PlanetaL, tu foro les
Lo más visto
Libros
Fanfictions y Relatos
Cine
Cortometrajes
Archivo TLW
Fan fictions TLW
Últimos temas
» Sólo por un momento
Septiembre 3rd 2017, 2:07 pm por anita

» Un Nuevo Comienzo, Mayra
Septiembre 1st 2017, 8:38 pm por anita

» Fotos antiguas
Septiembre 1st 2017, 6:45 pm por anita

» Caretas de papel
Agosto 28th 2017, 9:38 am por E.M.A

» Libro No te veía por Jennifer Torices Gómez
Julio 21st 2017, 5:08 pm por Viren

» Peliculas de tematica les
Abril 29th 2017, 8:51 pm por julia

» Alerta de huracán, Melissa Good
Abril 17th 2017, 8:54 pm por malena

» Cortos de temática lesbica
Abril 15th 2017, 12:21 pm por julia

» Easy Abby
Abril 15th 2017, 12:16 pm por julia

Webs amigas


Ir a Revista MiraLes

Ir a AmbienteG

Visitas


Contador de visitas



Bella Violeta - R. Pffeiffer

Página 3 de 5. Precedente  1, 2, 3, 4, 5  Siguiente

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Octubre 3rd 2012, 3:53 pm

5. ENTRE EL CIELO Y EL INFIERNO.

A la mañana siguiente, Violeta fue la primera en despertar cuando la alarma del reloj sonó a las nueve y media. Poco después, yo misma abrí los ojos para encontrarme aún en la misma posición, con ella acariciándome el rostro. Ni siquiera cuando me había quedado profundamente dormida Violeta me había hecho abandonar el refugio que para mí era su abrazo. Me dedicó una leve sonrisa y salió de la cama, dejándome sola.

Hora y media después salíamos preparadas rumbo al depósito municipal para recoger mi coche.

Tuve que pagar la cuota a un tipo con pinta de mafioso para poder sacarlo de allí. Noté las miradas de lascivia que me estaba regalando y me decidí concienzudamente a ignorar ese hecho mientras esperaba por el maldito recibo. Me dio las gracias llamándome "rubita". Miré a Violeta que rodaba los ojos con disgusto.

En un primer momento lo ignoré dándome la vuelta dispuesta a irme. Había dado diez pasos cuando de repente algo en mí se rebeló. Así que me di la vuelta y me dirigí a a aquel hombre con rabia. Le hubiera dicho un par de cosas de no ser porque Violeta adivinó mis intenciones y me sujetó de un brazo.

–No vale la pena. –me dijo.

–Es disgustante.

–Lo sé.

Le hice caso a pesar de que lo único que me apetecía era abrir en canal a aquel tipejo. Creo que entonces fue cuando me di cuenta de lo enfadada que estaba yo con el mundo entero.

Violeta me acompañó hasta mi coche, con uno de sus brazos sobre mis hombros. Yo no sabía que sería lo próximo, así que esperé a que fuera ella la que diera el siguiente paso.

–¿Tienes algo que hacer hoy? –me preguntó.

–Ésa es una forma muy pobre de pedirme algo. –bromeé, sonriéndole levemente, sintiéndome feliz de que ella quisiera continuar en mi compañía.

–Supongo que sí. ¿Sugieres algo?

–Lo primero que me apetece es salir de aquí. –afirmé, sintiéndome aún demasiado observada.

–Tengo una idea.

La seguí con mi coche unos diez minutos hasta que aparcó en una calle y se bajó rauda de su auto. Paré el automóvil justo detrás en espera de alguna indicación por parte de ella. Miré a mi alrededor, no tenía idea de por qué había aparcado en aquella zona. La ví acercarse hasta mí y subirse en el asiento delantero.

–Es muy aburrido conducir sola, ¿no te parece?

–¿A dónde vamos? –pregunté, cada vez más intrigada.

–Es una sorpresa. Sigue por esa calle. –comenzó a indicarme.

Tiempo después paramos en una gasolinera, y mientras que yo llenaba el depósito de mi coche, Violeta se adentraba en la tienda, saliendo poco después cargada de dos enormes bolsas de plástico. Yo arrugué el ceño cuando pasó a mi lado, preguntándole mudamente qué era lo que traía allí. A ella parecía divertirle todo aquello, puesto que me sonrió alzando una ceja.

Tras pagar la gasolina, me subí al coche, sólo para encontrarme con Violeta agitando una chocolatina delante de mi nariz. No pude evitarlo, pero enseguida pude sentir cómo mi saliva se disolvía. Fui inmediatamente a por aquel trofeo. Luego nos pusimos en marcha otra vez.

–¿Me vas a decir adónde vamos? –dije con la boca llena de chocolate.

–Vamos a pasar un día de campo, como cuando en el cole. –me sonrió pícara.– He comprado bocadillos.

Fue entonces cuando supuse que me había hecho dirigir hacia las afueras, seguramente a uno de esos parques naturales donde la gente pasaba los domingos con sus hijos. Me alegró el recordar que hoy era viernes y que probablemente no habría demasiada gente.

Sin quitar la vista de la carretera, observé por el rabillo del ojo cómo Violeta se peleaba con mi sofisticado equipo de música. Le aparté la mano con suavidad y presionando un simple botón hice que buscara digitalmente una estación de radio. Reconocí al instante la personal voz de Luz Casal.

Arrugué la nariz y le eché un rápido vistazo a Violeta.

–¿Luz Casal? –le dije.

–Me gusta. –me dijo, escuchando los roncos tonos de la cantante.– ¿A ti no?

Me encogí de hombros, indiferente.

–¿Qué es lo que te gusta, entonces?

–Pues un poco de todo... Prefiero la música de cantautor y odio los productos para quinceañeros.

–Eso yo también. –me sacó la lengua haciendo un gesto de asco.

Me reí. Era imposible no hacerlo cuando ella decidía hacer el tonto.

–Cuando llegues a ese cruce, toma a la derecha. –me indicó.

–Creo que vamos a pasar frío. –le dije apenas sacando la mano por la ventanilla.

–Ya se nos ocurrirá algo. –me guiñó un ojo.

Me asusté cuando sentí sus dedos rozar una de las comisuras de mis labios.

–Tenías chocolate... –dijo como si estuviera disculpándose.

–A menos que quieras que tengamos un accidente, avisa antes de hacer algo así. –contesté medio en broma.

–¿Por qué?

–Pues porque... –me quedé sin palabras, sintiéndola escudriñarme desde su sitio.

–¿Te molesta que te toque? –siguió ella por mí.

–No.

–¿Entonces?

–No me lo esperaba, eso es todo. –zanjé yo.

–Sueles asustarte cada vez que me acerco a ti, no sólo cuando te toco.

–Quizás porque me intimidas.

Se echó a reír. Yo la miré un instante, preguntándome qué es lo que había dicho que resultase tan gracioso.

–¿Qué es lo que te intimida?, ¿mi estatura, mis ojos, mi boca... ?, ¿qué?

–He dicho que quizás sea eso... –dije un poco a la defensiva.

–Entonces no estás segura...

–De lo que sí estoy segura es de lo que me saca de quicio.

–Vaya, eso es nuevo...

