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El corazón de cristal, B. L. Miller

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Re: El corazón de cristal, B. L. Miller

Mensaje  malena el Junio 9th 2013, 8:10 pm

Laura agarró la mano de Crystal y la puso sobre sus hombros—No lo creo, compañerita. ¿Qué pensarán los vecinos?— Con un gruñido se elevó a la altura de sus pies, levantando a Crystal con ella. Para su alivio, Jenny debió haber escuchado el coche estacionarse—¿Quieres echarme una mano con ella?—
—¿Adónde fueron?— Jenny preguntó mientras bajaba al área del estacionamiento—Mire por el espejo retrovisor y ya no las vi—
—Tuve que detenerme un par de veces— Laura dijo—Crystal, Jenny esta aquí. Vamos a meterte al apartamento, ¿Ok?— Ella asintió a su ex-amante—Sostenla por el otro lado. Esta demasiado drogada como para caminar—
—¿Cómo estuvo el camino a casa?—
—Perturbante. Ella no se callaba. Para alguien que no habla mucho que digamos, dijo demasiado esta noche. Me preguntó por lo menos como cincuenta veces que si estaba enojada con ella—
—Y me dijiste que no— Crystal hizo pucheros, sus ojos repararon en sus pies en un intento para moverlos en la misma dirección sin pisar a Laura o los dedos de Jenny—Lo dijiste—
—Sí, lo dije. No estoy enojada contigo— Laura miró a Jenny—¿Ves lo que tuve que soportar?—
—Suena como un poco molesto—
—Sólo un poquito. Cuidado, Crystal. Estamos subiendo ahora—
—Puedo caminar por mí misma— la rubia protestó, débilmente intentando soltar sus brazos de los hombros de las otras mujeres.
—De todas maneras creo que es mejor que te ayudemos un poco— Jenny dijo.
—Oh, hola Doc— Crystal prácticamente gritó—¿Cómo diablos te encuentras esta noche?—
—Aparentemente no tan bien como tú. Laura, sostenla mientras abro la puerta—
—Yo le agrado— la drogada mujer continuó—No estaba realmente segura pero… sí. ¿Lo sabías?—
—¿Saber qué?— Jenny preguntó, no poniendo mucha atención a las divagaciones.
—Le agrado a Laura— Crystal dijo con naturalidad, tambaleándose sobre sus piernas—Me dijo que éramos amigas—
—Sí lo dije, ahora entra, ¿Ok?— Laura dijo, guiando su inestable carga a través de la puerta principal.
—Ok— Crystal estuvo de acuerdo, con torpeza cruzó la puerta, seguida de Jenny llevándola a tropezones hasta la sala de estar.
Una vez dentro, Crystal logró llegar a tropezones hasta el reclinable. Laura colgó las llaves del Omni en el portallaves, frunció el ceño cuando vio sus llaves sobre el mostrador—¿Crees que podamos llevarla arriba?— Laura preguntó, recogiendo sus llaves y colgándolas en el portallaves.
—Puedo subir yo sola— la atontada rubia contestó, empujándose con trabajos sobre sus pies sólo para caer sentada nuevamente—Tal vez, no— Sus manos buscaron a tientas por su blusa.
—Nada de fumar en la sala de estar, ¿recuerdas?—, Laura le recordó.
—Hey Doc, te conté que conseguí trabajo con Michael?— Crystal dejó de buscar sus cigarrillos y colocó una pierna sobre el brazo del asiento reclinable.
—No, no me habías contado— Dijo Jenny mientras se sentaba en el sofá—¿Cuándo comenzaras a trabajar?—
—Ya lo hice. Trabajé esta tarde—
—¿En serio?—
—Yeah, lo hice después de salir de tu consultorio—
Los ojos de Laura se abrieron sorprendidos—¿Tu consultorio?—
—Um— Jenny miró a su ex-amante y después a Crystal y de nuevo a Laura—Tienes que preguntarle a ella— contestó.
—¿Crystal?—
—Doc me dijo que podía— Se restregó su cara y bostezó—Oh cielos, estoy cansada—
—O algo por el estilo— Laura dijo—Vamos a llevarte arriba. Jen, ¿Podrías ayudarme?—
Juntas ayudaron a Crystal a subir. Una vez dentro de su habitación, la rubia torpemente se liberó de las manos de sus amigas y se dejó caer encima de la cama—Jen, baja y prepara algo de té— dijo Laura—Bajaré en un minuto—
—Tal vez debería irme a casa... —Jenny comenzó.
—Ni siquiera lo pienses— Laura advirtió—Necesitamos hablar— Esperó hasta que su ex-amante saliese del cuarto antes de sentarse en la cama al lado de Crystal—¿Aun estás despierta?—
—¿Hm?— La suave almohada rápidamente absorbió cualquier energía que Crystal pudiera tener.
—Tienes que quitarte las botas. ¿Quieres que te ayude?—
—¿ Hm? Naw, está bien— Los ojos de Crystal permanecieron cerrados.
—Te las quitaré— dijo Laura, jalando un pie encima de su regazo—Sabes que hablaba sinceramente cuando te dije que no estaba enojada contigo— le dijo, desamarrando el cordón café de las botas—Aun si lo hubiera estado, no haría nada para lastimarte— Usando sus dedos, aflojó los cordones de los orificios y los ganchos, permitiéndole quitar la bota—Cuando tenía aproximadamente trece años de edad, Papá fue situado en Fort Bragg*— Laura quitó el calcetín blanco del pie de Crystal—Estuvimos allí cerca de un mes o un poco más cuando el Capitán Brewster fue transferido allí. Él tenía una hija de mi edad. Dame tu otro pie— No recibiendo respuesta, Laura tomó la otra pierna de Crystal y la jaló encima de ella—En fin— continuó—Candice siempre solía tener moretones en sus brazos y cara. Al principio le creí cuando me contó que había tenido un accidente en su bicicleta— La otra bota y calcetín fueron quitados, Laura tenía los pies desnudos de Crystal sobre su regazo. Sin pensarlo comenzó a darles masaje—Después de que descubrí la verdad, no podía ni siquiera mirar a su padre— Su agarre aumentó ante el viejo recuerdo—Lo odié por lo que le hacia a ella. No podía comprender por qué alguien querría lastimar a alguien de esa manera— Dándose cuenta de que Crystal se había quedado dormida, Laura continuó dejando que sus manos recorrieran amablemente los pies de la rubia—¿Por qué te molestaste esta noche cuando te dije que éramos amigas?— Su pulgar izquierdo se movió de acá para allá en un movimiento suave sobre el arco de Crystal—Claro, yo sé que puedes ser un verdadero dolor en el trasero y está también esa cortina de baño transparente que aún me disgusta pero.......— Dándose cuenta de lo que estaban haciendo sus manos, Laura gentilmente colocó los pies de Crystal sobre la cama y se puso de pie—No creo que necesitemos pequeños pedacitos de tabaco sobre la cama— Laura dijo, tomando el paquete de cigarrillos del bolsillo de su blusa. Tomando la colcha, la colocó sobre la mujer dormida. Mientras hacia unos dobleces alrededor de los hombros de Crystal, se apoyó cerca de ella y le susurró, —Lamento tanto que te hagas daño a ti misma. Hay una hermosa mujer escondida detrás de esa actitud dura y esas drogas, sé que la hay— Laura se puso de pie y apagó la lámpara—Dulces sueños—
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Re: El corazón de cristal, B. L. Miller

Mensaje  malena el Junio 11th 2013, 11:37 pm

PARTE SÉPTIMA
Laura encontró a Jenny sentada desayunando, hojeando el periódico. —¿Ya lo leíste?—
—Se me hizo tarde esta mañana y sólo tuve tiempo de mirar cómo iban los Mets*. Tu té está servido en la taza del café— El viento que había entrado por la ventanilla abierta cuando venían de recoger a Crystal había despeinado el pelo de Jenny convirtiéndolo en una maraña de cabellos. Laura metió la mano en su bolsillo trasero y sacó un peine.
—Toma, pareces una marmota que metió la pata en el enchufe de la luz— Caminó hacia el mostrador y tomo la taza grande. —¿Cuándo me ibas a decir que veías a Crystal?—Sacó la bolsita de té del agua y lo tiró a la basura. —Pudiste habérmelo dicho antes—
—Yo no podía— Jenny protestó, pasando el peine sin cuidado por su pelo. —No es mi decisión decirtelo. Era decisión de Crystal—
—¿Y qué pasó hoy? ¿Te dijo que se iba a ir con sus amigos drogadictos?— Laura cruzó el cuarto y empujó la silla a un lado de Jenny. —¿No pudiste haberla hecho cambiar de opinión?—
—Laura, no puedo hablar contigo acerca de lo que ocurre en mi consultorio con ella. Tienes que aceptar que no puedes preguntarme sobre ella— Jenny tomó un sorbo de su té. —Además, me conoces. ¿Honestamente crees que no intentaría disuadir a un paciente de ponerse en una situación potencialmente peligrosa si lo supiera?— extendiendo el brazo Jenny tomóla mano de Laura en la de ella. —Tengo que tener mucho cuidado con esto.Crystal debe tener confianza en mí y que esté segura de que mantengo a salvo sus confidencias—
—¿Quieres decir que ella no es un tema del que podamos hablar?—
—Con el hecho de ser tu compañera de apartamento para mí es suficiente para aplicar mi ética profesional. De hecho no debería de pasarle consulta—
—¿Entonces por qué lo haces?— Laura preguntó. —Me conoces a mí también, Jen. Y sabes que eres la única a la que recurro cuando necesito hablar. ¿Cómo se supone que debo censurar lo que hablo?—
—¿No crees que lo pensé mucho antes de tomar esta decisión?— Jenny chasqueó. —¿Crees que me agrada la idea de tener mucho cuidado de lo que hablo contigo?No estoy muy de acuerdo con la idea tampoco, Laura, perotienes quecomprender lo que soy—
—¿Y quién eres? No tengo la intención de sonar egoísta pero después de compartir mi alma contigo los últimos siete años, no es fácil de aceptar—
—No toda tu alma la compartiste conmigo, Laura— Jenny dijo en un tono de advertencia. —Hay una razón por la que vivimos en direcciones diferentes ahora, ¿recuerdas?—
Mirando hacia abajosu taza, Laura encontró como se le escapaban las palabras. —Pensé que ya no íbamos a hablar de eso— finalmente dijo.
—Preferiría no hablar de eso esta noche tampoco— la terapeuta admitió, acercando su mano y reduciendo drásticamente su taza de té. —Me voya casa, Laura. Sabes que siempre puedes hablar conmigo de tus sentimientos y de lo que piensas pero no podemos discutir sobre Crystal. No será fácil pero así tiene que ser—
—¿Por qué te tienes que ir a tu casa? Puedes quedarte aquí— Mirando los ojos de Jenny, ella agregó,—realmente me gustaría mucho poder abrazarte esta noche—
—No esta noche— Inclinándose, besó la mejilla de Laura. —Te veré este fin de semana para el juego—
Viendo a Jenny levantarse, Laura se puso de pie igualmente. —Por favor, quédate otro poco más, prometo que no intentar hacer nada. Sólo necesito hablar— Vamos, Jen. Laura silenciosamente suplicó.
—¿Sobre qué quieres hablar?—
Ahora que le había concedido el tiempo, la escritora encontró difícil revelar el problema que la había estado atormentando por casi toda la tarde. —Yo um… recibí un email del editor—
—Porcomo luce tu cara apuesto que no fue una buena noticia, ¿verdad?—
—No realmente— Laura se sentó de nuevo, apoyando sus codos sobre la mesa mientras su barbilla descansaba sobre sus manos. Jenny volvió a sentarse igualmente. La miradade Laura miraba decidida a tomar el paño para limpiar —Tú sabes lo preocupada que he estado por la fecha tope de entrega, ¿no es así?—
—¿Sí?—
—La perdí—
—¿Qué hicieron?—
—Movieron la fecha de impresión tres meses. Esto va a ocasionar que me termine lo ultimo que tengo de dinero que me dejo mi papá— Laura negó con la cabeza. —Pensé en la idea de buscarme otro trabajo perosi hago eso no tendré tiempo para trabajar en la historia—
—No vas a trabajar cada minuto de tu día, cariño— Jenny dijo. —Voy a hacer más té. ¿Quieresotro?—
—No, gracias— Laura observó a su ex-amante caminar hacia la tetera. —Jen, ya no sé qué hacer. Me presionan para que logre terminar el libro y no soy capaz de decidir a donde ira Alexandra después de que es rescatada del almacén—
—¿El síndrome del bloqueo de los escritores no te deja crear ideas, hm?—
—Ni siquiera unas pocas— Laura suspiró. —¿Recuerdas cuando me pasaba sentada escribiendo por horas y tú me traías café?—
—Lo recuerdo. Habíanoches que no lograba meterte en la cama—
—Los personajes se metían en mi cabeza y no dejaba ir las ideas hasta que no terminara la escena. Me sentía tan bien cuando lograba hacer eso—
—¿Y ahora?—
—¿ Ahora? Ya te dije, ahora no séqué puedo hacer con Alexandra—
—No, no te estoy preguntando como va la historia, sino como te sientes tú— Jenny dio un paso detrás de ella y frotó su espalda. —No eres precisamente la mejor cuando hay que manejar el estrés. Estoy sorprendida de que no estés limpiando frenéticamente el apartamento—
—Lo haré en cuanto te vayas—Laura dijo, mostrando una pequeña sonrisa. —Me conoces demasiado bien, Jen—
—Contesta la pregunta—
—¿Cómo me siento por el hecho de que ellos me presionen con retrasarmi libro tres meses?—
—No, ¿cómo te sientes al saber que perdiste la fecha tope?— Jenny se deslizó en su asiento. —Te conozco, ¿recuerdas? Recuerdo aquella historia en la que trabajaste por meses y la borraste del disco duro cuando te entró la frustración—
—No iba hacia ninguna parte, justo como esta historia—
—Sí estaba bien. Llevabas por lo menos tres cuartas partes de la historia terminada y al final te estresaste también. Esa misma noche vaciaste todos los gabinetes y los limpiaste todos si mal no recuerdo—
—Esa es mi naturaleza, supongo— Laura suspiró. —Cuando tenía una arruga la cama, Papáno me permitía quitar la arruga. Él arrancaba de un tirón todas las colchas y sábanas de la cama y me hacia comenzar de nuevo—
—Hay una diferencia entre hacer la cama ytirar a la basura tres meses de duro trabajo—Jenny señaló. —Tú eres la que decidió ser escritora. No puedes culpar anadie pero si a ti misma por perder la fecha tope y el no poder regresar el tiempo y cambiar lo que pasó— El silbido de la tetera hizo a Jenny ponerse de pie. —Sabes la respuesta a tu pregunta, Laura— Removiendo la tetera de la estufa, vertió el líquido lleno de vapor en su taza. Colocando la tetera en un quemador para que se enfriara,añadió azúcar a su tazay regresó a la mesa. —¿Y? ¿Lo has resuelto ya?—
—Juegas a la terapeuta otra vez, Jen—
—Ya sé que harás. Vas a tener un ataque de frustración y a destruir la historia, arruinando cualquier oportunidad de publicarla y hacer algo de dinero que te pueda dar cierta ventaja de obtener tiempo extra y sentarte y escribir la historia lo mejor que puedas—
—No es tan fácil— Laura se restregó su cara. ¿Por qué comienzo estas discusiones con ella? Siempre pierdo. —Si las ideas no surgen, no puedo forzarlas para terminar la historia—
—Entonces tal vez deberías ponerte a pensar que te inspira para que te surjan las ideas—Jenny dijo, soplando sobre su té antes de beber un sorbo.
—Es sólo que parece que no puedo concentrarme en la historia. Alexandra parece que… no lo sé …se desvanece supongo—
—¿Cómo así?—
—No lo sé. Tal vez sólo sea yo. Estoy muy distraída, supongo— Los dedos de Laura trazaban el borde de su taza. —¿Sabes que ella se alteró cuando le dije que éramos amigas? No creo que tenga muchos amigos. ¿Cómo pudo vivir con un padre como el de ella?—
—Laura, no podemos hablar sobre ese tema— Jenny dijo suavemente.
—¿Cómo alguien puede hacerle eso a sus propias hijas?— Ella continuó, ignorando la advertencia.
—No hay una buena razón, cariño, tú sabes eso. Pero yo creo que cualquier persona que haya pasado por ese horror merece todo el apoyo que se le pueda dar, ¿no lo crees?—
—Lo odio, Jen. Nunca he conocido a ese hombre y lo odio por lo que le hizo a ella—
—No podemos habl... —
—No hablo de ella—Laura dijo firmemente. —Hablo de mí, de cómo me siento— Ella apartó con fuerza la taza, asegurándose que quedara sobre el posavasos. —¿Cómo se supone que debo apoyarla y escucharla cuando todo lo que deseo es que algunos de los amigos militares de mi padre vayan a él y lo manden al infierno a golpes?—
—¿Piensas que combatir la violencia con más violencia resolverá el problema?—
—No juegues a ser terapeuta, Jen. —No quiero saber todas las respuestas que tienen que ser correctas— Laura empujó su silla y se puso de pie.
—Nunca las quieres saber— Jenny colocó sobre la mesa su taza de té y palmeó la silla vacía al lado de ella. —Ven siéntate—
—No, no puedo. Tengo cosas que hacer— Caminando hacia el fregadero, Laura abrió el gabinete inferior y saco la fregona. —Este piso está hecho un asco—
—El piso está bien y estoy segura de que ya lo has limpiado al menos una vez en las ultimas veinticuatro horas. Vamos, Laura. Siéntate y habla conmigo—
—Necesito terminar esto, Jen—Laura dijo, probando la temperatura del agua con sus dedos. Una vez que estaba lo suficientemente caliente, Laura llenó la cubeta antes de agregar una gran cantidad de limpiador. Cuando regresó por la fregona, se sorprendió al encontrarse que Jenny se había levantado de la mesa y ahora estaba delante de ella.
—Bien, si ya no necesitas hablar más, entonces no necesito quedarme más tiempo. Ya es demasiado tarde. Sé que por más que lo intente no te podré hacer cambiar de opinión. ¿Hazme un favor, quieres?— Jenny la cogió y le dio un fuerte abrazo. —Deja de castigarte por haber perdido la fecha tope— le susurró en el oído. —No te hace ser una mala escritora o una mala persona, a pesar de lo que pienses—
—No tienes que irte—
Palmeando la espalda de Laura, Jenny contestó —Sí, tengo que irme. No estoy de humor como para pelear contigo, pulpo—
—Oye—
—Ni siquiera lo pienses. Te conozco demasiado bien, Laura Taylor. Si piensas que voy a creer que vas a comportarte esta noche entonces yo soy la reina de Inglaterra— Inclinándose, Jenny le dio a su ex-amante un beso amistoso en la mejilla. —Te llamaré mañana—
Una hora más tarde el suelo de la cocina había sido limpiado, quedando brillante y los muebles del mostrador también reflejaban el mismo acabado. Laura aprovecho su frenesí limpiador por todo el apartamento. Limpiando todo a su paso. Una vez terminado el trabajo decidió echarle un ojo a su caprichosa compañera de apartamento.
Laura quedamente abrió la puerta de la habitación de Crystal. La lamparilla de noche le proveía bastante iluminaciónpara quese abriera paso por encima de la cama sin tropezarse con algo. —¿Estás despierta?— Preguntó suavemente. —Sólo vine a ver cómo estabas— No recibiendo respuesta, Laura se agachó y dobló los bordes de la colcha alrededor de la mujer dormida. —En verdad desearía que no te hicieras tanto daño todo el tiempo— susurró. —No necesitas las drogas—


Última edición por Ayelen el Junio 17th 2013, 4:19 pm, editado 2 veces
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Re: El corazón de cristal, B. L. Miller

Mensaje  malena el Junio 14th 2013, 12:15 am

PARTE OCTAVA
El estacionamiento de la licorería estaba oscuro, la luz de la lámpara estaba quebrada desde tiempo atrás gracias a unos vándalos y nunca se reparó. Crystal estacionó su coche cerca de la puerta principal, buscando toda la luz alrededor de ella tanto como fuera posible ahora que la noche había caído. Saliendo de la tienda con una bolsa de papel café en su mano, miró alrededor del estacionamiento oscuro cuidadosamente antes de quitar el seguro de la puerta de su coche. Una vez dentro del pequeño Omni, Crystal cerró su puerta y colocó la botella en el asiento del pasajero. No puedo hacer esto, es demasiado difícil, pensaba para sus adentros, extendiendo la mano para encender el motor. Lo único que he estado pensando es en ese maldito lugar y toda la mierda que pasó. Dirigiéndose hacia la calle, Crystal presionó con fuerza el acelerador, rápidamente pasando por alto el límite de velocidad.
Al menos cuando estoy borracha no pienso nada de eso. La botella que estaba sobre el asiento pedía a gritos ser sacada de la bolsa de papel, pero Crystal sabía que si comenzaba a beber estando en ese estado de ánimo, se tomaría la mitad de la botella antes de que pudiera llegar a casa, si es que lograba llegar a casa. —Ah, a quien le importa de cualquier manera— dijo en voz alta, tratando de alcanzar la botella. Sus dedos apenas se estaban cerrando alrededor de la bolsa cuando vio unas luces azules que brillaban intermitentemente por su espejo retrovisor. —Oh mierda— dijo, soltando la bolsa y tratando de colocarse su cinturón de seguridad. Oh mierda, ¿traeré algo de hierba mala en el coche? Crystal intentó acordarse mientras apartaba el coche hacia la orilla del camino.
Revisando entre los asientos y deteniendo el coche, apagó el motor y bajó la ventanilla. ¿Metí la nueva tarjeta del seguro en la guantera? Crystal miró el espejo retrovisor, nada contenta al ver el coche de la policía estacionándose detrás de ella. Las luces azules continuaban brillando en cada segundo que pasaba. ¿Qué estás haciendo, mirando mi matrícula? Por favor, sólo ven aquí y levántame la infracción y vete. Crystal definitivamente estaba dudosa de si había algo de marihuana en su guantera. Los documentos están ahí dentro. ¿Qué tal si ve algo cuando este buscando mi licencia de conducir? Tal vez la debería sacar ahora mismo, por si acaso. Pero por otra parte, si me ve revisando ahí dentro, podría sospechar y podría querer registrar el coche. Esa no sería una buena idea. Una semana antes había dejado caer un tubo para la marihuana y en ese momento simplemente lo había pateado bajo el asiento delantero. El sonido cercano de una puerta de coche cerrándose tomó la decisión por ella. No hacer nada y ver que pasaba.
El corazón del Crystal comenzó a latir con fuerza en lo que se iba acercando el oficial uniformado a su coche. Mirando a través de su espejo, los ojos de Crystal se ensancharon cuando el policía hizo una parada en su parachoques trasero y pareció ver algo. No me digas que tengo una luz trasera quebrada o algo por el estilo. Maldición, ¿cuándo fue la ultima vez que lleve mi coche a la inspección? Pasando un paño sobre el sudor de su labio superior, nerviosamente asomó su cabeza fuera de la ventanilla. —Um, ¿algo está mal, oficial?—
—Permanezca en el vehículo, Señorita.— la profunda voz femenina dijo con autoridad. Crystal se sentó y miró hacia adelante, ambas manos agarrando la parte superior del volante. ¿Qué pasara si se le ocurre registrarme de arriba a abajo? Crystal sabía que traía algunos rollitos de periódico en el bolsillo trasero de su pantalón. Si daba con eso seguramente la mujer policía examinaría todo el coche. Maldición, maldición, esto no está nada bien. Escuchó su nombre sonar desde la radio y la oficial respondió antes de acercarse hacia la puerta. —Su licencia, registro y tarjeta de seguro, por favor—
—Uh…seguro— Crystal se inclinó en su asiento para tratar de alcanzar su cartera, en todo momento nerviosa en lo que la oficial iluminaba con su linterna a lo largo del interior del coche. —Um, aquí está mi licencia. El seguro y el registro están en la guantera—
—¿Trae alguna arma o drogas ilegales en este vehículo, Señorita Sheridan?— La voz de la oficial sonó algo familiar a Crystal pero no sabía de donde exactamente.
—No— Inclinándose y notando que la luz de la linterna seguía sus manos, Crystal metió la mano en el compartimiento y quitó el frágil plástico que sujetaba los papeles del coche. Sacando el registro y la tarjeta del seguro, se los entregó.
—¿Esta es su dirección actual?—
—Um, no. Vivo en las Terrazas— Crystal observó como la oficial levantaba la licencia y garabateó algo en su libreta.
—Esta obligada a notificar al apartamento de vehículos en un periodo de diez días cualquier cambio de domicilio y marcarlo claramente en el reverso de su licencia— dijo la oficial, su linterna todavía iluminando a todo lo largo del interior del coche. —¿Está tomando alguna bebida alcohólica?—
—No, sólo me dirijo a casa— Crystal contestó.
—Mm hmm— la oficial contestó. Algunas notas más fueron garabateadas antes de que bajara su libreta y dio un paso hacia el coche. —Salga del vehículo, por favor—
Oh mierda. Aspirando profundamente, Crystal desabrochó el cinturón de seguridad y abrió la puerta. Por favor, que el tubo haya quedado muy abajo del asiento. Trataba de recordar el nombre de un abogado cuando la oficial de policía habló.
—¿No eres la nueva compañera de apartamento de Laura Taylor?— Parada bajo el poste de alumbrado eléctrico, Crystal ahora sabía porque la voz le parecía tan familiar. Era Alex Duncan, la mediocampista del equipo de las Halcones de softbol.
—Sí— Crystal dijo felizmente. Las probabilidades de necesitar a un abogado habían disminuido considerablemente. Alex estaba sonriendo y apoyándose contra la puerta abierta. —No sabía que eras policía—
—Yeah, es mi trabajo mantener las calles seguras en la noche— Alex contestó. —Hablando del diablo, no es una buena idea ir conduciendo a tan alta velocidad—
—Oh, yeah …lo siento— Demasiado como para ganarse una multa.
—¿Me juras que no has estado bebiendo?—
—Ni una gota— Crystal pensó sobre la botella que tenía sobre el asiento delantero. —De hecho, acabo de comprar algo para beber en casa— Señaló el asiento del pasajero, cosa que no había sido visible para los ojos de Alex antes, la botella de whisky envuelta en una bolsa café de papel.
—A propósito, tienes una luz rota en la parte trasera— Alex dijo en lo que se reclinaba dentro y removía la botella de whisky de la bolsa. —Muy bien, el sello de la botella no está roto. Habría tenido que darte un cargo por llevar un envase abierto— Alex devolvió la botella al asiento y devolvió los documentos a Crystal. —Supongo que puedo dejarte ir con sólo una advertencia por exceso de velocidad esta vez pero tengo que darte un ticket por la luz rota— Abrió su libreta y escribió con su pluma. —Ya había comenzado a escribirlo. No pagarás ninguna multa si lo reemplazas por un ticket firmado por un mecánico autorizado y lo entregas en la estación de policía para comprobarlo antes de la tarde de mañana— La oficial Duncan tendió la libreta y la pluma. —Firmar no es una admisión de culpabilidad, sólo de que recibiste tu ticket. ¿Así que vas saliendo del trabajo e ibas rumbo a casa para tomar algunas bebidas, hm?—
Crystal firmó el ticket y devolvió la libreta a Alex. —Sí, bueno ...—
—Qué lástima estoy trabajando hasta media noche— Alex se apartó de la puerta, haciéndole saber a Crystal que estaba todo bien y que regresara al coche. —Me gustaría invitarte una copa algún día— la oficial dijo suavemente mientras Crystal entraba en el asiento del conductor.
—Oh, um sí— Ahora que el peligro de una búsqueda se había ido, Crystal le sonrió coquetamente a la policía.
—Sé el número de Laura. ¿Te puedo llamar un día de estos entonces?—
—Eso suena genial— Crystal dijo, usando el mismo tono que muchas veces antes había acostumbrado a usar con hombres calenturientos que le pedían su número de teléfono. —Te diré qué. No estoy nunca en casa. ¿Por qué mejor no te llamo yo en alguna ocasión?— Asegurándose de abrochar su cinturón de seguridad, Crystal lanzó la licencia y los otros documentos en el asiento del pasajero y echó a andar el motor.
—Hay un detector de velocidad arriba, cerca de la salida seis—
—Gracias por la advertencia. Buenas noches— Crystal comenzó a subir la ventanilla tan pronto como Alex se hizo hacia atrás. Oh Dios mío, logré salir de esta. Mirando por su espejo retrovisor, Crystal esperó hasta que la oficial de policía estuviera de regreso en su unidad antes de ponerse en marcha sobre la autopista. Eso es todo. Mañana voy a limpiar el coche. El alumbrado público iluminó el blanco brillante del ticket sobre el asiento. —Supongo que iré a una tienda de autopartes también—
***
—¿Oh, qué es ese horrible ruido?— Crystal gritó entrando al apartamento. La música venía del dormitorio de Laura y como la stripper ya la había escuchado en otros bares, la reconoció como una de las canciones de los Carpenters.* Encontrando la puerta de Laura abierta, Crystal dio ligeramente un golpe en la puerta y dio un paso adentro. —¿Por qué estas escuchando esa música tan deprimente?—
—No es deprimente, me sirve de inspiración— la escritora defendió mientras cerraba la grabadora.
—Seguro, si estás pensando en matarte— Crystal caminó hacia el pequeño archivador y se sentó encima de él. —¿Cómo vas?—
—Hola también a ti, y voy bien— Laura señaló el monitor. —Creo que llevo hechas como quince páginas. Ha sido un día muy productivo—
—Bien por ti—
—¿Qué es eso? ¿Estás surtiendo tu suministro?—
—Sí bueno ...— Crystal colocó la botella de whisky en el piso, fuera de la vista de Laura.
—Sí— Laura dejó el tema de lado. —¿Y cómo estuvo tu día? Luces como si hubieras estado jugando en un montón de suciedad. Asegúrate de poner a remojar en detergente tus calcetas para remover esas manchas antes de meterlas en mi lavadora—
—Eres la única persona que conozco que se preocupa por mantener su lavadora limpia— Mirando a su compañera, Crystal notó los ojos hinchados de Laura. —¿No has tomado ninguna siesta?—
—No tuve tiempo. Esas ideas que me diste ayer eran justo lo que necesitaba para juntar a Bobbi y Julie— Laura se desperezó en su asiento, comenzando a rodar su cabeza de un lado para otro hasta que escuchó un satisfactorio crujido. —Estoy casi lista para hacer que ellas tengan su primer beso—
—Oh sí, metámoslas en la cama lo más pronto posible— Crystal dijo en broma. —Creo que necesitas un descanso. Te diré que, haré la cena esta noche—
—¿Sabes cómo cocinar?—
—Púdrete— Crystal contestó, saltando fuera del archivo y tomando su botella de su escondite. —Venga, necesitas apartarte de esta música deprimente—
Mientras bajaban las escaleras, Laura continuó defendiendo sus gustos musicales. —Los Carpenters no son deprimentes. Y la música melancólica es perfecta para la escena en la que estoy trabajando—
—Espero que no sea una escena de amor— Crystal dijo sarcásticamente mientras entraba a la cocina. —¿Qué te apetece? No conozco nada que se parezca a una comida verdadera— Abrió el refrigerador y recorrió con la mirada el contenido de cada estante. Oh, no sabía que tenías escondidas aceitunas verdes aquí dentro, Crystal pensó para sus adentros, haciendo una nota mental en bajar más tarde y tomar unas cuantas. —¿Qué es esta cosa que se parece a una hamburguesa?—
—Es una hamburguesa vegetariana—
—¿Cómo las cocinas? ¿Igual que las normales?—
—Así es. Le agrego algo de queso y cebollas fritas para condimentar—
—Suena bien. Tengo un pedazo de bistec por aquí en alguna parte…— Crystal movió de un lado para otro jarras de brebajes no identificables pero su carne no se encontraba por ninguna parte. —¿Dónde esta?—
—Lo aparté de mis sobrantes de rigatoni*. Mira en el estante más bajo en la parte trasera—
—¿Por supuesto, por qué no lo vi antes?— Crystal dijo sarcásticamente, moviendo las canastas de moras fuera de su camino y alcanzando el bistec. —¿Tienes cebollas y queso?—
—El queso está en el compartimiento de los lácteos en la puerta y las cebollas están en la gaveta más baja—
Crystal encontró los ingredientes y los colocó en el mueble mostrador. Abriendo varias gavetas hasta encontrar los cuchillos de corte. Laura se había enfrascado en el periódico, dejando a la rubia con sus propios pensamientos. Como había hecho muchas veces durante el día, la mente de Crystal se remontó al pasado. No debería doler tanto. Tomando el cuchillo, comenzó a cortar en rodajas la cebolla. Sé lo que quiere Jenny. Quiere que rompa a llorar y le diga lo que él hizo como si eso hiciera alguna diferencia. La fuerza del cuchillo a través de la cebolla aumentaba y Crystal pronto sintió algunas lágrimas que se asomaban por sus ojos. De espaldas a Laura y sus dedos cubiertos con jugo de cebolla, dejó caer las lágrimas, sabiendo que sería peor si intentaba restregarse los ojos. Apuesto que esto la haría feliz, verme llorar de esta manera. Inhalando por la nariz y restregándose las mejillas en contra de las mangas superiores de su blusa, Crystal apartó el cuchillo e introdujo las rebanadas de cebolla en la sartén. Te extraño Paty. En verdad necesito un abrazo. Un sollozo pequeño se libró de sus labios, ya no podía culpar a las cebollas por las lágrimas.
—¿Estás bien?— Laura preguntó desde la mesa.
Crystal sorbió por la nariz y aminoró la temperatura del quemador. —Uh sí, esta fuerte la cebolla, supongo— Todo lo demás podía esperar algunos minutos. —Voy afuera a fumar— Agachando la cabeza y apartando la vista de Laura, Crystal rápidamente se abrió paso hacia la cubierta.
La luna estaba todavía debajo del límite de la línea de los árboles, lanzando muy poca luz en la cubierta. Agarrando el barandal con ambas manos, Crystal miró la oscuridad, incapaz de detener las lágrimas que caían. El coraje que fácilmente venía a ella no podía contra las fuertes emociones, el dolor. Los recuerdos de ser una niña solitaria sin nadie a quien recurrir se rehusaban a irse y Crystal sintió volver a esa época dolorosa. No escuchó la puerta corrediza abrirse permitiéndole a Laura salir a la cubierta. Crystal brincó al sentir una cariñosa mano sobre su espalda.
—Hey— Laura habló bajo. —Ven aquí— Antes de que pudiese reaccionar, Crystal se encontró siendo sujetada dentro de un abrazo cariñoso de Laura.
—Yo ...—
—Shh, está bien— la escritora dijo. Crystal sintió el abrazo aun más fuerte, su cabeza presionada sobre el hombro de Laura. —De vez en cuando todos necesitamos sacar lo que traemos dentro—
—Yo n-no puedo detener esto— Crystal sorbió su nariz, torpemente dejando a sus brazos rodear la espalada de Laura. —E-es...Es que duele tanto— Incapaz de detenerse, se abrazó más profundo en los brazos de Laura, sintiendo el calor del cuerpo de Laura a través de la blusa delgada de algodón. Las lágrimas cayeron libremente por primera vez en muchos años y Crystal se encontró indefensa para detenerlas. Igual que cuando buscaba reconfortarse en los brazos de su hermana, de niña, Crystal ahora apretaba más su agarre alrededor de la espalda de Laura mientras los sollozos rompían su cuerpo. Mientras sus lágrimas mojaban la blusa de Laura, sintió una mano frotando amablemente de arriba abajo por su espalda. —Lo siento—
—No lo sientas— Crystal sintió el abrazo de Laura hacerse más fuerte. —Ya te dije, algunas veces todos tenemos que sacar lo que traemos— Las manos que estaban frotando su espalda y su pelo se detuvieron. —¿Te parece bien que entremos?— Laura preguntó. Crystal asintió con la cabeza y se dejó conducir a través de la cocina y se fueron al sofá donde Laura insistió en sentarse junto a ella.
—L-lo siento— Crystal dijo, limpiando su cara con su manga. —Creí que habían sido las cebollas pero ...— Miraba para todos lados menos hacia Laura, avergonzada por el llanto. —Será mejor que regrese a hacer la cena— Crystal intentó levantarse pero fue sentada de nuevo por una firme mano en su pecho.
—La cena puede esperar— Laura insistió. —Tú eres más importante— Mientras hablaba, Laura subió su mano para tomar la barbilla de Crystal, forzando sus ojos a encontrarse. —Habla conmigo— Crystal se encontró mirando directamente a los ojos azules de Laura, reflejando en ellos cariño y preocupación. —Venga, Crystal, habla conmigo— Laura repitió suavemente.
—Es sólo que me la paso pensando en el pasado— Crystal dijo, rompiendo el contacto con la mirada y enfocando la atención en los cordones del zapato de Laura. —Mi papá fue un bastardo— Insegura de qué decir, Laura permaneció callada, dándole a Crystal el tiempo que necesitaba para ordenar sus pensamientos. El olor de las cebollas fritas comenzó a filtrarse a través del aire. Laura se dio cuenta de eso pero permaneció ahí, rodeando los hombros de Crystal con un brazo. El timbre del teléfono interrumpió el silencio.
—Deja que la máquina conteste— dijo Laura. Tres timbrazos más tarde escuchó el click ya conocido y la grabación de su propia voz.
—Habla Laura. No puedo atender el teléfono en este momento, así es que por favor deje un mensaje— Beep.
—Laura, soy Jenny— la voz distorsionada dijo. —Llámame cuando llegues. Se escuchó otro click y de nuevo la habitación se quedó en silencio.
—La vi hoy— Crystal dijo quedamente.
—¿Creí que usualmente la veías los Lunes?—
Crystal asintió con la cabeza. —Lo hago pero me he estado sintiendo así todo el día—
—Oh, entonces te vio de nuevo hoy?— Crystal asintió. Laura continuó. —¿Qué dijo?—
—Dijo que necesito… sacar todo fuera— Crystal se encogió de hombros. —Que necesito hablar de lo que sucedió— negó con su cabeza. —¿Cómo se supone que debo de hablar de algo como eso?— Miró a Laura otra vez, encontrándose aun con esa mirada cariñosa en su cara.
—Justo como lo estás haciendo ahora—
—Fácil para ti decirlo. Siento como si me estuviera partiendo en dos— Crystal dijo.
—Interesante visualización— dijo Laura. —Tal vez te sientes así porque hay algo muy duro dentro de ti intentando salir fuera.
—Ahora tú suenas como la Doc— la rubia dijo, provocando que las dos sonrieran brevemente. —Tal vez— admitió con un asentimiento, la sonrisa desapareció de su cara.
—Como te dije antes si necesitas hablar, aquí estaré—
Crystal inclinó la cabeza y miró hacia otro lado. —No creo que pueda—
—Sé que puedes hacerlo— Laura dijo firmemente. —Eres fuerte. Puedes manejarlo—
—¿Fuerte?— Crystal contestó con un bufido. —No lo creo—
—¿Cómo puedes decir eso?— Laura cambió de posición y esperó a que Crystal la mirara antes de continuar. —¿Alguna vez te sentaste y te pusiste a pensar en eso, seriamente? No conozco a muchas personas que hayan sobrevivido a lo que tú viviste. Después de todas las cosas horribles que tu familia te hizo, todavía fuiste capaz de huir y mantenerte por ti misma durante todos estos años— Laura negó con la cabeza. —A los quince yo estaba preocupada por aprobar Biología y de no tener muchos granos en la cara. No creo que pudiera haber logrado vivir en las calles por mí misma— Laura hizo una pausa, escogiendo sus palabras cuidadosamente. —Especialmente si hubiera sido violada— La palabra causó una reacción inmediata. Crystal se puso rígida y cruzó sus brazos delante de su pecho. Sus ojos cobraron una apariencia lejana. Las cebollas quemadas no podían seguir siendo ignoradas. —Ahora regreso— Laura dijo en lo que se ponía de pie. Fue a la cocina y apagó el quemador, decidiendo que la sartén podía ser lavado más tarde. Cuando regresó a la sala de estar, encontró a Crystal en la misma posición, perdida en un pensamiento profundo. —Hey—
Crystal la miró, sus ojos verdes rojizos por el llanto. Laura reprimió el deseo de coger a Crystal y rodearla en un abrazo, en lugar de eso volvió a sentarse al lado de la mujer emocionalmente lastimada. Para su sorpresa, Crystal tomó su muñeca, colocando su mano de vuelta a su anterior posición, alrededor del cuello de la rubia mujer. Aceptando la invitación, Laura se acercó más a ella y Crystal recostó su cabeza en su hombro, sus cuerpos tocándose. —¿Quieres hablar o sólo quieres estar sentada aquí por un rato?— Preguntó suavemente, dejando a su pulgar moverse a través de la curva del hombro de Crystal.
—¿Tuviste una bicicleta cuándo eras niña?—
—Um … sí— Laura contestó, recordando la costumbre de Crystal de cambiar de tema sin previo aviso. Era color púrpura con un asiento blanco floreado y una canastilla en el frente—
—Yo tuve una bicicleta también. Era de Paty antes de que me la diera a mí— Crystal continúo dejando descansar su cabeza sobre el hombro de Laura, cosa que las tenía sorprendidas a ambas. —Era una bicicleta para niño pero eso no nos importaba. Era una bicicleta. Ella la ganó, sabes—
—¿Paty?—
—Yeah, hubo un concurso en la escuela y ellos le dieron una bicicleta al ganador. Ella compró una más grande en una venta de garage con algo de dinero que había ahorrado. Paty era una buena ahorradora, no como yo—
—¿No es una de tus cualidades, hmm?—
—Nunca tuve dinero para ahorrar pero aun cuando conseguía tener algo, me lo gastaba de inmediato—
—Yo siempre he sido ahorradora— Laura dijo. —Papá me hacía guardar en el banco la tercera parte de mi dinero de cada semana. Para cuando me gradué de la escuela secundaria tenía el suficiente dinero para pagar mi propio coche—
—Después de que Paty comprara su bicicleta de diez velocidades en la venta de objetos usados, salimos a montar nuestras bicicletas por todas partes. Por supuesto eso fue antes de que el borracho bastardo las atropellara con su maldito coche. Nos tomó casi un año de recoger botellas antes de que pudiéramos comprar unas nuevas— Crystal se inclinó hacia adelante, apoyando sus codos sobre sus rodillas y frotando sus manos. Cuando los segundos pasaban sin que Crystal dijera alguna palabra, Laura se preguntó si este sería el final de la conversación por esta noche pero finalmente su compañera comenzó a hablar otra vez. —Me encantaba tener una bicicleta— Crystal dijo. —Me daba libertad. Cuando estaba fuera paseando, nadie podía tocarme— Crystal parpadeó varias veces. —Él no podía tocarme— agregó en voz baja.
—Él no puede tocarte aquí tampoco— Laura dijo suavemente, esperando alentar a Crystal a continuar hablando.
—Por todo lo que sé, el bastardo podría estar muerto. Deseo que lo esté— Crystal se incorporó y miró a Laura. —En verdad necesito una bebida y algo de humo—
—¿Cigarrillos o algo más?—
—¿Acaso importa?—
—Depende, si quieres seguir hablando o no. Si quieres un cigarrillo, podemos salir a la cubierta. Si quieres lo otro, tendrás que subir a tu habitación y yo no quiero estar oliendo esa cosa— Laura esperaba que no escogiera la opción equivocada. Parecía que Crystal estaba realmente accesible y Laura ciertamente no quería hacer nada para impedir eso, pero al mismo tiempo no quería alentar a que se drogara.
—Supongo que un cigarrillo entonces— Crystal dijo, levantándose. —Pero está haciendo frío allí afuera con el viento y todo eso. ¿Podemos subir a mi habitación? Tengo esa silla anaranjada donde te puedes sentar, si quieres—
Laura vaciló, sabía que tenía la marihuana a la mano y estaba segura que Crystal no se mantendría alejada de eso mucho tiempo en el estado de ánimo que se encontraba. —Te diré que haremos. ¿Sabes jugar Rummy?—
—Claro, Paty y yo solíamos jugarlo. Siempre le pateaba el trasero—
—Tu encárgate de despejar tu habitación que parece un campo minado y yo traeré las cartas—
—Hecho—
* * *
Habían pasado varios días desde la última vez que Laura había visto el interior de la habitación de Crystal y estaba sorprendida de ver que su suposición sobre el desorden estaba en lo correcto. La ropa sucia estaba toda tirada por el piso, sin duda tirada cuando Crystal se cambiaba. La pequeña papelera cerca de la cama estaba hasta el tope con colillas de cigarrillo y botellas vacías de whisky. Su botella más reciente estaba ya sobre la mesita de noche, el vaso al lado de la botella ya estaba lleno del licor ámbar. Crystal estaba sentada en la cama con las piernas cruzadas, el cenicero y el cigarrillo encendido al lado de ella. —¿Cómo encontraste el camino hasta tu cama?— Laura bromeó mientras cogia la silla anaranjada a un lado de la cama.
—Bueno, la cama no se mueve. Sé dónde está. Recogeré todo esto cuando vaya a lavar mi ropa. Vamos, juguemos a las cartas—
—¿Puedes prender uno de esos inciensos antes de que tu cigarrillo me mate?—
—Siéntete como en tu habitación. Sabes donde están. Toma—
Laura atrapó el encendedor y tan pronto encendió una varita la colocó en el porta incienso. Sentándose en su silla, alisó el cubrecama y comenzó a barajar las cartas. —¿Juego regular o gin?—
—Regular. Odio tener todas esas cartas en mi mano— Crystal dijo. Tomó una larga inhalación de su cigarrillo antes de recoger sus cartas. —Y bien, tú siempre estás haciendo que hable sobre mí. Cuéntame acerca de ti, para variar—
—No hay mucho qué contar— Laura dijo, mientras organizaba sus cartas. —¿Qué quieres saber?—
—No lo sé— Crystal encogió sus hombros. —¿Cuándo te diste cuenta de que eras una bollera?—
—Prefiero lesbiana— Laura corrigió. —Y tú vas primero— Esperó a que Crystal colocara una carta. —Estaba en la universidad tenía como diecinueve años o veinte más o menos— Colocó sobre la cama tres cartas antes de lanzar una reina sobre el montón de cartas. —Aunque, creo que me di cuenta un mes antes de que durmiera con otra mujer—
—¿Cómo lo supiste si no habías ...?—
—Necesitas tirar una carta, y no necesité tener sexo con una mujer para saber que emocionalmente podía conectar con alguna— Laura recogió una carta y reacomodó sus cartas, viendo si el jack podía ser usado para alguna jugada.
—¿Alguna vez te has acostado con un chico?—
—De nuevo, ¿cómo saberlo si no he probado, correcto?— Dándose por vencida tiró el jack sobre las demás cartas—¿Cuándo pusiste esa carta? No me fijé— Laura miró a través de sus cartas, debatiéndose acerca de sus dos posibles huidas para ganarle a las cartas de Crystal. —Y para que lo sepas, ya he dormido con un chico antes—
—¿Y?—
—Y estuvo bien, pero no es lo que quiero. Una mujer es ... simplemente diferente, supongo— Colocando una carta de corazones, Laura sonrió por la jugada. —Será mejor que hagas algo ahí, ya nada más me queda una—
—¿Dónde se fueron todas las malditas cartas de corazones?— Crystal dijo, dando otra larga inhalación de su cigarrillo. —Necesitaba ese nueve y ¿tú lo tenías todo este tiempo?—
—No sabía que lo necesitabas—
—Qué graciosa— Crystal lanzó el jack de corazones, no queriendo estar atrapada por esa carta pues Laura podría poner su última carta y eso la dejaría fuera.
—¿Y qué hay de ti? ¿Sé que eres heterosexual pero alguna vez tú… ?—
—No. Una vez un hombre viejo me ofreció dinero si lo hacia con su novia mientras él observaba pero no lo acepté— Los ojos de Crystal se le iluminaron cuando la carta que sacó de la parte superior del paquete era la que estaba deseando. —Estoy fuera— anunció, colocando un cinco y tirando la tarjeta adicional a la pila de cartas.
—Veo que tenías las mejores cartas. ¿Quieres que llevemos un puntaje?—
—Claro. Aunque aquí no tengo papel—
—No te preocupes por eso. Traeré algunas hojas de mi habitación. Y traeré una botella de agua mientras me aseguro de que todo esté cerrado abajo. ¿Necesitas algo de abajo?—
—No, yo ya tengo lo que necesito— Crystal señaló su botella de whisky.
Tan pronto como Laura salió de la habitación, Crystal se dio vuelta y abrió la gaveta de la mesita de noche, sacando un tubo negro de película y un tubo metálico que utilizaba para fumar la droga. Metiendo un poco de marihuana en un borde, Crystal puso sus labios al otro extremo y lo prendió, inhalando la cantidad adecuada para llenar sus pulmones pero evitando no asfixiarse. Mientras contenía el aliento, Crystal metió la mano en la gaveta otra vez y sacó un tubo del papel higiénico vacío cubierto por un lado por un paño de papel. Poniendo sus labios en contra del paño de papel, sopló el humo en el tubo, eficazmente ocultando el olor. Crystal pudo dar tres golpes más antes de que escuchara a Laura subir las escaleras. Lanzando rápidamente el tubo de película y el tubo de metal a la gaveta, encendió rápidamente un cigarrillo cuando su compañera regresó.
Laura no notó los ojos estrechos de inmediato pero su nariz sensitiva notó un olor fuerte que le recordó a algo parecido a caucho quemado junto con aromatizante. —¿Prendiste un incienso diferente?—
—Um, no sólo prendí otro cigarrillo—
—Oh, eso debe de ser entonces— Laura quitó algo de basura para hacer lugar a su botella de agua en la mesita de noche. —Reparte—
—Ok. ¿Quieres jugar al póker en lugar de rummy?—
—Debiste haberme dicho antes cuando baje. Todas las cosas de juegos están en el armario— Laura se sentó en la silla anaranjada. —Sigamos jugando rummy. Si bajo la escalera otra vez, entonces traeré las otras cartas—
—Ok— Crystal comenzó a distribuir las cartas, sonriendo para ella misma. La sonrisa se convirtió en una risa disimulada.
—¿Qué?—
—Nada— Crystal dijo, una sonrisa silenciosa aun estaba en su cara.
—Venga, compártelo conmigo—
—No es nada—
—Sí, claro, seguramente— Laura dijo dudosa.
—¿En realidad quieres saber?—
—Por supuesto—
—Ok— Crystal hizo una pausa y miró las cartas delante de ellas. —¿Cuántas se supone que debo repartir?—
—Siete— Laura miró sus manos igualmente. —Repartiste mal las cartas. Yo tengo ocho y tal parece que tú tienes al menos nueve por allí— Laura le entregó sus cartas a Crystal y trató de alcanzar su agua. —¿Y dime qué es tan gracioso?—
Crystal la miró, confundida. —¿Gracioso?—
—Hace dos segundos parecías haber recordado algún chiste muy gracioso—
—Oh, eso— Crystal se encogió de hombros. —No lo sé. No me acuerdo—
—Uh huh— Fue entonces que Laura notó los estrechos ojos verdes. —¿Fumaste algo de marihuana mientras estaba abajo, verdad?—
—Um— Crystal la miró. —Si te digo que sí, ¿te quedarás de cualquier manera?—
Laura suspiró y se reclinó en su silla. —En realidad, no me gusta eso pero supongo que ya es demasiado tarde para hacer algo ahora—
—Ya no fumaré eso— Crystal aseguró. —Sólo necesitaba un poco para quitarme el malestar, ¿sabes?— Sujetando el paquete de cartas en su mano, la rubia se encogió de hombros y bajo la mirada a su regazo. —Algunas veces las cosas me parecen más fáciles de manejar cuando fumo algo de eso— Dejó caer las cartas en la cama y tomó el vaso de whisky. —Ha sido un jodido día— Crystal miró la botella que estaba sobre la mesita de noche. —¿Realmente quieres saber qué es lo gracioso? El idiota de mi padre bebía la misma marca de whisky— Reduciendo drásticamente el vaso y colocándolo abajo, Crystal recogió las cartas. —Siete, ¿correcto?—
—Correcto—
Crystal suspiró y repartió las cartas. —Recuerdo una vez, tenía como diecinueve años más o menos. Tuve un día realmente difícil y todo lo que quería hacer era ponerme borracha para olvidar. Fui a una licorería y compré la primera cosa que sabía me pondría borracha hasta las cachas, el mismo whisky que él bebía— Colocando el resto de las cartas en un montón entre ellas, lanzó la primera carta. —Debería haber mostrado mi credencial pero supongo que el tipo de la licorería se dio cuenta de que realmente lo necesitaba.
—Lo que tú necesitabas era a alguien que cuidara de ti, no esconderte dentro de una botella—
—Yeah bueno ciertamente no tuve eso ¿verdad?— Crystal contestó fieramente. —Creo que he hecho un buen trabajo cuidando de mi todo este tiempo. No soy una drogadicta y no estoy encerrada en la cárcel en algún lado—
—Eso es muy cierto— Laura dijo, recogiendo una carta y mirándose su mano. —Y te doy todo el crédito por eso. Sólo desearía que no abusaras de tu cuerpo con toda esa marihuana y el licor. Tu turno—
Crystal tomó la botella de whisky. —Qué diablos. Ellos abusaron de mi cuerpo, yo abuso de mi cuerpo. ¿Cuál es la diferencia ?—
—La diferencia es que mereces algo mejor que eso— Laura colocó su carta abajo y miró a Crystal. —Tal vez ellos no pudieron ver la persona especial que eres pero yo sí la veo—
—Necesitas que te revisen la vista— Crystal dijo. —No tengo ninguna maldita cualidad, sólo mi apariencia y eso no durará para siempre.—
—Te estás vendiendo—
—Tal vez. Yo no soy como tú, yo no tengo estudios y una familia que se preocupa por mí o esas cosas. Soy sólo yo y eso es decir mucho—
Laura apretó con fuerza sus cartas ante las palabras de Crystal. ¿Qué tengo que hacer para que veas que eres una persona digna? Se preguntó. —Tienes más que sólo a ti misma. Me tienes a mí y a Jenny y ambas nos preocupamos por ti—
—Sabes, cuando era niña, cuando creía que las oraciones y los sueños se podían hacer realidad con sólo desearlo con todas mis fuerzas, solía soñar que algún día las autoridades venían y nos decían que habían cometido un terrible error y que Paty y yo no éramos realmente Sheridans. Que habían venido por nosotras y que nos llevarían con nuestra verdadera familia, una agradable y amorosa familia que nunca golpeaba a sus hijos—
El dolor en la voz de Crystal tocó el corazón de Laura. —Sabes— la escritora dijo, extendiendo la mano y poniéndola sobre la rodilla de Crystal. —Desearía que ese deseo se hiciera realidad para ti—
Crystal colocó las cartas sobre la cama y se recostó sobre su espalda, entrelazando sus dedos de las manos atrás de su cabeza apoyándose sobre su almohada. —Paty y yo solíamos hablar de eso. Salíamos corriendo por los campos y nos quedábamos debajo del sol hablando sobre de como sería la vida si viviéramos en alguna otra parte—
—¿Hablaban de lo que querían ser cuando crecieran?— Laura preguntó, metiendo todas las cartas sobre la pila, asumiendo que el juego había terminado.
—Oh, todo el tiempo— Crystal sonrió y clavó los ojos sobre el techo. —Ella quería ser doctora o abogada dependiendo de cual serie de TV habíamos visto una noche antes—
—¿Y tú?—
—¿Yo? Oh, yo quería ser muchas cosas. Quería ser bombero, enfermera, incluso una detective privada. Me encantaba ver Los ángeles de Charlie—
—Parece como que te gusta ayudar a la gente—
Crystal resopló. —Sí y todo lo que terminé haciendo fue darle a los hombres algo que mirar y así cuando ellos llegaran a casa se dieran una buena masturbada— Ella negó con la cabeza. —No importa ahora. Sin un diploma de bachillerato sólo sirvo para trabajo manual o para desnudarme—
—Sabes que puedes obtener tu GED si trabajas duro—
—¿Para qué?— Crystal levantó su cabeza de la almohada lo suficiente como para mirar a Laura. —¿Puede ver mi solicitud de empleo? ¿Dónde ha trabajado usted? Veamos, trabaje en el club de striptease local quitándome la ropa por dinero y antes de eso trabajé en el callejón cerca de Smith. Me contratarían de inmediato, ¿no es así?— Su cabeza cayó de regreso a la almohada y dio un suspiro de derrota. —¿No lo ves, Laura? Simplemente no puedo comenzar de nuevo. No puedo librarme del pasado—
—Tal vez la meta no es librarte del pasado pero si enfrentarlo y dejarlo en donde debe estar— Quitándose sus zapatos, Laura colocó sus pies en el borde de la cama. —Enfréntalo, acéptalo, y sigue adelante—
—Fácil para ti decirlo—
—Sí, lo es— Laura admitió. —Nunca he tenido que pasar por las cosas que tú—
Crystal se sentó, presionando su espalda contra el cabecero, perdida en su pensamiento. Llenó su vaso de whisky y lo redujo drásticamente antes de hablar finalmente. —Jenny quiere que hable de eso. Dice que me ayudará—
—Ella es la terapeuta— Laura dijo. —Estoy segura de que sabe de que está hablando. Se que cuando algo me está molestando y hablo de ello, me hace sentir mejor—
—Nada hará que me sienta mejor— Crystal dijo en desacuerdo. —Está este dolor profundo dentro de mí que nunca se va— Tomó la botella de whisky otra vez. —Algunas veces es todo en lo que puedo pensar— Tomó otro trago. —¿Cómo se supone que debo de hablar de eso?—
—Estás hablando ahora, sólo continúa—
—No estoy hablando de 'eso'. Sólo estoy hablando de cómo se siente—
—Eso es mejor que nada— Sintiendo que Crystal estaba al borde, Laura escogió sus palabras cuidadosamente.—¿Cómo te sientes ahora?—
—¿Aparte de borracha y drogada?— Crystal sonrió y colocó la botella abajo. —¿Cómo se supone que me debo de sentir?—
—No me importa cómo se supone que te sientes. Me importa saber cómo te sientes—
—Me siento como una muñeca rota que ha sido usada y tirada a la basura— Jalando sus rodillas hacia su pecho, Crystal dobló sus brazos y apoyó su barbilla sobre ellos. Por mucho rato ninguna habló, ambas perdidas en sus pensamientos.
Pensando quizá que el muro de piedra había sido golpeado y la conversación se había terminado por esta noche, Laura envolvió la goma elástica alrededor de las cartas y acomodó el papel y la pluma que había traído de su habitación. Estaba a punto de ponerse de pie cuando Crystal comenzó a hablar en un tono titubeante.
—Tenia catorce años— la rubia comenzó, sus ojos no miraban más arriba del cubrecama. Laura inmediatamente soltó las cartas y el papel, dando a Crystal su completa atención. —Sabía lo que le había hecho a Paty pero jamás pensé que él vendría después por mí—
Acostada en su cama más tarde esa noche, Laura se encontraba incapaz de poder dormir. El terror vivido que había escuchado relatar a Crystal martirizaba su mente, rehusándose a dejarla en paz. Se daba una idea de lo malo que habría sido basándose en por qué Crystal siempre evadía ese tema, pero después de escuchar el relato detalladamente, Laura se dio cuenta de que era demasiado difícil de manejar. Dejó a una Crystal exhausta emocionalmente y regresó a su habitación, esperando poder llegar arrastrándose a su cama y quedarse dormida. Ahora una hora más tarde, las sombras de la noche sobre las paredes le hacían compañía a sus ojos abiertos. Buscando en la oscuridad, encontró el teléfono y marcó un número ya conocido.
—¿Hola?— La voz atontada contestó.
—¿Jen? Soy Laura—
—¿Qué hora es?—
—No lo sé. Mas de medianoche, estoy segura—
—¿Pasa algo malo?—
—Sólo necesito hablar. Crystal y yo tuvimos una larga conversación esta noche—
—¿Cómo está ella?— La voz de Jenny era más clara, la pesadez causada por el sueño rápidamente desapareciendo.
—Bastante bien considerando todo por lo que ha pasado— Laura suspiró y descansó su cabeza en contra del cabecero. —No sé cómo logró sobrevivir tanto tiempo. ¿Te ha dado detalles de lo que le hizo su padre?—
—Laur, sabes que no puedo contestar eso—
—Si, lo sé pero es que simplemente no puedo dejar de pensar en eso. Lo bastardo que fue. Aun si la mitad de lo que me contó es cierto, él era monstruo que debería haber sido castrado hace mucho tiempo—
—No podemos hablar de Crystal o cualquier cosa acerca de su vida que te haya contado, no importa que tan malo haya sido, pero te puedo decir esto. No tengo duda de que si te contó algo de su pasado es seguramente verdad. Al menos tan verdadero como su memoria le permita recordar— Laura escuchó el sonido de Jenny moviéndose por su apartamento. —A propósito— su ex-amante continuó. —Falta un cuarto para la una—
—Siento mucho llamarte tan tarde pero es que no puedo dormir. Sólo me la paso imaginándola como una adolescente incapaz de protegerse de él—
—No puedes cambiar el pasado—
—Ojalá pudiera— Laura dijo seriamente. —Si hubiera estado allí, yo habría ...—
—Habrías tenido solo algunos años mas que ella y no podrías haber jugado a ser la mujer maravillas— Jenny interrumpió. —Si su hermana no pudo protegerla, ¿qué te hace pensar que tú habrías podido?—
—Pero ...—
—Pero nada. No puedes cambiar lo que le pasó. Todo lo que puedes hacer ahora es ayudarle a recoger los pedazos y a sanar—
—¿Cómo superas algo como eso? Quiero decir. Conozco personas que han sido violadas y la mayoría lo supera con el tiempo pero ¿cómo te recuperas de haber sido atacada noche tras noche?—
—Laura, estás cruzando la línea— Jenny advirtió. —Demonios, probablemente la hemos cruzado ya. Si el estado se entera que hablo de esto contigo … —
—Olvídate del estado por un minuto, Jen. Estamos hablando de Crystal—
—No, no estamos hablando de ella, estamos hablando de ti y cómo tienes que manejar el ser amiga de alguien que es una superviviente— Jenny suspiró. —Siento si parezco una gruñona pero no puedes despertarme de mi sueño profundo y esperar que este en la mejor disposición de darte ánimos por aquí, especialmente cuando quieres presionar esto. ¿No entiendes que si ella se entera de que hablamos de esto podría arruinar su confianza en mí?—
—¿Qué se supone que debo de hacer?— Laura preguntó, pasándose los dedos por su pelo. —Ok, veámoslo de esta manera. Yo tengo una amiga que ha sido violada. ¿Qué puedo hacer para ayudarla a superarlo y hacer que siga adelante con su vida?—
—Lo mejor que puedes hacer es sólo estar ahí para ella y escucharla. No trates a tu amiga de manera diferente a como lo haces ahora. —Si ella quiere hablar déjala hacerlo pero no fuerces la conversación—
—¿Y si ella quiere destruirse a sí misma con drogas y alcohol?— Laura escuchó otro suspiro a través del teléfono. —Vamos, Jen. ¿Cómo se supone debo evitar que se extralimite con el trago y la marihuana?—
—No puedes. Sólo tienes que asegurarte de no involucrarte demasiado y te conviertas en un obstáculo que pueda empeorar el problema. Tal vez una reunión o dos en Al-Anon* sería bueno para ti—
—¿Necesito ir a Al-Anon?—
—¿Y por qué te molesta esa idea tanto?— Jenny preguntó. —Si alguien que bebe es un problema para ti, entonces acude a Al-Anon—
—No necesito acudir a Al-Anon— Laura dijo inflexiblemente. —Solo quería saber como ayudar a Crystal—
—Es hora de decir buenas noches, Laura— Jenny dijo. —Tu terquedad se está saliendo de control y estoy demasiado cansada como para pelearme contigo por ella. Recuerda que mañana, ella es la misma persona que era ayer y de un día antes. Si ella no hace lo que tú quieres cuando tú quieres y eso te molesta, ese es tu problema, no el de ella. Sé su amiga, eso es lo que ella necesita, no una superhéroe que llegue volando a rescatarla. Ya es muy tarde para eso—
—Algunas veces me pregunto cuál de nosotras es más terca— Laura dijo suspirando. —Está bien, está bien. Intentaré de mantener lo que dijiste en mente pero aun creo que podría hacer algo más que sólo sentarme aquí y escuchar—
—Prueba ser su amiga—
—Oye, ¿Para que llamaste antes? Estábamos en casa pero estábamos hablando y no pensé que fuera buena idea levantarme y contestar el teléfono—
Hubo una pausa antes de que Jenny contestara. —Estaba preocupada y sólo quería saber si Crystal había llegado bien a casa—
—Uh huh. Veo que estás haciendo un buen trabajo separando la amistad de la terapia, ¿no es así?—
—Oye, una buena terapeuta puede llamar a la casa de su paciente si está preocupada—
—¿Cuándo fue la ultima vez que llamaste a la casa de un paciente para cualquier otra cosa que no haya sido para cambiarle su cita?—
—Mi secretaria se encarga de las citas y no pienso darte explicaciones. Vete a dormir. Buenas noches Laura—
—Buenas noches Jen. Gracias por escuchar—
Colgando el teléfono, Laura encontró que hablar con Jenny había calmado un poco su mente. Eso no ayuda. Debe de haber una manera para que ella supere esto. ¿Pero cómo? Segura de que dormir era caso perdido, Laura se enderezó y deslizó sus pies en sus zapatos. Tengo que limpiar esa sartén donde se quemaron las cebollas sino se quedaran pegadas para siempre. Saliéndose de su habitación, Laura estaba indecisa entre bajar y limpiar o ver como estaba Crystal. Esto es tonto. Ella duerme ya como un tronco y está segura. Además, no quiero asustarla o algo así. Como si su mente actuara por si sola, la mano de Laura tomó la manija de la puerta. No entraré, sólo abriré la puerta un poco y veré si está durmiendo bien. Podría tener una pesadilla o algo.
La luz del vestíbulo iluminaba con una pequeña luz la habitación de Crystal pero la luz de la noche que se reflejaba en la pared le dio suficiente claridad a Laura para ver a su compañera que ciertamente dormía como un tronco, un ronquido ligero salió de sus labios. Bien. Satisfecha de que todo estaba bien, Laura bajó las escaleras para pasar el resto de la noche limpiando.


