree que entre baño y vómito saltaré sobre ella yle pediré que me de todo aquello por lo que no estaría dispuesta a pagar ni aunque fuera rica.

Creo que cree. Cosa de necios.

- Mami – me dice mientras me desnuda – Tenemos que buscar un médico.

Mami. Estás amarilla.

Mami. El sudor te resbala por el cuerpo y con él mi miedo a que te mueras.

Y a que me busquen.

Y me encuentren.

Y me maten.

Obvia señalarme cual será mi cama esta noche. Esta úlitma noche que parece ser, vamos a compartir juntas.

Me mete en la bañera. Riega el agua turbia de sales de baño y con un gesto serio abandona la estancia dando un tremendo y sonoro portazo.

Estoy excitada. Tengo que reconocer que su carácter agrio consigue despertar en mi todos y cada de uno de los deseos que llevo mucho tiempo conteniendo.

Me encanta cuando se pone seria y las venas de su cuello se hinchan y se congestionan y me desvelan quehaceres extraños que hubiera sido incapaz de disfrutar en mi cielo paraiso.

Recuerdo Madrid. Sus calles atestadas de gente. Su olor a pis. Su crudo, largo, seco y puto invierno. Recuerdo las tardes que pasé esperando una oportunidad, la de convertirme en alguien serio. Con ese rictus de gilipollas soberbia con el que me sentí en el derecho de tirar por tierra a la única persona que me quería.

A la única mujer que estuvo enamorada de mí.

Que hubiera sido capaz de darlo absolutamente todo para que yo fuera feliz.

Recuerdo como me miró un minuto antes de dejarme, con lágrimas en los ojos, con esa decepción, esa tarea tan dura que tienen por hacer las personas que están enamoradas y que se han dado cuenta, al final, que nunca se verán correspondidas, porque en esa escala de valores que miramos la gente que nos hemos creído algo alguna vez, no vemos más allá de nuestro puto ombligo.

No vemos más allá que la infinita altura desde la que nos situamos.

Daría lo que fuera por sanar, recuperar mi pasaporte, huir hacia Madrid. Abrazarla y decirle que he aprendido que reirse es un deporte serio, consensuado, mortal para la propia vida.

Daría lo que fuera por vivir y no dejarme caer en ese agujero, esa casita azul en la que Kati, y su perfume de vainilla y las vergas que trae a casa, y su buena, maravillosa intención de librarse de mí no fuera tan evidente.

Daría lo que fuera por follarmela y después desaparecer para siempre de su vista.

Tras oir la puerta introduzco mi cuerpo poco a poco en el agua avinagrada, esto no es Kati pero se le parece mucho. Me pregunto cuánto cobrará por sus servicios y si lo hará en moneda extranjera. Gorgojeo en el agua maldita trazando una estrategía infumable en mi cerebro. En lo que me queda de cerebro. No tengo dinero, ni tarjetas, ni nadie a quien recurrir, se que fue estúpido pero, ni siquiera mostré interés por denunciar el robo de mi pasaporte al tocar el aeropuerto, no quería volver, no quería volver.

Voy a seducirla.

Voy a seducirla y a robarla.

Termino de bañarme. Como un poco de pan duro. Kati, ya ha desaparecido de mi vista. Decido tumbarme a descansar. Necesitaré todas las fuerzas que pueda reunir para llegar a la embajada a la mañana siguiente. Necesitaré su dinero y que haga la vista gorda. Necesitaré que su bondad sea épica.

Cierro los ojos. El aire salado empapa mis pulmones.

Ya solo escucho mi respiración resoplando contra el techo de una casa desvaída y triste como su habitante, que espera agazapada a que la presa regrese.

En mitad de la noche, tras conquistar esa pequeña y deshabitada cama, escucho la risa de Kati rompiendo la calma cubana. Como siempre música, como siempre tacones y una velada voz de hombre que susurra inconfesables secretos. El rugido de una ropa que cae. Hebillas que se sueltan. Manos que se frotan de alegría. Mi alegría. La de haber escogido el dormitorio correcto. Después un golpe seco contra el colchón y muelles que crujen escandalosamente entre gemidos de placer y dolor. A Kati le gusta lo que hace por eso siempre hay un cliente satisfecho.

Sé que hay algo dentro de ella que quiere saber y conocer lo que ocultamos las mujeres como yo.

Una hora después llega el portazo del salón principal y el silencio, espero llantos, pero no vienen a recibirme. Es la ausencia de sonido que lleva sello cubano la que me invita a avanzar por el pasillo. Entreverada y oculta por mis sábanas me asomo a su cuarto, siento miedo pero aún así aguanto, si vine hasta aquí fue para ver y al mismo tiempo dejar de ver.

Para ver cosas nuevas.

Para dejar de ver cosas antiguas.

Tengo celos de quien te paga, por eso sibilina, procedo a espiar tu cuerpo. La puerta está entreabierta y una debil luz tiembla en las paredes de la habitación. Kati sestea bocabajo, sin nada que tape su desnudez. Su impresionante cuerpo tallado en ébano brilla bajo los rayos de la luna cubana. Todo en ella invita al placer y al descanso. Percibo el oscuro latido de su sexo húmedo y satisfecho. La hinchada protuberancia de Kati me saluda. Aspiro lo que me llega de aire después del aeróbico acto de amor perpetrado minutos atrás en el cuarto. Me sonrío, hoy no utilizó ese infumable perfume con olor a vainilla, hoy huele a Kati, a Kati y a la marca del macho que acaba de irse por la puerta. Fijando mis ojos en una esquina del cuarto veo mi libro donde lo dejó esta mañana, antes de que la vomitara. Siento la imperiosa necesidad de recogerlo, en realidad siento la necesidad de recogerlo todo y marcharme de nuevo pero, necesito dinero, ese dinero que no me daría voluntariamente.

Avanzo por la vieja tarima, cruje, maldita. Ella se revuelve, intento cruzar la estancia pasando inadvertida pero me descubre y se incorpora sobre sus gluteos. Se frota los ojos, extiende la mano. Tapo mi cara con el libro negro, no es que la desnudez sea un problema para mí, es el sentirme pillada en falta lo que me avergüenza.

“ Solo quería recoger mis cosas”, balbuceo. No puedo verla pero por el ruido de los muelles y el crujir de la tarima deduzco que viene hacia mí. Tiemblo. Ahora, si, su olor, el auténtico, me llega y me traspasa. Mis planes se caen de un plumazo. Retira el libro de mi cara, totalmente desnuda, me mira a los ojos y me pregunta:

- ¿Te doy miedo? -

¿Miedo? No, miedo, no. Me das pánico y por eso ni puedo contestarte. Ya sabes tú, escultura de coral, lo que eres capaz de producir en quien te mira. Ya sabes suficiente, yo, ya he tenido suficiente. Arrima su cuerpo musculado e incasdecente al mío. La belleza en persona se expone a mi contacto y yo continuo intentado contar cuantos son sus dedos más los míos.

Cuarenta.

Por las veces que pensé en robarte. Mátame. Por la veces que me quede en cama mientras me traias el desayuno, me preparabas la bañera, me acariciabas la mejilla y la frente. Mátame. Por las veces que espié tu cuerpo mientras desempeñabas tu trabajo con esa energía. Mátame. Por la veces que pensé en abandonarte a tí, mi esposa Cubana. Mi heterosexual exposa Cubana, que se deshace en halagos de libros que no quiere devolverme. Mátame.

Mátame ya.

Termina con la pesadilla que es mi vida.

Feroz. Implacable y decidida, desvirga mi boca. Mi libro maldito cae a orillas de sus huerfanos pies. Abierto como yo, me trae palabras escritas en tiempos lejanos, palabras que han confundido muchas mentes y que a día de hoy me resultan inútiles y abandonadas. Sabe a sal, su lengua, sus labios, su piel, todo el conjunto de su cuerpo es un aroma salino que me supera. Me gusta Kati, siente placer con cada cosa que hace.

La agresividad de su boca me vuelve loca, me recuerda a su bañera, turbia, mezclada, un poco salvaje, un poco pasada de hora. Recorre mi cuerpo con sus manos expertas y abre una canal de humedad que sutura mis heridas con una velocidad inesperada. Hunde sus dedos en mi sexo, me engacha con un garfio del que no puedo, no quiero escapar. Kati es lista, despliega sus artes, entiende el sexo y la desnudez como algo totalmente natural, por eso la vergüenza y la tímidez, se quedan esperando en la puerta hasta que yo decida irme.

