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Bella Violeta - R. Pffeiffer

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Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Dom 4 Nov 2012 - 0:12

La miré tan sólo para descubrir una pérfida sonrisa de medio lado en su rostro.

– Eres igual que tu madre...

– No es cierto. –respondió apenas sin abrir los labios.

– Sí lo es. Sois las dos únicas personas capaces de hacerme perder la paciencia.

– No le digas eso a ella o explotará esa cualidad cada vez que te vea...

Me froté la frente con la mano, de repente ya demasiado cansada de aquella estúpida discusión. Jimena pareció entenderlo y por alguna razón decidió dejar el sarcasmo a un lado y bajar la guardia. Supongo que se dio cuenta del verdadero motivo que la había traído hasta mí nuevamente.

– Lo siento... –se disculpó.

Hice un ligero movimiento con la mano, admitiendo sus disculpas.

– Violeta, yo...

– Estoy segura de que si te pidiera que te alejaras de mí, cumplirías tu promesa... –interrumpí, sorprendiéndome hasta a mí misma. –Pero no estoy tan segura de si yo lograría hacer lo mismo con respecto a ti...

La expresión de Jimena se alivió casi imperceptiblemente. Casi podía jurar que lo que sus ojos mostraron entonces fue un breve atisbo de esperanza.

– Dime qué puedo hacer. Cualquier cosa, lo que sea y te juro que lo haré si con ello evito que te marches...

Su voz no dejó lugar a dudas de que aquello era una súplica. Sentí que mi corazón comenzaba a flaquear.
"No, no", me insté a seguir firme. Sería tan fácil decir que sí, pero sabía que aunque desistiera de mi decisión ahora, vendría el tiempo en que volviera a tomarla.

– Ya estoy muy lejos de aquí, Jimena. No hay nada que puedas hacer... –sentencié, dejando poco espacio para una réplica.

Me miró como si estuviera viendo el fin del mundo ante sus ojos. Incluso pude observar que su labio inferior temblaba ligeramente.

– Violeta... –se acercó a mí. –¿Tú me amas?

– ¿A qué viene esa preg...?

– Tan sólo responde. –me interrumpió.

No quería responderle a aquello. Así que no lo hice.

Jimena esperó unos segundos y cuando se hizo evidente que no obtendría tan ansiada respuesta, volvió a dar unos pasos al frente, pensé que se dirigía hacia la salida y sentí una cierta desazón que me obligué a tragar con la saliva.

En tan sólo décimas de segundos, tenía mi espalda contra la pared y el cuerpo de Jimena echado sobre el mío. Jamás imaginé que ella fuera capaz de hacer gala de tal fuerza.

Sus ojos buscaron algo en mi rostro... El suyo estaba tan cerca que incluso podía sentir su aliento cálido sobre mí. No me moví, esperando cual sería su próximo movimiento, pero mi corazón comenzó a latir frenéticamente. Eso era algo a lo que ya estaba acostumbrada, sólo el sentirla cerca hacía que mi presión sanguínea se disparase.

Jimena seguía escudriñándome sin soltar una sola palabra.

No pude evitar abrir la boca ligeramente para intentar tomar más aire cuando sentí una de sus manos subir por mi costado lentamente. Lo más extraño fue que una vez mi cuerpo comenzó a responder autómata, Jimena se separó. Comprendí entonces que tan sólo había querido comprobar algo.

– No puedes escapar de mí, así te pases la vida huyendo. –aquellas palabras fueron lo último que oí de ella. Fueron las palabras con más dolor que mis oídos habían podido escuchar.

Escuché el ruido de sus pisadas hasta que seguramente tomó el ascensor. Ya había acabado, sin embargo seguía sintiéndome tremendamente desdichada. ¿Por qué? ¿Una breve visita de Jimena era capaz de trastocar todas y cada una de mis firmes disposiciones?

Al parecer sí.

Me tomó un tiempo reaccionar. Y cuando lo hice, fue tan sólo para echar a correr tras su estela. No pretendía cambiar mi decisión de alejarme, pero sí escuchar todo lo que Jimena tenía que decirme. Mi amor por ella me obligaba a hacer tal cosa.

