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Relatos que entienden

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Re: Relatos que entienden

Mensaje  matilde el Julio 3rd 2008, 2:51 am

Hola Julia
¿Qué tal?

qué has pensado para este nuevo apartado?
irás colocando capítulos sueltos, pasajes que te han emocionado o cómo lo vas a enfocar?
y, podemos l@s demas colaborar con trozos de otras obras?
un beso
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Re: Relatos que entienden

Mensaje  julia el Julio 3rd 2008, 11:45 am

Pues había pensado en poner relatos cortos de autores conocidos o desconocidos, de los muchos que corren por Internet, e irlo haciendo en partes, por fascículos, para atrapar la atención de las que os gustan estas cosas mrgreen

Pero también se podrían poner capítulos, o fragmentos de novelas, lo que querais. Cada una es libre de publicar lo que quiera.

Y la pregunta de si podéis colaborar las demás sobra. Por supuesto. Estamos en un foro y lo importante es que colaboremos la mayor parte de gente posible y lo más posible Very Happy

DORSO DE DIAMANTE

de Mayra Montero

La autora:

Mayra Montero nació en La Habana, Cuba, en 1952. En 1972 se traslada a Puerto Rico, país en el que reside desde entonces y donde se integra en el mundo cultural y activo-social y colabora con varios medios de comunicación escribiendo crónicas sobre espectáculos musicales o columnas como en el periódico El Nuevo Día, algunas de las cuales recopiló y publicó en Aguaceros dispersos.

Quedó finalista de La Sonrisa Vertical en 1991 y ganadora en el 2000. Su obra "Tú la oscuridad" es apreciada por la crítica y premiada.

Más información sobre esta escritora:

Wikipedia
Una entrevista con Mayra Montero



Dorso de Diamante (I)

Cuando levantó el brazo para poner la estrella, supe que por primera vez quería besar a una mujer.

— ¿Estará bien aquí? —me preguntó, y yo no miré la estrella, sino que me quedé mirando su axila blanca, culpándome de este descubrimiento, ese sabor hipnotizado que me vino a la boca; un ruido como de cristales rotos en el fondo horrorizado de mi cráneo.

—Emilia, ¿la ves derecha?

Seguí mirándola sin decir palabra, y tuve ganas de echarme a llorar. Algo subió desde mis pies a mi garganta, un buche rápido que no era nada, o era como un vapor. Me tambaleé y miré el sofá, quise caer en el sofá, y entonces Walter, que nos estaba observando, corrió hacia mí y me agarró por los brazos.

—Te ha debido de marear el vino —dijo, y me ayudó a sentar.

Marzena bajó de la escalera. Miré la estrella, que estaba algo torcida. Toda la tarde la pasamos adornando el arbolito. Ella y yo colocando las bolas y unos ángeles de porcelana, y Walter organizando el resto de los adornos: nieve falsa y cabello de ángel, y sirviéndonos copas de vino.

—A lo mejor te convendría meterte un rato al agua —sugirió Marzena y señaló hacia el mar. Luego se echó a reír y yo miré sus labios, y por segunda vez en menos de un minuto, me horroricé de mis propias ganas de besarla. Walter me trajo un vaso de agua, preguntó que por qué no me iba un rato a caminar por la playa y a coger el fresco. Le pidió a su mujer que me acompañara.

—Acompaña a mi hermana —le dijo a Marzena, y se inclinó sobre mí para besarme—. Seguramente te estás acordando de mamá.

Dije que sí con la cabeza. «De mamá», susurré, y me puse a pensar en todos los años que habían pasado desde que conocí a Marzena; de la primera vez que mi hermano la había llevado a casa; de la primera noche que cenó con nosotras, con mi madre y conmigo, yo recién divorciada en ese entonces, con dos niños pequeños que se sentaron sobre su falda y le preguntaron que por qué tenía un nombre tan extraño. Marzena respondió que ese era el nombre que les ponían a las niñas polacas que nacían con un dedo de más. Se sacó el zapato y levantó su pie. Mi madre y yo miramos con el mismo asombro con que lo hicieron mis dos hijos: Marzena nos mostró el dedito en miniatura, inmóvil y besable, un gusanito de carne que le salía del dedo más chiquito de su pie derecho.

Walter ya se había graduado para ese tiempo, lo contrataron como veterinario en una finca, varias fincas para ser exactos. Marzena estudiaba entomología y a mamá hubo que explicárselo dos veces. «Bichitos», recuerdo que le dijo Walter, «trabaja con insectos». Mamá puso cara de desilusión y Marzena me buscó con la mirada; yo le correspondí en el acto y la encontré insondable: tenía el pelo castaño y unos ojos cambiantes, no sabría decir si grandes o pequeños, o verdes o marrones. La boca era una boca de lo más común, pero los colmillos le sobresalían un poco, solo un poquito, y en eso consistía el hechizo. No sé si era un hechizo o qué, era un dato carnívoro que ilusionaba.

— ¿Y por qué no me acompañas al laboratorio? —me preguntó en voz baja, inclinándose sobre mi silla, pero mirando a su marido. Al inclinarse, pude verle los pechos. En tantos años, ¿cuántos llevaba casada con mi hermano: catorce, quince tal vez?, nunca le había visto los pechos, nunca la vi amamantar a su hija, por ejemplo, mi sobrina, una niña de diez años que había insistido para que pasáramos la Nochebuena en la playa, la primera Nochebuena sin mamá y sin mis propios hijos, que estaban con su padre, y sin un norte en mi vida, sin un refugio, solo este espanto que me llegaba de repente.


Continuará
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POESIA

Mensaje  LuHollomanmmb el Julio 3rd 2008, 2:28 pm

Como un rebaño pensativo sobre la arena acostadas,
entornan sus ojos hacia el horizonte marino,
y sus pies que se buscan y sus manos enlazadas
tienen dulces languideces, amargos estremecimientos.


Las unas, corazones que aman las largas confidencias,
en el corazón de los bosques y junto a los arroyos,
van deletreando el amor de las tímidas infancias
y marcan en el verde tronco los jóvenes arbolillos;

otras, como hermanas, marchan lentas, graves,
a través de las rocas llenas de apariciones,
donde san Antonio vio surgir como lavas,
el seno desnudo, a sus purpúreas tentaciones.

Las hay que a la lumbre de resinas goteantes,
en el hueco mudo de los viejos antros paganos,
te llaman en socorro de sus fiebres aullantes,
¡oh Baco, adormecedor de remordimientos ancianos!

Y otras, cuyas gargantas gustan de escapularios,
que, ocultando un látigo bajo sus largas vestimentas,
mezclan en el bosque oscuro y la noche solitarias
espuma del placer a través de lágrimas de tormento.

¡Oh vírgenes, oh demonios, oh monstruos, oh mártires!,
grandes espíritus negadores de la realidad,
buscadores del infinito, devotos y sátiros,
ora llenos de furor, ora llenos de llanto,

vosotras, a las que en vuestro infierno mi alma ha perseguido,
pobres hermanas, os amo tanto como os compadezco
por vuestras dolorosas tristezas, vuestra sed no saciada,
y las urnas de amor que colman vuestro corazón.
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Re: Relatos que entienden

Mensaje  julia el Julio 3rd 2008, 4:03 pm

oeeee una poesía de Charles Baudelaire eureka Me hicieron leer las flores del mal de jovencita y hacer un trabajo, pero en ese momento no entendí el sentido de la letra de esta poesía y me pareció un rollo. Años después me enteré que este poema, junto con 5 más de tema parecido, había sido suprimido de la edición original, que había sido secuestrada por atentar contra la moral pública y las buenas costumbres ;) y sus editores y el autor fueron procesados y multados. Eso fue hace mas de 150 años.
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Dorso de diamante (II)

Mensaje  julia el Julio 4th 2008, 3:46 pm

Marzena se inclinó más. Sentí el olor de su perfume, que era un aroma vegetal, como jugo de berros.