Esta noche no tengo capacidad de elección, ni resistencia. Ha pasado demasiado tiempo, me voy sin darme cuenta de que me he ido y su blanca dentadura me anuncia el segundo combate. Me muerde, me empuja. Caigo en un colchón que huele a sudor masculino y ella se arrastra a gatas hasta mis piernas. Exhausta noto como vuelvo al principio, como no puedo parar. Todo mi sexo se hincha y es una lava y un volcán y una lengua de fuego que estalla en una risa caliente. Su lengua se adentra en mi boca, levanta mi pierna, y une su sexo al mío. Es enorme, grandioso, caliente, y está, quisiera que se debiera a mí, absolutamente abnegado. Se mueve frotandose contra mí en una postura que no tendría por qué conocer. El orgasmo es un mal que nos despierta de este juego tan inesperado. Kati se arquea, ha pasado demasiado tiempo de su vida siendo responsable de sus propios orgasmos, de su valentía, de su infinita sensualidad. Dejo el guión de turista encima de la mesa y araño su espalda hasta hacer que sangre, juntas hacemos un viaje de ida que nos lleva de vuelta hacia la tierra. Cae, caigo y como no sabemos lo que es el cariño cada una duerme en su lado de la cama. Es el deporte de los inválidos emocionales, acurrucarse en las esquinas.

Al amanecer, mientras ella todavía duerme, comprendo que nada volverá a ser como antes.

No recojo el dinero que su anterior cliente le había dejado en la mesa de noche. Tengo pensado caminar hasta la embajada y esperar que allí me manden de vuelta a casa. A Madrid. A sus calles y su plazas. A los ojos conocidos de una preciosa, generosa e ilusionada chica que una vez estuvo enamorada de quién soy ahora.

Beso su frente.

La fiebre ya me ha abandonado.

Le escribo unas palabras de gratitud en la primera página del libro, le robo algunos alimentos frescos y abandono para siempre la casa azul.


Final
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Re: Relatos que entienden

Mensaje  malena el Junio 18th 2013, 9:03 pm

La otra noche
LIBERTAD MORÁN

—En los noventa nos lo pasábamos mejor.
—Desde luego.
—Y hasta follar era más divertido...
Dos treintañeras una noche de sábado.
—¿Te queda algo de coca? preguntó Mónica.
No mucha —respondió Sonia meneando la cabeza—. Para un tirito. Dos si son cortos.
Ambas salían del metro con las gafas de sol puestas. Eran las seis de la tarde. Sábado. Estaban en pleno julio. Y no habían dormido nada desde que se levantaran el viernes por la mañana. No importaba. Tenían dinero en el bolsillo y tarjetas de crédito. Y la coca solucionaría rápidamente la falta de sueño. No había ningún problema. Era verano y disponían de todo el tiempo del mundo para hacer lo que les diera la
gana. Y ningún padre cerca que les impusiera ningún absurdo toque de queda. Así que ambas paseaban con la arrogancia y tranquilidad de quien se sabe dueño de la situación.
Habrá que pillar más para esta noche —apuntó Mónica con deje cansino—. Si no, poca juerga vamos a tener.
Ajá —se limitó a decir su amiga sin desviar la mirada del  vacío en que la tenía perdida.
Sonia se metió las manos en los bolsillos y miró por inercia al reloj de la Puerta del Sol. Luego ambas se dirigieron hacia la estatua del Oso y el Madroño. Se apoyaron en ella y se
dispusieron a esperar. No hablaban entre ellas, simplemente estaban allí. No les hacían falta las palabras para comunicarse. Sabían lo que querían. Y lo qué tenían que hacer para conseguirlo.
Eran atractivas y bien que lo sabían. Ambas llevaban vaqueros ceñidos y camisetas ajustadas. No eran pocos los hombres que las habían mirado en los escasos minutos que llevaban allí
apostadas, admirando esa mezcla de frialdad y soberbia que lucían. Mónica llevaba en la mano un teléfono móvil con el que se entretenía pulsando las teclas y curioseando entre los menús de opciones. Sonia se miraba las uñas, suspirando de puro aburrimiento.
Justo en ese momento, Sonia vio que una mujer de unos cincuenta o sesenta años se paraba, junto con su marido, a
observar la estatua en la que ella y su amiga se apoyaban. Sin mediar palabra, se acercó a Mónica, dejó caer la mano
entre sus pechos y comenzó a besarla.
Oyeron cómo la mujer profería un «Uy» alarmado seguido de un murmullo de desaprobación. Sonia se volvió justo para ver como el matrimonio, literalmente, huía de ellas. Siguió
besándola hasta que el móvil de Mónica comenzó a sonar.
No, no eran lesbianas. Ni heterosexuales aburridas de la norma. Ni siquiera bisexuales. En cambio, preferían mantenerse sin clasificar, creerse transgresoras de las reglas
sexuales. Si les hubieran preguntado, se habrían negado a responder. No salían juntas, no eran novias, no tenían ningún
tipo de compromiso. Se acostaban muy a menudo. Pero también se acostaban con otras mujeres. Y con hombres. Aunque eran selectivas. Sus presas, fueran del sexo que fueran, debían ser siempre lo suficientemente atractivas como para despertar las envidias del personal. De todas formas, les gustaba demasiado acostarse juntas y la mayor parte del
tiempo lo pasaban la una en la cama de la otra. Pero sin compromisos. Esa premisa iba siempre por delante.
Mónica colgó la llamada y se dirigió a su amiga.
Era Jacobo. Que no va a venir para acá. —La cogió de la barbilla y la besó
—. Nos espera en Chueca. ¿Nos vamos? —volvió a besarla.
Por toda respuesta, Sonia señaló con la cabeza a un tío que se las había quedado mirando. Mónica se giró para verle, se echó a reír, cogió de la mano a Sonia y echó a andar con ella.
Subieron por Montera hasta la Red de San Luis, cruzaron la Gran Vía y se metieron por Hortaleza, luego doblaron por Augusto Figueroa y llegaron hasta la Plaza de Chueca. Aún no habían colocado las terrazas, así que se sentaron en un banco. El viejo verde de siempre les ofreció costo.
—Costo, chicas, costo, muy rico, para vosotras. Venga,  preciosas, guapísimas...
Mónica lo miró aviesamente a través de las gafas de sol.
—¿Cuántas veces te voy a tener que decir que no pienso comprar ese costo de mierda que vendes, tío? Déjame en paz de una puta vez, coño.
El tío se fue a molestar a los ocupantes de otro banco. Sonia se rebuscó en los bolsillos.
—¿Qué haces?
Me ha picado. Voy a rular un peta. Dame papel —dijo sacando el chivato de un paquete de tabaco dentro del cual
había media bellota.
Mónica sacó su cartera y le tendió el librillo de papel de arroz que siempre llevaba en ella. Sonia comenzó a rular.
Cuando encendió el porro vieron salir a Jacobo de la boca de metro.
—¿Qué hay chicas? —les dijo dirigiéndose hacia el banco.
Dio un pico a ambas y se sentó entre ellas.
—Te acabas de levantar, ¿verdad, cabrón?
—Nos ha jodido, después de la juerga de anoche... Da gracias a que haya salido tan pronto de mi casa. Si te acuestas a las diez no te puedes levantar a las once, ¿no?
—Claro, claro.
—Pues nosotras no hemos dormido nada.
—No, si ya me imagino que vosotras os habréis pasado la mañana follando. Otros no tenemos tanta suerte y nos conformamos con dormir la mona.
Bueno, pues entonces vamos a tomarnos unos cafeses para despejarnos, ¿os hace? —propuso Mónica—. Así hago un par de llamadas, a ver si consigo algo bueno que respirar esta
noche.
Los tres se levantaron del banco, subieron por Gravina hasta Hortaleza y entraron en La Sastrería.
 