No esperé al ascensor y por el contrario corrí escaleras abajo. Atravesé la recepción, dejando a un estupefacto conserje atrás y salí a la calle. La lluvia por entonces era bastante intensa, aún así pude distinguir la silueta de Jimena, quien casi se había metido de lleno en su coche justo en la acera de enfrente.

Corrí para acercarme a ella y casi logré que me atropellara en cuanto crucé la calle y me eché sobre el capó del automóvil para hacer que parara. El ruido de los frenos me hizo daño en los oídos y tuve que asirme a uno de los limpiaparabrisas para no volver a caer al suelo.

Algunos de los coches que se acercaban comenzaron a tocar el claxon insistentemente. Jimena estaba estacionada en medio de la calzada, observándome por la luna delantera con una expresión desatinada.
En cuanto el coche estuvo parado del todo, me bajé del capó y corrí hacia la puerta del copiloto. Jimena me vio entrar, sentarme y ponerme el cinturón de seguridad aún estupefacta.

– ¿Te has vuelto loca? –chilló. –¡Casi consigues que te mate!

– Vámonos de una puñetera vez... –gruñí, igualando así su propio disgusto.

– Violeta... –la oí decir con tono duro.

– Tan sólo conduce. –la insté, cambiando el tono de mi voz a uno más suave. –Da igual hacia donde...
Jimena hizo lo que le ordené, esta vez sin rechistar, y condujo hacia ninguna dirección en particular. Un profundo silencio se hizo entre nosotras.

– No quiero que esto acabe así contigo. –comencé, sin tener ni idea de cómo hablar de todo aquello.
Jimena siguió muy concentrada en la carretera, no supe con certeza si me estaba escuchando o ignoraba deliberadamente mis palabras.

– Sé que a pesar de todo entiendes por qué hago lo que estoy haciendo, sólo que no quieres aceptarlo... Hay algo que nos separa, Jimena, no sólo por tu parte, sino también por la mía.

Silencio absoluto de su parte. La miré y observé su perfil, inamovible. Aún sin tener la certeza de si me estaba escuchando, seguí hablando. Por ahora no me satisfacían las pocas frases que le había dicho. Tenía que haber una forma de decir todo aquello sin tantos rodeos.

– El amor no puede ser esto... –proseguí, a ratos pareciendo que lo estaba leyendo de un libro por la forma en la que estaba narrando. –Nos hacemos daño... Tú pierdes el equilibrio cuando estás a mi lado, me haces comportarme de forma mezquina, me haces sentir cosas que no están bien...

Tragué saliva consciente que mi próxima frase sería la definitiva.

– Y no es lo que quiero...

Jimena permaneció impávida. Ni siquiera hizo un leve gesto, una mueca... Ni un solo músculo de su cuerpo se movió. Siguió concentrada en la carretera, como si estuviera en trance.

– Me gustaría mucho que tuvieras algo que decir, pero ya veo que no es así... –solté, algo enfadada por su indiferencia.– Aunque fuera lo más estúpido del mundo... –sentencié, aunque murmurándolo para mí misma.

Habiendo dicho todo lo que tenía que decir y sin haber obtenido respuesta alguna, me dediqué entonces a mirar por la ventanilla. La oscuridad de la noche y la lluvia hacía imposible distinguir cualquier cosa, aún así me mantuve con el rostro pegado al cristal.

Supe que casi habíamos salido de la ciudad cuando reconocí entre las sombras un característico puente con una pasarela de madera. Iba a proponerle a Jimena que diera la vuelta cuando la sentí parar el automóvil a un lado de la carretera.

Fruncí el ceño con extrañeza y un desconcierto más profundo aún me inundó cuando la vi salir fuera del coche. Salí yo también y la seguí con la mirada gracias a que el lugar estaba ligeramente iluminado por los faros del coche aún encendidos.

Supliqué que fueran mis ojos los que me estaban jugando una mala pasada cuando vi a Jimena encaramarse en lo alto de la barandilla de madera, con la profundidad del abismo a espaldas suyas.

