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Lucifer rising, Sharon Bowers

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Lucifer rising, Sharon Bowers

Mensaje  malena el Noviembre 11th 2012, 10:34 am

Traductora: Sherab

Así habla el Señor Yavé: “Tú eras el dechado de la perfección, lleno de sabiduría y de espléndida belleza. En el Edén, jardín de Dios, vivías... Como un querubín protector yo te había puesto en el monte santo de Dios, y caminabas entre brasas ardientes. Eras perfecto en tus caminos desde el día en que fuiste creado, hasta que apareció en ti la iniquidad. Te llenaste de violencia y pecaste; y yo te he arrojado del monte de Dios; y te he destruido...

Ezequiel 28:12


Capítulo 1.

“Hay una ventaja en ir con los malos en esta versión moderna del gobierno de la guerra entre indios y vaqueros”, pensó Jude Lucien mientras guiaba suavemente su nuevo Porsche Boxster y se deslizaba con facilidad fuera del congestionado tráfico de Miami. “Consigues los juguetes que más molan”. El coche era totalmente nuevo, recién sacado del concesionario, pagado con los dólares duramente ganados a unos traficantes de drogas colombianos a los que había engañado unas semanas atrás. De todas formas, eran unos amateurs, un grupo de patanes recién llegados que intentaban abrirse camino en el negocio precipitadamente, con unos kilos de farlopa y algunas Glock 9mm. “Evidentemente no entendieron la parte organizada del crimen organizado”, bufó Jude recordando a los hombres que al principio pensaron que podían fanfarronear ante ella y después, cuando eso no funcionó, obligarla a punta de pistola a hacer un trato. Uno de ellos se asfixió hasta la muerte después de que le aplastara la laringe con un codazo bien colocado. El otro cayó de rodillas suplicando cuando vio el destino de su amigo. Una rápida bala en la cabeza terminó con sus ruegos de clemencia.

El proveedor colombiano, afortunadamente para él, era un hombre de visión amplia que había transferido tranquilamente su lealtad (y sus productos) a la dirección de Jude.

“Debe ser alguna extraña mutación darwiniana”, musitó al tiempo que tomaba la larga extensión de carretera oceánica en su camino a casa. “Supervivencia de los más implacables. Ya no hay lugar para la virtud... al final todo queda en la capacidad de hacer lo que hay que hacer. Y esos bastardos no eran capaces”. Sus irritados pensamientos permanecían a ratos en la vista panorámica a su derecha, largas extensiones de casas exóticas bordeando un océano imposiblemente azul, y más en dirección hacia la sangrienta caída del sol a su izquierda. Anillos desiguales, rojo dorado, marcaban el cielo crepuscular, dando paso en la escena del atardecer a la vibración antinatural de la Ciudad de Neón. Su Miami sólo cobraba auténtica vida una vez la noche había ascendido, cuando la gente equivocadamente parecía creer que sus transgresiones eran, si no aceptables, al menos invisibles. En cierto modo, Jude era como el guardián de su corrupción. Cada vez que ella entraba en una habitación, su presencia evocaba recuerdos primarios de los siete pecados capitales en aquellos que la miraban.

Jude Lucien apenas había pasado su treinta cumpleaños pero había un sentido atemporal de seguridad en el modo en el que se movía. Era alta y elegante, con una sofisticada apariencia civilizada y que, aún así, no podía ocultar la energía violenta que constituía su esencia. Enfrentados a los firmes planos de sus mejillas, la plenitud de su pelo negro como la tinta y el seductor índigo de sus ojos; mucha gente se quedaba sin habla. Los más listos, sin embargo, nunca olvidaban la mente astuta que vibraba tras esos ojitos azules.

“La presentación lo es todo...”, Jude recordaba vagamente decir a su madre. Aunque el tiempo había vaciado de todo sentido tanto a su madre como a la mayoría de sus opiniones, cada vez que Jude participaba en un acto social, inevitablemente recordaba sus incesantes discursos sobre el tema. Shalimar, incienso, la cadencia implacable de su voz elevada en oración o con rabia, eran con mucho, los únicos recuerdos que quedaban de la infancia de Jude. Y esas eran precisamente las cosas que había dejado atrás la última vez que salió por la puerta del desvencijado tugurio que su madre llamaba casa de huéspedes. Quince años después, aquellos sermones sobre maneras, educación y apariencia que había hecho todo lo posible por ignorar, ahora resultaban muy útiles a la mujer oscura. Jude podía sentarse en una mesa con elegancia regia, conversar sobre arte y literatura con erudición, y llevar vestidos de alta costura con tanto estilo que habría hecho llorar de celos a una modelo profesional. Por desgracia, todo era al servicio de un sombrío y sangriento negocio que habría helado el alma ignorante de su madre.
Considerar a Jude simplemente traficante de drogas sería tan completo y preciso como considerar a Da Vinci simplemente pintor. Sus largos dedos se extendían alrededor del mundo entero, y no solo se hundían en los tarros de miel del negocio de las drogas, sino también en el tráfico de armas y en el juego, así como en otros variados negocios legítimos. Por razones incomprensibles para sus competidores, Jude marcaba su límite en la venta de carne humana. “No escatimo a nadie sus placeres”, decía sobre este tema “pero, francamente, la idea de mi gente proporcionando a algún viejo gordo una niña de quince años para que pueda clavarle su polla en el trasero, no me atrae”.

Una vez fue la prodigiosa niña mimada de la “Drug Enforcement Agency”, Jude ahora mordía con venganza la mano que antes la alimentaba. La habían arrancado de las calles donde era una criatura indomable que rápidamente se estaba haciendo un nombre en sus turbios corredores, y la sumergieron en un mundo de líquida decadencia y alturas empolvadas. Le habían cambiado el nombre y dado una placa que no la protegería en los círculos donde se movería. Sin embargo, las habilidades únicas que Jude incorporó a su nueva vida no se podían enseñar en ninguna academia. Había algo en ella que siempre había respondido a la llamada maléfica de aquellos a los que estaba obligada a perseguir, convirtiéndola en la perfecta agente infiltrada. En un mundo en el que un solo paso en falso significaba un castigo instantáneo e irreversible, Jude había prosperado haciendo caer en la trampa piezas cada vez más importantes y entregándoselas a sus señores de la DEA. Pero en algún punto del recorrido algo salió horriblemente mal.

°°°°°°°°°°°°°°°

—¿El “Serafín de la Muerte”? —Jack Lucas miró incrédulo a la pequeña mujer de pelo dorado de pie frente a él—. ¿Qué cojones es un serafín? —pasó una mano por su abundante y mal cortado pelo gris—. ¿Alguna nueva consecuencia del SIDA?

La mujer golpeaba con impaciencia el suelo con el pie ante esta diatriba, pero esperó a que el redactor-jefe se calmara.

—Un serafín es un ángel, Lucas. Eso es todo.

—Entonces por qué jodidos no dices “El Ángel de la Muerte”. Esto es el Miami Herald, Liz. La mitad de tus lectores apenas habla inglés y mucho menos saben qué cojones es un serafín.

Liz Gardener hacía una mueca cada vez que Lucas decía “jodidos”, que era muy a menudo. Tan a menudo que una vez su jefe le preguntó si sufría algún tipo de problema nervioso.

—No puedo llamarla “El Ángel de la Muerte” porque la haría sonar como una sosa compinche de Jack Kevorkian. Serafín es más amenazador, ¿no te parece?

Ojos verde claro brillaron con excitación. Liz llevaba sólo un año en la brecha y todavía no había perdido el entusiasmo. Incluso tenía un auténtico don para el lenguaje que hacía que alguien como Lucas, que había sido un reportero simple del tipo “quién-qué- cuándo-dónde”, suspirara de orgullo y envidia.

Lucas se dejó caer dramáticamente en su silla y miró detenidamente a su destacada pupila.

—¿Amenazador? Desde luego, guapa, es amenazador. Pero lee el puto artículo. Se alegó esto, se alegó aquello. Refundimos el juicio que acabó hace un año. ¡Y resultó absuelta, joder! Todo lo que tienes es amenazador. ¿Dónde están tus fuentes? Sé que las tienes porque si no, no habrías estado todo el mes pasado inventándote chorradas.

Liz se retorció incómoda en su asiento. Sabía que el artículo era débil pero sus manos habían estado atadas.

—Mis fuentes no hablarán oficialmente y los archivos de la DEA están sellados. Cuestiones de seguridad dicen —bufó quitándole importancia—. Tendríamos que ir a los tribunales para conseguir que los abrieran y de todos modos, eso echaría a rodar mis planes.

—¡Espera un momento! —Lucas levantó una mano—. Uno: quieres que publique una historia como ésta sin al menos dos fuentes conocidas y fiables. Tú sabes bastante mejor como funciona esto. Y dos: ¿a qué te refieres con tu plan?

Liz sonrió abiertamente a su jefe. La historia había sido un cebo para conseguir interesar al redactor.
Sabía que había algo más que un simple artículo en todo esto y tenía la intención de ir a por todas.

—Lucas, sabes tan bien como yo que aquí hay algo importante. Tiene de todo: drogas, asesinatos, fuerzas de la ley corruptas. Y una mujer guapa de por medio.

—La historia es del año pasado —cruzó los brazos, pero Liz podía intuir por la forma en que sus ojos no se apartaban de los de ella, que estaba enganchado.

Normalmente, cuando Lucas tomaba una decisión, despedía a sus peticionarios volviendo al inconmensurable montón de papeles que había sobre su escritorio. Liz tenía la teoría de que había dos formas de organización: archivos y montones. Lucas, Dios bendiga su irascible corazoncito, era un amontonador. Echó una mirada a las montañas de papel que la rodeaban y reprimió un suspiro. La era electrónica todavía estaba por alcanzar a su jefe.

—El juicio, sí, claro....pero....

—¡Alto ahí!

—Pero....

Lucas emitió un gruñido y levantó una mano carnosa. Agarró su taza, la rellenó de una cafetera que Liz sabía que llevaba allí al menos seis horas y se volvió a sentar.

—Ahora empieza desde el principio. Véndeme la historia Liz, y veremos si podemos llegar a algo.

Liz sonrió una vez más y se pasó las manos por su pelo rubio dorado. Estaba más cerca de los treinta que de los veinte pero todavía tenía que enseñar el carnet en las discotecas y las tiendas de licores. Se mantenía en forma con sesiones regulares en el gimnasio y había llegado a ser una experta kickboxer, lo que le había venido muy bien unas cuantas veces en su tipo de trabajo. Su rápida sonrisa y sus penetrantes ojos verdes parecían llegar al alma de las personas, y hacer que quisieran contarle su historia. Cosa que también le había sido útil en su trabajo.

Llevaba trabajando en el Herald alrededor de un año, a donde había llegado desde un pequeño periódico en Arlington, Virginia. Hija de un diplomático, había evitado el nombre de su familia y se había abierto su propio camino en la facultad escribiendo novelas románticas para pagar la matrícula en la Universidad George Washington. Aunque admitía que era una forma poco usual de trabajar en sus años de estudios, Liz llevaba contando historias desde que tenía uso de razón. Parecía una forma de transformar en lucrativo algo que sus padres siempre habían considerado inservible.

Había estudiado ciencias políticas y relaciones internacionales, pensando en que quizá tendría futuro como asesora del Congreso o en alguna comisión. Liz era buena en el trato con la gente y sabía, después de toda una juventud observando las cenas y cócteles que sus padres organizaban, que a menudo la gente más poderosa en una habitación eran aquellos que trabajaban detrás del escenario. No tenía deseos de ejercer ese poder pero se sentía fascinada por aquellos que lo hacían. Y así fue como llegó al periodismo. No era el qué lo que la intrigaba sino más bien el quién y, más importante, el porqué. Esto era, en resumidas cuentas, la razón por la que se había sentido cautivada por la caída en desgracia de Jude Lucien.

Acababa de llegar al Herald cuando la ex-agente de la DEA había sido llevada a juicio acusada de asesinato, conspiración para el asesinato y otros varios delitos relacionados con el tráfico de drogas. Liz era una simple redactora y sólo pudo seguir el juicio de lejos, pero el rostro de la mujer que silenciosamente devolvía la mirada a las cámaras, la había hipnotizado. Ni las granulosas fotos que salpicaban la primera página del Herald podían ocultar la subreal belleza de la acusada o su calma sobrenatural.

Liz no podía explicarlo, pero el temerario desprecio de Jude Lucien hacia la moral y las fronteras legales, la fascinaban. Se descubrió a sí misma necesitando, casi más que nada en el mundo, conocer a esa mujer, llegar detrás de esa media sonrisa enigmática y esos penetrantes ojos, para poder entender la oscuridad que parecía emanar incluso desde su misma imagen.

Fue testigo desde fuera de cómo, pieza a pieza, el caso del estado comenzó a desmoronarse sobre las enrojecidas orejas del fiscal Mark Brugetti. Testigos se retractaban misteriosamente de sus declaraciones, desaparecían documentos y, además, la DEA dejó de colaborar declarando que abrir sus archivos pondría en peligro otras operaciones que se estaban llevando a cabo. A partir de aquel momento, el caso del estado se apoyaba sólo en el testimonio de un criminal convicto, terreno dudoso como poco. Pero lo que había asestado el golpe de gracia al caso contra Jude fue el propio testimonio de la ex–agente. A Liz le había costado una semana de cenas con un tipo insufriblemente aburrido que hacía la ronda en el palacio de justicia, eso sin mencionar la lucha con él en la puerta de su casa cada noche, pero se las había apañado para sacar un pase de prensa del Herald para los días en que Lucien testificaba.

Había una atmósfera de caos controlado en el juzgado. Los abogados de Lucien habían declarado durante todo el proceso que Jude tenía intención de defender su nombre en el estrado. Pero el sentido común consideraba esta posibilidad como una simple pose ante el gran público. Ningún defensor en sus cabales hubiera permitido a su representado subir a declarar habiendo tantos cargos en su contra. Como las bases del caso habían ido desapareciendo poco a poco, parecía un suicidio permitir que Lucien testificara porque eso la expondría a preguntas que nadie se habría ofrecido a responder.

Y a pesar de todo había subido al estrado, calma regia, vestida con un impecable traje negro que Liz identificó inmediatamente como de Armani, sabiendo instintivamente que Lucien jamás llevaría una imitación. La reportera se maravillaba ante el aura provocativa que rodeaba a la ex–agente mientras la mujer sombría juraba tranquilamente decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad con la ayuda de Dios. Su principal abogado, una fotogénica joven que aun así, palidecía en comparación con su cliente, comenzó una serie de preguntas rutinarias que de ningún modo o manera, sorprendieron a nadie.
La acusación había esperado impaciente su turno durante el interrogatorio de la defensa. En el momento en el que el abogado de Lucien dijo: “Su testigo”, Brugetti saltó de su asiento y se precipitó hacia el lugar del estrado desde el que Lucien le observaba silenciosamente.

También fue el momento que todo el mundo había estado anticipando. A su alrededor Liz podía oír las respiraciones aceleradas de la gente que abarrotaba la sala.

Brugetti prescindió de formalidades y miró a la acusada con abierta hostilidad.

—Ha tenido una carrera bastante larga en la DEA, señorita Lucien. Más larga que muchos agentes —comenzó inocentemente. Se detuvo un momento. Liz observó que estaba esperando a ver si la oscura mujer mordía el anzuelo. Sin embargo, claramente Lucien no iba a contestar nada que no fuera una pregunta directa. Finalmente apuntó—: ¿Verdad?

—Creo que tiene la documentación delante de usted, señor Brugetti. Pero bueno, sí, tuve una carrera bastante larga en la Agencia.

—Era un agente infiltrado, ¿correcto?

Lucien se movió ligeramente en su asiento y cruzó sus largas piernas, apoyándose en el respaldo. El conjunto conservador y bien cortado no podía ocultar sus músculos mientras se movía. Liz vio la suave sonrisa que jugaba sobre los labios de la ex–agente mientras observaba a los demás mirándola. Lucien parecía un indolente gato salvaje tomando el sol en un árbol. Desde luego no una mujer en un juicio del que dependía su vida.

—Sí —contestó ausente.

— Lo que significa que estuvo relacionada repetidamente y durante largos periodos de tiempo con traficantes de drogas y sus asociados, y tuvo bastante éxito a la hora de convencerles de que usted era uno de ellos ¿correcto?

—Esa parece ser la definición de “infiltrado”.

—Dígame, señorita Lucien, ¿cómo se las apañó para ser tan convincente? Por ejemplo, ¿alguna vez tomó drogas con esos hombres?

Liz gimió mentalmente. Este tipo era demasiado estúpido para expresarlo con palabras. Estaba atrayendo la atención sobre todas las cosas que Lucien había hecho en beneficio del gobierno y siguiendo sus instrucciones, en lugar de en lo que la agente había hecho una vez había dejado la organización.

—Si lo que me está preguntando es si inhalé señor Brugetti, la respuesta es sí —una sonrisa irónica iluminó sus rasgos invitando al resto en el chiste— pero fue cuando tenía dieciséis años y nos escondimos en el patio trasero de Eddie Fazini. Sus padres habían salido el fin de semana y él asaltó las reservas de su hermano Tommy. Tommy le pilló y nos dio una buena paliza. Así que me parece que he pagado mi deuda con la sociedad en relación a ese cargo en concreto.

Una breve ola de risas se extendió por la sala, alcanzando a todo el mundo, incluido el jurado, notó Liz.

—En estos días, el alcohol es mi droga.

—¿Está diciendo que nunca ha tomado drogas tanto en su aspecto de agente de la DEA como en el de ciudadana privada? —la miró escéptico.

—El alcohol es una droga —le corrigió— pero cuando estás en una habitación llena de traficantes cocainómanos y paranoicos, un vaso de bourbon en tus manos es mucho mejor que un tiro de coca por la nariz. Considérelo el menor de dos males.

El duro tono de sus palabras atrajo la atención de todo el mundo hacia el peligro en el que Lucien se había colocado repetidamente por orden del gobierno. Liz miró a Brugetti y casi sintió pena por ese hombre tan torpe. Estaba desnudando su propia yugular y sabía que Jude Lucien no dejaría que se le escapara la oportunidad.

Sin embargo, Brugetti siguió animosamente.

—Jack Taylor declaró que la vio esnifar cocaína con los miembros de lo que entonces se llamaba el Cártel Massala y que más tarde, vio a unos cuantos hombres que siguiendo sus instrucciones, emboscaron y asesinaron a esta gente. Y que usted personalmente asesinó a Enrico Massala aunque éste estaba colaborando con la DEA por aquel entonces.

—Estoy al tanto de las alegaciones, señor Brugetti, estaba en la sala en ese momento.

—Y ¿qué respondería a esas acusaciones señorita Lucien? que ¿usted fue responsable de toda esa carnicería? —preguntó con aire de suficiencia.

Un breve destello de fastidio fue claramente visible mientras atravesaba los rasgos de la sombría mujer. Lucien arqueó inquisitivamente una ceja antes de hablar.

—Voy a ser franca. He servido a la DEA durante más años de los que quiero recordar. Y durante ese tiempo participé en más de quinientas detenciones que resultaron en más de cuatrocientas condenas y la puesta fuera de la circulación de cientos de kilos de cocaína y otras sustancias con un valor en la calle de millones... ¡qué coño!, probablemente de billones. Mi trabajo cada día consistía en eliminar drogas de la calle y meter en la cárcel a los chicos malos. Lo que usted o el señor Taylor olvidaron mencionar de ese testimonio ‘ocular’ fue que él era uno de esos chicos malos. Sería mejor que lo volviera a llamar al estrado y le preguntara si recuerda haber presenciado esa ‘carnicería’ antes o después de que yo arrastrara sus miserables huesos hasta la cárcel. ¿Me entiende?

La galería de prensa estalló junto con el resto de la sala. Y aunque Brugetti siguió farfullando durante el resto de su interrogatorio, le habían arrancado el caso de las manos. El juicio continuó, pero las mentes de la mayoría renunciaron a una conclusión. Jude Lucien sería absuelta.

Pero lo que Liz recordaba especialmente era que la acusada en su declaración, nunca había negado ninguno de los cargos.

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Re: Lucifer rising, Sharon Bowers

Mensaje  malena el Noviembre 13th 2012, 8:30 am

El vaho había empañado el espejo oval mientras Jude atravesaba la puerta de la ducha. Limpiando la condensación con una gruesa toalla y usándola a continuación para absorber vivamente el agua que caía por su delgado cuerpo, se enfrentó a un reflejo levemente difuso. El rostro que le devolvía la mirada desde el espejo era liso y sin líneas causadas por las tensiones de su profesión. Nunca dedicada a contemplar los favores que la lotería genética le había otorgado, Jude se agachó y cogió un secador profesional y lo aplicó a sus espesos mechones de pelo negro. Media hora más tarde, los cepilló eficientemente para apartarlos de su cara y después se puso un leve toque de rímel en sus pestañas.

Deslizando su flexible cuerpo en una falda de suave cuero negro, se puso una camisola color burdeos y subió la cremallera de su lateral. Mirándose al espejo una última vez mientras se ponía los zapatos, reprimió un largo suspiro. Hora del espectáculo, le susurró al reflejo.

No tengo ganas de hacer esto. La tarde iba a ser pura rutina, si algo en la tumultuosa vida de Jude podía ser catalogado así. Una sencilla reunión preliminar entre ella y el nuevo líder del Cártel Massala. Cena y unas copas entre dos socios de negocios. Sí, ya…….entonces ¿por qué las compañías normales no hacen cacheos antes que sus CEOs se estrechen las manos? Habían tenido que pasar años desde la muerte de Enrico Massala para que la familia se reagrupara después de la devastadora redada de Jude.

Finalmente, el hombre que había surgido como nuevo líder un primo lejano llamado Romair era un pensador de ideas más progresistas, que dijo que no tenía deseos de antagonizar más a la mujer que había sido responsable de quitarle la mitad del negocio a su familia.

Jude, siendo pragmática, había aceptado la invitación para tomar asiento. Los meses que siguieron inmediatamente a la Masacre Massala como la llamaron los periódicos no habían sido agradables para ella. Fue forzada a dejar el país un tiempo, y miembros aún indignados del cártel la habían perseguido. Ninguno se acercó lo suficiente para hacerle daño, pero a Jude le molestaba tener que llevar un arma a cualquier sitio que fuera. Hace que ir al gimnasio sea jodidamente difícil.

El Cártel había estado menos enfurecido y más dispuesto a pactar cuando se enteraron de que su precioso Rico había estado trabajando con los federales por un trato para él, sin involucrar a nadie más.

Finalmente se había solicitado una distensión para que todo el mundo pudiera volver al negocio de ganar dinero. Entonces ese idiota, Brugetti, había estado a punto de echarlo todo a perder. Debería haber seguido sin más el consejo de la Agencia y retirar el maldito caso. Jude no pensaba mucho en el juicio aquellos días. De hecho, nadie lo hacía. No con el circo de O.J. que tuvo lugar justo después, y los juicios a los terroristas de Oklahoma. Nop soy noticia vieja. Y era justo así como le gustaba a ella.

Mucha gente seguía mirando a Jude, no podían evitarlo, pero muy pocos de ellos sabían quién era ella. O de qué era capaz.

El pequeño y elegante coche bordeó su camino por el camino de entrada a la casa en primera línea del océano de Jude. La noche se había llevado un tanto del calor estival, y la fragancia salobre del agua del mar llenó los pulmones de Jude. Frenando al borde de la carretera, inspiró profundamente, disfrutando del pacífico silencio y casi deseando estar sentada sobre su capó, la guitarra y el bourbon a mano, y con nada en su mente aparte de la duda de si recorrer o no el corto sendero hasta la orilla del agua. Pero aquella noche había tratos que hacer, y ella tenía negocios que dirigir. Poniendo su coche en marcha, abandonó sus vanos pensamientos y se lanzó a los confortantes brazos de la noche.

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Re: Lucifer rising, Sharon Bowers

Mensaje  malena el Noviembre 16th 2012, 8:26 am

En el otro extremo de la ciudad, otra mujer estaba preparándose para una noche en el centro de la misma. Pero, a diferencia de Jude, Liz Gardener estaba bastante ansiosa por iniciar el proceso de su velada. Uno de sus contactos, un jugador de fútbol de la amplia red de empleados de Jude llamado Stuart, finalmente había venido a decirle que Jude iba a cenar en Monde, uno de los mejores restaurantes de la ciudad.

Según fueron pasando los meses y el furor sobre el juicio se calmó, Liz siguió, no obstante, intrigada por la misteriosa presencia de la oscura mujer. Con su arrojo y decisión, Liz no se quedó mucho tiempo en el escritorio y pronto estuvo haciendo su camino hacia el corazón del crimen. Era el más agitado de los corazones, teniendo que estar al tanto de los informes que salían de la comisaría, y ella había aprendido a dormir acunada por el scanner de la policía. Pero eso le dio a la mujer de pelo color miel la ocasión perfecta para desarrollar contactos que podrían ser un enlace con Lucien. Ella mantenía los oídos alerta ante cualquier murmullo relacionado con sus actividades pero, hasta recientemente, no había conseguido nada.

Entonces, hacía cosa de un mes, encontró por fin a alguien que le confirmó que no sólo Lucien nunca había dejado el negocio, sino que algo gordo que involucraba a la ex agente estaba a punto de ocurrir. Fue entonces cuando Liz empezó a forjar su plan. Sin duda, muchos de los detalles no habían trascendido, pero Liz no podía resistir más la casi abrumadora necesidad de hacer algo con su creciente obsesión por la extraña.