* * *
A las tres de la mañana, la sangre ya estaba saturada de alcohol, los pulmones viciados y de las fosas nasales partía un
conducto directo con el cerebro por el que la cocaína circulaba a sus anchas.
Mónica, Sonia, Jacobo y algunos amigos más, taquicárdicos, acelerados y sudorosos bailaban en el Escape, haciéndose hueco entre la gente a duras penas. Sonia y Mónica bailaban bien agarradas, metiéndose mano continuamente y besándose como si hubieran estado mil años sin verse. El sudor hacía que el cabello se les pegase al rostro, la ropa se adhería a sus
cuerpos, tenían los pezones erectos y el deseo las estaba consumiendo. Sonia arrinconó a Mónica contra la pared
mientras la besaba en el cuello.
—¿Nos vamos a casa? —le preguntó entre jadeos entrecortados y la miró a los ojos esperando su respuesta.
Mónica asintió con la cabeza ansiosamente y volvió a besarla. Se agarraron fuertemente de la mano y se dispusieron a irse. Soltaron un escueto «Nos vamos» al resto del grupo y tras
los empujones de rigor llegaron a la calle, ignorando el flyer de invitación a la segunda copa que les tendía la portera. Bajaron hasta Almirante cogidas de la mano y se besaron durante
diez minutos, atentas al primer taxi que pasara.
Al Paseo de la Habana, por favor
—le dijo Mónica al taxista.
Y prosiguieron con los besos sabiendo que el conductor del taxi no les quitaba ojo de encima a través del espejo retrovisor.
Una vez hubieron llegado a su destino y pagado la carrera, se apresuraron a entrar en el edificio y subir hasta el piso de Sonia (o, mejor dicho, el de sus padres) en la tercera planta. Abrieron la puerta tras un forcejeo intenso con la cerradura y la cerraron de un portazo.
Entraron quitándose la ropa a tirones. Se iban empujando la una a la otra hasta el cuarto de Sonia. Cayeron en la cama.
Sonia sobre Mónica. Mónica ya en ropa interior, Sonia con los vaqueros aún puestos. Pero tardaron segundos en yacer completamente desnudas. Mónica besándole el cuello a Sonia. Sonia acariciándole la espalda a Mónica.
Ambas empezando a gemir. Ambas presionando con una de sus rodillas entre las piernas de la otra. Deshaciendo la cama, dando vueltas. Sonia besando y lamiendo los pechos de Mónica, masajeándole el clítoris y sintiendo cómo el suyo se hinchaba más y más.
Sintiendo la humedad de ambas. Ambas jadeando y gimiendo. Sonia dirigiéndose más al sur, besando el vientre de Mónica, su ombligo, el vello del pubis hasta hundirse en su sexo, cálido,
húmedo, suave, como el resto de su cuerpo, como el cuerpo de ambas. Nada que ver con el corazón.
A la tarde siguiente, Mónica bajó sola a Chueca. Jacobo la esperaba a las nueve en el Black & White. Eran y diez cuando se sentó junto a él y Carlos en los reservados que había frente al escenario de la planta de arriba.
—¿Cómo es que vienes tan solita? ¿Y tu novia? —le preguntó Carlos mordaz.
Mónica se quitó las gafas de sol en ese momento y agitó el pelo hacia atrás al tiempo que le dirigía a Carlos una mirada cargada de dureza y odio. Jacobo se echó a reír.
—Coño, tío, qué cosas dices. Pero si ésta no tiene novia ni nada que se le parezca.
Carlos pareció contrariado.
—¿Cómo que no? Entonces Sonia...
—Sonia es su amiga, una amiga con la que folla, duerme y pasa mucho tiempo pero una simple amiga, al fin y al cabo.
Hay una larga lista de amistades detrás de ella.
Carlos había pasado de la contrariedad a la total confusión. Miraba a Mónica y a Jacobo alternativamente esperando que alguno de los dos le aclarase la broma.
La próxima vez infórmate mejor antes de decir tonterías sobre mí —le dijo Mónica. Luego se dirigió a la barra
—. Martini con limón, Jose.
Volvió junto a los dos chicos con la copa en la mano. Se hizo sitio entre ambos, le arrebató el cigarro de las manos a Jacobo y dio un par de caladas.
Bueno, ¿adónde vamos esta noche?
—preguntó.
—Carlos dice de ir al Shangay. Tiene pases y ha quedado allí con Bea, Miguel y no sé quién más.
Con Bea, Miguel, Alfonso y Rubén—le corrigió Carlos.
—Pues eso. ¿Tú qué dices, Mon?
—Por mí, vale, pero antes quiero comer algo, que si no luego me caigo del hambre.
—¿Dónde? ¿Pizza Hut, McDonalds, Pans o Burger King?
—Da igual, lo que quiero es comer.
Se acabó la copa de un trago y los tres se levantaron a la vez. Salieron del localy se encaminaron a Gran Vía.
La Sala Flamingo era uno de los muchos locales de Madrid que cambiaba de nombre según el día y el ambiente. Desde hacía varios años, los domingos se transformaba en el Shangay Tea
Dance y allí se reunían sin falta un aluvión de mariquitas prestas a lucir el modelito que les ayudaría a conseguir al
chulazo por el que suspiraban, esperando y deseando que ésa fuera lanoche que trajera a sus pies a eseadorado príncipe azul. Además, era ellugar en el que Mónica había conocido a
Sonia dos años antes. No era unrecuerdo sentimental, pero le hacíagracia acordarse del modo en queocurrieron las cosas aquella noche.
Mónica ya llevaba un tiempo saliendopor el ambiente con Jacobo y no era laprimera vez que acudían al Shangay,
sobre todo a instancias de Jacobo, que era un forofo del juego de los mensajesque allí se celebraba de vez en cuando.
Esa noche empezó como todas, Jacobo saludando a diestro y siniestro a un sinfín de conocidos que parecían multiplicarse por los rincones para a continuación salir en su busca. Mónica
se aburría porque ninguno de los tíos que conocía Jacobo parecía ser, al menos, bisexual; y las pocas chicas que veía tenían toda la pinta de ser heteros modernísimas que venían acompañando a guapos chicos gays de los que eran súper amigas y que parecían encantadísimas de estar en un local de
ambiente, quizá porque pensaran que eso les podía dar un toque de distinción frente al resto del mundo. Total, que
Mónica andaba ya por su tercera copa y no hacía más que fumar un Marlboro tras otro cuando vio que Jacobo se colgaba
del cuello de una chica que, a su juicio y con un primer vistazo, Mónica catalogó dentro del grupo de las mariliendres. Al separarse de Jacobo y observarla con más detenimiento pensó que estaba bastante buena. Y que tenía algo que en ese momento la hizo sacarla de la categoría en la que tan prontamente la había metido.
Jacobo, por una vez, hizo de relaciones públicas y las  presentó. Sonia miró a Mónica de arriba abajo y sonrió un tanto lascivamente antes de darle dos besos. Luego pareció olvidarse de sus anteriores acompañantes y no se separó
ni de Jacobo ni de ella el resto de la noche. ¿Cómo iba a hacerlo si ni siquiera era capaz de apartar la vista de Mónica? Ésta, por su parte, callada y autosuficiente como era habitual, se limitaba a beber, fumar, bailar y hacer algún que otro comentario de vez en cuando. A determinada hora de la noche,
Jacobo se acercó a un tío con la intención de ligar y las dejó a solas.
Entonces Sonia ocupó su asiento para estar junto a Mónica y sin que la chica se diera cuenta, acercó su cara a la suya y le dijo al oído:
—¿Sabes que nunca me he enrollado con otra tía?
Mónica la miró como preguntándose: «¿a qué coño viene esto ahora?».
—¿Ah, ¿no? ¿Nunca? —se limitó a decir.
Nunca —la voz de Sonia denotaba que ya andaba bastante borracha—. Pero tengo la sensación de que tú vas a ser la
primera.
Ante esa afirmación Mónica no pudo por más que reírse y menear la cabeza, al tiempo que daba una calada a su
cigarro. Con el tiempo sabría que lo que Sonia le había dicho era una vil mentira y que, ya por entonces, el cabecero de su
cama lucía una gran cantidad de muescas que pertenecían a sujetos de ambos sexos. Pero esa noche había decidido
ligar con ella dándole la impresión de ser una primeriza con muchas ganas para que su ego sintiera la necesidad de
colgarse una medalla por haberla iniciado en los amores sáficos.
Poco rato después pusieron una canción que estaba muy de moda por aquella época. Sonia se levantó de un salto y extendió la mano derecha hacia Mónica, invitándola a bailar. Mónica aceptó y le tendió su mano. Al recibirla, Sonia tiró de Mónica con tanta fuerza que sus rostros se quedaron a escasos centímetros uno del otro y la miró de un modo que Mónica no pudo evitar pensar que, a pesar de lo que había dicho, Sonia no era precisamente una chica ingenua e inexperta.
Se sumergieron entre la gente y comenzaron a bailar, acercando sus cuerpos cada vez más y sin dejar de mirarse. A mitad de la canción vio cómo Sonia se mordía los labios. Acto seguido, Mónica fue empujada por ella contra una de las columnas de la sala.
Volvieron a mirarse a los ojos, hablando a través de ellos, entablando la primera batalla de una guerra que ya venía
durando dos años, luchando sin palabras pero con gestos, hasta que sus labios se acercaron y, por fin, comenzaron a besarse.
A partir de ese momento, Mónica supo que si bien era poco probable que llegase a enamorarse de esa chica —ella no se enamoraba de nadie— aquello erael principio de una historia muy larga.
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Re: Relatos que entienden

