PlanetaL, tu foro les
Lo más visto
Libros
Fanfictions y Relatos
Cine
Cortometrajes
Archivo TLW
Fan fictions TLW
Últimos temas
» Libro No te veía por Jennifer Torices Gómez
Julio 21st 2017, 5:08 pm por Viren

» Fotos antiguas
Julio 15th 2017, 4:32 pm por malena

» Peliculas de tematica les
Abril 29th 2017, 8:51 pm por julia

» Alerta de huracán, Melissa Good
Abril 17th 2017, 8:54 pm por malena

» Cortos de temática lesbica
Abril 15th 2017, 12:21 pm por julia

» Easy Abby
Abril 15th 2017, 12:16 pm por julia

» When we rise
Abril 2nd 2017, 8:28 pm por julia

» Poesía k entiende
Marzo 21st 2017, 11:31 pm por malena

» Youtubers
Marzo 13th 2017, 11:03 pm por malena

Webs amigas


Ir a Revista MiraLes

Ir a AmbienteG

Visitas


Contador de visitas



Lucifer rising, Sharon Bowers

Página 3 de 4. Precedente  1, 2, 3, 4  Siguiente

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

Re: Lucifer rising, Sharon Bowers

Mensaje  malena el Enero 16th 2013, 12:35 pm

Capítulo 10

Suspirando con satisfacción en mitad de un dulce sueño, Liz se acurrucó aún más en el pecho suave, tierno, cubierto de pelo...

"¿Cubierto de pelo?"

Aunque a su pesar, sus ojos verdes se abrieron de golpe, y la reportera se encontró cómodamente abrazada a la servicial espalda de Aggie. No sabía cómo, durante el sueño, la figura musculosa de Jude había sido intercambiada por el largo peludo del akita, ahora tumbado junto a la reportera dormida. Con el ceño fruncido ante este desafortunado giro de los acontecimientos, Liz se sentó y se pasó una mano por el pelo revuelto. Contempló el paisaje arrugado de la cama, buscando alguna señal de su amante ligeramente molesta porque Jude hubiera dejado su refugio tan pronto. Entonces, descubrió una nota garabateada apresuradamente en la ya familiar escritura, descansando sobre la otra almohada.

"No muevas un solo músculo... Vuelvo enseguida. —J."

—Esto está mucho mejor —musitó Liz llena de felicidad.

Mientras Liz volvía a hundirse en un sueño cálido e invitador, Jude estaba sentada en su escritorio sobre su gastada silla de piel, tamborileando con dedos impacientes sobre el teclado. Una idea insistente la había despertado de su satisfactorio sueño y la había estado incordiando hasta que la obligó a deslizarse del abrazo tranquilizador de Elizabeth. Cuando oyó los movimientos amortiguados de Carmina abajo en la cocina, se echó por encima una camiseta larga de color azul oscuro, cuyo borde apenas cubría nada de lo que podía ofender al sentido de lo apropiado de su vieja ama de llaves. Caminó descalza hasta el piso de abajo, y vacilante, asomó la cabeza por la puerta de la cocina.

—Me pareció oírte, Carmina.

—¡Señora! —la rotunda ama de llaves se sobresaltó ligeramente ante la aparición inesperada de Jude, presionando una mano contra su amplio pecho—. ¿Se encuentra mejor?

Jude sonrió ante su forma de preguntar si la noche del demonio había pasado.

—Mucho mejor, Carmina. Gracias —una amplia sonrisa se abrió a lo largo de su rostro, y alcanzó y acarició un impresionante e intenso azul en sus iris, suavizando sus austeros rasgos.

El ama de llaves le devolvió una sonrisa radiante.

—Esa pequeña señorita... es algo especial, ¿verdad?

—Sí que lo es —ratificó Jude de buena gana.

Carmina asintió para sí mima y después frunció el ceño.

—No va a hacerle daño, ¿verdad señora?

La expresión de Jude se hizo seria, y sacudió la cabeza con gravedad.

—Voy a hacer todo lo posible por no hacérselo, Carmina.

Las dos mujeres se miraron durante un dilatado momento, ambas sabiendo de lo que Jude era capaz. El silencio se terminó cuando Carmina se frotó las manos bruscamente y asintió, aceptando las palabras de Jude.

—Muy bien. ¿Y qué está haciendo aquí abajo, medio desnuda en mi cocina?

—Tengo que sacar algo del coche, Carmina —Jude hizo una mueca con desenfado y salió disparada afuera, donde había dejado aparcado el Boxster. Algo de la emboscada la estaba incomodando y había hecho que se levantara y dejara a Elizabeth. Se inclinó sobre la puerta del lado del copiloto y cogió la pequeña metralleta que había recogido de su atacante muerto. Sopesándola con la mano, se la llevó dentro de la casa.

Los ojos de Carmina se abrieron como platos ante la vista de esa arma de aspecto siniestro en la mano de Jude. Inconscientemente, el ama de llaves se persinó, murmurando entre dientes en español.

—¿Por qué mete esa basura aquí? —preguntó con una irritación hacia su jefa que superaba el sentido común que le decía que no debía enfadar a un asesino con un arma en sus manos—. Dijo que estaba mejor.

Jude pudo ver la preocupación en los ojos de su empleada y reprimió la réplica cortante que acudió a la punta de su lengua. Hace dos semanas nunca me habría preguntado algo as", pensó Jude para sí misma. Parece que Elizabeth está influyendo en alguien más aparte de en mí. Una diminuta e irónica sonrisa, jugueteó en las comisuras de sus labios. Y no creo que sea una cosa mala... No, para nada. Suavizó su tono deliberadamente.

—Y lo estoy, Carmina. Unos hombres... intentaron hacerme daño el otro día... Ésta es una de sus armas. Quizá pueda averiguar algo a través de ella, ¿de acuerdo? —esperó hasta que la expresión de preocupación de los profundos ojos castaños de Carmina se suavizó—. No voy a usarla con nadie.

—¿Lo promete?

—Lo prometo —miró sombríamente al ama de llaves, que amasaba ansiosamente una tortilla de maíz. Con una última breve sonrisa, volvió a subir las escaleras con Pete pisándole los talones—. Ve a ver a Liz, muchacho.

Llevó a la pequeña bestia a la habitación y sonrió mientras él obedientemente saltaba sobre la cama y se acurrucaba a sus pies. Mirando a su amante durante un instante más y resistiéndose al impulso de unirse a ella, Jude se movió en dirección contraria y entró en su estudio.

Encendiendo el ordenador y conectándose a Internet, miró el correo. Leyó uno de Sasha confirmando que enviaba a un par de muchachos a la escena de la emboscada para intentar conseguir información sobre la investigación policial; y después, se desconectó. Había llamado a su asistente desde la carretera poco después para hacerle saber que estaba bien y que Diego ya no era una amenaza. Se acomodó en su butaca y poniendo sus largas piernas sobre la mesa, examinó el arma con más detenimiento.

En la oscuridad y con la resaca de la refriega, no se había dado cuenta de la marca, pero ahora, observándola de cerca, vio que se trataba de una H-KMP5, y ese conocimiento hizo que se le helara la sangre. Las H-K eran exclusivamente militares y policiales, conseguirlas en la calle era casi imposible. Incluso aunque no fuera así, la mayoría de la basura de las calles prefería las Tech 9, que eran más rápidas, mientras que los cárteles y los grupos más organizados usaban las Uzi 9mm, más fiables y siempre abundantes. No había necesidad de hacer el gasto y correr el riesgo de obtener Heckler Koches.
"¿Orden público? ¿Metro Dade ? Na…." desechó la idea tan pronto como le vino a la cabeza.

—Ni de coña ellos habrían organizado algo así —murmuró con humor negro.

Bien es cierto que disparaban como sheriffs de pueblo. Eso sólo dejaba.... La Agencia. Jude se movió incómoda en su asiento mientras conversaciones recientes con Kent pasaban por su cabeza. ¿Creías que el regreso del Arcángel a la Agencia iba a pasar desapercibido? Quieren que lo entregues ahora. Nuestras fuentes no han oído nada de que hayan puesto precio a tu cabeza.

—Cabrones —susurró Jude a la habitación vacía mientras una sensación de desaliento la envolvía. Era la misma rabia nauseabunda que la había agarrotado cuando comprendió que la cobertura de Jason sólo podía haber sido descubierta por alguien de La Agencia.

Una serie de escenarios pasaron por su mente en una rápida sucesión.

Uno... preparado de antemano... aparecieron en la reunión independientemente, por su cuenta, no sabían que yo estaba allí, y se lanzaron a la redada. Esto, en el mejor de los casos. Sin embargo, ella sabía que era el menos probable.

Dos... Sasha me ha vendido. Esa idea le hizo tan poca gracia como la de que La Agencia iba detrás de ella. Le dio vueltas y vueltas, mirándola desde todos los ángulos, a ver si era tan descabellada como parecía. "Sasha ha tenido años para hacerlo....¿Por qué ahora? ¿Qué sentido tiene? ¿Trabaja con Romair? Na... odiaba a los Massalas incluso cuando Rico era el jefe.... Y el Cártel nunca pondría a una mujer al timón". Aunque sus instintos le decían que Sasha no la traicionaría de esta forma, mantuvo la idea viva en su mente, sabiendo por experiencias pasadas que la traición venía, la mayoría de las veces, de las fuentes más cercanas.

Tres... Romair trabaja con La Agencia... No sería tan raro para la familia... Pero, una vez más, ¿qué sentido tendría? Tal y como está, el Cártel está medio paralizado, no tiene influencia. ¿Por qué luchar para conseguir el poder sólo para regalarlo?

Cuatro... Diego acudió a la DEA para hacer un trato... Esto tiene más sentido que acudir a Romair... y La Agencia utilizó la información para tenderme una trampa... Esto explicaría por qué Romair parecía tan alucinado como yo cuando esos tipos aparecieron... Esto es más lógico.

Con cansancio, pasó una mano por su cabello despeinado, y se sentó. Muy bien, genio... ya lo has averiguado... ahora, la cuestión es: ¿qué vas a hacer al respecto? Echó una mirada al reloj digital del ordenador, sorprendida porque había estado separada de Liz más de una hora. Una hora demasiado larga por lo que a mí respecta. Movió la cabeza cuando ese pensamiento en particular se asentó. Oh, vaya... parece que tengo un problema. Aún podía oír a Carmina afanándose en la cocina y decidió que un ataque preventivo era lo indicado.

Se deslizó una vez más escaleras abajo sin hacer ruido y asomó la cabeza por la puerta de la cocina.

—Eh... ¿Carmina?

—¿Sí, señora?

—Verás....Elizabeth y yo, hoy... vamos a....relajarnos —una mueca traviesa se curvó en sus labios cuando vio que Carmina se ruborizaba ante la implicación—. Cuando acabes con lo que estás haciendo ¿por qué no te tomas el día libre? ¿Qué te parece? Puedes pasar el día con tus nietos o ir de compras. Yo pago.

Una enorme sonrisa iluminó la cara de Carmina.

—De acuerdo, señora, pero antes les prepararé algo de comer.

—Estupendo. Asegúrate de que lo puedes dejar en la nevera. No estoy segura de cuándo podremos bajar —lanzó un par de sugestivas cejas hacia arriba cuando el ama de llaves le tiró un trapo a la cabeza, que desapareció rápidamente.

—¡Santa Madre!

Pero todo lo que Carmina oyó fue una risotada gutural que venía de su jefa mientras regresaba con su nuevo amor.

°°°°°°°°°°°°°°°

Liz había regresado a sus plácidos sueños sin perderse uno solo, y cuando una figura la despertó de nuevo, esta vez era claramente femenina....claramente humana....claramente, su nueva amante.

—Hola —murmuró adormilada cuando Jude se deslizó detrás de ella, sus brazos rodeando a la esbelta mujer. Besos tiernos trazaron líneas a través de sus hombros, y Liz no pudo evitar arquearse en la sólida sensación de la mujer que la abrazaba—. ¿Por qué no estás desnuda? —se quejó, sintiendo el suave algodón de la camiseta en lugar de la deliciosa piel de Jude.

—Porque incomoda a Carmina cuando me paseo así por la casa —susurró Jude, mordisqueando el lóbulo de la oreja de Liz.

—No la veo por aquí en ninguna parte –dijo la reportera abriendo ligeramente un párpado.
Jude rió y empujó a Aggie fuera de la cama con una mano perezosa, dispersando a los perros que sigilosamente habían vuelto después de que las mujeres se durmieran, cada una en los brazos de la otra. La noche se había llenado con exploraciones de sus respectivos cuerpos, a veces suavemente, a veces con fiereza, siempre apasionadamente y con aire reverente. Liz se había sentido silenciosamente consternada al descubrir una serie de cicatrices, antiguas y nuevas, en la piel bronce de Jude. No porque estropearan la perfección de su cuerpo, sino más bien porque cada marca era la evidencia del dolor que había tenido que sufrir. En un acuerdo tácito no habían hablado del origen de esas cicatrices o de la situación en la que Jude se encontraba en ese momento. Era un tema que ambas sabían que tendrían que abordar pronto si el maravilloso descubrimiento que habían hecho iba a durar más de una noche, pero ninguna de las dos quería estropear la brillante alegría que las consumía.

—¿Y bien?

—Y bien, ¿qué?

—Pues... que no veo a tu ama de llaves en ninguna parte de la habitación —se giró con destreza en los brazos de Jude para mirar a la mujer oscura, que le devolvió la mirada con ojos juguetones—. Fuera —tiró de la ofensiva prenda, indicando lo que deseaba.

—Siempre estás intentando quitarme la ropa —bromeó Jude—. Primero ayer por la tarde, y luego ahora....—dejó la frase convenientemente sin acabar.

—Me pregunto por qué —replicó con una mueca de suficiencia—. Después de anoche, tendrás suerte si dejo que te la vuelvas a poner alguna vez.

—Ooh....podría llegar a gustarme. Ey....esa podría ser mi nueva carrera profesional: esclava sexual. Después de todo, una novelista romántica tiene que sacar su material de alguna parte, ¿no?

—Bueno, tú no eres exactamente lo que la editorial Avon tiene en mente, cariño —una ceja indignada de Jude se elevó por sí misma.

—¿Y por qué no? —preguntó, fingiéndose ofendida—. ¿Es que acaso no soy lo suficientemente alta, sombría y misteriosa?

—Oh, eres todo eso y más —aseguró fervientemente Liz—. Pero creo que tendrían algún problemilla con ciertos....otros....aspectos.

—¿Mi tortuoso pasado? —ofreció Jude servicial.

—Ah....no.

—¿Mis desagradables socios?

—Uh....no exactamente.

—Mi temperamento inquietante.

—Um....no precisamente.

—Entonces no lo pillo —planteó Jude burlonamente. Se inclinó sobre el lado de la cama y alcanzó una copia de bolsillo del estante inferior de la mesita de noche. Sosteniendo una copia de Love's Fevered Embrace, la mostró ante una Liz que empezó a ruborizarse repentinamente—. He leído esto y el héroe descarriado y ladrón de joyas tiene todas estas características. Eso es lo que atrae a Elana hacia él al principio y la hace querer ayudarle a redimirse de sus modos de ladrón.

Liz enterró el rostro en el frío material de la camiseta azul de Jude, intentando esconderse.

—No me puedo creer que hayas leído uno de mis libros —gimió, sintiendo cómo el pecho de Jude resonaba de risa bajo ella—. ¿Dónde demonios has podido encontrarlo? —unos ojos verdes miraron tímidamente hacia arriba, a Jude, que estaba hojeando el libro con un destello de picardía en los ojos.

—Créeme, no ha sido nada difícil —le aseguró—. Aunque pensé que al dependiente se le iban a salir los ojos de las órbitas.

—¿Por qué? —Liz frunció el ceño —. El libro no es tan malo.

Jude soltó una risilla.

— No, no lo es... pero digamos que voy a esa librería desde hace casi cinco años y esto es algo... bastante alejado... de mis usuales hábitos de lectura. Se sorprendió ligeramente cuando compré cuatro novelas románticas.

—¿Te los llevaste todos? —preguntó Liz incrédula.

—Desde luego que sí —Jude sonrió con aire de suficiencia—. Aunque sólo he tenido tiempo de leer éste. Pero hay algo que no acabo de entender —su sonrisa se apagó ligeramente—. La última fecha de publicación es de hace algo más de cinco años. ¿Por qué no has publicado nada desde entonces? El chico de la librería me dijo que todavía se vendían bien, incluso después de todo este tiempo.

El corazón de Liz comenzó un repetido martilleo dentro de su caja torácica y rezó para que no fuese audible. Se separó del abrazo de Jude, pero los largos brazos de su amante la aprisionaron dulcemente.

—Ey... —Jude pudo ver la mirada de pánico en los ojos verdes y la repentina palidez que se apoderó de los bellos rasgos de Liz—. Lo que quiera que sea....no puede ser tan malo.

—No tienes ni idea —murmuró Liz, bastante consciente de que la verdad, en el mejor de los casos, la exiliaría para siempre de la vida de Jude. Salir voluntariamente de la vida de esta mujer ya no era una opción. Tendría que pensar en otra cosa.

—Mira....Elizabeth....mírame —insistió Jude, colocando un dedo elegante bajo su barbilla y manteniéndola así—. Ya sé lo que me dijiste cuando te pedí que te quedaras aquí... pero también sé....que hay algo....más. Quiero decir....no soy idiota. Me he dado cuenta de que no tienes ninguna prisa por regresar a casa.

Liz nunca pensó que su corazón pudiera latir tan rápido, pero ante las palabras de Jude, lo hizo.... tanto que pensó que iba a estallarle.

—Supongo que pensé que estarías....algo así como huyendo de casa o....no lo sé —continuó Jude, pasando una tentativa mano sobre la mejilla de Liz—. Un marido....una novia....algo de lo que quisieras apartarte —se encogió de hombros ligeramente—. Quizá una vida en la que no encajas. Y alguien como yo....bueno, yo ofrezco un buen lugar en el que esconderse durante un tiempo.

Esos ojos azules la contemplaban con una expresión de ternura increíble, y Liz quiso gritar ante la transparencia de esa mirada y ante las mentiras con las que ella contestaba. Sin embargo, su lengua permaneció firmemente aferrada al fondo de su garganta dolorosamente seca, incapaz de decir una sola palabra. Si había un momento para decirle a Jude la verdad, ese era éste….pero Liz no podía soportar añadir una traición y una pérdida más a la atroz lista de las que Jude ya había sufrido.

Se dio cuenta con un sobresalto de que Jude no estaba tan lejos de la verdad. Toda esta escapada había dejado de estar relacionada con una historia casi desde el primer momento en que había conocido a Jude Lucien. En su lugar, se había convertido en este increíble viaje en el que estaba conociendo no sólo a esta mujer extraordinaria echada a su lado, sino, aún más sorprendentemente, a sí misma.
Por decirlo de alguna manera, estaba huyendo de una vida en la que no encajaba, una vida en la que nunca había encajado y en la que nunca encajaría. Aunque se había mudado de Arlington a Miami aparentemente para poder vivir su propia vida, Liz nunca lo había llegado a hacer verdaderamente. En los casi dos años que llevaba allí, no había tenido una amante, no había salido con nadie, y sólo de vez en cuando, socializaba con sus compañeros de trabajo en el campo de softball o en el pub del barrio. No tenía amigos cercanos que pudieran hacer preguntas incómodas que ella no quisiera contestar, así que había llegado a ser una experta en organizar su vida dentro de los límites de lo que aparecería como aceptable. Y como resultado, su vida se había convertido en su carrera: lo primero, lo último y lo único. No era extraño que se hubiera obsesionado tanto con Jude: alguien que había construido su vida sin detenerse ante ningún límite.

—Y-y-yo —para su consternación, las lágrimas comenzaron a llenar sus ojos. Parpadeó furiosamente tratando de contenerlas antes de que Jude pudiera verlas. Demasiado tarde, un dedo largo enjugó las gotas que caían de sus ojos.

—Shh.... —la consoló Jude—. No tenemos por qué hablar de ello ahora. Dios sabe que yo misma tengo innumerables secretos. Yo sólo....quería que supieras....que no pasa nada. Quiero decir.... —abrazando a la pequeña mujer contra ella con fuerza y besando suavemente el cabello rubio, dejó escapar un suspiro, luchando por encontrar las palabras—. Quiero que sepas que....si quieres... puedes quedarte aquí tanto como lo necesites....tanto como quieras —otra larga y agonizante pausa, y Liz pudo oír el rápido martilleo del corazón de Jude—. A m-mí....me gustaría.

Durante un momento eterno, Liz se permitió relajarse plenamente en la fuerza de ese abrazo, en las vacilantes palabras de amor que fluyeron más allá de sus oídos y se posaron en su corazón. Sentía los brazos de Jude cálidos y suaves a su alrededor, y sus manos la acariciaban dulcemente de arriba abajo la espalda desnuda, poniéndole la piel de gallina. Besando la superficie cubierta de tela sobre el corazón de Jude, se acurrucó contra su pecho un momento más, y después volvió sus ojos hacia ella con una expresión velada que empañaba su verde luminosidad.

—¿Qué quieres decir con eso de que "alguien como tú ofrece un buen lugar para esconderse"? —interrogó suavemente.

Un familiar, débil y revelador rubor, encendió los rasgos broncíneos de Jude.

—Sólo quería decir…. —echó una mirada a su abrazo y a la habitación que las rodeaba—. Sospecho que esto es casi lo más lejos que puedes llegar en tu vida cotidiana.

—Admito que el que me disparen no está en la lista de mis actividades diarias — concedió Liz irónicamente.

Una diminuta sonrisa se dibujó en las comisuras de los labios de Jude.

—Espero que no, pero....

Comprendiendo de repente lo que su amante se esforzada por decir, Liz colocó sus dedos sobre los labios de Jude.

—Pero nada. No estoy aquí para ganar perspectiva sobre mi vida. No he hecho el amor contigo para investigar mis opciones —una oleada de miedo y rabia pasó por las venas de Liz, y deseó fervientemente revelar todos sus secretos a esa mujer. Mirándose en los perplejos ojos azules de Jude, decidió con tristeza que si no podía contarle a Jude la verdad completa sobre por qué apareció en su vida, entonces, por Dios, al menos sería honesta en cuanto a los motivos por los que deseaba estar allí—. Jude.... —dijo deleitándose en el duro tono del nombre de la mujer rodando sobre su lengua—. Jude…. —repitió, incapaz de expresar la fuerza del deseo, la fascinación y la ternura que se combinaban formando la yesca y las astillas para encender el inconfundible fuego del despertar del amor en su alma.
A ciegas, su boca buscó la de Jude, labios y lengua trazando las emociones que, por una vez, sus palabras fueron incapaces de expresar. Un gemido surgió de lo profundo de su garganta, y enredó sus manos en los mechones negros de Jude, atrayéndola aún más cerca, como si quisiera empujarla dentro de su corazón para mostrarle lo que había en él. Jude se resistió brevemente contra la fuerza del deseo de Liz, pero sólo lo suficiente como para quitarse la camiseta y ofrecerle libre acceso a su piel.

—Oh, sí.... —murmuró Liz, pasando la lengua por el hueco de la garganta de su amante. Jude todavía sabía al sudor de ambas y a la primera fusión de su sexo, a deseos largamente prohibidos y a pasiones inexploradas, y Liz sintió que se apoderaba de ella una voraz necesidad: urgencia por conocer a esta mujer, por dentro y por fuera, y por terminar su exilio autoimpuesto de no desear las cosas que le habían dicho que no podía tener.

°°°°°°°°°°°°°°°
avatar
malena
Admin

Cantidad de envíos : 1007
Fecha de inscripción : 16/05/2008

Volver arriba Ir abajo

Re: Lucifer rising, Sharon Bowers

Mensaje  malena el Enero 17th 2013, 5:25 pm

Jude vio un destello febril en esos ojos malaquita y como respuesta, surgió el deseo dentro de ella. Con destreza, se dio la vuelta de modo que todo el largo del cuerpo de Liz se extendiera debajo de ella. Liz gruñó protestando, pero Jude la calmó con expertas manos recorriendo su piel brillante de sudor.

—Por favor…. —susurró Jude con voz ronca, su propia necesidad casi abrumándola. Había sido capaz de contener en su mente y en su cuerpo el creciente deseo por esta mujer, convenciéndose de que sólo podría ser una amante transitoria para Liz. Estaba persuadida de que la pequeña mujer nunca podría confiar en alguien tan completamente consumido por la violencia. Las palabras de Liz, sin embargo, y la innegable emoción que salpicaba sus ojos verdes, le dijo a Jude que no se encontraba sola en esas profundidades tan poco familiares. Cada rendición que Jude había hecho en estas dos últimas semanas, le había ido llevando hacia ese lugar donde Liz había mostrado sus propios miedos y se había rendido completamente a su abrazo—. Por favor.... —repitió, su propia voz sonaba desconocida para sus oídos—. Déjame….

Era más que una petición de poner sus manos sobre el cuerpo de la pequeña mujer, lo que ya había hecho más de una docena de veces en el día que llevaban siendo amantes. Era una súplica para reclamar el alma de Elizabeth con la suya propia; una admisión de necesidad, de deseo, del nacimiento del amor. Era un zumbido que atravesaba su cuerpo, visible en su mirada y en el suave temblor de sus manos.

Una sola palabra, una abrasadora mirada que no dejaba dudas de que ambas saltaban al precipicio juntas.

—Sí.

Jude rompió lentamente el abrazo, colocándose de rodillas y observando el glorioso cuerpo de Liz con una mirada de admiración reverente flotando en el azul de sus ojos. Después se dedicó con alegría a su tarea; al mismo tiempo, la amante y la amada, la suplicante y la diosa, en la íntima unión que estaba a punto de tener lugar.

¿Puede ser posible que el mundo se mueva sólo para dos personas cuando hacen el amor? La lógica dicta la imposibilidad de tal inclinación del eje de la Tierra. Pero, mientras la boca de Jude se movía sobre la piel de Liz en una ardiente consumación de cosas todavía por decir, ésta sintió cómo su existencia se daba la vuelta desechando la vida en la que había estado subsistiendo para hacer sitio a una nueva, en la que viviría de verdad.

Las piernas de Liz envolvieron la cintura de Jude, apretando su excitado centro contra la firme superficie del torso de la mujer sombría. —Jude.... —gimió.

Escuchando la desesperada súplica en su voz, Jude deslizó sus manos hacia la parte baja de la espalda de Liz y la abrazó con fuerza, susurrando palabras tranquilizadoras en su oído —. Te tengo, Liz. Te tengo. Shh...

Los brazos de Liz se enroscaron alrededor del cuello de Jude, sus labios buscando y encontrando una tierna seguridad en el abrazo—. Lo sé —afirmó dulcemente la pequeña mujer.

Una vez más, Jude depositó sus cuerpos unidos sobre el colchón, deleitándose en la sensación de sus miembros entrelazados. Largos, lentos momentos se escaparon mientras sus bocas exploraban la piel de la otra, mordisqueando y saboreando. Jude trazó una línea de besos por el cuello y los hombros de Liz, deteniéndose en la bella suavidad de su piel. Le acarició los pechos con manos tiernas, pasando los pulgares sobre sus excitadas cúspides. Liz gimió de placer, arqueando la espalda, ofreciendo más piel a ese tacto experto.

Las manos, los dedos, la lengua, la boca, el cuerpo de Jude estaban entregados a sacar de su interior y convertir en un regalo todo lo que sentía por aquella mujer excepcional. Guió el deseo de Liz a través de una espiral que se iba intensificando hasta que la mujer del pelo color miel alcanzó la cima estremeciéndose contra ella, gritando su nombre con voz ronca.
Y el sol estiró largos tentáculos de luz sobre ellas, dejando su salpicada bendición sobre sus formas luminosas mientras yacía cada una en los brazos de la otra.

—Tienes la oreja perforada dos veces —notó Liz, inspeccionando el lóbulo causante de su comentario.
Un ojo perezoso se abrió, mirando a la mujer tumbada sobre su pecho.

—Sí. ¿Y?

—No me había dado cuenta —sus pálidas cejas se fruncieron. Cambió de postura sobre el estómago de Jude, ignorando ostentosamente el dramático "Uff" de su compañera mientras se movía, e inspeccionando la oreja izquierda de Jude—. Ésta no lo está.

—Muy observadora —bromeó Jude—. ¡Auch! —se encogió cuando Liz le dio un codazo en el costado.

—Te lo merecías —la regañó Liz, recolocándose cómodamente sobre ella.

—Hhrmphf... —resopló Jude—. Yo me he dado cuenta en seguida de que tus dos orejas estaban doblemente perforadas —declaró con aire de suficiencia.

—Vaya, Colombo, ¿qué será lo que me ha delatado? —se burló Liz—. ¿Puede haber sido el hecho de que llevara pendientes puestos?

—Bueno... ah... de acuerdo, me has pillado — admitió Jude tímidamente, una mueca en su rostro—. Me gusta cómo te quedan esos pequeños diamantes. Son bastante sexys.

—¿Tú crees?

Una sonrisa felina le contestó —: Oh, sí.

Se inclinó hacia delante y mordisqueó el lóbulo en cuestión, y se entretuvo un ratito en un tranquilo examen de la piel del cuello de Liz.

Hacía largo rato que la mañana había dado paso a la tarde, y Jude sabía que lo único que estaba haciendo era posponer la inevitable conversación que tendrían que tener sobre lo que le había pasado a Jude en el cobertizo del muelle, y hacia dónde se dirigirían, si es que podían ir a algún sitio, desde este cálido lugar que ahora las cobijaba.

—¿Y por qué no llevas uno? —se las apañó Liz para preguntar mientras la lengua de Jude hacia resbalar por su espina dorsal sensaciones deliciosas.

—¿Un qué? —murmuró Jude, que había perdido por completo el ritmo de la conversación.
Como respuesta, Liz capturó el rostro de Jude con las dos manos y fijó una severa mirada en la mujer oscura.

—Oh, esto —Jude señaló el lóbulo de su oreja distraídamente—. Me hice los agujeros cuando tenía dieciséis años. Un rollo de banda callejera. Fue una idiotez. Yo era una idiota.

—¿Banda? —Liz agitó la cabeza incrédula—. ¿Cómo eras de bravucona de adolescente?

La mujer sombría arqueó una ceja irónica.

—¿De verdad quieres saberlo?

Se rieron suavemente un momento, disfrutando de la cercanía de sus cuerpos y del placentero letargo que invadía sus miembros.

—Entonces... —una mirada traviesa bailaba en los ojos verdes de Liz—, ¿fue en ese momento cuando te hiciste esto otro? —acarició las delicadas líneas de un tatuaje en la cadera derecha de Jude.
El pulso de Jude se aceleró mientras el dulce tacto amenazaba con despertar su somnoliento deseo una vez más. Echó una mirada a la marca que había llegado a ser una parte más de su cuerpo y que ya ni siquiera notaba.

—No... Eso fue algo que sucedió... mucho más tarde —viendo la pregunta en los ojos de Liz, añadió—. Es una larga historia. Te la contaré en otro momento, ¿ok?

—Trato hecho —accedió Liz, cediendo ante las sombras que bailaban en los ojos pálidos de Jude.

La pareja intercambió besos tranquilos con labios ya familiares, contentas con simplemente mantener contacto la una con la otra.

—¿Sabes? —murmuró Jude—. En algún momento tendremos que salir de la cama.

Liz gimió y enterró la cara en el cuello de Jude como respuesta.

—Vamos —invitó Jude—. No me irás a decir que no tienes hambre.

—Sólo de esto... —se acurrucó contra la clavícula de Jude y pasó una mano embaucadora sobre uno de sus pechos. El pezón se tensó de inmediato bajo la palma.

Jude tomó aire ante el ligero tacto.

—Eres cruel... —gruñó—. ¿Por qué tengo la sensación de que si tengo que mantenerme a la altura de esta bestia insaciable voy a tener que comer? —echó otra mirada a los ojos brillantes de su amante y añadió—, muchísimo.

°°°°°°°°°°°°°°°

A pesar de las tácticas disuasorias de Liz, que incluyeron inmovilizar a la mujer más alta contra la cama y atormentarla sin piedad con manos y dedos, el par bajó al fin a la cocina, donde descubrieron que Carmina había creado y dejado en el refrigerador un auténtico banquete para la nueva pareja.

—Le di el día libre —fue el comentario de Jude cuando vio a Liz buscando con la mirada a la rotunda ama de llaves.

—Ha sido un detalle.

—Detalle, una mierda —gruño Jude—. Lo que pasa es que no quería que nos oyera —rió—. Además, me puedo imaginar su respuesta si no me hubieras dejado ponerme algo encima —puso los ojos en blanco por un momento, echando una mirada hacia el largo de su cuerpo bronceado—. Y no es que esto valga.
A petición de Liz, Jude llevaba la parte de arriba de un bikini blanco y un chal de seda que ésta le había atado en la cintura al estilo de un sarong, dejando una amplia expansión del suave torso para el recreo de su propia vista. Liz vestía un dos piezas verde que Jude había elegido en las primeras compras para ella, con otra de sus camisas por encima. Sonrió ante las elegantes formas de Liz moviéndose por la cocina como si fuera suya.

—¿Qué haces? —preguntó, asomando la cabeza por encima de su hombro.

—Preparando una bandeja para llevar fuera. Ve para allá. Te sigo en un minuto —apartó de una palmada las manos errabundas de Jude que le hacían cosquillas sobre las costillas—. Creía que tenías hambre.

—Y la tengo —sonrió burlona—. De esto... —devolvió a Liz la pelota con sus propias palabras y deslizó las manos sobre la curva de las caderas de la pequeña mujer.

—¡FUERA! —ordenó Liz, volviéndose en los brazos de Jude con una gran sonrisa en su rostro—. O terminaremos haciendo algo sobre la mesa que avergonzará de verdad a Carmina —besó profundamente a la mujer alta y la empujó fuera de la cocina.

Momentos después escuchó el sonido relajante de la voz de Casandra Wilson flotando desde los altavoces del equipo de música. El zumbido de la batidora que llegaba desde el porche abierto le indicó que Jude se había hecho cargo del bar, y sonrió anticipando los daiquiris que las esperaban.

—Oh, esto está resultando tan bien.... —murmuró con regocijo. El sonido de patas sobre baldosas la alertaron de una presencia canina, y miró hacia abajo para descubrir los tristes ojos de Pete devolviéndole la mirada—. ¿Qué pasa, colega? ¿Te sientes desplazado? —la diminuta bestia movió el rabo hacia ella, y Liz le lanzó un trocito de carne de las fajitas que estaba preparando—. Pero no le digas a nadie que te la he dado —advirtió mientras el perro engullía el bocado. Movió la cola otra vez, pero Liz negó con la cabeza—. No abuses —dijo, agitando un dedo hacia él. Pete estornudó a modo de respuesta y volvió trotando al porche donde su ama estaba esperando. —Muy bien —Liz refunfuñó—. Las quejas a la dirección —sacó con manos expertas la comida recalentada del horno y la colocó sobre la bandeja que Jude había bajado amablemente de un estante demasiado alto—. Voy para allá... —anunció llevando la bandeja a través de la habitación principal y hacia el porche.

Una sonora zambullida atrajo su atención hacia la piscina mientras dejaba la bandeja en el bar, lejos de los dientes merodeadores de los animales. Jude se había quitado el sarong y el top y estaba cortando el agua en una fina línea a lo largo de la piscina. Apareció en el extremo más cercano a Liz, escurriendo el exceso de agua de su pelo negro.

—Dios, qué maravilla... —gruñó llena de felicidad.

Liz se había quedado paralizada por la magnífica visión de Jude moviéndose sin esfuerzo a través del agua, y las gotas de agua recorriendo su piel bronceada hicieron que se le quedara la boca más seca de lo que jamás imaginó que fuera posible. Abrió la boca, pero no salió nada, y simplemente se quedó mirando impotente la poderosa forma de Jude, deseando algo....algo que fuera adecuado para describir lo que la mera visión de esta mujer le provocaba.

—¿Elizabeth? —las cejas de Jude se fruncieron cuando vio la expresión en la cara de la mujer del pelo rubio-miel—. ¿Liz? —caminó rápido y a grandes zancadas hasta donde ésta se encontraba, tomando dulcemente su cara pálida entre las manos—: ¿Estás bien?

La sensación de las manos de Jude, frías por el agua, sobre su acalorada piel, hicieron regresar los sentidos dispersos de Liz.

—Sí... —dijo, sonrojándose furiosamente—. Yo sólo.... —sonrió con calidez—. Estabas tan preciosa. A veces, cuando te miro.... —confesó con suavidad—, me quedo sin respiración —se puso de puntillas y capturó los labios de Jude con los suyos, ofreciendo un beso dulce a cambio del exquisito regalo de su belleza.

Ahora fue el turno de Jude de sonrojarse, los bronceados rasgos sólo se oscurecieron ligeramente.

—Oh....yo….Mmm....Gracias —terminó finalmente, riéndose con Liz de su propia timidez—. Vaya dos, ¿eh? —comentó, recogiendo el sarong y colocándoselo alrededor de la cintura. Una simple ceja hizo la pregunta sin palabras, y Liz ató el nudo con habilidad. Cuando Jude se inclinó para recoger el top, Liz puso una mano sobre sus dedos para impedírselo.

—Déjalo —pidió suavemente. Luego añadió—. Por favor.

Jude accedió con una inclinación de cabeza y una sonrisa sensual curvando sus facciones. A cambio, deslizó la camisa de Liz de sus hombros y la tiró sobre el respaldo de la tumbona.

—¿Preparada para la comida? —preguntó, mirando por encima de los hombros de la mujer más pequeña hacia la bandeja colocada detrás de ella.

—Totalmente.

Comieron como a menudo lo hacen los nuevos amantes, abrazadas sobre una de las cómodas tumbonas, compartiendo bocados y pequeños trocitos. Aunque parecía que consumían más besos que comida, finalmente devoraron la bandeja y la jarra fue quedando peligrosamente vacía. Jude desplegó toda la longitud de su posición y llevó la bandeja de vuelta a su lugar de descanso en el bar. Levantó la jarra vacía y sonrió abiertamente ante el gesto entusiasta de Liz.

—Eres una barman endemoniada, Jude. Lo admito.

—Vaya, gracias, señora —Jude se tocó el ala de un imaginario sombrero—. Estará bien tener algo a lo que dedicarme cuando deje el camino del crimen.

Aunque las palabras eran de broma y ligeras, una luz débil en los ojos claros de Jude hicieron que Liz se incorporara y estudiara a su compañera con detenimiento.

—No lo dices de broma, ¿verdad? —preguntó tras un largo momento de contemplación.

°°°°°°°°°°°°°°°
avatar
malena
Admin

Cantidad de envíos : 1007
Fecha de inscripción : 16/05/2008

Volver arriba Ir abajo

Re: Lucifer rising, Sharon Bowers

Mensaje  malena el Enero 18th 2013, 6:37 pm

Jude miró fijamente a la batidora que zumbaba suavemente antes de volver su mirada hacia Liz.

—Es algo....en lo que llevo trabajando algún tiempo —admitió. Sirvió las bebidas y regresó a la tumbona y, sonriendo, empujó la rodilla doblada de Liz—. Además, una peligrosa Traficante de Drogas no es exactamente la clase de chica que llevas a casa para conocer a mamá y a papá, ¿a qué no? —añadió despreocupadamente, no queriendo entrar en detalles de sus planes para Massala. La verdad acababa de salir de su boca ahora mismo, y, de repente, lo que deseaba resultaba tan claro que era hasta doloroso. Y eso significaba acabar con esa existencia de pesadilla y comenzar una vida a la luz dentro de las sombras. Jude no tenía la menor idea de si tenía alguna posibilidad de tener éxito, pero tras el día de ayer y esa mañana, sabía, más allá de toda duda, que quería intentarlo.

—¿Qué piensas? —inquirió dejando las bebidas en la mesa junto a la tumbona y mirando a la forma silenciosa situada sobre ella.

