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Lucifer rising, Sharon Bowers

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Re: Lucifer rising, Sharon Bowers

Mensaje  malena el Diciembre 25th 2012, 1:58 pm

Capítulo 6

En su segunda noche allí, Liz insistió en cambiarse a una de las habitaciones de invitados, a pesar de las protestas de Jude.

—Esta habitación te gusta más —señaló Jude con determinación—. Me lo has dicho.

—No voy a echarte de tu propia cama —replicó Liz con firmeza. Pero si la quieres compartir, ofreció mentalmente, aunque a pesar de las bromas de antes, Jude no había vuelto a propiciar más intimidad física con la reportera. Después de unos pocos minutos más de enérgico debate, finalmente Jude cedió y cambió las pocas cosas de la pequeña mujer, incluyendo el portátil que había comprado para Liz, a la habitación que había al otro lado de la biblioteca.

El delgado Powerbook había resultado como mínimo inesperado.

—¡No! Jude, no puedo aceptarlo —protestó cuando la mujer deslizó el regalo en su regazo.

Jude frunció sus cejas oscuras.

—¿Por qué no?

—Yo... yo... —Liz tartamudeó, intentando sacudir su cerebro para ponerlo en marcha—. Creía que se había acabado eso de seguir pidiendo disculpas porque me hubieran disparado.

—Bueno, es verdad que lo siento pero no se trata de eso —Jude sonrió—. Eres escritora ¿no?

—Sssíííííí... —Liz estiró la palabra.

—Entonces ¿cómo vas a hacerlo sin algo con lo que escribir? No me pareces del tipo que usa bloc de notas. Y de esta forma puedes sentarte afuera al sol cuando trabajes.

—¿Tú no tienes un ordenador? —inquirió Liz inocentemente. Había sido bastante interesante que el tour que había hecho con Jude no incluyera el estudio que era, en términos arquitectónicos, la habitación más impresionante de toda la casa.

—Sí, tengo un ordenador, pero así tienes tu propio acceso —contestó Jude suavemente, no cediendo un palmo—. Y no tendrás que preocuparte de que me tropiece con tus archivos.

O de que yo me tropiece con los tuyos, pensó Liz irónicamente.

—Es demasiado caro, quiero decir...

— Liz... —Jude levantó una mano para impedir cualquier otra protesta—. Mira a tu alrededor. Para mí no es nada lo que he gastado en el portátil.

Era un comentario poco ceremonioso con intención de transmitir indiferencia y disfrazar completamente el esfuerzo que Jude había hecho. La mujer oscura había peinado todas y cada una de las tiendas de ordenadores de la ciudad, aterrorizando a los dependientes y buscando el portátil que le iría mejor a la escritora.

— Además —se encogió de hombros con timidez, murmurando casi inaudiblemente—, disfruté bastante el ir a comprar algo para ti.

Ahí está otra vez, se maravilló Liz. El débil sonrojo era casi imperceptible bajo la piel bronceada de Jude. Su aparición, la única indicación que Liz había descubierto un lado vulnerable en la agente, reafirmó la amistad que estaba brotando, y que había quedado en entredicho desde la sorprendente revelación de Jude el día anterior.

°°°°°°°°°°°°°°°

Las cosas se asentaron a un ritmo extraño pero cómodo en casa de Jude. Liz descubrió que Carmina sólo iba unas pocas veces a la semana y se ocupaba de la limpieza, haciendo la comida sólo si Jude estaba en casa, que no era ni de cerca, tanto como Liz hubiera deseado. Ni siquiera sabía cuando dormía. Sin embargo, Liz utilizó su tiempo a solas en su provecho llamando a Lucas a la primera ocasión.

—¡¡¡¿TE HAS VUELTO LOCA?!!! —bramó Lucas después de que la reportera lo pusiera al día de los acontecimientos que la habían llevado hasta Jude. Liz hizo una mueca apartando el teléfono de su oreja, agradecida de que Carmina no se encontrara por ninguna parte.

—No, Lucas, no —contestó pacientemente.

Reconociendo el tono resuelto en la voz de Liz, exhaló pesadamente en el auricular indicando su resignación ante la obstinación de la reportera.

—Bueno, pero ¿has conseguido algo interesante por lo menos?

Liz vaciló. Estuvo a punto de contarle a Lucas todo lo que había averiguado, que Jude trabajaba para la DEA, y que sospechaba que estaba intentando hacer caer los restos del Cártel Massala, pero permaneció en silencio.

—Alguna cosa que otra, nada concreto —contestó evasiva, sabiendo que si le daba a Lucas el más mínimo bocado, la perseguiría hasta que completase la historia. Francamente, no sabía si aún quería hacerlo, aunque su curiosidad la había hecho escabullirse en el estudio a la siguiente oportunidad. Había dejado de lado el diario y se había concentrado en la carpeta "Comunicación", sacando en claro lo que pudo. Había un montón de lagunas, obviamente Jude no creía necesario confiar mucha información al papel, incluso aunque este fuera de la variedad electrónica—. Mira, no sé cuando tendré otra oportunidad de volver a hablar contigo, así que necesito que hagas algo por mí.

Podía oír a Lucas revolviendo en su escritorio hasta encontrar un trozo de papel.

—Muy bien, ¿qué necesitas?

—Lo primero de todo: tienes que conectarte. De este modo puedo ponerte al día a través del correo electrónico. El Herald tiene una dirección de correo para ti... lucas@mherald.com —Liz se refería al sistema de toda la oficina de asignar direcciones usando los apellidos, pero dudaba de que Lucas siquiera supiera que tenía una—. Te enviaré mensajes periódicamente para que sepas que estoy bien. Haz que alguien te enseñe a usarlo ¿de acuerdo?

Lucas refunfuñó por lo bajo maldiciendo la tecnología pero accedió.

—¿Algo más?

Liz se detuvo un momento pensando en su apartamento. ¿Qué posibilidades había de que Jude quisiera ir allí? Había conseguido una semana con la historia del novio, pero, la verdad, no sabía hacia donde podían ir las cosas con la volátil agente. Así que cruzó unos dedos mentales y esperó lo mejor.

—Nada por ahora. Si necesito algo más te lo haré saber ¿De acuerdo?

—Entendido. Y Liz —la voz ronca de Lucas bajó una octava—, ten cuidado.

Sólo había enviado un e-mail a Lucas durante la última semana, simplemente para hacerle saber que todo iba bien. Su tiempo con Jude se acercaba rápidamente al final, y Liz no sabía cómo forzar más allá las cosas entre ellas. La intensa atracción todavía estaba presente, y Liz observaba con creciente frustración como Jude evitaba incluso la más mínima insinuación de intimidad a pesar de su palpable conexión. La mujer no evitaba a Liz, más bien al contrario, buscaba a la reportera siempre que estaba en casa, escuchando las vívidas historias de sus desventuras en el colegio y mientras crecía. La mujer rubia de verdad sentía que se habían hecho amigas, pero, por las noches, en la cama, daba vueltas inquieta, invadida por una ansiedad que la carcomía, y demasiado consciente de lo que necesitaba para calmarla.

°°°°°°°°°°°°°°°

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Re: Lucifer rising, Sharon Bowers

Mensaje  malena el Diciembre 28th 2012, 7:04 pm

Jude corría playa abajo a un ritmo constante y a grandes zancadas que devoraban la tierra bajo sus pies. Aggie y Clytemnestra la escoltaban uno a cada lado, la lengua fuera mientras seguían el paso de las largas piernas de su ama. Chapoteaba en la orilla, dejando que el agua salada refrescara su acalorado cuerpo, disfrutando las diferentes texturas que rozaban su piel. Finalmente, el brillo abrasador del día había pasado como si el mismo sol comenzase a cansarse de su propia intensidad, y buscase alivio dejándose caer tras la línea del horizonte. En ese momento Jude se sentía bastante satisfecha con lo que le había tocado en la vida. Notaba la arena granulosa bajo sus pies desnudos y el agua refrescante; y sus ojos estaban deslumbrados por los tonos pastel del sol marchándose. Aggie, bendita su alma torpe, se rozaba contra ella mientras brincaba a su lado playa abajo, su piel cosquilleando en sus piernas. Las sensaciones inundaron el sistema de Jude, y conscientemente permitió que todo el estrés y la tensión del día salieran lentamente de su cuerpo. Sasha había estado insoportable toda la semana. De mal humor sin duda porque no le he estado prestando suficiente atención..., y eso había puesto de nervios a casi todo el mundo en su círculo profesional más cercano. Como resultado, los cocineros iban de rabieta en rabieta, a los camareros se les caían las cosas, y no llegaban los pedidos de comida y licores.

La relación de Jude con Sasha siempre había sido complicada. Amante, enemiga o aliada dependiendo del día de la semana. Sasha había sido un arreglo permanente en la vida de Jude, desde que se apartó de la Agencia, Jude confiaba en la mujer de piel caramelo tanto como podía confiar en cualquiera su vida. Compartían una truculenta, sensual química que a menudo las dejaba sin aliento.

La última vez que había tocado a Sasha había sido justo después de la Masacre del Cártel, antes de que tomara la firme decisión de intentar hacer lo correcto lo mejor que pudiera. Jude no había dado ninguna explicación sobre el cambio en su relación, ni Sasha la había pedido. La mujer sombría, de vez en cuando, todavía sentía esa ardiente intensidad entre ellas, y sabía, mirando en el velado azafrán de los ojos de Sasha, que ella también lo sentía. Para Jude, sin embargo, regresar a la cama de Sasha significaba regresar a la oscuridad de la que estaba intentando salir con todas sus fuerzas.

Aún así, Sasha era una persona importante en el funcionamiento día a día de todos los negocios de Jude, tanto los legítimos como los otros, y lo único que Jude le ocultaba era su nueva colaboración con la Agencia. Está fuera de quicio por algo, pensó Jude sombríamente mientras seguía recorriendo la orilla a buen ritmo, y eso hace la vida imposible a todo el mundo... Bueno..., añadió con un guiño mental…a todos menos a mí. Cualquiera que fuera el problema de Sasha, Jude estaba exenta de su ira, tratándola en cambio con una calma gélida.

Por fin rodeó la cabeza de playa que puso su casa a la vista. Vamos Angel... una milla más..." Las palabras de Jason resonaron en su cabeza y trajeron una sonrisa inesperada a su rostro. Para su sorpresa, los recuerdos que surgieron a continuación, fueron recuerdos tranquilos, llenos de risa y dulzura, recuerdos en los que no se había permitido ahondar desde la muerte de su compañero. No se le había escapado que éstos habían vuelto con toda su fuerza al mismo tiempo que Elizabeth había entrado en su vida. Dudó entre pensar que esos recuerdos traían a su memoria la alegría de permitir que alguien entrase en su corazón, o que estaban advirtiéndola de las consecuencias de una acción tan imprudente.

“¿Intentas decirme algo compañero?" preguntó, musitándole de la misma forma en que solía hacerlo en los viejos tiempos, cuando ella estaba infiltrada y él estaba muy, muy lejos. "Creo que de verdad te habría gustado. Es divertida, lista como el demonio y guapa... Dios, si es guapa". La forma dorada de la mujer apareciendo poco a poco en la distancia trajo otra amplia sonrisa a su rostro, a pesar de las diez millas que acababa de correr. "Y es dulce Jase... como tú... Lo veo en todo lo que hace... Sus ojos parecen sostenerme cuando habla y no dejarme marchar... Sé que tengo que estar chiflada para tenerla aquí". Pero en ese momento, Jude decidió que realmente le importaba un bledo. No le importaban ninguna de las razones por las que esos sentimientos podrían estar equivocados y ser peligrosos, y simplemente se centró en porqué eran correctos. Había pasado prácticamente cada segundo posible en compañía de Elizabeth y se había sorprendido pensando en la pequeña mujer en los momentos más extraños. Más aún, sus sueños, por primera vez en años, estaban llenos de los momentos felices que Jason y ella había pasado juntos, en lugar del horror que habían vivido al final. Olvidar toda su cautela esa noche fue el acto más irresponsable que había cometido en años. Y maldición, si no se sentía bien. Un repentino estallido de energía la hizo correr al sprint los últimos metros hasta el porche, saltar sobre la barandilla cayendo suavemente al otro lado. "Presumida", una vocecita en su mente rió satisfecha.

—Eh, hola —saludó a una Liz ligeramente sorprendida. Liz se subió las gafas de sol para contemplar mejor a la mujer frente a ella. Piel reluciente por el brillo del esfuerzo, y músculos temblando ligeramente por el arranque de las últimas diez millas, Jude irradiaba una exhuberancia animal que crepitaba en el aire a su alrededor.

—Hola —dijo— ¿qué tal la carrera? —los hábitos de Jude empezaban a ser cada vez más familiares a la reportera, aunque solo llevaba en la casa una semana. La sesión de tortura de diez millas solo era una parte de la rutina de ejercicio de Jude, que hacía a Liz estremecerse. La pequeña mujer estaba en una forma fabulosa y se enorgullecía de trabajar bastante duro para mantener su estado físico, pero las sesiones de Jude la dejaban exhausta sólo con verlas.

— Genial —Jude sonrió, yendo tras la barra del bar en el porche y cogiendo una botella de agua—. Creo que podría hacerlo otra vez.

La reportera se echó a temblar sólo de pensarlo, observando como Jude acababa con media botella de un trago.

—Estás de broma ¿verdad? —salvó el archivo en el ordenador y cerró el sistema. Para su sorpresa, los últimos siete días se encontró escribiendo ficción por primera vez desde la Universidad. No era nada parecido a Abrazo febril de amor, su última novela, pero estaba bastante satisfecha con su esfuerzo.
Jude inclinó la cabeza como considerando la posibilidad.

—Sí, estoy de broma —dijo finalmente haciendo una mueca—. ¿Cómo estás? —preguntó dejándose caer en la tumbona que había frente a Liz. Se estiró lujuriosamente contra los cómodos cojines y se abanicó con el borde de la camiseta, exponiendo una buena extensión de musculoso abdomen a los apreciativos ojos de Liz. Había algo... 'diferente' en Jude esta noche, notó inmediatamente la reportera, y la juguetona energía de la mujer oscura era contagiosa—. ¿Te ha quitado bien los puntos el doc?

—¿Qué?...Ah, sí, me los ha quitado —afirmó, recordando al hombre terriblemente delgado que había llegado por la mañana. Tenía las manos frías y un aire como brumoso pero le había caído bien de todas formas. Como era su costumbre, se las había apañado para sacarle toda su historia, incluyendo el papel de la propia Jude en ella.

—Cuando piensas en ello —dijo Stephen como en sueños—, se ha convertido para mí en algo así como en un ángel guardián —entonces rió suavemente—. Supongo que en cierto modo es apropiado.

—¿Qué te hace decir eso? —preguntó Liz, intrigada por la luz que arrojaba sobre la misteriosa vida que vivía Jude.

Él pareció fijarse en ella por primera vez desde que empezaron a hablar de Jude.

—Eres una inocente ¿no es así? —suaves ojos pardos la valoraron y una sonrisa insegura apareció en su rostro—. Al principio pensé que no eras más que otra de sus zorras, tiene una gran reputación en ciertos círculos, pero no últimamente.... —divagó. Parte de Liz quiso sacudir al frágil hombre para arrancar algún sentido de él, pero se contuvo, consciente de que al final, se enteraría de más cosas si le dejaba parlotear —. Pero estaba preocupada de verdad por ti. Lo vi en sus ojos... Y nunca pensé que vería eso en el Arcángel.

—¿Arcángel?

—Así es como solían llamarla en la calle... Antes, cuando estaba en la DEA....pero ya no la llaman así —susurró, después se estremeció.

Liz vio claramente que el médico había vuelto a un lugar que le aterrorizaba. Pensó en la imagen de Jude de pie en su puerta, ensangrentada y rabiando de dolor, y tuvo una idea bastante clara de a dónde había ido el doctor.

—¿Stephen? —le llamó con cautela—. ¿Cómo la llaman ahora?

Parpadeó rápidamente, como con temor a decir el nombre. Pero la firme amabilidad de esos ojos verdes, le arrancó suavemente las palabras.

— El Diablo….

Dijo el nombre de una sola vez, y miró a su alrededor rápidamente para ver si alguien, además de Liz, le había oído.

—El Diablo... —Liz absorbió este hecho un momento más, junto con el estado cada vez más turbado del hombre, después intentó una pregunta más—. ¿Por qué la llamas un ángel guardián apropiado para ti?

Un momento de lucidez pasó por el doctor, aclarando sus ojos.

—Porque ella fue la que me maldijo. Y volvió para asegurarse de que tenía un cómodo viaje al camino del infierno.

—¿Elizabeth?

—¡Uuups! Lo siento, estaba pensando en tu amigo el médico.

—No es un amigo exactamente.

—Eso es lo que él dijo más o menos. Estaba como un poquito ido ¿Está metiéndose algo? —preguntó distraídamente.

Jude gimió y se dejó caer en la tumbona.

—¡Joder...! —murmuró casi inaudible, y se incorporó—. Lo siento. Sí, es un drogadicto, por eso le quitaron la licencia, pero pensaba que estaba casi limpio.

— Bueno, casi lo estaba —Liz dudó si relatar la conversación, insegura del efecto que podría tener en el estado eufórico de Jude—. Como que se iba, así, un poquito. Vino, me quitó los puntos y charlamos un rato. Eso es todo.

—¿Estás segura? —Jude entornó los ojos con preocupación—. Si estaba puesto cuando vino, puede haberse dejado algún punto —se puso de pie y dio un paso tentativo hacia Liz—. ¿Te importaría que echase un vistazo? ¿Sólo para asegurarnos?

Liz estaba bastante segura de que Stephen había quitado todos los puntos aunque parecía un poco ido y se había puesto notoriamente espectral cuando empezó a hablar de Jude. Sin embargo, Liz agradeció la oportunidad de sentir otra vez sobre ella las manos de Jude.

—Por supuesto —accedió—, no tiene sentido preocuparse por esto —deslizó el portátil de su regazo y lo dejó sobre el suelo del porche.

Jude se arrodilló a su lado y subió con cuidado el borde del polo verde de Liz, sus ojos posándose brevemente en el rostro de la reportera.

—Lo siento si no tengo un olor muy ‘fresco' —bromeó, una luz juguetona ardió en sus ojos.

—Ya que estás ocupándote de mí, lo dejaré pasar por esta vez —en realidad, Liz estaba disfrutando del aroma almizclado que llegaba débilmente con la brisa, apuntando hacia otras áreas de Jude que aún permanecían prohibidas para la reportera. Cerró los ojos y disfrutó del delicado tacto de sus dedos bailando sobre una herida casi curada.

— Tiene un aspecto estupendo. No debería quedarte cicatriz —aprobó Jude, echando una mirada a los ojos cerrados de Liz. Sonriendo suavemente, dejó que sus manos permanecieran sobre los ágiles músculos, absorbiendo la calidez de la piel de la esbelta mujer—. ¿Cómo se siente? —preguntó—. ¿Aún te duele?

Unos ojos verdes se abrieron de repente ante la pregunta y sonrió reafirmándola.

—Un poco. Pero has estado cuidando muy bien de mí —se burló.

—Ha sido un placer, señora —contestó Jude con tranquilidad. Colocó con dulzura el faldón arrugado de la camisa de Liz sobre los shorts kakis y la estiró. Un pensativo silencio se balanceó entre las dos mientras unas miradas verde y azul se mezclaban inseguras—. Umm... Elizabeth... —Jude frotó una mano ausentemente por sus todavía sudadas cejas —Si te sientes con ganas... mmm... ¿te gustaría salir esta noche? Podríamos salir de la casa durante un rato —ofreció tentativamente—. Pero sólo si tú quieres... —añadió—, no quiero que pienses que tienes que...

Liz luchó con todas sus fuerzas para evitar que una sonrisa estúpida apareciera en su rostro. Jude parecía como un niño tímido pidiendo una primera cita, y era un aspecto muy atractivo e inesperado de una mujer que parecía ser especialista en un consumado control.

—Eso suena muy bien —replicó, intentando que su voz sonase casual—. ¿Tienes algo pensado?

—Algo sencillo —le aseguró Jude—. Estaba pensando... me dijiste que solías jugar al billar en la facultad ¿te apetecerían unas partidas?

Aunque Liz hubiera aceptado cualquier cosa desde lucha en el barro hasta una pelea de gallos con tal de pasar tiempo con Jude, la sugerencia era de verdad atractiva. En el Herald tenía cierta fama de ser una jugadora empedernida y normalmente ganaba suficientes partidas como para beber gratis cada vez que jugaban.

—Creo que podría soportarlo —dijo con calma, una chispa en sus ojos.

Jude la estudió durante un momento y después sonrió, la expresión adentrándose en las profundidades de sus ojos y salpicando un brillante azul sobre Liz.

—Genial. Es una cita —dijo Jude alegremente.

—¿Lo es? —bromeó Liz.

Una sonrisa satisfecha curvó los labios de Jude, el control había vuelto a ocupar, firme, su lugar de siempre.

—Puedes apostar —contestó—. Tengo un par de cosas que hacer antes, pero no tardaré mucho. Cuando vuelva podemos comer algo y después ir a jugar ¿suena bien?

—Se me ocurre algo mejor —sugirió Liz—, ¿por qué no preparo algo para cenar aquí mientras tú estás por ahí? Soy bastante buena cocinera aunque se escuché feo que yo lo diga —se puso en pie de un salto y entró en la cocina sin hacer ruido, Jude y los perros detrás. Carmina tenía el día libre, así que Liz invadió despreocupadamente la cocina del ama de llaves, aunque su cara se iba oscureciendo cuanto más se adentraba en ella. —Claro que... tener algo de comida es, normalmente, un requisito para cocinar.

—¿Qué quieres decir? —objetó Jude—. ¿No han traído la compra esta mañana? Hubiera jurado que he visto aquí...

— Bueno..., Jude..., sí... la han traído —habló Liz, abriendo armarios al azar y echando mirada al conjunto poco variado de pasta, pan y verduras—, pero... no es que haya mucha... variedad precisamente —otra mirada en la nevera mostró el mismo panorama desolador.

Jude miró a su alrededor tímidamente.

—Como en restaurantes muy a menudo.

—¿Y qué pasa cuando quieres comer en casa?

—¿Comida para llevar? —ofreció con optimismo.

La mujer del pelo color miel soltó una risita reprobadora.

—Aquí se imponen medidas drásticas. Tendría que haberlo sabido. Alguien que puede hacer la compra por teléfono seguro que no podría entenderlo.

—¿Qué quiere decir eso?

—No te importa —. Liz hizo que la mujer alta se diera la vuelta, empujándola fuera de la cocina y hacia las escaleras.

—Eyyy espera…. —farfulló Jude al verse mangoneada en su propia casa.

—Tú haz tus recados —ordenó Liz—. Déjame la cena a mí —siguió mientras Jude subía las escaleras hacia la ducha obedientemente—. ¿Cuánto crees que tardarás?

Jude hizo un repaso mental de la lista de las cosas que tenía que hacer y de las que podría escabullirse.

—¿Un par de horas?

—Perfecto —Liz concedió—. ¡Hey! —gritó justo antes de que Jude desapareciera en su habitación —. ¿Sigues estando de acuerdo en prestarme uno de los coches que están en el garaje? —días antes Jude, no queriendo que Liz se sintiera atrapada, había puesto a su disposición sus otros coches, un Ford Explorer y un Jaguar XJS.

—Claro —Jude se encogió de hombros —. Las llaves están en el panel que hay junto a la puerta de la cocina. Cógelas tú misma.

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Re: Lucifer rising, Sharon Bowers

Mensaje  malena el Diciembre 29th 2012, 4:33 pm

—Llegas tarde —Kent tamborileó con sus dedos en la formica barata de la mesa al tiempo que Jude se deslizaba en el asiento frente a él.

—Pues demándame —Jude contestó secamente haciendo una seña a la camarera—. Bourbon, solo —pidió antes de volverse hacia Kent—. ¿Tienes ya algo a mano?

—Estoy bien, Jude, gracias. ¿Y tú? —se burló—. Te juro, Lucien, que tus modales son peores cada vez que te veo.

Jude se recostó contra el respaldo de vinilo, valorándolo con la mirada.

—¿Algo te está poniendo nervioso, Kent?

Esperó hasta que la bebida de Jude estuvo colocada frente a ella, y después se encogió de hombros.

—Estoy recibiendo mucha presión para terminar esta operación —declaró con severidad.
Jude bufó irónicamente.

—¿Desde cuándo? Esta operación no está en los libros y se supone que yo ni siquiera existo a los ojos de la Agencia, así que ¿qué más da?

—El hecho es que sí existes —soltó—, para un montón de gente. ¿De verdad creías que el regreso del Arcángel a la Agencia pasaría inadvertido?

—No es mi regreso a la Agencia —replicó fríamente—. ¿Te enteras? Me ocupo de Massala y desaparezco. ¿Cuántas veces tendré que decírtelo?

—De acuerdo, lo que sea. Pero quieren que lo hagas ahora.

—Jodidamente mal —replicó con sequedad—. Ni siquiera estoy cerca de estar preparada para atrapar a

Massala. Por Dios, Kent, nos vimos por primera vez la semana pasada. Tú, por encima de cualquier otro, deberías saber que eso no es algo que vaya a ocurrir de un día para otro.

—¿Has hablado con Massala desde su última reunión?

—No.

—¿Por qué no?

—¡Ya basta! —gruñó, la luz de sus ojos, repentinamente, se endureció mientras se inclinaba amenazadoramente—. Este es mi juego. Mi show. Sin mí tienes tantas posibilidades de pillar a Massala como de hacer que el Papa se folle a Madonna en el altar del Vaticano. Ahora no me encabrones —se recostó en el asiento de nuevo y sonrió afablemente—, o tendré que ponerme desagradable.

Kent apretó las mandíbulas con fuerza, consciente de que todo lo dicho por Jude era cierto.

—Es que hay cierta... preocupación... por el último intento de eliminarte.

—Hablando de lo cual ¿has averiguado algo? —preguntó de nuevo, apurando su bebida de un trago.

—Nada. Y eso me tiene preocupado. Normalmente sabemos absolutamente todo lo que está pasando.
Jude consideró esta afirmación durante un momento, pensando en silencio que la Agencia no estaba tan al tanto de todo lo que pasaba como creía.