—Tengo que identificar unos hongos, será cuestión de unos minutos.

Quise saber cuál era la reacción de Walter, pero mi hermano se me adelantó: cuando levanté la cabeza, él me miraba fijamente.

—A lo mejor te da asco ir al laboratorio —me dijo; era mayor que yo solo dos años—. Tiene el estómago revuelto —agregó, mirando a su mujer.

Lo que pasó a continuación, lo que yo dije, no fue obra de mi boca ni de mi cerebro; mi voz no salió de ninguno de esos dos lugares, sino de más abajo. Dije que toda la vida, desde que conocí a Marzena, había querido verla en el laboratorio. Marzena se echó a reír, le dio instrucciones a su marido sobre cuándo tenía que apagar el horno, y sobre las botellas que debía poner a enfriar. Walter nos acompañó hasta el auto, abrió la puerta y vio que me sentaba con las piernas muy juntas, los hombros duros, debió de ver algo forzado en mi expresión.

—Si te vuelves a sentir mal —dijo tomándome de un brazo—, le dices a Marzena que te traiga.

Asentí y miré a Marzena acomodarse el cinturón. Dijo que no nos tomaría mucho tiempo llegar a la Universidad, porque en víspera de Navidad apenas había tráfico. Sin apartar la vista de la carretera, extendió la mano y empujó un casete. Enseguida se escuchó la música y ella subió el volumen.

— ¿Conoces esa canción?

Yo no conocía canciones, no era un ser muy cancionero. Marzena sí, se sabía muchas, en inglés y en español, y a menudo las cantaba con su hija.

—Es Billy Joel —dijo riéndose, y tornó a cantar ella también—: Don’t wait for answers, just take your chances... Don’t ask me why.

Cerré los ojos: una pequeña y milagrosa emoción empezó a rondar por mi cabeza. No quería marearme, así que los abrí de nuevo y miré a Marzena. Llevaba pantalones cortos, tenía el dorso de los muslos enrojecido por el sol y me entraron ganas de poner la mano allí, en aquella piel candente y malherida. Mis manos estaban frías, no solo mis manos, sino también mis pies, mi frente, mis mejillas. Noté que a veces ella olvidaba un trozo de la letra, y entonces tarareaba. Al tararear, se le veía la punta de la lengua, nunca antes había deseado atrapar una lengua de mujer; nunca en mi ciega, inadvertida, desperdiciada vida.

—Ahí está mi guarida —señaló cuando llegamos a la Universidad. Vi un edificio gris con las ventanas cerradas, bajamos del auto y entramos por un pasillo lateral que nos condujo a una escalera, y esa escalera a un sótano. Las puertas, abajo, me parecieron de hierro, algunas tenían letreritos con los nombres de sus inquilinos. Llegamos a la de Marzena. Me agradó ver su nombre dándole nombre a la guarida. Ella sacó la llave y entramos en el laboratorio a oscuras; demoró unos segundos en prender la luz y esos segundos permanecimos muy unidas, rozándonos sin intención. Luego se iluminó el lugar y vi a mi alrededor peceras, sin agua y sin peces; algunas estaban vacías y otras ocupadas por insectos.

—Voy a ver esos hongos —me dijo—, a lo mejor ya se llenaron de esporas.

Le comenté que siempre había creído que solo trabajaba con insectos. Respondió que con insectos, claro, y con todo aquello que los enfermaba. Explicó que su trabajo era buscar patógenos y reaccioné de una manera idiota:

—Tienes tú cara de buscar patógenos.

No solo fueron las palabras, sino la forma en que salió mi voz, la entonación acuosa, ese vulgar asomo de varón. Ella me miró indecisa, vacilando entre si aceptar la broma sin chistar, o preguntarme qué le quería decir con eso.

—Tengo yo cara de buscarlos, ¿no?, sí que la tengo.

Se quitó la blusa delante de mí y descubrí que no llevaba nada abajo. Caminó hacia el perchero y tomó una bata azul, la tuvo entre sus manos un momento y luego se vistió con ella sin abotonarla. Se sentó en una banqueta y me invitó a que me sentara en otra, pero le dije que prefería estar de pie, viéndola trabajar.

— ¿Te dan asco mis bichitos? —preguntó Marzena al cabo de un rato, señalando una especie de mariposón inmóvil.

Me acerqué por detrás para mirar. No podía dejar de pensar en su bata abierta, en el perfil de sus senos, en la lengua con la que tarareaba las canciones.

—Se comen las coles —agregó riéndose. No le vi el chiste ni le vi la gracia, vi sus manos acomodando el microscopio y sentí un ligero olor a sudor, un suave tufo que me estremeció. No me moví, pero ella hizo un gesto como invitándome a que mirara mejor, y al acercarme, mi pecho y mi vientre rozaron su espalda y sus nalgas. Mi pecho, mis pezones tensos, se arrimaron a su espalda; mi vientre, que quedaba a la altura de su trasero, sintió aquella presión eterna. Yo miré por encima de su hombro, todavía no lograba precisar la forma exacta del insecto que estaba sobre la mesa, y me pegué un poco más. Marzena no se movió un centímetro, no hizo nada para esquivar la cercanía de mi cuerpo, que era un cuerpo caliente y malicioso; abrumado por la novedad de aquella tarde, una novedad que no lo era del todo: ¿desde cuándo me habían gustado las mujeres

—La llaman polilla del repollo —dijo con voz de confesión, un poco ronca.

Hubo un momento en que apoyé mi barbilla sobre su hombro. Éramos cuñadas, casi hermanas, no eran estas nuestras primeras navidades juntas, sin duda no serían las últimas. Adelanté mi brazo izquierdo y lo apoyé en la mesa; hice lo mismo con el otro brazo. Delante de mí, de espaldas a mí, Marzena había quedado atrapada. Y hubiera bastado un gesto de ella, un mínimo intento por escabullirse, para que yo me hubiera retirado. Pero no hizo nada, Marzena se quedó quieta y blandita, y por encima de su hombro, en lugar de mirar al insecto, bajé la vista y le miré los pechos.

—También la llaman palomilla de las coles, gusano de la berza, oruga verde del repollo.

Lo de la oruga me llenó de ardores. Ardor en la nuca, y un ardor absoluto en la garganta; esa impaciencia por escapar de allí, o acaso todo lo contrario, por impedir que nadie se escapara. Yo seguía pegada a la espalda de Marzena, pero además pasé mi brazo alrededor de su cintura. Ella guardó silencio, siguió sin moverse, pero endureció su cuerpo. Con la otra mano le empecé a quitar la bata, y al mismo tiempo la besé en el cuello. Ella sacó un gran suspiro, que fue suspiro y quejido a la vez.

—Me gusta como le dicen en México —susurró en mi oreja—: Palomilla dorso de diamante.