—Pienso que si tuviera una familia digna de que la conocieras, te llevaría allí ahora mismo —replicó Liz dulcemente, un brillo radiante parecía emerger de los puntos dorados de sus ojos verdes. Jude vaciló ante ese fulgor poco familiar en los ojos de su amante, pero la mujer del pelo color miel la atrajo hacia sí. Sus manos se movieron a lo largo de los poderosos muslos de Jude, deslizándose fácilmente bajo la seda. Colocó una rodilla entre sus piernas, obligándolas suavemente a que se abrieran un poco más. —Eso es, así... —murmuró mientras sus dedos continuaron haciendo estragos entre los músculos definidos.

—¿Q-qué? —Jude se aclaró la garganta, preguntándose dónde había ido su voz—. ¿Qué haces?

—Te estoy mostrando lo que siento —sus ojos jade grisáceo brillaron—. Por lo general, soy bastante habladora —intercambiaron sonrisas—, ya lo sabes —sentándose, pasó la punta de la lengua por el borde del sarong atado a la cintura, deleitándose en las ondulaciones de los músculos del estómago que aparecían bajo su tacto—. Pero tú estás cambiando tu vida....y parte de las razones son para mostrarme lo que sientes.... —un húmedo beso atormentó la carne justo encima del hueso de la cadera de Jude, e, involuntariamente, ésta contuvo la respiración ante la sensación—. Y me gustaría devolverte el favor, ¿te parece bien? —hizo una mueca maliciosa.

—Oh, sííí... —dijo entre dientes mientras los dedos de Liz jugaban brevemente con el vértice del deseo de Jude para puntuar la pregunta.

—Muy bien —murmuró—, levanta la pierna, cariño. Eso es... —guió la pierna de Jude de modo que se apoyara confortablemente en el blando cojín de la tumbona y sonrió ante la imagen tan tentadora que ofrecía. La seda del sarong caía abriéndose para mostrar sólo un atisbo de los seductores secretos de la excitación de Jude, y su blancura contrastaba eróticamente con el bronceado profundo de su piel—. Eres tan preciosa…. —susurró, llenando con docenas de besos la parte interna del muslo de Jude, cada uno ligeramente más intenso que el anterior.

Con los dientes mordisqueó la unión que conectaba la pierna de Jude con el abdomen, y la mujer oscura no pudo evitar el gemido que se escapó de su garganta. Podía oler el comienzo de su propia excitación, y aunque ansiaba simplemente dejarse llevar por el deseo que sentía, Jude se contuvo, a sabiendas de que la mujer más pequeña deseaba conducirla por ese recorrido.

Manos pequeñas salieron de debajo de la seda mientras la boca de Liz jugaba con el vello rizado que protegía su centro. Jude sintió cómo los dedos de Liz se movían sobre el nudo del sarong. Esperando que la tela cayera, miró hacia abajo, sorprendida al ver que permanecía en su sitio.

—Me gusta el tacto que tiene —murmuró suavemente, encogiéndose de hombros juguetona.

Las manos vagabundas se perdieron aún más arriba, encontrándose con unos pezones que se tensaron inmediatamente y que esperaban su atención. Otro gemido gutural, y sus caderas comenzaron a frotarse lentamente contra la boca de Liz, una súplica muda para que continuara.

Deslizando las manos hacia abajo a lo largo del cuerpo de Jude, las volvió a esconder bajo la superficie de seda y separó dulcemente los pliegues de los labios internos de su amante. Un gruñido estrangulado resonó en la garganta de Jude, y enredó sus dedos temblorosos en el pelo de Liz. Una larga caricia de su lengua se hundió directamente en el corazón de su deseo, saboreando su humedad. Jude echó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos contra los rayos del sol, preguntándose cuál de los dos calores era más fuerte: el que caía de lleno sobre ella, o el que surgía desde lo más profundo de su interior. Gimió de nuevo cuando la lengua de Liz se adentró aún más en su centro, buscando y encontrando un ritmo intenso, implacable.

Las manos de Liz se movieron para sujetar el cuerpo tembloroso de Jude, agarrando sus caderas, y un prolongado gemido ardió en la garganta de la mujer más pequeña, evidenciando lo mucho que estaba disfrutando con la tarea. El sonido de Liz obteniendo placer de este acto íntimo llevó a Jude casi al límite, y cuando sintió que sus dedos se unían a su lengua en su exploración, se desplomó en caída libre en una espiral de sensaciones que emanaba de su centro.

Sus manos se agarraron a los hombros de Liz, hundiendo sin querer las uñas en la carne mientras se inclinaba hacia delante, abrazando su peso sobre el contacto firme como una roca de su amante. Unos brazos tranquilizadores rodearon su cintura, y la atrajeron hacia abajo hasta que se encontró prácticamente encima de una risueña y satisfecha Liz.

—Por Dios... —Jude respiró de nuevo, escondiendo la cara en su cuello y dejando que el pulso en sus entrañas la inundara—. ¿A qué ha venido esto? —preguntó, sin notar la mirada de suficiencia de la rubia y el brillo pícaro de sus ojos.

—Digamos que ha sido un impulso irresistible —sus manos no dejaron de recorrer la espalda de Jude y sus hombros, rodeándolos para jugar con su pecho.

—Me vale —dijo Jude entre dientes, arqueándose involuntariamente ante las caricias.
Permanecieron en un sensual aturdimiento durante un momento antes de que Jude se incorporase de mala gana.

—Debo estar aplastándote.

—Na —Liz envolvió con sus brazos a la mujer más grande para que no se moviera—. Me gusta.

—¿Y si hacemos un trato? —ofreció Jude—. Llevamos los cojines de esas dos tumbonas, los ponemos en ese rincón a la sombra y nos tumbamos con unas bebidas — echó una mirada al sol y después a la piel blanca de su amante—. Me da miedo de que te achicharres.
Liz frunció los labios como si estuviera pensando profundamente.

—Vale, me parece bien.

Recogió las provisiones mientras Jude hacia un cómodo nido con los almohadones, sonriendo abiertamente cuando Jude se dejó caer perezosa sobre ellos, con una sonrisa juguetona.

—Ojalá tuviera una cámara —bromeó. Era un deseo sincero de congelar ese momento y capturar la plenitud que sentía en ese instante de su vida. Jude había añadido, literalmente, una nueva dimensión a su existencia....una en la que la alegría era posible.

—¿Ah, sí? —una ceja dubitativa se arqueó en su dirección—. ¿Quieres una foto mía? ¿Así? —ahora, la otra ceja se unió a su pareja en la duda.

Liz se detuvo un momento, pensando que ese impulso —congelar, documentar, grabar— había sido su verdadera esencia durante demasiado tiempo. Y había hecho que no viviera esos momentos que tan diligentemente retrataba. Pero todo lo que se refería a Jude era en el momento....no guardaba nada, no reservaba nada para un mitológico día de lluvia. Intentar capturar la esencia salvaje de esta mujer, sería lo mismo que intentar matarla.

—Na... —Liz eliminó su deseo con un movimiento despreocupado de la mano—. Me gusta más el tiempo real —dejó las bebidas y el resto de los nachos lejos de la línea de alcance de cualquier miembro que pudiera escaparse de los cojines, y se situó cómodamente apoyada en el cuerpo de Jude—. Oh, esto está muy bien —sonrió.

—Sabía que te gustaría.

La vista que se ofrecía desde su posición era el océano bañando la costa. Y un cielo increíblemente azul....casi tan azul como sus ojos, pensó Liz, se extendía en el horizonte, y las gaviotas moteaban el cielo y rompían el silencio con sus gritos. Aggie y Clytemnestra saltaban sobre la arena, persiguiéndose desenfrenadamente, mientras Pete retozaba valientemente detrás, intentando seguir a los otros perros más grandes. Podía haber sido una escena de una película o de uno de sus libros, pero, esto es real….esto es mi vida, pensó Liz maravillada. Realmente, no eliminaba los mil y un problemas que rápidamente aparecieron en su mente al sopesar una relación con la complicada mujer que la abrazaba....pero me hace darme cuenta de lo que podríamos tener.... Sus pensamientos se adentraron en la oscuridad que rodeaba a su amante, y supo que era el momento de hacer más preguntas.

Giró el cuerpo de modo que estuvieran cara a cara. Jude fijó su mirada en el solemne verde que se la devolvía y preguntó:

—Te vas a poner seria, ¿verdad?

Liz se sonrojó un poco y asintió con pesar.

—Estaba pensando... preguntándome, realmente....Jude…. —jugueteó con un mechón de pelo negro, inspiró profundamente y exhaló con fuerza—. ¿Qué pasó después de la muerte de Jason?

Jude permaneció callada durante un largo rato... lo suficientemente largo como para que Liz pensara que no iba a contestar. Pero, finalmente, depositó un beso suave sobre la cabeza de Liz y suspiró.

—Fue tan doloroso, Elizabeth....Pensaba....Deseaba....Quería simplemente tumbarme allí, junto a él, y morir también. Rico dijo que sus muchachos se ocuparían del cuerpo, pero sabía que lo tirarían en cualquier parte y que nunca lo encontraríamos. Yo....yo no podía hacerle eso a María —se presionó un punto en el puente de la nariz y se frotó los ojos con cansancio—. Así que me ocupé yo....lo tomé en mis brazos....era tan ligero, Elizabeth....como un niño pequeño....e intenté no zarandearlo demasiado....Tuve que ponerlo en el maletero de mi coche....porque Rico y los otros estaban mirando....Estaba tan magullado....no podía mirarle la cara....su preciosa cara....Oh, Dios....Se había ido.... —las lágrimas que nunca había derramado por su pérdida alma gemela, brotaban ahora de sus ojos, y las dejó caer, sin avergonzarse del tono desgarrado de su voz, ni de la agonía visible en su rostro.

El corazón de Liz dio un vuelco ante su dolor; y la apretó con más fuerza entre sus brazos, incorporándose ligeramente para que sus cuerpos se sostuvieran el uno al otro mientras hablaban.

—No tienes que....

—No....no pasa nada....es bueno, creo.... —Jude tomó aliento para tranquilizarse y sonrió temblorosa mientras Liz le secaba las lágrimas de la cara—. Nunca había….

—Nunca habías llorado por él —adivinó Liz.

—Realmente, nunca había....hablado sobre él —admitió Jude—. María también solía intentar que hablara....pero....

—Lo siento, Jude —Liz quiso darse una patada. Por supuesto que Jude nunca había llorado por él—. No tenía que haberte presionado.

—No lo has hecho —Jude pasó la mano lentamente por el rostro de Liz. —No sé por qué, pero todo....ha salido....así de fácil —se encogió de hombros—. Supongo que era el momento —fijaron sus miradas por un instante y entonces, Jude, para el gran asombro de la reportera, bajó la mirada ruborizándose—. Eso....eso no es cierto —confesó—. Sí sé por qué.

—Dímelo.

Jude sonrió insegura.

—Tú —replicó—. Una parte de mí....se siente segura contigo. Siente que puede contártelo. Que lo entenderás.

Liz se quedó anonadada ante esa sencilla admisión, y dio gracias en silencio por estar sentada ya en el suelo. De lo contrario, estaba segura de que se habría caído.

—¿Y....estás bien?

Jude asintió.

— Sí —contestó sin vacilar—. Lo estoy. Por primera vez en mucho más tiempo del que puedo recordar, lo estoy —la afirmación quedó suspendida entre ellas durante un momento antes de que Jude continuara—. Bueno... ¿dónde estaba? —pasó una mano temblorosa por su pelo—. Llamé a Kent desde el coche y le dije... que teníamos una baja. Sabía que no podía llevar a Jason a María tal y como estaba....y no podía soportar el dejarle ir....a un hospital....eso habría significado....

—Lo sé —la tranquilizó Liz.

—Mientras conducía, en lo único en lo que podía pensar era en cómo podía haber pasado esto.... ¿Cómo habían descubierto a Jason? Y luego, cuando La Agencia barrió la investigación y la metió debajo de la alfombra, supe que tenía que haber sido alguien desde dentro.

—¿Alguien de La Agencia lo delató? —preguntó Liz incrédula.

—A veces pasa —Jude se encogió de hombros. —Más a menudo de lo que puedas pensar. No te creerías la cantidad de dinero que pasa por ese sitio. Los agentes infiltrados tienen que crear una fachada de riqueza increíble, para poder ser partícipes de ese mundo. Conducimos Ferraris, vivimos en áticos, vamos de pesca en lujosos barcos....y en realidad, ni siquiera la ropa que llevamos es nuestra. Es difícil no caer en la tentación —echó una mirada a la belleza que la rodeaba—. Yo caí.

—¿Caíste antes o después de la muerte de Jason? —preguntó Liz, un brillo inquietante bailaba intensamente en sus ojos.

—¿Acaso importa?

—Importa.

Jude suspiró, cambiando el peso contra la mujer más pequeña.

—Después —replicó con calma.

Liz asintió ligeramente.

—Eso pensaba.

—La Agencia traicionó a Jason, Rico me obligó a matarle....Quería que ambos pagaran.

—Así que te vendiste. Manteniéndote en La Agencia y con los Massala, tomando el Cártel y haciéndolo tuyo.

Ahora todo tenía perfecto sentido para Liz....la agente convertida en delincuente por razones que nadie en la prensa pudo entender. No fue avaricia, no fue ambición....fue rabia, miedo y dolor. Había tantas cosas en Jude que parecían incongruentes....los destellos de ternura, el sesgado sentido del honor....traicionar a una mujer así podría ser tu último pecado. Un pequeño escalofrío recorrió a Liz ante este pensamiento, haciéndola consciente con inquietud de su propio engaño.

—¿Estás bien? —la tensión en el cuerpo de Liz era demasiado evidente como para ignorarla—. Quiero decir....Sé que esto es mucho para asumirlo así. Quizá sea demasiado. He hecho cosas espantosas, y no te culparía.... —intentó liberarse del sólido abrazo, pero Liz apretó los brazos—. Probablemente sea mejor si no....

—¡Eh! Espera un momento. ¿A qué viene eso? —preguntó Liz, agarrando a Jude por la mejilla y alineando sus miradas—. Ya hemos tratado este asunto. Yo decido lo que merece mi tiempo y mi preocupación. Y tú, mi amor, definitivamente lo mereces. Y deja que te diga algo más que no quieres oír, Jude Lucien. Creo que eres una mujer poderosa, increíble y extraordinaria. Y sí, sé que hay demasiadas facetas en ti que volverían loco a Sigmund Freud durante décadas... ¿pero sabes qué? Me importa una mierda. Quiero trabajar todas y cada una de ellas contigo....no importa el tiempo que lleve, no importa lo que cueste, ¿te enteras? Quieres conocer a mi familia....bueno, ¿adivina qué, cariño? Yo quiero conocer a la tuya —Jude abrió la boca para hablar, pero Liz colocó firmemente una mano sobre ella—. Calla....déjame acabar —advirtió—. No sé cómo empezó todo esto entre nosotras, o por qué, pero francamente, me da igual. Porque es, sin duda alguna, lo mejor que me ha pasado en toda mi vida. Que me disparasen y todo —Liz se quedó sin aliento y fue reduciendo la marcha, demasiado conmocionada por su propia audacia como para notar los ojos asombrados y llenos de ternura de Jude—. Pero hay una única cosa que quiero saber, y creo que ya sé la respuesta, pero quiero oír las palabras —pasó unos dedos cariñosos por la mejilla de la mujer oscura—. ¿Sientes tú lo mismo?

Esta vez, los ojos de Jude no desviaron la mirada, no buscaron alguna otra cosa a la que mirar, no titubeó ante la intensidad de los ojos de Liz. Una sonrisa perezosa se extendió en su rostro.

—Así que....¿quieres conocer a mi familia? —preguntó a modo de respuesta.

Liz no vaciló ante el non sequitur (no deducción), convencida de que la llevaría, en última instancia, a donde quería ir.

—¡Sin lugar a dudas! —replicó, su sonrisa igualando a la de Jude.

—Entonces, venga, vamos.

°°°°°°°°°°°°°°°
avatar
malena
Admin

Cantidad de envíos : 1007
Fecha de inscripción : 16/05/2008

Volver arriba Ir abajo

Re: Lucifer rising, Sharon Bowers

Mensaje  malena el Enero 20th 2013, 12:14 am

Capítulo 11

Jude había mantenido un silencio hermético sobre el lugar al que se dirigían, diciendo sólo:

—Tú lo has querido.

Y había permanecido igual de resoluta en su rechazo a compartir la ducha con ella. Y ahora, mientras el agua fría corría sobre su cuerpo aún excitado, Liz admitió en privado que ducharse por separado era la única posibilidad que tenían para lograr salir de la casa esa noche. Sólo pensar en la combinación del agua cayendo, el jabón y las sabias manos de Jude, hacía volar otra ráfaga de fuego por sus venas....Uau….nena..., murmuró Liz para sí misma, abriendo aún más el grifo del agua fría. Abrazándose bajo el ahora congelado chorro, agitó la cabeza furiosamente para eliminar esas ideas de su mente. Después, Lizzy....haremos todo eso después..., se prometió mientras salía de la ducha y comenzaba a secarse con una toalla.

Secándose el pelo con brusquedad, se deslizó dentro de los vaqueros que Carmina le había lavado y doblado cuidadosamente, y sacó una camiseta del montón en el armario. Se la había metido ya por la cabeza cuando se le ocurrió una idea mejor. Tirando la camiseta sobre la cama, fue hasta el dormitorio de Jude con una sonrisa traviesa en su rostro.

Jude estaba todavía en el baño, se podía oír el silbido del secador de pelo y, más débilmente, su agradable contralto cantando algo inidentificable. El sonido trajo otra sonrisa al rostro de Liz cuando se dio cuenta de que no era la única afectada por la calidez que se enroscaba en su vientre. Espiando por la puerta medio abierta del armario, cruzó la habitación y comenzó a husmear a través de las filas de camisas colgadas.

—¿Buscas algo? —inquirió secamente una voz a sus espaldas.

La cabeza de la reportera dio una violenta sacudida al oírla, golpeándose en el pecho y constriñendo sus pulmones de miedo. Aunque sólo la habían pillado en la más mundana de las actividades, se dio cuenta de que las posibilidades para algo mucho peor aún existían.

—¡Joder! La próxima vez llama a la puerta, ¿quieres? —dijo Liz haciendo una mueca, dándose la vuelta y esperando que su voz no se quebrara.

—Estás en mi armario —señaló Jude, su tono ligeramente cortante. Su dureza hizo que un escalofrío recorriera el cuerpo de la reportera.

—Bueno....sí.... —Liz echó una mirada a su alrededor—. Je, je, je....Desde luego que sí lo es.... Estaba buscando algo que ponerme —hizo un gesto hacia su torso desnudo.

Los ojos de Jude examinaron perezosamente la figura frente a ella, extendiendo un dedo para trazar delicadamente el encaje que protegía sensualmente los pechos de Liz. Inspirando bruscamente ante la caricia, Liz tomó nota mentalmente para preguntar después a Jude cómo se las había apañado para “adivinar” la talla con tanta precisión.

—No lo sé —dijo Jude arrastrando las palabras—. Como que me gusta bastante lo que llevas ahora —enganchando el mismo dedo en el centro del Women's Secret, sacó a Liz fuera del armario.

La caja fuerte, comprendió al captar un apagado gris plomo con el rabillo del ojo, me está apartando de la caja fuerte. Entonces, su mente fue silenciada por la cálida sensación de las palmas de Jude cubriendo sus pechos, y por el sabor hambriento de su boca descendiendo sobre la suya propia. Jude la besó lánguidamente, minuciosamente, avivando de nuevo el fuego que la ducha fría había sofocado. La reportera gimió, utilizando sus propias manos para apretar más las palmas de Jude contra sus pechos ya totalmente excitados.

—Creía que no querías que llegáramos tarde.... —logró decir Liz jadeando cuando la boca de Jude comenzó a deslizarse hacia abajo por su cuello.

—Pues entonces no deberías torturarme así —gruñó Jude, con su lengua danzando sobre el pulso frenético en el cuello de su amante.

—¡Ah!....¡Oh! —los brazos de Liz se enroscaron alrededor del cuello de Jude, notando distraídamente que ésta se había trenzado el pelo—. Ah....creo....que ....¡Oh!....soy yo la que....Oh, Dios, sí....está siendo torturada.... —gimió cuando los dientes de Jude juguetearon con sus dolorosamente sensibles pezones a través de la fina tela de su sujetador. Las manos de Jude agarraron la gruesa tela de los vaqueros de Liz y tiró de ella hacia sí.

Los dientes y labios vagabundos se detuvieron y Jude hundió su cabeza en la delicia del pecho de la mujer del pelo rubio miel.

—No tienes ni idea de lo que me pasa con sólo mirarte —dijo suavemente, levantando la vista para mirar a Liz.

—Si es algo parecido a lo que pasa a mí, creo que me hago una idea bastante clara —contestó Liz irónicamente.

—Tienes razón —admitió Jude, sonriéndose—. Bueno.... —exhaló profundamente, acariciando por última vez los fuertes músculos del estómago de Liz—. Vamos a ver qué te pones —dio un paso atrás, cruzando los brazos y evaluando a su amante—. Una camisa, ¿eh?

—Sip.

—¿Ya se te han acabado las nuevas?

—Nop —unas cejas oscuras se fruncieron formando una pregunta sin palabras—. Me gustan más las tuyas. Huelen....bueno....a ti.

Eso provocó un ligero sonrojo en la mujer alta, que dejó caer los brazos en señal de rendición e hizo un gesto a Liz para que se acercara al armario.

—Sírvete tú misma —sonrió.

Liz caminó de vuelta hacia el armario, notando que Jude no hizo ningún movimiento para seguirla. Sacó una camisa negra y la sostuvo delante de ella. Echó una mirada dubitativa a Jude, que negó con la cabeza ante el color oscuro contra la piel clara de Liz. Varias otras camisas fueron desechadas en este intercambio silencioso, hasta que encontró una camisa Oxford blanca y muy usada, con rayas verdes que la atravesaban. Viendo a Jude sonreír ampliamente cuando la sostuvo en alto, Liz se rió y proclamó en broma.

—¡Tenemos un ganador, amigos!

Era un poco más pequeña que alguna de las otras camisas que había visto y pudo meterla fácilmente en los vaqueros. La dejó abotonada de abajo, liberando el largo de su pelo rubio-miel del cuello.

—¿Qué te parece?

—Estupenda —replicó Jude con una sonrisa—. Me da la sensación de que debería cambiarme —miró a su indumentaria dubitativa.

Liz examinó despacio la forma oscura de su amante. Jude llevaba una camiseta blanca sin mangas y unos vaqueros gastados que se adaptaban con familiaridad a la forma de sus poderosas piernas. Las costuras deshilachadas en los bolsillos y un pequeño desgarrón en la rodilla, indicaron a Liz que eran sus favoritos desde hacía mucho. A la reportera le gustó la última encarnación de la mujer sombría que estaba contemplando.

—Estás absolutamente preciosa.

Jude soltó una carcajada burlona.

—No.

—Oh, sí... —la contradijo Liz, eliminando la distancia entre ellas—. Pareces la perfecta vándala callejera, toda actitud hosca y vaqueros ajustados —en su mente podía ver con facilidad a una Jude más joven e incluso más desafiante, luciéndose en el bar de Nickie o pasando con la Triumph haciendo un ruido infernal, libre del asfixiante agarre de su madre.
Una ceja morena se alzó escéptica.

—Na, los vándalos de verdad llevan botas, no zapatillas deportivas —bromeó Jude—. Ni siquiera llevo calcetines.

Permanecía sólo a un pelo de distancia de su amante y podía sentir profundamente en su estómago la conexión que la unía a Jude. Su fuerza casi la dejó sin aliento, y se maravilló por cómo esta mujer le afectaba como nada que hubiera conocido antes.

—Bueno, iba a decir que a tu ropa le faltaba algo....pero no son las botas.

Una perezosa medio sonrisa se extendió sobre el rostro de Jude.

—¿Y qué es?

—Esto…. —Liz levantó la mano y se quitó el diamante de su oreja izquierda, deslizándolo hábilmente en el agujero vacío del lóbulo derecho de Jude—. Perfecto— rió, dando un paso atrás para admirar su trabajo—. Espera....una cosa más —giró alrededor de su amante y liberó la melena de Jude de su confinamiento—. Mucho mejor —murmuró, pasando sus dedos por su oscura abundancia.
Jude se dejó mimar pacientemente, una mirada inescrutable en sus ojos.

—¿Has terminado? —preguntó cuando las atenciones de su amante se hicieron más lentas y se convirtieron en pausadas caricias.

—Nunca —susurró Liz, besando su línea favorita a lo largo de la clavícula de Jude.

—No estás haciendo esto nada fácil —musitó Jude con aliento irregular, su cuerpo respondiendo a la sensual atención.

El beso terminó abruptamente, haciendo volver a Jude con brusquedad, del umbral de un lugar deliciosamente cálido. Parpadeó abriendo los ojos para enfocarlos en su amante, que se mordía el labio pensativa, con una ligera insinuación juguetona en su sonrisa

—Tienes toda la razón —asintió Liz contundente—. ¿Qué esperas? Vamos.

Para sorpresa de la reportera, cuando llegaron a la cocina Jude llamó con un silbido a los perros y le dijo a Pete que se quedara. La pequeña bestia lloriqueó suplicando ser incluido, clavando unos tristes ojos marrones en su dueña.

—Oh, venga, vamos, Jude. No puedes dejarlo aquí.

Jude ladeó la cabeza levantando una ceja al chucho, que movió la cola ansiosamente.

—Pete —advirtió—. Sabes que lo único que harán será mangonearte. ¿Recuerdas la última vez que fuimos a ver a Cassandra? —Clytemnestra ladró con aprobación y Pete bajó la cabeza un poco—. Ajá —asintió Jude—. No quiero que vuelvan a usarte como un mordedor —dijo seriamente, agachándose para rascar un par de caídas orejas. Liz observó todo el intercambio con una apenas disimulada diversión ante la gravedad del tono de la mujer sombría—. Pero si prometo traerte una bolsa enorme llena de sobras, ¿te quedarás? —Pete ladró para mostrar su acuerdo—. Buen chico —un último rascado detrás de las orejas y Jude estuvo de pie otra vez, poniendo los ojos en blanco ante la carcajada que se le escapó a Liz—. Se disgusta si lo dejamos solo —dijo Jude a modo de explicación mientras abría la puerta de atrás del Explorer para que entraran los akitas.

Sinceramente, Liz prefería el Explorer al poderoso Porsche que Jude conducía normalmente. El Explorer estaba cómodamente descuidado, con restos apenas visibles de pelo de perro en las alfombrillas, y algunos objetos de camping y toallas de playa disputándose el sitio en el espacioso interior. El Boxster, e incluso el Jaguar que descansaba silenciosamente en el garaje, eran más bien parte del aura que Jude creaba para gente como Romair Massala. Aunque sabía que la inquietante traficante de drogas y su risueña amante de ojos azules eran meramente diferentes aspectos de la mujer de la que Elizabeth se iba enamorando profundamente, la reportera no podía evitar desear que Jude pudiera dispersar todas las sombras que todavía envolvían su vida.

°°°°°°°°°°°°°°°

Los treinta minutos de viaje pasaron rápidamente, y pronto estuvieron entrando por un sendero arenoso que conducía a un restaurante de aspecto destartalado que estaba situado directamente en la playa. Los sonidos de risas y música llegaban fácilmente hasta ella desde el porche, y se sorprendió al ver el número de coches aparcados en la arena sin orden ni concierto alrededor del edificio. Los perros brincaron alegremente cuando Jude les dejó salir del Explorer, pero permanecieron obedientemente al lado de su ama.

—Muy bien, chicos —Jude acarició la piel de Aggie—. Vayan a buscar a Cassandra.

Los perros ladraron con aprobación, se lanzaron alrededor del edificio y se perdieron de vista. Un ladrido les dijo que los perros habían encontrado lo que buscaban. Momentos después, Liz vio tres formas blancas corriendo a lo largo de las olas.

—Son de la misma camada —explicó Jude.

—Claro... Agamemnon, Clytemnestra y Cassandra. Pero, espera, ¿no terminaron matándose unos a otros?

—En realidad, según la mitología griega, Clytemnestra mató a los otros dos, y después su hijo la mató a ella —corrigió Jude, tomando la mano más pequeña de Elizabeth en la suya.

—¿Y les pusiste sus nombres a tus perros? —y, aunque Liz agitó la cabeza con incredulidad, una sonrisa creció en su rostro ante la intimidad del gesto de Jude.

—Fue idea de Jason —dijo Jude encogiéndose de hombros, recordando el brillo en los ojos de su compañero mientras miraban a los cachorros de akita retorciéndose en la cesta de mimbre. Había decidido regalarle a María un perro por su cumpleaños porque nunca había tenido uno cuando era pequeña. Todas las familias necesitan un perro, Angel....Te dije que iba a tenerlo todo: esposa, niños, una casa....también tengo que tener un perro. Arrastrando a una reseca Jude a casa del criador, había estado hablando con gran excitación de los mejores aspectos de los akita: lo leales y confiables que eran, y también unos buenos perros guardianes. Sólo escuchando con media oreja mientras él y el criador discutían sobre lo mejor de la camada, Jude había dejado caer su cuerpo dolorido al lado de la cesta jugando con tres cachorros. Sus gracias incluso habían traído a su rostro la sombra de una sonrisa mientras el más seguro del grupo se liberaba de su hermano y de su hermana y trastabillaba hasta el regazo de la mujer oscura. Jude rascó vacilante las orejas del cachorro mientras el akita se abalanzaba como una fiera sobre la mano libre de Jude. Levantó la vista tímidamente para encontrarse a su compañero con una divertida mirada clavada firmemente en ella.

—Así que te llevaste uno también, ¿eh? —bromeó Liz.

—Me llevé dos —contestó Jude—. Era Clytemnestra la que se me tiró a la mano. Ella era realmente lo mejor de la camada, y el caso es que Aggie, como que iba con ella. El criador decía que eran inseparables. El par de veces que había intentado separarlos, ambos habían formado tal escándalo, que incluso había asustado a algunas personas que habían querido comprar a Clytemnestra. No quería separarlos, pero parecía que no iba a tener otra opción. Jason no podía llevarse a los dos cachorros, así que terminó quedándose a Cassandra.

—¿Te quedaste con los dos para que pudieran estar juntos?
Jude se encogió de hombros con indiferencia, pero no pudo evitar el bonito rubor que subió desde su garganta.

—Bueno....sí....Aggie parecía tan triste sentado en la cesta mientras jugaba con Clytemnestra. Pensé....qué demonios, así podrían hacerse compañía cuando yo estuviera fuera.

—Eso es muy dulce —viendo el ceño fruncido de Jude, Liz estalló en carcajadas—. Oh, vamos, Lucien.

Eres taaaan arisca....Claro, que esto no me está mostrando nada que yo no sepa ya.

—¿Y de qué se trata? —preguntó Jude con una mal disimulada sonrisita, haciendo que se detuvieran frente a una señal hecha con gastados trozos de madera arrastrados por el mar hasta la playa, en la que se leía: Barrido del Mar. A pesar de las miles de cosas que podía haber dicho para seguir con la broma, Liz optó por una verdad pura y dura que dudaba que Jude se hubiera permitido oír alguna vez.

—Tienes buen corazón. Lo que pasa es que lo mantienes demasiado encerrado dentro de esa actitud glacial para que nadie, incluyéndote a ti, pueda llegar a verlo nunca.

Ante estas palabras tan dulces Jude se quedó totalmente inmóvil, maravillada por cómo esta mujer podía ver a través de ella con tanta facilidad. Parecía que Elizabeth podía ver exactamente todo de lo que había sido capaz Jude y después, sacar a la luz la ternura que Jude pensaba que había enterrado muy profundamente dentro de sí.

—Ven aquí, tú... —dijo la mujer alta, abrazando con fuerza a Liz. Acomodándose cada una en los brazos de la otra, una tranquila calidez rodeó a la pareja, haciéndolas totalmente ajenas a las miradas curiosas de los clientes que salían y entraban del restaurante.

Un profundo suspiro atravesó el cuerpo de Jude mientras susurraba suavemente.

—Es absolutamente imposible que alguna vez pueda merecer la mirada que hay ahora mismo en tus ojos, así que simplemente daré gracias a lo que sea que haya arriba porque estás ahora aquí conmigo.

Liz sonrió y depositó un beso dulce sobre su mejilla.

—Estás equivocada.... —hizo bajar la cabeza a Jude para que sus ojos se encontraran—. Te mereces esto y mucho más.

Sus labios se enredaron una vez más en un tierno intercambio que era una promesa para esa noche y muchas más que tendrían que venir. Un sordo retortijón del estómago de Liz las sobresaltó e hizo que se separaran.

—Hablando de corta rollos.... — Jude puso los ojos en blanco.

—¡Ey! —la mujer más pequeña golpeó alegremente, con el dorso de la mano, el liso abdomen de Jude—. ¿Qué puedo hacer si has hecho que se me abra el apetito?

—Así que es culpa mía, ¿no?

—¡Absolutamente! —declaró Liz—. Esta es mi versión y a ella me agarro.

Jude se echó a reír de la pura alegría de estar en presencia de la pequeña mujer. Sin darse cuenta, Liz había arrullado, hasta dormirlos, los demonios que mantenían el alma de Jude bajo sus garras. Y había mostrado a Jude una visión fugaz de lo que podía haber sido su vida sin La Agencia o todos los recuerdos que marcaban sus sueños. La gloriosa visión llenaba a la ex agente con una intensa necesidad de sentir más, y sabía sin ninguna duda que Elizabeth Peterson era una droga mucho más adictiva que ninguna de las que ella hubiese vendido jamás. La mera idea de intentar apartarse de ese poco tiempo de gracia que Liz le aportaba, era horrenda, y un escalofrío recorrió su cuerpo ante tal pensamiento.

—¿Estás bien? —el movimiento no había pasado desapercibido para Liz, que todavía descansaba entre sus brazos.

—Absolutamente —se hizo eco Jude—. Parece que yo también tengo apetito.

°°°°°°°°°°°°°°°
avatar
malena
Admin

Cantidad de envíos : 1007
Fecha de inscripción : 16/05/2008

Volver arriba Ir abajo

Re: Lucifer rising, Sharon Bowers

Mensaje  malena el Enero 21st 2013, 12:25 am

Liz se dio la vuelta en el círculo de su abrazo, de modo que ahora uno de los brazos de Jude rodeaba sus hombros con tranquilidad. En lo que concernía a la reportera, se iba a quedar ahí toda la noche, al diablo las apariencias. Estaba en compañía de la mujer más bella, fascinante y sensual que había conocido nunca y, con franqueza, a Liz le importaba malditamente quien lo supiera. A mamá le daría un ataque....Y a papá le daría un paro cardiaco. La visión de la cara de consternación de sus padres trajo una mueca diabólica a su rostro y se permitió una pequeña risa a sus expensas.

La pareja dio los primeros pasos hacia las escaleras de madera de la entrada principal cuando la señal de madera captó la atención de Liz.

—¿Barrido del Mar? ¿Arrastrado por el mar? —preguntó.

—Sip —asintió Jude—. La historia cuenta que hace cientos de años un barco pirata se hundió aquí, y que el botín está todavía enterrado en alguna parte bajo las dunas. Se supone que el cartel es de los restos del propio barco.

Liz miró la madera dubitativa.

—¿Y qué sirven aquí?

—Pan rancio y grog (bebida hecha con agua caliente, ron, azúcar y limón) —contestó Jude llegando arriba de las escaleras.

El estómago de Liz sonó ruidoso.

—Será mejor que no —dijo entre dientes.

Ignorando el ceño fruncido de su amante, Jude se detuvo ante el lugar del maitre y se dirigió a un atractivo joven vestido con una camiseta gris y unos vaqueros de aspecto cómodo.

—Marco —saludó con la cabeza, sonriendo—. ¿Cómo estás?

Muy bien... obviamente, hemos estado aquí antes, pensó Liz.

El joven pareció encantado de ver a Jude, y respondió con una amplia sonrisa.

—Estoy muy bien, señora Lucien. Gracias —paseó la mirada entre las dos mujeres—. ¿Mesa para dos esta noche?

Jude asintió.

—Sí. ¿Está María por aquí?

El chico abrió la boca para replicar, pero una voz detrás de las mujeres interrumpió:

—Por supuesto que estoy por aquí. ¿No lo estoy todas las noches? Claro, que si te dejaras ver más que una vez de vez en cuando, probablemente lo sabrías.

Liz se dio la vuelta para encontrarse con quien hablaba: era una pequeña mujer latina con unos ojos risueños y una cascada de pelo oscuro cayéndole sobre los hombros. Iba vestida informalmente, con unos pantalones azul oscuro y una blusa de manga corta de color crema que resaltaba el tono oliváceo de su piel. Jude se movió hacia la diminuta mujer, levantándola en un gran abrazo y dándole vueltas alrededor de la entrada.

—¡Bájame! —protestó María sin mucha convicción.

Jude la dejó suavemente en el suelo, encantada de ver a su amiga.

—Lo siento, he estado un poco descuidada....pero las cosas....

—Sí, has estado muy ocupada. Claro, claro, claro.... —María desestimó sus excusas con un gesto de la mano—. La misma historia, un día diferente. Kent mencionó que quizá aparecerías esta semana, pero yo no estaba conteniendo el aliento —dijo irónicamente. Liz notó que la broma parecía algo familiar entre las dos mujeres, como si fuera una vieja historia, y los reproches fueran una forma rutinaria de tomarse el pelo más que expresiones de auténtico dolor. Por lo menos, parecían realmente extasiadas de verse otra vez, y la reportera se preguntó vagamente si debería sentirse celosa de su evidente cercanía.

—Cuando menos te lo esperas, aquí estoy —Jude se encogió de hombros tímidamente.

—Sí, aquí estás. Y tus modales son tan atroces como siempre —golpeó a Jude en el brazo y rodeando su alta forma, miró a Liz, señalándola con la mirada—. ¿Nos vas a presentar? —miró de nuevo a Jude y la estudió detenidamente—. ¿Hace cuántos años que te conozco? ¿Seis, siete? Y nunca has traído a nadie para que me conozca. Y ahora que por fin lo haces, te olvidas de presentarnos.
Jude abrió la boca, quizá para argumentar que no es que María le hubiera dado una oportunidad, pero fue interrumpida otra vez.

—¿Cómo estas? —extendió una mano hacia una asombrada Liz que iba atando cabos rápidamente—. Soy María.

La María de Jason....Oh, Jesús....

Estrechó la mano que se le ofrecía, como atontada. Sus pensamientos eran un rugido tumultuoso al observar la amplia sonrisa en el rostro de su amante. La franqueza en la mirada de Jude llegó hasta el corazón de Liz y lo desgarró con violencia en un relámpago de dolor-placer que hizo que quisiera suplicar clemencia a gritos.

—Hola, yo soy Liz —consciente de que a la mirada especulativa de María no le había pasado desapercibida la expresión sorprendida de su cara, Liz recobró rápidamente la compostura—. Cuando Jude dijo que me iba a llevar a conocer a su familia, pensé que estaba de broma. Me alegro de tener la oportunidad de conocerte —dijo, aliviada porque ahora la sorpresa había pasado a la mujer delante de ella.

María se volvió para mirar a Jude, que permaneció donde se encontraba, con un brillo de diversión en sus ojos.

—Kent dijo algo de que tenías una cita la otra noche —comentó una sonriente María a la mujer oscura—. Tendría que haberme dado cuenta de que había algo más que eso.

Jude respondió con una amplia sonrisa y se situó entre las dos mujeres, rodeándolas a cada una con un brazo.

—Ya deberías saber que conmigo siempre hay algo más.

—Ese es el eufemismo del siglo —murmuró Liz bromeando.

María soltó una carcajada al ver a Jude levantar una ceja indignada.

—Parece que ésta tiene tu número.

Jude lo reconoció levantando elegantemente los hombros. Echó una mirada hacia abajo para encontrarse con unos cálidos ojos verdes devolviéndole la mirada, y le hizo un guiño.

—Creo que tienes razón, Ría.