Mensaje  malena el Junio 20th 2013, 6:35 pm


Salieron de Pizza Hut y se encaminaron a Mesonero Romanos. En la puerta del Shangay se encontraron con los amigos de Carlos y, ya todos juntos, entraron al local. Lo primero que hicieron fue pedirse una copa. Después, se sentaron como pudieron. Comenzaron con los habituales diálogos de besugos mientras los cigarros se encendían. En esas estaban cuando Mónica vio llegar a Sonia acompañada de Jaime, un hetero
liberal con el que salía de vez en cuando. Iban cogidos de la mano. Y Jaime no hacía más que decirle cosas al oído a Sonia. Mónica apartó la vista justo cuando su amiga se percató de su presencia allí. La pareja se dirigió hasta donde estaban ellos.
Hey, chicos. ¿Qué tal? —les preguntó con una sonrisa. Ellos dijeron hola al unísono.
Mónica fingió que no les había visto antes y también les saludó. Miró a Sonia y después a Jaime. Le caía mal ese tío. Nunca había conseguido tragarle. Además, odiaba la etiqueta de liberal que el muy imbécil se empeñaba en llevar colgada al cuello, aunque todo él apestase a tufillo buenrrollista. Cerró los ojos durante un breve instante y se imaginó a sí misma propinándole un puñetazo en la boca por gilipollas.
Cuando los volvió a abrir, Jaime estaba sentado junto a ella con Sonia sobre sus piernas a falta de más espacio donde
poder sentarse. Justo entonces empezó a sonar una canción de alguien que ya se había hecho omnipresente en el ambiente
gay: Mónica Naranjo. Y aunque ni siquiera le gustaba, tiró de Alfonso y ambos se dirigieron a la pista de baile.
—¿Qué te pasa, tía? Si tú odias a la Mónica Mandarina —le preguntó Alfonso.
Mónica no estaba en ese mundo, sólo bailaba sobre él.
El Shangay suele cerrar, más o menos, en torno a las dos de la mañana. Cuando eso ocurre muchos de sus clientes se acercan a Week-End, en los bajos del Palacio de la Prensa, para seguir bailando hasta que el sol se digne amanecer. Y eso fue lo que hicieron Mónica y sus amigos, Sonia y Jaime incluidos.
En el Shangay, Mónica no había hecho otra cosa más que  bailar y cuando entró a Week-End fue directa a hacer lo
mismo. Sonia no dejaba de mirarla. Jacobo estaba junto a ella, también mirándola.
—¿Qué coño le pasa a Mon hoy? —le preguntó.
Antes de que el muchacho pudiese responder, Jaime contestó por él.
—Estará con el baile de San Vito. No me extraña, con la cantidad de farla que se mete... Por algún sitio tendrá que
liberar toda la energía acumulada.
Sonia miró a Jaime con cara de cabreo.
—Pues cuando te la metes tú, nunca es mucha.
—Venga, Sonia, no me jodas. Sabes de sobra que Mónica se ha pasado a media Colombia por las napias.
—Sí, justamente la media que no te has pasado tú.
—¡Joder, tía! No me des la brasa con ese tema.
—¡Ah! Ahora vienes con que no te dé la brasa. Al señorito no se le puede criticar pero él sí puede emitir juicios de quien le apetezca.
—Oye, no te pongas así. Sólo he hecho un simple comentario. Tampoco he dicho que tu novia sea una yonqui ni nada parecido.
—Primero, no es mi novia y segundo, a mí me parece que sí has insinuado de un modo bastante claro que es una yonqui.
—Pero, ¿a ti qué coño te pasa ahora? ¿A qué vienen estas tonterías?
Mira, vete a la mierda, ¿quieres? — le dijo antes de irse hacia la barra a pedirse un whisky con hielo.
Mónica seguía bailando en medio de la pista, esta vez junto a Jacobo. Chorreaba sudor y empezaba a acusar elcansancio.
—Me voy a ir, tío.
—¿Qué dices? Si sólo son las tres.
—Sí, sólo las tres. Los mismos días que llevo yo sin dormir. No, tío, ya está bien por hoy. Me voy.
—¿Y te vas así por las buenas?
Sí, así por las buenas —dijo dejando de bailar y dirigiéndose hacia la salida. Sin despedirse de nadie. ¿Para qué?
Paró un taxi en Callao. Apagó su cigarrillo antes de montar. Respiró hondamente y cerró la puerta antes de decir su dirección.
A Serrano con Goya, por favor — dijo. Pocos segundos después se quedaba dormida.
Al llegar a su destino, el taxista tuvo que despertarla para decirle que ya había llegado.
 