–Egocéntrica... –dije sin despegar apenas los labios, aunque ella lo oyó de todas formas.

–Lesbiana... –contrarrestó sonriendo.

La miré negando con la cabeza, viendo como sonreía y disfrutaba de nuestras confrontaciones en broma.

–No puedes ganar conmigo, recuérdalo. –me advirtió.

–Eso es porque te dejo ganar.

Me regaló un ¡Ja! con falsa indignación haciéndome reír por enésima vez.

Seguimos con nuestros duelos verbales y bromas hasta que llegamos al parque. Escogimos una mesa de madera al azar y nos sentamos en ella para comenzar nuestro almuerzo.

Era increíble cómo Violeta me hacía dejar a un lado mis penas y disfrutar de cada momento junto a ella. Nuestras confesiones de la última noche nos habían acercado de alguna manera. Ambas teníamos heridas muy profundas y yo había aprendido en el transcurso de un día que esa circunstancia podía crear lazos sólidos.

Ella me hacía parecer una persona completamente diferente. Creo que sabía que sería así mientras no insistiera en cambiar mi actitud ni en hablar de cosas que me hacían daño, a pesar de que ambas sabíamos que había mucho de que hablar. Quizás me estaba dando una pequeña tregua. Cosa que yo le agradecía.

–Apuesto a que te has quedado con hambre. –me dijo al verme terminar mi bocadillo en un instante.– No sé cómo haces para meter tanta comida en tan poco tiempo en tu cuerpo.

–Yo creo que tus caderas se han ensanchado ligeramente y no me quejo... –sorbí por la pajita ante las inmensas ganas de reírme cuando ella alzó una ceja.

–No tanto como tu culo, preciosa.

–No es cierto. –dije a la defensiva.

–Sí lo es.

–¿Insinúas que tengo un trasero enorme? Lo dices por lo de tus caderas...

–Lo digo en serio.

–Venga ya... –le palmeé en un brazo.

–Pero yo no he dicho que me disguste.

–Eso quiere decir que te has fijado. –indiqué.

–No soy ciega, en cambio tú...

–¿Yo qué?

–¿Crees que no me doy cuenta de cómo me miras?

–Nunca he pretendido disimular lo atractiva que me pareces. –dije en mi defensa.

–Es cierto.

–Además, estoy segura de que sueles recibir esa clase de miradas a menudo.

–Pero no de una mujer... –me confesó.

Me eché a reír sin poder contenerme, incluso casi logro atragantarme con el zumo.

–¿Qué te hace tanta gracia?

–Violeta, puede que no te hayas dado cuenta, pero estoy segura de que alguna mujer aparte de mí te ha comido con la vista...

–¿Tú te das cuenta de cuando te miran así? –preguntó, al parecer muy interesada en el tema.

–Antes solía frecuentar algún que otro bar de mujeres... Pero de eso hace mucho tiempo.

–¿En serio?

–¿Qué crees? ¿Que soy una mojigata?

–No. –se apresuró a decir, haciendo gestos con las manos para excusarse.– Sólo que me preguntaba por qué dejaste de ir.

Suspiré. No me sentía con muchas ganas de explicarle los por qués, pero era evidente que Violeta esperaba que por lo menos le dijera algo.

–Me cansé... –una pausa.– Simplemente me cansé de buscar algo que parecía no encontrar... –"A alguien como tú"

Ella murmuró un "um"corto, como haciéndome ver que entendía mi postura. Había cierta similitud, pensé, entre ella y yo en aquel tema. Al fin y al cabo, Violeta aún seguía tan sola como yo.

–Tuve una relación que duró varios meses... –proseguí.– De eso hace mucho. Ella era una buena persona y nos entendíamos bien, pero no resultó. Si me preguntas qué es lo que pasó o en qué fallamos, ni siquiera podría decirlo. Pero sí puedo decirte que fue la única persona que me hizo sentir bien. Lo sentí mucho cuando la relación acabó.

–¿No has vuelto a verla?

–No. Creo que se mudó a otra ciudad por motivos de trabajo. –añadí que ella misma me había llamado en cierta ocasión para comunicármelo.

–¿La echas de menos?

Pensé durante un instante. Pensé en los buenos momentos que habíamos pasado juntas, lo fácil que algunas cosas resultaban cuando las hacías en compañía. Eso era lo que realmente echaba de menos.

–No. –declaré sinceramente.– Pero me gustaría saber si todo le va bien.

–Podrías llamarla y averiguarlo... –indicó Violeta.

–No... –me reí.– Si llamas a alguien con quien has estado liado después de tanto tiempo se asume que es porque quieres obtener algo. Cuando algo se acaba, simplemente hay que dejar que siga su curso...

Ella sonrió y creo que, pensándolo detenidamente, hasta concordaba conmigo. Se reclinó en su asiento y giró la cabeza para abarcar el paisaje que la rodeaba.

–Me encanta este sitio. –me dijo suspirando.– ¿Sueles venir aquí a menudo?

–No tanto como quisiera.

–¿Por qué te gusta tanto? –pregunté, muy interesada.

–Francamente, no lo sé. Supongo que es un buen sitio para liberar algo de tensión... Te sientas aquí, admiras el paisaje y te bañas de tranquilidad. Es perfecto.

–Yo leo cuando quiero evadirme de todo.

–Supongo que cada cual tiene una forma de romper la monotonía... –añadió indiferente.

–Supongo...

–Jimena, necesito preguntarte una cosa. –La miré algo alertada por su tono.– Me he dado cuenta de que han cambiado muchas cosas en ti... –comenzó.– Pero hay algo que es más evidente que todo lo demás y es el alejamiento de con tu familia. ¿Por qué?

–Creía que era una virtud el haber logrado desvincularme y vivir mi vida... –dije en mi defensa.

–Creo que ambas sabemos que ésa no es la cuestión. Antes amabas a tu familia y ahora...

–¿Ahora qué? Sigo amándola igualmente. A pesar de todas las diferencias.

–¿Qué diferencias?

Me revolví en mi asiento algo incómoda por el cariz que tomaba la conversación. No me gustaba. No me gustaba nada en absoluto.

–Yo soy la diferencia, Violeta. Ellos siempre parecen ir dos pasos por delante de mí.

–Eso es una soberana estupidez. –me dijo negando con la cabeza.

–¿Tú crees?

–Creo que no te has molestado nunca en entenderlos. Creo que piensas que ése es un deber de ellos y no tuyo, como si el resto del mundo tuviera que amoldarse a tus exigencias. Te niegas a compartir tus sentimientos con los demás como si eso te valiese de mucho.

Me quedé muda mientras la miraba. Sentía sus palabras retumbar aún en mis oídos.

–Soy así, Violeta. Me cuesta hablar de mí o de lo que siento. No creo que sea la única persona que sea así en el mundo... Tú también eres así... –indiqué, mirándola de soslayo.

–Pero yo lo soy como consecuencia de algo más. Nunca tuve a nadie con quien compartir mis pensamientos o mis deseos. Eso, al final, acaba por amoldarse a ti y convertirse en otro rasgo de tu personalidad.

–No me hagas sentir infeliz por ser como soy. –le pedí casi en clemencia.

–Antes no eras así...

–Antes no sabía lo que era la vida o el sufrimiento. –añadí rauda.. – Ahora lo sé y eso cambia a las personas.