Última edición por Ayelen el Junio 17th 2013, 4:23 pm, editado 2 veces
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Re: El corazón de cristal, B. L. Miller

Mensaje  malena el Junio 14th 2013, 12:17 am

PARTE NOVENA
Con la radio encendida a volumen bajo, Laura silenciosamente bajo al primer piso, haciendo una buena limpieza, moviendo sillas y mesas pasando el trapeador y desempolvando todos los muebles. Para cuando el sol de la mañana salió sobre el horizonte, la cocina y la sala estaban inmaculadas. Escuchando la alarma de Crystal desde el piso de arriba, Laura puso la sartén en el fuego y sacó una taza grande de café de la alacena. Considerando que el día anterior había sido duro para su compañera, Laura había decidido al menos darle a Crystal un buen comienzo para este día. Cuando la rubia bajó varios minutos más tarde, su pelo aun estaba húmedo por la ducha, fue recibida con un plato de huevos revueltos, tostadas y una taza de café humeante. —Pensé que podrías tener un buen desayuno antes de comenzar un día muy ocupado— Laura dijo mientras colocaba la taza sobre la mesa.
—Buenos días para ti también— Crystal dijo mientras tomaba su lugar —¿a qué hora te levantaste?—
—Realmente nunca me dormí. Creo que la lechuza que vive en mi está tratando de salir— Laura recogió su taza vacía y caminó hacia la cafetera. —Tuve una época, una vez, cuando estaba escribiendo mi último libro, no pude dormir por las noches durante casi un mes. ¿A qué hora crees que llegarás a casa esta noche? Tengo un poco de róbalo fresco que puedo descongelar. Algo de condimentos con limón y arroz y será una cena digna de un rey—
—Mi labio se ve mejor— Crystal dijo quedamente. —Tengo que ir al club después del trabajo y ver qué va a pasar—
—Creí que lo único que tenías que hacer era recoger tu cheque— Laura dijo mientras se sentaba a la mesa.
—Nunca dije que renunciaría, sólo que lo pensaría. Sabes, ganó más dinero en una hora trabajando en el club que lo que gano trabajando para Michael— Crystal presionó su tenedor sobre los huevos revueltos. —Tal vez puedo trabajar en el club medio tiempo y conservar ambos trabajos—
—Nada como tener dos velas encendidas al final. ¿No puedes conseguir otro trabajo en el club en lugar de quitarte la ropa? ¿No necesitan camareras?—
—No me contrataron para atender mesas, Laura. Mi trabajo allí es salir al escenario y quitarme la ropa al ritmo de la música—
Laura intentó no mostrar la decepción de su cara. —No creo que trabajar allí sea buena idea. Mira lo que te pasó. Quién sabe lo que podría ocurrir si regresas—
—Bueno, no voy a saber que va a pasar hasta que vaya. Por lo que sé, me reemplazaron y no tengo trabajo para regresar—
Es lo que más deseo, Laura pensó para sus adentros. —Estoy segura de que Michael te daría horas extras si necesitaras el dinero. Él es buena gente en cosas como esas—
—Puedo ganar en una noche bailando lo que me paga Michael por tres días de trabajo. Ese tipo de dinero es difícil de dejarlo pasar— Crystal redujo su taza de café. —Veremos que pasa—
—¿Qué tal si te bajo el alquiler?— Laura sabía que no podía permitirse perder ese dinero extra que el alquiler de Crystal le daba pero la idea de que la rubia se quitara la ropa frente a un montón de hombres calenturientos le era difícil de aceptar.
—No, el alquiler es más que razonable. Hablando de eso, necesito que me digas cuanto es por la mitad de los servicios y así poder pagártelos. Estoy segura de que ya tienes algunos recibos— Crystal metió el último bocado de comida en su boca. —Esta noche será el mejor momento de que tenga dinero después de recoger mi cheque. Espera hasta mañana y ya me lo habré gastado—
—No te preocupes por eso. No creo que tengas que darme mas de cincuenta dólares más o menos—
—Oh, por favor. Está la luz y el cable por no mencionar el teléfono también. Estoy segura de que hice que el recibo del agua aumentara también—
—El complejo se encarga de las cuentas de agua y tú nunca usas el teléfono—
—Soy aun responsable por la mitad de la cuenta telefónica la use o no— Crystal dijo, bajando su tenedor y haciendo a un lado el plato. —Estuvo muy rico, gracias—
—De nada— Laura tomó un sorbo de su café, intentando con todas sus fuerzas no volver con el tema del Tom Cat Club otra vez. Finalmente fue Crystal la que no aguantó estar en silencio por más tiempo.
—Mira, sé que no te gusta la idea de que me desnude...—
—No, no me gusta— Laura afirmó.
—Pero es lo que hacía antes de que me conocieras y que probablemente continúe haciendo. No puedo enorgullecerme de eso, incluso no me agrada, pero no puedo dejar ir el buen dinero que gano por ello—
—Tiene que haber un punto donde el dinero no sea suficiente para seguir degradándote de esa manera—
—Bueno, si lo hay, no lo he encontrado todavía— Crystal dijo firmemente. —Es legal y jodidamente mejor que trabajar en el callejón detrás del club, eso es seguro—
—Estoy de acuerdo contigo en eso— Laura admitió. —¿Puedes al menos prometerme que no harás eso, no importa lo duro que puedan estar las cosas?— Esta vez Laura se ganó al menos una pequeña sonrisa de Crystal.
—No he hecho eso en años y no tengo la intención de hacerlo nuevamente. Esos días se quedaron atrás—
—Y tal vez algún día el desnudarte quedará atrás también—
—Tal vez. Ahora mismo tengo que terminar de prepararme para el trabajo y escribir en mi cuaderno antes de que la Doc quiera mi cabeza— Para sorpresa de Laura, Crystal tomó sus manos entre las suyas. —Escucha, acerca de lo de anoche...— La mano se retiró y la rubia miró su plato vacío. —Gracias por escuchar. Yo…yo nunca le había contado todo esto a nadie—
—Cada vez que quieras hablar, aquí estaré—
—Creí que estarías en shock y asqueada por todo lo que te conté—
Laura extendió su mano y tomó la barbilla de Crystal, forzando a los ojos verdes a ver los suyos. —Sí, la mayor parte de lo que me contaste me dejó en shock pero la parte en que me sentí asqueada, tiene que ver con tu padre y no contigo— Soltó la barbilla de Crystal, contenta de que la joven mujer no girara su cabeza y evadiera su mirada. —Se requiere de mucho coraje para sobrevivir a algo como eso y mucho más valor el ser capaz de compartir lo que pasó con alguien—
—No te conté todo, sabes. Creí que si te contaba todo de una sola vez saldrías gritando de la habitación—
—Eso no pasaría— Laura aseguró. —Cualquier cosa que quieras contarme, la escucharé—
—Sabes, algunas veces me recuerdas a Paty. Ella era realmente paciente conmigo—
—Estoy segura de que si conociera a Paty me agradaría también— Laura miró su reloj de pulsera. —Pero tienes razón, necesitas apurarte si quieres llegar a tiempo al trabajo. Más te vale no haber dejado un desorden en el baño—
—Tu definición de desorden y la mía son completamente diferentes pero me aseguré de recoger las toallas y de secar lo mojado del piso.
—Casi perfecto. Lo limpiaré más tarde— Laura observó a Crystal ponerse de pie. —¿Puedes al menos llamarme y dejarme saber a qué hora vendrás a casa esta noche?—
—Seguro— Trató de alcanzar su plato pero Laura la detuvo.
—Yo lo recogeré. Tú vístete—
***
El estacionamiento del Tom Cat Club estaba vacío cuando Crystal llegó. Después de un rápido vistazo por el espejo retrovisor para asegurarse de que todo estaba tranquilo en el lugar, caminó hacia la puerta lateral y presionó el timbre de la puerta. Con tres horas antes de la primera función, Crystal estaba segura que encontraría a Rick en su oficina.
¡—Crystal!— El corpulento hombre dijo por la sorpresa cuándo abrió la puerta.
—Hola Randy. ¿Se encuentra Rick?—
—Yeah, está en la barra platicando con alguien. Entra— El musculoso hombre la invitó a entrar ondeando su mano. —¿Y cuándo piensas regresar?—
—No estoy segura. Tengo que hablar con Rick primero—
—Bueno, sé amable. Realmente ha estado de pésimo humor las últimas dos semanas. Sara y Mónica renunciaron y acaba de enterarse de que alguien se está robando el licor—
—Oh genial— ella gimió. Rick se ponía muy difícil cuando las cosas iban viento en popa. Cuando iban mal, era imposible razonar con él.
—Sólo utiliza tu encanto— Randy dijo. —Después de la semana que ha tenido, verte le alegrará el día—
—Ya lo veremos— Crystal dijo nerviosamente mientras se dirigía abajo al vestíbulo.
Rick no estaba en la barra sino en su oficina para cuando Crystal lo encontró. Su puerta estaba ligeramente entreabierta, revisando los libros mayores del club. Bueno aquí voy. —¿Rick?— Ella llamó, tocando ligeramente la puerta.
—Crystal, qué sorpresa tan agradable— él dijo, señalando hacia una silla. —Entra y toma asiento. Esperaba que vinieras. Te llamé un par de veces pero nunca me devolviste las llamadas. Comenzaba a pensar que nunca te veríamos otra vez—
—Te dije que estaría de regreso después de que mi labio sanara— dijo mientras tomaba asiento.
—Pues luces genial. Tal vez con un kilito o dos de más pero puedes bajarlos sin ningún problema, estoy seguro. Después de todo, no se pueden esconder debajo de una tanga, ¿verdad?—
—Um, no supongo que no. Rick, acerca de regresar a trabajar …—
—Oh diablos, no tienes idea de lo difícil que ha sido esto últimamente— él continuó, sacando un cigarrillo de su paquete y prendiéndolo. —Primero Sara me dijo que su novio no la dejaría trabajar más y luego Mónica tuvo uno de sus pequeños desplantes y renunció. Y por eso te digo, eres un regalo enviado del cielo—
Oh genial. Ya puedes parar de hablar Rick. Decidiendo que si dejaba que Rick continuara hablando la tendría en el escenario en diez minutos, Crystal aspiró profundamente y practicó las palabras que había ensayado cuidadosamente en su mente una vez más.
—Es algo tarde pero creo que te puedo dar esta noche una presentación o dos—
—De hecho, de eso es de lo que quiero hablar contigo—
—Bien ¿cómo qué? ¿Viniste para decirme que ya estabas lista para regresar a trabajar o no?— La amabilidad que él había mostrado cuando ella entró a su oficina iba desapareciendo rápidamente.
—No estoy segura si quiero hacer el show más—
—¿No estás segura? ¿De qué diablos estás hablando?— Rick se inclinó hacia adelante, haciendo más pequeño el espacio entre los dos. —¿Y qué es lo que vas a hacer?—
—¿Qué tal de camarera? ¿O incluso ayudando detrás de la barra?—
—Los hombres no pagan buen dinero para ver tu trasero detrás de la barra, pagan por verte arriba en el escenario desnudándote para ellos—
—Bien, tal vez estoy cansada de desnudarme para ellos, tal vez quiero hacer algo más—
—Crystal Crystal Crystal— dijo en el tono más condescendiente que ella alguna vez le había escuchado. —Mira, si estás tratando de presionarme para que te dé más dinero no va a surtir efecto—
—No se trata de dinero—
—¿Bien, entonces de qué se trata todo esto?— El gerente preguntó coléricamente. —No necesito otra camarera u otra bartender. Lo que necesito y para lo que te contraté es para que pongas tu trasero sobre el escenario y muevas ese coño a quien quiera colocarte un gran billete, ¿lo entiendes?—
—Sí, lo entiendo, Rick— ella contestó tan coléricamente como él. —Pero tú no eres el que esta allá arriba. No tienes que soportar a todos esos estudiantes y hombres tratando de tocar tu cuerpo. Estoy harta de eso—
—¿Entonces qué carajos estas haciendo aquí, huh? ¿Encontraste un nuevo novio o algo así y te esta presionando con esto?— Rick sonrió, pensando que estaba en lo cierto. —Te voy a decir una cosa. Le puedes decir a tu novio que estás sirviendo mesas si eso te hace sentir mejor—
—No tengo novio. No es por eso que estoy haciendo esto— Crystal insistió, prendiendo un cigarrillo. —Sólo estoy cansada de desnudarme—
Rick dejó salir un largo suspiro y se reclinó en su silla. —Cuando viniste aquí por primera vez, no tenías ni un maldito centavo ni un nombre. Incluso no tenías un coche— Él negó con la cabeza. —No lo sé. Sólo estoy tratando de ayudarte. Tienes suerte de tener un trabajo como este. ¿Sabes a cuántas mujeres les encantaría tener la oportunidad de ser la estrella del show?— Con un suspiro fuerte, Rick abrió su gaveta del escritorio y sacó una carpeta de papel manila. —Iba a guardar esto para más tarde pero desde que pediste el permiso de ausentarte no hubo otra elección...¿recuerdas que quería hablar contigo después del show aquella noche?—
—¿Sí?—
—Iba a ofrecerte la oportunidad de hacer dinero de verdad. No dinero de uno o cinco que ganas aquí, sino de treintas y cincuentas—
Sólo hay una manera de ganar ese tipo de dinero, Crystal pensó para sus adentros.
—No tengo planes de trabajar aquí para siempre, estoy en tratos con una empresa grande en Nueva York. Tengo este otro trabajo funcionando y estaba planeando en darte a ti una oportunidad de hacer dinero de verdad con esto—
—Rick, tú sabes que yo no...—
—Relájate, bebé. Estoy hablando de algunas fiestas privadas, no de estar parada en las esquinas. Y oye, si quieres ganar algo extra yo no me meto en eso, yo estaré conforme siempre y cuando el cliente quede satisfecho—
Sintió que las paredes comenzaron a acercarse y Crystal rápidamente volteó su cabeza para ver que la puerta seguía entreabierta. Sabiendo que escapar era fácil, se obligó a permanecer en su asiento. —No puedo hacer eso Rick. Tú sabes cómo resultan al final todas esas cosas y no caeré en viejos trucos sólo por ti—
—Bebé, no estamos hablando de trucos, simplemente de algunas fiestas privadas. Estás haciendo esto muy grande— Regresó la carpeta de nuevo a su escritorio. —Pero si quieres desperdiciar el resto de tu vida trabajando en el club, adelante. Seis meses a partir de ahora y podré renunciar a este lugar y ser un hombre de negocios por mi cuenta. Si quieres unirte a los triunfadores eres bienvenida pero no creas ni por un momento que vas a hacer lo que eres aquí— Rick se puso de pie, su metro ochenta elevándose desde su posición. —Así que, tú tienes la última palabra cariño. Mete tu trasero en un traje y sal a trabajar o jódete en las calles. La elección es tuya—
Ahora la oficina le parecía definitivamente muy pequeña para su comodidad. Crystal había esperado regresar y sólo trabajar medio tiempo si no podía conseguir otro trabajo pero Rick dejó claro que esa no era una opción. También sabía que si regresaba a trabajar con Rick nunca la dejaría en paz hasta que estuviera trabajando en sus fiestas privadas, entreteniendo a hombres de negocios. Pues bien Laura, creo que tú deseo se va a cumplir. —Sólo dame mi ultimo cheque y me iré de aquí—
—Debí haber sabido que tomarías esa estúpida elección— Rick dijo, caminando hasta el archivero. —No vas a encontrar a nadie que te pague lo que yo te pago por mover esas tetas. No puedo creer que desaproveches esta oportunidad— Sacó un sobre del archivero y lo tiró sobre el escritorio. —Y ni pienses que te voy a dar una carta de recomendación—
—No te preocupes, no la necesito— Crystal se levantó y tomó el sobre que contenía su último cheque. Cuando se dio la vuelta, su cara se encontró contra el pecho del intimidante gerente.
—¿Sabes? de todas las chicas que he visto ir y venir de este lugar tú fuiste la única con la que pude haber hecho algo realmente bueno, pero siempre te creíste superior, ¿no es así? Mira, pero no toques ¿verdad Crystal?— Él se acercó aún más, obligándola a dar un paso atrás hasta que sintió la dureza del escritorio de madera detrás de ella. —Alguien te debería haber domado hace mucho tiempo y enseñado buenos modales—
—Déjame ir, Rick— ella dijo, intentando caminar hacia un lado. El molesto hombre rápidamente se interpuso en su camino.
—Tal vez nunca tuviste a un hombre que te enseñara como comportarte, ¿no es así?—
—Rick, por favor, sólo déjame ir— El corazón del Crystal latía furiosamente en su pecho.
—Hey Rick— Randy empujó la puerta abriéndola completamente. —El tipo de la entrega exige el pago antes de que baje la carga. Algo sobre nuestra cuenta que ya era demasiado alta. Lo siento, no sabía que estabas ocupado—
—Ya iba de salida— Crystal dijo, moviendo a Rick para abrirse paso y empujando prácticamente a Randy por su prisa de escapar. Sintió un gran alivio cuando llegó al vestíbulo que daba a la puerta lateral. ¿Cree que soy una estúpida o algo por el estilo? De ninguna maldita manera voy a volver a trabajar para él, jamás. Fui una idiota al pensar que él haría algo para intentar ayudarme. Empujó la puerta de emergencia y fue recibida por el sombrío estacionamiento. Llegando a su coche, Crystal se dio cuenta que sus manos temblaban mientras intentaba meter la llave al cerrojo. No ayudaba mucho que estuviera constantemente volteando hacia la puerta, temiendo que Rick saliera en cualquier momento. Para cuando ya estuvo dentro de su coche, Crystal sintió lágrimas cayendo por sus mejillas que no podía explicar. Tengo que largarme de aquí. Tengo que llegar a casa. No molestándose en limpiarse las lágrimas, Crystal encendió el coche y se fue rápidamente del estacionamiento.
* * *
El departamento estaba oscuro cuando llego Crystal, excepto por la bombilla que iluminaba la puerta principal. Dio una rápida mirada y vio que no se encontraba el Jeep de Laura. Me pregunto a dónde habrá ido, Crystal pensó mientras caminaba por el pequeño camino hacia la puerta.
Lanzando sus llaves sobre la mesa, Crystal caminó hacia la cocina, buscando en la oscuridad a tientas el apagador. Mirando la puerta del refrigerador, frunció el ceño cuando no vio ninguna nota para ella. —Probablemente estará de regreso en un momento— dijo para el cuarto vacío. ¿Qué dijo que quería para la cena? Alguna clase de pez. Arrugando su nariz ante el pensamiento, Crystal abrió el congelador y sacó una pizza congelada. Qué diablos, al menos es comestible. Algunos minutos más tarde la pizza estaba en el horno y Crystal estaba en el sofá. Con el control remoto de la televisión en la mano, comenzó a pasar los canales. Aburrido, sin interés, aburrido, oh Dios, no los Waltons. No, no, naw, Oh por favor, eso es tan falso. ¿Quién diantres va a creer que dos tipos pueden vencer al infierno salir de allí y seguir de pie? Sesenta canales y no hay nada interesante. Dejándolo en un show de juegos, lanzó el control remoto a la mesita de café y se miró su reloj de pulsera. ¿Dónde diablos estás? Pensé que ibas a quedarte en casa esta noche.
Dos horas más tarde la pizza se había terminado y Crystal se encontró sentada en la silenciosa sala de estar mirando el reloj de la pared. La televisión había sido apagada para poner la radio, pero tampoco resultó muy entretenido y fue apagado también. ¿Vamos Laura, dónde estás? Su pregunta fue contestada cuando escuchó el sonido de una llave siendo metida en el cerrojo de la puerta principal. Crystal se levantó de un salto y abrió la puerta. —¿Dónde diablos has estado?— Crystal exigió.
—Hola. No esperaba que estuvieras en casa todavía— Laura dijo, sus brazos llenos de bolsas plásticas blancas de la tienda de comestibles. —Creí que debería comprar algunas cosas. Casi ya no teníamos nada—
Crystal siguió a su compañera hasta la cocina. —¿Cuánto tiempo te puede tomar eso? He estado en casa desde las siete—
Laura colocó las bolsas sobre el mostrador y comenzó a guardar los abarrotes en la alacena. —Voy al centro comercial que esta cerca de la interestatal. Tienen los mejores precios, por eso usualmente esta lleno de gente. Me tomó casi media hora sólo para llegar a la línea de cajas— Laura miró con atención en el bolso. —Espero que te gusten las naranjas. Estaban de oferta, así que compré dos bolsas—
—Olvida las naranjas por un minuto— Crystal dijo. —¿No me pudiste haber dejado una nota? No tenía ni idea de dónde estabas— Tomando la jarra de aceitunas, abrió el refrigerador y descuidadamente las lanzó en el estante. —A mí me estás jodiendo de que me asegure de dejarte saber a que hora vendré a casa ¿pero tú no puedes tomarte dos segundos para dejarme una nota?—
—Lo siento, pero no pensé que estarías en casa hasta más tarde. Dijiste que irías al Tom Cat Club y supuse que como no llegaste a las seis ibas a llegar más tarde— Laura dijo, doblando pulcramente las bolsas vacías.
—Sí bueno, he estado aquí mirando las paredes por lo menos dos horas preguntándome dónde diablos estabas. Dame eso— Tomando las bolsas de las naranjas, se volvió caminando hacia el refrigerador. —Estarás feliz de saber que ya no trabajaré más en el Tom Cat— dijo Crystal, empujando las naranjas dentro de las gavetas de abajo.
—Sí, estoy feliz de escuchar eso y cuidado con esas. Quiero naranjas, no jugo de naranja—
—Tuve un día pésimo en el trabajo y juro que si un retrasado más insiste en poner su maldita música de rap, le voy a empujar esa maldita gaveta del refrigerador en la garganta. Luego me voy a ver a Rick y se comporta como un verdadero imbécil entonces vengo a casa y tú no estas por ningún lado— Crystal le quitó de un tirón la mantequilla de la mano a Laura. Para molestia de Crystal, su compañera sonreía burlonamente. —¿Qué demonios es tan gracioso?—
—Es agradable saber que te preocupas— Laura dijo, entregándole la botella de leche. —¿Ya comiste?—
—Hice una pizza pero sabía más a la caja en la que venía. ¿Y tú?—
—Todavía no. Es muy tarde ahora. Sólo comeré un bocadillo—
—Pensé que ibas a preparar un pescado y arroz o algo parecido—
—Robalo y arroz. Lo haré mañana por la noche. El pescado se puede guardar— Laura entregó los últimos abarrotes y separó las bolsas. —Así es que, dime qué pasó en el Tom Cat—
—Oh Rick se comportó como un cabrón. Lo jodió. Odiaba trabajar para él, de cualquier manera. Tiene demasiada mala fama— Crystal metió la lata de sopa en la alacena antes de dirigirse hacia la puerta corrediza. —Voy a salir a fumar—
El otoño estaba definitivamente en camino. La temperatura estaba descendiendo rápidamente, haciendo de las tardes usualmente templadas algo pasado. Un particular viento frío, provocó a Crystal que temblara y tuvo que ahuecar su mano delante del encendedor para que no se apagara la flama antes de prender su cigarrillo. Estaré bien jodida si salgo aquí en el invierno. Supongo que tendré que hacerlo en mi habitación, si quiero fumar algo de ahora en adelante. Ah maldición, qué día. Sentándose bruscamente en la silla plástica, levantó sus pies hacia arriba del barandal de hierro, cruzando sus tobillos y apoyando sólo las dos patas traseras sobre la cubierta. Estaba demasiado oscuro como para ver algo excepto las sombras oscuras provocadas por la luz de la cocina. Crystal aprovechó la oscuridad para meditar sobre los acontecimientos del día. Mañana terminaremos el séptimo piso luego no sé qué me pondrá a hacer Michael. Carajo, ¿qué pasara si ya no me necesita? Naw, él tendrá algo. Él sabe que necesito el trabajo y siempre me sonríe cuando me ve. Encontrará alguna otra cosa que yo pueda hacer. Volteo la cabeza ante el sonido del corrimiento de la puerta, Crystal observó a Laura salir hacia la cubierta.
—¿Te importaría algo de compañía?— Laura se sentó sin esperar respuesta. —¿Estás segura que no quieres algo más de cenar?—
—Naw, estoy bien así. Realmente, no estoy hambrienta de cualquier manera— Crystal levantó su mano libre y frotó su brazo superior. —Diablos, se está poniendo frío aquí afuera—
—Eso es lo que ocurre cuando vives en el noroeste. El verano se va, el otoño llega y antes de que te des cuenta la nieve te llega hasta las caderas—
—Oh, no menciones la nieve. Esa es la última cosa en que quiero pensar. Ese oxidado coche mío, no me da prácticamente nada de calor. Puedo dejar la calefacción encendida media hora en la mañana y no lograría ni despejar el parabrisas entero— Crystal buscó en la oscuridad, sintiendo el cenicero que estaba en la mesa. —Supongo que no puedo pedir mucho por quinientos dólares. Tengo suerte de que se mueva—
—Jenny compro la 'cosa' por quinientos dólares también— dijo Laura. —Fue su proyecto alrededor de un año. Cada día se la pasaba jugando a ser Señorita Mecánica. Puedo pensar en cerca de doce o más coches interesantes para restaurar que esa monstruosidad anaranjada—
—¿Debo tomar eso como que no te agrada esa calabaza cuadrada con ruedas?—
—Es más que sólo el coche. Me he acostumbrado a eso ya, pero cuando recién lo compró tuvimos problemas, Jenny usaba el fregadero de la cocina para limpiar sus partes del motor y las herramientas no mejoraban la situación—
—¿Alguna vez me contarás qué pasó entre ustedes dos o va a permanecer como un oscuro secreto?— Crystal preguntó, retirando sus pies del barandal de hierro y poniéndose derecha en su asiento. Su curiosidad era demasiada y desde que Laura lo había mencionado no pensaba dejar pasar ese tema.
—Ciertamente no es un secreto pero no es algo de lo que me gusta hablar— Laura dijo. —¿Terminaste ya tu cigarrillo? Preferiría hablar adentro en un lugar más agradable y caliente—
Después de una visita rápida al baño, Laura y Crystal se sentaron en los lados opuestos del sofá, ambas usando el brazo del sofá como respaldo. —Ok, ¿qué fue lo que pasó?— Crystal preguntó con urgencia.
—Pues bien...— Laura se restregó la cara con sus manos, tomándose algunos segundos para enfocar sus pensamientos. —Tienes que entender que eso pasó hace cuatro años y medio. Para ambas, era nuestra primera relación larga y seria y pensábamos que estaríamos juntas pasara lo que pasara. Acababa de lanzar mi tercer libro y lo estaba haciendo bien en el círculo lésbico. Incluso se publicaron algunos escritos míos en las revistas principales de lesbianas. Obtenía un gran número de correos de fans y dejé que mi nueva fama se interpusiera en mi relación. El rompimiento fue mi culpa, completamente— Laura apartó la mirada.
—¿Qué es lo que hiciste? La Doc parece que es de las que perdonan cualquier cosa—
—Jenny es una mujer muy misericordiosa y comprensiva pero no soportó que traicionara su confianza y eso fue lo que hice— Laura contempló a Crystal. —Esto no es algo fácil de contar para mí. Amé a Jenny muchísimo y todavía lo hago. Si pudiera regresar el tiempo y cambiar lo que pasó, lo haría en un segundo— La cara de Laura reflejó la culpabilidad que sentía en su corazón. —Pero el tiempo no es algo que yo pueda ser capaz de cambiar y una vez que la confianza se destroza no puede ser restaurada—
—No lo entiendo— Crystal dijo. —Tú y Jenny parecen ser de ese tipo de personas que tienen esa conexión especial de sentimientos. ¿Ustedes no trabajaron duro para solucionar las cosas y superarlo?—
—Aparentemente, no— la escritora dijo tristemente. —Intentamos por alrededor de seis meses, pero simplemente no pudimos dejarlo atrás. Jenny esperó hasta después de la Navidad para finalmente tomar la decisión y mudarse— Laura negó con la cabeza tristemente. —Ya estaba bastante acabado de cualquier manera. Jenny pasaba las noches en la habitación de invitados para ese entonces—
—Joder, en verdad la cagaste—
—La infidelidad hace eso— Laura dijo. —Tuve un desliz con una fan mientras estaba en Colorado en un festival de escritoras lesbianas—
—¿Y pensaste que la Doc no lo descubriría?—
—No planeé que pasara. Bueno, supongo que en mi interior, tal vez lo hice. Sabía que Lisa estaba interesada en mí, ella me había dejado claro más de una vez que no le importaba que yo tuviera pareja. Sabía que ella iba a estar allí y no le dije una palabra a Jenny sobre ella—
—Así que cuando el gato no está en casa los ratones hacen fiesta—
—No fue así— Laura protestó. —Me sobraron oportunidades antes de estar con otras mujeres y nunca acepté ninguna oferta— La escritora se reclinó y pasó sus dedos por su pelo oscuro. —Esto te va a sonar un poco tonto, pero me deje conquistar por todas las atenciones y adulaciones que Lisa me daba. Trabajé por un año y medio en Los Misterios del Rayo Lunar y ahora estaba siendo recompensada por todo ese duro trabajo. Estaba en las listas de los libros más recomendables y cuando estuve en esa convención me sentí como una celebridad. Eso nunca me había ocurrido antes. Para cuando llegue al hotel Lisa estaba a mi lado, sirviéndome bebidas, sentándose a un lado de mi en cada taller, siguiéndome como un perrito—
—Suena más a una zorra que a un perrito— dijo Crystal. —Así que ella quería a la gran escritora y lo logró, ¿hmm?—
—No le abrí la puerta de mi hotel y le quité toda la ropa. Estuvimos allí por cinco días y no pasó nada hasta la última noche—
—¿Y cómo lo descubrió la Doc? ¿Fue tu conciencia culpable?—
—No. Eso es probablemente lo que le dolió más. Ella se enteró por accidente. Después de que llegué a casa de la convención, Lisa no dejaba de enviarme mails. Le dije que sólo había sido cosa de una vez y que no pasaría de nuevo, que estaba enamorada de Jenny, y todo eso. Algunas veces, tenía más de cuatro mails de ella en un día. Finalmente dejé de contestarlos esperando que entendiera el mensaje—
—¿Y no lo entendió, ¿verdad?—
—Oh, sí lo entendió bien. Lisa se enojó cuando no contesté sus mails y comenzó a llamar por teléfono aquí. Incluso llamé a la compañía de teléfono para cambiar mi número, pero antes de que ellos pudieran hacerlo Lisa había llamado mientras estaba fuera y dejó un mensaje muy detallado de lo que había pasado en Colorado en el contestador. Jenny llegó a casa antes que yo—
—Oh, cielos— Crystal dijo, sacudiendo su cabeza. —Realmente la cagaste y bien—
—Con toda seguridad lo hice, aunque no usaría esas mismas palabras para describirlo—
—Por supuesto que no, Mary Poppins pero eso fue lo que hiciste—
—Sí, así es. Lo jodí todo horriblemente. Debí haber sabido que algo pasaba cuando llegué a casa y de lo único que quería hablar Jenny era acerca de la convención. Había pasado ya un mes desde eso y no entendía por qué ahora quería saberlo.
—Así que pretendiste que nada había pasado, ¿verdad?—
—Exactamente. Entonces Jenny puso el mensaje de la máquina y yo sólo quería morirme. Después de mentirle no había manera de poder minimizar el daño que había causado el mensaje. Creo que después de que Jenny pasó todo su tiempo libre trabajando en la 'cosa' y yo me la pasé en el dormitorio escribiendo, nos distanciamos y ya no nos íbamos a la cama al mismo tiempo— Laura apartó la mirada tristemente y se limpió las lágrimas. —Pero la noche en que Jenny pasó la noche en la habitación de invitados en lugar de venir a la cama conmigo, entonces supe que se había terminado—
—Eso realmente apesta— Crystal dijo quedamente. —No sé qué decir—
—Realmente, nunca había hablado de esto con nadie. Peter y Michael supieron que tuvimos problemas pero ellos marcaron una línea para no meterse e involucrarse. Aun ahora, Peter sólo sabe algunos detalles de lo que sucedió— Laura negó con la cabeza. —Pero supongo que eso ya es una cosa que quedó en el pasado. Vivo aquí y Jenny vive en otro lado. Supongo que todo se solucionó de la mejor manera posible. Aun estamos muy unidas como puedes ver—
—¿Quieres que regrese?— Crystal preguntó, necesitando satisfacer su curiosidad.
—Lo intenté por un tiempo después de que se mudó pero ahora creo que las cosas están mejor de esta manera. Creo que la soltería me sienta bien— La morena escritora se recargó, hundiéndose más en los cojines del sofá. —Al menos eso es lo que mi lista de citas me dice—
—Yeah, tampoco veo grandes romances en mi futuro— Crystal se lamentó. —¿Recuerdas esos cubos de colores cuando éramos pequeñas? ¿Los que tenían diferentes colores de cada lado y que tenías que colocar los mismos colores en un solo lado?—
—El cubo de Rubik— dijo Laura. —Sí, los recuerdo—
—Algunas veces me siento como uno. Como si estuviera toda enredada y nunca volveré a estar en orden otra vez— Una sonrisa traviesa apareció en sus labios. —Solía desarmar el cubo en pedazos y poner los colores correctamente—
—Yo compré el libro de como armar el cubo— Laura admitió.
—Apuesto también que se lo mostraste a todos tus amigos—
—¿Yo?— Laura fingió inocencia. —No necesite la aprobación de nadie— La cara inocente apenas duró unos segundos antes de que se convirtiera en una sonrisa. —Todos los que tenían uno y no lo podían armar me lo traían a mí. Podía armar esos y los de la serpiente también—
—Imagínate. Mis amigos me buscaban por los cigarrillos— Crystal dijo con orgullo. —Paty me enseñó como obtenerlos. En el boliche tenían una máquina de cigarros en la misma habitación que los videojuegos. Compraba un paquete por tres dólares y se los daba a mis amigos a veinticinco centavos por cigarrillo. De esa manera Paty yo teníamos dinero para gastar—
—Ah, tú eras ese tipo de niña del que mi madre me advirtió que no me juntara— Laura dijo con una sonrisa. —Ella pensaba que manteniéndome alejada de todo lo malo llegaría a ser una correcta y estirada esposa militar como ella. Su mejor opción para tener nietos y resulté ser una escritora de novelas de misterio lesbiana con ninguna intención de ser madre—
—Estoy segura que el álbum de fotos era abierto en las reuniones de madres, ¿no es así?— Crystal dijo con una sonrisa sardónica. Se enderezó fingiendo abrir un álbum. —Aquí está tu madre mostrando las fotos de tu graduación del bachillerato— La rubia fingió volver la página. —Aquí estás graduándote de la universidad. Oh, qué orgullo. Inteligencia y belleza. Apuesto que ella estaba pensando en las fotos sobre tu boda en las siguientes páginas—
—Y hasta en el color de liguero y el orden de las canciones— Laura afirmó, asumiendo la misma posición y abriendo un álbum imaginario de ella. —Tenía todo planeado por años. Lo único que no predijo, fue el joven chico militar elegante para casarse conmigo. Lo mejor que pudo obtener fue una ceremonia de bendición que Jenny y yo tuvimos aquí en el jardín trasero y creo que estaba molesta porque no la dejé planear con quién me iba a comprometer. Ella vino a la ceremonia pero no tomó fotos. Debe haberse quejado de mis centros de mesa que no estaban simétricamente colocados—
—Yeah, ¿No es horrible cómo no estamos de acuerdo con nuestras madres?— Crystal preguntó, pasando la página imaginaria. —La mía ni siquiera se graduó del bachillerato. Me imagino lo que ella pondría en el mío— Crystal cambió de posición ligeramente y fingió ser su madre abriendo un álbum. —Oh mira, aquí están mi Patty y Crystal con el oficial de policía inmediatamente después de que fueron atrapadas robando dulces de la farmacia de Coulson. Oh, y aquí están mis pequeños angelitos con otro agradable oficial de policía después de que tenían prohibido entrar a otra tienda por robar—
—Por lo menos eras constante— Laura bromeó.
—Yeah, probablemente creyó que estaríamos presas para cuando fuéramos adultas— Crystal dijo con un tono de amargura en su voz. —En la cárcel o viviendo con un borracho y con un par de niños como ella—
—Eso es lo más maravilloso de ser una adulta— Laura dijo quedamente. —No tenemos que darnos la gran vida, o vivir mal según sea el caso, según las expectativas de nuestros padres. Les guste o no, estaremos en desacuerdo con nuestras madres ya sea en una cosa u otra. Mírame, probablemente no este en la misma posición que tú, pero ciertamente no soy una devota esposa de un militar como mi madre quería. ¿Crees que estaría orgullosa por presumirme con sus amistades?— Laura negó con la cabeza. —Créeme, Mamá habla de la graduación de Bobby y a cual universidad irá pero ella evita mencionarme a mí ante sus amigos—
—¿Por qué? Es decir, tú tienes una licenciatura. Y eres una escritora y todo eso—
—Una escritora de novelas lesbianas de misterio— Laura aclaró. —Si ella menciona que soy una escritora, ellos querrán ir a comprar mis libros y eso es la ultima cosa que ella quiere que pase. Tienes que recordar que mis padres son republicanos. Ellos todavía son de los que te dicen no preguntes, esa es la regla—
—Pero la vi aquí ese día. Ella parecía feliz contigo—
—Oh, lo es la mayor parte— Laura dijo. —Simplemente, hay ciertas cosas de mi vida que a ella no le gustan, mi sexualidad es la número uno por supuesto. Pero no es sólo eso. A mamá le gusta el teatro, a mí no. A ella le gustan los recorridos largos y aburridos por los museos y galerías de arte. Yo prefiero ir a los bolos o jugar softbol. No soy la hija que ella imaginó que sería y eso no es siempre tan fácil para un padre de manejar. Hubo un tiempo, que ella encontraba cualquier excusa para no venir cuando Jenny y yo estábamos juntas, pero eso fue hace mucho tiempo. Pero ya lo ha superado y me ha aceptado como soy, con diferencias y todo lo demás—
—Debe ser agradable— dijo Crystal, moviéndose en una posición más confortable en el sofá. —No creo que mi madre pudiera aceptarme— Pasando sus dedos por su pelo rubio rápidamente, agregó. —¿Sabes algo? Es agradable saber que tu vida tampoco es tan perfecta —
Laura rió. —Ni mucho menos, Crystal. Tengo problemas como todos, sólo que yo tuve un escenario diferente. No somos tan diferentes—
—Como la noche y el día, tú eres una maniática de la limpieza—
—Tienes toda la razón en eso, chimenea con patas—, la escritora le regresó la broma. —Pero creo que me quedo contigo, de cualquier manera— El comentario le ganó a Laura una sonrisa completa de su compañera. —Ahora habrá algo que me gusta ver—
—Yeah bueno no te acostumbres— Crystal gruñó en broma. —No quiero que te la pases a mi alrededor y arruines mi reputación—
Laura tomó el control remoto de la mesita de café y encendió la televisión. —Creo que hay un juego de basquetbol esta noche. ¿Te gusta el baloncesto universitario de mujeres?—
—No soy aficionada de ningún deporte pero creo que si lo veo podría verlo de vez en cuando— dijo Crystal, observando los canales que iba pasando Laura al presionar repetidamente el botón. Cuando la revoltura de imágenes se detuvo, ya estaba el juego. —Voy por algo de beber. ¿Quieres algo?— Laura preguntó mientras se levantaba.
—Cerveza pero creo que ya no tengo. ¿Tienes algún refresco de cola?—
—Acabo de comprar algunos. ¿Lo quieres solo o lo quieres para preparar tu bebida?—
Crystal brincó fuera del sofá y se dirigió hacia las escaleras. —Me gustan mis bebidas con algo fuerte— ella dijo. —Solo tráeme un vaso, me encargaré de mezclarlo—
Mientras Crystal estaba arriba, Laura fue a la cocina. ¿Cuánto puede beber a esta hora? No más de un par de bebidas, estoy segura. Tiene que trabajar en la mañana. Canturreando una melodía para a sí misma, Laura abrió la alacena y saco dos vasos. Así que estabas preocupada por mí, ¿hmm? Apuesto que es algo que no habías hecho en mucho tiempo. Laura estaba segura de que los muros que Crystal se habían levantado, se estaban desmoronando rápidamente. Cuando no tenía la intención de revelar las razones que había detrás de su rompimiento con Jenny, Laura se dio cuenta que era importante para ella ser capaz de revelarle ese secreto a Crystal si es que quería que su compañera continuara compartiendo sus cosas personales. Un vaso colorido brillante, casi escondido en la parte trasera de la alacena capto su atención. Me había olvidado completamente de este, pensó mientras lo sacaba y lo miraba detenidamente. Perfecto. Esto tiene que hacerla sonreír. Retirando el vaso que ella originalmente había escogido para Crystal, Laura llenó ambos vasos con hielo y acababa de abrir la soda cuando su compañera bajo las escaleras.
—Lo siento, me tomó un minuto para encontrarlo— la rubia dijo, entrando en la cocina y destornillando la parte superior de su botella. El olor conocido que notó, le dijo a Laura la verdadera razón de por qué se había tardado tanto tiempo.
—No hay problema. Estoy sorprendida de que puedas encontrar cualquier cosa en esa área de desastre. Te diste un par de golpes de marihuana cuando estabas arriba, ¿verdad? Un día de estos, no necesitaras de eso para sentirte protegida. Yo no te lastimaré. Así que, ¿qué clase de bebida va a ser esa? ¿Un poco de sabor de grano o es un licor asesino que tenías debajo de la mesa?—
Crystal rió y comenzó a echar el whisky en el vaso. —Ésta es una buena manera de terminar el día, recostarse y tomar una bebida relajante—
—Oh, ¿tres partes de whisky y una parte de soda?—
—No te olvides el hielo, eso tiene que contar también— Crystal dijo.
—Sí, tienes razón. Tres partes de Whisky, una parte soda, un parte hielo. ¿Mejor?—
—Ahora lo entendiste. En realidad Crystal sólo vertió el equivalente de un trago de licor en su bebida, dándole apenas un color oscuro por el refresco de cola. Laura se preguntó si la bebida habría sido más fuerte si no hubiera bromeado con Crystal pero decidió que eso no tenía importancia. Iban a descansar sobre el sofá y observar un emocionante juego de baloncesto juntas.
—Lindo vaso—
—¿Te gusta?—
—Es bonito. Crystal sostuvo en alto el vaso amarillo y miró las palabras brillantemente coloridas proclamando que ella debería sonreír porque alguien la quería. —Cursi, pero bonito—
—Bueno, pues es verdad— Laura dijo, tomando la soda. —Te guste o no te guste, hay personas que te quieren y se preocupan por ti—
—Uh huh— Crystal dijo dudosamente, tomando el vaso de Laura. —Llevaré estos a la sala—
—Asegúrate de usar un posavasos—
Crystal fingió estar en shock. —Ni en sueños se me hubiera olvidado eso— ella dijo.
—Sí claro, te creo— dijo Laura. —Te creo tanto como si me dijeras que tienes un pantano en venta en la Florida—
—Y barato también— Crystal contestó. —Te haré una oferta que no podrás rehusar—
Una hora más tarde, los dos vasos vacíos yacían en posavasos sobre la mesita de café, el hielo ya hacia rato que se había derretido. El resultado favorecía hacia un equipo, las visitantes tomaron ventaja sobre el equipo de casa. Laura concentraba su atención muy a menudo en algo más importante que la televisión. El pelo de Crystal estaba algo despeinado. La mirada de Laura se movió hacia abajo, estudiando la curva delicada de la nariz de Crystal y los labios suaves y carnosos. No había duda que su compañera era hermosa pero Laura ahora se encontraba mirando a Crystal de una manera diferente que antes. Para con eso, Laura, se amonestó a sí misma. Ella es heterosexual y no está interesada. Tiene demasiado equipaje, ¿recuerdas? En ese momento el pitazo sonó deteniendo el juego y la televisión mandó a un anuncio publicitario. De reojo, Laura se dio cuenta de que era un anuncio de servicio público que promovía acerca de ayudar a prevenir el abuso de menores. Los ojos de Crystal nunca dejaron de mirar la pantalla pero aun de perfil su rostro mostraba todos sus sentimientos. Laura observó como la mandíbula de Crystal se tensaba con fuerza y sus labios se contraían. Aun estás intentando proteger a la pequeña niña que vive en ti, ¿no es así? El deseo de abrazar a Crystal crecía dentro de Laura pero la escritora permaneció quieta en su asiento. Lo más seguro es que se vaya corriendo hacia arriba. Y probablemente pensaría que le estás haciendo insinuaciones amorosas. Cuando el anuncio publicitario terminó el juego fue reanudado, Laura miró contenta que la tristeza en el rostro de Crystal desaparecía. Eso es, sólo olvídate de todo eso y disfruta el juego. —¿La chica de las Henderson es buena, ¿no te parece?— Laura preguntó.
—Ella sabe jugar basquetbol, eso es seguro— Crystal contestó. —No puedo creer que haya hecho ese tiro—
—¿El que se quedó girando en el aro algunos segundos antes de entrar?—
—Sí—
—Ese fue un buen tiro— Laura estuvo de acuerdo. —Ella estaba a pocos segundos del pitazo cuando hizo el tiro—
—No van a ganar a estas alturas. Quedan sólo dos minutos de juego—
—Estás en lo cierto. Estoy segura que Peter va a estar decepcionado. Él siempre les apuesta a ellas— Laura se inclinó hacia adelante y tomó el control remoto. —¿Y que quieres hacer ahora? Creo que dan una película a las diez—
—Tengo que irme a la cama— Crystal dijo antes de dar un largo bostezo. —Espero que Michael tenga algo mas de trabajo para mí. Ya casi hemos terminado con la demolición—
—Seguro que sí tendrá algo— Laura dijo, presionando el botón rojo y apagando la televisión. —No me había dado cuenta lo tarde que era. Vas a estar arrastrándote de sueño mañana—
—Naw, estoy acostumbrada a acostarme tarde y a tener que trabajar sin haber dormido mucho— Crystal se puso de pie y se estiró como un gato, subiendo sus manos por encima de su cabeza. —¿No te vas a acostar?—
—No tengo que levantarme temprano. No, probablemente encenderé la computadora y regresaré a trabajar en mi historia sin fin— Laura se puso de pie y caminó hacia el apagador. —Necesito hacer un poco de investigación en línea para la siguiente parte—
—¿Crees que mañana puedas mostrarme ese sitio del GED que mencionaste?—
—Seguro. Lo buscaré esta noche y lo marcare en mis favoritos para tenerlo listo para ti—
—¿Qué harás qué?— Crystal sacudió su cabeza. —No importa. Debe ser tu idioma computadorsense o algo así—
Laura presionó dos interruptores, apagando las luces del cuarto y encendiendo los únicos sobre las escaleras. —Un día de éstos te mostraré, así ya no le tendrás miedo a las computadoras—
—Sí, claro— Crystal dijo dudosamente. —Justo después de que me gane la lotería—
Laura comenzó a subir las escaleras detrás de ella. —He escuchado que eso puede pasar si compras un boleto de vez en cuando— Cuando llegaron a la parte de arriba extendió su mano y tocó el brazo de Crystal. —Espera un minuto— Laura terminó de subir las escaleras y se paró cara a cara con su compañera. —Sólo quería darte las buenas noches— ella comenzó, deteniéndose para escoger sus palabras. —Sabes que si alguna vez quieres venir y ver la televisión conmigo, eres más que bienvenida—
—Gracias— Crystal miró hacia otro lado incómoda, luego miró hacia atrás. —No quiero...—
—No te preocupes por eso— Laura dijo, alejándose de la joven mujer. —Eres buena compañía y tuvimos una plática agradable— Seriamente, dudó que Crystal alguna vez haya tenido una amiga íntima con la que se pudiera relajar y solo poder hablar de todo y de nada. Probablemente a nadie más que su hermana, Laura meditó. —Buscaré el sitio del GED y lo revisaremos mañana juntas en la noche— Le dio a Crystal un apretón cariñoso en el brazo. —No te preocupes. Te haremos pasar tus estudios con éxito, lo prometo. Solía darles tutorías a mis amigos cuando estaba en la escuela y les ayudaba a subir de calificaciones— No soltando su agarre del brazo de Crystal, Laura dio un paso adelante hasta quedar a sólo centímetros de ella. —¿Te parecería bien un abrazo de buenas noches?— Sintiendo a Crystal dudar, Laura tomó la iniciativa, rodeó con sus brazos a la joven mujer. A diferencia de la primera vez que se habían abrazado, esta vez para Laura fue diferente, sintió el cuerpo femenino presionado contra su cuerpo. Crystal se sentía cálida y suave, su blusa olía ligeramente a cigarrillo. —Dulces sueños— susurró suavemente, sonriendo cuando sintió los brazos de Crystal rodeándola para corresponder al abrazo ¿Ves? Está bien poder abrirse a alguien, Laura pensó, dando un último apretón antes de dar un paso atrás. —Duerme bien—
—Tú también— Crystal dijo, alcanzando la manija de la puerta. No te acuestes tan tarde—
—No lo haré— Laura prometió. —Sólo tengo que encargarme de unas cosas y después me iré a la cama—
Las 'cosas' de las que se tenía que encargar no eran sólo encontrar el sitio del GED sino también imprimir las diferentes pruebas de cada tema. Mientras esperaba a que cada página se imprimiera, Laura examinó las diferentes preguntas. Oh, esta fácil. Todo el mundo sabe que un triángulo con todos sus lados iguales es un equilátero. Esto será fácil para ella. Otra prueba salió de la impresora. Uf. Me olvidé de historia. No podría recordar todas esas fechas. Miró la lista impresa de las fechas de los exámenes de la localidad y sentía que Crystal podría ser capaz de pasar el examen para Primavera. Hmm, ¿seis meses para aprender tres años de bachillerato? Tal vez para el verano. La impresora hizo la última impresión antes de anunciar que el trabajo había terminado y la última hoja salió de la bandeja. Laura tomó su taza vacía y clavó los ojos en ella. Oh vaya, es demasiado tarde como para hacer otro poco de té, pensó, bajando la taza y mirando la pantalla. Ok Laura, has pasado las dos últimas horas imprimiendo todo lo posible que se encuentra en ese sitio. Miró el casi medio fajo de hojas pulcramente apiladas al lado de la impresora. Mejor no le muestro toda esa pila de hojas a Crystal de una sola vez, sino saldrá gritando fuera de aquí. Carajo, si yo viese una pila como esta que tuviera que estudiar también saldría huyendo. Distraídamente, dio un clic sobre el icono de búsqueda, abriendo su buscador favorito. Había otra cosa que tenía que ver con su compañera que podía ser solucionada por internet y a pesar de la hora, Laura se sintió dispuesta a iniciar esa búsqueda.
—Ok, veamos cuánta información hay por aquí— dijo mientras tecleaba las palabras 'Encontrar a personas perdidas' y dio un click sobre el botón buscar.


Última edición por Ayelen el Junio 17th 2013, 4:25 pm, editado 1 vez
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Re: El corazón de cristal, B. L. Miller