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Re: Relatos que entienden

Mensaje  julia el Julio 6th 2008, 7:04 pm

Recordé que alguna vez, años atrás, Marzena había venido a visitarnos, a mi madre y a mí, toda la tarde estuvo con nosotras. Luego mi hermano había pasado a recogerla, y al saludar a su mujer la besó en el cuello. Fue un beso prolongado que me causó tristeza, cierto resentimiento que entonces no me pude explicar. Me lo explicaba ahora, a pocas horas de la Navidad, en la penumbra de un laboratorio que olía a formol, a papel viejo y a recortes de uñas (es el olor de los insectos), y a un extraño perfume vegetal. Marzena se dio vuelta y la bata se escurrió hasta el piso. No le dije una palabra, primero la besé en la boca, un beso apresurado y frío, y luego le chupé los pezones. Miré su cara y vi que estaba pálida, tenía una expresión hostil y yo esperaba un empujón. Por el contrario, gimió, fue un gran gemido que de algún modo me devolvió a la vida, pero que de algún modo me condenó a la muerte.

No sé de dónde saqué fuerzas, yo soy una mujer menuda, Marzena en cambio es una mujer muy alta, de huesos bien cubiertos, para usar esa expresión que tanto le gustaba a mi madre. La tomé en mis brazos y prácticamente la levanté en vilo, hice un movimiento rápido y la tumbé en el suelo. Toda ella blandita, quieta, acongojada. Ya en el suelo, tirada boca arriba, Marzena volvió a gemir. Cerró los ojos y yo aproveché para quitarme la blusa, me desvestí a manotazos, tan torpemente como si fuera un niño, una criatura que no soporta más las ataduras. Las dos suspirábamos y retiré sus pantalones cortos; mi mano, que en algún momento fue mano de mujer, se había convertido en una garra, un instrumento de arañar o herir, despedazar lo que se interpusiera. Al final apareció, flotando en esa carne blanca, el sexo oscuro de Marzena. Yo me incliné hacia allí, todavía no me atreví a pegar mi rostro, mi nariz, mis labios. Marzena arqueó el cuerpo y me entregó su vientre. Fue una señal y yo bajé a su carne, hundí mi cabeza, aspiré como si descubriera que era posible vivir dentro del agua, respirando suavemente en la profundidad. Levanté mi rostro solo para averiguar si luego de aquel descubrimiento era también capaz de vivir fuera, y entonces vi el paisaje de Marzena: sus pechos, su barbilla, el rostro intenso como si lo lamiera el mar. Tuve la certidumbre de que yo era anfibia, fue una certeza que significó un mazazo: perdí la memoria, pero recobré toda mi vida en ese absurdo, solitario instante.

Marzena se desesperó. Yo iba absorbiendo, chupando desde allí todo el conocimiento, pero me olvidaba de absorberla y de chuparla a ella. Adelantó su mano y la colocó sobre mi cabeza, era la primera vez que recibía sus órdenes, la primera vez que me dejaba gobernar por una verdadera amante: otra mujer desnuda. Empujó mi rostro contra su sexo y empecé a devorarlo como si fueran coles, a dentelladas pequeñas y desordenadas. Yo era el insecto, la palomilla cumplidora; tragaba plácida y regurgitaba el alimento, que a su vez iba nutriendo a otra criatura enamorada y cruel, su vulva autónoma que respiraba sola.

Luego subí, coloqué mi rostro sobre el rostro de Marzena, y ella puso sus piernas alrededor de mi cintura. Me buscó la oreja, solicitó mis dedos, me rogó que los hundiera entre sus nalgas, lo repitió mientras frotaba su sexo contra el mío. Empujamos sin querer la mesa y algo rodó, cayeron cosas al suelo y hubo un frasco, tal vez una de las peceras, que se reventó muy cerca de mis piernas. Sentí los vidrios que se me hincaban, pero no me importó, más bien mordí los labios de mi cuñada, le dije que era mi mujer y ella se echó a reír; se lo volví a decir, le dije «mujer mía», y ella entonces me ordenó que subiera, que me sentara sobre su rostro, nunca me había sentado sobre el rostro de nadie, hombre o mujer. Ni siquiera el padre de mis hijos puso jamás sus labios en mi sexo, ni el hombre que llegó después, ni tampoco el siguiente. De un modo oscuro, redentor en su instinto, me había estado guardando. Marzena, en cambio, me necesitaba allí, sobre sus labios de polaca buscadora de patógenos. Y allí caí, allí quise morir, pero también quise que se muriera. Más tarde le rogué que se diera vuelta y fui bajando lentamente, la besé en la nuca y le lamí la espalda. Ella suspiró cuando abracé su cintura.

—En inglés —murmuró—, ¿sabes cómo le dicen en inglés?

Yo me detuve un instante, no tenía la menor idea de lo que me estaba preguntando.

—Diamondback moth —lo dijo demasiado alto—, ¿no te parece un nombre muy bonito?

Le clavé los dientes y ella gritó una maldición. Mordí sus muslos por detrás y regresé sigilosamente a sus nalgas, abrí con ambas manos y me hundí sin miedo, pensé que no lo podría hacer, pero lo hice por furia, por hambre, por amor. Marzena siguió gritando y temí que alguien la oyera. Levanté la cabeza y miré hacia la puerta, y ella que estaba como loca me lo suplicó, me condenó a que no parara. Mis dedos la buscaron entonces por delante, volvimos a empujar la mesa, pero nada cayó esta vez: todo lo que podía rodar, había rodado ya. Al incorporarme para mirar su espalda, noté que había sudado mucho; me convencí de que aquél, y no el de los insectos, era el genuino dorso de diamante. Entendí entonces su pregunta, su ciencia, su perversidad: todo el furor que me atrapaba bajo la media tinta de ninguna luz.

Cuando me levanté, descubrí que me sangraban las piernas, a mi alrededor había cristales rotos y Marzena buscó algodones y alcohol para curarme. Mientras me limpiaba, dijo esta frase:

—Vas a pasar la Nochebuena herida... Imagínate lo que dirá tu hermano.

Y al escuchar esa palabra «hermano», sentí una oleada de vergüenza y culpa. Me acababa de acostar con su mujer, había tenido en mi boca sus pezones, su sexo, su navegable espalda, y el mundo ardiente de sus nalgas y lo que había adentro. Devoré a su esposa, que en cierto modo era también la mía. Marzena se me quedó mirando. Yo bajé la vista, la rechacé con un pequeño gesto, fue un gesto tan inútil que estoy segura de que le hizo daño.

— ¿Qué le voy a decir a mi hermano? —balbuceé.

Marzena todavía no hizo nada. Tenía los algodones en una mano y el frasco con alcohol en la otra. Estaba desnuda y sentí frío por ella.

— ¿Te digo lo que tienes que decir? —se adelantó y me lanzó los algodones a la cara. Fue un acto de coraje, me empujó al pasar y susurró un insulto. Cuando volví a mirarla, tenía una sonrisa irónica en el rostro, y con esa sonrisa se vistió. Salimos del laboratorio y entramos al automóvil en total silencio. Volvió a poner esa canción, «Don’t ask me why», pero no la cantó esta vez. Yo me quedé escuchando la letra, tratando de retener alguna frase, y la vi bostezar; bostezó varias veces durante el camino de regreso, todo el trayecto sin decir palabra.

Cuando llegamos a la casa, mi sobrina veía la televisión. Dijo que su papá estaba durmiendo una siesta. Marzena fue derecho a la cocina, se quedó mucho rato allí, la oímos cantar, la niña me miró divertida:

—A mamá le gusta tanto Billy Joel... —y empezó a cantar también, acompañando a su madre en la distancia.

Yo no me moví del sofá, tan apagada como si hubiera muerto, y en esas seguí, incluso cuando Marzena volvió a la sala para anunciar que se iba a dar un baño. Al decirlo se quedó mirándome, las dos nos miramos con curiosidad.