–Me gustaba como eras entonces... –admitió mirándome fijamente.

–Supongo que eso significa que ahora te desagrada mi actitud.

–Sí cuando haces las cosas para convertirte en víctima. Eso es algo que me saca de quicio...

–¿Acaso no lo soy? –dije, un tanto burlonamente.

–A este paso seguirás siéndolo toda la vida. ¿Es eso lo que quieres?

–Haces preguntas para las cuales sabes que no tengo respuesta.

–De acuerdo, Jimena. Basta ya de preguntas... –me concedió tras un suspiro.

La observé mientras sorbía ruidosamente los últimos restos de su zumo y pensé en nuestra conversación.
Ella seguía empeñada en ayudarme de la mejor forma que sabía, cosa que, aunque pareciera lo contrario, yo le agradecía. Pero en aquellos momentos era incapaz de aceptar otras razones que no fueran las mías.

Algo requirió toda mi atención. En un instante pensé que incluso podría ser divertido y que liberaría en algo la tensión entre nosotras. Al fin y al cabo, quería disfrutar de cada segundo que Violeta amablemente me regalaba.

–¿Te atreves con los columpios? –pregunté abandonando mi asiento.

–Por supuesto.

Nos alejamos lado a lado rumbo a los enormes columpios de madera.

............................


Las horas pasaron para mí como un breve suspiro. Vi a Violeta consultar varias veces su reloj y aunque deseaba no perder la serenidad que me otorgaba su compañía, decidí preguntarle si tenía otros compromisos.

–Podemos irnos ya, si quieres. –añadí.

Me sonrió negando con la cabeza.

–Acabo de recordar que tengo un pequeño asunto que debo arreglar y ya son las cuatro de la tarde... Sólo que me cuesta tener que dejarte.

–A mí también. –coincidí con ella.

–¿Cuándo te reincorporas al trabajo?

Bajé la cabeza. Yo no había preparado nada para cuando me hiciera esa cuestión, así que me ví obligada a decirle la verdad aunque supiese de antemano que no le iba a gustar en absoluto.

–Jimena, mírame. –me ordenó.

Creo que ya sabía que lo que iba a oír no sería muy agradable.

–Lo he dejado.

La oí suspirar.

–¿Por qué?

–No lo sé. Simplemente lo hice.

–¿De qué piensas vivir? –dijo con voz dura.

–Eso no es problema... Tengo dinero suficiente como para...

–Oh..., por supuesto. Pregunta estúpida la mía.

–Violeta, sigues haciéndolo a pesar de todo... Aún me ves como una niña.

–Yo nunca te he tratado así. Yo siempre te he visto como lo que eres. Pero no puedo evitar sentir rabia cuando veo lo que estás haciendo.

Me levanté, dispuesta a regresar al coche cuando sentí avecinarse otra lectura sobre mi comportamiento. Eso era lo que menos deseaba en esos momentos, sobre todo porque rompería la paz que habíamos logrado establecer entre ambas.

–¿A dónde vas? –me preguntó desde atrás.

Me paré en seco y me giré hacia ella.

–Creí que tenías algo pendiente de hacer.

Recogió nuestros deshechos y se acercó hacia una de las papeleras para depositarlos. Luego se unió a mí en el camino. Anduvimos hasta el coche en completo silencio. Antes de que ella pudiera alejarse de mí para rodear el auto la cogí de un brazo. De repente sentí al imperiosa necesidad de confesarle el sombrío destino al que yo había empujado mi vida sin poder evitarlo.

–Violeta... –comencé sintiéndome demasiado nerviosa para poder expresarme con claridad.– Odio comportarme así contigo, sobre todo porque sé que lo único que intentas es ayudarme. Pero ahora mismo estoy tan perdida que no sé ni lo que soy...

–Jimena...

Levanté una mano hacia ella acallándola. Yo aún tenía cosas que decir que no podían esperar a ser dichas.

–Déjame acabar aún tengo algo muy importante que compartir contigo. –tomé un último aliento antes de proseguir.– No puedo pedirte ayuda porque si lo hago significará darte más de mí de lo que ya te he dado y cuando te alejes de nuevo sé que no seré capaz de seguir adelante.

–¿De qué me estás hablando? –me preguntó ceñuda.

–Te estoy haciendo una pregunta, Violeta. ¿Cuánto tiempo pasará antes de que vuelvas a dejarme como la última vez?

–Lo dices como si de alguna forma te hubiera abandonado...

–En aquel momento lo sentí así. –le aseguré mirándola fijamente.

–Lo hice por ti.

–Más bien por ti misma. No me digas que tú no sentías algo especial por mí, puede que no fuera algo sexual, ni tan siquiera romántico, pero era algo. Ni siquiera grabándome en la piel tu nombre a fuego vivo me habrías marcado tanto.

–Jimena... –me llamó dulcemente al tiempo que se acercaba a mí y me rodeaba con sus brazos.

Me acoplé al cuerpo de Violeta como si realmente fuera parte de ella. La rodeé por la cintura y hundí mi rostro en su cuello. Cerré los ojos y me dejé llevar por su inconfundible aroma. Ella seguía oliendo igual que siempre.

Aspiré con fuerza y sin pensar casi moví las manos en su espalda, acariciándola, sintiendo el calor de
su piel por encima de su camisa. Violeta me atrajo más a ella, intensificando el abrazo.

Oí los pasos de alguien que se acercaba y noté cómo Violeta deshacía el abrazo y daba un paso atrás. Yo me quedé allí mismo observando cómo ella miraba al grupo de gente pasar a nuestro lado. Supuse entonces que había abandonado mis brazos por la presencia de aquellas personas.

–Vayámonos de una vez. –dije algo irritada.

Nos subimos en el coche y nos pusimos en marcha.

....
avatar
malena
Admin

Cantidad de envíos : 1007
Fecha de inscripción : 16/05/2008

Volver arriba Ir abajo

Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Octubre 5th 2012, 8:25 am

Cuando llegué a mi apartamento ya eran casi las seis de la tarde. Durante nuestro viaje de regreso habíamos intercambiado pocas palabras. Dejamos que la estación de radio hiciese el trabajo de aliviar la tensión. Acerqué a Violeta al lugar donde había aparcado su coche y antes de bajarse me miró muy seria. "Esta vez no pienso huir a ningún sitio", me había dicho antes de apearse, sin ni siquiera esperar mi respuesta. En todo el camino hasta mi casa me fui preguntado qué era exactamente lo que ella me había querido decir con aquellas palabras.

Me di una ducha rápida y me acomodé en mi pijama. Tenía toda la intención de llamar para pedir una pizza cuando mi estómago despertó pidiendo asistencia, pero recordé que mi maldito teléfono seguía roto. Me prometí que al día siguiente tendría a un técnico arreglando el desastre que yo había creado.

Fui hacia la cocina y engullí varias piezas de fruta y otros tantos yogures. Una vez saciado mi apetito me dirigí al salón y me eché sobre mi sofá, encendiendo la tele desde el mando a distancia. El timbre de la puerta rompió mi paz.

Me levanté mirando la hora preguntándome quien demonios venía de visita a las ocho de la tarde. Abrí la puerta para dejar paso a mi hermana Ginebra, a la que yo había identificado previamente gracias a la mirilla.