Mientras el trío se movía por el restaurante, Liz notó las caras relajadas de los clientes y disfrutó de los deliciosos aromas de los diferentes platos. El comedor era algo más tranquilo que la estrepitosa terraza, que era donde se encontraban el grupo musical, la pista de baile y el bar. Allí la multitud era más joven, pero casi de tan alto estatus como la gente que había en el comedor. Varias parejas bailaban al ritmo de la banda, que parecía estar tocando, sobre todo, reconocibles números uno.

—Son bastante buenos —Liz señaló con un gesto de la cabeza al cuarteto de músicos.

—Son la banda de la casa desde hace un año y medio —replicó María. Después, mirando maliciosamente a Jude, añadió—. Puede que si se lo pides a Jude muy amablemente, suba a tocar con ellos esta noche —viendo cómo Jude entrecerraba los ojos y fruncía el ceño de forma amenazadora, se escapó del brazo de la mujer alta—. Oh, mira, allí están Kent y Tony. ¿Por qué no se sientan con ellos y en un momento voy yo? —lanzando una última sonrisa pícara a su amiga, se deslizó de vuelta a la cocina.
Jude gruñó algo incomprensible y se volvió para mirar a su acompañante, que la contemplaba expectante.

—Oh, no....no, no, no, no.... —negó enfáticamente con la cabeza—. Esta noche, no.... —viendo que la expresión de Liz no había cambiado, sus hombros se hundieron ligeramente—. Quizá después, ¿ok? —intentó salir del paso. Liz seguía estudiándola, sin pestañear—. Oh, por Dios, ¿puedo tomarme una copa antes? —suplicó por fin, admitiendo que había perdido.

—Claro —concedió Liz alegremente ahora que las cosas habían quedado claras—. Y hasta puedes tomarte dos o tres.

—Vaya, gracias —dijo Jude entre dientes, conduciendo a su compañera hacia la mesa del rincón donde Kent y su compañero, Tony, estaban sentados—. Hey, chicos, ¿están esperando a alguien en particular o se puede sentar cualquiera? —rió ante las caras de sorpresa de los dos hombres.

—¡Jude! —aulló Tony efusivamente—. Hace mucho tiempo, señorita.

—¿A quién estás llamando señorita? —gruñó Jude.

—Tú eres demasiado guapa para ser un hombre, así que debo estar hablando contigo —replicó él.

Sonriendo ligeramente, la mujer sombría sólo les estrechó la mano y puso una silla para Liz. Dejándose caer en la que había junto a su amante, sonrió ampliamente.

—Supongo que tienes razón. Tú tampoco estás demasiado mal, T. Para ser un hombre, quiero decir.

—Gracias, supongo —durante el corto intercambio, Liz había estado estudiando intensamente a los dos hombres. Kent, según reconoció por su fisgoneo no autorizado, era el contacto de Jude en la DEA, un antiguo compañero de los que empezaba a considerar “Los Antiguos Malos Días de Jude”. No tenía ni idea de quién era el otro hombre y observó sus rasgos con una expresión indiferente. Era un hombre compacto, bien musculado, con ojos color chocolate, con pelo negro rizado y cortado casi al rape, y piel bronce oscuro resaltada por el blanco de su polo.

—¿Y a quién tenemos aquí? —Liz se dio cuenta, ruborizándose, de que tres pares de ojos estaban puestos en ella, esperando una respuesta.

Jude recogió el relevo de la conversación suavemente.

—Ésta es Elizabeth Peterson....Elizabeth, estos son Tony Pinichero y Kent Laird. Ten cuidado, Tony es italiano y cree que eso le convierte por defecto en una especie de Gran Amante. Y Kent.... es tan tieso como el palo de una escoba. Me costó tres años hacer que se bebiera una sola cerveza.

—Y mírame ahora —remarcó irónicamente Kent, haciendo un gesto con el vaso en su mano.

—Sólo necesitabas que alguien te sacara de esa especie de ética laboral puritana en la que andabas metido —bromeó Jude.

—No funcionó —replicó Tony—. Todavía me persigue para que ponga el punto de cada i, y el palito de cada t.

—¿Trabajan juntos? —preguntó Liz, con un tono inocente en su voz. Sentía curiosidad por cómo los presentaría Jude.

—Son compañeros en La Agencia —respondió sencillamente Jude, notando con una sonrisilla las expresiones de sorpresa de Kent y Tony—. Cuando yo llevaba placa, no quería a nadie más en mi espalda.

Fue una declaración sencilla, reflexionó Liz, pero una que tenía mucha importancia, ya que sacando a la luz su conexión con los dos hombres, Jude les decía a sus amigos que era alguien en quien podían confiar. La reportera estaba asombrada por la admisión que Jude le proporcionaba en esa parte oscura de su vida, y eso la decidió a empezar a aclarar ese nido de serpientes que eran las mentiras que todavía había entre ellas. Liz tomó suavemente la mano de Jude, que descansaba en el brazo de la silla, y entrelazó sus dedos con los suyos. Devolvió la sonrisa a Tony, que las miraba sonriendo con cara de tonto. La cara de Kent era hermética, pero la reportera creyó detectar un débil amago de ceño furncido, que ocultó rápidamente. Cualquier intento de observación más allá, fue interrumpido por el sonoro tono barítono de la voz de Tony.

—¿Cómo una niña buena como tú ha acabado con una tipa huraña como Jude?

Jude y Liz intercambiaron una mirada, estallando en carcajadas simultáneamente.

—¿Qué? ¿Qué he dicho? —preguntó Tony desconcertado por sus carcajadas.

—Lo siento —se disculpó Liz intentando tomar aire—, pero es que parece que todo el mundo acaba preguntándome alguna variación de lo mismo.

—Eso es porque se observa como una niña buena —explicó Jude con una sonrisita—. Se observa es la palabra clave.

—¡Eh, tú! —para sorpresa de los dos hombres, Liz dio una palmada a Jude en el brazo—. Ten cuidado —advirtió juguetona.

—Oh, mira cómo tiemblo —se burló Jude.

—Pues deberías. Soy kickboxer. Tócame las narices y te dejo fuera de combate.

—No sé tú, Jude, pero estoy preocupado por ti —ofreció Tony sinceramente.

Jude puso los ojos en blanco y movió la cabeza tristemente.

—¿Por qué me he prestado a esto? Tengo que estar loca.

—Debe ser amooooor —canturreó Tony.

—Cállate —gruñó Jude como una fiera, pero el ligero rubor que iluminó sus rasgos fue visible para todo el mundo.

—Hombre, oh, hombre —se rió Tony—. No me lo puedo creer —levantó su copa en un brindis—. Señoras y señores....la mujer más elegible del mundo está ahora fuera del mercado. ¡Enhorabuena!

Liz echó una mirada a Jude, que tenía una sonrisa de desconcierto sobre el rostro. Varios pares de ojos curiosos se habían centrado en la bulliciosa mesa, y la mujer que normalmente se enfrentaba al fuego hostil con despreocupada facilidad, ahora se retorcía incómoda ante el escrutinio e intentaba hundirse aún más en su silla. La reportera dio un pequeño apretón a la mano de Jude y la oscura mujer ofreció
una intensa y excepcional sonrisa a su pareja.

—Tú te alegras de que esté fuera del mercado porque no podías soportar la competencia —replicó Jude, sin cuestionar su afirmación, un movimiento que no pasó desapercibido para Liz.

—Eso no te lo discuto —accedió Tony alegremente.

Moviendo la cabeza con arrepentimiento, Jude liberó la mano de Liz y se levantó.

—Bueno, si vas a hacer un brindis por nosotras, supongo que lo mejor es que pida algo de beber. ¿Les traigo otra, chicos?

Tanto Kent como Tony asintieron.

—Afirmativo. Sam Adams, por favor —informó el agente italiano.

—Lo tengo. Ahora vuelvo.

—¿No me vas a preguntar qué quiero yo? —preguntó Liz con cara de falsa inocencia.

Jude se detuvo un momento; después sonrió sensualmente con la determinación de que si caía, al menos lo haría luchando.

—Ya sé lo que quieres.

Dándose la vuelta mientras un intenso rubor sofocaba el rostro de la reportera, caminó elegantemente a través de las mesas sin mirar atrás ni una sola vez. Un silencio divertido se asentó sobre la mesa mientras Liz observaba el avance de Jude a través del restaurante.

—Ella está en algo, te lo concedo —dijo Tony tranquilamente.

—¿Tengo esa increíblemente estúpida mirada en mi cara?

Tony le contestó con otra sonrisa:

—Digamos que no hay duda sobre el objeto de tus afectos —se inclinó hacia delante, con una expresión conspiradora en su rostro—. Si te sirve de consuelo, ella tenía la misma expresión cuando te miraba.

—Desde luego que sí —dijo Kent arrastrando las palabras, rompiendo su silencio—. ¿Sabes? Estoy bastante sorprendido —miró a su compañero—. Siempre pensé que si el Arcángel sentaba alguna vez la cabeza, sería con María.

Los ojos de Tony se abrieron incrédulos.

—Na... —intentó negar esa afirmación con un gesto de la mano—. Sabes perfectamente que las cosas no son así entre ellas.

Kent simplemente se encogió de hombros.

—Puede que sí y puede que no. Pero ahora sin Jason.... —clavó una intensa mirada en Liz—. ¿Te ha hablado de él?

—¿Su compañero? —replicó Liz suavemente—. Sí. Me lo ha contado todo —dijo sin más.

Notando la clara irritación en la voz de Liz, Kent se disculpó sin demasiado entusiasmo.

—Lo siento. Es que....Jude nunca ha sido del....tipo casero.

—Kent.... —advirtió Tony.

—Oh, venga, T…. Conoces la historia tan bien como yo. ¿Por qué esta niña tendría que sufrir porque el Arcángel piensa que puede cambiar? —agitó la cabeza—. Eso, sencillamente, no es posible.

—Deja de llamarla así —interpuso Liz dulcemente.

—¿Mmmm? —los dos hombres se quedaron mirándola, observando la seria mirada de fiereza en el rostro de la pequeña mujer.

—Su nombre es Jude. No el Arcángel. No El Diablo —ahora ya tengo vuestra atención. Liz sonrió
tristemente ante su sorpresa—. Sí, lo sé todo sobre eso otro también. Y déjenme que les diga algo: sé exactamente quién es y lo que ha hecho. No soy una niñita inocente a la que van a acabar haciendo daño —Tony asintió aprobador, mientras Kent seguía mirándola boquiabierto ante la repentina dura actitud de la reportera—. Tienes razón, Kent... ella no va a cambiar. Está sacando a la luz una parte de sí misma que gente como Enrico Massala y los de La Agencia ayudaron a enterrar. No es el diablo, Kent.
Pero gente como tú la han hecho creer que lo era.

—Amén —murmuró Tony mientras se hacía el silencio en el trío.

Kent estudió a la pequeña mujer un momento más, asintiendo casi imperceptiblemente.

—Espero que tengas razón, Elizabeth. De verdad que sí. Ahora, si me perdonan, creo que necesito aire —se excusó, a pesar del hecho de que estaban sentados fuera con la brisa fría del océano despeinándoles.

Liz miró cómo se marchaba, con una expresión pensativa en la cara.

—Creo que lo he encabronado —dijo secamente.

—Olvídalo —Tony le quitó importancia con un gesto de la mano—. Kent es... —buscó una forma de describir a su compañero y la incómoda relación que siempre había tenido con la mujer oscura—. Está algo rayado con el Arc....con Jude —se corrigió con una sonrisa estrambótica—. Tal y como ha dicho Jude, es un hombre de compañía estricto. La Agencia por encima de todo, incluso de Dios y la patria, aunque son los siguientes en la lista.

—Parece Oliver North —dijo Liz entre dientes.

Si Tony oyó el comentario, lo dejó pasar.

—Jude siempre fue una transgresora. Pero era una transgresora con resultados, así que La Agencia hace la vista gorda con algunas de sus... explosiones —soltó un suspiro de frustración y pasó una mano por su pelo rizado—. Tienes que entender cómo era Jude por aquel entonces….

—También lo he visto —dijo Liz en voz baja, recordando esa noche y la pálida malevolencia que brillaba en los ojos de su amante. Pero tiene que ser sólo una fracción de lo que era, reconoció de pronto Liz, estremeciéndose al pensarlo.

—Eso asustaba a Kent. Joder, nos asustaba a todos....pero él era su compañero, aunque durante poco tiempo. Entonces, él lo fastidió y casi hace que los maten a los dos. Ella le salvó el trasero y le cubrió las espaldas, pero todo el mundo supo lo que había pasado. No sé qué vio esa noche, pero fuera lo que fuera, lo afectó de verdad. Tras aquello, fue como si ella no pudiera hacer nada mal nunca. Dios, y cuando ella se pasó al otro lado... lo jodió muy mal. Nunca...entendió...lo que Jason significaba para ella porque La Agencia siempre lo había significado todo para él.

—No pudo aceptar que Jason fuera más importante para Jude que cualquier operación, daba igual lo seria que fuera —terminó Liz por él.

La sorpresa revoloteó en el rostro del agente.

—Joder, de verdad, te lo ha contado todo, ¿no?

Liz simplemente le miró sin decir nada.

—Sip, supongo.... —Tony se encogió de hombros cansadamente—. Yo no lo entiendo para nada. Había algo....especial....en el vínculo de Jude con Jason. Pero incluso él le temía —estudió muy cerca de la mujer del pelo color miel—. Sin embargo, tú no le temes —moviendo la cabeza, terminó su cerveza—. Supongo que es por eso por lo que significas tanto para ella, ¿eh?

°°°°°°°°°°°°°°°

avatar
malena
Admin

Cantidad de envíos : 1007
Fecha de inscripción : 16/05/2008

Volver arriba Ir abajo

Re: Lucifer rising, Sharon Bowers

Mensaje  malena el Enero 22nd 2013, 5:00 pm

—Eh, tú —Jude asomó la cabeza tentativamente por las puertas de la cocina, esquivando por poco a un camarero que salía disparado con una bandeja bastante cargada.

—Ven aquí antes de que alguien se golpee y acabe sin sentido —le regañó María, aunque sus ojos bailaban divertidos.

Jude pasó a toda prisa a través de las puertas siguiendo a María hasta su oficina, que estaba justo en la esquina de la gran cocina industrial donde se afanaban un chef y dos ayudantes. Normalmente, María supervisaba las operaciones en la cocina, haciendo incursiones esporádicas al restaurante para saludar a amigos y asegurarse de que todo iba sobre ruedas en el bar. Sin embargo, a veces, le gustaba entretenerse en la cocina creando platos nuevos y probarlos con sus amigos, que hacían de conejillos de Indias para sus exploraciones culinarias.

Barrido del Mar llevaba funcionando casi diez años, y María había sido su principal propietaria durante tres de ellos. Ella era la primera ayudante del chef cuando conoció al chico de los ojos brillantes que luego se convirtió en su marido, y a la inquietante mujer a quien reconoció como el espejo del alma de éste. Al final, se había hecho cargo de la cocina, y entonces, con la ayuda financiera de Jude, compró el lugar inmediatamente a los dudosos personajes que lo habían tenido hasta entonces. Ahora, el restaurante daba beneficios saludables y aunque María había ofrecido devolverle el dinero a Jude, ésta sabía reconocer una buena inversión cuando la veía y mantuvo intacta la sociedad. El arreglo funcionaba para ambas mujeres, cementando el vínculo entre ellas, incluso aunque su relación era a veces tirante al máximo.

—¿Dónde está Jessie? —preguntó Jude, mirando alrededor de la oficina en busca de su ahijada de dieciséis años—. Esperaba poder verla esta noche.

—Va a sentir mucho no haber visto a su tía Jude —comentó María—. Hace muchísimo tiempo desde la última vez que viniste a verla.

—Mea culpa —reconoció Jude—. Las cosas....han sido una locura —levantó las manos ante la mirada exasperada de María—. Ya sé que digo eso todo el rato, pero, de verdad, últimamente ha sido mejor que no haya estado por aquí demasiado —clave para ‘no era seguro estar conmigo'.

—No quiero oír nada de esa mierda —replicó María cortante, dándole la espalda a Jude y poniéndose a revolver entre algunos papeles.

Vacilante, Jude colocó sus manos en los delgados hombros de María, aplacando su visible enfado.

—Se acabó, María —susurró suavemente—. Tengo algo....preparado. Si entrego a este tipo…. saldré libre y limpia.

Era algo que Jude no había dicho nunca antes en voz alta, especialmente a María, ya que su palabra para la esposa de Jason la obligaba. En el fondo, Jude no había creído nunca antes que pudiera realmente dejar todo eso, no importaba lo mucho que una parte de ella desease hacerlo. Las cosas son ahora diferentes, se reconoció por fin a sí misma, sabiendo que sin la aceptación incondicional de Elizabeth, tal cosa nunca podría haber sido imaginable, y mucho menos posible.

Bajo las manos de Jude, María tomó aire, estremeciéndose, y se volvió para enfrentar el azul océano de los ojos del alma gemela de su marido. La sinceridad inquebrantable en la mirada de Jude hizo llegar el mensaje de la mujer sombría de una forma que las meras palabras no hubieran podido hacer.

—Santa Madre....es de verdad —musitó, lanzando sus brazos alrededor de la alta figura que la hacía parecer realmente pequeña.

Jude hundió el rostro en el fragante alboroto del cabello de María, su corazón encogiéndose y desencogiéndose al ritmo de los silenciosos sollozos que podía oír llegar de la mujer de su compañero.

—Shh... —canturreó Jude suavemente.

—¿Qué ha cambiado? —preguntó María, levantando unos ojos llorosos hacia Jude y estudiando la cálida llama azul que ardía allí—. ¿Es ella? —dijo refiriéndose a la mujer del pelo rubio-miel que estaba sentada fuera.

Jude no pudo evitar la dulce sonrisa que acudió a su rostro ante la mención de Elizabeth.

—En parte —reconoció—. Es algo que llevo intentando hacer desde hace bastante tiempo, pero…. —otra brillante sonrisa de la inquietante agente bañó a María—. Es como si me hubiese devuelto la vida....y me hubiera hecho creer que puedo dejarlo. Yo....nunca antes había creído realmente que podía hacerlo —sus pensamientos volvieron a todas esas largas noches que compartió con Jason, en las que él había intentado valientemente, y en vano, convencerla de eso mismo. Jude no sabía por qué Elizabeth había sido capaz de llegar tan fácilmente a su interior y devolverle su alma.... pero había funcionado—. No lo sé, Ría. ¿Qué puedo decir? Me ha devuelto la luz del sol.

María rió suavemente, abrazando con fuerza a Jude otra vez.

—Jamás pensé que vería esa mirada en tus ojos.

—Ni yo, Ría —susurró Jude—, ni yo.

°°°°°°°°°°°°°°°

—¿Por qué siempre acabo como alguien del servicio? —gruñó Jude, dejando la bandeja en la mesa y reuniéndose con sus compañeros. Kent había regresado poco antes que Jude y se había disculpado por su comportamiento. Y aunque sus instintos captaron algo raro, Liz aceptó la disculpa del agente elegantemente, no queriendo empañar la velada.

—Tienes....ese aspecto —bromeó Liz.

—¿Y qué aspecto es ese? —preguntó Jude secamente, repartiendo las bebidas—. Sam Adams, Sam Adams, bourbon para mí....y algo con una sombrilla para ti —le alcanzó a Liz un brebaje escandalosamente rosa con fruta cayendo de la parte de arriba y una pequeña sombrilla rosa clavada en una guinda.

—Quiero saber qué es esto —preguntó Liz, dudosa.

—Depende.

—¿De qué?

—¿Por qué crees que parezco del servicio?

—Porque pareces tan....servicial. Como una Girl Scout —Liz parpadeó inocentemente, haciendo una pausa con un agudísimo sentido del tiempo—. Casi —añadió tras un segundo.

La cerveza salió disparada por la nariz de Tony mientras intentaba coger aire, tosiendo y resollando, y mientras Kent le golpeaba con fuerza en la espalda al tiempo que intentaba eliminar la mueca de su propia cara.

—¿Estás bien, T? —preguntó Jude, dejándose caer cómodamente en la silla al lado de su novia—. Tú —arqueó una ceja amenazadora a Liz, moviendo la cabeza—. Estás. Verdaderamente. Perturbada.

—No, sólo soy una visionaria —discrepó Liz—. Veo cosas….

—Que no existen —terminó Jude con una mueca—. Y eso, por definición, te clasifica como perturbada.
Liz sabía cuándo retirarse y echar a correr, así que simplemente sonrió majestuosamente, dando un pequeño sorbo a su bebida.

—No llegaste a decirme qué era esto.

—¿Importa? Sólo dime si te gusta.

—Ya he oído eso antes —murmuró Liz entre dientes. El comentario se les escapó a los hombres frente a ellas, pero no a Jude, que levantó una ceja con aire de superioridad. La reportera dio otro sorbo, y luego otro más entusiasta—. Mmm... es genial. Sabe como a Kool-Aid con un toque.

Jude sonrió con picardía.

—Me alegro de que te guste. Ría ha dicho que la cena estará lista en breve.

—¿La cena? ¡Si todavía no he visto el menú! —las risitas apagadas a su alrededor le dijeron que había algo que se estaba perdiendo—. Denme una pista, pandilla.

—Bueno....veamos. Ser amigo de Ría tiene partes buenas y partes malas. En la parte buena, está el que nunca tienes que pagar por la comida....

—¿Y en la parte mala?

—Nunca llegas a elegir lo que vas a cenar.

—¿Perdona?

—A Ría le gusta algo así como....experimentar con nosotros. Tenemos pre-estrenos sorpresa de los nuevos platos que está creando.

—¡Genial! —exclamó Liz—. ¿Y dónde está el problema? —observó a Jude pensativamente—. Aunque como tú eres del tipo de mujeres que piden lo más sencillo de la carta, entiendo que puedas tener algún problema con eso.

—¡Eh! —objetó Jude—. ¿Por qué me estás dando una noche difícil?

—Porque puedo —Liz replicó alegremente, para la mal disimulada diversión de Tony y Kent.
Jude gruñó como respuesta.

—La verdad es que después de que terminara en urgencias a causa de uno de sus mezclas, llegamos al acuerdo de que me avisaría por adelantado.

—¿Cómo iba a saber que eras alérgica al marisco? —dijo María, que había llegado durante la conversación. En un movimiento que hizo que Liz frunciera la ceja ligeramente, deslizó los brazos alrededor de Jude y le dio otro rápido abrazo para comunicarle su felicidad. Dirigió al camarero mientras colocaba plato tras plato de guisos de aspecto exótico frente al cuarteto.

—¿Qué es esto? —preguntó Tony, mirando el cuenco humeante e inhalando el delicioso aroma—. Huele de maravilla.

—Estoy probando una nueva Paella. Tiene gambas, mejillones, pollo, almejas y muchas especias. Estoy pensando en ponerla como plato del día la semana que viene, así que tú y Kent sois mis ratas de laboratorio. Decidme si tengo que retocarla.

—Sin problema —acordaron los hombres con entusiasmo.

—Tú —indicó el plato de Jude—, tienes el pez espada que te prometí. Está condimentado con eneldo, cebollas rojas, aceitunas negras y alguna otra cosa. Le da un sabor del tipo de una salsa.

—¿Pepino? —Jude arrojó una mirada siniestra a su amiga, examinando el contenido de su plato—. Odio el pepino.

—De verdad, Jude —suspiró María—. Me cuesta menos hacer que Jessie se coma las verduras —era una vieja discusión entre ambas, y entraron en ella con familiaridad.

—Ok, ok.... —Jude se rindió afablemente—. Tiene muy buen aspecto. Ya sabes que me gustará.

—Más te vale —advirtió María alegremente—. Y tú, Elizabeth, a ti te toca mi clásico Gumbo Lafayette.

—¡Ey! —Jude frunció el ceño—. ¿Por qué ella no hace de rata de laboratorio también?

—Porque cualquiera lo suficientemente valiente como para tener una relación contigo, Ángel, ya está viviendo al límite. No quiero que lo sobrepase.

Todo el mundo en la mesa se quedó helado al oír que el apodo cariñoso que le daba Jason a su compañera salía tan fácilmente de los labios de María. Había sido un desliz involuntario, salido de la pura alegría de saber que Jude, por fin, iba a ser libre de la oscuridad asfixiante. Sólo Jason y su familia habían estado lo suficientemente cerca para atreverse a utilizar la denominación, y Jude no la había oído desde el día de la muerte de su compañero. María se lo había soltado como un epíteto, maldiciéndola por quitarle la vida a su marido. La mujer oscura cerró los ojos brevemente, dejando que el sonido la bañara, esperando al familiar pinchazo de la sal en la heridas que aún no se habían cerrado. Sin embargo, el dolor flagelante había desaparecido, reemplazado por una amable calidez que se enroscaba en su vientre.
Los ojos de María estaban cuidadosamente fijos en ella, con la postura preparada como para recibir un golpe. Jude tomó la pequeña mano de su amiga y la apretó suavemente, reclamando en silencio el nombre que había sido suyo todos esos años atrás. Kent y Tony dejaron escapar el aliento que no sabían que estaban conteniendo, casi sin creer lo que veían sus ojos.

—No te preocupes, María —dijo Liz alegremente, queriendo diluir el silencio que amenazaba con caerles encima—. Me gusta vivir al límite.

—Si ves a un oso en el bosque, acércate a él y pícalo con un palo —murmuró Jude.

—Ese es mi lema, sí señor —la reportera echó una mirada a los otros cuatro sentados a la mesa—. ¿Podemos empezar ya? Me muero de hambre.

°°°°°°°°°°°°°°°
avatar
malena
Admin

Cantidad de envíos : 1007
Fecha de inscripción : 16/05/2008

Volver arriba Ir abajo

Re: Lucifer rising, Sharon Bowers

Mensaje  malena el Enero 24th 2013, 6:51 pm

Jude insistió en que María cenara con ellos, y en seguida el grupo estuvo lleno hasta arriba de buena comida y de viva conversación, a pesar de la silenciosa tensión que existía entre los hombres de La Agencia y la traficante. Mientras Kent y Tony todavía parecían rehuir respetuosamente a la mujer sombría, María no mostraba esa reserva. Era obvio que las dos mujeres compartían un lazo muy fuerte, forjado por su vínculo común con el marido muerto de María. Para sorpresa de Liz, al avanzar la noche, Jude comenzó a compartir historias de La Agencia con Kent y Tony, hablando de casos menos peliagudos que ella y su compañero habían resuelto. Por supuesto, esto llevó a María a relatar sus desventuras domésticas con Jason, incluyendo una en la que embaucaron a una reacia Jude para que les pintara la casa.

Jude se perdió en el agradable contralto de Ría, puesto que no necesitaba oír los detalles de una aventura que ella misma había vivido. La cena hacía rato que había terminado, y los músicos habían hecho un pequeño descanso antes de comenzar el siguiente pase. La terraza había dejado de estar tan abarrotada, dejando sólo unas cuantas mesas ocupadas con clientes deleitándose en sus postres. La noche descansaba confortable a su alrededor, los sonidos del océano yendo y viniendo en sus oídos. Los akitas eran débiles trazos en la distancia, todavía saltando con energía en la arena. Jude los observó encandilada, disfrutando con sus juegos. Una paz poco familiar se asentó sobre sus hombros y su origen era la mujer del pelo color miel sentada a su lado. Pese a haber protestado antes, sabía que llevar a Elizabeth allí había sido una buena cosa. Había encantado a María y a los chicos sin esfuerzo, y su presencia había dado a Jude el coraje para dar el último paso en la curación de las últimas heridas de su relación con Ría. Sabía que la esposa de Jason nunca la perdonaría completamente mientras estuviera en ese camino de destrucción. Ría sostenía firmemente la creencia de que Jason nunca hubiera querido que Jude hiciera las cosas que había hecho. En el fondo de su alma, Jude sabía que tenía razón, y eso había permanecido entre ellas inquietantemente. Sin embargo, ahora podía ofrecerle a María su amistad, libre y limpia, y quizá, recuperar su lugar en la familia poco común que ella y Jason habían formado.

Jason había estado en su pensamiento constantemente durante toda la noche, y era casi como si pudiera sentirle cerca, sonriéndole encantado y diciendo: Te lo dije. Su mente se alejó aún más de la conversación, desviándose hacia recuerdos dulces del chico encantador que había conocido. Ojalá estuvieras aquí, socio....Dios, te echo tanto de menos todavía....Tantas veces he deseado poder haber ocupado tu lugar....Dejarte tener a tu familia, devolverte la vida....Dicen que los muertos pueden oír los pensamientos de los vivos....y puede que estés escuchando ahora....Eso espero....Te quiero, Jase....Siento no haber podido protegerte, tal y como le prometí a María…. Perdóname por haberme apartado de ellas cuando todos estábamos sufriendo tanto, echándote de menos....Eres una parte de mi alma....Ahora lo sé....y siempre te llevaré conmigo. Ofreció a su compañero un silencioso adiós, un dolor desgarrador que nunca antes había sido capaz de enterrar, y devolvió su atención a la conversación que estaba teniendo lugar.

Y se encontró con cuatro pares de ojos fijos, con firmeza, en ella.

—Es todo culpa suya —estaba diciendo María, un brillo juguetón en sus ojos.
Jude parpadeó.

—¿Culpa mía? Seguro que tienes razón, pero ¿de qué exactamente tengo la culpa esta vez?

—Le estaba preguntando a María cómo se conocieron Jason y ella —explicó Liz.

—Ah…. —asintió Jude—. Eso no es culpa mía. Yo no te dije que salieras con él.

—¿Cómo podía no hacerlo después de la escenita que montó?

—¿Lo explicas, por favor? —pidió Liz.

—Sí —coreó Tony—. Esa historia no la he oído.

Jude comenzó a hablar, pero Ría no la dejó

—Yo era ayudante del chef por entonces, en realidad una camarera con muchísimas ambiciones —sonrió ampliamente—. Jude y Jason solían venir todo el tiempo. Se sentaban siempre en aquella mesa de allí —María indicó una pequeña mesa para dos, lejos de los músicos y del tráfico—. Venían y se quedaban durante horas, normalmente hasta cerrar, simplemente hablando. De algún modo, siempre acababa sirviéndoles yo. Al principio, pensé que eran pareja, ya que nunca los veía con nadie más, hasta que una noche oí a Jude hacerle pasar un mal rato sobre que tenía que encontrar a una buena chica con la que sentar la cabeza. Y entonces él dijo: ‘Encontraré una si tú quieres'. Aquello como que me dio la clave de un par de cosas. Desde entonces, presté más atención a Jason. Era un encanto.

—Se pasaba el tiempo intentando reunir el valor suficiente para pedirle una cita —intervino Jude—. Pero en el último momento siempre se echaba para atrás. Y se trataba de un hombre capaz de vender hielo a los esquimales. Así es como supe que se trataba de amor verdadero. Pensé que me iba a volver loca viendo a esos dos intentando ligar el uno con el otro —Jude agitó la cabeza con tristeza—. De verdad que era realmente doloroso de ver.

—Así que aparecieron una noche —Ría recogió el hilo de la historia—, completamente enloquecidos...

—Una redada en la que habíamos estado trabajando durante seis meses por fin había tenido lugar —informó Jude.

—Y procedieron a emborracharse como unos Señores.

—Estábamos celebrándolo.

—Y él me pidió salir.

—Así no es exactamente como fue, Ría. Te has dejado unos cuantos relevantes detalles —comentó Jude.

—¿Como cuáles? —apremió Liz.

—Bueno, ha expuesto los hechos correctamente. Estábamos de celebración, y nos habíamos tomado unas pocas...

—Miles...

—Copas. Jason estaba decidido a ganarse la atención de Ría de forma que le fuera imposible rechazarle y no salir con él.

—Y por eso es culpa tuya.

—Quería causarle buena impresión —Jude se encogió de hombros—, así que le sugerí que le diera una serenata.

Tony, Kent y Liz se la quedaron mirando con una clara incredulidad escrita en sus caras.

—El único problema era.... —continuó Jude.

—Jason desafinaba demasiado.

—Y en su estado de ebriedad, solo podía recordar la letra de una canción.

María vio el brillo demoníaco en el ojo de Jude y comenzó a agitar la cabeza rápidamente.

—Ni se te ocurra, Jude Lucien.

Jude empujó su silla hacia atrás ligeramente, separándose de la mesa y cerrando los ojos. Entonces, con la leve sombra de una sonrisilla asomándose en la comisura de los labios, comenzó a cantar suavemente.

—I really do appreciate...

—Jude…. —Ria advirtío.

—The fact you're sitting here.... —su ronco contralto llevaba la melodía fácilmente a través del cuarto.

—Detente en este mismo instante.

—Your voice sounds so wonderful.... —sus ojos se abrieron para revelar el baile de las flamas azules de su iris.

—No…. —Maria intento una última vez, sabiendo que era una batalla perdida.

—But your face don't look too clear...

Otros clientes habían convertido el sonido de la voz de Jude en resonancia y la banda regresó lentamente a su posición en el escenario, claramente reconociendo la canción.

—So barmaid, bring a pitcher….

Una guitarra comenzó a tejer la melodía ligeramente alrededor de la habitación.

—Another round of brew….

—Tú estás muerta. ¿Lo sabes? —Maria declaró a Jude de pie, barriendo a la mujer más pequeña a sus pies.

—Honey, why don't we get drunk... and screw... —la banda se unió en el coro mientras Jude se deslizaba con María por el piso con una sencillez, riéndose mientras tanto. Aunque su amiga protestó vehementemente y se sonrojó en un tono furioso de color carmesí, permitió continuar el baile, hasta que todos los clientes estaban cantando.

They say you are a snow queen,
Honey I don't think that's true...
So why don't we get drunk...
And screw.


Cuando el último estribillo terminó, Jude hizo girar a María una última vez, haciéndole un saludo desenfadado e inclinándose profundamente ante los aplausos de la multitud.

—¿Lo ves? ¿Cómo iba a poder resistirse? —preguntó Jude, dejándose caer junto a Liz y sonriendo con desenfado.

—Yo, de verdad, creo que no hubiera podido hacerlo —estuvo de acuerdo Liz, limpiándose lágrimas de risa de los ojos al ver a Jude tan juguetona, lo que era poco habitual.

—Muy bien.... —María movió la cabeza hacia Jude—. En este punto, tengo que ir a ver cómo van las cosas en la cocina. Ahora que me has hecho dar el espectáculo....

—No sería la primera vez —anunció Jude alegremente.

Observó cómo María se alejaba entre los clientes, recibiendo y devolviendo algunas tomaduras de pelo por el improvisado show. Una oleada de felicidad casi incontrolable bañó a Jude, dejándola de muy buen humor y un poquito aturdida. Echó una mirada a su novia, que la estaba observando con una sonrisa de desconcierto.

—¿Qué?

—Nada —dijo Liz—. Sólo miraba.

—¿Por qué? —una ceja se arqueaba socarronamente en su dirección.

—Porque quiero — replicó con una sonrisa la mujer del pelo rubio-miel—. ¿Algún problema?

—No, señora —le aseguró Jude, acercándose un poco—. Pero se está haciendo tarde. ¿Podría interesarte mirarme en algún lugar más privado?

—Desde luego que sí —dijo Liz con una amplia sonrisa.

—Vamos, da un paseo conmigo por la playa mientras reúno a los perros —Jude saltó por encima de la barandilla hacia la arena y ayudó a Liz, sujetándola mientras la mujer más pequeña aterrizaba inestablemente sobre la arena. Rodeando a su amante con un largo brazo, caminaron con pasos largos por la playa hacia las formas borrosas de los akitas que jugaban en la distancia.

—Una serenata, ¿eh? —bromeó Liz—. ¿Por qué no me diste una a mí?

—Pensé que preferirías un método....de seducción....más clásico que Why don't we get drunk and screw?

—replicó Jude plácidamente.

—Sip... hacer que me disparasen es realmente suave…. —bromeó Liz, deseando liberar a Jude del resto de culpa que pudiera quedarle del incidente.

Para su alivio, Jude soltó una risilla.

—No ha sido uno de mis movimientos más suaves, lo admito. Pero creo que todo está resultando bien.

—¿Realmente? —Liz estudió el oscuro largo de su pareja, hipnotizada por la forma en que la luz era absorbida por el brillo ébano de su pelo y lo reflejaba en un resplandor plateado. Jude se movía fácilmente allí, entre las sombras, sus pasos firmes encontraban el camino en la oscuridad de modo certero—. ¿Estás realmente feliz por la forma en que están saliendo las cosas?

Jude hizo una larga pausa, deteniendo su marcha.

—Sí —dijo por fin, dándose la vuelta para mirar a su novia. El comienzo de una sonrisa era evidente en sus elegantes rasgos—. Lo estoy —Jude agachó la cabeza para capturar los labios de Liz en una afirmación silenciosa de sus palabras.

El beso fue tierno y prolongado, insinuando la pasión acumulada que se escondía justo debajo de la superficie. La boca de Jude dirigió una suave invasión de la boca de su amante, arrancando con sus caricias un gemido grave de la garganta de Liz. La mujer más pequeña apretó a Jude aún más cerca, envolviendo sus fuertes brazos alrededor de la estrecha cintura de Jude, y trazando la línea de los músculos en su espalda.

—Oh, wow —respiró la reportera cuando Jude liberó sus labios.

—Uh-uh —asintió Jude con una sonrisa sardónica.

—¿Cómo lo haces? —suspiró Liz feliz, acomodando la cabeza bajo la barbilla de Jude.

—No lo hago yo sola. Eso es seguro —comentó Jude, disfrutando de la agradable sensación de la mujer en sus brazos.

—Sí, supongo que es algo así como un esfuerzo conjunto, ¿no?

—Se podría decir así —la mujer oscura estuvo de acuerdo, abrazando a su chica dulcemente—. Venga, recojamos a los perros y vámonos de aquí.

Aggie y Clytemnestra fueron renuentes a dejar a su compañera de juegos, pero ante la orden severa de Jude subieron correteando el terraplén hacia el Explorer, con las humanas caminando tras ellos. Una explosión de ladridos furiosos hicieron a Jude correr colina arriba, arrancando grandes trozos de terreno a su paso.

Según llegaba a la cima de la cuesta, vio a Clytemnestra lanzarse contra una figura oscura que tenía la puerta del conductor del Explorer abierta. La figura apartó al akita de un feroz manotazo, lanzando a la perra hacia atrás con un aullido. Jude no vaciló en correr tras la figura que huía. Podía oír la voz de Liz que gritaba en la distancia, pero no le hizo caso, concentrada en atrapar a su presa. La figura era ágil, volando a toda velocidad sobre las dunas con facilidad. Sin embargo, su ritmo no podía competir con las largas zancadas de Jude. Un último salto y las manos de Jude agarraron la tela de la chaqueta, derribándolos a ambos al suelo.

La figura lanzó un golpe a ciegas alcanzando a Jude con fuerza en la cara. Gruñendo, ésta le agarró el brazo extendido, dislocándolo violentamente con un salvaje “¡pop!”. El tipo gritó de dolor mientras Jude lo empujaba sobre su estómago, sujetándolo con la rodilla contra su espalda. Las manos expertas de la mujer sombría encontraron el revólver Sig que el tipo llevaba metido en la cintura de los pantalones.

Haciendo una mueca salvaje, apretó el cañón del arma contra la base de su cuello.

—¡NO! —gritó Liz, corriendo junto a Jude.

—No voy a matarlo, Liz —dijo Jude con un gruñido—. Al menos, todavía no —añadió dirigiendo una sonrisa salvaje a su presa, pero él permaneció en silencio. Presionó aún más su espalda—. Ahora, estate quieto, o puede que se me escape el gatillo.

—Jude... —suplicó Liz a la mujer oscura, más aterrorizada por la máscara de furia que había descendido sobre el rostro de su novia que por el arma que sostenía en su mano. Ésta era la mujer que llamaban el Arcángel—. No sabemos lo que estaba haciendo.

—Como mínimo, estaba intentando entrar en mi coche. Pero puedo decirte qué más iba a hacer: probablemente, una pequeña y rápida cirugía en nuestros frenos —sostuvo en alto la navaja automática que había encontrado en su bolsillo trasero—. ¿Sabes? —se dirigió al prisionero—, me estoy cansando de jugar al gato y al ratón.