* * *
 
Tras la absurda discusión, Jaime intentaba suavizar el ánimo de Sonia sin apenas conseguirlo. Ella ni siquiera lo miraba, sostenía su whisky en la mano y se limitaba a responder con monosílabos.
Venga, vente a dormir a casa —le suplicaba Jaime.
—Que te he dicho que no, Jaime, que no me apetece. Hazme el puto favor de no insistir más, ¿quieres?
—Pero, ¿por qué? No entiendo por qué te pones así.
—Escúchame, Jaime: lo último que me apetece en este momento es follar contigo. Te lo puedo decir más alto pero no más claro. ¿Lo entiendes ya?
—Pues no.
—Muy bien, tú te lo has buscado.
Se levantó bruscamente y se alejó de Jaime. De camino a la puerta, dejó su copa sobre la barra, luego salió a la calle y paró un taxi.
Al Paseo de la Habana, por favor —dijo en el momento en que sintió rodar una lágrima por su mejilla sin que ella llegara a saber con certeza qué la había causado.
Al jueves siguiente quedaron en Refugio. Después de cuatro días sin verse debían echarse de menos, aunque ninguna de las dos fuese lo suficientemente honesta como para reconocerlo. Las apariencias debían guardarse pasara lo que pasara.
Era la una cuando Mónica entregó su flyer de entrada libre al “puerta” de la discoteca y bajó la escaleras que conducían a la pista de baile. Sonaba una canción de Sash! y la poca gente que a una hora tan temprana llenaba el local, por extraño que pudiera parecer, bailaba desatadamente. Encontró a los del grupo cerca de los monitores de video. Sonia ya estaba entre ellos.
Acabo de llegar —le explicó dándole un beso en la mejilla, haciéndole ver que quería firmar una tregua.
Mónica sacó su tabaco y ofreció a los presentes. Sólo Jacobo y Sonia cogieron. Sacó otro para ella y uno tras otro fue encendiendo los tres cigarrillos.
Bueno, yo me voy a pedir una copa —dijo guardándose el mechero—. ¿Alguien quiere una?
Todos negaron con la cabeza mientras bailaban. Mónica se encaminó a la barra que tenía más cerca y se acodó en ella a
la espera de que el camarero le hiciera un poco de caso. No había transcurrido ni un minuto cuando notó que alguien rodeaba su cintura con el brazo y apoyaba la barbilla en su hombro. Giró un poco la cabeza y se encontró con el rostro de Sonia.
Pensé que no ibas a venir —le dijo al oído.
—¿Y por qué pensabas eso? — pregunto divertida.
Sonia deslizaba su mano por el antebrazo de Mónica. Cuando ambas manos se encontraron, se aferraron una a la otra con fuerza.
—No sé. Simplemente lo pensaba.
Mónica meneó la cabeza, incrédula, y siguió tratando de llamar la atención del camarero. Sonia se mantenía tras ella. La sentía respirar en su nuca, besarla en el cuello, el roce de la nariz contra su piel al hacerlo. Su mano aún agarrando la de Mónica. Sus cuerpos pegándose cada vez más y sintiendo la presión de los pechos de Sonia contra su espalda. Se le cerraban los ojos. Se dejaba llevar.
Estate quieta, que me vas a poner cachonda —protestó sin mucha convicción.
Ésa es la idea, ¿no? —susurró Sonia sin interrumpirse en su tarea.
De repente, Mónica dio un respingo, se desasió del abrazo de Sonia y se colocó frente a ella mirándola a los ojos. Luego cogió la cabeza de Sonia con ambas manos y comenzó a besarla con ansia.
A las ocho de la mañana estaban desayunando en un bar de Tirso de Molina, sentadas frente a frente entre dos cafés con leche y dos napolitanas. El humo de los cigarrillos que ambas estaban fumando se interponía entre ellas difuminando sus rasgos. Pero Mónica estaba comenzando a sentir a Sonia más cerca que nunca. Dos años era mucho tiempo. Y no era de extrañar que dos años pudieran desembocar en lo que ahora estaba experimentando. Algo que había venido ignorando y apartando de su mente con firmeza desde siempre.
Miró a Sonia. Ella sostuvo su mirada. En sus ojos vio que estaba sintiendo lo mismo que ella. Sí, era cierto. Y ambas lo sabían. Pero ninguna daría el primer paso. Cuando Sonia desvió su mirada, bajó los ojos y sonrió, entre tímida e incómoda, Mónica pensó que no era buena idea hablar sobre ello. Tal vez lo que había sentido eran, tan solo, imaginaciones suyas. Sería mejor seguir como hasta ahora.
—¿Nos vamos a mi casa? —le preguntó Sonia.
Bueno, vale —contestó ella encogiéndose de hombros, fingiendo indiferencia como si estar con Sonia y hacerle el amor no fuese lo que más deseaba.
Pagaron las consumiciones, salieron a la calle y pararon el primer taxi que se cruzó en su camino.
El cuarto de Sonia se mantenía en una fresca penumbra a pesar del sofocante calor de las tres de la tarde que debía
reinar fuera. Ambas muchachas dormían plácidamente, abrazadas la una a la otra, sobre la cama de sábanas tan revueltas que apenas sí llegaban a cubrirlas.
Ruidos en la calle despertaron a Sonia, sobresaltándola. Se incorporó a medias durante un segundo para volver a recostarse. Volvió a abrazarse a Mónica. Aquella misma Mónica con la que tantas y tantas noches había dormido abrazada y a la que nunca le había demostrado una sola prueba de afecto sincero. Estaba demasiado ocupada intentando aparentar, intentando mostrar a los demás su imagen de chica dura, de chica fría y calculadora, que rechazó de un manotazo cualquier pensamiento sentimental que pudiera tener respecto a su amiga. Además, Mónica actuaba del mismo modo así que ¿para qué iba ella a esforzarse en intentar aclarar sus sentimientos? Probablemente hubiera acabado haciendo el ridículo. Y eso era algo que no se podía permitir. Porque no lo soportaba. No soportaba ser vulnerable. No soportaba su propia debilidad. Y enamorarse siempre era sinónimo de debilidad.
Sin embargo, las cosas estaban cambiando. Ya no era sólo la presión externa de los amigos y conocidos que no hacían más que hablar de la buena pareja que hacían ella y Mónica. No era sólo el estar todo el santo día oyendo decir: «Pues deberíais plantearos salir más en serio». Era algo que iba más allá. Y es que Sonia empezaba a sentir algo, algo mucho más fuerte que todo eso. Algo que quizá había permanecido dormido en ella durante los últimos dos años. O que quizá no había estado dormido pero que nunca se había dignado a prestarle atención, ocupada como estaba en mantener las apariencias.
A veces creía que a Mónica le estaba pasando algo parecido. Pero no. Lo consideraba algo imposible. Ella era tan fría que solamente llegar a pensar que un día podría llegar a enamorarse le revolvía el estómago. Sabía que no podía decirle nada a Mónica. Que la perdería si lo hacía. No, no le diría nada. Seguirían como hasta ahora y mientras pudiesen aguantar. Sin duda era la mejor opción.
Mónica se estremeció entre sueños. Parecía agitada. Sonia la abrazó fuertemente y la acunó como a un bebé que tiene miedo. La besó en la frente con una ternura desconocida. Y supo que no habría hecho nada de eso si Mónica hubiese estado despierta.
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Re: Relatos que entienden

Mensaje  malena el Junio 21st 2013, 11:55 am

Hacia las cinco, Mónica se despertó. No pudo evitar una sonrisa al abrir los ojos y descubrir a Sonia observándola.
La besó en la nariz y, acto seguido, se puso en pie de un salto para ir al cuarto de baño. Sonia permaneció tumbada sobre la cama, mirando al techo, respirando y suspirando fuertemente.
Oía a Mónica trastear en el baño. El ruido de sus orines cayendo en el agua del retrete, la cisterna vaciándose, los grifos abriéndose y cerrándose, el rumor de las toallas frotándose contra la piel.
Mónica regresó a la estancia tantas veces espectadora de sus enfrentamientos sexuales recogiendo su ropa que yacía tirada de cualquier modo en el suelo. Se sentó en el borde de la cama y comenzó a vestirse.
—¿Te vas? —preguntó Sonia, sintiéndose muy triste de repente.
—Sí, ya va siendo hora, ¿no crees?
—Oye, —Sonia dudó un momento—. ¿Por qué no pasas conmigo la tarde? Podríamos pedir una pizza, ver un peli en el video y luego llamar a éstos para quedar esta noche.
—No, gracias —respondió secamente, abrochándose el sujetador—. Prefiero irme a casa.
—Bueno, entonces nos vemos esta noche.
—No, no creo que salga esta noche — sentenció mirándola a los ojos—. Es que estoy cansada —añadió para justificarse.
—Bueno, pues hasta mañana.
—¿Mañana? No sé. Depende de cómo me encuentre de ánimos. Pero es probable que tampoco mañana salga.
—Está bien, como tú lo veas.
Mónica ya estaba totalmente vestida. Respiró hondo y se puso en pie echándose el cabello hacía atrás.
—Me voy. Hasta luego.
Mónica se quedó parada un momento en medio de la habitación. Echó la cabeza hacia atrás y miró a Sonia. Sintió la tentación de acercarse a darle un beso antes de irse. Logró contenerse y reinició su marcha.
—Adiós, Sonia.
—Adiós —repitió ella con los ojos vidriosos. Ojos que Mónica no pudo ver porque no volvió, en ningún momento, la vista atrás.
En lugar de esperar el ascensor, Mónica bajó las escaleras corriendo como si quisiera huir de algo de un modo desesperado. Al llegar a la calle, el infernal calor le abofeteó todo el cuerpo. Apretó los dientes con cuidado y se puso las gafas de sol para que nadie la viera llorar.
Y caminó por las calles de Madrid hasta que se hizo completamente de noche.
A pesar de lo que había dicho horas antes, hacia medianoche Mónica se encontraba con Jacobo, Carlos y Jorge, el nuevo novio de Jacobo, en uno de los bancos de la Plaza de Chueca compartiendo unas litronas. Hacía mucho calor. Y Mónica se notaba muy agresiva a causa de ello. Desde que se había reunido con los chicos no había hecho más que soltarles borderías.
Prefería no pensar mucho en el motivo oculto de su actitud así que lo sublimaba fumando un cigarrillo tras otro.
—¡Venga, tío, acábate la litrona de una puta vez y vamos a movernos! —le espetó a Jacobo de malas maneras.
El muchacho miró la botella con indiferencia.
—¡Bah! Ya sólo quedan las babas — dijo dejándola en el suelo—. ¿Adónde vamos?
—¿Al Truco? —dijo Jorge señalando el pub de la esquina.
Todos asintieron y se levantaron del banco.
Entraron en el local abriéndose paso a empujones. Llegaron hasta la barra y se apostaron en ella.
—Cerveza, ¿y tú?
—White Label con Ginger —dijo Mónica.
—Martini con limón —dijo Jorge.
—Cerveza, White Label con Ginger y Martini con limón —le pidió Jacobo a la camarera.
En cuanto les sirvieron sus bebidas, volvieron a sumergirse entre la gente e intentaron bailar. Mónica echaba miradas a su alrededor para controlar un poco la gente que había allí. Esa noche quería ligar. Le daba igual con quien fuera. Pero quería besar labios extraños y abrazar cuerpos ajenos con los que no
se sintiera comprometida. En ese momento vio entrar a Lucía, una chica que desde siempre le había tirado los tejos, acompañada de unas amigas. Se dirigió a ella abiertamente y la saludó. Acto seguido comenzó a coquetear con ella sin ningún tipo de ambages. Y pronto la tenía entre sus brazos, riendo y besándola.
De vez en cuando, al volver la vista hacia sus amigos, notaba que Jacobo la miraba con cierto tinte de reprobación en sus ojos. En una ocasión, incluso lo vio meneando la cabeza negativamente, como si le reprochase su actitud. En todas y cada una de esas veces, Mónica respondía besando a Lucía con mayor ímpetu.