“Si ella viene a cenar al restaurante, eso significa que no está trabajando en serio como mucho está entreteniendo a sus socios. Y eso significa que probablemente acabará después en el Club”, Stuart explicó con gran seriedad. “Aparece allí a eso de la medianoche y dile al chico de la puerta que Eddie te ha recomendado el sitio. Eso te dejará pasar por la puerta principal y te alejará de los mafiosos de fuera.”
Ahora, Liz estudiaba su armario con seriedad. Aunque le gustaba bailar, a pesar de que no era demasiado buena en ello, lugares como el Club no eran paradas habituales de su circuito social. Lo conocía por su reputación como uno de los puntos nocturnos más exclusivos de la ciudad, con clientes habituales que vestían trajes caros, buena música, y una cola para entrar de una milla de larga. La pregunta a la que se enfrentaba ahora Liz era una eterna. ¿Qué diantres me pongo?

No tenía ni la más leve idea sobre cómo conseguir llamar la atención de Jude Lucien; y si por algún milagro lo conseguía, qué haría una vez que eso hubiera ocurrido. Lucas había sido escéptico sobre su plan pero le había dicho que tenía suficiente fe en su protegida como para darle carta blanca en aquella empresa. Muy seguramente piensa que no me acercaré a ella ni en un millón de años. Probablemente tiene razón. Pero al menos puedo decir que lo intenté. Quizá finalmente podré dejar atrás todo esto. Las bonitas cejas de Liz se fruncieron mientras revolvía en las profundidades de su armario, para finalmente emerger triunfalmente con el vestido de Vera Wang que su madre le había dado. Había sido un soborno para que fuera a uno de los incontables bailes inaugurales a los que sus padres le habían obligado a asistir, ahora que su padre se había retirado de los cuerpos diplomáticos. Liz se las había arreglado para eludirlos todos menos uno, y afortunadamente, aún tenía el vestido.

Tengo que concederle eso a Mamá se dijo mientras el vestido se deslizaba por su cuerpo y se ceñía a sus flexibles curvas. La vieja tiene muy buen gusto. Hizo unas suaves piruetas, examinando el vestido desde todos los ángulos. Era color verde esmeralda, era un poco subido de tono para un baile inaugural su padre le había echado un vistazo con él puesto y por poco le había dado una apoplejía, pero era perfecto para una velada en el Club. El vestido conseguiría hacerle encajar allí, mientras a la vez le apartaría del resto de clientes. Se había preguntado en qué estaba pensando su madre cuando eligió el vestido para su única hija. Probablemente, pensaba que a Liz se le estaba pasando el arroz para poder ser considerada una pareja apetecible. Ya, Liz se rió por lo bajo con la idea. Todos sabemos que eso no va a suceder. Las “elecciones de vida” de Liz, como lo llamaba su hermano, no eran un popular tema de discusión en la casa de los Gardener particularmente en un año de elecciones. Así que fue un suspiro de alivio tanto para Liz como para su familia cuando empezó a trabajar para el Herald.

Suspiró y sacudió la telaraña de recuerdos de sus pensamientos. Llevando sus manos sobre su bien mantenido cuerpo y mirándose en el espejo, Liz sintió un ardor desconocido en el estómago. No sabía si era un destello de expectación por la persecución o simplemente por la oportunidad de conocer finalmente a la mujer que había ocupado la mayoría de sus pensamientos de vigilia y no pocos de los de sueño durante bastante tiempo.

°°°°°°°°°°°°°°°

Caballeros Jude inclinó la cabeza gentilmente ante Romair Massala y los dos guardaespaldas a los que Jude siempre imaginaba como Trajes. Cuando el primer Traje hizo un movimiento como para cachearla, Jude simplemente arqueó una seria ceja y le atravesó con una mirada de invierno ártico. El Traje se echó atrás y le lanzó una mirada interrogante a su jefe, que hizo un gesto para apartarle. Era obvio que Jude no llevaba nada. La fina falda de cuero y el top de seda no dejaban lugar para ocultar algo. Ella había prescindido deliberadamente de la chaqueta por esa simple razón para demostrar que no le daban miedo.

El camarero se adelantó y dio asiento a Jude y a Massala. A continuación, guió a los Trajes hasta una cómoda mesa cercana, pero no tan cerca como para que ellos pudieran escuchar la conversación. Ellos estaban claramente irritados por este último giro del asunto, y Jude ocultó su diversión tras un estudio concienzudo de su menú. Habían estado sentados en su mesa usual, un acogedor arreglo desde el que podía ver todo el restaurante. Jude se sentó en su silla, observando a Romair mientras él estudiaba sospechosamente sus alrededores.

—¿Está viajando sola esta noche? —preguntó solícitamente—. Sin duda, una mujer tan bella como usted no estaría paseando por ahí ¿sin escolta?

—Quiere saber dónde están mis Trajes.

—¿Por qué no? No me gusta mucho viajar con séquito respondió plácidamente. Pero quizás usted sabe algo que yo desconozco. ¿Piensa que tengo motivos para estar preocupada?

Jude examinó a su contrincante a lo largo de la mesa. Sin duda, Romair Massala era un hombre guapo. Con astutos ojos marrones y una espesa y desordenada mata de pelo negro, rebosaba de vitalidad masculina y de astuta conciencia. Había llegado de los rangos exteriores de los tenientes del Cártel un primo lejano trabajando duro en la sombra hasta que la redada de Jude había creado un vacío de poder en la familia que Romair había intervenido para rellenar.

—Señorita Lucien ¿puedo llamarte Jude? —él prosiguió cuando Jude asintió con conformidad—. Jude, soy un hombre franco. Y creo que tú respetas la franqueza. Debo admitir que estoy un poco preocupado. Ha habido gran cantidad de rencor entre los Massala y tus organizaciones. De hecho, hay algunos que aún piensan que te debemos una deuda de sangre a pesar de nuestros recientes entendimientos. Estoy seguro que has oído los murmullos. Yo pensaba que eso sería bastante perturbador para ti.

Jude suspiró profundamente y sacudió la cabeza. Maldición ¿por qué siempre intentan esto?

—Tienes razón, Romair, respeto la franqueza. Así que voy a intentar ser igual de franca contigo. Eres muy joven y muy ambicioso puedo apreciarlo pero no has hecho tus deberes —se interrumpió y tomó un saludable sorbo de vino antes de continuar—. De haberlo hecho, sabrías que yo soy la dueña de este restaurante y que esos hombres —señaló a dos camareros que aguardaban de pie atentamente, a menos de seis pies de ellos— no son camareros, sino empleados míos—. Jude se concedió una brillante sonrisa que iluminó el pálido azul de sus ojos y era un irónico contraste con el amenazador gruñido de su voz—. He oído que eras muy brillante, Romair. Por favor, no me decepciones tan pronto en nuestra relación —la sonrisa abandonó sus ojos y fue sustituida por una mirada que parecía más apropiada para una sala de tortura medieval que para un iluminado y caro restaurante francés—. Así que no intentes intimidarme, Romair. Tus matones y tus pistolas no me asustan. Y sea cual sea el daño que me puedas infligir, te lo puedo devolver multiplicado por diez. ¿Nos entendemos?

Ella se reclinó de nuevo en su silla y se relajó en una asilvestrada contemplación de su víctima.

Hubo una enorme pausa durante la cual Romair Massala podría haber hecho mil cosas novecientas noventa y nueve de las cuales le habrían costado la vida, si no aquella noche, otra. Pero Romair era de veras un hombre inteligente. Inclinó la cabeza hacia su compañera de cena, reconociendo tácitamente que le habían pillado el farol.

—Por supuesto, Jude. Sólo estaba hablando hipotéticamente.

—Yo también, Romair —le concedió otra sonrisa, esta vez no aderezada con una falsa promesa—. Ahora, ¿puedo recomendarte algo del menú? ¿O preferirías escuchar cuáles son las especialidades?

°°°°°°°°°°°°°°°

Aparentemente la recomendación no pesa tanto como Stuart pensaba que lo haría, pensaba Liz con disgusto unas pocas horas después. Media hora flirteando y por poco consigo entrar en el jodido bar. ¿Por qué diablos Stuart no me dijo que había una puta sala VIP? Si ella está en algún sitio, es ahí, no aquí abajo en el mercado de la carne con los trolls.

La pequeña reportera había estado charlando, había sido manoseada, y ahora estaba harta del caos calculado del Club. La música sonaba desde cada punto posible del lugar, rivalizando con el ritmo de su propio corazón. El aire estaba viciado con el aroma de colonias de diseño, puros, y cigarros de dudosa legalidad y Liz luchó por no ahogarse en la vaharada particularmente acre del último esfuerzo aromático de Calvin Klein que llegó hasta ella. Se dio la vuelta hacia la camarera, con quien había desarrollado una buena compenetración durante las últimas dos horas, y frunció el ceño. Prestar atención a gente cantineras, camareros, porteros junto a los que otros pasaban sin reparar en ellos, le había conseguido en más de una ocasión la información necesaria para sacar una noticia.

—Ponme otra, —dijo Barnes, deslizando su vaso sobre la barra de mica negra hábilmente pulida.
Barnes sonrió alegremente a la mujer de pelo color miel.

—Perdona que te lo pregunte, pero éste no parece el tipo de sitio que frecuentas, si sabes a lo que me refiero.

Liz ladeó la cabeza y contempló suspicazmente a la camarera. Es ésa la forma actual de preguntar ¿qué hace una chica como tú en un sitio como éste?

—No hay nada malo en ser una buena chica —asintió Barnes, apartándose el pelo caoba de la cara—. Yo misma solía serlo, antes de empezar a trabajar aquí —finalizó con otra sonrisa triunfal.

—Hasta las buenas chicas se impacientan de vez en cuando —refunfuñó Liz entre dientes, más para sí misma que otra cosa, pero los agudos oídos de la cantinera captaron la afirmación.

—Sé a qué te refieres —convino Barnes—. Hay mucha gente buscando muchas cosas aquí —echó un vistazo a la barra mientras preparaba diestramente un gintonic. Cortando una piel de lima en forma de un rizo estrecho, le regaló la bebida a Liz con una floritura—. Aquí tienes.

—Gracias —respondió Liz, sacando un billete—. Todos estamos buscando algo, ¿no?

—Esa es la verdad —respondió agradablemente la camarera—. Y veo esos bonitos ojos verdes tuyos vagando por todo el lugar. Así que, ¿qué es lo que tú estás buscando? —una pausa ligeramente sugestiva descansó entre ellas nada demasiado intimidatorio, pero presto a agradar a las dos mujeres—. ¿Simplemente algún problemilla?

Liz sonrió y empezó a responder provocadoramente cuando una elegante forma se destacó en su campo de visión periférica. Sacudiendo bruscamente la cabeza, captó una larga exhibición de bronceadas piernas mientras éstas subían la escalera de caracol. Sus ojos siguieron la pista de su longitud hacia arriba, sobre la flexible falda de cuero, por encima de la estrecha cintura, cruzando la anchura de los hombros cubiertos de seda, a través del oscuro pelo negro, hasta que acabaron de golpe sobre dos piezas de zafiro que relucían sombríamente en su dirección.

La reportera sintió que se quedaba sin aire y le dio un vuelco el corazón, y dejó escapar un pequeño jadeo de reconocimiento. Barnes siguió su línea de visión y sacudió con recelo la cabeza.

—Oh no, dama. Créeme, no quieres tantos problemas.

°°°°°°°°°°°°°°°

Jude no estaba segura de qué fue lo que le hizo darse la vuelta y mirar hacia la irritante muchedumbre que había a sus pies. Normalmente se limitaba a recorrer su camino hacia la sala VIP e ignoraba a la bulliciosa masa de cuerpos de la pista principal. Pero por alguna razón, esa noche sus ojos fueron atraídos hacia una onda de luz cálida que llevaba hasta una mujer de pelo color miel que estaba en la esquina de la barra principal.

Allí encontró unos ojos que miraban a los suyos propios sin vacilar. Incluso a distancia, su resplandor jade era inconfundible, y Jude creyó ver vetas doradas en ellos. Durante un momento interminable, se sometieron silenciosamente al escrutinio de cada una de ellas, ignorando los cuerpos que flotaban a su alrededor, hasta que Romair le dio un golpecito en el hombro a la oscura mujer, rompiendo su naciente conexión con la otra mujer.

Ella giró su cabeza para mirar al argentino, sin molestarse en ocultar la irritación en su tono.

—Caballeros, ¿por qué no siguen sin mí? Tengo que ir a comprobar unas cosas ahí abajo. Sólo díganle a Sasha que son mis invitados y ella se encargará de ustedes.

Los Trajes le miraron recelosamente, pero Romair asintió en acuerdo.

—Sin duda, Jude. Te veremos arriba —le sonrió con complicidad—. No te culpo. Es una belleza. —gesticuló levemente en dirección al lugar que había ocupado la delgada mujer.

Jude le despidió con un breve asentimiento y rápidamente retornó sus ojos a la esquina de la barra.

Maldición murmuró cuando vio que el espacio había sido ocupado por un grupo de escandalosos jóvenes turcos que agitaban en el aire sus vasos de Martini. Evitando un suspiro de ligera decepción, empezó a estudiar la sala en busca de los ojos de la extraña cuando otro golpecito en su hombro llamó su atención una vez más apartándola de la pista de baile.

Irracionalmente exasperada por las continuas distracciones de su nuevo colega de negocios, Jude se giró y cayó directamente de vuelta a los remolinos de malaquita de los ojos de la extraña. De cerca, podía ver que de hecho había vetas doradas esparcidas por sus iris, y había una desarmante franqueza en la mirada de la mujer que hizo a Jude sentirse extrañamente como si le estuviera siendo confiado algo precioso.

Dejó que sus ojos recorrieran el resto de la esbelta figura ante ella, notando los ardientes reflejos del pelo color miel, los definidos hombros, y las devastadoras curvas bajo el vestido que de haber sido Jude aún católica practicante le habrían mandado corriendo a toda prisa hasta el confesionario más cercano.
Lentamente, la fija mirada azul hizo su camino hasta el rostro de la mujer y la amplia sonrisa que estaba esperándola allí.

—Hola —dijo suavemente la extraña—. ¿Has oído todas esas historias sobre cómo ver a alguien al otro lado de una habitación podría cambiarte la vida?—. Una lenta sonrisa curvó los labios de Jude mientras asentía.

—¿De verdad crees que alguna de esas historias es cierta?

—Bueno —respondió la pequeña mujer. Tengo la ligera sospecha que si sigues adelante y te presentas, lo averiguaremos pronto.

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Re: Lucifer rising, Sharon Bowers

Mensaje  malena el Noviembre 17th 2012, 4:33 pm

Capítulo 2

"No puedo creer que haya dicho eso". Liz se recriminó dándose mentalmente una palmada en la frente, pero Jude simplemente respondió con una sonrisa, los oscuros reflejos de sus ojos danzaban, y la guió hacia la escalera de caracol, haciéndola subir a la sala VIP.

Inmediatamente Liz se sintió impresionada por la diferencia entre esta sala y la principal en el piso de abajo. Era como estar en dos mundos completamente diferentes. En lugar de taladrar un agujero en la consciencia con su incesante martilleo, la música aquí arriba era un ronroneo lastimero y seductor que se filtraba suavemente en tu torrente sanguíneo. Los focos vertiginosos que iluminaban las mejores poses de los espásticos bailarines del piso de abajo habían desaparecido, sustituidos por un cálido y agradable resplandor de tono bronce que proyectaba un enorme glamour sobre todo el mundo en la sala, especialmente sobre la mujer sentada frente a ella. Liz lanzó una rápida mirada a su alrededor, aunque lo que de verdad deseaba era sumergirse en la decadente visión que era la propia Jude Lucien.

—Así que es aquí donde vienen las niñas mayores —murmuró para sí misma.

La risita de respuesta de Jude cosquilleó de lejos en sus oídos y la hizo volverse hacia su anfitriona.

—Aún no te has presentado —sonrió—. O ¿es que prefieres que continúe pensando en ti como en una desconocida alta, deslumbrante y misteriosa?

Una parte de Liz era una eterna voyeur: observar a todo el mundo, incluso a sí misma, mientras pasaban por la vida. Esa parte era la razón por la que era tan buena reportera. Y ahora esa misma parte observaba con asombrada incredulidad esas palabras que salían sin esfuerzo de sus labios. "Tiene que ser este vestido el que habla", consideró Liz silenciosamente, preguntándose de dónde venían todas esas frases ocurrentes.

Fuera lo que fuera... parecía estar funcionando porque la atención de Jude estaba firmemente centrada en su juego y parecía ajena a las miradas inquisitivas que se lanzaban en su dirección. Las dos mujeres formaban un par que llamaba la atención, luz y oscuridad unidas en tranquila conversación, ignorantes de la forma en que sus cuerpos se complementaban visualmente el uno al otro.

—No lo sé —bromeó Jude—. Cuando una mujer guapa se acerca a mí y me dice que va a cambiar mi vida... es una decisión importante. ¿Qué crees que debería hacer?

Liz fingió considerar la pregunta durante un momento y después sonrió con complicidad a su nueva compañera.

—Creo que deberías lanzarte por ello.

—El riesgo merece la pena ¿eh? —una de sus elegantes cejas se arqueó como evaluando lo que Liz tuviera que ofrecer.

—Creo que sí —bromeó fácilmente. Sí, seguro... tiene que ser el vestido. De pronto, Liz fue consciente de cuanta piel se ofrecía a la mirada errabunda de Jude. Notando el reflejo aprobador en el parpadeo azul, esperó con todas sus fuerzas que la tenue iluminación camuflara el rubor que empezaba a subir a sus mejillas—. Pero supongo que todo depende de la cantidad de riesgo que quieras correr.

Una enigmática llamarada ardió en los ojos de Lucien al tiempo que sonreía vorazmente a la otra mujer, y Liz sintió un pequeño estremecimiento ante lo que estaba sucediendo entre ellas.

—Que no se diga que soy una mujer que no arriesga. Permíteme que me presente correctamente: mi nombre es Jude Lucien —ofreció su mano a Liz con elegancia.

Un punto para el equipo de casa, pensó Liz exultante mientras estrechaba la mano de Jude sorprendida ante su inesperada calidez. Aunque, Liz consideró una vez más, todo lo que sabía de esta mujer implicaba pasión, desde la violencia que envolvía a la oscura mujer y sus inconfundibles colores, hasta el ardiente brillo que iluminaba sus ojos inquietos. Es asombroso que su tacto no queme, musitó y se sorprendió al notar que sus pensamientos se escapaban de modo temerario y por su cuenta, hacia otras circunstancias que podrían implicar el tacto de esta mujer. Sabía que el juego estaba en marcha, pero voluntariamente ignoró sus sospechas de que las reglas, de algún modo, habían cambiado dramáticamente.

La voz irritada de Jude la devolvió bruscamente a la realidad.

—Esta noche no trabajo, Sasha —le decía a una mujer esbelta, vestida completamente de blanco. El austero corte del traje marcaba un acusado relieve en las facciones del rostro de la mujer, el color enfatizando el cálido tono caramelo de su piel.

La desconocida continuó como si Jude no hubiera hablado.

—Hay un problema...

—Para eso es para lo que te pago tanto, Sash —replicó Jude con una sonrisa burlona, apartando ausente un bucle del oscuro pelo rizado de la mujer tras sus finos hombros—, para que puedas ocuparte de los problemas. Ahora ve a ganarte el sueldo.

—Vaaale —Sasha emitió la palabra en un susurro— ya veo que estás ocupada —lanzó una mirada maliciosa hacia Liz que se sintió ligeramente molesta ante la implicación—. ¿Ni siquiera vas a preguntar por Massala? —la mujer sugirió suavemente.

Los oídos de Liz se agudizaron ante la mención del nombre del Cártel y mantuvo una expresión ligeramente atenta aunque de profundo aburrimiento. Años de ser la hija de un diplomático le habían enseñado en qué situaciones era mejor parecer un objeto de decoración. Sin embargo, debajo del tranquilo exterior, su mente iba a toda velocidad. Massala... tiene que tratarse de la importante operación de la que he estado oyendo hablar.

Jude lanzó una mirada perezosa al reservado del rincón, donde los tres hombres se sentaban dejando una nueva ronda de vasos vacíos sobre una mesa ya llena de ellos.

—Parece que los tienes cómodamente situados. Asegúrate de que lo pasan bien...

—Y de que te dejan en paz —terminó Sasha—. Ya sé lo que tengo que hacer.

Había un aire de familiaridad entre las dos, pero Liz detectó un ligero indicio de resentimiento en la voz de la esbelta mujer. Casi como si estuviera celosa. Para Liz no había duda de que la historia romántica de Jude era tan turbulenta como parecía ser el resto de su vida. A juzgar por su comportamiento, esta mujer probablemente había sido parte de ella. Sasha indicó con la cabeza hacia otro reservado, discretamente apartado en una esquina menos iluminada.

—Tu mesa está lista.

—Gracias, querida —Jude despidió a la mujer con un suave golpecito en el hombro y volvió su atención hacia Liz—. Siento la interrupción. ¿Decías...? —su voz fue bajando de tono, dando sutilmente a la mujer rubia la oportunidad de continuar su juego o de retirarse a un terreno más seguro.

—Decía que estoy encantada de conocerte, Jude. Mi nombre es Elizabeth Peterson —había decidido usar su nombre completo y el apellido de su madre. Si a Lucien le daba la vena y decidía investigarla, lo último que Liz quería era que la traficante descubriera que era periodista. Como el nombre también era el seudónimo que había usado durante sus días de novelista romántica, soportaría razonablemente bien un escrutinio.

—Bueno Elizabeth... si puedo llamarte así... —arqueó una ceja pidiendo permiso mientras señalaba hacia su mesa—. ¿Por qué no te sientas mientras yo pido algo para beber?

—Por supuesto —. Liz dejó que la sentaran en el reservado y se entretuvo en la contemplación de las largas piernas de su acompañante mientras ésta se alejaba. La oscura viveza de la falda de piel se abrazaba deliciosamente a las caderas de Jude, y Liz se sorprendió a sí misma mirando a Jude de una forma en absoluto profesional. Algo en el fondo de su mente la advirtió de los peligros de meterse en líos con ella, pero el aviso se perdió en el sonoro eco de la vibrante risa de la sombría mujer que se repetía en sus oídos.

Elizabeth Peterson ¿eh?, Jude rió para sí misma mientras se acercaba al bar. Debe ser la única mujer que he conocido en todo un año que de verdad tiene apellido. Agitó la cabeza divertida.

—Eh, Parker —llamó al camarero— alcánzame el teléfono de abajo—. Dos segundos después había averiguado qué bebía Liz a través de una Barnes bastante pasmada.

—Gintonic y un bourbon con hielo —dijo a Parker que se apresuró a servir las bebidas.

No era frecuente que Jude apareciera en el Club, y sus empleados se sentían algo sobrecogidos ante la mujer sombría a la que llamaban El Diablo a sus espaldas. Jude pasaba bastantes menos noches aquí de lo que solía. En sus peores días se había abierto camino entre la población del Club como una auténtica sensación erótica. Había tenido lo que parecía una interminable provisión de cuerpos bellos que se le iban ofreciendo, y ella se había alimentado vorazmente en su pasión; desechando cada uno de ellos cuando, equivocadamente, creían que la presencia en su cama les daba derechos sobre su vida.

Todavía se le ofrecían estos días, pero, indefectiblemente, Jude declinaba cortésmente con una encantadora sonrisa o con un comentario burlón. De hecho, se dio cuenta con un sobresalto, había pasado más de un año desde que alguien la había impresionado lo suficiente como para continuar el flirteo. Puede que por eso me sienta tan atraída por esta mujer... Hormonas, consideró, pero se descubrió a sí misma deseando encontrar alguna otra razón. Elizabeth Peterson era innegablemente bella, ese cuerpo ágil perfilado por ese maldito vestido no dejaba ninguna duda; pero había una chispa en sus ojos jade que llamaba a Jude. Ya veremos, se prometió, volviendo hacia la mujer de pelo rubio miel sentada en su mesa.

—Aquí tienes —Jude se deslizó fácilmente al lado de Elizabeth en el íntimo reservado— Gintonic.

Su acompañante pareció confusa.

—¿Cómo...? Yo no te dije...

—Tengo mis fuentes —rió Jude mientras unos ojos verdes se fijaban en ella—. He llamado abajo y he preguntado. Parece que has causado una gran impresión en Barnes —bromeó.

—¿Quién? —Elizabeth inclinó la cabeza—. Oh, la camarera. Ha sido encantadora.

La mujer oscura levantó una ceja contemplativa hacia la mujer a su lado.

—¿Sabes? Por aquí tiene toda una reputación de ser muy atractiva. Te rompería el corazón si le das la oportunidad.

—Oh, ¿estás diciendo que tú no? —Elizabeth le contestó con un destello en sus ojos—. Pareces del tipo que también tendría su propia reputación.

Oooh... quiere jugar.

—He aprendido que es mejor no creer todo lo que ves. A veces, las circunstancias encuentran alguna forma de... modificar la verdad —replicó—. Además, has sido tú quien ha dicho que ibas a cambiar mi vida. Así que, creo que debería ser yo quien pregunte cuáles son tus intenciones.

—Lo sé, lo sé... ¿Qué hace una buena chica como yo en un sitio como éste? —Elizabeth sacudió la cabeza—. Barnes me preguntó lo mismo. ¿Por qué todo el mundo me pregunta eso?

—Quizá porque pareces una buena chica —ofreció Jude.