—Jódete —consiguió decir él.

—Muy original —replicó Jude secamente. Abrió la navaja y se la pasó ligeramente por un lado de la cara, dejando un fino trazo rojo a su paso—.Vamos a intentarlo otra vez. Llevas una Sig 226....lo que significa que eres policía o algo así, o que tienes acceso a alguien que lo es. ¿Cuál de las dos posibilidades?

—Jódete.

La culata del arma se estrelló contra un lado de la cara, fracturándole el hueso de la mejilla. Liz se estremeció ante el impacto, horrorizada por la fuerza de esa furia desatada—. Jude.... —intentó una vez más.

—Estás empezando a enfadarme, cabrón —gruñó al hombre en el suelo, ignorando la fuerte llamada de la voz de su amante.

—Como si me importara una mierda —escupió un puñado de sangre.

La mujer sombría levantó el arma una vez más, pero el movimiento fue bloqueado por una mano en apariencia no tan fuerte, que le agarraba el brazo—. ¡Jude, basta! —gritó Liz—. No lo hagas —la voz era más baja ahora, ganando fuerza al ver a Jude respondiendo involuntariamente—. No tienes por qué hacerlo.

Ojos pálidos, grises, se volvieron para mirarla con dureza, con una frialdad renovada ardiendo en ella. Liz no quiso apartar la mirada, deseando que sus músculos no temblaran. El cálido verdor de sus ojos observó el rostro de Jude, buscando pistas de la amante dulce que había llegado a conocer.

—Mantente fuera de esto —ladró Jude.

—¡No! Te guste o no, soy parte de esto —apretó con fuerza el brazo de Jude, sabiendo ambas que en cualquier momento, la mujer oscura podría liberarse fácilmente de su agarre. Jude la sintió cerca e involuntariamente, recordó su conexión. Eso le permitió escuchar las tranquilas palabras que salían de los labios de su amante—. No voy a perderte de nuevo en la noche del demonio.

La mirada ártica desapareció repentinamente, y Jude dejó escapar un suspiro tembloroso ante la cruda súplica en la voz de Liz. Una simple frase, una simple reclamación al alma sanguinaria de Jude, que no se podía denegar. Echó una mirada a su víctima, que tenía la expresión de alguien que sabía que iba a morir....dolorosamente. Disminuyó mínimamente la presión en su espalda.

No queriendo dejar su endeble conexión con Jude, Liz cambió de posición, aflojando su agarre del brazo de Jude hasta hacerlo más suave y mirando por encima del hombro de su novia al hombre inmovilizado.

—¿Quién es?

—Estábamos a punto de tratar ese tema —comentó Jude—. Ya la has oído —pinchó al hombre—. ¿Quién eres?

—Venga, mátame. No te voy a decir absolutamente nada.

Jude suspiró pesadamente y se puso de pie.

—No voy a matarte —señaló a Liz—. Agradéceselo a ella.

Con cautela, el hombre se puso de rodillas, agarrando su brazo inútil con torpeza.

—¿Dónde está el truco?

—No hay truco —replicó Jude, insegura de quién se merecía más su disgusto, si ella misma o el hombre a sus pies—. Sólo dile a tus jefes que voy a ir tras ellos muy pronto. Ahora, lárgate de aquí antes de que cambie de opinión.

No hizo falta que se lo dijeran dos veces. Se puso en marcha con paso inseguro playa abajo, donde Jude estaba segura de que le esperaba su equipo de apoyo. Si hubiera estado sola y de humor para un baño de sangre, le hubiera seguido y confirmado las respuestas que empezaban a adquirir un trazo vago por sí mismas. Pero no siendo así, lo único que quería era hundirse en los brazos de su amante y borrar toda la furia.

Observó cómo desaparecía en la penumbra y después, se volvió hacia Liz, que permanecía pacientemente de pie junto a ella. Sus ojos verdes la miraron con tristeza.

—Estamos en un verdadero problema, ¿verdad, Jude?

°°°°°°°°°°°°°°°
avatar
malena
Admin

Cantidad de envíos : 1007
Fecha de inscripción : 16/05/2008

Volver arriba Ir abajo

Re: Lucifer rising, Sharon Bowers

Mensaje  malena el Enero 26th 2013, 4:19 pm

Capítulo 12

Jude no había querido confiar en el Explorer insegura de lo que el saboteador podía haber llegado a hacer antes de ser interrumpido. Había pedido prestado discretamente el pick-up de Ría, explicando a su amiga que tenían problemas con el coche y que mandaría a sus mecánicos por la mañana. Leyendo fácilmente la rabia mal disimulada tras el tranquilo exterior de Jude, María accedió sin una palabra, desesperándose en silencio ante esta nueva oscuridad que su amiga estaba enfrentando.
—Muy bien. Ya sé porqué no has querido darle a Ría los detalles morbosos, pero ¿por qué no quieres que le cuente nada a Kent? —preguntó Liz mientras dirigían a los perros a través de la puerta de la cocina. Clytemnestra ofreció su pata delantera izquierda, pero un rápido examen reveló que solo tenía algunos pequeños cortes. Aggie se mantuvo cerca, la ansiedad por su compañera de camada era evidente en su forma de brincar —. ¿No podría ayudarte?
Jude suspiró mientras subía penosamente las escaleras, con la reportera cobijada bajo la seguridad de su brazo protector.
—No, en todo caso, lo más probable es que intentara hacerme daño.
—¿Porque todavía piensa que eres uno de los chicos malos?
—Creo que alguien lo está utilizando para obtener información sobre mí.
—Para acabar contigo.
Jude se rió secamente ante la descripción.
—Eso lo resume más o menos.
—¿Por qué?
—Y ¿por qué no? Me refiero a que, durante los últimos cuatro años o así, no es que haya sido exactamente amiga de la ley y el orden. Podría ser cualquiera de La Agencia....desde la gente que traicionó a Jason hasta un mal guiado caballero andante que espera hacerme pagar por mis crímenes pasados. A pesar de lo que estoy intentando hacer para equilibrar la balanza.
—¿Dijiste antes que estabas trabajando en algo? —Liz insistió. Llegando al dormitorio, guió a su novia hasta la cama, haciendo que se sentara sobre su acogedora superficie.
Jude se quitó las zapatillas con un par de patadas y se desplomó hacia atrás, exhausta por la lógica enrevesada que intentaba desentrañar. La cosa no tenía ningún sentido. Nada de esto lo tenía.
—Hice un trato con Kent para entregar a alguien a quien La Agencia le tiene verdaderas ganas. Si lo hago, y les entrego todas mis operaciones “no oficiales”, podré irme limpia y libre. Pero hay un montón de gente que preferiría no ver que eso sucediera. Que piensa que me merezco cualquier cosa que el Departamento de Justicia quiera echarme encima. Supongo que tienen razón. Lo malo es que…. —se rió con amargura—, no tienen absolutamente nada contra mí.
Había inculcado despiadadamente un código de silencio a sus empleados, asegurándose completamente de que sabían que la exterminación era el precio de la traición. Conocía los métodos de la DEA dentro y fuera, y había borrado fácilmente las huellas de todas sus operaciones pero faltando muy poco para derramar sangre. La Masacre había sido lo más cerca que habían estado de tener un caso, y eso había sido porque ella no tenía ninguna intención de salir de ese almacén con vida. Sin embargo, por una vez, había subestimado sus propias habilidades, y había quedado para resolver lo que vendría después de que el sabor vacío y acre de la venganza la hubieran hecho sentir náuseas.
Liz levantó a Jude, sacando con diligencia la camiseta de los pantalones.
—Arriba —ordenó.
Con un gesto silencioso, Jude levantó los brazos amablemente, y Liz arrancó el algodón de su cuerpo delgado. La mujer más pequeña la empujó para que se tumbara de nuevo, desabrochando los botones de los gastados vaqueros con dedos hábiles. Se movió a lo largo del largo marco de la mujer oscura, arrastrando la tela según se deslizaba hacia abajo. Jude no sabía porqué, pero Liz parecía tener una urgencia casi frenética de alcanzar su piel en ese mismo instante. Quizá necesitaba, casi tanto como la propia Jude, reconectar con la calidez en carne y hueso de su amante tras el encuentro con el frío ártico de los ojos de la asesina. Las sedosas barreras restantes quedaron por el camino, permitiendo a una triunfante Liz pasar sus manos sobre una piel bronce. Un beso suave sobre el punto donde latía el pulso en la garganta de su novia y un suspiro quedo terminaron el reconocimiento.
Jude arqueó una ceja a modo de pregunta sin palabras mientras la mujer del pelo rubio se acurrucaba junto a ella.
—Es que solo necesitaba.... —Liz buscó una forma de explicarse—, sentirte cerca —terminó de forma poco convincente.
Jude asintió comprendiendo y amablemente tiró de la camisa de Liz.
—Ahora quítate esto y ven aquí.
—Ayúdame.
Las dos mujeres se incorporaron como una sola, Jude encontrándose con algunas dificultades para desabrochar los botones con sus repentinamente dedos temblorosos. Abandonando la tarea con frustración, apoyó la cabeza en el hombro de su amante, dejando escapar un suspiro convulso.
Mirando alarmada a la cabeza oscura sobre su hombro, Liz hundió los dedos entre los mechones negros.
—¿Qué pasa? ¿Qué ocurre?
—Lo siento mucho —musitó Jude—. Lo que ha pasado esta noche... Lo que has visto...
—Shh.... —canturreó Liz—, yo no lamento haberlo visto.
—Lo habría matado....
—Pero no lo hiciste.
Jude levantó la cabeza para fijar sus ojos en los de Liz.
—Por ti —murmuró, incapaz de creer la serena fuerza que vio residiendo en las profundos remolinos verdosos.
—No —corrigió Liz—. Por ti. Solo necesitabas que te recordaran que existe otro camino—. Estudió los ángulos y los planos del rostro de Jude, acariciando con dulzura la suave piel bajo sus dedos.
—Nunca....creí....que pudiera ser de ninguna otra manera —dijo Jude con voz entrecortada.
—Créelo ahora —susurró Liz, capturando los labios de Jude con los suyos.
Fue un beso que reclamaba, rendía y consentía a partes iguales. Liz atrajo la boca de Jude más profundamente dentro de la suya con caricias tentadoras de su lengua. Una danza lánguida de ternura comenzó con el dulce intercambio, arrancando un gemido de lo profundo de la garganta de la mujer sombría. La reportera apretó a su amante hacia sí, deleitándose en el calor que los largos brazos de Jude aportaban.
De algún modo, los botones se liberaron milagrosamente, la tela desapareció de los pálidos hombros, y los vaqueros se deslizaron de las esbeltas caderas hasta que la piel se apretó contra una gloriosa piel desnuda en un enredo sensualmente íntimo.
—Te necesito... —murmuró Jude, su boca moviéndose despacio sobre su amante, absorbiendo la textura de gráciles músculos estremeciéndose contra sus labios y saboreando el calor salado que surgía del cuerpo de Liz.
El tacto seguro de los dedos de Jude y los profundos gemidos de deseo que salían de su garganta, acallaron el clamor en la mente de la reportera por detalles e información sobre los peligros que acechaban fuera de su santuario. Sabiendo que habría tiempo después para la charla que debían tener, Liz se rindió gustosa a las manos inquisitivas de Jude. Momentos, horas, días podían haber pasado mientras Jude se deslizaba dentro de ella, su boca bebiendo la húmeda esencia de su amante, grabando en el alma de Liz con la tierna llama del deseo, su derecho a estar ahí.

°°°°°°°°°°°°°°°

—¿Me contarás alguna vez dónde te hiciste esto?
Liz estaba cómodamente acoplada entre las piernas de Jude, trazando distraídamente una línea sobre los poderosos músculos que la mantenían sujeta. Tenía una pierna colocada sobre los muslos de Liz, mientras que la otra rodeaba suavemente la cintura de la mujer más pequeña. La posición dejaba el sexo de Jude completamente expuesto a las manos y los ojos de su amante, y ésta se sentía totalmente abrumada por la aparente facilidad con la que Jude se abría a su tacto. Los amores pasados de Liz habían estado siempre llenos de miedo y dudas, y una falta de fluidez táctil que habían dejado a la reportera tratando de buscar caricias apropiadas. En marcado contraste, su respuesta a Jude había sido completa e inconfundible....tenía que conocer el cuerpo de esta mujer para poder conocer su alma. Tantas cosas de Jude se escondían en pequeños gestos: una ceja arqueada discretamente, como apretaba las mandíbulas rítmicamente; a veces Liz se sentía como si estuviera aprendiendo a comunicarse solo a través del gusto, del tacto, y del olor. El lenguaje de Jude era pura explosión sensorial que Liz pasaría gustosa explorando y descifrando los próximos cien años.
Los dedos de Liz danzaron sobre el pequeño tatuaje en la cadera de Jude, extendiendo la mano para rozar los rizos todavía húmedos que protegían el centro de la mujer oscura. Sonriendo cuando las caderas de Jude se movieron suavemente por sí mismas ante la delicada caricia, Liz lanzó una mirada expectante hacia su amante.
—¿Y bien?
La marca era pequeña, pero distintiva. Una línea oscura que serpenteaba desde el centro a través de un círculo diminuto rodeado por formas que parecían a veces como llamas o las curvas sensuales del cuerpo de una mujer. Era claramente un diseño único, algo que Liz nunca había visto antes. Significaba algo para la mujer sombría, y la reportera quería saber qué era ese algo.
Estirando los brazos perezosamente sobre la cabeza y arqueándose sutilmente contra los dedos de Liz, Jude asintió.
—Supongo que tenemos que hablar.
Liz frunció las cejas.
—¿Por qué creo que esto no es solo sobre del tatuaje?
—Lo es —viendo la expresión dudosa de Liz, añadió—, más o menos.
—Deja que me ponga cómoda —dijo Liz, sospechando que iba a ser una historia larga. Jude apiló dos almohadas detrás de su cabeza y se acomodó, mientras Liz se colocaba sobre el estómago de su amante, con la barbilla apoyada en las manos. Cada par de piernas se enroscaba con naturalidad alrededor del otro par, manteniendo un muy necesitado contacto a lo largo de sus cuerpos. Jude dejó escapar un suspiro entrecortado cuando uno de los pechos de Liz presionó contra su centro, enviando una deliciosa oleada a través de su cuerpo.
—Muévete un poquito hacia arriba —gruñó, empujando a Liz hacia arriba—. Eso es, así está mejor —lanzó una sonrisa voraz a la mujer más pequeña—. No querrás que me distraiga ¿verdad?
—Desde luego que no.
—Muy bien.... —Jude pasó una mano por su pelo desordenado—. Después de la.... —vaciló brevemente—. Después de la muerte de Jason....fue como si el mundo se hubiera vuelto del revés. Ría estaba destrozada....Jessie, su hija, era demasiado joven para entender...
—¿Y tú?
—¿Qué pasa conmigo? —preguntó Jude sombríamente.
—Bueno, supongo que tú no estarías mucho mejor de lo que estaba María.
—Yo le había matado…. —replicó Jude incrédula—. Yo no tenía derecho a sentir absolutamente nada —añadió más suavemente.
—Podríamos discutir sobre eso, pero no creo que hiciera ningún bien —Liz lanzó una mirada airada a su novia.
—¿Quieres oír esto o no?
—Lo siento....continúa.
—Tuve un montón de tiempo para pensar después del tiroteo, a causa del modo en que le cerraron la boca a todo el mundo y me mantuvieron alejada de cualquiera que pudiera tener algunas respuestas. Y cuanto más tiempo pasaba sola, más me daba cuenta de que alguien había vendido a Jase. Quiero decir, los servicios de inteligencia de Rico no eran tan buenos. E incluso si lo hubieran sido, me habrían encontrado a mí muchísimo antes que a Jason. Estaba allí sola precisamente para evitar que algo como eso sucediera —Jude suspiró pesadamente—. Pero ocurrió de todas maneras.
—¿Podría alguien haber estado utilizando a Jason para intentar forzarte a estropear tu propia cobertura? ¿Para hacerte sacrificar la operación? —preguntó Liz, su mente zumbaba con todos esos detalles.
Jude miró a su novia, claramente sorprendida por el incisivo pensamiento de Liz.
—Lo pensé —dijo despacio—. Es posible que Rico tuviera a alguien dentro....pero no habría tenido ningún sentido que esperaran un año y medio antes de actuar —se encogió de hombros—. Pero tampoco esto tenía ni pies ni cabeza.
—¿Y si simplemente alguien quería librarse de Jason? Puede que hubiera descubierto algo —los pensamientos de Liz iban a toda velocidad. Ahora estaba pensando en voz alta, reflexionando sobre las distintas posibilidades de la misma forma que lo hacía cuando consideraba todos los ángulos de una historia. Había varias cuestiones obvias que le venían a la mente, la primera de las cuales era qué ganaría alguien si Jason moría. Quizá quien estaba detrás de todo esto estaba intentando librarse de ambos agentes. Ciertamente tenía sentido si estuvieran trabajando para Rico.
—Para ser una novelista romántica, desde luego que sabes qué preguntas hacer —comentó Jude, estudiando intensamente el rostro de su amante como si estuviera leyendo los pensamientos tumultuosos de la reportera.
Liz cambió de postura, incómoda, consciente de que el terreno que pisaba se estaba deshaciendo rápidamente bajo sus pies.
—Demasiados episodios de Miami Vice, supongo.
—Ya.... —Jude frunció los labios, entrecerrando los ojos suspicaz—. Da igual....Yo me hice las mismas preguntas. El problema fue que nunca pude encontrar ninguna respuesta. La Agencia me sacó de allí y me colocó en una especie de “baja psicológica de duración indeterminada”. Ni siquiera se investigó el tiroteo. Fue como si quisieran empaquetarlo todo y sacárselo de encima cuanto antes. Estábamos a esto de pillar a Rico —mantuvo el índice y el pulgar firmemente juntos para mostrárselo—. Y lo dejaron escapar.
—¿Fue entonces cuando empezaste a sospechar seriamente que había alguien dentro?
—Más o menos.
—¿Y qué paso?
—No regresé de esa baja —contestó Jude con gravedad.
Pasó las horas siguientes con la crónica de su inmersión final en la oscuridad, hablando de sus concienzudos esfuerzos para levantar un imperio ilícito que rivalizara con el de Massala y burlar a cada momento a La Agencia que la había traicionado.
La reportera escuchaba apabullada, todos los fragmentos rotos de la mujer que empezaba a amar se le mostraban con firmeza para que los examinara. Aunque el tono de Jude era monótono y uniforme, Liz podía ver claramente la angustia que anidaba tras la mirada azul. Se moría por arrastrase dentro de ella e intentar curar desde dentro las heridas y cicatrices del alma temblorosa de Jude. Se deslizó un poco más hacia arriba por el cuerpo de Jude, apoyando los brazos en el firme colchón y acunó la cabeza oscura entre sus manos.
—Lo siento tanto —murmuró, presionando los labios contra la frente de Jude.
Un llanto estrangulado quedó atrapado en la garganta de Jude. Tanta ternura era algo casi insoportable, y el animal que todavía permanecía en lo profundo de su ser, luchaba por liberarse. Empujó ciegamente la forma doraba que se descansaba sobre ella.
—¿Qué es lo que sientes? —preguntó con dureza— ¿El haberte metido en la cama con un monstruo?
—Detén eso —Liz agarró la cabeza de Jude con fuerza—. Tú no eres ningún monstruo.
—He actuado tantas veces y durante tantos años como uno como para pensar que no.
—¿Es por eso por lo que hiciste todo esto? —exigió saber Liz— ¿Por que es más fácil creer lo que todo el mundo te ha dicho, desde tu madre y los jodidos curas, hasta la gente como Kent que se supone que son tus amigos? —hizo una pausa e inspiró profundamente mientras Jude la observaba en silencio con una expresión de sorpresa. La pequeña mujer golpeó con los dedos un lado de la cabeza de su novia. —Ojalá pudiera llegar tras esos ojitos azules y ver qué es lo que te ha jodido tanto. Porqué es más fácil para ti matar que amar —se encogió de hombros, dejando caer la mirada en el vibrante blanco de la sábana arrugada a su lado—. Pero no puedo. Jason no pudo. Nadie puede hacer que creas que tu vida merece la pena vivirse bien excepto tú.
Las palabras fueron dichas suavemente, casi inaudiblemente cuando Jude contestó:
—Lo estoy intentando. Pero, Elizabeth, es tan duro. Es como si todo dentro de mí luchara contra ello —se tropezó con sus propias palabras, sus ojos se negaban a encontrarse con los de la reportera—. He intentado cambiar....
—¿Por qué? —preguntó Liz dulcemente. Jude la miró sorprendida, casi como si hubiera olvidado que la otra mujer se encontraba allí—. ¿Por qué decidiste que tenías que cambiar?
Jude hizo una pausa e inspiró profundamente, intentando concentrarse en lo que Liz quería saber. Finalmente, comenzó vacilante.
—Se suponía que matar a Rico Massala acabaría con toda la historia. Me había apoderado de la mayoría de sus negocios....golpeando duro a La Agencia mientras tanto....y Rico no estaba en posición de regatear. Cuando me pidió una entrevista, accedí. Por supuesto que esperaba que intentase una emboscada, así que yo preparé otra —cerró los ojos recordando—. En cuanto le metí una bala en la cabeza, supuse que sus hombres saldrían de donde quiera que estuviesen metidos. Y lo hicieron....pero fue con las manos en alto rindiéndose. Mis muchachos los reventaron a todos antes de que nadie pudiera saber con certeza qué estaba pasando.
—Tú esperabas que te mataran —expuso rotundamente Liz.
—Básicamente sí....y cuando eso no ocurrió....me sentí perdida —Jude miró impotente a la pequeña mujer—. Se suponía que matarlo iba a hacer que me sintiera mejor, ¡maldita sea! —gruñó en voz baja, casi para sí misma.
—¿Hizo que te sintieras mejor el joder a La Agencia? —preguntó Liz.
Jude se encogió de hombros.
—No, la verdad.
—Entonces ¿por qué creíste que matar a Massala sí?
Jude rió sin ganas.
—Algo tenía que hacerme sentir mejor.
—Pero matar a Massala no lo fue.
—Tal y como lo descubrí. Y por una vez en mi vida no tenía un plan de apoyo.
—Y ¿qué hiciste?
—Bueno... las cosas estaban algo....revueltas en Miami. Con el Cártel enviando tras de mí a asesinos profesionales cada siete minutos y toda la policía del condado arrastrándose por la escena criminal....La Agencia no es estúpida, sabían que yo era responsable, pero no iban a mandar a nadie por mí hasta que estuvieran seguros de tener aunque fuera una sola oportunidad de atraparme. Sasha y yo pensamos que lo mejor sería que me tomara unas pequeñas.... vacaciones....hasta que todo se enfriara un poco.
—¿Sasha estaba contigo por aquel entonces?
Jude puso una sonrisa felina.
—Ella fue una de las primeras cosas que le robé a Rico—. Liz solo asintió, no estando segura de qué le inquietaba más: la continua presencia de la enigmática asistente con sus poco claras atribuciones, o la referencia despreocupada de Jude a su ex–amante como una “cosa” que uno se puede llevar como botín de guerra. Liz se guardó esos incómodos pensamientos para hacer su siguiente pregunta—. ¿Dónde fuiste?
—La mayoría de los cárteles operaban desde Colombia porque el gobierno allí se mostraba más.... en mejor disposición....hacia actividades como las de Rico. Como las mías.
Liz asintió.
—Allí era donde actuaba el Cártel de Medellín hasta que el gobierno colombiano lo eliminó.
—Exacto....con algo más que un poco de presión de La Agencia. Por supuesto, el de Cali ocupó inmediatamente su lugar.
—¿Tengo que preguntar dónde encajas tú en todo esto?
—Yo era la nueva —se encogió de hombros—. Así que fui a presentarme....y a presentar mis respetos —sus ojos azules se volvieron distantes cuando sus pensamientos retrocedieron sobre los años pasados—. Y así es como acabé en Cartagena de Indias.

°°°°°°°°°°°°°°°
avatar
malena
Admin

Cantidad de envíos : 1007
Fecha de inscripción : 16/05/2008

Volver arriba Ir abajo

Re: Lucifer rising, Sharon Bowers

Mensaje  malena el Enero 27th 2013, 5:08 pm

Colombia parecía tener dos tipos de tiempo: caluroso y más caluroso que el infierno. Incluso la legendaria frialdad de Jude había acabado hecha pedazos a causa de la letal combinación entre el clima y los lugareños con los que había tenido que tratar desde su llegada. A lo largo de las últimas semanas había estado saltando desde Bogotá a Cali, a Buena Ventura, a Medellín... y francamente, ya había tenido más que suficiente con las generosas raciones de machismo servidas en cada reunión.

Totalmente desacostumbrada a ser desestimada, Jude se había encontrado sin saber qué hacer. Como último recurso había seducido a la amante de uno de los altos lugartenientes del Cártel de Cali. Pensó que eso, o bien le ganaría un lugar en la mesa o una bala en la cabeza. En su estado mental, la verdad es que no le importaba mucho en cual de las dos cosas resultaría. En cualquier caso, no podrían ignorarla por más tiempo.

Por extraño que pareciera, lo que consiguió fue un respeto concedido a regañadientes por el resto de los hombres. Después de esto ya no podían catalogarla como una Madonna o como una puta.... y aunque no le importaba particularmente cómo la llamasen a sus espaldas....le permitió un cierto espacio de maniobra.

Llegó a Cartagena exhausta y cabreada, ansiosa por regresar a los Estados Unidos, pero sin poder hacerlo a consecuencia de que la investigación sobre La Masacre aún continuaba. Sasha le había dicho que esperase por lo menos una semana más y le había proporcionado algunos contactos. La vieja ciudad era la más “turística” de todos sus destinos en Colombia (suponiendo que en este país dejado de la mano de Dios algo se pudiera considerar hospitalario), y esperaba fervientemente que eso significara que podría pasear por la calle sin que ningún ladronzuelo fuera pisándole los talones. Claro que con la suerte que tenía últimamente, lo que significaría sería que ese problema aquí sería peor que en ninguna otra parte.

Se registró en el hotel Santa Clara, escuchando ausente la letanía del botones sobre la historia del hotel como antiguo convento. “Bastante apropiado” soltó para sí misma con cinismo, pensando que las posibilidades de disfrutar de algún tipo de compañía….femenina....durante el resto de su estancia eran muy pocas. Seducir a Mariana había sido cosa de negocios, no placer, y hacía mucho tiempo desde que había disfrutado de los talentos únicos de Sasha. Diferentes imágenes de la forma desnuda de su asistente estremeciéndose debajo de ella, pasaron a toda velocidad a través de su mente durante la interminable conferencia sobre Santa Clara de Asís. A punto de acabársele la paciencia, interrumpió al empleado. “Me....importa....una....mierda....” dijo despacio y con claridad, dando tiempo a la incompleta comprensión del inglés del muchacho para que descifrara el significado. “Ahora, lárgate” añadió, presionando un billete de 20 dólares americanos en su mano.

El chico se marchó dejando sola a Jude con sus reflexiones.

La habitación estaba decorada en el estilo que Jude empezaba a considerar el ‘obligatorio estilo cuenca del diseño Amazona’. Que suponía paredes blancas, ventiladores de techo que no dejaban de zumbar y que casi ni movían el aire quieto, y redes anti-mosquito atadas en los cuatro postes de la cama. “Al menos este sitio tiene agua corriente y limpia” apreció, abriendo la ducha y quitándose la polvorienta ropa de viaje.

Una fría y larga ducha después, Jude se sentía algo más humana mientras se abotonaba la camisa y la remetía dentro de unos amplios pantalones cortos. “¡Qué demonios!” murmuró, haciéndose una gruesa trenza. “Soy una turista ¿no? Entonces debo parecerlo”.

Descendió la escalera en curva hasta el bar en el piso de abajo, necesitando urgentemente una copa. Por costumbre, examinó la habitación con inquietud, tomando nota de la disposición de los muebles, de las salidas y de los potenciales alborotadores. Mucho antes ya había descubierto que en este país horrible muchos hombres pensaban que una mujer sola en un bar tenía que ser como mínimo una mujer ligera de virtudes, o si no una auténtica puta. La habían llamado puta más veces en las tres últimas semanas de lo que se lo habían llamado en toda su vida, que ya era bastante. Sus pretendientes solo desistían después de que ella les mostrara de forma creativa su deseo de que la dejaran en paz. Había una cadena de hombres en cada ciudad que había visitado, a los que había dejado un increíble despliegue de huesos rotos como evidencia de su irritación.

Y por eso fue que la mujer que se sentaba en el rincón llamó inmediatamente la atención de Jude.
No fue únicamente que estuviera sola, sino que nadie la molestara. Esta mujer parecía sangrar luz solar a través de cada poro de su piel bronceada y su pelo rubio casi blanco. Llevaba un vestido de color claro sin mangas que se ceñía sobre cada curva musculada y definida de su cuerpo y exponía una buena cantidad de un estilizado muslo en el punto en el que sus piernas se cruzaban. Un vaso de algo incoloro se encontraba frente a ella, y parecía transportada por la vista de los jardines con su estallido de flores que ofrecían el único colorido del terreno.

Antes de darse cuenta, Jude se encontró deslizándose en la mesa que se encontraba justo enfrente de la desconocida, haciendo una seña distraída a la camarera para que viniera a tomarle nota.
“Un montón de hombres han intentado sentarse ahí” murmuró suavemente la desconocida. Tenía un acento perfecto de colegio privado británico, y el nítido inglés cayó en los oídos hambrientos de Jude como maná del cielo.

Jude frunció las cejas burlona. “¿Esa no es una frase de una película?” preguntó sin pensar.
Eso le ganó el esbozo de una sonrisa de porcelana mientras la extraña la observaba con calma. De cerca, Jude pudo ver que tenía unos ojos claros, casi sin color que parecían absorber la luz de sol que se ocultaba y devolverla directamente hacia Jude, que se esforzaba por resistir su brillo.
La camarera se acercó, mirando a Jude con expectación.

“Bourbon” dijo, esperando que tuvieran. Tequila parecía ser lo único que servían en la mayoría de los sitios. Para su sorpresa, la camarera asintió y miró brevemente a la rubia. “¿Usted quiere algo?” preguntó.

“Un Martini, por favor” replicó la desconocida, levantando su copa.

Una vez tomada nota, dejó a las dos mujeres solas de nuevo.

Jude arqueó una ceja ante la expresión pensativa en el rostro de la extraña. “¿Qué? preguntó.
“¿Sabes?....Creo que tienes razón. Es una frase de una película. Pero no consigo acordarme de cual por mucho que lo intento. Sin embargo, recuerdo que el hombre al que nuestra heroína deja sentarse no tenía demasiadas buenas intenciones”.

“Puede que simplemente me alegre de estar hablando con alguien que no chapurrea la jerga esa de república bananera que la gente de aquí acepta como inglés”.

“No” objetó la desconocida. “Pareces muchas cosas, pero una inocente no es una de ellas” expuso con rotundidad.

“¿Oh?” Jude estaba intrigada. “¿Entonces qué parezco?”

“Una pirata”.

Jude rió ante esa descripción tan apropiada. “¿Y qué se supone que eres tú? ¿Una damisela en apuros?” bromeó.

“No por Dios” la rubia desechó la posibilidad con un gesto de la mano y terminó su bebida.” Piensa en mí como... una heredera renegada en una misión suicida de libertinaje”.

Jude estudió la elegante forma frente a ella. Esto podía ser divertido.

“Eso es un bocado endemoniado ¿Hay algo más corto que pueda llamarte?” dijo arrastrando las palabras.

Una risa gutural la recompensó, los flecos de esa risa acariciaron el cabello de la nuca de Jude.

“Puedes llamarme Keir” ofreció su nombre de forma regia. “Diminutivo de Keirnan”.

“Keir....” murmuró Jude, disfrutando de la sensación del nombre sobre su lengua.

“¿Y qué hay de ti, pirata mía? ¿Qué alias utilizas para escapar de la atención de nuestras maravillosas autoridades locales?”

“No causo una muy buena primera impresión ¿verdad?” bromeó Jude con facilidad. “Ya me estás acusando de cometer fechorías”.

“Reconozco a un depredador en cuanto lo veo”.

La mujer sombría hizo una inclinación de cabeza en silenciosos reconocimiento. “Mi nombre es Jude” dijo.
“¿Diminutivo de....?”

“Solo Jude”.

Keir rió sombría. “¿Hay alguna razón por la que te pusieran el nombre del Santo Patrón de las Causas Desesperadas? ¿O se trata solo de una deliciosa ironía debido a mi situación?” Viendo la ceja fruncida de Jude se apresuró a explicarse. “Aquí estoy yo, sentada sola en un bar.... enfrentada a la terrible realidad de que tendré que pasar esta noche recibiendo proposiciones sin fin de los lugareños y de los turistas. Y sin ningún alivio a la vista”.

“Siempre puedes regresar a casa” comentó Jude secamente.

“¿Y qué gracia tendría eso?” Keir desestimó la cuestión poniendo los ojos en blanco un momento. “Por lo menos aquí existe la posibilidad de que pase algo interesante” —Keir hizo un chasquido con los dedos. “Y ¡voilà! Aquí estás. Se acabaron las proposiciones aburridas”.

“¿Cómo sabes que yo no te voy a hacer proposiciones?”

“Oh, espero fervientemente que me las hagas. Sería un bonito cambio de ritmo después de todos esos hombres sudorosos” Keir lanzó una sonrisa maliciosa en su dirección. “Y por lo menos, tú dejarás que pase un decente intervalo de tiempo”.

“Ya veo”.

“¿Tú?” Keir inclinó la cabeza hacia un lado, mirando con seriedad a su nueva acompañante. “¿Tú quieres salir de aquí? Hay algo de tiempo antes de que se ponga el sol... Podría enseñarte los lugares de interés. Los pocos que hay”.

“Muestra el camino”.

°°°°°°°°°°°°°°°

El sol se hundía en el horizonte manteniendo hasta el último momento los largos tentáculos de luz que se estiraban hacia las dos mujeres que paseaban por las murallas de la ciudad. Cartagena era una ciudad que llevaba sus cicatrices con orgullo; su gente la bautizó con el nombre de ‘La Heroica’ durante la lucha por liberarse del dominio español. Los turistas todavía vagabundeaban por las calles libremente, la luz les garantizaba el movimiento de un modo imposible una vez cayera la oscuridad. De todas las ciudades por las que Jude había pasado recientemente, Cartagena era la que había conseguido una paz más estable entre sus mundos diurnos y nocturnos. Puede que las alimañas se mantuvieran relativamente escondidas durante la luz del día porque los cruceros hacían de la ciudad una de sus escalas; o puede que la vista del mar suavizara sus impulsos más violentos. Cualquiera que fuera la razón, Jude estaba agradecida.

Quería disfrutar de la compañía de la criatura derrochadora de elegancia que se encontraba a su lado. Aún así, sus sentidos eran dolorosamente conscientes de las miradas depredadoras que recorrían su cuerpo mientras caminaba.

“Una sucesión de bastiones recorrían el frente del océano reforzados por dos fuertes más grandes: uno llamado San Fernando y el otro San José. Cartagena tenía cierto problema con los piratas por aquel entonces” Keir lanzó un amplia sonrisa a su sombría acompañante. “Así que sobre 1580 el rey de España ordenó a un ingeniero militar llamado Antonelli que fortificase la ciudad” indicó una torre en ruinas que se erguía sobre las calles y dominaba el océano. “Esa gran torre de allí era el punto principal de defensa. Se llama San Felipe de Barajas. La destruyeron cuatro veces....y la reconstruyeron cada vez. Dicen que los fantasmas de los soldados muertos rondan los restos, todavía guardando la ciudad. Me pregunto qué les parecerá Cartagena ahora”.

Jude había pasado las últimas horas simplemente escuchando el musical batir de la voz de Keir, y observando sin perder detalle el ligero, fascinante balanceo de sus caderas. No le estaba prestando especial atención a la historia de la ciudad por cuyas calles paseaban ahora. La rubia era casi tan alta como la propia Jude, pero con una envergadura mucho menor. A Jude le recordaba a los estilizados galgos de carreras que había visto en Miami, con esos perfiles nobles y esa impresionante gracia y velocidad. Aunque tenía la mente ocupada cavilando en cual sería el sabor de la mujer a su lado, contestó distraída. “Probablemente se preguntarían qué demonios es lo que ha pasado aquí”.

Keir negó con la cabeza pensativa. “No sé porqué pero lo dudo....Quiero decir, ¿de verdad crees que la naturaleza humana ha cambiado tanto en los cuatro últimos siglos? Los soldados siguen siendo soldados....” indicó con un gesto de la cabeza el uniforme de aspecto militar de un policía local cercano. “Y los piratas siguen siendo piratas” finalizó mirando a Jude directamente. Esa fría mirada estaba llena de reconocimiento mientras recorría de arriba abajo el poderoso cuerpo de la mujer oscura, y de pronto Jude se dio cuenta de que no era la única indiferente en el ligero intercambio que iba y venía entre ellas.

Deseando perversamente que la rubia hiciera el primer movimiento, Jude ignoró la mirada y comentó, “pareces saber mucho sobre la ciudad”.

Arqueando una ceja que, de manera inquietante, era el reflejo pálido de la misma ceja oscura de Jude, Keir frunció los labios ligeramente y continuó con su narración. “Llevo aquí algunas semanas, disfrutando del paisaje. Me he quedado con algo del par de excursiones en grupo que he terminado haciendo por puro aburrimiento”, admitió. “He descubierto que estas excursiones son mucho más divertidas cuando te has bebido un martini o seis de antemano”.

“No es que Colombia ocupe uno de los lugares más altos en la lista de sitios de vacaciones más acogedores”.

“Soy un alma libre... buscando aventuras” proclamó Keir con un dramático movimiento de brazos. Caminó con la casual seguridad de alguien que ya se ha enfrentado a una situación donde ni su dinero ni su encanto sirvieron para eliminar un momento desagradable.

Jude se permitió un pequeña sonrisa, disfrutando con la carismática presencia de la mujer.

“En estos casos te dicen que te unas al ejército. Ya sabes....no es solo trabajo, es aventura”.
“No, por Dios... Dudo que el ejército admitiera a alguien como yo” rió, con una mirada alegre. “De hecho, me he escapado de un crucero. Salté aquí cuando hicimos escala. Y he estado dando vueltas por ahí, absorbiendo el color local. Unos amigos míos tienen un sitio en una de las Islas del Rosario, y me han permitido requisar su balandro para ir y venir cuando quiera mientras estoy por aquí. Es una pequeña embarcación de unos diez metros que está ahí amarrada en el puerto”. Sus miradas se encontraron de nuevo, esta vez durante más tiempo, más intensas, y Jude sintió en sus venas encenderse una chispa de anticipación. No había confusión posible en sus propósitos. “¿Por qué no vienes a la isla conmigo?” murmuró la rubia sensualmente. “No tardaremos mucho. Si nos vamos ahora mismo, podemos estar allí antes de que el sol se ponga del todo”.

Una sonrisa perezosa creció sobre los rasgos de Jude. “Tendría que ir a mi habitación antes. Porque si no, no tendría nada que ponerme”.

“Créeme, cielo... no vas a necesitar nada”.

°°°°°°°°°°°°°°°

Jude no recordaba cómo había empezado todo....había ayudado a Keir a soltar amarras y a izar la vela principal....después se había dirigido hacia la pequeña proa de la nave, disfrutando de la brisa marina sobre su rostro. Había unas cuantas embarcaciones en el agua, barcos de recreo como ese, transportando a sus ricos propietarios desde y hacia la costa y lejos de los peligros de los moradores nocturnos de Cartagena, y hacia la seguridad de sus islas.

No supo cómo....Keir estaba allí....detrás de ella, unos brazos esbeltos rodeándola y exigiendo que su camisa desapareciera de sus hombros. Los pantalones cortos cayeron de sus caderas y los zapatos fueron echados un lado. Por un instante a Jude se le ocurrió protestar por la relativa proximidad a otras embarcaciones, pero fue obligada a volverse en los brazos de la rubia, y unos labios rojos se encontraron con los suyos con precisión certera.

