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Libertad Morán

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Libertad Morán

Mensaje  malena el Septiembre 17th 2012, 7:03 pm

Libertad Morán (Madrid, 1979) comenzó su trayectoria literaria con Llévame a casa (2003), novela finalista del V Premio Odisea de Literatura. A por todas (2005) inaugura su peculiar y particular visión del universo femenino que culmina con Mujeres estupendas (2006) y Una noche más (2007) y que la han avalado como una de las mejores escritoras de la narrativa en español gracias a su estilo cercano, ácido, cargado de humor y sensualidad que lo convierten en adictivo. Se la considera la mejor autora de novela lésbica de la actualidad gracias a su trilogía sobre el personaje de Ruth, una treintañera madrileña con una vida sexual y sentimental de lo más ajetreada.

http://lectorerrante.blogspot.com.es/2007/06/novelas-de-libertad-morn.html

Características comunes de los libros de los libros de Libertad Morán: No se describe el aspecto físico de los personas, y cuando lo hace es de una linea (en plan "rubia de pelo largo, vaqueros y minifalda"). Eso si, de todos sale rápidamente su vena sexual. Las protagonistas son siempre lesbianas. (No me gusta clasificar como de "es de temática lésbica" o "literatura gay", un libro va de lo que va, no de la orientación sexual de sus protagonistas). La idea de fondo (en todos) es que en en "el ambiente" de Chueca las lesbis viven en un mundo muy endogámico. Las relaciones son superficiales, de ligue fácil, porque hay mucho miedo al dolor (es que hay muchas muy perras por allá). Digamos fácil follar, pero muy difícil hacer el amor. Y peor aun que dure una relación. Y (casi) imposible que sea un digamos "para siempre". Los momentos buenos son muy buenos, y en los malos hay mucho dolor. Todo se vive y se siente mucho, tanto en lo bueno, como en lo malo. La idea "Yo es que no quiero abrirme a una relación seria porque me hicieron mucho daño" aparece a menudo. Son personas reales, con trabajos normales. Nada de la costa Azul, ni románticas cenas en yates. Útil para despertar si piensas que los homosexuales son de otro planeta, o diferentes, o "gente rara". No buques frases para recordar o "literatura profunda". El estilo es directo, y el vocabulario, sencillo. Aunque es explícita, pornógrafos o amantes de detalladas escenas de cama que no lo intenten. Esto va de relaciones, sentimientos, dudas, miedos, esas cosas que tienen las personas humanas...


Llevame a casa (finalista V premio Odisea) Autora: Libertad Morán. Odisea Editorial, , 2003. 220 paginas.

Historias cruzadas en que los personajes poco a poco acaban cruzándose entre sí. Es la primera novela, y apunta maneras. Consigue crear un entramado bastante interesante, donde las piezas van cuadrando poco a poco. Los personajes, aunque sencillos, tienen suficiente profunidad. Se va cambiando el punto de vista lo cual ayuda a compartir pensamientos. Entretenida, fácil de leer, interesante. Se deja leer.


A por Todas. Autora: Libertad Morán. Odisea Editorial, Colección Safos, 2005. 380 paginas.

El libro describe un año de la vida de una lesbiana, Ruth, que lo de la relaciones largas lo lleva francamente mal. Va saltando de ligue en ligue, intentando que no le rompan de nuevo el corazón. Segunda novela publicada de la autora, la calidad (literaria) cae bastante con respecto a"Llevame a Casa"

Lo malo: Los personajes son planos, de una dimensión (amiga-cotilla, amigos-gays-pareja feliz, ex-malvada, etc.), con la (posible) salvedad de la protagonista

Lo bueno: Se lee fácil, es divertido, y desde luego, tiene mucho aire de verosimilitud. El libro tiene ritmo y es divertido. Sencillo, directo, normal, conversaciones del día a día. Es fresco. Tiene una "trama" (una conspiración) que francamente no importa mucho.

Es un libro "para leer en el metro", lleno de diálogos y con un buen toque de humor. Uso alternativo "Libro que prestar a una amiga lesbi de provincias que quiera hacerse una idea de que va el ambiente en Madrid".


Mujeres Estupendas[/i][/color]. Autora: Libertad Morán. Odisea Editorial, Colección Safos, 2006. 275 paginas.

Continuación de A por todas, la cosa mejora (y mucho). Ruth empieza una relación seria con Sara, mientras todos se preguntan si será capaz de ello.

Lo malo: Puede sorprenderte las pocas descripciones que da de la gente. Si no conoces el estilo puedes pensar que es necesario leerse la primera novela. Aunque si, eso siempre ayuda.

Lo bueno: Se pasa de una unica protagonista a cambiar los puntos de vista, ganando en complejidad y profundidad. Los pensamientos y actitudes están mucho mejor explicadas. Pasa de la "trama" del primer volumen a simplemente explorar las personas y las relaciones, y gana mucho. La percepción gana: Personajes mas reales, dudas mas normales, problemas más reales. El más interesante, mas triste, mas literario.


Una noche más

Ultimo libro de la trilogía.

Desde distintos puntos de vista, Una noche más nos cuenta los avatares y sinsentidos del día a día de Ruth tras dejar a Sara, a la que todo el mundo consideraba como la mujer perfecta para ella. Pero la historia no se queda ahí, en la mera narración del descenso a los infiernos de la heroína de esta trilogía, sino que dibuja con trazo preciso el microcosmos particular de las personas que rodean a ambas, ahondando en sus problemas, miedos, dudas e incertidumbres.

La sutil disección del amor y la dificultad de mantenerlo se deja ver en momentos como este: “¿Qué hace que nos enamoremos de las personas? ¿Qué estúpida sustancia química segrega nuestro estúpido cerebro para que consideremos extraordinario a alguien que no pasa de mediocre? El amor es un chute, no un acto racional. Muchas veces encontramos a personas que parecen perfectas, hechas a nuestra medida. Con intereses, gustos, caracteres parecidos a los nuestros. Afinidad lo llaman. Sin embargo no nos enamoramos. Puede que hasta nos resulten indiferentes. En cambio sucumbimos a personas con las que no tenemos nada en común, con opiniones y modos de ver la vida que no encuentran eco en nosotros. Que, incluso, son diametralmente opuestos y nos llevan a caer en conflicto con nuestros propios principios. Pero nos enamoramos sin remedio. (…) Es irracional. Es químico. Pero también psicológico. O simplemente una dependencia tan absurda y atroz como la que se tiene con una droga. Nos mata poco a poco y con saña pero no podemos prescindir de ella”.

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Re: Libertad Morán

Mensaje  malena el Septiembre 21st 2012, 8:47 am

Webs en las que podemos encontrar gratis los libros de Libertad Morán:

epubgratis

Freelibros

También se pueden comprar en Amazón por el módico precio de $2.48

Amazón
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Re: Libertad Morán

Mensaje  malena el Septiembre 22nd 2012, 1:27 pm

El blog de Libertad Morán:

http://libertadmoran.blogspot.com.es/

Esta es su biografía, escrita por ella misma:

Libertad Morán nació en Madrid, aunque a ella le hubiera gustado más nacer en Kuala Lumpur o en Vénus. Y lo hizo precisamente un martes 13 de febrero de 1979, bajo el signo de Acuario, al igual que Paul Auster, su escritor favorito (aunque como es lerda torpe un pelín dispersa y parece mentira que se pase la vida conectada a Internet, ha tardado casi veinte años en descubrirlo). Comparte cumpleaños con Costa-Gavras, Kim Novak, Oliver Reed, Stockard Channing, Peter Gabriel, Bibiana Fernández, Robbie Williams, Mena Suvari y La Mala Rodríguez. Por tanto, si se diera el caso de que lo celebraran todos juntos, la fiesta sería cualquier cosa menos aburrida. Rara quizá, pero no aburrida. De todas formas, como tal evento nunca tendrá lugar, podéis dormir tranquilos.
Fingiendo pertenecer a Parchís
Su infancia transcurrió durante los míticos años ochenta. Merendaba con Barrio Sésamo y madrugaba los sábados sólo para poder ver La bola de Cristal y a su antaño adorada Alaska (porque ahora, la verdad, a raíz de sus tratos con Interlobotomía y derivados, le está cogiendo un poco de tirria). Tímida, apocada y de gustos raros, en comparación a los demás infantes con los que compartía pupitre en el colegio, pronto descubrió en los libros un agradable refugio en el que pasar todo el tiempo muerto que, por desgracia, tenía. Devoró casi al completo la colección de El Barco de Vapor, los libros de Los Cinco (obvia decir que su personaje favorito era Jorge. O Jorgina, según las diferentes ediciones) y casi cualquier cosa que tuviera letras, desde el lateral de las cajas de cereales hasta un libro de cuentos de Chejov que había en su casa por alguna extraña razón (ella era la única que leía). Sin pensarlo dos veces se subió a una banqueta para poder cogerlo y, acto seguido, se sentó en un rincón a leerlo. Tenía cinco años. Nunca lo superó. Hoy en día afirma que tendría que haberse dejado de tanto libro y haberse dedicado más a aprender a ser superficial, frívola y vulgar si de verdad no quería ser una pobre infeliz en el futuro.