—Pensaba que no creías todo lo que veías —reprochó la mujer más pequeña.

—Nunca he dicho que creyera que fueras una buena chica. Simplemente que lo parecías.

—Oh —un bonito rubor avivó los rasgos de Elizabeth mientras jugaba con la espiral de corteza de lima que colgaba del borde de su vaso.

Jude sonrió con placer ante su reacción. La joven rubia era absolutamente encantadora.

—Además, no te había visto aquí antes y soy la dueña. Así que conozco a la mayoría de los habituales. ¿Qué te trae por aquí esta noche?

La mujer de pelo rubio encogió los hombros suavemente, atrayendo la atención de Jude hacia una suave onda de músculos en sus brazos y cuello.

—No estoy segura. Me sentía bastante inquieta. Como que si me hubiera quedado donde estaba un segundo más, me habría vuelto loca.

—Sé a lo que te refieres —dijo Jude terminando su bebida y disfrutando la punzada del alcohol quemando garganta abajo. Una camarera que pasaba recogió su vaso y regresó silenciosamente con otro. Jude inclinó brevemente la cabeza hacia la chica antes de comenzar su historia.

—Había una vieja loca que vivía un poco más abajo de donde yo vivía cuando era pequeña. Todo el mundo la llamaba tía Betty, no sé porqué. Siempre estaba gritándole a los críos, vociferando que podía decirnos la buena fortuna y leernos el futuro. La mayoría de los adultos nos mantenía apartados de ella. Pero... lo más gracioso era... que cuanto mayor me hacía, la tía Betty cobraba más sentido. Los mayores no querían que oyéramos las cosas que decía. Una de las cosas que más recuerdo era algo que llamaba El Desasosiego Nocturno.

—¿El Desasosiego Nocturno? —repitió Elizabeth y bebió de su gintonic ya más tranquila.

Jude asintió.

—Betty siempre decía que eso es lo que te hace sudar cuando no hace calor. Pone a los perros nerviosos, vuelve mezquinas a las novias y hace que salgas a la noche buscando algo que no tienes. Ella diría que eso es lo que empuja a chicas como tú a sitios como este.

—Entonces... —preguntó Elizabeth con una pequeña sonrisa— ¿crees que estoy sufriendo El Desasosiego Nocturno?

Dos brillantes zafiros recorrieron arrogantemente la esbelta figura de Elizabeth una vez más.

—Oh, sí —Jude dijo despacio.

En el silencio que siguió a estas palabras ambas mujeres fueron plenamente conscientes de la seducción mutua que estaba teniendo lugar. Una irresistible atracción estalló entre sus cuerpos y sus mentes, y una chispa de excitación encendió una lenta llama en el vientre de Jude.

—¿Qué sugieres que haga? —murmuró Elizabeth bajando ligeramente el tono de su voz.

Se me ocurren una o dos cosas para empezar, ofrecieron los revoltosos pensamientos de Jude. Pero no dijo nada en voz alta y pegó un largo trago de su copa. El tono íntimo de las palabras de la mujer más pequeña hizo subir como un cohete el fuego entre sus piernas. La mujer sombría no estaba en absoluto preparada para la reacción instantánea de su cuerpo hacia esta desconocida y necesitó un segundo para reponerse. Su impulso fue continuar con el juego sensual y dejarse llevar por el placer implícito de su conversación. Pero dentro de ella, algo que quería saber más sobre esa inteligente mujer sentada al otro lado de la mesa, la contuvo.

Elizabeth debió darse cuenta del conflicto que vibraba tras los ojos de Jude porque su expresión se suavizó inmediatamente y puso una mano dulce sobre el brazo de la otra mujer.

—Lo siento... solo bromeaba... No sé qué es lo que me ha dado...

Jude cubrió los finos dedos con los suyos.

—No lo sientas —interrumpió—. Es que... hace tanto tiempo —dijo sorprendiéndose a sí misma con su franqueza—. No quiero que todo vaya demasiado deprisa —terminó con una brillante sonrisa.

Otra amplia sonrisa iluminó la cara de Elizabeth.

—Yo tampoco. Me parece que nos hemos saltado alguno de los preliminares.

—Decir eso es quedarse corto —comentó irónicamente la mujer oscura. La risa compartida que siguió disipó la densa tensión sexual que se había creado entre las dos. Ahora que habían admitido su atracción, un aire de comodidad se asentó sobre la mesa permitiendo a Jude relajarse y seguir a un paso más lento.

—Ya sabes que el Club es mío pero ¿qué hay de ti? ¿En qué ocupas tus días?

—Soy escritora.

No era en absoluto una revelación sorprendente para Jude. En el corto espacio de tiempo desde que se conocían, Elizabeth se había mostrado más que hábil verbalmente.

—¿Qué tipo de escritora?

—Una novelista romántica en realidad —replicó con una sonrisa tímida.

La ceja de Jude se disparó hacia arriba. Eso sí que es una sorpresa. Sus cejas se arrugaron. No sabía porqué pero estaba... ‘decepcionada’... en cierto modo.

—¿De verdad?

Elizabeth se encogió de hombros.

—Ha ido pagando las facturas bastante bien, pero ahora estoy terminando con ello. Por fin tengo la oportunidad de escribir sobre algo que me interesa de verdad. Algo importante —la emoción brillaba en sus claros ojos verdes y Jude no pudo evitar sonreír.

—¿Puedo preguntar de qué trata el nuevo libro? —viendo a su acompañante fruncir el ceño ante la pregunta, Jude echó marcha atrás rápidamente—. No pasa nada. No tienes que contármelo si no quieres.

—No....está bien —Elizabeth apretó la mano de Jude suavemente, haciendo que ambas se dieran cuenta de que sus dedos estaban aún entrelazados. Ninguna de las dos hizo el menor movimiento para separarlos—. Es que soy supersticiosa. Eso es todo.

—¿Temes ahuyentar a la musa? —bromeó. Jude había conocido a un montón de agentes durante sus días en la DEA que tenían rituales que seguían antes de una operación importante; talismanes que llevaban cuando estaban infiltrados, cosas diferentes para protegerles de los peligros desconocidos que se agazapaban en las sombras. Suponía que los escritores debían tener hábitos similares. Por su parte, Jude no tenía tales supersticiones, creía firmemente que ella creaba su propia suerte y que ningún conjuro podría protegerla tan bien como sus instintos y la Sig Sauer P220 que la acompañaba casi siempre a todos los sitios a los que iba.

—Supongo —Elizabeth se encogió de hombros claramente azorada.

Jude se inclinó hacia el oído de la otra mujer y susurró:

—Estás preciosa cuando te ruborizas, ¿sabes? —sonriendo al ver como el rubor se hacía más profundo y cubría los pálidos rasgos de su acompañante, continuó diciendo— creo que podría estar mirándote toda la noche.

La mujer del pelo color miel ladeó la cabeza interrogativamente.

—Pensaba que íbamos a ir más despacio.

—Sin prisa pero sin pausa —Jude sonrió con desenfado—. Es diferente.

—Ya veo —asintió, una luz juguetona comenzaba a arder en su mirada—. En ese caso...
Sus palabras fueron interrumpidas bruscamente por una sombra que apareció sobre su mesa. Jude frunció el ceño antes de mirar y encontrarse con el atractivo rostro de Romair Massala inclinándose hacia ella. Disimulando rápidamente su irritación, le sonrió y se excusó elegantemente ante Elizabeth con una muda disculpa.

—Odio interrumpir tu conversación Jude —susurró—, pero me temo que tengo que marcharme.

—Pero si aún es temprano —objetó Jude, aunque no le podría haber importado menos. Lo único que deseaba era regresar con la atractiva mujer sentada en su mesa. Después de un breve conflicto interior, su instinto para los negocios resultó vencedor—. Y tus hombres parecían estar pasando un buen rato.
Romair rió suavemente.

—De hecho, todos lo estábamos pasando bien. Sin embargo, tengo una esposa esperándome ansiosamente en casa.

—¿Ansiosamente? —Jude arqueó la ceja. Recordó que el dossier de Massala mencionaba algo de una esposa en Buenos Aires, pero le sorprendió que la hubiera traído a los Estados Unidos.

—Ah, aunque llevamos diez años juntos, mi dulce Paola aún se preocupa. Soy un hombre afortunado.

—Enhorabuena —felicitó la oscura mujer guardando la información para futuras referencias y proponiéndose seriamente tener unas palabras con quien quiera que hubiera preparado el dossier. Un hombre fiel a su esposa era un hombre muy distinto de aquel que la mantenía escondida muy lejos. Podría ser un adversario más vulnerable o más peligroso dependiendo de las circunstancias, y Jude necesitaba saber cuál de ellos sería—. Todos deberíamos ser igual de afortunados —terminó.

—Ay, pero mi querida Jude ¿por qué creo que echarías más de menos la caza de lo que disfrutarías de esa alegría? —sus ojos brillaron misteriosamente mientras inclinaba la cabeza hacia la mesa en la que se sentaba Elizabeth—. Hay una fiereza en ti que se resiste a ser domada, y no envidio la tarea que tiene delante a aquella que intente hacerlo.

Un estremecimiento recorrió la larga figura de Jude ante las palabras del argentino, nutriéndose en la dormida excitación que se había ido acumulado durante largo tiempo y que ahora Elizabeth había estimulado, bañando todo su cuerpo con su calidez.

—Eso es bastante místico, viniendo de un hombre que se ve a sí mismo guiando a su familia hacia el nuevo milenio.

—Provengo de un antiguo linaje de gitanos. Vemos cosas, no podemos evitarlo. Quizá algún día sea capaz de decirte lo que veo en ti cuando te miro —. Tomando la mano de Jude entre las suyas, se llevó los nudillos hacia los labios elegantemente y depositó un beso delicado sobre ellos. El gesto, que podría haber parecido inoportuno o pretencioso en otro hombre, estaba imbuido de un aire cortés de respeto que sorprendió a la mujer sombría. Esperaba muchas cosas de Romair Massala, pero esta no era una de ellas. Por primera vez, comenzó a preguntarse si no habría subestimado a su nuevo socio.

—No estoy segura de lo que quiero Romair —tenía intención de bromear pero de algún modo, las palabras surgieron suavemente serias.

—Creo que sí lo sabes —fue la respuesta igualmente seria—, simplemente no te permites verlo.
Jude rió sin ceremonias para aliviar la tensión de su estómago.

—Ya estás poniéndote místico otra vez —ahora, no había duda del firme tono irónico de la frase mientras se paraba, deleitándose, en las extraordinarias sensaciones que caramboleaban en su cuerpo.
Él sonrió como respuesta, deseando dejar la conversación.

—Perdóname, es mi herencia después de todo. He disfrutado el conocerte, Jude Lucien. Quizá el resentimiento desaparezca con este nuevo entendimiento entre nosotros. Espero que tú sientas lo mismo.

La pequeña sonrisa que se reflejaba en los labios de Jude mientras inclinaba ligeramente la cabeza mostrando su acuerdo, era auténtica.

—Quizá, Romair. Estoy deseando volver a hablar contigo pronto. Gracias —consciente de los gorilas inmóviles justo en el borde de su visión periférica, le acompañó hasta la puerta dejándole sano y salvo en las manos de su ayudante.

—Sasha les acompañará hasta el coche, caballeros. ¿Nos veremos pronto?

Aunque se quedó con los hombres conversando casualmente mientras Sasha se ocupaba de los detalles de su marcha, su mente hervía pensando en la mujer de pelo rubio-miel esperando pacientemente en el rincón.

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Re: Lucifer rising, Sharon Bowers

Mensaje  malena el Noviembre 19th 2012, 11:14 am

Así que ese es Massala, Liz rumió sobre este nuevo ‘jugador’, mientras observaba a Jude hablar con el hombre de piel olivácea. Decían que el Cártel nunca se recobraría de la masacre. Parece que estaban equivocados. Mientras que una parte de su mente reflexionaba sobre las posibles razones de la reunión entre Romair Massala y Jude Lucien, la otra parte era claramente consciente de los estragos que la oscura mujer estaba haciendo entre sus sentidos.

Desde el momento en que puso sus ojos en Jude, se había establecido una lucha abierta entre su cerebro y su líbido sobre sus verdaderas intenciones. Tenía que captar su atención, así justificaba el vestido puramente testimonial que llevaba y la tentadora exhibición de carne que ofrecía a Jude. No sabía que funcionaría tan bien... y claro, ella va a pensar que soy... quiero decir... ¿a qué otra cosa viene la gente a los bares? Un fuego abrasador corrió por sus venas, haciendo entrar en calor lugares que ya estaban demasiado cálidos para su propia seguridad. Oh Dios... Estoy metida en un lío... en un buen lío, admitió, sabiendo hacia donde iban encaminadas ambas desde el primer momento.

Sus planes iban quedándose rápidamente fuera de control, y Liz no sabía qué era peor: el hecho de que estuvieran fuera de control o el hecho de que le daba exactamente igual. Puedo hacerlo... puedo hacerlo, repetía silenciosamente mientras observaba al otro lado de la habitación la elegante forma de la otra mujer, aunque se daba cuenta de que estaba al borde de saltarse toda su ética. Puedo hacerlo… repitió una vez más antes de rendirse. Está bien... de acuerdo... por eso estoy aquí sentada, llevando un vestido de cóctel que enseña más que lo que tapa, y alucinando porque estoy a punto de irme a la cama con la mujer más impresionante que he visto en mi vida... que resulta que es el objeto del artículo en el que estoy trabajando... pero no puedo evitar que ocurra porque, francamente, no quiero evitarlo.
Liz no era extraña a los impulsos, pero los tiempos, siendo como eran, no eran precisamente seguros para actuar por puro deseo. Así que se encontró viviendo sobre todo en su cabeza, contemplando de lejos bellezas de largas piernas y a compañeras de clase de dulce olor. Y con su talento de narradora transformándolas en cómplices ignorantes de su placer. Durante los pasados meses, la imagen fotográfica de Jude había llegado a ser tan familiar como su propio reflejo, y sus sueños habían sido anfitriones de más de una fantasía que implicaba a Jude.

...tocando, saboreando, sintiendo... esas manos..., tan elegantes... que en realidad nunca antes había podido considerar. Podía imaginar fácilmente esas manos extendidas hacia ella, atrayéndola hacia sí con fuerza... y esos largos brazos rodeándola... suavemente poderosos... Casi podía sentir sus piernas enroscándose alrededor de la cintura de la alta mujer... Y esa risa, maravillosamente rica y texturada con mil insinuaciones... Esa voz profunda llamándola, diciendo su nombre... Elizabeth... Elizabeth...

—¿Elizabeth?

Liz regresó súbitamente de su ensueño para encontrarse con una Jude Lucien de carne y hueso de pie frente a ella. Y otra corriente de calor subió a su rostro, esta vez sin detenerse allí y descendiendo hacia puntos bastante más al sur.

— Lo siento —musitó, aceptando agradecida la bebida fría que su acompañante le ofrecía.

— Estabas totalmente en otro sitio —la mujer oscura sonrió— ¿En qué estabas pensando?

Liz abrió los ojos y por un momento estuvo a punto de rendirse y abandonarlo todo, la historia, la mascarada, todo, y tener un momento de honestidad con esta mujer, y ver si las extraordinarias sensaciones que la recorrían estaban causadas por la excitación de la búsqueda o por la magnífica mujer a su lado. A esto es exactamente a lo que me refiero... Mierda... Me gusta... No me lo esperaba. Un último resto de responsabilidad profesional la contuvo para no descubrir la farsa. Y ese resto fue lo que dio lugar a su siguiente pregunta.

— Sólo me estaba preguntando quién era ese hombre. Es increíblemente atractivo —dio un tono provocador a esta última afirmación, implicando tanto curiosidad como disgusto porque quizá su nueva admiradora podría dejarla de lado.

El perezoso parpadeo de los ojos de Jude indicó a Liz que había logrado su objetivo.

—Sólo es un socio de negocios —quitó importancia a Massala con un gesto de la mano.

—¿Eso es todo?

— Bueno... si estás tan interesada puedo darte su teléfono —contestó arrastrando las palabras, recostándose en su asiento con despreocupación—, pero su esposa podría poner pegas. Dime, ¿todos los desconocidos altos y sombríos te inspiran curiosidad? —cuestionó con una sonrisa juguetona—. ¿Soy meramente una de una docena de extraños que te han fascinado? —su voz disminuyó una octava convirtiéndose en un sonido tan seductor que al instante y para siempre, redefinió para Liz el significado de lo erótico—. Entras aquí con tu pelo dorado y tus ojos verdes de gato..., con un cuerpo que es un pecado en cualquier religión que puedas nombrar..., con una sonrisa que es pura miel y tan dulce que casi puedo saborearla desde aquí..., ¿qué opciones tengo? —Jude se inclinó y se acercó un poco más, cerró los ojos inhalando suavemente, como queriendo robar algo de la preciosa esencia de la pequeña mujer. Fue un gesto hecho con la intención de seducir... y funcionó maravillosamente en Liz, pues su corazón comenzó a bombear sangre frenéticamente hasta inundar su rostro. Sabía que su reacción era claramente visible para la mujer sombría y ese conocimiento provocó un hormigueo muy vivo en sus pechos y un estremecimiento entre sus muslos.

Liz tragó con dificultad, tenía la garganta seca.

—Toda una imagen la que has evocado —se las apañó para inyectar una suave ironía en su voz—. Me hace parecer como una auténtica seductora.

— ¿Lo eres?—preguntó Jude, los fragmentos cobalto de sus ojos brillaban.

— No más de lo que lo eres tú —replicó con calma, aceptando el desafío implícito en las palabras de la otra mujer. Y pensando para sí misma... Muy bien... dos pueden jugar a este juego... Y apostaría un millón de dólares, señorita Lucien, a que soy mejor que tú. Las palabras eran, después de todo, su herramienta de trabajo—. Pero si lo fuera, éste sería el momento en el que te diría que hueles a cuero y a la noche, y que tus ojos prometen cosas prohibidas a la gente común. Y si fueras un personaje de uno de mis libros, llegaría en mitad de una tormenta llena de truenos y relámpagos y te vestiría de negro. Y más tarde, te desvestiría y ocuparía largos pasajes con la forma de tu boca, la longitud de tus piernas, la anchura de tus hombros —se detuvo un momento buscando un efecto dramático y preguntó suavemente—. ¿Es esto lo que imaginabas que diría?

Una tensión hipnótica envolvió a ambas mujeres y el resto de la habitación quedó aún más lejos de sus consciencias. Liz sabía que sus planes estaban arruinados más allá de toda posible rectificación, pero le daba igual, ahora mismo no podía preocuparse de nada más que del juego que se estaba desarrollando entre las dos.

Increíblemente, Jude se retiró primero asintiendo con un lento movimiento de cabeza y una consternada media sonrisa. Liz liberó el aliento que no sabía que había estado conteniendo y sonrió como respuesta.

—Y ahora —la pequeña mujer continuó en un tono más normal—, ¿podemos dejar los juegos y centrarnos en la realidad?

Una risa genuina surgió de la garganta de Jude y Liz notó con sorpresa que la mano que Jude pasaba por su pelo negro estaba temblando ligeramente. Elevándose en toda su altura, Jude se puso de pie y ofreció a Liz la que ahora era una mano firme.

—Vamos —ordenó suavemente.

Sin vacilar, la mujer más pequeña entrelazó sus dedos entre los de Jude y preguntó:

—¿Dónde?

—A algún sitio donde podamos centrarnos en la realidad.

El pulido metal del Boxster brillaba con reflejos platino a la luz de la luna y las luces de neón destellaban sobre su superficie. La noche no estaba llena de la humedad que invadía el aire durante las horas del día, y la gente parecía moverse más fácil y libremente bajo la mirada benevolente de la luna. La salida del Club se demoró interminablemente debido a todos aquellos que paraban a la pareja para saludar a Jude. Todo el mundo, según le parecía a Liz, quería ser reconocido por Jude, como si fuera una bendición para sus juergas nocturnas. De hecho, algunos de los clientes la saludaban con la reverencia debida a una gran sacerdotisa. Era la salvadora que les procuraba alivio a su mundana existencia con su club, sus drogas y su propia presencia mercurial.

—¿De verdad conoces a toda esa gente? —preguntó Liz cuando por fin estuvieron dentro del coche y huyendo a toda velocidad de la nutrida multitud.

—Más o menos —contestó Jude crípticamente.

Sujetándose el pelo con la mano y situándose de modo que miraba más hacia la conductora que al parabrisas, Liz se dedicó a estudiar el suave perfil de la mujer a su lado. Mientras que los rasgos del rostro de Jude eran innegablemente clásicos, el profundo contraste entre los labios llenos y el fuerte corte de su mandíbula, impedía que sus rasgos se acomodaran en una belleza complaciente. Más bien, el rostro de Jude era un desafío, tanto como ella misma. La mirada de la reportera se vio arrastrada hacia la longitud de un brazo fuerte y bronceado, para observar el juego de ágiles músculos en el antebrazo de Jude, mientras cambiaba de marcha. Dedos elegantes agarraban el cambio, acariciando la piel ausentemente mientras conducía. Una nueva ola de excitación relampagueó a través del cuerpo de Liz, obligándola a cambiar de postura en el suave abrazo de su asiento.
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Re: Lucifer rising, Sharon Bowers

Mensaje  malena el Noviembre 20th 2012, 10:49 am

El movimiento atrajo la vista de Jude de la carretera hacia su pasajera, y Liz se dio cuenta de que la habían pillado mirando.

—¿Estás bien? —preguntó Jude.

—Sólo me preguntaba hacia dónde íbamos. Parece que nos dirigimos fuera de la ciudad.

—Tengo una casa en la playa. Pensé que allí sería un poquito más fácil hablar. Pero si hay algún otro sitio donde prefieras ir...

—No —le aseguró Liz—. Para nada —apartó la mirada de su acompañante e inhaló profundamente, saboreando el aire salado que invadió sus pulmones. Vale... he elegido un momento estupendo para ponerme violenta y que me entre la timidez ¿verdad? Pero a Jude parecía no importarle su silencio. De hecho, parecía reconfortarla, sonriendo tranquilamente para sí mientras pilotaba el coche hábilmente a través de la oscuridad.

Un giro a la derecha por la que parecía una carretera desierta las llevó hasta lo alto de un camino sinuoso. La respiración de Liz se detuvo al contemplar por primera vez la que Jude llamaba su casa de la playa.

—¡Guau!... —susurró, abarcando con la mirada las elegantes y suaves líneas del edificio, que parecía como si hubiera surgido allí mismo, en el borde de la misma cima. Eran formas limpias y cristal, con la combinación justa de ángulos afilados y suaves curvas. Las paredes pintadas de blanco parecían latir con un brillo plateado a la luz de la luna.

—¿Te gusta? —murmuró Jude en su oído situándose detrás de ella.

—Es magnífica... pero me resulta familiar... en cierto modo —las líneas de la casa jugaron en su memoria, y Liz cerró los ojos brevemente intentando concentrarse antes de volver a abrirlos para recrearse en la casa.

La mujer oscura rió con disimulo ante el comentario.

—Te daré una pista. He leído “The Fountainhead” casi demasiadas veces.

—¡Frank Lloyd Wright! —Liz chasqueó los dedos—. ¿Él ha diseñado esto? —preguntó asombrada.

—Ya, me hubiera gustado —rió Jude—. No....pero el arquitecto que lo hizo se guió en parte de sus principios. ¿Te gustaría verla?

—En realidad... —Liz se dio cuenta de que aunque la casa era preciosa, no se podía comparar con la mujer a su lado—, me encantaría un paseo por la playa. ¿Me la enseñarías después?

—Podemos hacer eso —Jude sonrió ampliamente y señaló hacia su derecha—. Aquí hay un sendero que lleva hasta la playa, pero quizá prefieras descalzarte. Los zapatos de Dolce & Gabbana no se llevan bien con la arena —bromeó quitándose sus propios zapatos y tirándolos en el porche mientras pasaban. Liz, rápidamente, hizo lo mismo, saboreando la suave sensación de los granos de arena entre los dedos.

—Dios, no había hecho esto desde hacía tanto —murmuró—, es tan agradable.

El rugido del océano era un contraste tranquilizador con el ruido del Club y por segunda vez aquella noche, a Liz le impresionó lo cómoda que parecía Jude en silencio. Miró una vez más al lugar maravilloso que era el hogar de Jude.

—Es una casa grandísima para una sola persona. ¿Vives sola?

Continuaron paseando en silencio un poco más hasta que Liz pensó que Jude iba a dejar la pregunta sin contestar. Por fin, Jude señaló con la cabeza hacia la casa y sonrió.

—Cuando decidí que quería construir una casa, entré en el estudio de la arquitecta sin tener ni idea de lo que quería. Bueno, eso no es del todo cierto —Jude rió tristemente.

—Llevé una copia de bolsillo de “The Fountainhead” al estudio y le dije que quería algo que Howard Roark hubiera diseñado. Se rió de mí y me sentó delante de unos cuantos libros.

—Déjame adivinar... ¿Frank Lloyd Wright?

Jude asintió.

—No tenía ni idea de que Howard Roark estaba basado en un hombre real. Pero cuando vi sus diseños, supe que quería algo así. Me enseñó que Wright creía que cada línea de un edificio debía tener una razón para existir, y me di cuenta de que eso era lo que más me gustaba de sus diseños. Sus edificios eran tan limpios, esa era la razón. Así que contraté a la arquitecta y le dije que la única limitación que tenía es que quería que la casa pareciese que pertenecía a este lugar. Había tenido este terreno durante años antes de estar preparada para construir en él. Solía venir aquí para poder mirar hacia arriba y ver las constelaciones... para preguntarme cómo sería vivir en el cielo —sonrió ante su propio entusiasmo—. Este lugar es mi pobre intento de recrear esa sensación.