Mensaje  malena el Junio 15th 2013, 12:47 am

PARTE DIEZ
—Me alegro de verte —dijo Jenny mientras sujetaba la puerta. Crystal la atravesó, entrando en la oficina de la terapeuta.
—¿Cómo te va, Doc? — preguntó, encaminándose hacia el sillón reclinable.
—Todo bien, Crystal. Parecías estar disfrutando en el partido del sábado. ¿Dónde quieres que me siente?
—Em… —Crystal echó un vistazo al sofá y después a los puffs—. No sé. —Mirando a la terapeuta, se encogió de hombros—. Donde tú quieras, supongo.
—No te gusta tomar decisiones, ¿verdad?
Crystal vio cómo Jenny se acomodaba en el sofá con su eterna carpeta sobre las rodillas.
—¿Y de qué vamos a hablar hoy?
—¿Hay algo de lo que necesites hablar? —preguntó Jenny—. La semana pasada me dijiste que no estabas segura de lo que ibas a hacer con tu trabajo en el club de strip tease. ¿Has tomado alguna decisión al respecto?
El rostro de Crystal mostró una sonrisa triunfante.
—Oh, sí —afirmó—. No voy a volver, y Michael me ha enseñado a aplicar cemento y me ha dicho que me capacitará para usar un spray de pintura dentro de poco.
—Parece que confía en tu habilidad para adaptarte a los cambios y aprender cosas nuevas—. La sonrisa de Jenny hizo que Crystal frunciera el ceño. Odiaba esa expresión, porque sabía lo que significaba.
—No sé. Supongo que sí.
—A mí me lo parece. Eres buena para adaptarte, ¿no?
—Dímelo tú, Doc —contestó Crystal con tono aburrido. A continuación, empezó a mirarse las uñas—. Necesito el trabajo, así que tengo que aprender a hacer las cosas. No es para tanto. —Sintiéndose tensa de repente, Crystal se levantó del sillón y se dejó caer en el sueño, con la espalda contra el puff rojo—. Hago lo que tengo que hacer.
—Esa es una de tus técnicas de supervivencia —puntualizó Jenny, inclinándose hacia delante hasta quedar sentada al borde del sofá—. Has aprendido a adaptarte al medio en el que te encuentras.
—Ya, lo que tú digas —contestó Crystal, mirando al techo—. Hice lo necesario para salir adelante, aunque esta vez sirve para algo. Podré solicitar un empleo diciendo que sé cómo usar una pistola de clavos. Siempre es mejor que lo de que soy stripper.
—Eso es cierto, pero has adquirido habilidades de todas tus experiencias, las buenas y las malas.
—Todo va de lo mismo, ¿verdad, Doc? —Venga, dame un respiro. Crystal dejó a sus ojos vagar por el dentado patrón de los azulejos—. Cualquier cosa de la que hablamos nos lleva a mi sórdida niñez y a toda la mierda que me ocurrió.
—Esta vez no he mencionado tu infancia para nada —señaló Jenny—. ¿Sabes lo que me dice eso? Me dice que traes algo en la cabeza.
—Yo qué sé.
—Ya te dije que nada de excusas ni estupideces aquí dentro—. Dejando la carpeta sobre el sofá, la terapeuta acercó el puff azul y se acomodó en él­­—. Puedes estarte mirando al techo toda la noche, si quieres.
Genial, pensó Crystal para sí. Eres un auténtico coñazo, Doc. De acuerdo.
—Se lo conté a Laura. —Sabía que Jenny esperaba una mejor explicación—. Le… le conté lo que me pasó cuando era niña.
—¿Y cómo te hizo sentir eso?
Crystal no necesitó girar la cabeza para sentir los ojos de la terapeuta colgados de ella. En lugar de eso, siguió mirando al techo. Con un encogimiento de hombros, utilizó su defensa habitual.
—No lo sé.
—"No lo sé" no es una respuesta. Inténtalo otra vez. Cuando empezaste a contárselo, ¿cómo te sentiste?
—Nerviosa —admitió Crystal, estirándose para colocar sus manos detrás de la cabeza—. Cuando empecé, tenía miedo de que se asustara y no volviera a hablarme o algo así.
—Y cuando te diste cuenta de que eso no iba a pasar…
Crystal tragó saliva, deseando haberse preparado algo de beber al llegar.
—Me sentí… no sé, bien, supongo. No me miró de forma rara ni nada. Al menos, eso creo. En realidad no la miré mucho mientras hablaba. —En ese momento, dirigió la vista hacia Jenny, recordando lo que Laura le había contado de su ruptura—. Ella también me contó cosas. —Crystal se detuvo por un momento—. Supongo que eso también me hizo sentir bien.
—¿Cómo te sentiste al compartir tu historia con otra persona?
Crystal miró al techo una vez más.
—Al principio me dio miedo. El corazón me latía muy deprisa, como si me preocupara que él fuera a entrar en la habitación y a sorprenderme hablando del tema con otra persona. —Aspirando profundamente, intentó ordenar sus pensamientos—. Ella simplemente me dejó hablar y hablar, sin importarle lo estúpida que pudiera parecer. ¿Sabes qué fue lo mejor?
—¿Qué?
—Que me creyó. —Crystal se desperezó de nuevo, apoyando el codo en el puff sin dejar de mirar a Jenny—. Laura me creyó, sin importar lo que le dije o cómo lo dije.
—A medida que empieces a llenar tu vida de gente buena, descubrirás que hay muchos en quienes puedes confiar. Amigos que creerán cualquier cosa que les digas y no te juzgarán nunca. Esos son los que necesitas. No gente tóxica.
—Quieres decir mis viejos amigos.
—Los amigos cambian a medida que creces, y crecer no es algo que ocurre cuando cumples dieciocho y te conviertes en un adulto legal. A lo largo de tu vida, descubrirás qué son lo que yo llamo los amigos especiales.
—Como Laura —dijo Crystal—. Después de nuestra charla, siento que puedo contarle casi cualquier cosa.
—Es bueno construir una confianza en otra persona, ¿verdad? —le preguntó Jenny.
—Estuvo bien eso de decir la verdad sobre lo que sucedió. —Lo único que deseaba Crystal era ofrecer un poco de sí y sintió que las palabras acerca de la confianza acudían a su mente. Para su sorpresa, Jenny tenía otra idea.
—Y cada vez que cuentas tu historia a otra persona, te quitas un poco de peso de los hombros. Disminuyes el poder que tiene sobre ti.
—No tiene ningún poder sobre mí. Yo estoy al mando —protestó Crystal.
—Eso crees, ¿verdad? —Una mueca de asombro fue su única respuesta—. ¿Cuándo fue la última vez que te subiste en un ascensor con un hombre sin sufrir un ataque de pánico? ¿Cuándo fue la última vez que dormiste bien sin emborracharte o drogarte antes? Ni siquiera hemos empezado a estudiar si sufres alguna disfunción sexual. —Esas palabras golpearon a Crystal y supo que lo estaba reflejando en su rostro. Frunció el ceño y apartó la mirada, pero su terapeuta y amiga no pareció darse por aludida—. No has estado al mando de nada, excepto de aislar tus sentimientos a toda costa. Tanto si lo admites como si no, actúas y reaccionas en base a tus experiencias y no podrás seguir adelante hasta que superes tu pasado. Crystal, quería proponerte que te unas a un grupo que viene aquí los martes por la tarde.
—¿Un grupo? —¿De qué coño me estás hablando? Incorporándose hasta quedar cara a cara con Jenny, Crystal otorgó a la terapeuta toda su atención.
—Hay un grupo de mujeres que se reúnen aquí todas las semanas para hablar acerca de sus sentimientos y experiencias. Es para supervivientes de violaciones y abusos sexuales.
—Estás de coña. ¿Sentarme en una habitación con un montón de extrañas para contarles lo que me pasó? —Crystal meneó la cabeza enérgicamente—. Ni hablar.
—¿Qué es lo que te da miedo? —le preguntó Jenny—. Cada una de ellas es una superviviente, igual que tú.
—Sería más probable encontrar una bola de nieve en el infierno, Doc. No pienso hacerlo.
—Podrías simplemente sentarte y escuchar. No estás obligada a decir nada. Lo único que debes saber es que el grupo tiene las mismas reglas que nuestras sesiones. Nada de drogas ni alcohol antes de ir. Muchas de esas mujeres están también en fase de desintoxicación. —Jenny se levantó y fue hasta el sofá, recogiendo su carpeta antes de sentarse sobre un almohadón de cuero. Los ojos de Crystal no se despegaron de ella ni un momento al tiempo que se preguntaba qué es lo que se proponía la terapeuta con todo aquello. Acto seguido, obtuvo su respuesta—. ¿Te acuerdas de lo que escribiste en tu diario… —Jenny echó un vistazo al cuaderno y comprobó la fecha— … el viernes por la noche?
Los ojos de Crystal se abrieron como platos al intentar recordar. El diario se había convertido en su ritual nocturno mientras se fumaba el último cigarrillo antes de irse a la cama. A menudo olvidaba que, eventualmente, Jenny iba a leerlo y dejó vagar su mente por los pensamientos y sentimientos transcritos al papel por su propia mano.
—Yo em… intento no pensar que vas a leer lo que escribo.
—Soy consciente de eso —dijo Jenny—. Aquí dices cosas muy intensas, pero lo que entresaco una y otra vez de tus palabras es tu necesidad de sentir que formas parte de algo.
—¿Qué? —Sin pensarlo, Crystal se incorporó hasta tomar el lugar que Jenny había ocupado antes en el puff azul, cerca del sofá—. Yo nunca he dicho eso.
—¿Ah, no? —Jenny señaló un punto de la hoja con el dedo—. Justo aquí, y cito textualmente: “Siento que estoy de visita en este mundo y luego vuelvo al mío…" —Unas páginas más adelante—. Este día escribiste bastante. Deja que lo encuentre… ah, sí, aquí está. Dices que “siento que estoy desmoronándome y que nadie puede volver a juntar todas las piezas. Nadie me entiende". —Lo único que Crystal pudo hacer fue asentir ante la gran verdad que reflejaban sus palabras—. Quiero que des el siguiente paso, Crystal —afirmó Jenny en voz baja.
—Lo pensaré —respondió ella, acodándose sobre sus propias rodillas—. También estoy estudiando para el GED por las noches, así que ya veré.
—¿En serio? No me lo habías contado. ¿Cuándo empezaste?
—Laura encontró una página web con toda la información y esas cosas. Me imprimió los cuestionarios y me ha obligado a hacerlos para que podamos hacernos una idea de lo que necesito aprender —dijo Crystal con evidente emoción—. Me va mejor de lo que ella creía.
—¿Laura te está ayudando?
—Sí. Hace de profesora, corrigiéndome los exámenes y eso. —Crystal intentó descubrir el significado de la expresión de Jenny, pero antes de lograrlo la terapeuta se levantó y ocupó el puff que quedaba vacante.
—Eso está muy bien —dijo Jenny—. Es un paso en la dirección correcta. Deberías considerar escribir sobre ello en tu diario nocturno. Hasta ahora no habías mencionado nada.
—Lo escribí al principio de la noche pasada, pero aún no has tenido oportunidad de leerlo —dijo Crystal—. Estaba cabreada porque no era capaz de recordar todas las fórmulas que Laura insiste en meterme en la cabeza. —Meneó la cabeza y continuó—. No sé, Doc. Unas veces creo que puedo hacerlo y otras que soy una idiota incapaz de aprender una palabra.
—Es muy común tener dudas acerca de uno mismo, especialmente con algo que supone una meta tan difícil. Yo también dudaba de mí cuando estaba en la escuela.
—¿En serio?
—Pues claro. Todo el mundo tiene dudas, Crystal. El objetivo es enfrentarlas y seguir adelante. Si fallas una vez, no des por hecho que siempre lo harás. ¿Te acuerdas de cuando hablamos acerca de aprender de las experiencias pasadas? ¿De los fracasos además de de los éxitos?
—Sí, lo recuerdo —admitió Crystal a regañadientes—. Siento como si fuera en veinte direcciones diferentes y no supiera cuál escoger.
—Y cuando te sientes así, ¿qué haces?
—¿Aparte de buscar el bar más cercano o mi pipa? —bromeó Crystal, aunque sólo a medias—. No sé. Supongo que hablo contigo o con Laura.
—Te sugiero que hagas menos lo primero y más lo último.
—Creía que no ibas a martirizarme con lo de mi afición por la bebida —aventuró Crystal al tiempo que se preparaba mentalmente para el sermón.
—Y no voy a hacerlo… aún —afirmó Jenny—. Era sólo una sugerencia, como lo del grupo de los martes.
—No. Lo que menos necesito es sentarme con un montón de mujeres que lo único que hacen es hablar de sus desgracias personales.
—Estoy casi segura de que no te matará —dijo Jenny—. Te prometo que no tienes que decir nada si no quieres, pero de verdad te recomiendo que vayas, al menos una vez. Tan sólo inténtalo.
Crystal farfulló algo para sus adentros deseando dejar el tema de una vez, pero sin parecer que había sido derrotada.—Dejemos el tema por ahora. ¿Te apetece hablar de tu diario?
—En realidad no, pero me da que lo que yo quiera no importa, ¿no? —dijo Crystal, arrellanándose en el puff hasta encontrar una posición cómoda.
—Esa es la actitud que a mí me gusta —respondió Jenny sarcásticamente—. A ver, el jueves te extendiste de lo lindo con tu décimo cumpleaños. ¿Por qué no empezamos por ahí?
***
Al volver a casa, Crystal se encontró a Laura en la cocina, rodeada de olores que le hicieron la boca agua.
—Hola. Eso huele genial —afirmó al tiempo que colgaba sus llaves en el ganchito adecuado. No hacía mucho que habían tenido otra charla acerca del uso apropiado que debe darse a la mesita de un recibidor. A continuación, entró en la cocina balanceando su bolsa con una mano.
—Dame otros cinco minutos y estará todo listo —respondió Laura cerrando la puerta del horno—. He pensado que el pan de ajo sería más apropiado que las galletas.
—Por mí no hay problema. —Crystal puso su bolsa encima del mostrador y rebuscó dentro, sacando una botella de cerveza—. Chica, menudo día. Me llevó horas descubrir dónde estaban los cargadores de los taladros inalámbricos y he tenido una sesión infernal con Jenny hace un rato.
—¿Cómo te ha ido? —Laura alargó la mano para tirar la chapa de la botella y señaló la mesa de la cocina—. Vamos a sentarnos mientras esperamos.
—Ha sido brutal —afirmó Crystal con un suspiro, acomodándose en la silla acolchada—. Quiere que me una a un grupo de mujeres que van, se sientan y hablan sobre lo que les ha pasado en la vida.
—Bueno, si ella piensa que podría ayudarte…
—¿Cómo va a ayudarme eso? Con escucharlas sólo conseguiré acordarme de lo mío y, ¿qué tiene eso de bueno? —Negando con la cabeza, Crystal se llevó la botella a los labios—. Estoy intentando olvidar lo que me pasó, no revivirlo —dijo antes de echar tres o cuatro tragos—. Y eso no es lo peor. No dejó de hablar de algunas cosas que escribí en mi diario—. Al levantar la vista, advirtió la mirada paciente de Laura—. A veces, cuando escribo, se me olvida que alguien va a leerlo. Puse un montón de cosas acerca de cómo me sentía cuando era una cría y quiso repasarlo a conciencia.
—Quiso que tú lo repasaras a conciencia, querrás decir —afirmó Laura. Crystal asintió, sorprendiéndose cuando su compañera de piso le agarró la mano que tenía sobre la mesa—. No bromea cuando dice que hablar sobre ello te ayudará a sentirte mejor.
Crystal siguió con los ojos clavados en la mano que cubría la suya.
—Tal vez, pero no es algo con lo que me sienta cómoda, ¿sabes? —En ese momento, apartó la mano y rodeó el cuello de su botella con los dedos—. En un momento dado, casi me ha hecho llorar. Incluso agarré una de esas pelotas de esponja y la tiré contra la pared, ¿te lo puedes creer? —Meneando la cabeza una vez más, Crystal tomó otro trago—. La próxima vez me pondrá a darle puñetazos a un saco de boxeo y querrá hablar con “la niña que hay dentro de mí" o alguna estupidez semejante.
Laura se levantó y se inclinó hasta que sus labios casi rozaron la oreja de Crystal.
—Si algo ayuda, no es una estupidez —dijo—. Voy a echarle un vistazo al pollo.
La escritora dio media vuelta y fue hasta el horno, dejando a Crystal a solas con sus pensamientos.
Si algo ayuda, no es una estupidez, ¿eh? Bonito, Laura, muy bonito. ¿Sabes que a veces hablas como ella? Crystal miró a la mujer que le daba la espalda. A veces, y otras eres simplemente como una vieja amiga a la que puedo contar cualquier cosa con confianza. Crystal estaba tan perdida en su interior que ni siquiera escuchó el primer timbrazo del teléfono.
—¿Puedes cogerlo? —dijo Laura—. Yo estoy con el pan tostado.
—Claro. —A pesar de que nunca había usado el teléfono, sólo le llevó un segundo localizar de dónde venía el sonido y contestar—. ¿Hola?
—¿Laur?
—Em… no… soy su compañera de piso. —Crystal apenas era capaz de oír la voz masculina entre todo el ruido de fondo—. ¿Quién es?
—¿Está ahí? Soy su hermano Bobby. Necesito hablar con ella en seguida. —En ese momento, Crystal se dio cuenta de que el ruido de fondo era el del sistema de intercomunicación de un hospital.
—Sí, espera un segundo —exclamó cerca del auricular—. Laura, creo que es tu hermano. Será mejor que te pongas.
Laura depositó el pan tostado en la rejilla para que se enfriara y se limpió las manos con un trapo de cocina.
—¿Es Bobby?
—Creo que sí. —Al entregarle el teléfono, Crystal se vio invadida por una sensación de temor. Lo único que podía hacer era contemplar con impotencia cómo Laura contestaba la llamada.
—¿Sí? ¿Bobby? Habla más alto, no te oigo bien. ¿Dónde estás? —La súbita palidez del rostro de Laura confirmó las sospechas de Crystal—. ¿Qué ha pasado? ¿Qué? Espera, no te oigo. —Tan sólo hubo una pausa momentánea—. Bobby, quédate ahí. Yo voy de camino. No, no llames a la familia. Yo lo haré si es necesario. Sí, tú quédate donde estás. Ya voy.
Laura dejó el teléfono sobre la mesa y se agarró con ambas manos al borde del mostrador.
—¿Es tu madre? —preguntó Crystal.
Laura asintió, haciendo grandes esfuerzos por mantener la compostura.
—Yo em… ella… mi hermano no está seguro de lo que ha pasado. —Acto seguido, sacudió la cabeza—. Tengo que irme.
—¿Quieres que te lleve? —se ofreció Crystal colocando el auricular del teléfono en su lugar—. No creo que debas conducir estando así.
—Están en el Centro Médico.
—Cerca de la circunvalación. Ya sé dónde es. —Crystal echó un vistazo al horno para asegurarse de que estaba apagado—. Cogeré las llaves.
—Espera. —Laura se enderezó y agarró sus propias llaves del gancho—. Vamos en el Jeep.
—Buena idea, al menos ése es legal —dijo Crystal quitándole las llaves a Laura de las manos. Joder, su madre está enferma. ¿Qué se supone que debo hacer? Rodeando con vacilación la espalda de Laura con su brazo, le dio un leve apretón de ánimo—. Todo irá bien, Laura.
Para su sorpresa, se vio de repente enterrada en un firme abrazo, con los brazos de Laura rodeando su cuerpo.
—No sé qué hacer. —Las palabras de la angustiada mujer surgieron apenas como un susurro—. Cuando papá… mamá se ocupó de todo.
—Shhh… Vayamos allí y a ver qué está pasando, ¿vale? —Crystal guió a Laura hacia la puerta. Llamaré a Jenny desde el hospital. Ella sabrá qué hacer. Yo no soy buena en esto de consolar a la gente. Pero Jenny no estaba allí en aquel momento. Sólo ella y Laura. No puedo dejar que pase por esto ella sola. Sin saber bien qué decir, Crystal permaneció en silencio hasta que llegaron al Jeep. Una vez que Laura ocupó el asiento del copiloto, Crystal se puso al volante—. Bueno, esto va a ser interesante. Nunca había conducido un coche como este.
—¿Crystal?
—¿Sí?
—No me importa si corres esta vez —afirmó Laura en voz baja.
—Te llevaré allí lo más deprisa que pueda —le prometió Crystal, haciendo girar la llave y sonriendo cuando el motor rugió lleno de vida. Debe estar bien eso de no preocuparse de si el maldito cacharro querrá arrancar cada vez que te subes, pensó para sí mientras sacaba el Jeep del aparcamiento y tomaba rumbo hacia el Centro Médico.
A Crystal le llevó unos minutos maniobrar entre el tráfico para alcanzar la rampa de entrada a la carretera de circunvalación.
—Si vamos por aquí, nos ahorraremos al menos diez minutos por el tráfico —anunció, esperando una respuesta de Laura que nunca llegó. Bueno, supongo que puedo ir por la autopista, ya que no hay objeciones. A medida que hacían la curva de la carretera, Crystal pisó con más fuerza el acelerador, extrañándose de la velocidad que aquel modelo antiguo era capaz de alcanzar—. ¿Quieres que ponga la radio? —Apartó la vista de la carretera a tiempo de ver el gesto negativo de Laura—. ¿Quieres hablar?
—¿Sobre qué?
—Cualquier cosa —dijo Crystal encogiéndose de hombros—. No importa. El tema que te apetezca.
—Ahora mismo sólo puedo pensar en mi madre.
—Genial. Cuéntame una historia sobre tu madre y tú. —Crystal echó un vistazo al retrovisor lateral antes de invadir el carril izquierdo y adelantar a una caravana—. La que sea.
—Me acuerdo de cuando me caí de la bici y me rompí un brazo. Llegué a casa y mamá, sólo con echarme un vistazo, supo que algo iba mal. No tuve que decir ni una palabra. —Laura sorbió por la nariz y se sacó un pañuelo del bolsillo—. Siempre sabía cuándo uno de nosotros se había hecho daño.
—¿En serio? —Eso es, Laura. Sigue hablando. No pienses sobre lo que vas a encontrarte en ese hospital. Crystal sólo escuchaba a medias, dirigiendo la mayor parte de su atención al tráfico que las rodeaba. Iba por lo menos a 30 kilómetros por hora sobre el límite de velocidad, pero su salida estaba aún muy lejos. Rezando en silencio para que los polis estuvieran más interesados en los donuts que en los infractores, Crystal asumió el riesgo y aplastó el pedal con más fuerza.
Por suerte para todos, los policías no advirtieron el Jeep. Crystal se las arregló incluso para encontrar un hueco cerca de la entrada de emergencias del hospital. Apenas había apagado el motor cuando Laura saltó del vehículo y corrió hacia la puerta.
—¡Eh, espérame! —gritó Crystal, liberándose del cinturón de seguridad y echando a correr detrás de Laura.
Bobby Taylor, de dieciocho años de edad, estaba sentado en una de las sillas naranjas de la sala de espera, contemplando el suelo con aire taciturno. Llevaba el cabello rubio alborotado y, cuando levantó la vista y vio a su hermana, Crystal advirtió que tenía los ojos enrojecidos. Mierda, eso no es buena señal, pensó para sí, apartándose cuando los hermanos se fundieron en un abrazo.
—¿Qué ha pasado? —dijo Laura, sin soltar para nada al chico—. ¿Ha tenido un infarto?
—No lo sé. Los médicos están dentro con ella. No puedo creer que esto esté pasando —dijo—. Hemos desayunado juntos y todo parecía ir bien. Bueno, estaba un poco cansada, pero nada fuera de lo normal. —Bobby volvió a sentarse. Laura, por su parte, se acomodó junto a él e indicó a Crystal que ocupara el asiento libre junto a ella.
—¿Te pidió ella que la trajeras aquí?
Bobby negó con la cabeza.
—No. Pensé llevarla a Saint Thomas, pero el tipo de la ambulancia dijo que el Centro Médico estaba más cerca. Me alegro de que estés aquí, hermanita. No sé contestar ni a la mitad de las preguntas de los formularios.
—No te preocupes por eso. Yo me encargo —le aseguró Laura—. Sigue contándome. ¿qué pasó?
—Dijo que estaba cansada y que quería echarse un rato antes de que empezaran las noticias. Fui a despertarla a las seis más o menos y la vi… como desmoronada en la cama. No entendía lo que decía, así que llamé a Emergencias.
—Lo hiciste muy bien —dijo Laura rodeando los hombros del joven con su brazo—. ¿Ha dicho algo el médico?
—Me preguntó que si yo era el único familiar, me hizo firmar unos formularios y volvió a entrar. Le dije que venías de camino.
En ese momento, Crystal vio una oportunidad de ayudar.
—Laura, ¿quieres que le diga al médico que estás aquí?
—Será mejor que vaya yo —respondió la escritora poniéndose en pie—. ¿Puedes quedarte aquí con Bobby?
—Claro —dijo Crystal—. ¿Seguro que quieres hacerlo? ¿Quieres que llame a Jenny?
—No hasta que sepa qué está pasando —dijo Laura—. Volveré enseguida.
Cuando Laura abandonó la habitación, Crystal se levantó.
—Voy a salir un momento.
—Voy contigo —afirmó Bobby—. Ya llevo dos horas metido aquí. Me vendrá bien un poco de aire fresco. —Al levantarse, quedó patente que era como diez centímetros más alto que ella.
—El aire fresco no sé, pero yo voy a fumarme un cigarrillo —dijo.
—¿Te sobra alguno? —preguntó él—. Me he dejado los míos en casa y te juro que ahora mismo me apetece mucho.
—¿Sabe Laura que fumas?
—No. Y mamá tampoco, a no ser que no me lo haya dicho. —Presionó el botón para abrir las puertas corredizas—. Por favor, dime que fumas mentolados.
—Mentolado Light. —Laura rebuscó en su bolsillo y sacó un paquete arrugado. Laura sabe que fumas, lo creas o no, pensó para sí, acordándose de la conversación que había tenido con la escritora el día de la fiesta de graduación de Bobby. Qué demonios. Tiene dieciocho años. Si quiere fumar, esto no se lo va a impedir—. Sírvete —le dijo, alargándole el paquete.
Bobby agarró el cigarrillo y se sacó un mechero del bolsillo.
—Gracias. —Chasqueó el encendedor y esperó a que Crystal encendiese el suyo antes de imitarla—. Oh, eso está mejor —dijo mientras exhalaba—. Estaba a punto de volverme loco ahí dentro yo solo.
—Me lo imagino. Hace un par de años unas amigas y yo íbamos de bares y el tío que conducía tuvo un accidente. Estuvimos en el hospital como seis horas. —Aquella había sido la única experiencia adulta de Crystal con los hospitales, y en su mayor parte la recordaba tras una nube de alcohol—. Sólo se rompió una muñeca.
—Debí haber traído el bolso de mamá —dijo mientras se dirigía hacia el muro decorativo que delineaba el jardín del hospital. Crystal le siguió y se sentó a pocos centímetros de él.
—En momentos como ese, uno no se acuerda de esas cosas.
—En cualquier caso, debí hacerlo. —Bobby se quedó con la mirada perdida hacia el aparcamiento—. Cuando llegué, querían su tarjeta del seguro y también saber si era alérgica a algo. Yo no sé nada de eso. —Dio una calada larga, encendiendo el extremo de su cigarrillo de un naranja brillante—. Soy el hombre de la familia y no tengo ni idea de qué hacer.
—¿Ya había ocurrido algo así antes?
Bobby negó con la cabeza. Las lámparas de sodio apenas dejaban entrever su perfil.
—Cuando papá tuvo el infarto no había nadie en casa. Laura estaba en la Universidad y yo en la escuela. Mamá nos dijo que ella llegó de la compra y se lo encontró en la silla. —Bobby siguió con la mirada fija en la nada—. Laura ya estaba en camino para cuando yo me enteré de lo que pasaba. Entre las dos se ocuparon de todo.
—En esa época tú eras muy joven, ¿no? —le preguntó la chica.
—Tenía once años. Pero estaba tan cabreado que me pasé la mayor parte del tiempo llorando. —Lanzó el cigarrillo a medio consumir describiendo una parábola hacia la oscuridad—. Supongo que me hice a la idea de que ellas dos siempre estarían ahí para hacerse cargo de todo. Mírame. Mi madre se está muriendo y yo tengo que pedir ayuda a mi hermana por teléfono.
—Tú no sabes si se está muriendo —dijo Crystal, aunque por lo poco que sabía, el chico no iba desencaminado—. Y sí te ocupaste de tu madre. Fuiste tú quien llamó a la ambulancia. —Escuchó un sollozo ahogado e instintivamente se acercó un poco más a Bobby—. ¿Y si no hubieras estado allí? —Lo único que Crystal recibió como respuesta fue otro sollozo—. Yo sé lo que es tener una hermana mayor.
—¿Ah, sí?
—Sí. —Crystal arrojó su cigarrillo al suelo y contempló cómo se quemaba lentamente—. Solía depender siempre de ella en todo, pero un día se marchó y tuve que cuidar de mí misma. Sé lo que se siente. —¿Por qué le estoy contando todo esto? Al echar un vistazo al muchacho, Crystal obtuvo su respuesta. Porque sé cómo se siente en este momento y es el hermano de Laura. Cuando ella se había sentido sola y asustada, no había nadie para echarle una mano—. Te comprendo —dijo en voz baja—. ¿Quieres otro?
—Ahora no, gracias —contestó alejándose del muro. Crystal hizo lo mismo y comenzó a caminar con él de vuelta al hospital. Tanteando su bolsillo, calculó mentalmente cuántos cigarrillos le quedaban. Como medio paquete. Tomó la determinación de que seguramente él no fumaba mucho más que ella, sacó cuatro cigarrillos y se los alargó—. Toma. Por si te apetece uno más tarde. —Sonrió al ver que él no despreciaba la oferta—. Pero no le digas a tu hermana que te los he dado yo —añadió.
—Ni de coña —dijo, metiéndose los cigarrillos en el bolsillo de la camisa—. Gracias.
Crystal asintió y fue tras él recorriendo el pasillo de entrada. Al girar en la esquina, vio que Laura estaba en el recibidor hablando con un hombre que, asumió, era el médico. Cuando Bobby les vio, recorrió el resto del camino a la carrera para alcanzarles. Será mejor que espere aquí, pensó la chica para sí, deteniéndose junto a la puerta de la sala que habían ocupado antes. Estaba a punto de entrar cuando vio que Laura y Bobby iban hacia ella. Espero que tengan buenas noticias.
—¿Cómo está?
—La van a ingresar —dijo Laura—. Vamos a hablar aquí dentro.
Los tres se sentaron en una de las esquinas de la sala de espera, colocando sus sillas en forma de triángulo. En cuanto se sentó, Crystal pudo advertir cómo se producía un cambio en Laura. La mujer de pelo oscuro se sentó muy erguida y su rostro no dejaba entrever emoción alguna. Cuando habló, lo hizo con un tono perfectamente controlado.
—Van a llamar a un cardiólogo.
—¿Ha tenido un infarto? —preguntó Bobby, inclinándose hacia delante.
—No —contestó su hermana—. El doctor Stevens dice que ha sido un edema pulmonar. Estaba llena de líquido. La tienen en Vigilancia Intensiva y me ha dicho que deberá quedarse unos días. —Laura echó un vistazo a su alrededor y después miró a Bobby—. ¿Has traído el bolso de mamá?
—No —dijo él—. No se me ocurrió. El único número que me sé de memoria es el tuyo.
Laura se levantó y fue hasta la mesita cubierta de revistas.
—Tenemos que llamar a la tía Elaine y al médico de mamá. Seguro que tiene su nombre y su número en la agenda. —A medida que hablaba, las manos de Laura iban acomodando perfectamente la montaña de revistas—. Necesito sus papeles. Están en el cajón de arriba del mueble del estudio. Ahí es donde guarda mamá todo lo del seguro y la documentación importante.
—Iré a buscarlos —dijo Bobby—. ¿Me puedo llevar tu coche? He venido en la ambulancia con mamá.
—¿Estás seguro de que serás capaz? —preguntó Crystal, atreviéndose a hablar por primera vez en un buen rato—. Puedo llevarte yo, si te es más cómodo.
Laura cesó sus movimientos compulsivos un momento y les miró a los dos.
—Buena idea. Bobby, así podrás traer el coche de mamá y Crystal te seguirá con el mío. Te haré una lista de las cosas que tienes que traer. —Volvió a echar un vistazo a su alrededor—. Necesito papel… Crystal, hay una agenda en mi guantera. ¿Te importa traérmela, por favor?
—Claro. —Con tal de resultar útil… Crystal se levantó y palpó su bolsillo para asegurarse de que las llaves seguían allí—. En seguida vuelvo.
Salir a la calle permitió a Crystal el tan necesitado tiempo que requería para pensar. A pesar de que no sabía gran cosa sobre lo que le pasaba a la madre de Laura, suponía que era algo serio y que los siguientes días serían una auténtica locura. Seguramente querrá llamar a Jenny para que esté con ella. Es mucho mejor que yo para estas cosas. Cuando llegó al coche, Crystal abrió los seguros y encontró rápidamente la agenda. Será mejor que me asegure de que tiene un boli, por si necesita escribir algo. Abrió el broche y abrió la agenda, para descubrir que allí había tanto un lápiz como un bolígrafo, cada uno en su compartimiento. Debí haberlo supuesto, tratándose de ella. Cuando iba a cerrar la guantera, descubrió un rollo de monedas pequeñas. Podría necesitarlas para el teléfono o para sacar café de la máquina. Tras meterse el rollo en el bolsillo, Crystal cerró el coche y emprendió el camino de regreso al hospital.
Al llegar, encontró a Laura y Bobby en la sala de espera. Con un vistazo rápido, vio que todas las revistas de la sala estaban en pilas perfectamente distribuidas y colocadas en varias de las mesas.
—Ya la tengo —dijo, mostrando la agenda—. También te he traído unas monedas que tenías ahí por si las necesitas.
—Buena idea —convino Laura alcanzando la agenda y el cambio. La escritora abrió el cuadernillo inmediatamente y empezó a pasar páginas—. Tengo que llamar a la hermana de mamá y contarle lo que ha pasado. También debería ir a cancelar la entrega del periódico mientras ella esté aquí. —Se detuvo un momento para frotarse los ojos—. Hay mucho que hacer. Alguien debe encargarse de Bobby y de la casa.
—Yo puedo cuidarme solo —protestó el adolescente—. Puedo recoger el periódico por las mañanas y también el correo.
—Déjale ayudar —imploró Crystal en voz baja—. Tú ya tienes bastantes cosas que hacer.
—No, él no debería hacerlo. Yo puedo encargarme de todo —dijo Laura, encontrando la página que andaba buscando—. Será mejor que empiece a hacer llamadas.
—Le llevaré a casa y volveremos lo antes posible, ¿de acuerdo? —preguntó Crystal. ¿O quieres que nos quedemos hasta que llegue Jenny?
—No, iros ya. Yo estaré bien.
A pesar de la confianza que mostraba la voz de Laura, Crystal no le daba plena credibilidad. Pensó insistir por un momento, pero al final asintió con la cabeza.
—Como quieras. No tardaremos mucho.
El trío caminó hasta el recibidor, deteniéndose en el momento en que Laura alcanzaba el teléfono de monedas. Sin estar muy segura del por qué, Crystal alargó la mano y dio un leve apretón al hombro de Laura. A continuación de acercó a ella y susurró al oído de la escritora.
—No tardaremos.
Entonces, sintió una mano aferrando la suya.
—Gracias —dijo Laura—. Muchas gracias.
—No me las des. Para eso están los amigos, ¿no? —preguntó Crystal, apretándole el hombro una última vez antes de dirigirle un gesto a Bobby—. ¿Estás listo?
—Sí. Oh, espera. —Se tanteó los bolsillos y frunció el ceño—. Con las prisas se me olvidó coger las llaves.
—La del anillo verde es la de la entrada —dijo Laura—. Nunca devolví mi llave cuando salí de la escuela. —La mujer de cabello oscuro se giró y empezó a echar monedas en el teléfono—. Que no se os olviden los papeles del cajón.
—Tranquila —dijo Crystal, dándose media vuelta y echando a andar por el pasillo detrás de Bobby.
***
El paseo hasta el aparcamiento fue silencioso, excepto en el momento en que Crystal indicó dónde estaba el Jeep. Una vez dentro y con el motor en marcha, sacó un cigarrillo y lo encendió.
—Parece que el otoño ha llegado pronto este año, ¿eh?
—Así es —contestó Bobby—. Será mejor que saque mi chaqueta de deportes lo antes posible.
—¿En qué deporte te la dieron? —preguntó, sin perder de vista el tráfico, mientras salían del aparcamiento—. ¿Por dónde voy?
—A la izquierda. Fue en atletismo, igual que Laura.
Crystal fue hacia donde él le había indicado y pronto se encontraron rodeados de coches.
—No sabía que le gustaban los deportes.
—La verdad es que no creo que le importara mucho entrar en el equipo universitario. Es una de esas cosas que hizo porque sus amigas también lo hacían.
—¿Y tú también lo hiciste por eso?
—Pues… no soy un genio como Laura. Ella sacaba sobresalientes todo el tiempo. Yo me conformaba con que me dieran una beca de atletismo. Pasé sin pena ni gloria. ¿Y tú?
Al ver las gotas que empezaban a formarse en el cristal, Crystal puso en marcha los limpiaparabrisas.
—Em… yo no terminé el instituto.
—Oh —dijo él—. No lo sabía. Un coñazo mayúsculo, ¿no?
—Algo así —contestó ella antes de darle una buena calada a su cigarrillo—. Nunca fue del tipo de gente que sigue las reglas.
Bobby soltó una risotada.
—Tiene gracia que te lleves tan bien con mi hermana.
—Ya… —Crystal no estaba segura de cuánto sabía el chico sobre la vida de su hermana—. Sólo somos compañeras de piso.
—¿Sabes? Así es como mamá solía llamarlas cuando yo era pequeño. Como si no fuera capaz de entender que mi hermana es gay. —Bobby rió de nuevo—. Me quería hacer creer que tan sólo vivían juntas y que la traía a casa cada vez que venía. Fue más o menos cuando tenía quince años… las vi pelearse y les dije que se besaran e hicieran las paces. Parecía que Laura se había tragado un chile y Jenny simplemente se empezó a reír a carcajadas de ella. —Suspiró y apoyó la cabeza contra la ventanilla—. A veces creo que Laura todavía me ve como a un crío.
En ese momento, rebuscó en su bolsillo y sacó uno de los cigarrillos que Crystal le había dado antes. Ella, por su parte, empezó a plantearse la idea de corregirle una vez más acerca de la naturaleza de su relación con Laura, pero decidió que, por el momento, no tenía mayor importancia.
—¿Tengo que girar en algún sitio?
—Pasa otras tres farolas y a la derecha. —Dirigiéndose a un lado de la carretera, Crystal siguió las indicaciones, girando y girando hasta que Bobby señaló una de las casas en lo más alto de la colina—. Esa es. Puedes aparcar en el camino de acceso, pero no tapes el garaje. Mi coche necesita un embrague nuevo, pero el de mamá va bien.
Tras entregarle las llaves a Bobby, Crystal le siguió al interior de la vieja casona. Se detuvo justo en la entrada, echando un vistazo a la multitud de fotografías enmarcadas que cubrían las paredes. En lo que supuso era un retrato de la escuela, contempló a una Joven Laura con coletas y tirantes sonriéndole. Pasó de una foto a otra, viendo, conforme pasaban los años, cómo Laura se transformaba de una jovencita marimacho a una auténtica belleza de instituto, para terminar como graduada universitaria. En la pared opuesta, Crystal descubrió un espacio similar para las fotos de Bobby, quien en ese momento estaba abriendo un par de puertas correderas.
—Éste es el estudio —dijo—. El cajón del escritorio está abierto. Yo voy a por el bolso y las llaves de mamá.
—Vale. Yo cojo los papeles.
Crystal le vio subir las escaleras antes de entrar en el estudio y ponerse al frente del escritorio de madera. Tal y como le había dicho, el cajón no estaba cerrado con llave, lleno a rebosar de gruesas carpetas. Sin estar muy segura de cuál era la que necesitaba, Crystal las sacó todas.
Vale, a ver cómo me llevo todo esto, pensó para sí. Una rápida mirada en derredor le hizo descubrir una cartera desgastada cerca del escritorio. Tras varios intentos, consiguió acomodar dentro las carpetas. Listo. Al menos sé que tengo la que necesitan. Tras escuchar que Bobby seguía ocupado en el piso de arriba, Crystal se tomó un minuto para inspeccionar la habitación. Un armario iluminado en la esquina dejaba ver una gran variedad de orlas y trofeos. Al mirar con más detenimiento, se dio cuenta de que la mayoría eran del padre de Laura, pero uno de los estantes soportaba una hilera de trofeos perfectamente organizados que proclamaban a Laura Taylor como campeona de un torneo tras otro.
Me pregunto si mi madre guardó alguna de las cosas que hicimos en la escuela. En la pared contigua al armario de trofeos, todos los diplomas del periodo de instituto y de la universidad de Laura lucían orgullosamente en sus marcos ornamentados. A su alrededor, estaban otros premios que Laura había ganado a medida que crecía. Crystal se inclinó hacia delante y rozó con los dedos el marco del título del instituto. Mira lo orgullosos que están de ti, Laura. Aunque ya no vives aquí, siguen teniendo todas estas cosas a la vista. Seguro que tienen un papel con el contorno de tu mano por ahí en alguna caja. Allí sola en el estudio, Crystal juró que podía sentir el amor del matrimonio Taylor por sus hijos. Sois muy afortunados, pensó la rubia. En ese momento, oyó que Bobby bajaba las escaleras, así que agarró el maletín y apagó la lámpara.
—¿Los has encontrado? —le preguntó el muchacho al llegar al último peldaño.
—Creo que sí. Sencillamente he cogido todas las carpetas del cajón de arriba.
Crystal le mostró el maletín.
—Bien pensado. Creo que ese era el maletín de papá.
—Oh, no lo sabía —se disculpó Crystal.
—Tranquila. No es como que lo usemos demasiado —dijo él—. Había pensado llevármelo a la universidad y mamá no me compraba uno nuevo. Tráetelo. Tal vez a Laura le guste ver algo de mi padre.
Cuando llegaron de nuevo al hospital, Laura estaba sentada en la sala de espera inclinada sobre la agenda.
—Ya estamos aquí —dijo Bobby para anunciar su llegada. Acto seguido, fue hasta una de las sillas y se dejó caer sobre ella, emocionalmente exhausto por los acontecimientos del día.
—Bien.
Laura levantó la vista, sorprendida al ver el maletín en la mano de su compañera de piso.
—No sabía qué carpeta querías, así que he traído todas las que encontré —le explicó Crystal alargándole su carga. Laura dejó el maletín sobre la mesa y lo abrió.
—Podrías haberlas mirado para ver qué tenían —dijo la escritora mientras empezaba a hacer eso mismo—. Esta tiene toda mi documentación importante y apuesto a que ésta es la de Bobby. —Un rápido vistazo confirmó su sospecha.
—Ya, bueno… supuse que sería mejor que lo hicieras tú —dijo Crystal al tiempo que se acercaba una silla. No me corresponde a mí cotillear el las pertenencias personales de tu familia. Laura abrió una de las carpetas más grandes y hojeó lo que contenía—. ¿Quieres un chocolate caliente o un café de la máquina? —le preguntó, más que nada por sentirse útil mientras esperaban.
—No, ahora no, pero gracias —dijo Laura sin levantar la vista de lo que estaba haciendo.
—¿Has podido ver a tu madre?
—Sólo un momento. Está descansando. —Laura se detuvo y miró a Crystal—. Ahora sé por qué Bobby estaba tan preocupado. Parece haber engordado casi 10 kilos. El médico me ha dicho que es por el líquido que recorre su organismo.
—Pero podrán solucionarlo, ¿no?
—Creen que sí. Dijo que depende de cómo responda a la medicación que le están dando. —Laura intentaba hablar con confianza, pero había algo en su voz que hizo pensar a Crystal que su compañera de piso ocultaba algo.
—¿Has llamado ya a Jenny?
Laura negó con la cabeza.
—He llamado a los familiares, pero les he pedido que no vengan hasta saber algo más. Supuse que llamaría a Jen sólo si las cosas empeoraban. Vas a quedarte conmigo un poco más, ¿verdad?
Crystal asintió, complacida secretamente de que Laura la quisiese allí.
—Me quedaré todo el tiempo que quieras.
Se sorprendió al sentir la mano de la escritora tocándole la rodilla.




Última edición por Ayelen el Junio 17th 2013, 4:27 pm, editado 2 veces
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Re: El corazón de cristal, B. L. Miller

Mensaje  malena el Junio 15th 2013, 12:49 am

—Gracias —dijo Laura—. Me alegro de que estés aquí. —Acto seguido, devolvió su atención a los papeles y lanzó un sonoro suspiro—. Será mejor que siga con esto. Por suerte, mamá lo tenía todo organizado. Estos de aquí son los documentos del seguro. Los de la bolsa son todo lo del abogado y la casa.
Apartó varias hojas y las dejó a un lado.
—Oye, ¿por qué no te relajas unos minutos? —propuso Crystal.
Laura negó con la cabeza.
—No puedo. Tengo que encargarme de todo. —Echó un vistazo a su hermano por encima del hombro—. No puedo pedirle a él que lo haga.
—Ya no es un niño, ¿sabes? —le recordó la joven—. En unas semanas entrará a la Universidad.
—Así es —afirmó Laura—. ¿Cómo me las voy a arreglar? Alguien tiene que quedarse con ella ahora. —Comenzó nuevamente a mirar los papeles—. ¿El seguro cubre la asistencia a domicilio?
En ese momento, Crystal se sintió extrañamente fuera de lugar. Los hospitales eran sitios que uno visita muy de vez en cuando, y lidiar con la posible pérdida de un familiar no era algo de lo que tuviera que preocuparse. Por un instante, dejó vagar su mente, preguntándose si sus padres seguirían con vida. Esa idea derivó de forma natural en su hermana mayor y Crystal se perdió en otra época hasta que Laura llamó su atención.
—Perdona, ¿qué decías?
—Te preguntaba si no te importaría traernos algo de la máquina. Creo que me vendría bien algo fuerte en este momento.
—¿Chocolate caliente o café?
—Mmmm… cafeína y azúcar o chocolate con cafeína y azúcar. Mejor el chocolate.
—Vale —dijo Crystal, incorporándose—. Bobby, ¿quieres algo?
—Café con leche y azúcar, por favor —respondió él.
—Enseguida vuelvo —susurró a Laura, recogiendo el puñado de monedas que ella le alargaba. Será mejor que yo también me tome un café. Me da que nos espera una noche muy larga.
***
Crystal no se equivocaba en su apreciación de la noche que tenían por delante. Ya eran más de las dos, y laura no mostraba signos de querer abandonar el hospital. En varias ocasiones, los hermanos Taylor entraron a ver a su madre mientras ella se quedaba vigilando sus pertenencias en la sala de espera. En aquel momento, Bobby estaba profundamente dormido, tumbado sobre varias sillas, y Laura seguía inspeccionando la documentación familiar.
—A lo mejor deberías dormir un poco —dijo Crystal al ver a su compañera de piso ahogar otro bostezo.
—No. Quiero estar aquí por si mamá se despierta.
—Han dicho que seguramente eso no ocurrirá hasta mañana.
—Ya se han equivocado antes. No quiero que se despierte ahí sola —contestó Laura con severidad.
—Por lo menos date un respiro con todo eso de los papeles. —Alargó una taza de humeante de chocolate a Laura—. La última se te quedó fría antes de que dieras un sorbo. Recuéstate un minuto y bébete esto. Visto que la sutilidad no estaba dando resultados, Crystal levantó la taza y la puso en la mano de su compañera—. Bebe.
—Yo no…
—Bebe —repitió Crystal con voz firme. Su persistencia dio fruto y Laura agarró por fin el vaso, vaciando la mitad del contenido de un solo trago y dejándola sobre la mesa.
—¿Contenta?
—Sí. —Y en realidad, Crystal estaba contenta de que Laura le hiciese caso. No era el rol que la rubia jugaba normalmente y esperaba ser capaz de apoyar a su amiga Laura en todo lo necesario. Tras echar un vistazo al adolescente que descansaba al otro lado de la sala, Crystal recordó la charla que habían tenido en el coche—. Laura, Bobby puede hacerse cargo de las cosas de la casa de tu madre mientras ella esté aquí.
—Yo me encargo de eso —afirmó la mujer de pelo oscuro sin levantar la vista de la pila de papeles—. Él ya tiene bastante con prepararse para la Universidad.
—¿Qué le falta por hacer? Ya se ha graduado del instituto y le han aceptado donde quiera que vaya a ir.
—En Union. Le han aceptado en Union.
—Pues en Union. Así que, ¿de qué más tiene que ocuparse? ¿De meter en la maleta las cosas que necesita llevarse a la residencia? Eso no le impedirá recoger el periódico y el correo por las mañanas. Estoy segura de que, de hecho, ya lo hacía con tu madre en casa. Ya no es un crío.
—No le corresponde ocuparse de esas cosas. —Laura cogió el bolígrafo y garabateó una nota en su agenda—. Lo tengo todo controlado.
—Como quieras. —Tras dejar escapar un suspiro, Crystal se dio por vencida y se recostó en la silla. Eres demasiado cabezota para mí.
—¿Dónde está…? —Laura rebuscó entre los papeles—. No la encuentro.
—¿Qué no encuentras?
—La otra póliza de mamá. Debe tener un seguro adicional que cubra los servicios que no entran en los del Ejército. No la encuentro, pero tiene que estar por aquí.
—¿Estás segura de que la tiene?
—Pues claro. Cuando papá se jubiló, las contrató él mismo. A lo mejor están en la carpeta de su documentación. —Laura abrió el maletín y sacó la carpeta grande de color Manila—. Por eso Bobby no puede hacerse cargo de estas cosas. Él jamás habría pensado en los seguros adicionales.
—A mí tampoco se me habría ocurrido, la verdad —admitió Crystal.
—Ya, bueno, yo debí haber caído en la cuenta antes, pero… ah, aquí está. En la carpeta de papá. —Laura meneó la cabeza—. No puedo creer que a mamá no se le ocurriera ponerla en la suya.
Yo no puedo creer que alguien tenga una carpeta, pensó Crystal. No pudo ocultar su sorpresa cuando Laura dejó el bolígrafo sobre la mesa y se recostó en la silla, ya que esperaba que su compañera de piso pasara toda la noche enterrada bajo aquella montaña de documentos.
—Bueno, ya está. Sólo tengo que llevar los números de la póliza a la oficina de pagos y mamá podrá estar tranquila hasta que esto acabe.
—¿Quieres entrar a verla otra vez? Si quieres, yo me quedo a vigilar tus cosas.
Laura no pudo contener a tiempo un bostezo.
—Oh, perdona. ¿Qué hora es?
—Casi las dos y media.
—Por suerte, mañana empieza el fin de semana. Me sentiría tremendamente culpable si tuvieras que levantarte mañana temprano y trabajar todo el día con Michael.
—Lo haría, en caso necesario —dijo Crystal—. Ve, anda. Si se despierte tu hermano, le diré dónde estás.
Laura le dirigió una sonrisa de agradecimiento.
—Gracias. No tardaré mucho.
—Tarda todo lo que quieras.
Crystal vio a su compañera de piso abandonar la sala de espera y recorrer el pasillo antes de subir los pies a la mesa y buscar una posición lo más cómoda posible en su silla de plástico.
Otro motivo por el que detesto las salas de espera. Estas sillas son una mierda. Crystal bostezó y se frotó los ojos. Podría quedarme dormida en este mismo momento. No puedo creer lo cansada que estoy. Sólo voy a cerrar los ojos un momento mientras ella no está. Minutos después, estaba profundamente dormida.
Crystal se despertó de golpe al sentir que alguien le tocaba el hombro.
—¿Crystal? Crystal, despierta.
—¿Qué? —Incorporándose, la joven rubia se frotó los ojos y se tomó unos segundos para recordar dónde estaba—. Oh, Laura, lo siento. Me he quedado frita.
—Ya lo suponía. He tardado casi una hora en volver.
Crystal apartó las piernas para que Laura pudiera ocupar su asiento.
—¿Qué tal está? —preguntó, intentando todavía despertarse completamente.
—Se ha despertado un poco. —Laura dirigió una mirada a su hermano, quien aún estaba dormido—. Parece tan débil… y no podía dejar de toser. El médico ha dicho que es buena señal.
—¿Qué? ¿Qué se le vayan a salir los pulmones por la boca?
—De hecho, sí. Me ha dicho que eso quiere decir que la medicina que le han dado está haciendo efecto. El líquido está saliendo de los pulmones y por eso tose.
—Y eso es bueno, ¿no?
—Eso dicen. —Laura suspiró y negó con la cabeza—. Mi mamá me ha dicho que se siente demasiado mal como para soportar las pruebas y las preguntas de los médicos. Dentro de un rato la van a llevar a la UCC.
—¿La UCC?
—Es la Unidad de Cuidados Cardiacos. Quieren tenerla allí unos días hasta que expulse el líquido y al parecer va a haber un cardiólogo vigilándola. —Entonces, echó un vistazo a su hermano—. Él era sólo un niño cuando papá murió.
—Ahora ya no es un niño —dijo Crystal—. Es consciente de lo que está pasando.
—Lo sé —convino Laura. Una tosecilla educada les hizo girar la cabeza hacia un hombre alto que llevaba una impoluta bata blanca de laboratorio—. Enseguida vengo. —Laura salió al pasillo y habló un rato con el hombre. Minutos después, volvió a entrar en la sala—. Dicen que lo mejor es que nos vayamos a casa y regresemos mañana. Será mejor que le despierte. Puede dormir en el sofá.
—¿Quieres decir que vas a traértelo a casa?
—Lo más probable es que no quiera estar solo —razonó Laura—. En momentos como éste, la familia deber permanecer unida.
Yo no sé nada de eso de permanecer unidos, pensó Crystal con pesadumbre. Pero supongo que así se comportan las familias normales.
—¿Entonces nos vamos a casa y tú vuelves mañana?
—En cuanto me despierte. No quiero que mamá esté aquí sola mucho tiempo. —Laura se arrellanó en la silla y exhaló lentamente—. No puedo creer que esté pasando esto. —Sus dedos atraparon con rapidez una lágrima que empezaba a recorrer su mejilla—. S… sólo tiene cincuenta y cuatro años.
Crystal se dio cuenta en seguida que el control que Laura había estado manteniendo toda la noche amenazaba con desmoronarse. Sin saber qué otra cosa hacer, abrió los brazos y dejó que la inestable mujer se abrazara a ella.
—Todo saldrá bien —susurró, recorriendo lentamente la espalda de Laura con su mano. Sintió que el cuerpo que sostenía empezaba a temblar a medida que las lágrimas fluían. Oh, no, ahora sí que está llorando de verdad—. Shhh, Laura, venga. Todo va bien. Tu madre se va a curar. Shhh… —Crystal no estaba segura de cuál de las dos empezó a mecerse, pero tampoco hizo nada por detener el tranquilizador movimiento. Empleó su mano derecha para cubrir la cabeza que descansaba sobre su pecho mientras que seguía acariciando la espalda de Laura con la izquierda—. Todo irá bien. —Crystal sabía cómo manejar la ira, pero la tristeza era algo diferente. Y dado que quien estaba triste era una de sus mejores amigas, se sintió todavía más indefensa—. No sé qué más puedo hacer —susurró, dejando descansar su mejilla contra la frente de Laura. Sintió la humedad de las lágrimas traspasar su camiseta y la presión casi dolorosa de las manos de Laura en su espalda. ¿Qué coño puedo decirle? Los minutos pasaron y ella siguió abrazando a su amiga. Al advertir un movimiento por el rabillo del ojo, Crystal alzó la vista cuando Bobby se incorporaba frotándose los ojos. A continuación, miró a su hermana con gesto preocupado—. Tranquilo, ella está bien —informó Crystal al joven para tranquilizarle—. ¿Laura? —susurró—. ¿Laura? Bobby se ha despertado. —Tal y como esperaba, la escritora se apartó de ella y se irguió en la silla, haciendo enormes esfuerzos para recuperar la compostura.
—Lo siento —dijo Laura, rebuscando en uno de sus bolsillos hasta dar con el pañuelo—. Supongo que necesitaba una buena llorera. —Se secó los ojos y miró a su hermano—. Vas a llevar a mamá a la UCC y nos han sugerido que nos vayamos a descansar y volvamos mañana.
Bobby bostezó y se levantó, desperezándose aparatosamente para desentumecer los músculos tras estar tanto rato tumbado sobre las sillas.
—Ahh… pensaba que no me iba a dormir.
—No te preocupes por eso —dijo Crystal—. Yo también me he desconectado un rato. —Echó un rápido vistazo a los cercos de lágrimas que decoraban la parte delantera de su camiseta y miró a Laura—. ¿Nos vamos?
—Sí —dijo Laura, devolviendo la mayoría de los documentos al maletín antes de cerrarlo—. Voy un momento a recepción para darles los datos del seguro de mamá y listo. Bobby, ¿quieres pasar por casa y recoger algo de ropa o prefieres esperar hasta mañana?
—¿Recoger mi ropa? Puedo quedarme en casa mientras mamá está aquí —dijo con firmeza y mirando a Crystal en busca de ayuda.
—Em… Laura, ¿puedo hablar contigo un momento? —Tirandosuavemente del codo de la escritora, Crystal se dirigió al otro extremo de la sala—. Él no quiere quedarse con nosotras —dijo en voz baja—. ¿Por qué no le dejas quedarse solo?
—Es demasiado jo… —Laura se detuvo, contemplando el rastro de barba que cubría parte del rostro de su hermano.
—No es demasiado joven —le recordó Crystal.
Laura suspiró y asintió a regañadientes.
—Vale. —Acto seguido, se volvió hacia Bobby—. Entonces nos vemos mañana. Asegúrate de cerrar con llave todas las puertas y que nadie que no sea de la familia sepa que estás solo en casa.
Bobby inclinó la cabeza y miró a su hermana.
—No tengo doce años, ¿sabes?
—Lo sé. —Laura fue hasta él, le puso las manos sobre los hombros y sonrió con aire pensativo—. Pero por muchos años que cumplas, siempre serás mi hermanito pequeño y me preocuparé por ti, ¿vale? —preguntó, alborotándole el ya de por sí rubio cabello—. Tú ganas. Nos vemos mañana. Conduce con cuidado.
—Siempre lo hago.
—Por eso tienes ya una multa por exceso de velocidad. A mí no me pusieron una hasta que pasé los veinte.
—¿Qué puedo decir, hermanita? —dijo él sonriendo—. Supongo que me he desarrollado antes que tú. —Se sacó las llaves del bolsillo—. Mañana traeré la colcha de mamá.
—Buena idea. Seguro que le alegrará tener algo suyo aquí. —Laura le dio un golpecito en el brazo y miró a su hermano mientras éste abandonaba la sala de espera. Después se giró hacia Crystal y, con un gesto, le indicó que ellas también debían irse ya a casa.
***
La luz del amanecer empezaba a teñir el cielo y a colarse en el dormitorio de Crystal, como desafiando a la joven a despertar. Con un gruñido molesto, se giró en la cama y extendió el brazo hacia el cenicero y los cigarrillos que estaban en su mesita de noche.
Será mejor que lo vaya dejando, pensó con aire apesadumbrado llevándose un cigarrillo a los labios y encendiéndolo. Después de llegar del hospital, Crystal se había pasado casi una hora sentada en el sofá mientras Laura recorría la sala de arriba abajo, limpiando cosas que en realidad no estaban sucias y hablando sin parar sobre su madre. Menos mal que no ha dejado el hábito de la limpieza, porque si no esto sería una leonera. Yo nunca malgastaría mi tiempo en sacarle brillo a las patas de la mesa de café. Con tanta actividad, es imposible que el polvo vaya a posarse en ningún sitio. A pesar de la falta de sueño, Crystal se sentía extrañamente a gusto. La madre de Laura estaba enferma y, a pesar de que la cosa iba en serio, los médicos parecían mostrarse optimistas y capaces de controlar la situación. Tras una larga calada, Crystal contempló la pintura abstracta que decoraba una de sus paredes. Todavía no entiendo qué le ve Laura a esa cosa. El cuadro no mostraba más que unos cuantos brochazos de color brillante que formaban un patrón regular. Hasta un crío de cinco años podría hacerlo. Crystal siguió mirando el cuadro mientras se consumía su cigarrillo, reflexionando sobre lo ocurrido la noche anterior. Comprendió que había tenido que llevar a Laura al hospital, puesto que ella se encontraba demasiado afectada para conducir, pero no comprendía por qué no había llamado a Jenny. Había dado por hecho que Laura telefonearía de inmediato a su ex – amante para que la ayudara. En realidad, yo no he servido de mucho. Sólo estuve… allí. Crystal se encogió de hombros, incapaz de determinar en qué momento había hecho algo útil por Laura. Aun así, le agradaba pensar que al menos había sido capaz de consolar un poco a su compañera de piso.
Tras estrujar la colilla en el cenicero, Crystal salió de la cama y se encaminó al cuarto de baño. Si no puedo dormir, será mejor que me vaya arreglando. A medida que se acercaba a la ducha, se preguntó con curiosidad si Laura recordaría que tenía un partido de softball. Claro que no vamos a ir. Me pregunto a qué hora querrá irse al hospital. En ese momento, la idea de que quizá Laura no iba a necesitarla cruzó por su mente. Tras silenciar la necesidad más apremiante de la mañana, sin duda debido a la gran cantidad de café y chocolate que había ingerido el día anterior, Crystal se aseguró de que la puerta estaba cerrada y se metió en la ducha. Corriendo la cortina transparente, se maravilló otra vez de que nunca tuviera restos de jabón. Seguro que la limpia a conciencia después de ducharse todos los días, pensó dejándose empapar por la cascada de agua caliente.
Consciente de que Laura estaba aún profundamente dormida y de que probablemente quería seguir en ese estado un poco más, Crystal se premió con una sesión extra larga de ducha, dejando que las cálidas gotas recorrieran su cuerpo. A pesar de que lo estaba disfrutando de lo lindo, de pronto sintió curiosidad por la perilla multifunción. Un rápido giro y el agua cambió de caer suavemente a un chorro concentrado de mayor potencia.
—Ohhh… —exclamó, cubriéndose los pechos por la fuerza del agua—. Es la última vez que hago estas cosas. —Girándose para que el agua le masajease la espalda, Crystal se dio el lujo de pasar allí unos minutos más antes de cerrar la llave y salir, situándose sobre la esponjada alfombrilla azul. La ducha había resultado vigorizante, pero aprendió la lección y decidió no jugar con la perilla de ahí en adelante… o al menos, no cuando ésta apuntaba a zonas sensibles de su cuerpo—. Mierda…
No tuvo necesidad de echar un vistazo al baño para asegurarse de que se le había olvidado traerse laropa limpia. La ropa interior que había traído descansaba ahora, empapada, sobre la barra de la cortina. Por lo menos, Laura sigue dormida. Tras arrojar la toalla sobre la barra, empezó a pasarse el cepillo por el pelo, estudiando su imagen en el espejo y advirtiendo, no sin pesadumbre, que sus pechos parecían algo más caídos de lo que normalmente estaban. Genial, tengo veinticinco años y ya me estoy arrugando, pensó para sí. Aunque es lógico, las tengo demasiado grandes como para que se queden ahí arriba toda la vida. Inclinándose hacia delante, estudió su reflejo con detenimiento en busca de arrugas en su frente y alrededor de los ojos. Al no encontrar ninguna, y sintiéndose bastante estúpida por lo que acababa de hacer, Crystal terminó de peinarse y se lavó los dientes. Cuando iba a dejar otra vez el cepillo en el soporte, su mirada cayó sobre la bandeja del jabón.
—Joder —murmuró. De alguna forma, se las había arreglado para dejarla llena de agua y los jabones literalmente flotaban en ella. Alcanzando la toalla, secó a conciencia la bandeja y los jabones, acomodándolos después de forma que no se notara demasiado el desastre.
¿Para qué demonios tiene esos jabones en el baño si nadie los puede usar? Para que huela bien, basta con poner un ambientador. Aquélla era sólo una más de las muchas molestias tolerables de su compañera de piso. A Laura no le gustaba la cortina de la ducha ni que Crystal utilizara la barra como tendedero de su ropa interior y a ella no le gustaban los jabones que “no se pueden usar", la funda de pelo de la taza ni el papel, duro y reseco, que su amiga insistía en comprar. Tú tienes tus caprichos y yo los míos, pensó Crystal colocando el último jaboncito en su lugar. Simplemente, los míos no son tan molestos. Tras arrojar la toalla húmeda otra vez sobre la barra, abrió la puerta y miró hacia la izquierda para asegurarse de que la habitación de Laura estaba cerrada antes de echar a andar, totalmente desnuda, hacia la suya.
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Re: El corazón de cristal, B. L. Miller