Debido a tanta lectura pronto le entró el gusanillo de imitar a aquellos a los que leía; y es que a cada tonto le da por una cosa distinta. Así que, para no desperdiciar ese arrebato de estupidez supina, se puso manos a la obra: decidió que le iba a escribir un cuento y un dibujo que lo ilustrara a cada niño y niña de su clase de preescolar. Lo de los cuentos digamos que resultó medianamente sencillo, sin embargo lo de los dibujos... Bueno, dejémoslo en que un elefante borracho con un pincel en la trompa dibuja mejor que ella. No obstante, ya había germinado en su interior la semilla de la escritura (como se puede observar en el artificioso lirismo de la anterior frase) y la estampa de la cabeza de Libertad inclinada sobre páginas en blanco que emborronaba frenéticamente con su caótica caligrafía comenzó a ser habitual. Lástima que nadie le pusiera remedio estampando su cabeza contra el papel...

Llegaron los años noventa, el grunge, los vaqueros de pata de elefante, Emilio Aragón intentando ser cantante pop... y la adolescencia. Frente a la explosión hormonal que se desataba en sus compañeros de generación y que los llevaba a flirtear torpemente en discotecas light o en las ferias durante las fiestas del barrio (esos míticos topetazos al objetivo amoroso en los coches de choque al ritmo de Camela... que ella nunca sufrió), Libertad redobló sus esfuerzos en el plano literario y se le metió entre ceja y ceja que tenía que escribir una novela. Eso fue en 1991, año en que Sensación de Vivir se convirtió en la serie de moda, así que os podéis imaginar cuál fue el resultado de la historia que su tonta cabecita ideó... En fin, todos tenemos un pasado y derecho a ignorarlo cuando más nos conviene.


Pero no desesperó, siguió escribiendo miles de páginas fallidas, esquemas, fichas de personajes... ¡Hasta dibujaba los planos de las casas y pisos en los que vivían los protagonistas (técnico, el único tipo de dibujo que se le dio siempre bien)! Y entretanto descubrió otro tipo de literatura muy poco recomendable para su tierna edad: Henry Miller, Anaïs Nin, Charles Bukowski, William S. Burroughs o Jack Kerouac así como todo tipo de autores malditos o escritorzuelos que hablasen de sexo, drogas y rock'n'roll. Pero también autores de la llamada Generación X (saliéndonos un poco del aburrido tema que nos ocupa, muy interesante el artículo enlazado), empezando por el que le puso nombre, Douglas Coupland. Comenzó a interesarle la novela urbana y generacional, así como las historias que hicieran hincapié en los personajes más que en un género u otro (género literario; las cuestiones de género e identidad llegarían más tarde para darle la oportunidad de utilizar la palabra performatividad y sentirse inteligente).


En 1994 murió Charles Bukowski y Kurt Cobain se suicidó (por las mismas fechas nació Justin Bieber; alguien en algún lugar debió pensar que como broma era cojonuda). Pero 1994 es también el año en que la joven Libertad terminó de escribir su primera novela, Nadie dijo que fuera fácil, aquella que comenzó siendo un remedo de la olvidable famosa serie de Jason Priestley y que, al final, dejaba a Historias del Kronen a la altura de Verano azul.

Con quince años Libertad ya había descubierto y asumido su bisexualidad sin problemas. Descubierto, asumido y casi olvidado porque, como comprenderán ustedes, a mediados de los noventa en una ciudad dormitorio de Madrid de cuyo nombre no quiere acordarse, poco podía hacer (al menos en lo tocante a la parte lésbica). ¡Cuánto daño ha hecho el celibato a la literatura! Si Libertad hubiera nacido unos pocos años más tarde, le habría bastado con conectarse a algún chat en el que conocer gente y se habría dejado de pamplinas. Por desgracia para todos, no fue así, por lo que en aquel momento a nuestra querida amiga lo único que se le ocurrió fue seguir escribiendo una novela tras otra... Una novela tras otra... una tras otra, una tras otra... otra... otra... tra... (imaginénse ustedes aquí un dramático efecto de eco. ¿Ya? Gracias. Sigamos).

Antes de cumplir la mayoría de edad todas sus estupideces absurdas divagaciones reflexiones en forma de novela o relato corto llenaban docenas y docenas de cuadernos. Y, por supuesto, estaban convenientemente transferidas a un adecuado soporte informático para que toda su perdida de tiempo obra no desapareciera. A partir de los dieciséis se atrevió a que algunas personas leyeran sus paranoias interesantes historias. Lo malo fue que varias de esas personas cometieron la estupidez de alentarla a que siguiera escribiendo. Pobres, no sabían lo que hacían...





1996 marcó un punto de inflexión en la vida de la joven escritora. Fue ése el año en que, de un modo fortuito y como por casualidad, descubrió el ambiente gay y quedó totalmente fascinada. Conoció el mundo de la noche, los bares, las discotecas, el whisky... y los multiples amoríos que todo aquello implicaba.

Desde los diecisiete hasta los veinticuatro años su vida fue un patético divertido caos en el que la joven escritora se movía como pez en el agua. Añora melancolicamente aquella época en la que se mezclaban largas noches de farra cerrando los bares de medio Madrid, novios, novias, ligues de una noche, amores imposibles, niñatas insufribles, breves resacas (y no como ahora, que un par de cubatas la tumban durante tres días), viajes, manifestaciones, charlas, coloquios, debates, festivales de cine, programas de radio... Porque sí, además de descubrir el mundo de la noche marica, también descubrió el activismo LGTB y se tiró a él de cabeza con la estupidez fuerza y la pasión propias de la ingenuidad e inocencia de su corta edad.

Y es ahora, tras muchos años, cuando Libertad se ha dado cuenta de que siempre ha estado en el bando incorrecto. Se equivocó de colectivo en el que militar, de editorial en la que publicar, de amigos en los que confiar y de personas a las que amar. Le echa la culpa a su idealismo, pero eso es lo que dicen todos los idiotas para justificarse. Y ella ya no tiene remedio.
Haciendo el ganso, para variar

No obstante, durante aquellos años se lo pasó estupendamente bien. Se independizó antes de haber cumplido los veinte, conoció a mucha gente, hizo muchas cosas con las que disfrutó, contaba a sus amigos por docenas (angelito, aún no sabía que se trataba de meros conocidos), reía mucho y muy alto y bailaba hasta el amanecer. Era todo tan idílico... Y es que el tiempo y la pérdida de neuronas es lo que tiene: consigue que creas de verdad que cualquier tiempo pasado fue mejor.

2003 se alzó como el segundo punto de inflexión de su absurda agitada trayectoria vital. Motivada por esa tonta esperanza juvenil de alcanzar su sueño (publicar libros), envió una novela a un premio de literatura. Y le tocó la china, oigan. Sonaron campanas celestiales y armoniosos violines. Y a ella casi le dio un soponcio y un ataque de ansiedad cuando le comunicaron que había resultado finalista del V Premio Odisea con la novela Llévame a casa.

Y entonces, justo cuando conseguía su sueño de ser escritora, fue el momento en que dejó de serlo. Lamentable. Lamentable que no sucediera antes, claro. Porque sí, con veinticuatro añitos nuestra pipiola amiga publicó un libro por primera vez. Y por primera vez se topó de frente con algo de lo que había oído hablar, pero que nunca había experimentado: el bloqueo.



Muchos pensarán que eso no es cierto puesto que tras la publicación de esa primera novela le siguieron tres más: esa famosa (¡juas!) trilogía compuesta por A por todas (2005), Mujeres estupendas (2006) y Una noche más (2007), novelas editadas y reeditadas en distintos formatos y ediciones (algunas incluso con nocturnidad y alevosía). Sin embargo, esas novelas se convirtieron en un trabajo más, su forma de escribir perdió frescura y, lo más importante, dejó de escribir por el mero placer de hacerlo.


Desde el otoño de 2007, momento en que se publicó su última novela hasta la fecha y que, además, coincidió con el inicio de la crisis económica mundial (con el estallido de las hipotecas subprime) Libertad apenas sí se ha dejado notar por el mundillo literario: el relato La otra noche en la compilación Las chicas con las chicas, así como una mención a sus novelas en el ensayo ... que me estoy muriendo de agua de María Castrejón y un artículo crítico dedicado a su obra en Ellas y nosotras. Estudios lesbianos sobre literatura escrita en castellano a cargo de Jackie Collins. Pero, vamos, que en estos dos últimos ella no ha tenido nada que ver.