No puede soportar la sensación de estar encerrada. La idea centelleó a través de los tumultuosos pensamientos de Liz.

Continuando su paseo por la playa, las olas cosquilleaban en sus pies descalzos, y una sencilla calma se aposentó sobre las dos mujeres.

—Entonces supongo que eso significa que vives sola —aventuró Liz.

—En realidad, comparto este sitio con alguien —Jude admitió—. De hecho, con tres ‘alguienes’.

Unas pálidas cejas se dispararon hasta alturas peligrosas mientras Liz luchaba por controlar su sorpresa. Entonces, ¿qué demonios estaba haciendo conmigo en el Club? Nada de lo que había averiguado ligaba a Jude con nadie, ni románticamente, ni familiarmente, así que la pequeña reportera estaba totalmente perdida.

El agudo silbido de Jude perforó el aire tranquilo y en seguida dos criaturas saltarinas de cuatro patas surgieron de la oscuridad.

—Liz, te presento a Agamemnon y Clytemnestra —la mujer alta se arrodilló al borde de las olas para saludar a los perros que saltaban alegremente alrededor de su ama—. Venid aquí chicos. Saludad a nuestra invitada —los perros trotaron obedientemente hacia Liz, uno de ellos olisqueándola con suspicacia— Clytemnestra...—advirtió Jude.

La perra echó una mirada triste a su dueña, después, imitando a su compañero, se sentó y ofreció una pata a una encantada Liz.

—Gracias —la pequeña mujer aceptó la pata estrechándola con seriedad. Repitió el movimiento con
Agamemnon que fue mucho más dócil durante todo el proceso, incluso acercando la nariz para que Liz se la rascara. Por su parte, Clytemnestra soltó un bufido y regresó junto a Jude.

—Esta es un poquito snob —explicó Jude, acariciando a la perra afectuosamente—. Pero una vez que te la has ganado, es tuya para siempre. Aggie sin embargo... bueno, él quiere a todo el mundo.
Agamemnon aparentemente había decidido que le gustaba la forma en que acariciaba esta pequeña humana porque estaba estirando la cabeza entusiásticamente hacia el regazo de Liz para que siguiera rascándosela.

—Son akitas, ¿verdad? —preguntó Liz frotando las orejas de Aggie.

—Exacto —Jude sonrió burlonamente—. Ten cuidado no te vaya a tumbar. A veces es bastante torpe.

—De acuerdo... voy a preguntar. Has dicho que compartías la casa con tres ‘alguienes’. Aquí tenemos dos de tus ‘alguienes’ ¿Quiero saber dónde está el número tres? O ¿debería rehacer la frase y preguntar si vives con alguna otra persona?

La mujer oscura rió.

—Te refieres a gente... oh...—desdeñó la idea con un gesto de la mano—. Nah, sólo los perros y yo. Hay uno más, Pete, pero casi siempre se queda en la casa.

—¿Pete? —preguntó Liz—. ¿Tienes dos akitas con nombres clásicos y un tercer perro que se llama Pete?

—Espera a verlo —rió y agitó la cabeza—. No creo que el pobre Pete pudiera llevar un nombre como el de Clytemnestra.

Decidiendo que su hermano ya había tenido suficiente diversión con la extraña, Clytemnestra apartó a Aggie de la mujer y trotó hacia la playa, Aggie pisándole rápidamente los talones. En la distancia, las dos mujeres podían oír débilmente el ladrido de los perros sobre las olas. Jude sonrió a Liz mientras reanudaban su paseo, esta vez de vuelta hacia la casa.

—Así que vives con tres perros en una casa de ensueño, conduces un rápido deportivo y eres propietaria del nightclub de moda. Pareces de ese tipo de mujeres sobre las que mi madre me advertía —bromeó Liz.

—¿Tu madre te aconsejaba sobre mujeres? —inquirió Jude maliciosamente—. Qué moderna.

—Estaba haciendo una pequeña transferencia creativa. Soy escritora, ya sabes.
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Re: Lucifer rising, Sharon Bowers

Mensaje  malena el Noviembre 23rd 2012, 1:33 pm

—Ah... ya veo. Entonces en tu novela sería ésta la parte donde tú dices: “Gracias por las copas pero mañana tengo una reunión muy temprano. Por favor, ¿podrías llamarme a un taxi?” —se detuvo y se giró hacia Liz, las luces de la casa creaban desde arriba un suave resplandor sobre su pelo negro.

Sólo el puro esbozo del rostro de Jude era visible a la luz de la luna, pero Liz sentía como si cada rasgo hubiera sido grabado a fuego en su memoria. Con mano insegura pasó sus dedos por la suave mejilla de la mujer oscura.

—No. Ésta es la parte donde te pido que me beses antes de que me dé algo.

Sintió los músculos de la mejilla de Jude curvarse en una sonrisa mientras murmuraba:

—Pensaba que íbamos a ir más despacio.

Liz, en respuesta, sonrió abiertamente.

—Sin prisa pero sin pausa —replicó, haciéndose eco de las palabras de Jude.

—En ese caso, creo que eso se podría arreglar —Jude se inclinó lentamente, acercando sus labios a los de Liz. Sus rostros se detuvieron a unos milímetros el uno del otro... Cada una sumergiéndose en el delicioso perfume de la otra... y Liz supo que, pasara lo que pasara entre ellas, el murmullo de las olas y la fría bruma del mar sobre su piel ya siempre evocarían este instante perfecto. Instintivamente los labios de Liz se abrieron para recibir el beso pero, en lugar de la suavidad de los labios de la mujer sombría, oyó un agudo ¡crack!, como un trueno, y un intenso dolor surgió en su costado izquierdo. Jude la empujó hacia el suelo, tumbándose a su lado.

—¿Qué...?

—¡No te muevas! —oía a Jude sisear en su oído a través de la bruma blanquecina que descendía sobre ella—. No estoy segura desde donde disparan pero ahora les será más difícil vernos —la voz de Jude era un profundo eco que parecía surgir de dentro de su propia cabeza, pero sus palabras no parecían tener mucho sentido para la mujer del pelo color miel.

—Eh... ¿Jude? —fue como un susurro sibilante.

La debilidad de su voz debió advertir a Jude de lo que estaba pasando porque sus ojos comenzaron a examinar el cuerpo de la pequeña mujer deteniéndose bruscamente cuando vio una mancha negra extendiéndose a través de la fina tela.

—Oh, mierda... Elizabeth, te han dado.

Lo último que Liz pensó antes de que su consciencia la liberase compasivamente del dolor fue: No me ha besado.

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Re: Lucifer rising, Sharon Bowers

Mensaje  malena el Noviembre 27th 2012, 8:32 am

Capítulo 3

Arrojando sus rayos sobre las olas, el sol hizo una ostentosa aparición sobre la línea del horizonte, pero sus travesuras pasaron inadvertidas ante una de sus más fervientes admiradoras. Muchas veces había Jude sido testigo de la magnífica visión que ahora llenaba sus ventanas desde el suelo hasta el techo de su habitación, pero hoy estaba concentrada en la quieta, silenciosa forma de Elizabeth Peterson.

Aunque había tenido una firme intención de ver el amanecer con la mujer de pelo color miel en su cama esto no es exactamente lo que yo tenía en mente, pensó socarronamente. Su media sonrisa se torció en una mueca mientras observaba a la mujer en su cama.

—Estará como nueva. Ni una cicatriz le aseguró la figura que vestía un chándal, quitándose los guantes de látex y arrojándolos a la bolsa. La bala le rozó el costado, eso es todo. Toda esa sangre era de la herida superficial. Ningún daño serio, pero estará irritada de cojones por cosa de una semana. Intenta no dejarla que se mueva mucho, para que no se le salten los puntos. Volveré y se los quitaré en una semana.

—Gracias, Stephen.

Jude sacó un sencillo sobre de su bolsillo y se lo entregó al médico. No hizo comentarios sobre el contenido del sobre diez mil dólares en crujientes billetes nuevos de cien al igual que el médico no había hecho comentarios sobre la sangrante mujer cuando la llamada de Jude le había despertado de un sueño inducido por narcóticos.

Stephen Ryan había conocido a Jude Lucien durante sus días de agente secreta de la DEA. Por supuesto él no había sabido que era una agente secreta esa desagradable sorpresita se la había llevado durante una redada que le había costado a él su licencia para ejercer medicina. Había maldecido el alma de la oscura mujer desde un lado hasta el otro. De un golpe, le había arrebatado su reputación, su sustento, y lo más importante... todas las trampas que su sustento le había permitido. Desde entonces, no obstante, él había aprendido a perdonar y a olvidar.

Cuando Jude Lucien volvió a entrar en su vida, Stephen había sido reducido a la venta de suministros médicos para costear su miserable existencia y las drogas que le permitían olvidar todas las desgracias que habían caído sobre él. A las cuatro de la mañana y chorreando lluvia, abrió la puerta de su horrible casa a una aparición bañada en sangre que aun así poseía los ojos más inolvidables que había visto nunca. Ojos que nunca había sido capaz de olvidar desde que, cuatro años atrás, le habían exiliado de su Noveno Círculo del Infierno personal.

—Tú tartamudeó.

—Necesito tus habilidades —la voz era tan sedosa como lo había sido en las pistas de tenis... como lo había sido el día que le arrestó. Y ahora a sólo seis pies frente a la policía y colocado hasta las trancas, la puta tenía el atrevimiento de sonreírle como si estuvieran en un jodido cóctel—. Una bala me rozó por la derecha. La otra está en mi pierna, así que vas a tener que sacarla.

Reforzado por su valor inyectado, él le dijo:

—No voy a hacer una mierda —intentó cerrarle la puerta en la cara.

Su dramático ademán fue detenido abruptamente cuando ella empujó su brazo herido contra el débil contrachapado y lo empujó para abrirlo de nuevo.

—Sí, lo harás —continuó con calma, cojeando hacia el interior de su sala de estar/dormitorio/cocina —y si haces un trabajo lo suficientemente bueno y mantienes la puta boca cerrada me aseguraré de que nunca termines en otro sitio como éste.

Era un canto de sirena para su cerebro aturullado por la heroína, y él no sabía si ella era un ángel venido para salvarle o un diablo llegado para completar su condenación. Pero sinceramente, no le importaba. Se había enterado que la llamaban el Arcángel en las calles, a causa de su terrible venganza, y su caída desde el monte les había llenado de una especie de alivio aturdido. Ahora ella era uno de ellos, pero no Incluso en su torpeza, Stephen se dio cuenta de que la mujer que estaba en su habitación era algo más terrible, más peligroso que el peor de los horrores de sus pesadillas... principalmente porque ella parecía ser la respuesta a una oración.

—Estás sangrando sobre mi sofá —dijo estúpidamente.

—Y voy a seguir sangrando hasta que saques esta puta bala y me cosas —el rugido de su voz era el único signo del dolor que él sabía que tenía que estar sintiendo—. O podría simplemente llamar a la policía y dejar que ellos se encarguen de esto.

La avaricia le hizo preguntarse si podría sacar más dinero de ella. Debería haberse dado cuenta del centelleo de advertencia de sus ojos, los inconfundibles signos de que su humor estaba a punto de estallar, pero la droga había vuelto borrosos los rasgos de su cara, y apagado el resplandor azulado de sus ojos.

Ella sacudió la cabeza con cansancio.

—No, no vas a hacerlo —sacó una pistola que parecía maléfica de una pistolera que hasta ahora él no había visto—. Esperaba que pudiéramos hacer esto al estilo de los negocios, pero si tengo que….

—No, no —le aseguró el doctor sin licencia, bastante convencido de que ella podía sujetar la pistola contra su cabeza mientras le estaba siendo extraída una bala del cuerpo—. Sí podemos. Lo siento. Déjame ir por mi kit.

Momentos después, él había abierto un enorme agujero en sus pantalones de cuero y estaba observando el músculo en que se había introducido la bala.

—¿Quieres un golpe para esto? —le ofreció su polvera. Ella alzó una ceja con gesto sardónico.

—Yo no quiero coger esa mierda —dijo bruscamente.

—Entonces, esto te va a doler. No tengo otros calmantes.

El escalpelo se hundió limpiamente en la desgarrada carne, abriendo un profundo corte lo suficientemente ancho para que los fórceps entraran en él. Él vio que su rostro se ponía blanco por el esfuerzo de sobreponerse al dolor.

—Adelante, grita —le aconsejó—. La gente lo hace por aquí todo el tiempo —se rió sin alegría—. Quizás ellos piensen que estoy teniendo suerte.

Un aullido que helaba la sangre fue desgarrado de los pulmones de la traficante cuando los fórceps encontraron su blanco y desalojaron la bala del lugar donde descansaba con un asqueroso chapoteo.

—Ya casi —canturreó como lo haría un amante con su pareja. Agarrando con fuerza el pequeño proyectil, lo extrajo de la carne de la oscura mujer—. Aquí….la pequeña sabandija, ¿no es así? Bien, una vieja Smith & Wesson .38. Alégrate de que no estuvieran usando la mirilla.

Jude se estremeció ante la idea.

—Vamos a escucharlo de los refuerzos de policía locales. No le acertarían ni a la fachada de un rascacielos. Me alegro de no haber tenido que matar a ninguno.

Stephen palideció ante sus burlonas palabras.

—¿Estabas disparando a los policías? —no quería a ningún policía muerto fuera hasta su puerta. Tenía miedo de Jude Lucien, pero después de la corta condena que había cumplido temía más a la cárcel. Sin embargo, ahora, mirando la intensa fijeza de los ojos de la mujer herida, Stephen pensó que podría tener que reconsiderar su opinión.

Ella le miraba inexpresivamente.

—¿A quién crees que estaba disparando? Además —añadió con una sonrisa mientras él lavaba la herida con antiséptico y empezaba a coserla—, si hubiera sido uno de los del Cártel ahora estaría muerta.

—¿Y eso por qué? —preguntó él ausentemente, con intención de dar los puntos de forma lisa y ordenada.

—Tienen mejor puntería —se rió Jude con humor negro. Le observó trabajar durante unos momentos en silencio, y se dio cuenta del aroma a cilantro de su piel mezclado con el toque metálico de la sangre—.
Bonitas puntadas comentó, cuando él terminó.

—¿Dónde está la que te atravesó? —preguntó él. Su colocada empezaba a disiparse a medida que su adrenalina iba subiendo ante la práctica de su arte.

—Aquí —señaló ella, indicando su bícep izquierdo—. Sólo necesita un lavado y unos puntos.

—Me sorprende que no hayas insistido en hacer esto tú misma —comentó él secamente.

Jude le sonrió, enseñando los dientes.

—Soy zurda. De lo contrario, lo habría hecho.

Stephen simplemente sacudió la cabeza y miró los jirones de su camisa de lino.

—Sabes, dolerá mucho menos si te desabrochas la camisa y te la quitas por los hombros.

—Como sea —se encogió de hombros, desabotonándose hábilmente la camisa y quitándosela.

La colocada había desaparecido hacía mucho tiempo, cualquier impulso de deseo de su sistema, pero sus largos años de estudio de la psique humana le hicieron enviar una mirada apreciativa a la piel bronce de Jude. Sus articulaciones, sus músculos, sus huesos….elegante era la única palabra que se le ocurría para describirla mientras trabajaba en cerrar su herida. Ella era de carne y hueso, las heridas daban fe de ello, pero aun así el cuerpo de la traficante parecía una obra de artesanía creada en algún tipo de perfección atormentada que hacía que le doliera hasta la médula al mirarla.

—¿Has terminado? —le espetó ella.

—Sí, sobrevivirás —respondió él.

—¿Tienes antibióticos?

—No, pero puedo conseguirte algunos por la mañana.

—¿Crees que voy a pasar la noche aquí? —el frío tono de su voz le dijo claramente que esa idea era absurda.

—No creo que debas caminar con esa pierna.

—Yo juzgaré eso —se puso en pie temblorosamente, cargando su peso sobre la pierna buena, y cerrando los ojos cuando una oleada de dolor atravesó su cansado rostro. Lentamente los abrió, llegando a dominar la agonía ante los incrédulos ojos de Stephen. Un siseo exhalado de su boca, y sonrió ante sus sacudidas de cabeza—. Consigue los antibióticos y tendré los 50 mil aquí por la mañana. ¿Vale?

—Uh….¿Cómo se supone que voy a pagar esos antibióticos?

—¿Cómo pagas esto? —ella le arrojó su polvera—. Del mismo modo, listillo.

Él asintió, sin palabras. Y repentinamente no quiso que ella se fuera. Su presencia, aunque siniestra, era enfermizamente tranquilizadora, como si él supiera que nada más maligno podía ocurrirle mientras estuviera en su compañía.

—¿Quieres una camiseta, o algo? Es decir, la tuya está empapada —Jude levantó una ceja mirándole, echando un dubitativo vistazo a la habitación.

—No sé —murmuró—. Va bastante bien con los pantalones de cuero rotos, ¿no te parece?

—Ten —él se arrastró hasta el desvencijado vestidor de la esquina y sacó una camisa de lino negro, una reliquia de sus tiempos mejores—, llévate ésta —y se la puso en las manos antes que ella pudiera negarse—. Probablemente te podrías poner mis pantalones, pero supongo que te dolería más quitarte ahora los de cuero. ¿Tienes algo para el dolor en casa?

Ella asintió, poniéndose la camiseta con cuidado sobre su brazo herido.

—¿Qué tal estoy? —sonrió.

Stephen se descubrió devolviéndole la sonrisa. Era realmente una mujer hermosa, a pesar de la sangre y mugre que cubrían su cara, a pesar del caos que había atravesado durante su vida.

—Como un millón de dólares —contestó con sinceridad.

—Bueno —resopló ella con sorna—. Al menos unos 50 de los grandes, ¿no?

Ese había sido el principio. Un día después, una cartera de cuero llegó en compañía de una mujer de piel color caramelo.

—Tienes algo para mí, me parece.

Él le entregó los antibióticos, y ella le entregó la cartera sin más comentarios. Dos días más tarde, llegó una nota con instrucciones para llegar a un almacén abandonado, donde encontró otro paciente esperándole.

Stephen nunca había mirado atrás. Fiel a su palabra, Jude le enviaba una constante corriente de personas que necesitaban ayuda médica, pero que podrían arreglar sin los ojos oficiosos del personal de un hospital. La alegría de ser un médico de nuevo aunque fuera sólo en aquel sentido tan dudoso parecía reducir su necesidad de los narcóticos, y superó lo peor de su adicción. La heroína era ahora principalmente una vieja amiga, adormeciendo otros nuevos dolores que su conocimiento de Jude también habían inspirado.

Ella nunca había vuelto a él herida, ni siquiera durante lo peor del problema Massala. Y aquella llamada telefónica era la primera que había recibido de ella en más de un año. Esos días, él trataba usualmente con aquella fría zorra, Sasha, que le miraba como si él fuera un pedazo de……

—Una semana, ¿eh? —la pregunta de Jude le sacó de la vieja nostalgia que se había apoderado de él.

Sus ojos estaban preocupados mientras observaban, una vez más, a la mujer de la cama.

—Estará bien, te lo prometo. Toma, dale dos cada cuatro horas si le duele mucho. Y esto debería mantenerla a salvo de cualquier infección —y le lanzó dos botellas que ella atrapó hábilmente.

—Estás un poco más preparado estos días, ¿eh? —le vaciló, sosteniéndolas.

—Un poco. Ahora llévame hasta la puerta de esta monstruosa casa y duerme un poco —le contestó él.

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Re: Lucifer rising, Sharon Bowers

Mensaje  malena el Noviembre 30th 2012, 8:27 am

—Au au au au au —Liz se encontró devuelta desafortunadamente a la consciencia por el tremendo dolor de su costado. Recordaba con claridad nítida el picante aroma de la piel de Jude metiéndose en su nariz y haberse anticipado a los labios de la mujer alta mientras estos empezaron a descender hacia su boca, y después….nada….salvo este ardiente dolor.

Alguien me disparó se estremeció la mujer de pelo color miel, intentando que su cerebro aceptara el innegable hecho. Lo que quiere decir que alguien estaba disparando a Jude….¿Ellos la…? Sus tumultuosos pensamientos fueron aplacados cuando la oscura mujer entró en la habitación, obviamente de una pieza e ilesa. Se había cambiado a una camiseta ancha de botones y unos Levis desteñidos que a pesar de su dolorido estado, Liz no pudo evitar notarlo le hacían casi tanta justicia a su delgado tipo como lo hacía la falda de cuero. Sus pies estaban descalzos, pisando suavemente la gruesa alfombra color borgoña. ¿Alfombra borgoña..? O éste es el hospital más pretencioso que he visto o no estamos en uno.

—Hola —dijo suavemente Jude—. Me alegra que aún sigas entre los vivos.

—No tanto como a mí —respondió Liz roncamente.

—Toma un poco de agua Jude —le acercó cuidadosamente una taza de plástico—. No mucha —le advirtió mientras Liz bebía ansiosamente el líquido, apaciguando el seco picor de su garganta. El agua fría golpeó con dureza su estómago, casi volviendo por donde había venido y provocándole una náusea.

—Tranquila —las manos de Jude eran cálidas contra su piel húmeda, tranquilizándole con una ternura que Liz nunca hubiera imaginado que poseía la oscura mujer—. Tómate esto para el dolor. Ayudarán —afirmó, haciéndole tragar dos pastillas y devolviendo a la mujer a las almohadas.

—Gracias —asintió Liz mientras el mareo se le pasaba un poco.

—Uhm ¿Jude? —preguntó con los ojos recorriendo la habitación, reparando en la majestuosa visión del océano ante ella y el discretamente elegante mobiliario—. Esto no es un hospital, ¿verdad?

—No —se rió la oscura mujer, dejando la taza y el bote de pastillas de nuevo sobre la mesita de noche—. Esto es mi dormitorio.

Confundida, Liz preguntó:

—¿Por qué no me llevaste a un hospital? -—Jude frunció los labios, como planteándose qué responderle a la mujer herida. Finalmente, inspiró profundamente y soltó un suspiro—.

—Porque tienen que reportar las heridas de bala.

—Ya. Así es como atrapan a los chicos malos.

Una triste sonrisa asomó a los labios de Jude mientras asentía.

—Lo sé. Pero mira, ése es el problema —parpadeó, apartando sus ojos de Liz y estudiando el sol que ya había salido del todo con su calidez—. Me consideran uno de los chicos malos, Elizabeth. Y sinceramente, ahora no me puedo permitir esa atención.

Los ojos verdes de Liz se abrieron mucho, asumiendo con shock la brutal honestidad de la oscura mujer. Había esperado evasivas, excusas sobre cómo no había habido tiempo para trasladarla a un hospital. Cualquier cosa, menos la verdad. Hmmm ¿qué digo? Mierda, ¿qué puedo decir?

El tranquilo azul estaba fijo en ella de nuevo.

—Tu herida no es muy seria. Es decir, hasta el punto que puede llegar una herida de bala. Sólo te rozó el costado. Estará irritado unos días, pero aparte de eso, estás bien.

—Lo sabía, ¿sabes? —dijo Liz en voz baja.

Desconcertada ante la incongruencia, Jude se limitó a levantar una ceja interrogante.

—Que tú eres uno de los chicos malos. O al menos que fuiste uno de los chicos malos.

Ahora los ojos azulados palidecieron, sorprendidos.

—¿Qué quieres decir? —preguntó suspicazmente.

Fue el turno de la periodista de sonreír con arrepentimiento. Decidió que una buena porción de sinceridad sería su mejor táctica. Eso también alivió el creciente sentimiento de culpa respecto a mentirle a aquella mujer. Ese sentimiento había nacido en el Club, cuando ella se dio cuenta de cuán real era la atracción entre ellas, y sólo había aumentado a medida que descubría cosas nuevas sobre Jude.

—Vamos….durante un tiempo no estuviste manteniendo un bajo perfil, exactamente. ¿No fuiste portada de Time con un titular que decía algo así como La Diosa de la Mafia?

—Newsweek —respondió débilmente Jude, rascándose la nariz—. ¿Es por eso por lo que te acercaste a mí? —preguntó, con una nueva dureza en su voz—. ¿Buscando una emoción?

—No —le aseguró precipitadamente Liz—. No, —repitió, esta vez más suavemente y sacudiendo la cabeza—. Tu nombre me sonaba, pero no fue hasta que vinimos aquí que establecí la conexión. No estuviste exactamente comunicativa sobre lo que hacías para ganarte la vida, y esta casa no es barata. Ni lo son tus ropas, tu coche, tus perros de raza.

Liz no estaba segura, pero podría jurar que Jude parecía ¿aliviada? No, no puede ser….tras oír sus palabras.

La oscura mujer asintió en aparente aceptación de su explicación. Se dio la vuelta como para irse, entonces volvió junto a la cama de Liz.

—¿Lo sabías? Y aun así me querías para….

—¿Besarme? —una sonrisa que la rubia no pudo controlar recorrió su rostro y se reflejó en la sonrisa de Jude—. Chica, vaya que sí. Espero no haber perdido la oportunidad para siempre.

Jude no respondió a la tierna broma. En su lugar, se dio la vuelta de nuevo para irse, y después volvió junto a la cama una vez más. Con súbito entendimiento, la periodista se dio cuenta que aquel controlado gesto era la forma de Jude de expresar que estaba nerviosa.