–Hola, Ginebra. –dije algo sorprendida.

–¿Puedo pasar? –me preguntó muy seria.

–Claro.

Me aparté y ella entró en el apartamento, depositando el bolso y su abrigo sobre el respaldo del sofá.

La vi dar una vuelta sobre sí misma, seguramente pensando por dónde comenzar la conversación.

–Jimena, no puedes seguir así. –soltó con voz dura.

–¿Seguir cómo? –contesté, cerrando la puerta y acercándome a ella.

–Escondiéndote de tu familia. Ni siquiera contestas al maldito teléfono.

Que ella hubiera añadido la palabra "maldito" me dio cierta idea del humor del que disfrutaba.

–Mi teléfono no funciona.

La vi girarse, buscando el aparato para verificar mi excusa. También descubrió el cable roto que descansaba sobre el suelo y me miró rabiosa.

–Puedo ver por qué...

–Ginebra..., creo que sé lo que pretendes decirme y sé además que tienes toda la razón. No es nuevo
para mí el que intentéis encauzar mi extraño comportamiento.

–¿Qué pasa con mamá, con nosotros que nos preocupamos de ti?

–Mírame, ¿crees que soy motivo de preocupación? –exclamé abriendo los brazos para más énfasis.

–¿Estás de broma? Estamos tan preocupados que pensamos que en cualquier momento nos llamarán para darnos la noticia de que te has suicidado.

–¡Por el amor de Dios! –exclamé incrédula.– Estoy segura de que ha sido mamá quien os ha contagiado esa estúpida idea.

Mi hermana no dijo nada en los breves instantes en los que se dedicó a mirarme. En su expresión pude ver entendimiento y dolor compartido a partes iguales. Se mordió el labio y yo supe que estaba a punto de proponerme algo.

–Ven a casa unos días. Estoy segura de que a Cristina le encantará compartir su habitación contigo. Ya sabes que te adora.

–No. –negué en rotundo.

–Jimena, por favor. Te necesito.

La miré. ¿Me necesitaba para qué? ¿Para sentirse segura? El que mi familia pensara que yo estaba al borde del suicidio colmó mi poca paciencia. Ellos nunca, nunca entenderían nada de mí. ¿Qué podía hacer yo contra eso?

–Lo que necesito es soledad, Ginebra. Yo superaré esto a mi forma y sola, como ha sido hasta ahora.

Acostumbrarme a que me ayuden puede ser fatal para una persona como yo.

Mi hermana se desplomó sobre el sofá, derrotada, frotándose la frente con una mano.

–Voy a divorciarme. –me anunció cansadamente.

La noticia me cayó como un jarro de agua fría. Fue entonces cuando dejé de lado la autocompasión que me obnubilaba y descubrí a una Ginebra triste y casi desesperada. Me senté a su lado y le acaricié la espalda.

–¿Por qué?

–Simplemente porque se ha acabado. Esto pasa a veces, ¿sabes? Te despiertas una mañana y descubres que ya no es esto lo que quieres.

–¿Desde cuándo? –pregunté ávidamente.

–Desde hace demasiado tiempo. Lo hemos intentado, sobre todo por Cris. Pero ya no hay nada que podamos hacer.

–Lo siento mucho. –la abracé, dándole todo mi apoyo.

–Me siento como una absoluta fracasada...

–No digas eso. –la interrumpí muy seria.

–Casi doy gracias porque papá no pueda ver esto. Sé lo mucho que lo lamentaría.

–¿Lo saben los demás?

–Todos menos mamá. –me miró con lágrimas en los ojos.– ¿Cómo demonios se lo voy a decir?

–Ella lo entenderá.

–Creí que esto era para toda la vida, ¿sabes? Ahora me siento como si nada de lo que he hecho valiera la pena.

–Si fuera yo en vez de ti quien pronunciara esas palabras sería por una buena razón, pero tú no, tú siempre has sido consecuente con tus decisiones. No pienses que la culpa es tuya...

–¿De quién entonces? –me interrumpió.

Me quedé sin palabras. O quizás era más bien que para su pregunta no había respuesta.

La vi esconder el rostro nuevamente, mientras lloraba desconsolada. Lo único que pude hacer fue abrazarla, sintiendo como si me oprimieran el pecho. Mi hermana no se merecía sufrir. Nadie tan bueno como ella lo merecía.

La abracé el suficiente tiempo como para que sus lágrimas dejaran de brotar. Se separó de mí y se recompuso, sacando un pañuelo de papel para limpiarse la nariz sonoramente.

–Jimena, a pesar de lo que digas, sé que no estás pasando por un buen momento. En realidad ninguno de nosotros lo está. Papá se fue tan de repente que no nos dio tiempo a prepararnos. Si necesitas algo sabes que estaré para ti...

–Lo sé. –le dije acariciándole la mejilla.

–Ahora debo irme. Sólo vine para cerciorarme de que estabas bien. Sé que Violeta ha estado contigo estos días, pero aún así estaba preocupada. Ricardo se llevó hoy a Cristina para pasar el fin de semana con su madre. –suspiró.– Lo cierto es que la casa se me viene encima...

Supe en ese instante que mi hermana me necesitaba. Ella no sólo había perdido a mi padre, sino también su vida. No había nada más doloroso que eso. No había forma humana de que yo me negara a ayudar a Ginebra cuando más me necesitaba. Ella era llevaba mi misma sangre y siempre había sido un punto de apoyo para mí. Era la única, aparte de mi padre, que parecía entender y aceptar calladamente todo lo que yo era.

–Me encantaría pasar este fin de semana contigo, si te parece bien. –decidí en un instante. Me miró.

–¿Lo dices en serio?

–Por supuesto. Creo que ambas necesitamos de nuestra mutua compañía.

Su amplia sonrisa me indicó que la idea era bien recibida.

Media hora más tarde, yo dejaba mi apartamento con una pequeña bolsa de viaje en la mano.

................

–Hola. –dije quedamente.

–Hola... –la voz sonó un poco dubitativa y supuse que quizás aún no me había reconocido.

–Soy Jimena.

–Lo sé. –contestó Violeta.. – ¿Qué ocurre? ¿estás bien?

–No ocurre nada y estoy bien. Sólo que tenía ganas de hablar contigo un rato. Espero no molestar, aunque si estás...

–No me molestas. –me cortó de súbito.– ¿Estás en casa?

–No. Estoy en casa de Ginebra. En realidad ahora mismo estoy tumbada sobre la cama de mi habitación. Hace un rato que ella se ha ido a descansar y no podía dormir.

–Supongo que es un deber preguntarte qué haces ahí.

Me hizo sonreír.

–Mi querida hermana me hizo una visita hoy . Está a punto de divorciarse y...

–Lo sé.

Fruncí el ceño preguntándome como demonios lo sabía incluso antes que yo. Lo que mi mente empezó a responder ella lo confirmó.

–Felipe me lo dijo.

–Oh... –fue lo único que se me ocurrió responder.

–Jamás pensé que algo así le pasara a Ginebra. Ella y Ricardo parecían la pareja perfecta.

–Yo creo que lo eran. ¿Qué hacías? ¿He interrumpido algo?