El vestido blanco cayó, ya innecesario mientras se deslizaban hacia la fría suavidad de la cubierta de teca, y unas pocas gotas de agua empañaban su piel desnuda. Su aroma era exótico para Jude....como el de alguna flor salvaje de la selva cuyo nombre nunca sabría. Jude se enterró profundamente dentro de Keir, arrancando su deseo en desgarrados gemidos de pasión, adorando la sensación de esas largas piernas cayendo sobre sus hombros. Una y otra vez Jude se movió dentro de ella....fuerte, rápido, despacio, ansiosa....hasta que por fin se separaron, yaciendo boca arriba y contemplando al cielo que acababa de aparecer.

“Oh....madre mía....” Keir musitó, girando la cabeza hacia un lado para mirar a su nueva amante. “Ha sido....increíble”. Pasó una mano temblorosa por el esfuerzo sobre el cuerpo finamente musculado de Jude. El olor a sudor, sexo y calor impregnaba sus pieles....y Jude no se parecía a nada tanto como a un gato salvaje, saciado y lleno tras la caza. “Joder….” rió Keir con inseguridad. Tenía que haber probado esto mucho antes” sus ojos se desviaron apreciativos hacia su compañera.

Un ojo azul apareció dertás de un párpado cerrado. “¿A qué te refieres con antes?” el otro iris se unió a su gemelo. “Nos hemos conocido hace apenas unas horas” esbozó una sonrisita.

“No me refiero a nosotras, cielo. Me refiero a esta historia de las mujeres....Aunque diría que no habría sido tan divertido con otra persona”.

Jude frunció una ceja. “¿Quieres decir que nunca antes te habías acostado con una mujer?”

“Bueno....tuve los típicos revolcones cuando me quedaba a dormir en casa de mis amigas cuando era adolescente, pero la verdad… En el momento en el que fui lo suficientemente mayor como para contemplar seriamente la posibilidad, todas las mujeres de este bando estaban demasiado estereotipadas. Capitanas del equipo de hockey sobre hierba, todas ellas. ¿Sabes a lo que me refiero?” soltó una pequeña carcajada. “Así que me saqué la idea de la cabeza”.

“Y ¿encontrarte conmigo te la devolvió?” Jude se levantó, apoyándose sobre un codo para poder ver mejor a la mujer cuyo cuerpo acababa de someter.

“Confieso que esta tarde ya tenía un pequeño calentón, pero en el momento en el que te vi….” una sonrisa erótica se abrió paso en sus rasgos aristocráticos, “decidí que tenía que tenerte”.

“Eso es bastante....imperial....por tu parte” murmuró Jude, inclinándose para rozar con sus labios la carne suave del cuello de Keir.

“¿Te sientes colonizada, cielo?” rió Keir encantada. El cálido y sonoro eco alcanzó y se acurrucó entre las piernas de Jude.”—Créeme, no tengo intención de cambiar ni lo más mínimo de tus gloriosas tendencias primitivas”.

“No creo que nos tengamos que preocupar por eso” contestó displicente. Los sentidos de Jude se hallaban unidos con el olor de la mujer sobre sus manos, el sabor del sexo en su boca, y los ecos moribundos de los gemidos desgarrados de Keir que todavía resonaban en sus oídos. Deslizó los dedos a través de la línea elegante de la cadera de Keir. “Ven aquí” ordenó, mientras sus dedos se hundían en la piel que encontraron y arrastrando a la otra mujer hacia ella.

Y las estrellas dibujaron espirales aún más alto dejando escapar unas manos extendidas, para que pudieran alcanzar lo más profundo del deseo, y que amenazaban con sacudir hasta arrancar de sus nichos en el cielo nocturno a todas las luces del Cielo.

°°°°°°°°°°°°°°°

“¿Qué te ha traído a Colombia?” la pregunta fue hecha sobre un desayuno a base de pomelo amargo y piel dulce.

“Negocios” contestó Jude, prefiriendo lo último entre las dos opciones posibles. Renunciando completamente al pomelo, su boca cubrió con voracidad un pezón erecto. Un gruñido de satisfacción retumbó en su garganta mientras saboreaba su tersura en la lengua.

“Colombia....no....tiene....industria….” gimió Keir, “con excepción de la agricultura....y....” hundió las manos en el pelo de Jude, alejándola de la tarea que se había impuesto y forzándola a mirarla directamente a sus ojos claros, coloreados de gris por el sol que empezaba a salir. Una sonrisa triste se curvó en el rostro de la rubia. “Así que de verdad eres un pirata”.

Jude se apartó de la piel seductora de Keir. “¿En realidad te importa?” la incitó.

“La verdad es que no” contestó Keir sin mucho problema y mirando a la otra mujer de nuevo. “Pero eso da respuesta a ciertas... sensaciones que tenía sobre ti”.

“¿Cómo cuáles?”

“Parecías demasiado….deliciosamente amenazadora....para ser alguien corriente”.

“Tienes una imaginación muy viva”.

“La tengo” Keir estuvo de acuerdo, “pero esa no es la cuestión. La manera en que te mueves.... Hueles bastante a violencia….” una caricia suave recorrió un lado del rostro de Jude. Y a sexo....y ahora que lo pienso....prácticamente cualquier pecado que pudiera nombrar, podrías inspirármelo. Eres la imagen perfecta de la transgresión” murmuró.

La voz tenía mucho de eco de las condenas que había recibido de niña.

“Según los curas, incluso el hecho de que respirara era un pecado” gruñó Jude, bastante incapaz todavía de suprimir la rabia hacia el hombre de la sotana negra que maldijo su alma incluso mucho antes de que naciera.

“¿Algún problema con la Iglesia?” Keir aprovechó el extraño giro que estaba tomando la conversación.
Los ojos de Jude palidecieron con frialdad al recordar. “No es que me sirva para mucho. Eso es todo” replicó sin más detalles.

“Eso es bastante raro....considerando lo que llevas alrededor del cuello” unos largos dedos bajaron para capturar el frío medallón que colgaba entre los pechos desnudos de Jude. “Cristóbal….guardián de los viajeros y un santo al que apartaron del sacerdocio....” frunció los labios. “O ¿es por eso por lo que lo llevas? ¿Camaradas en el exilio?”

Jason le había regalado el medallón en su último encuentro, antes de que la pesadilla comenzara. Temiendo por los restos ennegrecidos de su alma, le había suplicado que dejara la operación. Cuando ella se negó, se quitó la cadena del cuello y se la puso en la mano a Jude, cerrándole los dedos alrededor con fuerza. ‘Entonces quédate con esto....Ya que no puedo ir contigo....Sé que puede que no tenga mucho significado para ti, Jude, pero lo tiene para mí. Por favor….’ Y ella aceptó el regalo sin tener la intención de ponérselo nunca....pero aquella noche, cuando la oscuridad la rodeaba y el amanecer estaba tan lejano que Jude podía imaginar fácilmente que nunca la alcanzaría en su reino de sombras, se lo deslizó alrededor del cuello dejando que el frío metal descansara sobre su piel cubriéndole el corazón. En el caos que siguió a la muerte de Jason no se lo llegó a quitar.

“No sirvió de nada ¿verdad?”

La pregunta la trajo violentamente de vuelta a la mirada incolora de Keir. Arqueó una ceja inquisitiva.
“Lo que fuera de lo que esto iba a protegerte, cualquiera que fueran los viajes que hicieras....no sirvió de nada ¿verdad?”

Jude tragó saliva, sorprendida por la repentina perspicacia que la extraña parecía poseer.

“No, no sirvió”.

Una mano cariñosa le acarició el rostro.

“Lo siento”.

Una seca sacudida de la cabeza terminó con el gesto. “Da igual”. Fue a darse la vuelta pero la detuvieron bruscamente, de pronto encontrándose con los hombros firmemente sujetos por unas fuertes manos.

Unos iris sin color se encontraron con el azul pálido de Jude en una mirada fija.

“Hay algo que está partiéndote por la mitad ¿verdad?” preguntó, su comprensión desconcertando a la mujer en sus brazos.

“Déjalo ya” advirtió Jude, la fría expresión de sus ojos contradecía el tono tranquilo de su voz.

Keir se apartó, estudiando sensualmente a la mujer letal recostada a su lado. “La oscuridad cae ¿eh? Muy bien....” En un suave movimiento puso a Jude boca arriba, sentándose a horcajadas sobre su delgada cintura, y presionando contra su fuerte musculatura. “En ese caso....pasa el día conmigo. Hay una isla a la que podemos ir....”

“No tengo ningún interés en ir pegada a un grupo de turistas” gimió Jude, arqueando las caderas contra la resbaladiza suavidad entre las piernas de Keir.

“Cielo, lo que tengo en mente no es para nada una actividad de grupo....”

°°°°°°°°°°°°°°°
avatar
malena
Admin

Cantidad de envíos : 1007
Fecha de inscripción : 16/05/2008

Volver arriba Ir abajo

Re: Lucifer rising, Sharon Bowers

Mensaje  malena el Enero 29th 2013, 8:14 pm

Condujeron el barco hasta una isla diminuta, lejos del cuerpo principal de las Islas del Rosario, atracando en una pequeña ensenada y echando el ancla.

“Vamos a tener que nadar” dijo Keir con naturalidad, lanzándole una pequeña bolsa estanca. “Pon la ropa aquí dentro para que no se moje”.

Jude inclinó la cabeza levantando una ceja dubitativa hacia su compañera que se estaba quitando sus propios shorts.

“No te preocupes, estamos solas. Ni siquiera los grupos de turistas han encontrado este lugar. Otra cosa....” extendió una mano en la que sostenía lo que parecían dos pequeñas moras, “tómate esto”.
La mujer oscura entrecerró los ojos reconociendo el peyote. “Yo no.....”

“No pruebas tu propia medicina ¿no?” se burló Keir. “Quiero que esta tarde estés relajada. Te prometo que esta sustancia es completamente natural, y mil veces menos letal que la mierda que tú pones en la calle”.

Los ojos de Jude palidecieron peligrosos ante el comentario, pero Keir no se echó atrás.

“¿Me equivoco?”. Cuando Jude no contestó, sonrió triunfante. “Eso pensaba”. Llevó el pequeño botón a la boca de Jude. “Abre”.

En silencio, Jude obedeció, permitiendo que los largos dedos de Keir fueran más allá de sus labios y sus dientes, depositando su carga. La mujer sombría aún podía sentir ligeramente rastros de su última sesión de sexo, y pasó la lengua a lo largo de los dígitos que se retiraban.

“Mastica” ordenó la rubia con una sonrisita al ver a Jude torcer el gesto ante el sabor amargo del cactus. “Yo tampoco me acostumbro al sabor” remarcó, disponiendo del suyo de forma similar. “¿Vamos?”.

Con un elegante salto entró en el agua turquesa, emergiendo momentos después, el agua cayendo brillante por su rostro.

“¡Venga!” hizo un gesto con el brazo. “Está deliciosa”.

Encogiéndose de hombros mentalmente, Jude metió sus propios pantalones y un par de camisetas de Keir en la bolsa y la deslizó sobre el hombro. Estorbada por el peso de la bolsa, su zambullida fue menos elegante que la de su compañera, pero igual de efectiva. Dio un pequeño grito ahogado al sentir la calidez del agua, y nadó con un solo brazo hacia la mujer que la esperaba cerca del borde del agua.

“Ha sido muy agradable” admitió, haciendo un gesto alegre a la rubia.

“¿Verdad que sí?” sonrió Keir, pasando una mano perezosa por el torso mojado de Jude. “Después volveremos a darnos un buen baño”.

El sol secó con rapidez los restos de humedad de sus cuerpos y pronto estuvieron vestidas con sus pantalones cortos y camisetas.

“Bueno, y ¿a dónde vamos?” preguntó Jude, escurriendo el exceso de agua de su pelo y esperando que no se enredase demasiado.

Keir hizo un gesto hacia un camino serpenteante a través del sorprendentemente denso follaje.
“Tomaremos ese sendero de ahí. Es un poco cuesta arriba....pero no demasiado terrible”.

“Adelante”.

Caminando con facilidad por el sendero, Jude examinó los alrededores cuidadosamente. Realmente estaban completamente solas y Jude se sorprendió sonriendo ante la exuberancia de la tierra en torno suyo. Por encima de su cabeza, los gritos salvajes de los pájaros que la rodeaban alertaban a otras criaturas de la invasión de las dos mujeres, y el sonido del océano en la distancia añadía ritmo a sus pasos.

“No puedo comprender por nada del mundo porqué los tours no vienen aquí” Keir iba diciendo mientras avanzaban. “Supongo que porque la isla es una de las más alejadas y es diminuta. Literalmente no hay nada que ver salvo ruinas. Ni espacio para puestos de refrescos o de postales”.

Emergieron de la penumbra a un espacio de brillante luz. Para su sorpresa, Jude se dio cuenta de que estaban sobre una pequeña elevación en la grada más alta de lo que parecía un anfiteatro. Piedras rotas y cuarteadas era todo lo que quedaba de los bancos curvos que descendían por la suave inclinación hasta que se alineaban con el suelo de tierra endurecida, algunos niveles por debajo. Dos pilares de piedra se alzaban hasta la altura de la cabeza de Jude a cada lado del espacio central.

“Los Chibcha que originalmente vivieron aquí, eran sobre todo artesanos. Eran tejedores, canteros, y orfebres. Nada de guerreros....” Keir echó una mirada a Jude, observando como pasaba la palma de la mano suavemente sobre la textura rugosa de la piedra”. No tuvieron nada que hacer cuando los españoles llegaron. Los europeos se llevaron el oro, destruyeron las ciudades y esclavizaron a la gente....todo en el nombre de Dios, el rey y la patria” Keir agitó la cabeza despacio, perdida en pensamientos sobre civilizaciones pasadas.

“¿Qué es este lugar?”

“Lo más aproximado que puedo decir es que era un lugar de culto”.

Bajo la mano de Jude, la piedra parecía bullir realmente de energía, un latido cálido y vibrante que podía sentir comenzando a trazar una espiral en su vientre. Separó la palma de la piedra, flexionando la mano para disipar el hormigueo que aún permanecía.

“Esto es una iglesia ¿eh?”

“Oh no” Keir sonrió, “no adoraban las cosas que no podían ver. Sus dioses eran la tierra y el cielo, lo que les rodeaba”. Observando cómo los dedos de Jude trazaban los desvaídos relieves en el pilar que había junto a ella, añadió: “se dice que las piedras les hablaban”.

Jude arqueó una ceja.

“Bueno, si se colocaban con la misma mierda que me acabas de dar, me lo creo”.

“No utilizaban alucinógenos. Solo sus ojos y sus manos” replicó Keir. “Venga, vamos....”

Mientras Keir la guiaba hacia abajo por la pendiente y a través del suelo de tierra, los sentidos de Jude saltaron en un estallido de conciencia. Su piel absorbía la luz que se derramaba desde el cielo, enviando olas de calor que empapaban sus músculos. Las flores dejaban caer sus exóticos aromas desde los arbustos cercanos, haciéndola recordar la esencia dulce de la mujer que iba junto a ella. El pelo de Keir brillaba translúcido en el fulgor que las rodeaba. Los ojos de Jude se oscurecieron, vibraron y sintieron el calor de la energía que danzaba en su interior convirtiéndose en llameante vida.

Ahora era una llama....subiendo en círculos desde su vientre, rodeando los restos irregulares de un alma que ella creía muerta. Se envolvió alrededor del músculo de su corazón, estrujando dolorosamente hasta que cada respiración se volvió un recuerdo de su mortalidad. Podía oírlo estallando y rugiendo en las cavernas detrás de sus ojos.

Tanto calor....todo era tan insoportablemente caluroso....el sudor corría por su rostro....y se encontraban en un recinto de piedra, las paredes impedían la entrada a la luminosa luz del sol, pero aún así brillaba en los ojos de Keir. Ahora las llamas las rodeaban a ambas, enroscándose con familiaridad a lo largo de las caderas de la mujer rubia, alcanzando con sus lenguas a acariciar la piel de Jude, brillante por el sudor. Y después la carne sobre la carne....la piedra sorprendentemente fría bajo su espalda mientras la llama se extendía por todo su cuerpo....un dolor agarrotándola con su cruda demanda. Una boca, una mano, una llama....presionando dentro de ella... sofocando el fuego... pero aún ardía más.... “Más....” Una voz, la suya, desgarrada de necesidad....ronca de gemir....¿Había gritado?.... La llama....la mujer....ahora convertidas en una.... entrando en ella con fuerza, alimentando el fuego hasta que se derramó entre sus piernas….estremeciéndose en un clímax con un grito desgarrador....humedad, sudor.... ¿lágrimas?....manando de sus ojos. Entonces….

Silencio.

Si los hombres no se hubieran detenido a contemplar el espectáculo, si no hubieran convertido el placer de las mujeres en el suyo propio, su misión habría resultado un éxito con bastante facilidad. Dos balas. Dos cuerpos. Una espléndida recompensa para los miembros restantes del Cártel. Los planes mejor trazados...

La primera bala dio en el blanco, silenciando los suspiros de placer de Keir y destrozando su cráneo contra el torso de Jude. Un grito estrangulado desgarró la garganta de Jude cuando su cuerpo reconoció la amenaza, incluso cuando su mente luchaba por reconstruir la realidad. En seguida estuvo de pie y moviéndose, lanzando el cuerpo de Keir en dirección a sus atacantes. Con intención de ser un disparo mortal, la bala pasó junto a su cuello cuando se giraba para evitarla, sangre y fuego surgieron de la herida. Los hombres se separaron y comenzaron a perseguirla a través del laberinto del recinto de piedra. Jude se escondió bajo un nicho ennegrecido cuando uno de los asaltantes pasaba cerca. Estuvo encima de él mucho antes de que se diera cuenta. Un salvaje ¡crack! que hizo eco a través de todo el corredor cuando ella le rompió el cuello. Jude tomó su arma.

Las tornas habían cambiado.

“¿Luis?”. El otro hombre. Obviamente había oído el sonido del cuello al romperse y se movía en su dirección. “¿La tienes?”

La llama la consumía....rabia....odio....ira.... ¿por qué? Otra muerte en sus manos, otro inocente destrozado por su contacto. Los ojos de Keir ni siquiera habían llegado a reflejar lo que estaba pasando. Toda una vida destrozada en un momento de placer. La bilis subió por la garganta de Jude, estrangulándola. Se mantuvo en las sombras, ahogándose en la locura que la había consumido durante esos últimos años.

Y la llama siguió ardiendo....dejando a su paso las ruinas abrasadas del alma de Jude....

El arma encajaba tan perfectamente en su mano, el metal frío al tacto….reafirmándola en el infierno líquido que la rodeaba. Su asaltante avanzó hacia ella, su silueta claramente visible, iluminada a contraluz por la llama. Se deslizó aún más dentro de las sombras....golpeando una roca deliberadamente para atraerle.

“¿Luis?” su tono era más alto, mostrando más incertidumbre cuando el silencio que no prometía nada bueno se fue haciendo cada vez más denso.

Su contorno era perfectamente visible para los ojos ardientes de Jude. Sacó el arma....él tuvo que oír el suave click del percutor....pero demasiado tarde. La bala dio en el blanco, destrozándole el lóbulo frontal. Su última visión fue una aparición sanguinolenta cerniéndose sobre él, un demonio que acababa de llegar para escoltarle hasta el infierno.


°°°°°°°°°°°°°°°

—¿La amabas?

Jude miró fijamente a los ojos verdes de la mujer que ahora sostenía su alma y sonrió con dulzura.

—No —replicó—, sólo era alguien....con quien pasar el rato. Alguien que buscaba riesgo y pensó que conmigo lo encontraría. Tenía razón —Jude agitó la cabeza—. Pero tampoco se merecía lo que le ocurrió.

—Y eso es lo que significa esto ¿no? —Liz frotó suavemente el pequeño tatuaje en la cadera de su amante. La marca parecía despedir calor a su tacto, como si guardara vida propia. —La visión que tuviste cuando estabas....haciéndole el amor. Querías que te recordara....a ella.

A Jude no le pasó desapercibida el titubeo en la voz de Liz. O la mirada ligeramente turbada en su expresión. Envolviéndola en sus brazos con fuerza, la colocó sobre sí misma hasta que estuvieron cara a cara.

—Quería un recordatorio....sí....del último inocente muerto por mis manos. Tuve que dejarla allí, ya sabes, en el templo....o lo que fuera. Tiré los cuerpos de los hombres al mar, tomé algo de ropa de la embarcación de Keir y me llevé el barco de estos tipos de vuelta a la costa. Ni siquiera pude regresar a mi hotel. Me puse en contacto con una gente que conocía Sasha y me proporcionaron papeles para salir del país —sus ojos se nublaron con los recuerdos—. Y no dejaba de pensar en toda la gente que había muerto por mi causa: a mis manos, por las armas y las drogas. Estaba tan jodidamente cansada de todo ello —suspiró y se pasó una mano temblorosa por el pelo—. Quería que todo....terminara de una vez. Se suponía que matar a Massala iba a conseguirlo. Tuve mi venganza...Y me ahogué en ella.

—Entonces es cuando regresaste a los Estados Unidos.

—Sí....y me enteré de que Brugetti había encontrado a su testigo, si es que se le podía llamar así. El motivo por el que Sasha me quería fuera del país un poco más de tiempo era porque estaba preparándole una sorpresa. La DEA se había aliado con el fiscal del Estado de Florida. Así que con su ayuda Brugetti tenía más que suficiente para acusarme.

—¿Así que hiciste un trato con ellos? —preguntó Liz, sorpresa en su voz—. ¿El juicio fue una farsa?

—No, para nada —contestó Jude—. De algún modo, simplemente entregarme no me parecía que fuera... suficiente. Sabía que nunca podría rectificar todo lo que había hecho, pero podía intentarlo. Así que fui a Kent y a él se le ocurrió este trato: yo entregaba al resto del Cártel Massala, pasaba todas mis operaciones a La Agencia, y entonces podría irme tranquilamente. Brugetti se jodió cuando La Agencia dejó de ayudarle. Perdió tres cuartas partes del caso. Además de crear una cobertura perfecta. ¿Quién se va a creer que trabajo con La Agencia después de eso? —notando el silencio pensativo de su amante, Jude le tocó en el hombro—. No pareces demasiado sorprendida por nada de esto.

—¿Sinceramente? No lo estoy —Liz se encogió de hombros y se sentó, deslizándose de los brazos de Jude—. ¿Esperas que me sorprenda de que cambies una y otra vez de chaqueta en este juego interminable de indios y vaqueros? —un áspero tono coloreaba sus palabras, y Jude arqueó una ceja extrañada—. Diferente disfraz, Jude....pero el mismo personaje. Todavía matas, y todavía disfrutas haciéndolo. ¿No es cierto?

Se miraron fijamente durante un momento interminable hasta que Jude se rindió, bajando la mirada hacia sus manos.

—Lo hacía —susurró. Reuniendo los restos de coraje que le quedaban, volvió a los ojos de Liz otra vez—. Hasta esta noche....cuando me demostraste que podía ser alguien diferente. Que no tenía que apretar el gatillo —levantó una mano dubitativa para acariciar la mejilla de su amante—. Nunca antes había creído...

Liz se rindió a la caricia, su cuerpo respondiendo de forma natural al tacto de Jude.

—¿Lo crees ahora?

—Lo estoy intentando —contestó Jude con sinceridad—. No.... —las palabras se alojaban en el pecho de la mujer, incapaces de liberarse del agarre aterrorizado de su alma—; quiero decir…. Entenderé si quieres marcharte....No podría culparte....si....

Comprendiendo lo que su amante era incapaz de decir, Liz envolvió sus brazos con fuerza alrededor de la mujer alta, acercándola.

—No voy a ir a ninguna parte, Jude. Te lo prometo —sus dedos se curvaron en el pelo oscuro, y sus ojos se encontraron con los de Jude—; pero necesito que tú también me prometas algo.

—Lo que sea…. —susurró Jude con voz ronca, poco consciente de lo que estaba diciendo pero incapaz de negarle nada a esa mirada esmeralda tan hipnótica.

—Esto termina aquí. No más muertes. Buscaremos una manera de detener a Massala que no implique a ti y un arma. ¿Lo harás? Lo harás -no podrás-....no había vacilación en la voz de Liz. Creía en la capacidad de su amante de caminar a la luz del sol.

Los ojos de Liz no admitían un arreglo, un regateo. Si Jude quería el amor de la mujer del pelo rubio-miel, tendría que ser aquí, bajo una luz que amenazaba con entregar su alma a las llamas una vez más. Una sonrisa tranquila iluminó sus rasgos y no hubo vacilación en su respuesta.

—Sí —contestó simplemente—, lo haré.

°°°°°°°°°°°°°°°
avatar
malena
Admin

Cantidad de envíos : 1007
Fecha de inscripción : 16/05/2008

Volver arriba Ir abajo

Re: Lucifer rising, Sharon Bowers

Mensaje  malena el Enero 31st 2013, 6:46 pm

Capítulo 13

Había oído hablar del mal aliento matutino....pero esto es demasiado, se quejó Liz mientras su mente se iba despertando lentamente. El suave y rítmico jadeo parecía estar centrado directamente sobre su cara, y la reportera abrió ligeramente un párpado para enfrentarse al origen de su tormento. Los dulces ojos pardos de Pete la miraron fijamente sin pestañear, la boca abierta en un estúpido gesto canino. Dos patas se balanceaban sobre el pecho de Liz mientras esperaba pacientemente a que la pequeña humana abriera ambos ojos. Esto no es lo que tenía yo pensado para la mañana siguiente, pensó enfadada.

—Fuera, Pete —gruñó, apartando al chucho de su pecho. Se estiró lujuriosamente, su cuerpo gloriosamente dolorido por el sexo que ella y Jude habían compartido.

Jude había completado la apertura de su alma consumiendo a Liz una y otra vez con la boca y las manos, evocando una respuesta que Liz había supuesto que sólo podía surgir de la febril imaginación de novelistas románticos como ella misma. Jude había sido a ratos salvaje, a ratos exigente, a ratos tierna y reverente, como si considerase que su unión era una consagración de esa extraña nueva vida en la que se estaba embarcando. Y también hizo recordar a la reportera que ella aún tenía que contar su verdad. Aunque temía lo que pasaría cuando le confesara a Jude las circunstancias de su encuentro inicial, sabía que era algo que no podía posponer mucho más.

—No es algo que esté deseando hacer —le dijo a Pete. La pequeña bestia permanecía a los pies de la cama, la cabeza ladeada mirándola solemnemente—. Pero tengo que hacerlo, colega —continuó Liz—. Me ha dejado entrar en su mundo ¿te lo puedes creer? Puede que no crea en sí misma, pero cree en mí —observando detenidamente al perro negro, se dio cuenta del significado de sus últimas palabras. Oh Dios....cree en mí....y está todo construido sobre una mentira. Liz cerró los ojos ante el pensamiento de lo que podría ocurrir, la seria posibilidad de que Jude la echase de su vida. O peor.

—No —dijo en voz alta, como si al hacerlo las palabras se convirtieran en realidad—. Por lo menos me escuchará....y haré que comprenda…. —dio voz al pensamiento—. Tengo que hacerlo —estar sin Jude ya no era una opción. Del mismo modo que había hecho confiar a Jude en que tenía un alma que merecía ser salvada, ésta le había hecho a Liz comprender que tenía una vida que merecía la pena ser vivida....Era un regalo deslumbrador para la mujer rubia....un regalo que Jude no era consciente de haberle entregado.

No se dio cuenta de que la ducha había estado corriendo hasta que el ruido se detuvo. Momentos después, apareció Jude con una toalla envolviendo sus caderas y frotándose vigorosamente el largo cabello con otra.

—Juro por Dios que me lo voy a cortar cualquier día —gruñó, echando la masa rebelde sobre un hombro.

—Por encima de mi cadáver —dijo Liz sonriendo, y dejando que sus ojos vagabundearan apreciativamente sobre su forma aún mojada.

—Ah....La Bella Durmiente se despierta —una brillante sonrisa se abrió sobre el rostro de Jude al ver a la rubita arropada cómodamente entre las sábanas —. Pensé que ibas a dormir todo el día.

—¿Todo el día? —protestó Liz estirando el cuello para mirar el reloj—. Apenas son las siete de la mañana. ¿Qué haces levantada tan temprano?

—Aunque me encantaría quedarme a holgazanear contigo —bromeó Jude secándose aún más el pelo con la toalla—, tengo sitios a los que ir y gente a la que ver. Incluyendo una reunión a las nueve para la que tengo una pila de informes que leer y que he estado posponiendo. Si no llego a la oficina pronto no voy a saber de qué estoy hablando.

Liz la miró pensativa.

—Eso suena sospechosamente a lo que hacen los banqueros —dijo—. Además, había imaginado que tus horarios serían algo más....irregulares....

Jude emitió una carcajada.

—¿Quieres decir que pensabas que todo lo que hacía era tratos a medianoche en callejones oscuros? Es cierto, hubo un tiempo en el que estaría metiéndome en la cama a esta hora; pero en algún momento a lo largo del camino acabé poseyendo legítimamente lo que parece ser la mitad de Miami —movió la cabeza—. Dirigir todo este desastre lleva más tiempo que....

—¿La otra parte de tus negocios? —suplió Liz estirándose lánguidamente, plenamente consciente de la mirada de su amante sobre ella.

Unos ojos azules se quedaron fijos sobre la radiante extensión desplegándose ante ellos. Jude tragó convulsivamente, una acción que no pasó desapercibida para la mujer que se sentaba erguida en su cama.

—Esa es una forma de llamarlo —replicó con voz ronca, moviéndose inconscientemente hacia la intoxicante visión.

Encantada con la reacción de Jude, Liz sonrió con aire de suficiencia.

—Por lo menos ven aquí y dame un beso de buenos días como Dios manda —ronroneó.

De buen grado, Jude cerró la distancia que las separaba, sentándose con cautela en el borde del colchón.

—Eso no es aquí —reprochó Liz, agarrándola del brazo y haciendo que se echara sobre su regazo—. Esto es aquí—. Pete soltó un aullido ante el movimiento repentino y corrió fuera de la habitación.

—Pero estoy mojada —avisó Jude, intentando que el agua no goteara sobre las sábanas.

Una mirada lasciva y juguetona creció en el rostro de Liz.

—Eso esperaba —bromeó admirando el ligero rubor que iluminaba las facciones de su amante. Su mano comenzó a hacer un lento reconocimiento de los hombros de Jude, siguiendo despacio las gotas de agua que caían sobre sus clavículas y hacia su pecho.

Gimiendo ligeramente ante la caricia, los labios de Jude se encontraron con los suyos en un dulce intercambio matutino.

—Buenos días —murmuró, el pulso de su garganta se elevó visiblemente cuando una mano pequeña cubrió su pecho izquierdo, pasando el pulgar sobre un pezón que se iba despertando rápidamente.

—Oh....

—¿Te gusta esto? —murmuró Liz, sus labios le acariciaban el lóbulo de la oreja. Con su mano libre atrapó el otro pecho de Jude y afanosamente logró hacerlo despertar del mismo modo que a su compañero.

Jude gimió al sentir la tensión comenzando a crecer en su vientre. Apoyando todo su peso en el brazo derecho extendido, su mano izquierda se hundió por sí misma en el pelo de Liz. Depositó besos hambrientos a lo largo de su cuello.

—¿Tú que crees? —dijo con voz ronca.

—He sido yo quien ha preguntado —Liz acentuó su afirmación clavándole los dientes en el pulso tierno del cuello. La mujer soltó un pequeño aullido ante el contacto pero su cuerpo aceptó la brusquedad, pidiendo más silenciosamente—. O ¿debería considerar esto como una respuesta? —dijo la reportera maliciosamente. Sus manos continuaron recorriendo toda la musculosa extensión del torso de Jude, revelando la forma de la mujer bajo sus dedos. —Échate, amor —murmuró.

—No....puedo…. —suspiró Jude, hundiendo la cabeza en el hueco del hombro de Liz—. Tengo que....oh Dios.... —gimió cuando las manos de la reportera regresaron sobre sus pechos—; me tengo que ir...

Liz interrumpió el detenido examen que su boca realizaba de la cálida piel de su cuello para fijar sobre ella una severa mirada.

—No tienes que estar en ningún sitio hasta las nueve…. —deslizó una mano más hacia el sur, acariciando la suave curva de la cadera de Jude con movimientos delicados.

—Lo sé....pero…. —el tacto suave como una pluma de los dedos de Liz quebraron sus palabras. Con un experto giro de la mano, Liz apartó la toalla de la cintura de Jude, dejando ese magnífico cuerpo desnudo ante sus ojos. Y cada nuevo roce de esas manos las acercaba más a la maraña de vello que protegía el haz de nervios de su centro. Involuntariamente, sus piernas se separaron ligeramente con la esperanza de atraer más cerca las enloquecedoras caricias.

—Pero nada —Liz silenció sus objeciones. El brillante destello esmeralda de sus ojos se encontraba ahora velado por una ardiente excitación. Necesitaba que Jude sintiera la verdad que su cuerpo decía. Necesitaba hablar un lenguaje que ella entendiera sin ninguna duda, sin importar lo que pasara después. —No te vas a ir de aquí hasta que no tenga tu olor en mis dedos y tu sabor en mi boca —murmuró, agravando la voz en un sensual sonido gutural—. ¿Entendido?

Jude tomó aire para responder pero se encontró los labios cubiertos por una boca ávida decidida a devorarla. Liz apartó el brazo en el que se apoyaba y el movimiento consiguió eficazmente que quedara tumbada en su regazo con las caderas colocadas en el borde de la cama.

—Espera.... —fue más un gemido que una protesta, y Liz sonrió al ver la vibrante confusión reflejada en el rostro de Jude—. Yo....Tú....

—Sí, Jude. Te. Quiero. Así —se rindió a la tentación de esos labios llenos una vez más, inclinándose y besándola concienzudamente, arrancando un profundo gemido de su garganta. —Déjame tenerte —susurró—. Por favor.

Unos ojos azules se suavizaron ante la dulce súplica, después centellearon de deseo no satisfecho.

—Sí —contestó con voz espesa, levantando una pierna para apoyar el pie sobre el colchón, una invitación a su amante para que llegara muy dentro.

El corazón de Liz se desgarró ante el gesto, inflamándose en el interior del confinamiento de su jaula mortal con la visión de esta exquisita mujer abriéndose a su tacto. Tomando un aliento irregular, colocó con mano temblorosa una almohada bajo la cabeza de Jude, dejando que la otra repartiera caricias una vez más sobre sus pechos.

La respiración de Jude era entrecortada, y el agua fría de la ducha se mezclaba ahora con ligeros trazos de transpiración, haciendo brillar su piel bronceada. Para los ojos de contadora de historias de Liz, Jude brillaba con luz tenue y elegante, un ídolo dorado que el mundo aún estaba por conocer.

—Eres impresionante —murmuró depositando besos suaves, como ofrendas de su devoción a lo largo de las líneas afiladas de su rostro. Sus bocas se encontraron, y succionó suavemente la lengua de su compañera, provocando un quejido mudo en la mujer extendida sobre ella. Deslizó el brazo izquierdo alrededor de los hombros de Jude, acunándola, mientras la otra mano continuaba su veneración de las curvas de sus pechos.

El beso se hizo más profundo cuando la excitación germinada floreció en un estallido a través del cuerpo de Liz.

—Oh, Dios... —gimió la reportera perdida en el poder de las sensaciones que solamente tocar a esta mujer provocaban en su interior. Separándose para intentar recuperar el aliento que el deseo embriagador que la atravesaba le había robado, alzó la mano para acariciar el rostro de Jude—. Eres tan preciosa —murmuró.

—A tus ojos —replicó Jude serena, besándole la palma. Sus largos dedos se entrelazaron con los de Liz, más pequeños, llevando sus manos unidas hacia abajo a lo largo de su cuerpo—. Tócame —susurró mientras presionaba los dedos de ambas contra su mismo centro.

Ambas mujeres ahogaron un grito en ese momento, detenidas en el fuego líquido que descubrieron juntas. Tan mojada...., pensó Liz, mareada, trazando el hinchado perfil del sexo de Jude, muy consciente de los dedos que todavía se enroscaban en los suyos. Emitió un gemido sordo ante la visión de la mano de Jude hundida en su propia humedad y brillando con su profuso deseo.

—¿Qué sientes? —murmuró.

—Dulce….Jesús.... —gimió Jude—; como si me tocara yo misma....pero....no —dijo mecánicamente.

—Muéstramelo —susurró Liz, ardiendo por saber qué historia contaría sobre sí mismo el cuerpo de Jude—. Enséñame cómo te tocas a ti misma.

Jude gruño incoherente, echando la cabeza para atrás y arqueando la espalda.

—Por favor.

—Estoy aquí, mi amor....Guíame…. —vacilante, Jude flexionó las manos contra su sexo, sus dedos buscando instintivamente los puntos que conocían tan bien. Otro secreto sobre la mujer sombría que se desplegaba ante la mirada sobrecogida de Liz. Las caderas de Jude dieron una sacudida ante el conocido tacto y aún así desconocido—. Por favor…. —susurró otra vez.

Perdida en la inmediatez del deseo de su amante, Liz permitió a sus manos seguir el ritmo lento marcado por el cuerpo de Jude. Juntas perfilaron cada curva y remolino de su centro, pasando ligeramente sobre el corazón y permaneciendo únicamente durante un breve instante sobre el diminuto botón acurrucado allí. Juntas se hundieron en el cuerpo de Jude, el paso fue fácil para sus dedos entrelazados gracias a la esencia que lo inundaba. Juntas llegaron a lo más profundo de las paredes resbaladizas, y los músculos de Jude comenzaron a temblar y a contraerse a su alrededor.

—Oh... Dios... mío... —jadeó Jude—; te sientes....tan....bien....

—Nos.... —corrigió Liz con una dulce sonrisa que Jude no pudo ver—, nos….sentimos bien.

Los ojos azules estaban cerrados para Liz, pero podía ver la anhelante necesidad en la tensión pintada en el cuerpo de Jude. Sus propios músculos estaban rígidos por empatía erótica, y un pulso ardiente latía entre sus piernas. Aumentó mínimamente el ritmo de sus manos, buscando satisfacer el ansia de sus cuerpos.

—Síííí…. —Jude susurró arqueándose mucho más en el abrazo de su amante—. No....pares.

—No —la tranquilizó Liz—; no hasta que pares tú....

Moviéndose al ritmo constante marcado por sus manos, casi en la cima de la pendiente antes de iniciar la caída libre hacia la liberación, Jude abrió los ojos....para encontrar la mirada ardiente de Liz centrada en ella. Con un rugido salvaje dio el último paso, lanzándose con ferocidad hacia la deliciosa presión. Y Liz pudo ver cómo los últimos vestigios de contención de Jude saltaban libres mientras se rendía al placer de sus caricias combinadas. Un solo gemido:

—Elizabeth...., —escapó de sus labios cuando echaba la cabeza hacia atrás, perdida en esa última, gloriosa caída.

Jude apartó la mano, los músculos de su brazo temblaban por el esfuerzo y el clímax. El corazón le latía frenético en el pecho, como si intentara unirse al resto del cuerpo. Los dedos de Liz empezaron a moverse hacia fuera, pero Jude cubrió rápidamente la pequeña mano con la suya.

—Por favor.... —murmuró con la garganta ronca por la respiración entrecortada— , quédate.... dentro de mí.

Liz sonrió con dulzura.

—Quieres que... —comenzó a moverse suavemente sobre el centro de Jude una vez más.

—No —contestó Jude vacilante—, sólo quiero....sentirte dentro mí —sus ojos azules lanzaron una rápida mirada a lo largo de su cuerpo hacia sus manos unidas y regresaron, casi tímidos, a mirarla—. ¿Eso está bien?

A Liz le llevó un momento darse cuenta de que esa era la primera vez que Jude expresaba un deseo específico. Su cuerpo siempre comunicaba fácilmente lo que quería, guiándola sin palabras, pero ni siquiera una sola vez Jude había dicho: Esto es lo que quiero de ti....