—Muy bien. Pondré a mi gente a trabajar en ello. No me gusta hacerlo porque si los descubren, este tipo se va a enterar de que estoy detrás de él. Parece que esta vez no tengo elección —tamborileó suavemente con los dedos sobre la mesa, la mente disparada a toda velocidad—. ¿Hemos acabado?

El rostro de Kent se suavizó.

—Ey, no salgas corriendo. Siento haber ladrado así. Es que la presión que estoy recibiendo... —él se calló.

—No hay problema —le aseguró—. Yo viví esa presión durante un montón de años ¿no te acuerdas?

—Sip —sonrió—, pero nunca pareció afectarte.

—Desde luego que me afectaba. Simplemente tú no lo veías —contestó, sus pensamientos vagando hacia su compañero muerto, quien había visto lo que la presión había hecho a la sombría agente, y cómo le había horrorizado.

Kent resopló cínicamente, una expresión en su rostro de sí….claro...

—Supongo que tendré que aceptar tu palabra por ello —cambió de postura—. Oye, Tony y yo vamos a ir a Barrido del Mar, a ver a María y a comernos unos mariscos ¿Por qué no vienes con nosotros? Sé que a Ría le encantaría verte.

—Me encantaría pero tengo una cita —objetó.

Las cejas de Kent se elevaron con sorpresa.

— Sip —asintió con la cabeza—. Una cita como Dios manda, del tipo no-negocios-sólo-salgo-con-ella-porque-me-gusta—. Una mueca de rara felicidad apareció por sí misma sobre su rostro ante el pensamiento de sus planes con Elizabeth.

—Uau... —sonrió—, ¿se lo puedo contar a María? Estará encantada.

—Claro —contestó con soltura—. ¿Por qué no? Salúdala de mi parte y dile que iré a verla la semana que viene ¿de acuerdo?

—Se aferrará a ello.

—Lo sé. Allí estaré —Jude y María habían alcanzado la paz hacía alrededor de un año, se habían perdonado por toda la locura que había seguido a la muerte de Jason, dejando marchar finalmente toda la rabia y el dolor que había consumido a ambas. A Jude le había quedado una dolorosa culpa por su parte en la tragedia. Sin embargo, por alguna razón, esta noche la idea de ver a María no fue superada por una sensación desesperante de las cosas perdidas que usualmente tenía, y se preguntó si la mujer del pelo color miel también tendría algo que ver con ella. Deslizándose elegantemente de su sitio, tocó brevemente el brazo de Kent.

—Gracias. Te veré pronto.

Y después desapareció, deslizándose de vuelta a la noche.

°°°°°°°°°°°°°°°

Jude regresó a una casa llena de unos seductores ritmos de R&B que brotaban suavemente del equipo estéreo, y del tentador aroma de un chisporroteante pollo, especias y salsa picante. Asintió apreciativamente ante la música y siguió a su nariz a la cocina.

—Uoa.... —susurró para sí misma mientras abría las puertas.

Claramente, la mayoría de la preparación estaba hecha, tal y como atestiguaba la pila de cazos, sartenes y diversos utensilios amontonados en el fregadero. Una copa de vino descansaba sobre la isla en el centro de la habitación, junto con una fuente de nachos y una salsa de olor especiado que parecía estar generosamente aderezada con jalapeños. Un juego de platos, bowls y cubiertos esperaba ordenadamente en la esquina de la isla a ser colocado. Sin embargo, lo que cautivó a Jude fue la visión áurea que bailaba junto al fuego, ajena a todo escrutinio.

Elizabeth llevaba el pelo suelto, que se alborotaba entusiásticamente con cada seductor balanceo. Una blusa color borgoña de manga larga con un par de botones desabrochados que insinuaban un pecho redondo escondido bajo la suavidad de la seda. La blusa estaba metida en un par de vaqueros gastados que parecían envolverse posesivamente alrededor de la longitud de las piernas de la pequeña mujer.

Jude bebió de esa visión como alguien recién salido del corazón del desierto, podría contemplar Shangri-La. De un solo toque, Elizabeth había transformado este lugar, la fortaleza de Jude, en un lugar lleno de vida, de corazón, de deseo.

Inundada por sensaciones poco familiares, Jude abrió la boca para hablar aunque solo para descubrir que no podía encontrar su voz por ninguna parte. Antes de tener oportunidad de intentarlo de nuevo, Elizabeth la vio y emitió un grito de sobresalto ante la mujer alta encuadrada en el marco de la puerta.

—No quería asustarte —se disculpó Jude con suavidad, agradecida de que su garganta hubiera decidido abrirse.

—Está bien —Elizabeth se sonrojó—, solo estaba....

—Bailando —terminó Jude por ella—. Ha sido divertido mirarte.

Otro violento sonrojo cubrió los rasgos de la mujer pequeña y sus ojos brillaron de forma inusual...

—Yo....hum....gracias.

—Has ido de compras —observó Jude, deslizándose en la cocina y dejando que la puerta se cerrara tras ella.

—Sip... No se puede jugar al billar llevando kakis ¿sabes?

Jude echó una mirada a sus propios pantalones de sastre, repentinamente inspirada por el ejemplo de Elizabeth.

—¿Cuánto tiempo tengo antes de la cena?

—Esto todavía tiene que estar en el horno unos 45 minutos más. Pero he hecho algo para picar mientras tanto —señaló a la bandeja en la isla.

Cogiendo un nacho y mojándolo generosamente en la salsa, Jude gimió encantada al probarlo.

—Mmm... Esto está fantástico, Liz. ¿Qué te parece si voy a cambiarme y luego hago unas margaritas para acompañarlo? Puede que no cocine pero soy un barman endemoniado —sonrió.

—Trato hecho —asintió la mujer pequeña enviando a Jude a cambiarse.

Una vez arriba, una ducha rápida la refrescó del pegajoso camino a casa, secándose el pelo en un tiempo record, y dejándolo caer tan libremente como el de Liz. Después sacó del armario su par favorito de vaqueros.

— No puedo equivocarme con unos 501 —murmuró, disfrutando de la sensación de la gastada tela sobre su cuerpo. Su piel cantaba llena de sensaciones, sensible incluso a la débil brisa generada por los ventiladores del techo de su habitación. Golpeando con el pie la gruesa alfombra con almohadillas mientras permanecía en la puerta del armario, examinó las filas de camisas y camisetas que Carmina había ordenado primorosamente por colores, hasta que sus ojos se iluminaron con regocijo sensual—. Perfecto —sonriendo para sí misma, descolgó el chaleco de piel de su gancho y lo deslizó sobre sus hombros, abotonándolo rápidamente. Botas negras gastadas y un cinturón de cuero a juego completaron el conjunto—. No está mal —comentó mirándose una última vez en el espejo y pasándose sus largos dedos por el pelo, colocando en su sitio un par de mechones recalcitrantes—. Espero que te guste, Elizabeth —susurró.

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Re: Lucifer rising, Sharon Bowers

Mensaje  malena el Diciembre 31st 2012, 4:49 pm

Liz había pasado al salón mientras la cena terminaba de hacerse y estaba investigando la extensa colección de compactos de Jude, cuando la oyó bajar las escaleras sin hacer ruido.

—Tienes un equipo de música increíble —dijo por encima de su hombro sin volverse—, nunca había oído nada parecido.

—Gracias —surgió la tranquila respuesta—. Hice que lo instalara la misma gente que se encargó del sonido en el Club.

—¿Es allí donde consigues todos los CDs? —Liz se incorporó haciendo un gesto hacia las filas de estantes donde estaban ordenados los discos—. No puedo imaginarme que tengas tiempo para haber comprado todo esto —se dio la vuelta por fin, posando su vista sobre su cita de esa noche —. ¡Oh mi!... —inesperadamente las palabras desaparecieron de sus labios, sus ojos recorrieron toda la longitud del largo cuerpo de Jude de arriba a abajo. Desde los pies enfundados en las botas, hasta los hombros cubiertos de piel, Jude era la vívida y deslumbrante encarnación de todas las fantasías que Liz había tenido sobre chicas ‘malas'.

—Esto es... bonito... —susurró, acercándose unos pasos y pasando los dedos sobre la piel negra del chaleco de Jude.

—¿Te gusta? —murmuró, sus ojos medio cerrados solo por el tacto de los dedos de Liz. Estos se movieron sobre el cuero y bajaron por su hombro trazando la curva de un bíceps, hasta descansar sobre su antebrazo.

—Me gusta.

Las mujeres dejaron pasar un momento silencioso, simplemente absortas en esa intimidad. Las resolutas bandas de control que mantenían el alma de Jude atada reventaron violentamente, corroídas por los recuerdos de su vínculo con Jason, y por los tranquilos días de conversación que ella y Elizabeth habían compartido. Jude se dio cuenta con una claridad que hizo que el estómago le diera un vuelco, de que sus sentimientos por esta mujer estaban pasando rápidamente más allá del deseo, y convirtiéndose en algo cercano a la necesidad. A pesar de su firme resolución en lo contrario, Elizabeth estaba calando hondo, piel y huesos, músculos y sangre.

El verbo hecho carne, pensó Jude en un vértigo al darse cuenta de que sus brazos rodeaban a la mujer del pelo color miel, y de que Elizabeth le acariciaba el cuello con los labios, sus dientes mordisqueando con ternura el pulso que latía con furia en su garganta. ¿Qué ha pasado? Instintivamente dejó caer la cabeza hacia atrás, abriéndose al asalto invasor. Manos esbeltas recorrieron la anchura de sus hombros, rodeándolos mientras sus labios se aferraban, se posaban firmemente sobre la piel bronceada. Sus propios dedos se enredaron en el pelo rubio que resplandecía con un brillo endiablado, y guió la boca que la buscaba hacia la suya.

Sí…., suspiró su mente en un susurro sibilante. Los labios carnosos de Elizabeth se abrieron para encontrarse con los suyos, y se hizo una sutil pausa antes de que Jude empezara a rendirse a la exquisita dulzura de esa boca que le daba la bienvenida.

El primer beso, inseguro y vacilante, dio paso a otros cada vez más llenos de confianza, y un gemido estremeció la garganta de Jude cuando la lengua de la pequeña mujer se abrió camino en su boca, buscando, mimando y atormentando a Jude con su ternura. Un hambre que no tenía nada que ver con los aromas especiados que emanaban de la cocina, retumbó en el cuerpo de Jude con una fuerza desconcertante, devolviendo de un golpe a la mujer oscura a la consciencia del mundo exterior.
Apartó su boca suavemente, maldiciendo tener que dejar la envolvente calidez de los labios de Elizabeth. La pequeña mujer protestó con un gruñido y abrió los ojos opacos de excitación, para lanzarle una mirada de interrogación. Jude habló con voz insegura.

—Sin prisa pero sin pausa.

—De acuerdo, de acuerdo —murmuró Elizabeth—. Lo entiendo. No tiene porqué gustarme, pero lo entiendo —protestó en tono afable—. He querido hacer esto desde la primera vez que te vi —confesó, apoyando la cabeza sobre el pecho de Jude, y sonriendo al oír la cadencia frenética del corazón que latía en su oído.

—Yo también —admitió Jude—, solo que no pensé que…. —lo sentiría así... tan terroríficamente bueno y correcto. Miró la longitud de sus cuerpos, brazos y piernas entrelazados con tanta fuerza que ni siquiera la más diminuta molécula hubiera podido pasar entre ellas.

—No pensaste ¿qué? —insistió Elizabeth.

—Que sería tan buena idea que te involucraras conmigo —disimuló Jude hábilmente. Simplemente sentir lo que sentía ya era suficientemente perturbador, pero hablarle de ello a Elizabeth era impensable en ese momento.

—A causa de tu....exótica profesión.

—Sip, —rió Jude, un sonido grave, vibrante que retumbó en los oídos de Elizabeth— algo así.

—¿Jude? —Elizabeth miró hacia arriba, las cálidas profundidades del musgo de sus ojos encontrándose con la mirada de Jude y sosteniéndola—. No intentes tomar mis decisiones por mí —las palabras eran dulces, pero no había duda del tono decidido que había tras ellas—. No lo voy a tolerar —continuó, sacando fuerzas de su indignación—. La única razón para que no te involucres conmigo es porque no me deseas. Soy consciente de que el camino que has recorrido ha sido brutalmente diferente al mío. Pero eso no me hace estúpida. O ingenua —dirigió una intensa mirada a la mujer entre sus brazos—, o ignorante de lo que eres exactamente—. Jude contempló a la mujer del pelo dorado con asombro. Había esperado fortaleza por parte de Elizabeth pero desde luego, no esta poderosa voluntad que, comenzaba a sospechar, rivalizaba con la suya—. ¿Me has entendido?

La pregunta final arrancó a Jude de su sorpresa y la trajo de vuelta a los ojos de la pequeña mujer.

—Te he entendido Elizabeth, pero no puedo evitar... preocuparme —su mano recorrió el costado de la reportera, presionando suavemente sobre la herida oculta bajo los vaqueros—. Recibiste un disparo sólo por conocerme. Imagina que podría ocurrir si te conviertes en.... —vaciló— algo más.

"Hora de la confesión, Angel", la voz de Jason canturreó en su oído, "ya es algo más... o no te sentirías así.... ¿Qué se siente....?", preguntó la voz de Jason, grave y dulce en su oído, "sentir que por fin te estás enamorando....". Jude tragó con dificultad ante estas palabras que se alojaban en su garganta y que gritaban por ser liberadas.

Liz, viendo el conflicto que agitaba el remanso azul de los ojos de Jude, intentó aliviar esa tensión, que era en parte puro deseo y en parte miedo animal.

—Bueno, por lo menos, no me aburriré estando contigo —sonrió triunfante—. Y ahora que me has enseñado los inconvenientes de salir contigo —dio unas palmaditas sobre la mano que cubría su costado herido—, ¿por qué no me enseñas las ventajas? Creo que por lo menos me debe una noche en la ciudad, señorita Lucien.

Era una invitación para dejar de lado cualquier peso que Jude pudiera estar cargando sobre sus hombros, y comenzar a jugar. La combinación de la radiante sonrisa de Elizabeth y la cálida sensación de su cuerpo ligero entre sus brazos, hizo que fuera incapaz de resistirse. Se inclinó y entrelazó sensualmente sus labios con los de Elizabeth durante un momento.

—Muéstreme el camino, señorita —susurró terminando el beso—. Muéstreme el camino.

°°°°°°°°°°°°°°°

—Estás intentando sabotearme —gruñó Jude dos horas más tarde mientras subían en el Boxster.

—¿A qué te refieres? —Liz pestañeó inocentemente.

—Esa cena —Jude sonrió, colocándose el cinturón, y girando la llave para arrancar el motor y hacerlo ronronear lleno de vida—. No puedo acordarme de la última vez que comí tanto. Cuando lleguemos al billar, me voy a inclinar para tirar, y me voy a caer redonda. Estoy llena.

—Entonces, ¿doy por supuesto que te han gustado mis "Enchiladas Dragón Escupe Fuego"?

—Me han encantado. Pero no se lo digas a Carmina. Se pondría terriblemente celosa. Dice que no como lo suficiente.

Liz frunció el ceño y golpeó a Jude en el estómago y las costillas.

— Tiene razón. No eres más que músculos y huesos.

— Piel y huesos —corrigió Jude.

— No en tu caso.

El Boxster las llevó al borde de la carretera, donde Jude se detuvo momentáneamente antes de lanzarse hacia la noche. El sol se había llevado con su marcha lo peor del calor, pero la tierra aún estaba candente por sus atenciones, y Jude agradeció llevar los brazos desnudos mientras el viento los acariciaba a toda velocidad.

—¿Te importa si pongo algo de música? —preguntó Liz levantando la fina caja de discos compactos que había encontrado sobre el asiento del copiloto del Boxster.

—En absoluto.

Liz recorrió atentamente el contenido del estuche, tomando nota de la selección, que se inclinaba mayoritariamente hacia el jazz y el blues, con un par de artistas de rock clásico para compensar. Pero un disco la detuvo en seco.

—No puede ser —Jude levantó una inquisitiva ceja hacia ella—. ¿Los Bee Gees? —preguntó incrédula—. ¿Me tomas el pelo?

La mujer oscura rió tristemente.

—Es una larga historia.

—Suéltala —ordenó Liz.

— De acuerdo... Hace unos cinco años me encontraba tirada en un pequeño pueblo mexicano, esperando a un contacto que estaba retrasado. Muy retrasado. Muerto en el camino, querrás decir….pero creo que eso matará e bonito estado de ánimo que tenemos aquí. Así que, allí estaba yo... esperándole con nada más que una copia de bolsillo de "Cumbres Borrascosas" y un pequeño transistor que sólo captaba una emisora. "¡KRZY! ¡Dónde todo es disco, todo el tiempo!" —entonó con una falsa voz de locutora —. Durante dos semanas lo único que hice fue leer a Bronte y escuchar "Staying Alive" y "Night Fever". Al final de la primera semana había memorizado el libro, y al final de la segunda cantaba junto a la radio. Con entusiasmo. Desde entonces tengo debilidad por ellos—. Por supuesto era o bien, quedarme en mi habitación y cantar con la radio, o intentar pasar tiempo con las putas que eran las únicas personas que habrían hablado conmigo.

—¿Has dicho que cantabas con la radio? —una sonrisa maliciosa fue creciendo en el rostro de Liz mientras deslizaba el disco en el reproductor y presionaba el botón—. Eso tengo que oírlo.
Jude tardó solo unos segundos en reconocer la canción antes de comenzar a cantar, un perfecto falsetto que se mezclaba con el de los hermanos Gibb. Liz rió encantada ante la revelación de este lado juguetón de su compañera e insistió en que el improvisado concierto continuase durante todo el camino hasta los billares.

El Boxster las llevó por un grupo de calles de aspecto sórdido, lejos del neón y el brillo que Liz asociaba con Jude, hasta una indescriptible fila de bares que no tenían nombre. Liz miró alrededor dubitativamente, y después a su acompañante preguntando con la mirada.

Jude rió tranquilamente mientras se deslizaba fuera del coche y lo rodeaba para abrir la puerta de Liz.

—No te preocupes. Estás a salvo conmigo —murmuró cerca del oído de la mujer más pequeña.

Un agradable escalofrío surcó su piel ante la íntima promesa en el tono de Jude.

—No estoy preocupada por mí —aseguró a la mujer sombría—. Pero tu coche... eso es otra cosa —sus ojos no pudieron evitar escaparse hacia las miradas depredadoras de los hombres que permanecían en las esquinas en sombra. Aparcado con arrogancia frente a una zona prohibida, el Boxster era un símbolo insultante de una prosperidad que no había alcanzado esas calles.

Jude eliminó la preocupación con un elegante gesto de su mano.

—Nah... Me conocen. Me crié aquí —añadió ignorando el asombro en la cara de Liz—. Ésta de aquí —señaló una puerta verde sin marcas, abriéndola para que su compañera pasara.

Mick Jagger pedía simpatía para el diablo cuando entraron en la sala.

Acostumbrada a la nutrida multitud que se apretaba en el pub yuppie al que solía ir, Liz esperaba que el lugar estuviera lleno de gente bulliciosa, feliz porque el fin de semana por fin había llegado. Lo que encontró en su lugar fue un establecimiento más o menos lleno donde la conversación era enmudecida por el rápido chasquido de las bolas golpeando unas con otras. No eran las únicas mujeres en el bar pero casi, así que Liz sintió las miradas vagabundas de los parroquianos. Sin embargo, Jude parecía ajena a todos ellos mientras guiaba a Liz con seguridad a través del laberinto de mesas.

Un viejo arrugado, cuya edad la reportera hubiera podido situar en cualquier punto entre los 70 años y la eternidad, las vio mientras se acercaban. Por supuesto, 1,80m de alguien como Jude es casi imposible que pase desapercibido, pensó Liz apreciativamente, echando una mirada más al perfil esculpido de la mujer a su lado. El tenue olor a cuero y el propio aroma especiado de la mujer se enroscaba en los bordes de los sentidos de Liz, y luchó contra la urgencia de encontrar un sitio, cualquier sitio, donde poder poner sus manos sobre Jude.

—¡Chiquilla! —cacareó el viejo con alegría—. No pensaba que fueras a volver nunca.

—Nickie, ¿qué tal? —la voz de Jude había cambiado su cadencia, bajando una octava y ahora tenía un matiz gutural.

—Acrk, ya conoces a estos chicos malos, intentando llevarse lo que no les pertenece —movió la mano haciendo un gesto ligeramente obsceno y quitando importancia al comentario—. ¡Pero aquí sigo! —rió con ganas.

—¿Te están extorsionando, Nickie? —preguntó Jude, una luz risueña danzando en sus ojos.

—No hay nadie capaz de extorsionarme —objetó Nickie a gritos, después se echó a reír maliciosamente—. Excepto tú... y entonces tú no eras más que otra chica mala también. Esa preciosa cara tuya me engañó, eso es todo—. La pareja compartió unas risas y después los ojos de Nickie abandonaron la imponente forma de Jude para fijarse intensamente sobre la mujer acurrucada cómodamente a su lado—. ¿Dónde están tus modales, chiquilla? —ante el asombro de Liz, el viejo alargó una mano imperiosa y, de repente, golpeó a Jude en el brazo.

La traficante simplemente pareció divertida.

—¿Sabes? Últimamente me hacen esa pregunta a menudo —dijo crípticamente—. Discúlpame. Nickie, esta es Elizabeth Peterson.

—Hola —Liz sonrió.

Los ojos de Nickie se estrecharon hasta ser dos pequeñas rayitas mientras la inspeccionaba, asintiendo para sí mismo.

—Tú también eres muy guapa —admitió—. ¿Estás manejando a esta de aquí?—indicó con el pulgar en dirección a Jude.

—¡Ey! —protestó Jude.

— Lo intento —Liz se rió del ceño de Jude—, pero es difícil — sonrió a Jude, sintiendo una suave sacudida cuando sus ojos se encontraron por encima de la cabeza del viejo.

Nickie sacudió la cabeza con picardía.

—Es muy resbaladiza. Vigílala —advirtió solemne.

—Sí, sí, claro; todo el mundo es un crítico —Jude puso los ojos en blanco y deslizó un largo brazo cómodamente sobre los hombros de Liz—. No necesito que le des pistas sobre cómo manejarme, viejo. Bueno, ¿tienes una mesa para nosotras o yo misma tendré que echar a alguno de estos chicos malos?

—Yo te consigo una mesa. No hace falta que tires a nadie más por la ventana —proclamó Nickie, saliendo apresuradamente de detrás del mostrador y dirigiéndose a las filas de mesas.

— ¡Ey, Nickie! —gritó un hombre vestido con unas sucias y gastadas ropas de trabajo— ¡Aquí queremos otra ronda!

El viejo murmuró algo ininteligible y giró bruscamente la cabeza hacia Jude.

—Pónsela tú por mí, chiquilla. Todo sigue en el mismo sitio.

—¿Tengo facha de ser parte del personal de aquí? —contestó Jude secamente mientras el viejo desaparecía arrastrando los pies.

—Lo suficientemente parecido —Liz dio un apretón a la mano apoyada en su hombro.

— Uh... lo siento —murmuró Jude—, no estaba pensando cuando...

— Y yo no me estaba quejando—. Unos ojos verdes acariciaron las líneas del rostro de Jude, absorbiendo sus diminutos detalles, las manchitas oscuras en los claros ojos azules, el espesor de las pestañas parpadeando hacia ella; detalles que, hasta ahora, no se había permitido el lujo de experimentar de cerca.
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Re: Lucifer rising, Sharon Bowers

Mensaje  malena el Enero 1st 2013, 6:04 pm

Jude abrió la boca para hablar, pero los clamorosos gritos de Que alguien, maldita sea, nos ponga otra ronda, interrumpieron cualquier cosa que estuviera a punto de decir. Liz apretó los dientes, lo suficientemente molesta como para querer acercarse y golpear al dueño de tan ofensiva voz, pero Jude simplemente sonrió como diciendo....la próxima vez..., y se colocó detrás del bar con tranquila comodidad.

—¡Ey, tráeme un tequila cuando vuelvas! —sonrió Liz con gesto travieso.

Jude agitó la cabeza poniendo tres cervezas y deslizándolas con mano experta a lo largo de la barra.

—Eso está mucho mejor —los hombres gruñeron apreciativamente, observando la atractiva figura de Jude.

—¿Eres la nueva empleada de Nickie? —preguntó el más atrevido.

Jude arqueó una sardónica ceja, escuchando su parloteo.

—Sí, ya era hora de que le diera un poquito de clase a este tugurio.

—Me encanta una mujer vestida de cuero.

—No te había visto nunca por aquí.

Una multitud comenzaba a formarse arrastrada por el grupo cada vez más estridente en el centro del bar. Consciente de la mirada esmeralda posada sobre ella desde el extremo de la barra, Jude se movía con elegante precisión, estrujándose la memoria para recordar los ingredientes de las bebidas, según le iban llegando peticiones cada vez más exóticas.

—Vamos nena, ponme algo frío en vaso largo.

—Sexo en la Playa, cielo ¿puedes prepararlo?

—Un Pezón Cremoso estaría muy bien ahora mismo.

Otra mirada rápida al final de la barra... Elizabeth le sonreía abiertamente, y Jude le devolvió otra rápida sonrisa. Una amplia sonrisa felina apareció en su rostro. Hubiera querido ponerse a gritar ante los atroces juegos de palabras dirigidos hacia ella, pero en su lugar, comenzó a preparar las bebidas añadiendo sus propias respuestas descaradas, quedándose sin piedad con los clientes. El bote de las propinas de Nickie comenzó a llenarse rápidamente.

—Ey, camarera... —la voz dulce de la visión de pelo color miel que contemplaba el espectáculo, captó su atención—. ¿Puedes atenderme?

Jude recorrió despacio la longitud de la barra, una afectada sonrisa curvándose sobre su rostro.

Apoyando un largo brazo en el borde del mostrador, cruzó los tobillos, proporcionando a los muchachos del bar una inspiradora visión de 1.80 cm.

—¿Qué quieres tomar, preciosa? —dijo con lentitud.