– ¡JIMENA! –grité histérica cuando la realización de que quizás lo que pretendía era dejarse caer por
aquel puente me inundó.

Corrí hacia ella y frené en seco en cuanto alzó una mano hacia mí, instándome a quedarme donde estaba.

– No te acerques más... –ordenó.

No me moví, recelosa de que si lo hacía, mis peores temores se hicieran realidad.

– Baja de ahí, por favor. –dije a cambio, fingiendo una calma que en absoluto existía.

Ella caminó por la balaustrada manteniendo el equilibrio con ambos brazos levantados. Parecía que no había nada que le diera temor.

– Mírame, Violeta. –se giró hacia mí.

No la escuché. Ni siquiera podía mirarla. No podía obviar el hecho de que ella estaba sobre aquella balaustrada, sobre una madera aún más resbaladiza por la lluvia. Imágenes de su cuerpo cayendo al vacío inundaron mi imaginación. Sentí que me faltaba el aire.

– ¡BAJA DE UNA VEZ! –grité desesperada.– ¡ESTO TIENE QUE ACABAR!

Sólo conseguí que Jimena, quien comenzaba a comportarse como una niña caprichosa, se colocara aguantando su peso casi por entero sobre las puntas de sus zapatillas.
Contuve la respiración.

– ¡ESCÚCHAME! –gritó, tan desesperada como lo estaba yo.

– De acuerdo... –gesticulé con las manos, no sé si para intentar calmarla a ella o para borrar toda aquella escena de mí como si fuera un mal sueño.

– Esta es mi vida sin ti... –comenzó, abriendo los brazos para abarcar su alrededor. –Sin ti estoy al borde de un precipicio, sin esperanza alguna... y sin ganas de seguir hacia delante...

Permanecí de pie, no me atrevía a moverme, simplemente esperaba que ella terminara de hablar, aunque tan sólo podía concentrarme en el peligro que estaba corriendo.

– No quiero vivir sin ti, Violeta... No puedo. No esta vez. No otra vez.

– Jimena, por favor... –supliqué casi llorando. Tan sólo quería que bajara de allí.

– No he sabido demostrarte cuánto te he amado... Lo sé ahora, cuando he logrado que por fin te alejes de mí...

Alzó una mano para secarse el exceso de agua de sus ojos. Mis piernas flaquearon, cualquier movimiento brusco la haría caer por el puente, pero a ella parecía no importarle ese hecho.

Eché la cabeza hacia atrás y cerré los ojos, pidiendo ayuda a quien pudiera oírme, aún sabiendo que no había nadie a quien le importaba nuestra vida lo suficiente como para escucharme.

– Hazlo por mí... –dije, una vez que volví a tenerla en mi campo de visión. –Hablaremos de esto cuando y como quieras, tan sólo tienes que bajar de ahí...

– No lo entiendes, ¿verdad? No quiero conseguir nada de ti, Violeta. Sólo quiero mostrarte algo.

– Hay muchas formas de...

– ¿Me hubieras escuchado? –me interrumpió.

Ambas sabíamos la respuesta. Yo no habría cedido ante ninguna de sus súplicas. Siempre creí estar en posesión de la verdad. Ahora, había empujado a Jimena a aquella situación.

Yo tenía la culpa...

– Sólo quería mostrarte que te amo. –sentenció. –Desesperadamente.

"Eso era todo", pensé, "todo lo que ella necesita es a ti..."

– ¿Tú me amas? –volvió a preguntarme.

A pesar de la negrura de la noche y de la intensa lluvia, estaba segura de que los ojos de Jimena estaban mirando directamente hacia los míos.

– Sí... –dije.

Ella pareció sacudir la cabeza. Casi tenía la certeza de que pensaba que le decía aquello tan sólo porque quería que se apeara de la balaustrada. Me pregunté por qué demonios no se lo había dicho tan sólo media hora antes en mi apartamento.

– ¿Huir de mí es una muestra de amor?

– Supongo que no... –admití.

– Volveré a preguntártelo...