—Desde luego —Liz sonrió radiante, un rayo incandescente de felicidad la sofocaba con su calor. Se inclinó y depositó un beso suave sobre su frente. Todavía podía sentir las convulsiones atravesando ligeramente el cuerpo de Jude, y de vez en cuando un diminuto temblor pasaba a través de los músculos en su estómago. Flotaron durante unos momentos en sus miradas hasta que Liz susurró—. Gracias.

Jude se rió, su respiración todavía no era regular.

—Creo que soy yo quien debería darte las gracias. Esta es una endemoniada manera de dar los buenos días —se dio la vuelta en los brazos de Liz y ésta se dio cuenta de que la mujer estaba todavía estirada sobre su regazo, mitad en la cama y mitad fuera de ella. De mala gana, su mano izquierda dejó su cálido refugio y vino a reposar sobre el corazón de Jude.

—Seguramente no estás cómoda —dijo Liz con una mueca.

—Seguramente no lo estaría —concedió Jude con una sonrisa irónica—, si hubiera un gramo de tensión en mis músculos. Sinceramente, me siento como un montón sin huesos ahora mismo.

—Bueno.... —Liz examinó cuidadosamente a su relajada amante con un brillo travieso en sus ojos—, tú te ves como uno ahora mismo.

—Por tu culpa —acusó Jude de buen humor.

—Pero tú me has ayudado— dijo Liz con una sonrisita. Hábilmente metió el brazo derecho bajo sus piernas y le giró el torso, moviéndola con suavidad de su regazo y tumbando todo el largo de Jude junto a ella en la cama.

—¡Ey! —gritó Jude, sorprendida al encontrarse....recolocada....tan eficientemente—. Eres más fuerte de lo que pareces —remarcó.

—Como un pedazo de pastel —bromeó Liz, haciendo un gran espectáculo de frotarse las manos una junto a otra. Se estiró contra la figura de Jude, adorando la forma tan natural en que sus cuerpos se entrelazaban—. Ahora....¿dónde estábamos? —murmuró, besando la perfecta unión de la base de la garganta de Jude con sus clavículas.

—Nosotras.... —gimió Jude—, estábamos hablando de que necesito estar lista para mi reunión —agarró la cabeza de la reportera entre sus manos y fijó sobre ella una mirada seria pero que no parecía para nada arrepentida—. Y ya voy a llegar tarde.

—¿Y? —la pequeña rubia parpadeó inocentemente—. Eres la jefa, ¿correcto?

—Eres incorregible —inclinó la cabeza para un beso rápido—, pero me tengo que ir —se sentó resuelta aunque su cuerpo comunicaba claramente su renuencia.

—En realidad no quieres.

—No —admitió Jude alegremente—, pero tengo que hacerlo —en un solo y elegante movimiento estuvo levantada y fuera de la cama, escapándose estratégicamente del tentador alcance de su amor.

—Lo sé —accedió Liz con una sonrisita—, pero tengo que protestar o pensarás que no me importa.

Jude solo meneó la cabeza, riendo silenciosamente, y desapareció en las profundidades de su armario.

—Sabes…. —dijo, apareciendo minutos después con un traje de hilo de color crema, y colgándolo en el perchero—, si hay algo.... —vaciló—, que necesites hacer hoy....

La reportera captó enseguida lo que Jude quería decir.

—Sí —dijo despacio, mirándola fijamente—, de hecho tengo algo que hacer.

La otra mujer dejó caer la mirada y asintió.

—Vale. Pues...siéntete libre de utilizar el Jag o lo que sea.... —su voz se fue apagando insegura, y se dio la vuelta.

Con la mirada fija en cualquier cosa menos en la reportera, no vio a Liz levantarse de la cama y cruzar la habitación.

—Tengo que hacer una cosa —reconoció la rubia, tomando la barbilla de Jude y fijando esos increíbles ojos azules sobre sí misma—. Pero yo.... —ahora fue su turno de sentirse insegura—, quiero regresar esta noche y hablarte de ello.

Jude dejó escapar un aliento que Liz no sabía que estaba conteniendo.

—Me gustaría que lo hicieras —admitió, la tensión fue desapareciendo de su rostro mientras deslizaba los brazos alrededor de la reportera y la atraía hacia sí.

—A mí también —susurró Liz, su cuerpo dolorido con la conciencia de que esa podía ser la última vez que Jude la mirase con esa expresión. Había cosas en Jude Lucien que nunca pensó que podría ver en ella. No….de la mujer que yo pensé que era Jude Lucien, se corrigió Liz. Es mucho más de lo que pensé….mucho más de lo que nadie piensa….especialmente ella misma.

Se abrazaron en un espacio perfecto, donde el mundo consistía solo en cada una de ellas y el aire que respiraban. Artículos periodísticos, tratos de negocios, y señores de la droga estaban en otro universo, lejos de la existencia sutil en la que flotaban en ese momento.

Sin embargo, el mundo tenía su forma de hacerse notar, y Liz, de mala gana, le permitió filtrarse entre ellas y romper su abrazo. Un beso tierno pasó suavemente entre sus labios.

—Le diré a Carmina que haga algo especial para cenar —murmuró Jude.

Liz suspiró con satisfacción, el equilibrio recobrado milagrosamente por la proximidad de Jude.

Sobrevivirían a la verdad, se aseguró a sí misma. Mira a lo que hemos sobrevivido hasta ahora... Nosotras....hu....qué gracioso....nunca pensé…. Deteniendo sus divagaciones, echó una mirada a su amante con una sonrisita.

—Hazme un favor....déjala que vaya a la compra antes. Le hará mucha emoción.

Jude se rió, moviendo la cabeza.

—No lo entiendo. ¿Por qué querría alguien ir a la tienda de comestibles?

—Ni siquiera intentes entenderlo, Jude. Simplemente déjala —bromeó.

—Ok, ok.... —Jude levantó las manos en señal de rendición—. Cancelaré el pedido semanal y dejaré que ella haga la compra.

—Genial —palmeó el hombro de Jude bruscamente—. No te arrepentirás. Y ahora..... —echó una mirada pesarosa al traje que colgaba cerca—, creo que tienes que empezar a moverte.

Mordiéndose el labio, Jude miró el reloj.

—Ya llegué tarde —asintió, frunciendo ligeramente una ceja—, así que.... —un brillo malicioso crepitó en sus ojos, y agarró a la mujer más pequeña en sus brazos— no creo que importen unos pocos minutos más —con una carcajada traviesa saltó hacia la cama y las lanzó sobre ella—. Bueno... me parece que hay una serie de condiciones antes de que pueda irme. Según mis cuentas, señora, sólo ha cumplido la mitad de los requisitos.

°°°°°°°°°°°°°°°

avatar
malena
Admin

Cantidad de envíos : 1007
Fecha de inscripción : 16/05/2008

Volver arriba Ir abajo

Re: Lucifer rising, Sharon Bowers

Mensaje  malena el Febrero 5th 2013, 10:13 pm

—¿Dónde demonios te has metido?

Jude alzó una ceja inquisitiva hacia la indignada figura de su asistente enmarcada en la entrada de su despacho. La mujer oscura se recostó en su silla de piel y colocó los pies sobre la mesa, dejando al descubierto una larga y bronceada pierna. La corta falda negra no era lo que originalmente había planeado llevar esa mañana, pero Liz la había visto colgada en el armario y le pidió que se la pusiera en lugar del traje color crema. A Jude no le había pasado desapercibido el brillo sensual en los ojos de la rubia y había accedido inmediatamente. Además, pensó Jude para sí misma con suficiencia, nunca hace daño mostrar un poco de pierna de vez en cuando.

Desde luego Sasha no parecía demasiado apreciativa en ese preciso momento.

—¿Y bien? —atravesó la puerta indignada y se inclinó sobre la mesa, fulminando con la mirada a Jude—. ¿Dónde demonios te has metido?

Jude frunció los labios pensativa.

—Te sugiero que te busques una frase nueva, querida —replicó arrogante—, porque esa suena un poquito....marital....para nuestras circunstancias.

Años de conocer a la mujer de pie frente a ella, daban a Jude un conocimiento singular del lenguaje corporal de Sasha. A juzgar por su postura, su ayudante estaba absolutamente furiosa y mantenía un control bastante precario sobre su calma. A lo largo de su relación, Jude había convertido en un juego el sacar de quicio a su, una vez, amante. Los colegas de Rico la llamaban “La Señora de Hielo” porque rara vez mostraba algo más que una implacable gélida fachada, aunque cuando la provocaban tenía un temperamento explosivo. A esos hombres musculosos vestidos de negro, a quienes Sasha consideraba matones y despreciaba, les divertía hasta el fin cuando se topaba con esa fuerza de la naturaleza que era Jude Lucien.

Ya desde el principio, Jude se las había apañado para crisparle los nervios con una habilidad que rayaba lo preternatural (más allá de lo natural). Se burlaba de ella y la provocaba con su ingenio y con su cuerpo, y con su propio inquebrantable exterior….hasta que a la otra mujer no le quedaba más remedio que responder. Y a partir de ahí el tono se intensificaba. Como amantes su pasión había sido incendiaria, como socias de negocios su mente había sido una a la hora de construir todo un imperio ilícito. Existía entre ellas una energía imprevisible, daba igual el punto en el que estuviera su relación, que Jude había reconocido al principio de conocerse. Los objetos frecuentemente terminaban volando y rotos cuando una estaba furiosa con la otra, y ambas habían llevado no pocos cardenales como resultado de su intensa conexión. Pero les había sido muy útil a lo largo de los años y había solidificado un vínculo que desconcertaba a la mayoría.

El semblante irritado de Sasha se ensombreció al oír la respuesta frívola de Jude. Cruzó los brazos sobre la blusa planchada impecablemente y miró fríamente a la mujer oscura.

—Estoy muy consciente de nuestras circunstancias. Pero soy tu socia y cuando no apareces en una reunión, tiende a hacernos ver mal.

La mañana con Liz había dejado a Jude de muy buen humor y no pudo resistir pinchar un poco más a su colega.

—¿Me he perdido de algo? —preguntó incoentemente—. La última vez que nos vimos eras mi empleada, Sasha. ¿Cuándo obtuviste el ascenso a socia?

Ella dispara....¡Ella anota! Jude se sonrió en silencio, observando cómo los ojos azafrán de Sasha se estrechaban y una vena comenzaba a latir en su sien.

—Tengo que mantener la apariencia de que al menos hay alguien a cargo —su asistente replicó de manera cortante—. Ya que has estado tan....preocupada....las últimas semanas, esa tarea ha caído sobre mí.

La reciente dificultad para localizar a Jude era algo que ocurría por primera vez en su relación. Incluso cuando Jude estaba jugando con otras amantes siempre había estado accesible. Sin lugar a dudas, los negocios siempre habían sido lo primero. En el pasado, Sasha no había tenido dudas en sacarla de la cama con otra mujer para que se ocupara de alguna emergencia, y Jude era bastante consciente de que algunas veces su ayudante lo había hecho solo para fastidiarla. No era nada más que una parte de la eterna lucha de poder entre ellas. Sin embargo, a lo largo del último año el paisaje erótico de Jude había sido árido, y sus llamadas a las cuatro de la mañana no habían interrumpido nada más que un sueño agitado. Si Sasha había notado el cambio no había dicho nada; y Jude no estaba por ofrecer voluntariamente ninguna información.

Verme con Elizabeth en el Club sí que la debe haber afectado, musitó para sí Jude, recordando la expresión turbada que tenía Sasha aquella noche. De hecho, se parecía bastante a la que tenía ahora mismo.

—Sash —suspiró Jude pesadamente, quitando los pies de la mesa y mirando a su ayudante directamente—, ¿de verdad necesita Miami otro centro comercial?

—¿Qué? —preguntó la otra mujer, desconcertada por la pregunta.

Jude sonrió brevemente. Sabía que Sasha esperaba que estallara y saliera por la tangente diciéndole que su accesibilidad o su falta de ella, no eran asunto suyo. Era una vieja rutina entre ellas, y Jude decidió que ya era hora de lanzar la llave en la obra.

—Se supone que teníamos que reunirnos con no sé qué ejecutivos para venderles nuestros terrenos para que sus promotores puedan poner más tiendas en alguna parte de Miami ¿correcto?

Sasha puso los ojos en blanco ante tamaña simplificación.

—Más o menos.

—Así que... ¿qué más da? Son solo centros comerciales. No ir a esta reunión no es el fin del mundo. Si quieren los terrenos, negociarán. Si no los quieren, pues no. En cualquiera de los casos a JLE le va a dar igual a largo plazo. No se trata de vida o muerte para nosotras —el pronombre era su oferta de paz hacia la otra mujer. Sasha era su empleada de palabra nada más, y ambas lo sabían.

Sasha siguió mirándola fijamente durante un largo momento, después dejó escapar un suspiro exasperado y se dejó caer elegantemente en la silla situada al otro lado de la mesa de Jude.

—Tienes razón —replicó, una sonrisa irónica suavizaba sus facciones color caramelo—. El centro comercial no es cosa de vida o muerte. Pero hay cosas ahora mismo que sí lo son— miró a Jude de manera significativa—. No es propio de ti saltarte una cita sin llamar antes. ¿Se te ha ocurrido que podría haber estado mínimamente preocupada por lo que podría estar reteniéndote? Con esos promotores no podía escaparme para asegurarme de que estabas ‘divirtiéndote’ y no metida en algún problema serio.
Jude abrió los ojos sorprendida al ser consciente de lo que Sasha le estaba diciendo.

—Oh —respiró—. Sash.... —se pasó una mano agitada por el pelo. Estaba acostumbrada a un montón de cosas de su socia, pero preocupación auténtica no era una de ellas. Sencillamente, era algo que no estaba en su repertorio de emociones aceptables. —Lo siento —dijo finalmente —. Ni siquiera lo he pensado.

—No te disculpes Jude —replicó con ligereza —. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que alguien intentó hacerte desaparecer. He olvidado como actuar. Esta es....¿cuál? ¿La segunda en tres semanas?

—Sí —accedió Jude arrepentida, sin mencionar lo que pasó en el restaurante de Ría —. Como en los viejos malos tiempos ¿eh? —actualmente, pensó Jude para sí misma es peor que en los viejos malos tiempos porque la gente a la que estoy intentando ayudar son los que están intentando matarme. Pero eso tú no lo sabes, querida. Y es más seguro para ti que no lo sepas.

Sasha asintió.

—Es como si estuviera viviendo un mal caso de deja vu.

—No te preocupes por mí —Jude se encogió de hombros—. Tengo más vidas que esa maldita gata siamesa tuya.

—Se llama Eyria —corrigió Sasha, el tono de broma iba moviéndose hacia un territorio más familiar.

—Como se llame. Nunca le he gustado a esa maldita cosa.

—Puede que si no la llamaras esa maldita cosa todo el tiempo, le gustaras más —la mujer se movió cómodamente en su butaca, cruzando las piernas—. ¿Sabes? Te echa de menos.

Jude arqueó una ceja, escéptica.

—Vaya sorpresa. Nunca hizo nada más que intentar sacarme los ojos con sus zarpas cada vez que me veía.

—Estabas invadiendo su territorio. Solo intentaba establecer su dominio —ronroneó Sasha.

—¿Quizá imitaba a su dueña? —bromeó Jude, cayendo con facilidad en el intercambio.

—¿Qué quieres que te diga? —replicó Sasha tímidamente—. Bueno, si no estabas huyendo de más peligrosos asesinos a sueldo, ¿qué estabas haciendo? O ¿es que te lo tengo que preguntar?

Jude vaciló antes de contestar. Su inclinación al sexo era una vieja broma, y a veces en el pasado había utilizado historias de sus conquistas para inflamar la pasión de su ex- amante. Las cosas ahora eran distintas....Elizabeth era distinta....y no quería que nada de esta pasión brillante se ensombreciera con los juegos que ella y Sasha jugaban. Sin embargo, declarar el asunto zona prohibida sería lo peor que podría hacer. Era necesaria una respuesta de cualquier tipo.

—Ya sabes, lo de siempre —se encogió de hombros, esperando que Sasha lo dejara estar.
Por desgracia, no iba a ser el caso. Sasha sabía que había pocas cosas que pudieran distraer a Jude de sus negocios y de ganar dinero.

—¿Alguien que conozco?

—La rubia aquella del Club —contestó con despreocupación. Años atrás esto podría haber significado una docena de mujeres que Jude podía haber conocido en cualquiera de sus rondas nocturnas. Sin embargo, en los últimos tiempos había abandonado sus territorios de caza, un hecho que no había pasado desapercibido a la aguda vista de su asistente.

—¿Te refieres a esa de hace tres semanas?

Al oír la nota de incredulidad en la voz de Sasha, Jude se dio cuenta inmediatamente del serio error táctico.

—Sí —dijo con indiferencia—. Esa.

Sasha dejó escapar un silbido grave, con una mirada burlona en sus ojos.

—Eso es increíble. Viniendo de ti, casi podría considerarse un compromiso de por vida. ¿Qué pasa, Diablo, bajando el ritmo en la vejez?

Los ojos de Jude se endurecieron al oír el viejo apodo, y el aire se hizo más denso entre ellas. La mujer oscura pudo ver la tensión creciendo hasta que Sasha pareció un cable tirante que vibraba con un movimiento contenido. Jude apretó la mandíbula brevemente como respuesta antes de que una sonrisa perezosa se abriera sobre su rostro.

—Nada de bajar el ritmo, querida, simplemente disfrutando plenamente —se burló, sabiendo que la mente de Sasha iba ahora mostrando imágenes de Jude y la extraña rubia que había visto con su jefa—. Además —terminó Jude, a punto de zanjar la cuestión—, he tenido el plato bastante lleno últimamente, con alguien intentando matarme y todo eso.

Dejó que su ayudante le diera vueltas a la idea mientras ella se dirigía por el pasillo hacia la zona común y servía dos tazas de té frío. Sasha tenía el aspecto de necesitar refrescarse. Cuando regresó a su despacho, vio que ésta parecía algo menos quejosa, aunque algo más sofocada que cuando la dejó.

—Hablando de eso…. —se volvió a sentar y le ofreció a Sasha uno de los vasos—, ¿has averiguado algo de lo del fiasco del almacén?

—Nada —murmuró Sasha—. La gente de Massala lo dejó todo verdaderamente limpio. Los muchachos no pudieron encontrar nada en el lugar, y nuestra gente en Metro Dade no tiene ni una sola pista. Voy a tantear el terreno en la calle y….

—No —ordenó Jude, secamente. Lo último que necesitaba era Sasha apareciendo en medio de cualquier estafa que La Agencia estuviera intentado montar. Para protegerla, Jude había dejado deliberadamente que Sasha creyera que Romair estaba detrás del asalto. Mientras, seguía empujándola hacia el borde de los asuntos más oscuros de sus operaciones, y lo último que quería era que Sasha quedara atrapada en el fuego cruzado de la inevitable confrontación. Por supuesto, su ayudante no era idiota y había notado el cambio en sus responsabilidades, y estaba claro que la situación no le agradaba en absoluto.

—¿Perdona? — Sasha parpadeó con sorpresa.

—Me ocuparé de eso yo misma —déjalo, Sash....déjalo, la urgió en silencio.

—Jude....yo....

—He dicho que yo me ocuparé de eso —sus ojos azules se enfriaron cuando su mirada se fijó directamente sobre los ojos azafrán de su ayudante—. Y se acabó.

—He oído lo que has dicho —replicó Sasha con la misma frialdad—. Simplemente no lo entiendo.

—No te pago para que entiendas —dijo Jude en tono cortante—. Mantente fuera de esto. No preguntes nada a nadie ¿Está claro?

—Perfectamente—. Sasha se puso de pie, la cólera era evidente en su forma de andar mientras recorría la habitación a grandes pasos hasta la puerta. —Ahora, si me disculpas, tengo que ir a ocuparme de otros ocho millones de cosas para las que tú estás demasiado ocupada.

—Bien — Jude la despidió—. Hazlo.

°°°°°°°°°°°°°°°

Jude pasó las siguientes horas revisando papeles que se habían ido acumulando durante su improvisado paréntesis fuera de la oficina, pero su mente estaba en algo muy diferente. Algo pequeño y rubio, con los ojos más verdes que puedas imaginar. Jude se rió para sí misma. Me estoy perdiendo. Agitó la cabeza como con arrepentimiento recordando la mañana.

Cuando Jude salía por la puerta, Elizabeth le había agarrado la mano y la había deslizado suavemente entres sus piernas, bañando los dedos de Jude en el océano de miel que aún brotaba. Ahora el aroma de su amante flotaba, intoxicante, muy cerca, pero la mujer a la que pertenecía se encontraba demasiado lejos para el gusto de Jude. Moviendo la cabeza ante lo absurdo de lo que le estaba ocurriendo, hizo girar la silla para encarar la magnífica vista de Miami que se extendía tras los ventanales.

Había pasado la mayor parte de su vida en esa ciudad y formaba parte de su mezcla caprichosa e irregular. Los poderosos habían estado peligrosamente cerca de disolver totalmente la ciudad, esculpiéndola en pequeños feudos culturales; pero, la verdad, ella prefería Miami tal y como era ahora. Compartía su herencia mestiza, había salido de uno de sus pequeños enclaves de desposeídos. Siempre le había parecido que la gente iba a Miami cuando no encajaba en alguna forma en sus lugares de origen. El único problema era que ella había nacido aquí en la punta sur de ese continente. El único sitio al que ir, era el océano.

Le había dicho a Elizabeth que lo había visto todo....pero realmente no había visto mucho de nada. Violencia, muerte, crueldad, sí, y mucha de ella causada por su misma mano. Había visto ciudades en México y Colombia donde la única ley era la fuerza, y todo el mundo ofrecía sus servicios a los demonios de ojos azules que esparcían sus dólares americanos como lluvia a lo largo de las tierras baldías. Había visto la parte más oscura del corazón de cada sitio que había conocido, y esta ciudad en la que había nacido no era diferente. Para mucha gente, Miami era una tierra de fantasía de cielos claros, cálidas aguas marinas y luz brillante. Nunca veían que el brillo del neón podía ser nada más que un manto de falsedad que proporcionaba a gente como Jude un camino seguro a través de sus calles. La esfera escondida de callejones, las casas de vecinos y los bares cuyos clientes no tenían nombre, eran la madre que había amamantado a Jude con su pecho.

La mujer sombría no se hacía ilusiones con lo que era o de donde venía. Era una ladrona y una asesina cuyo sentido del honor era como mucho dudoso. Venía del crepúsculo y había viajado por sus dominios durante toda su vida. Esa era la razón por la que nunca había ido a París o a Roma, no porque creyera que no merecía ver la maravillas que contenían, sino porque sabía que las ciudades que encontraría nunca serían los lugares reflejados en los atlas fotográficos que había coleccionado durante años.

Su mente vagó de nuevo hacia la mujer que había dejado en su cama hacía unas pocas horas. Ella ha estado en esos lugares, pensó Jude, sonriendo al imaginar a Elizabeth sentada en la terraza de un café o paseando por algún lugar pintoresco, y apuesto a que eran bonitos. Se preguntó cómo serían esos paisajes a través de la mirada esmeralda de su amante, ser capaz de ver las relucientes posibilidades que existían junto con realidades más sombrías. Ella ha visto las dos cosas en mí, se dijo Jude, y no me imagino porqué, pero parece..., que eso..., no le importa. Jude sabía que había más sobre la mujer rubia de lo que se le había permitido ver, y sus pensamientos se volvieron hacia aquello de lo que Elizabeth podría estar ocupándose ahora.

Sabía que el ‘novio’ al que Elizabeth había aludido aquella vez y que luego había olvidado convenientemente era un truco, pero seguro que había algún amante en alguna parte. Alguien de verdad..., alguien que tenía algún derecho sobre la mujer del pelo rubio, alguien que podía reclamar para sí mismo a esta persona extraordinaria. Puede que esté casada, consideró Jude, y puede que quiera dejarlo. Es posible que esté jugando con él....haciéndole pagar por algo que le ha hecho. Su corazón se encogió violentamente ante el pensamiento de que pudiera estar utilizándola. La lógica descartó la idea, en ningún momento nada de lo que había visto le había indicado que Elizabeth pudiera ser tan fría y manipuladora. Pero el hecho era que tenía un secreto....y el saberlo aterrorizaba a Jude. Vamos, no le des más vueltas, se dijo, otras te han hecho lo mismo e incluso cosas peores. Si te está utilizando, ¿por qué esta vez iba a importar más que las otras?

La respuesta era tan ridículamente simple que no quería ni considerarla, pero sus pensamientos no iban a dejarlo estar.

"La amas..."

Jude se puso de pie y caminó hacia la ventana, mirando al vasto espacio que la separaba de los transeúntes abajo en la calle.

—Por supuesto que la amo…. —susurró apoyando la cabeza sobre el frío cristal pensando en la mujer que ahora absorbía sus días y sus noches. "¿Acaso tengo otra opción?"

°°°°°°°°°°°°°°°

—Me marcho, Sash —avisó a su ayudante que se acercaba rápidamente. Durante horas, había estado luchando contra la urgencia irresistible de irse a casa y tomar a Elizabeth entre sus brazos y disolver con amor cualquier duda que la rubia pudiera albergar. El darse cuenta de que estaba enamorada de ella había sido aterrador pero ahora el miedo no tenía ninguna posibilidad contra la luz cegadora que había dado calor a su alma en el momento que lo había aceptado. Lo único que quedaba era decírselo y convencerla de que podrían superar lo que fuera que aún se interponía entre las dos.

Si se hubiera parado a pensarlo, se habría reído ante lo absurdo de encontrarse a sí misma en esa situación. Un mes atrás habría sido impensable que hubiera podido permitir a nadie tener la más mínima influencia sobre ella, y mucho menos esto. Lo único que esperaba era significar para Elizabeth al menos la mitad de lo que era para ella.

—Jude —la voz de Sasha sonó inoportuna—, tenemos cosas que….

—Me da igual —Jude apartó un puñado de papeles, una sonrisa incontrolable sobre su rostro—. Me tengo que ir.

—¿Estarás localizable en caso de emergencia?

—No —replicó Jude en tono seco, entrando en el ascensor y presionando el botón del hall. Las puertas se cerraron silenciosamente detrás de ella y no pudo ver la fría ira que descendió sobre el rostro de su ayudante.

La planta baja del edificio que albergaba a JLE Limited estaba dedicada a un grupo de tiendas exclusivas, incluyendo una llamada Joyas Lumac que Jude solía frecuentar cuando la población de su vida romántica se asemejaba a la de una ciudad pequeña. Paseando junto a los distintos expositores de cristal y mármol que mostraban varios objetos, unos pendientes de diamantes y esmeraldas captaron su atención. Pensando que a Elizabeth le quedarían absolutamente preciosos, Jude sonrió para sí misma y tocó distraída el diamante que adornaba su oreja derecha.

Entrando en la tienda, un hombre alto y delgado de pelo ralo y gris la saludó con una sonrisa auténtica.

—¿Puedo enseñarle algo, Sra. Lucien?

—Michael ¿no? —preguntó Jude, reconociendo vagamente al hombre.

La sonrisa se ensanchó mientras asentía.

—Me alegra que se acuerde de mí, Sra. Lucien. Hace algún tiempo que no la vemos.

—Un servicio tan bueno es difícil de olvidar —replicó—. Esos pendientes.... —hizo un gesto hacia los que había en la vitrina.

—Exquisitos ¿verdad? —Michael se movió apresuradamente para ofrecer los objetos a la inspección de su cliente. Rápidamente extendió un trozo de terciopelo negro sobre la vitrina de cristal y sacó los pendientes en cuestión. Normalmente habría soltado su labia para vender, pero Jude nunca se había dejado convencer por ese tipo de persuasión. Tenía un ojo infalible para la calidad y la belleza, y el precio nunca era un problema.

Jude examinó despacio las joyas, complacida por su rico color y la talla suave en forma de pera.

—¿Dos quilates? —preguntó.

Michael asintió.

—Correcto.

—Muy bien —sonrió—. ¿Me los puedes envolver para regalo?

—Por supuesto, señora ¿Quiere que se lo pongamos en su cuenta?

—¿Todavía tengo una cuenta? —preguntó—. Sé que hace mucho tiempo.

—Siempre tendrá una cuenta con nosotros, Sra. Lucien —le aseguró.

—Es bueno saberlo —replicó irónicamente.

—¿Dónde quiere que se lo enviemos? —preguntó él—. Y ¿querría que le incluyéramos la tarjeta de siempre? —sus dedos hábiles limpiaron los pendientes antes de colocarlos en un cajita negra.

—¿La tarjeta de siempre? —preguntó Jude frunciendo las cejas.
Michael sonrió con entusiasmo.

—Ya sé que hace mucho tiempo, pero todavía tenemos la tarjeta en nuestro archivo. Siempre hacía que la incluyéramos.

—¿La misma tarjeta? —preguntó arqueando una ceja.

—Sí, señora —replicó, su sonrisa disipándose ligeramente con las arrugas que empezaban a formársele en la frente.

—Dígame, Michael ¿tienen un registro de las compras de todos sus clientes?

Michael parecía no saber qué contestar.

—Bueno, Sra. Lucien....normalmente no. Pero para los clientes que tienen cuentas en la casa, como usted, hay un registro porque todo va en la cuenta.

—Ya veo —Jude asintió —. ¿Puedo ver la mía? —preguntó, empezaba a darse cuenta de algo muy desagradable.

—Le aseguro, Sra. Lucien que no hay ningún problema.

—Estoy segura —Jude disipó su preocupación con una sonrisa—. No estoy descontenta con usted o la tienda en absoluto. Solo que....tengo curiosidad....por mis hábitos de compra. ¿Puedo verla?

—Por supuesto. Un momento —salió disparado, apareciendo momentos después con una copia de impresora de varias páginas—. Como puede ver, hace bastante tiempo desde la última vez que vino, pero aquí están sus compras de los últimos años.

—¿Y la tarjeta?

Se la tendió silenciosamente.

Estaba pensando en ti... J.

Jude recorrió las páginas, notando la dirección de Sasha una serie de veces, pero era la única que se repetía. Juró en voz baja ante la lista de mujeres a las que había usado, descartado, y pagado con esos regalos. Y lo que lo hacía aún peor, notó mientras se le revolvía el estómago, era que podía recordar los pendientes y brazaletes que había comprado, con mucha más facilidad que los rostros de las mujeres a las que se los había regalado.

Sintiendo náuseas, Jude devolvió la copia a Michael.

—¿Eso es todo, Sra. Lucien? —preguntó suavemente.

—Sí —asintió, tragando con esfuerzo—. He cambiado de opinión sobre los pendientes. Ya no los necesito.
Años de experiencia profesional hicieron que su rostro se mantuviera inmutable y no se viniera abajo con la desilusión. Inclinó la cabeza asintiendo.

—Muy bien, señora.

—Gracias —se dio la vuelta para marcharse, pero se detuvo, la mano en la puerta.

—Y ¿Michael? Cancele mi cuenta.

°°°°°°°°°°°°°°°

Una sola pregunta había consumido a Liz desde que Jude se había marchado por la mañana.

¿Cómo voy a decírselo?

Jude había concedido todas las demandas de la mujer rubia, dejando su esencia salvaje pintada en sus labios, y su olor pegado en sus manos y su cuerpo. Habían hecho el amor hasta que la mujer pequeña estuvo sin aliento y temblando. Y aún así, Liz quería más.

Era así de simple. Quería a Jude. Quería todo lo que había sido, todo lo que era, y, más importante, todo lo que podía ser. La reportera haría cualquier cosa para proteger la más mínima posibilidad de un futuro con ella. Con este fin, estuvo dándole vueltas a todo lo que había averiguado sobre el intento de Jude de rectificar y los hombres que estaban intentando evitarlo.

Eso es, se dijo, abofeteándose mentalmente por no haberse dado cuenta antes, Haz imposible para ellos que la maten.

Liz levantó el teléfono, marcando rápidamente un número demasiado familiar.

—¿Lucas? Soy yo.

—¿Dónde jodido te has metido? —preguntó la voz estruendosa del redactor jefe de local.

—He estado aquí, Lucas. Y menuda historia tengo para ti.

El tiempo pasó volando mientras esbozaba para su jefe solo el más breve de los esquemas de las cosas que sabía. Quería la aprobación de Jude antes de ir más lejos, pero por lo menos necesitaba empezar a trazar las bases con su jefe.

—Espera-un-momento... —bramó—. ¿Me estás diciendo que sigue trabajando para la DEA?

—Exacto.

—¿Cómo lo has averiguado?

—Deja de hacerme preguntas, Lucas y déjame que te cuente lo que sé. Tendremos todos los documentos que necesitemos cuando llegue el momento—. Bueno, los tendrían si Jude estaba de acuerdo con el plan.

—A ver, deja que me asegure de que lo he entendido bien —gruñó—. Lucien está todavía operativa, pero la mandaron de infiltrada sin apoyo, y ahora algún renegado está intentando matarla.

—Más o menos —evadió Liz. Era la verdad. Algo así. Y se convertiría en la pura verdad una vez saliera impresa. La DEA no podría negar la gran mayoría de las alegaciones, y las lagunas en la historia (como los años en los que Jude estuvo trabajando para el otro lado), quedarían eclipsadas por el antes y el después de la historia de Jude. A los ojos del público, Jude se convertiría en una heroína solitaria, luchando contra fuerzas siniestras y oscuras que la rodeaban por todos lados. Y lo más importante: habría demasiada luz sobre ella como para que se arriesgaran a quitarla de la circulación.

—¿Por qué me preocupo tanto cuando dices cosas como éstas, Gardener?

—No te preocupes, Lucas. ¡Jesús! Te pones más nervioso que una vieja.

—Si tuvieras algo de sentido común, también tú estarías nerviosa. Estamos hablando del puto gobierno, sin mencionar a la mujer que se ha cargado alegremente a montones de gente.

—No lo hizo alegremente —soltó Liz—. No tuvo elección.

A Lucas no pudo pasársele desapercibida la furia en su voz.

—Whoa, Liz....tranquilízate —hizo una pausa, y Liz casi pudo oír los engranes de su cerebro molido—. ¿Qué tan bien has llegado a conocer al sujeto? —preguntó con cuidado.

La reportera aspiró profundamente y exhaló despacio, calmando su genio.

—Lo suficientemente bien como para saber que no es una fría asesina, Lucas. Lo suficientemente bien como para saber cuanto daño le han hecho con todos sus juegos —suspiró pesadamente—. Lo suficientemente bien como para que a veces me preocupe pensar cómo ha sobrevivido tanto tiempo.
Un tenso silencio crepitó a lo largo de la línea telefónica que los conectaba. Sabía que Lucas luchaba por preguntárselo, y finalmente lo hizo.

—¿Qué ha llegado a significar esta mujer para ti, Liz?

Liz no vaciló.

—Todo, Lucas —replicó con suavidad—. Todo.

Colgaron poco después, Liz prometiendo llamarle para organizar una reunión. Esperaba convencer a Jude de que se sumara a la idea y de que aceptara conocer a Lucas. No culpaba a su jefe por preocuparse por ella. Desde fuera parecía una locura pero sabía que Lucas hubiera hecho lo mismo en su situación.

¿Qué hago ahora? Se frotó la frente con una mano cansada, pensando en qué material necesitaría para escribir la historia. Carmina se había marchado muy contenta a hacer la compra hacía una hora, así que estaba sola con los perros. Pasando por el estudio de Jude de camino hacia su habitación, se detuvo ante la puerta abierta.

Solo revisaré los archivos y refrescaré mi memoria. pensó para sí misma moviéndose hacia el ordenador. Empujó suavemente a Pete para que se fuera de la butaca y se sentó en su lugar. Le llegó un hilo del aroma a cuero almizclado de Jude y cerró los ojos disfrutando la esencia sonriendo para sí misma.

Encendiendo el ordenador rápidamente y tecleando la contraseña, desentrañó todos los secretos de la vida de Jude en la DEA y comenzó a repasar los ficheros.

Con toda su atención puesta en la tarea, estuvo completamente ajena a todo hasta que sintió el frío cañón de un arma contra su cuello, y la presencia enfurecida de Jude sobre ella.

—Dame una buena razón para que no te mate en este mismo instante.

°°°°°°°°°°°°°°°
avatar
malena
Admin

Cantidad de envíos : 1007
Fecha de inscripción : 16/05/2008

Volver arriba Ir abajo

Re: Lucifer rising, Sharon Bowers

Mensaje  malena el Marzo 2nd 2013, 11:50 pm

Capítulo 14

Esto no puede estar pasando....

Era el único pensamiento en la mente de ambas mujeres mientras permanecían de pie paralizadas, como en un fotograma congelado por el horror de una confrontación inesperada. Liz notaba el frío del arma contra la base de su cuello, pero no sentía tanto el frío como el miedo que agarrotaba su estómago.
Comenzaba allí y se abría paso rápidamente por todo su cuerpo. El miedo helado iba sustituyendo el pulso de la sangre cálida que corría por sus venas. Su corazón ya tendría que haberse detenido pero siguió latiendo tenazmente, determinado a salir de ésta. Si encontraba su final a manos de Jude, pensó una parte salvajemente desorientada de su mente, sería, en cierto modo, lógico. Había apostado que podría conseguir que Jude la amara lo suficiente de modo que en última instancia, la verdad no importase. Ahora parecía que había perdido. En el silencio subreal que las envolvía, lloró. No por la vida que iba a perder, sino por la muerte de esa conexión sutil que había logrado, por la parte del alma de Jude que estaba matando con esta traición.

El cañón de la Sig la apremió, y la voz exigió de nuevo.

—¿Y bien? Dime porqué no debería matarte.

Liz se pasó la lengua por los labios repentinamente secos, mirando todavía la pantalla del ordenador.
—No es.... —el mundo pasó a toda velocidad ante sus ojos cuando se encontró arrancada de la silla de piel y lanzada contra la pared de enfrente. Cayó con dureza contra la esquina de una mesita situada entre las butacas, y la madera se le clavó en la carne entre los omóplatos. Intentando liberarse del impacto, abrió los ojos con cautela.
Y vio las ruinas del alma de Jude en la tierra baldía de esos duros ojos azules.
La mujer que se erguía frente a ella era la personificación de todas las pesadillas que había oído sobre el Arcángel. Esta era la mujer que la DEA había creado, traicionado y que ahora quería destruir. La dulce amante que había ofrecido a Liz su alma con manos temblorosas había desaparecido. Se dio cuenta con el corazón encogido de que lo que había en su lugar era bastante, pero bastante peor que el ángel caído que amaba.

—No —advirtió Jude, inclinándose para fijar la mirada aterrorizada de Liz con la suya—, no me digas que no te he visto infiltrándote en mi computadora, copiando ficheros. Evidentemente soy una verdadera idiota, pero no estoy ciega—.

—Deja que te explique —la mente de Liz volaba frenética, preguntándose cómo podría explicarse. Lo había planeado de forma tan diferente, se suponía que no iba a ser así. Se suponía que todo iba a funcionar entre ellas. Hacía tiempo que había abandonado su meta original, y cualquier pensamiento que hubiera podido albergar de sacar a la luz algo de esto, se había desvanecido con el descubrimiento de esta mujer extraordinaria. Una parte de su corazón gritaba que no era justo, no cuando estaban tan cerca...

¿Tan cerca de qué? ¿Honestamente pensaba yo que podría construir sobre una mentira?

Jude estaba hablando, y Liz se preparó para las acusaciones que seguro vendrían a continuación.
—¿Quién eres? No eres un Federal —gruñó Jude, negando con la cabeza—. Los Federales no se follan a sus objetivos —esperó un momento, después añadió—. Al menos no con tanto entusiasmo —ladeó la cabeza, como considerando las posibilidades—. ¿Trabajas para Massala? —arqueó interrogante una ceja, apretando con fuerza el cañón de la Sig entre los ojos de Liz.

—No —dijo Liz con voz ronca. Aunque sus pensamientos se iban dando unos con otros en su prisa por correr dentro de su mente, se encontró curiosamente incapaz de hablar.