—Me parece que había pedido un tequila —replicó Liz con picardía cruzando los brazos. Los brazos de

Jude relucían a la luz tenue del bar, los músculos fuertes finamente delineados. Tuvo un repentino flash de esas manos, esos brazos moviéndose contra ella, sobre de ella, empujándola ... Whoa....quieta ahí....Lizzy ¿Demasiadas margaritas en la cena? Obligando a su mente a ponerse de nuevo en marcha, lentamente se mojó los labios—. Así que ¿qué hay que hacer aquí para conseguir una copa decente?
Jude sonrió temerariamente y puso sus manos en las caderas.

—Un tequila.... marchando –sostuvo una botella en alto—. ¿Quieres Cuervo Oro o la marca de la casa?

—Sólo quiero lo mejor —devolvió Liz con coquetería.

Una ceja se curvó hacia arriba divertida mientras Jude respondía.

—Entonces has venido al sitio adecuado, querida —sirvió la bebida en un vaso desde lo alto y sacó de la nevera una lima que cortó limpiamente en cuatro trozos, y colocó todo frente a su cliente.

—Has olvidado la sal.

Jude lanzó una mirada al borde desnudo del vaso, y después otra vez a los ojos verdes que bailaban divertidos.

—No, no lo hice —pensando deprisa, alzó dos dedos frente a Liz—. Abre la boca —ordenó suavemente.

La mujer de cabello miel obedeció en silencio, sintiendo su corazón latiendo rápidamente en su jaula. Jude deslizó sus dedos entre los labios de Liz, siendo incapaz de ahogar el largo gemido que brotó cuando fue envuelta por el calor de la boca de su acompañante. Liz aprovechó plenamente la invasión, pasando su lengua por la sensible carne y únicamente soltando a su presa de mala gana, cuando Jude tiró de ellos para liberarlos. Jude pasó rápidamente los dedos por la sal de las margaritas, y se los ofreció de nuevo.

—¿Preparada? —preguntó con voz ronca.

Liz solo pudo asentir mientras cogía la bebida. Sus labios se abrieron, dando la bienvenida al ofrecimiento de Jude. La punzada de la sal cubrió el dulce sabor de la piel cuando los dedos de Jude la abandonaron una vez más. Bebió el tequila de un trago, dejando el vaso en el mostrador con un golpe sordo. Le lloraron los ojos por la quemazón del alcohol, y sus sentidos, ya exquisitamente atormentados, ardieron aún más.

—Has olvidado la lima —bromeó Jude delicadamente.

Los ojos de Liz parpadearon en dirección al pedazo que descansaba sobre la barra y se encogió de hombros.

—¿Te acordarás la próxima vez? —susurró Jude.

Sus ojos se encontraron durante un breve, sensual momento, y Liz sonrió temblorosa.

—No sé si sobreviviría a una próxima vez —admitió.

—¿Qué está pasando aquí? —Nickie volvió fanfarroneando detrás de la barra del bar interrumpiendo su acercamiento—. Me doy la vuelta un segundo y me montan una escena picante —Nickie movió la cabeza a modo de reproche, pero sus ojos sonreían—. Fuera de mi bar —ahuyentó a Jude desde su posición.

—Pero mira, Nick. Te he ganado algún dinero —Jude hizo un gesto hacia el ahora rebosante bote de las propinas.

—Me has costado un montón de dinero —bufó Nickie—. Ahora, largo. Están en la mesa 6, en el rincón. Los tacos en la pared. Largo.

Jude alargó el brazo alrededor de la forma diminuta de Nickie y cogió la botella de Cuervo, dos vasos y una jarra de jugo de naranja del refrigerador.

—Así no tendrás que preocuparte por nosotras —le aseguró.

—Te llevas mi mejor alcohol —fingió protestar, los brazos en jarras.

—Como si alguno de estos tipos fuera a notarlo —Jude apuntó con lógica—, ponles una cerveza y diles
que hablen conmigo si tienen algún problema —reuniéndose con Liz al otro lado de la barra, indicó con la cabeza hacia la parte de atrás—. Vamos, es aquí atrás.

—Y no quiero volver a ver esas cosas raras en mi bar —les gritó mientras se acercaban despacio hacia la mesa.

Juude se sentó en su escondite en una mesa cercana mientras Liz se acercaba hacia la pared sopesando unos cuantos tacos antes de quedarse con uno. Jude observó con sorpresa mal disimulada cómo su compañera se acercaba a la mesa y movía las bolas con mano experta, mirando a la mujer oscura con ojos expectantes.

—¿Quieres abrir? —preguntó con voz aterciopelada.

Jude tragó con dificultad ante la visión y el sonido de la mujer de pelo color miel, preguntándose por primera vez en qué demonios se había metido.

—Empieza tú —consiguió decir antes de acercarse a la pared y seleccionar un taco para ella.

Un ruido cortante de bolas golpeando entre sí atrajo su atención de la forma bien proporcionada inclinada sobre la mesa, hacia el propio verde donde las bolas rebotaban unas con otras.

—Las tuyas son las rayadas —Liz comentó, antes de inclinarse para tirar otra vez. La bola blanca golpeó y desvió ligeramente la bola roja número dos, enviándola limpiamente al agujero lateral—. Oh, olvidé preguntar ¿quieres que marquemos los tantos? —preguntó inocentemente.

Las cejas de Jude se dispararon hacia el cielo mientras contemplaba a su compañera de otra vez. Otro jugador que había estado contemplando a la pareja con ojos calculadores, rió suavemente.

—Parece que estás a punto de que te den una paliza.

Jude frunció los labios.

—Eso parece ¿verdad?

°°°°°°°°°°°°°°°

—¿Dónde aprendiste a jugar al billar así? —preguntó Liz horas después mientras se dejaban caer perezosamente en el porche en casa de Jude.

La pareja había descubierto a lo largo de la noche, que estaban prácticamente igualadas en la mesa de billar. Cada vez que Liz tenía una mano espectacular y pensaba que tenía a Jude contra las cuerdas, su compañera aparecía por su parte con una mano increíble y equilibraba la balanza. Finalmente perdieron la cuenta de las partidas que habían jugado y simplemente se dedicaron a disfrutar de la competición. Su habilidad combinada había atraído la atención de varios de los mejores jugadores de la sala, pero todas las peticiones de jugar contra ellas, fueron rechazadas cortésmente. Ninguna de las mujeres estaba cansada cuando Nickie finalmente las echó en las primeras horas de la madrugada; así que cuando estuvieron de vuelta en la casa, Jude las guió hacia el porche desde donde se podían ver las olas bañando la orilla.

—Iba a preguntarte lo mismo —replicó la mujer sombría.

Liz se encogió de hombros y rió dulcemente.

—Mis padres tenían una mesa en el sótano.

—Ah... —La voz de Jude resonó en la oscuridad. La mujer alta estaba envuelta en sombras, sentada en la butaca más alejada de la piscina. Liz se había quitado los zapatos, subido los pantalones y tenía los pies metidos en el agua. La luz de la luna reflejaba el brillo dorado de su pelo, creando un halo que, en su estado actual, Jude no estaba totalmente convencida de que no fuera ilusorio.

—¿Qué se supone que quiere decir eso? —Liz se inclinó hacia atrás para atisbar entre las sombras, solo pudiendo distinguir en la oscuridad un débil destello de los ojos claros de Jude.
Una risa contralto serpenteó en la noche, mezclándose seductora con el suave murmullo de las olas.

—No te enfades. Son solo que a un millón de millas de distancia de donde yo aprendí. Eso es todo.

—Hablas como si fuéramos de planetas diferentes.

—Puede que lo seamos —Jude suspiró.

La voz de Jude tenía un tono triste que hizo que la percepción de Liz se pusiera en guardia. La noche entera había sido tan maravillosa y la mujer de cabellos miel estaba condenada si iba a dejar escapar las dudas no expresadas de la agente.

—Oh no, no vas a hacerlo —advirtió Liz, poniéndose de pie de un solo movimiento, y penetrando en el corazón de las sombras.

La mujer oscura tenía estiradas sus largas piernas, y Liz se acercó hasta el borde del asiento de Jude con paso decidido, sus muslos rozando la butaca. Podía sentir la presión de las piernas de Jude entre las suyas, y la mareante sensación hizo que olvidara momentáneamente su enfado. Una urgencia apremiante de conocer el poder de esos músculos definidos envolviendo su cintura, casi amenazó con imponerse sobre su propósito, pero consiguió refrenarse en la antesala de este purgatorio sensual.

—No vas a hacerlo —repitió enérgicamente, sintiendo cómo las manos que se habían acercado para
rodearla, se paraban de golpe ante la determinación de su voz.

—Hacer ¿qué? —preguntó Jude con voz ronca.

—Sacar otra vez esa mierda de "no soy buena para ti" —suspiró Liz—. Nos conocemos desde hace siete días y ya lo has hecho tres veces. Dos hoy. Y si sigues haciéndolo, voy a tener que... —su voz decayó, frustrada. Su mente estaba llena de todo lo que había averiguado sobre la mujer frente a ella, haciéndola consciente de que todavía había tantas cosas que no sabía, que no podía saber, a menos que Jude decidiera contárselas. Y eso significaba dejarla entrar en su corazón. Y Liz fue consciente con un estallido de dolorosa claridad de que realmente quería entrar, quería conocer a Jude Lucien, a la mierda el artículo o el libro. La mujer bromista y risueña que había entrevisto esta noche, solo la hacía ansiar más. Así como la tentadora caricia de su boca y sus manos la hacían desear sentir su completo abrazo. Pero el deseo tenía que ser mutuo, o si no, nunca funcionaría. Había muchas cosas que superar por ambas partes como para que pudiera suceder de otra manera—. O tendré que rendirme —terminó suave, tristemente.

Liz retrocedió un paso antes de que unas elegantes manos la hicieran detenerse.

—No —susurró Jude. Largos dedos se enroscaron firmemente durante un momento interminable en la gruesa tela de los vaqueros de Liz antes de que una cabeza oscura se apoyara contra su estómago—. No te rindas.

No se trataba de una broma calculada ni de una proposición. Era una súplica, simple y llana, a Liz para que tuviera fe en algo que no podía ver. Así que la mujer rubia hizo, la única cosa que podía hacer, la única cosa que su corazón soportaría, respondió a esa llamada.

— No lo haré.

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Re: Lucifer rising, Sharon Bowers

Mensaje  malena el Enero 2nd 2013, 3:33 pm

Capítulo 7

Por segunda vez en varias semanas, Jude pasó por alto el sol al contonearse dentro del día a favor de una figura parada en la puerta observando la forma dormida de Elizabeth. Estudió las líneas flexibles de la mujer extendida en todo lo ancho de la cama, preguntándose qué demonios era lo que había en ella que tenía un efecto tan devastador en sus defensas.

A Jason siempre le había gustado decir que una avalancha empezaba con una sola piedra, y, pensó tristemente Jude, parecía que en este caso tenía razón. La noche anterior, esa sencilla, ahogada súplica, fue todo lo que había sido capaz de extraer de unos pulmones repentinamente constreñidos por la falta de aire. Eso había sido suficiente para empujar las emociones de Jude a una caída libre que ella parecía incapaz de frenar. El tiempo se había detenido estrepitosamente cuando sintió aquellos pequeños dedos entre su pelo y luego recorriendo su espalda trazando suaves círculos. Jude no sabía cuánto había durado su abrazo, pero, de alguna forma, se encontró de pie en la puerta de su habitación, con las manos de Elizabeth entre las suyas.

—Hablaremos mañana —había prometido la mujer del pelo color miel antes de depositar un dulce y casto beso sobre sus labios, y marcharse pasillo adelante.

Aunque agotada, el sueño la había abandonado, y ni siquiera Ana Karenina consiguió distraerla. Una ducha caliente también había resultado inútil. Finalmente, exasperada, se había puesto unos pantalones de chándal y una camiseta en un intento de introducirse en la cocina y rescatar algunas de las sobras de la cena. Sin embargo, sus pasos la habían encaminado en la dirección opuesta, hacia la puerta abierta donde su huésped dormía junto con la parte canina de los habitantes de la casa.

El sol lanzó rosadas luces de advertencia para anunciar su inminente llegada, pero en su lugar, el destello de los músculos en el brazo extendido de Elizabeth captando la mirada intensa de Jude. Debe estar soñando. El movimiento hizo salir de su sitio a Pete, que se levantó inseguro, con las piernas todavía pesadas por el sueño. El pequeño perro perdió el equilibrio en el desigual revoltijo de mantas, y cayó contra Liz con un ruido sordo.

—¿Qu...? —una cabeza dorada se levantó de su confortable nido e inspeccionó lo que la rodeaba—. Hola.

Lo dijo con suavidad, reconociendo la alta forma de Jude. La mujer de pelo color miel rascó, ausente, las orejas de Pete, y el perro se enroscó junto a ella otra vez con un suspiro satisfecho.

Una jubilosa semilla de felicidad explotó en el vientre de Jude, bañando su alma con una luz que, de haber sido visible, habría rivalizado con cualquiera que el sol se hubiera atrevido a ofrecer.

—Parece que has embrujado a mis perros —observó. Clytemnestra levantó una cabeza somnolienta, los ojos castaños llameando culpables al ver a su ama.

—Upss... —se disculpó Elizabeth, no pareciendo en absoluto arrepentida.

—Bueno —dijo Jude lentamente—. No se puede decir que tengan mal gusto, eso es seguro.

Con el comentario obtuvo una sonrisa somnolienta al tiempo que la mujer pequeña se pasaba una mano por su pelo revuelto y entrecerraba los ojos mirando a Jude.

—¿Has dormido algo?

La mujer sombría se encogió de hombros.

—Algo.

—¿Qué hora es?

—Un poquito antes del amanecer.

Elizabeth se mordió el labio al dudar un momento.

—Ven aquí.

Jude vaciló. Después, recorrió la distancia con tres largos pasos, deteniéndose en el borde de la cama.

—No, he dicho ven aquí —ordenó Elizabeth con voz tranquila. Retirando las sábanas y echándose a un lado, desalojó a un malhumorado Pete que tropezó hasta el borde de la cama y se desplomó al lado de Aggie.

La mujer oscura no se movió, mirándola como embobada. Ojos verdes buscaron los suyos, forzando la resistencia de su cuerpo, tranquilizando a Jude con la exhuberancia verdosa de su mirada. Rindiéndose a la dulce promesa que se le ofrecía, se deslizó en la calidez de la cama de Elizabeth.

—Eso es —murmuró la pequeña mujer cuando Jude estuvo cómodamente situada en sus brazos—. ¿No es mucho mejor así?

Pero la mujer oscura ya estaba dormida, su respiración sonaba constante y regular. Había perdido toda conciencia soñando con un hombre de pelo claro y una mujer de ojos verdes que reían con ella a la luz del sol.

°°°°°°°°°°°°°°°

El tiempo no espera a ninguna mujer, ni siquiera a una tan exhausta como Jude, y en el momento en el que la mujer oscura regresó al mundo consciente, el sol rociaba diligentemente la Tierra con una luz brillante y casi dolorosa.

—Arrgghh... —gruñó, convirtiendo sus ojos en apenas dos hendiduras en un vano intento por protegerse de la luminosidad del día. Fallando en el intento, dejó caer la cabeza otra vez donde reposaba, acurrucada en la suavidad de la penumbra entre el hombro y el cuello de Elizabeth, apretándose contra su piel flexible.

Una suave carcajada cosquilleó en su oído, acompañada por una ligera ondulación de músculos bajo su mano.

—¿Estás despierta? —preguntó Elizabeth.

—Apenas —resopló.

Otra carcajada, y esta vez Jude levantó la cabeza lo suficiente como para ver unos divertidos ojos verdes chispeando hacia ella.

—Vuelve a dormirte —urgió la mujer más pequeña—. Yo no tengo que ir a ningún sitio.
Una rápida mirada hacia abajo reveló que, mientras dormía, Jude había reclamado para sí y de forma involuntaria, el cuerpo que estaba debajo del suyo. Una mano había subido la camiseta de Elizabeth y se apoyaba perezosa sobre una amplia extensión de abdomen desnudo, mientras que un muslo poderoso se abrazaba a las caderas de la mujer más pequeña, apretándolas cuidadosamente contra las suyas.

—Seguro que eso es algo bueno —apuntó Jude irónicamente—, porque dudo que pudieras moverte aunque quisieras.

—¿Me oyes quejarme? —rió Elizabeth mientras sus dedos jugaban, ausentes, con el pelo de Jude.
Jude sabía que cientos de alarmas tendrían que estar sonando en su psique, y que debería soltarse de ese abrazo en más de un sentido. Pero su cuerpo simplemente se negó a obedecer, y permaneció inapropiadamente acurrucada en los fuertes brazos de esa pequeña mujer.

—¿Pero qué hora es? —bostezó.

Elizabeth estiró la cabeza alrededor de Jude para echar una mirada al reloj digital.

—Un poco más allá de mediodía.

—Oh, Cristo.... —exclamó Jude despacio—. Se ha ido la mitad del día.

—¿Y...?

Jude miró enojada a su compañera de cama.

—Hay cosas que tengo que hacer —replicó, confundida por el tono ligeramente petulante de su propia voz.

La mujer del pelo color miel se rió.

—Lo sé, lo sé... Atracos a bancos que planear, joyerías que reventar... —se burló, ignorando despreocupadamente las cejas levantadas de Jude—. Venga, Jude, es domingo. Pensaba que una de las ventajas de no jugar conforme a las reglas era poder crear las tuyas. Y eso, mi amiga bandida, es tomarte un día libre cuando quieras.

Sus ojos verdes danzaron con júbilo ante el semblante realmente alucinado de Jude.

—Yo no reviento joyerías —murmuró Jude sombría—. Realmente, crees en eso de vivir al límite, ¿no es así?

—Ey, mi lema es: "Si ves a un oso en el bosque, acércate y pínchale con un palo".

—¿Y qué pasa si encabronas al oso?

Elizabeth se incorporó a medias y se apoyó en un brazo musculoso, girando el torso de modo que podía mirar a Jude desde arriba.

—Echo a correr como alma que lleva el diablo —estudió el juego de expresiones sobre el rostro de la mujer oscura—. ¿Tengo que ponerme las zapatillas de correr?

Un frío azul estudió silenciosamente a la mujer todavía enredada a su alrededor, absorbiendo la engañosa fuerza del cuerpo apretado contra ella y la tranquila sabiduría de la mirada esmeralda, y lo que ambas cosas estaban empezando a significar para ella. Su rostro se relajó en una mueca de incredulidad.

—Na....No, al menos que quieras venir a correr conmigo en mi "día libre"—replicó Jude con ligereza. Otra banda de hierro de su voluntad se derrumbó bajo el tierno asalto de las emociones, y Jude se preguntó ausente por qué parecía tan fácil seguir ese camino, donde quiera que la llevase—. ¿Y qué es exactamente lo que tenías pensado para hoy?

Elizabeth pareció pensativa.

—Oh, no sé. Se supone que va a hacer un calor horroroso. Pensaba que quizá podíamos ir al cine y ver alguna cosa épica de unas tres horas para pasar lo peor del calor de la tarde. Después, podríamos buscar algún sitio fresco y agradable, con un par de bebidas frías, y escondernos. ¿Qué te parece?

—Pues me parece que es un buen plan. Pero tengo una pregunta —en ese momento, ni hecho a propósito, un sonoro quejido retumbó en las tripas de Jude—. ¿Qué hay para desayunar?

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Re: Lucifer rising, Sharon Bowers

Mensaje  malena el Enero 3rd 2013, 4:31 pm

—Huevos Rancheros.

Las manos de Liz eran borrosas mientras cortaba en rodajas, en dados y en tiras, y rallaba lo que parecía la totalidad de las verduras frescas del estado del Sol Radiante 9. Enormes pilas de tomate, cebolla y lechuga inundaban la zona de trabajo del cocinero, y los huevos se freían lentamente a pares, con las yemas hacia arriba, en la enorme bandeja anti-adherente en el horno.

—Así que.... —Jude mordisqueó el trozo de queso cheddar que Liz había metido en su boca cuando regresó a la cocina después de una ducha—. ¿Dónde aprendiste a hacer comida mexicana? —observó con atención el pelo rubio de la reportera y sus ojos verdes, y soltó una carcajada—. Teniendo en cuenta que tienes que ser una de las chicas más blancas de toda América.

La mujer del pelo rubio-miel rió entre dientes mostrando su acuerdo con la descripción.

—¿La verdad? Mi padre estaba en el Cuerpo Diplomático. Y eso significa que mi hermano y yo fuimos criados sobre todo por niñeras y amas de llaves. Y que, por supuesto, cambiaban cada vez que mi padre tenía un nuevo destino. Pasé mucho tiempo en la cocina con mis cuidadoras. Estuvimos en varios países latinoamericanos. Supongo que, simplemente, aprendí.

Liz se encogió de hombros, quitándole importancia, no muy segura de cómo se tomaría Jude las noticias sobre su educación privilegiada. Por la poca información disponible sobre el pasado de la ex agente, sabía que Jude casi no había tenido un hogar, y el comentario que había hecho entre dientes la noche pasada, sobre que procedían de dos mundos diferentes, la tenía preocupada. Al hablar de su juventud, Liz había evitado las circunstancias de su educación, prefiriendo, en su lugar, hablar de sus amigos y su vida fuera de los fríos confines de la familia Gardener. Levantó la vista para encontrar unos ojos pensativos que la estudiaban.

—Cuerpo Diplomático, ¿eh?— Jude volvió la mirada a la mesa, donde se dedicó a restregar con aplicación una mancha inexistente en la madera—. Supongo que pudiste ver un montón del mundo mientras crecías.

No había burla en las palabras de la mujer sombría, sólo un inexplicable tono nostálgico que la reportera no llegó a comprender.

—Supongo que sí —accedió Liz. Los ojos azules volvieron a ella para revelar una expresión abierta que Liz nunca había visto antes y que la desarmó. Hizo un esfuerzo por mantener su respiración regular y tranquila, dándose cuenta de que estaba descubriendo algo de Jude Lucien que ningún archivo de ordenador o artículo periodístico podría revelar.

—¿Cómo fue? —preguntó Jude suavemente. La pregunta pareció escapársele antes de que la mujer oscura se diera cuenta, pero el sonido de las palabras que brotaban en el aire creando un embarazoso sonrojo que se extendió por sus rasgos bronceados—. Quiero decir... —se movió nerviosa, como si la hubieran pillado admitiendo algo vergonzoso—. Nunca salí del estado de Florida hasta que cumplí los veinte. Espera... eso no es cierto —se corrigió—. Fui a Georgia una vez con mi clase de sexto para ver Stone Mountain .

Posiblemente, no había nada que Jude hubiera podido decir que la hubiera hecho más vulnerable frente a Liz en ese momento. Con una terrible claridad, la reportera se dio cuenta de que Jude intentaba torpemente desnudarse de ese lacado halo de misterio que había protegido, hasta ahora, a la taciturna agente. Insegura sobre lo que podría decir para reconocerle ese gesto tan precioso, Liz llevó sus dedos al rostro de Jude y acarició la curva de una elegante mejilla.

—Y yo que pensaba que lo habías visto todo.... —bromeó.

Una simple sonrisa jugueteó sobre las elegantes líneas de la boca de Jude.

—No hace falta salir de Florida para eso —aseguró Jude a la reportera. Hizo un gesto con la cabeza hacia la sartén—. Esos huevos ya casi estarán, ¿no?

—¿Huevos? —Liz agitó la cabeza un par de veces para aclararse—. Oh... claro... huevos... Sip, alcánzame esos platos, ¿quieres?

La ligera tensión fue desapareciendo mientras llenaban sus platos con el desayuno preparado por Liz y se acomodaban en la mesa redonda de roble. Aunque quería desesperadamente continuar el camino que habían empezado, la reportera supo instintivamente que si presionaba demasiado a Jude, esas finas capas que iban desapareciendo se volverían a sellar, y la imagen barnizada de Jude jamás mostraría ninguna evidencia de que se deshicieron alguna vez.

Pero, para gran sorpresa de la mujer de pelo rubio-miel, la agente no mostró ninguna reticencia en volver a la conversación.

—Yo crecí prácticamente en la calle —comentó entre bocado y bocado de huevos rancheros—. Como si no se supiera —rió.

—No se nota —replicó Liz en una media verdad. Aunque camuflado por una educación indiscutiblemente impecable, el acerado negro centro de los tiempos de Jude en la calle permanecía visible en cada uno de los ágiles movimientos de su figura.

Si Jude se dio cuenta de la pequeña mentira de su amiga, la dejó pasar.

—Mi madre estaría encantada —dijo la agente de forma inexpresiva—. Me perseguía siempre para que me comportara como una señorita. No sé por qué, la verdad. No es como si tuvieras dos monedas de diez centavos rozándose juntas, y los vecinos ya la consideraban una golfa —había un deje de amargura en la voz de Jude, como si ya estuviera demasiado cansada para seguir cargando la indignación más tiempo.

—¿Qué hay de tu padre?

—Jamás tuve el placer de conocer a ese hombre en persona —se encogió de hombros con afectada despreocupación, levantándose y sirviéndose otra taza de café. Sujetando la cafetera en alto en una muda pregunta, rellenó la taza de la reportera—. Nunca supe nada de él. Cómo se conocieron. Nada —sus ojos azules claros, de pronto, parecieron haberse ido muy lejos—. Vi una foto suya una vez. Juntos, de pie en la playa. Él era alto, mucho más alto que ella (y ella no era una mujer pequeña) y de hombros anchos, con el pelo muy negro y la piel como el jengibre que parecía brillar al sol —agitó la cabeza—. Era un hombre guapo.

Su mirada se encontró con la de Liz y la mujer oscura sonrió con tristeza. La reportera se preguntó si su amiga se daba cuenta de que podía haber estado describiéndose a sí misma.

—Pero tengo los ojos de mi madre —reflexionó, ausente—. Cuando encontré la foto, no podía creer que mi madre la hubiera conservado todos esos años. Quiero decir, yo era un recuerdo andante de su error, tal y como era.

—Tal vez lo amaba —apuntó Liz cautelosamente. Jude se rió con sorna.