No había pensado salir esa noche. Se sentía deprimida. Pero una llamada de Elena, una amiga de la facultad, terminó, a base de insistencia, por sacarla de su cautiverio. Aún así no estaba muy animada. Y sabía que, en el fondo, sólo había salido por si se encontraba con Mónica, a pesar de que ella le había dicho que tampoco tenía pensado salir.
Entraron en el Truco como pudieron haber entrado en cualquiera de los muchos bares que hay por la zona de Chueca. Era uno de los lugares habituales de los del grupo y conocían a muchos de los que solían parar por allí.
Por eso no se sorprendió al ver a Jacobo y a los chicos plantados en medio del local. Se acercó a saludarles.
—¡Hey, chicos! ¿Qué tal?
La única respuesta, aparte de unas sonrisas forzadas, fue la mirada de Jacobo señalándole a Mónica besando a otra chica. Sonia se quedó mirándolas un momento, hasta que Mónica dejó de besar a la otra y reparó en ella.
—¡Eh, hola, Sonia! —le dijo jovial.
Sonia miró apesadumbrada a los chicos y luego a Elena.
—Creo que será mejor que me vaya —susurró para sí misma.
Y tal y como había venido, se fue.
En el momento en que Mónica la vio salir por la puerta, sintió el deseo de ir tras ella. Sintió que era lo que debía hacer. Pero sólo pudo estrechar aún más en sus brazos a Lucía.
Jacobo no pudo por menos que desviar la mirada. Apartar sus ojos de Mónica y de lo que había hecho. Luego se acercó a la barra a pedir una copa.

* * *

El verano terminó por consumirse. Las clases comenzaron de nuevo. Sonia y Mónica dejaron de llamarse. Se vieron algunas veces pero actuaron como dos extrañas que no se conocían. Sonia se volcó en Jaime, aunque sabía que era lo peor que podía hacer. Mónica se volcó en un sinfín de cuerpos anónimos entre los que buscaba alivio sin conseguirlo.
Los lazos se habían roto y ya era imposible dar marcha atrás. Ambas lo sabían. Y ninguna iba a dar un solo paso para que el Fénix resurgiera de las cenizas.
Iban a universidades distintas, tenían muchos amigos no comunes, sus vidas podían discurrir paralelas sin que en ningún momento volvieran a cruzarse.
Eran jóvenes, las cosas seguirían por su cauce, había muchos cuerpos con los que intentar llenar el vacío, aunque sólo consiguieran acrecentarlo. Muchos cuerpos y ni un solo corazón por el que verse comprometidas.
Una mañana de pellas, tumbados en el césped del campus, Jacobo y Mónica comenzaron a divagar. Ambos miraban al cielo tras sus gafas de sol y fumaban un cigarrillo. Jacobo decidió aprovechar ese momento para tratar de sonsacarle algo a Mónica.
—Oye —le dijo—, ¿qué os ha pasado a Sonia y a ti?
—¿Eeeeeeh? —preguntó Mónica extrañada—. Nada —dijo a
continuación con indiferencia.
—¿Cómo que nada? Hace mucho que no os veis ni salís juntas.
—No sé. Supongo que no coincidimos.
—Ni siquiera os llamáis.
—Bueno, tal vez es que no tenemos nada que decirnos.
—Y eso, así, tan de repente. Después de dos años.
—Sí, tan de repente. Tal vez alargamos las cosas demasiado.
—Pues yo, en el fondo, estaba convencido de que al final seríais inteligentes y os daríais cuenta de que era mejor salir en un plan más serio.
—¿Sonia y yo? —Mónica lanzó una carcajada demasiado fingida—. ¡Qué va! No teníamos nada en común. No podía salir bien. Ni siquiera estábamos enamoradas. Lo nuestro sólo era sexo.

FINAL
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Re: Relatos que entienden

Mensaje  malena el Agosto 11th 2013, 9:48 pm

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Autora: Radclyffe

del libro Cruising Las Vegas: En aguas profundas II

En cuanto entré en el Palace Casino la vi con su corte, un centenar de ávidas lectoras, en medio del magnífico vestíbulo. Me juré que, en cuanto consiguiese un teléfono, en publicidad iban a rodar cabezas. Tan solo había aceptado asistir a aquella conferencia porque el vicepresidente de marketing
me había asegurado por su vida —y, lo que era más importante, por su prima anual— que no tendría que respirar el mismo aire que ella. Y allí estábamos, llegando exactamente a la misma hora. Qué maravilla de planificación.

—Bienvenida al Palace, señora Wainwright —me saludó un atractivo joven, aunque estaba un poco ridículo con su uniforme rojo de charreteras doradas rematadas con borlas y brillantes botones, mientras yo ajustaba rápidamente mi expresión para componer una sonrisa que sabía merecedora de una portada—. Permítame que la acompañe hasta recepción. El botones le llevará el equipaje directamente a su suite.

—Gracias.

Esquivé el brazo que me ofrecía, mientras observaba a Byrne Ambrose firmando autógrafos, posando para las fotos y desplegando tal encanto que a sus admiradoras se les caían las bragas. Era un grupo de devotas lectoras, sonrientes, efusivas y absolutamente maravilladas, todas las cuales, casualmente, habían sido antes mis lectoras. No ayudaba mucho el que, además de encantadora, Byrne fuese tan atractiva que con solo verla te palpitaba el corazón. Alta, esbelta y de cabello oscuro, con la piel
muy blanca y unos penetrantes ojos negros. El labio inferior grueso y muy sensual, en una boca hecha para ser besada. Aunque yo nunca he sido muydada a minusvalorar mi propio atractivo, sabía bien que el pelo rubio y los ojos azules me proporcionaban un encanto más bien insustancial.

Cierta vez, una crítica había comparado nuestra forma de escribir con nuestros físicos respectivos. Su
observación de que mis novelas traslucían una dulce sensualidad, mientras que las de Byrne ardían con
misterioso erotismo insinuaba de alguna manera que yo tenía mala suerte en la cama, mientras que ella le prendía fuego a las sábanas. Es una estupidez el pensar que la superficie de las cosas refleja lo
que llevan en su interior, y más estúpido todavía por mi parte el que me molestase la opinión de una
desconocida. Probablemente, si no me hubiesen comparado con Byrne...

Cerca de mí oí el disparo de una cámara, y comprendí que me había quedado mirando embobada al objeto de mi suprema irritación. Ajusté mi sonrisa e hice lo único que podía: cruzar el vestíbulo directamente hacia ella.

—Me alegro de volver a verte, Byrne —dije ofreciéndole la mano.

Ella alzó lentamente la vista del libro que estaba firmando; sus ojos eran aún más oscuros de lo que yo recordaba. Por un instante vi brillar en ellos una chispa de sorpresa, o placer quizás, antes de que sus atractivos rasgos compusiesen un ensayado gesto de bienvenida. Tomó mi mano y, al más puro estilo Byrne Ambrose, se la llevó a los labios. Hubo más centelleos y disparos de cámaras.