—¿Quién entonces?

—Para nadie —como la Sig inundaba todo su campo de visión, no vio venir el golpe. Jude golpeó con fuerza el rostro de la mujer más pequeña con el dorso de la mano, partiéndole el labio.

—¡¡¡No me mientas!!! —los dedos de Jude agarraron el material de la camisa de Liz, y la levantó de un doloroso tirón.

Liz agitó la cabeza aturdida, siendo plenamente consciente de que el control de Jude se iba haciendo añicos. Si escapaba solamente con el labio partido y algunos moretones, mucha gente la consideraría afortunada. No sé si alguna vez podría levantarte la mano...., las palabras de Jude de hace unos días se agolparon en su memoria. Forzó sus ojos de vuelta sobre ella y vio la expresión anonada en el azul.

Fe como si el golpe hubiera recordado a Jude sus propias palabras porque sus dedos soltaron la camisa de Liz, y dejó caer la cabeza con cansancio.

—Solo dímelo —pidió débilmente, frotándose la frente como si le doliera mucho.

—Soy una reportera del Herald.

La traición estaba expuesta en esas pocas palabras. Sabía que en la mente de Jude, un reportero del Miami Herald solo podría querer una cosa de ella, y no era su corazón. Cinco palabras y todo lo que había sucedido entre ellas se convertía en una mentira.

Una risa estrangulada escapó de la garganta de Jude que dio unos pasos atrás separándose de su amante.

— ¿Una reportera? —repitió incrédula—. ¿Has hecho todo esto por una jodida historia? —la verdad penetró en el alma destrozada de Jude y se alejó de Liz. Cuando se dio la vuelta la reportera notó el brillo depredador en los pálidos ojos azules—. Enhorabuena, querida —murmuró en tono bajo—. Has conseguido lo que los Federales, las redes y los periódicos, no han podido. Has logrado la historia completa —canturreó burlonamente—. Sexo, drogas y rock ‘n’ roll. ¿Qué más podrías pedir? —dijo con desdén. Liz recordó aquella noche en el porche cuando vio por primera vez el corazón oscuro de su amante—. Así que dime: ¿qué quiere saber tu público? —su voz descendió hasta convertirse en un peligroso y sensual ronroneo—. ¿Les vas a contar lo que se siente estar dentro de mí? ¿Cuál es mi sabor? ¿Cuál es mi olor? —se acercó más a ella, y Liz no pudo evitar que un escalofrío de excitación sexual surgido del miedo, la atravesara. Unos dedos largos se extendieron para acariciar con suavidad el rostro de la reportera—. ¿Sabes? Todavía tengo tu olor en mis dedos —trazó el perfil de los labios de Liz, acariciando ligeramente el pequeño corte—. ¿Es por eso que no querías dejarme marchar esta mañana? ¿Querías asegurarte de que tenías todos los detalles?

Sus ojos se encontraban a centímetros de los de Liz, y la reportera buscó frenéticamente en ellos cualquier destello de su amante. La mirada azul estaba cruelmente desprovista de toda ternura, y comprendió con el corazón encogido que el cambio de Jude era completo; la mujer que la acariciaba ahora no era más que un animal salvajemente sensual.

— No.... —suplicó, todavía esperando encontrar cualquier atisbo de reconocimiento—, no hagas que suene así....

—Así ¿cómo?, querida —preguntó, un tono inocentemente burlón en su voz—, como si se tratara de....¿una investigación? —frunció el ceño, las palabras habían traído a su mente algo que no quería escuchar. Apartando el recuerdo con un brusco movimiento de cabeza, regresó la sonrisa carnal—. Supongo que eso es todo lo que ha sido. Pero tengo que reconocer que has sido realmente exhaustiva —siguió acariciando el rostro de la mujer más pequeña, sus dedos rozaban de cuando en cuando el pelo rubio dorado.

Liz sintió algo desesperado en sus movimientos, como si Jude no pudiera evitar intentar reconectar con ella, a pesar de la mentira. Esperando que aún quedara algo dentro de Jude que pudiera alcanzar, inclinó el rostro hacia la caricia.

—No es eso lo que era, Jude. Deja que te explique....

La mano que había estado trazando la suave curva de la mejilla de Liz ahora se enroscó alrededor del cuello de la reportera.

—No. Digas. Una. Sola. Palabra —advirtió despacio, apretando suavemente la carne en su mano—. Porque ahora sé que todo lo que sale de esa preciosa boca tuya es mentira.

Liz cerró los ojos ante la presión, segura de que para ella todo se había acabado. Una furia silenciosa comenzó a nacer en su interior: hacia ella misma simplemente por no decirle antes la verdad, y hacia Jude por claudicar ante todo aquello de lo que aseguraba que quería liberarse. De pronto, la presión en su cuello desapareció, y abrió los ojos para ver a Jude retirándose de nuevo, esta vez hacia la puerta.
Había una tristeza desoladora en los ojos que sostuvieron su mirada, y a pesar de que su mente gritaba que las cosas no podían ser así, Liz no dijo nada.

—Te quiero fuera de aquí para cuando vuelva —dijo Jude suavemente en la creciente oscuridad que la rodeaba—. Y si alguna vez veo alguna palabra de esto impreso....créeme, Elizabeth, te mataré —increíblemente, la frialdad de sus ojos se fundió por un momento y un cálido pulso de vida vibró en su lugar—. No importa que no quiera hacerlo —añadió antes de deslizarse de vuelta a las sombras.

°°°°°°°°°°°°°°°

Jude no supo hacia donde conducía ni por cuanto tiempo, de lo único que era consciente era de un eco en sus pensamientos. Haz que pare. Quería que todo se detuviese....la rabia, el dolor, y, sobre todo, la tristeza abrumadora de que estas maravillosas semanas habían sido una mentira. Ahora no habría redención posible. No había razón para mirar en su interior para buscar la voluntad de cambio.

Como si siquiera pudiera.

Ahora sabía que Elizabeth no había visto nada en ella en lo que mereciera la pena creer. De algún modo la reportera rubia había descubierto su debilidad, el doloroso vacío de soledad desde la muerte de Jason, y lo había explotado con su dulce sonrisa y su mirada de aceptación. Dime, Jude... dime porqué duele. Todas las veces que Elizabeth le tendió la mano, la abrazó, la escuchó, le dijo que no pasaba nada.… Todas habían sido mentira. ¿Qué pensará realmente de mí?

Jude se rió en voz alta ante lo absurdo de la idea. Había sido meramente un sujeto, alguien a quien diseccionar y exponer sin piedad para el beneficio de la gran área metropolitana. Por supuesto que algo así alcanzaría el ámbito nacional. Jude no era ignorante del valor en el mercado de la verdadera historia de su caída en desgracia. No importaba, por lo menos había puesto, si no Dios, el miedo en la reportera al Arcángel antes de marcharse. No creía que Elizabeth fuera a hacer algo estúpido.

Elizabeth.... Su cuerpo suspiraba pensando en la mujer que le había hecho el amor tan dulcemente esa misma mañana. Esta mujer había superado tan fácilmente las formidables defensas de la agente y capturado la bandera de su alma sin vacilar. ¿Sabía lo que había hecho?

Basta... por favor... basta....gritó su mente. Con violencia, precipitó el Porsche a toda velocidad hacia el sol que caía, esperando en vano ser consumida por sus tentáculos moribundos.

°°°°°°°°°°°°°°°

En el tercer piso del Club, tras una entrada bien camuflada para los clientes normales e incluso para los VIPs, había una pequeña suite: un dormitorio, un baño y una oficina que tenía su propia entrada. Jude había utilizado estas habitaciones en el pasado como una especie de lugar de encuentro para sus conquistas. Era un buen sistema y evitaba que sus juguetes se mezclaran con su vida real. Ahora se retiró allí, casi como un animal herido que regresa a su guarida abandonada durante largo tiempo para desangrarse en paz.

Bajo el rugido de la ducha no oyó entrar a su asistente. La repentina aparición de la forma de Sasha, ondulada a través de la cortina de la ducha la sobresaltó.

—¿Qué pasa, querida? —preguntó, de pie bajo el chorro. Esperaba que el martilleo del agua aliviara la neblinosa confusión de sus pensamientos y borrara los vestigios del tacto de quien la había traicionado. Ahora solo quería olvidar, olvidarlo todo, su breve tiempo en la luz, su amor naciente, el poder intoxicante del contacto de Elizabeth sobre su piel.

—Paul me ha dicho que te había visto llegar —replicó Sasha simplemente—. No pensaba volver a verte esta noche.

O en los próximos días…. el final de la frase de Sasha quedó sin decir.

Jude se inclinó hacia el chorro de la ducha, consciente del examen que su ayudante hacía de su forma musculosa a través de la cortina. Las libertades visuales que Sasha se había tomado siempre con el cuerpo de su jefa eran una de las cosas que ésta había encontrado tan atractivas en la mujer color caramelo. La desafiante audacia de su mirada exigía respeto.

—He cambiado de opinión.

El Boxster parecía haber encontrado su propio camino a través de las calles de neón, llevándola hasta el Club y sus poderes de distracción, a Sasha con sus ojos ardientes y manos fieras. Sasha puede ayudar... siempre lo ha hecho, su mente la animó seductora. Podía hacer que Jude olvidara el espantoso dolor que la atravesaba y dejaba su alma hecha jirones.

Cerrando el agua y abriendo la cortina con un movimiento de la mano, capturó los ojos azafrán de su ayudante con una mirada francamente sensual. Un ansia creció en el vientre de Jude, sinapsis largamente aletargadas se encendieron ante el recuerdo del aturdimiento erótico que siempre había disfrutado en las manos de Sasha. Una ceja perezosa hizo un gesto a la otra mujer.

—¿Algún problema?

Sasha pareció desconcertada por un momento, después sonrió suavemente.

—Por supuesto que no. Hace bastante que no pasas una noche aquí...., por razones puramente personales.

Cuando Jude salió de la ducha, automáticamente Sasha le tendió una de las gruesas y blancas toallas colocadas sobre el tocador.

—Sécame la espalda ¿quieres? —preguntó en lugar de aceptar el ofrecimiento. Gotas de agua resbalaban de sus hombros, cosquilleando sobre las terminaciones nerviosas que habían empezado a despertarse. Por su propia voluntad, el recuerdo de estar frente a Elizabeth, agua caliente bajando por su piel, regresó. Fue una imagen que sacudió a Jude con resonante intensidad, la mujer rubia debajo de ella, esa boca perfecta conduciéndola poderosamente al borde del orgasmo.

Y de pronto, la toalla iba secando el agua, secando los recuerdos. Jude agitó la cabeza brevemente, gruñendo suavemente ante el tacto firme de las manos de su asistente.

—Gracias —dijo, apartándose y dándose la vuelta.

— ¿Algo más? —preguntó Sasha, con el trozo de tela todavía en sus manos.

Dos palabras....miles de implicaciones. Había tomado a Sasha de esa forma antes. La empujaba contra el tocador y hacía que abriera las piernas, buscando su placer. Era parte de su juego, el tormento de Sasha, la brutalidad sensual de Jude, cada mujer obtenía su placer del poder que ejercía sobre la otra. Era un flujo y reflujo que, en realidad, no había desaparecido nunca, meramente se había transformado en algo más aceptable a su nueva situación. Ahora, la mujer oscura sentía su seductora fuerza una vez más. Hacía mucho tiempo que no se permitía ser tan temeraria, y más tiempo aún desde la última vez que había sentido esos muslos enroscados sobre sus hombros. Intentó recobrar el recuerdo del sabor de Sasha, pero sus sentidos solo respondieron a la esencia dulce de la reportera. Eso abrió la compuerta que más deseaba Jude ver cerrada. Las profundas sensaciones provocadas por Elizabeth mientras pintaba dulcemente con su esencia los labios de Jude y sus besos con el sabor de su mutuo deseo la invadían implacablemente.

Los recuerdos trajeron con ellos un gusto amargo de traición, y, con resolución, Jude apartó de su mente el deseo por cosas que no podía tener. Aún así, una pasión agitada se encendió en sus ojos mientras sonreía sensual a su antigua amante.

—Relájate, querida. Va a ser una larga noche.

Un ligero estremecimiento recorrió visiblemente el cuerpo de Sasha, y Jude se dio cuenta con suficiencia de que aún podía manejar a la fría ejecutiva a voluntad. Esto puede ser muy divertido, pensó, ignorando la cruda verdad de que todo su deseo estaba reservado para otra persona.

—Esta noche estás de humor —observó Sasha, mientras sus ojos seguían a Jude que abría el pequeño armario. Siempre una pragmática, Jude tenía guardados ropa y “suministros” por toda la ciudad. Nunca se sabía cuando iba a tener que esconderse o salir precipitadamente.

—De buen humor —corrigió.

—Querrás decir, de humor peligroso —murmuró Sasha, sabiendo que los oídos de Jude no se perderían la observación.

Jude lanzó una sonrisita por encima del hombro.

—Peligroso para algunos —replicó—. Bueno para mí.

—Así es como funciona normalmente —accedió Sasha con una mirada de complicidad en sus ojos.
Jude eligió juiciosamente ignorar el comentario.

—¿Qué te parece? —sostuvo dos vestidos. Uno era un sencillo y elegante vestido negro, con un corpiño escotado y una falda corta que caería suelta justo encima de su rodilla. El otro era un modelo de terciopelo carmesí que, incluso en la percha, parecía que había sido sacado directamente de un intenso sueño erótico.

—El rojo —respondió Sasha sin dudar.

Jude rió en silencio ante la mirada de su ex–amante y valoró su recomendación. El vestido no tenía mangas, y las finas tiras que lo sujetaban harían que la tela cubriera sus pechos con elegancia, apuntando a la bella plenitud que se escondía debajo. Todo el diseño era una gran provocación, se ajustaría al exquisito largo del cuerpo de Jude, envolviendo sus piernas con familiaridad posesiva, deteniéndose justo debajo de la rodilla. Un generoso corte serpenteaba en ángulo sobre la tela, permitiendo tanta libertad de movimientos a quien lo llevara, como un provocador vistazo a los de otro modo, secretos escondidos para aquellos bendecidos con la suerte de poder ver. Definitivamente sería una declaración, y cuanto Jude más miraba la prenda, más se daba cuenta de que ésa era la declaración que quería hacer.

—¿Tú crees?

—Desde luego —dijo Sasha asintiendo con la cabeza, y pasándose la lengua por los labios sin darse cuenta.

Jude observó el movimiento con una sonrisa interior.

—Entonces el rojo —decidió. Desde luego que sí....esto va a ser muy divertido, consideró con un brillo de diversión en sus ojos. Hacía mucho tiempo que no jugaba. Todo lo de esta noche, desde el vestido que llevaba hasta su presencia en el Club y la mujer a su lado, sería una declaración que no pasaría desapercibida ni siquiera por el más ignorante de los observadores.

El Diablo estaba de vuelta.

°°°°°°°°°°°°°°°

avatar
malena
Admin

Cantidad de envíos : 1007
Fecha de inscripción : 16/05/2008

Volver arriba Ir abajo

Re: Lucifer rising, Sharon Bowers

Mensaje  malena el Marzo 10th 2013, 8:02 pm

La fiesta nocturna estaba bastante avanzada en el momento en que hizo su primera aparición. Un pulso desnfrenado corría por el Club, los clientes respondían sin saberlo a la llama salvaje de la sangre de Jude. Sasha había indicado discretamente a los pincha-discos y a los camareros que dieran marcha esa noche. Así que la música era un poco más sensual, las bebidas algo más efectivas, y la clientela algo más desinhibida mientras la noche extendía su mano y les hacía señas para que la siguieran.

Jude absorbió el espectáculo a su alrededor con una curva satisfecha en sus labios. Las grandes masas, hirviendo y retorciéndose eran sus criaturas; y se movía con facilidad entre ellos, con una regia inclinación de su cabeza. Rostros vagamente familiares la llamaban, dándole la bienvenida de vuelta a su territorio con ojos agradecidos. Los hombres a su alrededor la saludaban con un movimiento de cabeza, complacidos de deleitarse en el resplandor de su elegancia malevolente. Las mujeres cuyos cuerpos había poseído, y aquellas que deseaban que lo hiciera, la rozaban insinuantes, tentando sus sentidos con su cercanía.

Un baile, una copa, una insinuación, unos brazos esbeltos alrededor de su cuello, el sabor de tequila sobre sus labios, una risa neblinosa navegando placentera sobre sus oídos. Todos aquellos pensamientos no deseados por fin desaparecían aplastados por el firme tacón de la sobrecarga sensorial. Jude caminó entre su gente, el brillo de sus ojos atrayendo a algunos y advirtiendo a otros con su fuerza voraz.

Y allí estaba Sasha….siempre...., nunca más allá de una rápida mirada. La mujer tenía un olfato infalible para lo que Jude necesitaba y eso era exactamente lo que le daba a su antigua amante, dejándola libre para vagabundear, pero nunca completamente desatendida. La sonrisita satisfecha de su asistente indicaba su confianza en cómo terminaría la noche, pero otros no estaban tan seguros de las intenciones del cazador. En consecuencia, Jude disfrutaba del buffet sensual que se le ofrecía, compartiendo la curva de una cadera o el aroma herbal de un mechón de pelo. La caricia fugaz de una mano cómplice rozaba su piel, pero nadie era lo suficientemente audaz como para buscar su boca. Merodeaba entre ellos constantemente, buscando algo que no se encontraba en la exposición de cuerpos bien vestidos y bien formados.

La gente hablaría sobre esa noche y la inquietud carnal que los había infectado a todos ellos durante meses. Su oscura reina había regresado, y su gente se deleitaba en ello.

Quizá esa fue la razón por la que al principio Jude no la vio acercarse. Se trataba de otro glorioso espécimen para que ella lo tomara o no, según dictara su humor. Algo, sin embargo, un destello dorado, una brizna de su aroma en el aire, identificó lo que había estado buscando, y se dio la vuelta justo cuando Elizabeth se plantaba frente a ella.

Un brazo ágil se desenroscó y se oyó el sonido áspero de una palma golpeándole el rostro. El golpe le echó la cabeza para atrás, un hilillo de sangre comenzó a brotar del diminuto corte que el anillo de Elizabeth le hizo en la mejilla. La reportera gruñó salvajemente.

—Primero que todo: jamás me vuelvas a pegar —se movió como para pegar a Jude otra vez, pero ésta le agarró el brazo en mitad del aire.

—Ha, ha —advirtió, sujetando con facilidad la delgada muñeca—. La primera es gratis, pero la siguiente tiene un costo.

Jude sabía que la sala no podía estar en silencio...., era demasiado grande y había demasiada gente alrededor como para que todos se hubieran dado cuenta. Pero un vacío que rugía de forma ensordecedora llenaba sus oídos, y la habitación se estrechó hasta abarcar solo a la mujer que se encontraba frente a ella. Todo lo que había intentado olvidar tan desesperadamente se plantó con fuerza de vuelta en su conciencia. La sensación de la piel de Elizabeth sobre la suya era de una intensidad casi insoportable, aunque ésta estuviera temblando de furia. En ese momento supo que nunca estaría libre de ansiar el tacto de esta mujer, su voz, su cuerpo. Una rabia furiosa ante su impotencia frente a esas emociones se abrió camino en su interior. Una expresión de furioso desdén se formó sobre sus labios.
Elizabeth se liberó de su agarre, mirando fijamente a Jude con unos ojos que echaban chispas.

—Me debes la oportunidad de explicarme.

Jude estudió a su amante con frialdad.

—¿Te debo?

—Sí —fue la resoluta respuesta.

Jude hizo un gesto con sorna.

—Entonces por todos los medios….Explícate.

—Jude... —Liz apretó la mandíbula, y parpadeó para eliminar el brillo que apareció de pronto en sus ojos. No era un ruego, no era una exigencia....pero fue algo que la otra mujer no pudo negar.

—Sígueme —dijo Jude con voz ronca, guiando a su amante por la escalera de caracol.

°°°°°°°°°°°°°°°

En cuanto entró en el pequeño dormitorio, Liz se dio cuenta de la magnitud de las acciones de Jude la noche en que se conocieron. Podía haberla traído aquí arriba con la excusa de “centrarse en la realidad” y seducir a la reportera, que sabía exactamente el poco esfuerzo que le habría costado. Su cuerpo había estado respondiendo a Jude desde el momento en que había puesto los ojos en la bella traficante de drogas. Pero, en vez de eso, Jude había aceptado la petición de Liz sin dudar de ella, abriéndole su casa, y finalmente su vida. Y aunque Liz no había faltado a la verdad desde aquella primera noche, la mentira que dio lugar al nacimiento de su relación era una mentira hiriente.

El silencio en esas habitaciones era genuino, y para Liz el golfo que las separaba parecía inabarcable. Apoyándose contra la recia puerta de roble, observó a Jude recorrer la habitación con pasos furiosos pero medidos. El vestido de terciopelo se le ceñía como la sangre a una herida.

—Jude... —vaciló.

—¿Por qué? —un áspero sonido gutural. Una pregunta arrancada de los jirones del alma de Jude.

—Yo....no sabía —replicó, incapaz de explicar que no tenía idea de que esta mujer podría ser la que llegara a poseer su alma.

—Saber ¿qué? —preguntó Jude con dureza—. ¿Posiblemente, que podrías no saber?

—Que me enamoraría de ti —susurró despacio.

Jude se balanceó ligeramente mientras su cuerpo absorbía el impacto de esas palabras que entraban golpeándola.

—No digas eso —ordenó sombría, avanzando hacia Liz.

—Te amo.

Las palabras eran la única cosa a la que Liz se podía agarrar en el torbellino en el que se encontraba. Como reportera había aprendido que la mayoría de las verdades eran relativas dependiendo del enfoque de la historia, de quien hablase, y de sus motivaciones. Sin embargo, también había aprendido que había algunas verdades que era fundamentales, verdades que habían constituido los cimientos de los individuos, de filosofías, de naciones.

En algún momento a lo largo de esas semanas, la certeza de saber que estaba enamorada de Jude Lucien, se había convertido en la base de todo lo que Elizabeth Peterson Gardener era.
Fuera lo que fuera que había pasado, Jude tenía que saberlo.

—Te amo.

Jude dio un paso acercándose más, una mirada furiosa sofocaba la noble elegancia de sus rasgos.

—No digas eso.

—Te amo.

Jude estaba justo delante de ella, sus cuerpos casi....tocándose dolorosamente.

—No digas eso.

Había una amenaza auténtica en esos ojos azules... y notó con asombro, que podía ver la pálida llama ardiendo con algo que parecía sospechosamente miedo puro. Ya antes había jugado y ganado con aquellas expresiones inexplicables que pasaban por la mirada de la mujer oscura. Ahora era el momento de hacerlo de nuevo.

—Te amo, Jude —repitió, levantando una mano firme apenas para acariciarle la mejilla.

El sonido de cristal rompiéndose las rodeó cuando el puño de Jude destrozó el cuadro que había justo a la derecha de la puerta. Algo dentro de Jude pareció romperse también, y cerró los ojos, incapaz de tocar a la reportera, pero incapaz igualmente de apartarse.

—Shh... —tranquilizó Liz, pasando la mano por los músculos tensos como cuerdas del brazo de Jude y apartándolo del cristal destrozado—. No pasa nada…. —los dedos de Jude todavía estaban curvados en un puño, y lentamente, Liz los fue abriendo quitando con cuidado los fragmentos de cristal. Pequeños cortes motearon la piel bronceada, y las heridas se llenaron de sangre—. Siempre te estás haciendo daño, Jude —murmuró, agarrando la mano entre las suyas y presionando la palma suave contra sus labios.

°°°°°°°°°°°°°°°

—No —susurró Jude, sentía en todo su cuerpo el dolor producido por el asalto de las sencillas palabras de Elizabeth—. No puedo hacerlo —no podía dejar pasar la traición y la rabia, y simplemente aceptar la cascada de luz que esa declaración de amor derramaba sobre ella. ¿Cómo podía aceptarlo como verdad cuando podía ser tan fácilmente una mentira como las otras palabras lo habían sido? De forma desconcertante, su cuerpo persistía en considerar real ese sentimiento líquido, y como falsa la furia helada del pasado.

La verdad, ahora podía verlo, se encontraba en la forma infinitamente tierna en la que Elizabeth estaba sacando fragmentos de cristal de su mano, en el pulso tembloroso visible en el delicado cuello de la reportera y en la valiente resolución necesaria para abofetear en la cara a una asesina y exigir respeto. Jude intentó negarlo una vez más, sabiendo que aceptar el amor de Elizabeth significaba, a cambio, rendirse ante el suyo propio. Si Elizabeth decidía traicionarla de nuevo, Jude sabía que no sobreviviría.

—No puedo hacerlo.... —abrió los ojos a brillantes campos verdes frente a ella.

—Sí que puedes —advirtió Liz, manteniendo sus ojos cuidadosamente fijos en Jude. Un silencio temeroso se detuvo entre ellas, y la reportera aspiró profundamente, odiando que sus próximas palabras fueran necesarias—. Siento haberte mentido.

La respiración de Jude se le quedó atascada en la garganta, una roca en su faringe que bloqueaba el paso del aire. Rechazó con todas sus fuerzas el impulso de huir, de marcharse, de estar en cualquier otro sitio menos perdida en los ojos de esa mujer.

—Yo también siento que me mintieras —replicó con voz ronca, la garganta en carne viva por el esfuerzo para respirar.

—No sé cómo podría arreglarlo. O qué más puedo decir.

En realidad, ¿qué más hay que decir?, pensó Jude.

Podía aceptar el amor de Liz o no. En ese momento todavía era posible salir de la vida de la reportera, aunque sabía que su alma nunca se recuperaría. De cualquier manera, ahora sabía que nunca podría regresar a lo que había conocido en el pasado, al corazón oscuro de la vida que aún bombeaba sin cesar en el piso de abajo. El miedo apareció con su emblema bien alto, y con su viscosa opacidad abriéndose camino por su garganta, intentando sepultarla. Ceder al miedo o luchar para alcanzar la luz que se le estaba ofreciendo.

¿Qué opciones tengo?

—Dime que me amas —dijo Jude con voz espesa, apoyando la frente contra la de Liz.

—Te... —el asombro hizo que tropezara con las palabras—, te amo.

—Dilo otra vez —ordenó Jude.

—Te amo.

—Otra vez —estaba utilizando la verdad para eliminar de sus pulmones el olor a podrido de las mentiras, del miedo y de la rabia.

—Te amo.

La poderosa fuerza de la boca de Jude encontrándose con la de Elizabeth aplastó la última declaración. Probó el metálico sabor a sangre en los labios de su amante, sabía que era por el golpe que le había dado antes. Su lengua eliminó con reverencia los trazos de su propia violencia y busco entrada penitente en la boca de Elizabeth. La reportera le franqueó la entrada con alegría, rodeando con sus brazos el cuello de Jude, acercándola más aún.

—Te amo —murmuró, las palabras distorsionadas y apagadas por el beso.

La boca de Jude exigía atravesando a Elizabeth mientras buscaba reclamar el amor que la reportera ofrecía tan libremente. Obligó a la lengua de Elizabeth a que abandonara su timidez hasta que estuvieron explorando las bocas de cada una con abandono en un beso incendiario que amenazaba con inmolarlas allí donde se encontraban.

Sus manos estaban en todas partes, notando distraídas las prendas tan poco familiares que la reportera llevaba y desvistiéndola rápidamente. Quería a Elizabeth desnuda frente a ella, tan receptiva y llena de deseo como Jude lo había estado esa misma mañana.

—Dios, eres preciosa —se maravilló Jude, viendo caer del cuerpo de la reportera la última pieza de encaje. Elizabeth quedó atrapada entre la madera fría de la puerta y el calor volcánico de Jude—. Tan preciosa —repitió. Tomó las manos de Elizabeth en las suyas, guiándola hacia la cama—. Túmbate —ordenó con voz ronca.

Sus ojos eran de un vibrante violeta mientras observaba a Liz obedecer su petición. Elizabeth se tumbó expectante sobre la extensión oscura del edredón, esperando que la gloriosa visión de la forma bronceada de Jude emergiera de su cautividad. El terciopelo se separó con reluctancia de la piel, abrazando el largo del cuerpo de Jude mientras se deslizaba lenta pero inexorablemente hacia la gruesa alfombra.

—Ven aquí —murmuró Elizabeth, estirando sus brazos esbeltos a modo de invitación.

—No —replicó Jude tranquilamente, mientras sus propias manos recorrían las curvas de las piernas de Elizabeth, sus fuertes dedos tanteaban los músculos definidos de sus muslos—. Mío— susurró con fiereza.
Rindiéndose a la necesidad no expresada de Jude, Elizabeth se recostó en la cama y dejó descansar sus brazos por encima de su cabeza. Los dedos de Jude trazaban el contorno de su cuerpo en un gesto de posesión, se movían sobre sus caderas, su estómago, pechos y hombros. Largos dedos abrasaban la piel, dejando marcado su deseo en los huesos y los músculos. Elizabeth se arqueó hacia esas manos autoritarias, presionando su carne en el abrazo y ansiando tener el cuerpo de Jude contra el suyo propio.
La boca de Jude siguió a sus manos a través del paisaje del cuerpo Liz, confirmando con el gusto lo que el tacto ya había comunicado a su cuerpo tembloroso. Elizabeth era ligera y cálida, sal y musgo, y se encontraba de buen grado a merced de las exigencias de la mujer morena. Jude se colocó sobre ella para sujetar con firmeza las piernas de Elizabeth y mantenerlas juntas a la altura de las rodillas. Inclinando la cabeza hacia el pezón dolorosamente despierto justo debajo de su boca, gimió en lo profundo de su garganta cuando su lengua sintió su dureza. Elizabeth gimió agradecida por el contacto, hundiendo las caderas en el colchón, a punto de enloquecer por el tacto hipnótico de Jude.

Con su propia excitación fluyendo entre sus piernas, Jude buscó llevar aún más allá el deseo de la mujer rubia, atacando un pecho cada vez. Su boca era un voraz instrumento de placer, dedicado a una sola tarea. Elizabeth se agarró al cabecero de la cama buscando algo que la sujetara mientras su cuerpo se arqueaba impotente por el tormento, suplicando más.

—Por favor.... —jadeó.

—Sí, Elizabeth —susurró Jude—, déjame oírte....esta noche necesito oírte.

Los únicos sonidos en la habitación fueron sus respiraciones cada vez más entrecortadas y los dulces murmullos de placer. En sus mentes y almas, los últimos ruidos del Club se habían quedado fuera, la gente que se divertía había quedado apartada. Ahora el mundo consistía únicamente en sus pieles. El tacto de Jude. La necesidad de Elizabeth.

—Tócame.

Era la súplica que Jude había expresado a Elizabeth esa mañana, cuando había permitido que la tomara en una rendición final. Ahora era el turno de Elizabeth de desnudar su alma y depositar su deseo desnudo a los pies de su amante, confiando en que ésta la conduciría hasta donde necesitaba llegar.
Jude se deslizó hacia abajo por el cuerpo de la reportera con facilidad, y tomando cada una de sus piernas, las elevó hasta colocarlas sobre sus propios hombros, refugiándose en el puerto creado allí. Adoraba este lugar, el tacto íntimo de su mejilla en el muslo de Elizabeth, la anticipación de su cuerpo al rojo vivo.

—Jude….Tan bien…. —un gemido escapó de Elizabeth cuando los dedos de Jude encontraron el núcleo escondido del deseo de la reportera y lo expusieron a su lengua curiosa—. Oh, sí.... —murmuró.
Para la mujer oscura, esta caricia era la absolución para un alma que no la merecía. Quiso ir más allá dentro de su amante, deleitándose en las paredes firmes que rodeaban sus dedos y su lengua, buscando ese lugar perfecto que podía llamar hogar. Una suave exclamación le indicó que lo había encontrado, y en un instante dedos y caderas se movían a un ritmo inexorable. Cerró los ojos para absorber mejor la sensación del deseo de su amante. Esto era el aire....esto era su vida....esto era su hogar....

Esto era....

Todo.

—OH DIOS....JUDE.... —el clímax que atravesó a Elizabeth se clavó en Jude con increíble furia. Se oyó a sí misma gritando como respuesta a las poderosas convulsiones, sintió su cuerpo temblar violentamente, y entonces....de algún modo....había envuelto a la reportera entre sus brazos y estaba murmurando palabras de amor sin sentido en el oído de la rubia. Se abrazaron durante un largo y silencioso momento, ambas demasiado abrumadas por la fuerza de su pasión como para decir nada. Depositando un tierno beso sobre la frente de Jude y apartando los mechones empapados, Elizabeth dijo con tranquilidad.

—Tenemos que hablar.

—Supongo que tienes razón —dijo Jude con reluctancia. Sin embargo, ambas mujeres permanecieron en silencio, sus respiraciones y sus ritmos cardiacos volviendo a la normalidad lentamente. Le gustaba cómo la rubia se encontraba estirada sobre ella y odiaba tener que abandonar el momento de paz que habían conseguido crear, pero aún había muchísimas más cosas que decir—. Pensé que se trataba de otra persona, ya sabes —dijo en la penumbra.

—¿Qué? —la voz de Elizabeth sonaba perpleja.

—Tu secreto. Sabía que ocultabas algo —explicó Jude—. Solo que pensé que....que había alguien más. Alguien en serio a quien intentabas herir estando conmigo.

La reportera asimiló la revelación con una inclinación de cabeza. Después se recostó sobre Jude, encendiendo la lámpara que había visto sobre la mesilla de noche.

—Quiero verte la cara —observó a su amante con intensidad—. Siempre pensaste que te estaba utilizando —había un cierto tono incisivo en sus palabras y una dureza en su mirada que inquietaron a Jude y se encontró a sí misma sintiendo cierto embarazo ante la implicación.

—Lo estabas —la acusación defensiva salió de su garganta antes de que pudiera echarse atrás.
Liz se levantó de la cama y la miró con cansancio.

—Si eso es lo que piensas todavía, entonces estaba equivocada. No tenemos nada de que hablar.

— ¡Espera! —Jude agarró su brazo con suavidad—. No era mi intención que sonara así.

— ¿Y de qué otro modo querías que sonara?

—Solo siéntate ¿ok? —le soltó el brazo y se pasó una mano por el cabello despeinado—. No, espera, deja que abra la cama primero.

Elizabeth no pudo evitar la diminuta sonrisita que se curvo en su boca.

—Estás muy segura de ti misma ¿verdad?

Jude le regaló una media sonrisa.

—No, simplemente pensé que si nos íbamos a pelear mejor ponernos cómodas ¿de acuerdo?

—Suficientemente justo —accedió, dejando que Jude la empujara hasta el lugar donde se encontraba antes. Antes de darse cuenta, estaba arropada cómodamente en los brazos de su amante una vez más, y ambas sentadas con la espalda contra un generoso montón de almohadas apoyadas contra el cabecero de la cama.

—¿Ya podemos pelearnos? —preguntó, aunque Jude había conseguido apagar el enfado que de nuevo había comenzado a bullir entre ambas.

—Ya podemos pelearnos —asintió Jude—. Déjame empezar otra vez. Sí, pensé que me estabas utilizando....porque de otro modo, no podía entender qué demonios podías querer conmigo. Si hubiera pensado con claridad me habría dado cuenta de que eras una reportera en el momento en que no saliste corriendo de la casa pegando alaridos después de que te disparasen.

—Pero ¿por qué no te diste cuenta? —preguntó Liz con calma.

Jude hizo una larga pausa, preguntándose cómo poner voz a la tumultuosa avalancha de sentimientos que había comenzado casi en el primer momento en que vio a la mujer rubia.

—Porque quería que tú quisieras estar conmigo —dijo finalmente.

Liz contuvo la respiración bruscamente ante la admisión.

—¿Eso querías?

—Oh, sí —rió Jude con cierta tristeza—. Al día siguiente de que te dispararan, iba en el coche pensando en esa historia absurda que me contaste sobre un novio. Recuerdo que pensé que no tenía ningún sentido —se inclinó para saborear brevemente los labios de su amante—. Y después recuerdo muy claramente que me importó una mierda —otro beso le devolvió el valor que le empezaba a flaquear—. Así que de algún modo, es culpa mía que la mentira continuara. No quería oír la verdad.

—Para ahora mismo —ordenó Liz—. Por Dios, gran tonta distribuidora de drogas, no te atrevas a tomar la responsabilidad de esto —la miró directamente a la cara—. Lo que yo hice estuvo mal. Intentar manipularte para conseguir tu historia estuvo mal. ¿Lo tienes?
Jude miró los fieros ojos verdes de su amante y suspiró suavemente.

—Elizabeth, en comparación con todo lo que yo le he hecho a otras personas, lo tuyo ni siquiera cuenta.

—Entonces perdóname.

Las palabras cayeron sin pensar de los labios de Elizabeth, y se puso pálida al darse cuenta de lo que acababa de decir.

Perdóname….Una palabra que Jude nunca había dicho a nadie. Aunque los Dioses sabían que a ella se le había concedido por alguna razón inexplicable de aquellos a los que tenía gran estima….Ria….Tony….Kent….incluso podía sentir el calor de Jason ahí.

Perdóname... ¿Es tan simple?, musitó Jude para sí. Pensando en todos los años que había pasado hundida en una rabia insaciable, los años perdidos, sola....la necesidad de tener a alguien cerca que la entendiera, aceptara y perdonara....La mente de Jude recorrió a toda velocidad los recuerdos. Y entonces la sensación de la mujer envuelta en sus brazos caló muy hondo....la alegría de despertarse con ella, el brillo en esos ojos verde dorado que aliviaban dolores tan profundos que había creído grabados en su alma para siempre.

—Te perdono —dijo simplemente.

Elizabeth se quedó con la boca abierta.

—¿Qué?

—Te perdono —repitió Jude, enviando una cascada de besos bailando sobre la mejilla de su amante—. Te perdono....te perdono….te perdono....

Sus bocas se enredaron y danzaron, un perezoso fuego acariciando el interior de sus vientres.

—No puedo creerlo —murmuró Liz. Las palabras eran un suspiro elaborado más que otra cosa, pero aún así no escaparon al fino oído de Jude.

—¿Qué es lo que no puedes creer? —preguntó, deteniendo sus atenciones.

Liz parpadeó mareada, intentando recobrarse de las caricias de los labios de Jude. Miró fijamente al violeta de los ojos de su amante que latía con dulzura, y aspiró profundamente.

—¿Estás segura de que ya no estás enfadada conmigo?

Jude sonrió con tristeza a su amante, inadvertirtiendo el tono melancólico de su voz.

—No, no estoy enojada.

Como un niño incapaz de resistirse a presionar en una herida, Liz siguió adelante.

—¿Pero como puedes volver a confiar en mí? —aunque Jude no había dicho nada de ese tipo, la periodista sabía que había destruido algo precioso que podría no volver jamás.

Jude apretó la mandíbula y se comió un suspiro.

—¿Tenemos que hablar de esto ahora?

—Sí —insistió Liz silenciosamente.

Jude se frotó la frente en un gesto de irritación que, la periodista lo tomó con pesar, se estaba convirtiendo todo en demasiado familiar.

—La confianza .... —murmuró la mujer morena—. Cuando estás dentro....tienes que confiar en tu pareja. Porque si te dejas caer, se acabó.

—Eso fue lo que pasó con Kent? —más una afirmación que pregunta.

—Más o menos. Él se rindió cuando unos chicos comenzaron a golpearlo.

—Pero salvaste su vida a pesar de que podías haber escapado —vio la cara de sopresa de Jude y agregó—. Tony me lo dijo.

Jude se encogió de hombros.

—Solo no dejas a nadie detrás. No cuando tienes la oportunidad de sacarlos.

—Así que, permaneciste leal, incluso después de que él te traicionó —una imagen haciéndose evidente y
a Liz no le gustó ni un poco.

—Tenía que terminar el trabajo —dijo Jude, sin mirar los ojos de Liz.

En ese momento, Liz quiso que Jude realmente hubiera apretado el gatillo la noche anterior. En una gran cantidad de formas en que hubiera sido más fácil de soportar que este sentido distorsionado de honor que parecía estar vinculando Jude hacia ella.