—Que yo sepa, jamás quiso a nadie, excepto a Dios —su rostro cambió, suavizándose a pesar suyo—. No tuvo otra opción, supongo. Tenía dieciséis años cuando se quedó embarazada, y su familia la corrió. Gracias a su hermano, el sacerdote, terminó en algún hogar para madres solteras —sus ojos se endurecieron con el recuerdo—. A partir de aquel día, la Iglesia Católica fue su dueña. La convenció de que la única forma en que podría expiar su terrible falta, era postrarse cada día a los pies del Señor.

Bueno, más bien a los pies del cura.

—Podía haberte abandonado, pero no lo hizo —precisó Liz.

Jude se pasó una mano por su brillante mata de pelo y suspiró, como si estuviera cansada de la conversación.

—Tienes razón. Y supongo que me quería, en algún sentido. Pero también era la cruz con la que tenía que cargar en su camino de expiación —entonó burlonamente—. La carga que, una vez recogida, jamás puedes dejar. El cura nunca le dejó olvidar que yo era el producto del pecado y, según me iba haciendo mayor, hice todo lo que estaba a mi alcance para vivir de acuerdo a ese título.

—Una niña indomable, ¿eh? —bromeó Liz intentando disipar las negras nubes que salpicaban el claro azul de los ojos de Jude.

—Oh, sí —suspiró Jude otra vez con una sonrisa irónica. Echó una mirada a su reloj—. Vamos. Te lo cuento todo después de la película. Tenemos que marcharnos si queremos llegar a tiempo al cine.

°°°°°°°°°°°°°°°

Si Jude se hubiera parado a pensarlo, se habría dado cuenta de que, probablemente, era el día más tranquilo que había pasado en los últimos cinco años. Elizabeth había elegido una comedia romántica desenfadada, pero sofisticada, como su oasis en el insoportable calor de julio. Sentada en el cine, Jude se resistió a la desesperada y estúpida necesidad de poner el brazo alrededor de la mujer rubia en la oscuridad. A lo largo de la película, casi sucumbió a alguno de esos gestos ridículos, hasta que finalmente, cuando salían del cine, dio por perdida la batalla mental y estrechó la fina mano de Elizabeth en la suya, guiándola hacia la gran multitud de la tarde del domingo.

—¿Dónde vamos ahora, oh, gran planeadora de mi día libre? —se burló Jude, poniendo en marcha el motor del Boxster.

—A algún sitio fresco y oscuro —replicó Elizabeth, siguiendo el juego y haciendo un gesto regio con la mano—. Con vista al océano —añadió, como si se le hubiera ocurrido en el último momento.

La mujer oscura levantó una mano hacia la imaginaria ala de un sombrero.

—Como desee, señora.

Mientras conducían en un relajado silencio, Jude dejó que su mente se deleitara con las exuberantes sensaciones de los dos últimos días. La facilidad con la que se había quedado dormida en los brazos de Elizabeth le decía mucho más que cualquier debate interno sobre lo que quería de la esbelta mujer.

Quería el cuerpo de Elizabeth, su corazón, sus palabras, su dulzura, cualquier cosa y todo lo que la otra mujer estuviera dispuesta a darle.

El problema era que ella no sabía qué podía ofrecer a cambio.

"Bueno, esa es la cuestión, ¿verdad Angel? No crees que te quede nada, algo de corazón, alguna luz dentro de ti. Y puede que no... Pero, ¿no crees que, por lo menos, deberías intentar averiguarlo?"

—Un buen maldito momento para sacar mi alma y ponerla a prueba —murmuró Jude entre dientes.

—¿Perdón? —dijo Elizabeth.

—He dicho que ya estamos aquí —Jude sonrió alegremente—. Dijiste un sitio fresco, oscuro y con vista al mar. ¡Voilà! —llevó el Boxster hacia una destartalada estructura con aspecto de bungalow, terminada con un falso tejado de paja.

Entraron a través de unas puertas de salón pasadas de moda, y sus ojos se sintieron aliviados inmediatamente por una acogedora penumbra.

—Vaya, no estabas de broma cuando prometiste oscuridad, ¿eh?

Una profunda risa retumbó en la garganta de Jude. Ajustando la vista tras el brillo diurno, echó una mirada alrededor y, con un gesto de la mano, llamó al camarero. Un hombre moreno de edad indeterminada se acercó con tranquilidad; una raída camisa hawaiana se arrugaba alrededor de la cintura de sus gastados y deformados pantalones. Su pelo negro empezaba a volverse gris y lo llevaba un poco largo, casi rozándole los hombros, y una fina telaraña de arrugas rodeaba sus ojos. El efecto era el de un marinero que, después de demasiadas aventuras, había vuelto a casa desde el mar. Las observó con una auténtica expresión de deleite.

Antes de salir para el cine, Jude se había puesto una camisa larga de algodón blanco que flotaba suelta sobre unos ligeros pantalones de lino blanco, y que ahora estaban elegantemente arrugados. Una suave extensión de piel bronceada era visible a través del escote abierto, y su cuello y sus orejas se encontraban desnudos de cualquier joya. Sacudiendo la cabeza para liberar el pelo del lazo que lo mantenía sujeto y en orden en el descapotable, Jude componía, a los ojos cansados del marinero, la figura de una elegante decadencia sureña. Inmediatamente a su lado, Liz era una niña, dorada de redención y vestida con una blusa ocre de cuello redondo y una falda corta de color rojizo que dejaba sus piernas desnudas, con excepción de unas sandalias. Sonriendo ampliamente a sus dos clientes, preguntó:

—¿En qué puedo servirlas esta tarde, señoritas?

Jude levantó una ceja pensativa, echando una mirada a su reloj. Mmmm... Seguro que es la hora del cóctel en algún lugar del mundo, pensó con una divertida mueca.

—Pónganos algo para combatir el calor del día —dijo lanzando una mirada traviesa hacia su compañera.

El buen humor de Jude era contagioso, y el marinero le devolvió la broma.

—Parece que lo que quieren es el combinado secreto de la casa.

—Eso depende —intervino Liz—. ¿Cómo es de bueno el combinado de la casa?

—Verá, señorita, no hay nada mejor. Es tan suave como la brisa del océano acariciando su pelo, y te acuna como el suave balanceo de un barco.

—Apuesto a que sí, justo hasta que intentas ponerte de pie —comentó Jude irónicamente—. Y entonces, hace que caigas en tu trasero —sus ojos brillaban con una chispa que contradecía la ironía de su comentario.

—Bueno —reconoció el marinero—. Se ha sabido que un muchacho o dos han dado un mal paso.

—¡Genial! —Liz estampó su mano sobre la barra de teca—. Tomaremos una jarra, con dos vasos largos y un par de esos paraguas pequeñitos, si es que tiene —señaló una mesa situada en la sombra, fuera en el porche—. Estaremos en esa mesa de allí —se alejó, ajena al hecho de que Jude y el marinero la miraban bastante perplejos. A mitad de camino hacia el bar, se giró sobre sus talones y se dirigió al marinero—. Ey, ¿nos puede traer también un par de menús? Tengo la sensación de que nos vamos a quedar a cenar.
No se detuvo a esperar una respuesta antes de continuar su camino hacia la mesa. Jude y el marinero se miraron desconcertados.

—Es de armas tomar, ¿a que sí?

La mujer sombría se frotó los ojos mientras estudiaba la relajada figura de su compañera, ahora tirada cómodamente sobre una de las butacas del porche, con los pies sobre la mesa de teca.

—Desde luego que sí.

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Re: Lucifer rising, Sharon Bowers

Mensaje  malena el Enero 6th 2013, 12:37 am

—Dios, tenía razón. Esta cosa entra de maravilla —Liz se apoyó en el respaldo, una sonrisa satisfecha jugaba sobre sus rasgos.

Habían liquidado rápidamente la primera jarra y debatían si era sabio o no pedir otra antes de la cena. Jude había llenado esa hora con historias sobre cómo había sido criarse en Miami, cómo había conocido a Nickie y se había convertido en una recadera para su bar cuando tenía doce años, y el misterio de dónde había aprendido a jugar al billar con la habilidad de Eddie Felson "El Rápido". Acostumbrada durante mucho tiempo a no hablar de sí misma, al principio las palabras de Jude eran vacilantes. Sin embargo, Liz había sido un público paciente y muy dispuesto, alentando su narrativa a veces entrecortada. Mucha gente actuaba como si asumieran que ella descendía de cierta deidad poco benevolente que había venido a hacer caer Su Ira sobre sus cabezas. No muchos se paraban a pensar que Jude Lucien era tan de carne y hueso como podían serlo ellos.

Irónicamente, para Jude era más seguro de esta forma. Tanto amigos como enemigos la evitaban y esto hacía más difícil que ninguno percibiera alguna debilidad que pudiera darles la posibilidad de acabar con ella. Sin embargo, Jude se daba cuenta ahora de que, mientras se asentaba en el desconcertante y sencillo confort de su nueva amistad con Elizabeth, eso también la distanciaba de sí misma. Sin el calor de una conexión humana, para ella fue sencillo empezar a creerse las mismas cosas que los extraños creían, que no tenía sentimientos, que era despiadada, que era menos que humana...

Perdida en sus pensamientos, Jude se perdió la gracia de un chiste muy largo y muy elaborado que Liz había estado contando.

—¿Eh? —preguntó—. No lo pillo.

—Eso es porque no estabas escuchando —se quejó Liz de buen humor.
Jude miró solemnemente a Elizabeth. Su mente notaba que el pelo dorado de la esbelta mujer brillaba a la luz del sol, convirtiéndose en la luz guía de un faro para la dolorida alma de Jude. Uh, oh...
Definitivamente, es mejor esperar hasta la cena para pedir otra jarra, se advirtió Jude, cuando empiezo a ponerme poética es el momento de pedir café. No quiero que me tengan que sacar de aquí en brazos.


La sonrisa a veces distante de Jude durante su conversación no había pasado desapercibida para la reportera, quien de verdad quería saber qué pasaba por la cabeza de la mujer oscura. En lo referente a Liz, el día no podía ir mejor. Lo que fuera que se había soltado la noche anterior, había liberado a la agente de lo peor de sus reservas, y Liz había vislumbrado a una persona completamente diferente de la que ella pensaba que estaba persiguiendo. Esta Jude era una mujer dulce y de risa fácil, una mujer con la habilidad de dejar a Liz sin aliento con una simple y devastadora sonrisa que envolvía esos ojos imposiblemente azules.

—Quítate las gafas, Jude, quiero verte los ojos.

Atentamente, Jude alzó la mano hacia las gafas ocultadoras y las apartó de la cara.
Dos vistas del azul del océano se abrieron ante Liz en ese momento, y sin siquiera detenerse a probar la temperatura del agua, la esbelta mujer se zambulló directamente en ella.

—¡Dios! Eres la mujer más bella que he visto nunca —murmuró, llevando una mano a la cara de Jude para trazar las fuertes líneas de sus rasgos.

Dulces dedos pasaron sobre labios que se estiraron en una sonrisa auto-reprobatoria. Liz notó una ceja medio levantada y supuso que otro comentario seco y tranquilo se le venía encima. Pero, en su lugar, Jude sólo replicó:

—Gracias —entonces suspiró suavemente—. Me gusta la forma en la que me miras, la imagen que pareces tener de mí en tu mente —continuó Jude como si supiera que las palabras de Liz no se referían a la parte física—. Aunque no creo que sea muy precisa.

—Cuéntame lo que necesito saber para equilibrar el cuadro.

Una brillante sonrisa apareció en los rasgos de Jude, abriéndose ante los ojos incrédulos de Liz mucho más de lo que la reportera jamás hubiera imaginado posible. Sintió que se quedaba sin respiración cuando Jude agarró suavemente su mano, que todavía acariciaba su mejilla, y depositó un beso dulce sobre la palma.

—Lo haré —prometió—. Pero hoy no. Hoy no es el día para eso.

—Entonces, ¿para qué es el día de hoy? —preguntó Liz con un naciente destello en sus ojos que respondía al que nacía en los de Jude.

—Tú —respondió, simplemente, la mujer oscura.

°°°°°°°°°°°°°°°

—Jude, tienes que probar esto. ¡Es fabuloso! —gimió Liz extasiada, tomando otro bocado de lo que el marinero había llamado "Ensalada del Mar". Era una mezcla de pasta, verduras y mejillones, con un aliño de limón rociado libremente sobre toda la creación. Liz alargó un tenedor lleno en un vano intento de convencer a Jude para que lo probara.

La mujer oscura torció el gesto ante el ofrecimiento.

—Odio decírtelo así, pero no me voy a meter en la boca nada que tenga esa.... —vaciló, buscando una descripción apropiada.

—Esa... ¿qué? —Liz examinó el bocado, confundida. A ella le parecían mejillones.

—Consistencia... —terminó Jude triunfante—. Tiene un aspecto... tan raro...

—Pero sabe de maravilla —protestó la glotona.

—Me da igual. No me lo puedo comer. Por la misma razón por la que no puedo comer Rice Krispis —Jude se encogió de hombros.

—Tienes que estar de broma.

—No, ¿te has parado alguna vez a sentir de verdad los Rice Krispis cuando los has masticado? —la atravesó un escalofrío—. Son asquerosos.

Liz arrugó la nariz confundida, pero decidió pasar por alto el comentario. Obviamente, era un intento de distraer su atención de lo que tenía entre manos, que era conseguir que Jude probase su ensalada. Si se hubiera visto forzada a contestar a la pregunta absurda de por qué sentía tal deseo, se hubiera visto obligada a encontrar una explicación mejor que la que tenía, que en ese momento, y por alguna razón, encontraba increíblemente erótica la idea de dar de comer a Jude.

—¿Estás segura de que no vas a probarlo? Quiero decir, has pedido pescado a la parrilla en un restaurante especializado en pescado, ¡qué original!

Jude soltó una pequeña risa ante la mueca de derrota de la mujer pequeña, arqueando una ceja con expresión sardónica.

—Parecía lo más seguro de la carta —señaló con la cabeza la segunda jarra del cóctel de la casa que rápidamente seguía el camino de la primera—. El marinero este puede hacer una buena bebida, pero no parece exactamente Wolfgang Puck . ¿Sabes a lo que me refiero?

La reportera rió en señal de rendición amistosa y sacudió la cabeza.

—Vale, vale. Tú ganas. Y ahora, he estado queriendo preguntártelo, ¿a qué se refería Nickie anoche con aquello de que tú eras la única capaz de sacarle algo?

—Ahh... De vuelta a mis días de Eddie "El Rápido", ¿no?

—Fue un comentario curioso —reconoció Liz.

—Vale... Bueno, ya sabes que cuando tenía doce años me dedicaba a llevar mensajes para Nickie. Tenía un montón de lucrativos negocios ilegales, y el más provechoso de todos ellos era una pequeña red de apuestas. Pero vamos, no se trataba de la Mafia ni nada parecido.

—¿Era corredor de apuestas?

—Entre otras cosas. Bueno... había un tipo, creo que se llamaba Angelo Algo... no me acuerdo. Pero había perdido mucha dinero contra Nickie, y era dinero que no tenía.

—No me digas que Nickie hizo que le rompieras las rótulas —preguntó Liz llena de dudas.

—No exactamente. Se quedó con su apreciadísima y, en perfecto estado, motocicleta Triumph TR25W —los ojos de Jude brillaron con el recuerdo de la máquina—. Era una belleza. Totalmente restaurada, con todo el equipamiento original y toda la historia. La jodida ronroneaba como un gato cuando le dabas al pedal de arranque. Fue verla una vez y ya estaba perdida. La quería, vaya si la quería. Pero, claro, aunque Nickie hubiera querido venderla, que no quería, yo no tenía ni dos dólares en el bolsillo.

—Déjame adivinar... Aquí es donde viene lo de la maniobra.

—Más o menos —Jude sonrió satisfecha de sí misma—.Tenía dieciséis años y era un pequeño demonio. Nickie siempre me estaba tomando el pelo diciendo que algún día alguien iba a domarme y a enseñarme algunos modales. El mismo rollo que mi madre, sólo que él no lo decía en serio. Yo le gustaba tal y como era....detrás de la barra era algo bonito para los clientes, les daba algo que mirar.

—Algo así como el equivalente a una chica de calendario.

—Sólo que me quedaba con la ropa puesta y con todas las propinas. Y si no podía con los tipos que se pasaban de la raya, el hermano mayor de Nickie, Tommy, estaba allí para echarme una mano.

—¿Fue así como acabaste tirando a uno por la ventana?

—Ocurrió más de una vez —comentó Jude secamente—. No me gustaba ser manoseada. Mi carácter entonces era aún peor de lo que es ahora, y si estaba de mal humor...

—Ouch.

—Exacto, pero me estoy dispersando... Bueno... Le dije a Nickie que quería la Triumph... Le dije que trabajaría noches, fines de semana, lo que fuera, pero que quería esa moto... Él sólo se rió y me dijo que las chicas guapas como yo no necesitaban cosas como esa entre las piernas.

—Oooh... Apuesto a que eso te fastidió.

—Eso es decirlo de una forma suave. En fin, le sugerí una pequeña apuesta para determinar qué era lo que terminaría entre mis piernas, la moto o su polla —los ojos de Liz se abrieron como platos ante la afirmación, y Jude soltó una risa profunda—. La cara que puso Nickie fue parecida a la tuya. Supe, por la mirada que me estaba echando, que le había cazado. Había sido su recadera durante cuatro años y había... cambiado... mucho en todo ese tiempo.

—Eso es lo que le hace la pubertad a una chica –afirmó Liz, y Jude rió con tristeza.

—Pues a mí me lo hizo a lo grande... En lugar de la chica desgarbada, de pecho plano y torpe, cuando llegué a los dieciséis, me había, tal y como mi madre delicadamente lo describió, rellenado —abrió los brazos y se señaló a sí misma—. Algo cercano a esto.

—No me extraña que aceptara la apuesta —murmuró Liz.

El comentario no pasó desapercibido para su destinataria, que se detuvo a mitad de la historia para regalarle a Liz una cálida sonrisa.

—Así que esta fue mi apuesta —sonrió maliciosamente—. Una partida de billar. El ganador se lo llevaba todo.

—Si tú ganabas, te quedabas con la Triumph. Si él ganaba, se quedaba contigo —repasó Liz, y Jude asintió—. Arriesgabas mucho.

—No realmente. Nickie, hablando en plata, era una mierda en el billar. Medio esperaba que se riera de la oferta. Cualquiera con sentido común lo habría hecho —Jude soltó una risilla.

—Si yo hubiera sido él, la habría aceptado.

—Si hubiera tenido que jugar contigo, no estoy tan segura de habértelo propuesto. Anoche me dejaste a cero un par de veces. Pero Nickie sabía que no tenía ni una posibilidad.

—Quizá pensó que la Fortuna le sonreiría esta vez.

—Así fue durante un buen rato. Él abrió y siguió con su turno y casi limpia la mesa. Nunca le había visto jugar así. Pero en su última bola, se quedó con una colocación muy mala, iba a tenerlo realmente difícil para meter su octava bola... Afortunadamente para mí, falló.

—Y entonces tú limpiaste el fieltro con él.

Jude se encogió de hombros.

—Algo así. Pero nunca olvidaré la sensación que tuve cuando se inclinó para jugar su última bola. No hacía más que pensar "joder, en que me he metido..." —rió abiertamente—. Iba a convertirse en un refrán habitual en mi vida.

—Así que ganaste la moto.

—Por los pelos, pero vaya si mereció la pena —suspiró con nostalgia—. Una vez tuve esa moto... fui libre... ¿sabes? Mientras tuviera unos pesos en el bolsillo para gasolina, nada más importaba. Ella ya no podría alcanzarme... Ya no era un rehén de su beatería. Su Dios, mi pecado. Sólo por haber nacido, ya era algo malo... Pero en la Triumph, simplemente, era. ¿Tiene esto algún sentido?

Tenía perfecto sentido para la mujer que, siendo una adolescente, se había evadido en los mundos sin juicios de su propia creación. Escribir la había trasladado lejos de las frías miradas de su familia. Y cuando al crecer se dio cuenta del gran abismo que había entre lo que su familia consideraba que debía ser y lo que realmente era, ese refugio se había convertido para ella en algo importantísimo. Le había permitido formar una identidad separada del resto del clan Gardener y la había liberado de la sofocante vida de la diplomacia y sus discretas intrigas. La identidad que había creado para sí misma fue algo que, en más de un sentido, le salvó la vida.

—Tiene perfecto sentido —dijo suavemente, con una mirada borrosa empañando sus ojos verdosos. Ausentemente, tomó una de las manos de Jude y estrechó sus dedos.

El marinero aprovechó ese momento privado para asomar la cabeza por la puerta con una mirada interrogante para saber si querían otra jarra. Liz dijo que no con la cabeza y simplemente se dedicó a disfrutar de la sensación de los dedos de Jude comparando el largo con los suyos.

—Entonces... ¿no te asustaba?

—¿El qué?

—La idea de acostarte con Nickie.

—¿Estás preguntando si el ‘acto’ era algo extraño para mí? —se burló Jude.

—Algo así —masculló. Jude arqueó una ceja contemplativamente.

—No creo que lo fuera. Quiero decir, sabía que no me haría daño, si es eso lo que preguntas.

—¿Lo hizo alguien? —la pregunta estaba formulada antes de que Liz pudiera detenerla—. Hacerte daño, quiero decir.

—¿Por qué preguntas eso? —sus oscuras cejas se fruncieron—. ¿A causa de mi ‘destrozada’ y ‘poco privilegiada’ infancia? —se burló—. ¿O a causa de mi pasado criminal?

—¡No! —casi gritó Liz—. Porque... —vaciló, trabándose con lo que iba a soltar a continuación—. Porque no puedo soportar la idea de que alguien te haga daño —terminó la frase sin poder contenerse.

—Oh —respiró Jude. Sus ojos se encontraron y se sostuvieron durante un largo momento, comprendiendo que estaban dando, sin vacilar, el siguiente paso en un camino lleno de curvas por el que iban encaminadas—. Uau... —la mujer oscura rió en un tono irregular—.Yo... gracias...

—¿Por qué?

—Por preocuparte por la niña que fui. Eso es... bonito... Elizabeth. Nadie ha hecho eso nunca.
Mientras su mirada profundizaba en esos ojos imposiblemente azules, Liz se preguntó por qué nunca nadie se había aventurado lo suficiente en el alma de Jude para excavar en los frágiles restos de su infancia.

—No puedo evitarlo —fue su sencilla respuesta. Después, dándose cuenta de que estaban a punto de ponerse demasiado serias para ese precioso día de verano, bromeó—. Parece que la llevo debajo de mi piel, Srta. Lucien.

Brindaron por ello en silencio, disfrutando de la caída del sol, de la suave brisa sobre su piel y de la cercanía entre ellas. Fue uno de aquellos raros momentos, llenos de completa paz, en los que nada, absolutamente nada, hubiera podido hacerlo más perfecto.

Una risita sorda rompió el silencio, y Jude se inclinó alzando una ceja en la dirección de su acompañante.

—¿Sí?

—Bueno... Estaba pensando que si a los dieciséis, ‘el acto’ no te era desconocido... —unos ojos verdes danzaban divertidos—. Cuándo fue que... a ver, cómo lo dice mi hermano... “¿empezaste a batear en el equipo contrario”? —Jude se rió ante el delicado eufemismo.

—Ah... —se detuvo un momento, pensando—. Supongo que siempre “he bateado en el equipo contrario”. Verás, hubo algún que otro hombre aquí y allá, pero sinceramente, no hay nada que se pueda comparar.

—¿Comparar a qué? —preguntó Liz, sintiéndose lentamente hipnotizada por el azul cada vez más oscuro de los ojos de Jude. Su normalmente color pálido, parecía adoptar una nueva vibración, latiendo por sí mismos con una nueva, sensual, vida.

—A la sensación de una mujer entre mis brazos —contestó Jude sin vacilar—. Adoro todo lo relacionado con hacerle el amor a una mujer, Elizabeth —murmuró, un tono ronco matizando su voz—. La suavidad de la piel, la calidez de su cuerpo, los sonidos que hacen cuando las toco....No hay nada en el mundo que se le parezca.

Liz tragó con dificultad. Este tema había estado dándole vueltas en la cabeza desde la primera vez que la boca de Jude había probado la suya en la tarde del día anterior. No le cabía la menor duda de que Jude iba a ser una amante magnífica, y necesitaba tanto tocar a la mujer oscura que los músculos le dolían por la presión.

—¿A ti, Elizabeth? —los ojos de Jude ardieron aún más y su deseo por la reportera saltó en su mirada.

—Oh, sí... —asintió Liz—. ¿En qué crees que llevo pensando todo el día?

—Dímelo —apremió la mujer oscura suavemente. El delicado sendero de aprendizaje en el que las dos se habían embarcado, se acercaba a su final mientras sus mentes reconocían sin error posible lo que sus cuerpos habían estado diciéndoles durante más de una semana—. Cuéntame en lo que has estado pensando.

—En ti —consiguió decir con voz ronca—. La manera en que te siento en mis brazos, la manera en la que yo encajo en los tuyos. Te estuve abrazando esta mañana mientras dormías y me costó dejarte ir cuando te despertaste —movió suavemente la silla para acercarla a Jude, de forma que sus rodillas se tocaban ligeramente—. Quiero ver tu cuerpo extendido debajo de mí —confesó, mientras sus ojos adquirían su propio brillo de deseo—. Te quiero expuesta y deseándome tanto como yo te deseo a ti ahora. Quiero amarte con mis manos, mi boca, mi lengua... del modo que tú quieras, de cualquier manera que hayas imaginado. Te quiero incapaz de hacer nada, excepto reaccionar ante mí... a la presión de mis pechos sobre los tuyos, al sonido de mi voz en tu oído. Y quiero hacer todo esto sabiendo que tan pronto como alcances el orgasmo, vas a darte la vuelta y a exigir lo mismo de mí.

La parte racional del cerebro de la reportera, que permanecía intacto, se preguntó una vez más de dónde salían todas esas palabras. La seducción, o una confesión como esa, no era algo que hubiera hecho antes. Pero un ‘no-sé-qué’ relacionado con aquella oscura mujer y con su amenaza sensual, simplemente, le inspiraba.

Si todavía quedaba alguna duda de que Elizabeth se ganaba la vida con las palabras, quedó anulada por las rápidas frases que salían de sus labios llenos, a sólo unos centímetros de los de Jude. Un visible estremecimiento se abrió pasó a través del cuerpo de la mujer sombría, y sus manos se contrajeron en un ligero movimiento que no pasó desapercibido para Elizabeth, quien lanzó una risa profunda como respuesta.