Durante todo este tiempo ha hecho muchas cosas. De algunas prefiere no hablar, aunque también la han tenido en la palestra pública, nocturna y editorial, porque empezaría soltar sapos y culebras por esa bocaza boquita de piñón que la naturaleza le ha regalado. Otras no son nada del otro jueves (intentar sobrevivir pese a la crisis, huir de Madrid, regresar a Madrid, cambiarse de piso veintisiete veces y descubrir con gran desolación que el 90% de la gente en la que confiaba le estaba reservando una puñalada por la espalda en el momento que menos lo esperaba). Quizá lo más relevante sea su desmedida afición por las series (afición que ha alegrado sobremanera la cuenta corriente de sus sucesivos proveedores de Internet y, especialmente, la de Verbatim). Al igual que sucedió con los libros durante su infancia y adolescencia, en la edad adulta ha descubierto en la ficción televisiva serializada uno de los mejores refugios para olvidarse de ella misma.


En 2012, con eso de que se acerca el fin del mundo y tal, está preparando su regreso a las librerías. Todavía no sabe cómo, cuándo ni dónde (y ya debería saberlo porque para cuando se quiera dar cuenta llega el 21 de diciembre, todos kaput y ella sin sacar el dichoso nuevo libro), sólo sabe que, como Terminator, volverá...





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Re: Libertad Morán

Mensaje  malena el Septiembre 29th 2012, 11:37 am

Fuente: Erwartungshorizont

A por todas


Título: A por todas
Autor: Libertad Morán

Ficha anobii

Si he de ser sincera, compré este libro en Berkana cuando salió, hace ya unos años, en mis primeras exploraciones por las tiendas temáticas, pero lo cierto es que nunca vi el momento de leerlo, y desde entonces ha estado cogiendo polvo en la estantería.

Hace poco, gracias al foro de Zonaereader, por el que me muevo habitualmente, leí un interesante artículo de Libertad Morán sobre el tema de los derechos de autor. Me gustó su forma de escribir y su forma de pensar con respecto a ciertos temas, por lo que decidí rescatar virtualmente un ejemplar de su novela (eufemismo mode on) y darle una oportunidad.

Lo primero que me llamó la atención de la novela es el estilo, bastante simple si lo ponemos en relación con el empleado en los artículos. Y no lo digo con connotación negativa, en absoluto. Si bien en un primer momento me sentí algo decepcionada, es cierto que dota a la narración de un ritmo ágil a través de un estilo claro, sencillo y, sobre todo, muy fresco. Libertad Morán ha sido capaz de simplificar y, al mismo tiempo, conservar una literariedad impecable (la comparación del amor en el ambiente con la conducción es, sencillamente, magistral).

Hay cosas que me chocan con respecto al punto de vista de la narración. Creo que es un error plantear una narración en primera persona para después otorgarle el poder de un narrador omnisciente. Por ejemplo, a la hora de contar la historia de Carmen, ¿cómo es posible que Ruth sepa tantos detalles al respecto? Comenta incluso cómo se miran o cuándo giran la cara. Que Carmen le haya contado la historia con tantos pelos y señales es algo posible, pero, bajo mi punto de vista, bastante improbable.

Comenta la autora en el prólogo que, si bien una lesbiana puede sentirse identificada con una protagonista heterosexual y sus idas y venidas emocionales, no ocurre lo mismo a la inversa. Y esa es la sensación que he tenido a lo largo de todo el libro. Creo que, de haber sido heterosexual, no habría llegado a conectar con este libro como lo he hecho. Probablemente me hubiese parecido lioso, surrealista y, sobre todo, exagerado. Pero lo cierto es que nada más lejos de la realidad: Libertad Morán ha sabido plasmar al 100% la que supongo habrá sido su realidad durante muchos años, pero también la mía y la de muchas lesbianas que conozco. He de admitir que más de una vez me he sorprendido a mí misma esbozando una sonrisa ante las esperpénticas explicaciones de una liada con otra, que a su vez es la ex de la que está al lado, que le puso los cuernos con la que está en la barra, que además estuvo liada con... Sin embargo, refleja también la otra cara de la moneda: la de aquellas que, incapaces de encontrar a alguien que valga la pena dentro del mundillo, acaban a veces por desesperarse en un vacío emocional del que no se sabe muy bien cómo salir.

Como punto negativo, señalar que algunas peroratas son más propias del ensayo que de la novela, como la explicación de la necesidad de espacios propios para mujeres. Si bien coincido completamente con su opinión y agradezco que argumente de una vez por todas esta cuestión a todos aquellos que acaben con un ejemplar entre sus manos, bajo mi punto de vista está, quizás, un poco fuera de lugar en este caso.

Si bien como libro no es una obra maestra, creo que es un libro que engancha, que se lee rápido, es entretenido y agradable, y desde luego, como ya he comentado, que ha sabido plasmar muy bien una realidad bastante desconocida por el público en general. Recomendable.
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Mujeres estupendas

Mensaje  malena el Septiembre 30th 2012, 12:26 am

Fuente: Erwartungshorizont

Mujeres estupendas


Título: Mujeres estupendas
Autor: Libertad Morán

Ficha anobii

Mujeres estupendas es la segunda parte de la trilogía iniciada con A por todas, por lo que recomiendo a quienes no hayan leído el primero, se ahorren el leer esta entrada si no quieren que les destripe el argumento.

De entrada, he de decir que este libro se me ha hecho a veces más pesado que el primero, y aun así, como libro, me ha gustado bastante más. Ya no es una sola historia, ya no es Ruth y las mujeres que pululan por su vida. La estructura tan característica de las partes de Ruth en primera persona se repite en este caso con una nueva protagonista: Sara. A través de su punto de vista nos hace partícipes de la otra cara de la moneda, lo que, paradójicamente, le hace poder indagar mucho más en el perfil psicológico de Ruth, al mostrarnos cómo su actitud va retorciendo y contaminando la relación hasta un punto casi insostenible.

Para complementar la historia, las conversaciones telefónicas de nuestra primera protagonista se dan en este caso entre su mejor amiga, Pilar, y su nueva novia, Pitu. Mención especial bollomoñas al par de dos, con unas dosis de pastel que no me suenan de naaaaaada (cof, cof).

Y por último, pero no menos importante, paralelamente se desarrolla la historia de Ali. Bajo mi punto de vista es, junto con el final, lo mejor de todo el libro. El personaje de Ali, que en el primer libro me resultaba insoportable, se ha convertido en mi preferido de lejos. Pocas veces he llorado con un libro, pero con las partes de Ali no he podido evitar que se me saltaran las lágrimas en algunos capítulos. El capítulo de la pizza es, sencillamente, brutal.

A nivel anecdótico, decir que al final del primer libro encontré la dirección de correo electrónico de Libertad Morán y decidí enviarle la reseña del primer libro, y ella, muy amablemente, me agradeció el correo y me invitó a remitirle las reseñas posteriores, si las hubiera. Y supongo que algunos compañeros de Zonaereader coincidirán conmigo en lo difícil que es escribir una crítica sabiendo que el autor anda por ahí pululando, ¿verdad?

Y como apunte, decir que he encontrado unos cuantos errores de puntuación y ortografía, pero nada que sea lo bastante grave como para no darle la oportunidad que, sin duda, se merece.

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Re: Libertad Morán

Mensaje  malena el Octubre 2nd 2012, 11:04 am

Erwartungshorizont

Una noche más



Título: Una noche más
Autor: Libertad Morán

Ficha anobii

Una noche más pone punto y final a la trilogía que ya iniciara con A por todas y continuara con Mujeres estupendas. Si queréis evitaros spoilers (y disfrutar de un tiempecito de buena literatura), os recomiendo que dejéis de leer esta reseña y os lancéis a por el primero.

Me cuesta hablar con palabras serias de esta trilogía, sin caer en el "¡Pero quéeeeeeeeeeeeeeeeee guay ha sido!" que tengo en mente en estos momentos. Qué bien escribe esta chica, de verdad. Da gusto encontrarse con cosas así de bien hechas, sobre todo cuando estoy segura de que las circunstancias en cuanto a la publicación no han ayudado mucho y ha tenido que sacarse las castañas del fuego más de una vez y más de dos.

Una gran historia, real como la vida misma, bien contada, con personajes bien construidos, perfectamente definidos, que es una de las cosas que más valoro y que más me cuesta encontrar en las últimas novelas que he leído. Lo he leído tan despacio, sin leer compulsivamente como otras trilogías a las que me he enganchado, sino que he podido saborearlo poco a poco y lo he disfrutado tanto que me da miedo abordar sus otros libros, por si no están a la altura. En cualquier caso, lo intentaré con los otros también, sin duda alguna.

