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Bella Violeta - R. Pffeiffer

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Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Octubre 20th 2012, 1:49 am

Mis ojos se abrieron lentamente a la mañana siguiente. Aún sin registrar la realidad del todo, busqué el calor del cuerpo de Violeta estirando el brazo. No lo encontré.

Me erguí con la rapidez de una pantera. La busqué en la habitación, intenté oír algún sonido que me indicara que estaba en la ducha, quizás en el salón.

Nada.

La angustia se apoderó entonces de mí. Estúpidamente miré sobre la mesilla de noche. Estaba segura que encontraría allí una nota de despedida.

Qué era lo que me hacía comportarme de aquella forma, nunca lo sabría.

Salí de la cama con el cuerpo entero temblándome y grité su nombre.

– ¡Violeta! ¡VIOLETA!

Tan segura estaba que ella no acudiría a mi urgente llamada que me derrumbé sobre el suelo de rodillas. Fue en ese mismo instante cuando Violeta entró en tromba en mi habitación para encontrarme de aquella forma.

– ¿Qué ocurre? –se arrodilló junto a mí y me tomó de los hombros sacudiéndome.

La miré. Su rostro estaba ensombrecido por la preocupación. Tenía la respiración agitada y supe que era porque había acudido a mi llamada corriendo. Me apartó el pelo de la frente y me hizo mirarla a la cara.

–Jimena, ¿qué ocurre?

– ¿Dónde estabas? –fue todo lo que dije. Mi voz parecía la de una niña pequeña, como cuando le niegan algo y se rebela contra ello.

Frunció el ceño.

–En la cocina, preparando el desayuno.

Bajé la vista al suelo. Ella no me había abandonado. No lo había hecho. Violeta pareció entenderlo todo en tan sólo unos segundos.

– ¿Todo esto es porque despertaste y no estaba a tu lado?

Permanecí en silencio.

– ¿Creías que me había ido? –inquirió nuevamente, cada vez con más insistencia. – Jimena, mírame y responde.

–Sí... –confesé en voz bajita, apenas soportando el peso de su mirada.

Violeta suspiró y dejó caer las manos de mis hombros lentamente. Iba a decirme algo cuando su celular sonó. No dejó de mirarme hasta que aquel sonido se hizo insoportable y decidió cogerlo de su bolso.

Me di cuenta de que su bolso estaba justo al lado de la cama. Pero no lo había visto antes. Quizás no quise verlo.

Antes de contestar miró el número en la pantallita.

– ¿Sí? –contestó Violeta sin molestarse en ocultar la impaciencia en su voz.

Me levanté del suelo y me dirigí hacia el baño.

–... no, estoy fuera de la ciudad por un asunto personal. –siguió hablando mientras me seguía con la mirada hasta que desaparecí detrás de la puerta.

Me metí en el servicio y decidí darme una ducha. Tenía que intentar aclarar mis pensamientos. Tan sólo tuve que colocarme dentro de la bañera y abrir el grifo, puesto que estaba completamente desnuda. Apoyé la espalda en la pared y dejé que el agua me empapara poco a poco. Me froté la cara fatigosamente.

Las compuertas de la mampara se abrieron de repente y allí apareció Violeta, con el teléfono aún en la mano. Me miró durante eternos segundos, pero no dijo nada. Fuera lo que fuera lo que la había traído hasta allí, las palabras que con toda seguridad quería decirme, quedaron relegadas a otra ocasión cuando, con la misma rapidez con la que había aparecido, cerró las compuertas y se alejó.



Sentadas en la mesa de la cocina tomábamos el desayuno que Violeta había preparado, consistente en huevos revueltos y jamón frito, con el silencio perenne entre las dos.

Me concentré en mi plato, removiendo los huevos y tomando pequeños bocados para simular que estaba comiendo, cuando lo cierto es que era incapaz de que algo bajara por mi garganta.

–Nunca me iría sin decírtelo... –comentó casualmente sin mirarme, al tiempo que untaba mantequilla en una de las tostadas.

–Lo siento. –fue todo lo que pude articular.

– ¿El qué sientes?

Levanté la vista hacia ella.

–Haberme comportado de esa forma.

Violeta tomó varios bocados de su tostada antes de responderme, seguramente sopesando sus palabras. Por mi parte, coloqué el tenedor en el plato y lo aparté de mí.

–Podría decirte miles de cosas, pero no lo haré. Puedes despertarte cada mañana presa del pánico si es lo que prefieres.

Sus palabras eran directas, pero su tono de voz no indicaba enfado.

–Esperaba que me dieras una lectura por ser tan estúpida...

–Lo sé. –me interrumpió.

– ¿Entonces...? –inquirí estupefacta por su reacción.

Había esperado una discusión, quizás una acalorada. Pero lo que nunca imaginé es que ella decidiera dejarlo pasar. Quizás pretendía con ello que me diera cuenta de algo más. Lo que yo ignoraba era el qué.

–Tema zanjado. –sentenció. – Olvidémoslo.

–De acuerdo. –concluí, sin ganas de contradecirla más.

Me acordé de otra cosa y pensé que sería buena idea comenzar una conversación por ahí.

– ¿Fue una llamada urgente?

–No. Sólo era un amigo. Pero he apagado ese maldito teléfono. Ni siquiera sé por qué tengo uno. Cada vez me disgusto más cuando suena...

– ¿Tienes que regresar al trabajo pronto? –seguí preguntando.

–Me he tomado una semana libre.

Violeta suspiró y se pasó las manos por el estómago, poniendo de manifiesto que estaba llena. Me miró como si pretendiera decirme algo más, pero por alguna extraña razón eligió no hacerlo. Se levantó y comenzó a recoger la mesa. La ayudé.

Observé como ella se apoyaba en la encimera durante unos instantes pensativa. Luego me miró y me sonrió abiertamente. Sentí que me derretía.

–Ven... –me susurró, mientras me atraía hacia ella para besarme.

Pensé, mientras intentaba absorberla, que me encantaba besarla. Me hechizaba sentir su lengua dentro de mi boca.

– ¿Te has dado cuenta de que ha parado de llover?

– ¿En serio? –dije, restregándome contra ella como una gata.

–Sí. ¿Te apetece dar un paseo? –sugirió, abarcando mi trasero con ambas manos.

.................................

Horas más tarde nos vestimos con ropa de abrigo y salimos a dar un paseo aprovechando la calma en el tiempo. En un primer momento habíamos pretendido andar por los alrededores de la casa simplemente para relajarnos, pero nos descubrimos tomando la senda que llevaba al río.

Inspiré con fuerza llenándome del aroma de la tierra húmeda. Ese olor siempre me había parecido extraño y placentero a la vez. Violeta me miró y le sonreí.

Me di la vuelta para observar lo que me rodeaba. Casi podía asegurar que podía sentir a mi padre allí, casi podía regresar en el tiempo y vernos de pie junto a la orilla, sujetando nuestras cañas de pescar.

Sentí que Violeta se acercaba a mí por detrás y que posaba ambas manos sobre mis hombros, dándome el coraje que yo empezaba a perder. Seguramente, sabía exactamente lo que estaba pasando por mi cabeza.

–Quiero que vuelva... –musité.

–Lo sé.

–A él le encantaba este sitio. Realmente lo adoraba. A mí también, pero sólo porque él lo amaba.

Hubo un instante de silencio hasta que comencé a cabecear y Violeta afianzó aún más el abrazo.

– ¿Por qué no me cuentas la historia de cuando casi te ahogas? –me sugirió.

–No puedo creer que aún te acuerdes de eso...

–Tengo buena memoria. –se acercó hasta mi cuello y lo acarició con los labios.

–En realidad... –tragué saliva al notar la garganta demasiado seca. – fue algo muy... extraño...

– ¿Por qué?

–Porque lo que realmente pasó fue que me lancé desde una roca por voluntad propia... Nadie lo sabe. Sólo Diego y yo. Bueno, ahora tú también.

Violeta me hizo dar la vuelta hasta tenerme mirándola. Una sonrisa de medio lado adornaba su cara.

–Pero no sabías nadar...

–Lo sé, pero en esos momentos pensé que podría hacerlo. Me conoces, no deberías tener dificultad para creer que hiciera esa estupidez.

Ella emitió una carcajada suave.

–Increíble... –musitó. – Eres increíble.

–Fue como si de repente, la seguridad de que podría lograrlo me llenara. Estaba encima de aquella roca, miré hacia abajo y no sentí ese miedo que sentía siempre. Como siMaryPoppinshubiera aparecido y me hubiera regalado el don de flotar... –Violeta se rió a gusto.– Por suerte, Diego estaba conmigo... –finalicé, riéndome yo también.

–Diego... Sigue mirándote de esa forma... –comentó casualmente, moviendo las manos a los lados.

El tono que usó me hizo pensar que quizás pudiera sentir celos al admitir aquello. Me gustó eso.

–No es cierto. Es sólo un amigo.

–Tal vez él esté dispuesto a ser algo más...

–Los celos no son cosa buena, Violeta. –le dije, haciéndola fruncir el ceño. Supuse que no había esperado ser tan evidente. – No tienes ni idea de cuántas veces imaginé que hacía desaparecer a Felipe del mapa...

–No había pensado en ello.

–Lo sé. Dime, ¿qué demonios viste en él?

–No es tan malo...

–Es un cretino. –rebatí con fuerza.

La hice reír nuevamente.

– ¿Has vuelto a enamorarte de alguna otra novia suya? –comentó con sarcasmo.

Hice rodar los ojos con disgusto y conseguí que se riera aún más.

–Creo recordar que nunca te gustó denominarte novia suya...

– ¿Te gusta más el términoamante? –rebatió con fuerza, entrando en el juego de palabras.

Emití un sonido gutural a modo de protesta y sacudí la cabeza, llevándome con ello posibles imágenes de Violeta con mi hermano.

–Él no te merecía... –dije, muy segura.

– ¿Tú sí?

–Yo te tengo ahora...

– ¿Qué tienes de mí, Jimena?

Me fijé en sus ojos y en la seriedad que en ellos podía leerse.

–Mucho más de lo que querrías admitir. –dije por fin, tras una breve espera.

Alzó una ceja y me regaló una sonrisa de medio lado.

–Me parece extraño estar hablando de Felipe contigo... –dijo, nada más recuperar la compostura.– En realidad, lo que me parece extraño poder hacer esto... –me besó en los labios.– y desear repetirlo...

Esta vez se tomó su tiempo para mi delicia.

Violeta comenzó a desvestirse entonces y yo la estudié con incredulidad.

–Violeta... –la llamé quedamente mirando a ambos lados del camino. No podía creer que ella quisiera hacer el amor en medio de aquel campo y con aquel frío. – ¿Qué haces?

Ella no me respondió mientras seguía enfrascada en su tarea de desnudarse.

–Violeta, esto es una locura. Hace demasiado frío... Puede pasar alguien... –dije por último intentando que entrara en razón.

Se quedó en ropa interior delante de mí y se alejó. Yo estaba cada vez más atónita sin tener la menor idea de qué era lo que pretendía. Cuando la vi que se dirigía a la orilla y que comenzaba a meter su cuerpo en el agua pensé que Violeta había perdido por completo la cordura.

–Ven conmigo. –dijo muy segura una vez que el agua le cubrió hasta los tobillos.

– ¿Es que te has vuelto loca? Sabes de sobra que no tengo ninguna intención de meterme ahí.

–Te dejaré ganar al parchís... –dijo alegremente.

–Ni aunque me prometieras amor eterno... –contrarresté con firmeza.

–Vamos, Jimena. Hazlo por mí.

Seguí negando con la cabeza mientras le hacía gestos para que regresara a mi lado.

–Jimena, confía en mí...

Me odié porque sabía que no podía negarme a nada que me pidiera, ni siquiera si me pedía que me tirara desde un séptimo. Así que comencé a quitarme la ropa murmurando por lo bajo. Aquello era una locura. Me acerqué hasta la orilla y me coloqué a su lado.

–Ven... –me tendió una mano.

– ¡Señor! –exclamé. – El agua está helada.

Ella no respondió, simplemente me tomó de la mano con fuerza y comenzó a adentrarse en aquel río que era como el mismísimo infierno para mí.

Mis piernas no hicieron caso de las señales de alarma que estaba dictando mi cerebro y la seguí. Violeta hizo que me abrazara a su cintura con las piernas y al cuello con los brazos cuando el agua nos cubrió un poco más de la cintura. Hundí el rostro en su cuello y cerré los ojos, intentando apagar así el intenso latido de mi corazón.

Violeta me llevó consigo a cuestas y se quedó estática en el sitio cuando el agua nos llegó a ambas por el hombro. Sentí que me abrazaba con fuerza acercándome así aún más al calor de su cuerpo.

–Esto nos va a costar una pulmonía... –la oí murmurar, aunque yo sabía que eso no le importaba.

Por mi parte, seguía pegada a su cuello, inmóvil y ciega.

–Abre los ojos. –me dijo. Sabía, aunque no podía verme, que yo los mantenía cerrados por el miedo.

Hice lo que me ordenó una vez más y levanté el rostro de mi inesperado cobijo para mirarla.

–No me sueltes... –le pedí, casi suplicando.

–Sabes tan bien como yo que no lo haré.

Hubo unos instantes en los que no pronunciamos una palabra, simplemente dejamos que pasaran mientras nos aferrábamos la una en la otra.

–Me has hecho feliz, Jimena.

Fue lo último que la oí pronunciar antes de que me llevara de regreso a la orilla.


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Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  Invitado el Octubre 20th 2012, 4:50 pm

ayyssss que bonito!!!!! chicaenamorada chicaenamorada

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Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Octubre 22nd 2012, 8:24 am

La noche nos encontró tumbadas sobre la alfombra, cerca de la chimenea, haciendo el amor.

Después de regresar de nuestro paseo, ambas ardíamos en deseos de tocarnos, de sepultarnos la una en la otra. Nuestros movimientos eran tan lentos que apenas se notaba que nos movíamos. Me había apoyado sobre uno de mis codos para poder observarla, mientras entraba en ella una y otra vez con la mano libre. Violeta seguía cada acometida con todo su cuerpo mientras cada uno de sus músculos se
contraía y relajaba.

Pensé que no me había equivocado al darle todo lo que era yo una vez, ahora simplemente sólo tenía que amarla, algo que era fácil para mí.

Violeta me sujetó la mano con fuerza y cabalgó sobre ella con ímpetu al tiempo que me llamaba una y otra vez cuando su orgasmo tomó su cuerpo por entero. Salí de ella con delicadeza y Violeta se apresuró a colocarse sobre mi cuerpo, haciendo que yo me estirara sobre mi espalda.

Le aparté el pelo de la cara para observarla en todo su esplendor. Así era cuando más me gustaba verla, con aquella mirada fiera en los ojos, ávida de mí.

Me besó entonces, poniendo todo su empeño. Puso las manos a cada lado de mi cabeza y se movió contra mí. Yo abrí las piernas aún más y las doblé por las rodillas. Con mi lengua lamí la humedad de su cuello mientras con una mano apretaba la carne de sus nalgas. Mi cuerpo funcionaba para entonces con completo desorden, con mi corazón marcando un ritmo imposible de llevar. Gemí una y otra vez de forma descontrolada cuando Violeta me pidió oírme.

A veces simplemente quería morir porque se me hacía tremendamente dificil de sobrellevar la conciencia de que tenía su cuerpo. Me sentía como si cada vez que le hacía el amor expiara mis pecados y alcanzara la perfección. Ella podía calmar mi espíritu hasta ese extremo.

Creí volverme loca cuando la oí susurrar palabras de ánimo, cuando pronunció mi nombre a dos tiempos, tan exaltada como lo estaba yo. Puse ambas manos sobre el suelo alfombrado y despegué mi cuerpo y el suyo del suelo, elevándonos imposiblemente. El éxtasis me llevó hasta un lugar desconocido para mí y cuando volví a desplomarme, ella cayó sobre mi cuerpo también.

Jadeé intentando llevar aire lo más rápido posible a mis pulmones. Por momentos creí que me asfixiaría. De repente sentí la imperiosa necesidad de alejarme de Violeta.

– ¿Adónde vas? –me dijo cuando me separé de ella.

– Voy a por un vaso de agua, ¿quieres?

– No... –respondió al tiempo que echaba la manta sobre su cuerpo.

Asentí con la cabeza y recogí una camisa del suelo que me coloqué enseguida antes de erguirme.

Avancé descalza sobre el frío suelo y mi cuerpo a cada paso respondió con un escalofrío. Me parecía que mis movimientos eran cada vez más lentos. Me giré hacia un lado, antes de abandonar el salón, y vi pasar mi deforme reflejo en los cristales de la puerta corrediza iluminado por la luz de la chimenea. Me acerqué a él. Mi rostro parecía haberse estirado en varias direcciones como si de una goma elástica se tratara y mi cuerpo se curvaba hacia la izquierda y después hacia la derecha.

Desabroché los dos botones de la camisa que me había abotonado y la aparté hacia los lados. Mis pechos no se diferenciaban de mi vientre. Era un todo distorsionado. Pensé que aquel era mi verdadero reflejo, que por dentro mi alma estaba igual de deforme, que la sangre que corría por mis venas estaba corrompida...

Una de mis manos viajó hasta mi centro y mis dedos se empaparon enseguida de mí y de Violeta, de mi deseo que mojaba el interior de mis muslos. Me pregunté si Violeta también me veía así, como yo misma lo hacía en esos momentos.

Todo, mi sudor, mi excitación, mi olor, el sabor que permanecía en mi boca me hacían esclava de un deseo. Un deseo que me quemaba.

Me aparté de mi aberrante reflejo a pesar de que encontré cierto placer en verme de aquella manera. Sonreí y puse rumbo a la cocina. Me serví el agua en un vaso y regresé al salón. Violeta seguía en la misma posición que cuando me había ido, sólo que esta vez parecía estar dormitando.

La observé mientras tomaba pequeños tragos del vaso, sonriendo para mí misma. Ella me sorprendió cuando, apenas sin moverse, apartó la manta que la cubría y descubrió su entera desnudez para mi delectación. Creo que Violeta disfrutaba tanto siendo admirada como yo admirándola.

Deposité el vaso en el suelo y me acerqué hasta ella. Me senté sobre sus muslos y la tomé de ambas manos obligándola a erguirse hasta que quedamos cara a cara. La abracé cruzando las piernas tras su espalda. Mis senos rozaron los suyos y temblé de emoción.

– Mañana tengo que volver a la ciudad... –me anunció.

El que ella eligiera aquel momento y no cualquier otro del día me probó que temía anunciarme aquella noticia. No pude evitar sonreír levemente.

– No me importa si no regresas... –contesté, lamiendo su cuello.

– ¿En serio...?

– Sí.

– No es cierto. –se apartó de mí para mirarme a los ojos. Supe que le costaba creer que quizás yo me había deshecho de su hechizo o que había dejado de desearla o de amarla.

– No. –admití besándola.– No lo es...

La abracé acto seguido y me mecí en su regazo. Violeta pasó sus brazos por mi espalda y me rodeó, estrujándome más contra su cuerpo. Apoyé la cabeza sobre su hombro y cerré los ojos. Ella siguió acunándonos a las dos.

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Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Octubre 23rd 2012, 8:50 am

Violeta salió muy temprano la mañana posterior. Antes incluso de que alcanzara la puerta, me sentí irremediablemente vacía.

Me prometió que volvería a media mañana del día siguiente. No compartió conmigo cuál era ese asunto tan importante que la obligaba a alejarse de mí ni yo quise preguntarlo, aunque secretamente sospechaba que tenía algo que ver con aquella previa llamada que había recibido.

Volví a meterme en la cama después de acompañarla a la puerta y permanecí en ella hasta la tarde. Ni siquiera dormí, tan sólo me dediqué a dejar que mis pensamientos vagaran sin rumbo fijo.
Después de que anocheciera y de tomar algo de comer por primera vez en aquel día, me senté en uno de los sofás del salón. Miré fijamente al teléfono y me pregunté si Violeta llamaría. ¿Me echaría ella de menos tanto como yo? ¿Estaría pensando en mí? ¿Lo hacía a cada segundo?

Cuando se hizo evidente que Violeta no llamaría, regresé al piso de arriba y me tumbé en la que había sido nuestra cama aquellos días. Su esencia me rodeó enseguida. Me abracé a su almohada con el pensamiento de que era ella y cerré los ojos para traerla hasta mí.

Desperté temprano el siguiente día. A decir verdad, el sueño, durante la noche, me había visitado a ratos. Aún así, la emoción de volver a ver a Violeta logró vencer al cansancio.

Me pasé toda la mañana acomodando la casa, todo por mantenerme ocupada. Incluso intenté quitar las manchas de sangre de la alfombra, con un pobre resultado. La espera de cualquier cosa siempre se convertía en una dura carga.

La primera vez que miré el reloj ese día fue cuando las agujas marcaban las dos y media de la tarde. Violeta me había dicho que regresaría a media mañana, pero ya llevaba un considerable retraso. Me hice el firme propósito de no pensar en su tardanza. Sabía que si comenzaba a hacerlo, me perdería a mí misma.

Me adentré en la cocina para prepararme algo para almorzar, pero desistí cuando me di cuenta de que era incapaz de tragar algo. Mi estómago parecía haber encogido definitivamente.

Un breve paseo por las inmediaciones de la casa me hizo calmar la desazón que comenzaba a sentir. Cavilé, mientras andaba, que quizás podría preparar algo de cenar para su regreso una vez se hizo evidente que llegaría al anochecer. Me agradó la idea de sorprenderla con una cena romántica.

Indagué por entre las alacenas y encontré los ingredientes necesarios para hacer unas albóndigas con el pollo que no había usado para la última cena y que había congelado previamente. Descorché una botella de vino tinto para añadirle un chorrito a la carne y serví una copa para mí misma.

Dispuse la mesa con excesivo celo, e incluso coloqué unas velas pensando que con ello crearía una atmósfera perfecta.

Terminé de cocer la cena a las siete y media. Ya no tenía nada que hacer, con lo cual decidí subir al piso de arriba acompañada de mi quinta copa de vino para darme una larga ducha.

Me vestí con mis usuales tejanos y un abrigo. A pesar de que no había caído una gota de agua del cielo en todo el día, la atmósfera seguía cargada de humedad y frío. Me senté en el sofá y simplemente esperé.