—Tú también deberías darte un duchazo —me dijo—. Es Nochebuena, Emilia —Luego se volvió hacia el arbolito—. Tengo que enderezar esa estrella.

La niña se acercó a su madre y la abrazó por la cintura, una cintura que era ya como de la familia: de mi hermano, de mi sobrina, especialmente mía. Marzena volvió a subirse a la escalera, estiró el brazo y divisé su axila. Era una axila blanca como una palomita. Movió la estrella de un lado para otro, miró a su hija y me hizo un gesto a mí:

— ¿Alguien quiere decirme si se ve derecha?


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AMAR O NO AMAR, ESA ES LA CUESTION

Mensaje  LuHollomanmmb el Julio 24th 2008, 4:27 pm

Amor, dice el diccionario, es sentimiento que inclina el ánimo hacia lo que le place, sentimiento apasionado hacia una persona del sexo opuesto. Y en el diccionario de sinónimos y contrarios dice: Amor, querer, estimar, afeccionar, adorar, apreciar, estar prendado; y lo contrario: odiar, apegarse, complacerse en, encapricharse de, entregarse, apasionarse...

El amor no es pasión, pero sin deseo no es posible la pareja. Y ... los que creímos en el amor y por esa palabra lo abandonamos todo no sabemos amar. Eso es en el fondo de los fondos la mayoría del amor homosexual, que no dudo en poner en dialéctica, ya que se funda en el deseo, llega a altas cimas por la libertad y en busca de su identidad confunde la idealización con el amor maduro. Esto es en muchos casos. Nos quedamos como adolescentes a causa de las fijaciones y sentimos que el desgarro emocional y el peso de la soledad nos aplasta y nos urge encontrar un sustituto o sustituta sin que ello esté hecho con armonía y encanto, con conciencia y verdadera libertad. Es el miedo a la soledad.

No se ama solamente con la atracción, ni sólo con el deseo, se ama con la comunicación en simbiosis con el deseo. Se ama cuando creemos y sentimos que la persona que tenemos al lado puede ser nuestra compañera y que con ella evolucionaremos, a pesar de los problemas que evidentemente se dan en todos los casos. Esa persona es en sí misma independiente de nos, pero también es con la que no nos da miedo el compromiso y queremos una continuidad, es nuestro espejo y nuestra razón para no sentirnos aislados de esa «rara avis» que es el amor, y la elegimos libremente escogiéndola entre otras. Hablamos de pareja y muchas de las veces tan sólo es una anécdota que dura 2 o 6 años o unos meses a lo largo de toda una vida con un promedio de 70 años. Confundimos la pasión que sólo devora con el amor, que enriquece y nos estabiliza. La pasión es algo que debiéramos vivir una vez a lo largo de la vida para saber que, muy al contrario del amor, ésta nos hace seres sin personalidad, esclavos de un deseo insaciable que dura unos pocos meses.

¿Qué es el amor homosexual?, me pregunto muchas veces cuando sólo lo definen por la orientación sexual, y no encuentro respuestas claras. Respetando cualquier opinión al respecto, me atrevo a no quedarme tan sólo con la idea del amor, porque quiero realidades o saberlas causas por las cuales las parejas duran tan poco. Nunca he dejado de sentirme mujer por amar a otra, ni he querido ser hombre para gustar más. Amé de verdad y con mayúsculas y me costó años de sentirme sola, considerarme un bicho raro y enfrentarme con la sociedad, con la iglesia y con la idea de Dios; aunque creo que Dios no está reñido con el amor. Por todo esto me niego a llamar sexo a la homosexualidad. Es algo más profundo. Además de transgredir lo establecido, es creer en la libertad y no renunciar a nosotros mismos.

A través de mi vida he visto mujeres masacradas impunemente por otras a causa de dinero o de otros intereses; he visto alcohol y drogas, las parejas intercambiarse sin ningún escrúpulo o mujeres que por soledad han salido con otras engañándolas. Lo importante es amar y dejarse amar con dignidad. Aprender. Creo en la libertad dentro de la relación, lo que nunca es hacer el amor libre.

Acepto, considero y respeto profundamente a todas aquellas mujeres que han sentido de una manera diferente su homosexualidad y les propongo que expongan su opinión. Pero con cierta tristeza advierto que en esta sociedad adicta al consumo quieren hacer del amor una clase de adicción y se trata de reconvertir en basura uno de los más grandes sentimientos de la raza humana, que milagrosamentere nace en nuestro tiempo a pesar de todo. El único medio de no perecer es mantener en alto el estandarte de la autenticidad de unos valores que no necesitan defensa ni justificación alguna, aunque sea brillante, porque simplemente «son».

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DESAPRENDER EL GENERO

Mensaje  LuHollomanmmb el Julio 24th 2008, 4:30 pm

Un día otra mujer
Por María Alejandra Brassó
Muchas veces las mujeres pedimos permiso; otras, entramos por la ventana y a los gritos; a veces portamos armas; fuimos veneno, maldición y embrujo; fuimos sexo, muerte y arte. Hemos desarrollado a través del tiempo diferentes relaciones con el poder, formas de resistir la opresión mediante fórmulas muchas veces parecidas a las dispuestas por el enemigo.
El "macho religioso", que algunas veces ha ocupado las páginas de esta revista - criticado, juzgado y condenado- impuso un sistema monolítico, blanco, heterosexual y represor. Con el tiempo, se han socializado algunos derechos, que corren peligro con la globalización neoliberal. Además de la falta de protección en temas como la anticoncepción y el VIH, las mujeres son víctimas y parte de un modelo que no les da oportunidades ni posibilidades de desarrollar sus propias inquietudes. Aquellas que interpelaron, que se preguntaron sobre lo establecido, han podido desarrollar una búsqueda hacia un espacio de relaciones diferentes a las establecidas. La sexualidad es un lugar desde donde interpelar lo institucional, quizás el lugar donde los individuos sin protección se entregan a sus deseos.
Globalización y feminismo. Tal y como están las cosas, parece que lo "políticamente correcto" está del lado de algunas mujeres: el juicio a Clinton, el 30% en el Parlamento, y, desde lo social, NO DISCRIMINAR. Esta idea ronda las cabezas de progreso y no tanto, a la hora de buscar consenso en las elecciones o en alguna reunión de café. "Las mujeres han ganado un gran espacio", dicen, pero ¿saben acaso cuánta agua corrió bajo el puente? Sin embargo, ellas siguen diciendo, hablando y peleando.
Para Mabel Bellucci, que trabaja en el Area de Estudios Queer de la UBA, "el movimiento feminista es uno de los más antiguos de la modernidad; siempre estuvo globalizado, justamente por su internacionalismo. Algunas de sus reivindicaciones forman parte del discurso establecido, por lo menos en parte del sistema. Esto produjo un hiato que es imposible de sortear porque en la medida en que vas avanzando, vos resistís y negociás constantemente con el sistema. Entonces, los movimientos sociales siempre tienen un paraguas que es su contenido liberal, porque siempre están en la búsqueda de sus derechos. Cuando las reivindicaciones son incorporadas, entonces se arma un discurso institucional de alguna de tus demandas. Esto provoca cortes, fracciones en el movimiento social. Pero tiene que ver con el proceso de democratización. El tema es no quedarse en las reformas: el reformismo es un herramienta válida para seguir demandando."
Para Alejandra Sardá, de Mujeres Bisexuales "si bien hay mucho de pose en la cuestión de lo 'políticamente correcto', también hay un cambio en el paradigma, lo cual es un logro muy importante que no tiene vuelta atrás."
La exclusión social no solo se da en el nivel económico, sino también hacia aquellas personas que cuestionan la norma genérica varón-mujer, peleando por un lugar que parece no existir socialmente: la ambigüedad de los géneros, que existe en la marginalidad desde hace siglos. Lohana Berkins no es mujer, es travesti, como le gusta definirse; sin embargo, cree que su camino y el de las mujeres se cruzan y se unen en la reivindicación de la no violencia, porque cuando decidió decirse "mujer" sintió también la opresión. "La lucha interna entre ser una misma o ser el ideal (de mujer) es muy fuerte. La imagen que se vende es la de la mujer perfecta, y nosotras compramos ese modelo. El ideal de la belleza está tan cotizado, que tenerlo es un reaseguro del triunfo. Para el mercado que nos consume, el de la prostitución, tenés que ser bella, tiene que hacer tres grados bajo cero y vos tenés que estar desnuda parada en un arbolito, porque el hombre no quiere la mujer de ruleros. Esculpimos el cuerpo y trabajamos la imagen porque sabemos de lo que vamos a vivir". Si muchas veces la discriminaron como mujer, las propias mujeres lo hicieron porque la ven como un hombre disfrazado, pero "no nos dan la oportunidad de ser otras cosas, nos exigen que nos ubiquemos en este sistema bipolar hombre-mujer; lo que hemos aprendido nos lo enseñaron estas mujeres. Tener una vagina no es garantía de nada. Nosotras también queremos un lugar, pero como travestis."