Quitaos de la cabeza los prejuicios en cuanto a la literatura lésbica, si los tenéis, y lanzaos de cabeza a por la trilogía de Ruth, sin pensarlo. De verdad que merece la pena.

Puntuación: 5 sobre 5
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Llévame a casa, Libertad Morán

Mensaje  malena el Octubre 11th 2012, 5:25 pm

Fuente: libroshomoeróticos


Llévame a casa, Libertad Morán (les)



El azar es quien rige la vida de las protagonistas de Llévame a casa, obra finalista del V Premio Odisea de Literatura. Esta es la historia de cuatro mujeres que se enfrentan a sus vidas con valentía y atrevimiento, superando los imprevistos que les guarda el destino. Silvia y Ángela son dos chicas que se enamoran y confían haber encontrado, al fín, el verdadero amor. Paloma tiene que fingir ante su familia estar enamorada de su marido, aunque en realidad anhela recuperar el amor juvenil de su primera novia. Y Jose, cuyo mundo se derrumba, cuando conoce a Luis, un chico desinhibido y dulce, y se enamora de él. Personajes que se debaten en un mundo cuyas reglas no controlan, en una ciudad que juega con ellos a su capricho. Llévame a casa es una emocionante crónica de los amores que duran y que cambian, de la tragedia que se esconde detrás de la soledad, y de las imposturas que la vida obliga a adoptar. Llévame a casa, finalista del V Premio Odisea de Literatura, supuso el descubrimiento de una de las autoras más controvertidas de la literatura contemporánea.




Última edición por camila el Octubre 13th 2012, 9:50 am, editado 1 vez
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Re: Libertad Morán

Mensaje  malena el Octubre 11th 2012, 5:43 pm

Llévame a casa

Extracto 1

SILVIA

Se levantó a media mañana. Por una vez había conseguido no vegetar en la cama hasta la hora de comer. Entonces decidió no hacer caso al estado depresivo que llevaba varios días dominándola. Se dio una ducha y cambió las sábanas de la cama. Recogió un poco la casa y preparó café. Encendió el ordenador mientras se servía una taza. Su perro le imploraba con la mirada para que le bajase a la calle. Hizo caso omiso a sus ojos suplicantes y abrió su correo electrónico. Ningún mensaje. Sintió una punzada de vacío en el estómago. Últimamente todo el mundo parecía haberse olvidado de ella. Luego comprobó el estado de su cuenta corriente sin saber muy bien por qué, aún faltaba mucho para que le ingresasen el dinero del subsidio del paro. Su estómago se inundaba de decepción al ver cómo la cantidad que había ahorrado iba menguando día tras día. A pesar de sus esfuerzos por animarse, las circunstancias no se lo ponían nada fácil. Apagó el ordenador y buscó la correa del perro.

Ya en la calle, sintió deseos de fumarse un cigarrillo. Sabía que era inútil. Había decidido dejar de fumar para recortar gastos. Y aunque en alguna ocasión había comprado cigarrillos sueltos, en esencia, superando con mucho esfuerzo la ansiedad creada por la falta de nicotina, se podría decir que lo estaba consiguiendo. Para alguien que llegaba a fumarse casi dos paquetes diarios era todo un logro.

Sí, su vida había dado un giro radical en los últimos dos años. Primero fue la ruptura con su novia lo que le sumió en un continuo estado de dolor del que llegó a creer que no saldría jamás. Luego fue lo que ella veía como el distanciamiento de algunos de sus amigos, siempre inmersos en sus trabajos, en sus fantásticas parejas y en innumerables quehaceres que no solían incluirla a ella. Y, para acabar de rematar la faena, se había quedado sin trabajo. Finalización de contrato sin posibilidad de renovación y un exiguo paro que apenas si le llegaba para cubrir gastos. ¿Quién no se hundiría ante una situación así? Le hacía gracia que algunos de los amigos que había logrado conservar le restaran importancia a lo que le estaba ocurriendo. Daría su brazo derecho por verles a ellos en su situación. Debía de resultar fácil, desde un pedestal construido sobre un buen trabajo, pareja estable y bonanza económica, decir lo que marchaba mal en una vida que sólo veían desde fuera. Ella nunca había disfrutado de esa situación tan cercana a la felicidad que parecía regir la existencia de sus amigos. Siempre había fallado algo. Y ahora se le acababa el dinero, se le acababan las ilusiones, se le acababan las fuerzas. ¿Que tenía que salir de todo aquello? Ya lo sabía, no hacía falta que se lo recordaran a cada momento. Pero tampoco necesitaba que le dijeran que su pesar no tenía razón de ser.

Tiró de la correa para que el perro dejase de husmear en los arbustos del parque y ambos iniciaron el camino de regreso a casa. Al subir al piso le rellenó el comedero con pienso y agua fresca. Miró su reloj de pulsera. Era demasiado tarde para ir al gimnasio, mejor lo dejaba para última hora. Comenzó a preparar la comida.

Comió sin ganas, más que nada por obligarse a meter algo en el estómago. Recogió los platos, fregó toda la loza acumulada en el fregadero y se sentó frente al televisor. Aún no eran las cuatro y sentía que ya había agotado el día. ¿Qué hacer hasta que llegase la noche, hasta que llegase el momento de acostarse, de dar por finalizado un día más, otro día desperdiciado y tirado por el desagüe de su vida? Había decidido ir al gimnasio a última hora para cansarse lo suficiente como para llegar a casa, ducharse,
comer algo rápido y meterse en la cama antes de que el insomnio volviese a hacer acto de presencia. A ver si así mañana podía levantarse más temprano. Pero, más temprano, ¿para qué?

En televisión no había nada interesante y tampoco le apetecía poner alguna película que, seguramente, ya se sabría de memoria. El ordenador quedaba descartado porque navegar por la red durante horas para llenarse la cabeza de información inútil le resultaba una actividad alienante en ese momento. Tampoco tenía la suficiente calma como para leer un libro. En verdad no tenía ganas de nada. Se sentía como un animal enjaulado, un ave a la que le han cortado las alas y sólo puede dar pequeños saltos en busca de una salida.

Le hubiera gustado no estar tan pendiente de los gastos e irse al cine o a cenar algo más apetitoso que la repetitiva pasta que tomaba últimamente para llenar el estómago. O correrse una buena juerga y quizá acabar en la cama con alguna chica. Sin embargo sabía que nada de eso era posible. Sin dinero no hay placeres.

Pero tenía que salir de aquellas cuatro paredes como fuera. Necesitaba estar acompañada. Y su compañero de piso no llegaría hasta bien entrada la noche. Pensó en tirar de agenda y llamar a alguien. Un rápido vistazo le disuadió de hacerlo. No le apetecía ver a nadie de los que se encontraban en ella. Aparte de que ponía en duda que alguno de ellos tuviera tiempo para verla.

En un arrebato repentino, se puso una chaqueta, cogió las llaves y se lanzó a la calle.



Fue en metro hasta el centro y se bajó en Callao. Bien, ya estaba en la calle, ahora ¿qué hacía? Comenzó a andar lentamente, con un aire dubitativo que contrastaba enormemente con los andares nerviosos y acelerados de los transeúntes que llenaban aquella tarde la Plaza del Callao. Caminó distraídamente calle del Carmen abajo, mirando escaparates, hasta llegar a la Puerta del Sol. Ya allí, se quedó un momento apoyada en la estatua del Oso y el Madroño fingiendo que esperaba a alguien. Se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta y miró con indiferencia hacia el reloj recordando la cantidad de veces que había venido a este lugar a tomar las uvas en Nochevieja. Durante diez minutos mantuvo su posición, observando a la gente que iba y venía. Una vez transcurrido ese tiempo, dio media vuelta y comenzó a desandar el camino que había recorrido un rato antes. Esta vez sus pasos la condujeron al interior de la Fnac. Sabía por experiencia que era decepcionante entrar en un sitio como aquel en un momento en que su cuenta corriente estaba sometida a la restricción de las vacas flacas, pero estaba tan aburrida que pensó que nada tenía que perder por entrar.

Hizo la primera parada en la planta de discos. Puesto que en esta ocasión no tenía intención de comprar nada, se dijo a sí misma que era una buena oportunidad para mirar discos con calma. Escuchó varios de ellos, tomando nota mentalmente de los que luego podría intentar bajarse de Internet. Pasó un largo rato
mirando los cofres y las ediciones especiales y sus exorbitantes precios. Tras media hora allí, decidió que era el momento de cambiar de planta y se dirigió a la de libros.