—Ya veo —dijo suavemente, lentamente facilitando su cuerpo lejos de Judas—. De eso es de lo que se trata, ¿no? —estudió la forma supina de su amante con tristeza cada vez mayor—. Te sientes responsable de meterme en medio de tu guerra con la DEA, aunque eso no es verdad, por cierto, y usted te estás pegando el tiempo suficiente para asegurarte de que salga de ella. Es por eso que tú estuviste de acuerdo con mi plan, por qué dijiste que me perdonas.

Si Liz no hubiera estado tan envuelta en su propia miseria, en la comprensión de que había destruido en realidad lo único que aún le importaba, hubiera visto apretar la mandíbula de su amante rítmicamente, el estrechamiento de los ojos azules y habría sentido enrollados los músculos en el cuerpo de Jude. Así las cosas, la erupción la tomó completamente por sorpresa.

—¿¿Estás malditamente fuera de tu mente?? —Jude explotó saliendo de la cama, desplazando a Liz de la posición de sus brazos enviando a la mujer más pequeña a que cayera al colchón—. ¿Has escuchado un carajo de lo que he dicho? —ella se paseaba a lo largo de la pequeña habitación pasando su mano por su cabellera enmarañada. Sus ojos ardían de indignación al contemplar a su amante.

—Lo hago —respondió Liz con la esperanza de que su voz no transmitiera en latido frenético de su corazón—. Sé lo que te hace la traición. También sé que, a pesar de lo que piensas, eres una persona muy honorable. No te culpo por….

—Cierra la maldita boca —dijo Jude rigurosamente caminando hacia la cama y poniéndose en cuclillas, para que Liz y ella estuvieran ojo con ojo—. Escucha de nuevo.
Jude se levantó y caminó unos pasos más antes de girar y enfrentarse a su amante.

—Yo....yo no....soy demasiado lista para algunas cosas, Elizabeth. Muchas de las relaciones que he tenido no han durado más de lo que tardaba en volver a vestirme —ante el estallido de risa de Liz, sonrió ligeramente—. No sé cómo hacer esto.... —gesticuló varias veces señalando a Elizabeth y después a sí misma—, esto de hablar —dio unos cuantos pasos más, como si intentara recopilar palabras dispersas para hacer que Liz entendiera—. Cuando entré en el estudio y te vi allí sentada, me quería morir —dijo sombría—. No sabía que se podía sentir tanto dolor y no estar sangrando por ningún sitio —Liz hizo un gesto de dolor ante la simple declaración, sintiendo el daño en su propio corazón—. Y quise que tú te sintieras igual que yo. Por eso te pegué. Aunque lo único que conseguí fue sentirme aún peor. Pensaba que si podía hacer que te sintieras tan mal como yo, entonces no pasaría nada. No dolería tan mal —murmuró, cerrando los ojos al recordar la sensación de su mano golpeando la delicada piel de Elizabeth.

—Te traicioné. No te culpo....

—¡No! —Jude abrió los ojos de golpe—. ¡No! —repitió con fuerza—. No tenía ningún derecho a pegarte. Y mucho menos a apuntarte con una pistola —negó con la cabeza—. Puedo estar jodida, pero al menos se qué tanto.

Sin embargo, Liz no iba a dejar que Jude soportara el peso de la culpa compartida sobre la espantosa confrontación en el estudio.

—Siempre he sabido que por las razones que sean, la violencia es tu primer instinto. Y fue un riesgo que asumí mintiéndote como lo hice —Liz quiso alcanzar su mano y atraer a Jude, tranquilizar esa mirada que amenazaba con apartarse de ella. Tenían que enfrentar este último obstáculo y superarlo, porque de otro modo Liz sabía que el miedo a la violencia de la otra mujer destrozaría cualquier esperanza que tuvieran de reconstruir su relación. Estudió a su compañera un rato más antes de decir sus siguientes palabras—. Eso no quiere decir que disfrutase el que me lanzaras al otro lado de la habitación.

La vergüenza coloreó los rasgos de Jude de un brillante escarlata.

—Lo siento tanto —susurró.

—No lo vuelvas a hacer —dijo Liz dulcemente.

—Nunca —Jude agitó la cabeza con énfasis. Buscó como pudo las palabras para describir el dolor candente que la asaltó en el momento en que vio a Liz rastreando sus archivos privados. En ese momento supo que era algo más que la rabia de la mentira. Era el dolor profundo y absolutamente extraño de quien veía todos sus sueños y sus esperanzas reducidos a cenizas en un solo y desgarrador instante. Viendo a Elizabeth en ese momento, la había asaltado la furia del desposeído, aullando porque tras mostrarle cosas infinitamente preciosas, se le decía que no eran para gente como ella. Su alma había gritado agónica con cada maltrato hacia la mujer más pequeña, pero había sido incapaz de detener su instinto básico de aniquilar cualquier cosa que le hiciera daño. Empujada por un poder más fuerte que el de su formidable fuerza de voluntad, cruzó la habitación y envolvió a la reportera en un abrazo salvaje, su cuerpo transmitía un arrepentimiento mucho más profundo de lo que jamás podrían comunicar las palabras.

La piel de Jude contra la suya era bálsamo para el corazón maltrecho de la reportera. Podía sentir sus músculos temblando, y se maravilló de nuevo de la fuerza en el alma oscurecida de Jude.

—¿A donde vamos desde aquí? —preguntó bajito, su aliento era una cálida ráfaga de aire contra el cuello de Jude.

La mujer sombría liberó a Elizabeth de su abrazo y se sentó junto a ella en la cama. Para ella la respuesta era simple: la conclusión inexorable a la que había llegado ayer. Ahora dijo las palabras en voz alta.

—De la manera en que lo veo....¿qué otra opción tengo? —sus dedos trazaron un camino sobre los rasgos de Elizabeth, absorbiendo la suavidad cálida de la piel clara de sus mejillas. Viendo que una de sus cejas se contraía ante la respuesta, intentó explicarse—. Puedo perdonarte, aprender a confiar en ti de nuevo, y podemos intentar averiguar que es lo que realmente hay entre las dos. O puedo agarrarme a todo el odio y mis antiguos hábitos con los que he vivido siempre. Y honestamente, Elizabeth, ahora me doy cuenta de que eso no es vivir.

—Puedes cambiar de vida sin mí en ella —replicó.

Jude observó a la mujer junto a ella durante un largo momento.

—Quizá —asumió—, pero la verdad es....que no quiero.

—Entonces.... —Liz dejó salir la palabra, una feliz expectativa se iba formando en sus venas—. ¿Qué es lo que quieres?

Jude no vaciló, ni pestañeó, ni siquiera lo pensó.

—Tú —dijo simplemente.

La palabra fue sellada con un beso dolorosamente dulce que encendió el deseo que siempre acechaba cerca de la superficie cada vez que estaban cerca. Por ahora, las dudas habían desaparecido, los pesares disipados....y no había nada que se interpusiera entre ellas. Una luz brillante que parecía bañar el largo de sus cuerpos mientras Jude se movía con suavidad sobre su amante y Elizabeth respondía de igual modo.

Liz sintió que las manos de Jude comenzaban a recorrer su cuerpo una vez más. Sabiendo que una vez que empezaran a hacer el amor, cualquier conversación se perdería para el resto de la noche, tomó con reluctancia esos elegantes dedos con sus manos, deteniendo su exploración—. Todavía tenemos cosas.... — otro beso dulcemente erótico la interrumpió— de las que tenemos quehablar.... —gimió cuando la boca de Jude empezó a abrirse camino sobre su mandíbula hacia el pulso en su cuello—. En serio.

Era un tono al que Jude no podía negarse, y se retiró con una mueca llena de picardía.

—Entonces ¿estamos bien?

—Creo que ahora estamos malditamente bien, ahora —replicó Liz, con una risa de alivio que surgía desde dentro—. Pero hay un par de cosas más que necesito decirte —no le pasó desapercibida la tensión que se apoderó del cuerpo de Jude, aunque ésta hizo un trabajo admirable no cambiando su expresión. La reportera alisó las arrugas diminutas en la ceja de Jude, dejando que sus dedos trazaran el corte afilado de su mandíbula—. Shh.... —la tranquilizó—. No es nada malo.

Los músculos se relajaron bajo sus caricias, y Jude apretó a la reportera un poco más en sus brazos.

—Entonces ¿de qué se trata?

—Creo que puedo ayudarte con tu problema.

Jude se rió secamente.

—¿Y cuál problema es ese? Ya hemos establecido que tengo docenas.

—Ese que implica gente apuntándote con pistolas.

—Oh. Ese problema —frunció una ceja hacia la otra mujer—. Veamos.

—Bueno.... —comenzó Liz, mordiéndose el labio—. Por raro que pueda sonar, el que yo sea una reportera puede resultar útil.

A Jude ya no le gustó como sonaba eso.

—¿En qué estás pensando? —preguntó con cautela.

—Escribimos una historia. Echamos tanta luz sobre ti que la DEA no puede hacer nada—. Liz esperó a la inevitable explosión, la acusación que todavía estaba intentado utilizar a Jude, furia, cualquier cosa.
Lo que obtuvo fue una expresión pensativa en el rostro de su amante.

—¿Y bien? —preguntó a la mujer oscura.

—Estoy esperando a que termines de explicármelo —respondió Jude con seguridad aunque la tensión en su cuerpo era evidente otra vez.

—Muy bien —esa respuesta le servía—. Sigues trabajando para la DEA ¿verdad?

—¿Qué quieres decir?

—Bueno, dijiste que estabas de baja psiquiátrica con duración indeterminada y que nunca regresaste ¿cierto?

—Cierto —Jude la miró escéptica—. ¿Y?

—Pues... ahora estás de vuelta, intentando atrapar al resto de los Massala. Intentando completar la misión que te encomendaron antes de que algunos canallas en la DEA delataran a tu compañero.

— ¿Crees que puedes darle vuelta a los cinco últimos años de mi vida? —soltó Jude con sorna—. Eso no es posible.

—Escúchame, Jude —Liz cambió de posición, sentándose de modo que tuvo a Jude enfrente—. Desde que me hablaste de Jason, he estado pensando en porqué alguien en La Agencia lo delataría así.

— ¿Alguna conclusión? —preguntó Jude con amargura.

—Desafortunadamente, sí. Y todas tienen que ver contigo y tu habilidad única para terminar el trabajo.

— ¿Qué quieres decir?

—Cuando hablaba con Tony la otra noche, te describió como alguien que se salta las reglas pero consigue resultados. De modo que los altos mandos miraban para otro lado cuando en otros casos no lo habrían hecho. Mira la misión Massala. ¿Qué dijeron que querían? Resultados. Y no les importó cómo los conseguiste. A alguien le gustaba tenerte al otro lado fuera de control.
Jude abrió la boca como para protestar pero la cerró de golpe.

—Continúa —dijo nada más.

—¿Qué hizo tu relación con Jason? Te centró, hizo que empezaras a pensar sobre algunas de las cosas que estabas haciendo, hizo que tu trabajo fuera más duro. Te hizo menos eficaz.

—¿Estás diciendo que alguien sacrificó a Jason para que yo siguiera siendo eficaz?

—Algo así. Al principio creí que querían librarse de Jason y de ti. Pero cuanto más pienso en ello, más creo que lo que querían era quitar de en medio la influencia de Jason sobre ti. Él resulta muerto y tú matas a los responsables de su muerte.

—Rico y el Cártel.

—Exacto. Sin ruido y sin follones —asintió Liz—. Pero el problema surge cuando Rico te llama para que te ocupes de Jason. Quienquiera que lo sacrificara, no tenía modo de saber que tú acabarías siendo la que apretase el gatillo.

Jude palideció ante la cruda descripción, una herida de su alma que nunca llegaría a sanar. Pero las dulces manos de Liz la sostenían con suavidad, no dejando que resbalara hacia los errores del pasado. Quédate aquí parecían decir esas manos.

Y lo hizo.

Respirando profundamente tranquilizó su corazón tembloroso.

—¿Y entonces qué pasó?

—Control de daños —replicó simplemente Liz—. ¿Quién te vio cuando llevaste a Jason de vuelta a casa?

—Nadie —Jude se encogió de hombros—. Ria y Jessie —pensó durante un momento—. Kent apareció porque le llamé —inclinó la cabeza hacia su amante—. ¿A qué te refieres con control de daños?

—Ahí es donde cometieron su segundo error. Limpiaron todo tan bien y tan rápidamente que tú comenzaste a pensar y a sospechar. Eso es lo que te volvió contra La Agencia ¿verdad? Quiero decir, si te hubieran hecho ir a dar explicaciones por los hechos que llevaron a Jason a la muerte, si te hubieran suspendido, si te hubieran dado alguna razón plausible, aunque fuera vaga, de que Jason perdiera su cobertura, y te hubieran devuelto al servicio después ¿crees que hubieras sospechado que había algo que no encajaba?

Jude negó con la cabeza.

—Supongo que sabes ¿porqué me quieren matar ahora?

Liz se encogió de hombros.

—Por lo que puedo suponer, el arrestar a Romair Massala debe tener algo que ver.

La mujer morena pensó durante un momento, su mente sobrecargada con la teoría demasiado plausible que Elizabeth le había planteado.

De pronto, se dio cuenta.

—Arrestar a Romair tiene todo que ver —dijo con calma.

Cuando Jude no contestó inmediatamente, Liz le hizo un gesto con las manos.

—¿Hola? Háblame.

La mujer sonrió irónica.

—Perdona, estaba pensando por un minuto.

—Piensa en voz alta —ordenó Liz.

—Cuando Rico cayó, los Massala empezaron a lanzar todo lo que tenían contra mí. Hasta que oyeron que Rico estaba trabajando con los Federales a cambio de un trato para sí mismo.

—¿Lo estaba?

—Eso era nuevo para mí. Ahí fue como supe que tenía a alguien dentro de La Agencia, pero no pude averiguar quién. Te apuesto un millón de dólares a que Romair sabe quién es.

—¿Y por eso es por lo que quieren detenerlo?

—No —gruñó Jude—. Es por eso por lo que lo quieren muerto. Es el escenario perfecto....un traficante de drogas intentando eliminar a otro, y ambos muertos por la DEA en una redada. Y en La Agencia acaban pareciendo unos héroes —Jude lanzó un silbido—. Por eso es por lo que Kent dijo que me estaban presionando para que me reuniera otra vez con Romair. Estaban esperando una oportunidad para eliminarnos a los dos.

—Pero tú trabajas para ellos.

—Pero no es oficial. O por lo menos, se supone que no lo es. Podrían negarlo de forma creíble si fuera necesario.

—No, si lo hacemos público antes.

Jude sonrió de forma forzada.

—Por eso es por lo que puede que tu plan funcione.

°°°°°°°°°°°°°°°
avatar
malena
Admin

Cantidad de envíos : 1007
Fecha de inscripción : 16/05/2008

Volver arriba Ir abajo

Re: Lucifer rising, Sharon Bowers

Mensaje  malena el Marzo 28th 2013, 4:04 pm

[b]Capítulo 15[/b]

Cuando Liz se despertó aquella mañana, se encontró con que durante el sueño habían terminado enroscadas la una con la otra, uniéndose para formar una hélice perfecta. Jude era cálida y suave, y Liz podía sentir trazas de sueño y sexo sobre la piel de su amante. Suspiró con satisfacción y apretujándose contra la mujer más grande, murmuró bajito:

—Por fin.

—Por fin ¿qué? —dijo una voz desde arriba.

— ¿Estás despierta? —incorporándose y apoyándose en un codo, Liz se encontró con un par de ojos azules que la miraban divertidos.

—Sí —replicó Jude sucintamente—. Por fin ¿qué? —repitió.

—Oh, eso —rió Liz—. Bueno....es que esta es la primera vez desde que....bueno....ya sabes.... desde que nos hemos convertido en....bueno, eso, ya sabes....que he conseguido despertarme contigo.

Normalmente desaparecías y alguno de los perros ocupaba tu lugar. Y lo que estaba pensando era que por fin me despertaba junto a ti —estudió el rostro de su amante, sintiendo como un ligero rubor sofocaba sus mejillas—. Estúpido ¿eh?

Una cálida sonrisa se abrió paso en el rostro de Jude y se inclinó para capturar los labios de la mujer rubia con los suyos.

—Para nada estúpido —corrigió tras el dulce saludo—. Nunca he sido... —vaciló, negando con la cabeza

—. No soy demasiado buena en esto de la mañana después.

—Supongo que tendrás que practicar —bromeó Liz, no queriendo que ninguna nube oscureciera su mañana desde tan temprano.

—Supongo —estuvo de acuerdo Jude sonriendo—. ¿Te importa?

—En absoluto —le aseguró la mujer más pequeña—. Incluso puedo darte algunas pistas si quieres.

—Creo que eso sería una buena idea —aunque las palabras de Jude eran solemnes, no pudo reprimir el brillo de sus ojos.

Liz sonrió abiertamente y con desenfado, encantada de que Jude quisiera jugar.

—De acuerdo —dijo bruscamente—. Es el momento para tu primera lección —cambió de posición hasta que estuvo encima de su amante que ahora sonreía—. Lo más importante es, sin duda, el beso de buenos días.

—Pero si ya te he dado un beso —objetó Jude.

—No cuenta —Liz no hizo caso de su protesta—. El beso oficial de buenos días tiene que decir muchas cosas. Tiene que decir: "Buenos días" y "Espero que hayas dormido tan bien como yo". Y por supuesto: "Me alegro de que estés aquí" —mostró Liz.

Jude frunció el ceño.

—¿Todo eso en un solo beso?

—Confía en mí. Se puede hacer —y para probar su argumento, se inclinó y depositó un beso dulce sobre su amante, expresando no solo todos los requisitos de un buen beso de buenos días, sino también amor, ternura, y pura alegría de estar con Jude.

—Mmm —respiró Jude—, ya veo lo que quieres decir —deslizó los brazos alrededor del cuello de Liz, dejando que sus manos recorrieran tentadoras sus hombros desnudos—. ¿Puedo intentarlo yo ahora?

—Absolutamente —la animó Liz con una sonrisa.

Sus labios se encontraron de nuevo, demorándose aún más en mutuo deleite. Jude mordisqueó delicadamente el labio inferior de Liz, disfrutando de la relajante sensación que le traía estar entre sus brazos. Una calidez dorada invadió su alma, curando partes que ella misma había creído dañadas irreparablemente y derramando luz en lugares que creía oscurecidos permanentemente por sus pecados.

—¿Te ha gustado? —preguntó con la voz ronca de deseo.

—Oh, sí —afirmó Liz. Presionó su frente contra la de Jude y sonrió—. Aprendes rápido —flexionó el cuerpo contra el de Jude, un muslo delgado incitaba suavemente a los de su amante, mucho más musculados.

Jude suspiró involuntariamente cuando Liz se deslizó casualmente entre sus piernas, su cuerpo encajaba perfectamente en ese lugar como si hubiera sido diseñado específicamente para ese propósito.

—Eso me han dicho —bromeó Jude—. Pero tengo que confesar que en este caso tengo un pequeño incentivo extra.

—¿Ah, sí? —Liz inclinó la cabeza escéptica.

—Sip —fue la respuesta distraída cuando las piernas de Jude se enroscaron alrededor de la cintura de Liz, centrando contra sí a la pequeña mujer con suavidad. Sus caderas comenzaron a moverse sutilmente contra el peso que tenía sobre ella, buscando discretamente un tacto más intenso. Liz sonrió con sensualidad y comenzó a devolver la presión. Jude cerró los ojos como respuesta, y un gemido apenas audible salió de sus labios.

—¿Y cuál podría ser ese incentivo? —bromeó en un susurro.

Jude abrió los ojos y miró con todo su corazón en los verdes campos que se abrían ante ella.

—Despertarme contigo todas las mañanas.

Juego. Set. Partido. Cualquier célula en el cuerpo de Liz que aún se resistiera, se hizo pedazos con esta tierna declaración de Jude. Se dio cuenta maravillada de que iría feliz hasta lo más profundo del infierno por esta mujer con solo poder despertarse con esos ojos a su lado cada mañana durante el resto de su vida.

Jude vio alarmada como las lágrimas mojaban el rostro de Liz.

—¿Qué pasa? —preguntó con dulzura—. ¿Qué he hecho?

—Nada, mi amor —riendo suavemente a pesar de la emoción que se derramaba por su cara, Liz negó con la cabeza—. No has hecho nada —hizo una pausa pensativa—. Bueno, la verdad es que no es cierto. Has hecho algo, pero ha sido todo correcto.

Jude sonrió vacilante.

—¿Sí? —abrazó con más fuerza a la mujer más pequeña, acariciando dubitativa los suaves mechones dorados—. ¿Entonces estoy haciendo bien en esto de la mañana después?

—Lo estás haciendo perfectamente —afirmó Liz, acercándose para capturar los labios de Jude con los suyos. Jude besó despacio cada lágrima que caía libre de sus ojos, saboreando la sal con un aire devoto de reverencia. Liz suspiró con satisfacción ante las dulces caricias, aún asombrada de que todo entre las dos fuera volviendo a su sitio. Una suave sinfonía de deseo comenzó a sonar entre sus sentidos mientras seguían tocándose, acariciándose....y, una vez más, el mundo simplemente desapareció. Manos, bocas, lenguas....iban encontrando certeras las notas de placer a lo largo de sus pieles. Suspiros silenciosos, invocaciones susurradas, súplicas murmuradas sirvieron de empuje a una excitación que crecía vertiginosamente....hasta que alcanzaron el clímax con un suave aliento que se fue abriendo lentamente entre los brazos de cada una.

°°°°°°°°°°°°°°°

—La segunda cosa importante en el ritual de la mañana siguiente es la ducha —proclamó Liz horas después, mirando hacia la forma de su amante saciada y estirada sobre la cama.

—Supongo que olemos bastante mal —concedió Jude, abriendo un ojo perezoso para examinar sus miembros entrelazados.

—Bueno... —dijo la reportera con una amplia sonrisa—. Resulta que a mí me gusta como olemos, pero otros podriiiían no estar de acuerdo.

Jude estaba encantada en su posición actual con Liz acurrucada cómodamente en sus brazos. En lo que a ella concernía, no había mejor sitio en la tierra. Por desgracia, sabía que a menos que actuaran con rapidez, el mundo real iba a presentarse de la forma más desagradable, y probablemente su entrada iría precedida del cañón de un arma. Sin embargo, aún quedaba tiempo suficiente para alguna broma—.

Entonces....¿no sería una buena idea invertir en un perfume llamado “Agua de Burdel”? —dijo Jude— pensaba que se suponía que había algo en el negocio este de las feromonas.

Liz dejó escapar un suspiro de resignación y tiró del brazo de Jude.

—Vamos, tú —se dejó arrastrar de la comodidad de la cama y ser empujada hasta el baño—. Trae toallas —ordenó Liz.

Cuando regresó, Liz se inclinaba sobre la bañera de porcelana, ajustando la temperatura del agua con aplicación. Observando su forma ágil Jude se rió por lo bajo.

—Esto es lo que yo llamo una habitación con vistas —moldeó su cuerpo más largo contra la piel suave de la reportera, disfrutando intensamente del aroma almizcleño pegado a sus cuerpos. Con un gemido profundo mordisqueó la tierna unión del cuello y el hombro de Liz, que respondió con otro gemido—. ¿Te he hecho daño?

Como respuesta, Liz se arqueó aún más en el abrazo e inclinó la cabeza hacia atrás para encontrarse con los labios de Liz en un beso devorador que las dejó sin respiración a ambas.

—Supongo que no.

Liz abrió los grifos y el agua rugió contra el esmalte. Sin decir una palabra, guió a Jude hacia la ducha, colocándola bajo el chorro. Un brillo seductor iluminó los ojos de Liz mientras hacía espuma con el jabón.

—Me moría de ganas de hacer esto contigo —confesó.

—¿Lavarte las manos? —preguntó Jude haciéndose la tonta.

Esos ojos verdes se entrecerraron y brillaron un poquito más ante la broma.

—Créeme, Jude. No te interesa jugar de este modo.

—Y ¿qué modo es ese? —dijo la mujer más alta con una sonrisita.

—Tú lo has querido —Liz se encogió de hombros y apartó a Jude de un pequeño empujón, de forma que ahora ésta se encontraba detrás del chorro de agua.

La ducha ocupaba un espacio generoso, dejando mucho margen de maniobra; y la reportera parecía decidida a utilizar cada milímetro para sacar de quicio a Jude. Dejó el jabón en su sitio y procedió lentamente a enjabonarse, ignorando a la sensual figura que tenía frente a ella. Consciente de la intensa mirada azul que observaba ávidamente cada unos de sus movimientos, Liz, con toda tranquilidad, extendió el jabón por los brazos y el torso, ignorando sus pechos deliberadamente, aunque se moría por las caricias de las manos hábiles de su amante. Despacio, pasó las manos por los muslos, sus propios dedos trazando los músculos definidos. Apoyándose en el borde la ducha se enjabonó las pantorrillas, cambiando el peso de una pierna a la otra. Cuando le dio la espalda a Jude y comenzó a deslizar las manos por las curvas de sus caderas hacia las nalgas, ésta gritó pidiendo clemencia.

—Tú ganas —susurró Jude con voz pastosa en su oído, envolviéndola con sus largos brazos desde atrás.

Se hizo con el jabón y comenzó a recorrer la esbelta figura de Elizabeth con suavidad.

—Eso ya lo he hecho yo —dijo la reportera con una risa gutural.

—Creo que has pasado por alto algunos puntos.

Jugaron bajo el agua durante un largo y lujurioso rato, deleitándose en la sensación resbaladiza de sus cuerpos. Liz agarró el champú, una mezcla de color blanco lechoso con un limpio aroma a hierbas.

—Arrodíllate —ordenó.

Jude arqueó una ceja.

—No sabía que fueras ese tipo de chicas.

—Eres una pervertida, Jude Lucien. Quiero lavarte el pelo y no llego.

—Fastidiosa —murmuró Jude entre dientes. Se arrodilló y permitió que la mujer más pequeña echara el champú y frotara hasta hacer espuma.

Cuando Liz acabó, se arrodilló frente a ella y deslizó los brazos alrededor de la cintura de Jude.

—Échate para atrás —ordenó. Jude vaciló un momento, después flexionó los muslos y se inclinó hacia el chorro, aclarándose el pelo con las manos. Los fuertes brazos de Liz rodeaban su cintura sujetándola con fuerza. El pequeño ejercicio de confianza no pasó desapercibido para ambas—. ¿Has terminado? —preguntó Liz después de un momento.

—Sí —Jude se incorporó y puso los brazos sobre los hombros pálidos de su novia—. Ahora te toca a ti—.

Liz le pasó el champú y miró a Jude con expectación—. Antes tenemos que ponernos de pie. Mis rodillas están machacadas—. Jude sonrió ampliamente y la ayudó a levantarse.

Continuaron el juego hasta que el agua empezó a salir fría.

—¡Uf! —farfulló Liz, saliendo de debajo del chorro—. Supongo que esto significa que se ha acabado el tiempo de juego ¿no?

Jude cerró el grifo y salió de la ducha.

—Ten cuidado —advirtió, ofreciéndole la mano. Liz sonrió ligeramente ante el gesto tierno y dejó que Jude la ayudase—. Ya está —Jude se ató una toalla alrededor de la cintura y comenzó a secar la piel de Liz con suavidad.

—Eso puedo hacerlo yo —protestó la reportera sin mucha convicción.

—Ya lo sé —Jude dio un manotazo alejando las manos—. Pero quiero hacerlo yo ¿de acuerdo? —sus manos fueron dulces mientras quitaba el agua de los mechones dorados, y le secaba las gotas de agua de los ojos con pequeños toquecitos. Cuando terminó, examinó la forma esbelta con ojos de admiración

—. Terminado —indicó la puerta cerrada—. Ahí tienes un albornoz que puedes usar.

—Gracias —el grueso albornoz era de color púrpura con un filo verde, obviamente uno de los de Jude. Se rió mientras se remangaba y apretaba el cinturón alrededor de su cintura—. Me siento como un niño pequeño con esto.

Jude sonrió.

—Me recuerda a aquella primera mañana en mi casa. Mi chándal casi te traga.

Riéndose, salieron del baño al aire frío de la habitación encontrándose con una Sasha expectante que sostenía un montón de papeles en la mano. Como Jude estaba ocupada secándose el pelo con una toalla, Liz vio a la ejecutiva primero y gritó asustada.

Jude levantó la cabeza de golpe, sus ojos se fijaron instantáneamente en el origen de la alarma de Liz. Su boca se torció en una mueca de disgusto cuando vio la mirada de su ayudante. Sasha, con toda claridad, no era una excursionista feliz.

Iba impecablemente vestida, como siempre. Una falda corta de color gris y una chaqueta cruzada imitaban el atuendo tradicional de los banqueros. Debajo, por lo que Jude podía ver, no llevaba absolutamente nada más. Un zapato clásico de salón de color negro, daba golpecitos en el suelo, marcando un ritmo incesante y silencioso.

—Me alegro de que aún sigas aquí —dijo sin preámbulos—. Así puedo hacer que eches una mirada a estos documentos y los firmes antes de que tenga que volver a la oficina.

Como si Liz ni siquiera estuviera allí. Como si la propia Jude no estuviera desnuda y chorreando agua sobre la alfombra. Jude levantó una ceja dubitativa a su asistente, frunciendo los labios ligeramente.

Sasha y ella habían representado esa escena docenas de veces. De hecho, Jude la había utilizado una o dos veces para librarse de alguna conquista particularmente insistente en pasar allí la noche. Su ayudante la retaba a que tratara a Elizabeth de la misma forma. La retaba a decir que esta vez no era diferente de las anteriores. Cuando ambas sabían sin ninguna duda que lo era totalmente.

—Sash —mantuvo un tono suave en sus palabras, pero la advertencia que contenían era inconfundible—, tengo una invitada.

La expresión de los ojos de la ejecutiva claramente decía: ¿Y qué?

Jude apretó la mandíbula. No estaba de humor para danzar al son de su ayudante. Volviéndose hacia Liz, preguntó con calma.

—Elizabeth ¿me disculpas un momento? Tengo que hablar con mi empleada —arregló la toalla alrededor de su cintura y cruzó la habitación a grandes pasos hacia la puerta que llevaba a la oficina. Con frialdad, hizo un gesto a Sasha para que la precediera—. Después de ti.

Cerrando la puerta con la suficiente energía para llamar la atención de su asistente, Jude se giró para enfrentarla.

—¿A qué jodida estás jugando, Sasha?

—Te sientes un poquito marimacha hoy ¿no? —preguntó Sasha secamente—. Es mediodía —continuó—. No me había dado cuenta de que todavía tenías compañía.

—Y una mierda —Jude le espetó su escepticismo con un rugido furioso.

Unos ojos azafrán se medio cerraron mientras estudiaban el elegante largo de su jefa, y obviamente disfrutando de cada segundo de su examen. Jude se sentó en el borde del escritorio, repentinamente incómoda de su casi desnudez y de la proximidad de su asistente. Su cuerpo siempre había sido el campo de batalla donde habían tenido lugar sus juegos de poder, y se había deleitado en utilizarlo para romper el control de Sasha, tentándola con cosas que podía mirar, pero solo tocar de vez en cuando. Ahora, las tornas se habían cambiado, y los ojos de Sasha estaban viendo miles de cosas que Jude no quería que viera.

—¿Por qué estás tan molesta? —contraatacó Sasha—. He interrumpido tus citas antes y nunca te había importado.

Sasha siempre había sabido calcular el tiempo de forma diabólicamente inteligente, sus interrupciones a menudo estaban orientadas a llevar a su jefa a algo más que a sacarla de quicio. Un profundo gruñido primario se formó en el fondo de su garganta cuando los recuerdos se abrieron paso hasta estar en primer plano, y Jude se dio cuenta de que desenredarse del pasado no sería simplemente una cuestión de dejar que este nuevo y brillante amor borrara todo lo demás. Sasha era un recuerdo bastante tangible del oscuro placer de su vida anterior, la vida que todavía podría tener si pudiera olvidar por un segundo a la mujer que la esperaba en la otra habitación.

Todo esto pasó por su mente en un parpadeo momentáneo de sus ojos azules, pero no pasó desapercibido para la mujer de pie a unos pasos de ella. Los labios de Jude se separaron ligeramente mientras su cuerpo luchaba consigo mismo. La silueta dorada de Elizabeth era todo lo que se interponía entre la mujer oscura y su impulso de empujar a Sasha contra la superficie más cercana y torturarla con sus manos y su boca hasta hacer desaparecer esa irritante mirada de suficiencia. Se resistirá, la animó su mente, recordando la sensación de Sasha contra ella… Cómo una mano se enredaría por sí misma en su pelo tirando de él un punto más allá de lo placentero, mientras la otra se abriría paso hacia abajo a lo largo de su cuerpo. Su boca...., Jude tembló ligeramente, sintiendo dientes y lengua cubriendo su piel con rabia posesiva. Oh, Dios mío...., Jude abrió los ojos para encontrarse con que no era su memoria lo que estaba causando estragos en su sistema nervioso, sino más bien su ayudante en carne y hueso.
No se había movido, ni siquiera había respirado, pensó, pero de algún modo Sasha la envolvía, convirtiendo en bastante real ese placer fantasma. La mano en su pelo obligó a Jude a arquearse hacia la boca voraz que se movía por su cuello, e involuntariamente el cuerpo de Jude obedeció a las familiares y brutales caricias.

—Espera —jadeó, intentando forzarse a moverse. Instintivamente, había cruzado los brazos en su espalda, equilibrando su peso. Para moverse tendría que inclinarse en el escritorio, y eso significaría rendirse. De forma increíble la toalla había desaparecido, o por lo menos había probado no ser una barrera entre su sexo y la búsqueda inexorable de Sasha.—. Espera…. —ordenó de nuevo, recuperando el control por lo menos sobre su voz.

No, para....

La diferencia no pasó desapercibida para su ayudante, quien atentamente suavizó su asalto.

—Jude —ronroneó—, olvídate de todas estas tonterías ¿ok? —mordisqueó el pulso cada vez más rápido en la garganta de Jude—. Deja que me ocupe de ti. Como lo he hecho siempre.

Jude tembló ante dicha súplica, su cuerpo sabía a qué se refería. Inconsciencia, así de sencillo. Ni bien. Ni mal....solo fuerza. Piel sudorosa y resbaladiza sobre piel sudorosa y resbaladiza. Tocando, agarrando, provocando muy dentro, y enviándola hacia la oscuridad. A donde siempre había pertenecido.

La silueta dorada se hizo borrosa, su luz casi apagándose con un chisporroteo, y una parte de su alma gritó de agonía por su marcha.

—¡NO! —aulló Jude, alargando un brazo para detenerla. Abrió los ojos de golpe—. Las cosas son....diferentes ahora…. —susurró.

Sasha arqueó una ceja burlona, sus dedos se deslizaban con facilidad sobre el centro de Jude donde descansaba la evidencia de la agitación de Jude.

—¿En serio? —dijo entre dientes—. Me parece que no. Estás tan mojada por mi causa como siempre.

Esta vez Jude agarró la mano que la atormentaba.

—He dicho que las cosas ahora son diferentes —sin embargo, su cuerpo permaneció ambivalente.

Una mirada azafrán con un filo acerado la fulminó.

—¿Sabes, Jude? Estoy empezando a hartarme de todo esto —había un tono autoritario en la voz de Sasha que Jude no había oído nunca antes—. Durante casi dos años te he dejado salirte con la tuya esperando a que se te pasara esta pequeña fase.

Jude soltó una carcajada de verdadero asombro.

—¿Que me has dejado salirme con la mía? ¿Qué soy? ¿Algún animal que no está educado con propiedad?

—Destrozado más bien. Su cuerpo aún clamaba por el contacto entre las dos, incluso mientras su alma clamaba por la otra mitad de su alma y la mente le daba vueltas de indignación.
_Hablemos de lo que eres —Sasha se negó a conceder ningún cuartel a Jude en esta batalla, forzándola a luchar por cada centímetro que iba colocando entre ellas. Se acercó aún más—. Sé lo que estás tramando —murmuró, soltando el pelo de Jude y pasando la mano sobre los anchos hombros de la mujer oscura—. Todas esas reuniones secretas con Romair....cómo has ido liberándome del negocio. ¿Pensabas que no iba a darme cuenta? Y más aún ¿pensabas que no me importaría?

El corazón de Jude se encogió dolorosamente, tanto por las caricias como por las palabras de Sasha.

—Quieres deshacerte de mí, querida —Sasha le devolvió su propio apodo a Jude—. Todo por la reina del baile de graduación y un patético sueño de respetabilidad —ahí estaba....flotando de algún modo en el espacio infinitesimal que las separaba—. Quieres probar que eres como cualquier persona —continuó, su mano seguía acariciando la piel bronceada mientras un sudor frío aparecía sobre ella—. No lo eres, Jude. No eres en absoluto como cualquier persona. Y no puedo entender por mucho que me esfuerce, porqué quieres serlo.

¿Por qué?.... Su propia mente se hizo eco de la pregunta. ¿Qué es lo que eso le ofrecía? ¿Creía sinceramente que podía ser absuelta de sus pecados? ¿Por qué? ¿Por qué luchaba con tanta fuerza por una paz que podía ser que nunca se le concediera?

Te amo…. Palabras que jamás había oído antes y que, si se rendía al fuego helado de sus venas, nunca volvería a oír. Te amo....”Agarró la otra muñeca de Sasha, deteniendo el insidioso asalto sobre su piel. Unos ojos azules aguantaron la mirada de ojos azafrán con auténtica resolución. Cada gramo de fuerza que había dedicado a ser un ángel, un demonio, una espantosa figura de venganza, brillaba ahora en su mirada.

—La amo.

La declaración detuvo a Sasha de una forma que la negación nunca hubiera podido. Se estremeció ligeramente, más un escalofrío que otra cosa, pero Jude lo percibió, y en ese instante supo la verdad. Sus manos dejaron libre a su ayudante mientras ésta daba un paso atrás. La máscara ligeramente sardónica regresó a los rasgos de la mujer leonada.

—¿Lo sabes?

—Sí.

—¿Estás segura? —levantó la mano, la brillante evidencia sobre sus dedos contradecía la afirmación de Jude.

Su mirada se endureció aún más, si esto era posible.

—Puedo follar con cualquiera, Sasha —los ojos de su asistente se entrecerraron ante el final de la frase que quedó en el aire. Incluso contigo….dijeron los ojos de Jude. Las palabras quedaron colgando espesas en el aire entre ellas, junto con el rastro tenue de la excitación de Jude. En ese momento fue por la estocada final—. Pero solo la amo a ella.

Juego finalizado.

Sasha señaló con la cabeza a los documentos sobre la mesa, sus movimientos ahora se habían vuelto desgarbados, cosa rara en ella.

—Aún así, necesito que firmes esas facturas de alcohol.

—Me ocuparé de ello antes de marcharme —indicó Jude, sabiendo que no se dirían nada más.

La ejecutiva asintió y se encaminó hacia la puerta que llevaba al corredor principal del tercer piso del Club. Con la mano en el picaporte, se dio la vuelta para mirar a su ex-amante.

—Espero que sepas en lo que te estás metiendo —Jude vio un desconcertante despliegue de emociones oscilar sobre el rostro de su asistente en ese mínimo instante. Tristeza, desilusión, y rabia en conflicto con algo que jamás antes había visto en Sasha: amor. Lo que había entre ellas siempre había sido un deporte sangriento, y se preguntó si por fin había descargado un golpe mortal.

Sasha se había marchado antes de que Jude pudiera decir nada, dejándola sola en la habitación preguntándose qué demonios pasaría a continuación.

°°°°°°°°°°°°°°°
avatar
malena
Admin

Cantidad de envíos : 1007
Fecha de inscripción : 16/05/2008

Volver arriba Ir abajo

Re: Lucifer rising, Sharon Bowers

Mensaje  Contenido patrocinado


Contenido patrocinado


Volver arriba Ir abajo

Página 3 de 4. Precedente  1, 2, 3, 4  Siguiente

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba

- Temas similares

 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.