–Sí. –no la dejé acabar la frase esta vez. Estaba tan segura de la que iba a ser mi respuesta que ni siquiera necesitaba que me lo dijera una segunda vez. –Te amo más que a nada en este mundo...

Jimena se alzó sobre las puntas de sus zapatillas, echó la cabeza hacia atrás y colocó los brazos en cruz. No pude evitar emitir un pequeño grito. Casi estaba segura de que ella se iba a dejar caer por allí. Mi corazón no podía martillear con más fuerza contra mi pecho, la desazón me inundó, el desamparo, el dolor...

La imagen de mi hermana muerta volvía a mí con cada pestañeo, su cuerpo bañado en su propia sangre, su rostro helado y sin vida...

Abrí la boca para decir algo, pero ni una sola palabra salió de ella. Tenía las cuerdas vocales completamente atoradas por el miedo.

– Si mi cuerpo cae ya no volverás a verme, ni a oír mi voz... –comenzó a relatar, aún con la cabeza hacia atrás. Las gotas de lluvia salpicaban en su rostro. –No volverás a oírme decirte te quiero. Mis labios ya no te besarán y mis ojos no te mirarán con todo ese amor que siento por ti. Me perderás...

Un instante en el cual sus palabras recorrieron el breve espacio de mis oídos a mi razón. Pestañeé cuando la impresión de ver el cuerpo de Jimena cayendo al vacío pareció convertirse en realidad.

Y lloré.

Lloré tan sólo de pensar en ello. La idea de no verla ni sentirla me empapó más aún que la lluvia. Mi vida a aquel punto necesitaba tanto de Jimena que me sorprendió reconocer cuanto. La necesitaba con desesperación. Justo lo que ella ignoraba...

Jimena me miró entonces, supongo que porque me oyó llorar como una niña. Sentí que mis hombros se sacudían frenéticamente por el llanto, mientras seguía con la mirada fija en ella.

La lluvia parecía caer sobre mí aún con más inclemencia. Comencé a pensar que aquel sería otro fatídico día para mí, otro al que tardaría años en superar... Si es que podría llegar a superar el perder a Jimena.
Mis lágrimas parecieron tener un nuevo efecto, parecieron ablandar su expresión y casi pude asegurar que estaba dispuesta a bajar de allí y consolarme. La vi comenzar a agacharse para depositar su cuerpo en el suelo...

Pero Jimena resbaló en ese momento y reaccioné corriendo hacia ella con la misma velocidad con la que grité su nombre hasta hacer que mi garganta doliera. Creo que incluso antes de verla tambalear, ya había echado a correr en su dirección, como si hubiese sido capaz de adivinarlo mucho antes de que aconteciera. Lo cierto es que llegué a tiempo para que mi mano se cerrara sobre la de ella.

Apreté con fuerza, de repente, mis movimientos relentizados hasta casi parecer irreales.

Sentí su mano aferrarse a la mía, sus dedos cerrarse alrededor... Mi otra mano también viajó hasta su brazo y mis caderas pegaron con fuerza contra la barandilla por el grave tirón. Su cuerpo ya estaba ligeramente arqueado hacia atrás... Pero yo no estaba dispuesta a perder esta batalla... Cerré los ojos...
Tiré con toda la fuerza de la que fui capaz hacia delante y Jimena cayó como un peso muerto sobre mí. Ambas nos estrellamos contra el suelo, conmigo de espaldas y ella sobre mí. El dolor que sentí en las piernas y en mis nalgas llevando el peso de ella me hizo emitir un grito ahogado.

Mi cabeza pegó contra el suelo con violencia y la de Jimena se hundió en mi pecho, haciéndome expulsar todo el aire que llevaba en los pulmones.

En cuanto mis sentidos me avisaron de que la tenía junto a mí de nuevo y a salvo, mis brazos se movieron automáticamente para abrazarla con todas mis fuerzas. Aún quedaban los últimos vestigios de mi llanto, que fueron mitigados contra el hombro de Jimena al hundir mi rostro allí.

– Violeta... –me llamó ella en cuanto me sintió besarla en el cuello.