—El médico dijo que deberías tomártelo con calma los próximos días y yo me sentiría mucho mejor si te recuperaras aquí. Piensa como si fueran unas vacaciones gratis. Podrías escribir, mirar el mar, y relajarte —se detuvo un momento para estudiar el rostro sorprendido de Liz—. Por supuesto serías libre para ir y venir como quieras…. —le aseguró a la mujer más pequeña.

—¿Por qué? preguntó simplemente Liz.

La rubia podía ver destellos de pensamientos tras los ojos de Jude. Tras un silencioso debate interno, respondió finalmente.

—Porque necesito unos días para asegurarme de que nada de esto te persigue a ti.

La cruda verdad era evidente en el punzante dolor del costado de Liz, y le dio pruebas del juego mortal al que estaba jugando con Jude Lucien. El derramamiento de sangre era una consecuencia inevitable de la vida que llevaba esa mujer, y Liz se había auto-invitado a la fiesta. La gente que había ido tras Jude no se preocuparía por una baja accidental como Liz. ¿Así que, por qué lo hace ella?

—¿Puedes hacerlo? ¿Asegurarte de que no vienen detrás de mí?

—Ellos probablemente no lo harían de cualquier forma. Hasta donde a ellos les preocupa, tú eres sólo una mujer que encontré en el bar. Pero me gustaría estar segura —contestó Jude con una voz carente de matices. Un pesado silencio se instaló entre ellas mientras Liz jugueteaba con la fuerte colcha y Jude estudiaba la visión del océano. Frío índigo retornó su solemne mirada hacia ella— Me….me gustas, Elizabeth. Detestaría que algo malo te ocurriera. Especialmente por mi culpa— entonces una pequeña sonrisa estiró los extremos de su boca—. Y me gustaría otro intento con la cosa esa del beso añadió suave, provocadoramente.

Una silenciosa risa escapó de la garganta de Liz, creciendo en intensidad mientras observaba la sonrisa que rompía del todo en el rostro de la oscura mujer.

—Ah tus verdaderas intenciones reveladas por fin.

—Tienes razón. Todo esto era un gran montaje para meterte en mi cama —respondió secamente Jude.

Podría haberte dicho que no tenías por qué pasar por tantos problemas, replicaron los pensamientos de Liz. En voz alta, dijo:

—Bueno, detesto criticar, pero ¿no crees que te has excedido un poco? —señaló su posición en la cama—. Me refiero a que, tus objetivos han sido logrados: estoy tendida en tu cama —y levantó las sábanas y echó un vistazo bajo ellas—. Síp, estoy desnuda. ¿Estoy desnuda?

Jude sonrió al ver el rubor febril en las pálidas facciones de Liz.

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Re: Lucifer rising, Sharon Bowers

Mensaje  malena el Diciembre 2nd 2012, 10:47 am

Capítulo 4

Jude sonrió al furioso rubor sobre los pálidos rasgos de Liz.

—No miré. Bueno, no mucho...—levantó las manos para defenderse contra la mirada amenazadora lanzada en su dirección—. Ey... no pude evitarlo. Tenía que quitarte el vestido para examinar la herida —se detuvo y entonces añadió maliciosamente—. No es culpa mía que no llevases ropa interior.

—¡Ey! —protestó Liz—. No es que tuviera mucha elección. ¿Viste el corte en la espalda de la cosa esa? —el cálido brillo de los ojos de Jude le dijeron a la reportera que sí, en efecto, la mujer alta había notado y apreciado todos los efectos especiales de la creación de Vera Wang. Una ligera tensión se posó agradablemente sobre su cuerpo contrastando dulcemente con el latido de su costado—. ¡Vaya! —dijo por fin—. Supongo que es por esto por lo que las madres te dicen que no salgas de casa sin ropa interior limpia.

—Bueno, la tuya tenía que haberte dicho que debías asegurarte de que no salías de casa sin ropa interior, punto —rió Jude.

—Claro, tú ríete. La herida aquí soy yo.

Inmediatamente Jude se puso seria.

—Lo siento tanto, Elizabeth.

—Ya lo sé. Y aunque nunca me habían disparado antes, y desde luego, espero que no vuelva a ocurrir nunca más, realmente no duele tanto.

—Eso es porque la medicación empieza a hacer efecto.

—Puede ser. Empiezo a verte algo borrosa.

—Antes de que te quedes completamente noqueada, dime dónde vives para que pueda mandar a alguien a recogerte algo de ropa. Siento decirlo, pero me temo que la única baja de anoche fue tu precioso vestido.

Cualquier efecto de los sedantes fue inmediatamente contrarrestado por el pánico que inundó las venas de Liz ante el pensamiento de Jude en su casa. Hablando de sucumbir a las llamas... Probablemente acabaría el trabajo que esos tipos empezaron.

—Uhm... probablemente no sea una buena idea —las palabras estuvieron fuera antes de tener una oportunidad para pensar. Oh, mierda.

La mujer oscura frunció las cejas.

—¿Por qué no? —preguntó, un tono de recelo asomándose en su voz.

Piensa, Liz, piensa…., aunque empezaba a ser cada vez más difícil mientras el Percodán entraba firmemente en su sistema.

—Yo... yo... vivo con alguien. Pero nos estamos separando. De hecho, se supone que él se irá el próximo fin de semana. Y, probablemente es mejor si voy yo misma. O dará por sentado que me estoy acostando con quien quiera que recoja mis cosas —era una explicación directamente sacada de la segunda novela que había escrito en la facultad. Love's Eternal Longing contaba el tempestuoso romance de Jack y Sonora, y su destrucción a causa de los celos enfermizos de Jack. Pero no creía que pudiera meterse en líos por plagiarse a sí misma. Especialmente dadas las circunstancias de vida o muerte.

Jude, sin embargo, sólo se había fijado en una parte de su exposición.

—¿Él? —preguntó elevando sardónicamente una ceja.

—Me estaba engañando a mí misma, ¿vale? —improvisó Liz. Aunque eso era cierto. La única relación seria que había tenido con un hombre había sido el último intento de ignorar la verdad, y había durado nueve miserables meses—. Él pensó... Yo pensé...—la medicación estaba actuando con plena fuerza, y se deslizó con facilidad en el recuerdo de los dolorosos y difíciles seis meses en los que había intentado vivir una vida que nunca sería la suya.

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Liz se despertó con un sabor como a goma en la boca y un dolor sordo en el costado. Siguieron unos momentos de desorientación mientras intentaba averiguar exactamente dónde se encontraba. Jude... la casa de la playa... pistola... Oh, claro... ya está. Lentamente giró la cabeza de lado a lado haciendo una mueca ante la dolorosa confusión. No estaba Jude. Mmm.... Sus sentidos se agudizaron cuando sus ojos encontraron la nota pegada a la jarra de cristal con agua y cubitos de hielo medio derretidos. La letra era sólida y enérgica, y Liz se preguntó ausentemente qué sacaría de ella un grafólogo.

"Bebe mucha agua pero no comas nada todavía. He dejado un chándal para ti sobre la silla. Probablemente te quedará un poco grande pero es lo mejor que he podido encontrar en tan poco tiempo. Puedes tomar más píldoras a las 2:00 si las necesitas. Tengo algunas cosas que hacer pero volveré pronto.
J."


—No comas nada... para ella es fácil decirlo. Me muero de hambre —murmuró Liz dándose cuenta de que la hamburguesa que se había comido ayer por la noche cuando volvía a casa desde el periódico, hacía tiempo que había desaparecido en su sistema. Hizo una bola con la nota y la arrojó en la mesita de noche. Se mordió el labio mirando la nota arrugada, la volvió a coger y la estiró, dejándola esta vez más suavemente.

—Waterford ¿eh? —comentó, pasando un dedo por la jarra. Se sirvió un vaso de agua y lo bebió lentamente, satisfecha de que esta vez no intentase volver por donde había venido—. Creo que puede que sobreviva de verdad —estirando sus rígidos músculos con cuidado, se deslizó del borde de la cama y se puso en pie con cierta vacilación. Aliviada porque sus piernas la sostenían lo suficiente, se encaminó a la silla y se puso el prometido chandal—. ¿Un poquito grande?

Era irrisoriamente grande, y estaba segura de que con él parecía un huérfano ragamuffin, pero por lo menos estaba vestida. Mirando hacia la cama, supo que probablemente debía volver a meterse entre las sábanas y dormir pero, para ser francos, en ese momento le aguijoneaba más la curiosidad que el costado. Por supuesto, no sabía cuándo volvería Jude pero la nota parecía indicar que no sería hasta bien pasado el mediodía, así que tenía algo de tiempo.

—Oooh, Liz... muy mal. Te estás portando muy mal...—la pequeña mujer sonrió burlonamente para sí misma mientras caminaba con cuidado hacia la puerta.

El segundo piso se curvaba literalmente sobre el primero, creando una especie de corredor abierto que miraba sobre el salón principal. Dejando el segundo piso para el final, descendió la larga y curvada escalera hacia las habitaciones principales.

—¿Cómo vivir en el cielo? Desde luego no estabas de broma —se maravilló Liz. Jude Lucien parecía odiar las paredes. De hecho, su casa era un testimonio de luz y de aire. Había ventanas por todas partes que, Liz determinó tras una rápida investigación, estaban hechas de capas de cristales reforzados.

—Parece que alguien está preocupado porque la gente tire algo más que piedras —murmuró suavemente. Paseó por la planta baja descubriendo, además del salón y varios cuartos de baño, una cocina, un comedor formal, y un gimnasio. La mayoría de las habitaciones tenían acceso a un largo porche que recorría toda la longitud de la casa, y ofrecía la misma preciosa vista que el dormitorio. Un vistazo fuera le dijo a Liz que el porche rodeaba una piscina que parecía fría e invitadora a la cálida luz del sol. Todas las habitaciones estaban bellamente decoradas en tonos azules y grises con obras de arte de muy buen gusto sobre las paredes, pero, de algún modo, a la reportera le parecieron remotas y vacías.

—De acuerdo, admito que no ha resultado ser “Doña Cálida y Detallista”, pero el modo en el que habla de este lugar...

Entornando los ojos, subió de nuevo las escaleras y regresó al dormitorio.

—Esto se le parece más —murmuró absorbiendo los vibrantes colores de la habitación. El rico tono borgoña de la moqueta se acentuaba con los tonos perla de las sábanas y el edredón, y las paredes era de un cálido color crema en lugar del brillante blanco que había abajo por todas partes. Mmm... me pregunto...

Las habitaciones del segundo piso confirmaron sus sospechas. Aquí era donde Jude Lucien vivía de verdad. Una biblioteca contigua al dormitorio estaba llena, desde el suelo hasta el techo, de tomos encuadernados en piel, y de una acogedora serie de sofás y butacas mirando al océano. Un libro, colocado boca abajo en el brazo de un sillón de piel muy usado, y un plato vacío y una taza sobre la otomana frente a él, eran testigos de la reciente presencia de Jude. Anna Karenina, notó leyendo el lomo del libro.

—Esto sí que es una sorpresa.

Un suave olisqueo de sus manos la sobresaltó y dejó caer el libro, que aterrizó con un golpe sordo sobre el sillón. Una vez que se aseguró de que su corazón aún seguía latiendo, observó al centinela de cuatro patas. El akita se levantó con la cabeza ladeada y una mirada inquisitiva en los ojos.

—Aggie —murmuró—. ¿Por qué creo que Clytemnestra habría aparecido sigilosamente y me habría pegado un bocado en el culo?

Aggie movió la cola mostrando su acuerdo, ladrando bajito. Saltó sobre el sofá y se puso cómodo, sacando su juguete preferido de alguna parte de las profundidades del mueble, y dedicándose a morderlo. Liz rió ante esa imagen de satisfacción, por alguna razón confortada porque la sombría mujer tuviese esos animales.

—Por lo menos se preocupa por alguien.

Dejó a Aggie masticando felizmente y continuó a la siguiente habitación. Era un dormitorio de invitados de un estilo parecido a los de abajo que no atrajo demasiado su atención. Las siguientes dos habitaciones, dos dormitorios y el baño que los unía, tampoco eran demasiado interesantes. Volviendo sobre sus pasos, entró en la habitación situada al otro lado del dormitorio de Jude. Y sofocó un grito ante la vista.

—¡Premio...! —un flamante ordenador descansaba sobre un escritorio gigantesco, en cuyas limpias líneas Liz detectó la misma mano que era responsable de la preciosa casa en la que ahora se encontraba. El escritorio miraba al océano y le resultó algo más que sorprendente que Jude pudiera sentarse dando la espalda a una puerta.

—Pero este es su refugio. Nadie viene aquí —comprendió con un sobresalto, estudiando la curvada pared externa que proporcionaba ese despejado panorama. Además del escritorio y los archivos, había varias butacas de aspecto cómodo. En una de ellas descansaba una maltratada guitarra que parecía haber conocido días mejores. Un gruñido sordo le indicó que había encontrado a Clytemnestra.

—Uh... hola —Liz hizo una mueca viendo como la perra se levantaba encolerizada—. Quizá esto no ha sido tan buena idea —comenzó a moverse poco a poco hacia la puerta pero el animal, gruñendo, se colocó entre ella y su meta—. Tranquila... no voy a hacerte daño —mostró las manos abiertas a la perra— y con suerte tú tampoco me harás daño a mí. ¿Te parece un buen plan? —pero el akita continuó gruñendo, mientras Liz, poco a poco, se situaba cada vez más cerca—. Qué suerte. Sobrevivo a una bala sólo para que ahora me acabe devorando el cujo éste —puso los ojos en blanco ante lo absurdo de la situación en la que se encontraba—. He tenido que hacer algo terrible en alguna vida pasada para merecer esto. Si fui tan mala, ¿por qué no me reencarné en un contable o algo así?

Liz notó que la perra había dejado de gruñir y ahora la estudiaba con expresión maliciosa. Decidiéndose a aprovechar la ventaja, continuó dirigiéndose al animal en tono despreocupado. Parecía que funcionaba bastante bien.

—Quiero decir, de verdad, ¿qué es lo que he hecho que es tan terrible? Quiero conocer a tu dueña un poquito más ¿es eso algo tan malo?

La perra soltó un gruñido profundo pero a Liz no le pareció hostil, más bien una respuesta formal a su pregunta.

—Admito que mis motivos son variados pero, ¿sabes?, ella me gusta —recordando el 'casi' beso que habían compartido y la intensa excitación que lo había precedido, sonrió ampliamente—. Me gusta de verdad —repitió.

Clytemnestra se acercó, las ventanas de la nariz le temblaban.

—¿Qué pasa? —ahora el akita se apretaba contra sus piernas, olisqueando y moviendo la cola con furia.
La pequeña mujer estaba perpleja, ¿por qué la perra de pronto la aceptaba incondicionalmente? Hasta que se dio cuenta de quién era la dueña de la ropa que llevaba.

—¿Así que te gustó ahora que huelo apropiadamente? —hundiendo la nariz en la camiseta que tenía puesta, pudo distinguir el aroma, cada vez más familiar, de Jude. El suave olor especiado trajo una sonrisa al rostro de Liz—. Supongo que esto quiere decir que hoy no voy a ser el almuerzo.

Aparentemente satisfecha ahora que Liz había pasado la prueba del olor, Clytemnestra amablemente se retiró a su butaca. Por un momento, Liz acarició la idea de huir de la habitación, pero la tentación del ordenador era demasiado fuerte. Si la casa de Jude le había enseñado algo, era que la mujer sombría era una ciudadana entusiasta de la era electrónica. Sospechaba que el ordenador podría decirle un montón de cosas que una conversación casual no podría.

Cuando giraba la silla de piel del escritorio, un furioso ladrido le hizo dar un paso atrás tambaleándose. No se trataba del gran perro tumbado en el rincón, sino más bien de un spaniel de ojos dulces de pie sobre la butaca.

—Por Dios, otro más —gruñó Liz sombríamente. No pudo evitar la carcajada que estalló en su garganta al ver al animal frente a ella—. Tú debes ser Pete.

El perro de tamaño medio era claramente un chucho, pero tenía rasgos inconfundibles de spaniel y de sabueso. Tenía el pelo de un negro aterciopelado que casi lo hacía invisible en la butaca oscura. Ojos color chocolate la miraban, valorando si Liz tenía la intención de hacerle daño o no. Pete gimió tranquilamente cuando ella le ofreció la mano. Oliéndola una vez, la lamió con cautela mientras meneaba la suave cola.

—Eres un público mucho más fácil que tu colega de ahí —comentó irónicamente Liz—. Muy bien, ahora si puedo hacer que te muevas un segundo para que pueda sentarme y saquear el ordenador de esta traficante de drogas, estaré en paz con el mundo.

El perro, obedientemente, bajó de un salto y Liz ocupó su sitio en el sillón.

—Oooh... que agradable —la silla estaba cómodamente gastada en los sitios apropiados e imaginó que la mujer sombría pasaba muchas horas allí—. Vamos a ver... ¿dónde está el interruptor?

La máquina era un Compaq parecido al suyo. Encendió la pantalla rápidamente y aparecieron tres posibilidades etiquetadas 'JLE', 'Restaurante/Club' y 'Juegos'. Pero más abajo, en la esquina derecha, notó una cuarta etiquetada simplemente 'Jude’. Cada carpeta estaba protegida con un password.

—Piensa Liz, piensa —recitó su mantra favorito en voz alta. Normalmente acompañaba esta actividad paseando pero el costado estaba empezando a dolerle, y no sabía cuánto más aguantaría sin el tan necesitado alivio narcótico.

—¿Cuál es el mejor sitio para esconder algo? —pensó durante un momento—. A simple vista. Así que... si esto es a simple vista... ¿cómo entro?... Passwords... Tres carpetas... ¿Qué usa la gente como passwords? Algo difícil de olvidar. ¿Su cumpleaños?

Tecleó el cumpleaños de Jude e inmediatamente se le negó el acceso.

—¿Qué más? ¿Nombres de familiares? —por desgracia ninguna de la información que había conseguido sobre Jude mencionaba nada de una familia. Un suave bostezo perruno a sus pies atrajo su atención hacia el negro montón de pelo acurrucado junto a la butaca.

—Na... —dijo negando con la cabeza—. De acuerdo, vamos a intentarlo —y tecleó los nombres de los perros en rápida sucesión. Clytemnestra era la llave de 'JLE', Agamemnon abrió 'Restaurante/Club', y Pete, por supuesto, abrió 'Juegos'.

Ojeó los directorios, averiguando únicamente que Jude tenía montones de propiedades inmobiliarias y, que tanto Monde como el Club, hacían que ganara puñados y puñados de dinero legítimo. Jude parecía tener tantos negocios dentro de la legalidad, que la reportera se preguntó porqué la mujer estaba todavía involucrada en... otras... ocupaciones. La presencia de Romair Massala la otra noche la había convencido de este hecho. Lo único que la carpeta ‘Juegos’ reveló fue que Jude tenía debilidad por los juegos violentos.

—Como si no hubiera tenido suficiente en la vida real —murmuró Liz mirando los juegos, que tenían títulos como 'Postal', 'Duke Nuken' y 'Quake'. Sin embargo, uno de los títulos, 'Gender Wars', le hizo soltar una pequeña risita—. Nada, Pete, nada —le dijo al montón de pelo que se había ido acercando poco a poco y que ahora se acurrucaba sobre sus pies.

Volvió a echar un ojo a la cuarta carpeta situada en la esquina del escritorio.

—Jude ¿uh? Bueno, no tienes más animales, espero añadió—. Ya he establecido todos los lazos caninos que puedo afrontar por ahora.

Estudió esa única carpeta aún sin abrir.

—Si mi teoría es correcta, aquí es donde está todo escondido —pensó durante un momento, intentando recordar todo lo que sabía de Jude. El ácido sentido del humor de la sombría mujer surgió del fondo de su mente.

—No puede ser —sonrió abiertamente tecleando C-R-I-M-E-N en la ventana del password. El ordenador se detuvo un momento y entonces el mensaje mágico flaseó ante sus ojos: 'Abriendo sesión de usuario. Por favor espere...'.

—¡Bingo! —cantó Liz.

emás de los varios servicios on-line también presentes en las otras carpetas, parecía haber tres directorios principales. Uno parecía algún tipo de diario electrónico, el segundo estaba marcado como 'Comunicaciones', mientras que el tercero estaba etiquetado 'Documentación'. Cruzando unos dedos mentales, Liz abrió 'Comunicación'.

Y sintió cómo se le cortaba la respiración cuando se dio cuenta de lo que eran esos archivos, y lo que significaban sus contenidos.

Jude Lucien todavía trabajaba para la DEA.

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Re: Lucifer rising, Sharon Bowers

Mensaje  malena el Diciembre 11th 2012, 5:24 pm

El rugido de los tumultuosos pensamientos de Jude se fundían con el ruido del océano y el motor ronroneante del Boxster. Aceleró ausentemente a través del tráfico matutino del sábado en un camino serpenteante que le indicaría si alguien la estaba siguiendo. Hasta el momento, estaba sola. Por supuesto, habría ayudado haber sido así de cuidadosa ayer por la noche. Cuanto más pensaba en ello, sin embargo, más se convencía de que quien había disparado aquel tiro estaba enviando una advertencia. Un disparo mortal habría ido directamente a la cabeza; sin importar lo rápidos que fueran sus reflejos, no habría podido apartarse. Sus instintos habían tomado el mando cuando oyó el agudo estampido del rifle, pero aun así no había sido capaz de sacar a Elizabeth totalmente ilesa. Tuvo suerte…..tuve suerte.

No consideró ni por un instante la posibilidad de que la mujer de pelo color miel hubiera sido el blanco intencionado. A menos que los críticos literarios estuvieran cancelando contratos con los escritores románticos en esos días, sonrió para sus adentros. A pesar de las inesperadas profundidades que había percibido en los ojos jade de Elizabeth, la mujer era obviamente inocente en lo relacionado con figuras sombrías como la que las había visitado la noche anterior. Jude, no obstante, había pasado una década viviendo en aquellas sombras, escudándose en sus familiares profundidades y recorriendo los pasillos oscuros con una calma ensayada.

Trabajar como secreta, reflexionó Jude, era como una esquizofrenia consciente en la que ambas personalidades eran agónicamente conscientes de la existencia y las actividades de la otra. Ni siquiera tenía el lujo de olvidar, ni por un momento, el plano dual de su realidad. Finalmente el jirón de cordura que le quedaba le permitió tener en cuenta sólo una llamada, y ya no fue capaz de servir a dos amos.
Dijeron que simplemente se había partido, que se había cambiado de bando….seducida por el glamour, las drogas, y el afrodisíaco del poder ilícito. A su ver, ella era la infiel definitiva. Pocos en la Agencia conocían la verdad, que la locura tras su salto al vacío desde la gracia había estado motivada por una traición tan grande que ella difícilmente alcanzaba a comprender. La brillante agente que había sido Jude Lucien se volvió una furia implacable, persiguiendo a aquellos que habían producido aquel horror. Nadie mencionaba su nombre. Nadie recordaba el pasado. Pero Jude lo recordaba y juró venganza.

Jason Childs era tan claro como oscura era Jude, con rizado pelo rubio hasta sus hombros y ojos azul cian que reflejaban calidez mientras los de Jude relucían oscuramente. Él era el prototipo ideal de chico de California, nacido y criado en las playas y las olas. Pero su apariencia soleada y su dulcísima sonrisa ocultaban una mente retorcida capaz de barajar la miríada de colores de las capas que el trabajo de agente secreto requería.

Jude fue escéptica cuando les emparejaron por primera vez para una misión relativamente insulsa....una sencilla compra y redada, algo así como una misión para ver qué tal trabajaban en equipo. A la oscura mujer a la que llamaban el Arcángel le dieron una amplia litera en la Agencia….la calma con la que vestía los colores del enemigo les hacía desconfiar de ella, y su presencia enfatizaba cuán bien dibujada estaba la línea entre “nosotros” y “ellos”. La pistola de Jude y su insignia la marcaban como un miembro del equipo, pero el barrido incansable de sus ojos y el placer mal disimulado que le daba ser depredadora les decía que ella era algo más.

Ella sabía que Jason había oído todos los rumores que corrían sobre ella. Cómo había derribado a este traficante o a aquél contrabandista... espectaculares trucos que parecían extravagantes, hasta que alguien realmente conoció a Jude en persona. Había otras historias más perturbadoras sobre hasta dónde había llegado Jude para proteger su identidad secreta, incluyendo una muy desagradable sobre darles una brutal paliza a tres policías que se habían entrometido sin querer en medio de una operación.”Estén agradecidos de que no les matara” era el único comentario que había hecho Jude al respecto. Jude no pensaba demasiado en los rumores y sólo esperaba que su nuevo compañero no la juzgara hasta que él conoció finalmente a Jude una fría noche de Febrero.

Llevando puesto nada más de su sonrisa, él estaba de pie en el centro de la habitación del pequeño hotel mirando a Jude mientras ella preparaba el cable cuidadosamente. Una energía controlada, casi como la energía de la excitación sexual, emanaba de sus poros mientras trabajaba. Pero no había nada sensual en el experto y clínico toque que sujetó el cable a su piel y acurrucó la pequeña grabadora en sus boxers de seda fabricados especialmente con aquel propósito. “Hagas lo que hagas”, murmuró sarcásticamente, mientras le subía la ropa por las piernas, “que no se te ponga dura. Podrías desencajar la grabadora de su sitio y cargarte la cinta”.

“¿Es ése un problema frecuente que tienen tus compañeros?” una risueña sonrisa bailó por sus ojos, en una silenciosa invitación a salir y jugar.