—¡Amelia! Siempre es un placer.

—¿A que sí?

Su voz, densa y suave como el chocolate negro, me hizo estremecer, y tuve que reprimir la reacción a las innegables ráfagas de placer que había despertado en mi piel el suave brillo de su boca. Juro que algunas de las mujeres que tenía más cerca estuvieron a punto de desmayarse. Retiré suavemente la
mano.

—Me han dicho que has estado de gira por Inglaterra —continué—. Qué suerte que hayas podido acudir al congreso.

—¿Cómo iba a perdérmelo, cuando sabía que tú ibas a estar?

«Muy fácil —pensé, intentando no rechinar los dientes—. Podrías haberte quedado en Europa, para que por una vez no tuviésemos que compartir protagonismo.» Yo no solo era diez años mayor, sino que llevaba escribiendo casi veinte cuando ella hizo su aparición, dos años atrás, con su única y, desgraciadamente, muy hábil mezcla de sexo ardiente y arrasadora pasión. Era muy buena, y no se me caían los anillos por admitirlo. Sin embargo, ser comparada constantemente con ella, como si solo una de nosotras fuese realmente capaz de escribir poderosas novelas románticas, me ponía de los nervios. Y, para empeorar las cosas, cada vez que la veía me sentía más atraída por ella.

—Tienes toda la razón —dije como si nada—. Si no estuviéramos las dos, la cosa no tendría gracia.

—Ninguna gracia.

Aunque su tono de voz era sorprendentemente serio, pude ver un fugaz gesto de sardónica diversión en
aquel rostro, tan asquerosamente atractivo, antes de alejarme unos pasos para firmar, también yo, algunos autógrafos.

Mientras me ocupaba del negocio pude oír su risa al fondo, y cada nota resonaba en mi interior como si
estuviese jadeando de placer junto a mi oído.

Después de media hora de conversar aquí y allá con la gente, alegué cansancio del viaje y huí hacia mi suite.

Era cierto que estaba cansada. Acababa de terminar mi última novela, poco antes de la fecha límite de entrega, y tuve que hacer la maleta y volar durante todo el día para asistir a la inauguración del Congreso Nacional de Escritores de Novela Romántica por la mañana. En cuanto cerré la puerta de la habitación sacudí los pies para quitarme los tacones, y me libré del conjunto de viaje camino del baño.
Una larga ducha caliente alivió un poco el dolor muscular y el cansancio.

Al acabar descubrí que estaba hambrienta. Saqué de la maleta mi bata de seda, porque nunca me han gustado demasiado los albornoces que proporcionan los hoteles, ni siquiera los de más categoría, y me acerqué a investigar lo que había en la bandeja de aperitivos de bienvenida, posada en la mesita de la sala de estar de la suite. No sé cómo pude no ver al entrar la botella de champán que había en un cubo de hielo, junto al sofá. Ese sí que era un buen detalle. Los obsequios incluían un surtido de fruta fresca, queso, galletitas saladas e incluso una generosa ración de caviar en una copa de cristal con hielo.
Mmm, sí señor, un estupendo detalle de bienvenida.

Cogí la tarjeta sin pensar y por alguna razón la leí, aunque sabía que todo aquello era por cortesía del hotel. Me equivocaba, por supuesto.

Amelia, ¡estoy tan contenta de que estés aquí! Espero que tengamos ocasión de intercambiar puntos de vista sobre la novela romántica. Byrne


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Re: Relatos que entienden

Mensaje  malena el Agosto 11th 2013, 10:02 pm

Cómo odié el pequeño brinco que dio mi corazón al ver su nombre. Su letra también era preciosa, muy de su estilo. Audaz y elegante. Oh, qué duro se hacía el detestarla. Incluso me gustaban sus libros, maldita sea. Dejé escapar un suspiro y quité la lámina dorada que cubría la boca de la botella de champán. Antes de poder quitar la cestita de alambre que sujetaba el corcho sonó el timbre de la puerta. Dejé el champán sobre la mesita y fui a abrir. Atisbé por la mirilla, esperando que fuese alguien de la limpieza. Volví a equivocarme.

—¿Byrne?

Quité el pestillo y abrí la puerta antes de recordar que iba descalza, sin sujetador y con solo una batita corta de seda. Supe que ya era demasiado tarde cuando las cejas de Byrne se elevaron casi imperceptiblemente, mientras su mirada me recorría de arriba abajo. Se había fijado en todo, lo que incluía mis pezones, descaradamente erectos.

—Siento molestarte —dijo con aquel tono tan íntimo, como de dormitorio—, pero estas conferencias son siempre tan agotadoras, y tenemos tan pocas oportunidades de charlar...

Sonrió como para disculparse antes de añadir:

—Pero veo que es mal momento. Tal vez podríamos...

—No —dije enseguida abriendo más la puerta, para sorpresa de ambas—. Entra, por favor. Estaba a punto de abrir el magnífico champán que me enviaste. ¿Me acompañas?

—¿Cómo podría negarme? —contestó ella.

Se sentó junto a mí, en el sofá de damasco verde pálido, y cogió la botella.

—¿Quieres que acabe de abrirla?

—Sí, por favor.

Me volví ligeramente hacia ella y doblé las piernas bajo el cuerpo, muy consciente de que estaba casi desnuda junto a una mujer muy sexy... a la que detestaba. Byrne se había cambiado y ahora llevaba pantalones de vestir y una camisa de lino azul oscuro con el cuello abierto; deliciosamente informal.

—¿Galletitas saladas?

—¿Cómo? —dijo Byrne acercándome una copa alta de champán.

—¿Tienes hambre? —le pregunté aturullándome sin razón aparente.

Byrne echó un vistazo a la bandeja, verdaderamente atrayente, y después volvió a mirarme:

—¿Cuenta el hambre de estar en tu compañía?

—Excelente respuesta —dije esperando haber disimulado mi ridículo estremecimiento de placer; estaba claro que ella tenía algún plan oculto que pronto saldría a la luz.

—Es la verdad —dijo ella; a continuación tomó un sorbo de champán y me permitió mirarla a los ojos, unos ojos completamente limpios de subterfugios—. Siempre he sido una gran entusiasta de tu trabajo, pero nochabía tenido la oportunidad de decírtelo.

Emití un murmullo de protesta y me reprendí a mí misma por haberme sentido halagada.

—En serio. Llevo años acudiendo a tus presentaciones y mesas redondas, aunque por supuesto tú nunca te fijaste en mí. ¿Cómo ibas a hacerlo, con tantas lectoras rivalizando por llamar tu atención?

«Oh, sí que me habría fijado si te hubiese visto entre el público. No hay tantas mujeres que sean capaces de pararme el corazón con solo verlas», pensé.

—Y después —siguió Byrne—, cuando se publicaron mis libros, todo ocurrió tan rápido que nunca tuve la
oportunidad de hablar tranquilamente contigo.

—Eso es lo que sucede cuando te conviertes en una estrella de la noche a la mañana.

En ese momento me di cuenta de que mi copa estaba vacía, y la dejé sobre la mesa. Byrne apuró la suya y la dejó a un lado. Se acercó más a mí, y su voz sonó más grave:

—Nadie sabe describir el amor y el deseo como tú lo haces. Tus obras me apasionan siempre.

Me ruboricé sin poder evitarlo.

—Una de nosotras debería coger papel y pluma y escribir esto antes de que nos perdamos una excelente escena de seducción.

—¿Es eso lo que es?

Azorada por haber revelado la atracción que llevaba meses negando, intenté burlarme: —Dime que no te habías fijado en que esta situación es perfecta para...

Byrne se acercó más a mí.

—... ¿esto? —y me besó.

En lo más profundo de mi mente pude registrar que aquel beso no tenía nada de tímido o inseguro, pero tampoco era arrogante. Era simplemente un beso, un maravilloso beso ofrecido por una mujer
que sin duda deseaba besarme, si el hondo gemido de placer que acompañaba el deslizar de su tibia boca sobre la mía indicaba algo. ¿Byrne Ambrose, mi odiada rival... bueno, odiada no, claro... mi molesta rival, mejor dicho, quería besarme? Y sabía hacerlo, vive Dios. Me envolvió el rostro en su suave y cálida palma y exploró minuciosamente mi boca con aquella lengua tan delicada e insistente.