–Estaba en el baño cepillándome los dientes. Yo también estaba a punto de irme a la cama.

–Escucha. –comencé.– Siento lo que pasó hoy, a veces me comporto como una auténtica imbécil.

–¿Sólo a veces? –dijo sarcástica, e incluso, a pesar de que no podía verla, supe que debía tener esa personal sonrisa suya de medio lado.

–Si alguien te dice que eres agradable te miente descaradamente. –rebatí yo.

Su encantadora risa me llegó a través del auricular.

–Entonces has decidido pasar unos días con tu hermana. Me alegro mucho, así no estarás sola.

–No me importa estar sola, Violeta. Estoy acostumbrada. Pero creo que ella me necesita.

–Y tú la necesitas a ella. –sentenció.

–Puede ser.

Oí un ruido, como de algo que se cae y al segundo siguiente una muy indecente maldición.

–¿Qué ocurre?

–Se me ha caído algo.

–¿El qué? –pregunté curiosa.

Pareció dudar un instante antes de responder.

–Las gafas. –dijo algo balbuceante.

–Vaya, nos hacemos vieja, ¿verdad?

–Sólo las uso para leer. –dijo indignada.

–¿Es que las gafas de leer no son gafas? . –contesté irónica.

–¿Cambiamos de tema? –sugirió, aunque, más bien por su tono parecía una amenaza.

–De acuerdo. –accedí. Una idea cruzó rauda por mi mente .– ¿Qué llevas puesto?

La oí hacer un ruido con la boca y no supe si estaba riendo o por el contrario había soltado un bufido.

–No pretenderás tener una conversación erótica conmigo, ¿no?

–¿Por qué no?

–¿Hablas en serio? –preguntó. Su voz llena de incredulidad.

–¿Tanto te cuesta decirme que llevas puesto?

–Un pijama.

–¿Y cómo es?

–Jimena, por el amor de Dios, sé que no hablas en serio...

–¿Es de seda? –insistí, sonriendo para mí misma.

–No, es de algodón pero...

–¿De qué color? –la interrumpí por enésima vez.

Soltó otro resoplido, pero decidió seguirme el juego.

–Azul.

–¿Podrías describírmelo?

–Pues de color azul, aunque es un azul claro, yo diría más bien que tirando a cielo... Sin dibujos, odio los estampados...

Sonreí para mí misma satisfecha. Violeta no sólo había accedido a mis deseos, sino que mostraba una repentina voluntad de describir cada detalle.

–... ni siquiera recuerdo donde lo compré. –prosiguió.– De todas formas sólo llevo la camisa, no soporto dormir con nada más.

–¿Sólo la camisa?

–Sí, eso he dicho.

–Interesante. –chasqueé la lengua. La sentí aguardando a mi próxima cuestión. Decidí no hacerla esperar mucho.– ¿Qué hay de tu ropa interior?

–No hay mucho que decir. Llevo unas bragas de color negro, de encaje.

Mi cerebro comenzó a recrear entonces su imagen. La imaginé tumbada, como yo, sobre la cama, con una pierna flexionada, el pelo repartido en todas direcciones y su piel bañada por una tenue luz.

Justo como la había visto en mi habitación. Mi corazón comenzó a latir con más rapidez de lo normal. Lo que en un principio había sido un juego para mí, ahora se había convertido en algo mucho más serio.

–¿Sigues ahí? . –preguntó.

–Sí.

–¿Satisfecha tu curiosidad?

–Mi curiosidad sí. Pero sólo eso.

–¿Puedo hacer algo más por ti? –preguntó con voz melosa.

Fruncí el ceño al reconocer aquel tono como uno juguetón. Me encantaba el sonido de su voz. Era hechizante. A pesar de que estábamos en invierno y ciertamente aquella noche era gélida, sentí un repentino acaloramiento.

–Violeta...

–¿Sí?

–Me encantaría mucho volver a verte. –admití, agradecida de que ella no estuviera allí para poder ver mi timidez.

–A mí también.

Hubo un instante de silencio antes de que Violeta volviera a romperlo.

–¿Crees que sería una buena idea si mañana os hago una visita?

–Yo creo que eso sería una estupenda idea. –dije con una amplia sonrisa ante el pensamiento de verla el día siguiente.

–Tal vez para tomar un café...

–A Ginebra le encantará tenerte por aquí.

–De acuerdo entonces. Ve a descansar.

–No creo que pueda dormir.

–¿Por qué?

–Tu imagen media desnuda me persigue...

Rió, esta vez con más ganas y yo la seguí.

–Buenas noches, Jimena.

–Buenas noches.

Corté la comunicación, puse el auricular en su lugar y volví a acomodarme bajo las mantas. Crucé los brazos detrás de mi cabeza y cerré los ojos. No había sido una broma cuando yo le había dicho que su imagen me perseguía. Ella estaba allí, en mis pensamientos y me estaba sonriendo.

.................
avatar
malena
Admin

Cantidad de envíos : 1007
Fecha de inscripción : 16/05/2008

Volver arriba Ir abajo

Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Octubre 6th 2012, 8:13 pm

El día siguiente me despertó con un agradable olor. Abrí los ojos e inhalé. Ginebra debía estar en la cocina preparando el almuerzo. ¿Almuerzo? Miré el reloj y descubrí con algo de disgusto que eran las doce y media pasadas. Me apeé de la cama y corrí hacia el baño. Después de acicalarme y vestirme me reuní con mi hermana en la cocina.

–Buenos días. –saludé dándole un beso en la mejilla.

–Vaya, por fin.

–Debiste haberme despertado. –le dije dándole con el codo suavemente.

–Como si eso fuera fácil...

Le sonreí y abrí la tapa de la cacerola para ver qué era lo que olía tan bien. De mi garganta escapó un "mmm" placentero cuando me encontré cara a cara con un arroz con verduras.

–Te oí hablando anoche por teléfono... –dejó la frase en el aire esperando a que yo le revelara el gran secreto.

–Estuve hablando con Violeta.

–¿Violeta? –me preguntó mostrándose bastante más sorprendida de lo que yo me esperaba.

–Sí.

–¿Qué tal está? La última vez que la vi fue en el funeral de papá.

–Bien. De todas formas la he invitado a tomar café esta tarde. Espero que no te importe.

–Sabes que no me importa. Violeta siempre me ha parecido una buena persona y muy sincera, además. Lamenté mucho que lo suyo con Felipe terminara.

Su última frase me hizo arrugar la nariz con desagrado. Un gesto que a los ojos avizores de mi hermana no pasó desapercibido.

–¿Qué? –me preguntó.

–¿Qué de qué?

–Has hecho ese gesto con la nariz. –me señaló el apéndice muy convencida.– Siempre lo haces cuando algo no te gusta.

–Pues lo he hecho sin pensar. –mentí.

–Ya...

Se dispuso a cortar una barra de pan y me ofrecí para terminar la tarea.

–Tú siempre has sentido algo especial por Violeta, ¿verdad?

Paré en seco todo lo que estaba haciendo y la miré.

–¿Qué te hace pensar eso?

–Jimena, tú nunca has mostrado interés por casi nada que el resto de nosotras. Recuerdo que la expresión de tu cara cambiaba cada vez que el tema "Violeta" salía a la luz en tu presencia. No podías evitarlo, era superior a ti.