Seguí bebiendo, y cuando acabé la primera botella de vino, seleccioné otra. Para entonces ya eran más de las diez de la noche y Violeta seguía sin aparecer. Ya dudaba de que lo hiciera. Ni siquiera me había llamado. El maldito teléfono no había sonado ni una puñetera vez.

Me reí echándome sobre el respaldo. Ni siquiera sabía por qué, pero lo hice. El alcohol ya comenzaba a hacer su función una vez que inundó mi sentido común.

Imaginé que Violeta estaría en esos momentos cómodamente en su apartamento, tal vez con el tipo que la había llamado. Tal vez en su cama...

Ni una sola vez me dijo que me quería, ni siquiera hablamos de hacia dónde nos llevaría todo aquello que habíamos descubierto juntas. Ella me había entregado su cuerpo, pero en ningún momento pareció hacer lo mismo con su corazón.

Sopesé la loca idea de quedarme sentada en aquel sofá hasta que mi cuerpo cayera desvanecido, hasta que mis músculos se atrofiaran y me deshidratara poco a poco. Deseé poder desvanecerme como el humo, sin dejar rastro... Apoyé los codos sobre las rodillas y hundí el rostro en mis manos.

Oí el sonido de un motor y rápidamente me di cuenta de que sólo podría tratarse de un vehículo. Mi corazón comenzó a latir desenfrenado.

– Violeta... –murmuré, apenas audible a mis propios oídos.

Me puse en pie de un salto y corrí hacia la ventana más cercana. Me asomé por ella disimuladamente, apenas descorriendo la cortina y la ví apearse de su coche. En una de las manos llevaba su bolsa de viaje y en la otra una de papel. Me pregunté qué demonios traería allí.

Esperé a que tocara en la puerta y entonces dejé pasar unos segundos más. Por alguna extraña razón, no quería que supiese que la había estado esperando desesperadamente, quería darle la sensación de que su tardanza no me había molestado en lo más mínimo.

– Hola. –me saludó sonriente nada más abrir la puerta.

– Hola. –me hice a un lado y la dejé pasar.

Se adentró en la casa y depositó lo que llevaba consigo en el suelo cuidadosamente. Se fijó en la mesa dispuesta y me sonrió al tiempo que se deshacía de su cazadora.

– Siento llegar tan tarde...

– Podrías haber llamado. –la interrumpí.

– Lo siento. No he tenido tiempo para nada, te lo aseguro.

Murmuré un "mmm...", que incluso a mí me sonó demasiado falso.

– ¿Estás enfadada? –me preguntó al notar mi ambigüa reacción.

No sé por qué me reí, pero lo hice. Una risa estúpida e infantil se apoderó de mí durante unos instantes. Violeta frunció el ceño sin dejar de mirarme. A pesar de mí misma y de mis enormes esfuerzos, no pude evitar tambalearme levemente. Supuse que, aunque lo intenté con todas mis fuerzas, ella también lo había notado.

– Jimena...

– ¿Sí? –respondí a su llamada con un tono falsamente inocente.

Se acercó a mí en busca de evidencias. Evidencias que por supuesto encontraría. Cerré los ojos, vencida.

– ¿Has estado bebiendo?

– Una copa de vino o dos... –mentí y añadí otra frase esperando encubrir mi delito.– Mientras preparaba la cena...

– ¿Sólo eso? –añadió incrédula.

Sin decir una palabra, Violeta se dirigió con diligencia hacia la cocina. La seguí rauda, casi chocando con ella cuando se paró en seco y abrió el compartimento donde estaba el cubo de la basura. Allí encontró la botella vacía de vino y sospeché que también había visto la que estaba a medias sobre la encimera. La oí murmurar un "maldita sea" antes de girarse hacia mí hecha una furia.

– ¡¿Por qué?! –me gritó.

– No lo sé... –mentí una vez más, no muy segura de si estaba preparada para decir la verdad.

– Por supuesto que lo sabes. –se fijó en mí unos instantes.– ¡Mírate, por el amor de Dios! ¡Apenas puedes mantenerte en pie! ¡Haces lo mismo siempre!

– Violeta, no me grites.

Me miró como si de repente viera a un espectro, recelosa.

– Dame una explicación para que pueda entenderte. –imploró más calmadamente.– Sólo te pido eso...

– Creía que no volverías... –confesé por fin. Algo que, por otra parte, me pareció que confirmaba sus propias sospechas cuando la vi mover la cabeza asintiendo.

– Ya lo imaginaba.

Me dio la espalda y se apoyó con ambas manos sobre la encimera.

– Te dije que volvería, ¿verdad?

– Sí... –dije quedamente.

– ¿Por qué simplemente no puedes creer las cosas que te digo? ¿Por qué no puedes dejar de pensar que no soy real? ¿Por qué? ¿Por qué...?

– No me culpes por eso, Violeta. No he podido evitarlo, tan sólo han sido unas copas... para... para... –intenté buscar una excusa que valiera la pena todo aquello. Pero para mi necio comportamiento no había ninguna.

No me respondió. En cambio, se dirigió nuevamente hacia el salón y una vez más volví a seguirla. De repente, el temor de que hubiera conseguido alejarla de mí me sobrecogió. Tanta era mi premura al salir de la cocina que tropecé con un paragüero de metal que había en una de las esquinas y éste cayó al suelo estrepitosamente.

– ¡Mierda! –siseé.

Ella se giró hacia mí. Me arrodillé y recogí lo que había tirado.

– Dime, Jimena, ¿cómo te sientes ahora mismo?

No contesté, sumergiéndome en mi tarea, aprovechando así el tener una excusa para no encararla. De repente estaba demasiado avergonzada para ello.

– Tienes la maldita tendencia a estropear todo lo que tocas. ¿Cómo puedes estar tan ciega?

Seguí empeñada en un mutismo absoluto. Ni siquiera pude ser capaz de mirarla a los ojos. No supe que Violeta se había acercado a mí hasta que su sombra apareció delante de mis ojos. Sentí que me tomaba de los antebrazos y me erguía hasta estrellarme contra la pared. Emití una queja ahogada de dolor.

– Tú no me amas. –me dijo, estrujándome las mejillas con una mano al obligarme a mirarla.– Todo es mentira. No tienes ni puñetera idea de lo que es el amor. Sólo sabes hacer daño y hacértelo a ti misma. Así es como logras ser feliz.

– Me haces daño... –dije a duras penas.

– Igual que tú a mí.

Violeta aflojó la presión y se apartó dando dos pasos hacia atrás.

– Tu aliento... –indicó, respirando frenéticamente.– Conozco ese aliento. Aún puedo percibirlo algunas noches, cuando los recuerdos me asaltan y no me dejan vivir... Lo siento sobre mi cara, como cuando él entraba a hurtadillas en mi habitación, cuando me violaba y respiraba contra mi rostro...

El mundo dejó de dar vueltas. Lo supe. Estuve segura de ello.

Se separó lentamente de mí, caminando hacia atrás. Cada paso que daba, Violeta me alejaba de ella años luz. Se dirigió hacia la salida con decisión, recogió sus pertenencias y desapareció tras la puerta.

– ¡VIOLETA! –grité entonces.

Ella fue quien no quiso escucharme a mí esta vez. Me despegué de la pared a la que parecía que me habían fijado con pegamento y corrí tras su estela.

– ¡VIOLETA! –chillé desesperada mientras abría la puerta y la oscuridad me recibía.

La sentí caminar entre las sombras, delatada por sus pasos que crujían sobre la grava. Mi vida pasó delante de mí como una breve exhalación... La imagen misma de Violeta pasó delante de mí como el más efímero de los suspiros.

Ella puso en marcha el motor de su coche y salió en estampida, dejando tras de sí una intensa humareda que a la luz de la luna parecía aún más tétrica.

Violeta, al contrario de mí, se había pasado la vida en total desamparo. Nunca me había dejado ver su dolor hasta esa misma noche. Y supe entonces que nunca lo hubiera hecho si los acontecimientos no hubieran derivado por aquel camino. Su declaración había descubierto a una Violeta que yo desconocía por completo, a una a la que nunca me había molestado demasiado en conocer. Tan segura estaba yo de que mi amor era suficiente que cerré los ojos a todo lo demás.

Aquella desdicha era suya. De esa forma había conseguido adormecerla durante tanto tiempo. Nadie podría decir nunca de Violeta que sentían lástima por ella. No quería la compasión de nadie. Ella nunca dejaría que eso ocurriese. Su propia autoestima así se lo exigía. A los ojos de los demás tan sólo era la misteriosa Violeta. Si lo había compartido conmigo significaba que jamás volvería a verla.

Sentí que la cabeza parecía querer estallarme. Un repentino dolor me inundó, recorriendo por entero mi cuerpo.

Me tambaleé por enésima vez esa noche, pero esta vez no fue algo producido por el alcohol, sino por mi propia inestabilidad emocional. Era como si me hubieran tapado los ojos y me obligaran a caminar en equilibrio por una cuerda.

Volví a entrar en la casa. Cerré la puerta y mantuve la mano en el pomo durante tiempo indefinido. No había nada en lo que pensar. Ahora sólo podía ser consciente de aquel extraño dolor en mi pecho. Nunca antes me había sentido así. Pensé que rozar la muerte tenía que ser algo comparado con aquello que sentía dentro.

No llegaba a comprender qué era lo que estaba pasando dentro de mí.

Cuando decidí darme la vuelta y comencé a caminar cansadamente, los pies me pesaban tanto que parecía que fuera incapaz de levantarlos del suelo. Cada vez que pestañeaba, veía a Violeta y su desencanto, veía su rostro pegado al mío, sus labios trémulos.

Vagué sin rumbo hasta que llegué hasta el salón. Observé la mesa cuidadosamente dispuesta para la que iba a ser nuestra cena.

Una rabia salida de no sé donde se apoderó de mí y me hizo que golpeara y arrojara con furia todo lo que había sobre la tabla haciendo que cayera la vajilla y los cubiertos al suelo estrepitosamente. Cogí el jarrón que había encima y lo estrellé contra la pared, imaginando que era mi cabeza, mi cuerpo y mi alma maldita lo que se rompía en pedazos.

Caí de rodillas, de repente demasiado cansada para sostenerme por mí misma. Comencé a respirar con dificultad. Algo estaba atorando mi garganta. Abrí la boca para tomar sonoras bocanadas de aire, intentando así aliviar el dolor de mi pecho. Pensé seriamente que me ahogaría.

Me di cuenta de súbito que lo que me dolía tanto era contener el llanto. Fue como una revelación, como si me hubieran descubierto el mismo secreto de la vida. Intenté impedir que brotaran las lágrimas, pero fui incapaz. Desde lo más profundo de mi ser surgió un rugido tan potente que llenó la casa y me hizo daño en los oídos. Tan intenso fue, que me dejó sin habla durante los dos días siguientes.

Fue entonces cuando las lágrimas comenzaron a emerger, mientras las secaba frenéticamente frotándome los ojos, creyendo que así, de alguna forma, les impediría el paso y las devolvería a mis ojos... Era mucho más fácil rendirse simplemente.

Lloré entonces con ansias. Grité e imploré. Me abracé a mi cuerpo que se sacudía como si estuviera poseída, me desplomé sobre el suelo y seguí llorando. Esas lágrimas eran las que le debía a mi padre, las que una vez quisieron llorar por él y no lo permití. Ahora no sólo lloraba por una razón.

También lloraba a Violeta.

Violeta, cuánto te quiero. Más que a mi vida, a la que no tengo aprecio alguno.

Me asusté cuando mi cuerpo comenzó a convulsionarse sobre el suelo. No tenía control alguno sobre él. Había tomado la decisión por sí solo de sacar todo el dolor y la desdicha que llevaba dentro y a la que yo lo había condenado durante demasiado tiempo.

Nunca imaginé hasta qué punto mi ser clamaba por liberarse de algunos padecimientos que yo me había obligado a mantener dentro de mí, como un reclamo que me recordara una y otra vez lo desdichada que era. Al parecer, encontraba más placer en ser una mártir que en ser feliz.

No era tan diferente al resto de la humanidad como tan prepotentemente me había obligado a pensar. Durante todo este tiempo había creído que era única en mi especie y que tenía todo el derecho a proclamar a los cuatro vientos lo especial que era, sin importarme siquiera que con ello arrastrara a la misma infelicidad a todo aquel que me rodeaba y me amaba con sinceridad. ¿Acaso no sentía y padecía como el resto?, ¿no cometía las mismas estupideces y caía en los mismos pecados? ¿Qué es lo que me hacía exclusiva?

Nada.

Me había dedicado a esquivar la felicidad tan certeramente que incluso había llegado a creer que para mí no existía tal regalo.

Violeta me lo había dicho claramente pero no quise verlo. Tan acostumbrada estaba a pensar que mi vida había tomado el rumbo equivocado que no pude sentir que ella me estaba dando la oportunidad de alcanzar la plenitud. Y sabía que Violeta era la única que podía hacer que lo lograra.

Pero se había alejado de mí antes de que yo la condujera a la desdicha como tan acertadamente había hecho conmigo misma. Y se había alejado creyendo que no la amaba, que nunca la amé, que ella era sólo una estúpida obsesión.

Ni siquiera hacía falta mirar en mi interior o preguntármelo, porque lo único que sabía con seguridad es que la amaba con desesperación.

Seguí llorando y sacando todo el dolor de dentro de mí como si me estuviera purificando. Quizás consiguiera así dejar el pasado donde pertenecía y ser capaz de mirar hacia delante sin que me pareciera que traicionaría con ello mis recuerdos.

Deseaba que regresase, que pudiera escuchar de algún modo mis pensamientos, que supiera que sin ella, efectivamente, ya no quería ser nada.

Mi garganta emitía clamores tan imposibles de evitar como las lágrimas. Me arrastré por el suelo, buscando no sé el qué. Tan sólo sentía la necesidad de moverme, de arrastrar mi padecimiento. Le pedí perdón a mi padre, si es que podía oírme desde algún lugar, por no saber aceptar la vida como tenía que ser, sino por aferrarme y esperar que pudiera cambiarla aún sabiendo que no sería así.

Violeta no sólo la había aceptado, sino que incluso se mostraba agradecida por cada cosa buena que acontecía en su vida.

Tantas cosas tenía yo que aprender de ella. Tantas lecciones que era capaz de darme y nunca intentó imponerme. Ni una sola vez me había dicho que me amaba y a pesar de todo yo sabía que lo hacía. Ese era el poder de Violeta : hacer que cada cosa que tocara, que dijera, que sintiera fuera especial.

Sólo el amarla tanto podía hacer que reconociera y creyera tal cosa. La perfección tan sólo se logra bajo los efectos de la devoción.

Nunca tendría la oportunidad de demostrárselo.
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Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Octubre 24th 2012, 3:48 pm

9. EL LABERINTO DE TU AUSENCIA.

Esa noche no podía dormir, a pesar del cansancio que solía provocarme el hacer el amor.

En realidad no sólo era esa noche. Eran todas las noches de mi vida. El sueño jamás tenía la decencia de venir a mi encuentro y si lo hacía, era intermitentemente. Pensé que estaba totalmente fuera de mi alcance el tener las mismas necesidades que cualquier ser humano.

Me levanté de la cama silenciosamente, intentando no alterar el plácido sueño de Manuela, mi compañera de cama desde hacía tres semanas.

Me reí recordando algo: al final, mi hermana había logrado emparejarme con su compañera de trabajo. Nunca me preguntó qué era lo que había pasado, a pesar de que sabía que algo muy importante había acontecido y que, por supuesto, tenía a Violeta como protagonista. De eso habían pasado ya tres meses y medio.

Un día me invitó a su casa para tomar café y descubrí que casualmente Manuela estaba allí. Me pareció atractiva y yo necesitaba compañía. Eso fue todo.

En todo aquel tiempo desde que regresé de la casa de campo no había vuelto a hablar con Violeta. Le había dejado, en cierta ocasión que había sacado el suficiente valor para ello, un mensaje en el contestador diciéndole que tenía que hablar con ella y que me llamara. Terminé diciendo que si no me devolvía la llamada no volvería a molestarla.

Tan sólo pretendía oír su voz, aunque fuera un instante. Y disculparme. Quizás hasta pedirle clemencia. No me llamó y yo fui fiel a mi palabra.

No me molesté en vestirme, en vez de eso, salí hacia el balcón. Encendí el pitillo que le había robado segundos antes a mi amante y lo encendí, apoyándome en la gélida baranda de metal. No era una fumadora habitual, por ello sentí que el humo, con tan solo una calada, me raspaba la garganta. Deseché la colilla rápidamente en uno de los ceniceros sobre la mesa y volví a mi posición original.

Manuela...

Ella, aunque se esforzaba por agradarme, no podía obtener nada de mí. Era una buena mujer y mejor amante aún, pero no podía amarla. ¿Era a esto a lo que se refería Violeta cuando me hablaba de sus relaciones? Me pregunté si conmigo también había sido así.

Manuela sabía que había algo en mí que no me permitía entregarme a nadie, e incluso tenía cierta sospecha de que sabía perfectamente que existía otra persona a quien yo seguía amando desesperadamente. Tal vez ella estuviera en la misma situación que yo y por eso se mostraba tan comprensiva.

Me doy cuenta de que nunca le había preguntado nada que no fuese banal sobre sí misma. Ella ni siquiera me había cuestionado nunca porqué prefería hacer el amor a oscuras. ¿Le diría, si lo hacía algún día, que la única razón era porque el único rostro que quería ver en esos momentos era el de Violeta? Supuse que no.

En nuestra primera vez, había abierto los ojos y el ver el rostro de Manuela delante de mí se me hizo doloroso. Era injusto. Injusto para Manuela. Era muy consciente de ello. Sólo sé que entre sus brazos encuentro algo de paz y de olvido que tanta falta me hace siempre. Tan sólo tenía que darme una mínima insinuación de que no era feliz conmigo, y yo desaparecería de su vida tan rápido como un ciclón.
¿Cómo era mi vida ahora?

Me había convertido en una autómata. Justo en lo que nunca quise ser. Había recuperado mi trabajo en el hospital, mantenía una relación equilibrada e incluso hacía planes los fines de semana.

Todo me parecía tan absurdamente normal...

Visité la tumba de mi padre por primera vez. No puedo describir lo que sentí cuando ví su nombre escrito en aquella lápida, pero estuve segura de que produjo una herida en mi corazón que nada podría sanar jamás. Tan sólo estuve allí erguida unos breves segundos.

Cuando me fui, supe con certeza que no regresaría.

Muchas veces me pregunto cómo está Violeta. Mi hermana Ginebra se había convertido en un inesperado correo en ese tiempo. Cada vez que nos veíamos me confesaba que había visto a Violeta en tal sitio o que había quedado con ella para almorzar. Y siempre me revelaba esperanzada que ella le preguntaba por mí. No era difícil suponer que a Violeta le contaba algo similar .

Observé a un gato callejero que paseaba por la acera despreocupadamente. A estas horas, no había nadie a la vista. Era demasiado temprano para cualquier cosa.

El frío me envolvió entonces, pero decidí ignorarlo. No sentía ganas de regresar a la tibeza de las sábanas y a la compañía de Manuela. Necesitaba de mi soledad incluso estando con otras personas. Sopesé la idea de recoger mis cosas e irme a mi apartamento, pero supuse que eso sería demasiado extraño. Tampoco sería muy justo para Manuela y yo no tenía intención de crear malestar entre nosotras. Seguramente mañana me despertaría para descubrir que una vez más me había hecho el desayuno. Ella era así de atenta y la única que se esforzaba de verdad porque esta relación funcionase. Yo simplemente me limitaba a aceptar lo que me ofrecía e intentaba darle lo que me pedía. Por ahora, nada en lo que tuviera que mentirle.

Últimamente no lograba encontrar un momento de serenidad. La boda de mi hermano Felipe se aproximaba y sabía que Violeta estaría allí. Verla de nuevo era motivo suficiente para mi insomnio y mi malvivir. Quizás ella decidiera no acudir. De ser así, no sé que sentimiento sería más fuerte, si el de alivio por no tener que enfrentarme a ella o el de aflicción por no verla.

Si me daba la oportunidad le diría que no le reprocho nada, que sabía con seguridad que ella lo había intentado y que si teníamos que buscar a algún culpable, ésa sería yo. Añadiría además mis deseos de que fuese feliz.

Esto último era más bien una hipocresía. Deseaba que fuese feliz, pero junto a mí.

No. Todo era una hipocresía. Esas frases son las que se dirían dos personas que se encuentran y descubren que ya no tienen nada en común para decirse. Lo que realmente deseaba hacer era arrodillarme delante de ella, implorarle cualquier cosa.

Me pregunté si Violeta también había encontrado a alguien. Me había atrevido a preguntárselo a Ginebra, pero ella siempre me había respondido que no lo sabía. Quizás sí que lo sabía pero evitaba decírmelo para no añadir más dolor.

Ginebra, mi querida hermana...

Mi paño de lágrimas durante los últimos meses. Aunque ella también me había dado la única felicidad. Las cosas con su marido finalmente se arreglaron. Era algo que yo esperaba. Cuando dos personas están destinadas a estar juntas, no hay nada que pueda obviarlo. Ellos habían crecido juntos como personas y tenían demasiado en común como para echarlo a perder. Ver la sonrisa de mi hermana era todo un regalo para mí.

Una voz me sacó abruptamente de mis cavilaciones.

–¿Qué haces ahí fuera desnuda y con este frío?

Me giré para encarar a Manuela con su negro pelo alborotado y abrigada hasta las orejas con su bata. Con aquello puesto parecía incluso más pequeña.

–Estaba pensando... –dije sin más.

–Eso puedes hacerlo en la cama. Ahí sólo conseguirás helarte...

–Tienes razón... –concedí, apartándome de la baranda para adentrarme de nuevo en el apartamento.

–A veces creo que estás loca... –me dijo dándome una palmada suave en una nalga.

–Tal vez lo esté... –respondí sin mirarla, antes de meterme en el dormitorio.

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Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Octubre 25th 2012, 8:26 am

–Tú no tienes ni idea de lo que es la puntualidad, ¿verdad? –le dije a mi hermana Ginebra nada más atisbarla al entrar al enorme centro comercial donde habíamos quedado para ir de tiendas.

Ambas teníamos la ardua tarea de encontrar algo decente que ponerme para la boda de Felipe.

–¿Ahora te das cuenta? –respondió haciéndome una mueca. –De todas formas sólo llego media hora tarde. No es para ponerse a gritar.