Estaba a punto de empezar a subir por las escaleras mecánicas cuando una chica que venía por detrás chocó con ella y, a causa del tropiezo, estuvo a punto de caérsele una bolsa de la Casa del Libro
que llevaba en la mano.

—Perdona —dijo ella con voz neutra y apenas audible, como en todas las ocasiones que le ocurría algo parecido. Mascullaba alguna fórmula de cortesía y procuraba desviar la mirada hacia otra parte rápidamente.

—No, perdóname tú a mí —dijo la chica de manera desenvuelta—. Siempre voy sin mirar.

Entonces Silvia volvió a posar la vista en la desconocida. No pudo por menos que mirarla con admiración. Era muy guapa. Llevaba el pelo rubio cortado a medio camino entre el estilo garçon y el look que Meg Ryan impuso hacía tres o cuatro temporadas. Pero el parecido con la actriz terminaba ahí. Sus ojos
eran redondos y castaños, enmarcados en un rostro anguloso que imprimía dureza y decisión a una expresión inicialmente dulce.

Llegaron a la tercera planta y al ver que, en lugar de echar a andar y perderse entre los estantes, la mujer giraba, igual que ella, a la derecha para seguir ascendiendo, descubrió, no sin cierta alegría, que —era obvio— iban al mismo sitio. El último tramo de escaleras se le hizo incómodo. Le lanzó una tímida sonrisa de circunstancias y cuando las escaleras llegaron al nivel de la cuarta planta, casi suspiró aliviada.

Se detuvo ante el mostrador de novedades observando cómo la desconocida se dirigía con paso decidido hacia el fondo. Manoseó algunos libros sin mirarlos realmente al tiempo que lanzaba furtivas miradas en la dirección por la que se había encaminado la mujer. Pronto la perdió de vista. La buscó con disimulo hasta volver a avistarla mientras iba deteniéndose en cada nuevo mostrador que se cruzaba en su camino. Cogía un libro, le daba la vuelta, leía por encima la contraportada y lo volvía a dejar en su sitio. Así una y otra vez. Notó que miraba a la desconocida con demasiado ahínco y trató de disimularlo. Siguió avanzando hasta encontrarse en la sección de los libros de bolsillo, a pocos metros de donde se encontraba el objeto de sus miradas. Bien, al menos no parecía haberse percatado de su interés. Le dio intencionadamente la espalda y cogió un libro al azar. Cuando posó la vista en él sintió una punzada en el estómago. Era un libro de Patricia Highsmith titulado Carol. Carol. El nombre de su ex novia. Aunque por alguna de sus innumerables manías nunca permitía que nadie la llamase así. Ni siquiera ella. Carol, no. Carolina, como la canción. Al darle la vuelta y leer la contraportada comprobó, no sin cierto estupor, que el argumento de la novela giraba en torno a la historia de amor que surgía entre dos mujeres. Increíble. ¿Cómo es que nunca había oído hablar de él?

—¿Lo has leído? —le preguntó una voz a su lado. Tardó varios segundos en reaccionar. Desvió la mirada del libro para dirigirla hacia el rostro de la autora de la pregunta. Que no era otra que la mujer desconocida que llevaba un cuarto de hora observando furtivamente.

—¿Eh? No, no. No lo he leído. La verdad es que nunca había oído hablar de él.

—¿No? —pareció sorprendida—. Está muy bien. Al menos a mí me gustó mucho cuando lo leí. Aunque hace años de eso. — Soltó una breve carcajada—. Cuando estaba en el instituto, creo.

—Sí, la verdad es que tiene buena pinta —afirmó con toda la intención de dejarle claro que le interesaba mucho el tema del que hablaba la novela.

—¿Sabes —comenzó a decir cogiendo otro ejemplar— que este fue uno de los primeros libros de temática gay que tenía un final feliz? Se publicó en los cincuenta. —Miró el libro con aire ausente—. En esa época no era tan fácil como ahora decir lo que pensabas. Ni lo que sentías.

—Ya —dijo ella pensando automáticamente que estaba quedando como una completa imbécil.

—Me parece que me lo voy a comprar. Hace mucho que lo leí y me gustaría releerlo. Me trae buenos recuerdos.

Ella asintió y no abrió la boca. La desconocida la miró a los ojos como si quisiera desentrañar algún misterio en su fondo.

—Te lo recomendaría pero como no conozco tus gustos… Tus gustos literarios, ya me entiendes, pues no me atrevo…

«Vaya forma más directa de averiguar si entiendo», pensó Silvia. Decidió ponérselo fácil.

—Me llama la atención pero, la verdad, un libro que lleva en la portada el nombre de mi ex me tira un poco para atrás.

¿Fue satisfacción lo que sugería la abierta sonrisa con la que había recibido la confirmación de sus sospechas?

—¿Tu ex novia se llamaba Carol? —preguntó la desconocida.

—Carolina —puntualizó ella—. No soportaba que la llamasen Carol. —Carolina —repitió la desconocida asintiendo con la cabeza —, como la canción.

—Sí, como la canción —afirmó ella con un deje irónico.

—¿Otro recuerdo doloroso? —preguntó temerosa.

—Más bien. Pero hace tiempo que dejó de importarme.

La desconocida hizo un gesto de barrido con la mano, como si corriera un tupido velo sobre la conversación anterior.

—Bueno, dejemos a un lado los temas desagradables. Me llamo Ángela.

Y le tendió la mano. Ella se sintió un tanto contrariada ante ese gesto tan formal y típicamente anglosajón. Se la estrechó con firmeza al tiempo que decía su nombre.

—Yo me llamo Silvia.


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Re: Libertad Morán

Mensaje  malena el Octubre 13th 2012, 9:54 am

Lorena Sanmillán

He vuelto a la Revista Comala, porque me dijeron que aquí se cultivan las artes, para compartir con ustedes algunas sugerencias como lectora y boceto de escritora. Algunas de ellas están dictadas bajo preceptos personales y otras, por postulados académicos. Recomendar un libro es un albur. Que nos guste a nosotros no implica que les guste o les sirva a los demás. Hay que hacerle caso al ensayo de Gabriel Zaid, “Los demasiados libros” para leer sólo aquellos que se roben nuestra pasión. Leer por placer es magnífico. Cultivar la lectura mejora la escritura.

1.- Llévame a casa. Libertad Morán. (Odisea Editorial, 2003). Esta obra, finalista del premio Novela Odisea Editorial 2002 -escrita por la autora a sus 24 años- denuncia el oficio de quien ha identificado a tiempo lo que quiere hacer con sus letras. Es una novela fresca, juvenil y polifónica. Escrita a seis voces que se conjugan en una sola en el capítulo final, sin perder su identidad. Crónica urbana y emotiva que conduce a la empatía por los amores imposibles, las cobardías dolorosas y la intensa búsqueda de la felicidad y el amor. Amaral le sirve como soundtrack, confiriéndole un aire contemporáneo en un Madrid donde las mejores historias pueden comenzar una tarde cualquiera en los pasillos de la FNAC.

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Re: Libertad Morán

Mensaje  malena el Octubre 13th 2012, 10:00 am

Extracto 2

Hacia las nueve, Ángela se ofreció a llevarla hasta su casa. Había venido en coche porque su hermana vivía en las afueras y lo tenía aparcado en el parking de Santo Domingo. Mientras caminaban hacia allí, volvieron a hablar de cosas sin importancia, abandonado ya el tono de interrogatorio que Ángela había
adoptado en la cafetería. Se montaron en el coche y Silvia le indicó cómo ir hasta su casa. Cuando llegaron, Ángela paró el coche en doble fila y puso el intermitente.

—Así que aquí vives tú —dijo Ángela mirando a los edificios que se encontraban a la derecha.

—Sí —rio Silvia—. Pero en ese portal de allí —explicó señalando hacia el otro lado de la calle.

—¡Ah! —sonrió.

Se hizo un silencio incómodo en el interior del coche. Silvia estaba nerviosa. No sabía qué decir ni qué hacer.

—Bueno, pues nada, ya nos vemos —fue lo único que se le ocurrió.

Y abrió la portezuela para salir.

—Sí… Ya nos vemos —repitió Ángela un tanto cortada.

Silvia salió del coche y cerró la puerta. Hubiera dado lo que fuera por haber continuado hablando, por haber tenido el suficiente valor como para haberla invitado a subir a su casa a tomar algo o a cenar. Pero la timidez y el nerviosismo la paralizaban. Aparentando normalidad, comenzó a bordear el coche. Estaba a punto de cruzar la calle cuando Ángela la llamó.

—Silvia, espera.

Una súbita alegría le recorrió el cuerpo por entero. Tuvo que hacer esfuerzos para no darse la vuelta con la estúpida sonrisa que se acababa de apoderar de su rostro.