–¿Y qué crees tú que es eso tan especial que siento por ella? –inquirí cuidadosamente.

Me sonrió levemente negando con la cabeza. Creo que lo hacía porque se daba cuenta de que yo estaba subestimando su inteligencia.

–Nunca te he preguntado sobre tu vida privada y no voy a empezar ahora. –fue su respuesta.

–¿No es mejor saberlo que especular sobre ella?

–No sé a qué te refieres con eso de especular.

–Lo sabes perfectamente, Ginebra.

–Bueno, para serte sincera, sabemos tan poco de tu vida que a veces nos preguntamos qué es lo que pasa. Pero no especulamos. Somos conscientes de que llegado el momento sabremos lo que haya que saber. –respondió muy tranquila.– Sea lo que sea, nadie en esta familia te va a crucificar por ello.

Terminé de trocear el pan y lo deposité en la panera, mientras rumiaba mis pensamientos. Ginebra parecía haber dejado el asunto zanjado, pero para mí había algo incómodo flotando en el aire.

–Nunca he hablado de esto con nadie. –comencé. Mi hermana se giró inmediatamente y puso toda su atención en mi persona.– Pero en realidad mi vida es un completo desastre. Tengo todos los elementos para una novela, incluido lo del amor imposible...

–¿Por qué es imposible?

–¿Cómo es eso que dicen? –pensé un instante.– Se necesitan dos para bailar un tango...

–¿Quieres decir que no eres correspondida?

–Eso mismo.

–Me pregunto qué es lo que nos hace enamorarnos de una persona y no de otra. Cuando conocí a Ricardo creí que era mi destino estar con él.

–¿No hay ninguna posibilidad de que volváis a estar juntos? –pregunté.

–Me gustaría pensar que así es. Aún lo sigo amando, pero no he logrado descubrir donde está el error.

–Tal vez sólo necesitéis estar separados un tiempo. A veces es lo mejor.

–Ojalá eso fuera cierto.

–¿Por qué no va a serlo? –dije queriendo darle cualquier atisbo de esperanza que pudiera.

–Tú no sabes absolutamente nada de relaciones, ¿verdad?

Bajé la vista, confirmando sus palabras. Casi sentía vergüenza al tener que admitirlo. Cuando vi a mi hermana apoyarse de lado en la encimera para mirarme acusadoramente, supe que una vez más el tema giraría en torno a mí.

–¿Es ese amor imposible lo que no te permite encontrar a alguien a quien amar?

–Más bien creo que soy yo. Simplemente. ¿Dónde voy a encontrar a alguien que pueda soportar mis repentinos cambios de humor y mis silencios? Por no hablar de mis manías...

–Tú has... ya sabes, no eres virgen, ¿no?

Hice rodar los ojos con desesperación.

–Es la segunda vez en pocos días que me hacen la misma pregunta. ¿Es que hay algo en mí que dé a entender que soy virgen?

–Puede que sea esa frialdad con la que actúas en cada momento.

–¿Qué quieres decir?

–Olvídalo. Creo que he dicho algo estúpido. –admitió mi hermana, aunque a mí me dio la impresión de que trataba de salir en la situación comprometida en la que se había metido.

–No, no has dicho algo sin pensar. Dime que es lo que piensas, Ginebra.

–Lo único que pienso de ti es que deberías estar con alguien. Eres preciosa, no debería ser tan difícil.

–No todo es la belleza, hermana. –añadí en mi defensa.

–¿Crees que no soy consciente de eso? Pero en tu caso, ser bella significa tener una excusa menos para estar sola.

–¿Y no has pensado que quizás yo haya elegido esta situación?

–Ni por un momento.

–No puedo rebatir tus argumentos si ya tienes una idea preconcebida de todo esto...

–¿A quién intentas engañar? –me interrumpió.

La miré y supe que yo estaba intentando enmascarar mi pésima vida amorosa.

–Acabas de decir que hay alguien de quien estás enamorada, ¿pretendes decirme que no cambiarías todo lo que tienes porque ella te correspondiera igualmente?

Fue la primera vez en nuestra conversación en que mi hermana había utilizado un "ella". Hasta entonces se las había ingeniado para no decantarse por ningún género. Debió habérsele escurrido sin querer.

–Ella... –pronuncié la palabra con énfasis.– No va a amarme jamás.

Con ello aclaré cualquier duda que tenía mi hermana sobre mis preferencias sexuales. Algo que por otra parte no pareció afectarle en lo más mínimo. Era evidente que ya se esperaba algo así. Me pregunté si era ella sola o el resto de la familia también estaba convencida.

–De acuerdo. –dijo pausadamente.– Pongamos por caso que ella no te ame, ¿es que no hay nadie más para tí?

–Puedo discutir muchas cosas contigo, hermana, pero mi vida sexual olvídalo...

–¿Por qué? –me preguntó, de repente demasiado interesada para mi desmayo.

–¿Existía alguien más que Ricardo para ti?

Pensó unos segundos.

–No...

Hice un gesto con las manos haciéndole ver que acababa de darme la razón.

–Pero es diferente. –puntualizó ella.

–No lo es.

–Sí lo es. Yo tuve la suerte de que él me correspondiera. ¿Qué hay de ti? ¿El problema es que no le gustas o que no va por el mismo camino que tú?

–No lo sé, es decir... –me pasé una mano por el pelo nerviosa.– No tengo ni idea de qué demonios le gusta, pero creo que definitivamente no soy yo.

–¿Estamos hablando de Violeta?

Suspiré sabiendo que no tenía caso seguir ocultándolo. De todas formas creo que era demasiado evidente.

–Sí. –dije sin más preámbulos.

–Es lógico que hayas perdido la cabeza por ella. Y no sólo lo digo por su belleza, lo que está fuera de toda duda, sino porque es de esas personas que tienen cierto aura de misterio... ¿entiendes lo que te digo? Justo como esas grandes divas del cine...

–Creo que sé por donde vas. –admití, reconociendo en mi interior esas mismas sensaciones que sentía cada vez que la tenía cerca de mí.

–Por otra parte... –negó con la cabeza y emitió un pequeño suspiro.– Ella estuvo con Felipe y eso da cierta idea de...

–Lo sé, créeme. Es sólo que ella es todo lo que quiero y a la vez lo que no puedo.

–¿Recuerdas aquel día en el río con Violeta?

–Sí. ¿Por qué? ¿Qué tiene eso de especial? –pregunté, sin saber adónde quería llegar Ginebra.

–Nada sólo que parecías un cachorrillo. Todo el tiempo detrás de ella...

Suspiré, volviendo a recrear ese día una vez más. Era de los pocos recuerdos en aquella casa que seguían imborrables con el paso del tiempo. Casi podía recordar cada palabra que había dicho ese día. Nada de lo que tuviera que ver con Violeta había desaparecido de mi memoria.

–No es cierto. –me quejé.

–Tampoco es cierto que aquella noche, cuando se marchó, recibiera una llamada repentina, ¿verdad? Fue algo que tuvo que ver contigo...

Bajé la cabeza incapaz de mentir. Eso confirmó sus sospechas. Yo nunca imaginé que mis sentimientos por Violeta hubieran sido siempre tan transparentes.