Suspiré. Ella había llegado tarde aún sabiendo que yo odiaba esperar. No iba a lograr nada discutiendo el asunto. Además, estaba segura de que la impuntualidad de Ginebra era algo que llevaba en los genes.

Nos adentramos en el atestado centro comercial y comenzamos a mirar escaparates.

–¿Tienes pensado algo? –me preguntó

–No. Pero lo que busco tiene que ser elegante y cómodo.

–Jimena. –me dijo con tono conocedor. –No hay nada elegante que sea cómodo. Tienes que elegir entre la elegancia o la comodidad.

–¿Por qué?

–Porque sí.

–Una respuesta muy reveladora. Gracias. –farfullé.

–De nada.

–¿Tú ya sabes qué es lo que vas a ponerte?

Asintió con la cabeza sonriente.

–Lo seleccioné la semana pasada. De hecho, sólo tengo que pasar a recogerlo...

–Apuesto que has tardado tanto porque han tenido que ensancharlo... –dije, reprimiendo las ganas de reír a duras penas.

–Otra de esas y tendrás que ir de compras tú sola. –me amenazó.

–Qué carácter...

–¿Qué te parece ése? –me señaló en uno de los escaparates a un maniquí vestido con un traje de noche de color azul.

–Demasiado escotado. –repuse.

–¿Y?

–Pues que parecería como la hermana soltera que busca marido o algo así.

–Podríamos bordar la palabra lesbiana al frente, ¿no? –señaló, demasiado divertida para mi gusto.

–¿Quieres tomártelo en serio? Falta una semana para la boda y necesito encontrar ese maldito vestido hoy.

–Cálmate, Jimena. Estas cosas se tienen que hacer despacio. Se necesita tiempo y mucha paciencia.

–¿Estás hablando de comprar un vestido o de hacer el amor? –bromeé.

–Algo me dice que va a a ser una tarde muy larga...

–Pero si te encanta mi compañía. ¿De qué te quejas?

–De nada. –dijo con voz falsa mientras encogía los hombros. –Debo recordar comprar un regalo para Mayte. Está embarazada.

–¿Otra vez? –exclamé algo alarmada. –¿Qué número hace éste? He perdido la cuenta...

Mayte era la mejor amiga de Ginebra. Se habían conocido en la universidad y desde entonces habían continuado con esa amistad. Incluso vivían relativamente cerca.

–El cuarto.

–¿Es que quiere acabar ella sola con los problemas de natalidad de este país?

–Al parecer sí. –me sujetó del brazo para pararme. –Entremos aquí. Tienes cosas realmente bonitas.

Nos adentramos en la tienda. Una música clásica nos dio la bienvenida junto con el característico olor a ropa nueva. Tuve que admitir que aquella tienda tenía clase. Era muy luminosa, con espejos en cada esquina y cada cosa pulcramente ordenada en su lugar. No era como los otros comercios donde yo solía comprar, donde la ropa yacía en cualquier lugar, sin doblar y encima de las otras por los descuidados consumidores que no se molestaban en dejar cada cosa donde la habían cogido.

Eso era algo que me ponía frenética.

–Buenas tardes. –nos saludó una de las dependientas, vestida con un conjunto de chaqueta gris y un pañuelo azul anudado al cuello. –¿Puedo ayudarles en algo?

–Sí. –se apresuró a decir mi hermana. –Buscamos un vestido de noche para ella. –me señaló con el pulgar, tomando toda la iniciativa como si yo fuera muda o demasiado tonta para hablar por mí misma.
Me limité a hacer rodar los ojos y me mantuve callada. Hiciera lo que hiciera no iba a servir de nada.

–¿Algo formal?

–Sí. –volvió a asentir Ginebra. –Es para una boda.

–Síganme, por favor.

Seguimos a la dependienta, como si de repente fuera una guía turística, hasta que nos hizo parar en una esquina, donde, colgados en riguroso orden, pendían sendos vestidos de diversos colores. Todos ellos muy elegantes.

–¿La boda es por la mañana o por la tarde? –inquirió la dependienta, comenzando a rodar las perchas en busca del vestido. Me pregunté en qué criterio se basaría para saber qué es lo que me gustaría ponerme.

–Por la tarde. –dijo Ginebra.

–Éste es muy bonito. –sentenció, sacando uno entallado de color negro, con algo de pedrería incrustada.

–¿Qué te parece? –Ginebra se giró hacia mí.

Aquel vestido quizás era ideal para alguna de las Infantas, pero definitivamente, no para mí.

–No está mal. Pero busco algo más... –dudé moviendo las manos rotativamente, consiguiendo que ambas, mi hermana y la empleada, me miraran con una ceja alzada. –¿Qué tal si echo un vistazo y la aviso si encuentro algo de mi gusto?

–Por supuesto. –colocó el traje en su sitio y se fue a atender a otros clientes.

–No tenías que ser tan brusca. –reprehendió Ginebra tras esperar que la chica estuviera lo suficiente lejos para hablarme.

–No lo he sido.

–Creo que la has asustado.

–¿En serio? Yo que pensaba invitarla a cenar... –bromeé, poniéndome a la difícil tarea de revisar los vestidos.

Mi hermana hizo rodar los ojos. Un gesto que me recordó a mí misma.

–¿Qué tal está Manuela? –preguntó.

–Bien. Aunque deberías saberlo. Trabajas con ella, ¿no?

–Ya sabes a lo que me refiero.

–La verdad es que no. –dije sin mirarla.

–Pues quería saber si todo te va bien con ella.

–Supongo que sí. No la he oído quejarse...

Ginebra se colocó en el otro extremo de la barra suspirando ante mi reticencia a hablar de mi vida privada y comenzó a ojear los trajes.

–¿Qué has desayunado hoy? ¿Limones? –me preguntó irónica.

Me hizo reír.

–No. Almeja.

Mi hermana paró en seco toda actividad y yo tuve que hacer un enorme esfuerzo por no liberar una carcajada. Me miró durante un instante para luego soltar una risotada.

–Cerda... –exclamó aún entre risas. Nuestra pequeña fiesta había atraído la atención del resto de personas, entre clientes y empleados, hasta nosotras. Ginebra se acercó a mí para susurrarme su siguiente frase. –Ahora, cada vez que vea a Manuela, te imaginaré a ti con la cabeza entre sus piernas...

No pude evitarlo. La risa se apoderó de mi cuerpo y ambas tuvimos que salir de la tienda tras varios intentos de parar de reír sin resultado alguno. Ginebra murmuró una casi inaudible disculpa mientras me empujaba a la salida.

Miré a mi hermana recordando por qué la adoraba hasta la saciedad. Qué fácil era todo a su lado.

–Sabía que era una mala idea traerte conmigo... –dije nada más recobrar la compostura.

–Te recuerdo que estoy aquí para ayudarte. Tú no tienes ni la más remota idea de cómo vestir.

–Eso no es cierto.

Ginebra no contestó. Simplemente me miró de arriba abajo a media sonrisa y logró con ello que yo hiciera lo mismo.

–¿Qué? –pregunté insidiosa.

Me aparté ligeramente cuando una señora con un carrito decidió que lo mejor era pasar justo en medio de mi hermana y de mí. Como si no hubiera suficiente espacio...

–Jimena, vistes como si fueras una "hippie" o algo así. Siempre con tejanos y zapatillas deportivas...

–Porque es lo más cómodo, querida hermana. –la interrumpí. –Ya veremos si al final del día puedes decir que no te duelen los pies con esos tacones.

–Olvídalo. No pienso discutir de este tema contigo.

–De acuerdo. –concedí divertida.

Seguimos caminando, observando cada escaparate a nuestro paso.

–Ginebra... –dije quedamente.

–¿Qué? ¿qué pasa?

Señalé con una mano a un maniquí que vestía un traje de color blanco y con lo que parecían rosas dibujadas en él. Tenía un diseño asimétrico, descubriendo uno de los hombros y con un corte desnivelado que dejaba la pierna derecha desnuda hasta un poco más arriba de la rodilla. El acabado del vestido se componía de un volante, una ligera inspiración en los trajes flamencos.

–Ése es... –murmuré, como si hubiera descubierto al amor de mi vida a primera vista.

–¿Ése? –exclamó mi hermana algo incrédula.

–Vamos... –tiré de su brazo y entramos en la tienda.

Me acerqué con algo de prisa a una de las dependientas y le confirmé mi talla. En tan sólo unos minutos, salía del probador con aquel traje vistiendo mi cuerpo como si fuera un guante. Percibí la aprobación en la mirada de Ginebra en cuanto me vio emerger del cubículo.

–¿Qué te parece? –le pregunté poniéndome de puntillas, como si con ello lograra hacer mi figura aún más esbelta.

–Estás preciosa... –confirmó ella.

La empleada también murmuró unas palabras de aprobación.

–Tendremos que buscar unas medias adecuadas...

–¿Medias? –la interrumpí. –No voy a ponerme medias.

–¿Por qué no?

–Porque no pasaría ni cinco minutos antes de hacerme una carrera en ellas. –confesé, recordando
i ineptitud cuando se trataba de aquella delicada prenda.

–De acuerdo... –suspiró Ginebra. –Como quieras.

Sonreí y me metí de nuevo en el probador para volver a ponerme mi ropa. Cuando salí, Ginebra me esperaba impaciente. Me arrebató el vestido casi de las manos y miró la etiqueta.

–¡Jesús...! –exclamó al ver la interminable fila de números que indicaban el precio. Algo en lo que yo, por cierto, ni siquiera me había molestado en fijarme.

–¿Qué? –miré la etiqueta entonces.

–Vale el doble de lo que costó el mío.

–Y eso que el tuyo tendrá mucha más tela... –añadí sin poder evitar hacer la pequeña broma.

–Si no fueras mi hermana y te quisiera tanto, te estrangularía.

La besé alegremente en la mejilla y nos dirigimos hacia el mostrador para pagar mi compra.

Seguidamente nos encaminamos hacia una zapatería donde adquirí los únicos zapatos de tacón que no me hicieron arrugar el ceño con disgusto.

La mañana se nos pasó volando entrando y saliendo de las distintas tiendas. Ginebra, que debía de ser algo así como la consumidora perfecta, compró diversos regalos para su amiga, su hija y su marido. Sólo cuando su tarjeta de crédito pareció emitir cierto olor a chamuscado y ante mi fastidiosa insistencia, decidió buscar un restaurante para tomar el almuerzo y de paso permitirme recuperar el aliento que tanta caminata me había robado.

Nos sentamos en una mesa que hacía esquina en un pequeño local de comida rápida. Pedimos un par de refrescos y sendos bocadillos de jamón y queso.

–Jimena, ¿has oído algo de lo que te he dicho?

–¿Eh...?

–Está claro que no.

–Lo siento. –murmuré mi disculpa. Lo cierto era que hacía unos minutos que mi mente se había ido a mucha distancia de allí.

–Eres la única persona que conozco que sea capaz de olvidarse del mundo entero a pesar de estar rodeada de él.

–Ni siquiera me doy cuenta de ello.

–Lo sé. –sentenció mi hermana.

–¿Qué me estabas contando?

–Te decía... –le dio un bocado a su bocadillo.

Me pregunté cómo demonios era capaz de engullir tan rápido para hablar después, era imposible a menos que se tragara la comida sin masticarla.

–... que Cristina tiene novio.

–¿En serio? –dije incrédula al tiempo que admiraba interiormente las dotes de socialización de mi sobrina de catorce años. A esa edad, yo era incapaz de soltar una frase de más de cinco palabras sin atragantarme con la saliva.

–Me ha dicho que cree que es el amor de su vida, ¿puedes creerlo? Si aún es una mocosa...

–No le habrás dado "la charla", ¿verdad?

Ginebra frunció el ceño y torció los labios pensativa.

–Sí, lo he hecho... –dijo al final algo dubitativamente, ignorando si el haberlo hecho estaba bien o mal.

–¿Es que has sido capaz de olvidar la charla que nos dio mamá sobre ese tema? –exclamé demasiado exaltada.

Mi madre nos había explicado, cada vez que una de nosotras alcanzaba edad de merecer, los peligros del sexo, todo el pecado que se escondía detrás de él y por supuesto, había acabado las charlas con el típico:"los chicos suelen buscar una sola cosa, y es aprovecharse de vosotras".

Desde luego, ese consejo a mí más bien me sobraba. Claro que entonces no tenía ni idea de que yo acabaría buscando la misma cosa que los hombres.

Oír a mi madre hablar de sexo fue de las peores experiencias que recuerdo de mi infancia. Pero recordando a una amiga de la universidad, debo decir que tuve mucha suerte. A ella incluso le hablaron de la masturbación...

–¿Me estás diciendo que he hecho algo malo?

–Ginebra, esas cosas siempre es mejor que se las explique alguien que no sea un padre... –sorbí por la cañita de mi limonada. –Por ejemplo yo. –Me miró mientras masticaba sin descanso un instante para luego echarse a reír. Y supe con seguridad que era lo que le había hecho tanta gracia.

– Para que te enteres... –dije a la defensiva. –... Estoy segura de que hubiera preferido que fuese yo quien le diese la charla.

–Ella y yo tenemos mucha confianza, no fue nada violento. Además, tengo la completa seguridad de que sabe más de sexo que yo.

Moví la cabeza asintiendo, dándole con ello la razón.

–Posiblemente...

–Tan sólo le advertí que fuera responsable y eso fue todo. –sentenció ella.

Seguí rumiando algo dentro de mi cabeza al tiempo que no le quitaba la vista de encima a Ginebra. Al principio quiso ignorarme, pero acabó por preguntarme sabiendo que era probable que se arrepintiera de ello.

–¿Qué?

–¿Crees que no podría ayudar a Cristina en esto?

–Si estás pensando en si creo que serías una mala influencia o que quizás pienso que no eres la más indicada para dar consejos olvídalo inmediatamente, ¿me oyes? –me regañó seria.

–Pero antes te reíste cuando...

–Tú te pasas el día haciendo bromitas referente a mi diámetro y no me quejo... –interrumpió rauda.

Me hizo reír y la tensión desapareció tan rápido como había aparecido. Ella me siguió y me guiñó un ojo. Sentí la imperiosa necesidad de decirle lo mucho que la quería, pero no lo hice.

–Hablando de lo cual... –comenzó y mi mente gritó inmediatamente la palabra peligro. –... ¿piensas invitar a Manuela a la boda?

–No.

–¿Por qué?

–Pues porque no. Tan sólo hace unas semanas que nos vemos.

–Entiendo... –se acomodó en su asiento una vez acabado su almuerzo. – No es lo suficientemente serio, ¿no?

–Algo así.

–Violeta estará allí...

Mi corazón dio un vuelco y mi cuerpo se enderezó repentinamente cuando oí a mi hermana pronunciar aquel nombre.

–¿Sabes qué? –prosiguió en cuanto se hizo evidente que mi boca seguiría cerrada por tiempo indefinido. –Comienzo a estar cansada de este tema... Violeta ha cambiado mucho en poco tiempo, ya no es la misma y tú... Bueno, tú andas por el mundo completamente perdida.

–¿Violeta ha cambiado? –pregunté ansiosa.

–Sí... –se frotó la frente cansadamente. –Ella también da respingos cuando pronuncio tu nombre en su presencia. De hecho, rehúye cualquier conversación que gire en torno a ti... Sólo el oír tu nombre puede hacer que se encierre en un mutismo absoluto.

Aparté mi almuerzo a un lado, de repente sentía náuseas, y me apoyé sobre la mesa con los codos. No era capaz ni siquiera de mirar a Ginebra, quien no apartaba sus ojos inquisidores de mí.

–Te has acostado con ella, ¿verdad?

–¿Qué? –dije incrédula.

–Lo imaginaba... –se respondió ella misma. –Lo que más me intriga es cómo demonios lo has logrado...

Terminó su almuerzo y se bebió ruidosamente el resto de su refresco.

–Lo dices como si la hubiera pervertido o algo así... –contrarresté algo molesta.

–No me refería a eso. Lo que quería decir es cómo, sabiendo como eres, se ha liado contigo...

–¿Sabiendo como soy? –dije, completamente perdida.

–Sabiendo que le harías daño.

Aquellas palabras me sentaron como un jarro de agua fría y lo que es peor, sabía perfectamente que eso era lo que mi hermana había pretendido desde el primer momento. Cubrí mi rostro con las manos y suspiré. La conversación comenzaba a hundir mi estado de ánimo.

–Mírame. –ordenó, apartándome las manos de la cara con brusquedad. – Lo he visto con mis propios ojos, Jimena. He visto lo devastadora que puedes llegar a ser contigo mismo... Y con los demás. A Violeta nunca le has dado miedo. A mí a veces me lo das...

–Ginebra...

–No digas "Ginebra" con ese tono, que te conozco. –me interrumpió, y por primera vez me di cuenta de que mi hermana parecía estar enfadada. – No pretendo que me cuentes lo que pasó porque, francamente, prefiero no saberlo. Sólo quiero que me digas si ahora todo ese amor que decías sentir por Violeta se ha evaporado.

No pude contenerme y me eché a reír con dolor. Mi querida hermana estaba sugiriendo que quizás lo único que había perseguido de Violeta era algo sexual disfrazado de amor y que, una vez logrado mi objetivo, la había abandonado.

–¿Tan retorcida me crees? ¿Tan ilógico te parece que pueda amar a alguien profundamente, aunque sea de mi propio sexo?

–Jimena...
–No, espera. –ordené yo ahora. –No sabía que dudaras de mí hasta tal punto, Ginebra, no sabía que pensaras que mis sentimientos pudieran ser tan volubles...

Me incliné hacia delante, apoyándome en mis antebrazos y hablé con voz estrangulada.

–¿Quieres saber la verdad? La verdad es que no puedo vivir sin ella. Cada día que pasa es como una prueba de resistencia. Nunca fui más feliz que los pocos días que pasó a mi lado y lo que es peor, creo que no lo seré nunca... Soy un desastre, tienes razón, pero mi capacidad de amar, de amar a Violeta es infinita. La amo tanto que incluso me duele...

–Lo siento.

–Por supuesto que lo sientes... –añadí, levantando las manos para seguidamente dejarlas caer sobre la mesa otra vez.

–¿Qué piensas hacer?

–Aprender a vivir sin ella o conquistarla de nuevo. –dije, con absoluta convicción. –Y ambas son igual de imposibles...

–Parece como si esperaras que de un momento a otro te venga la inspiración divina para saber qué hacer.

–¿Y qué es lo que me sugieres que haga?

–Que la olvides de una vez, que dejes de ir por la vida como una maldita víctima y que aprendas a vivir.

Mi hermana, literalmente, me estaba fusilando.

Se hizo un profundo silencio entre Ginebra y yo. Nos miramos fijamente, ella muy dispuesta a no apartarla, poniendo de manifiesto que sabía que llevaba toda la razón. Le hizo un gesto a un camarero que pasaba por allí y pidió la cuenta.

–Tengo que irme. –me anunció tranquilamente, mientras alcanzaba su bolso y sacaba su monedero.

–Aún tengo que hacer muchas cosas en casa.

–Sí... –fue todo lo que mi garganta pudo emitir.

Se levantó de la mesa y recogió sus bolsas. Al pasar por mi lado, se agachó para hablarme al oído.

–Cambia... –me dijo como si fuera un ultimátum.
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Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Octubre 26th 2012, 1:38 pm

–¿Qué haces ahí? –me preguntó Manuela con el ceño fruncido cuando me avistó.

No sé cuánto tiempo la había estado esperando sentada en las escaleras que daban al rellano de su apartamento. Sólo sabía que después de haber salido del centro comercial, me había dirigido directamente a su edificio.

–¿Ocurre algo? –volvió a preguntarme.

–No. Sólo te esperaba.

–¿Has perdido la llave que te di? –inquirió nuevamente.

–No. –me levanté de mi insólito asiento y me acerqué a ella. –Deja que te ayude.

Le tomé una de las bolsas que portaba y esperé hasta que ella abriera la puerta. Luego me dirigí directamente a la cocina y la deposité sobre la encimera.

–¿Hubo suerte con las compras? –me preguntó, al tiempo que comenzaba a colocar los víveres que había comprado.

–Sí.

–¿Qué tal con Ginebra?

–Muy bien. Deseosa de conocer los detalles de nuestra relación... –bromeé.

Se giró hacia mí y me regaló una amplia sonrisa. Luego siguió con su tarea.

Pensé que viéndonos allí, haciendo algo tan simple como mantener una cordial conversación en medio de la cocina, nos hacía parecer como un matrimonio feliz.

–No entiendo como siendo tu hermana aún no te conoce... –dijo, con su cabeza totalmente metida en el refrigerador.

–¿A qué te refieres?

–Pues a que es imposible sacarte las cosas a menos que tú misma estés dispuesta a revelarlas.

Cogí una de las manzanas que estaban expuestas en el frutero y comencé a roerla.

–Manuela... –la llamé quedamente.

–¿Sí? –abandonó toda labor para darme su plena atención.

–¿Te importa que no te haya pedido venir conmigo a la boda?

–No. –su respuesta fue clara y rápida. Algo que indicó que sin duda decía la verdad.

–Bien... –murmuré para zanjar el asunto antes de darle otro bocado a la manzana.

Pero Manuela siguió mirándome con sospecha y entonces comprendí que para ella las cosas aún no estaban demasiado claras.

–¿Hay algo que debo saber? ¿Qué es lo que está pasando por esa cabecita tuya? –preguntó medio en broma medio en serio.

Creí que era momento de averiguar ciertas cosas.

–¿Te hago feliz?

–No me haces infeliz, y creo que eso es más importante.

–Me refiero a si...

–Sé a lo que te refieres. –me interrumpió. –Me gustan las cosas como están. Y creo que tú sientes lo mismo.

–De acuerdo.

Hubo un instante de silencio. Manuela volvió a lo que estaba haciendo y yo, por contra, seguí rumiando pensamientos salidos de no sé donde.

–No quiero que pienses que es sólo sexo... –solté de súbito.

Ella se acercó a mí entonces, echándose su larga y morena cabellera hacia atrás.

–Jimena, ¿te has dado cuenta de que cada vez que pasas la tarde con tu hermana te comportas de manera extraña?

–¿Lo dices en serio?

Asintió con la cabeza.

–¿Piensas pasar la noche conmigo? –me preguntó, cambiando totalmente de tema, como si aquel para ella no tuviera importancia.

–Sí...