Jude levantó una pensativa ceja y se encogió de hombros. “Se sabe que ha ocurrido”.
Una pequeña sonrisa nació en las comisuras de sus labios mientras trabajaba, pero desapareció tan rápidamente que él casi se preguntó si la había imaginado. “Ahora, mira. Recuerda la historia. Eres un marihuana que está intentando meterse en el negocio. Yo haré que Fortisma te enchufe para que puedas vender a tus amigos de la playa. Ya me debes un par de favores y estás devolviéndomelos, dándome la mayoría de lo que ganas. A cambio, yo no te pateo el trasero por la arena. ¿Lo tienes?” -Mirándole atentamente mientras ella se vestía, resopló y sacudió la cabeza. “No puedo creer que me hagan trabajar con Pollyjodidana”.
“Sí, ¿pero quién va a creer que Pollyjodidana es un poli?” razonó él con una sonrisa.

“Eso espero”, murmuró ella sombríamente.

La reunión había transcurrido como ensueño, con Jason interpretando impecablemente el papel de surfero un poco colocado, un poco estúpido. Jude se relajó con silenciosa aprobación a medida que las semanas pasaban y Jason daba tumbos por sus cazas con cuidadosa elegancia, sin hacer peligrar ni una sola vez su ya larga trayectoria de identidad encubierta. Y así, la tolerancia empezó a convertirse en un respeto no exento de envidia, y después en confianza genuina. En algún momento, la alegría implacable de Jason empezó a infectar a Jude, y se descubrió a sí misma hablando con el joven mientras pasaban largas horas de vigilancia en furgonetas y rellenando con conversaciones los tediosos días de espera que a menudo parecían lo común de su trabajo.

Como una de las pocas agentes secretas, Jude era algo así como una anomalía entre los agentes. La mayoría de las mujeres de la DEA eran apoyo a la vigilancia o personal de tecnología, manejando los aparatos de alta tecnología que eran esenciales para sus esfuerzos. Buscar amistades, o incluso conocimiento íntimo, con sus compañeras agentes, le resultaba absurdo a Jude. Las relaciones nunca se le habían dado bien, y su vida de profundas operaciones no favorecía ciertamente una relación a largo plazo. Sus amantes eran principalmente elegidas aleatoriamente de la oscura vida en la que ella se movía, mujeres cuyos ojos no tenían miedo de recorrer su cuerpo, cuyas voces no tenían miedo de llamarla, cuyos cuerpos se abrían a sus habilidosa boca y dedos con exclamados gritos de placer.

No….ella no podría obtener eso de las agentes de trajes ajustados con quienes compartía una vida compartimentalizada. Había roto sus reglas sobre compañeras de trabajo una vez, cuando se había metido en un rollo casual con una de sus colegas de vigilancia... una pelirroja pequeña, compacta, con un cuerpo espectacular y un desafortunado hábito de decir “no” cuando quería decir “sí”. Abrirse camino a través de las acaloradas negaciones de pasión había sido bastante excitante las primeras dos veces... cuando Sandi había finamente superado su “No, no podemos”, había ido a Jude como una gata salvaje, dejando un rastro de uñas por el que la agente había pasado un endemoniado mal rato explicándoselas a los demás. Jude pronto se cansó del proceso, no obstante; prefiriendo lavarse las manos del drama y llevar su placer a…..fuentes…..más directas.

Jason parecía demasiado perturbado por sus cavilaciones, sus lacónicas respuestas, y su desagrado general con todo lo que implicara socialización. Su lema parecía ser “sigue preguntando”, hasta que finalmente Jude se encontró sumergida en conversaciones que parecían más naturales cuanto más tiempo pasaban juntos.

“¿Por qué, en nombre de Dios, te uniste a la DEA?” preguntó ella exasperadamente durante una larga noche.

“¿Por qué no?” replicó él, con una tranquila sonrisa.

“Porque esta vida está jodida. Es por eso”, recriminó ella, sin rodeos.

“¿Entonces por qué está bien para ti, si está tan jodida?”

“Porque….” ella vaciló antes de continuar. “Yo la entiendo”. Larga pausa “Y ella me entiende a mí”.
Jason pareció inseguro sobre qué responder a aquella afirmación. Era de lejos lo más personal que ella le había dicho nunca, y ella casi pudo verle almacenando mentalmente las palabras para poder usarlas como un pequeño cincel para excavar su camino hacia el interior de los laberínticos pasajes de la mente y el corazón de Jude. Pero ella no le dio la oportunidad, ya que siguió hablando. “Alguien como tú….debería estar viviendo una agradable y tranquila vida con una casa, un patio y un perro. No esto….”, gesticuló señalando los alrededores de la furgoneta negra.

Él sonrió ante esa imagen. A lo largo de los meses que habían sido compañeros, Jude había desarrollado un aire levemente sobreprotector que marcaba sus encuentros. Ambos sabían que aquello era más que una agente con experiencia cuidando a un novato. Ella lo trataba como a un hermano mimado y era ferozmente protectora de su inexperiencia.

“Tienes grandes expectativas para mí. Estoy conmovido”. Intercambiaron amplias sonrisas. “Y voy a tener todas esas cosas, Jude. Una gran casa con una esposa y niños, un montón de perros, y una barbacoa para que puedas venir y ser hosca en un entorno social” le provocó gentilmente.
Ella le devolvió la sonrisa, una sonrisa real que tocó las profundidades de sus ojos y los calentó hasta ser una pálida llama.

“Esposa y niños, ¿eh? Ok, cosa caliente, sólo que ¿dónde crees que vas a encontrar a una buena chica cuando estás saliendo con gente de mi estilo?”

“Bueno, para ser sincero, hasta que conozca a Doña Perfecta, no se me ocurre nadie con quien preferiría pasar el tiempo” respondió él seriamente.

Lentamente, cada uno se convirtió en algo imprescindible en el tapiz de la vida del otro. Empezaron a pasar más tiempo juntos fuera de las misiones, y Jude caminó inseguramente a la luz del día por primera vez en más tiempo del que ella podía recordar. Él le llamaba Ángel, mofándose de la imagen intimidatoria que le perseguía a través de la Agencia y se reía atronadoramente de su intensidad. “Relájate, Ángel. Sólo es Rock&Roll” se burlaba. El fútbol de los domingos por la tarde se convirtió en un ritual para el par, así como sus paseos por la playa que terminaban invariablemente en su restaurante favorito frente al mar. Jude pasó más noches de las que podía contabilizar en la que era “su” mesa, con los pies apoyados en la madera desgastada, el bourbon cómodamente en su mano, contándole al joven cosas que no le había contado a nadie. Le habló del miedo de su primera misión, la conmoción de su primer asesinato, y el horror de con cuánta facilidad todo había aflorado en ella. Y más tarde, con la arena y la subida de la marea como únicos testigos, él la había abrazado, como nunca lo había hecho nadie, acunando la oscura cabeza en sus manos, suavemente acariciando su pelo y diciéndole que todo iba a estar bien. Que ella aún era humana, que aún estaba completa.

Finalmente Jason había encontrado a Doña Perfecta, irónicamente por cortesía de Jude, y la agente había estado a su lado en la boda, diciéndole adiós silenciosamente a su amistad. Pero aquello no había ocurrido. María, la nueva mujer de Jason, no era estúpida. Por mucho que Jason animara a Jude a pasar tiempo al sol, la mujer más mayor claramente impedía que la oscuridad devorase a su nuevo marido. No era sólo una cuestión de proteger su vida; Jude protegía celosamente el alma del joven, manteniéndola segura para el amor de María. Así que, María le dio la bienvenida a la oscura agente con toda su ira, toda su violencia, y todo su dolor a su casa, y la llamó la “familia” predadora. Cuando Maria alumbró a una hija, fue una impresionada Jude quien estuvo en el altar junto a su amigo una vez más, esta vez sosteniendo y arrullando a un bebé en sus brazos y prometiendo estar allí si la niña alguna vez necesitaba su ayuda….

Jude sacudió con ira su cabeza para despejar los recuerdos que amenazaban con tragarla. Rechazando demorarse en cosas perdidas, había obligado a esos recuerdos y la amistad que los había creado a los lugares más recónditos de su mente. Había abandonado la ilusión de estar hecha para otra cosa que no fuera la tenebrosa vida a la que ahora se agarraba lo único aún familiar en los restos hechos jirones de su alma. Pero algo en la mujer de pelo color miel que había conocido la noche anterior había despertado un inseguro anhelo de contacto. Y estaba matizado con un fiero deseo físico que Jason nunca le había evocado.

Elizabeth Peterson….paseó el nombre por sus pensamientos, disfrutando de la imagen adjunta del reluciente vestido color esmeralda que acariciaba la piel que había por debajo. Menos agradable era la condición actual del vestido: empapado en sangre y desgarrado por las frenéticas manos de Jude mientras buscaba la herida. ¿En qué estaba pensando? se reprendió. Pero su mente, desafiantemente, vagó una vez más hacia la promesa de lo que habría ocurrido de no haber interferido las sombras. Un doloroso jirón de soledad se escurrió, libre de las bandas de hierro de la voluntad de Jude y golpeó su conciencia, arrancándole un cansado suspiro a la oscura mujer.

“¡NO! No voy a hacer esto. No voy a arrastrar a nadie más hacia abajo junto a mí otra vez. Voy a asegurarme de que está limpia y después se va. ¿Entiendes?” se advirtió salvajemente a sí misma, dejando que las palabras fueran arrancadas de su garganta mientras cambiaba de marcha y aceleraba.
Pero un rincón insurgente de su mente respondió burlonamente, sí…..claro….


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Re: Lucifer rising, Sharon Bowers

Mensaje  malena el Diciembre 15th 2012, 12:28 am

una vuelta, cuatro a lo largo, un vistazo al reloj, una vuelta, cuatro hacia delante. Repite. Exactamente a las 11:00 am sonó su teléfono.

—Laird —ya sabía quién era—. Tengo problemas —clic.

Oh, mierda gruñó silenciosamente Kent. Había oído el rugido del océano de fondo en la llamada, lo que significaba que ella le estaba llamando desde su móvil, nunca una buena idea, y que estaba de camino aún peor. No es bueno, no es bueno para nada. Bajó las escaleras para retomar sus paseos fuera, como si sus pasos lo pudieran llevar más rápido. Tras una interminable espera de diez minutos, un coche deportivo desconocido, conducido por una figura demasiado bien conocida, rugía frente a él.

—¿Ruedas nuevas? —le preguntó sardónicamente.

—Sube —fue su seca respuesta mientras arrancaba de nuevo el coche y lanzándoles de nuevo hacia el sol.

Kent estudió el perfil del Arcángel mientras avanzaban. El azul acerado de sus ojos estaba cubierto por las siempre presentes RayBan, y su largo pelo caía en una trenza por su espalda. Sus ojos recorrieron su longitud sentada pantalones de lino y una camisa a juego, negra, por supuesto. Era inescrutable, como siempre. Dios, ¿acaso esta mujer no suda nunca? Pensó, entornando los ojos ante el fiero día de Miami. Su aspecto para todo el mundo era el de una mujer de negocios próspera, que había salido un sábado a dar una vuelta. Si tenía problemas, era malditamente buena ocultándolos. Pero por otra parte, él nunca la había visto con pánico, ni siquiera cuando su identidad fue descubierta y estuvo medio muerta….

Habían estado unos tres meses transferidos a la ATF (Buró de alcohol, tabaco, armas de fuego y explosivos) actuando como un equipo de dos hermanos que vendían armas a unos revolucionarios anticomunistas dirigidos por un tipo llamado Maltos. Para empeorar las cosas, estaban en algún país tercermundista olvidado de Dios cuyo nombre él nunca se había preocupado por aprender. Kent había sido posicionado como el cerebro, y Jude como el músculo. Aunque la realidad era muy distinta, les gustaba trabajar de aquel modo porque despistaban a la gente nadie esperaba que la oscuramente bella mujer fuera una amenaza tan elegante. Tendría que haber sido fácil; estaban atando los últimos cabos. Sus compradores sólo tenían que recoger la entrega, y entonces harían la redada.

Fácil, ¿De acuerdo?

En el momento, él no supo qué lo golpeó, en retrospectiva, más adelante, descubrió su falta de cuidado al hacer una llamada inapropiada desde una línea pinchada pero nada de eso importaba en ese momento. Kent estaba atado, con los ojos vendados, y estaba convencido, a punto de morir. Todo iba a terminar para él en un sucio garaje, con el olor a grasa, aceite y goma llenando su nariz y recordándole incongruentemente las mañanas de sábado que pasó con su hermano en el garaje de su familia mientras jugueteaban con sus motocicletas. Era una forma irónica de morir, pensó él, pero no demasiado mala.
Hasta que empezó el dolor.

Dos hombres empezaron a golpearle, exigiéndole información que él nunca debió haberles proporcionado. Pero el escalofriante crujido de sus costillas rompiéndose bajo el asalto de los golpes propinados con tubos de hierro lo convencieron de lo contrario. Un agónico grito escapó de su garganta, y lo segundo que salió de su boca fue el nombre de Jude y su ubicación actual. Entonces, afortunadamente, se desmayó.

Cuando se despertó le habían quitado la venda de los ojos, e inmediatamente deseó que no lo hubieran hecho.

Jude, o lo que quedaba de ella, estaba colgada de dos pesadas cadenas, del tipo que se usan para mover motores. No había un centímetro de su piel que no estuviera marcado por algún corte o hematoma, y Kent sintió la bilis subiendo a su garganta ante la visión del machacado rostro de su compañera. Maltos estaba dirigiendo una serie de instrucciones en español a su compañero, y Kent fue capaz de entender del rápido fuego de maldiciones que Jude había derribado a dos de sus hombres antes que le dominaran.

“Por lo menos te llevaste a algunos contigo” murmuró suavemente, convencido de que su compañera estaba muerta. Un destello casi oculto de azul atrapó su mirada, y se dio cuenta con consumidora pena de que Jude estaba viva y su tortura estaba lejos de terminar.

No contento de darle una paliza de muerte, Maltos sólo quedaría satisfecho con la completa violación de aquella mujer por él, esgrimir su cuerpo con tal combinación de poder, fuerza y bella violencia, que era una abominación andante. A Kent se le escapó un grito estrangulado cuando observó la figura sumisa de Jude ser liberada de sus grilletes y arrojada boca abajo sobre un banco de trabajo metálico atestado de herramientas. Los matones simplemente se rieron por lo bajo de los esfuerzos de Kent por liberarse y le patearon en las costillas rotas.

“¡NO!” gritó él, y forcejeó más.

“Oye gilipollas, ¿cuál es el problema? ¿No te gusta compartir la raja?” Le miró maliciosamente uno de ellos.

Kent gruñó en respuesta, la ira llenando su cuerpo y bloqueando el dolor de sus golpes recientes.

“¡Oye puta!” Maltos se mofó de la figura desplomada de Jude. “Te la voy a meter de mira quién viene. ¿Eh? ¿Te gusta eso?”

Los dos hombres que estaban “trabajando” a Kent rieron con alegría.

“Nosotros la cogemos después, ¿eh?” Kent gruñó y cerró los ojos contra la visión de Maltos tirando los Levis de Jude hacia abajo sobre sus caderas. “Ah no, vas a mirar esto” le sujetaron la cabeza y le obligaron a abrir los ojos. Ahora los jeans estaban fuera en un montón a sus pies. Maltos le había abierto las piernas a patadas y estaba peleando con su propio cinturón.

“Jude” susurró inaudiblemente Kent, rezando a lo que fuera eso que aquella mujer llamaba alma.
Pero él había subestimado al Arcángel, y el aullido que siguió, procedente de Maltos, fue tanta sorpresa como todo lo demás. Jude se echó hacia atrás en la mesa, giró su torso y balanceó un pesado martillo justo contra la frente de Maltos, mandando fragmentos de cráneo, materia cerebral y sangre salpicando sobre ella. Y después el martillo fue arrojado en dirección de uno de sus captores, y su cuerpo se lanzaba hacia el otro. El martillo impactó con un sólido golpe contra un brazo que estaba intentando alcanzar un arma que seguía en la pistolera. Kent consiguió levantarse y patear al tambaleante hombre, dejándole inconsciente. Se dio la vuelta a tiempo de ver a Jude arrodillándose sobre el pecho de su víctima, golpeando la parte de atrás de su cabeza repetidamente contra el suelo. Había una mancha de aspecto maligno extendiéndose por el suelo y una viciosa curva de satisfacción en los ojos de Jude. Se levantó del cadáver y se arrodilló junto al sospechoso restante. Agarrándolo por el pelo, murmuró algo y se inclinó para romperle el cuello.

“¡¡¡Espera!!!” gritó Kent, y palideció ante el ardiente azul pálido que se clavó en él. “No podemos….tenemos que detenerlo”.

Jude lo miró con la misma mirada que uno dirigiría a un niño particularmente lento.

“¿Has perdido la puta cabeza?” le preguntó tranquilamente. “Lo detenemos y él le cuenta a su abogado lo de la llamada telefónica que reveló nuestra identidad. Estarás jodido de más de un modo. Si no pueden llenarte de mierda instantáneamente, nadie en su sano juicio querría ser tu compañero nunca más”. Miró hacia abajo al hombre inconsciente, y le partió limpiamente el cuello.

Kent cerró los ojos mientras al darse cuenta de cómo lo había encontrado la gente de Maltos. El crujido de huesos, junto a la comprensión de que casi había conseguido que les mataran a él y a Jude hicieron que se le revolviera el estómago, y sintió que se ahogaba. Momentos después, estaba en el suelo, apoyado sobre sus manos y sus rodillas, devolviendo los restos de su almuerzo y no un poco sangre.
“Necesitamos que te vean” remarcó Jude, poniéndose los vaqueros y estudiando cínicamente su forma por las arcadas. La habían golpeado hasta hacerle papilla, casi violado, y responsable de siete muertes ese día. Y, pensó Kent, maldición, ella todavía no se ve mejor que él.

“Dejaremos que los locales limpien esto, ¿de acuerdo? Él asintió silenciosamente, con la lengua espesa por el remordimiento y la culpa mientras salían del garaje y se deslizaban de vuelta hacia la noche.
Él se enteró más tarde de que Jude le había salvado la vida mediante casi sacrificar la suya, dejándose ser capturada para averiguar dónde estaba él. A raíz del fiasco, casi se habían hecho amigos, por lo menos tanto como su ira y humillación, ante haber necesitado que le rescatara se lo permitieron. La oscuridad de Jude siempre le había desconcertado y asustado, pero ella la había usado para protegerle. Ahora él estaba en deuda con ella. Su deserción hacia el otro lado le había indignado, pero cuando Jude finalmente le había llamado, él no lo había rechazado. Kent vio la oportunidad de atar los últimos cabos sueltos que había quedado colgando hacía todos aquellos años.


°°°°°°°°°°°°°°°

Jude guió hábilmente el coche fuera del tráfico de la ciudad hacia un sitio apartado y que era, a veces, un punto de reunión para la pareja. El Arcángel tenía el don de elegir el tipo de sitios en los que nadie hacía preguntas y nadie recordaba ninguna cara, incluso aquellas tan especiales como la suya. Jude les acomodó en una mesa en un rincón y se encaminó al bar.

—Estás bromeando —dijo Kent mirando incrédulo la cerveza que le había puesto delante.

Un bourbon descansaba en su propia mano, y arqueó una sardónica ceja en su dirección.

—Cuando oigas lo que tengo que decirte, lo vas a necesitar.

—Pues cuéntamelo ya.

Jude suspiró y vació de un trago la mitad de su bebida.

—Alguien ha puesto precio a mi cabeza.

—Puta madre... —dijo en voz baja pegando un largo sorbo de su bebida. Una sonrisa satisfecha se reflejó en los ojos de Jude pero permaneció en silencio. Entonces Kent arrugó la frente en confusión—. ¿Estás segura? Quiero decir... No he oído nada de nuestras fuentes. ¿Cómo lo sabes?

—Lo sé porque alguien intentó cobrárselo... anoche, en mi casa —contestó secamente.

—Santo Dios... ¿Estás bien?

—Sí, estoy bien pero... —acabó lo que quedaba del bourbon y se pasó una mano por unos ojos repentinamente fatigados.

—¿Pero? —inquirió.

—Un civil resultó herido.

—¿Cómo? —preguntó Kent bruscamente.

Jude se encogió de hombros.

—Fui algo descuidada. Estábamos en la playa y el disparo vino de un francotirador escondido en la cueva que hay en la parte izquierda de mi propiedad. Creo que es más una llamada de atención que otra cosa, un intento de ponerme nerviosa, supongo.

—¿Qué has hecho con el civil?

—Está bien, sólo una herida superficial. Se está recuperando en mi casa.

Kent intentó, sin éxito, ocultar su sorpresa.

—¿Tienes una mujer viviendo en tu casa? —mantuvo un tono despreocupado aunque falso, en la voz—. Eso es nuevo. Pensaba que no te quedabas con nadie ni el tiempo suficiente como para intercambiar apellidos, y mucho menos decirles donde vives.

—Kent... —advirtió.

— ¿Cómo le has dejado las cosas?

—Le he dicho la verdad. Que era uno de los chicos malos. Parece que se lo ha tomado bien—. Una sonrisa de gato de Cheshire iluminó los ojos del Arcángel, avivando el pálido azul hacia un brumoso índigo, y Kent, de pronto, sintió que la temperatura en la mesa subía.

—Eso es arriesgado —consiguió decir entre largos sorbos de cerveza.

— Pensé que le debía la verdad, o por lo menos, una versión, considerando que casi la matan por mi culpa. Además, el doctor ha dicho que tenía que descansar durante una semana o así... y eso debería darme el tiempo suficiente para asegurarme de que no la sigue nadie. Necesito que indagues por ahí qué rumores hay sobre mí.

—¿Crees que los Massala pueden estar involucrados?

Jude negó con la cabeza.

—No estoy segura. Anoche cené con Romair. Es mucho más inteligente de lo que nunca fue Rico. De verdad pienso que no quiere tener otra guerra entre manos.

—Especialmente teniendo en cuenta lo mal que fue la otra.

La cabeza oscura asintió.

—Más o menos.

—¿Aún piensas que puedes hacerle caer?

—Ese es mi trabajo, ¿no?

—Jude... Acerca de esa mujer... —Kent comenzó indeciso— no creo que sea una buena idea mantenerla cerca. Quiero decir…

—Me importa exactamente una mierda lo que pienses, Kent. No soy uno de tus sirvientes, ¿recuerdas? —la pálida frialdad estaba de vuelta con toda su fuerza atravesándole con una intensidad aterradora—. El trato es: les entrego al resto de los Massala y yo me marcho libre y limpia, ¿recuerdas?

Kent intentó forzar una sonrisa y suavizar la repentina dura atmósfera.

—¿Vas a disfrutar los millones ilegales en algún sitio al sur de la frontera?

Jude soltó una risita irónica.

—Sí, algo así. Puede que compre un barco y me dedique a navegar alrededor del mundo.

Él la estudió detenidamente, súbitamente curioso.

—Podrías irte ahora mismo, Jude. ¿Por qué no lo haces?

Un tenso silencio quedó suspendido sobre ellos mientras Jude estudiaba el hielo derritiéndose en el vaso.

—Porque ese no era el trato —dijo por fin—. Porque se lo debo a alguien.

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Re: Lucifer rising, Sharon Bowers

Mensaje  malena el Diciembre 17th 2012, 4:51 pm

Para la hora en la que terminó con Kent, hizo sus otros recados y revisó un par de cosas con Sasha en el Club, ya eran bien pasadas las tres cuando llegaba a casa. Cogiendo un montón de paquetes del diminuto maletero del Boxster, entró en la cocina por la puerta lateral del porche.

—Hola Carmina —sonrió alegremente a su ama de llaves—, ¿cómo está nuestra paciente?

—Podías haberme dicho que tenías a alguien aquí —la rotunda mujer mexicana, unos veinte años mayor que Jude, se quejó mientras se afanaba en guardar la compra.

El pedido llegaba cada sábado del mercado local como un reloj, y casi nunca cambiaba, para disgusto de Carmina. Simple era la forma más caritativa de describir los gustos culinarios de Jude, y la mujer oscura normalmente se sentía satisfecha con comidas abundantes a los que el ama de llaves se refería con desesperación como "platos rústicos". Por otra parte, los años que había sido empleada de la Señora, habían sido los más fáciles y los más lucrativos de la inmigrante, así que no se sentía inclinada a discutir.
Sin embargo, descubrir a la pequeña mujer de pelo color miel en la cama de la Señora había sido algo como un shock para ella. Hacía bastante desde la última vez que un invitado se había quedado a pasar la noche, y Carmina esperaba fervientemente que esto no fuera una señal de la vuelta a esos días en los que parecía como que pasaba la mayor parte de su día de trabajo cambiando las sábanas de la Señora.

—Está bien. He llegado un poco tarde a causa del tráfico, pero cuando llegué estaba dormida. Se despertó cuando entré en la habitación —Elizabeth se había despertado porque, ante la sorpresa de encontrar a alguien en la cama de Jude, Carmina había dejado escapar un grito que habría resucitado a un muerto o, como en este caso, a alguien fuertemente drogado. Por alguna razón, el ama de llaves no creyó prudente mencionar este pequeño detalle a la Señora.

—Muy bien, iré a ver como está. ¿Podrías hacernos algo de comer? Sé que es tarde, pero estoy muerta de hambre —sonrió abiertamente.

—Vas a estropear la cena —advirtió Carmina, apoyando las manos en sus amplias caderas.