Una identidad cuestionada:
Hay una discriminación que ejercen las mujeres sobre ellas mismas a través del silencio, la sumisión, la invisibilidad de sus deseos sexuales; a través del rol que ocupan en la familia como transmisoras de las creencias y prejuicios del patriarcado; su cuerpo y su mente están atrapados entre lo que se debe hacer y lo que hacen. Aunque muchos paradigmas se hayan caído, la mirada de la mujer sigue teniendo un lugar genérico indudable. Ser hombre/mujer son identidades construidas socialmente que las políticas queer comenzaron a cuestionar.
Para Fabiana Tron, de Lesbianas a la Vista, la temática de la mujer le provoca sensaciones encontradas. "Cuando voy el 8 de marzo a la manifestación del Día de la Mujer, siento que en la calle me siguen mirando como mujer y, como tal, me siguen oprimiendo. Mi conflicto pasa porque hace rato dejé de identificarme como mujer, y me identifico como lesbiana, genéricamente. La mujer es un concepto que se ha construido histórica y socialmente, y yo creo que no tengo nada que ver con ese modelo. Yo no dependo de ningún varón desde lo afectivo, ni desde lo económico. Si a la mujer se la ha definido por no ser varón, entonces quiero identificarme como lesbiana."
Para Alejandra Sardá "estamos en una época fundacional, más cerca de las generaciones de mujeres de principios de siglo, esas mujeres de armas tomar La idea tradicional de mujer está socavada por todas parte. Una señora que tiene al marido desempleado, mantiene a su hogar y llega agotada a su casa, cuestiona la identidad femenina tradicional; o la viejita que está en la marcha de los jubilados."
Si bien hay cambios en las estructuras sociales, que se deben a las políticas neoliberales, las mujeres siguen siendo el 70% de los pobres del mundo, la mayoría más explotada. Para Fabiana "el sistema económico necesita ponerles categorías y valores a las personas por género, por raza, por sexualidad, para poder dominar y que unos crean que son mejores que otros." Las identidades, para Mabel Belluci, "son modos del deseo, que es infinito y nunca está cerrado. Hay condicionamientos que me marcan mi 'ser mujer'. Por ejemplo, tengo que usar anticonceptivos, si no, quedo embarazada. Hay imperativos biológico/culturales: el cuerpo es una marca. Aparte de ser mujer, soy otras cosas... En este imperativo de las identidades, surgen fisuras. Hay demandas históricas y nuevas demandas desde la heterosexualidad, la bisexualidad, el lesbianismo, la transexualidad. La discusión sobre la sexualidad está pendiente, marca la radicalidad y las limitaciones del sistema y de nuestro propio discurso. Reivindico la potencialidad de la sexualidad, porque te marca el enfrentamiento con las instituciones."

¡Vivan las diferencias! Pero ojo...
En la posmodernidad, con la explosión de la individualidad, se ha establecido que cada minoría oprimida pueda liberar sus deseos, en grupos organizados por ideas, sexualidad, raza o etnia. Cada grupo social ha establecido sus propios paradigmas, reivindicaciones y políticas. El problema es la fragmentación, otro fenómeno de esta época que para Mabel Bellucci se resuelve articulando. "Las diferencias, que hacen a un sentido de democratización, al ser capturadas por el mercado pierden su contenido de clase. Entonces, no se radicaliza el sentido de la diferencia sino que se integra. Esto provoca malos entendidos cuando cualquiera de los colectivos levanta sus reivindicaciones específicas: se genera un malentendido porque se los ve como algo autónomo o bien como algo funcional al modelo imperante".
Tiene que haber articulaciones entre grupos, tiene que haber "demandas paraguas" con articulaciones de reclamos específicos; de lo contrario, se producen estas fracturas que benefician al neoliberalismo y al mercado.

Una familia muy singular
Si se realizara una remake de la familia Adams o de Los Campanelli dentro de algunas décadas, seguramente tendrían que aparecer, como en algunas series norteamericanas, parejas gays y lesbianas con hijos propios o adoptados (que también son propios). En nuestro país, la adopción aún no funciona para gays y lesbianas. Tampoco es una demanda fuerte del movimiento GLTTB. Parece que no hay una necesidad real de construir una "familia" o de "criar hijos". Sin embargo, muchos gays y lesbianas son pa/madres y otros/as sueñan con que en sus niditos de amor circulen niños/as. Un deseo compartido, pero imposible de realizar en forma legal por la serie de imposiciones dispuestas desde las leyes. Además, para algunos/as gays o lesbianas "la familia es un invento de la sociedad industrial -según Fabiana- que tiene que ver con el desarrollo del capitalismo. Las mujeres tenían que cuidar al hombre y criar a los hijos: eran mano de obra gratis. No estoy de acuerdo que a la unión entre dos lesbianas se la llame 'matrimonio', porque este concepto significa la institucionalización del comercio de las mujeres; no valemos nada si no es porque somos 'la mujer de...' y así establecer una unión entre dos familias."
Para Luisa Peralta, de Lesbianas a la vista, "las familias gays y lesbianas rompen con el esquema nuclear patriarcal, por eso no son reconocidas como tales. La familia nuclear garantiza al hombre que, aunque no tenga poder sobre nada, tenga poder sobre la mujer y los hijos; hasta el último obrero o esclavo, sometido por los varones, va a tener poder sobre este pequeño grupo. Tanto gays como lesbianas rompen con esos roles padre/madre, tan rígidos. Siempre hubo personas criadas por la madre sola o por el padre solo, o por los abuelos, o los amigos de la familia. Imaginemos una pareja de lesbianas que deciden tener un/a hijo/a y una pareja de gays, uno de cuyos integrantes decide realizar la donación de semen. Esto no es nada nuclear: van a aparecen los abuelos por parte de las lesbianas y los abuelos por parte de los gays, y se dará una multiplicación de los afectos, se establecerá otro tipo de vínculos solidarios; en fin, un clan sin jerarquías, una relación más democrática."
En un futuro tal vez experimentemos realidades como estas; por ahora son palabras o deseos, que no es poco
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Re: Relatos que entienden

Mensaje  julia el Agosto 3rd 2008, 10:32 am

SUSANA GUZNER

http://www.susanaguzner.com

Susana Guzner cació en La Plata, 1944) es una escritora argentina, militante feminista y lésbica.