–¿Qué hiciste? –me preguntó, apoyándose en la encimera y mirándome con verdadero interés.

–La besé.

Ginebra abrió los ojos tanto que parecía que se le iban a salir de las órbitas.

–¡¿En la boca?! –exclamó incrédula.

–Sí.

–¿Y ella respondió?

–No lo sé, no estoy segura... Creo que al principio sí, es decir... –suspiré. No era algo que yo hubiera relatado con anterioridad y hacerlo ahora me estaba costando un mundo.– Yo la besé y ella no se apartó, al menos durante unos segundos...

La vi reírse y me pregunté que había dicho yo que resultase tan gracioso. Esperé a que se le pasara la risa tonta mirándola casi con enfado.

–No me digas... –paró para tomar aliento.– ... que intentaste robarle la novia a Felipe.

Hice rodar los ojos con frustración. Pero ella tenía razón. Yo había intentado "robarle" la novia a mi hermano.

–Tenía dieciocho años, eso tiene que decir algo a mi favor. –expuse.

Ginebra asintió con la cabeza, tomó un pedazo de pan recién cortado y se metió la mitad en la boca.

–Así que la besaste... –me señaló agitando la otra mitad en la mano.– Eso fue algo muy valiente de tu parte.

–¿En serio? –comenté con tono sarcástico.– Sólo sé que ése fue el fin de la historia. –zanjé, antes de que pudiera preguntar algo más.

–Yo diría que más bien fue el principio.

–Sí, el principio de mi desgracia. –añadí amargamente.

–¿Qué pasa con esas otras personas que han pasado por tu vida?

–Yo no puedo amar a nadie mientras siga existiendo Violeta. Simplemente no puedo.

–Más bien será porque no quieres olvidarla.

–Tal vez. –concedí, conociendo muy bien la obsesión por la azafata.

–¿Sabes?, conozco a una chica del trabajo que ...

–Ni se te ocurra pensarlo. –la avisé.– Lo que menos necesito es que comiences a buscarme citas.

–De acuerdo, como quieras, pero te advierto que es muy guapa...

–Ginebra, déjalo ya. –ladré, añadiendo además una mirada fulminante.

–Vale, vale. –consintió, alejándose para echar un vistazo en a cacerola.

Cuando el timbre de la puerta sonó casi a las cinco y cuarto, yo ya estaba hecha un manojo de nervios. Y todo porque ahora mi querida hermana conocía de mi debilidad por Violeta y tenía miedo de lo que sería capaz de hacer. No era lo mismo sentir lo que sentía en soledad que el haberlo compartido con alguien, sobre todo si se tenía una hermana como la mía.

Yo le había advertido con antelación que fuera lo que fuera que le pasara por la cabeza, que lo olvidase o le arrancaría la piel a tiras. Ella me convenció de que no iba a pasar absolutamente nada, así que lo preparamos todo para cuando Violeta llegara en aparente tranquilidad.

Esperé sentada en el salón mientras Ginebra iba a abrir la puerta. Me removí en mi asiento buscando una posición cómoda para parecer distendida. Oí las voces de ambas mientras se acercaban y mi corazón comenzó a martillear con insistencia.

Violeta traía consigo una brillante sonrisa que me dirigió nada más verme y yo me erguí lo suficiente para recibir los dos besos con los que me saludó.

–Hola. –dijo simplemente.

–Hola.

–Dame tu abrigo, Violeta. –ofreció mi hermana.

–Hace un frío de mil demonios ahí fuera. –dijo ella, deshaciéndose de su chaqueta.

–Voy a poner el café. Regreso enseguida.

Ginebra desapareció rumbo a la cocina y Violeta se sentó cerca de mí aún con la sonrisa adornando sus bellas facciones.

–Viendo a tu hermana, cualquiera diría que está pasando un mal momento.

–Ella es así. Nunca deja que sus problemas afecten a los demás .

–¿Tú cómo estás? –me preguntó, palmeándome la rodilla y posando su mano allí.

–Bien. Con Ginebra no existen los días tristes. Nos hemos pasado el día charlando de nuestras cosas...

La mano que ella seguía apoyando en mi rodilla comenzó a inquietarme un poco, sobre todo al sentir su calor a través de la tela de mi pantalón.

–Me alegro. –se fijó entonces en la mesilla y descubrió el platito de pastas para acompañar el café que habíamos dispuesto para ella.– Vaya, me encantan esas galletitas.

Sin una palabra más, alargó el brazo y cogió una que empezó a roer con entusiasmo. Ginebra
retornó de la cocina .

–Me alegro mucho de volver a verte, Violeta. –se sentó en un sofá frente al nuestro.– Las últimas veces que nos hemos visto no han sido en las mejores condiciones.

–Desgraciadamente. –añadió la invitada.

Yo sabía que en el tiempo que había durado la relación de Felipe y Violeta, (tiempo que abarcó la época en que yo estudiaba fuera), ella había creado ciertos lazos con mi familia y esa confianza se notaba sobre todo ahora, viendo a las dos hablar como si de antiguas amigas se tratara.

Las cosas entre Violeta y yo nunca habían sido tan distendidas. Quizás fueran mis sentimientos hacia ella lo que añadía presión a nuestra amistad. Yo nunca se lo había preguntado, pero tal vez fuera hora de abordar a Violeta y descubrir hasta qué punto le incomodaban esos sentimientos.

–¿Conoces a Julia entonces? –inquirió Ginebra refiriéndose a la prometida de Felipe.

Puse especial interés en observar la reacción en Violeta.

–Por supuesto. –respondió con absoluta tranquilidad y con el rostro impasible.– Es una persona muy agradable y la única que ha logrado echarle el lazo a ese cabeza loca de Felipe. Me alegro mucho por ambos.

Ginebra rió suavemente.

–A todos nos llega ese momento, al parecer. Yo que creía que Felipe no estaba hecho para el matrimonio y fíjate.

–Estoy de acuerdo contigo. –añadió Violeta.

Las vi intercambiar varias frases más hasta que comencé a sentirme un tanto fuera de lugar. Me
levanté dispuesta a hacer algo útil y servir el café.

–De eso nada. –negó Ginebra.– Yo lo serviré. –Tú quédate aquí con nuestra invitada.

No tuve más remedio que asentir y volví a tomar mi antiguo asiento.

–Estás muy callada. –me dijo ella nada más departir mi hermana.– ¿Ocurre algo?

–No. –negué con la cabeza al tiempo.

Pareció desistir rápidamente de indagar en mis posibles problemas. Supuse que quería tomarse las cosas con calma y no añadir presión. Así que cambió de tema.

–Mañana tengo un vuelo a Londres, creo que te lo dije.

–Sí, lo sé.

–He pensado que ya que tengo todo el día por delante y ningún plan, quizás luego podríamos ir las tres a cenar o algo.

–Me encantaría. –dije sonriéndole levemente.

–¿Lograste dormir anoche al final?

–Sí, pero echo de menos mi cama. La de mi cuarto aquí parece ideal para una tortura china.

La hice reír.

–Quejica. –añadió.

–Es fácil decir eso cuando no lo has tenido que sufrir por ti misma.

Violeta volvió a hurtar otro de los dulces y se apoyó cómodamente en el respaldo, girada hacia mí.