–Estupendo. –se puso de puntillas y me besó en la mejilla. –Prepararé la cena entonces.

Seguí apoyada en el mismo sitio, terminando de comerme la manzana. Pensé en lo fácil que resultaría una vida en común con aquella mujer. Sin embargo, ni un solo pensamiento había dedicado yo a creer que podría haber un futuro con ella.

Recordé a conversación con mi hermana, a decir verdad, era todo en lo que mi mente se había ocupado desde entonces. Tenía miedo de que mi vida se redujera a aquello. No más Violeta, no más deseos... La vida de un ser humano corriente no estaba hecha para mí. Necesitaba a Violeta para sentirme especial. La necesitaba para rendirme, para amarla, para reconocerme a mí misma.

–Voy a ver la tele un rato... –le anuncié a Manuela, saliendo ya de la cocina.

–Muy bien...

Me senté en el sofá y encendí el televisor. Inmediatamente, el rostro ya familiar para mí del encargado de dar las noticias apareció. Su cara totalmente inexpresiva. Me pregunté por qué tenían que ser tan malditamente sobrios. No me extrañaba que algunas personas prefirieran no ver las noticias. Daba miedo tan sólo con verle la cara a los presentadores.

Me recosté en el sillón, buscando una posición de total comodidad. Sentí que los ojos comenzaban a cerrárseme. Mi respiración se hizo cada vez más pausada y mis músculos se rindieron.

Tras mis párpados cerrados apareció la imagen de Violeta. Hacía mucho tiempo que no aparecía ante mí de aquella forma. Me había decidido a no dejar que inundara mis sueños como antaño, pero ahora necesitaba recordarla.

Ella me sonreía mientras su cuerpo desnudo, posicionado sobre el mío, se movía acompasado hacia adelante y atrás. Mis manos se perdieron en la frondosidad de su cabello. No pude evitar el sonreír de júbilo al tenerla otra vez a mi lado. Me vi a mí misma, como si estuviera fuera de mi cuerpo, sonriéndole y acariciándola en aquel mismo sofá.

Oí la voz de Violeta, sentí su olor, el tacto de su piel. La oí decir que me amaba y mi corazón dejó de latir. Volvió a sonreír una vez más, llenándome los oídos con la riqueza de su risa. Era maravilloso... Indescriptible.

–Jimena...

Una dulce voz pronunció mi nombre más dulcemente aún. Abrí los ojos y encontré el rostro de Manuela cerca del mío.

–Te has quedado dormida... –me dijo divertida, echando hacia atrás algunos cabellos de mi frente.

–¿Qué hora es? –pregunté con voz adormilada.

–Algo más de las nueve...

–Vaya...

–¿Te apetece comer algo? La cena está casi lista.

Me erguí hasta quedar sentada y me froté cansadamente el rostro.

–Lo cierto es que no... –la miré, sintiendo cierta desazón. –Escucha..., estoy agotadísima, ni siquiera me había dado cuenta de ello hasta ahora...

–¿Tienes guardia en el hospital mañana?

–Sí... –añadí fatigosamente.

–De acuerdo. –me palmeó el muslo. –Vete a casa.

–Gracias. –la besé con brevedad en los labios. –Te llamaré mañana.

–Como quieras.

Me levanté de mi asiento y recolecté mi abrigo y el bolso. Antes de alcanzar la puerta, oí que Manuela me decía algo.

–¿Qué? –me giré, avistándola en el mismo sitio que cuando me había levantado.

Ella se limitó a sonreírme, aunque advertí, por primera vez, algo de tristeza en su expresión.

–Te decía que era un bonito nombre...

Fruncí el ceño, achacando mi falta de entendimiento a que aún sufría los efectos de mi breve sueño.

–Violeta... –repitió. –Es un bonito nombre.

No dije nada. Simplemente me di la vuelta despacio, salí del apartamento y me alejé escaleras abajo, sin molestarme siquiera en tomar el ascensor.

Me metí en mi coche, casi congelada de frío a pesar de que el recorrido desde el edificio de Manuela y mi auto era relativamente corto. Expulsé el aliento y apoyé la cabeza con fuerza en el respaldo, asiendo el volante con ambas manos hasta que los nudillos se me pusieron blancos.

Casi sin pensar, pero segura de que lo que acababa de ocurrírseme y que iba a poner en práctica me aliviaría a sobremanera, puse el motor en marcha y tomé la ruta que me llevaría hasta la casa de Violeta.
Pisé el acelerador. La velocidad a la que ahora conducía no era una a la que estuviera acostumbrada, pero ahora mismo, el hacer aquello estaba liberando algo de mi desaliento. Incluso comenzaba a sentir una sensación desconocida para mí mientras mis manos comenzaban a aferrarse al volante y mis piernas temblaban de emoción.

No tuve más remedio que parar en un semáforo en rojo, pero las ruedas chasquearon contra el asfalto e incluso estuve segura de que habían dejado huella. Sólo unos centímetros me separaban del automóvil delante de mí. Vi a su conductor mirarme por el retrovisor con cara de pocos amigos. Sonreí con una muy maliciosa sonrisa y esperé impaciente a que el semáforo nos diera vía libre.

El hombre negó con la cabeza repetidamente y casi podía jurar que en esos momentos estaba pensando que yo era alguna chiflada. Seguramente estaba en lo cierto.

El tráfico aún estaba algo denso, pero llegué en unos quince minutos. Aparqué el coche algo alejado del lugar y me escondí detrás de uno de los árboles plantados en medio de la acera. No tenía la intención de presentarme en su apartamento, ni tan siquiera de que me viera. Sólo quería saber lo que sería estar cerca de ella, aunque fuera desde la acera de enfrente y sin que me quedara otro remedio que tener que contentarme con mirar a su ventana.

Conté las ventanas y cuando avisté la que se suponía tenía que ser la suya, sólo pude apreciar oscuridad. Era demasiado temprano para que Violeta se hubiera metido en la cama, además de que sabía que ella era una persona más bien nocturna. Tal vez estaba de viaje. No tenía la menor idea. Aún así y pese a que tenía todas las incertidumbres posibles, me quedé allí hasta bien entrada la madrugada, sentada al borde de la acera, con la mirada fija en su ventana. Me fui cuando el frío se apoderó de mí y la calle se quedó tan desierta que era imposible oír cualquier sonido.

Cuando regresé a mi apartamento, me fui directamente a la cama. Después de varios intentos por lograr que el sueño me venciera, decidí echar mano de los somníferos y por fin llegó la esperada calma.

Dos días después, y sin saber cómo, me descubrí cenando sentada a la mesa de un elegante restaurante con Manuela. Ella se había empeñado en hacer algo diferente esa noche y yo apenas había puesto objeción.

Observé a Manuela, sentada enfrente mío, canturreando al compás de la música clásica que inundaba el lugar.

–¿Has decidido lo que vas a tomar? –me preguntó, cerrando su carta.

–Me apetece algo de pasta.

–Bien. Yo estaba pensando en lo mismo. ¿Tú te pides los espaguetis a la carbonara y yo los tallarines y así compartimos?

Le sonreí abiertamente.

–De acuerdo. –cerré la carta y crucé las manos en mi regazo.

–¿Vino?

Negué con la cabeza.

–Agua mineral para mí.

La camarera eligió ese preciso instante para aparecer en nuestra mesa y Manuela le indicó nuestra decisión con diligencia. Seguidamente, cruzó las piernas por un extremo de la mesa y se encendió un cigarrillo bastante satisfecha.

–Creo que no te lo he dicho...

–¿El qué? –pregunté.

–Nos obligan a hacer la próxima semana un cursillo. ¿Puedes creerlo? Tendré que soportar durante tres días interminables charlas sobre recaudación. –suspiró. –Me temo que casi no tendré tiempo de verte...

Hice ademán de echarme a temblar con disgusto. En ese momento trajeron nuestras bebidas. Manuela al final había desistido de la idea de tomar vino y había decidido acompañarme con el agua.

–¿Tú qué tal por el hospital?

Me encogí de hombros al tiempo que tomaba un sorbo de agua.

–Bien. Aún no han encontrado a la mujer que abandonó a su hijo después del parto. Parece haberse evaporado...

–Me gustaría saber los motivos que podría tener alguien para hacer algo así... –comentó casualmente.

–Yo también, créeme.

Manuela me sonrió levemente, apagó el cigarrillo estrujándolo dentro del cenicero y se inclinó hacia delante.

–¿Sabes en lo que he estado pensando desde esta tarde? –susurró juguetonamente.

–No...

–Me encantaría que te probases el vestido de la boda para mí cuando lleguemos a tu apartamento... No he dejado de pensar en él desde que me lo enseñaste...

–¿En él sólo o vistiendo mi cuerpo? –bromeé divertida.

–Definitivamente, contigo dentro...

Alcé una ceja, sonriendo de medio lado. Un breve atisbo de deseo comenzó a pulsar en mi centro. Tomé la servilleta y empecé a juguetear distraídamente con ella. Manuela seguía con sus marrones ojos clavados en mí.

–Si no dejas de mirarme así, ni siquiera vamos a probar la cena... –le advertí, lanzándome un breve vistazo.

–No estoy muy segura si comer pasta es lo que me apetece ahora mismo...

–Manuela... –la llamé con tono amenazador. Se rió, echándose nuevamente contra el respaldo de su silla.

Nuestra comida llegó segundos después. Tuve que admitir que el aspecto que tenían los platos era suficiente como para que se te abriera el apetito. Manuela tomó su tenedor y probó sus tallarines. Seguidamente cerró los ojos y exclamó un "mmm" largo. Hice lo mismo con mis espaguetis y Manuela se atrevió a sisar de mi plato unos cuantos de ellos.

–¡Ehhh...! –exclamé falsamente indignada.

–¡Oh, Dios mío! ¡Están deliciosos!

–Deja que pruebe tus tallarines...

Manuela me acercó su plato y llené mi tenedor.

–Se parecen a los de mi madre... –indicó ella.

–¿En serio?

–Sí. Aunque los de ella eran un poco más picantes...

Algo atrajo mi atención. Algo que me hizo levantar la cabeza hacia la entrada del restaurante. Algo que inevitablemente hizo que me encogiera en la silla. Incluso antes de que lo supiera con certeza, ya lo había presentido.

Violeta apareció por allí, junto con un nutrido grupo de amigos.

¿Cuántos restaurantes debían de haber en aquella ciudad? Cientos. Quizá hasta miles. Ahora, ella estaba entrando al mismo restaurante en el que yo cenaba, casi a la misma hora. Y pensé en ese instante, que eran esas mismas casualidades lo que hacían de la vida algo muy extraño.

Manuela notó mi súbito cambio de humor y disposición y se giró para mirar hacia mi línea de visión para descubrir qué era lo que con tanta consistencia había tomado mi atención por entero. Le debió parecer imposible adivinar cual de entre aquellas cinco personas tenía mi solicitud, puesto que se volvió hacia mí al instante.

–¿Estás bien? –preguntó, con evidente preocupación en la voz.

Creo que era el hecho de que no tenía ahora ningún color en mi rostro, y sé que no lo tenía porque yo misma lo había sentido abandonarme, lo que la hizo profesar aquella desazón.

Asentí con la cabeza, aún sin apartar la vista de Violeta. Intenté esquivar su visión y me concentré en mi plato nuevamente para tan sólo darle la vuelta a los espaguetis y elevar el rostro otra vez.

Un camarero llevaba a Violeta y sus amigos hacia una mesa. Me di cuenta de que la estaban dirigiendo a una que estaba detrás de mí y que, por tanto, la haría pasar a mi lado. Tragué con dificultad, imaginando lo que pasaría cuando ella me viera. No tuve que esperar mucho.

Tal vez fue mi insistencia y su fina percepción, pero se giró hacia mí y miró directamente a mis ojos. La breve sonrisa que llevaba perenne en los labios hasta ese momento se evaporó.

No puedo describir lo que sentí al verla de nuevo. Sólo sé que mi corazón clamó por algo que necesitaba tanto como el seguir latiendo y era a ella.

Pude advertir que el paso de Violeta se hizo incluso más lento y que su visión dejó de abarcarme para mirar a quien me acompañaba. Pocas dudas debió tener de que Manuela era mi amante.

Violeta bajó la vista al suelo, pero antes pude advertir una breve sonrisa, pero era una amarga. La conocía lo suficiente como para no perderme ese detalle.

Pasó a mi lado y cerré los ojos, aspirando con fuerza. Su olor...

Al abrirlos de nuevo, me encontré a Manuela mirándome extrañada, aún masticando. Si deseaba hacerme alguna pregunta, y era evidente, como siempre calló. Cogí la copa de agua y me la bebí de un solo sorbo, tragándome con ello toda la amargura que había aparecido de repente en mi garganta.

No era capaz de voltear la cabeza, pero sentía al grupo de Violeta casi como si estuvieran pegados a mi nuca. Los oía charlar, decidiendo sobre su cena y haciendo bromas.

Mi comida había quedado olvidada por completo. Observé el plato de los aún humeantes espaguetis y sentí náuseas. Lo aparté de mí, como si de repente fuera veneno.

Sólo me hizo falta verla otra vez para que mi vida y mi tranquilidad se desestabilizaran por completo.

–¿Quieres irte?

–¿Qué? –pregunté, algo perdida.

–Es evidente que estás incómoda. Podemos pedir la cuenta y...

–No... –me apresuré a decir. –Termina tu cena, no hay prisa.

–¿Estás segura?

–Completamente...

Saqué la servilleta que hasta entonces descansaba sobre mi regazo y la deposité sobre la mesa. Mis sentidos estaban ahora demasiado ocupados en percibir todo lo que pasaba dos tablas por detrás de mí.

Manuela siguió concentrada en su cena, sin atreverse a romper el silencio otra vez. Hasta yo pude notar la tensión que sufría ella en esos momentos. Levantó los ojos hacia mí y me miró. Algo en su mirada me indicó que todo aquello la sobrepasaba.

–Lo siento... –le dije.

–¿Por qué?

No quise contestarle a esa pregunta, pero tomé una determinación a cambio.

–Vayámonos de aquí. –solté rauda.

Pedimos la cuenta y nada más pagar, tomé a Manuela de un brazo y salimos al exterior. Ni una sola vez eché un vistazo en dirección a Violeta a pesar de que sabía con toda seguridad que ella me estaba observando.
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Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Octubre 27th 2012, 10:46 am

– Jimena...

La voz rota de Manuela pronunció mi nombre, pero hice caso omiso a su llamada. Seguí penetrándola con mis dedos con fuerza al tiempo que montaba sobre su muslo con rabiosa disposición.

– Jimena, para... –dijo una vez que mi boca liberó la suya.

La oí decir aquellas palabras, pero mi cerebro no lo registró como un comando. Mi boca cubrió entonces uno de sus senos para succionar de él. Algo en mí me había hecho comportarme de forma salvaje esa noche. Las dudas, el desasosiego, el dolor de no tener lo que más ansiaba... ¿Qué importaba lo que fuera? Lo importante era que comenzaba a sentirme bien.

– Para. – junto con la orden, Manuela tiró de mi hombro hacia atrás para separarme de ella.
Suspendí en seco toda actividad y levanté la cabeza para encarar a Manuela de entre las sombras. Ella se movió hacia un lado, sacándome a mí de su interior. Por mi parte, me quedé estática en el sitio, apoyada sobre uno de mis codos, jadeando frenéticamente.

– ¿Qué te está pasando Jimena? –me preguntó ella, aún dolida por mi comportamiento irracional.– No eres tú...

Me derrumbé de espaldas sobre el colchón y fijé la vista en el techo. Manuela se incorporó al no obtener ninguna respuesta de mi parte.

– Será mejor que me vaya... –anunció, encendiendo una de las lámparas.

La sentí levantarse y recolectar su ropa, la misma que momentos antes yo le había arrancado a tirones. Se vistió con rapidez, todo ello sin mirarme, aunque de haberlo hecho, sólo se hubiera encontrado conmigo mirando al techo como una maldita imbécil.

– Lo siento... –dije sin moverme.

Manuela se detuvo un momento, para después proseguir con su fuga a mitad de la noche. Se marchó silenciosamente. Apenas la oí cerrar la puerta.

Me giré hacia la izquierda y me abracé a mí misma, necesitando el calor de algo, aunque fueran mis propias manos. Estrujé mis ojos en cuanto sentí que se estaban amontonando allí las lágrimas. Las cosas para mí comenzaban a perder el poco sentido que le restaba. Estaba metida en un laberinto, sin salida alguna. Ahora podía asegurarlo.

Por primera vez en mi vida, deseé no haber conocido nunca a Violeta.

Me levanté de la cama y casi sin pensar, me vestí rauda calándome una sudadera y los primeros vaqueros que saqué del armario. Necesitaba salir de mi apartamento. Aquellas paredes comenzaban a asfixiarme.

Salí a la calle con lo puesto y las llaves de mi coche. Mi aliento acompañándome a cada paso. Era otra de esas noches gélidas donde cualquier persona, con un mínimo de sentido común, estaría ahora bajo el amparo de las mantas a aquella hora. Ya era más de medianoche.

Me subí en el coche sin haber decidido aún qué era lo que deseaba hacer, aunque la idea de volver al lugar donde vivía Violeta y mirar toda la noche hacia su ventana se me hacía cada vez más apetecible. Pensé, mientras ponía en marcha el motor, que definitivamente había perdido el juicio. Recordé las palabras de mi hermana, y reconocí la razón en ellas. Sabía que debía de empezar por poner orden a mi vida, pero, ¿podría lograr hacer algo así sin Violeta en ella? Violeta era mi norte.

Ni siquiera era capaz de asumir que ella ya no estaba o que quizás no volvería a mí. Ginebra había tenido razón en una cosa sobre todas las demás: yo estaba esperando a que un milagro arreglara todo aquel desastre.

Asumía mi culpa, pero desconocía si para Violeta esto sería suficiente. Estaba segura de que no.
Aparqué el Audi a una distancia prudencial, y mientras me acercaba al mismo hueco que hacía dos noches había ocupado en mi súbita personalidad de espía, observé que un taxi aparcaba cerca de la acera.

Vi la figura de Violeta salir de dentro de él y reaccioné escondiéndome detrás del árbol plantado en medio. Mi corazón volvió a latir con fuerza y pensé, mientras intentaba que aquel tronco abarcara por completo mi figura y la escondiera a sus ojos, que debía parecer una auténtica gansa.
Me atreví a asomar la cabeza por uno de los lados y alcancé a ver como Violeta se metía en su edificio. Sola.

Suspiré de alivio por múltiples razones y me senté allí mismo. Miré hacia arriba y conté mentalmente los segundos que tardaría seguramente en llegar hasta su apartamento y encender la luz.

Cuando lo hizo, me sentí totalmente incapaz de apartar la mirada de aquel punto perdido que era su ventana. La imaginé andando por el piso, yendo a la cocina, encendiendo la tele, incluso desvistiéndose. Imaginé que yo estaba allí adentro, junto a ella y que ahora mismo la estaría besando, porque era justo eso lo que más deseaba en el mundo.

Estar allí, podía hacer que la sintiera un poco más cerca, pero no que encontrara el valor suficiente como para encararla.

Recordé que en la época que la había conocido solía pensarla junto a mí, que le hablaba incluso. Mis dieciocho años volvieron a mi memoria, trayendo consigo las imágenes de una endiosada Violeta. Ahora también podía rememorar con claridad el suave tacto de su piel, el sabor de su boca y el sonido de su risa. El tesoro de mis momentos junto a ella.

Me abracé a las rodillas, intentando atraer el calor a mi cuerpo.

Me quedé allí hasta que la luz de su apartamento se extinguió por aquella noche.

Estaba segura de que, pasara lo que pasara, el observar su ventana cada noche se convertiría en un ritual para mí. Un ritual que me daba la oportunidad de tenerla aún sin que estuviera a mi lado.

Quizás algún día tuviera la valentía suficiente para atravesar la calle y presentarme ante su puerta, para soportar su mirada azul, para que me embargara su esencia...

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Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Octubre 28th 2012, 12:21 am

10. DESPACIO.

Viernes, cuatro de la tarde. Día de la boda. La parte femenina de la familia al completo estaba en casa de mi madre, donde más tarde se celebraría el banquete, concertando los últimos preparativos y asistiendo a la nerviosa novia.

Desde mi cómodo asiento hice rodar los ojos en cuanto nuevamente oí el llanto de Julia, que debía creer que aquello era poco menos que un cuento de hadas. La pobre casi no había parado de sollozar en cuanto entró a la habitación para vestirse. Incluso habían tenido que maquillarla varias veces. Me pregunté si realmente lloraba de nervios o por todas aquellas horquillas que le habían colocado en el pelo... Lo cierto es que comenzaba a hacer que mi cabeza quisiera estallar.

Crucé las piernas y me dediqué a observar el arduo trabajo de mis dos hermanas mayores calmando a la novia. Pensé que, si casarse significaba pasarlo tan mal, casi era preferible no hacerlo.

No pude evitar soltar unas risillas en cuanto vi a mi madre con una taza humeante de tila intentando hacérselo tragar a la pobre Julia.

– Vamos...vamos..., cariño. –le decía mientras.– Tómate esto y ya verás que te vas a sentir mejor...

– Gracias... –dijo hiposa.

– Tienes que calmarte. No querrás entrar a la iglesia llorando, ¿verdad?

– Es que no puedo evitarlo, estoy tan feliz... –soltó, suspirando hasta hacer que casi se le soltara el corsé de su traje de novia.

Por mi parte, hacía un par de horas que me había vestido y preparado para la función. Si de mí hubiera dependido, preferiría haber ido a la iglesia directamente, pero al parecer, era costumbre que todas las mujeres se reunieran para ayudar a la novia... Claro que yo aún estaba intentando averiguar por qué mi presencia en la casa era tan importante, cuando lo único que había hecho era llegar y sentarme.

Mis hermanas mayores, correteaban por la casa, atendían las llamadas telefónicas y cuchicheaban entre ellas. Parecían estar completamente en su salsa. Me giré hacia mi sobrina de catorce años que estaba sentada junto a mí, y a la que observé durante unos instantes mientras ella jugaba con su pequeño celular.

Estiré el cuello para mirar en la pantallita. Bendita tecnología...

– Vaya... –dije.– ¿Me lo prestas luego?

Se echó a reír.

– ¿Tú también te aburres?

Hice rodar los ojos y puse expresión de desespero.

– Horrores...