En 1976, tras el asesinato de su hermana por tripe A, la Alianza Anticomunista Argentina, se exilió en España. Residió durante veinte años en Madrid, y más adelante fijó su residencia en Las Palmas de Gran Canaria. Durante mucho tiempo ejerció como psicóloga de publicidad para diversas empresas públicas y privadas, simultaneando esta actividad con la de articulista de opinión y crítica. Ha colaborado como guionista con Televisión Española. Actualmente colabora para diferentes medios y portales de Internet.

Se decidió a publicar tardíamente, a sus 57 años, en sus palabras: "por decisión propia. Nunca pensé que el hecho de escribir, algo que hago desde pequeña con la misma naturalidad que respirar o comer, pudiera o debiera salir de mis cuatro paredes. Era casi como exhibir públicamente una función orgánica".

Su novela La insensata geometría del amor (Plaza & Janés, España, 2001) está traducida a varios idiomas. Otras obras son: Punto y aparte, relatos (Ed. Egales, España, 2004), Detectives BAM, teatro de humor (Ed. Ellas, España, 2005); co- autora de Mein Lesbisches Auge 5 (Konkursverlag, Alemania, 2005). Uno de sus relatos forma parte del libro recientemente estrenado "Dos Orillas".


La náufraga (I)


12 de marzo

Esta mañana mi rutina marinera se ve alterada por un suceso substancial: rescato, acatando las leyes del mar, a una náufraga semiinconsciente en su precaria balsa de troncos.

A la luz del alba efectúo la maniobra de aproximación, desciendo por la escalerilla de cuerdas, amarro bien amarrada a la desdichada con una sirga y vuelta arriba la izo cual un fardo de mercancía depositándola en cubierta. La arropo con mantas multicolores de lana basta. Aún no ha despertado de su letargo y sólo sé que es mujer, que no lleva ropas ni identificación alguna y que le supongo unos treinta años. Está desfallecida y cada tanto exprimo sobre sus labios un algodón humedecido en agua azucarada pero no la traga. De algo servirá, no obstante. Está completamente deshidratada.

Sujeto su balsa a popa y la llevo de remolque. Es de su propiedad y no quiero abandonarla en medio de la nada azul.

22 de marzo

En estos diez días que han transcurrido desde que Erika – o Irene, o Tammy, cuando se refiere a sí misma cambia frecuentemente de nombre… - es mi huésped a todos los efectos. Al principio le cedí mi estrecha litera hasta su total recuperación y dormí al raso acunada por la bonanza del clima. Pero desde hace unos días, acunada por la bonanza de los deseos, compartimos mi escueto lecho. Tiene un cuerpo sólido, como de raíz de olmo, los huecos de sus clavículas deliciosamente diseñados para depositar besos y mordisquillos. No estoy enamorada, se lo digo y reitero, pero ella sí. Pregona su pasión a toda hora y lloriquea con frecuencia por la desdichada falta de correspondencia. En rigor, sus enormes ojos negros siempre están húmedos, como si fuera a llorar o acabara de hacerlo.

Por eso la he bautizado “Charquito”.

Habla poco, midiendo sus ademanes, economizando energía, brazos y manos de movimientos cortos y precisos cual si retocara en el aire una escultura inacabable. No la interrogo sobre su vida, lo que se de ella es lo que ha querido contarme. Se lanzó a la mar huyendo de su amante, una mujer violenta, de las que zanjan una discusión con el grito en alto y la mano abofeteando. Pobre “Charquito”, imagino la situación, ella tan frágil esquivando las iras de una desquiciada.

A escondidas construyó su rústica embarcación y a escondidas también huyó en la ocasión propicia. Cuando me cuenta esto la abrazo con ternura y solloza sobre mi hombro, mansa y suspirante. Después de todo, ambas somos náufragas navegando el mar de los amores rotos.

Continuará
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La náufraga (II)

Mensaje  julia el Agosto 6th 2008, 1:16 pm

2 de abril

Desarrollo la actividad cotidiana con mi buena predisposición de costumbre. Mantengo mi barco a punto, friego palos y cubierta, preparo la comida, remiendo algún descosido, canto canciones que aún recuerdo de otros puertos y otras mujeres acompañándome de mi vieja guitarra, gozo el mar y gozo con Tammy. O Charquito.

Ella no hace nada. Pasa la mayor parte del día encerrada en el camarote, supongo que meditando, o reponiéndose, o recitando poemas mudos. Come, sin embargo, con gran apetito, y he tenido que aprender su dieta a marchas forzadas, es en extremo cuidadosa con los alimentos que ingiere. Mi barco no es precisamente una tienda de gourmets y hago milagros para complacer sus exigencias culinarias.

Por fortuna saborea con placer el pescado, y puesto que estos días varios cardúmenes se han acercado por estribor me apresuro a lanzar la red a toda hora y abastecerme de doradas, merluzas y hasta de peces espada de pequeño tamaño.

Poco a poco me apercibo que es mentirosa ¿Por qué lo digo? Porque las raras veces que se abre a la confidencia cambia las versiones sobre un mismo tema ¿Embustera o fantasiosa? Puede que esto último: a fuerza de inventar otorga dogma de verdad a los productos de su imaginería. Dudo incluso de la existencia de esa presunta y violenta amante, Erika es poco sumisa, pero no la desdigo. Puesto que no la amo al punto de apoderarme de su pasado y codiciar su futuro doy por buenas las exhibiciones de saltimbanqui de su veleidosa memoria. Sí me intriga sobremanera una suerte de talismán del cual no se separa: una diminuta y retorcida cucharilla de café que pende atada con hilo sisal de su tobillo derecho.

¿Un recuerdo amado, una defensa ritual contra auras maléficas, algún sortilegio? Puede que uno de estos días se lo pregunte.

Confieso que su excesiva pasividad comienza a aburrirme. Charquito no es precisamente una compañía festiva ni compañera. Siento que estoy sola sin estarlo y añoro estar sola estándolo. Pero es una náufraga y mi ética marinera me impide desembarazarme de ella hasta depositarla a buen seguro en algún puerto providencial.

¿Qué haría, otra vez incomunicada y a disposición de los caprichos de la mar, flotando como un nenúfar perplejo sin rumbo y a la deriva? Yo también navego solitaria, es cierto, pero estoy hecha de otra materia, me estimula el júbilo de vivir bendiciendo cada día nuevo sólo porque ha llegado y, lo más importante, me guía una determinación inquebrantable: hallar a mi amante soñada.

He observado además que es temerosa hasta el paroxismo. Un ruido de maderos, la oscuridad nocturna, los insectos bailoteando alrededor de los fanales, el fuego del hornillo más brioso que de costumbre, incluso un gesto o una mirada mía si me acerco o la observo con intensidad logran aterrarla.

-No me mires así – ruega encogiéndose como un caracol acorralado.

-¿Qué les pasa a mis ojos? – pregunto asombrada.

- No lo sé, me dan miedo, eres tan… potente. Podrías destruirme con tu poderío como una bruja, no, como una maga. No me mires.