Mensaje  malena el Junio 17th 2013, 4:34 pm

PARTE ONCE
Exhausta por la desvelada de la noche anterior, sin mencionar el miedo que había pasado por lo de su madre, Laura no se sorprendió demasiado cuando abrió por fin los ojos y comprobó que era casi mediodía. Intentando despejar el sueño que aún le nublaba la vista, se levantó y caminó hacia el baño con aire desganado. Casi por inercia, tiró de la toalla que estaba colgada en la barra de la cortina de la ducha y quitó la ropa interior que la acompañaba y dejó ambas cosas sobre el borde del lavabo, cosa que ya formaba parte de su rutina mañanera, puesto que Crystal era quien normalmente se levantaba primero. Girando las llaves de paso hasta lograr la temperatura adecuada, Laura cayó en la cuenta del chorro que caía con fuerza y lo miró pensativamente, advirtiendo quién lo había cambiado.
Es la primera vez que lo hace. Una idea terriblemente lasciva cruzó su mente en aquel preciso instante. ¿Qué estaría haciendo aquí dentro? Cambiando la perilla de nuevo, Laura se metió bajo el agua y agarró el jabón con una sonrisa pícara en los labios.
Media hora más tarde, bajaba las escaleras. No se había preocupado de secarse el pelo, que le caía libremente hasta la altura de la mandíbula por delante y a la altura del cuello por detrás. Un agradable olor se las arregló en aquel momento para colarse en sus fosas nasales y sonrió.
—Mmmm… ¿qué huele tan bien? —preguntó, sabiendo que Crystal estaba en la cocina. Inmediatamente, le contestó una voz clara y animada.
—He encontrado una caja de tortitas y las instrucciones venían en el lateral —dijo Crystal regalándole a Laura una sonrisa—. He oído la ducha y pensé que tendrías hambre.
—Muchas gracias —contestó Laura, contemplando la torre de tortitas que había en un plato y sintiendo cómo su estómago rechinaba—. Ya se me ha olvidado la última vez que alguien me hizo el desayuno. —Después de pensarlo un momento, se dio cuenta, con cierta pesadumbre, de que Jenny había sido la última persona que había pasado la noche con ella y la había sorprendido de esa forma. De aquello hacía casi tres años, y Laura se preguntó a dónde había pasado todo ese tiempo. Encerrada arriba frente al ordenador y sin parar de escribir, contestó una voz en su interior.
—Tu vida sexual es tan aburrida como la mía, ¿eh? —dijo Crystal con una mueca irónica, sacando a Laura de sus pensamientos—. No me lo explico, con todas esas mujeres pululando a tu alrededor. —Crystal le dio la espalda para retirar la siguiente tanda de tortitas de la plancha.
Laura, por su parte, la miró con aire pensativo.
—Supongo que llevo un tiempo sin ocuparme de eso. —Acodándose en el mostrador, alcanzó la cafetera y vertió el líquido humeante en una de las tazas que había cerca—. En realidad, tampoco lo había pensado. —Perdida en sí misma, Laura no se dio cuenta del momento en que Crystal fue hasta la nevera y le acercó el cartón de leche—. Oh, gracias —dijo en ese momento, alargándole la taza—. Así está bien.
—Tú siéntate y relájate. —Crystal señaló en dirección a la mesa—. Yo me encargo de esto. Tengo la receta.
Laura asintió, se dejó caer en una silla y se llevó la taza a los labios. Hipnotizada por el vapor que se elevaba frente a sus ojos, Laura dejó que sus pensamientos vagaran con libertad mientras contemplaba a la mujer que iba y venía en la cocina. Después de todo el tiempo que habían vivido juntas, iba comprendiendo cada vez un poco más a su hermosa pero conflictiva compañera. Ahora entendía que Crystal era poco menos que un alma solitaria que sufría profundamente por ello. Cuando se había mudado, Laura podía captar el inquebrantable escudo de una mujer criada en las calles. El tiempo, sin embargo, le había mostrado lo que había bajo ese escudo. En ocasiones Laura lograba entrever a la adolescente confusa pidiendo a gritos que la protegieran de aquellos que debían haberla protegido y sentía encogérsele el corazón al pensar en la joven que jamás había recibido el amor que con tanta desesperación necesitaba. Pero la noche anterior y esa misma mañana le estaban mostrando otra parte de Crystal.
Laura sintió el cariño en la forma en que la había abrazado durante su ataque de llanto, los cálidos abrazos que llegaban justo cuando más los necesitaba, el café y las tortitas esperándola al despertar. Cuando Crystal dejó sobre la mesa el plato y el sirope, Laura se levantó y envolvió a la joven con sus brazos.
—Muchas gracias por haber estado conmigo ayer —susurró Laura con la boca enterrada en el rubio cabello de su amiga—. Fue muy duro para mí y sólo quiero que sepas que te lo agradezco. —Retrocediendo levemente, pero aún sin soltarla del todo, Laura miró con intensidad sus ojos azules—. No cualquiera se pasaría toda una noche sentada en la sala de espera de un hospital sólo para dar apoyo moral a una amiga.
La media sonrisa de Crystal parecía forzada y Laura se dio cuenta de que la joven era incapaz de mantener el contacto visual.
—Ya, bueno… —dijo la rubia antes de apartarse de ella—. Tú también me has apoyado. Es lo menos que podía hacer. Será mejor que comas algo antes de que se enfríe.
Captando la incomodidad de su amiga, Laura dirigió una última mirada a Crystal antes de volver a sentarse. La escritora apenas había dado el primer bocado a su desayuno cuando cerró los ojos y dejó escapar un gruñido de satisfacción.
—Oh, está buenísimo. —Otro bocado—. No me había dado cuenta del hambre que tenía.
—Bueno, ayer no cenaste nada —indicó Crystal, negando con la cabeza cuando Laura le señaló la torre de tortitas—. No, gracias. Me he levantado temprano y ya he comido. Ah, por cierto, te han llamado por teléfono.
—¿Ah, sí? —Laura cortó con el tenedor otro pedazo de tortita—. ¿Quién era?
—Tu tía Helen.
El tenedor de Laura se detuvo a medio camino entre el plato y su boca y miró a su compañera como si acabara de decir que los de Hacienda querían pedirle audiencia.
—Y… ¿qué ha dicho? —preguntó con turbación. La mención de la excéntrica hermana de su madre nunca era buena señal. Laura aún se acordaba de las muchas ocasiones en que sus padres se habían encerrado tras una reunión familiar para discutir acerca de algo que Helen había dicho o hecho.
—Que llegará al aeropuerto a las cuatro y veinte. Te he apuntado el número de vuelo. ¿Por qué pones esa cara?
Laura había cerrado los ojos y arrugado la nariz, completamente segura de que estaría sufriendo un horrible dolor de cabeza antes de acabar el día.
—¿Te ha dicho cuánto se va a quedar?
—No. Había mucho jaleo y su acento es algo extraño.
—Es de Boston —dijo Laura, abriendo los ojos y contemplando la tortita mientras la empujaba por el plato—. Vaya mierda —susurró.
—¿No es uno de tus parientes más queridos? —aventuró Crystal.
—La soporto —convino Laura con tono de fastidio—. Es un poco… es del tipo de personas que “lo que ves, es lo que hay”. La tía Helen no se calla nada y opina de todo. —Tras varios tragos de café, destinados más a ordenar sus ideas que a saciar la sed, Laura continuó—. No sería tan horrible si no pensara automáticamente lo contrario que mis padres sobre cada cosa.
—¿Se lleva bien con tu madre? —preguntó Crystal.
—Si hace tiempo que no se ven, la cosa no va tan mal durante un rato. Se ponen al día de sus respectivas vidas y cotillean sobre el resto de la familia.
—No suena tan mal.
Laura levantó la cabeza.
—No, esa es la parte buena. Luego mi madre empieza a fastidiarla con su costumbre de beber o fumar o el sinfín de novios que tiene o su vida descarriada. —Laura encerró esas últimas palabras entre comillas con los dedos—. Entonces empieza lo bueno. Cuando papá vivía, los tres se enfrascaban en unos profundos debates sobre todos los temas de este mundo y más. La última vez que vino de visita le dijo a mamá que se negaba a quedarse bajo el mismo techo que ella. —En ese punto, sus ojos se abrieron desmesuradamente ante una idea—. Oh, Dios, espero que ya se le haya olvidado. No quiero que se quede aquí. Voy a buscarle un hotel.
—Vaya, debe ser horrible, ¿eh? —Crystal negó con la cabeza—. Y yo pensando que te trizaba los nervios. Parece ser una buena pieza, si puede superar a tu infernal compañera de piso. —Tomada por sorpresa por el comentario, Laura vio a su amiga encogiéndose de hombros—. Te oí una vez hablando por teléfono —confesó Crystal.
—Yo… —Laura bajó la vista hacia el plato, lamentando en serio que la joven hubiese escuchado aquellas palabras saliendo de su boca—. Hace mucho que no lo digo. Por lo menos estas últimas semanas.
Crystal meneó la cabeza quitándole importancia.
—No te preocupes. Tenías todo el derecho. Debe ser difícil vivir con alguien tan…
—¿Vago? —aventuró Laura, provocando una media sonrisa de su compañera.
—Iba a decir alguien tan diferente a ti —concluyó Crystal, mirándola fijamente—. Tampoco es fácil convivir con la señorita Trapo y Fregona, pero oye, no nos va mal.
No parecía estar tan molesta por el comentario anterior como Laura había supuesto y la escritora decidió que Crystal ya debía haberla perdonado.
—Así es —convino Laura, al menos por ahora—. Alguien me dijo una vez que, con tolerancia y paciencia, no hay nada que no se pueda solucionar si la gente implicada está dispuesta a esforzarse para ello. Quién sabe, a lo mejor un día acabamos siendo buenas amigas.
—Mejor no adelantar acontecimientos —le advirtió Crystal con un deje de ironía y pareciendo mucho más relajada y amigable de lo normal—. Sigo pensando que eres un coñazo con todo eso de limpiar y lavar. —Acto seguido, se puso en pie y se tanteó el bolsillo del pantalón—. Hora de fumar. Volveré en un par de minutos y, si quieres, iré contigo al hospital. Bobby ha llamado y ha dicho que se reunirá contigo allí.
—Parece que he sido la última en caerme de la cama esta mañana —dijo Laura—. Y sí, puedes venirte si quieres, aunque luego tendrás que llevarme al aeropuerto para recoger a mi tía.
—No hay problema. Por lo que he oído de ella hasta ahora, será divertido. Ahora vengo. —Así, Crystal abrió la puerta corredera y salió a fumar.
Laura devolvió su atención al plato de tortitas que tenía delante, a pesar de que su apetito parecía haberse calmado al oír mencionar a su problemática tía. Tenía la esperanza de que Helen estuviera más preocupada por el estado de salud de su hermana que por traer a colación los seis mil tópicos que, invariablemente, terminaban convirtiéndose en una auténtica batalla dialéctica. ¿Quién la habrá llamado?, se preguntó. Seguro que la abuela Betty. Helen había sido una de las personas que no consiguió localizar en la primera ronda de llamadas, frustrada cuando el buzón de voz le indicó que no quedaba espacio en la cintapara dejar mensajes. Laura se hizo una nota mental para no recordarle a su tía la discusión que había terminado con su negativa a quedarse en la casa y evitar así que quisiera alojarse con ellas. Para consternación de Laura, sintió una punzada en la sien anunciándole el dolor de cabeza que estaba por llegar, y empezó a dudar de que aquel día fuera a resultar bien.
***
Bobby había estado esperándolas en el hospital y una mueca contrariada decoraba su joven rostro.
—Ya era hora. Mamá pensaba que no ibas a venir.
—¿Está despierta? —preguntó Laura a medida que se aproximaban. Su hermano estaba en el pasillo, frente a la puerta de la habitación de su madre.
—Sí, estoy despierta —gritó la mujer desde dentro. Laura compartió una mirada con Crystal antes de entrar, saludando de inmediato a su madre y disculpándose por no haber llegado antes. Con pesadumbre, comprobó que su hermano y Crystal no la habían acompañado dentro, obligándola a lidiar con su siempre alerta y, a juzgar por la expresión de su cara, nerviosa madre.
—¿Cómo te sientes? Nos has dado un buen susto.
Gail Taylor agitó su mano con desgana, sin preocuparse por las vías inyectadas en su brazo.
—No os podréis librar de mí tan fácilmente. Tengo toda la intención de hacerte la vida imposible un poco más. —A pesar de la valentía que demostraba, Laura estaba segura de que su madre no había pasado un buen rato precisamente.
—¿Ha venido ya a verte el médico?
—Oh, sí, uno detrás de otro. Las enfermeras me han estado despertando cada hora para tomarme la presión y he conocido a un médico de cada área de este hospital. —La mujer extendió la mano, dejando ver una señal dentada en la base de su dedo anular—. Han tenido que romper los anillos por la hinchazón —dijo Gail con solemnidad—. Nunca me los había quitado desde que tu padre me los puso hace treinta años.
—Seguro que se pueden arreglar —aventuró Laura.
—No se trata de eso —afirmó su madre con tono cortante—. El doctor Stevens me ha dicho que esto podría volver a pasar. Quiere que lleve uno de esos botones de pánico alrededor del cuello para avisar a una ambulancia.
La idea de que su madre necesitara uno de esos chismes asustó a Laura más de lo que estaba dispuesta a admitir. Ya era suficiente con que su madre pareciera tan hinchada, puesto que apenas podía distinguir sus pómulos. Que algo así pudiera pasar otra vez sin previo aviso la aterrorizaba.
—Mamá… —Laura aspiró profundamente.
—Ah, no, de eso nada. —Gail negó enérgicamente con la cabeza—. Por muy serio que pueda resultar esto, no pienso tener una enfermera en casa.
—No iba a decir eso —respondió Laura, a pesar de que la idea había cruzado por su mente—. Pero tal vez deberías considerar tener a alguien que te eche una mano. No quiero que te esfuerces tanto.
—Tonterías. Tú estás sólo a una llamada de distancia y me sé de memoria el número de emergencias.
—¿Y si te caes y no puedes llegar al teléfono?
—Me estás hablando como a una abuela. No soy inútil, Laura. — El cansancio comenzaba a aparecer en el rostro de Gail—. Dejémoslo por ahora. Los médicos dicen que saldré de aquí a finales de semana. Ya veremos cómo van las cosas.
Laura asintió, ya que no quería molestar a su madre y tampoco estaba de humor para meterse en una discusión interminable.
—Otra opción es que me quede contigo hasta que te sientas mejor, si quieres. —Para cualquier otra persona, eso sería una oferta de lo más natural, pero en el caso de las determinadas mujeres Taylor, era magnánima en extremo. Laura amaba profundamente a su madre y el sentimiento era mutuo, pero hacía mucho que no se sentían cómodas la una con la otra. Esa idea le recordó de golpe al familiar que en aquel momento sobrevolaba sus cabezas en algún lugar—. Mamá… ¿te ha dicho Bobby quién va a venir?
—Helen no, ¿verdad? —preguntó la mujer con un deje esperanzado. Laura asintió, deseando para sí que su hermano dejara de escabullirse para fumar con su compañera de piso y entrara en la habitación—. Pues en mi casa no se queda —afirmó Gail rotundamente—. Estoy demasiado cansada como para aguantarla.
—No te van a dar el alta hasta dentro de una semana, ¿no?
—Y cuando salga de aquí no quiero tener que aguantarla —insistió su madre—. La ciudad está plagada de hoteles. Que se quede en uno. —Gail gruñó algo incoherente y su rostro mostró los esfuerzos que estaba haciendo por mantenerse calmada. Al verlo, Laura alargó la mano hacia el botón de auxilio, pero la mujer la detuvo—. No, no hace falta. Es que últimamente me canso mucho.
Aliviada, pero no sin preocupación, Laura retrocedió y dejó caer su mano hasta uno de los barrotes que rodeaban la cama.
—Vale —dijo al fin, no queriendo alterar más a su madre—. Le buscaré dónde quedarse. —A continuación, fue hasta la cabecera y acomodó una de las almohadas que su madre tenía detrás de la cabeza—. ¿Mejor?
—Mucho mejor —aseguró Gail a su hija con una sonrisa aprobatoria que pareció extraña en su rostro hinchado por el edema—. Siempre fuiste una buena chica.
—Porque tuve unos padres geniales —afirmó Laura palmeando el hombro de su madre antes de colocarse donde pudiesen mirarse a los ojos—. A lo mejor no has estado de acuerdo con todo lo que he hecho, pero me has apoyado y me has querido. —Para sorpresa de Laura, se encontró pensando en Crystal y la recorrió una oleada de empatía, deseando que su compañera de piso hubiese podido crecer con unos padres tan buenos como los suyos—. Te quiero, mamá —dijo, apretando la mano de su madre.
—Bueno, ya vale de ñoñerías —dijo Bobby mientras entraba en la habitación. Tras él, Laura pudo entrever a Crystal en el pasillo con aire de indecisión y le indicó que pasara también.
—Ya era hora de que volvieras —reprendió la mujer al chico antes de mirar a Crystal—. ¿Cómo estás?
—Bien —respondió ella educadamente—. Espero que ya se encuentre mejor.
—Sí, mucho mejor —respondió Gail antes de tomarse un momento para respirar profundamente. Laura decidió en ese instante que su madre necesitaba descansar… y que ella tenía que enfrentarse con el familiar que pronto llegaría a la ciudad.
—Mamá, nos vamos a ir ya para que descanses —dijo ella, cubriendo los hombros de la mujer con la manta—. Relájate un poco. Volveré más tarde.
—Supongo que vas a traer a Helen —dijo su madre con tono de fastidio al tiempo que se recostaba sobre las almohadas.
—¿Te crees que tengo elección, mamá? —le preguntó antes de terminar de ajustar bien la ropa de cama sobre el cuerpo de su madre y enderezándose—. Nos vemos luego.
Laura se inclinó para besar a su madre en la frente antes de hacerse a un lado para que Bobby pudiera despedirse también.
***
Los alrededores del aeropuerto estaban atascados de furgonetas y coches en constante batalla por ganar un hueco en el aparcamiento mientras una miríada de taxis trataban de colarse entre ellos.
—Odio venir aquí —dijo Laura cuando otro taxi metió el morro en el escaso metro de distancia de seguridad que las separaba del coche de delante.
—Me sorprende que no nos haya rozado —afirmó Crystal, mirando con desprecio al conductor—. ¿Quién fue el imbécil que diseñó este sitio?
—No creo que la responsabilidad sea de ningún imbécil. —Echando un vistazo a la señal de aparcamiento limitado, Laura comprobó el retrovisor y se metió en el carril izquierdo—. Estoy segura de que es cosa de un comité.
—De un comité hasta arriba de mierda —comentó Crystal—. Mira, allí hay un sitio.
—No, está demasiado cerca de la puerta. Debe ser para discapacitados. —Al aproximarse, el dibujo azul en el suelo confirmó las sospechas de la escritora. Les llevó tres vueltas más y, por tanto, volver a ver tres veces la señal de aparcamiento limitado, el que Crystal viera un coche salir en ese preciso momento y ocupar el lugar vacante.
—Esto es de locos —refunfuñó la rubia—. Ya sabía yo que debía haber una buena razón para no ir volando a ningún sitio. No por el avión, sino por el maldito aeropuerto.
—Y hasta aquí ha sido la parte fácil —dijo Laura, haciendo girar la llave y activando elsistema de alarma del coche—. Tenemos que ver por qué puerta va a salir. Sólo me dijo el número de vuelo. —Se abrieron paso entre los vehículos aparcados, aunque sólo para verse detenidas de nuevo por una doble hilera de coches que no parecían dispuestos a frenar lo suficiente como para que ellas pudieran cruzar. Tras asistir pacientemente al tremendo repertorio de frases coloristas de su compañera de piso, Laura aprovechó un espacio y se lanzó como una flecha hacia la Terminal principal.
Los brillantes carteles de señalización y el fluir constante de personas creaban una abigarrada colección de colores y sonidos. Laura se detuvo ante uno de los mapas el tiempo suficiente para orientarse, decepcionada al comprobar que la puerta a la que tenían que ir estaba justo en el otro extremo de la Terminal. El temperamento de Crystal estaba ligeramente sensible aquel día, hasta el punto de que Laura se vio temiendo que, si algún transeúnte le daba un golpecito por accidente, iban a intercambiar algo más que insultos y gestos obscenos. Para cuando llegaron a la puerta, Crystal estaba claramente nerviosa y sin darse cuenta sacó su paquete de cigarrillos.
—Cierto —dijo con tono frustrado—. Aquí dentro no se puede fumar.
Tras dejar escapar un suspiro de fastidio, Crystal se dejó caer en la silla baja de plástico. Laura se sentó junto a ella y observó que la zona empezaba a llenarse de gente que también esperaba el vuelo.
—Me temo que no —afirmó Laura con delicadeza. Sin pensarlo, levantó una mano y la posó sobre el hombro de Crystal, un poco dolida al sentir un estremecimiento bajo sus dedos. Planteándose por un momento si apartarse o no, la escritora dejó que su mano resbalara hacia abajo, masajeando con suavidad la parte alta de la espalda de la joven. Dado que ésta no hizo nada por apartarla, Laura alteró el movimiento, formando pequeños arcos con sus dedos hasta que sintió que la tensión y la tirantez de los músculos empezar a ceder—. Hemos llegado quince minutos antes —dijo sin cesar de aplicar el agradable masaje en la espalda de Crystal. Era cierto que había sentido cierto rechazo al principio, pero Laura sospechaba que se había debido más a la reticencia automática que la joven mujer a que la tocaran.
—Me da que, cuando se vaya, la vas a tener que traer tú sola —dijo Crystal, aunque su tono era definitivamente menos agitado que antes—. Yo no pienso volver a pasar por todo este rollo.
—¿Y cómo esperas que salgamos de aquí? —la interrogó Laura con aire irónico—. Dudo que el coche quiera venir a recogernos aquí. —Crystal pareció reflexionar sobre el problema y frunció el ceño aún más. Laura, por su parte, hizo todo lo posible por no sonreír, pero la mueca de su compañera de piso era demasiado mona como para evitarlo.
—Buen punto —farfulló Crystal.
—Sólo expongo los hechos, amiga mía. Y no olvides que Helen va a llegar con tres o cuatro maletas como mínimo.
—¿Es que piensa mudarse aquí o qué?
Laura sonrió al escuchar eso, puesto que su tía se caracterizaba, entre otras cosas, por llevar siempre consigo una cantidad de equipaje mayor a la que cualquier otra persona necesitaría incluso para dar la vuelta al mundo.
—Esperemos que no quiera quedarse más que unos días. Si no, vamos a necesitar uno de esos cochecitos portaequipajes.
—¿Cómo que vamos? —preguntó la rubia con tono cortante—. Es pariente tuya, no mía.
—Vale. Pues tú te vas con ella y que te dé la brasa hasta que se te caigan las orejas. A mí me da igual.
—Me da que voy a arrepentirme de haber querido pasar el día contigo —afirmó Crystal con cautela, como dejando una puerta abierta a la esperanza.
Cuando por fin aterrizó el avión y los pasajeros comenzaron a salir en tropel por la puerta, Crystal no tuvo ninguna duda de quién era Helen. Ataviada con sedas de brillantes colores y un sombrero a juego, Helen Chick sobresalía entre la multitud. Laura corroboró las sospechas de Crystal con un movimiento de cabeza y empezó a gesticular para atraer la atención de la rimbombante mujer.
—¡Ooh, Laura Elizabeth! —exclamó Helen, con una voz que pareció ahogar el jaleo que las separaba. Saludando efusivamente, se abrió paso entre los demás viajeros y envolvió a Laura en lo que a Crystal le pareció un abrazo de oso.
—Hola tía, ¿cómo estás? —preguntó Laura cuando consiguió recuperar el aliento.
—Ah, como siempre, calabacita. Ocupada, ocupada, ocupada.
Crystal enarcó las cejas al escuchar el apodo cariñoso de su compañera de piso y haciéndose una nota mental para vacilarle después con eso. Al darse cuenta de que de repente era el centro de atención, alargó su mano.
—Yo soy Crystal, la compañera de piso de Laura.
—¡Por supuesto que sí! —exclamó Helen alegremente, abrazando a la joven con fuerza—. Eres una monería de chica. —Demasiado sorprendida como para resistirse, Crystal no se resistió al cariñoso gesto. A esa distancia, fue capaz de ver más claramente a la tía de Laura. Bajo el pomposo sombrero, una masa de cabello plateado rodeaba el rostro que, sospechaba, rara vez salía a la luz del sol sin una buena capa de maquillaje. De hecho, casi podían adivinarse varias capas de base y sombra de ojos que constituían la imagen pública de Helen Chick.
—Ah… gracias —farfulló Crystal, pidiendo ayuda a Laura en silencio.
—Tía Helen, no es… —comenzó a decir Laura.
—Salgamos de aquí antes de que nos quedemos copadas una hora —dijo Helen, cortando sin miramientos a su sobrina—. Aborrezco este aeropuerto.
Crystal no estaba segura del auténtico alcance de la palabra aborrecer, pero a juzgar por la cara de asco de Helen, no debía ser bueno. Claro que otra idea le rondaba la cabeza a raíz del comentario anterior a ese. Helen pensaba que entre ellas había algo más que amistad. En cualquier caso, dado que ya se dirigían hacia la zona de equipajes y que Helen había pasado a enumerar las múltiples cosas que funcionaban mal en el aeropuerto local, Crystal decidió dejar para después las aclaraciones pertinentes acerca de ese punto. El brazo de Helen sostenía un bolso de cuero con ribetes dorados. La joven suspiró profundamente al ver la miríada de bolsas de viaje que daban vueltas en la cinta transportadora. Estaba segura de que no iban a caber en el Jeep y se preguntó si Laura habría traído cuerdas para el portaequipajes del coche. Sin embargo, una vez retirada la primera maleta, Crystal pasó a preocuparse por el hecho de que su espalda fuera a sobrevivir al esfuerzo de meter los bultos en el maletero. Al parecer, Helen empacaba cada accesorio de la cocina cuando viajaba, pero no le preocupaba demasiado tener que cargarlos, puesto que en ese momento de limitaba a señalar con el dedo qué maletas eran las suyas e indicando a Laura el orden preciso en que debían ser colocadas en el carrito.
En cuando salieron al cálido aire de agosto, Crystal echó mano de sus cigarrillos. Sin embargo, antes de encenderlo, una nube de humo la rodeó, ya que al parecer Helen era más rápida en lo que a utilización de mecheros se refería. Crystal terminó de encender el suyo y, antes de guardar el encendedor, se vio sorprendida por una voz jovial.
—¿Tú también fumas? —Lo cual hizo que se ganara una palmada en la espalda.
Joder, qué fuerza tiene.
—Sí —respondió Crystal medio tosiendo.
—Pues en mi coche no se fuma —dijo Laura con firmeza, deteniendo el carrito justo detrás del Jeep—. ¿Prefieres un hotel en concreto?
—No hay motivo para enriquecer a esos antros… y menos en este pueblo —dijo Helen—. A tu madre le sobra espacio en esa casucha que tiene.
Crystal, que en ese momento intentaba acomodar dos maletas en el coche mientras mantenía su cigarrillo en precario equilibrio entre los dientes, sintió que Laura se estremecía.
—Mamá quiere que te quedes en un hotel. Supongo que no se le ha olvidado lo que dijiste la última vez que estuviste de visita.
—Chorradas. ¿Recorro no sé cuántos kilómetros para verla y no tiene la decencia de abrirme las puertas de su casa? No, calabacita, hay que poner la más grande abajo.
—Pensaba que ésta era la más grande —refunfuñó Laura, volviendo a sacar la maleta del Jeep y echando un vistazo a la que Crystal empujaba hacia ella—. No te puedes quedar en casa de mamá —repitió.
—Joder, vale. —Helen se cruzó de brazos mientras su cigarrillo arrojaba volutas de humo a la atmósfera—. Si va a estar en ese plan, por mí no hay problema. Al menos tú no eres tan maleducada como para dejar a un familiar en la calle.
Crystal estaba haciendo enormes esfuerzos para no entrar en la conversación, pero se vio incapaz de no dar un respingo al escuchar esa última frase. No había que ser físico nuclear para suponer a dónde quería llegar Helen.
—Em… ¿Laura?
—¿Sigues teniendo esa casa junto al lago? —prosiguió Helen, ignorando las miradas que se dirigían las dos jóvenes—. Debe tener una vista genial ahora que empieza el otoño.
—Tía Helen, no tenemos cuarto de invitados.
—Bah, haremos como cuando tú venías de visita en verano —dijo Helen con un gesto casual—. Vamos a cargar todo esto para ver qué se ha hecho Gail esta vez. Por tu estado de ánimo, supongo que no es grave.
—Necesita tiempo y medicación —comenzó a decir Laura—. Pero oye, no te puedes quedar con nosotras.
—Venga, Laurita —dijo Helen como si estuviera hablando con un niño—. ¿Ya no te acuerdas de cuando vine a veros y tuvimos esa agradable y prolongada charla sobre tu “compañera de piso”? No tienes de qué avergonzarte.
—No soy esa clase de “compañera” —afirmó Crystal por fin—. Tengo mi propia habitación.
—Oh. —Helen frunció el ceño y Crystal prácticamente daba por zanjado el tema cuando la estrambótica mujer encontró la solución perfecta—. A lo mejor tendrás un sofá, ¿no? —A continuación, rió con ganas—. Te prometo que no apareceré con ningún jovencito.
Crystal miró a Laura a tiempo de captar su característica caída de hombros en señal de derrota. Supongo que vamos a tener compañía unos días. Contemplando la montaña de equipaje que esperaba ser acomodado en el interior de Jeep, lo único que pudo pensar con claridad fue que al menos se tratara de días, y no de meses.
Al final, Laura decidió que ella se iría al sofá mientras su tía ocupaba su cuarto, ya que sus modales le impedían hacer menos por un invitado, sin importar lo desquiciante que fuera. Helen ocupó el asiento del copiloto y automáticamente e hizo dueña de la radio durante todo el trayecto. Los altavoces comenzaron a escupir música discotequera mientras Helen destripaba las vidas de sus familiares más cercanos. Intentando por todos los medios alejarse el altavoz de su puerta, Crystal, en medio del asiento trasero, no podía evitar captar ráfagas de la conversación. En realidad, no era difícil, porque Helen insistía en hablar por encima de la música en vez de bajar el volumen, digamos hasta el umbral de tolerancia humana. La imagen de la familia de Laura, tan perfecta e impoluta, empezó a desvanecerse de la mente de Crystal a medida que su tía hablaba.
—Y el idiota lo habría conseguido si no hubiera estornudado cuando estaba escondido en la alcantarilla —dijo la tía de Laura, dando por terminada la historia de uno de sus primos—. Tuvo suerte de que sólo le pusieran en periodo de prueba.
—Ahá —dijo Laura con aire ausente, prestando más atención a la carretera. En ese momento, Helen se volvió hacia Crystal.
—Y dime, ¿sigue mi sobrina con esa obsesión por mantener la casa como los chorros del oro?
—Em… —Dándose cuenta de lo comprometido de su situación, Crystal aspiró profundamente y se rindió a la evidencia—. Sí.
—Lo que le hace falta es soltarse el pelo y vivir un poco —continuó la mujer—. Es demasiado estirada. A lo mejor podemos sacarla del cascarón mientras yo esté aquí. ¿Qué te parece?
Oh, por favor, que alguien me saque de aquí, imploró en silencio Crystal cuando una batería de imágenes de bingos y museos cruzó por su mente.
—Pues no sé, depende de lo que quiera hacer Laura —dijo por fin—. Yo trabajo bastante, así que no creo que pueda ir con vosotras. —Por favor, haced planes entre semana. Espero que Michael tenga un montón de horas extra.
—Chorradas —contestó Helen—. Ya buscaremos tiempo.
Crystal frunció el ceño al darse cuenta de que Helen era el tipo de persona que nunca acepta un no por respuesta.
—¿Cuánto vas a quedarte?
—Supongo que una semana o así. Ya veremos. No me gusta poner fechas exactas.
La respuesta no ayudó a que Crystal se sintiera mejor.
***
—Me está volviendo loca —refunfuñó Crystal, dejándose caer en el puff—. ¿Conoces a esa petarda?
Jenny, que se había pasado la mayor parte de la semana hablando con Laura por teléfono sobre su tía, su libertad de espíritu y cómo le había puesto la casa patas arriba, esperaba recibir algún tipo de queja por parte de Crystal, pero no aquélla. Apenas la había saludado antes de empezar a despotricar de la mujer.
—¿Y concretamente qué es lo que te molesta de ella?
—Todo —farfulló Crystal, pasándose los dedos por el pelo—. Yo pensaba que Laura era un fastidio a veces, pero esta mujer me saca de quicio. ¿Sabes que Laura siempre tiene respuesta para cada jodida pregunta de cada jodido juego?
Jenny asintió, familiarizada con la situación.
—¿Y eso te incomoda?
—No tanto como cuando Helen, la enciclopedia andante, lo hace. La pregunta era qué presa era, no cuándo se construyó y toda la historia. Pues Laura va y dice Hoover y Helen salta con cómo eso dio lugar a Boulder City y así un buen rato. —Crystal se estaba disparando, por lo que interrumpirla quedaba fuera de lugar—. Dijera lo que dijera Laura, ella empezaba a hablar hasta que la conversación no tenía nada que ver con lo que era al principio. Va a volverla loca. —Crystal miró de soslayo a Jenny—. Sí, lo sé, no podemos hablar de Laura.
Jenny asintió y abrió el cuaderno de la joven.
—Por lo que veo, ha sido una semana muy intensa.
—En casa, en el trabajo, en todo. —Arrellanándose para adaptar la forma del puff a su cuerpo, Crystal entrelazó los dedos detrás de su cabeza y dejó la mirada perdida—. Como si no tuviera ya bastante con lo de su madre, que por cierto cada día que tiene que estar en el hospital se vuelve más zorra… —A pesar de que la regla de no hablar de Laura parecía haberse evadido nuevamente, Jenny dudó si interrumpir a la joven, ya que aquella era una de las líneas de pensamiento más largas que Crystal había compartido con ella hasta la fecha—. Apuesto a que ni siquiera ha escrito una página desde que llegó ella… y eso que se ha bajado el ordenador a la sala. Está justo debajo de mi cuarto, pero todavía no la he oído teclear. —La rabia y el nerviosismo presentes en la voz de Crystal en el momento de entrar parecían estar disipándose, reemplazados por un tono mucho más suave y reflexivo—. ¿Sabes que nunca lo había pensado? —Sonrió—. El baño está entre medias de nuestras habitaciones, pero cuando las dos abrimos las puertas del balcón, puedo oír cómo escribe.
—¿Y por qué crees que te gusta escucharla? —aventuró Jenny.
—No sé… —Crystal se encogió de hombros con su aire habitual—. Supongo que me recuerda que está ahí al lado.
—¿Al igual que estaba tu hermana cuando eras pequeña?
—Algo así. —La joven estiró las piernas y las cruzó a la altura de los tobillos—. Es diferente a cuando escuchaba a Patty. No sé cómo explicarlo.
Jenny, tras hojear una o dos páginas mientras Crystal hablaba, levantó la vista.
—¿Quieres hablar sobre este sueño?
Una expresión de sorpresa cruzó el rostro de Crystal, quien inmediatamente frunció el ceño.
—La verdad, no. Ni sé para qué me molesté en escribirlo. Es una tontería.
—Es la primera vez que mencionas haber tenido un sueño erótico —apuntó la terapeuta—. Además, creo que es importante el hecho de que te despertaras durante los juegos preliminares. ¿Habías soñado cosas así antes?
—No pienso discutir mi vida sexual, o la falta de ella, contigo —dijo Crystal con firmeza, apretando la mandíbula y cruzándose de brazos—. Hablemos de otra cosa.
—Buscando un tema más seguro, ¿eh? Vale. ¿Fuiste a la reunión del martes por la noche? —La falta de respuesta y la mueca de Crystal fueron significativas—. Ya veo. Esas sesiones están ahí para ayudarte, Crystal. No te las recomendaría si pensara que no van a servirte de nada.
—A mí no me hace falta sentarme a escuchar las desgracias de nadie —manifestó la chica—. Además, estaba ocupada con Laura y la chalada de su tía.
Jenny dejó pasar el comentario, rehusando morder el anzuelo y regresar así al tema tabú.
—Nunca deberías estar lo bastante ocupada como para cuidar de ti, y eso es para lo que sirven esas reuniones. No puedo obligarte a asistir, pero sí te lo sugiero.
—Vale, mamá —surgió la irónica respuesta, seguida de un resoplido—. De hecho, si tú fueras mi madre, estarías demasiado borracha como para saber lo que hago o dejo de hacer. —Hubo un largo silencio antes de que Crystal siguiese hablando—. A Patty tampoco es que le hiciese mucho más caso, pero siempre que íbamos a enseñarle algo de la escuela o algo así, nos ignoraba.
—No daba importancia a las mismas cosas que vosotras —dijo Jenny—. ¿Y cómo te hacía sentir eso?
—Patty y yo lo odiábamos, claro.
—No. No te he preguntado cómo se sentía Patty. ¿Qué sentías tú cuando llegabas a casa con algo que querías que tu madre admirara y no lo hacía?
Crystal pensó en ello un momento, abriendo la boca para decir algo y cerrándola de nuevo. Una leve sonrisa curvó la comisura de sus labios.
—Iba a decir que jodidamente mal, pero creo que en realidad me sentía herida. —Volvió a ponerse las manos detrás de la cabeza—. Dolía pensar que todos los demás niños se iban a casa con madres que les querían y les prestaban atención y la mía no era igual. —Crystal tomó aire profundamente—. No sé por qué. —Las palabras, tanto tiempo guardadas en su interior, salieron por fin de forma tenue mientras que ella rehusaba dejar de mirar el techo—. Llegué a casa con el primer lugar en clase de arte y ella lo tiró a la basura. Cuando saqué noventa y cinco en una de las pruebas preliminares, Laura lo pegó con un imán a la nevera. —Los ojos de Crystal parpadearon con rapidez en un vano intento por eliminar las lágrimas que empezaban a formarse en ellos—. ¿Has oído eso de que uno nunca sabe lo que tiene hasta que lo pierde?
—Sí.
Crystal aspiró profundamente.
—Supongo que es igual de cierto que uno no sabe lo que se ha estado perdiendo hasta que lo tiene.
—¿O sea? —inquirió Jenny.
—O sea que… —Incorporándose, Crystal levantó las rodillas y apoyó en ellas los brazos—. Desde que Patty desapareció, nadie se había preocupado por mí. —Las emociones empezaban a traducirse en el rostro de Crystal a medida que intentaba poner orden en sus pensamientos—. He tenido amigas, pero ninguna tan cercana, no como Laura. —La joven lanzó una leve carcajada y miró a Jenny—. Ya se me había olvidado lo que se siente cuando le importas a alguien. Cuando le interesa lo que pasa en su vida. Cuando…
—Cuando alguien pega tu examen con un imán a la nevera —concluyó Jenny.
—¿No te parece estúpido? —le preguntó Crystal—. Me pongo en plan ñoño sólo con que Laura haya hecho eso. —Se limpió los ojos para impedir que las lágrimas empezaran a caer.
—Hace mucho tiempo que nadie se ha dado cuenta de tus habilidades y logros. —Jenny dejó el cuaderno a un lado y se inclinó hacia delante—. Hace mucho tiempo que no permites que nadie se acerque a ti lo suficiente como para que le importes. Te escondes en tu caparazón intentando aislarte de todo, pero muy dentro de ti eres consciente de que ese caparazón es un lugar muy frío.
—Ahí dentro nadie puede hacerme daño —afirmó Crystal sin demasiado entusiasmo.
—Si no corres el riesgo de que te hieran, vas a perderte el placer de que te amen. Es lo que implica vivir, en lugar de sólo existir.
—¿Cómo coño me has metido ese topicazo? —gruñó Crystal—. Estábamos hablando de la insoportable tía de Laura.
—Y tú estabas cabreada cuando has entrado por la puerta. Ahora estás tranquila. Es sorprendente lo que ocurre cuando te abres con alguien, ¿no? —Jenny sonrió, ignorando la mirada de impotencia que la joven le dirigía—. Bueno, así que quieres hablar de tu inquilina temporal.
—Inquilina del demonio —aclaró Crystal, recordando el hecho de que Laura solía llamarla así cuando empezaron a vivir juntas—. Ya sabes que Laura es una obsesa del orden. Pues comparada con Helen, yo también. Te juro que es imposible entrar a una habitación sin que parezca que acaba de pasar un huracán. Por lo menos, con Laura sé dónde están las cosas. ¿Sabes que está usando mi taza?
—¿Quién está usando tu taza?
—Helen. —Crystal se sentó y miró a Jenny—. Nadie usa esa taza excepto yo.
—¿Y sabía que era tuya?
—¿Cómo no lo iba a saber? —respondió ella. El que otra persona hubiese usado su taza era visto por Crystal como una afrenta personal y la calma con que Jenny se tomaba el asunto ya le estaba fastidiando—. Es la única que lleva mi nombre.
—No recuerdo haberla visto por allí —señaló Jenny.
—Laura me la compró la semana pasada —dijo Crystal—. ¿No te lo contó?
—Casi no hablamos desde lo de su madre. —Tomando consciencia de dónde estaba, Jenny se enderezó y se aclaró la garganta—. Has vuelto a meterte en el tema, Crystal.
—Ya, bueno, es que es difícil no hablar de la persona con la que paso la mayor parte del tiempo —se quejó la rubia. Considerando que había dejado clara su postura, volvió al tema que en realidad le importaba—. Pues eso, que le importa un pito mi taza, e incluso muchas cosas de Laura. Utilizó esos jaboncitos con forma de flor del baño porque dijo que lo le gustaba cómo olía el normal. —En este punto, negó con la cabeza—. Hace un montón de ruido y le importa un carajo lo que diga su sobrina.
—¿Sabes qué? —Esta vez, la terapeuta no fue capaz de contener una sonrisa—. Creo recordar que hace como dos semanas tú estabas echando pestes por la boca sobre esos… y cito textualmente… putos jabones de Laura.
Crystal se sonrojó levemente y bajó la cabeza en gesto de derrota.
—Ya, bueno, es que eso fue antes de que Laura me dijera dónde los había comprado y lo bien que se sentía al entrar al baño y olerlos.
En este punto, Jenny sonrió con deferencia, tal y como hacía siempre que Crystal llegaba por sí misma al punto que ella quería.
—La tolerancia y la comprensión marcan la diferencia. Tú eras incapaz de soportar ciertas cosas de convivir con otra persona, pero con el tiempo no sólo has aprendido a aceptar las diferencias, sino también a apreciarlas.
Crystal no hizo ninguna objeción al respecto y se limitó a encogerse de hombros.
—Ella no está tan mal. Una vez que superas lo de la limpieza compulsiva, al menos. Hay que conocerla, eso es todo.
—Me da que mucha de la gente de ahí fuera cae en la misma categoría —dijo Jenny—. Hay personas que merecen la pena, si te tomas la molestia de abrir los ojos.
El rostro de Crystal adquirió una mirada ausente y Jenny esperó algunos segundos antes de aclararse la garganta con educación.
—Oh, perdona —dijo la rubia—. Estaba pensando en algo.
—Cuéntamelo —la animó Jenny, abandonando el sofá y ocupando uno de los puffs para estar más cómoda, con las piernas en el suelo y la espalda recargada—. A juzgar por tu cara, no era malo.
—Me estaba acordando de una vez, como hace tres años, en que salí a conducir por una carretera secundaria. Me paré en un mercadillo de esos que montan en los garajes. Parecía que habían sacado todo aquello de un vertedero. —La cara de Crystal empezó a animarse a medida que se incorporaba para seguir con la historia—. Tenían ventanas con los cristales rotos, lámparas que no funcionaban y cosas así. Si parecía basura, allí estaba. Así que empecé a echar un vistazo. No sé por qué. Nunca compro cosas de esas.
—Me gustan las ventas de garaje —dijo Jenny—. Uno nunca sabe qué se va a encontrar.
—Exacto —afirmó Crystal con entusiasmo—. Bueno, pues detrás de todos esos chismes inútiles encontré una caja con un reloj, una navaja y varias herramientas. Estaba todo a cinco pavos y me dio buena espina, así que la compré. Fui llevando cada cosa a un montón de tiendas de antigüedades y me saqué casi cien pavos. Todavía conservaba algunas baratijas de madera hasta lo del incendio.
—Y la moraleja del cuento es… —preguntó Jenny con tono juguetón.
—Que incluso la basura merece que le echen un segundo vistazo.
—Nunca se sabe dónde vas a encontrar un tesoro —concluyó la terapeuta. Tras mirar el reloj, Jenny frunció el ceño—. Bueno, ya vale de hablar de todo lo que se mueve sobre la Tierra. Creo que es hora de jugar un poco, ¿qué te parece?
—Lo mismo que la última vez —respondió Crystal, adoptando en seguida su faceta más desafiante. Tras recostarse contra el puff, se cruzó de brazos—. Me parece una estupidez fingir algo que nunca sucederá.
—De eso se trata el fingir —explicó Jenny con calma—. Uno encuentra seguridad en poder gritarle a alguien con quien estás cabreado sin preocuparse de las repercusiones físicas. —Aquella era una batalla eterna con Crystal: el conseguir que se sintiera lo bastante segura como para abrirse y dejar salir un poco de la rabia y el dolor que tenía dentro. A pesar de la actitud que mostraba en ese momento, Jenny juzgó que valía la pena intentarlo.


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Re: El corazón de cristal, B. L. Miller

Mensaje  malena el Junio 17th 2013, 4:35 pm

—A mí me parece una estupidez. —Refunfuñando al volumen exacto como para que Jenny la oyera, Crystal fue hasta la colchoneta que había en una esquina de la estancia, justo detrás de los puffs—. Vale, ¿a cuál de mis padres quieres que ponga a parir esta vez?
—¿A cuál te apetece gritarle? —replanteó la terapeuta, a tan solo unos pasos de su paciente.
—A ninguno, la verdad —dijo Crystal con tono aburrido—. No se merecen ni el esfuerzo.
—¿A ninguno?
Crystal asintió.
—Me importan una mierda los dos. Que se vayan al infierno.
—¿Por qué?
—Ya sabes por qué. Por lo que me hicieron. —Crystal comenzó a ponerse nerviosa y empezó a darle pataditas al borde de la colchoneta con la mandíbula apretada—. Ella era una inútil.
—¿Por qué crees que tu madre era una inútil para ti? —Jenny mantuvo la distancia, pero se colocó en un punto en que pudiera mirar de frente a la joven—. Díselo, Crystal.
—No le importaba nada.
—¿Por qué? Díselo —la urgió Jenny, manteniendo un tono calmado—. Yo soy tu madre, Crystal. Dime qué hice para molestarte tanto.
La respiración de Crystal pareció crisparse, al igual que sus movimientos, y empezó a caminar de un lado a otro.
—No nos esperaba en la parada del autobús como hacían otras madres. No nos hacía el almuerzo y teníamos que comernos el que daban gratis en la escuela. Todos sabían que era para niños pobres.
—¿Qué más?
Un gemido ahogado escapó de los labios de Crystal.
—¿Qué más? ¿De verdad quieres saberlo? —Fue hasta Jenny hasta quedar cara a cara con ella, sintiendo que la mujer retrocedía levemente—. ¿Qué te parece no ocuparse de coserme la ropa antes de ir a la escuela? ¿Y no hacernos una cena que no viniese en una bandeja de metal? ¡La odiaba! —exclamó antes de dar media vuelta e ir hasta donde colgaba el saco de boxeo, de espaldas a Jenny—. ¿Tanto te costaba hacer una puta comida decente de vez en cuando? —El puño derecho de Crystal impactó con fuerza contra el saco—. ¿Tanto te costaba aparecer en una reunión del colegio? —Un golpe seco reverberó en la habitación cuando Crystal golpeó de nuevo—. ¿Por qué no le abandonaste? ¿Tan poco te importábamos?
Jenny se sentó con las piernas cruzadas sobre la colchoneta, dejando que Crystal desfogara a gusto toda su frustración y sus demandas sobre el saco. Estremeciéndose tras un golpe particularmente fuerte, se hizo una nota mental de ofrecerle los guantes para la siguiente sesión. La joven, cuyo derecho a ser oída le había sido negado tanto tiempo, rugía su venganza, contando a gritos las injusticias que había sufrido a cualquiera que quisiera escuchar. El ataque de ira de Crystal duró aún un buen rato, tras el cual se dejó caer de rodillas agarrándose la cabeza. Jenny cogió varios pañuelos de papel y cruzó la colchoneta a toda prisa, alcanzando a la chica justo cuando comenzaba a llorar.
—¿Por qué? —Crystal se sorbió la nariz, abrazándose con indefensión—. No entiendo por qué.
Jenny puso sus manos sobre los hombros de Crystal y los apretó levemente.
—Tal vez nunca entiendas por qué tu madre hizo lo que hizo, Crystal, pero en un momento dado tendrás que aceptar que no puedes cambiar lo que pasó.
—No puedo hacerlo, ¿verdad? —susurró la joven al tiempo que cogía un pañuelo y se limpiaba la cara—. Pero eso no implica que duela menos.
—Es cierto. No lo hace —dijo Jenny con suavidad—. Pero cuando uno aprende a aceptarlo y sigue adelante, el dolor va desapareciendo. Tú eres una mujer fuerte, Crystal. Puedes superar esto.
—A mí no me lo parece —dijo Crystal con un hilo de voz—. Yo… siento que el dolor nunca desaparecerá. —Las lágrimas y los sollozos comenzaron a ceder levemente. Avergonzada por semejante despliegue de emociones, Crystal tomó otro pañuelo y miró cara a cara a la mujer—. ¿Así es como sabes que la cosa funciona, Doc?
—Los psicólogos tienen que cubrir una cuota diaria de pacientes a los que deben hacer llorar —bromeó Jenny—. ¿Qué puedo decir? Iba con retraso.
—El espectáculo que te acabo de montar debería valerte para varias semanas —respondió Crystal, respaldando el comentario con una leve sonrisa. Ya confiando en controlar sus sentimientos, se levantó y fue hacia el sillón reclinable.
Jenny, por su parte, permaneció sobre la colchoneta y se giró para quedar cara a cara con la paciente.
—¿Qué sientes en este momento?
—Estoy bien —contestó Crystal automáticamente.
—No te he preguntado que cómo te sientes. Te he preguntado qué sientes. Lo de “bien” no cuela. Inténtalo otra vez.
Crystal traspasó a la terapeuta con la mirada, pero el efecto se vio mermado por el enrojecimiento de sus ojos y su aire demacrado. Encogiéndose de hombros, trató de encontrar las palabras que se arremolinaban en su interior.
—No sé. Vacía, supongo.
—No lo dudo —dijo Jenny con dulzura—. Pero me da que ahí dentro debe haber algo más de lo que dices.
Asintiendo con renuencia, Crystal le dirigió una media sonrisa.
—Supongo que por eso eres la terapeuta, ¿eh, Doc? —Con un suspiro, intentó aclarar un poco más sus ideas—. A veces me pregunto qué estará haciendo, si es que no le abandonó. Cuando era pequeña, siempre pensaba que entonces todo iría bien. —Ahogó una carcajada—. Sueños de niños.
—Ya no eres una niña.
—Todo esto es absurdo. ¿Cómo puede ser? ¿Por qué la odio en un momento y luego me pregunto cómo estará?
—A lo mejor no es odio lo que sentías. La gente va a decepcionarte. Eso es un hecho. Cuando lo hace un amigo o un conocido es una cosa, pero cuando se trata de alguien más cercano, resulta muy difícil de aceptar.
Crystal miró a Jenny con aire pensativo y asintió.
—Esto no va a ser fácil, Doc.
—Ya te he dicho que crecer no es fácil —dijo Jenny—. Y te guste o no, vas a tener que recorrer el camino con ayuda. No tengas miedo de pedirla cuando lo necesites.
—Eh, oye —dijo Crystal mirando el reloj—. Nos hemos pasado de hora.
—A veces pasa —contestó Jenny poniéndose en pie—. Esta vida no siempre se ajusta a los horarios. —Crystal iba a levantarse también, pero se detuvo al ver el gesto negativo de la terapeuta—. Aún no. Hay que cerrar la sesión antes de que te vayas.
—Ah, genial —dijo Crystal sin demasiado entusiasmo—. Me encanta eso de los cierres.
—Lo sé —afirmó Jenny volviendo al sofá—. Es tu parte preferida después de lo del abrazo, ¿a que sí?
—Sí, no puedo decidirme entre las dos —afirmó Crystal con acritud—. Y después de esto voy a tener que ir a la tienda a comprar crema, porque a Helen no le gusta el café con leche.
—Considerando cómo estabas cuando has entrado por la puerta, seguro que se alegrará que hayas venido aquí primero.
—Ya, bueno… —Crystal se encogió de hombros—. Me las arreglaré.
—Tolerancia y paciencia, Crystal. Recuérdalo. —Jenny se recostó y agarró su carpeta—. Bueno, vamos a cerrar esto para irnos a casa.
***
A Crystal no le hizo falta abrir la puerta para identificar la música que aporreaba las paredes. El hecho de que el Jeep no estuviera aparcado fuera sólo podía significar una cosa: Helen estaba sola en casa y Crystal tenía que entretenerla hasta que Laura regresara. Con un profundo suspiro, giró el pomo y entró.
Laura parecía llevar fuera un buen rato a juzgar por el escenario, digno de un desastre natural, que se le presentó. Helen estaba tirada sobre el sofá con el mando a distancia en una mano y el teléfono en la otra. La mesita del café estaba enterrada bajo un montón de envolturas de chicle y otros papeles. Al verlo, Crystal se fue directamente a la cocina para no oír la conversación telefónica de la mujer.
Seguro que es de larga distancia, pensó mientras metía la crema en la nevera. Una caja de seis cervezas casi vacía captó su atención. Espera, espera… yo tenía cuatro de esas cuando me fui a trabajar esta mañana. Con renovado mal humor, agarró la botella que quedaba y cerró la puerta con fuerza.
—Ah, ahí estás —esclamó Helen desde la puerta—. Te he visto entrar, pero estaba al teléfono. ¿Te has acordado de traerme la crema?
—Está en la nevera —respondió Crystal acodándose en el mostrador y llevándose la botella a los labios—. Y por cierto, la cerveza que te has bebido era mía.
—¿En serio? Vaya, perdona por no preguntarte. Di por hecho que me la podía tomar. —Sin el sombrero, el cabello plateado de Helen se erguía casi de forma vertical sobre su cabeza y Crystal se preguntó para sí si le habría llevado una foto de Phyllis Diller al peluquero.
—Supongo que no podías saberlo si nadie te lo dice —convino Crystal a regañadientes—. Casi todo lo que hay en la nevera es comunitario, excepto la cerveza y esas cosas de nueces que le gustan a Laura.
—Y dime, ¿qué tal te ha ido hoy? —preguntó Helen, cruzando la habitación y acomodándose frente a la mesa de la cocina.
—Normal. Ya hemos terminado con los muros del segundo piso.
—Me vas a perdonas, pero creo que estás demasiado buena como para andar jugando a Rosie la Remachadora. Podrías ser modelo.
Crystal echó otro trago sin ninguna intención de abandonar el mostrador.
—La belleza se acaba tarde o temprano. Además, yo no remacho nada. Le pongo cemento a las estructuras. Toda una habilidad en la industria de la construcción.
—A mí me parece un poco de marimacho.
No te he pedido tu opinión, pensó Crystal para sí.
—En fin… ¿Dónde ha ido Laura?
—A ver a su madre. Yo estuve esta mañana, pero Gail tenía esa actitud post menopáusica tan suya que le impide mantener una conversación normal.
—Por lo menos se encuentra mejor y has podido entrar a verla otra vez.
—Bah. —Helen hizo un gesto despreciativo con la mano—. No va a enterrar el hacha de guerra tan fácilmente, y yo tampoco. Debí haber llamado simplemente para ver cómo estaba, pero me apetecía tomarme unas vacaciones.
—Bueno, estoy segura de que tu hermana te agradece el que hayas venido a verla desde tan lejos.
Levantando la botella una vez más, se sorprendió al encontrarla vacía. Sabía que tenía que comprar más en la tienda.
—¿Agradecérmelo? Por favor. —Helen hizo una mueca de disgusto—. Esa mujer no me ha dado las gracias por nada en su vida.
—Yo no conozco a la Sra. Taylor lo suficiente como para decir nada, pero daría mi brazo derecho por saber dónde está mi hermana ahora mismo. —Dándose cuenta de que había hablado de más, Crystal dejó la botella en el mostrador y abrió la nevera—. Será mejor que vaya haciendo la cena.
—¿No sabes dónde está tu hermana? —preguntó Helen—. ¿Os habéis peleado o algo así?
Crystal negó con la cabeza.
—No. Patty se escapó de casa cuando era adolescente. No la he visto desde entonces. —Tras sacar las sobras de pollo y dejarlas en la encimera, Crystal se quedó pensativa un momento antes de volverse hacia Helen—. Oye, ya sé que no es asunto mío, pero la Sra. Taylor es tu hermana. ¿Es que no te importa cómo esté?
—Pues claro que sí —dijo Helen con tono cortante—. Esa no es la cuestión.
—¿Y cuál es la cuestión? —preguntó Crystal suspirando—. ¿Tan importante es si no ha terminado de pagar la casa o que sus ideas políticas no sean las mismas que las tuyas? Tú elegiste una vida de fiestas y multitudes. Viajar es tu mundo. Ella eligió una familia y ese es su mundo. ¿Es que no puedes aceptar que sois diferentes y ya está? —Sacó una sartén del estante bajo el mostrador y la soltó con un fuerte golpe—. ¿Crees que no tiene miedo de estar en ese hospital sabiendo que se habría muerto si su hijo no hubiera estado en casa ese día? —La bandeja y el pollo fueron a dar sobre el fogón sin demasiados miramientos—. ¿Te parece que Laura no está preocupada por su madre? Lo que menos necesita ahora es llegar a casa y oírte machacar los mismos temas una y otra vez. ¿Qué coño importa quién lleva o no lleva razón?
—No sabía que te afectara tanto —dijo Helen, con una voz un poco más sumisa—. Normalmente saludas a Laura y te vas arriba.
—Ya, bueno, yo no soy de la familia e intento mantenerme al margen a no ser que Laura necesite hablar.
—Por no mencionar cierto olor a hierba que sale de tu habitación.
Crystal se sonrojó levemente.
—Ah, ya… bueno…
—Había pensado preguntarte sobre eso. Se me olvidó echar la mía en la maleta cuando vine.
—Oh. —Captando la indirecta, Crystal asintió—. Sólo puedo fumar hierba en mi habitación. Con los cigarrillos no hay problema. A Laura le preocupa que los vecinos me vean encendiendo un porro.
—Pues es una buena forma de trabar amistad con los vecinos —dijo la mujer—. Los míos suelen venir para que les dé un poco.
—Nunca me hubiera imaginado que fumas —dijo Crystal sintiendo que la rabia de antes empezaba a disiparse. Se inclinó contra el mostrador, resistiéndose a la tentación de ir a sentarse con la tía de Laura en la mesa.
—Si me comparas con mi sobrina, supongo que soy lo que se dice una rebelde. Iba mucho a las discotecas en los setenta, pero estoy segura de que Laura no lo sabe. Su madre la aislaba de aquel “sórdido” modo de vida, como solía llamarlo. —Helen le quitó importancia al asunto con un ademán—. Ven a sentarte conmigo. No me gusta hablarle a las paredes. —Crystal dudó un momento y luego cedió, colocándose justo al otro lado de la mujer—. Eso está mejor. Tengo que admitir que no te pareces nada a las otras novias de Laura.
—No somos novias —le recordó la rubia.
—Bueno, digamos amigas mujeres, no de amantes lesbianas —aclaró Helen—. Aunque tengo que admitir que Laura debió echarle muchos cojones cuando salió del armario con su madre.
—Laura es muy valiente —convino Crystal.
—Nunca se lo dije, pero me siento orgullosa de que se mantuviera firme en ese aspecto y no dejara que su madre la llevara a un psicólogo. —Una sonrisa malévola cruzó los labios de la mujer—. Debo confesar que yo he estado tentada de cruzarme de acera una o dos veces. ¿Te acuerdas de la serie aquella que se llamaba Wagon Wheel? Podría contarte un par de cosas de la actriz que hacía de Carol.
La referencia se abrió paso en la mente de Crystal. Aunque sólo recordaba la serie vagamente de cuando era pequeña, el significado estaba claro.
—¿Entonces eres bisexual?
—Supongo. Llevo muchos años sin estar con una mujer, pero nunca es tarde. ¿Y tú qué?
—Yo soy hetero —contestó Crystal.
—Ya veo. ¿Hay algún hombre en tu vida? Conozco a un chicarrón que está como un queso y se moriría por andar con un bombón rubio como tú.
Crystal rió con ganas y negó con la cabeza.
—Creo que paso. Ahora mismo no busco una relación.
—Lástima. ¿Por una ruptura fea?
—No. —Como era su costumbre, Crystal bajó la vista hacia la mesa para hablar sobre sí misma—. Nunca he tenido una relación estable.
—Una auténtica lástima. Eres joven, pero, ¿no te parece que ya es hora de ir buscando a alguien con quien compartir tu vida? —Helen extendió la mano y palmeó la de Crystal—. Hazle caso a este carcamal, querida. No hay cosa más triste que no tener a nadie a quien amar cuando vuelves a casa. Personalmente, creo que te estás limitando con eso de no buscar en el otro lado de la valla. Mi sobrina es una joya, ¿sabes? Escritora de éxito, con carrera… y no está nada mal, ¿eh?
Crystal advirtió el gesto de complicidad de Helen y sonrió.
—No, para nada. Laura es una persona muy agradable, pero no hay nada de eso entre nosotras. Además, no soy su tipo.
—Pues no sé qué decirte, querida. Mi sobrinita parece pensar otra cosa.
—¿Qué ha dicho sobre mí?
—Ah, tienes curiosidad, ¿eh? —preguntó Helen con aire interesante—. Te diré lo que vamos a hacer. Aún quedan como veinte minutos para la cena, ¿no?
—Sí, por lo menos.
—Si me das una calada o dos, a lo mejor me animo a revelarte cierta información confidencial.
Crystal no necesitó que se lo repitiera.

—Vamos.
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Re: El corazón de cristal, B. L. Miller

Mensaje  malena el Junio 18th 2013, 8:37 pm

PARTE 12
Laura se sentía agotada para cuando apagó el motor, aunque ver el ya familiar Omni allí aparcado le levantó un poco el ánimo. Eso significaba que Crystal estaba en casa y, probablemente, que su tía habría decidido irse a dormir temprano. Recordando la bolsa colmada de productos de limpieza que llevaba en el asiento trasero, la cogió y se dirigió a la puerta.
Tras dejar la bolsa en la mesa de la entrada, advirtió con cierta extrañeza que ninguna de las dos estaba en el piso de abajo. Lo que no le sorprendió tanto, por desgracia, fue el desbarajuste que reinaba en la sala de estar. La cocina tenía mejor aspecto. Los platos estaban limpios y secándose, aunque juzgó que la autora de tan magnánimo gesto había sido su compañera de piso, puesto que el colador yacía en el extremo opuesto del fregadero. Laura se dio unos minutos para reacomodar todos los utensilios de cocina antes de subir la escalera.
—¿Hola? —exclamó Laura al oír voces a medio camino del piso superior.
—Estamos aquí —respondió Crystal.
Laura no pudo evitar enarcar las cejas ante este nuevo cambio de rutina. Su tía Helen y Crystal estaban juntas en la misma habitación y, a juzgar por los sonidos que provenían del interior, se lo estaban pasando bien. El aroma dulzón que salía de debajo de la puerta le aclaró el motivo. Al abrir, lo primero que vio fue una montaña de ropa sucia, unos vaqueros arrojados sin ningún cuidado en el respaldo de la silla naranja y las botas de trabajo de Crystal tal cual habían caído al quitárselas de dos patadas. Crystal estaba cómodamente tumbada en la cama y Helen ocupaba la silla con los pies en alto.
—Hola —dijo Crystal—. ¿Cómo está tu madre?
—Hola, calabacita —saludó a su vez Helen—. Ven a sentarte y nos cuentas.
—No te preocupes por la ropa —le advirtió la joven—. Pasa por encima y ya está.
—O también podría alquilar una excavadora —respondió Laura con acritud. Evitó pisar la ropa sucia y fue hasta la cama, sentándose con las piernas cruzadas en la esquina más cercana a la puerta del balcón. Entonces, dirigió una mirada a su tía y luego a Crystal—. Ya veo que habéis encontrado algo en común —afirmó con un tono que no dejaba lugar a dudas sobre lo que opinaba al respecto.
—Te pareces demasiado a tu madre. —Helen frunció el ceño y tomó la pipa de las manos de Crystal—. Y bien, ¿cómo está?
—Cien veces mejor que cuando la ingresaron —dijo Laura—. Si todo va bien esta noche, a lo mejor le dan el alta mañana por la mañana.
—¿A qué hora vas a ir a verla? —preguntó Helen.
—Quiero llegar allí como a las nueve o las diez.
—Voy contigo —dijo Helen, extendiendo la mano para que Crystal le diera el encendedor.
Laura observó cómo su tía de cincuenta años le daba una calada a la pipa y pensó para sí que debía haberla poseído algún bicho de la Dimensión Desconocida. Laura aún se sentía incómoda al ver a Crystal fumando, pero lo de su tía era harina de otro costal.
—Em… ¿Tía Helen?
—Dime, calabacita. —Helen parecía estar viéndola, pero tenía los ojos levemente cerrados. Al parecer, llevaba ya un buen rato en aquella habitación.
—¿Te importaría no fumar… eso delante de mí? Se me hace un poco raro.
—Tengo una idea —dijo Crystal recogiendo su pipa y dejándola sobre el cenicero—. Voy a por un cigarrillo. ¿Por qué no salimos al balcón? Laura se va a asfixiar aquí dentro.
—Excelente, querida. —Helen se puso en pie un tanto precariamente, se enderezó y fue hacia la puerta corredera.
—¿Y de qué habéis estado hablando? —preguntó Laura a Crystal, procurando quedarse atrás.
—Ah, toda clase de cosas —le respondió la joven—. De hermanas, familias, libertad… y de ti, claro.
—¿De mí?
—Bueno… —Los ojos de Crystal adquirieron un brillo travieso—. Tú eres lo principal que tenemos en común. Y por cierto, ¿lo de saltar barriles con la bicicleta? Mala idea.
—¿Te ha contado eso? —Laura estaba conmocionada puesto que esa era una de las anécdotas que más la avergonzaban, en especial cuando el comandante de la base llamó a su padre para contarle que ella había estado jugando en un área no autorizada.
—Me ha contado un montón de cosas —dijo Crystal con tono juguetón. Helen no había tardado mucho en entonarse, regalándole una tremenda retahíla de los momentos más embarazosos de la niñez de Laura—. Como esa vez que fuiste a visitarla y te perdiste en el metro.
—Fue ella la que me dijo que me quedara en la línea roja —refunfuñó Laura mientras salían al balcón—. Así que ahora tienes por hobby hablar de mí, ¿eh?
—Tienes suerte de que se me olvidara echar los álbumes de fotos a la maleta —dijo Helen—. ¿Te acuerdas de aquel verano que fuimos de acampada? ¿Cuándo vinieron tus primos?
En ese momento, Laura sintió un gran alivio de que la oscuridad que les rodeaba ocultara el rubor que sin duda teñía su rostro.
—Sí, me acuerdo. ¿Podemos cambiar de tema?
—Ah, es mucho más divertido meternos contigo —dijo Crystal recostándose en su silla y apoyando los pies sobre el barandal—. A ver, Helen, me estabas contando la primera vez que Laura se emborrachó.
—Oh, no —gruñó el sujeto en cuestión—. ¿Y todavía te preguntas por qué no suelo beber? Basta con que una tía te lleve a tu primera borrachera.
—Te pasaste todo el rato abrazada a una diosa de porcelana, ¿no? —la picó Crystal.
—Fue su mejor amiga aquella noche —añadió Helen con todo divertido—. Y también a la mañana siguiente.
—Pero apuesto a que tú tienes más confianza con esa diosa en particular que yo —dijo Laura devolviéndole la broma.
—Ahí me has pillado, colega. —La única bombilla del muelle trasero aportaba escasa iluminación, pero lo bastante como para que Laura viera la pantomima de Crystal como de haber recibido un disparo en el pecho—. Sin embargo, yo nunca he intentado bajar a gatas unas escaleras.
—No se te olvida nada, ¿verdad, tía Helen?
—De hecho, casi nada, calabacita —contestó Helen, disfrutando de lo lindo. Crystal y ella tenían unos cigarrillos encendidos y la mujer le dio al suyo una buena calada antes de seguir vacilando a su sobrina—.Tendrías que haberla visto, Crystal. No paraba de hablar con la barandilla.
La amigable charla siguió durante más o menos una hora, aunque Laura dejó de sentirse avergonzada después de aquella última anécdota. Por fin, tras varios bostezos, quedó patente la necesidad de dar por terminada la velada y Helen se retiró a la habitación de Laura, misma que ocupaba desde que llegó. Laura siguió a Crystal adentro, sorteando unos pantalones cortos que había tirados junto a la puerta.
—¿Cómo puedes vivir en medio de este desastre? —preguntó Laura.
—Sé perfectamente dónde está cada cosa. Es un desastre organizado —dijo Crystal dejándose caer en la cama y apoyando la espalda contra el cabecero—. Y dime, ¿ya te has hartado o te sientes de humor para hacerme una visita de vez en cuando?
Desde la llegada de Helen, había pasado la mayor parte de las tardes en el piso de abajo, por lo que las dos amigas no habían tenido muchas ocasiones de sentarse a charlar, y Laura se descubrió echando de menos esos ratos.
—Vale, pero si me prometes que sólo fumarás cigarrillos.
—Trato hecho —convino alegremente Crystal al tiempo que daba un golpe en el brazo de su silla naranja—. Siéntate y relájate.
—Veo que esta noche estás de buen humor —apuntó la escritora, sentándose a continuación—. Todavía no me puedo creer que tú y mi tía Helen hayáis hecho buenas migas, y menos que hayáis estado fumando hierba.
—La verdad es que me dejó pasmada cuando me preguntó si tenía —dijo Crystal ahuecando una almohada antes de ponérsela en la espalda—. Pero una vez que se me pasó el cabreo, me di cuenta de que no está tan mal. Un poco rara, pero simpática.
—No te ha contado su teoría sobre los alienígenas y los laboratorios secretos que tienen escondidos en el desierto, según veo.
—Ah, lo estoy deseando. Me ha dicho lo de su primo, el que tiene un espectáculo de travestis en Nueva York.
—Ya te habrás dado cuenta de que no todos a los que llama primos lo son en realidad —le explicó Laura—. Creo que la mayoría son hijos de sus amigos, y a ella le encanta jugar a la tía rica con ellos.
—Ya… A mí no me hubiera importado tener una tía rica cuando era pequeña.
—Bueno, no estaba mal, pero nunca me interesó su dinero. Ir a verla era como estar en un parque de atracciones gigante. Nunca se sabía lo que iba a hacer, pero era divertido. —Sin pensarlo, Laura se quito las zapatillas y subió los pies a la cama de Crystal—. Créeme, hay un límite para lo que una persona puede divertirse en cierto tiempo, dejando aparte el bajar gateando una escalera. —Se inclinó hacia delante y le dio a Crystal una palmada en la pierna—. Eh, me ha llegado un cheque esta mañana. ¿Qué te parece si salimos a cenar después de que salgas del trabajo mañana?
—¿Y qué hacemos con Helen?
—Se la apalancaré a Bobby. Seguro que le encantará contarle todos sus chismorreos. —La mente creativa de la escritora trabajó durante un momento antes de idear el escenario perfecto para su plan—. Le comeré el tarro con el rollo de que a mi hermano le encantaría pasar la tarde con ella antes de irse a la Universidad.
—Estoy segura de que le va a encantar —dijo Crystal.
—¿Sabes que fue ella quien me compró mi primer coche cuando acabé el instituto? Era de segunda mano, pero no estaba oxidado y llevaba pocos kilómetros. Un "cinco puertas" muy útil para moverme por el campus.
—Mi primer coche es el mismo que tengo ahora —dijo Crystal haciendo un gesto hacia el aparcamiento—. Fui tirando de lo que me devolvía Hacienda e hice pagos trimestrales para conseguir ese montón de chatarra. Lo tengo desde hace casi un año.
—Y seguro que lo valoras más de lo que yo valoraba mi Ford. No llevar cadenas en mitad de una tormenta y mi falta de experiencia lo llevaron al desguace en menos de cuatro meses.
—Oh, vaya mierda.
Laura sonrió al escuchar la frase malsonante de su amiga, pero al final asintió.
—Supongo que depende de cómo lo mires. El seguro me dio el dinero que necesitaba para comprarme los libros, así que no tuve que pedirles prestado a papá y a mamá cuando quedaba tan poco para Navidad. En cualquier caso, ahorré lo que me sobró y empecé a dar clases particulares para comprarme otro coche.
—Apuesto a que tuviste más cuidado con ese —aventuró Crystal.
—Pues sí —admitió laura por su parte—. Me duró hasta el último año de carrera. —Acto seguido, frunció el ceño tratando de recordar cómo se habían desviado tanto del tema. Claro que, con Crystal, cualquier conversación era una montaña rusa—. Ah, la cena.
—Sí. ¿Adónde habías pensado ir? Hay uno muy barato como a kilómetro y medio del hospital. Ya sabes, ése con los cristales ahumados.
Laura hizo una mueca.
—¿Y si vamos a un sitio donde la mitad del plato no sea grasa?
—¿Estás de coña? Es el mejor sitio. Hacen unas costillas buenísim… —Crystal pareció replantearse la idea un momento—. Ah, cierto, que tú no comes carne roja. Pero también tienen marisco.
—Sin duda empanado y nadando en aceite —respondió Laura—. Hay un italiano cerca del centro comercial.
—¿Y comida china? —propuso Crystal ignorando el comentario de su compañera de piso.
—Siempre me atasco cuando voy a un chino. ¿Qué tal el sitio nuevo de la Quinta?
—Demasiado caro. Michael sólo ha podido darme unas cuantas horas extra esta semana. —Crystal suspiró y alcanzó sus cigarrillos—. Es como cuando empezamos a vivir juntas. No nos ponemos de acuerdo en nada.
Laura no pudo evitar sonreír.
—Ya… Pero hemos mejorado mucho desde entonces. Llevo semanas sin recoger la toalla del suelo del baño. Y hablando del baño…
—Yo no he sido —afirmó Crystal antes de oír el final de la frase.
—Mala conciencia, ¿eh? —bromeó Laura—. Ya sé que tía Helen usó mis jabones, pero me ha dicho que no ha comprado los nuevos. Así que, ¿de dónde han salido?
—¿El hada del jabón?
—Me da que soy un poco mayor para creer en hadas, Crystal. Sin embargo, sí creo que hay por aquí una compañera de piso que ha tenido un detalle maravilloso.
Crystal sonrió al escuchar palabras como aquellas, a las que definitivamente no estaba acostumbrada.
—Es que echaba de menos el olor.
—Para eso existen los ambientadores —puntualizó Laura—. A mí no me la das. Te lo agradezco mucho. Son incluso más bonitos que los que tenía antes.
La rubia sonrió de nuevo y apagó su cigarrillo.
—¿Cómo hemos acabado hablando de esto? Estábamos con la cena.
—Yo he sugerido el restaurante de la Quinta —retomó Laura.
—Y yo he dicho que es demasiado caro.
—La mayoría de las cenas cuestan menos de veinte dólares, Crystal. Además, voy a invitar yo porque el cheque ha sido de un poco más de lo que esperaba. ¿O es que te creías que iba a invitarte a cenar y dejarte pagar después? —Laura negó con la cabeza—. No soy tan mala en las citas.
—Ya, bueno, es que la última vez que alguien quiso pagarme la cena lo hizo esperando algo a cambio. —Crystal sonrió—. Pero dado que no tienes nada que hacer conmigo, acepto.
—Oh, por favor. Veros a ti y a tía Helen llevándoos tan bien vale más que una simple cena. ¿De qué habéis estado hablando aquí dentro?
En ese momento, Laura se puso a recoger un poco de ceniza que había caído sobre la mesita de noche, así como un montón de paquetes de tabaco arrugados.
Crystal, por su parte, le lanzó una sonrisa traviesa.
—¿Aparte de intentar decidir qué es mejor, si el papel o la pipa? —Su cara cambió de pronto al darse cuenta de lo que Laura pretendía hacer—. Oye, deja mi basura en paz. —Laura abrió las manos para que la joven le quitara lo que había estado recogiendo.
—Sólo quería ayudar —dijo la mujer de pelo oscuro.
—Ya, ayudar a limpiar —afirmó Crystal tirando los paquetes y todo lo demás a la papelera, ya de por sí llena a rebosar—. Esta es mi habitación. Puedo tenerla tan sucia como quiera.
—Hay una diferencia entre el desorden y que parezca una zona de guerra.
—Pero es mi zona de guerra —puntualizó la rubia con orgullo—. Si yo no voy a ponerte tu cuarto hecho un desastre, tú no puedes venir a limpiar el mío. Me porto bien en el resto de la casa.
Laura se sacudió las manos en los pantalones antes de entrelazarlas para resistirse a la tentación de recoger el paquete que había caído fuera de la papelera.
—Tienes razón.
—No es que esté estropeando las paredes o la alfombra. Sólo está…
—Desordenada —aventuró la escritora.
—Desordenada, sí, eso suena bien. —Crystal sonrió—. Claro que decir que yo soy un poco desordenada es como decir que en Maine sólo nieva un poco en invierno.
Ambas mujeres se echaron a reír, continuando las bromas sobre sus respectivas manías un poco más.
—Entonces, aparte de qué es mejor, si el papel o la pipa… y no, no quiero saber la respuesta… —dijo Laura—, ¿de qué más habéis estado hablando?
—De hermanas —afirmó Crystal encogiéndose de hombros—. Le he dicho que debería preocuparse más por el estado de salud de su hermana y menos por si ha terminado de pagar las letras de la casa.
—¿Le has hablado de Patty?
—Un poco. Le he dicho que llevamos mucho tiempo separadas y que aunque estuviera viviendo en una caja, querría verla y pasar tiempo con ella.
—Así que por eso ha dicho que quiere ir a ver a mamá mañana —dijo Laura—. Me tenía intrigada con semejante cambio de idea. —A continuación, miró a Crystal con aire pensativo—. Supongo que algunas veces todos necesitamos que nos recuerden qué es lo verdaderamente importante.
—No sé. Supongo. —Crystal se encogió de hombros y levantó las rodillas, dejando descansar allí sus brazos, sin dejar de recostarse contra el cabecero de la cama. Una triste mirada melancólica cruzó su rostro en ese momento.
—¿Cómo te ha ido hoy con Jenny? —le preguntó Laura al darse cuenta del día que era. Crystal solía ponerse en plan solitario después de sus sesiones y Laura pensó que tal vez aquélla sería otra de esas noches en que su compañera necesitaba quedarse despierta y hablar.
—Bien, supongo. —Crystal meneó la cabeza, como dándose cuenta del aspecto que debía tener en aquel momento, y aplastó su cigarrillo contra el cenicero—. No es nada.
—¿Seguro? A mí me parece algo.
—Estuvimos hablando un rato sobre mi madre. —Crystal bajó la mirada—. Y te aseguro que no ha sido uno de mis mejores momentos en esa oficina. —Laura permaneció en silencio, a sabiendas de que su papel era escuchar sin interrupciones—. Doc me metió en ese juego estúpido en el que se supone que le gritas a tus padres. —Laura asintió, comprendiendo de qué hablaba aunque nunca hubiera estado presente. Entonces, Crystal siguió hablando con la mirada perdida—. ¿Sabes qué es lo más raro? Que por mucho que pienso que la odio, una parte de mí sigue preocupándose por ella. —Alargó la mano como para agarrar una pelusa imaginaria encima de la manta—. ¿Te acuerdas de lo mal que estabas cuando te llamaron para decirte que tu madre estaba enferma? Yo quisiera que la mía me hubiera importado lo suficiente como para reaccionar igual, pero adivina qué. —Crystal lanzó una leve carcajada y meneó la cabeza—. Si recibiera esa llamada hoy mismo… iría.
—Me da que esta conversación se merece una taza de té —dijo Laura, consciente de que aquello era lo suficientemente serio como para atajarlo—. Vamos a bajar al sofá, poner la tele de fondo y hablar.
—Laura… ¿Crees que es posible querer y odiar a alguien al mismo tiempo?
Tras aspirar profundamente, Laura se planteó la respuesta con seriedad.
—Creo que podemos odiar las cosas que ha hecho una persona a la que amamos. Y creo que hay gente a la que nunca se podrá amar —dijo, pensando en el padre de Crystal—. Lo mejor que podemos hacer es que nos sean indiferentes. No me gusta gastar mi energía en odiar a alguien. Si me han herido hasta el punto de que no puedo perdonarles o volver a confiar en ellos, les borro de mi vida y sigo adelante. —Laura se puso en pie y extendió su mano—. Venga, vamos abajo. Si te portas bien, a lo mejor me acuerdo de dónde tenía escondida una caja de malvaviscos y el chocolate —aventuró, sabiendo de antemano que Crystal no era muy afecta al té.
Con el transcurso de las horas y la conversación, ninguna de las dos se dio cuenta del momento en que la puerta de la habitación de Laura se abrió a medias o de cómo la acústica de la casa transportaba sus voces hasta el piso de arriba. Si alguna se hubiera molestado en mirar, hubieran visto a Helen sentada junto a la puerta, con la luz de la luna reflejándose en su cabello plateado.
***
—¿Dónde tiene la bandeja de servir? —preguntó Laura antes de abrir uno de los estantes y cerrarlo de nuevo. Al parecer, su madre había reacomodado la cocina después de que ella se fuera de casa.
—Creo que está en el de encima de la nevera —dijo Bobby, reclinándose sobre la barra americana que separaba la cocina de la sala. A continuación, cogió un trozo de queso y se lo llevó a la boca.
—Deja ya de comer —le amonestó Laura—. Se me había olvidado que pareces un ratón.
—¿Qué puedo decir? Adoro el queso —dijo, comiéndose otro pedazo.
—Pues a los demás también, y me gustaría que quedara algo cuando nos sentemos a la mesa. —Laura encontró la bandeja sobre la nevera y acomodó encima las tazas y la tetera—. ¿Me puedo fiar de que saques eso sin comer nada más?
—No —afirmó él con tono divertido, antes de echarse otro trozo a la boca y encaminarse hacia la otra habitación. Laura meneó la cabeza y volvió a comprobar el equilibrio de la bandeja. La porcelana china de su madre, esa que nunca abandonaba el armario, lucía esplendorosamente en sus manos y lo último que Laura deseaba era cuartear o romper alguna pieza. Asegurándose de que las tazas estaban seguras, levantó la bandeja con sumo cuidado y cruzó la puerta abatible.
—Aquí viene el té —anunció.
—Excelente, cariño —dijo la madre de Laura—. Déjalo aquí.
Gail Taylor estaba sentada en una silla de terciopelo rojo mientras su hermana ocupaba otra igual, de espaldas al fuego de la chimenea. Bobby permaneció de pie junto a una de las mesas laterales, disfrutando de lo lindo con el queso y las galletas. Laura, por su parte, dejó la bandeja y empezó a llenar las delicadas tazas de color blanco y dorado.
—Y bien, ¿qué te dijo el médico? —preguntó Gail a Helen, reiniciando la conversación que tenían antes de que Laura llegara con el té.
—Que madre debía quedarse bajo techo y no estar con nadie que tuviera la gripe. Ya ves tú, en un asilo de ancianos.
—Pero si ha tenido una mala reacción a la gripe, ¿qué otra cosa pueden hacer? —preguntó Helen, tomando la taza de té y el plato que Laura le alargaba.
—Siempre podemos traérnosla a casa —dijo Helen. Laura, que había estado atenta a la conversación, enarcó las cejas y meneó la cabeza.
—¿Y dónde piensas ponerla? La abuela no puede quedarse aquí. No hay nadie que la cuide.
Laura se dio cuenta de su error al recibir una mirada taladrante por parte de su madre.
—Me las apañé perfectamente contigo y con tu hermano desde que llevabais pañales. Si contratamos a una enfermera, no veo por qué no podría quedarse aquí mi madre, por lo menos durante un tiempo. —Gail miró entonces a su hermana—. Helen, ¿acabas de oír a mi hija?
Laura, sintiéndose como una niña, alargó otra taza a su tía y se sentó, dirigiéndole una mirada de soslayo a su hermano. Bobby, por su parte, se la devolvió con aire cómplice, a sabiendas de lo que le esperaba a continuación.
—No puedes culpar a las nuevas generaciones de no tener ni idea de qué es lo que realmente importa —dijo Helen tomando un sorbito de té y dejando parte de su pintalabios en la porcelana china.
—Helen, ¿te acuerdas de cuando le robamos el coche a Papá Edsel? —preguntó Gail. Su hermana sonrió inmediatamente.
—Oh, querida. Llevaba años sin pensar en eso. Nos cayó una buena cuando vio la abolladura.
—Esa fue la última vez que lo hicimos. A veces me pregunto si Robert y yo no fuimos demasiado blandos —dijo Gail, mirando con determinación a su hija—. A ti ni se te ocurra meterme en un asilo, ¿entendido, jovencita?
Laura adoptó un aire ofendido.
—Ni en sueños, madre —dijo la joven—. Bobby, deja ya de comerte todo el queso.
—Y ahora no la pagues con él —volvió a amonestarla Gail antes de dirigirse de nuevo a su hermana—. ¿Cuánto piensas quedarte?
—No tengo nada que hacer hasta mediados de mes. —Helen tomó otro sorbito de té—. Hay una inauguración en el Met y no puedo faltar. Ya sabes lo mucho que apoyo el arte.
—O sea, que aún nos quedan cinco días —dijo Gail—. No hay necesidad de que Laura te esté trayendo y llevando constantemente. Hija, tráete las cosas de tu tía esta noche. Puede quedarse en tu antigua habitación.
La escritora hizo sus mejores esfuerzos por no ahogarse con el té que tenía en la boca.
—Em… por supuesto, mamá. Tengo que ir a casa a recoger a Crystal en una hora más o menos. Dejaré aquí las maletas antes de ir a cenar.
Laura advirtió la sonrisita sabihonda de su tía, pero no quiso indagar sobre la causa enfrente de su madre.
—Y supongo que pagar unos precios exorbitantes por cenar es lo que tú llamas un modo apropiado de gastar el dinero. Sería más lógico que vinieseis aquí. Bobby, ¿has puesto a descongelar el asado como te dije?
—Sí, mamá.
—Pues arreglado —dijo Gail felizmente al tiempo que se alisaba los pliegues de la falda—. Os quedáis a cenar. No pasas tanto tiempo con tu familia como deberías y quién sabe cuándo volverá a visitarnos tu tía.
—Em… —A pesar de que normalmente pensaba rápido, Laura encontró dificultades para dar con una excusa que les librara de aquélla sin ofender a su madre—. Yo no como carne roja.
—¿Y cuándo he dicho que era asado de carne roja? —Gail meneó con la cabeza y miró a su hermana—. Te lo juro, Helen, no sé qué les pasa a estos críos. A lo mejor la idea de papá de meternos en cintura con una vara de nogal no era tan mala después de todo. Laura, llevas sin comer carne roja desde que eras adolescente. ¿Te crees que se me ha olvidado? Tal vez no estoy al 100%, pero tampoco estoy senil.
Laura sólo pudo asentir, deseando que se la tragara la tierra.
—Seguro que disfrutarás un guiso de pollo casero con patatas asadas y tal vez un poco del suflé de tu tía Helen.
Bobby y Laura intercambiaron miradas. El suflé de Helen equivalía a los pasteles de frutas de otras familias. Un mal necesario que tuvieron que sufrir año tras año durante su infancia. Tal vez eso de que las dos hermanas no se hablasen tenía sus ventajas, después de todo.
—Lo consultaré con Crystal.
—No, llámala ahora mismo y pregúntale —la urgió Gail.
—Está en el trabajo, mamá. Sólo puedo llamarla por cosas importantes.
—¿Y el hecho de que vaya a cocinar para cuatro o cinco personas no es importante?
Bobby alargó el teléfono inalámbrico a Laura, consciente de quién acababa de ganar la batalla.
***
—Muy bien, Sheridan. Vamos a terminar esta habitación y empezamos a limpiar —dijo Josh Thompson, el supervisor de Crystal—. Ya son más de las cinco.
—Vale, ya voy —le contestó Crystal sin mirarle.
Acababa de empezar a asegurar las tachuelas de esta sección y había por lo menos otros cuatro ángulos que necesitaban fijarse para mantener el revestimiento temporalmente fijado. Con tiempo y práctica, la rubia se había vuelto muy eficiente con la pistola de clavos. Ya no rompía la capa superficial y era tan rápida como cualquiera de los hombres que hacían el mismo trabajo en las otras secciones del edificio. Aun así, el día había sido largo y el brazo empezaba a dolerle por el esfuerzo incesante. La limpieza, lo más fastidioso de la jornada, todavía estaba pendiente, y a juzgar por el barullo de trozos de revestimiento que cubrían todo el suelo de la sala, calculó que le llevaría como una hora más. Tras limpiarse el sudor con la manga de la camisa, Crystal volvió a levantar la pistola de clavos e insertó un cargador nuevo.
—Eh, rubiales, al teléfono —le gritó uno de los trabajadores.
—Voy —contestó ella ajustándose la herramienta al cinturón de trabajo antes de salir de la oficina e ir a buscar el teléfono. A medida que iban subiendo pisos, Michael había instalado extensiones para la línea telefónica para minimizar el tiempo que sus empleados estaban lejos de los puestos. Entró en la primera habitación junto a las escaleras, vio el teléfono en una de las sillas y otra más, vacía, junto a la primera. Éste mostraba varias lucecitas encendidas, señal de que no era la única que estaba esperando una llamada. Con la intriga de quién estaría llamándola al trabajo y no al busca, Crystal levantó el auricular y presionó el botón.
—Crystal al aparato.
—Crystal, soy Laura. Perdona que te moleste en el trabajo, pero mi madre quiere hacer una cena en casa esta noche.
—Ah, no hay problema. Podemos salir cualquier otro día —dijo Crystal, malinterpretando las palabras de Laura sin darse por invitada—. Me ofreceré voluntaria para trabajar hasta tarde hoy. Hay mucho que hacer, te lo aseguro.
—O sea, ¿qué no quieres venir?
—¿Qué? ¿No has dicho que tu madre quiere que cenes con ella esta noche?
—Claro, pero nos ha invitado a las dos, no sólo a mí. Venga, no me puedes dejar aquí sola. Tienes que venir.
—Oh, perdona. Te he entendido que querías cancelar lo nuestro para ir allí. —Crystal se sentó en la silla vacía—. Tengo que pasar por casa a ducharme y cambiarme de ropa. Hace un calor de mil demonios y estoy agotada.
—No hay problema —dijo Laura—. Yo tengo que ir a por las cosas de tía Helen, así que hay tiempo de sobra para que te arregles. Helen se va a quedar con mamá a partir de ahora.
—Genial. Estaría bien entrar en el baño y no tener que oler ese condenado perfume que usa por todas partes. —A su alrededor, Crystal podía oír el barullo de las herramientas de construcción—. Oye, Laura, tengo que seguir trabajando. Creo que llegaré sobre las seis y media o así.
—Vale. Nos vemos en casa y podemos ir en mi coche. Oh, y Crystal…
—¿Sí?
—Jamás cancelaría una cita contigo, fuera cual fuese el otro plan —dijo Laura con firmeza—. Te veo como en una hora y media.
Crystal se despidió rápidamente y colgó el teléfono, pero se quedó mirándolo durante un momento.
¿Cenar con su familia?
De pronto, la idea de limpiar la obra no le pareció tan mala.
***
La impresión de Crystal de que aquello iba a ser algo casual quedó eliminada en el mismo momento en que entró en casa de Gail y vio la mesa de la sala decorada con un mantel y un centro de mesa.
—Ah, ya estáis aquí —dijo Gail, saliendo de la cocina.
—Mamá, Bobby y yo podemos encargarnos de la cena. Tú deberías sentarte a descansar —protestó Laura, indicando silenciosamente a Crystal que ocupara el sofá.
—Tonterías. Estoy cansada, pero aún soy capaz de pelar patatas —argumentó su madre al tiempo que se limpiaba las manos en el delantal—. Me alegra volver a verte, Crystal. Bienvenida a mi hogar.
—Gracias, Sra. Taylor —respondió Crystal—. ¿Le puedo ayudar en algo?
—De hecho, sí. Los platos están en el armario de la sala. Sé buena chica y pon la mesa. Voy a decirle a Bobby que traiga la vajilla de plata y las servilletas. —Gail se quitó el delantal y se lo alargó a su hija—. Y dado que piensas que estoy inválida o algo así, ve a la cocina y ayuda a tu hermano con la salsa. ¡Helen! —exclamó—. Los niños van a terminar la cena. Vamos al porche a ver la puesta de sol.
—Te sigo —dijo Helen traspasando las puertas abatibles de la cocina—. Laura, mira bajo el mostrador a ver si hay algo para prepararme un daiquiri, ¿quieres, cielo?
—Estoy segura de que sí —convino Gail—. Laura, la batidora está al lado del horno y ya sabes dónde encontrar hielo. Pero yo no quiero. El médico dijo que nada de alcohol mientras esté con la medicación. Tomaré un té helado. Y ponle algo a nuestra invitada.
Laura, aún preguntándose cómo había pasado de tener veintiocho años a tener quince en un segundo, asintió y dirigió una mirada a Crystal antes de entrar en la cocina.
Aterrada ante la idea de ir a cargarse alguna pieza de la vajilla china, Crystal sacó los platos, las tazas y los platillos de té del armario uno por uno, depositándolos con sumo cuidado sobre la mesa. Bobby, por su parte, entró en la sala con una enorme caja de madera.
—Hola, Crystal.
—Hola, Bobby, ¿qué tal?
—Me da la impresión de que he sido vendido como esclavo, pero aún no estoy seguro —bromeó el chico—. Mamá y tía Helen no me han dejado parar en toda la tarde. —Dejó la caja sobre la mesa—. No entiendo por qué tanto lío para una simple cena. Sólo sois tú, tía Helen y Laura. Mamá no había sacado la cubertería buena desde la última vez que vino la abuela. —Abriendo la caja, más o menos el doble de gruesa que de larga, dejó ver su interior de terciopelo rojo y un montón de utensilios brillantes perfectamente acomodados en su interior—. Bien —dijo él—. Por lo menos no tengo que sacarles brillo.
El juego constaba de tenedores, cucharas y cuchillos, junto con varios cubiertos de servir más largos. Bobby distribuyó la cubertería rápidamente por la mesa de modo que cada lugar tuvo dos tenedores, tres cucharas y un cuchillo de untar mantequilla. Acto seguido, devolvió la caja al armario de la vajilla y sacó los cuchillos para la carne de uno de los cajones.
—Se te ha olvidado sacar los cuencos para la sopa.
—Oh. —Crystal fue hasta el armario de nuevo, alargando las manos hacia unos cuencos pequeños que descansaban sobre el estante superior.
—No, esos son de postre. —El muchacho fue hasta ella y señaló una pila de cuencos en la parte de atrás—. Créeme, te encantará la sopa y el pollo de mamá. Voy a ver si Laura necesita algo.
A medio camino de la puerta, Bobby se detuvo y frunció el ceño mirando a la mesa. Crystal supo inmediatamente que debía haber hecho algo mal, pero para alivio suyo todo lo que hizo el hermano de Laura fue cambiar el orden de un par de cucharas antes de salir.
Por suerte yo no suelo dar cenas así. Rodeando la mesa para observar la corrección, Crystal sonrió ante el gesto meticuloso de Bobby. Igual que su hermana, pensó. Tras terminar de poner la mesa, decidió ir a ver cómo iban las cosas en la cocina.
—Ya sé cómo se hace —decía Laura en el preciso momento en que Crystal atravesaba las puertas abatibles.
—Es que no es así. Mamá utiliza la perilla, no la brocha —objetó Bobby, con la susodicha perilla en la mano.
—Pues yo prefiero la brocha —afirmó Laura con tranquilidad, sumergiéndole en la salsa y embadurnando la parte superior del pollo.
—Pero es el pollo de mamá.
—Bobby, ¿de verdad crees que va a saber si he usado la brocha o la perilla? —En ese momento, advirtió que Crystal estaba allí—. Hola. ¿Ya está la mesa?
—Sí. —Crystal miró a Bobby y le dio las gracias en silencio.
—Bien —dijo Laura—. Al pollo le quedan como quince minutos y, para entonces, estará todo listo.
—Genial, entonces me da tiempo a fumarme un cigarrillo.
—Eh, espera que vaya a por los míos. No tardo nada —dijo Bobby saliendo de la cocina y subiendo la escalera en tres zancadas. Un par de minutos después, estaba de vuelta con una cajetilla azul en la mano—. Listo.
—Pues vamos —dijo Crystal.
—Espera, vamos a la entrada. La tía Helen no sabe que fumo y a mamá no le gusta que lo haga delante de ella —afirmó el chico, sosteniendo la puerta. Crystal asintió y le siguió.
El hormigón y los escalones enmarcados por ladrillo rojo estaban fríos, ya que el sol pegaba en la parte de atrás de la casa por la tarde. Tras tomar asiento, Crystal le alargó el mechero a Bobby después de encender su cigarrillo.
—Gracias por ayudarme antes —dijo ella recuperando el mechero.
—Tranquila —dijo él, exhalando una gran cantidad de humo—. Yo sólo lo sé porque mamá nos enseñó a Laura y a mí hace algunos años.
—Mi madre prefería cenar delante de la tele —dijo Crystal recorriendo con la mirada el caminito que llevaba hasta la calle—. Es un barrio genial.
Bobby rió con ironía.
—Está lleno de pijos. Yo prefiero ir con los chavales de la Segunda.
Consciente de en qué parte de la ciudad se encontraba esa calle, Crystal miró a Bobby.
—¿Sabe tu madre que vas por ahí?
Una abierta risotada surgió como respuesta.
—¿Estás de coña? Le daría un infarto si pensara que ando tomando drogas o algo así —dijo él—. Le digo que me voy al centro comercial y se queda tan feliz.
—¿Y lo haces? —preguntó Crystal. Cuando no contestó de inmediato, ella asintió y volvió a mirar la calle—. Ya veo. Pues ten cuidado.
—Yo no he dicho…
—No hace falta —le interrumpió—. Yo no crecí en una zona residencial, Bobby. Sé de qué va el rollo. Uno no va a la Segunda a no ser que consuma o trafique. —Insegura de hasta dónde llegar con el tema, Crystal suavizó el tono y miró al muchacho con seriedad—. ¿Conoces el edificio en ruinas cerca de la tienda de lencería?
—Sí.
Crystal aspiró profundamente.
—Hace cinco años más o menos yo iba mucho por ahí. De hecho, solía ir a drogarme al segundo piso.
—No recuerdo haber visto ese sitio abierto —dijo él.
—Ya —convino la joven—. Pero unos cuantos clavos no impiden que la gente entre a un edificio abandonado para siempre. —Acto seguido, se encogió de hombros—. Quedaba cerca de donde yo trabajaba y también de mi camello. —Crystal se preguntó por un momento cuánto habría contado Laura a Bobby acerca de su pasado, pero decidió correr el riesgo—. No era la única que iba por allí. Había como otros veinte o treinta que se quedaban normalmente.
—Vaya —exclamó él no sin sorpresa, intentando reconciliar la imagen de la mujer con la que estaba en ese momento y la de aquella otra de la que estaba oyendo hablar—. ¿No te daba miedo?
Crystal se planteó la pregunta un momento.
—Creo que no. Pero en aquel momento había pocas cosas que me importaran. Lo único que quería era colocarme y trabajar un poco para poder pillar más coca.
—¿Te pinchaste alguna vez? —preguntó él. Crystal pensó por un momento que aquélla era una pregunta un tanto extraña, pero negó con la cabeza.
—No. Había oído hablar del SIDA y no me fiaba de nadie. ¿Y tú?
Bobby negó también.
—No, pero me han dicho que es un viaje alucinante.
—Saltar de un avión sin paracaídas también es alucinante, pero no te lo recomiendo. Crystal miró profundamente los ojos azules del chico—. Es como jugar a la ruleta rusa, Bobby. A la menor oportunidad, te matará sin dudarlo. Lo he visto.
—¿Has visto morir a alguien?
—Dos veces —admitió—. La primera fue una chica, Lisa, por sobredosis de crack. Creo que le pegó demasiado rápido. Ya estaba muerta cuando llegó la ambulancia. El otro fue un chaval que no conocía. Me despertó un disparo, pero no era tan imbécil como para ir a ver qué pasaba. Encontraron su cuerpo a la mañana siguiente, en el pasillo.
—Oh, Dios, es horrible — dijo él.
—Eso es lo que hacen las drogas duras. Probablemente mataron al chico por no pagar. Ocurre todo el tiempo. Bobby, tú lo tienes todo. Eres joven, guapo, inteligente, te han dado una beca para la Universidad… Puedes conseguir todo lo que te propongas. No lo eches a perder por meterte en la coca. —Por cómo se estremeció él, Crystal supuso que había dado en el clavo.
Bobby, por su parte, apagó el extremo de su cigarrillo y se guardó el filtro en el bolsillo.
—Sólo han sido un par de veces. Normalmente comparto un porro con los amigos.
—¿Los mismos que te dan la coca?
—Sí, Tyrone trajo un poco un día.
Crystal asintió.
—Y apuesto a que ni siquiera te pidieron dinero por ser tu primera vez, ¿no? Un regalo entre colegas.
—Sí, así es como funciona.
—Por ahora. Cuando te tenga enganchado, se acabarán los regalitos. —Crystal era consciente de que estaba yendo demasiado lejos, pero el caso lo requería—. Mira Bobby, yo no soy una joya. —A continuación, soltó una risotada—. En realidad, he hecho cosas de las que me avergüenzo, cosas que preferiría que la gente no supiera, pero sé de lo que hablo. Fumarse uno o dos porros para relajarse de vez en cuando es una cosa, pero meterse en el tipo de mierda que dices no tiene nada que ver. —En ese momento, bajó la vista—. Si pudiera dar marcha atrás hasta cuando tenía tu edad, cambiaría mucho de lo que he hecho en mi vida, empezando por los dos años que me pasé al borde de la muerte. —Crystal imitó a Bobby con lo del cigarrillo, sospechando que a la Sra. Taylor no iba a hacerle gracia encontrar una colilla en su patio—. Recuerda que la única persona que va a preocuparse por ti eres tú mismo.
Bobby tragó saliva y se miró las manos.
—No irás a contarle a mamá o a Laura lo que hemos hablado, ¿verdad?
—Claro que no. Es tu vida y tu decisión.
Crystal se levantó y agarró el pomo de la puerta.
—Mi amigo Mike jugaba de central en nuestro equipo el año pasado —comenzó Bobby, levantándose también—. Dio positivo en un control aleatorio antidrogas y perdió la beca. La necesitaba de verdad. Si consigue pasar con honores, tal vez pueda ir a la Universidad local.
—¿No te alegras de que no saliera tu número aquel día? —preguntó ella.
—De hecho, sí —admitió el chico—. Sudaba a chorros cuando el entrenador dijo los nombres de los que tenían que llenar el vaso. —Se encogió de hombros al recordar el momento—. Podría haber terminado como Mike.
—Dudo que alguien hubiera querido eso, mucho menos tú —afirmó Crystal en voz baja—. Venga, entremos antes de que empiecen a buscarnos.
—Sí —convino él—. Crystal…
—Dime.
—Gracias por hablar conmigo —dijo el chico al tiempo que la sorprendía con un breve abrazo—. Aunque no seas la novia de Laura, me alegra que estés aquí.
—Em… —Crystal se encontró de pronto nerviosa, sin saber qué responder. Finalmente, a falta de algo mejor, le devolvió el cumplido y entró en la casa.