Podía notar la cercanía de su cuerpo, apenas a unos milímetros del mío, pero ella no forzó un mayor contacto. En lugar de eso, permitió que mis senos, súbitamente tensos debido a la excitación que me invadía, se alzasen para rozar su pecho. Aquel leve contacto fue como una punzada de excitación que
me traspasó hasta lo más hondo.

—¡Dios, está claro que sabes predicar con el ejemplo! —jadeé, apartándome para intentar recomponerme.

¿Qué estaba haciendo aquella mujer? Durante un horrible segundo se me ocurrió la posibilidad de que aquello fuese algún tipo de maniobra publicitaria, pero, a menos que un fotógrafo dotado de alas estuviese flotando a veinte pisos del suelo como una gigantesca Campanilla, no había forma de que pudiese vernos nadie.

—¿Qué...? —intenté añadir.

—¿Sabes? —me interrumpió Byrne sin aliento; ¿sin aliento?—. Me encantan tus escenas de amor, de verdad.

Mientras hablaba me rozaba los brazos con los dedos, por dentro de la bata de seda. La piel me ardía como si llevase varias horas al sol, y me quedé atónita al descubrirme desabrochándole la blusa a toda velocidad, como si mis dedos tuviesen voluntad propia.

—Me dará igual que odies mis libros —susurré— si vuelves a besarme así.

Y eso hizo. Esta vez me tumbó de espaldas sobre el sofá y le quitó el cinturón a mi bata, abriéndola por
completo. Se inclinó a medias hacia mí, con la cadera de lado entre mis piernas y el tronco apoyado en un brazo y recostado en el respaldo del sofá. Me besó hasta hacer que todo me diese vueltas, a pesar de estar echada. Mi mano se aventuró por debajo de su camisa y descubrió piel, solo piel. Una piel ardiente, suave, ligeramente húmeda. La oí gemir cuando tomé en mis manos sus pequeños senos y masajeé sus firmes pezones con los pulgares. Pensé en las escenas de amor que ella había escrito y que me había aprendido de memoria, con la excusa de enterarme de lo que ofrecía la competencia. Sin
embargo, sus palabras revelaban una pasión tan clara y valiente que no pude olvidar las imágenes que ella había creado. Su prosa me había enseñado lo que ella necesitaba, lo que buscaba, lo que esperaba de un momento como aquel... la aparté de mí suavemente.

Cuando se echó atrás, confusa, suavicé mi aparente rechazo con una breve caricia en la mejilla.

—Ven a la cama, Byrne.

Ella asintió con los ojos brillantes y la palidísima piel enrojecida de deseo.
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Re: Relatos que entienden

Mensaje  malena el Agosto 11th 2013, 10:11 pm

Tiré de su camisa para quitársela, y ella la colocó atrás, sobre el sofá. De camino al dormitorio se soltó el cinturón y se bajó la cremallera de los pantalones, tirándolos al suelo, junto al lecho, mientras yo dejaba caer la bata sobre una silla. Cuando nos metimos bajo las frescas e inmaculadas sábanas, ambas
estábamos desnudas. Al ver que ella iba a colocarse sobre mí negué con un gesto, posando las manos sobre sus hombros.

—Échate de espaldas —murmuré mientras me arrodillaba entre sus muslos.

Por un segundo pensé que lo rechazaría, porque sabía que no era lo que ella esperaba. Le acaricié los
muslos y la besé en el vientre.

—Por favor; sé que lo deseas. Yo también.

Dejó escapar un pequeño gemido y su cuerpo se relajó bajo el mío.

—A veces... cuando estoy escribiendo... pienso en ti —me dijo.

—Piensa en mí ahora. En lo mucho que te deseo.

Mi lengua le acarició suavemente el clítoris. Estaba erecto. Sus músculos se contrajeron, y la sentí latir contra mis labios. Me encanta el sabor a mujer, tan intenso y sensual. Es un placer tan conmovedor y efímero a la vez que me gusta disfrutarlo sin prisas. La fui poseyendo lentamente, descubriendo
todos sus puntos clave, mientras ella se retorcía y su respiración se acortaba, cada vez más trabajos.

No me pidió lo que sin duda necesitaba desesperadamente, y yo adoré su generosidad. Solo una mujer sacrificaría su propio placer por el de su pareja.

Besé el lugar donde su corazón latía entre mis labios y la cubrí con mi ardiente boca, chupando al tiempo que ella crecía hasta llenarla.

—Voy a correrme —susurró en un tono entre la advertencia y la súplica; sus dedos se estremecían entre mi pelo.

Alcé la mano y la posé sobre su corazón, para sentir el latido que retumbaba en todo aquel esbelto cuerpo. Sentí cómo el orgasmo agitaba sus miembros, le martilleaba el pecho y rebotaba dentro de mi boca. Ella encarnaba la hermosura, la gracia, todas las perfecciones que yo habría deseado describir.
Al llegar al clímax gritó suavemente, y cuando sus quejidos se extinguieron la besé una vez más antes de tenderme junto a ella. Tenía los ojos entrecerrados y una sonrisa satisfecha. Sin decir una palabra, inclinó la cabeza y tomó mi pecho en la boca. Yo no era tan generosa como ella. La conminé a darse prisa, a tomarme, a hacer que me corriese.

Escribió sobre mi cuerpo el deseo que sentía por mí con las atrevidas caricias de sus manos, labios y lengua. Cuando deslizó los dedos en mi interior me cerré sobre ellos con la ferocidad de la posesión, deseando apoderarme de la pasión que exponía tan abiertamente en las páginas de sus libros. Siempre había sabido de su poder; ahora lo sentía. Sus redondeados y fuertes nudillos me abrieron, me ampliaron, y yo los recibí agradecida.

—Más —le pedí sin saber si mi voz tendría la fuerza suficiente para llegar hasta ella.

Pero sí me oyó. No la sentí girar la mano, no la sentí moldear su piel contra la mía, pero sí la sentí en lo más hondo, fuerte, ardiente y dedicada a mí por completo. Se quedó quieta, permitiendo que me moviese a su alrededor, que me balancease infinitesimalmente sobre su suave y caliente puño. Tanteé a ciegas en busca de su otra mano, y cuando la encontré apreté sus dedos contra mi clítoris.

Cuando me acarició, la oleada de calor que sentí hizo que de mi garganta escapase un grito ahogado, y Byrne emitió murmullos consoladores mientras yo me corría contra ella, en ella, por ella. —¡Oh, Dios! —abrí los ojos y me la encontré observándome, aunque no la había notado cuando se apartó; su rostro
mostraba cierta preocupación, de modo que sonreí—. Estoy bien. Ha sido maravilloso. Más que maravilloso.

Su perfecta belleza se volvió toda ternura infantil, y el placer que no se molestó en ocultar me excitó de nuevo.

—Otra vez —susurré, y ella me acarició hasta que me corrí en sus brazos.

La habitación se había oscurecido, pero gracias a la luz que se filtraba por las transparentes cortinas pude distinguir sus rasgos. Estaba echada de espaldas, pensativa y satisfecha.

—¿En qué piensas?

Volvió la cabeza hacia mí y me sonrió.

—En una escena de amor que quiero escribir.

—¿Conozco a los personajes?

—En cierto sentido —dijo, y me besó —. Es un relato sobre la forma en que el amor nos inspira. Nos permite hacer más, ser más, de lo que nunca nos creímos capaces.

Se incorporó, apoyándose sobre el codo, y me miró con gesto serio antes de añadir:

—Tú eres la responsable de mi éxito.

—Vaya, eso sí que es fuerte — protesté—. Y ahora, ¿cómo voy a estar celosa de ti?

Byrne se deslizó hasta colocarse sobre mí, su ardiente y resbaladizo muslo contra mi ardiente y resbaladizo centro.

—No tienes ninguna razón para estarlo. Eres hermosa, llena de talento y muy, pero que muy sexy. Por mi parte, seré feliz siguiéndote a donde tú digas.

—¿Incluso si lo que a mí me apetece es seguirte a ti?

—Especialmente entonces.

Byrne volvió a deslizarse en mi interior y, fiel a mi palabra, yo le seguí el juego.
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Re: Relatos que entienden

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