—No obstante, sugiero que salgamos antes de aquí –dijo Liz.

Todo lo que Jude pudo hacer fue asentir y soltar un puñado de billetes sobre la mesa para pagar su cuenta.

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Re: Lucifer rising, Sharon Bowers

Mensaje  malena el Enero 7th 2013, 12:05 pm

El Boxster hizo el camino de vuelta a casa en un tiempo récord, pero aún así, el sol había hecho su aparición final sobre el horizonte, abandonando la ciudad en sus diversiones crepusculares. Jude abrió la puerta lateral con manos temblorosas y quitó la alarma como en un sueño. Inmediatamente, los brazos de Elizabeth se enroscaron alrededor de su cuello, ese pecaminoso cuerpo confundiéndose con el suyo. Oh, Dios…, pensó Jude, incoherente. Andaron el camino a través de la casa mientras unos hábiles dedos que no pertenecían a Jude, intentaban arrancarle la camisa blanca de los hombros.

—¿Por qué has tenido que elegir una camisa con tantos malditos botones? —murmuró Liz casi inaudible dirigiendo a Jude hacia las escaleras. Finalmente, dando por perdida la pelea, agarró la camisa por los bordes y la abrió por la fuerza. Jude protestó con un pequeño grito cuando los botones saltaron por los aires, pero Liz la hizo callar con un gruñido gutural:

—Quiero verte... ahora....

Jude no tuvo ocasión de protestar al sentir unas manos vagabundas que trazaban los músculos que delineaban finamente su abdomen. Quería sentir también la piel de Liz contra sí, pero para ello tendría que separarse de la deliciosa boca que invadía la suya con destreza. Se las apañaron para subir la escalera curvada sin romper el contacto, o romperse el cuello, en el ascenso. Jude abrió de una patada la puerta de la habitación, haciendo que los animales volaran despavoridos en todas direcciones.

—Espera... —Dijo Jude con voz entrecortada cuando Elizabeth estaba a punto de liberar los pechos de la mujer oscura de su encierro de encaje.

Unas cejas doradas se fruncieron confundidas, pero las manos dejaron su búsqueda inexorable de piel.

—¿Por qué? —preguntó suavemente—. ¿Te estás arrepintiendo?

—¡No, por Dios! —respondió Jude—. Solo... ah... solo que... oh, mierda... Solo quiero tomármelo con calma. No quiero que esto nos sobrepase.

Liz sonrió ampliamente mostrando su acuerdo.

—De acuerdo, eso me parece bien.

—Y... quería hacerte una pregunta... —Jude fijó la mirada en las pequeñas manos que reposaban sobre su piel—. Si estuvieras... quiero decir... hemos bebido bastante... No...

—No quieres que hagamos nada que yo pueda lamentar luego ¿es eso? —Liz agarró a Jude de la barbilla e hizo que sus ojos azules se centraran en los suyos verdes.

—Algo así.

Una risa ahogada surgió de la profundidad de la garganta de la reportera.

—Lo único que lamentaría es no hacer el amor contigo ahora mismo —se puso seria y añadió—. A menos que no tú no lo desees también.

—Oh, claro que quiero —prometió Jude fervientemente.

—Entonces no creo que haya nada de lo que tengamos que preocuparnos.

Sus bocas se encontraron de nuevo, esta vez en una lenta y tierna bienvenida. Jude notó que esa agresividad frenética había volado del cuerpo de Liz, sustituida por una bruma sensual que las envolvía a ambas. La lengua de Jude trazaba incitantes senderos sobre sus labios y por su cuello, lanzando deliciosos chispazos que hacían estremecerse al cuerpo de la pequeña mujer. Dedos elegantes liberaron la blusa de seda de la falda rojiza y se deslizaron por debajo para explorar los músculos definidos del torso de Liz.

—Oh, sí... —murmuró Liz—. Eres tan maravillosa —con solo abrazarla siento que esto es lo correcto, pensó Jude maravillada. Y es una mejor sensación, mucho mejor de lo que nunca pensé que podría ser.
Comenzaron una pausada exploración que les hubiera llevado horas si no hubiera sido por una sola cosa: sonó el teléfono.

—Deja que salte el contestador —murmuró Liz.

Y Jude lo hubiera hecho pero se trataba del penetrante sonido de su línea privada. La línea que no tenía contestador. La línea de la que nadie tenía el número excepto Sasha. La línea que no significaba otra cosa nada más que complicaciones. Gruñendo, hundió el rostro en el cabello de dulce olor de su compañera.

—Tengo que contestar —con una resolución que desesperadamente deseó no poseer, rompió su abrazo y agarró el auricular del lugar donde descansaba sobre la mesilla. Los ojos de Liz se abrieron con sorpresa al ver que el teléfono blanco en la misma mesa permanecía intacto.

—Lucien —gruñó Jude en el teléfono.

—Tenemos problemas —informó el tono cortante de Sasha—. Te espero en la oficina —click.

Joder….joder….joder….joder….

Jude dejó cansinamente el auricular y se sentó en la cama, apoyando la cabeza sobre las manos.

—Deja que adivine. Ha surgido un problema...

Hubo un silencio aterrador, y después Jude levantó la cabeza muy lentamente. Los ojos que hacía unos momentos habían brillado con un vivo, vibrante violeta, ahora eran un yermo pálido y descolorido que parecía helar todo lo que miraban. Instintivamente Liz retrocedió ante la dureza de la mirada, y Jude agachó otra vez la cabeza con una tristeza desgarradora.

—Sí... —dijo esquivando los ojos de Liz—. Yo... tengo que marcharme.

Un destello de miedo apareció en los ojos de Elizabeth, y Jude se preguntó si esto sería lo que finalmente aterrorizaría a esta exquisita mujer. Pero para sorpresa de la mujer sombría, en lugar de huir, Liz colocó unas tentativas manos sobre las de Jude.

—De acuerdo —dijo Liz con calma—, aquí estaré cuando regreses.

—Elizabeth... —sus ojos regresaron a la mujer dorada frente a ella, y esta vez estuvieron rodeados de una débil pero inconfundible calidez—, puede que esto no sea... una buena idea.

—Mi elección, ¿recuerdas? A menos que no me quieras aquí.

Esa valentía tan dulce amenazó con desgarrar el aliento de los pulmones de Jude. Sus instintos le decían que discutiera, que hiciera que Liz se marchara antes de que sufriera más daño del que ya había sufrido. Pero carecía del coraje suficiente para discutir con esta mujer que quería convertir en su amante. Deja que vea qué ocurre, pensó aturdida.

—Muy bien —accedió. Echó una mirada a su aspecto a medio vestir y le dolió el estado de las cosas casi a su alcance y ahora perdidas—. Tengo que ponerme en marcha —dijo levantándose con un movimiento fluido al tiempo que su cerebro finalmente empezaba a funcionar. Apartando ese dolor a un lejano rincón de su alma, al lugar donde aún vivía Jason, comenzó a sacar ropa del armario metódicamente y a echarla sobre la cama.

Liz observaba aturdida cómo un pantalón de cuero y una camisa de seda negra aterrizaban sobre la colcha, seguidas por un par de botas y un cinturón negro de aspecto siniestro.

Jude vaciló un momento porque sabía que Liz aún estaba mirando, después se encogió de hombros mentalmente y sacó la Sig Sauer de su lugar en la caja fuerte junto con un cargador de repuesto. Ambos también aterrizaron sobre la cama.

Los pantalones de lino cayeron en un montón a sus pies, salió de ellos y deslizó el cuero sobre sus piernas. Extendió la seda sobre sus hombros, abotonándola con rápida precisión y metiendo los extremos ordenadamente. Después las botas seguidas del cinturón. Dejó la pistola para el final, deslizando el clip en su sitio con precisión experta. Colocó este último objeto a su espalda en la cintura de los pantalones, su peso un incómodo recordatorio de lo que era.

Levantando la vista, se encontró con que Liz permanecía inmóvil en el mismo punto en que Jude la había dejado; en su rostro una mirada aturdida e impotente. Cubriendo la habitación con largos pasos, alargó una mano como para tocar a la reportera, pero sus dedos no alcanzaron a la pequeña mujer, y no volvieron a intentarlo.

—Lo siento —susurró, y desapareció. Una quimera persiguiendo a otros habitantes de su reino adumbral.
Un sentimiento enfermizamente familiar brotó en las entrañas de Jude mientras regresaba hacia el Boxster, y agitó la cabeza con fuerza lamentando haber pensado que las cosas podían llegar a ser diferentes. El día podía haber sido reservado para la luz, para Elizabeth, y la alegría que la acompañaba. Pero Jude había cometido el grave error de olvidar que el día siempre pasa y cuando la noche cae una vez más, trae la oscuridad con ella.

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Re: Lucifer rising, Sharon Bowers

Mensaje  malena el Enero 9th 2013, 6:03 pm

Capítulo 8

Sasha miraba fijamente el teléfono que acababa de colgar hacía un momento, y un pequeño estremecimiento recorrió su cuerpo. Está en camino.... Había pasado mucho tiempo desde la última vez que se habían tocado, y a veces parecía que la piel le había dolido cada segundo desde entonces.

—Te juro por Dios, Jude, que eres peor que un gato.

La figura envuelta en una bata de seda negra miraba a la mujer sombría desde la entrada. El sueño le había dejado revuelto el pelo oscuro y rizado, y se frotaba distraídamente los ojos de pie en el rellano de hierro de su loft.

Con sus pantalones de cuero, la camisa blanca de seda semiabotonada y las manos casualmente entrelazadas en la espalda, Jude podría haber encarnado la fantasía erótica de un millón de hombres y mujeres. Una sonrisa desenfadada encendió la llama de sus ojos, y con un movimiento suave dejó la barandilla y se aproximó a su presa.

—Vamos, querida. No te pongas difícil.

Sasha levantó una mano para detener el avance de la intrusa, pero en su lugar se encontró con que sus dedos acariciaban la seda de su camisa y se deslizaban bajo la tela hacia los tensos músculos. Jude cerró el espacio entre ellas, y los brazos de Sasha se levantaron por su propia voluntad para enroscarse alrededor del cuello de Jude.

—¿Qué haces aquí? —murmuró antes de que sus labios fueran atrapados por la boca voraz de la cazadora.

El aroma a cilantro de Jude asaltó los sentidos de Sasha, que se iban despertando rápidamente. La depredadora sabía a sal, a sudor y a calor, y a débiles vestigios de un sexo que no era el de Sasha. Maldita seas..., pensó Sasha para sí misma, liberándose, dándose la vuelta y entrando en el apartamento. Consciente de que Jude la seguía, aprovechó el momentáneo respiro para recomponer su calma, normalmente imperturbable.

—¿A quién acabas de follarte? —preguntó con aparente despreocupación, observando cómo Jude cerraba con llave la puerta tras ella, y dándose cuenta con regocijo de que la mujer oscura no tenía intención de marcharse pronto.

Jude se encogió de hombros. El movimiento dejó entrever débilmente la curva de sus músculos.

—A una rubia. Aunque he perdido el interés bastante rápido.

—¿Y eso por qué? —se iba apartando de Jude, manteniendo varios pasos de distancia entre ellas mientras se dirigía a la cocina. Sólo consiguió llegar hasta la mesa del comedor antes de que Jude la alcanzara, envolviendo sus largos brazos alrededor de su fina cintura.

—Porque no me daba lo que tú me das —susurró Jude en su oído, trazando una volátil línea de besos a lo largo del cuello de Sasha.

Sasha gimió involuntariamente ante el contacto y se agarró a la superficie de cristal de la mesa, dejando que su frío grosor le sirviese de apoyo contra el vibrante calor del cuerpo de Jude. Se arqueó hacia los dedos hábiles que se concentraban en aflojar el cinturón que mantenía la bata cerrada. Por fin, la prenda se liberó acercando la cálida longitud de su carne a la búsqueda incansable de la cazadora.

Largas manos comenzaron rápidamente a recorrer el territorio recién expuesto, y Sasha calculó mentalmente los pros y los contras de decir que no o de dejar que Jude hiciera lo que ambas deseaban. Sus rechazos eran raros y normalmente encaminados a hacerse valer en la relación de poder que mantenían. Un gemido desgarrado se abrió paso a través de su garganta, y rápidamente tomó una decisión.

Volviéndose con velocidad, atrapó esas manos y las colocó a la espalda de Jude con sorprendente fuerza.

—Vienes aquí apestando a una zorra cualquiera y ¿se supone que te tengo que dejar acabar? —se burló—. Me parece que no.

Una ceja sardónica se levantó y Jude comentó secamente:

—Si hubiera sabido que estabas interesada en unirte a nosotras, te hubiera extendido una invitación formal —murmuró, mordisqueando el labio inferior de Sasha—. Además, no estoy terminando... solo voy comenzando.

Un extraordinariamente rápido movimiento liberó sus brazos de su prisión, y levantando a la ligera mujer, la colocó sobre la mesa de cristal del comedor, situándose con comodidad entre sus piernas extendidas, que rodearon de buena gana la estrecha cintura de Jude.

Jude agarró las caderas de su presa, manteniéndola firmemente contra ella, y la fricción de la piel contra un sexo ya hinchado arrancó un gruñido de la mujer en los brazos de Jude.

—Estamos un poco ansiosas, ¿o no, querida? —se burló Jude.

La boca de Sasha encontró la suya con urgencia devoradora, silenciando cualquier otro sarcasmo que hubiera podido salir de sus labios. Se abalanzó contra la fuerza muscular del cuerpo de Jude, deseando el contacto sobre su piel adolorida. Sasha se liberó sólo el tiempo suficiente para arrancar la tela de seda de sus cuerpos, revelando el contraste entre la suave agilidad de los anchos hombros de Jude y la ruda textura del cuero entre sus piernas.

En el enredo de sus bocas, lenguas y dientes batallaban por dominar, penetrantes y calientes, mordisqueando, saboreando y probando. El gruñido creciente que comenzaba a surgir de la garganta de Jude provocó un estremecimiento que le recorrió la espina dorsal, y las hábiles manos de la traficante se unieron a la lucha, encontrando la espesa humedad que fluía del centro de su presa.

—Tan mojada... Dios... Sasha.

Unas manos pequeñas guiaron a Jude hacia abajo, quien obedeció sin resistirse. Trazó un camino de besos incendiarios sobre la piel morena de Sasha, deteniéndose sobre sus pezones erectos, pintándolos rápidamente con el pincel de su lengua, moviéndose después aún más abajo ante la insistencia desesperada de Sasha.

Ágiles músculos se enroscaron sobre los hombros de Jude cuando ésta descendió lo suficiente, hasta descansar sobre sus rodillas. El aroma de su excitación era abrumador, y Sasha era dolorosamente consciente de su sexo palpitando con fuerza, anhelante del oscuro tacto.

—¿Es aquí donde me quieres? —murmuró su atormentadora intercalando sus palabras con lentos besos a lo largo de las piernas abiertas de Sasha. Separó los labios brillantes, deslizando sus dedos sobre el sensible fuego de su centro.

La mujer morena estaba más que lista para el tacto de Jude. Mientras los largos dedos danzaban sobre su deseo, gimió faltándole el aire...

—Oh, Cristo...

—No.... —murmuró Jude, sus ojos azules recorrieron de arriba abajo a la mujer que se estremecía debajo de ella—. Es el diablo —susurró antes de caer en el infierno que le daba la bienvenida...

— Ya falta poco, Jude, murmuró suavemente en la oscuridad.

°°°°°°°°°°°°°°°

El distrito comercial estaba desierto en esa noche de domingo cuando Jude dejó el coche en la plaza del garaje subterráneo. Cromo y cristal se elevaban en industrial súplica hacia las deidades de la tecnología mientras el ascensor la llevaba hasta las oficinas de JLE Limited en el piso veintisiete. Se adentró en el silencio antinatural de un santuario abandonado, y caminó con paso suave y sin hacer ruido sobre la lujosa moqueta negra. Sus visitas aquí eran más regulares que las que hacía al Club, ya que las oficinas eran el centro de sus operaciones legales. En consecuencia, una gran oficina en la esquina llevaba su nombre grabado sobre una placa de plata. La puerta estaba abierta y entró sin hacer ruido.

Como su casa, esta oficina era un testimonio de la aversión de su ocupante a los espacios cerrados. Las dos paredes exteriores eran ventanas desde el suelo hasta el techo. Las persianas se abrían ahora para permitir la entrada a hurtadillas de una luz de luna teñida de neón que salpicaba de manera inquietante los contenidos de la habitación con un fracturado aro de luz. Supo inmediatamente que no estaba sola. Una sombra se sentaba cómodamente sobre la superficie de su inmenso escritorio de mármol y jugaba despreocupadamente con un pequeño globo pisapapeles de Tiffany’s.

—¿Dónde está el fuego? —preguntó Jude, luchando para evitar que su tono traicionara los impulsos enfrentados de su corazón y de su sangre. El dulce sabor de la boca de Elizabeth estaba todavía en sus labios, y el ardiente deseo que la mujer del pelo color miel había inspirado no había hecho más que intensificarse con la llamada de Sasha. Su cuerpo nunca dejaba de responder a las rápidas, y con frecuencia violentas, medidas que su vida requería, y aunque la concentrada energía de la acción iba reemplazando gradualmente las delicadas sensaciones de la excitación sexual, había un deje inconfundiblemente sensual en las palabras que surgían de su garganta.

Ojos color azafrán oscilaron sobre la figura oscura recortada contra el marco de la puerta. Jude sintió su evaluación y el breve comienzo de la sorpresa en ellos mientras la examinaban. Sin embargo, el tono de Sasha fue puramente de negocios cuando se dirigió a Jude.

—Diego Arrgua ha decidido cambiar de equipo —dijo con total naturalidad.

—¿Diego? —Jude recorrió mentalmente los innumerables rostros de la gente que hacía sus negocios ilegales tan vastamente exitosos—. ¿El colombiano?

—El mismo. Parece que no le gustó demasiado que te cargaras a dos de sus culeros hace seis meses.

—No tenían que haberla jodido de esa manera —Jude se encogió de hombros—. ¿Está intentando venderme? —preguntó dubitativamente. Una sola mención de su nombre al Condado de Dade o a la DEA, y Arrgua habría sido enviado a Kent. Y, si ese fuera el caso, el colombiano debería estar congelándose en sus talones en un calabozo hasta que Kent pudiera hablar con ella.

—No, decidió ver qué era lo que Romair Massala tenía que ofrecer.

Jude no pudo controlar una elevación sorprendida de sus cejas.

—Imposible —dijo rotundamente.

—Aparentemente, no —replicó Sasha. Aunque ella había sido una de las que más se habían beneficiado de ello, el poco control que Jude ejercía sobre sus empleados había sido siempre la manzana de la discordia entre ellas. Sasha era la indiscutible segunda a bordo de Jude, y había llegado a serlo porque había demostrado la habilidad, no sólo de ejecutar las órdenes de Jude, sino también de ir más allá, anticipando problemas y ocupándose de ellos antes de que las cosas pudieran complicarse.
Jude pasó una mano agitada por su pelo.

—¿Cómo lo averiguaste?

Sasha se rió, un tono extraño y apagado en su voz.

—Lo creas o no, Romair vino a decírmelo.

Las alarmas reverberaron a través del cuerpo de Jude, erizándosele el pelo de la nuca.

—¿Romair fue a decírtelo? —preguntó. Una calma mortal inundaba su voz.

Sasha pareció no perturbarse por el brillo amenazador que chispeaba en los ojos de su jefa.

—No es que hayas estado lo que se dice localizable, Jude. Él y yo hemos estado intentando encontrarte desde ayer por la tarde. He estado llamando a tu línea privada cada treinta minutos durante las últimas seis horas.

Había algo en la explicación que a Jude no le gustó, pero no encontró nada extraño a lo que pudiera agarrarse. Había estropeado su segunda reunión con Sasha la tarde anterior en favor de Elizabeth, para pasar tiempo con ella. Los dos últimos días habían estado llenos sólo con la mujer del pelo rubio-miel, y ahora mismo deseaba inútilmente que esa fuera la situación.

—Bueno, ¿y cuál es su historia? —preguntó Jude bruscamente, apartando sus dudas por el momento.

—Diego llamó a uno de los lugartenientes de Romair, un tipo que se llama Santiago, pidiendo una entrevista. Dijo que tenía información valiosa para la familia Massala sobre tu organización.

—¿Qué era lo que ofrecía?

—Rutas de proveedores, correos, horarios.

—Pero él sólo tiene acceso a los suyos, y son mínimos —objetó Jude.

—Sus "mínimas" rutas valen más de diez millones de dólares, Jude.

—Aun así —Jude quitó importancia con un gesto de la mano—. Eso no es nada dentro de todo lo que se mueve.

—No cuando perteneces a un Cártel que ha perdido la mitad de sus negocios —argumentó Sasha—. Además, los Massala no saben que todos tus proveedores están individualizados. Probablemente piensan que tienen acceso a toda la información. Y está el pequeño beneficio añadido de jugársela a la mujer que, para empezar, consiguió de ellos muchas de esas rutas de proveedores.

—Cierto —murmuró Jude pensativamente—. Pero, ¿por qué Romair renuncia a todo eso?

—Se lo pregunté. Dijo que él y tú tenían un nuevo acuerdo, y que no iba a traicionarlo —Sasha estudió la forma oscura de Jude—. Supongo que le has causado una impresión mucho mejor de la que pensabas.

—Puede que no —Jude se mordió el labio, ausente, mientras paseaba a lo largo de la oficina—. ¿Se han visto ya Romair y Diego?

—No. Por eso estaba Romair tan ansioso por ponerse en contacto contigo —echó una mirada a su reloj—. La reunión es dentro de una hora. Quiere que estés allí.

—Déjame adivinar... quiere que esté allí, así él puede entregarme a Diego personalmente.

—Eso es exactamente lo que dijo.

—Seguro —bufó Jude—. ¿No resulta esto un poco conveniente para ti? Quiero decir, tenemos un Cártel con el que hemos estado enfrentados desde el primer día... ¿y dos semanas después de que alcanzáramos un "nuevo acuerdo" alguien de mi organización quiere desertar? ¿Algo que no había sucedido... nunca?

—¿En qué estás pensando? —preguntó Sasha vacilante.

—Estoy pensando en que toda esta historia apesta a trampa, Sasha. Voy camino de una emboscada —con gravedad, se volvió sobre sus talones y dejó la oficina.

—Si es una emboscada no voy a permitir que caigas en ella con los ojos cerrados —argumentó Sasha vehementemente mientras Jude caminaba a grandes pasos por el corredor oscuro—. O desarmada.

—No voy con los ojos cerrados. Y tengo esto —midió el peso de la Sig en su mano.

—Sí, claro, como que te va a servir de mucho contra una docena de hombres armados.

—No tengo que matarlos a todos, querida. Sólo tengo que matar a los suficientes como para poder escaparme.

—¿Por qué pasar por todo esto si lo que vas a hacer es huir?

—Porque no puedo creer que Romair piense que no voy a superar esto. Me está poniendo a prueba para ver si tengo cojones para cruzar esa puerta. Y existe la rara posibilidad de que Diego esté desertando realmente y de que Romair simplemente haya decidido aprovechar la oportunidad. Sabe que de ninguna manera correré el riesgo de permitir que Diego revele mis rutas de abastecimiento.

—¿Y cómo lo sabe?

—Porque él tampoco correría ese riesgo.

Las puertas del ascensor se cerraron suavemente tras ellas, descendiendo hasta el primer piso con eficiente facilidad. Sasha repiqueteaba un furioso staccato con los tacones de sus zapatos y miró desafiante a su jefa.

—De acuerdo, si no te vas a llevar a ninguno de los chicos, yo voy contigo. Necesitas a alguien que te cubra ese trasero de lista que tienes.

Jude echó una mirada a su empleada con muda irritación, pero no pudo suprimir una suave sonrisa ante la lealtad de Sasha.

—No —dijo suavemente.

—¿Por qué no?

—Si algo me sucede, tendrás que hacerte cargo de todo. Ya lo sabes —replicó Jude, aunque no era más que una verdad a medias. Poco a poco había ido sacando a Sasha de los negocios clandestinos y encomendando cada vez más de sus negocios legítimos a su consumada pericia. Ya que iba a entregar el juego y el tráfico de armas y de drogas a la DEA en cuanto hubiera entregado a Massala, quería que Sasha estuviera limpia y libre cuando eso sucediera. Y eso significaba mantenerla fuera de situaciones como ésta.

Sasha suspiró pesadamente, derrotada, siguiendo a la mujer más alta hasta su coche.

—Sólo te digo que esto no me gusta.

Una mueca se dibujó sobre el rostro de Jude mientras miraba a la mujer.

—He estado en situaciones más difíciles. Además, no tiene por qué ser necesariamente una trampa —una insistente vocecita en la cabeza de Jude repetía que Romair era ciertamente un adversario honorable y llevar a alguien a una emboscada no era digno de él.

Puede que recibiera la impresión equivocada, pero no creo que pudiera hacer lo que parece que está haciendo... Claro, que fue la noche en que conocí a Elizabeth, con lo que mi cerebro podría haber estado completamente enmarañado.... Y, después de todo, Romair podría llamarle justicia poética a tenderme una emboscada... Eso es lo que yo le hice a Enrico.
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Re: Lucifer rising, Sharon Bowers

Mensaje  malena el Enero 10th 2013, 4:07 pm

El roce de una mano en su hombro la sacó bruscamente de esos negros recuerdos. El tacto de Sasha era frío a través de la seda negra, y fue agradable sobre la piel caliente de Jude. Por un breve instante, la mujer oscura fue devuelta a esas largas, sudorosas noches, en las que había explorado incesante los secretos de la mujer morena con sus manos y con su boca, buscando una forma de hacer añicos aquella calma implacable. Curiosamente, la sensación erótica que normalmente la envolvía en ocasiones como ésta, había desaparecido, reemplazada únicamente por el eco seductor de los dedos de Elizabeth trazando inflamados senderos sobre su piel.

—Lo siento, querida, ¿qué decías?

—Decía que no quiero hacerme cargo de nada, así que ten cuidado, ¿entendido?