La mesa rectangular cerrada daba lugar para seis comensales. Helen y Gail se situaron en los extremos, Laura y Bobby a ambos lados de su madre y Crystal junto a su compañera de piso. Cuando la familia Taylor alargó las manos hacia quien tenían más cerca, la joven se vio con la guardia baja. Bobby deslizó la silla para acercarse más a su tía y poder darle la mano. Eso de dar gracias no era algo a lo que Crystal estuviera acostumbrada, y tampoco había visto a Laura hacerlo en casa. Aun así, tomó con cierta inseguridad su mano y la de Helen, que quedaba a su derecha. Había una diferencia evidente entre las dos, tal y como pudo advertir. La piel de Laura era suave y sus dedos se entrelazaron mientras la escritora le acariciaba el dorso de la mano con el pulgar. Helen, por su parte, la agarraba con firmeza y su piel era más áspera. Al ver que todos los demás habían inclinado la cabeza, los imitó, ahogando un suspiro de alivio cuando oyó hablar a Gail, ya que temía que tuvieran que rezar algo que ella no se supiera.
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Re: El corazón de cristal, B. L. Miller

Mensaje  malena el Junio 20th 2013, 6:09 pm

—Te damos gracias, Señor, por los bienes que vamos a recibir y por haber reunido a mi familia esta noche —comenzó Gail—. Gracias por traer a mi hermana conmigo y haberme devuelto la salud. Bendice a la familia que no ha podido estar aquí hoy y vela por ellos así como velas por nosotros. Estamos felices de tener a Crystal hoy y te pedimos que la cuides a ella también.
Sorprendida, Crystal levantó la cabeza y sintió un leve apretón de complicidad en su mano izquierda. Después, Gail terminó de dar gracias y todo el mundo se soltó las manos. A pesar de que sintió alivio cuando los huesudos dedos de Helen se apartaron de los suyos, encontró un frío desagradable en la mano que antes había entrelazado con la de Laura. Para ser alguien que odiaba eso de que la tocaran y lo evitaba a toda costa, le desconcertó la idea de que parecía no importarle que fuese Laura quien lo hiciera. De hecho, al imitar los movimientos de los que la rodeaban, pasando platos y recipientes por toda la mesa para servirse, Crystal se encontró echando furtivos vistazos hacia su izquierda y mirando a Laura por el rabillo del ojo.
La escritora se encontraba interrogando a Bobby en aquel preciso instante sobre qué asignaturas pensaba coger para el primer semestre, permitiendo que la rubia la mirara sin que nadie se diera cuenta… aparentemente. Si hubiera echado un vistazo a su derecha, hubiera descubierto los ojos de halcón de Helen captando cada movimiento y cada mirada. Laura llevaba el cabello un poco más largo de lo habitual y las puntas empezaban a ondularse a la altura de su cuello. Debido a la multitud de botes de champú que había en el cuarto de baño, Crystal sabía que el pelo de Laura tendía a volverse quebradizo. Se le ocurrió entonces que su amiga no era la única que necesitaba hacerle una visita al peluquero, ya que sus áureos mechones empezaban a rebelarse contra su voluntad, y se planteó probar un corte más radical. Seguramente le facilitaría las cosas en el trabajo, ya que no tendría que preocuparse de hacerse colas de caballo todos los días.
Dejando a un lado ese asunto, siguió adelante con el tema… Las cejas de Laura, que mostraban una tendencia imbatible a juntársele por encima de la nariz y justificaban la eterna presencia de un par de pinzas junto a los cepillos de dientes. Un ligero abombamiento en el puente delataban la idea de Laura, tiempo atrás, de desafiar las leyes de la física y lanzarse a lomos de su bici cuesta abajo sin ni siquiera poner la mano en los frenos. Crystal sabía además que su compañera de piso había salido de aquella con una muñeca rota, aunque no le habían quedado secuelas.
Dándose cuenta de que había pasado de lanzar miradas furtivas a mirarla fijamente, Crystal se sonrojó y devolvió su atención al plato que tenía delante. A continuación alabó la comida, sin dirigirse a nadie en particular, y advirtió felizmente las sonrisas de Gail, Bobby y Laura, responsables del delicioso producto culinario que estaban disfrutando.
—Y dime, Crystal —comenzó Helen—. ¿Ya sabes por quién vas a votar?
—Pues… no, todavía no —mintió la chica a sabiendas de que se refería a las próximas elecciones. Tenía pensado votar por los demócratas, pero dado que la madre de Laura era republicana no estaba por la labor de suscitar una interminable discusión sobre el tema.
—Tía Helen, ya sabes que política y religión no suelen terminar en conversaciones agradables —dijo Laura con tono de fastidio. Crystal sospechaba que la escritora estaba intentando por todos los medios evitar temas que fueran a causar controversia entre las dos hermanas.
—Mis amigos y yo solemos hablar de política y no pasa nada —protestó Helen antes de suspirar—. Pero supongo que se puede encontrar un tema menos problemático. ¿Creéis que los Yankees tienen algo que hacer este año?
Bobby pareció dar un bote en su silla.
—¿Estás de coña? Con el jugador en corto que tienen seguro que se meten en las eliminatorias. No se le pasa ni una.
—Pero no puede atrapar las que van por encima de la valla, y me da que los Mets son el único equipo de Nueva York que veremos en la post temporada —dijo Laura—. Tienen a siete en la alineación inicial con más de trescientos bateos y casi estamos en septiembre.
—Eso es porque están en la Liga Nacional, y ahí no hay buenos lanzadores —contraatacó él, acuchillando un pedazo de pollo—. Los Bronx Bombers van a subir, ya verás.
—Nunca podré entender cómo es posible que mis hijos hayan crecido en un hogar que adora a los Red Sox y sean fanáticos de los equipos neoyorquinos —afirmó Gail con aire frustrado. Acto seguido, miró a Crystal—. Deberías haberla visto en el ochenta y seis —dijo, refiriéndose a Laura—. Su padre aún vivía y estábamos viendo el sexto juego. —Sus ojos parecieron perderse en la nada a medida que recordaba la anécdota—. Deberías haberla visto. Los Mets estaban a punto de perderlo todo, era el último out y su padre estaba en éxtasis. Laura se quedó allí sentada poniéndose y quitándose su gorra de los estúpidos Mets.
—Pero ese año ganaron, ¿no? —preguntó Crystal.
—Sí, pero sólo porque el primera base de los Red Sox dejó que la pelota le pasara entre las piernas —afirmó Bobby. Al mirar a su izquierda, Crystal advirtió la sonrisa de Laura.
—En el amor, la guerra y las ligas mundiales todo vale —dijo ésta—. Papá se pilló un buen cabreo. No le había visto soltar tantos tacos en mi vida, pero yo me pasé un buen rato pegando botes por la sala.
—Y a tu padre no le hizo gracia que le quitaras el periódico a la mañana siguiente y le obligaras a leer el titular de la sección de deportes —dijo Gail con un tono de reproche en su voz.
—Era adolescente, mamá —se defendió Laura al tiempo que su sonrisa se borraba en un segundo.
—Pues claro que sí, calabacita —dijo Helen—. ¿Y tú qué, Crystal? ¿Qué equipo te gusta?
Crystal sospechó que a nadie le importaba realmente qué equipo le gustaba o le dejaba de gustar, pero Helen tan sólo estaba intentando meterla en la conversación. Dejó el tenedor a un lado y se tomó un segundo para limpiarse los labios con la servilleta.
—La verdad es que no soy muy aficionada al béisbol.
—Te sugiero que adoptes a los Mets si no quieres salir malparada —dijo Bobby—. Sobre todo porque van primeros y sólo quedan diez partidos para la temporada regular. Si llegan a las eliminatorias, te juro que mi hermana no se despegará de la televisión mientras estén jugando. —Con un guiño burlesco, miró de soslayo a su hermana antes de seguir hablando—. En cualquier caso, si te pones a animar a cualquier equipo que juegue contra ellos, verás cómo se pone Laura.
—No le des ideas, hermanito —le advirtió Laura.
—¿Y por qué no? —bromeó él—. Necesitas a alguien que te toque un poco las narices ahora que no voy a estar yo. —Sonrió con aire triunfal, recibiendo otra de su hermana.
—Tú sigue así y te mandaré un virus por mail —le amenazó Laura.
—Y yo escribiré tu teléfono en todos los lavabos de la facultad —contraatacó él con aire divertido.
—Vale, dejadlo ya —les amonestó su madre—. Te juro que es como cuando eran pequeños —le dijo a Helen, quien asintió reconociéndolo.
—¿Por qué crees que nunca los invitaba a los dos juntos a visitarme? —preguntó Helen—. No soy tan tonta.
Crystal escuchó la conversación que se desarrollaba ante ella. No era capaz de recordar una cena tranquila con su propia familia, puesto que solían ser frente a la televisión de la sala, con Patty, mientras su madre dormía la borrachera. En ocasiones especiales, como Acción de Gracias o Navidad, su padre acababa soltando gritos disparatados al miembro de la familia que hubieran ido a visitar y terminaba con una discusión acalorada entre sus padres cuando llegaban a casa. Crystal tenía serias dudas de que Laura hubiera experimentado algo así alguna vez y se preguntó si la invitarían a otra cena cuando llegaran las vacaciones. Para su sorpresa, se encontró deseando que así fuera.
Después de cenar, Bobby se ofreció para limpiar la mesa mientras Laura hacía el café y Helen y Gail se retiraban a la sala. Sin estar muy segura de qué hacer, Crystal se disculpó y salió a fumar. Había asumido que las dos hermanas compartirían una agradable charla, y se sorprendió cuando Helen salió tras ella con su pitillera en la mano.
—¿Te importa que me quede contigo?
—Para nada —dijo Crystal, indicándole una silla vacía. El porche estaba enmarcado en ladrillo rojo y contrastaba agradablemente con los muebles color crema y el verdor del césped del jardín—. Esto es muy bonito —comentó.
—Gail pagó una fortuna cuando se lo hicieron —le explicó Helen—. Recuerdo que había un roble horroroso justo en medio del patio. Los chicos se lo pasaban en grande subiendo y bajando, pero echaba a perder el diseño. —La mujer dio una calada a su cigarrillo dejando el filtro rojo por el carmín—. Y dime, ¿qué te ha parecido la cena?
—Ha estado genial. Estoy que reviento —afirmó Crystal, mostrándose confundida cuando Helen negó con la cabeza sonriendo.
—No me refería a la comida —le explicó ésta—. Me da que no estás acostumbrada a las multitudes. Te has pasado la noche intentando mantenerte al margen de las conversaciones, a menos que te preguntáramos directamente.
Crystal parpadeó y le dio una larga calada a su cigarrillo, sorprendida de que alguien hubiera advertido su silencio.
—Supongo que no soy una persona sociable. Nunca sé qué decir.
Helen se echó a reír.
—Cielo, esto no ha sido un evento social. Sólo la familia cenando.
—Yo no soy de la familia —puntualizó la rubia.
—Bueno, la familia más uno —se corrigió Helen—. Parecías tan incómoda que pensé que ibas a salir corriendo cuando te cogí la mano para dar gracias.
—Es que no estoy acostumbrada —dijo Crystal—. Mi familia nunca lo hacía.
Helen asintió y se quedó callada un minuto.
—¿Sabes? Si pasara algo entre tú y mi sobrina, no me importaría. —Crystal la miró rápidamente y abrió la boca para protestar, pero la mujer alzó una mano para detenerla—. Ya sé lo que decís las dos, y a juzgar por el aspecto de vuestras habitaciones así parece ser, pero me he dado cuenta de cómo actuáis cuando estáis juntas. —Aplastó el cigarrillo a medio fumar en la maceta que hacía las veces de cenicero y continuó—. Personalmente, creo que no estáis viendo lo que tenéis frente a las narices.
—Yo no soy gay —dijo Crystal, preguntándose cuáles eran esas "señales que Helen había visto. ¿La forma en que Laura le había acariciado la mano durante la oración? ¿Las palmaditas amigables en su hombro?
—Eso dices tú —afirmó Helen sin mucho convencimiento—. El otro día me dijiste que no habías tenido ninguna relación seria hasta ahora, así que, ¿cómo lo sabes?
—Yo… —Bloqueada, Crystal trató de dar con una respuesta. Ella era hetero, ¿no? Después de todo, nunca había estado con una mujer si había visto a ninguna como posible pareja sexual. El hecho de que se sintiera más cerca de Laura que de ninguna otra persona en aquel momento no significaba que quisiera mantener una relación lésbica con ella. No, Laura era sólo una buena amiga que la abrazaba cuando lloraba, que le hacía la cena todas las noches y se tomaba la molestia de escucharla cuando necesitaba hablar. Sólo estaban tan unidas porque vivían juntas, ¿verdad?—. Yo… —Crystal tragó saliva y volvió a intentarlo—. Nunca lo había pensado. —Dio una última calada a su cigarrillo y lo apagó en el cenicero.
—Pues tal vez deberías —afirmó Helen con dulzura recorriendo con los dedos un mechón de su plateado cabello alborotado por la brisa—. Yo soy una romántica empedernida, pero sé que el amor surge a veces en los sitios más inesperados. No deberías cerrarte puertas sin al menos echar un vistazo a lo que hay dentro.
En ese instante, Laura asomó la cabeza desde el interior.
—Eh, acabo de encontrar las cintas viejas y Bobby ha subido al desván a por la pantalla. Crystal, ¿te apetece ver un par de pelis caseras?
—Oh —dijo Helen entusiasmada al tiempo que se levantaba de la silla—. Hace años que no veo una de esas. Eras una cría tan mona…
—Claro, parece divertido —convino Crystal levantándose también. Los retratos y las fotos que decoraban las paredes de la casa le habían dado una idea de cómo era Laura de niña, pero verla en una película le serviría para dar vida a las imágenes. Además, así se acababa aquella maldita charla con Helen. La mujer entró primero en la casa y Crystal advirtió que la escritora sostenía la puerta para ella y que le rozaba el hombro al pasar.
—¿Qué? —preguntó Laura, con lo que Crystal cayó en la cuenta de que se la había quedado mirando fijamente.
—Ah, nada, pensaba en mis cosas —respondió la rubia sin demasiada convicción, aunque con la esperanza de que Laura no encontrara su respuesta tan estúpida como le parecía a ella.
La sala de estar constaba de dos sillones y un sofá bajo, y Bobby había reacomodado los muebles de forma que todos quedaran frente a la pantalla portátil. Él tomó asiento a la derecha de la misma mientras Gail y Helen ocupaban los sillones. Sintiendo que sería una bobada sentarse en el suelo cuando había sitio de sobra en el sofá, Crystal ocupó el lado izquierdo dejando el centro a Laura, quien estaba demasiado ocupada metiendo la película en el proyector. Cuando por fin se sentó, a Crystal le dio la impresión de que, de hecho, el sofá no era tan amplio como parecía. Su cuerpo estaba pegado al de Laura desde el hombro hasta la cadera. En ese momento, empezó la película, y pudo ver a una desgarbada niña de diez años y a un bebé vestido de azul sentados en el césped delantero de una casa.
—Voy a apagar las luces —dijo Bobby levantándose. Crystal dirigió una mirada a Helen y se sorprendió al encontrar una sonrisa pícara en su rostro. Deseaba poder fruncir el ceño, pero encontró que sería un gesto inapropiado, ya que era la invitada, así que volvió a prestar atención a la pantalla, que ahora mostraba a la madre de Laura junto a un hombre fornido de pelo corto y canoso, al cual identificó como el padre de Laura. Crystal se paralizó al sentir un aliento cálido en su oreja.
—Hay algunas partes muy divertidas —susurró Laura—. Como cuando Bobby mete la mano en la pecera de papá intentando agarrar su querido Pez Ángel. Mamá le pilló y le grabó antes de que mi padre llegara a casa.
—Ahá —murmuró Crystal esperando que Laura volviese a mirar al frente y con la convicción de que Helen era capaz de ver en la oscuridad y de que en aquel momento sonreía ampliamente.
***
—No ha estado tan mal —dijo Laura dando marcha atrás al Jeep.
—A mí me ha gustado. Tu familia es muy agradable —afirmó Crystal mirando a través de su ventanilla a medida que la casa de los Taylor se perdía de vista.
—Pero no había necesidad de que mamá sacara los álbumes de fotos, sobre todo el de cuando éramos bebés.
—Eran muy bonitas, sobre todo las de cuando os bañaban —dijo Crystal, aunque el predecible tono irónico de su voz no apareció.
—¿Estás preocupada por algo? —aventuró Laura.
—No, es que tengo muchas cosas en la cabeza —surgió la evasiva respuesta. Por supuesto, aquello no satisfizo a la escritora en absoluto, sobre todo cuando advirtió que Crystal tenía la mirada perdida.
—Hablar ayuda, ¿sabes?
—Ya, no, sólo necesito aclarar algunas cosas.

Estaba claro que Crystal no quería compartir aquello. Laura intentó iniciar una conversación dos veces durante el trayecto, pero desistió al no sacar a la joven más que un par de monosílabos. Al legar a casa, Crystal le dio las buenas noches y desapareció en el interior de su habitación, dejando a Laura con la intriga de qué es lo que habría pasado en casa de su madre como para haber afectado hasta tal punto el humor de su amiga.
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Re: El corazón de cristal, B. L. Miller

Mensaje  malena el Junio 20th 2013, 6:11 pm

PARTE 13


—Joder, ¿quieres arrancar de una vez?
Tras asestarle un puñetazo al volante, Crystal volvió a girar la llave del contacto. Esta vez el Onmi arrancó, pero no sin expresar su desacuerdo con una estruendosa serie de chirridos y un petardazo del tubo de escape. Aquél había sido un buen día en el trabajo, pero el tener que pasarse diez minutos intentando que el coche se pusiera en marcha había mermado su buen humor considerablemente. Cuando tuvo la seguridad de que el armatoste no iba a calarse, metió primera y salió del aparcamiento.
Las manzanas se sucedían interminablemente y la rubia dejó vagar su mente, rememorando todo lo que había pasado aquel día. Tras seis semanas de sudor y trabajo duro, la renovación y la restauración del edificio casi estaban terminadas. Cuando Michael la había llamado a su despacho poco antes de terminar el turno, Crystal había temido que le dijera que ya no tenía más para ella. Para su sorpresa, lo que el hombre quería era asegurarse de que iba a seguir con él en el siguiente proyecto que tenía planificado: la transformación de una vieja escuela en un lote de apartamentos. Como colofón, le ascendió el sueldo un dólar más por hora para recompensarle por su flexibilidad de horarios y su interés por aprender y minimizar tiempos.
Para muchos, cuarenta dólares extras a la semana más impuestos no significaba gran cosa, pero para Crystal suponía que podría permitirse pagar las sesiones de terapia sin tener que deber las demás facturas o matarse a hacer horas extraordinarias.
Y las sesiones con Jenny Foster iban adquiriendo importancia con el paso de las semanas. Crystal aún se negaba a asistir al grupo de apoyo a mujeres de los martes por la noche, pero cada vez hablaba con más facilidad acerca de sus sentimientos. Las dinámicas y las charlas sobre su padre todavía le resultaban duras y solían terminar con su necesidad de tomarse más tiempo para controlar la rabia o, en raras ocasiones, las lágrimas. Incluso después, la experiencia requería una larga noche en vela junto a Laura en la que contaba a su mejor amiga cómo había ido la sesión y cómo le hacía sentir todo aquello. A Laura no parecía importarle, e incluso se tomaba la molestia de interrogarla sobre cada pequeño detalle de la sesión correspondiente. Ambas mujeres habían adquirido la costumbre de sentarse en los extremos opuestos del sofá, cara a cara. Eso facilitaba a Crystal el hablar teniendo el espacio personal necesario, pero lo suficientemente cerca como para recibir un cálido abrazo cuando el dolor la superaba.
Tras entrar en la autopista, los pensamientos de la joven se centraron en su relación con Laura. Desde que la observación de Helen le abriera los ojos, Crystal prestaba especial atención a la presencia y los actos de su compañera de piso. No había nada sexual, ni siquiera romántico, en el modo en que Laura la trataba, pero era innegable que la cercanía y el afecto entre ellas estaban creciendo por momentos. Era más cosa de detalles. Un roce casual en el hombro cuando la escritora pasaba a su lado, la cena esperándola cada noche, una tarde juntas en el sofá viendo la televisión o el tiempo que empleaban en revisar los temas de su examen GED en la mesa de la cocina. Casi podía jurar que, en una ocasión, había sentido los labios de Laura rozar su pelo durante una charla particularmente emotiva, en la cual había disfrutado la seguridad de los brazos de la escritora para dejar salir las lágrimas que desde hacía tiempo había estado guardándose.
Lejos de sentirse molesta por la creciente intimidad, Crystal cada vez la toleraba mejor. Asistía muy a gusto a los partidos de softball y a las inevitables visitas al bar de lesbianas que venía después. Cuando Bobby se fue a la Universidad, Crystal acompañó a Laura a desearle buena suerte. Incluso aceptó un abrazo del joven y le alborotó su cabello rubio, como si fuera su propio hermano pequeño. Dado que el hecho de trabajar temprano por las mañanas la obligaba a levantarse la primera, Crystal se había acostumbrado a dejar hecho el café para cuando Laura bajara a desayunar. Además, estaba el compromiso tácito por parte de las dos de no meterse en sus hábitos particulares en materia de orden y limpieza. Crystal se aseguraba de dejar el periódico más o menos como lo había encontrado y Laura no hacía comentarios sobre la ropa interior que, cada día, se secaba tranquilamente en la barra de la cortina de la ducha.
Aquella noche iba a ser especial, y Crystal no pudo reprimir una sonrisa al echar un vistazo al paquete envuelto que descansaba sobre el asiento del copiloto. Era el cumpleaños de Laura y, a pesar de lo poco que tenía ahorrado, se había propuesto darle a su mejor amiga un regalo especial. Le había llevado varias visitas a diferentes tiendas, antes de pasar frente a un quiosco del centro comercial y descubrir el regalo perfecto en uno de los estantes superiores. Sin pensar demasiado en el precio, lo encargó y pagó un tanto extra por los accesorios especiales que quería. Iba a tardar dos semanas en llegar. Crystal quería comprar además una tarjeta de cumpleaños, pero tras mirar dos o tres docenas no fue capaz de encontrar una que expresara concretamente sus sentimientos hacia Laura. Por fin, se dio por vencida y decidió que lo que realmente interesaba era el regalo.
Había llegado el momento de sacar la caja del coche y dárselo a su amiga, y Crystal se encontró extrañamente nerviosa a medida que se aproximaba a la puerta. ¿Le gustaría de verdad a Laura? ¿Habría sido mejor un vale de regalo? Librándose de esos pensamientos, llevó el Omni hasta el aparcamiento y apagó el contacto, comprobando con fastidio que el coche seguía emitiendo crujidos y ronroneos antes de quedar completamente en silencio.
Cuando entró en la casa, se sorprendió de no ver a Laura esperándola en el piso de abajo, tal y como solía hacer de unas semanas para acá. El leve sonido de la ducha indicó a Crystal dónde estaba su amiga, así que escondió rápidamente el regalo entre el sofá y la estantería para dárselo después de cenar. Acto seguido, fue a la cocina y se sorprendió aún más de no ver la cena en el horno y ni siquiera una pista que indicara que Laura se proponía preparar algo. Al oír que la ducha se apagaba, asomó la cabeza hacia el pasillo.
—¡Ya he llegado! —exclamó cuando Laura salió del cuarto de baño.
—Bajo en seguida —respondió ésta antes de cerrar la puerta de su habitación.
Cuando Laura bajó la escalera minutos después, Crystal se sorprendió a verla vestida con unos pantalones deportivos y una camiseta lavanda con un doble signo del sexo femenino entrelazado. Aquella no era, desde luego, la vestimenta apropiada para salir a cenar.
—¿Qué tal en el trabajo? —preguntó Laura.
—Muy ocupada. Estamos intentando terminar para la primera semana de octubre y vamos mal de tiempo. ¿Tienes planes para la cena?
—Sí, pizza vegetariana de Coloso’s —dijo Laura mientras se sentaba en su sitio acostumbrado del sofá y, subiendo sus pies descalzos a la parte central, sonreía ante la cara de asco de Crystal—. Te he pedido una Suprema, sin anchoas, y también una de pepperoni, champiñones y queso. Deberían llegar sobre las siete.
Para ese momento, Crystal estaba francamente confusa.
—¿Y por qué tantas pizzas?
—Van a venir los chicos… y Jenny también. ¿No te lo dije?
—No.
—Siempre hacemos una fiesta de pizzas por mi cumpleaños. Supongo que se me pasó decírtelo.
—Ah, no pasa nada. Es que pensaba… bueno, no importa lo que pensaba —dijo Crystal—. Por cierto, feliz cumpleaños.
—Gracias. Jenny debe estar a punto de llegar y Peter ha llamado hace un rato. Llegarán un poco tarde, más o menos a las siete y media. Recalentaremos la pizza si hace falta.
—Suena bien. —Crystal intentó mantener un tono de voz alegre y desenfadado, pero en realidad estaba aún más nerviosa que antes. Una cosa era darle a Laura su regalo a solas, pero otra muy distinta que lo fuera a abrir delante de todo el mundo. ¿Por qué no le regalaría el cheque?—. Pues… si van a venir todos, tengo que ir a cambiarme.
Hizo ademán de encaminarse hacia la escalera, pero la mano de Laura en su muñeca la detuvo.
—Espera. ¿Te encuentras bien? Pareces preocupada por algo.
—No —mintió—. Debe ser el cansancio del trabajo. Voy a darme una ducha y a cambiarme de ropa. Vuelvo en seguida.
—Oye, Crystal.
—¿Sí?
—¿Estás buscando un nuevo estilo? —dijo Laura sonriendo—. El blanco sobre rubio no pega bien.
—¿Qué? —Crystal se llevó la mano a la cabeza y descubrió unos cuantos pegotes de pintura en su cabello—. Debo haberme manchado cuando estaba haciendo el techo. He tenido la brocha sobre la cabeza todo el rato. —Dándose cuenta de la hora, se levantó y fue hacia las escaleras—. ¿Queda agua caliente?
—Me temo que tendrás que darte una ducha muy rápida —afirmó Laura con tono de disculpa—. He tenido que esperar a que acabara el lavaplatos antes de entrar yo.
Crystal asintió, consciente de que tendría que lavarse el pelo antes de que se acabara el agua caliente si quería deshacerse de la pintura. Lo último que deseaba era recibir a sus amigos hecha un desastre. A medida que subía las escaleras, Crystal levantó uno de sus brazos y aspiró con vehemencia, decidiendo que había más de una cosa que no quería que sus amigos advirtieran al entrar en casa. Ojalá que durara el agua.
***
Crystal dio por terminada su ducha y acababa de bajar la escalera cuando sonó el timbre.
—Voy yo —exclamó Laura.
—¡Feliz veintinueve cumpleaños! —dijo Jenny en cuanto se abrió la puerta, dando a su ex amante un beso en la mejilla y un abrazo sin soltar el regalo de Laura.
—Gracias, cielo. —Laura dejó el paquete en la mesa del recibidor y señaló al sofá—. ¿Quieres beber algo? La pizza no llegará hasta dentro de quince minutos o así.
—Ya sabes lo que tomo —dijo Jenny—. Hola, Crystal.
—Hola, Doc.
—Siéntate —indicó Laura—. Crystal, ¿tú quieres algo?
—Luego, gracias —contestó ella ocupando su lugar de costumbre en uno de los extremos del sofá. Un rápido vistazo lateral le verificó que su regalo no estaba a la vista. Jenny se sentó en el lado opuesto a ella y se quitó los zapatos.
—¿Van a venir los chicos? —preguntó Jenny.
—Llegarán un poco tarde, pero sí. Jen, ¿naranja o root beer ?
—Naranja, gracias. Va bien con el pepperoni. —Jenny se inclinó hacia delante y bajó la voz para que no se le oyera en la cocina—. ¿Qué le has comprado?
Crystal titubeó.
—Pues… una cosa de nada. ¿Y tú?
—Ah ah, si tú no me lo dices, yo tampoco. —Jenny sonrió y se irguió en el mismo momento en que Laura salía de la cocina llevando dos vasos de soda en las manos. Con el ceño fruncido, Crystal miró de soslayo a la mesa lateral en la que descansaba una caja plana y rectangular envuelta en papel rojo y trató de adivinar qué habría dentro.
—Aquí tienes —dijo la escritora, alargándole un vaso a Jenny y quedándose el otro antes de ocupar una de las sillas—. ¿A que no sabes quién me ha llamado hoy?
—¿De quién?
—Utiliza el posavasos, por favor.
Jenny puso los ojos en blanco y se acercó el posavasos.
—¿Contenta? ¿Quién te ha llamado?
—Shelly —dijo Laura con una sonrisa.
—¿Shelly? ¿Shelly la pija? ¿En qué anda metida ahora?
—Se va a casar… con un pescador de Alaska.
Jenny dejó escapar una expresión de sorpresa y dio una palmada.
—No me lo puedo creer. ¿La señorita bronceado va a irse a vivir al norte?
—Eso dice. —Laura dio un trago de su vaso—. Le doy un año antes de que empiece a buscar cielos despejados y climas cálidos.
—Nunca se sabe. A lo mejor va en serio. Cosas más raras ocurren.
Crystal, que no tenía ni idea de lo que estaban hablando, contempló en silencio el intercambio de información y siguió dándole vueltas al tema de su regalo. Perdida en sus inseguridades, no se dio cuenta de la primera vez que Jenny se dirigió a ella.
—Perdona, ¿qué decías?
—¿Cuál de las veces? —Jenny le asestó una palmada amistosa en el hombro—. ¿A qué planeta te has ido?
—No es nada —dijo Crystal, poniéndose en pie de golpe—. ¿Queréis algo de la cocina? —La respuesta era obvia a juzgar por los vasos llenos que Jenny y Laura sostenían—. Supongo que no. Ahora vengo.
La cocina no le ayudó gran cosa una vez que sacó la botella de cerveza de la nevera. El timbre de la puerta sonó en aquel momento, anunciando la llegada de Peter y Michael. Crystal salió de la cocina con creciente nerviosismo, temiendo que su regalo se quedara corto al contemplar la enorme caja que Michael traía en los brazos.
La pizza llegó poco después dándole un poco de margen hasta el tan temido momento y Laura se sentó en su lado del sofá. Michael ocupó la silla mientras Peter se acomodaba en uno de los brazos de la misma, junto a él. Crystal volvió a su posición acostumbrada y su regalo permaneció escondido. Jenny se sentó en uno de los brazos del sofá a la izquierda de la escritora, dejando la parte central para los regalos.
Laura abrió primero el regalo de Jenny, con los ojos como platos al sacar de la caja una gruesa bata de felpa. Era de color crema, un tono que Crystal juzgó perfecto para contrastar con el cabello de Laura. Ésta agradeció efusivamente a su ex amante el regalo, manifestando que le sería muy útil para el invierno que ya casi estaba por llegar.
—Nos toca —dijo Peter, recogiendo la enorme caja y dejándola sobre la mesita del café—. Pero antes de que te emociones con la caja, no es eso lo que hay dentro —le advirtió, agitando las manos con nerviosismo—. Vale, ya lo puedes abrir.
—El señor manitas casi se echa a perder la manicura buscándolas —dijo Michael, apartándose un mechón rebelde de pelo rubio de la cara.
Crystal observó cómo Laura desechaba la idea de haber recibido una preciosa vasija de barro, tal y como mostraba la ilustración de la caja, y empezó a romper la cinta aislante que la sellaba. Le llevó varios minutos encontrar el regalo en cuestión, oculto entre un montón de papel de periódico arrugado. Momentos después, Crystal se sorprendió al verla sacar un conjunto de lámparas de pared antiguas.
—Genial, son prefectas —dijo Laura, dejando una sobre la mesa para examinarla con más detalle. Personalmente, a Crystal le parecían horribles: una base de latón que soportaba toda una colección de espirales para cubrir el casquillo, diseñado en forma de algún tipo de criatura medieval con una malévola sonrisa. La joven decidió en aquel momento que su compañera de piso tenía un extraño sentido de la perfección—. ¿Dónde las habéis encontrado?
—Cuando te puse esas lámparas corrientuchas en el balcón supe que no eran de tu estilo —comenzó Michael.
—Y los grifos le dan un buen toque, ¿no crees? —le preguntó Peter, a toda vista orgulloso de su elección—. Vi un juego de hierro forjado, pero me parecieron demasiado sosas. Imagínate mi sorpresa cuando encontré éstas en el fondo de una caja en la parte de atrás de la sala de exposiciones.
—Te las instalaré antes de que llegue el frío —prometió Michael.
Laura pareció apropiadamente complacida con el regalo y lo volvió a depositar en la caja antes de que los ojos de todos se volvieran con expectación hacia Crystal.
—Oh. —Dándose cuenta de que era su turno, la rubia se inclinó sobre el brazo del sofá y sacó su regalo, entregándoselo a Laura con aire vergonzoso y deseando fervientemente haber optado por el cheque—. No sabía que comprarte —arguyó en su defensa mientras Laura rompía con cuidado el papel. Ya no había dónde esconderse, puesto que el regalo de madera y metal reposaba en las manos de Laura.
La sólida base de cerezo servía como lienzo para las letras curvas que formaban el nombre de Laura en la parte superior. A cada uno de los lados había una pluma y una lupa, mientras que una discreta placa de metal sostenía sendos apartados para un bolígrafo y un lápiz a juego.
—Es precioso —dijo Laura con sinceridad, visiblemente conmovida.
Crystal se encogió de hombros, casi segura de que su compañera estaba siendo indulgente.
—Bueno, eres escritora de misterio y… pues… lo vi por ahí y supuse que te gustaría.
—Me encanta —dijo Laura envolviendo a Crystal en un fuerte abrazo—. Es un regalo fantástico. Muchas gracias.
—De nada —farfulló la rubia, no sabiendo aún si esas palabras eran del todo sinceras.
—Es muy bonito —dijo Jenny al tiempo que los chicos asentían, reforzando su opinión. Uno a uno, se fueron pasando el regalo para verlo mejor y llegaron por fin a la conclusión de que era perfecto para su escritora de misterio favorita.
***
—Menuda noche —dijo Laura tras acompañar a sus amigos a la puerta. Miró la hora y suspiró, considerando seriamente la idea de dejar la aspiradora para la mañana siguiente. Acto seguido, plegó y guardó la caja de la bata junto a las otras que tenía en el armario. Nunca se sabe cuándo vas a necesitar una caja. Dejó el regalo de Michael y Peter tal y como se lo habían entregado y lo llevó a una esquina hasta que su amigo tuviera tiempo de venir a instalar las lámparas. Con la bata bajo el brazo y su juego de escritura personalizado en las manos, Laura dirigió a su compañera de piso una sonrisa más—. Es precioso —dijo, refiriéndose al regalo de Crystal—. ¿Cómo se te ocurrió algo así?
Crystal, por su parte, se encogió de hombros.
—De hecho no tenía ni idea de qué comprarte. Vi uno de esos en el centro comercial y pensé que te gustaría.
—Nunca había visto uno de estos con pluma y lupa. Es único. Lo voy a poner en mi escritorio para verlo cada vez que escriba. —Antes de que Crystal pudiera reaccionar, Laura utilizó el brazo que tenía libre para atraer a la joven hacia sí y abrazarla de nuevo—. Es algo muy especial y me encanta. Gracias.
Crystal ya se sentía mejor por el asunto de regalo y sonrió cuando Laura la soltó.
—Me alegro mucho de que te guste.
—Así es, y mucho —convino la escritora. Sonrió de nuevo al ver los intentos de su compañera por ahogar un bostezo y le dio una palmada amigable en el hombro—. Venga, ya es muy tarde.
—Y tanto que sí —afirmó la rubia.
***
—¿Me puedes repetir por qué estamos haciendo esto? —preguntó Crystal arrojando otro montón de ramas secas a la carretilla.
—Las fogatas se hacen con madera —dijo Laura imitándola—. Además, es la forma que tiene Carmen de reunir a sus amigos en casa para ayudarle a limpiar la hojarasca.
—Eso me parecía —afirmó la rubia sonriendo—. Por lo menos hay cerveza.
—Eso es. ¿Sabías que hay dos barricas más aparte de la del porche?
—Ah, una recompensa por tanto trabajo duro. —Crystal le lanzó a su compañera una sonrisa irónica—. Por lo menos, contigo aquí no tengo que pasarme el rato luchando con esa versión cubana de Don Juan.
—Así es, tú no te separes de mí —dijo la escritora—. Yo protegeré tu virtud.
Acto seguido oyeron una risa de incredulidad y se volvieron para ver a Alex saliendo de entre los arbustos.
—Menudo discursito, Taylor —dijo arrojando las ramas que traía en los brazos al interior de la carretilla—. No te preocupes por ella, Crystal —afirmó al tiempo que le propinaba una palmadita en el hombro—. Soy policía, puedes confiar en mí.
Crystal sonrió.
—No sé si puedo confiar en una mujer que lleva un par de esposas encima todo el tiempo.
—Vaya, qué poco sentido de la aventura —dijo Alex imitando con las manos una flecha que le hubiera atravesado el corazón—. Vale, vale, os dejaré solas, tortolitas. Aunque será mejor que os deis prisa. La comida casi está y Carmen acaba de abrir el segundo barril de cerveza.
Acto seguido, la policía desapareció entre los arbustos dejándolas solas de nuevo.
Laura, por su parte, meneó la cabeza.
—Ya le he dicho doscientas veces que no somos amantes.
—Yo ya me he dado por vencida —dijo Crystal—. Además, si piensa que estoy contigo no me tira tanto los tejos.
—De hecho, a algunas de mis amigas les atrae eso. A Wendy le encanta ir a por mujeres comprometidas. Creo que se lo toman como un reto.
—No debo ser su tipo —dijo la rubia, deteniéndose para hacerse con una rama cubierta de hojas y tierra—. Ella es una de las pocas que no han intentado nada conmigo.
—Es que las prefiere pelirrojas y morenas, creo, así que estás a salvo. ¿Quieres que te ayude?
Crystal intentó de nuevo desenterrar el pedazo de madera, exhalando fuertemente.
—Si no te importa. —Juntas, consiguieron sacar el tronco, pero lo desecharon al ver que el extremo inferior estaba plagado de insectos—. Tanto para nada —dijo la rubia, soltándolo de nuevo.
—Bueno, no es como que haya escasez de ramas por aquí —afirmó Laura al tiempo que sacaba su pañuelo y se limpiaba las manos—. De hecho… —continuó, echando un vistazo a la carretilla, ya casi llena hasta el tope—… creo que ya tenemos bastantes.
—Yo voto porque volvamos antes de que se acabe la cerveza —dijo Crystal utilizando sus vaqueros a modo de toalla para quitarse la mugre de las manos antes de agarrar los mangos de la carretilla.
—La puedo llevar yo —se ofreció Laura.
—Nah, no pesa nada —dijo la rubia. Hubo un tiempo en que una de aquellas le habría supuesto un gran esfuerzo, pero tras dos meses aplicando cemento y levantando tablones, sus músculos le permitían llevar aquella carga sin apenas notarlo—. ¿Sabes qué? ¿Por qué no vas a buscar un par de cervezas mientras yo llevo todo esto hasta el montón?
—Me parece muy bien —dijo Laura—. Te veo allí. —Dio media vuelta y se encaminó a la casa al tiempo que Crystal recorría el pequeño sendero que las demás carretillas habían dejado entrever hacia el lugar de la fogata.
Esta hoguera se va a ver desde el espacio, pensó echando un vistazo a la enorme cantidad de ramas.
—Estábamos a punto de mandar una patrulla de búsqueda a por vosotras —dijo Jenny, con una cerveza en la mano, cuando se aproximó—. ¿Dónde está Laura?
—Ha ido a la casa a por una cerveza para mí y quién sabe qué para ella —afirmó Crystal—. Ayúdame a descargar esto, ¿quieres?
Tras dejar su cerveza en el suelo, la mujer de pelo castaño empezó a ayudar a Crystal a trasladar la madera desde la carretilla a la pila.
—¿Vas a quedarte a pasar la noche o te va a llevar Laura a casa?
—Dice que se quiere ir a casa más tarde, pero hemos traído la tienda de campaña por si acaso —dijo Crystal—. Ya veremos cómo va la cosa.
—Te llevaría yo, pero no creo que vaya a estar en condiciones de conducir para cuando se haga de noche —afirmó la terapeuta—. Apenas soy capaz de meterme en el coche la mañana siguiente a estas fiestas otoñales de Carmen.
—¿Y ellas qué están haciendo? —preguntó Crystal señalando a un grupo de mujeres agrupadas en mitad de un campo plano cubierto de hierba.
—Intentan poner la red de voleibol —contestó Jenny, quitando la última rama de la carretilla antes de recoger su cerveza—. Aún faltan un par de horas antes de que Carmen prenda la fogata, así que hay que buscar algo para mantener ocupadas a veinte mujeres.
Crystal sonrió.
—Seguro que a Carmen se le ocurriría otra cosa para entretenerse un buen rato si encontrara alguien dispuesto a acompañarla.
—¿Te ofreces voluntaria?
La rubia resopló y negó con la cabeza.
—No es mi tipo, ya lo sabes —dijo al tiempo que veía a Laura aproximarse a ellas con dos vasos de plástico llenos de cerveza en las manos—. Ah, genial. —Interceptándola a medio camino, Crystal le arrebató uno de los vasos y se echó al gaznate un par de buenos tragos—. Mi héroe —bromeó.
—Ya veo que te has buscado ayuda para descargar la carretilla —dijo Laura, dándole un trago a su cerveza—. ¿Te apetece ver jugar a las chicas?
—¿Y a ti?
—Claro —afirmó la escritora mientras Jenny se unía a ellas—. A lo mejor les echo un par de juegos.
—Será mejor que te quedes mirando —dijo Jenny—. Tiene un remate bestial.
—Al parecer eres alguien a quien querría en mi equipo —dijo Crystal mientras se aproximaban a la zona de juego, sin comprender del todo la extraña mirada que le dirigió la terapeuta.
Poco después, los equipos estaban hechos. Laura y Crystal iban con Carmen y Jenny se puso del lado de Alex. La pelota blanca pasó volando sobre la red y comenzó el partido. Si aquellas mujeres jugaban duro al softball, cuando se trataba de voleibol no tenían piedad. Cada punto se jugaba al límite, acompañado de toda una serie de gruñidos y maldiciones que
dejaban en pañales al inocente intercambio de expresiones que la joven estaba acostumbrada a oír. Como principiante, Crystal se vio pronto en franca desventaja cuando la rotación la puso en primera línea. Incapaz de defender los poderosos remates de Alex, se comió un par de puntos antes de rotar nuevamente, con lo que Laura quedó a su izquierda.
—No le tengas miedo al balón —dijo la escritora, balanceando su peso de un lado a otro preparándose para el siguiente servicio—. Estaré aquí si me necesitas.
Crystal asintió, rezando para que la pelota no volviera a ir en su dirección. Para desgracia suya, la bolea de Carmen envió el balón justo a las manos de Alex. Crystal se preparó para encarar un nuevo remate cuando sintió una presencia a su espalda. Elevó la pelota cuando ésta cayó en picado a su campo, dejándola elevarse suavemente en el aire, exactamente lo que Laura necesitaba para engañar a Alex con un remate autoritario que golpeó a la policía en el hombro antes de caer al suelo.
—Eso ha sido suerte —dijo Alex, recuperando la pelota y lanzándosela a Carmen.
Laura, por su parte, se acercó a su compañera de piso y le susurró al oído.
—La próxima vez que te pasen la pelota, elévala y yo me encargo del resto, ¿vale?
Acto seguido, palmeó el hombro de Crystal y volvió a su posición.
El partido mejoró a partir de ese momento. Crystal dejó de intentar devolver balones y se concentró en la colocación para que Laura pudiera rematar. La estrategia funcionó, permitiendo la victoria de su equipo. Aunque no les fue tan bien en la revancha, Crystal disfrutó de lo lindo el juego y se apuntó sin reservas a la pachanga de baloncesto que se organizó a continuación en el camino de acceso mientras Laura y Jenny se fueron a ayudar a Carmen con la barbacoa.
Crystal fintó a la izquierda y luego a la derecha, superando a Alex y encestando el balón limpiamente.
—Un golpe de suerte —dijo la policía.
—Ya te digo —contestó Crystal, limpiándose el sudor con el dorso de la mano—. Espera un momento. Voy a por una cosa.
Los coches estaban aparcados en la hierba que había a cada lado del camino de acceso y le llevó un momento localizar y llegar hasta el Jeep de Laura. Tras echar un vistazo a los asientos, y al no vez lo que andaba buscando, fue hasta el maletero y lo abrió. La bolsa de deporte de Laura estaba encajada entre el saco de dormir y la parte de atrás del asiento. Crystal rebuscó en su interior y sacó su cinta para la cabeza. Decidiendo que a Laura no le importaría que la usara, se la puso con la esperanza de que mantuviera a raya el sudor y le apartara el pelo de la cara.
—Ah, maldita sea —bromeó Alex cuando Crystal se aproximó—. Teníamos la esperanza de que te volvieras a quitarte la camiseta.
Crystal se echó a reír junto a las demás, recordando aquella vez en que lo había hecho en uno de los partidos de softball.
—Lo siento, pero no llevo nada debajo excepto el sujetador.
—No te cortes —dijo la policía, causando un coro de silbidos por parte de las demás mujeres.
—Vale, después de ti —contraatacó Crystal, esperando que la mujer diera el tema por zanjado. Para su sorpresa, Alex empezó a sacarse la camiseta de los pantalones—. No, no, espera, era una broma.
Alex sonrió con aire engreído.
—Rajada.
—Zorra —contestó la rubia, sonriendo mientras cada quien volvía a su posición. La pelota entró en juego y Crystal no pudo evitar reírse a carcajadas después de sobrepasar nuevamente a Alex y encestar nuevamente, valiéndose del tablero. Se sentía relajada y cómoda con las amigas de Laura, y también suyas ahora, agradeciendo las palmaditas de felicitación de su equipo mientras esperaban a que Wendy sacara el balón de debajo de uno de los coches. A alguien se le ocurrió la idea de traer una nevera llena de cervezas y cogió la que Alex le ofrecía. Tras recuperar la pelota, el juego se reinició con creciente rivalidad e igualada puntuación. Al final, el equipo de Alex ganó sólo por tres puntos y todas se vieron de pronto deseando hincarle el diente a la carne que les esperaba junto a las parrillas.
La música fluía a todo volumen de un altavoz instalado en una de las mesas de picnic. En total, había seis, fabricadas con un gran tablón de madera sobre dos caballetes de serrar, junto a un montón de sillas plegables y otras de plástico blanco. Crystal se alegró al ver que Laura ya se había hecho con dos platos a rebosar y se encaminaba a una de las mesas.
—Huele de miedo —dijo aproximándose a ella.
—Supuse que tendrías hambre después de tanta carrera —dijo Laura, apartando la silla vacía que tenía al lado. Crystal cogió una costilla asada y le dio un mordisco, manchándose de salsa toda la comisura de los labios.
—Está un poco pringoso.
Laura, por su parte, se echó a reír.
—Espera —dijo, limpiándole la boca con una servilleta—. Listo, ya no pareces una cría pequeña.
—¿Sólo vas a comer eso? ¿Una mazorca de maíz y ensalada de patata?
—Ya sabes que no como carne roja —afirmó la escritora llevándose la mazorca a la boca y frunciendo el ceño cuando varios pegotes de mantequilla fueron a dar a sus vaqueros—. El pollo todavía no está listo.
—Luego voy a ver y te digo cuándo salga —dijo Crystal, con la boca pringada de nuevo.
—Puedo ir yo.
—Tranquila, probablemente necesite rellenarme el plato para entonces. ¿Qué tal está la ensalada?
—Toma, prueba un poco. —Tras cargar el tenedor, Laura lo dirigió a la boca de Crystal, que se abrió tras unos segundos de duda.
—Oh, mira, si le da de comer y todo —bromeó Alex desde la mesa contigua, provocando un aluvión de carcajadas a su alrededor y el consecuente sonrojo de Crystal.
—Lo que te pasa es que estás celosa —dijo Laura, enterrando su tenedor en la ensalada de macarrones de la rubia y llevándoselo a la boca.
—Puedes jurarlo —contestó Alex, haciendo reír de nuevo a la concurrencia. En ese momento, alguien anunció que el pollo ya estaba listo y Crystal saltó de la silla.
—Dame tu plato —dijo—. ¿Cuántos trozos quieres?
—Con una pechuga basta —dijo Laura, entregándole el plato—. Y un poco más de ensalada de patata y macarrones si quedan, por favor.
—Claro, no hay problema. —Crystal se encaminó hacia las parrillas y volvió minutos después con el plato de Laura y dos cervezas—. He pensado que tendrías sed —se justificó, dejándolo todo sobre la mesa.
—No suelo beber tanto —dijo Laura, cogiendo su lata de cerveza y dándole un trago—. Ya llevo tres.
—Y yo unas cuantas más —admitió Crystal, empezando la suya con ahínco antes de enterrar el tenedor en la ensalada de macarrones del plato de Laura—. ¿Y qué vamos a hacer después de comer? Todavía hay demasiada luz para encender la hoguera.
—Seguramente echarán otro partido de voley.
—¿Vas a jugar?
Laura meneó la cabeza.
—No creo. ¿Por qué? ¿Tú sí?
—Si tú no juegas, no —dijo Crystal, ganándose una risita por lo bajo de Alex. Sintiéndose en la necesidad de explicarse, añadió—. No se me da demasiado bien.
—Vale, haremos esto. Si de verdad te apetece jugar, te acompaño —afirmó Laura, apuñalando a Alex con la mirada antes de que la policía tuviera oportunidad de meterse en su conversación privada.
Como era de esperar, una vez que todos los estómagos estuvieron repletos, alguien sugirió echar otro partido. Crystal negó con la cabeza, puesto que quería esperar a que se le bajara un poco la comida antes de ponerse a correr. Laura se llevó los platos vacíos al cubo de basura mientras ella se acababa la cerveza. Dándose cuenta de que varias mujeres se escabullían en el interior de una de las cabañas de almacenaje, la rubia sonrió y se excusó para ir con ellas, consciente de lo que pretendían hacer allí.
Cuando regresó, unos minutos más tarde, sus ojos parecían considerablemente más pequeños. Laura, por su parte, le echó un vistazo y meneó la cabeza.
—Debí imaginar que encontrarías fácilmente a tus colegas fumadoras de hierba —dijo—. Supongo que estás totalmente colocada.
—No, sólo lo justo para sentirme bien —dijo Crystal—. ¿Te molesta?
Laura dudó un momento antes de contestar.
—Me molesta cuando lo haces para evadirte de la realidad, pero si es por pasar un rato con tus amigas, no. No me molesta. —A pesar de que no había nadie cerca que pudiese oírla, bajó la voz antes de seguir hablando—. Es que me preocupo por ti, ¿sabes? No me gusta ver cómo te haces daño a ti misma.
—Lo sé —dijo Crystal, cubriendo el hombro de Laura con su mano—. A mí no me gusta ver cómo te matas quedándote despierta toda la noche para escribir sólo para acabar en un punto muerto, así que estamos en paz. Venga, ¿qué me dices de ese partido?
—¿Seguro que puedes jugar? Quiero decir, mareada y todo.
—Claro, a lo mejor así la pelota va más despacio y hasta puedo darle un par de golpes —dijo Crystal, dando un ligero apretón al hombro de Laura antes de retirar la mano.
—De todas formas, no creo que juguemos mucho más —dijo Laura mientras se dirigían al terreno de juego—. Ya casi es de noche. Carmen no tardará en encender la fogata.
La predicción de Laura se cumplió, ya que menos de una hora después empezó el fuego y todo el mundo fue a ocupar un lugar alrededor de la hoguera. Crystal se sentó a un lado de la escritora y Jenny al otro. Alex se las arregló para quedar junto a la rubia y empezó a pasar latas de cerveza de la nevera que había llevado con ella mientras las otras rellenaban sus vasos de plástico en el barril del porche.
—¿Cuántas llevas ya? ¿Cinco? —preguntó Crystal cuando Laura se llevó a los labios su vaso.
—Creo que sí —respondió la escritora—. Me da que no vamos a ir a ninguna parte esta noche.
—Por suerte tenemos la tienda de campaña en el coche —dijo Crystal—. ¿Es lo suficientemente grande para las dos?
—Sí, es doble, igual que el saco de dormir, así que no hay problema —afirmó Laura—. No eres de las que dan vueltas y patadas toda la noche, ¿verdad? Porque entonces te vas a dormir al césped.
—Seré buena, lo prometo —dijo Crystal sacándose los cigarrillos del bolsillo y encendiendo uno—. Además, seguro que entre la cerveza y la hierba caeré redonda en cuanto cierre los ojos.
—Vale, pero no antes de ayudarme a montar la tienda —le advirtió Laura, arrugando la nariz cuando el humo del cigarrillo fue hacia ella—. Jenny te puede contar por experiencia el trabajo que da esa tienda.
—Sería mucho más fácil reclinar el asiento del Jeep y dormir ahí —arguyó Jenny tras oír su nombre en la conversación—. Lleva casi una hora ensamblar ese monstruito. Yo no he bebido demasiado, por si queréis que os lleve a casa —se ofreció.
—¿En tu trampa mortal? —preguntó Laura—. Ni de coña. Una cosa es sufrir esa tortura cuando estás sobria, pero no estoy dispuesta a ponerme en tus manos medio borracha.
—Cierto —dijo Jenny—. Seguro que acabáis echando la pota en el asiento.
—Pues a lo mejor es para bien, Doc —bromeó Crystal—. ¿Cuándo vas a librarte de ese montón de chatarra y comprarte un coche decente?
—El día que nuestra querida Laura deje de ordenar todo a su paso.
—Entonces me da que esa Cosa seguirá rodando hasta que se parta por la mitad.
—¡Oye! —exclamó Laura, adoptando un falso aire ofendido—. ¿Por qué me metéis a mí en medio de todo?
—Porque, de hecho, estás en medio —dijo Crystal, propinándole un codazo.
—Eh, Laura —dijo Alex—. Cuéntanos en qué estás trabajando ahora. ¿Otra historieta de la detective Bobbie?
Laura terminó de darle un trago a su bebida antes de asentir.
—Sí, será la tercera de la serie.
—¿Y le vas a buscar novia de una vez o qué?
—Creo que sí. Por lo menos voy a meter una atracción de las fuertes. Si acaba en amor o no… todavía no lo he decidido.
—Oh, deberías hacerlo —se inmiscuyó Crystal—. Con un montón de romance y pasión.
—Sí, sobre todo pasión —dijo Alex—. Quiero por lo menos tres escenas de sexo.
—Escenas de amor —le corrigió Laura—. Y eso tampoco lo he decidido todavía. Ya veré cómo va el tema. Me dijeron que la semana pasada te metiste en una buena persecución.
—Oh, sí —dijo la policía—. Fue muy raro. Paré al imbécil porque tenía rota una de las luces traseras, pero cuando comprobé la matrícula no coincidía con el modelo del coche. Resultó que el tipo trabajaba en un desguace y sólo estaba llevando el coche al solar cuando di con él. —Alex derivó la conversación durante un rato antes de cambiar de tema y ponerse a hablar con alguien más.
Crystal no estaba segura de en qué momento había ocurrido, pero ahora se encontraba más cerca de Laura y sus rodillas se tocaban. Dudó un momento si apartarse o no, pero desistió, ya que no quería que Laura prestara excesiva atención a aquel contacto casual. En vez de eso, intentó concentrarse en la discusión que se desarrollaba a su alrededor. Laura estaba hablando con Jenny, permitiendo a Crystal estudiar sus facciones a la luz del fuego. Un brillo anaranjado bailaba sobre el rostro de la escritora, iluminándolo y oscureciéndolo alternativamente. En ese momento, tomó un trago de cerveza y miró a su alrededor, advirtiendo que Carmen parecía haber encontrado compañía para pasar la noche, si es que ver a las dos mujeres besándose era algo indicativo. Crystal se dio cuenta de que la nueva conquista de la anfitriona era Wendy, quien en ese momento intentaba comprobar hasta qué punto de la garganta de la mujer cubana podía llegar con su lengua. Incapaz de apartar la vista del espectáculo que se desarrollaba frente a ella, Crystal observó detenidamente a las dos mujeres.
¿Cómo diablos hacen para respirar?
De la nada surgió una imagen de ella misma siendo besada con una pasión y un deseo semejantes a los que estaba contemplando, pero lo que conmocionó en realidad a Crystal fue el rostro de su compañía imaginaria.
Como si hubiera sentido de alguna forma los pensamientos de Crystal, Laura se giró y la miró, regalando a la rubia una delicada sonrisa.
—¿Estás bien?
—¿Qué? Oh, sí —dijo ella, prácticamente segura de que el calor que sentía no provenía del fuego—. Me he ido a otro mundo un momento, supongo.
—Parece que Wendy no va a dormir esta noche en una tienda de campaña —dijo Laura, señalando con la barbilla a las dos mujeres que todavía se besaban.
—Si es que llegan a la cabaña —respondió Crystal, pasando el brazo por detrás de Alex para alcanzar otra cerveza de la nevera—. Apuesto a que no necesitan la hoguera para calentarse.
—Ya te digo —dijo Laura, posando su mano en la rodilla de Crystal—. ¿Te sientes incómoda? —le preguntó en voz baja para que nadie más la oyera.
Negando con la cabeza, la joven trató de librarse de la imagen que la acosaba, es decir, una en la que la mujer que tenía al lado la besaba apasionadamente.
—No. Ya he visto a tus amigas besándose antes. Lo hacen constantemente en el campo de softball.
Claro que nunca antes había pensado que me besabas tú, pensó echándole un rápido vistazo a Laura antes de volver su atención a las llamas. Debe ser porque paso mucho tiempo con ellas. Sólo he pensado que Laura me besaba porque es mi amiga y me siento muy cercana a ella, eso es todo. Sin embargo, mientras se planteaba eso, Crystal se descubrió contemplando la mano que, de forma tan familiar, descansaba sobre su rodilla, y combatió el impulso de cubrirla con la suya para asegurarse de que no desparecía.
***
El área de voleibol hacía las veces de campamento improvisado para la docena de mujeres que, en aquel momento, se peleaban con sus tiendas de campaña. Por desgracia, estaba lo suficientemente lejos de la fogata como para que la luz les permitiese ver lo que estaban haciendo, así que Crystal acabó yendo a buscar una linterna al Jeep mientras Laura luchaba contra la indómita estructura. Al parecer, las otras tenían el mismo problema y, una vez que la tienda estuvo dispuesta, la rubia fue a auxiliarlas. Al final había siete tiendas de campaña en formación más o menos circular. A continuación, ayudó a Laura a desplegar el saco de dormir en el interior de la suya y se fue a la cabaña para usar el baño, cosa que le llevó más tiempo del que esperaba porque, por lo visto, todas las demás mujeres habían tenido la misma idea que ella en aquel preciso momento. La ingente cantidad de cerveza ingerida durante la jornada había predispuesto que el cuarto de baño de Carmen estuviera ocupado durante buena parte de la noche, si es que las mujeres acampadas fuera no decidían usar los arbustos en su lugar.
Tras quitarse las zapatillas de deporte, Crystal se metió a gatas en la tienda. Dentro estaba oscuro, pero se las arregló para orientarse, localizando la cremallera del saco y abriéndolo. Acto seguido, se quitó rápidamente los vaqueros, se desabrochó el sujetador por debajo de la camiseta, se lo quitó y enrolló los pantalones para usarlos a modo e almohada. Por un momento, se planteó quitarse también la camiseta, pero desistió, ya que no sentía tanta seguridad como en casa, por no mencionar que tenía que compartir un saco de dormir con Laura. Frotándose las manos contra los muslos desnudos, Crystal se preguntó si debía volver a ponerse los vaqueros, pero el sonido de la cremallera de la tienda al abrirse puso fin a la diatriba.
—¿Laura?
—Sí. ¿En qué lado vas a dormir?
—A la derecha… pero si lo quieres tú…
—No, a mí me gusta la izquierda. Además, es mejor que tú estés del lado de la entrada por si tienes que salir al baño. Has bebido más que yo.
—Sí, seguro que me levanto por lo menos una vez. —Crystal sintió que el saco de dormir se abría y se le puso la piel de gallina antes de que Laura se tumbara y el agradable calor de la franela volviera a cubrir su cuerpo.
—¿Tienes bastante sitio?
Crystal, que estaba tan al borde del saco que podía sentir el frío metal de la cremallera contra su piel, asintió antes de recordar que la oscuridad la hacía invisible para Laura.
—Sí, ¿y tú?
—Sí, tranquila. Puedes acercarte más, si quieres. Hay mucho espacio.
—No te quiero agobiar —dijo Crystal.