– Estás muy guapa, Jimena. –cumplimentó con una amplia sonrisa.

– ¿Te parece?

Asintió vehemente con la cabeza.

– No tengo más remedio que fiarme de ti, siempre has tenido buen gusto... –le pellizqué la nariz.

– Ya soy muy mayor para que me hagas eso... –se quejó divertida.

– Y demasiado joven para tener novio.

En un instante, un tono rúbeo cubrió por completo sus mejillas. Era cierto lo que decían de que aquella niña se parecía mucho a mí.

– ¿Mamá te lo ha dicho?

– Sí.

– Es sólo un amigo... –dijo, como restándole importancia.

– Me parece bien que tengas un amigo especial. –subrayé la palabra. Ella siguió enfrascada en la pantalla de su teléfono, aunque sin mover un solo dedo.– Pero no descuides el colegio por un momento...

– Pareces mamá... –comentó suspirando.

Me eché a temblar cómicamente y ella se rió.

– De acuerdo. Eso ha sido suficiente como para que no diga una palabra más...

Volví a concentrarme en la escena que se proyectaba delante de mí. La tila parecía tener efectos contradictorios en la novia, y por enésima vez, volvió a sacudir los hombros intentando reprimir las lágrimas. Hice rodar los ojos. ¿Qué demonios pasaba con aquella mujer? A ratos me parecía estar contemplando un capítulo de alguna telenovela.

– Julia... –la llamé fríamente.– O dejas de llorar o con esos ojos rojos e hinchados vas a parecer una yonkie. Tienes un aspecto horrible...

El llanto, milagrosamente, cesó. La que dentro de pocas horas se convertiría en mi cuñada me miró fijamente, casi con expresión de haber visto a un fantasma y yo le sonreí con falsedad. Mi madre me fulminó con la mirada y a ella también le dediqué aquella misma sonrisa.

La novia no volvió a soltar una sola lágrima y mis sentidos por fin comenzaron a calmarse. Lo mejor de todo es que finalmente supe por qué mi presencia allí era ineludible...

– La limusina ya ha llegado... –anunció Ginebra entrando en la habitación.

– Menos mal que al menos han sido puntuales esta vez. –añadió mi madre.

– ¿Alguien va a venir conmigo? –pregunté, sintiendo ganas de repente de no llegar sola a la iglesia.

– Yo iré contigo. –clamó mi sobrina.

– Estupendo.

Aún tuve que esperar casi una hora hasta que nos pusimos en marcha. Durante todo el camino, la charla y la compañía de Cristina logró relajar los nervios que desde el día anterior sentía en la boca del estómago, pero según me acercaba a la ermita, mi corazón batallaba con más intensidad de la necesaria y mis ojos buscaban cierta figura familiar.

Dentro de la iglesia, me senté junto a mis hermanas y esperé. Esperé a muchas cosas...
Me pregunté, mientras me removía frenéticamente en aquel banco, por qué diablos no cambiaban aquellos incómodos asientos de una vez. Casi me parecía estar en la Edad Media. Podrían poner butacas como en los cines, teniendo en cuenta lo interminables y soporíferas que eran las misas hubiera sido una buena idea.

Mis insidiosos pensamientos se concentraron entonces en la decoración del “santo” lugar. Las paredes y el altar llenas de imágenes, de santos y vírgenes con cara de estar sufriendo mucho. Si a eso le añadimos el hecho de que la iluminación allí dejaba mucho que desear, no me venía a la mente otra palabra con que describir lo que me rodeaba que no fuera tétrico.

Las conversaciones en voz baja de los invitados, que casi parecía el zumbar de las abejas, llenaban la iglesia. Yo ni siquiera había abierto la boca ni una sola vez desde que había entrado. Tampoco es que tuviera nada interesante que decir... Suspiré y me arremoliné como pude en aquel banco. Miré el reloj, crucé las piernas y me atusé ligeramente el pelo, todo para parecer distendida. No es que odiara las bodas, y mucho menos si era la de un miembro de la familia, pero la espera... La espera era lo que me ponía frenética.

Fijé la vista al frente. Siendo ella la madrina, mi madre y su enorme sombrero se habían colocado cerca del altar, al lado de mi hermano, quien no paraba de frotarse las manos nervioso. Agradecí el hecho de que al menos a él no le diera por llorar...

Por mi parte, cada cinco segundos, seguía girando la cabeza hacia la entrada, habiendo tenido claro que Violeta aún no había hecho acto de presencia. Comencé a sopesar la idea de que quizás no vendría ese día.

Mi hermana Isabel colocó una mano sobre mi muslo para indicarme que dejara de moverme. Intenté relajarme echando mi cuerpo hacia atrás y respiré hondo.

La marcha nupcial comenzó a sonar y la novia entró radiante en la iglesia. Nada más atisbarla, la cara de mi hermano se iluminó como una bombilla de navidad, algo que por otra parte no estaba del todo mal si nos permitía tener más luz dentro de aquella caverna.

“Mmm...”, me reproché a mí misma, “demasiados pensamientos sarcásticos. Recuerda que hoy tienes que estar de buen humor”. Con lo que sonreí y comencé a murmurar palabras de apreciación como el resto de los allí presentes.

La novia llegó a la altura de su casi marido y el sacerdote comenzó la ceremonia. Dejé de mirar hacia atrás, una vez iniciado el acto, sabiendo de sobra que aquello resultaría de lo más extraño y de que tenía a mis dos hermanas, que eran como espías, demasiado cerca de mí. Así que me concentré en mirar hacia delante aunque no pusiera atención a ninguna de las palabras que pronunciaba el cura.

Hubo un momento, cuando la música estridente de una pequeña banda colocada en uno de los rincones sonó, en que despegué mi trasero del banco y casi toco la bóveda del techo por el susto.

– ¡Qué demon...! –exclamé ahogadamente, o al menos lo intenté antes de que el codo de Isabel se incrustara en mis costillas.

Miré a mi hermana con cara de pocos amigos y ella me ignoró. Lógicamente.

Observé entonces a la banda musical, con un pequeño coro entonando canciones religiosas. Hasta entonces no me había dado cuenta ni de que existían. La iglesia, desde luego, se había modernizado. Claro que ni hablar de modernización en lo que se refería a los asientos.

Cuando llegó el momento de dar el "sí quiero", mi madre sacó rauda su pañuelo del bolso y se secó las lágrimas. Aquello era algo que ya había visto en las anteriores bodas de mis hermanos. Ella siempre conseguía llorar en el momento más oportuno. Bueno, estaba segura de que yo le ahorraría ese mal trago.

Todos nos levantamos del asiento una vez que los novios se dieron el beso y comenzamos a movernos entre vítores. Ginebra puso en mi mano una bolsita con arroz dentro y me apresuró para que saliéramos al exterior.

– ¡Violeta! –gritó mi rubia hermana.

Me giré tan rápido hacia la entrada que casi me mareé, y la vi allí, de pie justo al lado de la pila del agua
bendita. Estaba enfundada en un traje negro y largo. Un traje que parecía estar hecho únicamente para su cuerpo. La boca se me secó y mis piernas se pusieron en huelga. De no haber sido porque los demás me empujaban para darme prisa, me hubiera quedado en el sitio por tiempo indefinido.

Ginebra se acercó rauda a Violeta para saludarla y yo seguí caminando, aunque más despacio eso sí, mientras estrujaba la bolsita del arroz entre las manos. Los ojos de la azafata dejaron a mi hermana para posarse sobre mí. Los sentí atravesarme. Pasé a su lado y le murmuré un hola demasiado bajito, aún así, ella me saludó con una breve sonrisa.

– Salgamos fuera... –oí a Ginebra decir.

Me coloqué junto a los demás y esperamos a que salieran los novios para lanzarles el arroz. Todo el júbilo que podía respirar a mi alrededor no era equitativo a lo que sentía por dentro.

Violeta debió de quedarse dentro de la iglesia porque mis ojos no podían encontrarla. Algo me decía que quizás se estaba escondiendo de mí.

El feliz matrimonio apareció por fin y una densa lluvia de arroz cayó sobre ellos, tan densa era, que durante segundos casi no se podía diferenciar sus figuras bajo todos aquellos granos.

Seguidamente, el comité al completo partió hacia la casa de mi madre, en cuyos jardines se había dispuesto los arreglos para el banquete. No volví a ver a Violeta mientras me alejaba de la iglesia y cuando llegué a la casa, enseguida requirieron mi presencia para las fotos.

No sé para cuántas instántaneas tuve que posar, pero estaba segura de que habían sido miles. Incluso me retrataron con familiares de los que ni siquiera recordaba el nombre. La única que parecía disfrutar era Isabel, quien para cada toma ponía una expresión diferente. Era una fuente inagotable de posturas y sonrisas.

Desde la distancia observé que Violeta, que sostenía una copa en la mano, tenía su atención puesta en mí. Cuando nuestras miradas se encontraron, ella se giró despacio y me dio la espalda. La voz del fotógrafo me sacó del trance cuando nos pidió que rotáramos hacia un lado. Me sentía como una completa marioneta.

– Comienzo a cansarme de tanto sonreír. –comentó Ginebra en voz baja.

– Pues no sonrías. –le susurré de vuelta.

– ¿Y parecerme a ti...?

– Muy graciosa.

– Violeta está preciosa... –añadió de súbito, con una sonrisilla maléfica.

– No sabía que pudieras ser tan diabólica.

Emitió un sonido que me hizo saber que estaba sofocando la risa. Creo que secretamente le encantaba martirizarme.

– Pórtate bien, hermanita...

– ¿Antes o después de estrangularte? –dije, sin que por un momento se borrara la falsa sonrisa de mi rostro. Era increíble las cosas que uno podía decir sin mover apenas un músculo.
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Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Octubre 29th 2012, 8:22 am

Las mesas para el banquete estaban dispuestas en círculo y pensadas para que cada una de ellas albergara a seis comensales. A mí me tocó una con Ginebra, su marido, Cristina, que escogió una silla contigua a la mía, mi hermano Luis y su esposa.

La de Violeta, que estaba demasiado alejada de la mía, estaba compuesta por compañeros de trabajo de Felipe. Algunas de aquellas caras me resultaban familiares.

Jugué con el menú entre las manos, repasando distraídamente lo que íbamos a tomar. Examiné la inacabable lista de los entrantes y fui directamente al primer y segundo plato. “Lomo de venado asado con crema fina de manzana y hongos salteados, besugo con refrito de almejas y cama de cebolleta trufada...” . ¿De dónde sacaban esos nombres? Ni siquiera parecía comestible...

Suspiré y solté el pequeño menú con desgana sobre la mesa. Los camareros comenzaron a pulular por las mesas a toda prisa para servir los entrantes.

– Buen vino... –murmuró mi cuñado Ricardo tomando la botella de Rioja entre las manos.

Uno de los camareros le cogió la botella y comenzó a servirnos el vino. Puse la mano sobre mi copa y decliné la oferta. Con gran parsimonia y rigidez, posó la botella de vino sobre la mesa y me sirvió agua mineral.

– Gracias. –le dije.

– ¿No vas a tomar vino? –preguntó Ginebra.

Negué con la cabeza.

– Estoy redescubriendo el inmenso placer del agua mineral. Sin olor, sin sabor, sin nada...

Me miró con una ceja alzada, incrédula de no verme probar una gota de alcohol. Aún así lo dejó estar.

– Cristina, para ti sólo una copa, ¿de acuerdo?

Su hija asintió con resignación.

– Mamá parece estar felicísima... –comenté ausente,observando a la susodicha sentada a la gran mesa nupcial, posesivamente al lado de Felipe.

– Le encanta ser casi el centro de toda la atención cuando se reúne la familia...

– Lo sé.

Tomé un trozo de queso y lo mordisqueé. Mi mirada, como siempre, girada hacia un punto... Violeta se había sentado de cara a mí y pude observarla charlando animadamente con sus compañeros.

Aparentemente, se había olvidado de que yo existía, puesto que no levantó la vista ni una sola vez.

La enorme orquesta comenzó a tocar una suave música mientras comíamos. El sol ya estaba a punto de ponerse y las luces del jardín se encendieron iluminándolo todo casi de forma irreal. Algunas mesas comenzaron a vitorear y aplaudir a los novios cuando estos se dieron el tan esperado beso. Mi hermano se levantó de su asiento entonces para dirigirnos unas palabras.

Me giré hacia él, poniendo un brazo sobre el respaldo de la silla y le puse toda mi atención.

– Antes que nada, – comenzó él– quisiera agradeceros el que estéis aquí. Este es quizás el día más especial de mi vida y compartir mi felicidad con la gente que quiero era importante. Sin embargo, hay alguien que ya no está con nosotros y a quien sin duda le hubiera encantado estar aquí. –levantó su copa, visiblemente emocionado.– Por mi padre.

Todos levantaron su copa y brindaron. Mi hermano se volvió a sentar y mi ardorosa cuñada lo tomó por el cuello para volver a darle un beso con propiedad. Pude observar que mi madre tenía los ojos brillantes por las lágrimas que habían hecho acto de presencia. La orquesta entonces continuó tocando y todo pareció volver a la normalidad.

Me giré hacia mi sobrina, quien me regaló una amplia sonrisa y a la que correspondí con iguales ganas.

– Prueba esto... –me indicó ofreciéndome algo que parecía estar empanado. Lo tomé y mastiqué no muy segura de si iba a gustarme. Para mi sorpresa, estaba bueno, aunque no tenía ni la menor idea de lo que era.

– Se le echa mucho de menos. –comentó mi cuñado.

– Sí. –respondió Ginebra.– Es imposible no acordarse de él en un día como hoy...

– Estoy seguro de que esté donde esté, estará feliz. –sugirió Luis.

“Eso es una soberbia estupidez”, grité para mis adentros, “¿qué podría hacerle más feliz que el estar con su familia?”. Supuse que para ellos pensar tal cosa les daba cierta serenidad, todo lo contrario que a mí, siempre muy consciente de que mi padre estaba ahora varios metros bajo tierra. Me dije que lo mejor sería ignorar aquellos comentarios de ahí en adelante. Tan sólo me hacían sentir más enfadada con el mundo entero.

Sonreí sarcásticamente y levanté la vista una vez más hacia Violeta. Ella me miraba también y, por primera vez, no apartó sus ojos de mí.

Me dediqué a comer todo lo que se me ponía al alcance casi sin pronunciar palabra. Tan sólo me apetecía hablar con mi sobrina y reírme con sus ocurrencias. Era mucho mejor eso que oír aquellas historias variopintas y sin gracia alguna que contaban todos a mi alrededor como contagiados por lograr ser la estrella de la función.

Otra lluvia de flashes se sucedieron, entre gritos de “¡vivan los novios!”, cuando llegó el momento de cortar la tarta. Luego la feliz pareja pasó por cada mesa ofreciendo esos minúsculos e inservibles regalitos, una especie de ramito con un lazo azul por parte de ella y habanos por parte de él.

Me quedé sentada en la mesa a solas, el resto se había levantado una vez acabada la cena para formar pequeños grupitos de charla por todo el jardín, con la única compañía de mi copa de champán, bebiendo pequeños sorbos de la agradable bebida. Sabía que para mí no habrían muchas de aquellas esa noche, por mucho que deseara que así fuera, así que no me quedaba otro remedio que economizarla.

Acaricié la copa, con la mirada fija puesta en ella como si estuviera en trance. Una multitud de burbujas subían hasta la superficie y desaparecían allí. Me di cuenta de que si pasaba mi tiempo mirando a las burbujas de una copa de champán era porque quería esconderme de algo y no sólo de las conversaciones familiares.

– ¿Te encuentras bien?

Levanté la vista y observé a mi madre cerca de mí. Se había despojado de su enorme sombrero.

– Sí.

– ¿Y qué haces ahí sola? –volvió a preguntar, cambiando el peso de un pie a otro.

Me encogí de hombros y aparté la mirada.

– Pensar... Y huir de tía Eloísa. Esa vieja siempre se empeña en preguntarme que cuando voy a casarme...

Mi madre emitió un bufido a modo de risa e hizo que volviera a mirarla. Parecía realmente divertida.

– ¿Qué? –pregunté extrañada.

– Nada... –dijo, aunque con falsedad en la voz.– No le hagas caso a tu tía, ya sabes que está un poco... –hizo un gesto con las manos, sugiriendo que aquella anciana estaba tarada. Algo que era bastante cierto.

Fue como si la susodicha pudiera oírnos desde la distancia porque lentamente comenzó a avanzar hacia nosotras con ayuda de su bastón... Un bastón, me fijé, que estaba casi tan encorvado como ella. Cómo había logrado vivir tanto fumando tres cajetillas de tabaco diarios era otro de esos milagros de la Naturaleza. Era la hermana mayor de mi padre y tan metomentodo como una anciana puede llegar a serlo. Estoy segura de que aún creía vivir en los años cuarenta.

– Mamá. –llamé quedamente, sin quitarle la vista a la añosa.– Viene hacia aquí...

– Esa mujer tiene un sexto sentido... –masculló, acto seguido abrió los brazos para recibir a su cuñada.– ¡Eloísa ...!

– Una boda preciosa, Martina. –indicó a mi madre nada más llegar.– Y los novios están guapísimos...

– Gracias. Pensaba pasar ahora por tu mesa, es que con tantos invitados ya sabes como es esto...
Mi madre, para mentir, era de las mejores. Tenías que conocerla muy bien y saber que cuando no era cierto lo que decía, pestañeaba con más frecuencia de lo necesario.

– Lo sé, lo sé... –hizo un aspaviento con la mano libre.– Hay tanta gente reunida...

Su atención se centró entonces en mí. Aunque era evidente que su primer objetivo había sido yo. La palabra tempestad comenzó a danzar curiosamente dentro de mi cabeza. De haber podido esconderme debajo de la mesa, aún levantando las sospechas de los presentes, lo hubiera hecho con gusto. Pero aquella quisquillosa mujer ya había decidido extender sus garras hacia mí desde mucho antes. Me giré hacia los lados buscando una solución, alguna vía de escape, pero todos estaban ajenos a mi infortunio.

– Jimena, estás muy cambiada desde la última vez... –hizo gesto de pensar.– ¿Cuándo fue? No te vi en el funeral de tu padre...

La primera bomba ya había caído.

– No asistí al funeral, Eloísa. Pero eso creo que fue evidente...

– Te entiendo...

“¿En serio...?”.

– Sé que habrá sido muy duro para ti... Pero a veces hay que afrontar las cosas por mucho que nos cueste...

– ¡Oh, vaya! –metió baza mi madre en cuanto me vio fruncir el ceño y apretar los labios para contener una insidiosa frase.– Parece que la orquesta ya se está colocando en el salón. ¡Va a empezar el baile!

– ¿Aún no estás prometida, Jimena? –continuó mi tía, haciendo caso omiso a mi madre. Estaba demasiado cerca de lograr su objetivo que no era otro que el de torturarme.

Tomé la copa con fuerza y me bebí el champán de un trago.

– Eloísa... –comenzó mi madre con sobriedad.– Jimena es lesbiana.

Me atraganté. Era eso o expulsar el líquido que aún habitaba en mi boca.Por otra parte, la idea de lanzarlo contra aquella anciana viuda se me hizo apetitosa. Lástima que lo pensara tan tarde. Tosí como una descosida al tiempo que tomaba una servilleta y me secaba los labios.

¿Mi madre se había vuelto loca? Iba a lograr que le diera un ataque a aquella encorvada mujer...

– ¿Qué religión es ésa? –dijo, subiendo el tono de voz hasta casi parecer una soprano. Se volvió hacia mi madre con una rapidez pasmosa.– ¿Tu hija no es católica?

¡Oh, Señor!

Como mandaba la tradición, los novios abrieron el baile. Todos nos mudamos hacia el salón casi en estampida para no perdernos ningún detalle de la velada que estaba a punto de comenzar.

Uno de los camareros pasó a mi lado y me apresuré a coger la que sería la última copa de champán para mí. Me apoyé en mi esquina favorita y observé todo el espectáculo de las múltiples parejas que se habían unido para bailar. Algunos lo hacían pésimamente, pero aquel no era precisamente un día de inhibiciones. Mi hermano Luis y su mujer, que, por cierto, después de su tercer parto se había ensanchado hasta límites insospechados, habían sido de los primeros en tomar sitio en la pista de baile. Hubiera jurado que Luis era incapaz de dar tres pasos sin hacerse un lío con los pies, pero viéndolo hoy hasta parecía Fred Astaire.

Busqué a Violeta, escaneando el lugar cuidadosamente. La encontré charlando con el mismo grupo con el que había cenado justo al otro extremo del salón. Me permití observarla aunque, por el continuo tráfico de gente, me ví obligada a hacerlo intermitentemente. Parecía estar escuchando con atención puesto que asentía con la cabeza una y otra vez. A veces incluso sonreía levemente.

Se había recogido el pelo, dejando su largo y hermoso cuello al desnudo. Admirarla me estaba dejando sin respiración. Su belleza no era comparable a nada de lo que hubiera visto jamás. Pensé en lo mucho que deseaba acercarme a ella y, sobre todo, en lo mucho que deseaba tocarla, aunque sólo fuera el más leve de los roces.

Me di cuenta de que mi madre, otra vez, estaba dirigiendo su atención hacia mí, así que comencé una conversación forzada con uno de mis primos lejanos del que apenas recordaba el nombre. Todo valía cuando se trataba de alejar a mi progenitora y sus sospechas de mí.

Después de pasar más de una hora allí, metida en varias conversaciones y rechazando sendas proposiciones para bailar, decidí escabullirme hasta el invernadero. Lo que finalmente me decidió a hacerlo fue que por dos veces había descubierto a mi tía Eloísa mirándome sospechosamente con aquellos acusadores ojillos suyos. Aquella mujer no se daba nunca por vencida. Tal vez había logrado que alguien la iluminara con el verdadero significado de la palabra lesbiana y ahora estaba imaginándome como una zorra pervertida...

Además, tenía la loca esperanza de que Violeta me siguiera para así poder tener unos instantes a solas.
La música del salón llegaba hasta aquel lugar con nitidez. Caminé por la escalinata de lonjas, deseando que a ninguna pareja con un repentino ardor amoroso se le hubiera ocurrido meterse allí. Cuando se hizo evidente que estaba sola, fui hasta el viejo sillón colgante y me senté tomado un pequeño sorbo de mi copa de champán. Eché la cabeza hacia atrás y crucé las piernas balanceándome lentamente. Cerré los ojos y cuando volví a abrirlos, Violeta estaba allí, de pie, a varios metros de mí.