Agarró la mano de Sasha, reafirmándola antes de deslizarse en el familiar abrazo del Boxster.

—No te preocupes, ¿de acuerdo? —obsequiando a su empleada con una sonrisa arrogante, sacó el coche de su espacio marcha atrás y salió del garaje haciendo un ruido infernal.

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El encuentro iba a ser en el puerto deportivo, en el cobertizo de atraque 114, y Jude, precavida, aparcó aproximadamente a un cuarto de milla, confiando en que nadie detectara el Boxster en su nicho de sombras. Hizo un camino serpenteante hacia el lugar designado, buscando signos de ocupación reciente, pero la noche estaba vacía de los sonidos sordos que acompañan a los grupos de hombres que matan el tiempo. Unos quince minutos antes de la hora establecida para la reunión, se deslizó en el cobertizo, inadvertida por los tres hombres reunidos bajo la pequeña fuente de luz que iluminaba la calle.
Vaya... ¿Significará esto que soy Ricitos de Oro? Porque, joder, si esos no parecen los tres osos..., pensó Jude. De hecho, los tres hombres eran de diferentes tamaños y reconoció al del centro como Romair Massala. Los otros dos deben de ser gorilas... No veo a Diego, pero creo que he llegado un poquito pronto. Escuchó durante un momento su amortiguada charla sobre las posibilidades de Argentina ese año en la Copa del Mundo, hasta que la conversación fue silenciada por la aproximación vacilante de un cuarto hombre. ¡Bingo!, cantó la mente de Jude mientras la familiar forma del colombiano apareció a la vista. Muy bien... veamos qué es lo que pasa ahora. Observó a Romair, que discretamente echaba una mirada alrededor buscando otra presencia. Pero los gorilas parecían ajenos a las acciones de su jefe, apuntando sus miradas hacia Diego y las sombras de las que había surgido.

—He oído que tienes algo en lo que yo podría estar interesado —comenzó Romair como introducción.

—Puede —reconoció Diego.

—¿Sobre la organización de Jude Lucien?

—Quizá.

Oh, vamos chicos... Ésta es la ronda más aburrida que he visto en mi vida de “enséñame lo que tienes...", gruño Jude silenciosamente. Ha llegado el momento de hacer las cosas un poco más interesantes.

Sin hacer ruido, se deslizó saliendo de la oscuridad justo detrás de Romair y su gorila, y apareciendo frente a Diego como un Ángel Exterminador en el día del Juicio Final.

—¿Alguien está tomando otra vez mi nombre en vano? —musitó Jude en tono agradable, con una perversa sonrisa en el rostro.

Todo el color de sus rasgos, normalmente rosados, desapareció, asemejándose de forma asombrosa al cadáver en el que estaba a punto de convertirse.

—Ju... Jude... —balbuceó finalmente.

Los gorilas se dieron media vuelta rápidamente al oír sus palabras, las armas desenfundadas, pero Romair se limitó a mirar divertido detrás de él, cruzándose de brazos con tranquilidad.

—Ah, Jude... Qué bien que hayas podido reunirte con nosotros. Por un momento temí que no hubieras recibido mi mensaje.

El colombiano reconoció esas palabras como los últimos clavos de su ataúd y con cierto retraso, intentó liberarse de la trampa. Pegó un salto hacia la puerta, pero Jude le agarró por el cuello y lo lanzó a lo largo del cobertizo, haciendo que el hombre se estrellara contra un par de caballetes.

—Oh, no, nada de eso —reprendió al tipo caído en el suelo. Inclinándose hacia su presa con la gracia de un depredador, observó al proveedor con frialdad—. ¿Sabes? Esperaba algo más de ti, Diego.

Se arrastró desesperadamente hacia atrás, intentando fundirse con los trastos y la basura que llenaban el cobertizo sin apartar los ojos de la Furia vengativa que se cernía sobre él. Incoherencias entrecortadas caían de sus labios cada vez más deprisa mientras Jude se inclinaba y con calma, le levantaba agarrándole por la pechera de la camisa. Diego agitó los brazos en el aire inútilmente, temiendo tocar a la mujer que hervía de furia y que lo sostenía de forma tan poco cuidadosa.
Jude abofeteó con el revés de su mano libre al hombre lloroso, manteniéndole sujeto con un firme agarre de la tela de su camisa. Sus labios arrojaron un lloriqueo, junto con la sangre producida por el golpe.

—¿Tienes algo que decir en tu favor? —preguntó, estrellando otro golpe sobre su cara. Se oyó el antinatural crujido de huesos haciéndose añicos en la nariz de Diego, y un espumarajo de baba y sangre salpicando la camisa de seda de Jude.

En su visión periférica podía ver a los gorilas asintiendo apreciativamente ante la fuerza del asalto. Sin embargo, Romair permanecía de pie con placidez, con las manos tranquilamente metidas en los bolsillos, como si estuviera esperando a que un socio terminase de hablar por teléfono. Jude sabía que ésta era otra prueba, si se le podía llamar así, para ver cómo trataba a los traidores. Los Massala se enorgullecían de su crueldad, siempre lo habían hecho, hasta que, por supuesto, Jude les ganó en su propio terreno.

—¿No estás al corriente de los últimos acontecimientos? —inquirió suavemente—. Romair y yo somos ahora compañeros de equipo... —¡BOFETADA!—. Lo que significa, miserable pedazo de mierda —¡BOFETADA! — que lo que es malo para mí —¡BOFETADA!— es malo para él —¡BOFETADA!—. ¿Entendido?
Un rápido rodillazo presionó contra la sección media del colombiano e hizo que éste se doblara. Hubiera vuelto al suelo de no haber sido por la mano de Jude, que lo sujetaba. Un placer familiar, voraz, se abrió paso por sus venas al estudiar los rasgos magullados del colombiano. No le había hecho ni la décima parte de lo que había pensado hacerle, y ya estaba suplicando compasión lastimeramente.

—P-p-po-por favor, para... —tartamudeó Diego, levantando las manos débilmente.

Jude inclinó la cabeza contemplándole.

—¿Y por qué debería hacerlo? —preguntó razonablemente, tirándole al suelo, donde cayó sin fuerzas—. Estás aquí para venderme... para comerciar con mis rutas de proveedores, mis horarios, los códigos de mis transportes... —un escalofriante crujido acompañó al ruido sordo producido por la bota de Jude contra las costillas de Diego—. ¿Y ahora quieres que no te arranque tu desgraciado pellejo?

—M-m-mi fa-fam-familia... —jadeó.

—Sí, tu familia —Jude se irguió y cruzó los brazos como un maestro disgustado—. Hablemos de tu familia.

—No les hagas da-daño.

Un gruñido de rabia se apoderó de los dibujados rasgos de Jude.

—No voy a tocar a tu familia, Diego. No es mi estilo. Ya conoces las reglas: TÚ me fallas, TÚ pagas el precio. Pero hablemos de lo que pasará con ellos después de que te arranque tu corazoncito de ladrón.

—Nnnoooo... —suplicó.

La estupidez de ese cuadro surrealista alcanzó a Jude de golpe, y se detuvo involuntariamente. Por primera vez en su vida, el clamor de su sistema por la sangre de otros pareció huir; no dejando en su estela nada más que una anhelante, silenciosa tristeza. ¿Así es como ibas a arreglar las cosas?, una voz demasiado familiar se abrió camino en sus pensamientos, puedes pensar que has cambiado, Jude... pero en el fondo... sabes que entregar Massala a la DEA es simple... aún son negocios como los de siempre... Para arreglar las cosas de verdad, para detener este horror que es tu vida, tienes que hacer frente a algunas cosas realmente desagradables sobre ti misma... Y nunca habías tenido una razón para ello hasta ahora.

—Elizabeth... —susurró casi inaudible.

La sutil fuerza de las emociones que esta mujer invocaba en ella era más fuerte de lo que parecía, casi lo suficientemente fuerte como para hacer que bajara el acero bruñido de la Sig Sauer que apuntaba a la cabeza del lloroso Diego. A pesar de sus sentimientos, estaba medio convencida de que Elizabeth no era nada más que una aparición divina enviada desde el Cielo para atormentarla con visiones de una gracia que nunca podría tener. Amar a Elizabeth significaba dejar pasar la rabia que la consumía y comenzar el doloroso pero inevitable camino hacia la curación. Pero el condicionamiento y diez años de una vida vivida en el ocaso podían más que ese sentimiento naciente, y un velo rojo cayó sobre la palidez de sus ojos.

—Empezaré a curarme mañana... —murmuró salvajemente.

En el impacto, la bala deshizo la cabeza de Diego en minúsculos fragmentos, salpicando por todo el cobertizo cualquier esperanza o sueño que el colombiano pudiera haber tenido.

Para Jude, fue la señal para lo que pareció el Armageddon. El chirrido de cristales rompiéndose y el rugido de fuego automático rodearon a la mujer sombría desde todos los lados. Instintivamente, se tiró sobre el suelo de cemento, cayendo con dureza sobre un codo, con sus pensamientos enfocados solamente en permanecer viva el tiempo suficiente para matar a quien quisiera que estuviera detrás de todo esto. Utilizando el cuerpo de Diego como escudo, fue avanzando lentamente hasta una posición protegida tras unos cajones apilados de cualquier modo. Mirando por encima, observó una ventana lo bastante grande como para servir de escape, pero eso significaba exponer su espalda para poder pasar por ella, sin tener en cuenta el atravesar el cristal. Dio un salto para responder al fuego que intentaba acribillarla. ¿Por qué no se abalanzan sobre mí directamente...?, se preguntó. Entonces, vio a Romair y a su gorila disparando a cuatro de los invasores de traje negro. ¿Qué demonios...?. El sonido de madera astillándose a su derecha concentró toda la atención de Jude en el rechazo del inminente ataque, y con calma, embutió dos balas en el cuerpo de su agresor. Girando sobre sí mismo como consecuencia del impacto, éste se desplomó contra el suelo, a sus pies, y ella recogió su arma. No es una Uzi... esto es muy raro, le advirtió su mente distraídamente. Muy bien... Igualemos un poco las posibilidades.

Alimentada por pura adrenalina, esquivó con destreza la lluvia de balas y de cristales rotos, agachándose y rodando hasta llegar junto a Romair.

—Desde luego, sabes cómo organizar una fiesta salvaje —gruñó entre dientes, salpicando a sus asaltantes con varias ráfagas y haciendo caer a varios de ellos.

—Te puedo asegurar que estos no estaban invitados en absoluto —replicó Romair con tono grave, liquidando a un pistolero que se aproximaba.

—¿Ah, no? —gruñó ella, agarrándole por el brazo y arrastrándole detrás de la endeble cobertura de los cajones. El gorila estaba claramente derrotado y Jude hizo una mueca cuando los dos cayeron bajo el fuego de las 9mm. —Bueno, parece que somos sólo tú y yo —lanzó una mirada a Romair. Tenía el traje arrugado y la corbata torcida, pero no mostraba nada del miedo cerval de un hombre no acostumbrado a la violencia—. ¿Confías en mí? —dijo arrastrando las palabras.

—¿Por qué me parece que no tengo elección?

Jude se encogió de hombros, moviendo a ambos con lentitud hacia atrás y acercándose a la ventana.

—Por supuesto que tienes elección: vivir o morir.

El equipo asaltante había disminuido el fuego y estaban examinando el área, buscando a la pareja.

—Obviamente, elijo vivir —bufó Romair, y Jude le dio unas palmaditas en el hombro.

—Buen chico. Muy bien... Yo te cubro... a la de tres, sal corriendo hacia el rincón más alejado. ¿Ves aquella ventana allí arriba? —esperó hasta que él asintió con un gesto antes de continuar—, Mientras yo los contengo, salta por ella. Probablemente, no será la cosa más elegante que hayas hecho en tu vida, pero la caída no te matará.

—¿Y tú?

—Con suerte, estarán tan ocupados disparándote que podré rodearles por la espalda y alcanzar esa ventana de allí.

—Y entonces, ¿qué?

—A correr como endemoniados. ¿Preparado? —Jude tomó posiciones y rápidamente esbozó una oración a lo que quisiera que la hubiera mantenido a salvo tanto tiempo—: Uno... dos... tres... ¡YA! —con una velocidad asombrosa, entró en la línea de fuego, atrayendo la atención de los hombres que los buscaban y apañándoselas para reducir el número de atacantes a dos con controladas ráfagas. Romair saltó en dirección opuesta, su cuerpo elevándose y colisionando torpemente, pero con éxito, contra la ventana. Automáticamente, los hombres de negro cambiaron el objetivo de sus disparos hacia el individuo que se escapaba, y Jude corrió hacia la ventana lateral. "Claro, la única ventana que aún no está rota. Mierda, esto va a doler", gimió mentalmente al tiempo que comenzaba el salto que la llevaría a la libertad.

Girando en el aire para dar primero con los pies contra la ventana, la estridente rotura atrajo de nuevo el fuego hacia ella, y todo lo que pudo hacer fue rezar para que nada acertara en su espalda desprotegida. Las balas agujerearon el marco de madera de la ventana, y una de ellas rozó el brazo de Jude, arañando la carne con un dolor penetrante.

Dando una voltereta, Jude sabía que ahora sus mayores adversarios eran los irregulares fragmentos de cristal que se esparcían a su alrededor. Su camisa de seda ya estaba hecha jirones, pero menos mal que la piel demostró ser algo más duradera. Tendría que haberme puesto el chaleco, pensó con ironíaa, cayendo con una limpia flexión y una voltereta que hubieran sido el orgullo de Jackie Chan. ¿Pero quién iba a saber que haría de especialista? Poniéndose de pie, echó a correr hacia la cobertura protectora de la oscuridad. Unos pocos disparos sin éxito la siguieron, pero tuvo la sensación de que esos tipos habían abandonado todo seguimiento. Con todo ese equipo antibalas, no iban exactamente vestidos para una persecución por la zona urbana. Jude bendijo ese poco de buena suerte mientras corría haciendo un recorrido enrevesado a través de callejones y edificios ocupados ilegalmente. Intoxicada por la adrenalina y la furia, Jude era una sombra llena de ira que viajaba con destreza a través de la noche. Finalmente, alcanzando la seguridad del Boxster, se deslizó en su confort cubierto de piel, respirando pesadamente.

La precariedad de su situación borró por completo cualquier pensamiento lúcido de su mente. Funcionaba sólo por instinto, un animal intentando desesperadamente preservarse a sí mismo, y todas las formidables habilidades de Jude se concentraban ahora en esta tarea. Pilotó el Boxster sin luces a lo largo de varios bloques, para dejar todavía un poquito más de espacio entre ella y el lugar de la emboscada. La policía estaría por todas partes en cuestión de minutos. De hecho, ya podía oír el gemir de las sirenas aproximándose. Tomando deliberadamente una ruta menos directa para mantenerse fuera del camino de los vehículos de emergencia, encendió las luces y comenzó el largo viaje de vuelta a la seguridad.

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Re: Lucifer rising, Sharon Bowers

Mensaje  malena el Enero 11th 2013, 6:07 pm

Capítulo 9

Quedaba apenas una hora para el amanecer cuando finalmente Jude regresó a la casa. Siendo consciente de las infinitas posibilidades de que la traición siguiera acechándola, había pasado la mayor parte de la noche conduciendo por carreteras desiertas, parando sólo una vez para echar gasolina en un área de servicio abierta las 24 horas. La cara llena de granos del dependiente había reparado en sus ropas destrozadas y manchadas de sangre, pero, sabiamente, no había dicho una sola palabra, sólo aceptó el dinero de Jude con dedos temblorosos. Las largas horas a bordo del coche habían enfriado su pulso derretido, y el tiempo había añadido una capa viscosa de tristeza desgarradora que convulsionaba su estómago de dolor.

Entró silenciosamente por la puerta de la cocina y atravesó el salón, parándose al pie de las escaleras. Sabía que Elizabeth estaba esperando arriba, y que se habría quedado dormida en su cama, y el pensamiento de enfrentarse a la preciosa joven le produjo una nueva oleada de dolor incontrolable en todo el cuerpo. Suspiró con gesto cansado y abrió las puertas correderas del porche, respirando el aroma limpio de la brisa del mar. Deteniéndose en el mueble bar del rincón, agarró un vaso y una botella prácticamente llena de bourbon antes de derrumbarse en una de las sillas de la terraza.

Imágenes de esa noche y de otras iguales le venían a la cabeza, y todas terminaban de la misma manera: sangre, destrozos, muerte... la mayoría de ellas infligidas por sus propias manos. La violencia siempre había sido algo sencillo para ella, la respuesta mecánica de su cuerpo ante la deslealtad o ante una amenaza. Nunca había cuestionado el tosco placer erótico que sentía ejerciendo ese poder hasta que conoció a Jason. A lo largo de toda su vida, sólo había sido aceptada incondicionalmente por los moradores de lo más sórdido de esta vida. Su capacidad para la brutalidad y la violencia la había marcado como una de ellos y la había apartado de las calles brillantemente iluminadas donde vivía la gente como Jason o Elizabeth. Los inocentes, como Jude los consideraba, siempre la habían contemplado con los ojos de alguien que no está completamente seguro de que un animal salvaje haya sido domado. La Agencia había visto un atisbo de lo que se escondía muy dentro en el alma de Jude y había buscado doblegar esa malevolencia a su voluntad. Bajo la combinación de la corrupción de la Agencia y de su propia naturaleza oscura, la inocencia en Jude nunca tuvo una sola oportunidad.

El vínculo con el alma franca de Jason fue la única ocasión en la que se había sentido aceptada de una manera pura y total. Ese sentimiento mareante había sido la estaca que había cuarteado el sólido caparazón que protegía a Jude de sí misma. Y la había llevado a esto... a la rabia que la consumía y al dolor por ser quien era, por ser lo que era... y por no tener el valor para dejarlo atrás.

Pasándose una mano manchada de sangre por el pelo y haciendo un gesto de dolor ante las punzadas que le producía el más ligero de los movimientos, Jude suspiró profundamente, deseando tan sólo volverse insensible a la ya eterna guerra que se libraba en su alma. La punzada del bourbon bajando por su garganta prometía aliviar la multitud de sufrimientos que anegaban su cuerpo, así que bebió de su mezcla privada, rezando para que hiciera efecto pronto.

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Liz se despertó sobresaltada, envuelta en una completa oscuridad. Ha vuelto, pensó. Escuchando el ruido apagado de unas botas al inicio de la escalera, se sentó en la cama de Jude y esperó las pisadas subsiguientes.

Silencio.

El sonido silbante de ruedas sobre metal indicó a Liz que Jude había salido al porche en lugar de subir hasta la oscuridad amenazadora de su dormitorio. Distraídamente, la mujer del pelo color miel se preguntó hasta qué punto el cambio de rumbo de Jude tenía que ver con su propia presencia allí.
La dura mirada en el rostro de Jude le había dicho mucho de lo que esa llamada telefónica significaba. Recorrer el pasillo arriba y abajo no había hecho que el tiempo pasara más deprisa y sólo había servido para exasperar a los perros. La televisión era insufriblemente insípida y ni un solo libro en la voluminosa biblioteca de Jude había conseguido mantener su atención durante más de un párrafo. Finalmente, cayó en un sueño agitado, despertándose al más ligero ruido, real o imaginario. Ahora se despojó de las cálidas sábanas y se puso de pie con dificultad, buscando algo que echarse sobre su piel desnuda. Sus dedos encontraron la camisa blanca de Jude y deslizó el suave material sobre sus hombros, agradeciendo que, tras los estragos sufridos, todavía le quedaran suficientes botones intactos para abrocharla.

Subiendo los desmadejados puños por el antebrazo, Liz bajó las escaleras en la oscuridad, deteniéndose ante la puerta abierta y adoptando, sin saberlo, una imagen etérea a los ojos medio cerrados de Jude. La camisa blanca resplandecía con un brillo de ensueño bajo la tenue luz de la luna, delineando el cuerpo grácil bajo la fina tela. El pelo claro, despeinado por el sueño, caía suelto sobre sus hombros.

—¿Jude? —llamó con voz vacilante, incapaz de distinguir la inquietante silueta en el rincón.

—Vete.

Las palabras indicaron la dirección hacia la que debía girarse y Liz pudo distinguir la figura en la butaca del porche. En el breve tiempo que había transcurrido desde que Liz conoció a la mujer sombría, siempre había existido cierta elegancia en todas sus acciones, pero ahora la reportera notó de inmediato la forma sin gracia en la que extendía las piernas, y sus hombros hundidos y exhaustos. Dio otro paso vacilante hacia Jude hasta que su voz la detuvo de nuevo.

—Márchate —dijo, con más dureza esta vez y el timbre de su voz haciéndose peligrosamente más grave.
—No —la tranquila respuesta de Liz ocultaba el repentino martilleo de su corazón. Se movió lentamente, pero sin detenerse, hacia la sombra oscura, de la manera en que uno debe aproximarse a un animal atrapado, con los brazos extendidos y relajados a los lados. El destello de la luz de la luna sobre el cristal de la copa de Jude, atrajo la atención de Liz. Momento para otro tipo de acercamiento.

—¿Me invitas a una copa? —preguntó, su voz tan casual como si estuvieran en el Club de Campo.

Se oyó un suspiro casi silencioso.

—Claro. Los vasos vasos allí, en el bar.

Fue a buscar un vaso y al regresar a la sombra en la silla, Liz no pudo contener el grito ahogado que surgió en su garganta al ver la ropa hecha jirones de Jude.

—Oh... Jude... —dijo con impotencia.
Una mano hizo un gesto despreocupado, quitando importancia a la inquietud de Liz.

—No es nada, casi todo son rasguños.

—Deberías dejar que alguien los mirara

—He dicho que no es nada.

El tono áspero regresó a la voz de Jude, y Liz se echó atrás y se sirvió una copa. Sin decir una palabra, le rellenó el vaso, disimulando un escalofrío cuando ésta se bebió el líquido ámbar de un rápido trago.

—¿Quieres... hablar de lo que ha pasado? —aventuró Liz.

—No —Jude recuperó la botella de la mano de la mujer más pequeña, para servirse otra copa. La piel de Liz era cálida en esa hora fría antes del alba, y la mujer oscura se entretuvo un momento trazando con sus dedos las delicadas articulaciones de los de Liz, antes de retirar la mano.

En esa fugaz ternura, Liz vio su oportunidad. Inclinándose hacia delante, tomó con suavidad la fuerte barbilla de Jude con una mano temblorosa, instándola silenciosamente a que la dejara entrar, aunque sólo fuera un poco. Titubeando, los ojos azules parpadearon y se encontraron con una mirada verde y abierta. Pero a continuación, y como resbalando, se apartaron.

—Ey... —musitó Liz—.Vuelve —entonó con voz suave.

Sin embargo, por alguna razón inconcebiblemente cruel, ese instante pasó y Jude apartó con brusquedad su cabeza del dulce gesto de Liz. Cuando sus ojos azules regresaron a la mujer más pequeña, dos pálidos glaciares se asomaban en el centro de su mirada. Liz se quedó helada, sabiendo que el terreno había cambiado radicalmente bajo sus pies y sin estar muy segura del peligro que podía entrañar o no aquella situación. Trató de no manifestar su inquietud.

El amanecer invasor arrojó una luz vacilante sobre varios cortes que salpicaban los elegantes rasgos de la mujer sombría. Las heridas, en lugar de hacer que Jude pareciera más vulnerable, le daban un aire siniestro y salvaje mientras examinaba a Liz.

—¿Por qué estás aún aquí?

Porque aquí es donde quiero estar, más que en ningún otro sitio del mundo.

La inesperada respuesta saltó fácilmente a sus labios, pero instintivamente supo que Jude no estaba en condiciones de oírla; de hecho, ella misma se sorprendió de encontrarse tan preparada para decirlo. No obstante, las palabras se quedaron allí, impidiendo el paso a cualquier otra cosa que pudiera haber dicho. Atravesada por el centro hipnótico de los ojos azules, Liz sólo pudo sostenerle la mirada y con la esperanza de que no le arrancara las entrañas.

Inquieta, Jude se liberó de Liz de un empujón y se levantó. Si en algún momento la reportera había sentido que el letargo invadía la alta figura de la otra mujer, éste pareció evaporarse mientras caminaba a lo largo del porche a grandes zancadas.

—¿Te lo estás pasando bien? —inquirió Jude, burlándose.

Desconcertada por la pregunta, Liz se puso de pie para hacer frente a Jude y replicar, sin rodeos:

—No, por el momento no.

—¿Y por qué no? —una amenaza aterciopelada se deslizó en su tono de contralto—. Debes saber que tú firmaste para un tour a la Cocina del Infierno, cuando te enrollaste conmigo —abrió los brazos a lo ancho, una figura atrayente en la penumbra.

—Todo esto me está asustando, Jude —la frase salió de golpe de su boca, antes de que Liz pudiera detenerla, y se maldijo internamente por exhibir su debilidad ante esta mortífera criatura.

—Demonios, deberías —la respuesta fue suave y, sorprendentemente, conllevaba un cierto pesar.
Liz cubrió la distancia entre ellas con un par de pasos, apostando a que la mujer que había llegado a conocer en las dos últimas semanas se encontraba enterrada en alguna parte bajo toda aquella rabia y tristeza.

—Yo no he dicho que tú me asustes —se colocó sin pestañear delante de la otra mujer—. He dicho que esto me asusta —vacilante, señaló la tela destrozada de la camisa de Jude—. Verte sufrir, no saber lo que ha pasado o cómo puedo ayudarte... Eso es lo que me asusta, no tú.

La peligrosa frialdad de los ojos de Jude se calentó, oscureciendo el austero azul hacia un tono más humano. Jude bajó la cabeza, como evaluando la honestidad de las palabras de Liz.

—Los cortes no duelen tanto —dijo suavemente.

El corazón de Liz dio una violenta sacudida ante el tono de desconcierto en la voz de Jude.

—No me refiero a ese tipo de dolor, Jude —una triste sonrisa se retorció sobre el rostro de Liz—. Me refiero a este dolor. Aquí —golpeó con dedos temblorosos la sien de la mujer sombría—.Y aquí —bajó los dedos hasta el pecho de Jude, señalando el corazón que latía con gran estruendo, pidiendo la custodia de un dolor que no tenía manera de comprender.