—Aunque lo hicieras, no tendría ningún problema. —Laura dejó escapar en ese momento un largo bostezo—. Venga, ponte cómoda para que podamos dormir un poco. 
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Re: El corazón de cristal, B. L. Miller

Mensaje  malena el Junio 24th 2013, 8:09 pm

A regañadientes, Crystal se apartó de la cremallera adoptando una posición fetal de espaldas a Laura, aunque consciente del calor que emanaba el cuerpo que descansaba a unos pocos centímetros del suyo. Era una sensación extraña, puesto que no había dormido con nadie desde que era niña, pero al mismo tiempo le reconfortó tener a Laura al lado sabiendo que no había ningún tipo de cierre en la tienda. No es que tuviera miedo de las mujeres que acampaban junto a ellas, pero aun así siempre quedaba la duda.
—¿Mejor? —le preguntó Laura en voz baja.
—Sí. ¿Seguro que no estás muy apretada?
—No, para nada. Todavía queda sitio, por si lo necesitas.
—Tranquila, estoy bien —afirmó Crystal ajustándose los pantalones que le servían de almohada—. Buenas noches, Laura.
—Buenas noches, cielo —respondió la escritora, acercándosele en la oscuridad para darle un rápido apretón en el hombro.
Su intento de conciliar el sueño fue interrumpido minutos después cuando un claro e inconfundible gemido cortó el aire, seguido por varias risitas pícaras provenientes de las otras tiendas.
—Parece que alguien se lo está pasando de lo lindo —dijo Crystal, sonriendo en la oscuridad.
—Mmmmm… —respondió Laura medio dormida—. Sólo espero que no hagan demasiado ruido.
—A mí me da que no va a ser así —dijo Crystal tras escuchar otro gemido, esta vez un poco más fuerte—. ¿Quiénes crees que son?
—Ni idea. No me he dado cuenta de qué tiendas han quedado junto a la nuestra. —Esta vez, la gimiente mujer dejó escapar una mezcla entre suspiro y grito, y otra voz más grave pareció susurrar algo—. Creo que es Alex.
—¿Sí? —Crystal se dio la vuelta hasta quedar de cara a Laura y se incorporó apoyándose en un codo. Acto seguido, volvió a escuchar—. Puede ser. La voz parece demasiado ronca.
“Oh, Alex, sííííí…”
—Vale, es ella —dijo la rubia—. ¿Con quién crees que está? No he visto a nadie rondándola esta noche.
—Seguramente es Donna. Me han dicho que es un tanto… expresiva en ciertas actitudes —afirmó Laura.
Eh, Duncan —exclamó una voz desde una de las tiendas—. Haz el favor. Hay gente que intenta dormir.
Sí, no me hagas ir hasta allí y separaros con mis propias manos gritó otra de las mujeres, provocando un aluvión de risas ahogadas a su alrededor.
Yo pensaba que tus manos estaban ocupadas todas las noches.—Esta vez, reconocieron la voz de Jenny.
Que te jodan, Foster—respondió la voz con aire juguetón.
¿Eso es un insulto o una oferta?
Tú eliges, Jen. En mi tienda hay sitio de sobra.
—Me da que no vamos a poder dormir —se quejó Laura.
—Bueno, por lo menos alguien se lo está pasando bien —dijo Crystal antes de volverse de nuevo y acomodarse.
—Ojalá lo hicieran con menos escándalo.
—O se llevaran la tienda un poco más lejos.
—Me parece que, aunque estuvieran al otro lado de la casa, seguiríamos oyéndolas —dijo Laura antes de soltar un gran bostezo—. Debería haberme traído tapones para los oídos.
—En algún momento tendrán que parar, ¿no?
La escritora soltó una risotada incrédula.
—Cielo, estamos hablando de lesbianas. Son como en ese anuncio de la tele. Duran y duran y duran…
—Oh, genial —dijo Crystal con sarcasmo, golpeando sus pantalones—. Supongo que debería considerarme afortunada de que no tengas novia o me pasaría las noches en vela.
Laura se echó a reír.
—De hecho, no soy nada escandalosa. —En ese momento, se detuvo, ya que una nueva oleada de gemidos se dejaba oír desde el exterior—. Es Donna, no hay duda.
Crystal meneó la cabeza y cerró los ojos, tratando con todas sus fuerzas de aislar las imágenes que los sonidos nocturnos le inspiraban.
***
Crystal se despertó inmediatamente al sentir el contacto. Le llevó un par de segundos recordar dónde se encontraba y quién dormía a su lado… o mejor dicho, quién dormía pegada a ella, puesto que Laura le había rodeado la cintura con un brazo. Por eso mismo se había despertado. Era noche cerrada y lo único que oía era uno que otro ronquido ocasional en las tiendas cercanas y el repentino crepitar del fuego, ya casi extinto. Al darse cuenta de que Laura estaba profundamente dormida, la joven se debatió entre apartar el cálido brazo que la cubría o no hacerlo por no despertar a su amiga. Se quedó allí quieta varios minutos escuchando la respiración de quien tenía al lado, lo suficientemente cerca como para sentir el cálido aire contra su nuca. Al igual que cuando Laura la abrazaba de forma ocasional para mostrarle su apoyo, Crystal se descubrió sintiendo esa misma comodidad en aquel gesto inconsciente. Así, se relajó y pronto volvió a quedarse dormida.
***
Laura parpadeó repetidamente y miró a su alrededor, ya que la luz del sol iluminaba el interior de la tienda con un brillo amarillento. Para su sorpresa, se encontró totalmente abrazada a Crystal. Debí imaginármelo, pensó. Siempre he sido de las que abrazan. Pero estaba demasiado a gusto como para moverse. Inhaló el aroma del champú de Crystal y tuvo que reprimir el impulso de acariciarle su sedoso pelo rubio. ¿A quién intento engañar? Incorporándose ligeramente para observar las facciones de la joven, aún dormida, Laura se admitió a sí misma que había evitado deliberadamente mencionar aquella costumbre a Crystal por aquella misma razón. La sensación de tener a su amiga entre sus brazos era maravillosa, así como sentir la calidez que emanaba contra su cuerpo. Así, se quedó tal cual estaba durante un buen rato para disfrutarlo al máximo, y no fue hasta que oyó el jaleo de las demás mujeres al salir de sus respectivas tiendas que regresó a regañadientes a su lado del saco de dormir. Por muy a gusto que estuviera en aquel momento, no era tan tonta como para seguir así cuando Crystal se despertara. Probablemente pensaría que intento aprovecharme de ella. Entonces, escuchó un crujido en el exterior de la tienda y el cierre se abrió a medias.
—Laura, ¿estás despierta?
—Buenos días, Jen —dijo en voz baja—. Crystal sigue dormida.
—Carmen ha hecho café.
—Vale, salgo en un minuto.
Ahora tenía el problema de salir del saco sin despertar a Crystal, quien de hecho se encontraba del lado de la cremallera, así que intentó reptar hasta la parte superior.
—¿Mmmm?
—Shh… soy yo —dijo, sacando las piernas del saco—. Duérmete otra vez, es muy temprano.
—¿Qué hora es? —murmuró Crystal, poniéndose boca arriba y frotándose los ojos.
—Las siete, más o menos. —Encontró el reloj que había guardado en una de sus zapatillas—. Las siete y veinte. Voy a por café. ¿Quieres que te traiga una taza?
—No, me voy a levantar ya. Además, tengo que ir al baño.
Crystal se sentó, revelando a Laura algo que no había notado la noche anterior al mostrar la parte superior de sus piernas desnudas al borde del saco. Sólo entonces cayó en la cuenta la escritora de que la almohada de Crystal eran, de hecho, sus pantalones.
Oh, gracias a Dios que no me di cuenta anoche, pensó Laura, advirtiendo además los pezones de Crystal revelándose bajo su camiseta.
—Voy a salir para que te vistas —dijo, gateando por el borde de la tienda y abriendo por completo la cremallera.
—Salgo en un momento —oyó mientras salía al campo cubierto de hierba y parpadeaba para ajustar sus ojos al brillante sol del amanecer.
—Vale. —Laura se puso las zapatillas y se encaminó a la casa.
Carmen, Wendy, Jenny y algunas otras ya estaban en la cocina cuando Laura llegó.
—Buenos días —dijo, haciéndose con dos tazas vacías del escurreplatos y encaminándose hacia la cafetera. Acababa de llenar las tazas cuando Crystal hizo su aparición con el pelo alborotado todavía.
—Oh, gracias —dijo Crystal cuando su amiga le entregó su café.
—He pensado que podríamos parar a desayunar de camino a casa —propuso Laura apoyándose contra el mostrador e ignorando la caja de donuts que había encima—. Hay un sitio muy bueno cerca de aquí.
—Eso suena bien —afirmó la rubia, dejando a un lado su taza y encaminándose, haciendo eses, al baño que Alex acababa de desocupar.
—Aquí tenemos donuts —dijo Jenny.
—No me apetece dulce —contestó Laura—. Además, unos huevos Benedict son justo lo que necesito para arrancar.
—¿Qué pasa? —dijo Carmen—. ¿Es que os vais ya? Pensaba que ibais a quedaros un poco más.
—Tengo cosas que hacer —afirmó Laura con un leve tono de disculpa, consciente de que era una soberana mentira. Aparte de escribir, no había mucho más que hacer en todo el día—. Además, Crystal nunca ha desayunado en Ruby’s. Seguro que le gusta.
—Oh, sí, las dos solitas en un banco, ¿eh? —ironizó Alex.
—Compórtate, por favor —le advirtió Laura—. Nos merecemos un buen desayuno después de habernos pasado toda la noche en vela gracias a ti y a Donna.
—Oye, que no es culpa mía que tú no mojaras —dijo la policía con una sonrisa malévola mientras rellenaba su taza e intercambiaba una mirada de complicidad con Donna—. ¿Y cómo va el libro?
—Me voy acercando al final, pero ya llevo como cincuenta páginas dándole vueltas —dijo Laura—. Ya sabéis cuánto me cuesta cerrar las historias.
—Sí, por eso tus libros rara vez bajan de las trescientas páginas —afirmó Carmen—. Oh, pero esas escenas románticas merecen todo lo demás. Pondrás una por lo menos en este, ¿no?
—¿Es que no lo hago siempre? —contestó Laura llevándose la taza a los labios y disfrutando del fuerte sabor amargo—. Se trata de juntar a las protagonistas. —En ese momento, advirtió que Crystal había salido del baño, y se preguntó para sí por qué la vida real no era tan sencilla como la ficción. Por qué se estaba enamorando de alguien a quien nunca podría tener y por qué era incapaz de apartarse de ella o hacer que su corazón dejara de apegarse a la hermosa joven con quien compartía su hogar—. Tengo que desmontar la tienda. En seguida vuelvo. —Tras dejar la taza sobre el mostrador, salió de la cocina a toda prisa y respiró una gran bocanada de aire puro.
Ya casi tenía enrollada la tienda de nailon cuando Crystal se acercó a ella.
—¿Quieres que te ayude?
—No —dijo—, ya casi está.
Crystal se arrodilló y puso una mano sobre la funda de la tienda de campaña, interrumpiendo el trabajo de su amiga.
—Oye. —Aquella palabra, pronunciada con tremenda suavidad, obligó a Laura a elevar la vista hacia los ojos azules que la observaban con preocupación—. ¿Estás bien?
Tras tomar aire, la escritora asintió.
—Sí. Supongo que estoy cansada o algo así.
—¿Seguro? Pareces preocupada por algo.
Por un segundo, Laura se preguntó en qué momento Crystal se había vuelto tan eficaz a la hora de leer en su interior y esperó que su rostro le mantuviera el secreto.
—Estoy bien, en serio. Oye, ¿por qué no llevas el saco de dormir al coche? Yo voy en un minuto y luego podemos desayunar algo.
—Si estás cansada, podemos comer algo en casa —ofreció Crystal.
—No. Estoy segura de que te encantará Ruby’s y, además, casi nunca salimos a comer fuera. —En ese momento, se le ocurrió algo—. A menos que no quieras ir.
—No, no, sí quiero. Si hay comida de verdad y a ti te gusta, quiero ir. Porque tienen comida de verdad, ¿no? Nada de brotes de judía y cosas verdes que sueles comer, como si fueras un conejo.
—Comida de verdad, te lo prometo —dijo la mujer sonriendo—. Seguro que hasta te puedes poner una dosis extra de grasa si la pides.
—Qué graciosa. Pues venga, que me estoy muriendo de hambre. Ya me he despedido de las chicas.
Crystal le arrebató la tienda y la metió en la bolsa de nailon, echando a perder el cuidadoso doblaje que Laura acababa de hacer. Evadiendo la necesidad de volverla a sacar entera para ponerla bien, la escritora echó a andar hacia el coche seguida de Crystal, agradecida de perder de vista a sus amigas por ahora. Comprendía perfectamente por qué la hostigaban tanto con el asunto de Crystal, y también que en parte encontraba ese tipo de comentarios tan molestos porque no iban demasiado desencaminados. Le había resultado dificilísimo dormir junto a Crystal, especialmente con el repertorio de soniditos que llegaban desde la tienda de Alex. Daba gracias de que sólo hubiera sido una noche y no un fin de semana entero. Dos noches seguidas le hubieran supuesto una tentación tal que no estaba segura de haber podido manejarlo.
***
Crystal suspiró y se puso boca arriba, buscando a tientas el interruptor de la lámpara. Esto es ridículo. Ya llevaba dos horas en la cama, pero era incapaz de conciliar el sueño. Optó por sentarse y se hizo con el cuaderno y el boli que tenía en la mesita de noche. Acto seguido, empezó a escribir.
Son casi las dos y no puedo dormir. ¿Por qué? ¿Por qué siento esto? ¿Lo que siento es real o es sólo mi imaginación disfrazando una amistad como algo más? Ella me abraza a menudo, pero nunca ha intentado ligar conmigo ni nada, así que… ¿por qué sigo pensando estas cosas? Nunca he besado a una mujer, pero lo deseo tanto cuando me abraza… Quiero hacerlo. ¿Me devolvería el beso? Lo dudo. Probablemente se quedaría ahí sentada y me diría con ese tono suyo por qué nunca podría interesarle un montón de mierda como yo. Sólo soy una amiga, una compañera de piso. Sé que se preocupa por mí, pero, ¿podríamos llegar a algo más? ¿Y si decide que quiere vivir sola otra vez? ¿Y si se encuentra otra amante?
Tengo frío. La estufa está encendida, puedo oírla, pero lo que quiero que me mantenga caliente está al otro lado del pasillo. Quiero que me abrace como hizo la otra noche. Me pregunto si ni siquiera se dio cuenta. Es tan agradable estar entre sus brazos… como cuando estoy triste y me abraza. Ojalá conociera todas las respuestas. Nunca antes me había planteado estar con otra mujer y no creo que quiera hacerlo… si no es con Laura. No quiero a una mujer, la quiero a ella.
¿Por qué no puedo tener una vida como las de sus libros, donde una heroína encuentra a la mujer que ama y se van cabalgando hacia la puesta de sol?
¿Por qué no puedo ser lo que ella busca?
***
—Cuando escribí eso no pensé que lo ibas a leer —dijo Crystal avergonzada, tirando de un hilo suelto que sobresalía de la costura del puff.
—Te creo —afirmó Jenny cerrando el cuaderno y dejándolo en el suelo junto a ella—. Tenemos que hablar de eso.
—No hay nada de qué hablar —sentenció la joven encogiéndose de hombros—. No le intereso de esa forma.
—Eso no hace que tus sentimientos sean menos reales —dijo Jenny—. ¿Te habías enamorado alguna vez?
—¿Con la gente con la que andaba, Doc? —Crystal meneó la cabeza—. Me he acostado con un par de tipos de vez en cuando, pero nunca he salido con nadie, y menos en plan romántico.
—¿Has considerado la posibilidad de que esto sea sólo una reacción lógica al hecho de que pasas mucho tiempo con Laura? Por lo que me has contado, no permites que nadie se acerque a ti desde lo de tu hermana.
—¿Piensas que por que Laura sea mi amiga y sea lesbiana me estoy planteando que yo puedo serlo también?
—Has sido tú la que has escrito que nunca antes te habían interesado las mujeres —dijo la terapeuta—. Y lo que yo piense no importa. ¿Cómo te sientes?
Crystal soltó una risa sardónica.
—Ahí mismo lo tienes escrito, Doc. —Hizo una pausa—. ¿Crees que estoy confundiendo la amistad con el amor?
—Creo que esa pregunta tienes que contestártela tú misma —afirmó Jenny con dulzura—. Por lo que respecta a las relaciones sentimentales, me da que no estás preparada. Apenas estás empezando a asumir los abusos de tu padre. Añadir romance a la ecuación sin duda culminará en un desastre emocional.
—En otras palabras, que estoy demasiado jodida como para ser novia de nadie —dijo la joven con un tono de auto desprecio.
—En otras palabras, necesitas tomarte tiempo para quererte a ti misma antes de aprender a querer a otra persona, sea quien sea —la corrigió Jenny—. Sigues consumiendo alcohol y drogas para ahogar lo que sientes sin importar los progresos que consigas aquí. Y has progresado mucho —la animó—. No importa lo duro que te resulte a veces. Ten por seguro que cada vez que te enfrentas al dolor y lo superas, vas mejorando. —Acto seguido, miró su reloj—. Por desgracia nos hemos quedado sin tiempo.
—No pienso contarle nada de esto a Laura —advirtió Crystal—. Lo que menos necesito ahora mismo es ponerme a buscar otro sitio para vivir.
—¿De verdad crees que te echaría a la calle si le dijeras lo que sientes? —preguntó Jenny—. Yo no.
—No, probablemente me dejaría quedarme —admitió—. Pero yo no sería capaz de hacerlo. —Dirigió una media sonrisa a la terapeuta—. Ya sabes lo buena que soy echando a correr.
—El único problema que tienes es que no puedes huir de ti misma —dijo Jenny poniéndose en pie. Crystal la imitó antes de recuperar su cuaderno.
—¿Qué voy a hacer con ella?
—No es Laura quien debería preocuparte, Crystal, sino tú. Te sugiero que sigas escribiendo lo que sientes y, sobre todo, sé sincera contigo misma. —En ese momento, extendió los brazos—. Hasta la semana que viene.
—Aquí estaré —dijo Crystal cediendo al obligado abrazo—. Y Doc…
—¿Sí?
—No me has ayudado nada, ¿sabes? Estoy aún más confusa que cuando entré.
Jenny sonrió.
—Lo sé. Ése es mi trabajo.
Crystal salió al recibidor y esperó a que la secretaria colgara el teléfono para concertar su siguiente cita. En la pared más cercana a la puerta había un estante lleno de panfletos, así que se puso a hojearlos para pasar el rato. De pronto, sus ojos cayeron sobre un pliego azul en el que resaltaban las palabras “¿Necesitas ayuda?”. Tras sacar uno del estante, lo abrió para descubrir que se trataba de un programa de reuniones de Alcohólicos Anónimos.
—Señorita Sheridan, ¿el martes que viene a las cinco y media?
—¿Qué? Ah, sí, está bien —dijo ella, metiéndose el folleto en el bolsillo trasero y recogiendo la tarjeta que le ofrecía la mujer de mediana edad—. Hasta la semana que viene.
Minutos más tarde, mientras esperaba a que el coche entrara en calor, Crystal se sorprendió leyendo el panfleto. Había una reunión sólo para mujeres una hora más tarde en la vieja iglesia que quedaba junto a su casa. Tras comprobar el texto, vio que se trataba de un grupo abierto, por lo que cualquiera podía entrar, tanto si se consideraba alcohólico como si no.
Podría pasarme a ver cómo es, pensó para sí. No es como que tenga que dejar de beber o admitir que soy una borracha ni nada parecido.
El aparcamiento estaba lleno de coches, algunos viejos como el suyo y otros que parecía que acababan de salir del concesionario. Sentada en su asiento, Crystal contempló a las mujeres que se sonreían unas a otras y charlaban animadamente antes de entrar.
¿Qué coño estoy haciendo yo aquí?
Con la plena seguridad de que estaba cometiendo un error, Crystal salió del coche y se encaminó hacia la puerta.
***
—Ya era hora —dijo Laura cuando la joven llegó por fin a casa—. Ya me estaba empezando a preocupar. —Limpiándose las manos en el trapo de cocina, la escritora fue hacia ella—. ¿Ha ido todo bien con Jenny?
—Sí —afirmó sin dar más detalles—. Es que he tenido que hacer una cosa de camino. ¿Qué hay para cenar?
—Se me ha ocurrido hacer pollo al horno. Esta noche es la eliminatoria. ¿Te apetece ver cómo los Mets barren a los Braves?
—Suena bien —contestó ella—. Sólo iba a echarle un vistazo a lo del GED. Puedo estudiar y ver el partido al mismo tiempo.
—¡Oh! —Laura se dirigió hacia las escaleras—. Se me olvidaba. Te he hecho unas fichas mnemotécnicas para ayudarte con las fórmulas. En seguida bajo. Dale una vuelta a la verdura, ¿quieres?
—Todavía no entiendo para qué se necesita saber geometría o álgebra en el mundo real —dijo Crystal mientras entraba en la cocina. Removió la comida con una cuchara de madera antes de abrir el refrigerador automáticamente y echar mano de una cerveza. Con la puerta abierta y la lata de aluminio en la mano, se detuvo. Poco a poco. Como si fuera tan fácil. Tras soltar un suspiro de resignación, volvió a dejar la cerveza y sacó una gaseosa.
Laura regresó con un mazo de tarjetas hechas a base de carpetas recortadas.
—Te he puesto las definiciones en un lado y la fórmula en el otro para que te las puedas estudiar mejor —dijo, depositando las tarjetas en el mostrador—. Podemos probarlas en el intermedio.
—¿Vamos a cenar dentro o fuera? —preguntó Crystal mientras abría el estante y sacaba un par de platos.
—Donde prefieras. El previo empieza dentro de cinco minutos.
—Mejor en el salón —decidió la joven, haciéndose con los cubiertos y las servilletas—. Me apetece quitarme las botas y relajarme un poco.
—¿Un día largo?
—Demasiado. —Crystal sonrió cuando Laura le acarició el hombro—. Ya sabes lo que pasa después de las sesiones con Jenny.
—Sospechaba que traías algo en la cabeza —dijo Laura con suavidad—. ¿Quieres hablar de ello?
Crystal echó un vistazo a la lata de gaseosa que había dejado sobre el mostrador.
—Todavía no —afirmó—. A ver cómo van las cosas.
***
Cuanto más intentaba Crystal no pensar en beber, más necesidad sentía. Sus viajes al escritorio en busca de un cigarrillo eran más frecuentes que de costumbre, y maldijo en silencio el momento en que se había quedado sin hierba el día anterior. Los Mets iban perdiendo, lo que sólo añadía tensión al asunto. Cuando su mejor bateador falló una bola que iba claramente fuera de la zona de strike, perdiendo la oportunidad de anotarse tres carreras, estalló.
—Me voy a fumar —anunció.
—Pero si has salido hace menos de un cuarto de hora —indicó laura—. ¿Por qué estás tan nerviosa? Sólo van dos abajo. Pueden remontar.
—No es por eso —dijo Crystal desde la puerta que separaba la cocina de la sala—. Es que tengo muchas cosas en la cabeza. Necesito tomar el aire.
Abrió la puerta corrediza y salió al exterior, sacándose con aire iracundo el paquete de tabaco y prendiendo un cigarrillo.
Esto no debería ser tan jodidamente difícil. No estoy tan colgada de la botella como el viejo. No puede ser.
Puesto que tenía la mirada fija en la silueta de los árboles, no se dio cuenta de que Laura estaba a su espalda sino hasta el momento en que le puso las manos sobre los hombros con suavidad.
—Dime qué te pasa —le solicitó la escritora.
Crystal asió con fuerza la barandilla de metal, espachurrando la colilla de su cigarro.
—Odio sentirme tan… indefensa.
—¿Indefensa contra qué?
—Cosas que no puedo controlar —dijo con aire críptico, al tiempo que meneaba la cabeza—. Debería ser lo suficientemente fuerte como para superar esto, pero me temo que no puedo.
—¿Tiene algo que ver con el hecho de que no te hayas bebido ninguna cerveza esta noche? —preguntó Laura.
—No sabía que prestaras tanta atención a lo que bebo o dejo de beber —dijo Crystal girándose para encarar a su compañera de piso.
—No suele haber noche que no te tomes una en la cena. Ahora, que pasen tres horas y el paquete de seis cervezas siga entero en la nevera… es lo nunca visto. —Laura le dirigió una sonrisa y le dio un apretón en el brazo—. ¿Vas a dejar de beber?
Crystal volvió a darle la espalda.
—No lo sé.
En ese momento, los delicados brazos de Laura le rodearon la cintura y su barbilla cayó sobre el hombro derecho de la joven.
—¿Sabes cuál es tu problema? Que no crees lo suficiente en ti misma.
—¿Y por qué iba a hacerlo? —preguntó—. Laura, me he jodido la vida. Tengo veinticinco años y ya estoy viendo que voy a acabar siendo una borracha, como mis padres.
El suave ulular de un búho cortó el aire de la noche, haciendo que Crystal perdiera el hilo de sus pensamientos.
—Te equivocas —dijo Laura tras un minuto de silencio.
—¿Sobre qué? —preguntó la joven sin volverse.
—Sobre lo de acabar como tus padres. —Laura rompió el cálido abrazo, dejando su mano izquierda sobre la pequeña espalda de Crystal—. No lo harás.
—¿Y tú cómo lo sabes?
Laura se apoyó también sobre la barandilla, permitiendo que sus codos se tocaran.
—Porque tú quieres cambiar. Ellos no. Has admitido que tienes un problema con lo que te pasó cuando eras pequeña y has buscado ayuda. Te has dado cuenta de que tienes un problema con el alcohol y estás intentando superarlo.
Crystal soltó una risotada.
—Déjate de chorradas. Lo que he hecho no es nada del otro mundo. He ido a una reunión, he intentado no beber una noche y no puedo creerme lo difícil que es —afirmó en voz baja.
—¿Sabes por qué estoy segura de que no vas a acabar como tus padres? —preguntó Laura suavemente.
—¿Por qué? —Crystal se encontró de pronto envuelta en un breve abrazo.
—Porque me tienes a mí… y no voy a dejarte —dijo Laura con firmeza—. Y ahora, ¿vas a seguir torturando a tus pobres pulmones o volvemos adentro a ver si los Mets salen del atolladero una vez más?
***
—Siento llegar tarde —dijo Crystal dejándose caer sobre el puff y advirtiendo la mirada de amonestación que le dirigía Jenny—. ¿Qué?
—¿No has traído el cuaderno esta semana? —preguntó la terapeuta desde el otro puff.
—Se me ha olvidado. He ido mal de tiempo todo el día. —Crystal se limpió la suciedad de las manos en los vaqueros—. Menuda semanita…
—¿Y eso?
—Esta noche ha sido la primera que he salido antes de las seis, y cuando llego a casa es tan tarde que Laura ya ha cenado, por no mencionar que el sábado en el examen del GED. Si me lo pierdo, voy a tener que esperar otros dos meses.
—¿Y crees que estás preparada? —preguntó Jenny.
—Con algunas partes sí. —La rubia se encogió de hombros—. Pero las matemáticas siguen dándome dolor de cabeza. Laura me ha estado ayudando con las fórmulas, pero son tantas que no soy capaz de distinguirlas. Estoy segura de que, en cuanto entre ahí, se me va a olvidar todo.
—Te recomiendo que visualices este examen como si fuera una prueba. No importa y apruebas o no. Si pasas, genial. Si no, te servirá para ver en qué vas mal y ponerte al día para dentro de dos meses.
—De hecho, si suspendes tienes que esperar seis —dijo Crystal—. Y no quiero. Nos hemos esforzado mucho. —Si Jenny se dio cuenta del “nos”, no lo mencionó para nada—. Estoy deseando enseñarle el certificado a Laura.
—Deberías estar haciendo esto por ti, no por ella —dijo la terapeuta—. Es tu GED.
—Pero ni siquiera lo estaría intentando de no ser por todo lo que Laura me ha ayudado. Gracias a ella he conseguido entender el maldito álgebra, y ni de coña sabría analizar una frase si no me hubiera enseñado. —Crystal meneó la cabeza—. No hubiera sobrevivido a esta semana sin ella. Ni de coña.
—¿Y por qué ha sido tan difícil esta semana? —le preguntó Jenny.
—Llevo… llevo tres días sin beber. —Los ojos de Crystal quedaron fijos en la alfombra—. Lo intenté dos días, pero… no sé. Es muy difícil.
—¿Quieres decir que estuviste sin beber dos días, luego bebiste, y ahora llevas en seco otros tres? —intentó clarificar la mujer.
—Sí. —Acto seguido, miró a Jenny—. Ni siquiera me acuerdo de la última vez que me pasé tanto tiempo sin echar un trago.
—¿Y qué hay de la marihuana?
—No me tientes —dijo Crystal con sequedad—. Sigo fumando cigarrillos, y ni se te ocurra intentar quitármelos.
—No tiene sentido avocarte al fracaso quitándote todos los vicios de una vez —afirmó Jenny.
—Eh, que yo no he dicho que quiera dejar la hierba, Doc —le advirtió Crystal—. Es que he estado demasiado ocupada como para llamar por teléfono, eso es todo. Además, no he tenido tiempo para fumar desde que Laura y yo nos quedamos media noche en vela estudiando para el maldito examen.
—Ya veo que te está ayudando mucho —dijo la terapeuta con toda seriedad—. ¿Has ido a alguna reunión?
Crystal asintió.
—Hay una todas las noches a las seis. Llego un poco tarde por el trabajo, pero normalmente me paso. También hay una los sábados, pero estábamos ocupadas, así que no fui. —Tras cruzarse de brazos, miró a Jenny con aire desafiante—. Ya sé que se debe ir todos los días para sacarle el jugo al asunto, pero si estoy haciendo algo con Laura, no voy a dejarlo todo de lado para presentarme. —Frunció el ceño al advertir una sonrisilla irónica en el rostro de Jenny—. ¿Qué?
—Yo nunca te he dicho que vayas todos los días —contestó la terapeuta—. De hecho, estoy sorprendida de que vayas tan a menudo. Contenta, pero sorprendida. Si te apetece saltarte una sesión de vez en cuando porque estás haciendo algo divertido, no hay problema. Tan sólo no dejes que se convierta en una excusa para no ir o te encontrarás con una botella vacía en las manos más deprisa de lo que se tarda en decir “recaída”. —Jenny elevó las rodillas y se rodeó las piernas con los brazos—. ¿Y cómo te sientes físicamente?
—No lo sé. —La posición de Crystal imitó a la de la terapeuta—. Me duele el estómago de vez en cuando y ya me estoy hartando de la gaseosa, pero aparte de eso… bien, supongo.
—¿Comes regularmente?
—Vivo con Laura —dijo Crystal con sequedad—. Desayunamos juntas, me pone el almuerzo en una bolsa y tiene la cena lista casi todas las noches cuando llego a casa. —Señalando su costado, frunció el ceño—. Peso casi cuatro kilos más que cuando trabajaba en el Tom Cat. Si esto sigue así, no voy a caber por las puertas.
—Seguro que buena parte es músculo, a juzgar por tu trabajo —dijo la terapeuta al tiempo que se levantaba. Acto seguido, fue hasta su escritorio y sacó dos cintas de vídeo de uno de los cajones inferiores—. Toma. Te las puedes llevar para verlas en casa. Una es sobre los efectos que tiene el alcohol en el cuerpo humano y la otra es para personas que están empezando la recuperación, los obstáculos que pueden encontrarse y cómo deben manejarlos. No son muy actuales, pero si eres capaz de obviar la ropa de los ochenta, el resto te puede servir.
—Genial. Gracias, Doc —dijo Crystal. Tras echar un vistazo a su reloj, se levantó del suelo y cogió las cintas que le ofrecía Jenny—. Justo lo que necesito. Más deberes.
—Ya que no te has traído el cuaderno, tenía que sacarme algo de la manga, ¿no crees? —bromeó la terapeuta.
—Cierto —convino la rubia—. Lo veré por el lado bueno. Podríamos habernos pasado toda la hora hablando de lo que siento por Laura.
—Ya te las has arreglado para meterla en la conversación —dijo Jenny—. Doy por supuesto que no le has dicho nada sobre eso.
—No —admitió Crystal—. Aún no estoy… segura.
—Pues te sugiero que sigas escribiendo lo que sientes en el cuaderno hasta que lo estés —dijo Jenny—. Mientras tanto, ve a las reuniones de AA tanto como puedas… y suerte en el examen. Seguro que apruebas con todos los honores.
***
—Voy a suspender —dijo Crystal con aire miserable mientras contemplaba el enorme edificio de piedra.
—No vas a suspender —insistió Laura acariciando suavemente la espalda de su amiga. Se encontraban en el aparcamiento del instituto, rodeadas de otros adultos que fumaban y charlaban animadamente.
—Para ti es fácil decirlo —farfulló la rubia.
—Y para ti también debería serlo —dijo Laura—. Has sacado sobresaliente en los dos exámenes de práctica y te sabes las fórmulas de memoria. Puedes hacerlo, Crystal. Sé que puedes. —Acto seguido, puso un par de lapiceros en la mano de la joven—. Venga, ya abren.
Crystal aspiró profundamente y echó un vistazo al edificio, plagada de dudas y temores que hasta entonces había conseguido mantener a raya.
—A lo mejor debería esperarme y estudiar más.
—No. Ya has estudiado bastante. Es que estás nerviosa, eso es todo.
Incapaz de detenerse, Crystal rodeó a Laura con sus brazos y la apretujó con fuerza.
—Deséame suerte.
—Buena suerte, cielo —le susurró Laura al oído mientras le devolvía el abrazo—. Ya verás como te va a ir bien… y cuando salgas te compraré unas palomitas gigantes e iremos a ver la peli que tú quieras.
—Me conformo con unas de microondas y algo del videoclub. —Crystal se apartó a regañadientes y comprobó que sus lápices tenían punta—. ¿De verdad crees que puedo hacerlo?
—No lo creo —la corrigió Laura—. Lo sé. Ya he elegido el trozo de pared en el que vamos a colgar tu diploma. Y ahora entra ahí y enséñales cómo se hace.
***
Crystal estaba demasiado nerviosa como para darse cuenta de las hojas que cubrían la carretera. Por fin había llegado… un sobre de la Comisión Estatal de Educación. Cuando había llamado a casa en su descanso y Laura le había dicho que tenía un enorme sobre blanco esperándola, había estado a punto de pedirle permiso a Michael para salir temprano. Se pasó de largo sin titubear la iglesia en la que se llevaban a cabo las reuniones de AA y de dirigió como una bala a casa. En pocos segundos sabría si había aprobado el examen que había hecho tres semanas antes.
Justo cuando iba a agarrar el pomo de la puerta, ésta se abrió para dejar ver a Laura allí con el sobre en las manos.
—¿Buscabas esto? —dijo la escritora mostrando su mejor sonrisa.
—No puedo creerlo —afirmó Crystal con nerviosismo, recogiendo el sobre y entrando en la casa—. Tiene que ser mi diploma. No enviarían un sobre tan grande sólo para decirme que he suspendido, ¿no?
—Ábrelo y a ver qué pasa —dijo Laura.
Con manos temblorosas, Crystal rasgó el sello y sacó dos trozos de papel. Uno era una carta, la cual ignoró con rapidez para contemplar el diploma con aire oficial que tenía en la mano, el cual mostraba su nombre elegantemente escrito.
—Lo he conseguido —susurró.
—Sí, así es —convino la escritora.
Crystal siguió con la mirada fija en el pliego.
—No me puedo creer que lo haya hecho. —Unas manos reconfortantes se posaron sobre sus hombros—. He aprobado. Tengo mi Graduado Escolar. Ya no tengo que ir diciendo por ahí que nunca acabé el bachillerato, porque soy graduada. Lo he conseguido.
—Sabía que podías hacerlo —afirmó Laura con dulzura.
—Pero no habría podido de no ser por ti. —Tras dejar el papel en la mesita, se giró para quedar de cara a Laura. Todas aquellas semanas de estudio, la lucha por recordar nombres y fechas, los intentos por hacer feliz a Laura cuando lo único que ella quería era tirarlo todo a la basura y rendirse… todo había acabado. Una hoja de papel declaraba sin lugar a dudas que el error que Crystal cometió cuando era una adolescente ya no iba a hostigarla más. Mirando a Laura, Crystal supo de dónde había salido la fuerza para hacer que lo que una vez fue sólo un sueño ahora se hubiera convertido en realidad—. Gracias —susurró al tiempo que parpadeaba para no llorar.
—Yo sólo te he ayudado a estudiar. Has sido tú la que…
Crystal interrumpió la protesta de su compañera de piso con un fuerte abrazo.
—No. Ni siquiera lo habría intentado de no ser por ti, Laura. —Su voz sonaba ahogada contra el cuello de la escritora—. Tú me has dado ánimos y me has enseñado trucos para recordar cosas… y me hiciste esas malditas tarjetas. —Sonrió y Laura la abrazó con más fuerza—. Gracias —susurró de nuevo.
—De nada. —Se quedaron así un momento más antes de que Laura deshiciera el abrazo—. Bueno, creo que esto merece una celebración.
—¿Como cuál? —preguntó Crystal mientras se daba la vuelta para limpiarse las lágrimas, a sabiendas de que Laura la había visto.
—¿Cena y peli? —propuso Laura—. Sea lo que sea, yo invito.
—Lo único que dan son esas paranoias sangrientas para adolescentes—dijo Crystal.
—Es la época —afirmó la escritora—. Después de todo, Halloween está a la vuelta de la esquina. Podemos pasarnos por el videoclub y alquilar una comedia, si quieres.
—Nah… no me apetece ver una peli.
—Podemos llamar a Jenny y a los chicos a ver si quieren venir a cenar con nosotras al chino —dijo Laura a continuación.
—¿No te apetece una pizza? —contraatacó la rubia—. Hoy ponen la maratón.
—Vale —dijo Laura—. Pero, ¿estás segura de que quieres quedarte en casa?
—Segurísima —afirmó Crystal—. No me apetece quedar con más gente. Voy a cambiarme, llamamos a Jenny para darle la noticia y luego decidimos de dónde pedimos la pizza y nos relajamos en casita, ¿qué te parece?
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Re: El corazón de cristal, B. L. Miller