Esperé unos segundos, segura de que aquello era producto de mi dilatada imaginación y que su imagen se desvanecería de un momento a otro. Pero ella no se disipó, aunque tampoco hizo cualquier mínimo movimiento que me indicara que era real.
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Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Octubre 30th 2012, 4:25 pm

– Estoy segura de que me esperabas... –dijo al fin.

Me levanté y di dos pasos hacia delante.

– Sí.

– Sabía que en cualquier momento vendrías a esconderte aquí. Pocas cosas cambian con el paso del tiempo...

Me sorprendió su serenidad. Tragué saliva con algo de dificultad cuando comenzó a acercarse. Se fijó en mi copa y yo la miré entonces también.

– Es la segunda... –comencé, sintiendo la imperiosa necesidad de darle explicaciones.– Esta noche no he...

– Lo sé. –me cortó en seco.– Te he estado observando.

Estaba completamente falta de palabras. No sabía qué decirle ni cómo actuar y la tensión en el ambiente comenzaba a tener efectos contraproducentes en mi estómago cuando sentí los primeros síntomas de que estaba a punto de rebelarse contra mí.

– Estás preciosa... –continuó ella, la única de las dos que parecía tener algo de compostura.

– Tú también. –“Brillante frase, muy original”.

– Sólo he venido para saber cómo estás. –dio dos pasos más y se colocó junto a mi hombro, mirando más allá de mí.– Ha pasado mucho tiempo...

– Sí...

– Ha sido una bonita fiesta, lástima que deba irme dentro de poco.

– ¿Vas a irte ya? –pregunté, demasiado disconforme como para poder evitar hacer la pregunta con serenidad.

– Sí.

Alzó un brazo para colocarse un furtivo mechón de pelo tras la oreja rozando mi hombro desnudo. Ni siquiera supe con certeza si había sido ella o el aire, pero contuve la respiración. Debió de ser sonoramente, puesto que Violeta giró la cabeza por primera vez hacia mí.

– Respira, Jimena, o lograrás asfixiarte.

Su tono sarcástico me sacó de un plumazo de mi ensimismamiento. Violeta parecía estar dolida. Eso era algo que ya esperaba pero comprobarlo fue bastante doloroso. Me aparté de ella, dándole la espalda, y me acerqué hasta el pequeño muro que delimitaba los jardines. Deposité allí mi copa y me abracé a mí misma.

– ¿Has venido a despedirte? –pregunté con la voz atorada.

– Algo así. Aunque no lo creas, me he alegrado mucho de verte.

– ¿Y por qué no iba a creérmelo? –dije con algo de malestar.

Violeta pareció sonreír sarcásticamente, pero no dijo nada. Simplemente se dio la vuelta dispuesta a irse.

– Esto no ha sido tan buena idea, después de todo. Será mejor que me marche...

Me puse cara a la salida y la vi andar despacio.

– Por supuesto, márchate. Ya eres toda una experta en hacer eso.

Violeta paró en seco.

– ¿Quieres que me quede? –se dio la vuelta.

¿A qué demonios estaba jugando?

– No quiero que te vayas. –repuse.

Levantó una ceja y sonrió de medio lado.

– ¿Es que me has echado de menos? Yo diría que te las has arreglado muy bien todo este tiempo sin mí... –prosiguió con su tono sarcástico. Algo me indicó que aquellas palabras tenían mucho que ver con el hecho de haberme visto cenando con Manuela.

– ¿Te sorprende el que no te haya perseguido como antaño? ¿Quizás el no haberte suplicado?

– No juegues conmigo, Jimena. –fue una amenaza en toda regla.

Suspiré. Deseaba dejar de lado nuestras diferencias por un instante y hacer lo que más deseaba hacer. Nunca había tenido demasiada fuerza de voluntad, y mucho menos si era algo referente a la azafata. Así que fui la primera en rendirme.

– Violeta...

– ¿Qué?

– Ven.

Eso fue todo lo que ella parecía necesitar oír. Como si hasta ese momento fuese inconsciente o dudara de si yo la seguía deseando. No podía imaginar cómo Violeta era capaz de pensar algo así. Ella era mi vida. Lo era todo.

Se acercó a mí dando pasos agigantados. La esperé allí todo lo erguida y tranquila que pude fingir, porque lo que realmente pasó fue que mis piernas comenzaron a flaquear con cada paso que ella daba. Abrí la boca cuando respirar por la nariz se me hizo insuficiente.

Cuando se arrimó a mí tanto que la tela de nuestros respectivos vestidos se rozaban, sentí que estaba al borde de un colapso y cuando bajó su cabeza para colocar su boca sobre la mía, tuvo que pasar un brazo por mi cintura para evitar que mi cuerpo se escurrieran cuando por fin mis piernas cedieron.

Pero no fue un beso de amor. No lo fue.

Alguna vez ella me había besado así y yo supe, en cuanto mordió dolorosamente uno de mis labios, que estaba depositando toda la frustración que yo le hacía sentir. Pero no me importó, en vez de eso, me abracé aún más a su cuello y la atraje hacia mí.

Abrí la boca y su lengua la llenó por completo.

Me obligó a dar pasos hacia atrás, hasta que la pared más próxima nos detuvo. Entonces levantó mi vestido por uno de los laterales, acariciando toda la piel a la que tenía acceso su mano.

Supe, en ese momento, que me había echado tanto de menos como yo a ella. No había ninguna duda en
cómo me besaba o me acariciaba, en su forma de intentar poseerme...

La ayudé, soltando su cuello para recoger el traje en mi cintura con ambas manos. Fue entonces cuando por primera vez se rompió nuestro beso. Respirábamos con tanto arrebato que me era imposible oír la música del salón. Las manos de Violeta se posaron en mi estómago, trazando círculos, acariciando los costados. Sentí que mi piel se erizaba bajo sus caricias.

Sus dedos juguetearon con la banda elástica de las minúsculas braguitas que llevaba puestas mientras sus ojos azules no dejaban de mirarme ni un momento. Tiró de ellas hacia abajo y rodaron hasta mis rodillas. Comencé entonces a sacudir las piernas y cuando llegaron a mis tobillos me las saqué primero de una pierna y luego de la otra, lánzándolas lejos de mí con el pie.

Violeta me observó profundamente. Alzó su mano para tocarme el rostro, guió sus dedos por el puente de mi nariz, trazó mis labios, la barbilla...

– Contigo todo son preguntas sin respuesta. –dijo.– Pensé que podría venir aquí hoy y fingir que no existías, pensé que era lo suficientemente fuerte para hacerlo, pero siempre logras demoler cada defensa que me impongo. Y me pregunto cómo lo haces. Me pregunto, si una vez que se te conoce, puede haber una cura posible...

Una de sus manos bajó hasta perderse entre mis piernas. Exhalé por el dolor de sentirla nuevamente allí.

– Nadie que tenga algo contigo puede ganar una sola batalla contra ti...

Aferré su muñeca para que no pudiera moverla de donde estaba y la obligué a cambiar nuestras posiciones, con lo que ella quedó contra la pared y yo apoyada contra su pecho, con mis piernas abiertas y sus manos aún en mi centro. Pero no me moví y ella tampoco.

– ¿No es aquí donde quieres estar? –me aferré a su mano aún más.– ¿No es esto lo que quieres?

Aquello comenzaba a parecerse peligrosamente a una batalla que ambas lidiábamos por obtener el control, por subyugar a la otra. Y ninguna se mostraba dispuesta a rendirse primero.

Me moví contra ella, hundí el rostro en su cuello. Ella respondió tomando mi boca de nuevo salvajemente. Mis caderas se movieron furiosas y Violeta me ayudó a guardar el equilibrio sujetándome por la cintura con la mano libre. Acaricié sus pechos cubiertos por la tela de su vestido y ella gimió contra mis labios. Cerré los ojos en cuanto la sensación de que estaba a punto de caer por un precipicio me inundó.

La miré. Había logrado atrapar a Violeta en mi círculo vicioso, la había atraído a mi red y la estaba devorando hasta conseguir que tampoco ella se reconociera en sí misma. Ése era el momento, aún estaba a tiempo...

Cuando volví tomar sus labios, certifiqué egoístamente que ella sería mía por el resto de su vida. No habría marcha atrás, si es que alguna vez la hubo.

Violeta paró en seco todo proceder y me aparté en cuanto lo noté. Ella negó con la cabeza y poco a poco se separó, ambas seguíamos jadeando furiosamente. Se puso ambas manos en la cara, cubriendo por completo el rostro. Suspiró varias veces, todo ello bajo mi denso escrutinio.

– Esto no está bien... –dijo.

Comencé a recomponer mi ropa hasta lograr tener mi antigua apariencia.

– Quién dice lo que está bien o está mal... –comenté mientras, con total despreocupación.

– Lo digo yo. –sentenció seria.

Me quedé en el sitio, mientras ella se alejaba por última vez desapareciendo tras la portezuela de hierro. Me apoyé sobre la pared, vencida. ¿Cuál era el siguiente paso? Si lo supiera no me habría quedado como una completa imbécil apoyada en aquella pared. Esperé hasta que mi respiración se normalizó y cuando lo hizo, di dos pasos al frente, notando algo entre mis piernas y recordando que había dejado mis bragas en algún sitio de aquel invernadero. Comencé a buscarlas frenéticamente, pero parecían haberse evaporado.

– Maldita sea... –rezongué.

Desistí de mi búsqueda cuando había escaneado las inmediaciones al menos cuatro veces sin hallar rastro de la prenda. Antes de salir de nuevo hacia el salón, respiré hondo y ensayé una expresión de completa relajación.

La fiesta seguía en todo su apogeo. Todo el mundo parecía ajeno a lo que pasaba a su alrededor. Busqué a Violeta. Ni rastro de ella. Lo curioso de todo es que no me sorprendió.

Me dirigí directamente hacia el baño, sintiéndome demasiada incómoda aún con la evidencia de mi excitación entre las piernas.

Nada más reaparecer, me di cuenta de que mi hermana Ginebra se acercaba hasta mí con dos copas de champán, ofreciéndome una en cuanto bajé las escaleras y me puse a su altura.

– ¿Cómo te va? –preguntó inocentemente.

– Bien, supongo. –tomé un sorbo.

– Se ha ido, Jimena. –anunció en cuanto me vio girar los ojos en todas direcciones.– Hace unos diez minutos... Se despidió de nosotros y se fue.

Permanecí en silencio. No tenía nada que decir con respecto a aquel asunto. Sabía con seguridad que Ginebra había venido tan sólo para darme la noticia. Suspiré de alivio cuando ella cambió radicalmente de tema.

– Tal y como lo veo, esto durará hasta por la mañana... La gente parece muy poco dispuesta a irse y mis pies me están matando...

Una breve pausa en la que mi hermana pareció cambiar de posición varias veces hasta encontrar una con la que sentirse más cómoda. Yo seguí con la mirada anclada al frente.

– Jimena, ¿te encuentras bien?

– Perfectamente. –murmuré.

– Por tu expresión diría todo lo contrario. Estás pálida.

– Debe de ser la falta de aire fresco, tanta gente alrededor me pone de los nervios...
Ignoró mis insidiosos comentarios. Estaba demasiado concentrada en lo que acontecía ante nosotras.

– ¡Oh, Dios mío!, fíjate con quien está bailando Luis. –soltó una carcajada.

Busqué con la mirada a mi hermano y lo vi pegado a la tía Eloísa.

– Esa anciana debe tomar vitaminas a miles... –solté irónica al ver la energía de la que daba muestra.

– Será la última en irse, estoy segura. La he visto muy acaramelada con una botella de ron.

Ginebra hizo que esbozara una breve sonrisa, que desapareció tan rápido como había asomado.

– Voy a charlar un rato con mamá e Isabel, ¿vienes?

– No, voy a salir a tomar un rato el aire...

– Como quieras.

Se alejó entonces hacia otra esquina. La seguí de cerca hasta que me desvié tomando el rumbo hacia la salida. Nada más cruzar al exterior, inhalé una larga bocanada de oxígeno. Miré el reloj concordando con las palabras de Ginebra. Aquella iba a ser una noche muy larga, y a pesar de que tenía unas ganas inmensas de encerrarme en mi apartamento, sabía que era mi deber quedarme allí hasta que todo acabara.

Repasé en mi cabeza lo acontecido con Violeta. Recordé sus palabras y, sobre todo, la forma en la que me había mirado. Había algo en sus ojos que indicaban desdicha. Me pregunté si era yo la causante de aquel padecimiento. Si algo estaba claro, era que ella intentaba colocar todas las barreras posibles entre nosotras... Ni siquiera la culpaba por querer hacer algo así.

Me metí otra vez al interior de la casa, deseosa de que algo allí adentro pudiera hacer que dejara de pensar.

Ciertamente, aquella iba a ser una noche muy larga...
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Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Octubre 31st 2012, 8:22 am

Dos días después me tumbaba, enormemente cansada, en el sofá de mi casa. El día en el hospital había sido de los más duros que podía recordar. O quizás fue que mi ánimo comenzaba a pasarme factura y cada cosa que hiciera me costaba un mundo.

Apenas había tenido tiempo para aclarar mis pensamientos. Aquellos días habían sido para mí una prueba de fuego. Había abortado las ganas de ir en busca de Violeta, con el pensamiento de que quizás ella necesitaba el mismo espacio que yo para meditar lo que había ocurrido. Entre nosotras habían pasado muchas cosas y más tiempo aún. Estaba dispuesta a recuperar todo aquello, sin importar el precio que tuviera que pagar...

El teléfono sonó y maldije en voz baja. Mi primera intención fue de no cogerlo, pero al pensar que quizás era Manuela la que llamaba me hizo erguirme, a regañadientes eso sí, para coger el auricular.
Desde aquella fatídica noche en mi casa no habíamos vuelto a vernos. No me había llamado ni una sola vez. Supongo que ella era una persona a la que le costaba demasiado olvidar o perdonar. Quizás simplemente se había cansado de mí. Aún así, yo misma hacía tiempo que habá decidido abandonar aquella relación antes de que le hiciera daño. Fue ese mismo pensamiento el que de verdad me hizo levantarme de mi asiento.

Mi sorpresa fue mayúscula cuando oí a mi madre al otro lado de la línea.

– Hola,mamá.

– Jimena, te llamo para invitarte a almorzar. ¿Qué te parece mañana?

Hice rodar los ojos. Después de lo que había pasado el día de la boda me esperaba algo así.

Seguramente quería aclarar el aire de una vez por todas y dado el hecho de que parecía aceptar mi condición sexual con total normalidad... Tal vez incluso darme una charla maternal y de apoyo moral.

– ¿Mañana? –dudé.

– Sé que no tienes que ir al hospital mañana, así que si estás pensando en darme esa excusa, olvídalo.

– Supongo que no vas a aceptar que te dé una disculpa, ¿verdad?

– Exactamente. – aseguró con total convicción.– Realmente necesito hablar contigo, hija.

– De acuerdo. –cedí, zanjando el asunto.– ¿Qué tal sobre la una?

– Perfecto. Hasta mañana.

Cortó la comunicación entonces y yo volví a mi posición original, esperando que ninguna otra llamada enturbiara mi tan deseado descanso.

Entré en la casa de mi madre. Como era costumbre, Lourdes se apresuró a recibirme. Me plantó un sonoro beso en la mejilla y me sonrió abiertamente.

– Una gran fiesta la de la otra noche, ¿verdad?

Hice un mohín que procuré que ella no viera. La fiesta me había mantenido en pie hasta bien entrada la madrugada y cuando llegué a mi apartamento por fin, había dado gracias a los dioses por no tener más hermanos casaderos.

– Sí. Fantástica.

– Tu madre te está esperando en el salón. Debe haber oído que llegabas, no la hagas esperar.

– Gracias, Lourdes.

Me dirigí hacia el salón entonces. Ya no quedaba el mínimo rastro de la fiesta que allí mismo se había celebrado hacía tan sólo tres días. Parecía como si nunca se hubiera hecho allí. Cada cosa había sido devuelto a su justo lugar y en su justa posición. Estaba segura de que mi madre tenía memorizado cada pequeño objeto que allí habitaba.

– Hola. –la saludé nada más atisbarla sentada en su sofá preferido..Me acerqué a ella y la besé dulcemente en la mejilla.

Ella estaba enfrascada en la siempre difícil tarea de hacer ganchillo. No sé que demonios veía de entretenido en darle una y otra vez a aquella aguja. A mí sólo conseguió darme dolor de cabeza la única vez que lo intenté hacía ya muchos años.

– Hola, cariño.

Lourdes apareció entonces.

– ¿Traigo algo de tomar? –nos preguntó solícita.

– Para mí no, gracias Lourdes.

Mi madre desechó también la oferta con un leve movimiento de cabeza. La cocinera se retiró entonces, dejándonos a mi madre, a mí y a una conversación pendiente a solas. Ella siguió enfrascada en su tarea, sin apenas levantar la vista hacia mí. Comencé a sentirme algo incómoda. Pensaba que nada más llegar, mi progenitora comenzaría a soltar todo aquello que durante ese tiempo hubiera estado memorizando.

– ¿Qué hay para almorzar? –inquirí, para de alguna forma, romper el silencio.

– Como ibas a venir, le pedí a Lourdes que hiciera espaguetis.

– Estupendo...

Mi madre depositó con cuidado lo que tenía entre las manos y se acercó hasta la caja donde guardaba los utensilios para su labor.

– ¿Esto es tuyo? –comentó tranquilamente mientras sacaba mis bragas de allí.

Las mismas bragas que había perdido la noche de la boda, en el invernadero, con Violeta...Tragué con dificultad. Mi madre se mantenía inexpresiva, mientras aquella prenda pendía balanceándose de uno de sus dedos.

– Sí... –pude decir al fin.

– Lo suponía... Me parecía que eran más de tu estilo que el de Violeta, pero no estaba segura...

– ¿Violeta?

– ¿Es que saliste al invernadero con alguien más? –comentó ella, como si fuera la cosa más simple del mundo.

Yo estaba al borde de un infarto. Tomé las bragas y las metí rauda en el bolso, como si así lograra borrar todo aquel episodio.

– Son muy bonitas, pero no hacían juego con los rosales...

Mi madre me estaba haciendo enrojecer de vergüenza y lo que era peor, parecía estar disfrutando de cada momento. Incluso podía jurar que había escondido el inicio de una sonrisa.

– Mamá... –comencé, aunque no tenía ni idea de cómo seguir. –Yo...

– ¿Sí...?

– Siento lo de... –hice un gesto hacia el bolso, donde ahora yacía enterrada la prueba de mi delito.

– Yo no. ¿Podemos, ahora que las cartas están sobre la mesa, comportarnos como madre e hija?

Me sentí algo perdida. No estaba muy segura de lo que mi madre pretendía decirme.

– Lo que quiero decir, – añadió, notando mi indecisión– es que quiero que se acaben los secretos entre nosotras. No quiero que nada más pueda separarte de mí...Aún más.

– Tengo que confesar que estoy muy sorprendida... –carraspeé.

– Nunca subestimes a una madre,cariño. Somos capaces de intuírlo todo.

– Evidentemente... –murmuré.

– Te sorprendería saber el tiempo que hace que lo sabemos. Me cansé de esperar a que me lo dijeras tú, pero supongo que hace falta mucho valor...

– Lo siento.
– No lo sientas. –se reclinó hacia atrás.– Es costumbre en esta familia ocultarlo todo, como por ejemplo aquella ocasión en que Ginebra estuvo a punto de divorciarse. Sólo es menester observar con detenimiento las cosas, ni siquiera hacen falta las palabras.

– Supongo que sí... –admití, aunque también sabía que aquella cualidad era una que yo había perdido con el tiempo. Tal vez, de no haberlo hecho, no hubiera cometido tantas estupideces en mi vida.

Mi madre me tomó de la mano. Supe entonces que algo importante iba a decir.

– La felicidad es tan difícil de conseguir. Cada uno debe buscarla donde cree que puede hallarla. Puedo ser muy antigua en muchas cosas, en tantas que os hace huir de mí y de mis consejos, pero esto para mí es tan sencillo como lo es para ti.

– No sé qué decir...

– No digas nada. No hace falta. A veces las palabras sobran.

Me palmeó en el muslo y volvió a retomar su labor.

– Y dime... –continuó.– ¿Cómo van las cosas con Violeta?

– ¡Mamá...! –me quejé con algo de vergüenza.

– ¿Qué pasa? No me digas que a estas alturas no puedes compartir conmigo tus aventuras.

– No es eso... Es que...

– Se te hace extraño. –terminó la frase por mí.

Lo pensé durante un breve instante.

– Algo así...

– No insistiré entonces.

– ¿A ti no te parece extraño? –pregunté, sintiendo bastante curiosidad.

– Sólo en lo que se refiere a Violeta. Ella estuvo con tu hermano y, bueno ...

– Me enamoré de ella desde el primer momento en que la vi. –la interrumpí, casi sin querer.– Es todo lo que necesito para ser feliz.

Mi madre abandonó lo que tenía entre manos e incluso se quitó sus pequeñas gafas para mirarme y ponerme toda su atención. Era la primera vez que oía de mis labios una confesión.

– ¿Ella te quiere igualmente?

– Aún no lo sé, pero tengo la firme esperanza de que así sea. Hasta ahora sólo he conseguido hacerle daño...

– ¿Estás segura? –inquirió, y supe que se refería a si tenía la certeza de que Violeta era la persona elegida.

– Absolutamente. –en mi voz no hubo ni una pizca de duda.

– Entonces encontrarás la manera de demostrárselo.

Nuestra pequeña charla fue interrumpida por Lourdes cuando vino a anunciarnos que el almuerzo estaba servido.

Nos levantamos y pasamos al comedor, donde proseguimos la tertulia. Por primera vez, abrí mi corazón a mi madre y ella me escuchó atentamente, a veces incluso permanenciendo callada durante largos ratos mientras yo le explicaba los entresijos de mi vida, mis deseos y mis esperanzas. Por primera vez sentí que algo de la estabilidad que una vez me otorgó el calor familiar y el cariño de los míos regresó a mí. Me hice más confidente, expulsé todos mis miedos y me aferré a lo que mi madre me estaba ofreciendo con total garantía. Me sentí inmensamente libre.