El simple roce, tan complicado en sus intenciones, debió perforar el baluarte de auto-control que había mantenido a Jude a la entrega ante la pequeña mujer. Un aullido lastimero escapó de sus labios mientras comenzaba a derrumbarse lentamente.

—Oh... Dios... —musitó.

Instintivamente, Liz envolvió con sus brazos a la mujer y la empujó hacia la suavidad de la butaca más próxima. Liz musitó bobadas tranquilizadoras, esperando lágrimas o sollozos, más que los ojos secos o un lamento silencioso de animal que surgía de la forma temblorosa de Jude.

—Eso es... deja que salga... vamos... déjalo salir, Jude... estás a salvo... te lo prometo...

—Oh, Dios, lo siento tanto... —susurró Jude. “Tan malditamente arrepentida....”
Aprisionando con sus dedos la fina tela de la camisa de Liz, se agarró con fuerza a la esbelta forma de la mujer, respirando el aroma cálido y adormilado de su piel y enterrándose en el refugio de su abrazo. —Nunca quise que eso pasara así...

Sabiendo que la mente de Jude se encontraba bastante alejada del lugar donde estaba su cuerpo, Liz acarició la oscura cabeza con sus manos tranquilizadoras.

—Cuéntame, Jude. Cuéntame qué pasó.

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Re: Lucifer rising, Sharon Bowers

Mensaje  malena el Enero 12th 2013, 12:55 pm

Derrocar al Cártel Massala era un pensamiento imposible. Ni un solo agente de la DEA había conseguido infiltrarse, a ningún nivel, en su organización.

Hasta que llegó Jude.
“Va a ser muy peligroso y desagradable” le advirtió Kent durante la sesión informativa. “Y no nos importa cómo consigas entrar o lo que tengas que hacer una vez que estés dentro. Consigue lo que necesitamos para librarnos de esos bastardos de una vez por todas. Sin preguntas. ¿Entendido?”

Al Gobierno le habían estado pateando el culo en la guerra contra las drogas. Superados en armas, en planes y en maniobras, la DEA estaba desesperada por encontrar una forma de acabar con el dominio que el Cártel Massala tenía sobre el tráfico de drogas, por valor de un billón de dólares, a lo largo de todo el país. Con la ayuda del Gobierno colombiano, habían forzado a salir del negocio al Cártel de Medellín, pero los Massalas habían demostrado ser inmunes a sus ataques. Jude había sido uno de los pocos agentes que habían conseguido, sistemáticamente, resultados espectaculares en sus operaciones, y en el pasado había demostrado no ser en absoluto escrupulosa con algunos de los aspectos... más... desafortunados de su vida de infiltrada.

Para Jude era el tipo de misión para la que había nacido... libertad completa y sin trabas, siempre y cuando se consiguieran las metas de la Agencia....y saboreó el desafío. Sus fuentes de la calle y una información mucho más completa y fiable que la de ningún expediente que la Agencia hubiera podido soñar con tener, le dijeron todo lo que necesitaba saber para conseguir llamar la atención, y una posición, dentro del Cártel.

Una partida de póquer... una apuesta temeraria... una ronda de ruleta rusa que misteriosamente dejó muerto a uno de los expertos en la red del Cártel, y a Jude convenientemente situada para ocupar su puesto. Enrico Massala era un hombre optimista, fornido, con facciones poco marcadas y una ausencia evidente de cualquier tipo de gracia terrenal. Se sintió claramente fascinado por la elegancia sobrenatural de su nueva asesina y la arrogante indiferencia con la que abordaba la vida y su trabajo con el Cártel. Jude se aseguró de que él supiera que era alguien bastante diferente a los demás empleados, nada impresionada por el vasto imperio ilícito que controlaba y sin interés en ganar su favor.

“¿No te da miedo la muerte?” le preguntó como quien no quiere la cosa, una noche cuando se marchaba de su oficina tras recibir una serie de instrucciones.

Jude se volvió para encontrar frente a ella, al otro extremo, un revólver Smith&Weson del 45. Con los brazos descansando cómodamente a los lados, se limitó a arquearle una ceja despectiva a su jefe.
“Rico, cuando muera, no será a manos de alguien como tú” más rápido de lo que sus ojos pudieron captar, le arrancó la pistola de la mano con una patada, y Enrico se encontró tirado de espaldas, con un irritado asesino sobre su pecho arrancándole el aliento de los pulmones. “No tienes estómago para eso” gruñó. “O las manos”.

Se levantó con un movimiento fluido y extendió su propia y letal mano para ayudarle a levantarse.
“Por eso es por lo que tienes a gente como yo a tu alrededor” una fugaz sonrisita cruzó su cara, y un instante después, su expresión volvió a ser toda negocios, como siempre. “No vuelvas a hacer algo así nunca más”.

No añadió nada, pero la amenaza quedó flotando en el aire tan claramente como si lo hubiera dicho con palabras.

Los días se convirtieron en semanas, las semanas en meses y, lentamente, los meses completaron un año en el que Jude se había inmerso en ese tipo de vida. La Agencia colocó a Jason como su contacto, y éste aparecía y desaparecía de su presencia; su vínculo era un recuerdo cada vez más distante a medida que ascendía su estrella en el Cártel. Jason intentó hablar con ella en una ocasión, tratando de arrancar una mirada de reconocimiento de esos desapasionados ojos azules, pero sólo consiguió que se distanciaran aún más.

“Mírate, Jude. Mira en lo que te estás convirtiendo”.

“Estoy obteniendo resultados, ¿no?” preguntó fríamente. De hecho, gracias a sus esfuerzos, la Agencia estaba tejiendo una red alrededor de la polilla, una red de la que no podría escapar.

“¿A qué precio?” alegó él. “No quiero perderte”.

“¿Perderme? Jason, nunca me has tenido. ¿No te das cuenta? Esto es lo que soy... Y tú no quieres tener nada que ver en ello”.

“Quieres que me crea....¿qué?¿Que eres una asesina de sangre fría? No voy a hacerlo”.

“Entonces eres un imbécil”, replicó y, simplemente, se dio media vuelta y se marchó.

Tras aquello, fue más fácil abandonar el ansia por el mundo de la luz del día. Conoció a una joven llamada Sasha LeMontaine que demostró ser de lo más... entretenida... cuando la inquietud se apoderaba de ella y su cuerpo hervía de añoranzas sin nombre. Y pasaron seis meses más.


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Maldiciendo el estridente sonido del teléfono, Jude intentó de mala gana deshacerse de la forma esbelta enroscada a su alrededor.

“Vamos, querida…. tengo que contestar....”

Como respuesta, la boca de Sasha buscó y encontró un pecho lleno, atormentando a un pezón inmediatamente erecto con sus pequeños dientes, mientras Jude levantaba el auricular.

“Oh, Dios....” gruño Jude, echando la cabeza hacia atrás y esperando que, quien fuera que estuviese al otro lado de la línea, no la oyera.

Una profunda risita que llegó a través de la línea truncó esa esperanza. “¿De dónde sacas toda esa energía?”

“Rico” dijo Jude a modo de saludo mientras Sasha se afanaba en buscar más puntos sensibles en la piel de la mujer sombría. Frenando con todas sus fuerzas el gemido que amenazaba con surgir de su garganta, Jude enredó su mano libre entre los mechones rizados de Sasha y apartó ligeramente la voraz boca de su cuerpo. “Tiene que ser como la una de la mañana” Massala solía irse a la cama temprano, a pesar de que la mayoría de sus negocios florecían en las afónicas horas antes del amanecer, y Jude estaba algo más que sorprendida de oír su voz.

“Ah….sí....bien, parece que tenemos....una situación....que necesita de tu destreza”.

Jude se movió hasta estar sentada, apartando a Sasha con firmeza. Nunca, en el año y medio en el que había estado con el Cártel, se había dado una “situación” que no pudiera esperar. “¿Y tenemos que ocuparnos ahora mismo?” preguntó, más para intentar evaluar el humor de Rico que por otra cosa. Si su jefe era presa del pánico, entonces podría tratarse simplemente de la ocasión que buscaba. La última pieza que derrumbaría al Cártel a una rupturaalrededor de sus oídos.

“Sí” replicó de manera cortante. “Y quiero que lo hagas tú. Personalmente”.

Debido a su admiración por su firme eficiencia, Rico había permitido a Jude que vagara por donde quisiera dentro de la organización, y había tomado más responsabilidades que meramente las de un pistolero a sueldo. De hecho, hacía meses que no acababa con nadie, ocupada en supervisar la llegada al país de la mayoría del producto en polvo de Rico. Pero ahora, la voz de Rico tenía el inconfundible tono de un amo ordenando a su perro atacar, y Jude no pudo rechazar la orden. “¿Dónde?” preguntó.

“En el almacén. Estate allí dentro de una hora”.

Sasha se cuidaba bastante de protestar cuando veía aquella mirada en los ojos de Jude. Se limitó a levantarse a la vez que la mujer oscura y se marchó a su propio apartamento. En los seis meses en los que habían estado acostándose, ninguna de las dos mujeres había sacado el tema de quedarse hasta el día siguiente. La ternura de despertar en los brazos de alguien era algo inconcebible para la oscura mujer.

La escena que dio la bienvenida a Jude a su llegada al almacén era una escena sacada de su propio infierno personal.

Jason estaba arrodillado en el centro de un círculo formado por los matones del Cártel, desnudo de cintura para arriba y con los brazos atados a la espalda.

Un gruñido surgió en la garganta de Jude al ver a su compañero indefenso, y sólo el hecho de que su piel pareciera intacta, hizo que no perdiera la compostura que le quedaba y que se le iba haciendo añicos rápidamente. “Esto no es normal” consiguió decir con indiferencia, entrando despacio en la habitación. Rico estaba de pie frente a la figura postrada de Jason, fulminando con la mirada al joven agente. “Rico, sabes que no comparto tus apetitos” dijo arrastrando las palabras, refiriéndose a la notoria predilección de Massala por los chicos guapos y rubios.

Una sonrisa tensa de Rico le indicó que no apreciaba el chiste.

“Por desgracia, mi querida Jude, se trata estrictamente de negocios” otra sonrisa tensa. “Aunque, quizá, tú puedas derivar algún placer de ello. Sasha me contó lo... convincente... que puedes ser... si se dan las circunstancias apropiadas”.

Bueno, adoro los desafíos sonrió como respuesta a la insinuación, utilizando la broma para ganar tiempo. Tenían a Jason, lo que podía significar un millón de cosas….pero lo más probable era que alguien lo hubiera delatado. A pesar de toda su aparente ingenuidad, Jason no era ningún idiota y no cometía errores estúpidos. Lo que Jude tenía que averiguar en primer lugar era cuánto sabía Massala y, en segundo, cómo demonios iban a salir de ésta. Suspiró teatralmente. “¿Y? ¿Me vas a decir qué haces con el Ken Malibú?”

“Me he enterado por una muy buena fuente de que este delicioso y guapo joven es un agente federal, que trabaja con alguien de mi organización para... ¿cómo dicen en las series de televisión?....Derrocarme”.

Jason estaba haciendo un magnífico trabajo al no delatar su conexión, y Jude agradeció en silencio su fortaleza. Rezó para que todo esto fuera suficiente para superar lo que fuera que viniera a continuación. Arqueó una ceja dubitativa hacia el cautivo.

“¿Eso?” hizo un sardónico movimiento de cabeza en la dirección de Jason. “¿Me estás diciendo que se supone que eso es un Federal?” echó la cabeza atrás y se rió, una maravillosa risa gutural que atravesó a todos y cada uno en la habitación. “Tienes que estar tomándome el pelo”.

Massala cambió su estado a irritado. “No tengo motivos para dudar de mi fuente”.

“¿Ah, sí? ¿Y quién es tu fuente?” dudaba de que la treta funcionara, pero el intento merecía la pena.
Rico se limitó a sonreír con condescendencia a su empleada. “Tengo algún consejero privado, mi mascota”.

“Bueno, pues yo te estoy asesorando para que te deshagas de cualquier tonto de mierda que te dijo que este chico es un federal”.

“Y, ¿por qué?”

“Porque yo lo conozco”, lanzó la afirmación con indiferencia, esperando que el farol funcionase y no hiciera que los matasen. Con franqueza, en ese punto no se le ocurría nada más que pudiera funcionar. “¿No es cierto, Angel?” Se le acercó con aire despreocupado y le abofeteó bruscamente. Sus ojos relucieron con un brillo asesino por un momento y después, el azul aciano se suavizó aceptando la situación cuando ella utilizó el nombre que él le había dado. Era la promesa de que les sacaría vivos de allí; o de que moriría intentándolo. Con ese mínimo gesto, Jason le comunicaba que aceptaba y que confiaba, a donde quiera que fueran.

“¿Te importaría dar más detalles?” Las cejas de Massala danzaban por la sorpresa.

“La verdad es que no recuerdo bien cuándo nos conocimos... Le gusta el polvo... y una vez le hice un pequeño favor cuando andaba algo apurado. Desde entonces, se me ha pegado como una garrapata a un perro. No puedo librarme de él”.

Los ojos de Rico se cerraron suspicaces, pero no cuestionó su exposición. Había mil y un rumores circulando sobre su asesina domesticada, cada uno de ellos aún más inusitado que el anterior. “¿Y?“

“Te estoy diciendo que podrías aporrearle durante todo el día, hasta puede que él lo disfrute, pero no te va a decir lo que quieres saber porque no sabe nada”, conteniendo la respiración, Jude sabía que estaba cerca o de escapar o de algo bastante peor.

“Ya veo lo que quieres decir” Rico frunció los labios pensativo. “Sin embargo, si te creo, eso querría decir que mi fuente me está mintiendo”.

“Podría estar simplemente mal informada” sugirió Jude. Podía ver hacia dónde llevaría todo esto, y no le gustaba nada.

“No, no... fueron bastante... categóricos... sobre la culpabilidad de este joven. Si estuvieran intentando confundirme, sería sólo para favorecer sus intereses, lo cual no puede pasar sin castigo. Y significaría también que perdería a alguien que ha demostrado ser bastante valioso, y eso es algo que no puedo tomarme a la ligera” entrelazó los dedos. “No, no puedo creerte sin más”.

“Tú solo vas a tomar su palabra” planteó Jude, consciente de que pisaba una línea muy peligrosa. No debía parecer que estaba mediando por la vida de Jason, pero tampoco podía contenerse. Aunque ella había llegado hasta un lugar al que él tenía demasiado miedo para seguirla, Jason todavía era demasiado importante para su alma como para entregarlo sin luchar.

“Sí, y tú acabas de demostrarme el error, así que ahora te doy la oportunidad de convencerme de lo contrario”.

“¿Y cómo?” preguntó escéptica.

“Es sencillo, la verdad... simplemente... ¿cómo has dicho?... aporréale. Veremos qué es lo que sale” una sonrisa empalagosa se extendió sobre su mandíbula. “Me dará la oportunidad de observar a... una experta... trabajando”.

Una oleada de furia bañó los rasgos de Jude, casi blanqueando el azul ártico de sus ojos, pero la contuvo enérgicamente sabiendo que la desobediencia no era una opción. Sólo conseguiría que los mataran a los dos. Por así decirlo, todavía quedaba una oportunidad, mínima pero la había, de que Jason escapara con vida.

Caminando con pasos medidos alrededor de su compañero arrodillado, sintió que los últimos restos de su humanidad estaban siendo arrancados de su alma para ser colocados sobre el altar de las exigencias de Massala. “Lo siento” murmuró inaudiblemente.

Metódicamente, comenzó a propinar una serie de golpes que enviaron rápidamente a Jason al suelo, retorciéndose de dolor. Siguiendo sus instrucciones, un par de hombres lo levantaron. “Imagino que tengo tu atención” impuso fríamente. “Ahora... te prometo que este encuentro no va a ser tan... agradable... como los que tenemos habitualmente” ronroneó. “También te recomiendo que, si hay algo de cierto en lo que mi jefe está sugiriendo, digas, rápido, lo que sabes”.

“No sé nada” murmuró Jason, bajando la cabeza.

Lo alzó agarrándolo del abundante pelo rubio y lo abofeteó con dureza con el dorso de la mano. Otro golpe le abrió un feo corte en la mejilla, del que comenzó a manar la sangre. “Una vez más... ¿qué es lo que sabes?”

“No sé....”

Le llovieron golpes sobre su piel clara, y cada uno de ellos arrancaba más y más a Jude de sí misma, hasta que pareció estar observando todo el episodio desde un rincón lejano del almacén. Tras quince minutos, el abuso sistemático había hinchado los ojos de Jason hasta cerrárselos por completo, le había roto la nariz, las clavículas y la mayoría de las costillas del lado derecho. Sus cada vez más incoherentes negaciones degeneraron en una sola palabra, “no...”, que reprochaba a Jude cada vez que le tocaba. La sofocante atmósfera y la atroz actividad habían creado una fina capa de transpiración sobre su cara. Enjugándose el sudor distraídamente, Jude volvió el feroz azul de su mirada hacia su jefe.

“¿Contento, ahora?” gruñó. La furia estaba grabada en sus facciones, y sus músculos temblaban, no por el esfuerzo, sino por el deseo reprimido de volver su violencia contra el propio Rico Massala. “Está pulverizado y no ha soltado ni una puta palabra”.

“Parece que has demostrado tener razón” Massala asintió con la cabeza, apreciativamente. “Pero todavía hay una cosita que me preocupa. Pareces tener bastante afecto por este joven muchacho... bueno, en la medida en la que eres capaz... y eso me inquieta”.

“El chico no significa nada para mí” resopló Jude. “Simplemente, odio que me hagan perder el tiempo... sin mencionar que mis planes para esta noche se han ido al traste” añadió fríamente, frenándose. Ya casi había acabado.

“Ah... envía mis disculpas a Sasha. Sé que va a estar de un humor de perros por la mañana”.
Jude apañó una sonrisa agradable, aunque se moría por estrangular a Massala. Respiraba algo mejor ahora que el final estaba a la vuelta de la esquina.

“Culpa tuya, Rico. Dijiste que esto no podía esperar. Ya sabes cómo odia que la dejen... colgada”.

Los hombres alrededor del círculo rieron divertidos, conocedores del efecto que la mujer oscura tenía sobre la pequeña y glacial ejecutiva. Jude había sido la única que había tenido éxito con la mujer color caramelo, y ellos le desearon lo mejor, aunque la combinación de las dos mujeres había probado ser algo más que ligeramente inflamable, si se producían las circunstancias apropiadas.

“Así que... ¿podemos dejar al chico Cabana de vuelta en la playa y nos vamos a la cama?” Jude trataba sutilmente de zanjar la situación.

“Claro” Massala hizo un gesto con la mano mostrando su acuerdo. “Pero, por favor, concédeme una última cosa”.

“¿Qué sería?” Jude fingió un tono aburrido.

“Eres una jugadora, ¿verdad? Creo que así es como te ganaste un sitio en mi organización”.

“¿Y?”

“Por desgracia, me perdí tu actuación esa noche. Me gustaría verla ahora” unos astutos ojos se centraron en ella y, con una escalofriante sensación, Jude supo que la paliza que le había dado a Jason no había convencido a Massala de absolutamente nada. Aun así, dijo, fingiendo indignación. “¿De qué mierda estás hablando, Rico? ¿Quieres que juegue a la ruleta rusa ahora? No sabía que estuvieras tan ansioso por librarte de mí”.

“Oh, no, para nada. No tú. Él” sacando la misma Smith & Weson de acero con la que la había encañonado hacía más de un año, se la ofreció por la culata. “Sólo una bala y cinco oportunidades de libertad”.

A Jude se le cayó el alma a los pies y supo que no tenía más opción que aceptar. El rechazo supondría la muerte de ambos. Jude sopesó el arma con pericia. Odiaba las 45, con los cañones tan largos y los acabados tan ostentosos, prefiriendo el peso más ligero de la Sig, con sus líneas más delicadas y su apagado metal pulido.

“Estás empezando a irritarme, Rico” gruñó.

Él rió con picardía, lo que le confirió un aspecto muy poco atractivo, al menos así lo percibió la mente de Jude sin apenas darse cuenta. Echando una mirada a su compañero casi inconsciente, repasó las opciones que tenía y, por primera vez en su vida, no encontró ninguna. Desde luego, no podía abrirse camino a tiros, no sin dejar a Jason atrás, y ése era el problema, ¿no? Suspirando, vació el tambor de todas las balas, excepto una, y le dio una vuelta rápida, apuntando a la cabeza de su compañero.

Jude nunca había sido alguien que rezara, nunca creyó en el Dios vengador, ante el que su madre se había postrado durante toda la vida de Jude. Todavía podía oír al cura gritándole “nacida en pecado, desgraciada... y, por ello, morirás...”, y jamás había cuestionado realmente su estado maldito. Pero Jason... él era otra cosa... razonó ahora, elevando una débil oración a quien quisiera que la escuchara en el Cielo. Si de verdad hubiera... alguien... allí arriba... no haría que Jason pagase por sus propios errores. En ese instante, de buena gana habría dado la bienvenida al peor de los fuegos del Infierno si eso servía para librar a Jason de lo que estaba a punto de hacerle. Una última suplica... y apretó el gatillo....


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Re: Lucifer rising, Sharon Bowers

Mensaje  malena el Enero 14th 2013, 12:24 pm

—Oh, Dios... Jason... lo siento tanto... tanto —murmuró Jude sobre la cálida piel donde su cabeza descansaba suavemente, y Liz supo con espantosa certeza lo que había ocurrido después de que Jude apretara aquel gatillo.

El sol ardía brillante en el cielo de la mañana. Jude había estado hablando durante horas en la misma posición, acunada por los brazos protectores de la reportera, y Liz había escuchado toda la historia de la vida de Jude con Jason desarrollándose con un corazón roto. Lloró por todo el dolor que Jude había soportado y por todo el dolor que la sombría mujer había infligido. Pero también se enfureció contra figuras borrosas en la DEA que habían mantenido a Jude en esa esclavitud, y contra Jason por no haber tenido más valor frente a la oscuridad de Jude.

—Eso no volverá a ocurrir —prometió a la ahora silenciosa mujer. Los tensos músculos se relajaron en un exhausto sueño bajo las manos tranquilizadoras—. No lo permitiré — juró, cerrando los ojos y dejando que el agotamiento se apoderara de ella y la incitara a dormir.

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Varias horas después, el movimiento de Jude acurrucándose sobre ella la sobresaltó, despertándola, y levantó la vista para ver la cara preocupada de Carmina mirando desde la puerta. Se deshizo con suavidad del enredo de los brazos de Jude, bajando hasta los blandos almohadones. Sus miembros crujieron en protesta cuando se puso de pie y cruzó la terraza en unos pocos pasos silenciosos.

—¿Otra noche del demonio? –preguntó Carmina.

“Noche del demonio... esa es una forma de llamarla”, pensó Liz.

—¿Las tiene muy a menudo, Carmina?

El ama de llaves observó el rostro de Liz con cuidado y después, asintió ante la evidente y genuina preocupación en la expresión de la pequeña mujer.

—Venga a la cocina, señorita. Hablaremos.

Liz caminó tras la rotunda mujer, ligeramente cohibida porque no llevaba nada más que la camisa blanca de Jude. Pero Carmina parecía no ser consciente de su vestimenta y se afanó en la cocina amontonando platos.

—Le gusta la señora, ¿verdad? —preguntó el ama de llaves bruscamente—. Usted... se preocupa... por ella.

La reportera no pudo evitar la suave sonrisa que trepó a su rostro.

—Sí, Carmina. Me gusta. Mucho.

El ama de llaves le devolvió una amplia sonrisa.

—Se lo dije. La primera vez que la vi con usted. La manera en que actúa con usted, como con nadie más.

—¿De verdad? —la pregunta saltó de sus labios e, inexplicablemente, Liz sintió cómo su corazón tamborileaba feliz ante las simples frases de Carmina. Entonces, pensó en la mujer dormida en la terraza, perseguida por las noches del demonio—. Háblame de las noches del demonio, Carmina.

El ama de llaves agitó la cabeza con gravedad.

—A veces sale y luego regresa así. Herida, sangrando, el mal en sus ojos... como el mismo Diablo —la mujer se estremeció y se persinó—. Temo por ella así. Se sienta, a veces durante días, ahí fuera... sólo mirando al océano como si quisiera saltar en él y no regresar. No come nada... sólo bebe... una copa tras otra... Una vez, intenté hacer que comiera y me tiró una botella... Después de eso, me quedo aquí hasta que se le pasa... No le habrá hecho daño, ¿verdad señorita?

—No —le aseguró Liz—. Para nada. Nosotras... ella... ha estado hablando.

Carmina asintió sabiamente.

—Lleva mucho dolor dentro. A veces, no sé cómo se mantiene en pie bajo él.

—Yo tampoco lo sé, Carmina —concedió Liz tristemente—. Mira, quiero que siga durmiendo, pero hace un calor infernal ahí fuera. Tiene que estar asándose. Y quiero echar una mirada a algunos cortes que tiene. Voy a intentar despertarla y que se dé un baño. ¿Crees que podrías prepararle un zumo o algo así? —entonces, añadió con una sonrisa—. Y si prometo llevárselo, ¿le prepararás algo de comer? ¿Algo que le guste de verdad?

El ama de llaves asintió con la cabeza bruscamente.

—Por supuesto que puedo, especialmente desde que alguien ha traído algo de comida —hizo un guiño conspirador a la reportera—. No sé cómo lo hizo señorita. Yo intento e intento que me deje hacer algo de compra. Pero ella dice “no, no, no... deja que lo traigan...”. Me alegra que consiguiera que ella entrara en razón.

—Nada de razón, Carmina. Simplemente, tomé las llaves de la camioneta y fui a hacer la compra —sonrió.

—¡Bien por usted! Ahora vaya... ponga el baño para la señora. Yo le haré su quesadilla favorita.

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—Ey, Bella Durmiente....—Liz apartó con suavidad un mechón enmarañado de la ceja sudorosa de Jude. No bromeaba cuando le dijo a Carmina que hacía calor, y la piel de Jude casi echaba vapor en el húmedo día—. Despierta —canturreó con suavidad.

Los ojos azules de Jude parpadearon hasta abrirse de mala gana y enfocaron, atontados, el pelo rodeado de sol que lentamente se concretó en las dulces facciones de Liz.

—Que...