Mensaje  malena el Junio 27th 2013, 11:02 pm

Parte 14

—Coge pepinillos, ¿quieres? —solicitó Crystal, echando un vistazo a la atiborrada lista de la compra.
—¿Enteros o picados? —le preguntó Laura.
—Enteros… y asegúrate de que no estén rellenos —respondió la rubia sin levantar la mirada del papel—. La última vez trajiste de los otros y no me gustan.
—¿Es por eso que no has tocado el frasco? Me lo podrías haber dicho antes. —Laura agarró el recipiente correcto y lo metió al carrito con cuidado.
—Fuiste tú la que se ofreció a comprármelos —dijo Crystal—. Supuse que alguien se los comería en un momento dado.
—Nos los podríamos haber traído esta noche para llevárselos a mi madre —afirmó Laura—. Seguro que ella los usa para algo.
—No te olvides de que tenemos que ir a comprar un marco nuevo para tu foto, porque lo usaste para mi diploma. —Crystal arrojó una bolsa de galletas de chocolate a la cesta—. Ah, y una lata de galletas de mantequilla.
—¿Sólo una? Eso me lo como yo de una sentada —bromeó Laura—. Mejor compramos dos. Y coge un par de bolsas de malvaviscos, ¿quieres? Quiero enviarle una buena tanda a Bobby.
—Vale, creo que los he visto por aquí… —Crystal fue hasta el final del pasillo y echó un vistazo al estante inferior. Una mujer mayor, que se debatía entre qué tipo de caramelos comprar, se le atravesó en el camino—. Disculpe.
La mujer se giró y sus ojos se encontraron. Paralizada, Crystal tragó saliva para humedecerse la garganta que, de repente, se le había quedado seca.
—No puede ser… —dijo con voz apenas audible. Los años no habían pasado en vano, advirtió Crystal. Un sinfín de líneas y arrugas abigarraban su rostro, hermoso una vez; el cabello rubio ahora estaba encanecido y las gafas eran más gruesas… pero no había lugar a dudas… Los ojos, que la miraban con confusión y certeza, eran los mismos.
—C… ¿Crystal? —preguntó la mujer a media voz.
—¿Crystal? ¿Has encontrado los malvaviscos? —preguntó Laura poniéndose a su lado.
—Em… sí. —Señaló las bolsas que descansaban en el estante de abajo sin apartar la vista de la mujer que tenía enfrente. Dudando qué decir después de tantos años, Crystal simplemente se quedó allí, de pie.
—No puedo creer que seas tú de verdad —dijo la mujer con cara de infinito asombro al tiempo que levantaba una mano hacia el rostro de la joven.
—Ya… sí —farfulló Crystal, dando un paso atrás para ponerse aún más cerca de Laura y escapar al contacto.
—Estás viva… —continuó la mujer, llevando una mano temblorosa al interior de su bolso de mano y sacando un pañuelo.
—¿Crystal? —dijo Laura, sin duda preocupada por la repentina palidez del rostro de su amiga.
—Laura, ésta es… —En ese momento, se detuvo y consideró sus palabras—. Margaret Sheridan. Es… mi madre.
Al escuchar esa palabra, Margaret Sheridan soltó un sollozo y rodeó su carrito para atrapar a Crystal en un abrazo.
—No puedo creerlo —gimoteó—. Mi pequeña está viva. Mi Crystal está bien.
Crystal se soltó a la fuerza y volvió junto a Laura tomándole la mano y sintiéndose un poco más segura después de que ésta se la apretó.
—¿Has sabido algo de Patty?
—Tengo tantas cosas que contarte… —dijo Margaret mientras las lágrimas le corrían por las mejillas—. Eres una mujer preciosa. Siempre lo supe.
Crystal no protestó cuando Laura le rodeó los hombros con el brazo en un afán protector.
—¿Y qué hay de Patty? —insistió la joven.
Margaret le dirigió una sonrisa melancólica.
—Volvió a casa unos seis meses después de que tú te fueras. Estuvimos buscándote por todas partes.
—Seis… ¿Dónde está ahora? ¿Tiene teléfono? ¿Dónde vive? —Las preguntas surgieron raudas de entre sus labios y apretó con más fuerza a su amiga.
—Patricia vive conmigo —dijo su madre—. Y también Jessica y Thomas, tus sobrinos. —Echó mano del bolso una vez más y rebuscó en su interior—. Tengo fotos.
Crystal se sintió de repente mareada… como si le faltara el aire.
—Tengo que salir de aquí —dijo en voz baja. Laura le puso las llaves en la mano.
—Te veré en el coche —prometió la escritora. Acto seguido, echó un vistazo a la madre de Crystal y soltó a la joven—. Yo hablaré con ella.
Crystal miró largamente a su madre y sólo pudo advertir amor y preocupación en sus ojos, que tanto se parecían a los suyos. Sin saber bien qué decir, o siquiera si era capaz de decir algo, se dio media vuelta y echó a andar hacia la salida más cercana, sin detenerse hasta llegar al Jeep y estar encerrada en su interior. Acto seguido, bajó a medias la ventanilla, encendió un cigarrillo y se sorprendió al comprobar cuánto le temblaban las manos.
Patty está viva, pensó mientras veía consumirse el cigarrillo. Está viva y tengo dos sobrinos. Me pregunto qué edad tendrán. ¿Patty vive con mi madre? ¿Cómo puede ser eso? Jamás se quedaría en la misma casa que papá, estoy segura. ¿Es que mamá le echó a la calle? ¿Por fin la diñó el puto bastardo? Esas preguntas, y muchísimas otras, se abrieron paso en su mente a medida que pasaban los minutos. Dio un respingo cuando un leve golpe en la ventanilla del copiloto le indicó que Laura había regresado y abrió los seguros. Acto seguido, le alargó las llaves presumiendo que su amiga querría meter las bolsas en el maletero, pero cuando se abrió la puerta, Laura la abrazó con fuerza.
—Sé que ha tenido que ser un golpe para ti —afirmó la escritora en voz baja.
Crystal se limitó a asentir, agradecida por los reconfortantes brazos que la rodeaban. Temblando todavía, se agarró con fuerza al cuello de Laura y cerró los ojos. Abrió la boca para hablar, pero lo único que surgió de su interior fueron gemidos. No estaba segura de cómo Laura comprendió lo que necesitaba, pero durante un largo rato se quedaron así: Crystal estirada en los asientos delanteros mientras la escritora la abrazaba con medio cuerpo en el interior del vehículo.
—Vámonos a casa —dijo Laura suavemente. Crystal, por su parte, tomó aire con dificultad unas cuantas veces antes de asentir y regresar a su asiento. Quiso limpiarse las lágrimas, pero Laura fue más rápida, acariciándole las mejillas con los pulgares—. Menudo día has elegido para acompañarme a la compra, ¿eh?
—El puto destino —murmuró Crystal, sorprendida al sentir que Laura le acariciaba el labio inferior antes de apartarse de ella.
—Así es —convino la escritora. Crystal tomó el pañuelo que le ofrecía y se secó los ojos mientras su amiga cargaba las bolsas en el coche, sintiéndose más entera para cuando Laura ocupó el asiento del conductor y encendió el motor.
—Todavía no me lo creo —dijo Crystal, estrujando el pañuelo en su puño—. Mi madre… he visto a mi madre. —En ese momento, advirtió que habían salido del aparcamiento y que estaban en la autopista—. Y en el supermercado. ¿Vive cerca de aquí?
Laura echó un vistazo al pedazo de papel en el que había escrito su número de teléfono.
—Tiene el prefijo 527. Eso está más allá de las vías que hay al otro lado de la ciudad, así que no, no vive cerca. A lo mejor tenía algo que hacer por aquí y decidió hacer la compra ya de paso. Menuda coincidencia, ¿no crees?
—Sí —contestó Crystal con aire ausente al tiempo que encendía otro cigarrillo—. Hay un campo para caravanas por esa zona. A lo mejor vive allí. —Tras dar una larga calada al cigarrillo, contempló los coches que las rodeaban—. No la recordaba tan bajita.
—Probablemente porque tú has crecido desde entonces —dijo Laura.
—Y Patty vive con ella. Volvió a casa. —Crystal tomó una enorme bocanada de aire para evitar ponerse a llorar otra vez—. La echo tanto de menos…
—Lo sé, cielo —afirmó Laura dando una palmadita cariñosa a la pierna de Crystal—. Y en un par de horas, vas a poder hablar con ella.
***
Crystal miró su reloj y frunció el ceño al advertir lo despacio que estaba pasando el tiempo.
—Necesito un cigarrillo —anunció encaminándose a las puertas corredizas.
Laura se levantó de la silla e interceptó a la nerviosa joven.
—Te has fumado uno hace diez minutos —le recordó—. A lo mejor deberías llamar a Jenny.
—No —dijo Crystal, reconfortándose al sentir la mano que descansaba sobre su hombro—. Debe tener consulta, o a lo mejor ya va de camino a casa. Seguro que no la localizo.
—Entonces siéntate e intenta relajarte —insistió la escritora.
A regañadientes, Crystal se dejó guiar hasta la mesa.
—A lo mejor debería llamar ya. Puede que Patty llegue a casa temprano.
—Todavía falta hora y media —dijo Laura, poniéndose detrás de Crystal y posando sus manos sobre los hombros de la mujer—. Sé de una cosa que seguro que te tranquiliza.
Los ojos de Crystal se entornaron ligeramente cuando los fuertes dedos de su amiga comenzaron a masajearle los músculos del cuello y de los hombros. La cocina estaba en silencio, excepto por los gemidos ocasionales que surgían cuando Laura llegaba a un punto más sensible. Once años de preguntas entraron en tropel en la mente de Crystal, luchando por ser la primera en el momento en que hiciera aquella llamada. Laura tenía razón, pensó Crystal para sí cuando el pitido estridente de su reloj le indicó que había llegado la hora. El delicado masaje la había relajado, ayudándola a sobrellevar los minutos con más facilidad que si se hubiera pasado todo el rato paseando arriba y abajo por la cocina.
—¿Lista? —le preguntó Laura dando un paso atrás y retirando sus manos.
—Eso creo —contestó Crystal con nerviosismo—. Joder, ojalá pudiera echar un trago.
—Lo sé —respondió a su vez Laura alcanzando el teléfono inalámbrico—. Pero puedes hacerlo sin él. Yo sé que puedes. Tengo fe en ti.
Crystal rió con sorna y jugó con el teléfono.
—Menos mal que alguien la tiene. —Tras tomar aire, marcó el número escrito en el pedazo de papel—. Está sonando. —Laura no dijo nada, puesto que su mano en el hombro de la joven transmitía todo el apoyo que quería darle.
¿Sí?
—¿Patty?
¿Crystal? Oh, Dios mío, ¿de verdad eres tú?
—No pensé que volvería a verte —dijo Crystal apretando con fuerza el teléfono—. Ni siquiera puedo creer que esté hablando contigo. —A continuación, se dirigió a Laura—. Es ella de verdad.
Tenemos tanto de qué hablar… —dijo Patty, devolviendo a Crystal a aquel milagro telefónico—. ¿Adónde fuiste cuando te escapaste de casa? Llevo años buscándote.
—Yo también te he estado buscando —respondió Crystal, sonriendo a Laura cuando ésta puso una caja de pañuelos de papel frente a ella—. Tenemos que hablar de muchas cosas.
Ahora que volvemos a estar juntas, tenemos todo el tiempo del mundo. Hay tanto que quiero contarte…
—Empecemos por el principio —dijo Crystal acodándose en la mesa visiblemente más relajada—. Vale, te subiste al autobús… —A pesar de la atención que estaba prestando a su recién encontrada hermana, Crystal se dio cuenta del momento en que Laura abandonaba la estancia. Con una rápida mirada a la sala, observó que los canales de la tele pasaban con rapidez antes de detenerse en un partido de fútbol. Las dos horas siguientes fueron más agotadoras psicológicamente que cualquier sesión de terapia, una montaña rusa de emociones mientras las dos hermanas descubrían lo que habían sido sus respectivas vidas desde la trágica separación.
***
Laura levantó la vista al oír que el teléfono volvía a su base. Los ojos enrojecidos de Crystal lucían hinchados y una fina capa brillante delataba las lágrimas que habían caído por sus mejillas no hacía mucho.
—Ven aquí —dijo suavemente la escritora, apagando la televisión y yendo hacia su extremo del sofá. Cuando Crystal se sentó, Laura se acercó a ella, le rodeó los hombros con el brazo y la atrajo hacia sí—. ¿Cómo te sientes? —Sintió que Crystal se encogía de hombros antes de responder.
—No sé —dijo Crystal—. Pasaron muchas cosas cuando me fui. Si me hubiera quedado un poco más, todo habría sido tan diferente…
—No puedes dar marcha atrás y cambiar lo que pasó —dijo Laura, acariciando el antebrazo de Crystal mientras hablaba.
—Mi padre tuvo un ataque al corazón dos meses después de que me escapara —dijo Crystal dejando caer su cabeza sobre el pecho de Laura—. Y Patty volvió cuatro meses después. Si me hubiera quedado un poco más no habría tenido que hacerlo.
Laura aspiró profundamente, pensando en lo que sabía que había sido la vida de Crystal después de que se marchara de casa.
—Volvió embarazada —continuó diciendo la joven—. Me necesitaba en aquellos momentos y no estuve con ella. Mamá dejó de beber y se buscó un empleo. Patty dice que es muy diferente de cuando éramos niñas. Cuida a Jessica y a Thomas cuando ella está trabajando. —Crystal meneó la cabeza—. No puedo creerlo. Mamá dejó de beber, mi hermana volvió a casa, tengo dos sobrinos… ¡y me lo he perdido todo!
—Cielo, no podías saber cómo iban a ir las cosas —dijo Laura—. Me has dicho que tus padres no tenían teléfono entonces.
—Es que nunca imaginé que Patty volvería… y mucho menos que ese bastardo se iba a morir tan pronto —dijo Crystal—. Debí haber aguantado. Debí haber sido más fuerte.
—Oye. —Atrapando la barbilla de la joven con sus dedos, la miró a los ojos, que delataban una profunda tristeza—. No puedes castigarte así por lo que deberías o no haber hecho hace tanto tiempo. Era imposible que supieras lo que iba a pasar. Hiciste lo que tenías que hacer para escaparte de ese monstruo. Si la gente que debe protegerte es precisamente la que te hace daño, ¿qué otra cosa te queda?
—Pero…
—Nada de peros —dijo Laura con firmeza, soltando la barbilla de Crystal y trazando con sus dedos la línea de su mandíbula antes de apartar la mano—. Tenías que alejarte de tu padre. —Esperó hasta obtener un asentimiento antes de continuar—. Ahora lo que importa es que has recuperado a Patty. ¿Cuándo vas a ir a verla?
—El sábado —afirmó Crystal, dejando caer su cabeza contra el hombro de Laura—. Me es más fácil ir yo que el que ella meta a sus hijos en el coche y haga todo el camino hasta aquí. —Hizo una pausa antes de preguntar algo—. ¿Vendrás conmigo para que la conozcas?
Laura, quien se había distraído momentáneamente por el aroma del cabello rubio que tenía junto a su rostro, inclinó la cabeza para mirar a su compañera.
—¿Quieres que vaya?
Crystal asintió.
—Sí.
—Pues si quieres que vaya… —dijo Laura suavemente—… allí estaré. —Sin pensarlo, dejó que sus dedos acariciaran el hombro de la joven mientras una dulce sonrisa se dibujaba en sus labios—. Será interesante oír cómo me presentas.
Crystal le devolvió la sonrisa.
—Les diré simplemente que eres una escritora de misterio lesbiana y que vivimos juntas. Con eso bastará.
—No eres lo que se dice muy convencional, cielo —dijo Laura—. Van a creer que somos amantes.
Para su sorpresa, Crystal se limitó a encogerse de hombros.
—¿Y qué? —dijo la rubia—. Seguro que a Patty no le importaría. —Acto seguido, se irguió para mirar a Laura—. ¿Es que te preocupa? —preguntó con toda seriedad—. ¿Qué la gente piense que somos amantes?
Laura aspiró profundamente con la esperanza de que los sentimientos que solía mantener escondidos no se delataran en su rostro.
—No, no me preocupa en absoluto. Eres una mujer preciosa y, debajo de esa actitud ruda que sueles mostrar a todo el mundo, sé que hay una persona cariñosa y que se preocupa por los demás. Cualquier mujer se consideraría afortunada de tener algo que ver contigo. Además, de todas formas la mitad de nuestros amigos ya piensan que somos amantes, así que…
—Apuesto a que más de la mitad —dijo Crystal apoyando su cuerpo contra el de Laura una vez más—. Claro que el hecho de que hagamos cosas como estas… —comenzó indicando el modo en que estaban acomodadas—… no ayuda mucho.
—Ya, pero no nos abrazamos así cuando estamos en público —apuntó la escritora—. Ellos no ven esta faceta de nuestra relación.
—No sé… —dijo Crystal fijando la mirada en la pantalla de la tele—. Supongo que es porque vivimos juntas.
—Eso debe ser —dijo Laura, a pesar de que su corazón le indicaba que eso no era cierto.
—O a lo mejor es que ellos ven algo que nosotras no vemos.
El primer impulso de Laura fue negar aquellas palabras, enfrentarse a la realidad que Crystal acababa de manifestar, pero algo en su interior se negó. Asintiendo con renuencia, la escritora se aprestó a navegar aguas turbulentas.
—Tal vez —dijo con un tono de voz tan leve que, en un primer momento, no supo si Crystal había oído. Sin embargo, cuando la joven se separó de ella para mirarla profundamente a los ojos, supo que había dado en el clavo.
—¿Laura?
La mujer pudo entonces escuchar con claridad todas las preguntas no pronunciadas, el miedo y, quizás, la anticipación que denotaba la voz de Crystal. Sintiendo que el corazón iba a salírsele del pecho, cubrió de nuevo la mejilla de la joven con la palma de su mano.
—A veces, cuando te veo sufrir tanto, lo único que quiero es rodearte con mis brazos y no soltarte nunca. —Acto seguido, se inclinó levemente hacia delante sin romper el contacto visual con su amiga—. Otras veces te muestras tan auto destructiva que desearía poder meterte en la cabeza un poco de sentido común, pero tengo que retirarme y esperar a que recurras a mí cuando estés preparada. —Laura retiró su mano, no sin antes acariciar brevemente el labio inferior de la joven—. Pero sobre todo estoy feliz de formar parte de tu vida mientras me lo permitas, porque detrás de todas esas cosas malas estoy segura de que hay una rosa que sólo espera una oportunidad para florecer y ser amada. —Encontrando confianza en el hecho de que la joven mujer no la rehuía, Laura se inclinó un poco más y sintió la suavidad de los labios de Crystal en los suyos. Fue un beso breve y efímero, pero, para Laura, fue perfecto—. Tú me importas mucho —susurró retirándose y sintiendo todavía el calor de los labios que acababa de besar.
Crystal inclinó la cabeza y se miró las manos.
—Cuando me mudé aquí, estaba segura de que esto no iba a funcionar. ¿Qué diablos tienen en común una stripper alcohólica que nunca acabó el instituto con una escritora lesbiana con carrera? —Acto seguido, miró a Laura—. Por no mencionar que eres la obsesa número uno con la limpieza.
—Y tú una versión femenina de Oscar Madison —dijo Laura, respondiendo con una sonrisa a la que Crystal le dirigió.
—Además de vaga —convino la joven—. Pero de alguna forma conseguimos arreglárnoslas. —Acto seguido, volvió a bajar la mirada—. No sé cuándo sucedió. Te juro que en mi puñetera vida me había planteado algo así con otra persona. Al principio pensé que era por el tiempo que paso contigo y con tus amigas, pero eso no se pega como una enfermedad contagiosa. —Tras encogerse de hombros, continuó—. Supongo que en un momento dado dejé de verte como una lesbiana y empecé a hacerlo como a una amiga… y después como algo más que una amiga. —Entonces levantó la vista y contempló la boca de Laura, incapaz de mirarla a los ojos—. Tú… también me importas.
—¿Y qué vamos a hacer ahora? —preguntó Laura obligando a la joven a mirarla.
—No lo sé —admitió Crystal con aire vergonzoso—. Me siento un poco superada por todo lo que ha ocurrido hoy.
—No me extraña —dijo Laura, atrayendo a la joven hacia sí—. Pero tranquila. No tienes que tomar una decisión ahora mismo. —Incapaz de resistirse, inclinó la cabeza y depositó un beso sobre el cabello rubio de su amiga—. Las cosas no tienen por qué cambiar. Cuando llegue el momento, sabrás qué hacer.
—Pero, ¿hasta cuándo? —preguntó Crystal con la voz ahogada contra el pecho de Laura—. ¿Y si te cansas de esperar o encuentras algo mejor? ¿Y si no soy capaz de superar todo lo que me ha pasado y no puedo…? —La frase quedó inacabada en ese punto.
—Te preocupas demasiado por todo, ¿sabes? —dijo Laura con un tono de falsa desesperación antes de abrazar a la joven con fuerza. Comprendía perfectamente lo que aquello implicaba y, en su interior, el corazón de la escritora rugió con rabia renovada hacia el hombre que había causado tanto dolor a la joven mujer—. Ya te lo he dicho, todo a su tiempo. Y para que conste en acta… —añadió en voz baja—… no estoy buscando a nadie más. —Sintió que los brazos de Crystal se aferraban a ella—. Y no me pienso ir a ninguna parte.
—¿Te han dicho alguna vez que eso de hablar se te da muy bien? —preguntó Crystal separándose de la mujer a regañadientes.
—Es porque me paso la vida intentando pintar imágenes con palabras —dijo Laura, rompiendo el abrazo para que Crystal pudiera poner un poco de espacio entre las dos—. Tan sólo intento que comprendas lo que siento. —Tras tomar la decisión de no presionar más a la joven, cambió de tema—. Bueno, cuéntame más sobre Patty y tus sobrinos. Seguro que ya lo sabes todo sobre ellos. —Laura se recostó contra el brazo del sofá para oír con atención a Crystal, a pesar de que su mente seguía empecinada en revivir los asombrosos descubrimientos de aquella noche… y cómo iban a afectar a su futuro.
***
El aire era frío, lo bastante como para que Crystal se pusiera una sudadera encima de la camiseta antes de salir al balcón para fumarse el último cigarrillo de la noche. Los pensamientos se agolpaban en su mente impidiéndole dormir, a pesar de lo cansada que estaba. Las volutas de humo ascendieron hacia el cielo mientras ella escuchaba el lejano ulular de un búho y, aún más allá, el sonido del tráfico que discurría por la autopista. Durante un segundo, parte de ella deseó estar en esa autopista, alejándose a toda velocidad del torbellino en que su vida se había convertido. Ahora sabía con seguridad que Laura quería ser su amante y, aunque eso la aliviaba a cierto nivel, puesto que implicaba que sus sentimientos eran correspondidos, también le daba miedo. Haberse pasado las dos horas siguientes al momento en que se había metido en la habitación escribiendo en su cuaderno le había ayudado un poco, permitiéndole organizar sus ideas y expresar algunos de sus temores, pero con eso no bastaba. Tras arrojar la ceniza a la oscuridad, Crystal suspiró y se puso a pensar en lo que le depararía el día siguiente.
—¿No puedes dormir? —preguntó Laura antes de abrir por completo la puerta corrediza y salir al balcón.
—Es que tengo muchas cosas en la cabeza —contestó Crystal—. Ya sabes, con lo de ver a Patty el sábado y todo eso. —Sus labios se curvaron en una leve sonrisa—. Por no mencionar lo que ha pasado antes ahí abajo.
—¿Quieres hablar de eso? —preguntó la escritora, acercando una silla y tomando asiento.
Crystal le dio otra calada al cigarrillo antes de contestar a la pregunta con otra.
—¿Y tú?
—Creo que estaría bien, dado que ninguna de las dos podemos dormir —dijo Laura.
—¿Sabes? Me encantaría tener un trago en la mano ahora mismo —afirmó Crystal—. Las cosas se están descontrolando en mi cabeza y una parte de mí quiere escapar de todo. —Acto seguido, soltó una risotada cortante y despreciativa—. Parece que cuando las cosas van bien yo busco una manera de joderlas. —Estampó el cigarrillo en el cenicero e intentó ordenar sus pensamientos, aunque al ver que el esfuerzo iba a ser en vano, volvió su silla para encarar a Laura y se acodó sobre sus rodillas—. No sé qué coño ves en mí, te lo juro —dijo, bajando la vista hacia el suelo.
—Eso es porque no puedes ver a través de mis ojos —dijo Laura suavemente, extendiendo la mano para tocar el brazo de Crystal.
—Ojalá pudiera hacerlo —admitió—. Ojalá pudiera ver lo que tú ves. Laura… antes, cuando estábamos en el sofá… —El vello de su brazo se erizó y supo, de alguna forma, que aquello no tenía nada que ver con el gélido aire nocturno—. Cuando tú… nosotras… nos besamos… —En ese momento, aspiró una gran bocanada de aire y se obligó a levantar la vista para pronunciar la pregunta que llevaba acosándola toda la noche—. ¿Te… te gustó?
—Pues claro que me gustó —afirmó Laura con rotundidad—. ¿Es que no se ha notado?
—Sí, creo que sí, pero… quiero decir que… no es como que yo sea la primera mujer a la que besas. —Acto seguido, volvió a bajar la vista—. Supongo que no estaba segura. —Y tras una pausa—. Como no dijiste nada…
Sintió que la mano de Laura se movía para obligarla a levantar la cabeza.
—Crystal… —dijo ésta tras tomar aire—. Me gustó. Y me gustó mucho.
Echando mano a la silla, Crystal se acercó más a ella, de forma que sus rodillas casi quedaron pegadas.
—¿Te puedo decir una cosa? —preguntó con aire tímido.
—Lo que quieras.
—Pues… —En ese momento se detuvo, puesto que la inseguridad que sentía ganaba terreno. Las palabras que quería pronunciar simplemente no acudían a ella. Entonces, levantó la cabeza para ver que Laura había tomado sus manos y las apretó para darle valor—. Yo… —comenzó de nuevo—… antes, cuando me levanté y te dije que me iba a la cama…
—¿Sí?
—Pues… —Sintió que el pulgar de Laura le acariciaba la muñeca y, antes de darse cuenta, fue ella quien le cogió las manos—. Esperaba que tú… bueno, que tú… ya sabes… un beso de buenas noches…
—Lo pensé —admitió Laura, sin dejar de acariciar las palmas de las manos de Crystal, lo cual no ayudaba precisamente a que ésta se mantuviera centrada en el tema—. De hecho, quería hacerlo, pero después de que me soltaste pensé que tal vez era presionarte demasiado… y no quería asustarte. Ni siquiera sabía si te había gustado el anterior.
—Ah, sí que me gustó… —dijo Crystal en voz muy baja—. Fue… —Acto seguido, negó con la cabeza, incapaz de describir el modo que en aquel brevísimo beso la había estremecido de la cabeza a los pies. Había sentido miedo, pero no el tipo de miedo que aparece cuando te pueden hacer daño, sino más bien miedo ante lo desconocido. Había sido dulce, sin pretensiones ni demandas, sólo una expresión del más asombroso de los sentimientos y, a pesar de que casi se había sentido sobrepasada por la intensidad del momento, la pérdida se hizo patente cuando había terminado—. No soy tan buena con las palabras como tú, pero si… —En ese momento, miró a Laura a los ojos y vio algo que ni la sombra de la noche podía ocultar—. Si quieres hacerlo otra vez… por mí no hay problema.
Ya que no era capaz de dar el primer paso, confió en que Laura lo hiciera por ella.
—Me encantaría —dijo Laura con suavidad—. De verdad.
Crystal intentó pensar, grabar a fuego en su memoria cada segundo mientras Laura se inclinaba hacia ella acortando el espacio que las separaba, pero cualquier atisbo de pensamiento desapareció en el momento en que sus labios se tocaron… y sólo quedaron las sensaciones. No fue sólo un beso, sino varios, a medida que las dos se buscaban. Ni siquiera intentó resistirse cuando las delicadas manos de su amiga la instaron a acercarse, a pesar de que el borde de la silla de Laura se le clavaba en la rodilla. Nada tenía importancia para Crystal excepto aquel torbellino en el que voluntariamente se estaba hundiendo. El mundo quedó limitado sólo a ellas dos, fundidas en un irrompible abrazo.
Pronto, la necesidad de obtener algo más la obligó a incorporarse de la silla y presionar su cuerpo contra el de Laura, sintiendo el calor de su piel a través de la fina tela de su camisa. Crystal sintió crecer el deseo en su interior y a su cuerpo pedir algo más que una serie interminable de besos. Cuando por fin se atrevió a entreabrir los labios y rozar apenas el de Laura con la lengua, recibió un leve gemido como respuesta. Sintió que la mujer le correspondía, dando profundidad a aquel beso y convirtiéndolo en algo más intenso, más erótico y cargado de más amor del que jamás había conocido. La lengua de Laura se lanzó a una delicada exploración de su boca, arrancando suaves murmullos de placer a Crystal mientras ésta se rendía a las sensaciones que la embargaban. Entonces, enterrando sus dedos en el oscuro cabello de su amiga, empezó a actuar por cuenta propia, recorriendo con su lengua el borde de los dientes de Laura y permitiéndose sentir a plena potencia.
Cuando por fin se separaron, Crystal descubrió que estaba sentada en el regazo de Laura y agradeció los brazos que la rodeaban, porque sentía que sin ellos no sería capaz de sostenerse. Captó cómo el pecho de Laura subía y bajaba con rapidez al tiempo que ella intentaba regular los latidos de su corazón y, cuando por fin pudo hablar, su voz surgió entrecortada.
—A eso… llamo yo… un buen beso.
Laura se echó a reír y la abrazó con más fuerza.
—Me alegro de que te haya gustado.
Crystal sonrió recostándose sobre el pecho de la mujer y aspiró profundamente.
—Claro que me ha gustado. Nunca me… habían besado así. —El búho ululó en ese momento, dando profundidad a su afirmación—. Vaya, parece que esta noche está muy hablador, ¿no?
—A lo mejor está buscando compañía —supuso Laura. Acto seguido, intentó desperezarse—. Me da que estas sillas no están hechas para dos personas.
—A lo mejor —dijo Crystal, refiriéndose al búho, pero pensando en realidad que aquél era más un grito de soledad. A regañadientes, deshizo el nudo que habían formado los brazos y las piernas de ambas y regresó a su silla, no sin antes asegurarse de que quedaban lo suficientemente cerca la una de la otra como para acariciar con sus pies desnudos los tobillos de Laura. Acto seguido, alcanzó sus cigarrillos, encendió uno y dio un par de hondas caladas antes de volver a hablar—. Bueno, ¿y ahora qué? —preguntó en voz baja, en parte temiendo una respuesta que no quería oír.
—Eso depende de ti —contestó Laura. Crystal se dio cuenta de que aquella era una respuesta muy bien calculada, dejándolo todo, incluido cuándo dar el siguiente paso, en sus manos.
—¿Y si no estoy segura?
—Pues entonces creo que lo mejor es esperar hasta que lo estés —dijo Laura, silenciando con un dedo la protesta de Crystal—. No hay ninguna prisa, ya te lo he dicho. Pienso quedarme por aquí un buen rato. —Entonces, se inclinó hacia ella y la besó nuevamente con dulzura—. Anda, tira esa porquería y vete a dormir —le ordenó antes de levantarse—. Yo voy a ver si escribo algo. Estas lagunas creativas me están matando.
Crystal apagó el cigarrillo y se levantó también, quedando cara a cara con su amiga.
—¿Por qué será que no me lo creo? —preguntó—. Antes no estabas escribiendo. Te habría oído teclear.
—¿Es que me oyes desde tu habitación?
—Cuando tenemos la puerta abierta, sí. —Estaban tan cerca que a Crystal le pareció lo más natural del mundo rodear la cintura de Laura con sus brazos—. A veces me pongo a escucharte. —Cerrando los ojos, dejó que su cabeza descansara contra el hombro cubierto de sedosa tela—. Tu silla cruje un poco, ¿sabes? —susurró, como si acabara de revelar un tremendo secreto—. Puedo adivinar cuándo estás releyendo lo que has escrito o si te estás tomando un descanso. Cuándo te da la vena y escribes sin parar y cuándo se te atranca una frase. Pero esta noche, no has trabajado para nada.
—¿Y también sabes lo que he estado haciendo? —preguntó Laura imitando la posición de los brazos de Crystal y acercándola más hacia sí—. Estaba tumbada en la cama oyéndote ir de acá para allá y… —Aspiró profundamente antes de continuar—. Estaba preocupada por ti. Normalmente no eres tan inquieta.
—Tenía muchas cosas en la cabeza —dijo Crystal—. Y supongo que tú también.
—No tantas —le corrigió la escritora—. En realidad, sólo una.
Con eso bastaba. Crystal lo entendió y se preguntó cuál de las dos estaría más sorprendida cuando se inclinó hacia la mujer e inició un nuevo beso. Efectivamente, a Laura le tomó medio de sorpresa aquel movimiento, pero su experiencia le permitió rehacerse con rapidez y fue Crystal quien se vio poseída por la avidez de sus labios. Sintió la presión del borde de la mesa contra la parte trasera de sus muslos, pero la ignoró, concentrándose en lo que estaba ocurriendo frente a ella. Mientras que sus experiencias pasadas habían sido rudas y ausentes, encontró que el cuerpo de Laura era suave y que se amoldaba perfectamente al suyo. Su boca daba en la misma medida que recibía, se exploraban sin conquistar, acariciándole el cuello, reclinando su cabeza, haciéndole sentir activa y pasiva al mismo tiempo.
—Oh… —Fue lo único que acertó a decir por la descarga eléctrica que provocaron los labios de Laura al recorrer su garganta.
—… tanto… —Y eso fue lo único que pudo escuchar, susurrado contra su piel. Entonces enterró sus dedos en el pelo de la mujer, instándola a acercarse más. Sintió que la mano de Laura bajaba lentamente por su cintura, deteniéndose para levantar un poco la camiseta que la cubría. Ahí se pararon, acariciando la piel recién descubierta, pero sin intentar ir más allá. Cuando le rodeó los hombros con las manos, aquellos labios que la reclamaban dejaron también de actuar y se apartaron—. Crystal…
No necesitaba haber estado antes con una mujer para detectar el tono de voz de Laura. Su significado estaba muy claro. La anticipación, el deseo e incluso la vacilación la embargaron. Todas esas noches preguntándose cómo sería iban por fin a encontrar respuesta. Sólo entonces se dio cuenta de que estaba sentada sobre la mesa, así que se levantó, dejándose envolver por los brazos de Laura. Tras aspirar profundamente, dejó que sus dedos se entrelazaran.
—Sí… —susurró, buscando los labios de la mujer una vez más. Entonces empezó a caminar hacia atrás, confiando en que Laura la guiara entre las sillas. Hubo una parada cuando ésta extendió su mano y Crystal oyó deslizarse la puerta transparente para, un momento después, entrar en la inmaculada habitación.
Allí no había montañas de ropa sucia por el suelo, así que enseguida sintió la suave superficie de la cama contra sus piernas. Aprovechó los pocos segundos que Laura se tomó para encender la lamparita que tenía a un lado para recuperar el aliento y, tal vez por la oscuridad en la que habían estado hasta entonces, tuvo que parpadear varias veces para adecuarse al torrente de luz.
—Oye… —La visión de Crystal se encontró entonces con la más tierna de las miradas de su compañera—. Quiero hacer esto bien —susurró la escritora—. Así que dime, por favor, si en algún momento quieres que pare, ¿de acuerdo?
Crystal asintió y un escalofrío le recorrió la espalda cuando Laura le cubrió las mejillas con las manos. Entonces se dejó atraer hacia otro beso, permitiéndose la libertad de recorrer los brazos de su amiga y sentir la calidez de sus hombros a través de la camisa. Durante lo que pareció una eternidad, se quedaron ahí de pie, junto a la cama, simplemente besándose y abrazándose, pero sin mostrar intención de ir más allá. Sospechando que le correspondía dar el siguiente paso, Crystal dio por terminado el beso y se apartó, mirando fijamente a Laura.
—Tengo miedo —admitió en voz muy baja al tiempo que recorría con sus dedos el faldón de la camisa de su amiga—. Debes pensar que soy idiota —dijo con una leve risotada—. Ya sabes a lo que me dedicaba hace tan sólo seis meses.
—Lo sé —contestó Laura, dando un paso adelante y acariciando con suavidad los hombros de Crystal para tranquilizarla—. Pero eso era entonces y esto es ahora. Ya no estás en un escenario con un montón de personas mirándote. Sólo somos tú y yo haciendo el amor. Iremos poco a poco y no haremos nada que te haga sentir incómoda, ¿de acuerdo?
Tras emitir un profundo suspiro, Crystal asintió y levantó el faldón de su sudadera con aire nervioso, cerrando los ojos cuando la tela gris le acarició la cabeza. Después la dejó caer al suelo, avanzó ligeramente hasta sentir la suavidad de la camisa de Laura contra su pecho y dejó que sus labios se encontraran de nuevo. Casi dio un respingo cuando las manos de Laura recorrieron su espalda desnuda, haciendo que todo su cuerpo reaccionara.
—Eso me gusta —murmuró.
—No tanto como a mí —contestó la mujer imitando su tono de voz y rozando con sus labios la oreja de Crystal. Los bultitos gemelos que se dibujaban a través de la parte superior de su pijama daban buena prueba de las palabras de la escritora.
Crystal, por su parte, cerró sus dedos sobre el primer botón de la camisa de su amiga.
—Eso parece —dijo al tiempo que empezaba su tarea. Antes de darse cuenta, dos faldones de seda azulada colgaban libremente sobre el torso de Laura, dejando entrever lo que tan celosamente guardaban. Acto seguido, hizo ademán de descubrir los hombros de la mujer, pero las manos que hasta ese momento habían acaparado sus sentidos la interceptaron.
—Déjame a mí —dijo Laura al tiempo que encogía los hombros y dejaba resbalar sobre ellos los tirantes de su sujetador, atrapándolo a continuación con la mano izquierda. Crystal, por su parte, se apartó de ella y contempló cómo lo doblaba pulcramente, al igual que la parte superior de su pijama. Cuando la escritora se inclinó para dejarlos sobre el escritorio, Crystal aprovechó para recorrerle la espalda con los dedos.
—¿Estás nerviosa? —preguntó, acariciando la piel de la mujer en círculos, ahora con ambas manos.
—Probablemente tanto como tú —dijo Laura sin dar señales de querer apartarse por el momento de las caricias de Crystal.
—Me alegro de no ser la única —afirmó la joven avanzando un paso más y rodeando con sus brazos la cintura de la escritora. Cerró los ojos, posó sus labios sobre la espalda de Laura sintiendo los músculos contra su pecho y las caderas cubiertas de seda rozando su abdomen. Entonces dejó ascender sus manos, acercándose peligrosamente a los firmes pezones de la mujer que le daba la espalda.
Laura inhaló violentamente y se enderezó en toda su estatura.
—No, no eres la única, créeme —dijo al tiempo que giraba entre los brazos de la joven para quedar cara a cara con ella.
Crystal la abrazó con más fuerza, disfrutando la sensación, completamente nueva para ella, que proporcionaba el roce de unos pechos femeninos contra los suyos. Mientras se besaban, las manos que momentos antes habían acariciado sus hombros viajaban ahora, de manera insinuante, recorriendo sus brazos.
—Crystal, ¿confías en mí? —emergió la cálida voz de la escritora, muy cerca de su oído.
—Sí —contestó ella. Sólo le costó un segundo comprender lo que Laura pretendía hacer a continuación y se reclinó sobre la cama dejando colgar la parte baja de sus piernas sobre el borde. La suavidad del colchón se le antojó una superficie burda comparada con el cuerpo de Laura, que ahora cubría el suyo.
—Mmmm —suspiró Laura sin dejar de besarla—. Ojalá pudiera estar así para siempre. —Crystal emitió un ronroneo para expresar su conformidad y cerró los ojos con fuerza al sentir que los labios de su amiga empezaban a recorrer su cuerpo hacia abajo, muy despacio. Sin pretenderlo en realidad, arqueó la espalda para acercar uno de sus pechos a la cálida boca de la mujer—. Tranquila —murmuró Laura en voz muy baja—. Tenemos todo el tiempo del mundo.
—Para ti es fácil decirlo —gruñó la joven enterrando sus dedos en el oscuro cabello de Laura. Le tomó casi por sorpresa que ella se apartara de su cuerpo y le robara un rápido beso.
—No, no lo es —dijo la escritora—. Llevo tanto tiempo deseando esto… —Los avorazados labios alcanzaron con maestría la oreja de Crystal—. Y ahora voy a demostrártelo —afirmó antes de atrapar en su boca uno de sus rosados pezones, endurecidos por la anticipación.
La caracoleante lengua encontró el lugar de máximo placer con exactitud, provocando sonidos que Crystal se encontró incapaz de sofocar. Tanto si eran comprensibles o no, Laura parecía comprenderlos a la perfección, moviéndose de un pecho al otro constantemente. Tras levantar su pierna derecha, Crystal apoyó firmemente el talón en el borde de la cama y arqueó su cuerpo hacia arriba demandando con ardor y fuerza más de lo que estaba recibiendo. Las manos y la boca de Laura descendieron al tiempo que sus delicados dedos jugueteaban con la banda elástica del pantalón de la joven.
—Sí… —murmuró ésta levantando las caderas al notar las dudas que parecían embargar a Laura.
Sintió ponérsele la piel de gallina, pero no supo decir con seguridad si era debido al roce de los dedos de Laura sobre su cuerpo o por el aire frío al mezclarse con el extremo calor que notaba recorriéndola de arriba abajo. De lo que sí estaba segura era de que nunca antes había disfrutado tanto esa sensación. Contempló con paciencia cómo la escritora le quitaba el pantalón y lo doblaba cuidadosamente para dejarlo junto al resto de la ropa.
—Ven aquí… —susurró, necesitando sin demora el cuerpo de Laura contra el suyo. Ansiando los labios de su amiga una vez más, Crystal utilizó toda su fuerza para hacer rodar sus cuerpos hasta que no sólo quedó encima, sino que ahora estaban en diagonal sobre la cama. Esa nueva posición limitaba a Laura a alcanzar poco más que la espalda de la chica, pero no perdió el tiempo intentando cambiarla.
—Esto me gusta —dijo Crystal, regodeándose en las manos de Laura, que descansaban sobre su trasero.
—Bien —añadió la mujer sin dejar de acariciarla—. No quiero hacer nada que no te guste. —Acto seguido, empezó a dirigirse hacia abajo, pero la muchacha la detuvo.
—Espera. —Crystal se incorporó hasta quedar sentada, con las manos sobre el pecho de Laura—. Es que… —comenzó a decir al tiempo que contemplaba el cuerpo que tenía debajo. Después de tragar saliva, recorrió lentamente la curvatura de los pechos de la mujer, parando justo al borde de sus oscuros y erectos pezones—. Eres preciosa —susurró—. Pero no… —Su voz se quebró y tuvo que volver a empezar la frase—… No sé qué es lo que te gusta.
—Por ahora vas muy bien —afirmó Laura tomando una de las manos de Crystal entre las suyas y besándole la palma. Tras mirarse fijamente a los ojos, la joven se dejó guiar de nuevo hasta el pecho y uno de ellos llenó completamente el hueco de su mano. Con nerviosismo, se permitió cerrar los dedos y sentir el pequeño bultito de piel entre ellos. Laura gimió levemente y recostó su cabeza sobre la cama—. Sí, Crystal —suspiró—. Muy bien.
La muchacha repitió el movimiento sobre el otro pecho provocando un nuevo sonido placentero de los labios de Laura. Rápidamente advirtió que lo que estaba haciendo causaba además que las caderas de la escritora se alzaran bajo su cuerpo, de manera que su sexo entraba en contacto de tanto en tanto contra el suave abdomen de Laura. Crystal podía sentir ya su propia humedad y estaba segura de que el último empellón de Laura había delatado su presencia a ella también.
Las manos que habían estado recorriendo sin descanso su espalda la atraparon firmemente de forma que intercambiaron posiciones una vez más, quedando Crystal tumbada sobre la cama y mirando fijamente a la mujer que estaba a punto de hacerle el amor.
—Laura… —susurró, rozando apenas sus muslos todavía cubiertos por el pantalón del pijama. El calor que sentía en la parte baja del abdomen le confirmó la excitación creciente de Laura—. Por favor… quítatelos…—. Como el mejor de los voyeuristas, Crystal se descubrió incapaz de apartar la mirada de su amiga cuando ésta se puso de pie para quitarse lo que quedaba de ropa sobre su cuerpo.
Al contrario que en su cabeza, el oscuro triángulo de vello que cubría el sexo de Laura estaba conformado por pequeños rizos, de los cuales los más cercanos a la parte central brillaban cubiertos de un fluido transparente. El resto del pijama fue a reunirse con las demás piezas de ropa y Crystal pudo volver a disfrutar la calidez del cuerpo de Laura junto al suyo y la sensación de hormigueo que la recorría una vez más de pies a cabeza. Sintió humedad contra uno de sus muslos cuando los labios de ambas volvieron a unirse, fue consciente de que estaba dejando un rastro similar sobre su compañera y sus cuerpos comenzaron a amoldarse de forma casi natural.
Crystal sintió cortársele la respiración cuando Laura se zafó del beso y atrapó con los labios uno de sus pezones al tiempo que le acariciaba sugerentemente la cadera, acercándose poco a poco hacia su sexo. Parecía como si todos sus sentidos se arremolinaran intentando organizarse sin éxito para captar el sinfín de sensaciones que la acometían a cada segundo. Los cálidos y sedosos labios sobre uno de sus pechos, el sugerente cuerpo haciendo presión sobre el suyo, los dedos rogándole en silencio que se rindiera a ellos, prometiéndole la más dulce de las recompensas. En ese momento, tomó la decisión de dar un último salto de fe, fe en Laura y fe en ella misma, y entreabrió los muslos permitiendo total acceso a la escritora.
Y allí estaba, el momento mágico en que uno solo de los dedos de la mujer se abrió paso entre los húmedos pliegues del sexo de Crystal y tomó posesión del centro mismo de la joven.
—¡Oh, Dios, Laura! —gritó, elevando las caderas para repetir el contacto.
En algún momento, la joven se había cuestionado si sería capaz de alcanzar el orgasmo con otra mujer. Ahora, lo que le preocupaba es que, de hecho, éste llegara demasiado rápido. Había pasado tanto tiempo desde que había permitido a otra persona el que la tocara de aquella forma… y nunca antes había sido tan dulce, tan natural y tan perfecto. Laura parecía saber cómo y cuánto tocarla, sin permanecer en un solo lugar más de lo necesario antes de mutar sus caricias, aprendiendo con delicada precisión todos y cada uno de los secretos de Crystal.
La respiración surgía ahora regular, mezclada con pequeños gemidos guturales que escapaban de su garganta pronunciando apenas el nombre de Laura a medida que las sensaciones crecían en su interior. Aferrándose con firmeza al hombro de su amiga, Crystal aguantó mientras que las oleadas crecían más y más y sus muslos comenzaban a temblar sin control. Finalmente, el orgasmo se abrió paso en su interior y gritó sin soltar a Laura, como si se tratara de un pedazo de madera en medio de una tormenta tropical. La suave voz de la mujer llenó sus oídos, musitando palabras que en realidad no podía entender cuando uno de sus muslos tomó el lugar de sus dedos y una serie de temblores más leves siguieron recorriendo su cuerpo mientras descansaba entre los protectores brazos de Laura.
—¿Estás bien? —preguntó la mujer en voz baja segundos después, dándole tiempo a Crystal para que su respiración volviera a algo parecido a la normalidad.
Crystal asintió besando la piel que quedaba más cercana a sus labios.
—No puedo creer… —Negando con la cabeza, emitió una risita gutural—. Casi nunca armo tanto escándalo.
—Me lo tomaré como un cumplido —dijo Laura, besándola una vez más para eliminar de su rostro cualquier atisbo de vergüenza—. Adoro cómo gritas mi nombre, ¿sabes? —Su mano recorrió lentamente el costado de Crystal—. Y adoraría aún más volver a escucharlo —añadió rozando apenas uno de los muslos de su compañera.
Crystal, por su parte, sonrió estremeciéndose bajo su cuerpo.
—No estoy segura de poder soportar otro como ese. Además… —comenzó empujando a Laura hasta hacerla quedar de espaldas a la cama—. ¿No quieres que…? Bueno, ya sabes… ¿No quieres que me ocupe de ti? —Dejó que su cabeza descendiera, depositando una serie de sugerentes besos en el cuello y la garganta de la escritora—. Porque quiero hacerlo —susurró sin detenerse en su camino.
Acto seguido, cerró los ojos y escuchó claramente la profunda aspiración de Laura mientras seguía besando su cuerpo. Era innegable que estaba nerviosa, pero Crystal lo ignoró completamente y se centró en la sensación que le prodigaban las manos de su amiga sobre su espalda y la parte posterior de su cabeza. Oír los leves gemidos placenteros que escapaban de entre sus labios hizo que con más seguridad empleara su lengua para saborear la piel de la otra mujer, el pecho de otra mujer por primera vez en su vida. En un momento dado, el entusiasmo le hizo morder a su presa un poco más fuerte de lo aconsejable, pero no tardó mucho tiempo en establecer los límites de lo permisible y memorizar el sonido de su nombre al ser pronunciado en medio de la excitación por los apetitosos labios de Laura. Necesitaba tocar cada centímetro, hambrienta por llevar a Laura hasta el punto que ella misma había alcanzado minutos antes, para hacer suyo el cuerpo con el que amenazaba fusionarse.
E indudablemente lo hizo suyo. Desde el punto sensible justo a la izquierda de las costillas hasta la casi imperceptible hilera de fino vello rubio que nacía bajo su ombligo y que se ponía de punta cuando lo recorría con su lengua, todo quedó memorizado. Los secretos de Laura se le revelaron uno tras otro a medida que la excitaba. La cantidad exacta de presión que imprimir y el ritmo que mejor se acomodaba a sus necesidades. Por un momento, sentir los poderosos músculos de la intimidad de Laura cerrándose sobre sus dedos y la fuerza del placer estimulando su propia piel la sobrecogió.
Hicieron el amor una vez más, compartiendo palabras amorosas y suaves caricias, antes de quedarse dormidas una en los brazos de la otra. Aquella noche, las pesadillas no visitaron a Crystal, como si la calidez del cuerpo que descansaba junto a ella la protegiera de los demonios del sueño y guerreros ancestrales las velaran de alguna manera. En los brazos de Laura, el peligro no existía, exorcizado por la seguridad y comodidad que únicamente sienten aquellos que se saben amados.
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Re: El corazón de cristal, B. L. Miller

Mensaje  malena el Julio 2nd 2013, 11:15 pm

Parte 15

Sentada en la cama con las piernas cruzadas, Laura contemplaba dormir a Crystal. La sábana yacía arrebujada junto a las caderas de la joven, permitiendo a la escritora gozar de la vista de sus delicadas y suaves curvas, las mismas que tan solo unas horas antes había explorado con todo detalle. Incapaz de resistirse, se tumbó junto a Crystal y comenzó a depositar sus besos a lo largo de la espalda desnuda.

—Buenos días —susurró al notar que su amante despertaba. Con sorpresa, notó además que el cuerpo de Crystal se ponía tenso y, bajo la sospecha de que la proximidad era la causante, Laura regresó a su mitad de la cama.

—Buenos días. —Crystal giró sobre sí misma frotándose los ojos frente al sol de la tarde—. ¿Qué hora es?

—Casi las tres. —Laura mantuvo las distancias, dudando de si el contacto físico sería bienvenido—. Oye… si quieres hago algo de comer —aventuró, más que nada para ofrecer una salida cómoda a su amiga.

—Como tú veas —dijo Crystal, mirando alternativamente las sábanas y a Laura—. ¿No me vas a dar ni un beso de buenos días? —preguntó a continuación con un deje de inseguridad en la voz.

Laura se movió rápido, dispuesta a dar todo a la mujer que se había adueñado de su corazón. Volcó todos sus sentimientos en aquel beso con la intención de borrar hasta el más mínimo rastro de dudas o temores que Crystal hubiera podido tener. Cubrió las mejillas de la joven con sus manos y le regaló un último roce de sus labios antes de retroceder.

—Empecemos de nuevo. Buenos días.

—Buenos días para ti también —dijo Crystal, aprovechando la posición de Laura para arrellanarse junto a ella—. Mmmmm… qué gusto. A lo mejor me vuelvo a dormir.

—Por mí no hay problema —contestó Laura—. Me encanta abrazarte. —En este momento, hizo una pausa—. Siento haberte asustado antes.

Crystal asintió con una sonrisa avergonzada.

—Perdona. Es que no estoy acostumbrada a que me despierten así —explicó acercándose más y enterrando la cara en el cuello de Laura—. O sea, me encanta que me toques, pero me costó un poco darme cuenta de que eras tú la que lo estaba haciendo.

Laura recorrió con la mano su espalda desnuda.

—Lo entiendo. Es una de esas cosas que llevan tiempo… —Acto seguido, besó a Crystal en la cabeza—. Y tenemos tiempo de sobra.

La joven levantó la vista.

—No, de eso nada —afirmó con los ojos como platos—. Hoy es sábado, ¿no?

—Así es.

—¡Pues tenemos que estar en casa de Patty a las seis! —exclamó, intentando apartar las sábanas a patadas—. Hay que prepararse.

Atrayendo nuevamente a Crystal hacia sí, Laura la besó junto a la oreja.

—Dentro de un minuto —susurró, trazando pequeños círculos sobre la espalda de la joven con sus dedos—. Quiero quedarme aquí abrazándote un poco más, ¿de acuerdo? —Sintió que Crystal asentía. Unos segundos después, ambas se acomodaron sobre la cama, Laura con la espalda sobre los almohadones y la cabeza de la rubia contra su pecho—. Así está mejor —afirmó la escritora.

—Oh. —Crystal levantó la vista con los ojos muy abiertos—. ¿Esto te lo he hecho yo?

Laura dirigió la mirada hacia abajo y contempló que en su brazo, justo donde la noche anterior Crystal se había agarrado con fuerza en un momento de pasión, se dibujaban una serie de marcas ovaladas color morado.

—Supongo que sí —dijo con aire casual—. Me salen marcas de esas casi con cualquier cosa, siempre he sido así. No te preocupes.

Pero Crystal se sentía apenada, tal y como delataba su expresión.

—No era mi intención —afirmó, depositando un beso sobre cada moratón a modo de disculpa—. Lo lamento.

—No hay nada que lamentar —dijo Laura—. Desaparecerán pronto. —Dándose cuenta de que sus palabras no surtían efecto, la escritora intentó otra táctica—. Crystal, no me hiciste daño, en serio. Ni me había dado cuenta hasta que me lo has dicho.

—No volverá a pasar —prometió Crystal con los ojos brillantes, sin dejar de contemplar los moretones y con la culpa y la vergüenza traduciéndose en su rostro.

—Ha sido un accidente —sentenció Laura firmemente, atrayendo el rostro de la joven hacia la suya—. Sé que no era tu intención hacerme daño.

—Jamás —la secundó Crystal.

—Al igual que yo nunca te haría daño a propósito —continuó la escritora cubriéndole la mejilla con la mano—. Significas demasiado para mí. —Inclinándose hacia adelante, permitió que sus labios se encontraran y que aquel contacto dijera el resto. Cuando sintió que los labios de Crystal se entreabrían, profundizó el beso ignorando el sabor rancio a cigarrillo. Notó que su cuerpo reaccionaba ante la sensación de la piel desnuda de Crystal contra él. Laura no tenía mayores pretensiones, en aquel momento, que dejarse arrastrar hacia la suavidad de los pechos de su amante, que escucharla gritar su nombre, que amarla… simplemente eso. Cuando notó una pierna presionando contra las suyas, fue consciente de que no iban a salir de la cama de inmediato. Permitió que su deseo tomara el control, rompió el acometedor beso que las unía y se dejó caer hacia el cuello de Crystal—. Te deseo —susurró, presionando sus caderas contra ella.

—Sí —murmuró la joven.

Con el valor que le confirieron las manos que tiraban de su cuerpo, Laura recorrió todo el camino hacia los pechos de Crystal con sus labios y atrapó uno de sus pezones endurecidos, acariciándolo suavemente con la lengua. Segundos después, las delgadas caderas de la joven se elevaron bajo su cuerpo en una súplica silenciosa. Utilizando sus piernas para separar los muslos de Crystal, Laura se desplazó hacia el otro pecho, dedicándole toda su atención antes de cubrir ambos con las manos y masajearlos rítmicamente.

Al mismo tiempo, comenzó a descender más y besó su vientre y pasó a acomodarse entre las piernas de Crystal. Con los ojos cerrados, Laura besó los humedecidos pliegues, sonriendo para sí ante el temblor que recorrió el cuerpo que la acompañaba.

—¿Te gusta eso? —preguntó con seguridad, repitiendo la caricia una vez más.

—Oh, sí —exclamó Crystal separando aún más las piernas.

—Lo sospechaba —murmuró la escritora, abriéndose camino con la lengua y probando la dulce substancia que comenzaba a inundar la zona. Incapaz de resistir un segundo más, alcanzó el clítoris erecto y comenzó a acariciarlo sin

perderse ni uno solo de los sonidos de placer que provocaba en la garganta de Crystal. Pronto no tuvo más remedio que apartar las manos de los pechos de la joven para sujetar las caderas que se sacudían con vigor. Los gemidos se hicieron más ahogados al tiempo que unos fuertes muslos aprisionaron la cabeza de la mujer, anclándola precisamente en su lugar. Las contracciones sobre sus labios le hicieron saber que el orgasmo estaba próximo, así que incrementó la presión y la velocidad con su lengua, viendo recompensado su esfuerzo al momento en que el cuerpo de Crystal se puso tenso y se abandonó por fin. En ese momento, coordinó el ritmo de sus caricias con las acometidas de las caderas de la joven mujer prolongando el clímax hasta que ella se dio por satisfecha. Laura, por fin, retrocedió y besó cálidamente la cara interna de los muslos de Crystal.

—Te quiero —susurró tan débilmente que apenas si podía oírse a sí misma.

—Oh, Dios… —gimió Crystal con un suspiro. Laura, por su parte, se acodó sobre la cama sin abandonar su posición entre las piernas de su amante. Con una sonrisita de auto-satisfacción, miró fijamente a la joven.

—Nada mal, ¿eh? —Se arrodilló sobre las sábanas y apoyó todo el peso de su cuerpo sobre un brazo mientras acariciaba uno de los muslos de Crystal—. Me alegro de que te haya gustado. —Sonrió al ver que los ojos de la joven se dirigían hacia la zona en que sus dedos trazaban círculos, peligrosamente cerca de la zona más sensible de su cuerpo, e internamente feliz al comprobar que su rostro no mostraba el menor signo de miedo o indecisión… tan solo deseo.

Utilizó en primer lugar uno solo de sus dedos, y después otro más, deslizándose hacia el interior de aquella sedosa superficie con la mayor delicadeza puesto que no quería hacer nada que asombrara o atemorizara a su amante. Acto seguido, respondió al gesto de urgencia de Crystal tumbándose cerca de ella, mitad sobre la cama y mitad sobre su cuerpo. La pierna izquierda de Laura estaba engarzada en la derecha de la joven, permitiéndole un acceso absoluto al tesoro que apenas comenzaba a explorar.

—Adoro esto… —susurró al tiempo que besaba a Crystal—. Adoro tocarte…

—Yo… yo… —Crystal intentó responder, pero lo que Laura le estaba haciendo convertía algo tan sencillo en una misión imposible.

—Shhh… relájate y disfruta —dijo Laura, profundizando sólo un poco más—. Sí, así…

Sintió la presión de los músculos que aprisionaban las yemas de sus dedos y, no sin dudas, añadió un tercero sin dejar de contemplar el rostro de Crystal por si aparecía en él algún rastro de incomodidad. En su lugar, la respuesta que obtuvo fueron las caderas de la joven elevándose para encontrar las caricias y acompañarlas, obligándole a incrementar el ritmo más de lo que había pretendido. Tenía los ojos cerrados, la cabeza echada hacia atrás contra la almohada y una serie de sonidos incoherentes surgían de su boca entreabierta. Laura cerró los labios sobre uno de los pezones de Crystal y comenzó a penetrarla rítmicamente. Los gritos que tanto ansiaba escuchar llenaron sus oídos, urgiéndola a continuar, y demasiado pronto para su gusto esos mismos músculos se atenazaron, dejándola enterrada en lo más profundo. No sin esfuerzo, consiguió alcanzar el punto más sensible de su prisión y Crystal gritó cuando el orgasmo recorrió su cuerpo y se aferró al brazo de Laura como si en ello le fuera la vida en el punto milimétricamente exacto al que lo había hecho la noche anterior.

Laura la abrazó durante largo rato y, en un momento dado, recibió el mismo placer que había prodigado antes de que el reloj les recordara que su día de descanso había tocado a su fin.

***

Crystal contempló con nerviosismo las señales de tráfico.

—¡Ahí! —exclamó de repente—. La siguiente a la derecha. —Laura hizo lo que se le ordenaba y momentos después el Jeep avanzaba a trancas y barrancas por una calle llena de baches, flanqueada de postes de electricidad y aceras de cemento agrietadas. Varios contenedores de basura abollados yacían junto a los bordillos y en un par de ocasiones Laura tuvo que aplastar a fondo el pedal del freno para no llevarse por delante a un perro callejero—. Muy bien —dijo Crystal, echando otro vistazo al papel en el que llevaba apuntada la dirección—. Gira a la izquierda allí arriba, donde está la señal de alto, y luego a la derecha en la segunda manzana. —Dobló cuidadosamente el papel y se lo guardó en el bolsillo de la camisa—. El parque debería estar ahí mismo, a la derecha.

Crystal se sorprendió al ver que el parque de caravanas no estaba tan lleno como ella había esperado. Los lotes eran grandes en comparación con los del lugar en que había crecido y los caminos estaban nivelados, acotados por árboles y césped y libres de vehículos. Las caravanas, por su parte, presentaban un inmejorable aspecto, con tejado y ventanas salientes. La señalización también era buena, así que Crystal no tuvo dificultad para encontrar el camino Pine y, desde allí, la caravana azul y blanca de doble tamaño con un patio al frente repleto de juguetes y un par de bicicletas a un costado.

—¡Ahí está! —exclamó entusiasmada al tiempo que empezaba a abrir la puerta del coche. Laura giró hacia el camino de grava y aparcó detrás de un viejo Toyota. Crystal apenas se había bajado del Jeep cuando la puerta principal se abrió de par en par y una mujer, que sólo podía ser su hermana, salió al exterior—. ¡Patty!

—¡Crystal!

Ambas se abrazaron con fuerza.

—No puedo creerlo —dijo Crystal, aferrándose a una realidad que en numerosas ocasiones había dejado de considerar posible—. Dios, cuánto te he echado de menos.

Patty se separó un poco secándose las lágrimas.

—Estuve a punto de caerme de la silla cuando mamá me contó que te había visto en el supermercado. Llegué a pensar… bueno, eso ya no importa. Estás aquí. —Patty se fijó en Laura, quien se había quedado junto al coche—. Y esa debe ser Laura, tu compañera de piso.

Crystal las miró mientras se estrechaban las manos.

—Encantada de conocerte —dijo Laura, sin moverse de al lado de Crystal.

A un metro de distancia, la joven advirtió la huella que el tiempo había dejado en su hermana. Su joven piel mostraba una serie de leves arrugas junto a sus ojos y el cabello que antaño refulgiera dorado a la luz del sol presentaba tintes cenizos. Además, Patty lucía un cuerpo que sin duda evidenciaba sus dos embarazos y algo de falta de ejercicio, y sin embargo vibraba dentro de ella algo que ni los kilos de más ni las patas de gallo podían esconder. Seguía siendo la misma hermana con la que Crystal había pasado horas jugando al Monopoly, compartiendo secretos y temores, y a quien había extrañado a morir.

—Entremos —dijo Patty, señalando al modesto porche.

“Sin la menor duda, aquí habitan un par de chiquillos”, pensó Crystal mientras esquivaba un robot de juguete y una muñeca para ocupar un puesto en el sofá junto a Patty al tiempo que Laura tomaba asiento en el sillón reclinable y alcanzaba una de las revistas que se apilaban en una mesita cercana.

—Bueno, ¿y dónde están todos? —preguntó Crystal.

—Mamá se ha llevado a Jessica y a Thomas a cenar en Happy Mary. Hay una sala de juegos en ese lugar y yo quería pasar un tiempo contigo sin tener a todo el mundo aquí armando jaleo.

Crystal asintió reconociendo que era una estupenda idea, sobre todo cuando miró a Laura por el rabillo del ojo y recordó que tenía que contarle a su hermana la verdad acerca de su relación.

—Patty… Tengo algo que decirte. —Aquel era un tema del que nunca habían hablado de niñas y, a pesar del coraje que mostró en casa frente a Laura, la verdad es que en su interior guardaba un cierto temor por el hecho de que su hermana no lo aprobara—. La otra noche no fui del todo sincera contigo por teléfono.

—¿En serio? —dijo Patty al tiempo que alargaba la mano hacia un paquete de cigarrillos y un encendedor que estaban en la mesita central—. Hay que ponerse al día de los últimos once años. Yo también tengo muchas cosas que contarte. —Acto seguido, encendió un cigarrillo y dio una larga calada antes de continuar—. Tú primero.

Con evidente nerviosismo, Crystal miró a Laura y recibió una expresión que pretendía infundirle valor.

—Laura y yo… somos algo más que compañeras de piso. —Terminó la frase lo más deprisa que pudo si apartar los ojos de la escritora.

La mano de Patty se detuvo a medio camino del cenicero y contempló a Laura. Después a Crystal.

—¿Eres feliz? —le preguntó.

En esa ocasión, la voz de la joven emergió sin el menor atisbo de duda.

—Sí —contestó Crystal—. O sea, todo esto es nuevo para mí, pero sí, soy feliz.

—Entonces eso es lo único que me importa —afirmó Patty, dejando caer la ceniza sobre el recipiente—. La verdad es que yo misma lo intenté una vez —confesó encogiéndose de hombros—. No veas cómo se puso mamá.

—¿Quieres decir que se enteró? —preguntó Crystal boquiabierta—. ¿Y no le dio un ataque?

—Claro que sí —concedió su hermana—. Pero el caso es que este hogar me pertenece y ella no puede permitirse vivir por su cuenta con su pensión y el dinero extra que le doy por cuidarme a los niños. No fue nada serio. Yo tenía curiosidad, más que otra cosa, después de todas las putadas que me han hecho los hombres. Ahora mismo no puedo ponerme a buscar al Señor Perfecto, ya tengo bastante con mis hijos. Oh, Crystal, ya verás cuando los conozcas. Las fotos de Jessie en primer grado son casi iguales que las tuyas. —Depositó el cigarrillo en el cenicero y se levantó—. Espera, voy a por los álbumes. Ahora mismo vuelvo.

Cuando su hermana salió de la estancia, Crystal vio que Laura se arrodillaba a su lado.

—Ha ido muy bien —afirmó en voz baja para que Patty no pudiese oírla.

—Pues sí —convino, relajándose ahora que su mayor temor había pasado—. Es muy raro verla después de tanto tiempo, pero sigue siendo la misma Patty con la que crecí, sólo que un poco más vieja, y supongo que todavía puedo contarle cualquier cosa.

Laura sonrió y le besó en la mejilla.

—Me alegro de que puedas hacerlo. —Ambas volvieron la cabeza al escuchar la portezuela de un coche al abrirse y cerrarse—. Parece que han regresado temprano.

—No encuentro el que tiene las fotos de Jessie cuando era un bebé, pero sí los demás —dijo Patty, regresando cargada de gruesos tomos de fotografías. Laura regresó al reclinable en el mismo momento en que la puerta de entrada se abría dando paso a dos estelas enérgicas que llenaron al instante la silenciosa habitación.

—¡Mami, mami! ¡Happy Mary se ha quemado! —informó Jessica con excitación, dejando caer su chaqueta rosa al suelo, junto a la puerta.

—Sí y han llegado unos camiones de bomberos enormes y todo —añadió Thomas, el pequeño de seis años, imitando el movimiento de su hermana mayor con su propia chaqueta—. Hacían un montón de ruido.

—Colgad vuestros abrigos donde deben estar —indicó Patty—. Hay aquí alguien a quien quiero presentaros.

Crystal se estremeció al ver que su madre entraba lentamente en la casa. Dado que ambas habían estado quietas cuando se encontraron en el pasillo del supermercado, no había podido percatarse de la pronunciada cojera con que caminaba su madre o los dedos marcados por la artritis que luchaban por sostener las dos coloridas chaquetas que los niños le alargaban. Imágenes de la mujer, borracha y sentada a la mesa, noquearon su memoria haciéndole revivir sentimientos de rabia y dolor que había mantenido mucho tiempo bajo control. Cuando sus ojos se encontraron, la mirada de Margaret Sheridan mostró primero alegría y después tristeza.

—Jess, Thomas, ésta es vuestra tía Crystal —dijo Patty—. Y ésta es su amiga Laura.

—Yo también me llamo Crystal —afirmó Jessica con orgullo, quitando de en medio a su hermano pequeño con un leve empujón y dando inicio a una batalla silenciosa entre ambos para estar lo más cerca posible de su recién descubierta nueva pariente.

—¿Ah, sí? —preguntó Crystal sin disimular su sorpresa.

—Síp. Mi nombre completo es Jessica Crystal Sheridan. Mamá dice que los cristales son especiales. Tengo una colección entera en mi habitación, ¿las quieres ver? —preguntó la pequeña de cabello rubio al tiempo que tomaba a su tía de la mano.

—Luego, Jessica —dijo Patty—. La tía Crystal acaba de llegar. Ya tendrás oportunidad de enseñarle todas tus cosas. —A continuación, se dirigió a su madre—. ¿Qué ha pasado?

—Ni idea, pero el humo se veía a dos manzanas de distancia —informó Margaret, echando un rápido vistazo a Crystal antes de dar media vuelta—. Será mejor que prepare algo de cenar a estos dos muchachitos. ¿Tenéis hambre, chicas?

—No —respondió rápidamente Crystal—. Laura y yo acabamos de comer —mintió.

—Gracias de todas formas —añadió Laura con una imperceptible mirada de desconcierto a Crystal. Ésta la ignoró, concentrándose en estudiar la mesita de café hasta que oyó que las puertas abatibles de la cocina se cerraban indicando que su madre había abandonado la habitación.

—Tía Crystal, tía Crystal —exclamó Thomas con excitación quitando de en medio a su hermana—. Había camiones de bomberos y hacían mucho ruido. Yo me tapé las orejas así, pero no funcionó. —Muy al contrario que su hermana, quien había sido agraciada con el pelo rubio y la complexión espigada de los Sheridan, Thomas había salido a su padre, a quien Crystal atribuía por instinto raíces hispánicas. El pelo corto del niño era castaño oscuro, al igual que sus ojos, y su tono de piel era mucho más oscuro que el suyo propio. Sin dudarlo dos veces, escaló hasta el regazo de Crystal obligándola a rodearle con los brazos para evitar que se fuera a caer—. La abuela no nos ha dejado acercarnos, pero he visto a los bomberos conectar las mangueras a las bocas de riego y todo.

—¿Sí? ¿En serio?

Thomas asintió enérgicamente con la cabeza.

—Sí. Y había un montón de gente corriendo por todas partes y Jessica me empujó y casi me caigo.

—Jessica —dijo Patty con un tono delicado pero no menos desaprobador—. ¿Qué te he dicho sobre empujar a tu hermano? —Depositó los álbumes de fotos sobre la mesita de café y se arrodilló frente a su hija—. No debes hacer esas cosas. ¿O quieres que te quite la bici una semana?

—No mami, pero es que no se quitaba de en medio —protestó Jessica.

—Esa no es razón para empujarle. Podría haberse golpeado con la acera y hacerse daño. —Patty negó con la cabeza y miró a su hermana—. A veces no sé en qué piensan estos dos. Nosotras nunca fuimos así.

—¿Estás de coña? —preguntó Crystal—. ¿Ya no te acuerdas de cuando me tiraste por aquella colina?

—Empezaste tú —contraatacó Patty—. Y yo no sabía que ibas a acabar rodando cuesta abajo.

Thomas se echó a reír por lo bajo, con una sonrisita traviesa aún sobre el regazo de Crystal.

—Mamá tiró a la tía Crystal por una colina —dijo con su tono de voz más aniñado.

—Ni se te ocurra quedarte con la copla, jovencito —dijo Patty con aire indiscutiblemente maternal—. Y ahora id los dos a poneros la ropa de jugar y podéis salir con las bicis hasta que esté lista la cena. —Levantó a Thomas del regazo de Crystal y le indicó la dirección hacia su cuarto—. Andando. Y ponte también las zapatillas viejas. Esas tienen que durarte para la escuela.

—Vale, mami —contestó él—. Jessica, te echo una carrera.

—No, nada de carreras —dijo Patty… pero demasiado tarde, porque los dos niños ya iban de camino al pasillo y sus risas y zapatazos resonaban por toda la casa—. Los tornados gemelos estarán de vuelta en un minuto —afirmó al tiempo que volvía a ocupar su asiento—. A veces pienso que ninguno de los sabe lo que significa caminar.

—Son geniales —dijo Crystal, girándose hacia su hermana—. Parece que son muy felices.

—Así es —convino su hermana mayor—. A veces dan mucho trabajo, pero mamá me ayuda mucho cuando me colman la paciencia.

Crystal se metió la mano en el bolsillo y sacó su paquete de cigarrillos.

—Sigo sin poder creer que vivas con ella —dijo al tiempo que prendía uno—. Yo sería incapaz.

—Ha cambiado mucho —afirmó Patty—. Es mucho mejor persona ahora que ha dejado de beber. —Crystal sintió que su hermana le rodeaba los hombros con su brazo—. Dale una oportunidad y verás. Te echa mucho de menos —añadió en voz baja.

Crystal le dio una larga calada al cigarrillo y miró a Laura.

—Joder, esto es muy duro para mí.

—Si ves que no puedes… —comenzó a decir Laura, pero Crystal meneó la cabeza.

—No, sé que puedo hacerlo —afirmó, volviendo la vista hacia su hermana—. Sencillamente no soy capaz de aceptarla como una madre amorosa, pero mantendré las formas.

—Ha cambiado de verdad —dijo Patty, echando un vistazo hacia el pasillo cuando oyó que se abría una puerta—. Los niños la adoran —añadió.

—Ya… —concedió sin pasarle desapercibido el mensaje oculto en aquella frase, “no montes una bronca delante de ellos”—. Me voy afuera. —Cogió el cigarrillo—. No me gusta fumar con los pequeños por aquí.

—Tía Crystal —dijo Jessica mientras corría por el pasillo—. ¿Quieres verme hacer un caballito con la bici?

—Ponte el casco —le ordenó Patty—. La Señorita Catcher me ha dicho que hace poco te vio montar sin él.

—Por supuesto —contestó Crystal a la niña—. De hecho estaba a punto de salir.

Minutos más tarde, Crystal y Patty estaban sentadas a la mesa de picnic redonda que ocupaba el patio delantero. Laura por su parte contemplaba a los dos niños dar vueltas con sus bicicletas arrodillada en la acera. El ocaso estaba cerca y sólo las dos terceras partes superiores del sol asomaban ya por encima de las caravanas vecinas.

—Y dime, ¿cuánto tiempo lleváis juntas? —preguntó Patty.

—No mucho —dijo Crystal—. De hecho… bueno, ayer fue nuestra primera vez.

—¿Qué? Estás de coña. —Patty empujó con el hombro a Crystal juguetonamente—. Qué suertuda. Pero ya lleváis un tiempo viviendo juntas, ¿no?

—Más o menos cuatro meses —respondió ella, agitando la mano en dirección a Jessica—. Laura es escritora de novelas de misterio lésbicas. Y además cocina muy bien —añadió.

—Me alegro de que seas feliz —concedió Patty—. Todos estos años me he estado preguntando sin parar dónde estarías, cómo sería tu vida. Ni siquiera estaba segura de que siguieras viva. —Acto seguido, negó con la cabeza—. Hasta pensé en contratar a un detective privado, pero nunca conseguí el dinero necesario.

—Yo pensaba lo mismo sobre ti —dijo Crystal—. Lo gracioso es que nunca me fui del condado. Simplemente bajé a la ciudad y me perdí por allí. No te lo dije por teléfono, pero… he estado trabajando en clubes de strip-tease mucho tiempo.

Patty encendió un cigarrillo y contempló la calzada en que estaban Laura y los niños.

—En cuanto me bajé de aquel autobús, pensé que sería muy sencillo encontrar un sitio donde vivir y trabajar. Para tener diecisiete años no era más que una mocosa estúpida. Me quedé sin dinero tres días más tarde.

Crystal asintió dándole una profunda calada a su cigarrillo. No hacía falta preguntar cómo se las había arreglado su hermana mayor para sobrevivir. Para una chica joven sólo hay una manera de hacer dinero rápidamente en las calles. Aun así, se sintió apenada al corroborar lo que desde hacía tiempo venía sospechando.

—Me alegro de que aquello no durara mucho tiempo —dijo.

—Lo suficiente como para quedarme embarazada de Jessica —confesó Patty—. Su padre fue uno más de los muchos don nadie que no llevaban un condón encima. Además yo no tenía forma de conseguir la píldora ni nada parecido. Simplemente tenía que ocurrir.

—Supongo que a mí me fue bien —murmuró Crystal sin quitarse el cigarrillo de entre los labios—. Nunca me quedé embarazada. —Tras exhalar con parsimonia, vio la fina línea de humo elevarse hacia el cielo—. Era un desastre tan grande que mucho menos hubiera valido un carajo como madre. —A continuación, gesticuló con la barbilla hacia los niños—. Tú en cambio has hecho muy buen trabajo con esos dos.

—Gracias —dijo Patty—. Ahora mismo es lo más importante para mí.

—Darles lo que nosotras nunca tuvimos —añadió Crystal, echando un agrio vistazo a la ventana de la cocina.

Patty dejó caer su colilla al suelo y la aplastó con el pie.

—Así es —afirmó—. Después de que él muriera le costó bastante tiempo el meterse en tratamiento y aprender lo que significa ser una madre, aunque ya fuera tarde para nosotras dos. Adora a estos niños y haría cualquier cosa por ellos.

Crystal sintió crecer la rabia en su interior y apretó con tanta fuerza el cigarrillo que acabó rompiendo el filtro.

—Solía quedarse sentada a la mesa e ignorar la situación mientras él nos molía a palos, ¿o es que lo has olvidado?

—No lo he olvidado —dijo Patty—. Créeme, lo recuerdo perfectamente. Pero ahora ha cambiado. Va a sus reuniones, a las citas con su asesor y no ha probado ni una gota de alcohol desde hace años. Para ella ha sido muy duro el no saber nada de ti.

—Pues no me da ninguna pena —afirmó Crystal tajantemente—. Nos hizo vivir en un infierno y le permitió absolutamente todo. No tienes ni idea de cómo se volvió él después de que te marcharas. —Dio una larga calada a lo que quedaba de su cigarrillo antes de arrojarlo con fuerza al suelo—. Perdónala tú si eso es lo que quieres. Yo prefiero no tener nada que ver con ella.

Acto seguido, cerró los ojos y aspiró profundamente esperando que aquello le permitiera recuperar la calma y que sus manos, crispadas en forma de puño, se relajaran un poco. Después sintió que Patty le acariciaba el hombro.

—Si necesitas odiarla, hazlo —dijo su hermana mayor—. Pero ten en cuenta que ya hemos perdido demasiados años. ¿No crees que es hora de dejar atrás el pasado? No quiero perderte otra vez, Crystal.

—No vas a perderme —afirmó levantando la mirada hacia Patty—. Lo solucionaré todo. —Meneando la cabeza, Crystal se concedió una media sonrisa y volvió a coger su paquete de tabaco—. No cabe duda de que estoy yendo a terapia, ¿eh?

Patty se echó a reír y le acarició el hombro una vez más.

—Creo que todo el mundo debería hacerlo.

Crystal soltó una risotada y encendió otro cigarrillo.

—Pobre Jenny. Así se llama mi terapeuta. La sesión del próximo martes va a ser un infierno. —Y añadió meneando la cabeza—. Ni siquiera puedo creer que esté aquí hablando contigo.

—Lo mismo digo —afirmó Patty—. Eres mucho más alta de lo que me había imaginado. Siempre te había llevado ventaja.

—Sólo porque eras más mayor, pero aun así me las arreglaba para que no pudieras ganarme en la mayoría de las cosas, ¿verdad? —preguntó Crystal.

—Así es —admitió su hermana—. Y esos dos van por el mismo camino —añadió dirigiendo una mirada a los niños—. Thomas no para de intentar superar a Jessica.

—Igual que nosotras —sentenció Crystal obligándose a borrar la seriedad de su rostro al ver que el trío avanzaba hacia ellas.

—¿Has visto mi caballito, tía Crystal?

—Sí Jessica, lo he visto muy bien —dijo ésta agradeciendo internamente la distracción y cómo se ponía así fin al hilo de la conversación anterior—. Y dime, ¿se te da bien el Monopoly?

La niña negó con la cabeza.

—Tengo el juego de La Mariposa Twiddles en el ordenador. Eso sí que me gusta.

—Oh, me da que Laura no tiene ese —dijo echando un vistazo a su amante.

—No, y sospecho que no lo he visto en mi vida —afirmó Laura.

—Mami, ¿puedo enseñarles el juego a la tía Crystal y a Laura? —preguntó Jessica.

—¿Es seguro entrar en tu habitación? —la interrogó Patty.

—Te aseguro que no puede ser peor que la de tu hermana —dijo Laura.

—¡Oye! —Crystal le dio un empujón en broma, pero la sonrisa desapareció de su rostro tan pronto como captó movimiento a través de la ventana de la cocina—. Venga, Jess. Enséñanos ese juego —dijo a continuación extendiendo ambas manos hacia los niños.