No la miro, pues. Nunca antes me habían definido como maléfica, mis ojos poseedores de una fulminante propiedad de aniquilamiento. Se lo digo así, tal cual lo siento, y como es previsible llora hasta hartarse. Me inquieta sobremanera ese sentimiento suyo de que pueda hacerle daño. Yo, que la he salvado de una muerte segura, que la mimo y atiendo como a una niña huérfana. No lo entiendo. Y cuando teme, teme. Más de una vez me topo con la puerta de la cabina atrancada por dentro. Compongo mi voz más acariciante rogándole a ¿Irene? que me permita entrar y sólo abre cuando le he asegurado que no sufrirá daño alguno.

“Aquella mujer diabólica la ha marcado a fuego – me compadezco – es tan endeble…”

Pero, con sinceridad, su recelo enfermizo me ofende. No soy un engendro siniestro ni una asesina en potencia sino una mujer normal, gentil, con mi carácter, es verdad, pero todas tenemos carácter, es una cualidad inherente a los seres vivientes. Hasta las rocas manifiestan su propia personalidad. Y sin proponérmelo advierto que comienzo a verme a través de sus sentimientos: un ser monstruoso presto a devorarla al menor descuido. Esta percepción de mí misma me daña, para qué negarlo.

Por lo tanto procuro mirarla lo imprescindible, no atemorizarla, y sobre todo, no aburrirme hasta el bostezo. Cuando está relajada narra fragmentos de su biografía. Dice ser actriz y ansía representar a Ionesco en el teatro más grande del mundo. Me cuesta imaginarla en escena, es demasiado… caracol, a duras penas podría emocionar al público provocándole una pléyade de sensaciones y sentimientos. De hecho, a mí sólo me conmueven nuestros orgasmos, porque, he de reconocerlo, camina por mi cuerpo como si fuera su casa y ha encontrado la llave.
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La náufraga (III)

Mensaje  julia el Agosto 7th 2008, 12:55 pm

11 de abril

Hoy he hecho un descubrimiento que me ha dejado perpleja. Erika - o Tammy - estaba tendida boca arriba bajo el palo mayor, desnuda y absorbiendo ávidamente los rayos del sol mientras yo ponía un poco de orden en el interior de mi nave. Al abrir un cajón que le cedí para sus pertenencias – mis pertenencias, más exactamente, porque cuando la rescaté no traía un mal trapo con que cubrirse y le dejé parte de mi ropa – encontré un trozo de queso rancio, frutas variadas, una escudilla de miel y un salchicha mordisqueada. Hurgando un poco más en el fondo de la gaveta di con montoncitos de hilos prolijamente enrollados, palillos de dientes, mi pequeño espejo de plata del cual ya me había olvidado, una buena provisión de botones sin duda extraídos de mis abrigos y otras menudencias.

El hallazgo me sorprende notablemente y la imagen de una urraca acude a mi mente sin premeditación. Los símiles animales se me dan bien con ella: caracol, urraca…Dejo todo tal cual. Quiero preguntarle el motivo que la mueve a acaparar comida clandestina cuando toda mi alacena está a su disposición. Es más. Toda mi nave está a su disposición.
A mi requerimiento, cómo no, responde a lágrima viva y me siento culpable. “Puede que haya pasado muchas necesidades en su vida y retiene por instinto, como…una urraca”. Suelo buscarle motivaciones a los actos ajenos, es un reflejo condicionado, aunque con frecuencia no hallo respuestas. Se trate de objetos, emociones o movimientos la tendencia de Irene – o Charquito - es el ahorro, el acopio, la evitación metódica de cualquier despilfarro o derroche ¿Por y para qué economiza tanto? ¿Acaso no sabe que su mortaja no llevará bolsillos?

Sus obsesivas reservas de energía comienzan a indignarme, al igual que mi creciente hastío por su presencia inexistente, la extravagancia de sus comportamientos y esa sibilina estrategia de hacerme sentir más mala que Caín. Irene, o como se llame, está minando no sólo mi buen humor sino mi fe hasta ahora inamovible en la Humanidad. Creo que esperaré el momento oportuno para pedirle que se marche. Ha recobrado varios quilos, está fortalecida y alimentada, es hora de partidas.

13 de abril

Querido diario, aún no me he repuesto de lo sucedido, y no sé si sabré expresarlo en palabras. Anoche, al terminar su abundante cena, anunció:

- Hoy dormiré en cubierta, me apetece sentir la humedad del rocío y contemplar las estrellas.
Con enorme gozo recupero mi litera y duermo intensa, profundamente. Cuando despierto el sol me indica que es cerca de mediodía. Al instante me apercibo que sucede algo anómalo, porque la cabina está semivacía. Subo en dos zancadas a cubierta y ni rastros de Irene, o Erika, o comoquiera se llame. Tampoco está su balsa amarrada a popa.
De un veloz vistazo compruebo que me ha desvalijado. Mantas, vajilla, el hornillo, mis víveres, cubos, todo cuanto ha podido cargar en su embarcación.

Miro tontamente en redondo, anonadada. Algo brillando en el suelo de la cabina atrae mi atención. Es su inseparable talismán, la cucharilla anudada a su tobillo ¿Por qué se ha dejado precisamente lo que más ama, su única propiedad física ungida de hipotética magia?

La recojo con aprensión y me pongo en marcha de inmediato. No será difícil darle caza. Urraca, más que urraca. Farsante. La desvalida, la poquita cosa consternada porque yo no retribuía su súbita pasión. “Así pagas la mano que se te tiende, mordiéndola y robándole. Infame” –grito, colérica. Izo la vela mayor – que naturalmente no ha podido robarme, pero sí algunas poleas de escaso tamaño, lo cual entorpece mis maniobras - y no necesito preguntarme que rumbo ha tomado. El mar es infinito, pero no puede haber avanzado mucho y además muy pronto veo flotar mi guitarra desde la borda.

Es cuestión de seguir el rastro del botín. Una milla más adelante reconozco mi chubasquero amarillo cabalgando como una colosal medusa sobre la espuma de una ola de buen tamaño.

Pronto la diviso. La imagen es patética, o cómica, o disparatada, no me decanto por la cualidad exacta. Allá está, sentada en la cúspide de una montaña de objetos, mirando alternativamente con sus atónitos ojazos cómo va perdiendo su pillaje a cuentagotas y temiendo el inminente abordaje que presupone.

Con un par de golpes de timón me adoso a su balsa. Desde allá abajo, meneándose al compás de las olas, escucho su grito:

- ¡Te devuelvo todo, ten, aquí lo tienes! ¡No me mates, por favor, no me mates!

Por supuesto, la urraca llora a moco tendido. Yo estoy inexplicablemente serena pese a su pánico, me importa un rábano su escenita dramática de teatrillo de romerías, ya no me toca de ninguna forma.

- Quédatelo, me da igual, sólo son cosas – le digo marcando las palabras.

Su incredulidad es notoria ¿Es que no voy a recuperar lo que es mío? ¿Será así de afortunada en la vida? ¿Ha topado con una incauta, una militante de la filantropía? ¡Tonta, más que tonta, regalar cuanto le han hurtado!

Calculo la distancia desde la borda a su maderamen y le arrojo su preciado talismán.

- Te has dejado esto, ahí va, no quiero sus miasmas envenenado mi espacio.

Lo recoge codiciosamente entre sus manos y torna a llorar sentidamente, curvando su espalda como un…buitre. Semeja un caracol, la muy buitre.

Una racha de viento me aparta de ella y me alejo sintiendo la brisa fresca acariciando mi rostro. Imagino el cuadro a mis espaldas. Una balsa que se hunde irremediablemente por exceso de peso y su tripulante con ella.