—Na... cenaré tarde. Haznos una sopa o algo así. Ey, ¿qué tal un poco de caldo tlalpeno? —Jude se marchó subiendo a saltos las escaleras antes de que su ama de llaves pudiera empezar su sermón habitual sobre sus terribles hábitos alimentarios, sin mencionar la bebida.

Jude rió al oír a Carmina, refunfuñando, comenzar su letanía, y paró de golpe en la puerta de su habitación. Joder, estoy de buen humor... Quizá deba ir de compras más a menudo... Claro que yo no he tenido que hacer todo el trabajo realmente. Empujó suavemente la puerta para abrirla y otra sonrisa se dibujó en su rostro.

—Vaya, vaya, vaya... ¿no es ésta una imagen bonita? —murmuró para sí misma. Elizabeth estaba atravesada sobre el gran colchón, compartiendo el amplio espacio con los tres canes. Aggie levantó la cabeza, reconociendo somnoliento la llegada de su ama, y después volviendo el hocico a su cálida posición sobre la pierna del ser humano. Clytemnestra fue algo más entusiasta con su bienvenida, llegando a saltar de la cama y a acercarse a Jude para que le rascara detrás de las orejas. Pero lo que realmente hizo gracia a Jude fue ver a Pete felizmente acurrucado entre los delicados brazos de la mujer, con la cabeza hábilmente colocada debajo de su barbilla.

—Algunos perros son muy afortunados —suspiró—. Vamos, chicos, —susurró suavemente, no demasiado segura de la profundidad del sueño de Liz—. Abajo —ordenó sujetando la puerta mientras los tres animales salían obedientemente de la habitación.

El movimiento despertó a Elizabeth de su siesta y, aturdida, miró a su alrededor.

—¿Uh?¿Qu...? ¡Oh! —sus ojos registraron la llegada de la mujer oscura y chispearon ligeramente—. Hola —murmuró sentándose y frotándose los ojos.

—Hola, —replicó Jude sonriendo ampliamente y sentándose en una esquina alejada de la cama —parece que te has ganado a la colección de fieras en mi ausencia.

—Bueno, durante un rato Clytemnestra pensó que yo era una golosina para perros, pero después de olisquear tu camiseta decidió que no estaba mal —Elizabeth agarró la camiseta que llevaba puesta y señaló con ella—. De otro modo hubiera sido adiós muchacha.
Jude frunció el ceño.

—Hubiera jurado que cerré la puerta cuando me fui.

La mujer de pelo color miel se quedó helada, después dejó escapar una risa fugaz.

—No, ha sido culpa mía. Salí a curiosear buscando un libro —viendo que Jude seguía con el ceño fruncido, dio más detalles—. El costado me dolía demasiado para poder dormir y todavía no podía tomar más píldoras de la felicidad…—se encogió de hombros— así que quería algo que me hiciera pensar en otra cosa —señaló con la cabeza hacia la habitación de al lado—. Encontré la biblioteca tras esa puerta y cogí un libro —observó a Jude cuidadosamente mientras sus ojos se movían hacia la copia de "The Fountainhead" sobre la almohada a su lado—. Lo siento.

Jude negó con la cabeza.

— No, yo lo siento —aseguró la otra mujer—. Es que no estoy acostumbrada a tener a alguien... en mi casa —especialmente cuando no estoy. Me estoy volviendo loca—. Has decidido ver qué tal es, ¿eh?

—Pensé que era lo apropiado dada nuestra conversación de anoche.

El brillante verde de los ojos de Elizabeth parecía hacerse más cálido cuanto Jude más los miraba, y la mujer oscura tuvo que agitar su cabeza ligeramente para romper su fuerza hipnotizante.

—Me sorprende que quieras recordar cosas de anoche, considerando como terminó.

La luz bailó una vez más en los ojos de la pequeña mujer mientras una sonrisa traviesa se encuadraba en su cara.

—Oh, hay muchas cosas de anoche que quiero recordar.

—¿Ah, sí? —Jude levantó una ceja—. Yo también recuerdo un par de cosas…—Como el brillo tenue de tu piel a la luz de la luna, y cómo la espuma del océano creaba un halo alrededor de tu pelo. Olías como el viento, o quizá el viento olía como tú, acercando tu aroma sólo para torturarme. En voz alta dijo—: Como ese tour que te prometí. ¿Crees que tienes fuerzas? Quizá ayude a eliminar algo de la rigidez de haber estado inmóvil en la cama. Y después podemos hacer una comida tardía con lo que Carmina está preparando.

Elizabeth juntó sus cejas ligeramente ante el giro que la conversación había tomado, pero asintió con la cabeza. Dejó que Jude la ayudara a levantarse de la cama y se sintió satisfecha cuando vio que era capaz de mantenerse en pie por sí misma.

—Ey, no tengo vértigo. Soy una chica feliz —sonrió alegremente pero se detuvo cuando oyó la aguda carcajada de Jude—. ¿Qué pasa? —preguntó.

Reponiéndose rápidamente, Jude luchó contra la sonrisa que amenazaba con fijarse sobre su cara.

—Uh... nada...

—¿Qué?

—Nada... sólo que... bueno... mis pantalones... —señaló a la amplia ropa que envolvía a la pequeña rubia.

—Sí, ya sé que tengo una pinta ridícula —Elizabeth emitió un pequeñísimo y triste suspiro.

—No. Ridícula no —corrigió Jude—. De hecho, estás bastante mona. Parece que tienes 12 años —rió con disimulo.

—Suerte para ti que no los tenga —murmuró entre dientes Elizabeth. Pero Jude captó la afirmación y asintió en silencio. Sí porque me arrestarían por algunas de las cosas que nos imaginé haciendo anoche.

—Afortunadamente —anunció cogiendo triunfante los paquetes que había dejado junto a la cama—, tengo algo que puede remediar la situación. Como te dormiste antes de decirme donde vivías, he traído un par de cosas para ti —deliberadamente no había querido seguir con la conversación que habían empezado antes de marcharse. Jude se dio cuenta de que había algo que Elizabeth no había querido contarle, pero había decidido dejarlo estar. Por ahora—. No obstante, he tenido que adivinar la talla.

—Tú... ¿has ido de compras para mí?

Jude cambió de postura, incómoda ante la extraña intimidad de la pregunta.

—Uh... no. La verdad es que tengo a alguien que lo hace por mí. Ya sabes... uno de esos... un...

—¿Un comprador personal? —ofreció Elizabeth amablemente.

— Sí. Conoce mis tallas y eso, así que no tengo que preocuparme —Jude se encogió de hombros tímidamente—. No se me dan muy bien estas cosas de chicas... —no acabó la frase, claramente azorada.

—Bueno, como sea que lo hagas —Elizabeth murmuró apreciativamente abarcando de un vistazo la impecable forma en su traje sastre de lino —funciona.

—Gracias —replicó la mujer oscura ladeando la cabeza. Con toda claridad, Elizabeth no estaba demasiado traumatizada por lo ocurrido la noche pasada, y eso le resultaba más que un poquito sorprendente. Muchos civiles que conocía estarían ahora mismo huyendo a todo correr por las colinas. Mientras Jude contemplaba a la mujer que le devolvía una sonrisa, sintió con toda certeza que había mucho más sobre Elizabeth Peterson que lo que se apreciaba a simple vista. Apartando temporalmente sus sospechas, dejó las bolsas sobre las revueltas sábanas.

—Esperemos que haya hecho tan buen trabajo contigo —empezó a abrir las bolsas, extendiendo la ropa cuidadosamente—. No sabía muy bien qué comprarte, así que pedí kakis y cosas de ese estilo. Algunos pantalones cortos y camisetas. Se puede devolver si algo no te gusta o no te queda bien.

Elizabeth empezó a acariciar la ropa delicadamente, dando la vuelta con indiferencia a las etiquetas de diferentes diseñadores.

—¿Kakis? ¿No jeans?

—Los jeans es lo único que nadie puede comprar por ti, porque si no, no quedan bien, ¿no crees? —sus ojos azules brillaron con regocijo cuando la mujer pequeña asintió con énfasis.

—Sí, desde luego —estuvo de acuerdo—. Ey, todas las tallas parecen correctas. ¿Qué es lo que le has dicho?

—Vamos a ver. Le he dicho que eras como de esta estatura, —Jude colocó una mano a la altura de su barbilla— y como de este ancho —extendiendo las manos frente a ella ligeramente separadas.

—Mmm... —Elizabeth sonrió maliciosamente y cojeó hasta colocarse en el espacio creado por las elegantes manos de Jude. Enroscó los largos dedos de la mujer oscura alrededor de su cintura y escondió la cabeza dulcemente bajo la barbilla de Jude—. Parece que has acertado…—levantó la vista para encontrarse con una mirada índigo ligeramente alarmada—. Gracias —susurró, envolviendo con sus propios brazos la musculosa figura.

Jude sintió como si una mula le hubiera pateado el estómago y la hubiera mandado a miles de kilómetros, y el corazón fuera detrás corriendo a toda velocidad para alcanzarle. Sentía el cuerpo de Elizabeth cálido y flexible entre sus brazos, con una extraña combinación de erotismo y paz a los que su cuerpo no sabía muy bien cómo responder.

Su incomodidad pudo más que el bienestar que le proporcionaba la ágil figura apretada contra ella y dio un paso atrás, casi sin aliento ante la inesperada intensidad.

—Uhm... es lo menos que podía hacer. Teniendo en cuenta que estropeé tu precioso vestido —hizo una pausa y continuó—. Sin mencionar que hice que te dispararan.

Si Elizabeth se sintió desilusionada por la interrupción del contacto, no lo mostró.

—Jude, —dijo, una mirada seria cruzaba sus, normalmente, alegres facciones—, podrías haberme dejado tirada en un hospital y desaparecer en la noche. Pero te has hecho cargo de mí, y te has asegurado de que estaba a salvo. Mucha gente en tu situación no lo habría hecho —una suave sonrisa iluminó su rostro, haciendo brillar el apagado verde musgoso de sus ojos hacia un luminoso esmeralda—. Estoy empezando a pensar que no eres tan mala como pretendes.

“Vamos, Ángel... sobreponte a ese gran y malvado ego tuyo”, la voz de Jason la perseguía implacablemente cuando ella intentaba alejarse. “Puedes mostrar ese aire oscuro y meditabundo a cualquier otro, pero yo conozco todo el dolor que llevas dentro. No eres tan mala como pretende”s.
Los ojos de Jude se ensombrecieron de modo peligroso ante ese recuerdo y Elizabeth retrocedió instintivamente ante la súbita amenaza.

—Estás equivocada —la alta mujer gruñó—. Soy mucho, mucho peor —advirtió, girando sobre sus talones y desapareciendo, cerrando la puerta de un golpe.

°°°°°°°°°°°°°°°

¿¿¿¿Qué demonios???. Liz había visto el rápido cambio en el rostro de Jude, endureciendo las bronceadas facciones y transformándolas en afilados planos y ángulos que amenazaban con partirla en dos. ¿Qué la ha puesto así? ¿El abrazo? Liz negó con la cabeza al diálogo silencioso de su mente. Su abrazo había sido impulsivo y aunque los brazos que la habían envuelto no se habían negado, habían sido acompañados por el latido frenético de su corazón. Si no supiera más cosas, diría que estaba... ¿asustada? No puede ser. El recuerdo fugaz de una mano temblorosa la noche anterior relampagueó ante sus ojos haciendo estallar chispas diminutas de comprensión en la consciencia de Liz.

Reflexionó sobre las imágenes, que se multiplicaban rápidamente, que tenía de la mujer sombría. Se preguntó si Jude Lucien se había fragmentado a sabiendas en millones de pedazos incomprensibles.

— ¿Pero cómo demonios pueden encajar?— dijo en voz alta— pero, ¿y encajan?

Deslizándose cuidadosamente un suave par de kakis sobre su herida, terminó de vestirse, sin dejar de dar vueltas al misterio que empezaba a descubrir.

Se dirigió al piso de abajo y encontró a Jude cómodamente instalada al sol en una mullida butaca en el porche.

—Ey, hola —dijo Elizabeth suavemente—. Lo siento.

Un azul pálido la recorrió elevando el calor de su cuerpo allí donde se posaba.

—No —replicó Jude—. Yo lo siento. De nuevo —dejó escapar un suspiro y se pasó una mano por el pelo en un gesto que Liz empezaba a reconocer como característico—. Yo sólo... —meneó la cabeza—. No quiero que pienses que soy una buena chica que resulta tener una profesión exótica —arqueó una ceja con seriedad hacia la reportera y sostuvo su mirada firmemente—. No lo soy.

Las violentas profundidades de los ojos de Jude se fijaron en Liz y no le permitieron liberarse de su firme sujeción. Era como si pudiera ver la sangre que había permeado la vida de la mujer oscura, empapando el interior de su alma destrozada. Finalmente, Liz respiró hondo dejando salir el aire lentamente.

—Lo entiendo —dijo por fin.

Ahora la ceja de Jude se volvió inquisitiva pero el implacable gancho azul no cesó.

—Entonces... ¿por qué?

Por alguna razón, pensó Liz, dos palabras para abarcar todo lo que estaba empezando a suceder entre ellas no deberían ser suficientes, pero allí estaban, saliendo de los labios de Jude. Sonrió con confianza.

Las palabras eran su ocupación y sabía mejor que mucha gente cómo hacerlas valer.

—Hasta que me des un motivo para temerte, Jude, no lo haré…—dijo disfrutando la aguda dentellada del nombre de la mujer en su boca—. Y por lo demás —hizo un gesto con las manos, casi alargándolas hasta tocar a Jude pero se detuvo, tímida—, algo en ti me llama —hizo una pausa, permitiendo a la mujer oscura asimilar completamente la implicación de sus palabras —y me gustaría saber qué es.

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Re: Lucifer rising, Sharon Bowers

Mensaje  malena el Diciembre 22nd 2012, 12:18 am

Capítulo 5

Un sereno silencio envolvió, asombrado, a ambas mujeres. Finalmente, una medio sonrisa apareció sobre el rostro de Jude, y el peligroso brillo de sus ojos se suavizó.

—Vaya —resopló—. Sí que sabes expresar bien las cosas, ¿no?

"Sip, y esta vez ni siquiera puedo echarle la culpa al vestido", pensó Liz irónicamente. Un poco antes esa misma tarde, había aceptado que su interés personal en la traficante de drogas iba más allá de su interés profesional en una buena historia. No podía siquiera empezar a comprender las diversas capas que formaban a la mujer de pie frente a ella, pero sentía un impulso casi irresistible de intentarlo.

—Te dije que quería centrarme en la realidad —dijo simplemente.

Jude la observó seriamente durante un largo rato y en ese momento, Liz hubiera dado cualquier cosa por saber qué pasaba tras esos ojos ensombrecidos.

—Ya no estoy segura de lo que es real, Elizabeth —afirmó por fin—. Si lo que quieres es algún tipo de revelación completa...

—No —se apresuró Liz en asegurarle, siendo muy consciente de que ni ella misma podía pensar en hacerlo—. Ahora mismo no —todavía no, corrigió mentalmente—. Sólo quiero llegar a conocerte un poquito mejor. ¿Te parece bien? —¿Me dejarías?

El recelo desapareció del rostro de la mujer, aunque Liz sospechaba que era sólo un respiro temporal, y sus labios se curvaron en una sonrisa genuina.

—Eso sí puede ser —replicó, contestando sin saberlo a la pregunta silenciosa de Liz—. Carmina todavía está haciendo la comida, así que, ¿por qué no damos esa vuelta por la casa que llevo prometiéndote desde no se sabe cuándo?

—Me encanta la idea —Liz sonrió—. Me muero por ver cómo es el resto de este lugar —añadió inocentemente, razonando que, de todas las mentiras que había dicho en las últimas veinticuatro horas, ésta era, con mucho, la menos dolorosa.

Sin embargo, Liz pronto descubrió que había mucho de la casa que no había visto. Como su principal interés había sido descubrir el escondite de los secretos de Jude, realmente no había prestado mucha atención al piso de abajo. Ahora, mientras seguía a Jude, escuchándola hablar sobre las diferentes obras de arte de las paredes y sobre los muebles de las habitaciones, Liz comenzó a darse cuenta de que lo que en un principio había visto como el frío aire de algún diseñador, no era más que otra faceta de la personalidad de la agente. ¿Y por qué no debería saberlo todo sobre arte contemporáneo?, pensó cuando Jude admitió que esas habitaciones se habían diseñado más para el público, al contrario que su dormitorio y la biblioteca.

—A veces tengo que recibir a gente —explicó—. Pero lo hago en el piso de abajo. La gente ve una casa como esta —se encogió de hombros— y esperan cristal y cromados, arte abstracto... Pero... —sonrió, incapaz de esconder un destello de placer hacia su casa—, yo misma elegí cada cosa... Así que... —añadió traviesa—, si te parece horrible... es todo culpa mía —guiando a Liz por las escaleras, comentó con una risita—, aquí arriba no hay ni de lejos la cantidad de tráfico que hay abajo.

—¿Hay algún mensaje para mí en esa afirmación? —bromeó Liz, pensando en la cantidad de tiempo que había pasado en la habitación de la mujer oscura.

Jude se detuvo a mitad de las escaleras y se volvió para poder mirar a la reportera completamente, lo que le dio a Liz la oportunidad de hacer lo mismo. Los marcados planos del rostro de Jude absorbían el sol que se derramaba por las ventanas y lo reflejaban en el tono bronceado de su piel. Jude parecía irradiar desde alguna fuente interna de luz, a pesar de sus tendencias sombrías. El corazón de Liz cambió sutilmente a una marcha más alta y se preguntó si Jude podría oír el grave tamborileo que, de pronto, llenaba sus propios oídos. Una expresión inidentificable apareció en el rostro de la agente mientras sus ojos recorrían el cuerpo de la mujer más pequeña.

—No ha habido... —parecía tropezar con las palabras y Liz hubiera jurado que un ligero sonrojo subía tras sus bronceadas facciones. Jude se aclaró la garganta y comenzó de nuevo—. No ha habido... nadie... en mi dormitorio en más de un año... casi dos.

La admisión quedó delicadamente apoyada sobre la luz del sol, al tiempo que el peso de su propia mentira a Jude alcanzaba a Liz en lo más hondo de sí. Lo único que pudo hacer fue mirar con impotencia a la poderosa mujer. Todo lo que sabía sobre la agente convertida en delincuente le decía que eso no podía estar pasando, que Jude no podía estar revelándose tan abiertamente a una virtual desconocida.

—¿Por qué haces esto? —preguntó repentinamente.

Una sonrisa triste apareció furtiva en el rostro de Jude.

—Creía que querías volver a la realidad —replicó, la ceja elevada en su dirección.

—Y quiero —Liz afirmó sin vacilar—. Pero.... —no pudo terminar la frase—. ¿Por qué?—repitió finalmente.

De lo que Liz no se dio cuenta, y de hecho no podía saber, era que en el coche de vuelta a casa, Jude había considerado cuidadosamente los pocos detalles que Liz había proporcionado sobre su vida. Y después los había descartado como irrelevantes. El abismo entre lo que Liz aparentaba ser y lo que Jude intuía que la pequeña mujer era realmente, inquietaba infinitamente a la ex agente, pero había racionalizado todas esas dudas asegurándose a sí misma que no importaba porque la mujer del pelo rubio-miel habría desaparecido de su vida lo suficientemente pronto.

Jude subió el resto de las escaleras y las volvió a bajar deteniéndose frente a Liz y metiendo las manos en los bolsillos de los pantalones de su traje.

—No lo sé —se encogió de hombros—. ¿Por qué te acercaste a mí en el Club? ¿Por qué quisiste venir aquí? —volvió la vista hacia la ventana y Liz pudo ver el afilado corte de su mandíbula mientras la apretaba rítmicamente—. Espero que no fuera sólo para acostarte con alguien —su mirada volvió al suave verde de los ojos de Liz buscando algo.

—No, no lo fue —la pequeña mujer asintió suavemente.

Jude asintió con la cabeza, casi imperceptiblemente.

—Eso pensaba —el silencio se prolongó mientras ambas mujeres se mantenían suspendidas en la frágil maraña de sus miradas.

—Entonces... —Jude emitió la palabra lentamente—. ¿Podemos dejarlo así de momento? —se detuvo un instante y después añadió con un guiño—: porque yo no puedo afrontar una conversación tan seria con el estómago vacío.

Casi como si ese fuera su pie, Carmina asomó la cabeza por la puerta de la cocina gritándoles que fueran a recoger la comida antes de que cambiara de opinión y se la diera a Aggie y a Pete que, al menos, habían tenido la deferencia de ir a hablar con ella a la cocina mientras la preparaba.

—¿Por qué no vuelves al piso de arriba y te pones cómoda? Yo subiré la comida —ofreció Jude —. No debes fatigarte.

Liz no recordaba cuándo había oído una idea mejor. El costado llevaba doliéndole un rato, pero había estado tan absorbida escuchando la sonora voz de Jude, que había ignorado el dolor en favor de saber más sobre la misteriosa agente. Sin embargo, el dolor ahora era como una fuerte palpitación que se negaba a ser ignorada.

—Echarme suena fantástico ahora mismo.

—¿Necesitas ayuda? —la preocupación hizo que Jude frunciera la ceja cuando vio palidecer a la mujer de pelo rubio dorado; un repentino golpe de dolor atravesaba claramente sus facciones.

—Uh... creo que sí —Liz intentó con dificultad deslizar un brazo alrededor de los anchos hombros de Jude, pero lo único que consiguió fue un tirón en el ya de por sí doloroso costado, arrancando un gruñido de sus labios.

—Así no va bien, ¿verdad? —Jude se mordió el labio antes de asentir—: Vale, aguanta. No estoy segura de poder hacer esto, pero... —se inclinó, colocó el brazo de Liz alrededor de su cuello y cogió a la pequeña mujer, acunándola dulcemente en sus brazos—. ¡Uau...! —murmuró la mujer sombría deteniéndose un momento para recobrar el equilibrio—. No exactamente como Clark Gable —bromeó.

"¿A quién le importa?", pensó mareada Liz. La calidez del cuerpo de Jude la envolvía, eliminando de su mente con facilidad toda sensación de dolor. Permanecieron inmóviles un momento más, hasta que estuvo totalmente asentada en los brazos de la mujer oscura.

—Ahí vamos —murmuró Jude, subiendo el resto de las escaleras despacio, atenta a su lesionada carga.

Cuando Liz estuvo por fin echada en la cama de Jude una vez más, ésta le alargó dos píldoras y corrió a reclamar su comida a una quejosa Carmina.

—No sé qué pensar, Señora —objetó—. Tiene a esa pobre chica encerrada en su habitación todo el día —le reprochó, aunque los ojos del ama de llaves brillaban. Había visto lo solícita que había sido Jude con la pequeña anglo y, aunque la había sorprendido infinitamente, se había quedado encantada.

—No está encerrada, Carmina. Está herida —replicó Jude secamente, preparando una bandeja con la aromática sopa y un plato de fruta fresca y queso.

—Eso es otra cosa. ¿Qué haces disparándole a tu novia?

—Yo no le he disparado. ¡Y no es mi novia! —gruñó Jude— La conocí anoche.

—Lo será. Se lo aseguro. Tengo un sexto sentido para estas cosas —Carmina asintió con picardía.

Exasperada, Jude volvió su atención a la bandeja y, cruzando los brazos, miró al ama de llaves con aire de superioridad.

—No tengo dieciséis años. No tengo novias... Elizabeth no es mi cita del baile de graduación, ¿entendido? —dijo con seriedad a pesar del excitante vértigo que se había ido extendiendo sobre ella desde que estaba en compañía de la otra mujer.

—Vale, Señora, lo que usted diga —asintió el ama de llaves.

—¡No lo es! —insistió Jude.

—Vale, vale, lo he cogido —Carmina levantó las manos rindiéndose, pero la sonrisa satisfecha de su rostro contradecía su gesto.

Jude regresó a su bandeja, musitando, para sí misma, no lo es....

Pete, siempre presente cuando había comida cerca, la siguió pegado a sus talones mientras regresaba al dormitorio, moviendo el rabo esperanzado.

Jude notó frunciendo el ceño que las pastillas todavía estaban en la mano de Elizabeth, donde las había dejado.

—¿Por qué no te las has tomado? —preguntó un poco más duramente de lo que era su intención. Viendo la expresión alarmada en los rasgos de la pequeña mujer, se disculpó rápidamente—. Lo siento. Yo... —se detuvo de pronto, no queriendo explicar la conversación que acababa de tener con su ama de llaves. Ni siquiera tenía sentido para la propia Jude. De hecho, nada de su encuentro con la mujer rubia tenía ningún sentido. Y, a pesar de eso, Jude había elegido muy conscientemente, tanto como pudo, dejarse llevar y disfrutar de sus pocos días juntas. Elizabeth Peterson estaría de vuelta en su bonita y cómoda vida lo suficientemente pronto, y Jude sería simplemente uno de sus más exóticos recuerdos, un tiempo en el que la novelista había caminado por el lado salvaje. Probablemente me incluirá en uno de sus libros... Seré el malvado señor de la droga que seduce a la heroína y la introduce en una vida de crímenes, y al final muere a manos de un apuesto héroe rubio, se burló de sí misma. Había hecho del malo la mayor parte de su vida, incluso antes de trabajar para la DEA, así que el casting mental era fácil. Sólo había habido una persona en su vida que había visto a Jude como algo más que una presencia malvada y ominosa. Sí, y mira lo que pasó, se reprochó Jude.