No dije nada, en cambio tiré de su pelo para separarla de mí y la miré, apartando los cabellos húmedos de su frente como tanto me gustaba hacer. Jimena parecía respirar con dificultad, como si tuviera miedo. Y supe que no era el miedo de haber estado tan cerca de la muerte, sino el temor de que aún pudiera perderme.

Había sido una manera poco convencional demostrarle a alguien su amor, pero no podía obviar el hecho de que se trataba de Jimena y de que con ella nada podría resultar normal.

Y yo la amaba de esa forma.

Me había equivocado. Aquello era amor. No podía ser otra cosa. Nadie me amaría con aquella entrega y sinceridad... Teniéndola entonces entre los brazos creí seriamente que yo tampoco volvería a entregarle mi corazón a otra persona que no fuera Jimena. En alguna parte debía estar escrito que ella era para mí y yo para ella. Había logrado abrirme los ojos... Mi deuda por ello era inmensa...

– Estás loca... –murmuré, cerca de su boca.

– Lo sé. –respondió ella.

– Completamente loca... –repetí, muy convencida de lo que estaba diciendo.

– No quiero la sensatez si eso me hace amarte menos...

Mi corazón dio un vuelco.

– No cambies nunca. –le dije con todo el amor que pude expulsar a través de mi voz.

– No lo haré...

Nuestras frases eran rápidas, ávidas de respondernos... Ambas necesitábamos de aquellas respuestas para calmar la pesadumbre.

La besé. Mi boca cubrió la suya con la misma hambre de siempre, sólo que esta vez aquel acto sellaba algo más importante. Acepté a Jimena y a su loco amor. Acepté mi derrota ante ella. De haber huído, estaba segura de que algún día lograría adormecer mis sentimientos, pero en modo alguno conseguiría ser feliz... Aún cuando Jimena me hacía desdichada, era más feliz que en cualquier parte o con cualquier otra persona.

La besé una y otra vez, sintiendo ganas de devorarla por entero. Sería capaz de hacerle el amor allí mismo, en medio de la nada. Ella respondió con iguales ganas, mordiendo, succionando... Pensé que había muy pocas cosas que me quedara por darle, ella lo tenía todo de mí. Se lo había ganado a pulso, y de una forma justa.

Entendí que aquella noche en la casa de campo me había marchado porque todo aquello me parecía inverosímil. El ardor y la entrega de Jimena parecían asfixiarme, cuando lo único que podía regenerarme era eso precisamente. De las dos, la más loca siempre había sido yo, no ella.

Me levanté hasta quedar sentada y Jimena hizo lo mismo, sentándose sobre mis muslos. La mecí en mi regazo. La abracé por la cintura, acaricié su espalda a través de la empapada ropa.

Ella apartó su rostro del hueco de mi garganta y me miró. Luego, se echó a reír con ganas, con la cabeza hacia atrás. La seguí, inundada por una sensación extraña.

Estaba sentada en medio de la nada, en plena noche oscura y tormentosa, y me sentía más feliz que en ningún otro momento que fuera capaz de recordar.

¿Qué en el mundo podía lograr tal cosa? Sólo el amor correspondido.

Un auto debió vernos tumbadas allí en medio y aparcó cerca. Un señor se apeó de él y se acercó hasta nosotras. Sé que nos preguntó por nuestro estado y lo sé porque creo que lo repitió varias veces, pero Jimena y yo ni siquiera levantamos la vista hacia él una sola vez. No había nada capaz de alterar la paz que en esos momentos nos inundaba.

Es difícil de explicar, lo sé. Pero fue real.

En esos momentos me inundó una sensación de plenitud, de descanso al no tener que librar más batallas contra ella. Estaba demasiado cansada para seguir luchando, como lo había hecho toda la vida. Jimena era la única cura que necesitaba para sanar mis heridas y yo era lo único que ella necesitaba para su estabilidad.

Ella se separó de mí entonces y me miró fijamente, secándome las lágrimas con el dorso de su mano.

– Jamás volveré a hacerte llorar... –me prometió.

Mi bella Jimena cumpliría su promesa.

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