La tarde se nos pasó volando. Después de tomar el café, decidí que era hora de marcharme. Mi madre me acompañó hasta la puerta y justo cuando iba a irme, me llamó con intenciones de hacerme una última confesión. Cuando me giré hacia ella, pareció cambiar de opinión y yo desistí de la idea de preguntarle.

Recuerdo que el viaje hasta mi casa fue uno lleno de pensamientos agradables. Pocas veces en mi vida había estado tan optimista con respecto al futuro. La tarde con mi madre no sólo había hecho que me sintiera mejor, sino que me había dado nuevos bríos para enfrentarme a Violeta, para convencerla de que realmente podría hacerla tan feliz como ella me lo hacía a mí.

Las puertas de mi ascensor se abrieron y salí al pasillo. Una sombra me anunció que alguien me esperaba allí. Me acerqué hasta mi puerta y comprobé que Manuela estaba allí y parecía esperarme con impaciencia.

– Hola. –dije.

– Hola.

– Tenemos que dejar de encontrarnos en los rellanos, es un poco extraño... –bromeé. Ella tan sólo esbozó una ligera sonrisa.

Abrí la puerta e hice un ademán para que pasara primero.

– He venido porque creo que tenemos que hablar... –anunció nada más cruzar el quicio.

– Lo sé. –añadí, esperándome algo parecido.

Me quité la chaqueta y la colgué en el perchero junto con el bolso. Ella hizo lo mismo.

– Por cierto, ¿qué tal la boda?

– Agotadora. Aún estoy recuperándome.

– Sí, algo de eso me contó Ginebra. –dio dos varios pasos en círculo. Me dio la impresión de que intentaba encontrar la manera de empezar el asunto de la mejor forma posible. Tal vez simplemente trataba de recordar lo que previamente había ensayado para decirme.

– ¿Puedo ofrecerte algo para tomar?

– No. No voy a quedarme mucho.

– Está bien. –cedí. –Sentémonos mejor en el sofá.

– De acuerdo... –suspiró.

Comprobé que Manuela estaba bastante nerviosa. Todo lo contrario de mí, que parecía incapaz de que algo me desestabilizara. Seguramente Manuela había venido hasta allí para poner punto y final a nuestra relación. En todo caso, para mí no sería nada traumático. Pero dejaría que fuera ella quien tomara la iniciativa. En las relaciones, y yo lo sabía bien, quien tomaba el primer paso hacia una ruptura, era quien más satisfecho acababa por sentirse.

Mientras nos dirigíamos hacia el sillón, el teléfono sonó con estridencia. Pensé que aquel aparato tenía vida propia porque siempre lograba sonar en el momento más inoportuno...

– Perdona un momento.

Manuela se sentó y asintió con la cabeza.

– ¿Sí?

– Jimena, soy yo.

Reconocí la voz de Ginebra al instante. Incluso percibí algo de preocupación.

– ¿Qué ocurre?

– Mamá me acaba de llamar...

Me reí levemente. No podía creer que Ginebra quisiera conocer todos los detalles de la conversación. Me pregunté hasta dónde era capaz de llegar con su curiosidad.

– ¿Y? –la insté, teniendo a Manuela esperando impaciente detrás de mí.

– Quería saber mi opinión sobre un asunto... Al parecer ella no se atrevió a decírtelo esta tarde.

Comencé a ponerme algo nerviosa. Cuando mi madre ocultaba algo deliberadamente significaba que no era muy bueno.

– Ginebra, ¿vas a decírmelo de una vez? –demandé.

Hubo una breve pausa y un suspiro.

– Es sobre Violeta...

Mi corazón dio un vuelco y mis piernas flaquearon...
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Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Noviembre 1st 2012, 11:00 am

11. LÁGRIMAS.

Nunca sabes por qué suceden las cosas a lo largo de tu vida. Si fuéramos capaces de saber qué es lo que el futuro deparará, estoy segura de que muchos de nosotros ni siquiera estaríamos preparados para aceptarlo... Nos parecería, además, un imposible.

De mi vida no hay mucho que contar hasta que apareció ella. Pero supongo que es un deber empezar un poco antes.

Pasé una infancia monstruosa, marcada por la muerte de mi madre a muy temprana edad, el maltrato de un padre que jamás se comportó como tal y el suicidio de mi hermana. Pero quizás fue esto último lo que marcaría mi personalidad para siempre.

Alicia. Mi querida Alicia. Débil de carácter. Todo lo contrario de mí, yo siempre fui la fuerte, la decidida. Creo que siempre vio en mí la salvación, la persona que la sacaría de su mundo interior. Ese mundo que nada tenía que ver con el nuestro. Al final supongo que decidió ir en busca de respuestas a otro lugar.
Sin mí.

Sigo pensando que era demasiado joven para abandonar lo que conocía. Jamás imaginé que tuviera la valentía suficiente para hacer lo que hizo. Después de que ella se fuera, yo no tuve ese mismo arrojo a pesar de que en algunos momentos deseé tenerlo.

Dirigí entonces mi vida por los cauces que me autoimpuse. Quería ser capaz de controlarla por mí misma, sin ningún tipo de dependencia. La falta de amor que sufrí de pequeña fue decisivo para mis relaciones posteriores. Mis condiciones eran simples, no pedía demasiado y tampoco daba demasiado de mí. Un trato justo a mi modo de ver. Esa actitud, inevitablemente, me dio fama de fría e inalcanzable, algo que, desgraciadamente, parecía convertirse en un aliciente para todos aquellos decididos a conquistar mi corazón.

No me disgustaba reconocer que me servía de mis relaciones para romper de vez en cuando la monotonía que me embargaba a veces. El sexo nunca fue un tabú para mí y disfrutaba de él. Estaba orgullosa de mi aspecto. No había nadie a mi alrededor que se resistiera a mis encantos si yo me decidía a conquistarlo.

El principio de mi despertar comenzó el mismo día que me presentaron a un nuevo piloto de la compañía de vuelos comerciales donde yo trabajaba. Tuve que reconocer entonces que me resultó muy atractivo a primera vista y aún más, me sentí muy halagada cuando comenzó a perseguirme sin descanso. Muchas de mis compañeras bebían los vientos por él. Si de algo estoy segura sobre Felipe es que normalmente conseguía lo que se proponía. Justo como era yo. Supe que era inevitable que acabara en mi cama, pero aún así, dejé que durante tres meses suplicara por una simple cita. La fría e impenetrable Violeta no podía dejarse conquistar sin más.

Felipe y yo comenzamos a vernos cada vez más a menudo. Él era un caballero en todo el sentido de la palabra, capaz de hacer que cualquier mujer se sintiera como una reina. Era de esas personas con un encanto innato y muy conscientes de ello. Yo disfrutaba inmensamente de su compañía. Me hacía reír e incluso hacía que los malos recuerdos se disiparan en su presencia . Eso era algo que llegué a amar realmente de él.

Nuestra relación avanzaba con paso lento, más que nada porque yo seguía en mi empeño de no conceder nada de mí misma que no fuera mi cuerpo. Él parecía aceptar este hecho porque ambos sabíamos que mientras lo hiciera, lo aceptaría como parte de mi vida. Jamás me obligó a hacer nada o me instó a tomar decisiones que me molestaría tomar. No puedo recordar a nadie como él. Si pienso en las personas que pasaron por mi vida, a todas las recuerdo porque de una manera u otra al final terminaron por exasperarme.

No sé en qué momento Felipe me convenció para acudir a una cena familiar en su casa. Él siempre hablaba de su familia como si del más preciado de los tesoros se tratara. Yo nunca había tenido eso, por lo que siempre me parecieron historias simples a las que no demostraba demasiado entusiasmo. En lo más profundo de mi ser siempre supe que no era por otra cosa más que por la envidia de lo que yo jamás podría relatar.

Recuerdo que era un día de verano. Desde antes de alcanzar la puerta, ya se podía percibir el rumor de dentro del enorme caserón. Me fascinó ver a tan abultada familia reunida en el salón, relajados, confidentes. Nada más entrar, Felipe y yo fuimos los receptores de la atención popular e incluso de alguna que otra mirada suspicaz.

Al principio no la ví. Sólo tenía ojos para abarcar la escena de enorme armonía que se desplegaba ante mí. Incluso el olor que inundaba la casa era placentero, como hogareño. Un olor que por más que lo intenté, no pude encontrar similitudes con nada de lo que yo había vivido en mi infancia. Supuse que nadie que hubiera vivido lo que yo, podría hacerlo.

Felipe se apresuró a presentarme a cada miembro de la familia, sin soltar en ningún momento mi mano. En aquellos momentos yo era posesión suya. Fui recibida con total aceptación a pesar de que ninguno de ellos me conocía lo suficiente como para saber si era merecedora de tal despliegue de confianza.
En pocos segundos descubrí varias cosas, la primera y más importante fue que la madre de Felipe no sería santo de mi devoción aunque se quedara muda repentinamente y para siempre, y la segunda fue que deseé ser parte de aquella familia y no una simple invitada. Había algo allí que me hizo darme de bruces con una inesperada paz interior.

Felipe tiró en un momento dado de mi mano para presentarme a su hermana menor, Jimena. Ella estaba a un lado de la enorme mesa, atendiendo los reclamos de uno de sus sobrinos, sonriéndole dulcemente. Esa imagen me agradó en demasía y me confirmó que estaba ante una persona delicada. Me recordó inevitablemente a mi propia hermana.

Cuando nos presentaron y pude enfocarla directamente, lo primero que me llamó la atención fueron sus ojos, de un color difícil de clasificar. No había que ser muy observador como para no pensar en ella como alguien inteligente...y diferente. Su belleza serena era indiscutible y cuando bajó la vista al suelo también me mostró con ello lo tímida que era.

Felipe me alejaría poco después de ella, dejándome con la extraña sensación de querer intercambiar más palabras con Jimena.

Hablamos con los diferentes miembros de la familia, casi sin tener tiempo para tomar aliento. De vez en cuando echaba rápidos vistazos hacia Jimena, la única que había cautivado mi atención de los que allí estaban presentes. La ví moverse por el salón, con paso lento, intercambiando débiles conversaciones con alguna de sus hermanas hasta que desapareció. Parecía que el hecho de estar rodeada de tanta gente, aunque fuera su propia familia, la agotaba.

Le pregunté a Felipe qué era lo que había tras la puerta por donde yo había visto salir a Jimena y me informó de que se trataba del invernadero. Le consulté si podía ir a verlo y él asintió con la cabeza ausentemente, ya que su atención estaba puesta sobre todo en una extraña conversación con uno de sus cuñados.

Recuerdo que pensé, al adentrarme en el jardín, que parecía uno de esos sacados de los cuentos infantiles. Era casi mágico.

A distancia pude ver la silueta de Jimena. Estaba sentada en el balancín y me pareció muy vulnerable. Me acerqué a ella y conseguí asustarla. Me disculpé y ella se aseguró de hacerme ver que mi presencia allí era bienvenida.

Me senté a su lado y pude sentir que estaba algo inquieta. Sólo se permitía mirarme cuando creía que yo no me daría cuenta. Sus ojos ávidos buscaban algo en mi rostro, aunque no supe bien el qué. Intercambiamos unas frases y me permití el hacerle un cumplido, pero la reacción que obtuve por él fue que huyera.

Descubrí entonces, ante tanta similitud, que Jimena me recordaba a mi hermana perdida y que eso irremediablemente me apegaba a ella. Me parecía que era una forma de sentirme cerca de Alicia.
De lo que no me di cuenta entonces fue de que yo me había instalado en su corazón sin pretenderlo.
O quizás fue ella quien logró antes esa empresa.

Durante la cena, me convertí en el blanco de la reencarnación de Torquemada en mujer. La madre de Felipe se encargó de acribillarme a preguntas, algunas de las cuales llevaban más veneno que una serpiente. En concreto hizo una apreciación que hizo que ocurriera algo inesperado: Jimena salió en mi defensa con enorme decisión. Supe que aquello era algo inusual en ella cuando todo el mundo parecía mirarla como si fuera un extraterrestre con antenas verdes.

En mi interior se lo agradecí profundamente.

La noche acabó sin más incidentes, después de que entre todos se las hubiesen ingeniado para hacerme aceptar una invitación a pasar unos días en el campo.

Yo odiaba el campo. Había vivido mis infelices años de infancia y pubertad allí, rodeada de viñedos, de alientos a alcohol y de incomprensión. Aún me pregunto que fue lo que definitivamente me había hecho aceptar la oferta. En otras circunstancias mi primera y última reacción inamovible hubiera sido la palabra no.

Me despedí de todos, e igual empeño y dedicación pusieron en despedirme como cuando me habían recibido.

Todos menos Jimena, cuyo rostro mostraba cierta pena por mi marcha. No pude menos que sonreírle con el inmenso afecto que comenzaba ya a sentir por ella y obtuve como recompensa igual muestra. Sentí que aquella muchacha tímida y yo teníamos una conexión.

Cinco días más tarde me reunía con ellos en su casa de campo. Reconozco que la belleza del lugar me cautivó desde el primer momento.

Felipe era tan considerado y atento conmigo que sabía que debía sentirme infinitamente afortunada por tenerlo. Pero no era así. Por alguna extraña razón, Felipe no logró hacer que lo amara como merecía. Aún así, me dije que quizás era cuestión de tiempo. Estaba dispuesta por primera vez a explorar más allá de mi aparente frialdad.

Volví a encontrarme con Jimena y me di cuenta de que cada vez que la tenía en mi campo de visión una cálida sensación me atravesaba como una espada. Ella tenía algo que era capaz de conmoverme hasta límites insospechados. Bien era cierto que tenía que sacarle las palabras casi forzándola a ello, pero súbitamente se creó entre nosotras un aire de confidencia que me hacía desear querer compartir con ella cosas que jamás, hasta esos momentos, me había atrevido a sacar de mi interior.

Jimena parecía sentir todo aquello también y la forma que tenía de mirarme a veces incluso era escalofriante. Yo creía que veía en mí un modelo a seguir, que me admiraba. Jamás pensé que pudiera sentir amor. Amor puro, entregado, fiel... Y eterno.

Para ser sincera, lo que me era difícil de aceptar es que hubiera alguien en el mundo capaz de entregarse a otra persona con total sumisión, sin ni siquiera pedir ni esperar nada a cambio. Yo estaba acostumbrada a dar y demandar en igual proporción.

Me lo demostró cuando sin temor alguno me besó. No estaba preparada para aquello de ningún modo. Aún así, mis labios aceptaron los suyos durante breves momentos, aunque mi mente no dejaba de gritarme quien era ella y lo que representaba.

Recuerdo que le pregunté qué era exactamente lo que sentía por mí y Jimena, mirándome con total sinceridad, me respondió con un simple te quiero. No había forma alguna de que yo terciara aquellas palabras, sobre todo porque sonaron desde lo más profundo de su ser.

Si alguna vez tuve el mínimo asomo de lo que Jimena sentía por mí, creo firmemente que decidí ignorarlo. Ella entonces sólo tenía dieciocho años, demasiado joven para cualquier cosa. O eso creía. Si he de ser sincera, Jimena entonces era mucho más adulta que yo en muchos aspectos, pero mi soberbia no me dejaba ver las cosas con claridad. A ella le bastó unos segundos para descubrir lo que a mí me costaría más de ocho años.

No quiero decir que en esos momentos la amara, porque no fue así. La veía como un ser especial, alguien con quien me encantaba compartir mis momentos, pero no era amor.

No sé si le respondí algo, pero estoy segura de que no fue algo coherente. Me había tomado por sorpresa y no supe entonces qué era lo que me hizo sentir. Estaba segura de que su compañía me hacía sentir especial, cómoda incluso. Aquella palabras también lograron despertarme y, echando una breve mirada hacia atrás, pude darme cuenta de que las miradas y los gestos que me regalaba eran de pura adoración.

Pero ella tan sólo tenía dieciocho años. Era joven, inexperta. Comenzaba a explorar su sexualidad... ¿Qué podía ofrecerle yo que no fuera confusión? Jimena era tan especial para mí, que el pensamiento de hacerle daño me dolía hasta límites insospechados.

Durante las horas siguientes tampoco dejé de atormentarme y de hacerme sentir culpable. Era como si le hubiese robado la mitad de su vida en un instante. Fue entonces cuando tomé la decisión de alejarme con la firme convicción de que Jimena era demasiado joven para saber qué era lo que deseaba realmente y que, en cualquier caso, no podía ser yo.

Huí de la casa en mitad de la noche, como una fugitiva, llena de vergüenza. Alejarme de Jimena fue lo único a lo que le daba cierto sentido entonces.

Lo peor de todo, es que ella había logrado instalarse en mi corazón de forma perenne. Tardé mucho tiempo en dejar de pensar en ella, o en lo que había ocurrido. Dejé de pensarla, pero jamás la olvidé. No olvidé ni su coraje, ni su sentido de la vida fresco y lleno de energía, aunque a pocas personas ella les permitiera tener la conciencia de ello. Muchas eran las veces en las que le sonsacaba información a Felipe sobre Jimena. De alguna forma, me hacía sentir mejor el saber que ella estaba bien.

Lo mío con Felipe a partir de entonces estaba destinado a fenecer. Casi un año después llegó esa confirmación, aunque para entonces ya había logrado integrarme en la familia, quienes casi me consideraban uno más. Sé que la noticia de nuestra ruptura entristeció a su madre. Increíble, lo sé, pero cierto. Pienso que quizás la madre vio de alguna forma algo de lo que Jimena tanto amaba de mí.

El tiempo pasó inevitablemente. Creía borrado todo aquel episodio. Mi vida seguía su curso sin ningún impedimento. Pero seguía adelante sola. Aún nadie había conquistado mi impenetrable corazón.
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Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Noviembre 2nd 2012, 9:51 am

Felipe, su prometida y yo estábamos tomando una agradable cena en un restaurante, (a pesar de todo siempre mantuvimos un contacto muy cercano), cuando su teléfono móvil sonó. Mi primer pensamiento fue Jimena en cuanto el rostro de él se convirtió en una máscara de padecimiento.

Estaba segura de que no volvería a verla. Siempre dudé mucho que ella fuese capaz de perdonarme por haberla abandonado como lo hice. No hay nada peor que el sentirse abandonada. Y sé que ella se sintió desamparada y sola.

Felipe nos informó la penosa noticia y rauda me ofrecí concienzudamente a acompañarlo al hospital... Por Jimena.

Y lloré por Jimena.

Y me sentí desdichada por Jimena.

Ella había perdido su norte. Amaba a su padre como a su propia vida y más allá.

Cuando llegamos a la sala sólo tuve ojos para ella. Vi su silueta mientras miraba por la ventana y el corazón se me encogió cuando me di cuenta de lo mayor que se había hecho. Y de lo bella que estaba. Era imposible estarlo más a mis ojos. Ni siquiera me molesté en averiguar qué era lo que me hacía sentir así al volver a verla después de tanto tiempo.

Me alejé de la familia casi murmurando mis disculpas y me acerqué a lo único que parecía importarme de aquella sala. La llamé y pude observar como su espalda se tensaba al oír y reconocer mi voz. Fue necesario que pronunciara su nombre una vez más para que se girara hacia mí. La tristeza reflejada en sus ojos casi hizo que me desmayara. Sólo deseaba alcanzarla, abrazarla, darle todo lo que yo poseía si con ello lograba aliviar su pena. Pero sabía que eso sería imposible, entre otras cosas porque pude apreciar en su mirada que no me dejaría acercarme a ella.

Jimena estaba allí, al menos su cuerpo lo estaba, pero su espíritu hacía mucho tiempo que había echado a volar. Sus ojos apagados lo demostraban con certeza. Creí que la razón era su padre, pero estaba equivocada. Perder a su padre sólo significó un paso más hacia su enclaustramiento interior.

Un médico rompió el trance que nos mantenía mirándonos a los ojos, cada una buscando algo en los de la otra. La confirmación de mis peores temores se hicieron realidad y Jimena tomó la firme decisión de alejarse de allí. Ésa era su forma de llevar su pena: estar a solas, consumiéndose. Ella era una en sí misma y había aprendido a actuar de propia convicción sin que nada más pudiera importarle.

Quise seguirla, aún era demasiado pronto para dejar de verla después de tanto tiempo, pero Felipe me lo impidió tomándome con fuerza del brazo. Él sabía mejor que yo que Jimena necesitaba estar sola, que en aquellos instantes no necesitaba a nadie y mucho menos a mí.

Me quedé allí mientras el mundo casi perfecto de aquella maravillosa familia se derrumbaba ante mis pies. Sentí un dolor profundo y sincero. Lo más cercano a una familia que yo había tenido eran ellos y los amaba con toda mi alma.

Los días siguientes transcurrieron para mí como si fueran irreales. Acudí al sepelio y las esperanzas de encontrar a Jimena allí se esfumaron tan pronto cuando llegué y ella no estaba presente. Creo que necesitaba que compartiera su dolor conmigo para de esa forma yo misma sentirme mejor.

Su madre me informó de que no habían tenido noticias de ella desde aquel día en el hospital y que empezaban a estar muy preocupados. Me pidió además que fuera a verla y quizás que la hiciese entrar en razón. Me extrañó que fuera yo a quien le hubiera encargado tal empresa y no a un miembro de la familia, pero aún así ni siquiera dudé un instante en hacer lo que me pedía.

Al día siguiente me descubrí aporreando su puerta después de tocar varias veces sin obtener respuesta alguna de su parte. Cuando la puerta se abrió y la ví casi pierdo la consciencia al ver su deplorable estado. Era un fantasma de sí misma. Tan lastimoso era, que no se podía tener en pie. La cogí al vuelo y la aferré contra mi cuerpo deseando no tener que liberarla jamás.

Había estado bebiendo durante tres días, sin comer nada, hundiéndose justo donde quería estar: en la nada.

No fueron necesarios segundos pensamientos para decidir ocuparme de ella, cuidarla, devolverle la vida de nuevo si es que estaba en mi mano. Eso ya lo había decidido sin darme cuenta desde el instante que se abrió aquella puerta ante mí.

Rompió a llorar dentro de la bañera, donde yo la había metido sin esfuerzo, después de mirarme a los ojos e intentó tapar su vergüenza, pero se lo impedí haciéndole ver que no había nada de lo que avergonzarse. Le hice prometer no volver a cometer semejante locura y ella accedió a mis deseos. Creo que hubiera accedido a cualquier cosa que yo le hubiese pedido. Lo que no supe era si se debía a su agónico estado o porque aún, después de todo, seguía amándome. Aunque, para ser sincera, no creía mucho en esta última posibilidad.