—¿Jude? —su castigo silencioso fue detenido por una suave voz que penetraba en su conciencia y la llamaba de vuelta al presente—. ¿Jude? —repitió.

La mujer oscura parpadeó dos veces y enfocó a la esbelta mujer frente a ella.

—Perdona, creo que me ido por un momento.

—Vaya si lo has hecho —Liz estuvo de acuerdo—. ¿Quieres compartirlo?

Una sonrisa diminuta parpadeó en los labios de la ex agente, y negó con la cabeza.

—No merece la pena. Siento haber sido tan brusca, creía que tenías dolores.

—Oh, los tengo —Elizabeth asintió—. Pero esa cosa me deja K.O. muy rápidamente. Quería disfrutar de la sopa sin desmayarme sobre ella.

—Tienes toda la razón. La comida de Carmina definitivamente vale un poquito de dolor —colocó la bandeja cuidadosamente en el regazo de Liz y después se sentó con las piernas cruzadas en el centro de la cama—. ¿Te importa? —preguntó, indicando su posición.

—En absoluto.

Pete miró suplicante a las dos mujeres, sus ojos negros alternando entre una y otra. Jude miró a la bestia expectante y entrecerró los ojos.

—Pete... —advirtió— ve a buscar a tus amigos —dijo al decepcionado perro, que hizo lo que su ama le ordenó con el rabo entre las piernas—. Están echados a perder —le dijo a Elizabeth mientras observaban al animal marcharse.

—Ya se ve —reconoció hundiendo la cuchara en la sopa con entusiasmo— pero eso es bueno.

—¿Y por qué?

—Todo el mundo necesita alguien a quien querer —la mujer rubia se encogió de hombros. Se detuvo un momento y después añadió—: Pete y los otros te dan eso. Quiero decir... Tiendo a creer que tu... profesión... no te permite estar cerca de mucha gente.

Una ceja se arqueó dramáticamente por su propia voluntad. La gente rara vez admitía que sabía cómo Jude ganaba su dinero y nadie le preguntaba nunca acerca de ello. Una vez más, Jude se vio forzada a revisar su valoración de la mujer en su cama. Moviendo la cabeza suavemente murmuró:

—Preferiría no hablar de mi profesión, si no te importa —por alguna extraña razón, se descubrió a sí misma no queriendo que Elizabeth pensara mal de ella, y si hablaban siquiera un momento sobre su medio de vida, la otra mujer saldría corriendo de su casa pegando gritos de espanto, herida o no.

Un intenso rubor enrojeció los pálidos rasgos de Liz.

—Abre boca, mete comida, Liz —gesticuló.

—¿Liz? —inquirió Jude. Ahí está otra vez esa mirada de pánico, notó Jude observando como el rostro de Elizabeth se quedaba helado momentáneamente.

—Ah... sip. En realidad, es así como me llama la mayoría de la gente —Elizabeth miró tímidamente a la mujer alta.

—¿Te gusta? ¿Qué te llamen Liz?

—Nunca lo he pensado. Mi madre también se llama Elizabeth, así que podía elegir entre Beth, Liz o Lizzy.

—No tienes aspecto de Beth —observó Jude.

—¿No parezco lo suficientemente "Mujercitas" para usted, señora?

—Tengo que admitir que no eres precisamente del tipo tímido y retraído —compartieron una risa natural que ahuyentó los diminutos trazos de sospecha que espoleaban los instintos de Jude—. Y Lizzy es demasiado...

—¿Criminal? —ofreció Liz.

—Exacto —rió Jude—. Así que supongo que es Liz por defecto, ¿eh?

—Más o menos. Algo así.

Jude inclinó la cabeza como valorándola.

—No sé, te sienta bastante bien a la manera de Rosalind Russell sin aliento en "His-Girl-Friday".

—¿Qué quieres decir? —parecía alarmada.

—Luna nueva (His girl Friday)... ya sabes. Esa película en la que Rosalind Russell hace de una reportera que sigue enérgicamente la pista de una historia muy importante... —Jude se interrumpió cuando la sopa de Liz decidió hacer una aparición espontánea a través de su nariz, sacudiendo a la pequeña mujer con la fuerza de su tos—. ¿Estás bien? —Jude apartó precipitadamente su tazón de sopa y agarró a Liz por los hombros, dándole suaves golpecitos en la espalda. Carraspeando y jadeando durante unos minutos más, Liz respiró entrecortadamente antes de asentir.

—Sí, eso creo. Uau, chica... eso ha dolido —se enjugó ausente las lágrimas que le caían por las mejillas con el dorso de la mano—. Buff...

—¿Qué ha pasado?

Liz emitió una risita.

—Oh, creo que ha bajado por la tubería equivocada.

—¿Estás segura?

—Oh, sip —unos cuantos carraspeos más aclararon la garganta y volvió a apoyarse respirando tan profundamente como le permitía la herida del costado.

Jude apartó con cuidado la bandeja del regazo de Liz.

—Vamos a comprobar los puntos y a asegurarnos de que no ha saltado ninguno, ¿de acuerdo? Has estado tosiendo con mucha fuerza —levantó las sábanas y reprimió una rápida sonrisa al notar que Elizabeth se había vuelto a poner los holgados pantalones de la ex agente—. Tiene que haber algo que te quede mejor entre las cosas que te he traído —dijo sin comprometerse.

—Lo sé —replicó Liz sonriéndole ampliamente—, pero me gustan estos —estudió cuidadosamente la llama azul celeste dirigida hacia ella—. ¿Te parece bien?

—Tú sigue preguntándomelo —declaró suavemente.

—Yo, a veces... —dejando escapar un largo suspiro, reunió sus pensamientos dispersos y regresó a la mirada fija en ella—. A veces tiendo a ser como una apisonadora y a meterme en cosas sin pensar —dijo por fin, mientras su memoria regresaba a los terribles errores que había cometido cuando hizo la promesa de casarse. Había estado tan centrada en asegurarse de que no pasaba nada con ella, que ni se había molestado en preguntar qué le pasaba a él. No importaba cuán vehementemente había intentado negárselo, o negárselo a ella misma... ahora tenía que admitir que le había utilizado.

El tiempo que había estado con Todd había sido un intento desesperado de mitigar los tremebundos deseos que agitaban sus sentidos, de hacer las paces con sus padres y de convertirse en algo que considerasen respetable. Mirando atrás, podía ver lo absurdas que habían sido sus esperanzas y, más que nada, lamentaba el dolor que había causado tanto a Todd como a ella misma, intentando plegarse a una visión que no compartía. Todd nunca la había perdonado. Sus padres fueron, en cierto modo, más pragmáticos, pidiéndole solamente que fuera discreta y procurase no atraer excesiva atención sobre ella. Esa petición tensa y poco amistosa la hizo salir precipitadamente de casa de sus padres, furiosa y desconcertada. Afortunadamente para todos, recibió una llamada del director del Miami Herald poco tiempo después. Y no había vuelto a mirar atrás. Movió la cabeza suavemente ante todos esos recuerdos.

—Y a causa de eso puedo hacer daño a la gente.

—¿Te preocupa hacerme daño? —preguntó incrédula la mujer oscura.

—Sip —contestó sencillamente—. ¿Te parece bien?

Jude sólo sacudió la cabeza, pero Liz pudo ver la sonrisa que estiraba las comisuras de su boca. Bajó con cuidado el elástico de los pantalones y destapó la herida.

—Uff —murmuró casi para sí misma, un dedo trazando la curva de los puntos.

Las manos de la agente estaban calientes por el tazón de sopa que había sostenido, y Liz se relajó cómodamente en su tacto. Había estado estudiando disimuladamente las manos de Jude desde que se habían conocido. Ahora saboreaba la oportunidad de mirarlas sin trabas. Para una mujer, las manos de Jude eran grandes pero gráciles y sinuosas, los dedos largos y elegantemente articulados. A esta distancia, Liz pudo ver una pequeña cicatriz en la punta del dedo índice de la mano izquierda y, casi sin darse cuenta, alargó su mano y acarició la diminuta marca en la perfecta piel. Bruscamente, la mano se quedó inmóvil justo debajo de la herida de Liz. La reportera echó una rápida mirada a la cabeza inclinada, cuyos ojos se escondían de ella, y respiró profundamente.

—¿Dónde te hiciste esto? —preguntó sin pensar pasando la punta de un dedo una vez más sobre la carne cálida.

Jude tragó saliva con fuerza ante la rápida afluencia de sensaciones totalmente desproporcionada para esa pequeña caricia.

—No me acuerdo —murmuró. Si cerraba los ojos casi podía oler la discreta fragancia del champú en su pelo mientras se inclinaba para curarla. Pero ese aroma ya no existía ahora sustituido por la tentadora esencia de la piel de Liz. Jude cerró los ojos concentrándose en las imágenes que ese perfume evocaba. Luz blanca danzaba ante sus ojos... la calidez de un día de verano... la ferocidad del sol amansada por una dulce brisa deslizándose sobre su piel... aire limpio y libertad sin trabas. Huele a luz —A luz del sol —susurró abriendo los ojos y viendo sus dedos entrelazados—. ¿Qué ha pasado? —preguntó
desconcertada.

Una dulce risa resonó en sus oídos.

—Umm... no estoy segura —contestó Liz.

Jude soltó la mano de la otra mujer con desgana y elevó la vista hacia el brillante verde que, entre
bruma, iba enfocando lentamente.

—Lo siento —dijo, sacudiendo bruscamente la cabeza para aclarar la maraña emocional de sus pensamientos—. Los puntos parecen estar bien, no parece que se hayan soltado en absoluto.

—Deja de decir eso —Liz ordenó suavemente.

Sorprendida por el tono de la pequeña mujer, Jude giró la cabeza esperando en silencio una aclaración.

—Deja de decir que lo sientes. Yo no siento en absoluto nada de lo que ha pasado. Y eso incluye el que me hayan disparado.

Sonriendo irónicamente y moviendo la cabeza, Jude murmuró:

—Tienes una extraña idea de la diversión, señorita —a pesar del tono, sus ojos bromeaban.

—No eres la primera persona que me dice eso —asintió dándole la razón amigablemente. Cambiando de postura y acomodándose en las almohadas, miró expectante a Jude—. Ahora que ya hemos determinado que aún viviré, al menos un poco más, ¿tienes tiempo de sentarte y hablar conmigo, o tienes que salir corriendo?

Jude observó la pequeña figura cómodamente acostada sobre su cama, su pelo dorado cayendo de cualquier modo sobre sus hombros, los ojos verdes, grandes y sonrientes, el sensual cuerpo escondido bajo las sábanas, y algo, glacial y endurecido, se liberó de sus amarras en lo más profundo de su interior y comenzó a removerse con fuerza en los tumultuosos remolinos de su sangre, repentinamente caliente.

—Tengo tiempo —dicho esto, se dejó caer diagonalmente en el espacio libre de la cama, apoyando la cabeza en un largo brazo. Pete, que había estado observando silenciosamente desde la puerta, lo tomó como una señal para saltar alegremente sobre las piernas de su ama y acurrucarse en la “v” formada por los cuerpos de las dos mujeres.

Viendo a Jude moverse para echar al bobalicón, Liz se inclinó para sujetar su mano.

—Déjale, es una monada.
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Re: Lucifer rising, Sharon Bowers

Mensaje  malena el Diciembre 23rd 2012, 8:49 pm

—Sí, pero espera a que Aggie lo vea, y entonces querrá formar parte del cuadro —gruñó Jude, aunque oponiendo sólo una resistencia simbólica antes de volver a acomodarse—. Bueno, ¿y de qué quieres hablar?

—No eres muy conversadora, ¿verdad? —sonrió la mujer más pequeña.

Jude se encogió de hombros.

—Nop. Nunca he visto la necesidad.

—Háblame de ti, Jude.

—Preferiría que me hablases de ti —sus ojos azules brillaron traviesos—. Cuéntame cómo te hiciste escritora de novelas románticas. No es que sea el camino obvio para forjarse una carrera.

—Cool whip —contestó Liz sucintamente.

—¿Perdón?

—Cool Whip. Así fue como me hice novelista romántica —durante estas últimas horas que habían pasado juntas, Liz se había vaciado de todo deseo que hubiera podido abrigar de exponer la vida de la traficante a un público ansioso, siendo reemplazado por un fortísimo anhelo de entender el complejo puzzle que era la mujer a su lado. Decirle la verdad ahora a Jude era fácil, y lamentó profundamente las mentiras que, necesariamente, tendrían que permanecer entre ellas—. Debía tener alrededor de los dieciocho años y estaba preparándome para ir a la universidad. Una tarde, estaba en una tienda y Cool Whip tenía montado un expositor enorme por el día de San Valentín. Todavía recuerdo los adornos en forma de corazón sobre el mostrador. Una promoción sobre regalarle algo dulce a tu amor o alguna tontería parecida. Y había un stand con las novelas Románticas de Avon. Ambas marcas patrocinaban un concurso. Miré el expositor y vi la matrícula de mi primer curso en la facultad.

No mencionó que había rechazado la jugosa oferta de su padre de pagarle la matrícula, un apartamento y una considerable renta. Hacía tiempo que tenía claro que en su familia todo era un toma y daca. Al más puro estilo de la política, se hacían y se pedían favores dependiendo de lo que alguien necesitase en un momento dado. Liz rehusó la oferta porque estaba cansada de buscar favores. Sólo deseaba que su familia la quisiera y, a los dieciocho, empezaba a pensar que algo tan relativamente simple nunca ocurriría.

—El asunto es que... —dejó salir apartando los aún dolorosos recuerdos—. Para participar tenías que escribir una historia romántica. Y el ganador se llevaba 25,000 dólares.

—¿Y de qué trataba la historia? –Jude sonrió.

—Bueno, lo típico. Deseos no correspondidos. Yo estaba locamente enamorada de mi mejor amiga en el instituto —replicó, y siguió contando su relación con Steph, lo unidas que estaban, las cosas que compartían. Jude rió ante la imagen que pintaba Liz de las payasadas de las dos adolescentes y sus numerosas desventuras. Al parecer, Liz y Steph habían hecho de todo, desde asaltar el mueble bar de sus padres hasta tener que huir de la policía por entrar en una propiedad privada—. Todo parecía tan natural, tan correcto... Por desgracia, ella no terminó de entenderlo—suspiró triste Liz.

—Pero tú sí —adivinó Jude.

—Lo sospechaba. Así que al estilo de Terminator en un centro comercial, se lo pregunté —Liz apartó los ojos de la intensa mirada que la estudiaba y se puso a jugar distraídamente con un hilo suelto de la colcha. Levantó la mirada y vio una serena simpatía descansando sobre el azul que la invadió—. Sí, alucinó.

—Y todavía duele, ¿verdad?

Liz se detuvo un momento meditando la pregunta de Jude. Steph no era alguien en quien realmente pensase ahora. Ni lo había hecho durante mucho tiempo. Y no sabía por qué el estar con Jude había traído a su memoria recuerdos tan vívidos de la chica que consideraba su primer amor.

—La verdad es que no. Lo que me duele es la chica que yo era entonces, que no entendía por qué su mejor amiga huía de ella; las oportunidades perdidas.

Un deseo insólito de eliminar esa triste nostalgia del rostro de Liz y de aliviar la tristeza que envolvía a la pequeña mujer, se apoderó de Jude, dejándola casi sin aliento.

—¿Y esto ganó un concurso del día de San Valentín? —bromeó Jude intentando suavizar la repentina opresión de la atmósfera.

—Bueno, yo me transformé en Beth y Steph en Steven. Le hice volver a buscarla después de su primer año de facultad y decirle a Beth que había sido un idiota y que, por favor, volviera con él. Después de que ella le hace rogar y suplicar durante muchísimas páginas, todo sale bien y se casan.

—¿Era eso lo que querías de Steph?

Liz pasó una mano por su pelo revuelto.

—Creo que, más que nada, lo que quería es que alguien aceptase quién soy y que me quisiera por ello. Puede que incluso, a pesar de ello.

Estas palabras pusieron en marcha una silenciosa explosión de reconocimiento en el alma de Jude, que cerró los ojos cuando el dolor volvió a invadirla...

“Vamos, Angel... ¿Qué hay en ti que es tan terrible?” la oscuridad les rodeaba y estaban más cerca del amanecer que del anochecer. Hacía tiempo Jason se había dado cuenta de que Jude se movía más fácilmente durante la noche, como si el manto nocturno, de algún modo, la reconfortase. Ahora intentaba centrarse en la larga forma a su lado, pero era casi tan productivo como intentar estudiar una quimera. Así que dejó de intentarlo y se limitó a escuchar el resonante gruñido de su voz.

“Oh, bueno... No sé, Jase...” su voz estaba llena de sarcasmo. “¿Qué puedo matar en un instante o que disfruto tantísimo haciéndolo?”

Una botella de bourbon prácticamente vacía descansaba entre los dos, y aunque Jude había sido quien casi había acabado con ella, Jason aún podía sentir la vibrante energía que emanaba de la mujer a su lado. Las cosas se habían puesto bastante feas para Jude hacía unos días al final de una operación, forzando a la agente a acabar con tres sospechosos. Y Jason podía ver que todo esto finalmente estaba empezando a afectarla. A lo largo de su vida, Jude se había movido en la oscuridad sin ningún escrúpulo, pero cada vez más a menudo, las cosas que le pedían que hiciera, y la facilidad con la que las hacía, comenzaban a hacer mella. Por primera vez, Jason de verdad temía por su amiga y se preguntaba si la relación que tenían era tan buena para ella. Sabía que él había sido el único en traspasar las formidables barreras que protegían a otros, sin mencionar a ella misma, del lado menos... civilizado... de Jude.

Parecía que por fin estaba viendo las consecuencias de sus acciones.

Cada ida a la oscuridad y su correspondiente vuelta a la luz del día, estaban cobrando su precio en Jude. Había empezado a desaparecer durante días entre misión y misión y Jason sabía que no debía preguntarle dónde iba. Y siendo sincero consigo mismo, habría admitido que no quería saberlo. Las cosas se habían hecho más difíciles desde que se había casado. Jude había empezado a apartarse de Jason, intentando dejárselo a su mujer, a su casa, a todas las cosas que ella sabía que merecía. Pero él se había agarrado con fuerza a Jude, sabiendo, de alguna forma, que si su frágil conexión se rompía, ella dejaría de intentar ese viaje de vuelta a la luz del día, y él tendría demasiado miedo como para sondear las umbrías profundidades en su búsqueda.

“Esa no eres tú, Angel” insistió.

“Los cuerpos en la morgue no estarían de acuerdo contigo” espetó en tono irónico, y pegó otro largo trago de la botella, volviendo a colocarla en el hueco que habían ido excavando.

“Es el trabajo, no tú”.

“¿No soy yo?” con elegante flexibilidad, Jude se levantó y se volvió para colocarse frente a él, sus ojos azules centelleando débilmente bajo la luz de las estrellas. Verla moverse en las sombras era como ver la noche personificada, sus ojos eran dos puntos muy pequeños de alguna lejana supernova... y Jason lloró tristemente por la parte de Jude que estaba muriendo esa noche. Ella se movió unos milímetros más cerca de él y él pudo percibir el débil gusto de la sangre sobre su piel, mezclado con el olor especiado de su sudor y con algo almizclado que no pudo identificar.

No sabía dónde había estado durante los últimos días. Sus cada vez más preocupados mensajes habían quedado sin respuesta hasta que ella, finalmente esa noche, había devuelto su llamada, simplemente confirmando que se encontrarían en su viejo refugio. La había encontrado en la cueva, tirada sobre la arena que todavía conservaba el calor de la luz del día, haciendo un progreso constante en el bourbon. "He traído la cena", fue todo lo que Jason dijo. Se sentaron en silencio durante un tiempo interminable hasta que las palabras, vacilantes, comenzaron a fluir y llegaron al punto en el que estaban ahora.

“No eres tú” replicó, negando con la cabeza enérgicamente. Incluso mientras lo decía, ambos sabían que esa negación era una mentira. El trabajo no era el catalizador en absoluto. Ni era la oscuridad que los envolvía cuando estaban metidos de lleno en una misión. Era esa parte sanguinaria que Jude llevaba dentro, y, no importaba cuánto deseara Jason que fuera de otra forma, nunca cambiaría. Y mientras Jude viviera y respirase, esa parte también lo haría.

Una risa gutural envolvió el pulso de Jason, apretándolo y arrancándole un suspiro entrecortado.

“¿De verdad crees que eso es cierto?”

“Creo que puede serlo. Si tú quieres. Si luchas por ello.”

Jude se acercó aún más, de modo que compartían en el aire que respiraban el áspero picor del bourbon.

“Esa es la pregunta, ¿verdad?” murmuró sensualmente “¿Realmente quiero dejar de ser quién soy? Si piensas en ello, nadie quiere que lo haga. La Agencia no, yo no...” dibujó una línea a lo largo de la mejilla de Jason con un ligerísimo toque de sus dedos, y un brutal estremecimiento lo recorrió.”Y, desde luego, tú tampoco. “

Antes de tener tiempo siquiera de darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, sus bocas se encontraron con fuerza, y la furia que asolaba el alma de Jude le atravesó con una fuerza brutal. Era un beso con intención de hacer arder, consumir y quemar su amistad hasta las cenizas.

Y una parte de él lo deseaba tanto que le dolía hasta en lo más profundo.

Un segundo después, jadeantes, la conexión terminó y Jason se echó hacia atrás intentando recuperar su cordura, que había caído hecha añicos, sobre la arena. Los ojos de Jude relucieron brillantes en la negrura, pero no hizo ningún movimiento para acercarse a él y por un insensato, breve instante, se preguntó si no lo habría soñado.

“Tienes que apartarte de mí” su voz sonaba al llegar a sus oídos, extrañamente rota y profunda.

“Jude...”

“¡Lo digo en serio! ¿Es que no te das cuenta...?”

Y milagrosamente, él se dio cuenta. La negrura que había envuelto a su amiga había sido el último abrazo de la noche antes de que la tierra se liberase de su agarre. La piel bronceada de Jude relucía débilmente al sol del amanecer y la marea limpiaba la orilla con sus olas rosas.

“Sí” replicó, comprendiendo la oscuridad que era su alma, y la luz dentro de la suya propia que no la dejaría alejarse. En un instante rabioso y simple, como un lobo intentando liberarse de una trampa arrancándose su propia pata a mordiscos, ella había intentado destruir su conexión y liberarse del torbellino que bullía en su interior.

Jude le miró en silencio durante un momento y después, se volvió para marcharse. De un largo paso, Jason la envolvió por detrás en un fiero abrazo, rodeándola con sus brazos y hundiendo el rostro en los mechones ónice de su pelo.

“Oh no, Angel. No voy a dejar que te libres de mí tan fácilmente. ¿Es que tú no te das cuenta?”

Una risa ahogada rasgó la garganta de Jude.

“¿Estás loco?”

“Puede ser” concedió él, “pero eres mi mejor amiga, Jude. Me niego a perderte. Eres parte de mí...”


Liz estudió a la mujer sombría, claramente perdida en sus propios pensamientos. El dolor se veía en sus hombros hundidos y en su ceño fruncido.

—¿Lo has tenido alguna vez? —preguntó suavemente, adivinando instintivamente que, fuera lo que fuese lo que tenía a Jude en su puño ahora mismo, era bastante importante—. ¿Has tenido alguna vez a alguien que te quisiera a pesar de ti misma?

Los ojos que levantaron la mirada para contestar habían palidecido hasta casi un cristal incoloro.

—Sí —dijo por fin—. Lo he tenido.

Una llamarada de algo que tenía un extraño parecido con los celos, parpadeó en la boca del estómago de Liz.

—¿Qué pasó? —preguntó medio temiendo la respuesta.

Los ojos de Jude completaron su transformación ártica, congelándose sólidamente mientras Liz observaba perpleja. Su voz resonó átona, con la respuesta, en la tranquila habitación.

—Lo maté.

°°°°°°°°°°°°°°°

¿Ha sido solo un sueño?, Liz se despertó en un silencio sepulcral y una oscuridad absoluta, las palabras de Jude aún resonando en sus oídos horas después. Aturdida, echó una mirada al reloj digital que brillaba a su derecha, 2:00´ am... y sé que no fue un sueño. Recordaba los rasgos normalmente bronceados de Jude volverse pálidos, y la dureza de sus palabras. Ese final de la conversación fue real, pensó Liz tristemente. Jude se había despedido bruscamente y había desaparecido de la casa.

Suponiendo que no volvería a ver a la mujer otra vez ese día, Liz se tomó los analgésicos y se deslizó agradecida en el olvido.

Esa noche, sus sueños sobre la mujer oscura habían sido como ninguno de los que había tenido antes. Estaban llenos de imágenes de Jude herida e inmersa en un gran sufrimiento, sus ojos azules suplicándole ayuda a Liz, alternándose con visiones sangrientas y violentas de la agente ejecutando, implacable, a series de víctimas sin rostro, que terminaban con la propia Liz. El impacto de la bala golpeando contra su pecho la sobresaltó devolviéndola directamente a la conciencia de la noche. ¿En qué demonios me he metido? murmuró en voz baja.

Una sombra en la puerta se movió, atrayendo su atención y metamorfoseándose en el claro contorno de la mujer en cuestión.

—No te haré daño —la voz vino de la oscuridad, un golpe aterciopelado contra su oído—. Te lo prometo —las palabras fueron fugaces, pronunciadas en la corteza de la conciencia de Liz. Antes de que pudiera hablar, la sombra desapareció, dejando a la reportera sola otra vez, luchando contra el peso de sus sueños.

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