No le hacía falta mirar a ninguno de los dos para saber que habían visto exactamente lo mismo que ella. Puedo hacerlo, pensó para sí mientras seguía a Jessica escaleras arriba. Decidió en ese momento que por estar junto a su única hermana y los niños era capaz de soportar el compartir habitación con su madre. Al fin y al cabo, ya soy una persona adulta. ¿Qué podría hacerme? Y aun así, mientras avanzaban por la sala, se cuidó mucho de permitir que sus ojos se dirigieran hacia la cocina.

***

Una vez que los niños hubieron terminado de cenar, se sentaron en el suelo de la sala, Patty y Crystal ocuparon el sofá y Laura regresó al sillón reclinable. Cuando Margaret salió de la cocina, Laura hizo amago de levantarse para dejar su asiento a la anciana, pero ésta la frenó en seco y atravesó la estancia a pasos cortos y lentos.

—Estoy cansada. Voy a acostarme temprano —dijo Margaret.

Crystal no pronunció una palabra y se limitó a evitar la mirada de su madre mientras los niños se levantaban para darle su abrazo de buenas noches.

—Hasta mañana —dijo Patty sosteniendo el álbum de fotos sobre su regazo. Además, empujó levemente a su hermana con el hombro, cosa que no obtuvo ni la más mínima respuesta. Sólo cuando oyó cerrarse la puerta del cuarto, Crystal levantó la vista—. Serás consciente de que lo ha hecho por ti.

Tras encogerse de hombros, Crystal alcanzó el álbum.

—Lo sé —afirmó simplemente—. Venga, vamos a ver las fotos.

El resto de la tarde transcurrió lentamente, diluyendo todos los años de separación a medida que compartían las fotografías y los recuerdos. Thomas, quien mostraba poco interés en tal entretenimiento, mantuvo a Laura ocupada mostrándole con orgullo su modesta colección de videojuegos. Jessica, por su parte, se turnaba en ambas actividades, uniéndose a su madre en la narración de alguna historia y luego describiendo a Laura la finalidad de uno o dos juegos. Ignorando de forma selectiva cualquier tipo de referencia por parte de su hermana o su sobrina, a Crystal se le facilitó enormemente el relajarse y fingir que su madre ni siquiera vivía allí.

De hecho, cuando llegó la hora de marcharse, comprobó que no quería hacerlo y sí pasar unas cuantas horas más con su adorada hermana. Al final, ambas se despidieron con los ojos llenos de lágrimas y un abrazo demoledor, prometiendo llamarse por teléfono y volver a verse enseguida. Incluso Laura recibió sendos abrazos de Jessica y Thomas, quienes estaban deseando que regresaran y poder jugar juntos otra vez. Tras un rápido reajuste en el estacionamiento del coche de Margaret para dejarlas salir, la visita llegó a su fin.

—¿Quieres hablar? —preguntó Laura mientras sacaba el Jeep del parque de caravanas y llegaba a la carretera, disminuyendo la velocidad para pasar los baches sin dañar el coche.

—No —dijo Crystal sacando un cigarrillo—. Gracias por acompañarme. Me alegro de que estuvieras ahí, a pesar de que me pasé la mayor parte del tiempo con Patty y te dejé a ti sola para mantener entretenidos a los niños.

—No tiene importancia —afirmó Laura—. Al fin y al cabo, la finalidad es que pasaras tiempo con ella. Yo encantada de echar una mano.

Crystal contempló las volutas de humo blanco a medida que las farolas del exterior las iluminaban alternativamente.

—¿Sabes? No entiendo por qué actúa como si nada hubiera pasado —dijo a continuación.

—¿Quién? ¿Patty? —quiso asegurarse Laura.

—Sí —contestó—. Soy consciente de que quiere que haga las paces con ella, pero de eso nada. No tengo por qué perdonarla por lo que pasó. —Crystal captó, por el rabillo del ojo, un enorme cartel luminoso que anunciaba el delicado sabor de una conocida marca de whisky—. No me vendría mal uno de esos ahora —murmuró.

—¿Un qué?

—El cartel de ahí atrás. —Suspiró y dio otra calada al cigarrillo—. Da igual. —El contacto de la mano de Laura en su muslo la hizo estremecerse e incluso tuvo que agarrarle la muñeca para evitar que la retirara al captar su reacción—. No, no pasa nada —dijo, devolviendo la mano al lugar en que había estado antes—. Es sólo que tengo muchas cosas en la cabeza ahora mismo.

—¿Quieres compartirlas conmigo? —le ofreció su amante.

¿Por dónde empezar? Crystal no era capaz de aclarar sus pensamientos lo suficientemente como para comprenderlos, así que mucho menos para explicárselos a otra persona. ¿Hasta qué punto me enfurece el hecho de ver a mi madre tratando tan bien a los hijos de Patty? ¿Por qué me molesta que Patty se preocupe por la mujer que permitió que me golpearan y me aterrorizaran? ¿Qué diferencia marcaron en mí dos miserables meses entre haber vivido con mi hermana y haber vivido en las calles? ¿Cómo es posible que la niña que hay dentro de mí siga anhelando a la madre que nunca estuvo allí? Las razones atisbaban su mente, pero el resultado seguía siendo el mismo: una inmensa rabia que la recorría y se resistía a ser enterrada y olvidada.

—No sé cómo explicarlo —dijo finalmente entrelazando los dedos de Laura y los suyos—. Lo único que quiero hacer ahora mismo es llegar a casa.

—Ya estamos muy cerca de la autopista —afirmó Laura, soltando la mano de la joven cuando llegaron al desvío—. ¿Te apetece ver una peli en la tele?

Crystal dejó que su mirada se perdiera en la oscuridad de la noche.

—Sí, eso suena bien —dijo sin excesivo entusiasmo.

—¿Seguro que no quieres hablar del tema?

Crystal mantuvo fija la vista en el exterior unos segundos más antes de contestar.

—Es que no lo entiendo, en serio —dijo entonces—. ¿Cómo diablos ha sido capaz de olvidar todo lo que pasó? —Las emociones seguían surgiendo en su interior, abriéndose paso poco a poco hasta la superficie. Acto seguido, se cruzó de brazos y apretó los puños—. ¿Cómo puede soportar estar al lado de esa mujer y dejar que conviva con sus hijos? —Se inclinó en el asiento y propinó un puñetazo al suelo del coche—. ¿Sabes lo que me ha dicho? Que ya es hora de dejar atrás el pasado y seguir adelante. ¿Te lo puedes creer? ¿Perdonar a esa … a esa zorra? —Negó enérgicamente con la cabeza—. Ni de coña. No después de toda la mierda que tuve que tragarme. Si Patty quiere perdonarla, allá ella. Yo no pienso hacerlo.

—No tienes por qué —dijo Laura—. Si verla es demasiado duro para ti, queda con Patty en casa en vez de allí. —La mano de Laura regresó sobre el muslo de Crystal—. Haz todo lo necesario para ser feliz.

Al sentir que la rabia empezaba a ceder, Crystal entrelazó sus dedos con los de Laura y los atrajo hacia sus labios.

—Gracias por acompañarme esta noche —dijo antes de besar los nudillos de la escritora y sonriendo al sentir que sus manos se dirigían ahora hacia los labios de Laura. Tras echar un vistazo alrededor, Crystal reconoció el tramo de autopista en el que se encontraban—. Si coges la siguiente salida a la derecha hay un parque como a un cuarto de milla camino abajo. ¿Te apetece dar un paseo a la luz de la luna?

—¿Estás segura de que no hay peligro? — preguntó Laura, no sin antes tomar la dirección indicada a la derecha.

—Los paseos están bastante bien iluminados y además hay policías patrullando a veces —le informó Crystal—. No hay problema. Venga, hace una noche preciosa.

Las hojas caídas crepitaban bajo sus pies mientras caminaban una junto a la otra por el camino adoquinado. Había relativamente poca gente fuera a pesar de la agradable temperatura, asegurando a Crystal la privacidad que tanto anhelaba. Laura sólo hizo un amago de protesta antes de deslizar su brazo por la espalda de Crystal, conviniendo en que las hojas les avisarían en caso de que alguien se acercara. El sendero rodeaba un estanque de patos, con menos farolas que el resto de la zona, guiando a la pareja hacia la oscuridad para regocijo de Crystal y su recién descubierta faceta romántica.

—Ven aquí —dijo ella estirando de Laura para salirse del camino.

—Esto no me parece muy seguro —le advirtió la escritora un segundo antes de que Crystal la acallara con sus labios.

—A mí sí —respondió ésta entre beso y beso—. No nos vería nadie aunque pasaran caminando cerca. —Aprisionando a Laura entre su cuerpo y el tronco de un árbol, Crystal disfrutó la sensación de los brazos que la rodeaban mientras los sonidos emitidos por los inquilinos del estanque daban vida a la noche—. Me encanta esto —admitió, incrementando la fuerza de sus brazos alrededor de la cintura de Laura. Enterró la cara en el cuello de la escritora, inhalando el aroma a pino mezclado con ese otro tan natural de Laura—. Es raro, pero estar juntas en el coche no era suficiente para mí. —Suspiró cuando Laura la abrazó con más firmeza y los cuerpos de ambas quedaron totalmente juntos—. Supongo que lo que necesitaba era que me abrazaras, eso es todo.

—Entonces tienes suerte de que me guste tanto abrazarte, ¿verdad? — le susurró Laura al oído—. De hecho, no tengo problema en seguir haciéndolo lo que queda de noche, por si te interesa.

—¿Me vas a volver a doblar la ropa? — bromeó la joven.

—Eso depende… —dijo Laura—… de si te la quitas o no.

Crystal dejó de besar el cuello de Laura y se irguió sin apartar los brazos de alrededor del cuerpo de su amante.

—¿Y si quisiera dormir contigo pero no me apeteciera hacer nada más esta noche? —preguntó.

—Entonces me tumbaría a tu lado y te abrazaría hasta que se hiciera de día —dijo Laura, cubriendo las mejillas de Crystal con sus manos.

Ésta, por su parte, sonrió y dejó que sus labios rozaran los de Laura.

—¿Por qué eres tan buena conmigo? — le preguntó, disfrutando de la sensación de calidez que los dedos de la escritora transmitían a su rostro.

—Porque… —comenzó Laura, recorriendo ahora la línea de la mandíbula de Crystal con las yemas de sus dedos—… te quiero.

Crystal cerró los ojos y dejó que aquellas palabras la llenaran por dentro, deseando creerlas con cada fibra de su ser.

—Yo… nunca… —La voz se le quebraba en la garganta, obligándola a tomar aliento y volver a empezar—. Nunca creí que alguien fuera capaz de amarme, no sabiéndolo todo sobre mí. —Al sentir que las manos de Laura se desplazaban hacia sus caderas, ella elevó las suyas hasta el cuello de la mujer—. Y tú lo sabes todo sobre mí.

—Así es —afirmó Laura suavemente—. Sé que no eres capaz de dejar el periódico como estaba después de leerlo. Sé que aplastas el tubo de pasta de dientes por la mitad y que te da alergia reponer el rollo de papel higiénico. Sé que tu desorden me vuelve loca y sé que te quiero.

—A pesar de todo eso, ¿eh? — dijo Crystal intentando por todos los medios que no se le cayesen las lágrimas.

—A lo mejor por todo eso —murmuró la escritora—. Dicen que los polos opuestos se atraen.

—Y no es fácil encontrar algo más opuesto que nosotras dos.

—No, nada fácil —convino Laura.

—Yo también te quiero —afirmó Crystal con velocidad, temiendo que aquellas palabras se le quedaran atrancadas si las decía más despacio—. Tiene que ser amor. Nunca antes había sentido algo así. —Haciendo retroceder su mano izquierda, Crystal dejó a su dedo índice descansar sobre el labio inferior de Laura—. Nunca me había gustado besar a alguien que no fuese … —Incapaz de resistirse, se reclinó hacia delante y acarició el interior de la suave boca de la mujer con su lengua—. Dios, qué buena eres besando.

—Mmmm, tú también —murmuró Laura.

Crystal sintió el raspón de la dura superficie del árbol contra sus nudillos y tomó consciencia de lo incómoda que debía estar Laura, pero cada vez que intentaba apartarse de ella comprobaba que ésta se lo impedía al no aminorar la fuerza de los brazos con que la rodeaba. La confusión de aquella tarde empezó a disiparse, reemplazada por la certeza de que nada podía hacerle daño mientras Laura la protegiera

—¿De qué estábamos hablando? —preguntó a media voz cuando sus labios se separaron por fin.

—Me estabas diciendo que me quieres —le recordó Laura, manteniendo sus cuerpos firmemente anclados—. Y yo te estaba diciendo que te quiero. Eso es lo único que me importa, al menos esta noche.

Y después de un último beso en la oscuridad, la pareja regresó al sendero a regañadientes y emprendió su camino hacia el aparcamiento. Mientras que la reunión con su familia había creado en ella un torbellino de emociones, pasear del brazo con Laura a la luz de la luna supuso para Crystal el ancla que necesitaba para sobrevivir a la tempestad.

***

—A ver, ¿qué pasa? —preguntó Jenny al tiempo que cerraba la puerta—. No es propio de ti pedir una consulta con tanta prisa.

—Ha sido un fin de semana infernal, Doc —dijo Crystal dejándose caer en el puff—. He visto a Patty.

—¿Tu hermana? ¿Cómo ha sido eso?

Crystal narró la experiencia pasándose por alto los detalles y omitiendo con cuidado cualquier alusión a lo suyo con Laura. Le habló de sus recién descubiertos sobrinos, cómo todavía había sido capaz de reconocer a la misma Patty de hacía una década en el rostro adulto de su hermana mayor y un montón más de percepciones que permanecían vivamente en su cabeza. Cuando terminó, levantó la vista y comprobó que Jenny escribía frenéticamente en su libreta.

—¿Intentando no confundirte con los nombres, Doc?

—No, ya sé quién es quién —contestó Jenny—. Es que hay un par de cosas que quiero retomar.

—¿Como cuáles? —la interrogó Crystal, cruzándose de brazos con aire desafiante y plenamente consciente de lo que su psicóloga iba a hablarle.

—¿Qué sentiste al volver a ver a tu madre?

—¿Tú qué crees que sentí? —dijo Crystal tensando los músculos de la mandíbula—. Ni siquiera me podía creer que yo estuviese ahí en medio del supermercado y apareciera ella como una pesadilla o algo así, con todo ese rollo de la tristeza y de que me había echado de menos.

—¿No crees que te haya echado de menos?

Encogiéndose de hombros, Crystal miró al vacío.

—Lo dudo. ¿Por qué iba a hacerlo? No me hizo ni caso cuando vivía con ella. —Comenzó a mover los pies de un lado a otro—. Tendrías que haber visto cómo actuaba, todo dulzura, incluso preparándole la cena a los niños.

—¿Te molesta que tu madre haga cosas por sus nietos que no hizo por sus propias hijas? —preguntó Jenny.

—Es todo teatro —afirmó Crystal con fiereza, incrementando el ritmo del movimiento de sus pies—. Igual que la forma en que me miró antes de irse a su habitación.

—¿Cómo te miró?

—Con un aire de arrepentimiento y dolor por el hecho de que yo no le hablase —dijo—. Que la perdone Patty, pero yo no pienso hacerlo. Sintiéndose demasiado llena de energía como para quedarse quieta, Crystal se levantó y fue hasta la ventana—. No tengo ni idea de cómo lo hace. Yo soy incapaz de estar en la misma habitación que esa mujer, y ya no digamos vivir con ella. —Sus dedos de crisparon sobre el marco de madera de la ventana—. Después de todo lo que nuestra madre nos hizo… de lo que permitió que ocurriera. ¿Cómo diablos puede Patty hacer eso?

—¿Se lo preguntaste a ella? —la interrogó Jenny.

—Pues claro que se lo pregunté. Me dijo que nuestra madre ha cambiado, que ya no es la borracha inútil que era antes. Supongo que debería sentir pena por ella ahora que está jodida con la artritis o lo que demonios tenga. —En ese momento, volvió la vista hacia el saco de boxeo que colgaba junto al muro opuesto de la habitación—. Tantas noches… tantas veces he deseado que viniese a protegerme, que se enfrentase a él por sus hijas, que hiciera algo… cualquier cosa para demostrar que me quería. ¿Por qué no lo hizo? —Con la necesidad de dejar salir toda su ira, cruzó a grandes zancadas la habitación y estampó un izquierdazo al saco—. ¿Por qué? ¿Qué demonios tenía yo de malo para que no hiciera algo tan sencillo? —El saco se balanceó al encajar un nuevo golpe cargado de rabia—. ¿Y se piensa que la voy a perdonar? —Golpe—. ¿Sólo porque le apetece? —Golpe—. ¿Por qué Patty quiere que lo haga? —Golpe—. No. —Golpe—. No tengo que hacerlo. —Golpe—. No lo haré. —Golpe—. No lo haré. —Golpe—. No pueden obligarme. —Golpe—. Ya soy adulta. —Golpe—. Si Patty quiere vivir con ella y fingir que todo es perfecto, genial. A mí no me importa. —Golpe—. Ella no tiene ni idea de cómo fueron las cosas después de que se marchara. —Los nudillos le dolían por la sucesión de puñetazos que le había pegado al saco y Crystal se dejó caer sobre la moqueta, se arrebujó con las rodillas pegadas al pecho abrazándolas con fuerza y vio que Jenny caminaba hacia ella, sentándose en el suelo a sólo un par de pasos de distancia—. No tiene ni idea —repitió. La tensión abandonaba lentamente el cuerpo de Crystal y con ella el tono cortante de su voz—. Se marchó, no estuvo allí para protegerme de él. Eso supuso que sólo quedaba mi madre, la cual no levantó ni un dedo para ayudarme, así que, ¿por qué debería ayudarla yo? Que se pase el resto de su vida sabiendo que su hija la odia, a mí me da igual.

—Lo opuesto al amor no es el odio, sino la indiferencia —dijo Jenny—. Ella es tu madre, Crystal. Ella es la persona que debía amarte y protegerte y lo que sientes ahora es el dolor por no haber recibido eso. Ya habíamos hablado de eso.

—Sí, muchas veces, Doc. Lo sé —dijo Crystal—. Pero una cosa es no verla, no saber dónde está o lo que le ha pasado, y otra ser consciente de que vive con Patty y que colabora para crear una familia que nosotras nunca tuvimos. —Apoyando la cabeza sobre sus brazos, Crystal aspiró profundamente—. Es como si todo lo que hiciese falta fuera que yo me marchara para que ellos estuvieran mejor o algo así. Al bastardo ese le dio un ataque al corazón, Patty volvió a casa y entonces mi madre decide que ya es hora de dejar de beber. —Acto seguido, meneó la cabeza, cerró con fuerza los ojos y aspiró una gran bocanada de aire—. Cuando yo necesité que fuera mi madre, ella no pudo. Y ahora que quiere serlo, yo no lo necesito… ni lo deseo.

—¿Y cuál es el motivo de que estés enfadada con tu hermana? —preguntó Jenny, haciendo que Crystal levantara la cabeza.

—¿Enfadada? ¿Con Patty? De eso nada, Doc. ¿Es que no me has oído? Yo odio a mi madre, no a mi hermana. —Soltándose las rodillas, Crystal cruzó ahora sus brazos sobre el pecho y utilizó la pared para apoyar la espalda.

—Y yo nunca he hablado de odio —contestó Jenny—. He hablado de enfado. Es obvio que estás enfadada con Patty.

—¿Y por qué iba a estar enfadada con la hermana a la que llevo intentando encontrar casi diez años? —dijo Crystal, levantándose a continuación para poner un poco de distancia entre la psicóloga y ella—. ¿Sabes cuántas veces he llegado a creer que había muerto? Todos estos años lo único que nos ha separado es una llamada local y ella vivía con nuestra madre. —De pie, tras el sillón reclinable, Crystal estrujó el suave cojín que yacía sobre él—. Todos estos años ha tenido la vida que ambas merecíamos. Ella ha conseguido un buen trabajo, dos hijos preciosos y sanos y un lugar estupendo para vivir. Yo soy la que va a trompicones por la vida, la que lucha día tras día por no acabar hasta el culo de alcohol, la que se desnudaba para conseguir un poco de dinero. —Con una risotada irónica, gesticuló en dirección a Jenny—. Joder, yo soy la que necesita terapia por toda la mierda que tengo encima. ¿Y sabes qué? Voy y elijo a la única psicóloga que no puede ayudarme con una de las cosas sobre las que más necesito hablar. —Acto seguido negó con la cabeza—. ¿Podría complicarme más la vida?

—Crystal, cuando te metiste en esto ya sabías que no podríamos hablar de Laura —afirmó Jenny levantándose de la moqueta y sentándose en el sofá.

—Pero no sabía lo que iba a acabar sintiendo por ella —dijo Jenny—. Entonces no sabía que ambas… —En ese momento, captó la expresión de sorpresa e incredulidad que los ojos de Jenny evidenciaron al adivinar el final de aquella frase—. No sabía que acabaría amándola —concluyó suavemente, estremeciéndose por dentro al ver la expresión de dolor que surgía en el rostro de la otra mujer.

Cuando Jenny habló, fue con un tono cuidadosamente privado de la más mínima inflexión.

—Entonces Laura y tú… ¿sois amantes?

—Sí —afirmó Crystal, dándose cuenta de que era incapaz de mantener el contacto visual con la expareja de Laura.

Pasaron varios segundos antes de que Jenny volviera a abrir la boca.

—Se nos ha acabado el tiempo —dijo a pesar de que faltaban casi quince minutos para el final de la sesión.

—Doc… —comenzó Crystal.

—Asegúrate de no saltarte ninguna cita y de llevar al día tu diario —dijo Jenny poniéndose en pie—. Nos vemos el viernes.

—Espera. —Crystal avanzó y puso su mano sobre el hombro de Jenny—. Estás molesta —juzgó correctamente.

—El hecho de que quieras empezar una relación con alguien no es asunto mío —dijo Jenny—. Crystal, por favor, tengo mucho papeleo que llenar antes de que venga mi próximo paciente.

—Pensaba que lo de mentir estaba prohibido en esta oficina, Doc —dijo Crystal liberándola—. Tienes razón con eso de que debo aclarar por qué estoy enfadada con Patty. No me había dado cuenta hasta que me lo has dicho. A lo mejor es por eso por lo que más te necesito, para que me ayudes a ver lo obvio cuando yo sola no puedo. —Acto seguido, cerró los dedos en torno al pomo de la puerta y se detuvo para mirar una vez más a Jenny—. Así que déjame decirte lo que estoy viendo ahora, Doc. Veo a alguien que todavía siente algo por Laura. Puedes aferrarte a todas tus reglas de ética profesional si quieres, pero esto es algo de lo que tendremos que volver a hablar. —Abrió la puerta—. El viernes, ¿verdad?

Esperó a que Jenny asintiera antes de abandonar la habitación con un sinnúmero de emociones dentro, tal y como pasaba después de una cita intensa con la psicóloga.

***

Puesto que no quería ir directamente a casa, Crystal giró en la autopista y enfiló hacia el sur. Las indicaciones permanecían nítidamente claras en su cabeza, así que siguió las señales de tráfico para acabar en la carretera llena de baches que llevaba hasta el parque de caravanas en que vivía Patty. Para decepción suya, el único automóvil que había enfrente era el de su madre. Se planteó por un momento dar media vuelta y marcharse, pero la puerta abatible se abrió y Jessica salió corriendo hacia ella. Al saberse descubierta, Crystal aparcó el coche y apagó el motor intentando ocultarse de la vista de la mujer a la que tanto detestaba.

—¡Tía Crystal! ¡Tía Crystal! —gritaba la pequeña de nueve años mientras bajaba los escalones de su casa y echaba a correr hacia el coche.

—Hola, cielo —dijo, deseando en silencio haber hecho una parada en el camino para comprar un par de fruslerías para sus sobrinos. Después de todo era su única tía y debía ponerse al día de un montón de cumpleaños y días festivos—. ¿Qué tal la escuela?

—La Señorita Trudeau me ha gritado.

—¿En serio? —Crystal subió en brazos a su sobrina y echó a andar hacia la mesita de picnic—. ¿Por qué?

—Por pegarle en el brazo a Melissa Goldman a la hora de la comida.

—¿Y por qué has hecho eso?

—Ella me pegó primero —afirmó la niña en tono defensivo.

—¿Se lo contaste a tu maestra?

Jessica asintió.
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Re: El corazón de cristal, B. L. Miller

Mensaje  malena el Julio 9th 2013, 11:52 pm

—Ahá. Nos regañó a las dos y nos dejó sin recreo. —La cabeza de la niña giró repentinamente al escucharse el sonido de la puerta principal—. Abuelita, la Tía Crystal ha venido a vernos.

La sonrisa que adornaba el rostro de Crystal desapareció en un segundo cuando vio a su madre aparecer frente a la casa.

—Jessica, ve a ponerte la ropa de jugar si vas a salir afuera —ordenó Margaret Sheridan.

—¿Por qué? —gimoteó la niña—. No voy a mancharme.

—Ya sabes lo que te dijo tu madre sobre eso de jugar con la ropa de la escuela —le recordó la mujer de pelo cano. Jessica hizo una mueca de disgusto, pero aun así abandonó el regazo de Crystal y fue hacia la casa.

Ésta se levantó también y se encaminó hacia su coche, metió la mano por la ventanilla abierta y agarró el paquete de cigarrillos que tenía en el salpicadero.

—No tengo nada que decirte —dijo al sentir los ojos de la anciana mujer sobre ella. Encendió un pitillo furiosamente, se metió el encendedor en el bolsillo y se reclinó sobre el capó del coche sin dejar de dar la espalda a su madre.

—Crystal…

—Y tampoco quiero escucharte. Ya tuviste tu oportunidad hace años. —Acto seguido, se llevó el cigarrillo a los labios sorprendida de cuánto le temblaba la mano. Cálmate, pensó para sí, consciente de que Jessica regresaría en cualquier momento.

—Te he echado de menos —afirmó Margaret con un tono de franca tristeza.

—¿Ah, sí? —le espetó Crystal—. Qué curioso, porque yo a ti no. —Saboreando el veneno que portaban sus palabras, aprovechó la oportunidad para soltar todo lo que llevaba dentro—. Lo que echo de menos es algo que tú nunca fuiste y nunca serás. —Escuchó el sollozo y la puerta abriéndose y cerrándose tras ella—. Bien —murmuró, regocijándose al saber que aquella frase había herido en lo más hondo a la mujer. Sola de nuevo, regresó a la mesa y volvió a sentarse.

Jessica regresó un par de minutos después vestida con un vaquero desgastado y unas zapatillas de deporte que evidentemente jamás volverían a recuperar su blanco original. En su mano, una hoja de papel lucía una flamante “A” de color rojo.

—Tía Crystal, ¿quieres ver la nota que he sacado en el examen?

—Ya la veo, muy bien hecho —dijo, ocultando con cuidado el residuo de rabia que amenazaba con traslucirse en su voz—. ¿A qué hora vuelve tu mamá a casa?

—Regresa a las seis —le informó Jessica subiéndose a la banca—. ¿Te quedas a cenar?

—No creo —dijo Crystal—. Tengo que llegar a casa temprano. Laura se preocuparía si no sabe dónde estoy.

—¿Por qué no la llamas? —sugirió Jessica—. La abuelita te puede prestar el teléfono.

Ni de coña, pensó para sí.

—A lo mejor vengo otro día —contestó—. ¿Dónde está Thomas?

—En clase de natación. ¿Puedo ir a tu casa alguna vez? —Jessica dirigió a su tía una experta mirada suplicante, pero todo lo que Crystal captó fueron rastros de su hermana una generación antes. El cabello de la pequeña tenía el mismo tono rubio y su nariz respingona indudablemente pertenecía a la herencia genética de Patty.

—Pues claro que sí —dijo Crystal a sabiendas de que le tocaba ser una de esas tías que miman en exceso a sus sobrinos—. A lo mejor hay alguna película que podamos ver en el cine.

—¡Oh! —exclamó Jessica con entusiasmo—. Yo quiero ver Dragones y Magos.

—¿No es una donde sale mucha sangre y cosas así? —preguntó Crystal, arrugando la nariz al recordar los anuncios de la televisión—. Además, me parece que sólo es para adultos.

—Ya he visto pelis para adultos —contraatacó Jessica.

—¿Y si mejor le preguntamos a tu madre? —Crystal sonrió al captar en el rostro de su sobrina cuál sería la reacción de Patty ante tal sugerencia—. Ahá, ya decía yo. Estabas intentando tomarle el pelo a tu tía Crystal, ¿verdad? —Jessica se echó a reír y empezó a retorcerse cuando Crystal se abalanzó sobre ella y se puso a hacerle cosquillas—. Lo sabía, eres igual que tu madre cuando era pequeña.

La pareja seguía charlando animadamente para cuando el coche de Paty aparcó detrás del de Crystal. La puerta del copiloto se abrió de par en par y una auténtica avalancha de energía salió corriendo a la calle.

—¡Tía Crystal!

—Hola Thomas —dijo ésta, girándose en su asiento para atrapar en pleno vuelo al niño y subirlo a su regazo—. ¿Te lo has pasado bien en la piscina?

—Sí —afirmó el pequeño con una sonrisa radiante—. El señor Sherman me ha dejado saltar desde el trampolín una vez.

Patty se aproximó a ellos con una bolsa azul fosforescente en la mano.

—Thomas, ve a darle a la abuela tu toalla y el traje de baño para que estén lavados antes del miércoles —dijo.

—Vale, mamá.

Crystal se levantó y aceptó de buen grado el abrazo de su hermana.

—Hola.

—Me alegro de volver a verte —dijo Patty—. Ven adentro y quédate a cenar. ¿No ha venido Laura contigo?

—No, está en casa —informó Crystal—. Yo andaba por ahí y he pensado pasar a saludar un momento. No puedo quedarme.

—Aun así, me alegro de que hayas venido —afirmó su hermana, retirándose un poco sin dejar de rodear los hombros de Crystal con su brazo—. Entra un rato aunque sea.

—No puedo. —Crystal dio un paso hacia su coche—. Ya sabes por qué.

Patty echó un furtivo vistazo hacia la casa y después se dirigió a su hija.

—Jess, entra y ayuda a la abuela con la cena, por favor.

—Vale, mamá. ¿Puedo salir otra vez cuando termine?

—¿Has terminado los deberes? —le preguntó Patty.

—Casi todos.

—Entonces ya sabes lo que te va a tocar después de cenar, ¿no?

Crystal no pudo evitar sonreír ante la mueca de fastidio de su sobrina.

—Volveré a veros muy pronto —le prometió al tiempo que se agachaba para abrazar a la pequeña.

—Adiós, tía Crystal.

—Adiós, cariño.

Las dos hermanas permanecieron en silencio hasta que la puerta se cerró y encendieron sendos cigarrillos. Fue Patty quien habló en primer lugar.

—Ojalá hicieras un intento por llevarte bien con ella.

—Olvídalo —dijo Crystal—. Si tú quieres fingir que no ocurrió nada y que era la madre del año, adelante.

—Oye, sé perfectamente que la culpas por lo que nos pasó, pero Crys, eso fue hace mucho tiempo.

—Ah, ¿y eso lo arregla todo? —Crystal se encaminó hacia su coche y se apoyó contra él, obligando a Patty a seguirla o tener que hablar tan alto que sus palabras entraran por la ventana de la cocina—. Era la única que podía interponerse entre él y nosotras y no hizo nada, joder. No movió ni un dedo para ayudarnos.

—Ya, pero fue él quien nos hizo daño, no ella. Si quieres odiar a alguien, ódiale a él —dijo Patty con aire furioso—. Es a él a quien yo odio.

—Y yo, pero no puedes pretender que ella es sólo una figura inocente en todo el asunto —dijo Crystal elevando el tono de voz hasta igualarlo con el de Patty—. Ella es igual de culpable y te juro que soy incapaz de comprender cómo no te das cuenta. —Acto seguido, se sacó las llaves del bolsillo y rodeó el coche hasta llegar a la puerta del conductor—. Me gustaría veros a ti y a los niños tanto como pueda —afirmó—, pero a ella no la pienso soportar.

—Ésta también es su casa —dijo Patty—. No puedo pedirle que desaparezca cada vez que quieras venir.

Tras abrir la puerta de un tirón, Crystal se encogió de hombros.

—Vale. Pues entonces venid vosotros a mi casa porque por ningún motivo voy a hacer las paces con esa mujer.

Encendió el motor y dio marcha atrás en cuanto Patty se apartó del coche.

La velocidad le importaba muy poco a Crystal a medida que recorría las calles que llevaban hasta la autopista. Una vez allí, se situó en el carril izquierdo y apretó el acelerador llegando al límite permitido. Únicamente el viento que rugía en sus oídos podía mantener a raya el clamor de sus pensamientos, que en nada ayudaban a apartarla de la oscuridad que le acechaba de cerca. Crystal se detuvo completamente en el cruce que llevaba a la salida de la carretera, puesto que en ese punto debía tomar una decisión.

A la derecha, los bares le ofrecían un tiempo de olvido, una vía de escape a la rabia y el dolor que la recorrían por dentro. A la izquierda, el pintoresco complejo residencial y Laura. Segura de sí misma, Crystal hizo girar el volante y pisó el acelerador.

***

Laura esperaba impacientemente en la sala de estar cuando escuchó la frenada del coche de Crystal.

—Ya era hora —dijo mientras avanzaba hacia la puerta de entrada, abriéndola en el mismo momento en que Crystal salía del coche—. ¿Dónde te habías metido? Te llamé al anochecer y Michael me dijo que te habías tomado la tarde libre.

—He ido a ver a Jenny y luego me he pasado por casa de Patty —afirmó Crystal, encontrándose con Laura a mitad de camino de la casa—. Y no estoy segura de que debiera haber hecho ninguna de las dos cosas.

—¿Qué ha pasado?

Crystal suspiró y se reclinó contra ella.

—Dos historias muy largas de contar.

—Vale, vamos adentro y me las cuentas —dijo Laura rodeando la cintura de Crystal con el brazo—. Perdona si he sonado un poco histérica. Es que no es normal en ti eso de irte del trabajo a mitad del día.

—No podía concentrarme —le informó Crystal mientras entraban en la casa—. Pensé que si hablaba con Jenny me aclararía un poco, pero sólo ha servido para empeorar las cosas.

—Espera, espera, no te sigo. ¿Por qué hablar con Jenny afecta a tu problema con Patty?

—No es eso —dijo Crystal, arrojando sus llaves sobre la mesita—. Es que al más puro estilo Doc, me ha dado mucho en lo que pensar. —Acto seguido, meneó la cabeza—. No sé cómo explicarlo.

—¿Y si nos vamos al sofá y te abrazo hasta que encuentres la manera? —sugirió Laura, cubriendo los hombros de Crystal con sus manos y guiándola en la dirección deseada.

—¿Por qué cada cosa que me ocurre acaba convirtiéndose en un lío? —farfulló Crystal dejándose caer sobre el sofá—. Es como si tuviera los poderes del Rey Midas, pero al revés.

Con la certeza de que Crystal se explicaría a su manera, Laura se sentó a su lado y empezó a acariciarle la espalda suavemente, dejando transcurrir con paciencia el tiempo necesario para que la joven retomara su discurso.

—Me pasé un momento a ver a Patty y acabamos hablando de la vieja. —Crystal suspiró—. Otra vez. No sé por qué se empeña en seguir intentándolo. Como si eso fuera a cambiar lo que siento. Le he dicho que lo mejor es que a partir de ahora venga ella con los niños aquí y no que vaya yo a su casa.

—¿Y le ha parecido bien? —preguntó Laura.

Crystal se encogió de hombros.

—No sé. En ese momento estaba tan cabreada que me he metido en el coche y he salido a cien por hora. —De nuevo, negó con la cabeza—. Supongo que Doc tenía razón con eso de que estoy enfadada con Patty por defender a la vieja. —Se inclinó sobre su chaqueta y sacó del bolsillo un paquete de tabaco medio vacío—. Necesito un cigarrillo —afirmó—. ¿Me acompañas afuera?

—Claro —convino Laura, levantándose y extendiendo la mano hacia la de Crystal. Atravesaron la cocina codo con codo, salieron a la terraza y se sentaron. Laura permaneció en silencio mientras Crystal encendía un pitillo y le daba un par de caladas.

—Le he contado lo nuestro a Jenny —dijo Crystal por fin, rompiendo la calma nocturna y mirándose las manos—. Y no le ha hecho ni pizca de gracia.

—¿Por qué lo dices? —preguntó Laura.

—Por la forma en que reaccionó cuando le dije que éramos amantes. —Crystal dio una larga calada al cigarrillo—. A lo mejor deberías hablar con ella.

Acercando su silla, Laura rodeó a la joven con un brazo y la besó en la frente.

—¿Estaba enfadada?

—No, enfadada no —dijo Crystal—. Más bien dolida.

—Oh —dijo simplemente Laura acariciando la espalda de su amante e intentando encontrar la forma de manejar aquel nuevo problema. A pesar de que su ruptura con Jenny había resultado tremendamente dolorosa para ambas, pensaba que ya formaba parte del pasado—. Hablaré con ella si eso es lo que quieres —afirmó, recorriendo el contorno de la oreja de Crystal con uno de sus dedos—. Pero debes saber algo. —Alzando la cara de Crystal hasta quedar a su altura, Laura inclinó la cabeza y dejó que sus labios se encontraran—. Lo de Jenny conmigo se acabó. Somos buenas amigas y espero que sigamos siéndolo mucho tiempo, pero jamás podríamos volver a estar juntas. Es a ti a quien quiero, sólo a ti. —Entonces contempló cómo una sombra de duda seguía brillando en los ojos azules de la joven—. ¿Qué ocurre?

—¿Y si Jenny quiere volver contigo? —preguntó Crystal con voz apenas audible y permitiendo que su inseguridad tomara el control—. Tienes que admitir que ella es un mejor…

—No —dijo Laura rápidamente al tiempo que cerraba los labios de Crystal con sus dedos—. No sigas por ahí. Yo no quiero volver con Jenny. Te quiero a ti. Créeme al menos en eso. Me trae sin cuidado lo que Jenny diga o haga, porque no puede cambiar lo que siento por ti.

***

Unos minutos después de que Crystal se fuera a trabajar, Laura saltó al interior de su Jeep y atravesó la ciudad. Tal y como había esperado, la Cosa naranja seguía aparcada en los aledaños del bloque de apartamentos de Jenny. Aquella era una reunión que Laura no deseaba, pero por el bien de Crystal debía llevarla a cabo. Deseando que todo marchara bien, caminó hasta la puerta de Jenny y tocó el timbre. Segundos más tarde, la puerta se abrió dando paso a Jenny, quien todavía iba vestida con el pantalón de chándal y la camiseta que usaba para dormir.

—Buenos días —dijo Jenny, apartándose para dejar pasar a Laura—. ¿Qué estás haciendo aquí?

—Tenemos que hablar —afirmó Laura.

—¿De qué? —le preguntó Jenny sin demasiado entusiasmo al tiempo que señalaba en dirección al sofá.

—Ya sabes de qué —dijo Laura—. De lo mío con Crystal. Tengo entendido que cuando ella te lo contó no te entusiasmó demasiado.

—Lo que yo sienta es irrelevante —dijo Jenny cruzándose de brazos y apoyándose contra la barra americana que separaba el salón de la cocina.

—No si eso afecta a Crystal —contraatacó Laura acodándose sobre sus rodillas—. Ella piensa que todavía sientes algo por mí.

Jenny se pasó los dedos por el pelo y le dio la espalda.

—No te conviene seguir por ahí, Laura —advirtió.

—¿Por qué? —preguntó la escritora, a pesar de que sospechaba el motivo de que su amiga estuviera tan crispada.

—Oh, no juegues conmigo —le espetó Jenny repitiendo el gesto anterior—. ¿Cómo has podido?

Tres años de convivencia y amor con la mujer que tenía delante habían hecho mella en Laura y sabía que aquel momento en particular precedía a una discusión en toda regla.

—Lo has dicho como si hubiese profanado a una doncella virginal —dijo cruzándose de brazos y reclinándose hacia atrás—. Fue de mutuo acuerdo.

—Y no hiciste nada para animarla como a aquella zorra de Colorado, ¿cierto? —dijo Jenny, avanzando como una tormenta por la sala hasta llegar a la chimenea cegada sobre su repisa descansaba una foto de ella con Laura—. Una muesca más en tu cinturón, ¿eh?

—Crystal significa más para mí que eso y lo sabes —afirmó Laura a la defensiva—. La quiero.

—Hubo una vez en que me dijiste lo mismo a mí —dijo Jenny sin dejar de contemplar la fotografía y evitando la mirada de su ex-amante—. ¿Cuánto vas a tardar en tirarte a alguna admiradora?

—Eso no va a ocurrir —dijo Laura poniéndose en pie.

—Como si una promesa de fidelidad significase algo viniendo de ti —espetó Jenny—. ¿O es que yo soy la única a la que se las haces?

—¿De qué va todo esto, Jen? ¿De que Crystal y yo estemos juntas o de que tú y yo ya no lo estemos? —preguntó Laura—. Me pasé cuatro años intentando volver contigo y me dijiste que no una y otra vez. A lo máximo que pude aspirar fue a algún que otro polvo.

—¿Y crees que podía volver a confiar en ti así como así? —respondió Jenny—. ¿Crees que me resultó fácil borrar tres años enteros de mi vida?

—Desde mi punto de vista sí —dijo Laura, intentando con todas sus fuerzas alejar cualquier deje de tensión de su tono de voz. Se plantó detrás de Jenny y le puso las manos sobre los hombros—. Sé que fue culpa mía, pero cuando te fuiste sufrí como no tienes idea —admitió a continuación.

—Ya, bueno, yo también sufrí cuando llegué a casa y me encontré aquel mensaje en el contestador —dijo Jenny, revolviéndose para apartarse del contacto de Laura y dirigiéndose al sofá.

—Lo sé —convino Laura en voz baja. Siguió los pasos de Jenny y se sentó en una de las sillas cercanas—. Jen, esta no es la primera vez que estoy con alguien desde que rompimos. ¿Por qué ahora?

—Con las otras mujeres no ibas en serio —dijo Jenny—. Salías con ellas un par de veces, me contabas sus defectos, los motivos por los que no podrías mantener una relación con ellas y pasabas a la siguiente.

—Y ahora no voy a pasar a la siguiente —terminó Laura por ella.

—Todavía me acuerdo de cuando me llamabas echando pestes de tu compañera de piso recién salida del infierno —dijo Jenny—. Llegué a pensar que el asunto de la cortina de la ducha te acabaría produciendo un infarto.

—Así es —contestó, echándose hacia delante para acodarse sobre las rodillas—. Incluso amenacé físicamente a Peter por habérmela mandado a casa.

—Bueno, ¿y por qué? —Jenny bajó la vista hacia la alfombra—. ¿Por qué ella y no otra?

—Yo también me he hecho esa pregunta muchas veces —admitió Laura—. Y he intentado hacer una lista con motivos que van desde la soledad hasta algún complejo extraño relacionado con la necesidad de proteger a otra persona. —Escogió sus siguientes palabras con cuidado, a sabiendas de que herirían a Jenny y deseando minimizar el efecto lo máximo posible—. Pero la verdad es más sencilla: la quiero. Nunca planeé que esto ocurriera, pero ocurrió, y no puedo cambiar lo que siento.

—Tampoco planeaste acostarte con aquella chica de Colorado y lo hiciste —puntualizó Jenny con furia y los ojos destellantes—. ¿Conoce Crystal esa faceta tuya de buscadora de romances o te has guardado la información?

Laura sintió que se le ponían los pelos de punta al captar su tono acusador.

—Se lo dije —afirmó sin alterar la voz—. Y no es el mismo caso. No sentía nada por Lisa. Sin embargo, amo a Crystal.

Jenny soltó una risotada y apartó la mirada.

—Ya estás otra vez con el mismo rollo, Laura. ¿Es que no comprendes que una relación implica muchas más cosas que el amor?

—Claro que lo sé —respondió Laura a la defensiva—. Pero también sé que es un buen punto de partida, ¿no crees?

Jenny se volvió hacia ella.

—¿Y qué hay de la confianza?

—Nunca me perdonarás por aquello, ¿verdad? —dijo Laura, volviéndose a recostar en la silla—. Jen, si pudiese dar marcha atrás en el tiempo y cambiar lo que ocurrió, lo haría.

—Y si hubieras sido tú la primera en llegar a casa y escuchar el mensaje, lo hubieras borrado. —Jenny se pasó los dedos por el pelo—. ¿Es que no lo entiendes? Después de aquello, la confianza entre nosotras desapareció y, sin confianza, la relación era imposible. Me hubiera pasado toda la vida dudando de que me estuvieras diciendo la verdad o intentando encubrir otro lío. No podía vivir así.

—Jen, nunca fue mi intención hacerte daño.

—Pues lo conseguiste —afirmó Jenny en voz baja.

Laura asintió y se pasó al sofá para rodear los hombros de Jenny con el brazo.

—Ya lo sé —admitió—. Y ya no puedo hacer nada por cambiarlo. Soy afortunada por el hecho de que decidieras seguir siendo amiga mía. No muchas ex lo tolerarían. —Permitió que Jenny se recostara contra ella y la abrazó con más fuerza—. Eres muy importante para mí, nunca dudes de eso.

—Lo mismo te digo —afirmó Jenny—. No quiero que desaparezcas de mi vida.

—Y no lo haré —dijo Laura—. Estar con Crystal no va a cambiar nada. Sigues siendo mi mejor amiga. —El reloj de Jenny empezó a pitar, asustándolas a ambas—. Será mejor que te deje prepararte para ir a trabajar.

—No me he dado cuenta de que era tan tarde —dijo Jenny echándole un vistazo al reloj—. Tengo la primera cita a las nueve.

—¿Tú y yo estamos bien? —preguntó Laura poniéndose en pie.

Jenny asintió.

—Sí, estamos bien —dijo—. Soy yo la que tengo que solucionar un par de asuntos, eso es todo.

—¿Te vienes mañana a cenar? —la invitó Laura—. Llamaré a los chicos y montamos una fiesta improvisada.

—Suena de lujo —afirmó Jenny—. Y ahora lárgate de aquí, que tengo que ducharme.

Laura la atrajo hacia sí para propinarle un rápido abrazo.

—Hasta mañana —dijo simplemente.

—Pórtate bien con ella —susurró Jenny antes de soltarla.

—Lo haré —le prometió Laura sabiendo que de refería a Crystal—. Nos vemos pronto.

***

Crystal llegó del trabajo y se encontró a Laura en la cocina, preparando la cena.

—Mmmm… qué bien huele —dijo mientras se quitaba las botas a patadas y dejaba las llaves en la mesa—. ¿Qué estás preparando?

—Una de las recetas favoritas de mi madre —dijo Laura cerrando la puerta del horno—. Pollo con crema y arroz casserole.

—Espero que hayas hecho de sobra —dijo Crystal entrando en la cocina—. Se me ha atascado la pistola de clavos a primera hora de la mañana y he tardado media hora en arreglarla. Al final he tenido que quedarme trabajando a la hora de comer para ponerme al día. —Se acercó un poco más y sonrió al ver que Laura abría los brazos reclamándole un abrazo—. Ha sido interminable.

—Bueno, entonces ve a sentarte y relájate —dijo Laura—. A la cena todavía le queda un cuarto de hora como poco.

—¿Es obligatorio? —contestó Crystal, disfrutando de la sensación que le prodigaba el cuerpo de Laura contra el suyo—. Estoy perfectamente cómoda así. —Dejando descansar la cabeza sobre el hombro de Laura, inhaló el leve rastro que quedaba de su perfume—. Sí, estupendamente.

Sintió que los brazos que la rodeaban lo hacían con más fuerza.

—La cosa es que así es un poco difícil vigilar la cena —bromeó Laura.

—De eso nada —dijo Crystal llevando sus manos a las caderas de la escritora—. Acabas de decir que le quedan quince minutos.

—Lo cual no es suficiente para hacer lo que estás pensando —dijo Laura, aunque sus manos también empezaban a vagar por cuenta propia sobre la espalda de Crystal.

—¿Y qué te hace sospechar que estoy pensando en algo? —jugueteó, aprovechando su posición para besar el cuello de Laura. Tras años y años sospechándose carente de instinto sexual, Crystal no pudo por menos que sorprenderse ante la intensidad del deseo que empezaba a sentir. Interponiendo las manos entre sus cuerpos, alcanzó el botón superior de la camisa de Laura.

—Por ejemplo que empieces a quitarme la ropa —dijo Laura sin ninguna intención de detener la avanzada de Crystal.

—Es que hace calor aquí dentro —dijo Crystal mientras pasaba el botón por el ojal dejando al descubierto la piel que escondía la prenda. Escuchó la rápida inhalación de Laura y sonrió, comprobando que sus manos eran las causantes—. Te quiero —susurró desabrochando el siguiente botón y besando el pecho de la mujer, siguiendo el borde del sujetador y deslizando su lengua por el interior para probar el sabor de su piel.

—Yo también te quiero —dijo Laura con una voz más gutural de lo normal justo antes de atraer la cadera de Crystal hacia la suya—. Y el motivo por el que haga tanto calor aquí eres tú.

—¿Quieres que pare? —preguntó Crystal al tiempo que le sacaba el faldón de la camisa de la cintura de los vaqueros. La respuesta se la dio la boca de Laura reclamando la suya, un beso que sólo añadió combustible al fuego que sentía por dentro.

—No —murmuró Laura entre beso y beso—. No pares.

—¿Y… y la cena? —preguntó alcanzando el cierre del sujetador de Laura.

—Como sigas así no cenamos ni a las diez —dijo Laura deslizando las manos bajo la camiseta de Crystal.

Tras cerrar los ojos ante un nuevo y delicioso beso de Laura, Crystal utilizó los dedos para desabrocharle los dos cierres metálicos del sujetador. Ya sin impedimento para sus avanzadillas, llevó las manos hacia el frente y cubrió los pechos de Laura acariciando delicadamente sus endurecidos pezones. Respondió al gemido de su amante con otro al sentir que su sujetador también se abría y a duras penas fue capaz de romper el beso.

—El sofá —sugirió.

—El sofá —convino Laura, llevando con cuidado a Crystal hacia la sala.

Crystal agradeció la seguridad que le aportaban los brazos de Laura cuando sus piernas chocaron contra la base del sofá. Permitió que la escritora le quitara la camiseta y el sujetador, y sonrió con paciencia mientras doblaba con cuidado la ropa y la dejaba sobre una de las sillas cercanas.

—¿Sabes qué? —dijo mientras apartaba la camisa de Laura de sus hombros—. Te preocupas demasiado por mantenerlo todo en orden.

—Ya —contestó Laura al tiempo que doblaba también su ropa y volvía a rodear a Crystal con sus brazos—. Es una de mis rarezas.

Crystal deslizó las manos bajo la cintura de los vaqueros de Laura atrayéndola hacia sí.

—Supongo que… ya que eres tan concienzuda con eso de doblarte la ropa, deberíamos quitárnosla toda de una vez.

—Me gusta la idea —dijo Laura llevando las manos hacia los pantalones de Crystal.

—Y a mí —afirmó Crystal sintiendo que el botón de su vaquero saltaba del ojal al tiempo que los labios de Laura reclamaban los suyos. Gimió levemente cuando la tela del pantalón empezó a recorrer sus muslos acompañado por su ropa interior. Las manos de Laura cubrieron y acariciaron sus nalgas, robando prácticamente toda la fuerza de sus piernas—. No… no puedo seguir de pie —alcanzó a decir durante los pocos segundos que su boca quedaba libre.

No se separaron ni un milímetro al tiempo que Laura la tumbaba sobre el sofá y se echaba sobre ella cubriéndola de calidez. Dado que el vaquero seguía arrebujado a la altura de sus muslos limitando su movimiento, Crystal empezó a revolverse intentando quitárselos.

—Me vas a tirar del sofá —le advirtió Laura.

—No puedo evitarlo —dijo ella—. Me crispa sentirme atada.

—Perdona —dijo Laura haciéndose a un lado y alcanzando la cintura del pantalón de la joven—. Déjame a mí.

Crystal se sintió vulnerable cuando la última pieza de ropa que llevaba encima cayó y se vio a sí misma tumbada sobre el sofá, desnuda a la luz del día. Laura se dio media vuelta para doblar el pantalón con cuidado y acto seguido se arrodilló junto al sofá. Tras mirarla durante unos segundos, Crystal comprendió el por qué de la fuerte necesidad que había sentido de tocar y ser tocada. Era algo más que mero deseo, era el anhelo, no, la necesidad de conectar íntimamente con la persona que poseía su corazón.

—Te quiero —susurró, parpadeando para borrar las lágrimas que tantos sentimientos habían llevado hasta sus ojos. Alzando una mano, cubrió la mejilla de Laura y atrajo su rostro hacia sí hasta que sus labios quedaron a pocos milímetros de distancia. No hizo falta más para que Laura tomara el control de la situación y los recorriera por su cuenta.

El temor por estar indefensa y totalmente expuesta se desvaneció bajo el amor transmitido en aquel beso. Crystal sintió el delicado contacto de unos dedos que acariciaban su abdomen, moviéndose en forma de círculos crecientes mientras los labios de Laura continuaban robándole el aliento. Siguiendo la línea de la columna de la escritora, dejó que sus dedos bajaran por su espalda hasta llegar a la cadera, todavía bajo el amparo de sus vaqueros.

—Mmmm… —murmuró Laura abandonando la boca de Crystal y trasladándose hacia su mandíbula—. Eres tan hermosa… —Crystal pudo solamente arquear su cuerpo ante la serie de besos que recorrían su garganta, un cuerpo que empezaba a reaccionar al aventurar el punto hacia el que se dirigían aquellos labios. Gimió levemente y se agarró con fuerza a los vaqueros de la mujer, a la altura del trasero, cuando los dedos de Laura se enredaron en los rizos que cubrían su sexo—. Tan suave… —continuó la escritora acariciando uno de los pezones de Crystal con su lengua.

Crystal sólo fue capaz de ahogar un gemido y aferrarse con más fuerza al cuerpo de Laura mientras con la otra mano impedía que la boca de su amante se apartara de su pecho.

—Oh, Dios… adoro que hagas eso… —murmuró entre suspiros.

—Mm hmm —convino Laura trasladándose hasta el otro pecho. Ese movimiento provocó también que los suyos quedaran al alcance de la boca de Crystal y la joven aceptó de buen grado el obsequio. Con los ojos cerrados, empezó a succionar y acariciar con la lengua el pezón que ya había atrapado entre sus dientes siguiendo el mismo ritmo que sentía prodigársele por parte de Laura. Al sentir una mano sobre su muslo, separó las piernas y bajó el pie derecho al suelo. Acto seguido, elevó las caderas para animar a Laura a seguir adelante y se sorprendió cuando el pecho del que tanto estaba disfrutando le era arrebatado. La protesta, sin embargo, murió en sus labios al sentir la mano de Laura sobre su rodilla, abriéndole aún más las piernas.

—Oh, Laura, sí… —dijo cuando ésta se situó entre sus muslos revelándole lo que pretendía hacer.

Una serie de delicados besos en la parte interior de sus muslos la excitaron brevemente antes de que los labios de Laura cayeran sobre su sexo. El primer contacto de la lengua de Laura en sus labios mayores estremeció todo su cuerpo, más aún porque sabía perfectamente que aquello iba a llevarla mucho más allá de lo que cualquier tipo de droga podría hacerlo. Sentía como si Laura estuviese tocándola por todas partes; sus manos experimentadas recorrían sus muslos, sus caderas y sus pechos, mientras que sus labios y su lengua trazaban una enloquecedora ruta sobre su zona más íntima.

La lengua de Laura le transmitió al principio una sensación de frío comparada con la de su clítoris. Crystal balanceó la cabeza de un lado a otro y atrapó con su pierna la espalda de Laura cuando los dedos de la escritora comenzaron a jugar y atormentar sus pezones, pellizcándolos con la misma cadencia con la que su lengua le acariciaba el clítoris.

Durante interminables minutos, Laura hizo crecer la espiral de placer hasta estar segura de que no podía hacerlo mucho más. Entonces, la mano izquierda de Laura abandonó el pecho de Crystal y descendió, robándole el poco aliento que le quedaba con aquel nuevo frente de ataque. Cuando por fin su mundo se desdibujó en una oleada de placer, Crystal gritó el nombre de Laura y se aferró con fuerza al sofá intentando sobrevivir a las acometidas que recorrían su cuerpo.

—Shh… tranquila… estoy aquí —murmuró Laura cerca de su oído. Hubo algunas otras palabras, pero Crystal descubrió que le resultaba difícil concentrarse en otra cosa aparte de la calidez y la comodidad que le prodigaba el cuerpo de la mujer. Aquel era un refugio que no tenía interés en abandonar. La primera vez que Laura intentó apartarse, la abrazó con más fuerza, expresando en silencio lo que deseaba. Entonces recorrió con su mano la espalda de la escritora hasta toparse con la cintura de sus vaqueros.

—No puedo creer que sigas con los pantalones puestos —dijo, apartándose poco a poco del abrazo de Laura y sentándose sobre el sofá.

—Estaba ocupada en otra cosa —afirmó Laura al tiempo que se inclinaba sobre ella para besarla con rapidez—. Ufff, las rodillas me están matando.

—A lo mejor debería besarlas para que se te pase —se ofreció Crystal cubriendo los codos de Laura con sus manos y levantándose junto con ella—. Claro que no puedo hacerlo así —añadió dándole un tirón a la cintura del vaquero—. Te los vas a tener que quitar.

Acto seguido, deslizó una mano entre el pantalón y la ropa interior de la mujer y empezó a deslizárselos por la cadera.

—Eso crees, ¿eh? —preguntó Laura recorriendo sin parar la espalda y los hombros de Crystal son sus manos—. ¿Y si resulta que todavía no he acabado contigo?

Crystal acarició el abdomen de Laura y dejó que su frente descansara sobre el hombro de la mujer.

—Maldita mujer… —farfulló—. Un día de estos vas a matarme.

—No puedo evitarlo —dijo Laura, rodeando a la joven con sus brazos a estrujándola contra sí—. Me encanta tocarte —continuó al tiempo que bajaba la cabeza para besarla en la frente.

Con la ventaja que le otorgaba su posición, Crystal empezó a besar a Laura en el cuello y después siguió descendiendo hacia su pecho.

—A mí también me encanta tocarte —dijo al tiempo que se arrodillaba en el suelo—. Y mi plan ahora mismo es tocarte hasta que no puedas más. —Lo siguiente fue deslizarle los vaqueros hasta los tobillos e indicó a su amante que se apoyara sobre sus hombros y levantara una pierna y después la otra para dejarlas desnudas—. ¿Sabes? Me encantan esas braguitas tuyas de algodón, pero también deberían desparecer del mapa —dijo besando el vello que se adivinaba tras la prenda, que un segundo más tarde caía al suelo junto al pantalón. Con un leve empujoncito, Laura estaba ya sobre el sofá.

—La ropa… —comenzó Laura al tiempo que se inclinaba hacia el lugar donde Crystal permanecía arrodillada.

—Déjala —dijo Crystal separando las rodillas de la mujer.

—Es que…

—Es que nada. Dentro de un minuto te va a importar muy poco dónde esté tu maldita ropa —dijo Crystal. Con total determinación de ganar aquella pequeña batalla, comenzó a recorrer la parte interior de los muslos de Laura con las yemas de sus dedos—. Olvídate de eso por una vez en tu vida. Relájate y disfruta. —Entonces Crystal se empleó en hacer sentir al máximo a Laura utilizando sus dedos, sus labios, todo lo que tenía a su disposición para lanzar a su amante hasta el punto más álgido una y otra vez… hasta que en efecto, se olvidó de la ropa.

***

—Hola, Doc —dijo Crystal al abrir la puerta—. Pasa. Laura está en la cocina. —Retrocedió un par de pasos para dejar entrar a Jenny—. Hace un frío del demonio ahí fuera.

—Yo sólo espero que esto no sea el aviso de lo que nos viene encima en invierno —afirmó Jenny al tiempo que se quitaba la chaqueta y la colgaba del perchero que había junto a la puerta—. Deberías cambiar esa chaquetita que tienes por algo más abrigado.

—¿Eres consciente de lo que cuesta una chaqueta nueva? —dijo Crystal acercándose a ella—. Hazme un favor, ¿quieres? —susurró a continuación—. No le digas nada a Laura.

—¿Y cuánto tiempo supones que va a dejarte salir por la puerta con la tuya? —le preguntó Jenny imitando su tono de voz.

—Con suerte un par de semanas más. Hasta que me den la paga extra.

—¡Eh! ¿Qué estáis cuchicheando vosotras dos? —gritó Laura desde la cocina.

—Tranquila que no estoy desvelando ningún secreto de Estado —dijo Jenny—. Además, estoy segura de que esta chica ya conoce todos tus malos hábitos.

—Casi todos —dijo Laura asomándose a la puerta que conectaba la cocina y la sala—. Quién sabe, a lo mejor me convence para romper uno o dos. Los milagros existen.

—¿Quieres decir que algún día podré mirar debajo del sofá y encontrar una bola de pelusa? —preguntó Jenny.

—Oye… no me presiones —contraatacó Laura limpiándose las manos en el delantal—. Por ahora he descubierto que no es un crimen dejar la ropa sin doblar después de quitármela.

Jenny trasladó su mirada de Laura a Crystal.

—Está de coña, ¿no?

—Nop —contestó Crystal con orgullo.

—Me pilló con la guardia baja —añadió Laura en defensa propia.

—Debió ser antológico —dijo Jenny palmeando el hombro de Crystal—. Lo siguiente es que se meta en la cama cuando aún queda un plato en el fregadero.

—Eso jamás —afirmó Laura con confianza.

—Ah ah ah. —Jenny alzó un dedo hacia ella—. Ya se te ha olvidado, ¿eh?

Laura le dirigió una larga mirada de confusión antes de caer en la cuenta de a qué se refería.

—Oh.

—Si la memoria no me falla, te levantaste a media noche y los lavaste, pero aun así cuenta como victoria —dijo Jenny relajándose de tal forma que su cuerpo no mostraba ya el torbellino de emociones que Crystal había advertido al final de su última sesión con la psicóloga.

A pesar de que había preguntado, Laura no quiso contarle gran cosa acerca de su conversación con Jenny aparte de que todo había ido bien. Si la actitud de Jenny podía tomarse como evidencia, su reunión parecía haber sido un éxito a los ojos de Crystal. Sin embargo, quedaban algunas cuestiones para las que necesitaba respuesta antes de estar totalmente segura de que los problemas habían acabado entre ellas tres.

—Oye Doc, voy a fumarme un cigarro antes de que lleguen los chicos. ¿Te vienes a hacerme compañía? —dijo Crystal echando a andar hacia las puertas corredizas de cristal sin esperar su respuesta. Tal y como sospechaba, Jenny la siguió hasta la terraza y cerró la puerta tras de sí.

—¿Y bien? —preguntó Jenny con expectación.

Crystal se sacó el paquete de cigarrillos del bolsillo y encendió uno.

—Y bien… —comenzó apartándose lo suficiente como para que el humo no llegase hasta donde estaba Jenny—. ¿Podremos seguir con nuestras sesiones como hasta ahora?

—Por supuesto —afirmó Jenny.

—Genial. —Crystal se giró concentrando su atención en las volutas de humo que salían del extremo del cigarrillo—. Estaba preocupada, ¿sabes?

—¿De qué? —la interrogó Jenny.

—De que no quisieras seguir ayudándome por culpa de mi relación con Laura —dijo Crystal meneando la cabeza—. Joder, hasta me cruzó por la cabeza que intentaras recuperarla.

—Yo jamás haría algo así —dijo Jenny reclinándose sobre la barandilla y contemplando la hilera de árboles deshojados y pinos que había al frente—. Laura y yo teníamos algunos asuntos sin resolver, eso es todo.

—Ahá —contestó Crystal—. Y ya están totalmente resueltos, ¿no?

—En su mayor parte —dijo Jenny.

—Tú eres la que siempre anda diciendo que los cambios no ocurren de la noche a la mañana —dijo Crystal dándole otra calada al cigarrillo.

Jenny se volvió hacia ella y le sonrió.

—¿Sabes? Odio que utilicen mis propias frases contra mí. —En ese momento hizo una pausa—. Pero es verdad. Laura y yo tenemos una historia importante en común y me resulta difícil verla con otra persona. —Entonces se acercó más a Crystal—. Pero también quiero que sea feliz y me ha dejado muy claro que, para ella, eso significa estar contigo.

—¿Crees que nos irá bien? —preguntó Crystal arrojando con nerviosismo la ceniza al viento.

—Lo que yo crea no importa —dijo Jenny.

—Para mí sí —afirmó con rotundidad Crystal al tiempo que se dirigía hacia la mesa y apagaba el cigarrillo en el cenicero.

—¿Que si creo que vosotras dos tenéis la oportunidad de hacer funcionar esta relación? Por supuesto —dijo Jenny—. ¿Que si creo que va a ser fácil? No. Va a requerir un montón de sacrificios y compromisos por parte de ambas, pero si os queréis lo suficiente, todo valdrá la pena. Y ahora, ¿podemos volver adentro? Me estoy quedando helada.

—Vamos —dijo Crystal, pero sólo dio un paso hacia la puerta antes de detenerse—. Oye, Doc.

—¿Sí?

—Es que… yo pensaba que mi vida era un desastre tan grande que nunca encontraría a nadie que quisiera estar conmigo y mucho menos enamorarse de mí. —Crystal bajó la vista hasta el suelo e hizo una pausa intentando dar con las palabras adecuadas—. Pero… ahora lo veo todo de una manera muy distinta a como lo hacía hace cuatro meses. He… he…

—¿Crecido? —sugirió Jenny.

Crystal, por su parte, se encogió de hombros.

—Supongo que sí. Lo que intento decir es que eso no hubiera pasado de no ser por ti.

Jenny se acercó más a ella.

—Has sido tú, amiga mía —dijo al tiempo que golpeaba a la joven con un dedo—. Yo no te he hecho cambiar, yo sólo soy la que te ha ayudado a ver que ese cambio era posible. Recuérdalo siempre, eres tú la que vino a mí en busca de ayuda. Tú diste el primer paso. Y ahora… —Cubrió los hombros de Crystal con sus manos—. Vamos adentro antes de que me muera por congelación.

—Gracias —dijo Crystal—. Por todo.

—De nada —respondió Jenny propinándole un fuerte abrazo—. Por si sirve de algo, espero que seáis muy felices.

Crystal la abrazó con más fuerza.

—Sirve de mucho —afirmó en voz baja.

—Bueno, ya es suficiente —dijo Jenny cuando se separaron—. Entremos.
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Re: El corazón de cristal, B. L. Miller

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