Se quedó dormida allí mismo, en mis brazos. La observé largo rato sin moverme, absorbiendo su presencia. Parecía tan frágil y tan desamparada que no pude evitar que dos lágrimas salieran de mis ojos. Quería llorar para que ella no tuviera que hacerlo.

Ese día me ocupé de ella lo mejor que pude, incluso le hice la cena. Cuando despertó esa noche seguía teniendo la misma expresión triste y cansada, con unas profundas ojeras bajo sus preciosos ojos. La obligué tomar la sopa que le había preparado y la miré con detenimiento mientras comía.

Ya había notado en el hospital que se había hecho toda una mujer... Una mujer deseable a ojos de cualquiera. Pero había perdido algo que poseía antaño, cierta luz en sus ojos. Imaginé que la muerte de su padre estaba tras toda aquella expresión triste, pero muy pronto descubriría que Jimena era infeliz. Así de simple.

Esa noche me dejó claro con pocas palabras que me despreciaba por haber huído hacía tantos años. Me dolió descubrir que ya no era el objeto de sus deseos ni que no sentía amor por mí. Supuse que el dolor no era por otra cosa que por mi ego herido.

Decidí quedarme en su casa, más que nada por mi propia tranquilidad, no quería arriesgarme a que volviera a las andadas. Allí tumbadas hablamos de varias cosas y ella me preguntó si había alguien en mi vida. Yo no estaba preparada para responder, o quizás no quería hacerlo realmente. En mi vida no había nada más que esporádicas relaciones, relaciones que ya empezaban a hacerme sentir miserable. No quise decirle eso y Jimena lo interpretó como una negativa a compartir mis sentimientos con ella. No la culpé, ni siquiera intenté sacarla de su error...

Ni siquiera sabía por dónde empezar a explicarle ciertas cosas que deseaban ser dichas.

El día siguiente trajo consigo más discusiones a pesar de que quería evitarlas a toda costa. Simplemente le sugerí que debía ir a la lectura del testamento y ella me miró con fiereza, casi pude palpar el odio en sus ojos. Ambas nos dimos cuenta de lo desolada que estaba su alma. Ella estaba luchando contra la nada en una batalla que sabía que perdería, aún así, seguía sin rendirse.

Al final optó por aceptar mi sugerencia y me prometió ir, aunque no había ninguna felicidad en sus palabras.

Salí de su ático con la sensación de estar huyendo otra vez. Sabía que allí quedaban muchas cosas por decir y hacer, pero Jimena no estaba dispuesta a ello.

Para mí, se había convertido en una prioridad su bienestar. Deseé tener el poder de curar las heridas del alma para que no tuviera que sufrir más. No había podido salvar a mi hermana, pero esta vez no iba a dejar que Jimena se hundiera. Estaba más que dispuesta a conseguirlo. Raras eran las ocasiones en las que yo fallaba en mis objetivos.

La siguiente vez que nos vimos fue casi en un calco de la vez anterior. No había podido acallar la urgencia de verla de nuevo, así que me dirigí a su apartamento por voluntad propia. Lo que vi allí hizo mi sangre bullir. Tuve que utilizar la copia de las llaves de la casa que su madre me había dado días previos para encontrarla tumbada sobre el sofá, boca abajo y totalmente borracha.

Había roto su promesa.

No podía soportar ver cómo Jimena se empeñaba en destruírse a sí misma. Decidí poner todas las cartas sobre la mesa, hacerle creer que yo estaba allí en caso de que me necesitara, quería hacerle entender que cualquier dolor se puede superar...

Lo que entonces yo no sabía y Jimena se encargó de enseñarme es que no se puede salvar a las personas que no quieren abandonar la desdicha. Ella me demostraría que no sabía otra forma de existir que no fuera aquélla. Me pregunté cómo era posible que una persona llegara a estar tan atrapada.

En mi afán por ayudar, compartí por primera vez con alguien lo que muchos años atrás había ocurrido con mi hermana, lo desdichada que mi vida siempre fue y Jimena pareció entender e incluso compartir mi dolor como si fuera el suyo propio. Esa tarde creamos nuevos lazos en nuestra amistad con las tristes similitudes que nos acercaban aún más.

Comencé, por entonces, a sentir cierta necesidad de tenerla cerca, como si de repente hubiera descubierto en ella algo que me hacía sentir y experimentar nuevas cosas. Sin embargo, no quería pensar en ello, tan sólo dejarme llevar.

Decidí entonces compartir mi tiempo con ella, darle todo mi apoyo y mis fuerzas. Jimena parecía tener algo de sosiego cada vez que estaba en mi presencia e incluso me dio a entender que me necesitaba, aunque no se atreviera a decirlo con palabras.

Durante los días posteriores, pasamos varias jornadas en mutua compañía, distendidamente. Incluso salimos a cenar una noche en compañía de su hermana Ginebra, por quien, además, yo sabía que Jimena sentía una debilidad que no profesaba al resto de sus hermanos.

Era lógico, Ginebra era alguien especial. Yo misma puedo dar feaciente prueba de ello cuando nuestros lazos se unieron con el tiempo y ella comenzó a tratarme como una hermana.

Secretamente, aunque nunca le pregunté a Jimena, pensé que Ginebra sabía algo que yo desconocía por la forma en que nos miraba a su hermana y a mí. Cómo si estuviese esperando algo que no acontecería nunca ante sus ojos.

Me pregunté si es que aquella rubia mujer podía ver más allá de nosotras, si era capaz de percibir las ligaduras invisibles que existían entre Jimena y yo y que nos acercaban irremediablemente.

Supuse que hay cosas demasiado evidentes como para tratar de esconderlas.
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Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Noviembre 3rd 2012, 12:28 am

Poco después partiría hacia Londres en un viaje que se me haría profundamente aburrido. Allí tuve demasiado tiempo para pensar y para sentirme culpable estando apartada de Jimena, no quería ni pensar en la posibilidad de que le ocurriera algo estando yo tan lejos.

En Londres pasó algo muy curioso. Me di cuenta de cuánto la echaba de menos. Pero, ¿cómo era eso posible en tan poco tiempo de volver a verla? Entonces fue cuando supe que no la añoraba por aquellos pocos días que habíamos compartido, sino por los ochos años que la mantuve alejada de mí.

Al regresar, las ganas de volver a ver a Jimena eran sobrecogedoras. Tardé muy poco en llamarla por teléfono y arreglar una velada para ambas.

Ella apareció radiante en mi puerta. Su rostro estaba iluminado y su sonrisas incluso parecían sinceras. Incluso yo misma me podía notar resplandeciente por el simple hecho de volver a verla.

Ese día en particular, Jimena se mostró más nerviosa de lo habitual. Aunque lo intenté, no pude pensar en la causa de su inquietud. Supuse que si quería compartirlo conmigo, ella lo haría llegado el momento. Era inútil preguntarle algo si ella no estaba dispuesta a contarlo.

Llegué a pensar con temor que quizás se debía a que estaba enferma cuando la vi apenas probar su cena. La conocía y sabía de su legendario apetito. Ella se excusó diciendo que simplemente su estómago aún se resentía de los abusos de los pasados días y a mí me bastó tal excusa. Aunque no me convenció.
Jimena mostró unas inusuales ganas por descubrir lo que contenía un viejo álbum que había hallado por casualidad en una de mis estanterías, lo único que quise poseer de la casa donde pasé mi infancia. No la hice sufrir mucho y le permití abrirlo. Su expresión reflejaba absoluta avidez por descubrir algo mío que sabía que muy poca gente conocía.

Me apoyé sobre su muslo, necesitando estar en contacto con su cuerpo de alguna forma. Hacía tiempo que simplemente me había rendido a aquellas nuevas necesidades que estaba experimentando mi cuerpo con respecto a Jimena. Comencé a hablar sin descanso, sintiendo inusuales ganas de compartir con ella mis recuerdos... Supe que con nadie más había querido yo hacer tal cosa, además, parlotear sin descanso era lo único que me permitía relajar la tensión que sentía todo mi ser cada vez que mi piel rozaba la suya.

Jimena pareció escuchar atentamente hasta que se giró hacia mí de repente y me plantó un beso en los labios.

Mentiría si dijese que había estado esperando tal cosa, porque realmente nunca imaginé que fuese capaz de hacerlo otra vez. No es que no lo deseara, puesto que una vez que sentí sus labios sobre los míos, comencé a notar las exigencias por satisfacer el deseo que mi cuerpo sentía. Sentía necesidad de Jimena, de probar más allá.

De tenerla para mí sola.

Ella se separó y se levantó de repente, como si en ese preciso instante tuviera la certeza de que había hecho algo tan horrible que mereciera el peor de los castigos. Se alejó de mí y no se lo impedí. Ni siquiera podía moverme del sofá.

El porqué era muy simple.

De repente supe que deseaba sentir algo de lo que sentía Jimena por mí. Necesitaba que compartiera sus obsesiones conmigo y hacerme partícipe de ellas. Quería amar tanto como me sentía amada por ella.
No me importaba si eso era algo que a Jimena la había hecho desdichada, estaba más que dispuesta a correr ese riesgo. Su beso me había excitado, me había llenado de alguna forma.

Jimena había logrado contagiarme su locura, había logrado que me sintiera incapaz de escapar a ella.
Durante ocho años se había empeñado en seguir sintiendo amor por mí, creyendo que yo era la persona que podría salvarla de cualquier cosa, del dolor, de la soledad o del padecimiento. Yo quería saber como era eso posible, quería sentir su desquiciado amor y su pasión. Eso era lo que me haría sentir viva. Estaba segura.

Jimena veía más allá de mí, veía lo que nadie podía, con sumisión, con entrega y con esperanzas. Quizás también veía la salvación, como lo había hecho mi hermana.

No había forma humana que evitara que yo me adentrara y descubriera todo aquel mundo.
Al día siguiente recibí la visita de un viejo amigo con el que había tenido una breve aventura. Estaba de paso por la ciudad y me había llamado para vernos ese día. No sé muy bien por qué acepté, y menos aún por qué permití que acabáramos en mi cama.

Quizás quería reafirmarme o convencerme a mí misma de que Jimena no era tan importante como comenzaba a creer.

¿Tenía miedo de ella? Creo que sí.

Esa tarde ocurrió algo más inesperado aún.

Jimena apareció en mi apartamento, de imprevisto, con un aspecto que parecía que acababa de salir de una batalla. Le permití pasar sin darme cuenta de que yo sólo llevaba puesta la camisa de mi inesperado amante. Al verla en aquel deplorable estado ni siquiera se me había ocurrido pensar en ello. Tan sólo deseaba reconfortarla, porque su expresión me dejó claro que algo estaba pasando por su mente en aquellos momentos, y que simplemente me necesitaba a mí.

En tan sólo unos segundos se dio cuenta de lo que allí había estado pasando, incluso me di cuenta yo, hasta ese entonces demasiado concentrada en ella como para recordar donde había estado hacía tan sólo unos minutos.

Su reacción fue la esperada.

Volvió a huír de mí, esta vez demasiado enfadada como para atender a razones. Me dolió haberle hecho daño una vez más. Si había algo de cierto en todo aquello, era que jamás deseé hacerle daño bajo ningún concepto.

Deseaba protegerla y cuidarla simplemente porque ella me hacía sentir cosas que nadie más había logrado hacerme sentir. Nadie me había amado tan intensa y a la vez tan desinteresadamente como ella.
Y ya comenzaba a pensar que perdía algo de mí misma si no tomaba lo que me estaba ofreciendo.

Regresé a mi apartamento después de que Jimena saliera en estampida y se metiera en el ascensor sin querer escucharme a pesar de que casi se lo estaba suplicando.

Despedí con inmediatez a la persona que ocupaba mi cama nada más retornar.

Durante los días siguientes estuve pensando en Jimena. En ella y en mis deseos por ella. Pensé que quizás me llamaría. Yo no estaba acostumbrada a pedir perdón o a suplicar, así que creí que aquello era algo que Jimena debía hacer y no yo.

Pero ella se había instalado permanentemente en mi cabeza y se negaba a abandonar incluso mis sueños...

¿Era aquello una especie de premonición o un aviso de que no podía dejarla escapar esta vez?
Descubrí que tomar la decisión de buscarla y hacerlo no era tan difícil después de todo. La llamé, fui a su apartamento incluso. La esperé allí durante horas hasta que se hizo evidente que no regresaría a su casa quien sabe durante cuanto tiempo.

No me quedó otro remedio que acudir al auxilio de su madre, quien se mostró reticente al principio. Mis súplicas consiguieron ablandar su corazón y me confesó por fin que había ido a refugiarse a la casa de campo.

Sólo tuve tiempo de pasar por mi apartamento y recoger algunas cosas antes de ponerme de camino en su busca.

Llegué bien entrada la noche y me alivió ver que una luz desde dentro de la casa confirmaba su presencia allí.

Llamé al timbre y me sentí curiosamente excitada y nerviosa ante la idea de verla de nuevo.
Jimena abrió la puerta y tan sólo hicieron falta unos segundos para darme cuenta de que ella estaba esperando a alguien. Alguien que, por supuesto y en ningún caso, era yo.

Las preguntas sobre quien sería el invitado rondaron insistentemente mi cabeza.

Jimena había invitado a cenar a su antiguo amigo de la infancia. No pude evitar recordar que aquel muchacho, ahora convertido en todo un hombre, había devorado con la mirada a la Jimena que conocí con dieciocho años.

Era evidente que si le daba la menor oportunidad, él saltaría sobre ella sin pensarlo dos veces.

La cena fue de todo menos amena. Jimena comenzó a comportarse de forma extraña. No es que fuera raro el que ella se comportara de forma "extraña", sino que parecía poco dispuesta esta vez a disimular tal predisposición.

Comenzó a mirarme, sin apartar la vista de mí y a beber cuanto podía. Tuve que tomar la drástrica decisión de poner fuera de su alcance la botella de vino, a pesar de que odié ponerla en evidencia.
La cena acabó hacia la medianoche. Diego y Jimena habían estado hablando hasta entonces mientras yo escuchaba cada frase con detenimiento. Saber cosas de la Jimena adolescente pareció entusiasmarme en demasía.

Los oí despedirse y cuando Jimena le prometió llamarlo, me sentí estúpidamente traicionada.

Intercambiamos unas agrias palabras, cosa que jamás había pretendido yo. Verla allí, negándose a mí, encarándome con fuerza, sólo hizo que mi deseo por ella creciese a cada instante como un fuego que se propaga y es imposible de controlar.

La deseaba, la necesitaba. La quería para mí. Sólo para mí.

Sabía que no tenía la culpa de que Jimena se hubiera enamorado de mí tan profundamente como lo había hecho, como supe, en aquellos momentos, que ella tampoco tenía la culpa de que yo estuviera cayendo en su influjo. Pero lo estaba haciendo. Ya casi me era imposible mantenerme lejos de su cuerpo aunque no la tocara. Sólo tenerla a mi lado podía calmar mis ansias.

Sentada junto a mí, rompió una copa de cristal y se hirió en una mano. La curé con delicadeza y no sólo quería sanar esa herida, sino todas y cada una de las que padeciera. Incluso las de su alma.

Poco después me descubriría a mí misma haciéndole el amor sobre el suelo, frenéticamente. Quería demostrarle, para sentirme segura, de que jamás sería capaz de sacarme de su vida. Era algo que yo también necesitaba creer porque comenzaba a sentir lo mismo.

Esa misma noche también me hizo ella el amor a mí. Pero no sólo me hizo el amor, sino que me doblegó. Me abrió a un nuevo mundo de rendiciones. Lo dejé todo atrás para tan sólo desearla a ella.

Me costó muy poco echar abajo las ínfimas barreras que había construído contra mí. Jimena era mía. Repetirme aquello una y otra vez pareció ser una nueva terapia de autoestima para mí.

Le hice el amor una y otra vez y en cada ocasión ella respondió con igual ardor y con igual entrega.
Y así fue como descubrí todo lo que yo era.

Sólo que Jimena parecía no querer aceptarme en su realidad.

Consiguió, muy a su pesar, alejarme de ella, no sin antes confesarle el secreto más profundo que guardaba en mi alma. La desdicha propia de mi vida, la cara más amarga de mi ser.

Me juré no volver a ella.

Se suponía que el amor no sacaba lo peor de uno mismo ni atormentaba hasta límites insospechados. Creí que junto a ella las heridas sanarían por fin, las que ambas atesorábamos muy adentro.

Por primera vez creí seriamente que Jimena había estado adorando un espejismo y que para ella el amor le era algo tan desconocido como para mí.

Me importó muy poco marcharme aquella fatídica noche dejando demasiado de mí misma atrás. Estaba segura de que con el tiempo lograría recuperarlo.

Seguí viviendo día a día con la firme intención de arrancarla de mí. Y creí seriamente que lo conseguiría. Durante todo ese tiempo me hice a la firme idea de que como antaño, lograría todo lo que me propusiera. No puedo decir que fueron tiempos fáciles porque no lo fueron, Jimena seguía estando tan presente en mi vida que a veces parecía que la tenía junto a mí.

No recuerdo una sola noche en la que su imagen no borrara todo lo demás.

En una ocasión coincidimos por casualidad en un restaurante. Ella estaba con otra persona. No había que ser muy perspicaz para saber que la otra mujer que la acompañaba hacía las veces de pareja. Una sensación tan amarga como la hiel, incluso fui capaz de saborearla en la boca, me recorrió por entero. Celos... Celos profundos y rabiosos...

Si nunca le había dedicado un solo pensamiento, en ese momento supe que el amor y los celos van unidos. No puede haber amor sin celos, ni celos si no se ama de verdad.

Amaba a Jimena. La amaba desesperadamente.

Después de aquella noche, todo volvió a comenzar desde el mismo punto. Parecía incapaz de deshacerme de su influjo. Tal vez ni siquiera quería hacerlo...

Cuando decidí acudir a la boda de Felipe fue justo en el último instante, cuando casi había optado por no ir..., por no verla. Por entonces había tomado una drástica decisión y verla podría hacer que los cimientos de mi nueva disposición se tambaleasen.

El deseo pudo con el buen juicio.

Las cosas en la ceremonia se desbordaron y lo peor es que ya sabía que así serían en cuanto seguí a Jimena hacia el invernadero. Durante toda la velada había sido tan incapaz de quitarle la vista de encima como parecía haberlo sido ella.

Mi única razón para alcanzarla hasta allí no había sido otra que la de saludarla, de despedirme ...
Sin saber cómo, la había aprisionado contra la pared mientras mis dedos recorrían aquella humedad que tanto habían echado de menos, como el sediento que ansía el agua. El deseo entre nosotras siempre fue demasiado evidente.

Sus palabras igualaron mi tono cáustico, haciéndome despertar y recordar que Jimena pertenecía a otra persona. Mi autoestima me alejó de ella. Esperé que me siguiera, como siempre, pero esta vez no fue así.
Ahora, dos días después, me descubrí sentada a solas en mi apartamento... En el que pronto dejaría de ser mi apartamento, rodeada de cajas de embalar con todas mis pertenencias dentro. Me marchaba a otra ciudad, lo más lejos de allí que pudiera, con la firme intención de comenzar de nuevo, si era posible que, a aquellas alturas de mi vida, pudiera lograr tal cosa.

El dolor de lo que pretendía hacer era demasiado intenso como para ignorarlo, pero ya lo había decidido y no habría marcha atrás.

Mi amor sería capaz de desvanecerse. Igual que había parecido, tendría que irse. Si fallaba en aquella sentencia, tan sólo podía esperar un futuro incierto al final del camino.

Alguien golpeó mi puerta con furia y mi corazón dio un vuelco.

Me levanté rauda y sin molestarme en adivinar la presencia en mi puerta por la mirilla, abrí la madera. Mis temores se hicieron realidad cuando vi a Jimena allí plantada, con el pelo ligeramente humedecido por la lluvia que en esos momentos caía sobre la ciudad.

Ella estaba respirando con frenesí y me pregunté si es que había tomado las escaleras en vez del ascensor.

– ¿Puedo pasar? –preguntó, sus ojos me miraban con fiereza.

Me hice a un lado sin mediar palabra y ella se adentró en mi desolado hogar. Paró en medio del pasillo y observó el estado del apartamento tomándose su tiempo.

– Así que es cierto... –comentó, más al aire que a mí.

– ¿El qué? –pregunté, aunque tenía una ligera idea de a lo que se refería.

– No quería creerlo cuando me lo dijo Ginebra, no quería... –siguió hablando para sí misma, como olvidando que yo estaba allí.

– Jimena...

– Te marchas...

Se giró hacia mí.

– Sí.

– No hace falta todo esto, Violeta. Tan sólo tienes que pedirme que deje de molestarte y nunca más me volverás a verme. Creo que...

– No me voy por ti. –la interrumpí.

Que ella no fuera el principal motivo de mi marcha pareció sorprenderla aún más que el hecho de que estaba a punto de eclipsarme de su vida.

– ¿Entonces?

– Lo hago por mí.

Me miró entrecerrando los ojos. La sospecha comenzó a llenarla.

– ¿Has conocido a alguien? –sus mandíbulas se marcaron al apretarlas con fuerza. –¿Te vas con él?

– No.

– Necesito que me digas la verdad... –me pidió con la voz rota, como si de un momento a otro fuera a romper el llanto.

– Te la he dicho.

– Entonces, ¿por qué?

– Porque lo necesito. Voy a dejar mi trabajo y a comenzar una nueva vida.

– ¿Tanto te disgusta la que tienes? –sugirió con un tono demasiado duro.

– No soy feliz. Creo que es suficiente.

Se pasó las manos por el cabello con gesto cansado. Creo que empezaba a creer que con su visita no lograría ninguno de sus objetivos. Me pregunté cómo era sentir que a pesar de todo ibas a perder una batalla.

– Supongo que es porque estoy en ella,¿verdad? –preguntó por fin.

– No. Me voy por muchas razones, y no voy a negarte que tú eres una de ellas...

– ¿Muchas razones...? ¿Pretendes engañarme a estas alturas?

– No te estoy engañando... –contrarresté con firmeza. Ella estaba demasiado cerca de atraparme.

– ¡Oh..., lo siento! –dijo con falsedad, haciendo gestos exagerados con las manos. –Se me olvidaba que la misteriosa Violeta nunca revela sus más preciados secretos...
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Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

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