—Vamos —ofreció una mano a la mujer más grande—. Aquí te estás asando. Te he preparado un baño frío.

La mente de Jude luchó para liberarse de la bruma algodonosa que la envolvía. Los acontecimientos de la noche, que culminaron en su atormentada confesión en los brazos de Liz, se presentaron en un afilado relieve, y se quedó mirando con asombro e incredulidad la mano extendida con dulzura—. ¿Todavía sigues aquí?

Una risa burlona resonó en la mujer menuda.

—Tú sigues preguntándome eso. Ya lo hemos hablado. Sí, todavía estoy aquí. Y no, no voy a ninguna parte.

—Pero... pero... —tartamudeó Jude, intentando en vano que su mente asimilara la afirmación—. ¿Por qué?

—Porque no hay ningún otro sitio en el que prefiera estar —dijo inclinándose hacia delante y rozando con sus labios la asustada boca de Jude en un tierno saludo.

—Oh... —Jude musitó suavemente, sin ser consciente de por cuánto tiempo esas palabras habían permanecido en la punta de la lengua de Liz.

—Y ahora, vamos... tienes un baño esperándote. Y odio decírtelo así... —la olisqueó delicadamente— pero, vaya si lo necesitas.

Jude se rió y permitió que la levantara de la butaca y la guiara escaleras arriba hacia el baño.
Una vez allí, Liz le quitó con cuidado la camisa destrozada y la lanzó por encima de su hombro a la papelera.

—¿Sabes? —murmuró, tratando de iniciar una conversación—. Si vas a seguir llevando cosas como ésta, puede que te interese encontrar otro tipo de trabajo. Uno que no sea tan duro con tu armario —le imprimió un tono ligero a la voz, no queriendo presionar a Jude demasiado, ni demasiado rápido.

Jude rió mientras se sentaba.

—Eso puedo hacerlo yo —objetó cuando Liz se arrodillaba para quitarle las botas. La mujer más pequeña le apartó las manos y terminó su cometido—. Ahora mismo, un nuevo tipo de trabajo no suena nada mal —se sorprendió a sí misma al decirlo. Un verde atónito se elevó para encontrarse con su mirada y Jude consiguió esbozar una sonrisa forzada—.Yo... yo... oh, demonios —maldijo suavemente—. No quiero volverme a sentir así nunca más.

—Yo tampoco quiero que te sientas así —aceptó Liz tranquilamente. Las dos mujeres intercambiaron unas miradas de asombro. Ninguna de las dos podía creerse lo que estaba sucediendo realmente. Rompiendo el momento, Liz dio unas palmadas en la pantorrilla de Jude.

—Ponte de pie —le pidió levantándose con agilidad—. Fuera —ordenó, mirando a los pantalones de cuero.

Jude arqueó una ceja curiosa, pero hizo lo que se le pedía, quitándose la prenda con eficiencia y mandándola a un lado de una patada.

—Adentro —Liz señaló el agua, aunque sus ojos vagaban por propia voluntad a lo largo del magnífico cuerpo bronceado de Jude. Furiosos cortes enrojecidos manchaban la suave perfección de su torso, pero la mayoría de las heridas eran rasguños superficiales. Un par de ellos tenían peor aspecto, pero ninguno parecía requerir puntos. Llegó a ver, fugazmente, un diseño oscuro en la cadera derecha de Jude antes de que se sumergiera en el agua fría, suspirando agradecida. Tomó agua con las manos y la derramó sobre la anchura de sus hombros.

—Voy a ponerte algo de pomada antiséptica y ver cómo va tu comida —dijo Liz con un violento rubor tiñendo sus rasgos y del que ambas eran bastante conscientes.

—¿Hay comida para mí? —Jude ladeó la cabeza.

—Hay comida para ti —afirmó Liz—. Ahora vuelvo.

Jude sonrió a la forma de Liz que se alejaba. La apreciación de la mujer pequeña de su figura desnuda no había pasado desapercibida para Jude, y archivó felizmente esa información para una referencia en un futuro no demasiado lejano. Curiosamente, se sentía con la cabeza despejada y emocionalmente limpia, como si todos los edificios estigianos que habían mantenido presa su alma durante los últimos años hubieran sido finalmente demolidos. Ahora, todo lo que quedaba era eliminar los escombros y comenzar a construir su vida de nuevo. Una ola poderosa de vértigo se apoderó de ella, terriblemente, y hundió la cabeza debajo del agua para evitar que se abriera camino por su garganta en un grito desgarrador. Emergió con elegancia en la superficie y se entretuvo en lavar el largo cabello y en aclararlo hasta que Elizabeth regresó a la habitación con una bandeja de madera.

—¿Quesadillas? —Jude olisqueó apreciativamente—. ¿Está Carmina aquí?

—Sip, y las ha hecho especialmente para ti. Puedes comer mientras pongo algo sobre esos cortes.

—Pero...

—Hazlo por mí, ¿De acuerdo, Jude?

La mujer sombría se encogió de hombros como muestra de aceptación y se echó amablemente hacia delante para que la otra mujer pudiera llegar a los cortes de la espalda. Notó que, en el intervalo, Liz se había puesto unos shorts sueltos, pero que todavía llevaba la camisa blanca que Jude había vestido la tarde anterior. Había pequeñas manchas oscuras donde Jude había sangrado durante la noche, pero a la mujer del pelo rubio-miel no parecía importarle.

—¿Cómo has convencido a Carmina para que se quedara? —preguntó entre enormes bocados de su almuerzo—. Mmm, está buenísimo. Recuérdame que le suba el sueldo.

—No he tenido que convencerla de nada. Estaba preocupada por ti.

—Sí... pero... a veces... no soy la... persona más fácil de tratar.

—¿Quieres decir durante tus noches del demonio? —preguntó Liz suavemente.

—¿Así es como las llama? ¿Las noches del demonio?

—Ajá.

—Es bastante preciso. Creo que una vez le tiré una botella.

—Me lo ha dicho.

—¿Te ha dicho que tuvieron que darle diez puntos?

Liz no pudo controlar el estremecimiento que atravesó su cuerpo.

—No, no me lo ha dicho.

—Así que... ya ves por qué me sorprendió un poco el verte aquí esta mañana.

—Nunca me has levantado la mano, Jude.

Los ojos de Jude se volvieron para estudiarla. El azul pálido era ahora el color invitador de un cálido día de primavera.

—Me pregunto si sería capaz —musitó en alto—. Te miro... y algo... encaja perfectamente dentro de mí —levantó una mano vacilante para acariciar la mejilla de la mujer rubia—. No sé cómo ni por qué... simplemente pareces encajar —sus dedos bajaron por el cuello de Liz, pasaron sobre el pulso creciente y se detuvieron en el centro de su pecho—. Aquí. Encajas aquí... dentro de mí —en los treinta y pico años que llevaba en el planeta, aquello era lo más que Jude Lucien se había acercado a una declaración de amor, y sintió cómo el aliento abandonaba su cuerpo a consecuencia del esfuerzo.

Como respuesta, Liz aceptó la caricia cerrando los ojos en un gesto innegable de confianza y de bienvenida. Mil sensaciones bajaban en cascada sobre la piel de Jude, bañando con calidez lugares tan recónditos en su interior que ni siquiera sabía que estuvieran helados.

Y entonces, Jude se puso de pie, el agua envolviendo su cuerpo musculoso, y salió de la bañera con piernas inseguras. Sus manos rodearon con dulzura las suaves curvas del rostro de Liz, y los pulgares dibujaron la forma de sus cejas, de sus párpados, de su nariz... esperando pacientemente a que esos iris verdosos volvieran a ella.

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Re: Lucifer rising, Sharon Bowers

Mensaje  malena el Enero 15th 2013, 1:40 pm

Liz se detuvo en los cálidos torbellinos lujuriosos que se arremolinaban en su cuerpo, odiando abandonar su confort. Por fin, abrió los ojos a un azul luminoso, vibrante de emoción, y se encontró con un tipo diferente de calor.

—Jude... —murmuró antes de que unos deliciosos labios se encontraran con los suyos en un beso rebosante de ternura, alegría y pasión. Más allá de lo que Liz había conocido, sintió que lo que le estaba ocurriendo era algo sin duda correcto... pero una duda persistente coloreaba el deseo que se iba acumulando en su interior—. Jude... —repitió, retrocediendo un paso con pesar— Espera...
Jude retiró sus manos repentinamente temblorosas con una serena y auto-acusadora maldición.

—Yo... lo siento, Elizabeth. Pensé que... –dijo en voz más alta.

—Espera —Liz hizo un gesto con las manos—. Pensaste bien —le confirmó. Igual que Jude lo había necesitado la noche anterior, ahora era el turno de Liz de asegurarse de que esto era lo que la mujer oscura quería realmente, y que no se trataba de una reacción a ciegas—. Es que... acabas de pasar por un torbellino emocional. ¿Cuándo fue la última vez que bajaste la guardia como lo has hecho esta noche? No quiero que hagas nada que más tarde, cuando las emociones se asienten, puedas lamentar.

—¿Cómo hacerte el amor?

—Sí, algo... así —Liz enrojeció violentamente.

Jude se mordió el labio un momento, observando a la bella mujer de pie frente a ella. Sosteniendo su mirada, recordó a Elizabeth suavemente—. Estaba preparada para hacerte el amor anoche, antes de recibir una maldita llamada telefónica, ¿te acuerdas? —Jude guió a ambas fuera del baño, hacia el espacio menos restrictivo del dormitorio. Un ventilador de techo giraba perezoso sobre ellas, enviando suaves ráfagas de aire contra la piel empapada de Jude. Vacilante, acarició el pelo brillante de Elizabeth, cuyos reflejos encendidos bailaron bajo sus manos.

—Hacerte el amor es algo que nunca podría lamentar —dijo—. Y me gustaría... es decir... si tú quieres... —lanzó un suspiro de frustración y bajó la cabeza—. No sé cómo hacer esto —murmuró.

—Lo estás haciendo bastante bien —sonrió Liz dulcemente, a sabiendas de que las palabras no eran la forma más fácil de comunicación para la mujer sombría. Incluso ahora, podía sentir temblar el cuerpo de Jude con un deseo reprimido—. Sólo quiero que estés segura de lo que quieres. De a quién quieres.

—Estoy segura —replicó Jude sin dudar—. Quiero hacerte el amor, Elizabeth. Aquí... a la luz del día. Necesito ver tu rostro mientras te acaricio, y tu cuerpo cuando te muevas contra mí. Quiero la luz del sol sobre nosotras... juntas, ¿comprendes?

—Conmigo —contestó Liz suavemente, levantando sus brazos para enlazarlos en el cuello de la mujer más alta, sintiendo cómo unos agradables estremecimientos se abrían paso a través de su cuerpo ante la sensación de la altura de Jude apretándose contra ella.

—¿Qu... qué? —preguntó Jude, sus manos se colocaron de forma automática sobre las caderas de Liz.

—Dime que quieres hacer el amor conmigo, no que quieres hacerme el amor —murmuró sensualmente, sus ojos verdes oscureciendo de deseo.

—Yo... quiero hacer el amor contigo, Elizabeth... —corrigió Jude, y el comienzo de una sonrisa se asomó a sus labios—. Contigo, para ti y por ti.

Abriendo su boca para recibir el tierno regalo de los labios de Jude, Liz se dejó caer en el sabor especiado de la mujer más alta. El beso se hizo más profundo y, sin prisas pero ansiosamente, sus lenguas se abrieron camino a través de dientes y labios, mezclándose en el acogedor abrazo de sus bocas. No se trataba del deseo frenético que las consumía la noche anterior, sino, más bien, uno largo depositado en brazas quemándose dentro de la vida y comenzando un fuego lento que promete no terminar.

Las cálidas manos de Jude se deslizaron bajo los extremos de la camisa de Liz, jugando sobre la suave superficie de las costillas de la mujer más pequeña, sonriendo cuando notó que contenía el aliento.

—Me sorprende que hayas podido abrochar esta cosa después del destrozo que le hiciste ayer —bromeó.

Una risa llena burbujeó en la garganta de Liz.

—A mí también —accedió, arqueándose en la cuidadosa exploración.

—Pobre camisa —murmuró Jude —. Quizá deberíamos retirarla. Enviarla a un lugar mejor.

—Oh, no —objetó Liz —. Ahora es mi camisa favorita. Se queda conmigo.

—¿Y tiene que quedarse contigo ahora mismo?

Observando el arco divertido de la ceja de Jude, Liz captó la indirecta que le lanzaba.

—Oh…. —se ruborizó, pero en seguida rompió a reír—. Ah... no, creo... quizá... pueda pasarme... sin ella... durante un rato. Ya que lo mencionas.

Unos dedos elegantes desabrocharon los botones que quedaban en la camisa y la abrieron lentamente.

—Eres absolutamente preciosa —susurró Jude, apartando la tela de Liz y dejando que su mirada vagara sobre sus fuertes hombros, sus pechos redondos y un abdomen finamente musculado. Deslizó los shorts sobre la curva de las caderas de Liz con el corazón latiéndole con fuerza salvaje ante la belleza que se le revelaba.

—Gracioso, yo iba a decir exactamente lo mismo sobre ti —rió Liz con una risa entrecortada.

Cuando finalmente se atrevió a admirarlo por completo, los ojos de Liz devoraron todo el ágil y largo cuerpo de Jude. Los pechos de la mujer sombría eran más llenos de lo que había imaginado; y sus caderas se ensanchaban retando a la estrechez de su cintura y dotando al cuerpo musculoso de una apariencia inesperadamente exuberante. Sus manos siguieron la longitud de los brazos de Jude, probando la enérgica fuerza de los músculos en descanso, para luego pasar sobre los hombros anchos, hundiéndose en las hondonadas de sus clavículas, y finalmente detenerse en las ondulaciones de los pechos de Jude. La mujer oscura gimió por lo bajo y cerró los ojos ante el contacto, cediendo la iniciativa de este primer baile a Elizabeth.

Palpando tiernamente su peso con ambas manos, los dedos de Liz exploraron los pechos de Jude y forzaron a los pezones a despertarse ruborizados, deleitándose entonces en el contraste entre sus manos blancas y aquella piel bronceada por el sol.

—¿Te gusta esto, Jude? —bromeó Liz, observando cómo los ojos de Jude se abrían con esfuerzo.

—¿De dónde has sacado esa idea? —consiguió gruñir perezosa, mientras las pequeñas manos insistían en sus tortuosas exploraciones—. Pero ahora que lo mencionas... mmm... sí, me gusta.

Los ojos de la reportera brillaron con la broma, disfrutando de la conexión de sus mentes y de sus cuerpos.

—Bien... no quisiera que te aburrieras o algo así —replicó, cambiando ligeramente la dirección de sus caricias y aumentando un poco la intensidad de su tacto. Sonrió cuando, en consecuencia, la respiración de Jude se hizo más rápida.

—Me... aseguraré... de hacértelo... ¡oh!... saber —las palabras de Jude se fracturaron cuando la boca de Liz se unió al ataque con besos fugaces sobre el pulso agudo del cuello de Jude y a lo largo de la línea de sus hombros.

—¿Sabes? —dijo Liz pensativa—. Esto sería mucho más fácil si no estuviéramos de pie. ¿No sabrías, por casualidad, de alguna superficie grande y horizontal por aquí cerca, verdad? —inquirió con aparente inocencia.

Jude entreabrió un ojo azul y observó a Liz con severidad.

—Tú. Eres. Un. Tormento.

—¿Y bien? ¿Vas a hacer algo para remediarlo? —preguntó Liz maliciosamente.

—¡Ya está! ¡Se acabó! —Jude levantó a la mujer más pequeña en sus brazos de un solo y resuelto movimiento, recorrió la corta distancia hasta la cama y lanzó a ambas sobre su acogedora superficie.

—Esto está mucho mejor —asintió Liz con aprobación, riéndose.

Las dos se pelearon sobre la cama durante unos breves momentos, permitiendo que el juego evolucionara hacia unas caricias más sensuales y unos besos más prolongados. Sintiendo cómo crecía su deseo, Liz giró a la mujer más grande sobre su espalda, para acariciar con su lengua lo más profundo de la boca de Jude y comprobar si el deseo de ella igualaba al suyo propio.

Jude gimió bajo el lujurioso asalto, arqueando la espalda y presionando sus pechos contra los de Liz.

—Sí —murmuró mientras Liz deslizaba su lengua fuera de la boca de Jude, buscando lugares más hacia el sur.

Su lengua exploradora esculpió un candente sendero sobre el cuello de Jude, dibujando exquisitos patrones sobre la piel de color bronce. Unos largos dedos se enredaron en el pelo de Liz, no guiando ni dirigiendo, sólo manteniendo su conexión táctil. Liz besó su camino hacia abajo sobre la curva del pecho izquierdo de Jude y notó el martilleo de su corazón claramente audible bajo la piel.

—Sabes tan bien... —susurró, lanzando una breve mirada hacia el ardiente rostro de Jude.

El azul sombreó hacia el violeta debido a la pasión y se encontró con la mirada de Liz para devolverle otra de un deseo tan claro que, directamente, hizo arder su cada vez más líquido centro. Su boca encontró el pezón ansioso de Jude y lo apresó con dulzura. Jude se arqueó una vez más ante el contacto, gimiendo desde lo más profundo de su garganta. Liz se entretuvo largo rato en sus pechos, dándose un festín con labios, dientes, lengua... en su redondez. Echó otro vistazo para ver la cabeza de Jude echada hacia atrás con total abandono, ofreciendo su cuerpo a los cuidados de Liz. Una llamarada de los rayos del sol que se ponía se derramó sobre sus formas entrelazadas y se detuvo un momento para absorber el calor del sol, su piel y su deseo.

—Jude —murmuró, haciendo que el azul negruzco se abriera—. Mira —indicó con sus ojos hacia las ventanas abiertas—. Estamos haciendo el amor a la luz del sol, ¿es esto lo que querías?

Un gemido gutural de pasión se liberó de la garganta de Jude mientras se inclinaba para enredar sus labios con los de Liz.

—Dios, sí... Se siente bien. Te sientes tan bien, Liz....

—Me alegro —susurró, apartándose y deslizándose a lo largo del torso de Jude—. Jude, quiero que me digas qué es lo que te parece bien y…. —sonrió con picardía— qué te parece mejor que bien.

Involuntariamente, las caderas de Jude dieron una sacudida suplicante cuando Liz se situó cómodamente entre las largas piernas de Jude. La mujer oscura cerró los ojos, manteniendo todavía sus dedos entre el pelo de Liz.

—Dime qué te gusta —invitó con voz suave y sensual.

—Sólo... —un suspiro entrecortado y áspero salió de sus labios—. Por favor... –imploró.

Desde que se habían encontrado, Liz se moría por conocer a esta mujer, conocer los secretos de su vida, su mente y su cuerpo. Ahora, capa por capa, Jude iba abriéndose a ella, revelando un corazón tierno y un alma asustada... y Liz se encomendó reverentemente a la tarea que tenía frente a ella.
Sus dedos temblorosos se abrieron camino sobre la suave carne de un poderoso muslo, sintiendo cómo el cuerpo de Jude se estremecía en respuesta, y sus labios entreabiertos siguieron el camino señalado por sus caricias. Ningún intoxicante en el mundo podría haber mareado más los sentidos de Liz como lo hacía el limpio aroma a almizcle del centro de Jude mientras se acercaba peligrosamente al centro del deseo de su amante.

Trazó las fuertes líneas de la cintura de Jude con sus dedos, agarrando sus caderas y acomodando su cuerpo con más firmeza en su seno. Tentativamente, presionó un beso suave sobre la cima de esas piernas seductoras y sintió cómo la espalda de Jude se arqueaba en respuesta. Dándose cuenta de que el deseo de Jude se encontraba en un punto enfebrecido, Liz deslizó dos dedos entre los pliegues de la mujer sombría y se le escapó un grito ahogado ante la cálida humedad que encontró allí.

—Oh, Dios... –nunca había imaginado que podría sentir tanto con tan sólo la punta de los dedos.
La reportera quería devorar a Jude, vagabundear dentro de ella y proclamar como suyo y de nadie más su interior. Aun así, Liz se contuvo, penetrando con suavidad y cada vez más profundamente, esperando a que Jude le marcara el ritmo, a que le ofreciera libremente su necesidad. Tierna e inevitablemente, caderas y dedos sincronizaron la intrincada flor de la consumación. Mientras Jude subía cada vez más alto en una espiral, Liz añadió otro dedo a la danza y hundió su boca, por fin, en la miel.

El sabor de la mujer oscura era dulce como flores silvestres, y no pudo contener el gemido que la bañó cuando la primera ola pasó por sus labios. Otro gemido de respuesta se hizo eco en la garganta de Jude mientras se abandonaba a las caricias, confiando implícitamente en la mujer más pequeña para que llevara la iniciativa. Liz se hundió más en su amante, conquistando el deseo del cuerpo de Jude en forma líquida (fundido), deseando nada más que tocar a esta mujer con sus manos, con su corazón, con su alma.

—Oh, Dios... Liz —gimió Jude cuando la lengua de Liz rozó el centro de su deseo, pintándolo con el suyo propio. Un estremecimiento incontrolable sacudió el cuerpo de Jude, paralizándolo en el punto más alto de su curva, y Liz sintió los primeros estremecimientos rodeando sus dedos. Cuando la cresta de la ola rompiente llegó, ella la surcó con Jude, haciendo más lentos sus movimientos, conduciéndola a casa. Por fin, permanecieron quietas, el centro de Jude todavía latiendo suavemente alrededor de sus manos. Le brindó otro tierno beso, sonriendo ante la sacudida que pasó por su cuerpo tembloroso, y lentamente se deslizó hacia arriba de la forma delgada, reemplazando sus dedos con uno de sus bien formados muslos.

—Hola... —se apoyó en ambos codos sobre su nueva amante, con una ufana sonrisa de auto-satisfacción danzando en su rostro.

—Tú... Hola –una risa exhausta salió de los labios de Jude.

—Curioso encontrarte aquí.

—El mundo es pequeño —admitió Jude con una sonrisa irónica—. Guau... —exhaló.

Un destello de alegría iluminó los ojos verdes de Liz.

—Supongo que lo he hecho bien, ¿eh?

—Más que bien —corrigió Jude, tomando la cabeza de Liz suavemente entre sus manos y bajándola para besarla—. Perfecto —dijo tras un largo momento en el que sus labios se encontraron sazonados con la rebelde esencia de Jude.

Liz se deslizó un poco más abajo por el cuerpo de Jude para apoyarse en su pecho y el ligero movimiento hizo que el muslo de Jude se pegara contra su propio ansioso centro. Inconscientemente, se apretó contra la sólida presencia. La acción no pasó desapercibida para Jude y una sonrisa traviesa se curvó en sus labios. Con destreza, dio la vuelta a ambas, de forma que Liz quedó bajo su largo cuerpo.

—Me da la sensación de que hay algo... que puedo hacer por ti... Elizabeth —ronroneó con tono sensual, las sedosas palabras provocando temblores a lo largo del ágil cuerpo. —¿Hmmm? —arqueó una ceja inquisitiva.

El calor que había podido controlar concentrándose en el cuerpo de Jude entró en erupción violentamente, corriendo por la sangre de Liz, sofocándola de necesidad.

—Ssííí... —murmuró.

Jude era toda gracia felina mientras sus manos comenzaban una ronda de exploraciones por el cuerpo de Liz, trazando el mapa de sus músculos, articulaciones y nervios, maravillándose ante la belleza áurea que se extendía ante ella. Liz estaba más que preparada para el contacto de su amante y con una necesidad sobrecogedora, ansiaba la boca y las manos de Jude en su centro. Sus pequeños dedos se enroscaron en el cabello oscuro, dirigiéndola hacia abajo, no dejando tiempo a Jude para detenerse en los sensibilizados pechos, en las estremecidas caderas o en las flexibles piernas.

—Te deseo, Jude —jadeó con aliento entrecortado, gimiendo bajito cuando sintió las puntas de los dedos de Jude deslizarse sobre el bulto apretado de nervios—. Por favor...

—Shh... —canturreó Jude—. Shh… Lo que sea por ti… Elizabeth… lo que sea... Yo me ocuparé de ti... confía en mí... —prometió antes de inclinar la cabeza para probar el calor de su amante. Colocando los muslos en cada uno de sus anchos hombros, la lengua de Jude trazó un camino resbaladizo hasta el centro de Liz, mientras sus manos se estiraban para acariciar los tentadores pechos que antes le habían sido negados. Liz ronroneó su gratitud mientras empujaba con fuerza sus caderas contra la boca de Jude, donde su hábil lengua y sus labios llevaron a Liz a un plano todavía más alto al tiempo que ambas mujeres encontraban una cadencia sinuosa para dar y tomar, ambas gimiendo con deleite ante sus descubrimientos.

Perdiendo todo sentido del tiempo y del espacio, sólo consciente de la mujer oscura deslizándose cada vez más profundamente dentro de ella, Liz gritaba de placer con cada roce de la lengua de Jude, que enviaba estremecedoras olas a través de su cuerpo tembloroso. Alcanzando un punto en el que ya no había un lugar más alto al que llegar, sintiendo como si Jude fuera una extensión de su propio cuerpo, comenzó la larga caída hacía el orgasmo, gritando el nombre de su amante con ronco deseo.

Mientras las devastadoras sacudidas la consumían, sintió que las manos y la lengua de Jude se apartaban de ella, moviéndose para rodear su forma temblorosa con sus fuertes brazos, desplegando a su alrededor su tranquilizadora longitud, atrapándola en una sensual red. Jude le besó en la frente con ternura, apartándole algunos mechones húmedos, con una sonrisa espléndida y completa sobre su rostro.

Se entretuvieron perezosas mirándose a los ojos durante unos momentos más. Las palabras carecían de sentido después de lo que sus cuerpos acababan de compartir. El sol empezaba a deslizarse hacia su sueño nocturno y pintaba sombras doradas sobre las líneas elegantes de sus cuerpos entrelazados.

—Perfecto —murmuró Liz, somnolientamente, en el cálido espacio del cuello de Jude y dándole un suave besito sobre el pulso que volvía a la normalidad.

—Perfecto —repitió Jude, con un beso de respuesta sobre el cabello de Liz.

Juntas, se unieron al sol en su retirada, felices de dejar que la noche continuara sin ellas.

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