—¿Sí? —preguntó volviendo a dirigirse al coche.

Vio que Ángela se había girado y buscaba algo en el asiento de atrás. Cuando volvió a mirar hacia Silvia le tendió un libro. Era el libro de Patricia Highsmith.

—Toma. Léetelo y así me dices qué te parece.

Silvia cogió el libro como una autómata. Se había quedado sin palabras. Otra vez.

—Ah… Bueno, vale… Me lo leeré enseguida para devolvértelo cuanto antes.

—Tranquila, sin prisas. Espero que te guste —quitó el intermitente—. Bueno, ahora sí que me tengo que ir. Ya hablamos, ¿vale? —Vale —contestó Silvia.

Y se dio la vuelta para dejar de mostrar su estúpida cara de felicidad. Sintió alejarse el coche tras de sí justo en el momento de darse cuenta de que no se habían intercambiado los teléfonos ni nada. Busco el coche con la mirada pero ya había desaparecido de su campo de visión. ¿Cómo iban a volver a verse? ¿Qué iba a hacer Ángela para encontrarla? ¿Ir puerta por puerta por todos los bloques de su calle hasta dar con ella?



Última edición por camila el Octubre 19th 2012, 1:29 pm, editado 1 vez
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Re: Libertad Morán

Mensaje  malena el Octubre 19th 2012, 1:28 pm

Extracto 3

Se leyó el libro de un tirón aquella noche. Sin embargo fue dejando pasar los días sin atreverse a llamar a Ángela. Para cualquiera hubiera resultado obvio que debía llamarla. Le había regalado un libro y en él había escrito una dedicatoria lo suficientemente explícita. «Inténtalo», decía en ella. Ángela debió adivinar el miedo que tenía a iniciar una relación, un miedo que no era sino una muy poco hábil manera de disfrazar el deseo que tenía de enamorarse. Y Ángela le decía que lo intentara. Arriesgándose más se podría incluso afirmar que le estaba instando a intentarlo con ella. ¿Por qué dudaba entonces? En un par de ocasiones había cogido el móvil y había marcado los números de su teléfono. Sin embargo no llegó a pulsar el botón para iniciar la llamada.

Fue Jose quien le dio la idea. ¿Por qué no montaban una pequeña reunión para el sábado e invitaban a unos cuantos amigos y, entre ellos, a «la chica de la Fnac», que era como su compañero de piso había bautizado a Ángela?

—Pues si te parece tan buena idea, ¿a qué esperas para llamarla? Ya estamos a jueves, como te descuides, cuando la quieras llamar tendrá otros planes… —le espetó Jose.

—Es que…

—Ejque, ejque, ejque,… —repitió Jose con acritud saliendo del salón.

Cuando regresó, Silvia vio que tenía el libro de Patricia Highsmith abierto en una mano y en el otro un móvil. ¡Joder! ¡Era su móvil!

—¡Jose! ¿Qué coño haces? —preguntó alarmada levantándose de un salto del sofá.

—Hacerte un favor. Toma, está dando señal… —le tendió el teléfono.

—¡Te voy a matar! ¡Eres un…! —No pudo continuar, al otro lado habían descolgado.

—¿Sí? —respondió una voz femenina. Silvia fulminó a Jose con la mirada.

—¿Ángela? —preguntó temerosa.

—Sí, soy yo —dijo ella. Pero no dijo nada más, se limitó a permanecer a la espera.

—No sé si te acuerdas de mí, soy Silvia… Nos conocimos el otro día en la Fnac…

La voz de Ángela cambió del tono impersonal a uno mucho más alegre.
—Claro que me acuerdo de ti. ¿Qué tal estás?

—Bien, bien,…

—Vaya, ya pensaba que no me ibas a llamar. Creí que te había asustado con lo del libro…

—No, no, tranquila, no me asustaste… Oye, mira, te llamaba porque, bueno, no sé, supongo que ya tendrás planes pero este sábado vamos a hacer en casa una pequeña fiesta con algunos amigos y había pensado que si quieres te podías pasar y…

—Y así comentamos qué te ha parecido el libro, porque te lo habrás leído, ¿no? —le dijo en un divertido tono mordaz.

—Sí… Claro —respondió Silvia pillada un poco por sorpresa.

—Me parece bien. Me tendrás que dar tu dirección exacta. Sé más o menos cómo llegar hasta allí pero no sé ni el portal ni el piso.

Silvia le dio la dirección bajo la mirada expectante y sonriente de Jose, que no se había perdido ni una sola palabra de la conversación.

—Bueno, pues el sábado nos vemos. ¿Sobre qué hora quieres que vaya?

—No sé, sobre las ocho más o menos.

—Sobre las ocho, vale… ¿Éste es tu número?

—Sí.

—No, es por si me retraso o algo, aunque no creo, aún no había hecho planes, siempre lo dejo para el último momento.

—Pues nada, nos vemos el sábado entonces.

—Venga, nos vemos. Un beso, ciao.

—Adiós.

Silvia colgó el teléfono con una sonrisa alucinada.

—¡Va a venir!

—Ya me he dado cuenta, niña, no creo que le estuvieras dando
la dirección para el censo.

—Pues ya puedes ir llamando a la gente para que venga el sábado, que no tengo ganas de que luego no venga nadie y se piense que le he montado una encerrona.

—Uhmmmm, ya quisiera yo que me montara una encerrona alguien con una cama como la tuya… —le dijo juguetón.

Silvia le empujó sin mucha convicción mientras salía del salón.

—¡Idiota!

—Ya verás cómo al final vas a tener que agradecérmelo… —le gritó riendo.
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Re: Libertad Morán

Mensaje  malena el Octubre 30th 2012, 4:38 pm

Talleres literarios de Libertad Morán.

Pues sí, vuelvo al ruedo. Y en esta ocasión lo hago retomando un viejo proyecto al que le tenía muchas ganas: impartir talleres literarios.

Aún no sé cómo funcionará. De momento estoy ofertando tres tipos de curso: uno, el más extenso en tiempo y diverso en temas a tratar, de escritura creativa en una fase inicial; en otro se enfoca únicamente el relato corto y, por último, un curso, también específico, que todavía no he visto ofertado en ningún sitio: autoedición en libro digital, de carácter intensivo, donde me centraré en temas menos literarios y más técnicos como puede ser la maquetación de eBooks, el uso de plataformas en las que se pueden ofertar y vender dichos eBooks y la promoción a través de Internet, especialmente en redes sociales, tanto en las generales como en las especializadas en literatura y cultura.


Más información aquí
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Re: Libertad Morán

Mensaje  malena el Noviembre 19th 2012, 10:58 am

Fuente: [url=http://libertadmoran.blogspot.com.es/#!/2012/04/los-ladrones-del-copyright.html]Blog de Libertad Morán

Los ladrones del Copyright

Ayer se celebró el Día del Libro. Y de los Derechos de Autor, coletilla que a menudo se olvida a la hora de reseñar este día. Los tan traídos y llevados derechos de autor que, desde que internet está al alcance de la gran mayoría, trae de cabeza a la industria del entretenimiento y la cultura. Polémica cuestión que suele enfrentar a autores y creadores y a éstos con el público. Cualquiera que me conozca sabe ya cuál es mi postura al respecto, no obstante voy a dejarla clara por enésima vez.

Este año, el Día del Libro coincide con la circunstancia de que todas las novelas que he escrito están disponibles gratis en la red. Sé que antes ya circulaban por ahí, pero es ahora cuando algún alma caritativa se ha dedicado a maquetarla en ePub, un formato más apropiado que el pdf a 12 eurazos que vende mi ex editorial. No voy a enlazar los sitios en los que se pueden conseguir, no porque no quiera que se descarguen sino porque no quiero que ningún imbécil les apunte con el dedo y tengan que eliminar los enlaces. Sin embargo, sé que ustedes son inteligentes y sabrán cómo encontrarlos.

Ni qué decir tiene que me hace una ilusión tremenda que me pirateen. Eso significa que mi creación es demandada por el público. Y que al fin las fronteras se han eliminado por completo. Personas de todos los países del mundo podrán acceder a unas novelas que, por su escasa distribución, no llegaban a donde tenían que llegar. Otros autores podrán pensar que estoy loca, pero prefiero que los lectores conozcan mi obra a que ésta se quede limitada a unos pocos puntos de venta.

Y, por supuesto, no consiento que nadie les llame ladrones.