Por un instante siento compasión y amago con regresar para rescatarla por segunda vez. Pero mi yo interior se hace oír desde muy adentro:

“Déjala. Debe elegir entre la bolsa o la vida. Tal vez sea la última lección que le toque aprender”.

¿Me lo parece a mí o aquello que se acerca flotando a babor es la caja de latón con mis galletas de mantequilla predilectas? ¡Vaya, hoy es mi día de suerte!


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Re: Relatos que entienden

Mensaje  Romp el Agosto 7th 2008, 1:13 pm

De momento solo he leido el primero que has colgado -Dorso de Diamante- y me ha encantado!
cuando tenga tiempo pasaré a leer este último que has puesto y a ver que tal...
Sigue con esto! que cuando pueda dedicarle más tiempo al foro iré subiendo yo también cositas mrgreen
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Re: Relatos que entienden

Mensaje  pke el Agosto 7th 2008, 3:45 pm

a mi me estan gustando todos!!! gracias por ponerlos!!


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Re: Relatos que entienden

Mensaje  julia el Octubre 1st 2008, 10:02 am

Maquillaje corrido(I)

Autora: Jennifer Thorndike

Cuatro paredes blancas me rodean hace bastante tiempo. Sinceramente, ya he perdido la cuenta de cuantos días, meses o años llevo aquí, pero calculo que no han sido muchos porque todavía conservo la brillantez de mi cabello rubio y la tersura de mi rostro. Sé que algún día las canas y las arrugas han de aparecer y a mí solamente me quedará observar en el espejo la presencia de aquellos signos de vejez. Nunca pensé que sería así, pero cuando uno está loca por voluntad propia no queda más que ver pasar los minutos sin siquiera intentar detenerlos… Si tan solo, si tan solo, si tan solo vinieras... Pienso de vez en cuando y ese pensamiento siempre hace que mis ojos se humedezcan. Muchos celebran ese hecho porque sólo así parece que estoy realmente viva… ¡Pero si estoy viva, carajo!... Estúpidos.

La cama es bastante cómoda, aunque he de confesar que cuando uno lleva mucho tiempo echada encima de ella hasta el colchón más blando parece de piedra. Una vez al día entra una de esas mujeres de atuendo blanco que me aplica una de esas inyecciones que me hacen olvidar por un momento lo consciente que estoy, aunque muchos no lo crean así. Entonces me sientan en frente de la ventana y observo. Me aburre hacerlo, odio hacerlo. Odio sentirme estúpidamente perdida entre el ensueño y mi realidad. Si pudiera, les diría que dejen de aplicarme esa medicina o que me la apliquen cuando el dolor de su recuerdo es tan intenso que me perturba. Miro alrededor. Veo la mesita redonda y encima está mi ordenador. Me han traído mi laptop para ver si así decido comunicarme o hacer algo, pero sinceramente eso ya no me interesa. Me he sentado infinidad de veces frente a ella y he acariciado el teclado con las yemas de mis dedos. No siento nada. Encenderla no tiene sentido. Todo perdió sentido mucho antes de que me trajeran a este lugar.

Él viene seguido y odio que lo haga. ¡Maldita sea! Debería decirle que se largue, pero debo guardar silencio. Se sienta en frente de mí, me toma de la mano y me besa en los labios resecos. Siento asco, siempre sentí asco. Siempre los he repudiado, sobre todo a él. Su cabello es demasiado largo, demasiado tupido, demasiado oscuro. Sus manos son demasiado toscas, su cuerpo, demasiado lejos de lo que yo deseaba, su mirada, demasiado blanda. Siempre me ruega que le hable, que le diga algo. Hace mucho dejé de hablarle, hace mucho que ni siquiera lo miro a los ojos. No quiero verlo, quisiera que desaparezca… Por favor, la inyección… Pero está ahí contándome sobre su vida que no me interesa, sobre los planes que tiene conmigo cuando yo me recupere, sobre la casa que está arreglando con cuadros surrealistas para que los admire cuando me lleve… ¡Ya cállate!... Pienso, pero guardo silencio. Él se desespera, aprieta el puño, frunce el ceño, se muerde los labios. Su presencia es completamente indiferente para el objetivo central de los médicos. Él nunca logrará que yo articule palabra alguna. A la única persona a quien le hablaría sería a ella. Ella podría sacarme de mi mutismo, de esta burbuja en donde yo misma me he encerrado para dejar de sufrir, para huir de algo que no quería, algo que me iba a hacer completamente infeliz, para olvidarme por completo que nunca la pude ni la podré tener… Sí, aquí la tengo, aquí la abrazo, aquí está a mi lado y siento su olor, percibo la textura de su piel. Aquí, pero no allá afuera… Ésa debe ser la razón por la cual decidí hacerlo. En ese momento sólo supe que debía escapar de su presencia que me atormentaba en cada rincón y a cada momento, pero que no tenía en la realidad. Entonces me encerré donde sí podía estar junto a ella… Sí, junto a ella, cerca de ella… La quería, aún la quiero… Solamente a ti podría hablarte, sólo por ti regresaría… Pero ella jamás vendrá y yo ya perdí la razón. Me aislé de mi Lima, de mi casa, de mis amigos, de mi familia, de él y de mí misma. Este cuarto blanco es tan hermoso. Cierro los ojos. Así la veo, así la puedo tocar una vez más. Eso es todo lo que importa.

Yo se lo había dicho un día ya hace mucho tiempo. En realidad, no quería admitirlo, me rehusaba a hacerlo. Me había enamorado de ella, pero me mentía a cada instante diciendo que sólo era gusto pasajero que pronto se esfumaría. Ya nos habíamos besado, ya había recorrido su cuerpo un día en que el alcohol corría ingrávido por nuestras venas. Me había metido entre sus pechos enormes y los había besado aferrándome a cada pedazo de su piel para terminar en el costado de su cuello succionando su esencia y pidiéndole más, más y más. Ella sólo emitía gemidos cortos, agudos y excitantes que parecían llenar completamente el silencio que nos rodeaba. Mi rodilla había ido a parar en su entrepierna tibia y mis manos en su espalda, subiendo hasta su nuca, perdiéndose en sus nalgas. Mis dedos enredándose en su cabello lacio castaño, mis labios aferrados a sus besos, mis dientes mordiendo, rechinando, explorando. El placer, el bendito placer mezclado con amor y con alcohol. Había terminado dormitando abrazada a su cintura y con la cabeza apoyada en sus pechos blandos como almohadas. Abrí los ojos y… Por la reconcha su… Ella no recordaba absolutamente nada y yo me había maldecido por haber comprado ese vino tinto que a mí tanto me excitaba y a ella tanto la aletargaba… ¡Maldita sea el vino borgoña Queirolo, maldito sea!... Entonces, se lo había contado todo mirándola a los ojos verdes y añadiendo que yo estaba enamorada. Ella me miró extrañada y me dijo… Chéire , jamás te podría ver en el sentido amoroso porque tú eres como mi hermana… Plop. ¿Tenía que hablar en francés? El francés me enternece, me excita. Levanté una ceja… ¿De cuando acá haces el amor con tu hermana?... Me pregunté, pero guardé silencio. A pesar de que ella era bisexual, con ese argumento me había negado la posibilidad de que yo siquiera intentara enamorarla. Entonces, me levanté, tomé mi ropa y me fui antes de que los ojos castaños se me inundaran en lágrimas… Me había rechazado, chérie, y yo enamorada, muy enamorada… ¡Puta madre!

Continuará
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Re: Relatos que entienden

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