Aquellos que, sin el más mínimo ánimo de lucro, se descargan una copia de mi libro o del tuyo (y que, probablemente, por mucho que en el fondo le duela a nuestro ego, no llegarán a leer jamás) no son los ladrones en esta historia. Esas personas pueden hacerlo por varias razones: voracidad cultural, escasos recursos económicos o porque creen en ese polémico concepto de “cultura libre” que no se acaba de entender. Hay que dejar de pensar que una descarga más supone una venta menos. No es así. Está comprobado (aunque algunos se nieguen a creerlo) que las personas que más descargan contenidos de la red son también las que más consumen cultura por la vía tradicional. La persona que lee dos o tres libros al año no va a leer más (o comprar menos) por poder descargarse algunos de un modo gratuito. La persona que lee cien o ciento cincuenta libros al año es el verdadero consumidor de cultura. Disparatado, ¿verdad? Sin embargo, a esa persona realmente le gusta la cultura y hasta ahora tenía que decidir en qué se gastaba el dinero y en qué no podía gastárselo. Este consumidor compraba determinados libros, discos, películas, iba al cine, al teatro y a conciertos eligiendo lo que más le gustaba en detrimento de otras obras. Pero al ser un verdadero consumidor de cultura le dolía limitarse a lo que su economía personal le pudiera permitir. Por eso, ahora que puede, hay otras obras que las descarga de la red, para ampliar su círculo cultural.

Esa persona no va a dejar de comprar libros. Yo no voy a dejar de comprar libros.

Y esa persona no es una ladrona. Ni yo tampoco lo soy.

Las bibliotecas pueden ser una opción, sí. No obstante, es una opción limitada en sí misma. La oferta de títulos es, a menudo, escasa. Y obedece a cuestiones harto arbitrarias. Muchas, muchísimas obras se quedan fuera. La biblioteca, en mi adolescencia y hasta hace no mucho, fue la que me permitió poder leer sin arruinarme. Pero quién sabe cuántos buenos libros me perdí. Leer mucho ha sido y es lo que me permite escribir. Si no pudiera nutrir mi imaginación y mi estilo con las obras de otros jamás podría crear por mí misma. Por tanto, si la cultura no circula, es imposible que se pueda generar más cultura.

Pero yo estaba hablando de ladrones.

Y es que los verdaderos ladrones de esta historia son aquellas editoriales que, con el copyright en la mano y a su favor, hacen reimpresiones sin el conocimiento del autor y las venden a través de su pequeño emporio urbano de tiendas, locales y almacenes, ahorrándose los gastos de distribución (que, por si ustedes no lo saben, suponen entre el 50% y el 60% del precio del libro) y convirtiendo así el esfuerzo de varios autores desconocidos (a los que, con usura y avaricia, les pagan incluso menos del 7% en concepto de derechos de autor) en un negocio altamente lucrativo para ellos.

Porque, al final, ellos no venden literatura. Venden una portada a todo color con imágenes de modelos que miran directamente a cámara (lo cual es un horror, un libro no puede mirar al lector de esa forma) y lo adornan con un diseño pretendidamente moderno. Venden un contenido facilón, vacío de ideas o mensajes y, a menudo, repleto de sexo intrascendente, pero muy animado. Venden un objeto que sirve para rellenar los huecos de esa estantería tan mona y tan total comprada en Ikea. Venden humo. Y, haciendo trampas dentro del juego editorial, son los que realmente se lucran con ello.

Sí, claro que estoy hablando de casos concretos. Son los que conozco. Y si esto es lo que hacen editoriales pequeñas y marginales, no me quiero imaginar lo que harán los grandes grupos editoriales.

Pero a marginales y a grandes grupos se les llena la boca hablando de que hay que defender los derechos del autor. Un autor que está mucho más desprotegido ante ellas que ante las propias descargas.

Y estos casos no se limitan a las editoriales. Las páginas de internet son también parte del negocio editorial. Porque generan contenidos. Y detrás de esos contenidos hay personas que los han creado.

Así que yo les pregunto, ¿hablas de derechos de autor cuando mantienes un medio de comunicación (concepto que debería caer en desuso ya, puesto que cualquiera, merced a internet, es hoy en día un medio de comunicación por sí mismo), un medio de tercera división en cuanto a diseño, atractivo, funcionalidad y calidad de contenidos gracias a la colaboración de un puñado de personas no profesionales a las que no les pagas por su trabajo (oh, wait! Sí que les pagas, en humo, como los otros, esos a los que me refería antes, con la falsa sensación de que realmente están haciendo algo importante, de que pueden llegar a algún sitio con ello)? ¿O a los que les pagas una cantidad tan irrisoria (100-200€, brutos, por supuesto, porque hay que ser legales y tributar el IRPF correspondiente) que más que una compensación parece un insulto y una limosna?

Los mismos 200 euros POR LIBRO que ese medio de comunicación (que, para expandirse, se ha metido en el negocio editorial) me ha pagado a mí por editar, corregir, maquetar, diseñar y ayudar a levantar desde cero una nueva editorial, pero procurando siempre que mi trabajo no trascendiera. Y, sin que todo mi trabajo trascendiera, tras seis libros, lo único que he recibido a cambio ha sido una patada en el culo. Ahora hay una niñata, con el ego inflado por haber conseguido sustituirme, haciendo mi trabajo. No sé si le pagarán lo mismo o más. Lo que supongo que esa niñata no ha pensado es que, si me lo han hecho a mí, nada impide que en el futuro se lo hagan también a ella. Porque ellos sólo miran por su propio ombligo. Los demás somos prescindibles.

O sea, muchas editoriales y medios de comunicación no pagan o pagan miserias por trabajos profesionales. Lo malo es que lo hacen porque nosotros, los autores y los profesionales, se lo permitimos. Porque el autor también tiene culpa, porque él lo permite, entra en el juego y, aún así, también se le llena la boca hablando de la defensa de los derechos de autor.

Y yo les pregunto, ¿hablas tú de derechos de autor cuando escribes gratis (y mal) para medios de tercera división sólo porque pertenecen a la misma editorial que te publicó tu novelita y que te está robando a mano armada desde el momento en que estampaste tu firma en el contrato editorial? Aceptando esa situación eres tú el que denigra el concepto de derechos de autor, malvendiéndote al creerte que es un medio para llegar a un fin, sin darte cuenta de que lo que haces es el fin en sí mismo y que, muy probablemente, tu esfuerzo no sirva para nada. Salvo para que los que se aprovechan de ti se rían a tu costa, claro.

Lo irónico y tronchante del asunto es que todos ellos, personas de la industria, tanto autores como editores, son grandes consumidores de contenidos descargados de la red. Contenidos por los que no han pagado ni un céntimo. Ni lo harán. Esto no es una suposición, es un hecho constatado. Lo he visto con mis propios ojos. Y se me ha revuelto el estómago al ver tal concentración de hipocresía. Pero es que yo con la hipocresía tengo un gran problema. No la soporto. Y vivimos en una sociedad esencialmente falsa e hipócrita. Así que comprenderán ustedes que la bilis se me suba a la boca todo el tiempo.

Y es que manda huevos. Prefiero vender mil libros físicos y que diez mil se lo descarguen gratuitamente sabiendo que van a disfrutar, a vender esos mismos mil putos libros físicos y que sólo sirvan de adorno en las estanterías baratas de cuatro modernas de mierda que no se molestarán ni en leer el texto de contraportada (sinopsis en la cuarta de cubierta, si queremos ser rigurosos con la terminología editorial, porque a ti te pagan una miseria, pero luego los profesionales son ellos).

Y no diez mil, sino más de diecisiete mil descargas (que yo haya podido constatar) llevan mis novelas. En un par de semanas a más de diecisiete mil personas mis obras les han llamado la atención lo suficiente como para almacenarlas en el disco duro de su ordenador. Es posible que ni el diez por ciento de esas personas lleguen a leérselas, pero no me importa. En dos semanas he llegado a más de diecisiete mil personas. En casi nueve años desde la publicación de mi primera novela, apenas se han vendido seis mil ejemplares físicos (si tengo que creerme las liquidaciones que me dan, que tampoco me las creo).

En realidad he perdido más dinero por el fraude que comete mi ex editorial con sus reimpresiones piratas que por las descargas que se han producido ahora. Mis cuatro novelas publicadas ya me han dado los réditos que tenían que darme. Ahora tengo que seguir demostrando mi valía con nuevas obras.

El autor medio, que es el autor desconocido, el que tiene un público restringido por su temática (sea ésta cual sea) no puede aspirar a vivir del dinero que generen las ventas de sus libros. Eso no es más que una propina anual. El autor debe hacerse valer y colaborar con los medios que lo requieran o a los que se ofrezca, pero sin rebajarse, dejando claro que su trabajo debe ser remunerado. Y, por supuesto, a cambio debe ofrecer contenidos de calidad, no cualquier texto que se le ocurra antes de la cena. El autor medio, si quiere vivir de lo que escribe, tiene que picotear de todo lo que pueda: colaboraciones con medios de comunicación, charlas, conferencias, talleres literarios… Y al hacerlo, dejar muy claro que no es alguien al que se le pueda explotar. El autor tiene que demostrar el valor (y el precio) de su trabajo. Y eso es lo que, a la larga, puede que le sirva para poder vivir de la literatura y sus aledaños.

Las descargas, al contrario de lo que se argumenta, sirven para darse a conocer, para llegar a todos los rincones del mundo, para hacer ruido y que el nombre del autor se convierta en algo familiar para el público. De este modo, es muy probable que sus siguientes trabajos sean más reconocidos, aunque se sigan vendiendo menos y descargando más. Y ser conocido y reconocido es lo que le dará al autor el suficiente estatus para que pueda ganarse el pan con un trabajo (los contenidos en la red, los artículos en medios de comunicación, las charlas y conferencias de las que antes hablaba) constante, sin vivir de las rentas del pasado.

Eso sería lo ético, lo justo, lo moralmente correcto. Pero, claro, yo soy de las que siempre persiguen imposibles.

Sé que me acabo de ganar todavía más enemigos de los que ya tenía. Pero sin enemigos la vida sería tremendamente aburrida.

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Re: Libertad Morán

Mensaje  malena el Noviembre 20th 2012, 10:29 am

Libertad Morán en la presentación del libro Entrada + Consumición de Carlos G.García

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Re: Libertad Morán

Mensaje  malena el Diciembre 28th 2012, 11:02 pm

Llévame a casa

Extracto 4

(Que buen libro!)

—Hola —le dijo.

—Hola —le contestó Silvia cerrando la puerta y soltando a Brando que, como era de prever, comenzó a saltar alrededor de la recién llegada—. ¿Qué tal? —añadió en tono de circunstancias.

—Bien… —dijo Ángela con una sonrisa forzada—. Bueno, no tan bien… —Pareció que iba a decir algo más, en cambio sólo se quitó su abrigo.

—Trae, que lo pongo en mi cuarto —le dijo Silvia cogiéndoselo y entrando en su habitación. Ángela la siguió—. ¿Qué es lo que te pasa? —preguntó con extrema inocencia a sabiendas de que era seguro que ella tendría algo que ver en el motivo.

Ángela pareció reírse por lo bajo ante su pregunta. Miró las puntas de sus pies y entrelazó las manos con nerviosismo.

—La verdad es que no sé ni por dónde empezar…

—Bueno, pues empieza por donde tú quieras —contestó Silvia.

Estuvo tentada de sentarse en la cama pero pensó que era mejor no hacerlo. Ambas permanecieron de pie.

—No sé, Silvia. No sé, porque puedo estar equivocándome —

La miró directamente a los ojos, esa mirada que desarmaba a Silvia y que siempre intentaba esquivar. Esta vez no lo hizo—, pero por otro lado creo que no me equivoco… Y llevo toda la semana dándole vueltas al asunto. Ya sé que hace muy poco tiempo que te conozco pero es que no estoy acostumbrada a este tipo de cosas; en mi vida todo sucede siempre muy rápido, más que en estos días, y nunca me da tiempo a plantearme nada sino que las cosas empiezan y luego me las planteo… Quiero decir, que no sé qué es lo que está pasando aquí, lo que pasa entre tú y yo. Y me gustaría saberlo antes de meter la pata, o para disfrutarlo, o para lo que sea… Silvia se estaba poniendo muy nerviosa. Sabía a lo que se
refería Ángela. Era exactamente lo que le venía sucediendo a ella desde el día que se encontraron en la Fnac. Aunque hubiera una fuerza dentro de ella empeñada en complicarlo todo.

—¿A dónde quieres ir a parar? —le preguntó con candidez, incapaz de evitar la tentación de hacerse la tonta.

Ángela exhaló un breve suspiro.

—Joder, Silvia… Sé que nos acabamos de conocer, que nos hemos visto tres veces pero me gustas. Me gustas mucho. Y una parte de mí me dice que a ti te pasa lo mismo, mientras que otra me dice que soy tonta; y entre una y otra, la verdad es que no sé qué hacer con esta historia… Y creo que lo mejor es decírtelo cuanto antes y dejar las cosas claras.

Ángela había hablado tan rápido y de un modo que a Silvia se le antojaba tan cómico que su primera reacción fue la de echarse a reír. De puro nerviosismo, además. Porque también deseaba echarse a llorar. De nerviosismo también. Al verlo, Ángela se puso aún más seria.

—Perdona… —le dijo Silvia quitándose unas lagrimillas de los ojos—. Perdona, no es que me esté riendo de ti…

—Es que no le vería la gracia —le espetó duramente. Silvia se acercó a ella un par de pasos.

—No, Ángela —volvió a reír—. Joder, ahora yo sí que me siento ridícula… —Ángela la miraba expectante—. Es que a mí… Es que yo… Me estaba pasando lo mismo… Y llevaba todo el día preguntándome por qué coño no me llamabas… Y encima tengo a Jose todo el día diciéndome que a qué espero para hacer algo y… joder… Silvia no podía contener la risa. Ángela terminó por contagiarse y al poco estaban las dos riéndose a carcajadas.

—O sea que tú también…

—le decía Ángela entre risas e hipidos sentándose en la cama.

—Sí… —reía Silvia—. Y Jose todo el día: «¡Pero llámala!

¡Pero queda con ella! ¡Pero haz algo!» —dijo imitando a su compañero de piso.

—Joder, vaya dos…

—Pues sí…

Las risas se fueron transformando en un silencio calmado. Silvia se sentó junto a Ángela.

—Sé que esto suena a comedia romántica pero tú también me gustas. Mucho —puntualizó.

—Vaya, es un alivio… Pensaba que estaba escribiendo el guión yo solita…

—Pues ya ves que no.

Silvia la miró. Un tremendo alivio se había apoderado de ella. La miraba y sentía que todo estaba bien, en su sitio. Sentía calma, tranquilidad. Sin embargo, poco a poco, también iba sintiendo una nueva urgencia, un nuevo nerviosismo. ¿Qué debían hacer ahora? ¿Sellarlo con un beso? ¿Seguir como si nada y dejar que todo surgiera? Ángela tampoco dejaba de mirarla. Pareció leerle el pensamiento.

—¿Y ahora qué? —le preguntó.

—¿Ahora? No sé, a ver qué pasa, ¿no? —fue la única respuesta que se le ocurrió.

—Sí, a ver qué pasa.

Pero Silvia no pudo más. Su cuerpo recorrió los escasos centímetros que le separaban del de Ángela y acercó sus labios a los suyos para besarla. Y lo que hubiera sido un casto beso con el que sellar el inicio
de su relación se convirtió en un beso apasionado y voraz. Parecía que Ángela estaba tan ansiosa como ella. La abrazaba y la besaba hasta dejarla sin aliento.

—Me parece que aquí sobra alguien —dijo parándose de repente.

Ambas miraron a Brando que intentaba subirse a la cama y las miraba apoyando en el colchón sus patitas delanteras al tiempo que meneaba el rabo frenéticamente. Se echaron a reír mientras Silvia
se levantaba para sacarle fuera de la habitación.

—Apaga la luz —le ordenó Ángela con voz sugerente mientras cerraba la puerta.

Cuando se volvió hacia ella vio que había encendido las velas de su mesilla. Esas velas que hacía tanto tiempo que no encendía porque no tenía con quien compartirlas. Velas que pasaron de ser un objeto de uso cotidiano a un simple elemento decorativo. Ángela se había recostado sobre la cama y la miraba desde ella dejándose bañar por el resplandor de la luz de las velas que hacía resaltar su cabello rubio.

—Ven aquí —le volvió a ordenar.

Silvia obedeció y se recostó junto a ella. En ese momento no habría podido separarse de ella. Sólo era capaz de besarla, de acariciarla, de atreverse a deslizar las manos bajo su ropa. Hacía mucho que no sentía a nadie tan cerca. Había olvidado lo que era dejarse llevar por el deseo, sentir el peso de otro cuerpo sobre el suyo, dejar que la fueran desnudando poco a poco mientras iban cubriendo su piel de besos, de caricias. Había olvidado los nervios, la inseguridad que otra vez sentía ante esa nueva persona que había decidido acercarse a ella y a su vida.

Cuando las dos estuvieron desnudas, volvió a sentir. Sus cuerpos cálidos, enmarañándose, provocándose placer, gimiendo ante los avances de la otra le hicieron revivir una sensualidad que
llevaba dormida mucho tiempo. Pero había algo más. Y es que sabía que no era sólo sexo, que no era sólo una mera atracción física pasajera. Había algo más. Sabía que había sentimientos de por medio. Y eso era lo que luego lo complicaba todo. Y era justo eso lo que le preocupaba. Lo que le asustaba.
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