–Ya estoy de vuelta. –anunció mi hermana cargada con una bandeja.

La depositó sobre la mesilla y nos sirvió a cada una una taza de café. Violeta le añadió al suyo leche y varias cucharadas de azúcar, mientras que Ginebra y yo lo tomamos solo.

–¿Qué tal el trabajo, Violeta?

–Mañana tengo un vuelo. Y a decir verdad, no es que me apetezca mucho...

–Violeta sugirió que quizás podríamos salir a cenar esta noche. –añadí yo, aún encantada por la idea.

–Me parece estupendo. ¿Adónde vais a ir?

–Me refería a que fuéramos las tres Ginebra. –enfaticé.

–Yo no puedo, aunque me encantaría.

Miré a mi hermana casi atravesándola. Como si yo no supiera que estaba intentando dejarme el camino libre con Violeta. Ginebra se amparó detrás de su taza para no tener que mirarme a los ojos.

–Vamos, Ginebra, ¿es que tienes algo mejor que hacer? –repuso la invitada.

–Creo que no sería muy buena compañía.

–Si resulta que nos aburres te pediremos un taxi, ¿vale? –bromeó Violeta haciéndonos reír.

–De acuerdo. Pero yo elijo el sitio.

–Aunque eso no me tranquiliza mucho, hermana, esta vez me arriesgaré. –dije irónicamente.

–Pues yo confío plenamente en el juicio de tu hermana. –resolvió la azafata dirigiéndose a mí.

–Muchas gracias. –contestó Ginebra.

–Como se nota que tú no has tenido que ver lo que es capaz de tragar... –añadí a la defensiva.

–Si no te gusta, siempre podemos pedirte un taxi, ¿cierto Violeta?

Violeta no respondió, pero casi se atraganta con lo que estaba masticando en un repentino ataque de risa.

.......................

avatar
malena
Admin

Cantidad de envíos : 1007
Fecha de inscripción : 16/05/2008

Volver arriba Ir abajo

Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Octubre 9th 2012, 8:47 am

Ginebra nos llevó a un mexicano, cosa que yo agradecí silenciosamente. Nos sentamos en una mesa que hacía esquina en el segundo piso del inmenso restaurante. Violeta a mi lado y Ginebra en frente. Antes de lograr conseguir mesa tuvimos que esperar en la barra tomando unos margaritas como aperitivo, puesto que el lugar estaba atestado de comensales. Dejamos que Ginebra pidiera y media hora después disfrutábamos de una ensalada de aguacate, papaya y camarón, tacos de pollo y enchiladas en salsa roja con frijoles refritos.

Por mi parte, removí la ensalada preguntándome que demonios pintaba la papaya en ella. Aparte de ese pequeño detalle y de lo poco que había comido, tuve que admitir con franqueza que la cena estaba deliciosa.

–Mira, ni siquiera ha pronunciado una palabra... –dijo jocosamente mi hermana en referencia a mí.– No ha parado de comer.

–No se puede decir que sea de las personas que hablen mucho, ¿no? Con lo cual es algo normal. –Violeta me sonrió y me guiñó un ojo.

–¿Hasta cuándo seguiré siendo el objeto de vuestras bromas? –comenté yo.

–Conozco ese tono... Se avecina tormenta, Ginebra.

–Sálvese quien pueda. –añadió mi hermana.

Se rieron las dos y yo negué con la cabeza vencida. Cogí la jarra de margarita y vertí más licor en mi copa. Ya empezaba a sentir cierto acaloramiento. El picante y el tequila no eran muy buena combinación, al menos para mí.

El teléfono móvil de Ginebra sonó en ese preciso instante y tras una breve excusa contestó a la llamada. Supe que estaba hablando con Ricardo porque pronunció su nombre, pero de no haber sido así lo hubiera adivinado igualmente en cuanto la expresión de su cara se tornó triste.

–No sé como puede oír algo con este ruido. –comentó Violeta.

El restaurante estaba tan lleno que el ruido era casi infernal. Cerca nuestra teníamos una mesa de unas cinco personas y debían llevar consumidas demasiadas jarras de margarita a juzgar por la algarabía.

–¿Cuándo regresas de tu viaje?

–Dentro de tres días. ¿Necesitas algo de Londres?

–No. –sonreí.– ¿Puedo llamarte cuando regreses?

–Cuento con ello. –añadió con premura, cosa que me agradó.

Oímos a Ginebra reír mientras hablaba ahora con su hija. Segundos más tarde cortó la comunicación.

–Sólo ha pasado un día desde la última vez que la vi y es increíble cuánto la echo de menos ya. -anunció mi hermana.

–Amor de madre. –dije yo.

–Puedes decirlo. Cuéntanos alguna anécdota de tu trabajo, Violeta. –pidió Ginebra mientras
retomaba su cena con avidez.

–Mmmm... –terminó de masticar antes de comenzar a hablar.– Hay muchas. Pero quizás una que recuerdo muy a menudo es cuando estábamos despegando y una enorme cigüeña se metió dentro de una de las hélices del motor obligándonos a aterrizar de emergencia...

–Escalofriante. –dijo Ginebra mientras hacía un gesto como de echarse a temblar.

–¿Tuviste miedo?

–Ya lo creo. La idea de que vas estrellarte no es agradable. Y lo peor es tener que calmar a los pasajeros después de algo así. Reaccionan de manera tan dispar que incluso llegas a temer porque te agredan o algo peor.

–El viaje que hicimos todos para acudir a la licenciatura de Jimena fue caótico. No me gustan los aviones.

–Yo creo que a nadie le seduce. Es una sensación desagradable cuando estás ahí arriba y sabes que no tienes el control de absolutamente nada. Y antes de que lo preguntes, mis razones son única y exclusivamente lucrativas. Pagan muy, pero que muy bien.

Pensé durante unos instantes. Tanto como quería yo a Violeta me hizo reflexionar sobre el arriesgado trabajo que tenía. Quizás tan arriesgado como cualquier otro, pero en todo caso, si algo le pasaba, ella tendría muy pocas opciones.

Sentí un sudor frío recorrerme por entero.

–¿No piensas dejarlo algún día? –pregunté yo, poniendo voz a mis temores.

–Supongo que sí. No se ven muchas azafatas de pelo blanco, ¿no?

–Reconozco que tu trabajo tiene un lado excitante. En cambio el mío... –Ginebra suspiró recordando su trabajo como funcionaria.– Estar sentada todo el día ante una mesa es aburridísimo.

Una música comenzó a sonar desde uno de los extremos del salón y Violeta y yo nos giramos para ver a un grupo de mariachis, vestidos, por supuesto, con el traje típico y entonando la canción "Ay, Jalisco".

–Ya los echaba de menos... –comentó Ginebra cómicamente.

–Esta música siempre me recuerda a mamá.

–Cierto, ella y sus discos de Javier Solís.

Uno de los camareros se acercó hasta nuestra mesa para interesarse por nuestra cena. Ginebra se encargó de indicarle que todo estaba perfecto y de pedir otra jarra más de margarita. Eso me recordó que mi copa estaba media llena. La cogí y tomé un gran sorbo de la bebida. Vi a Violeta mirarme de reojo, como haciendo cuenta mental de cuanto estaba yo bebiendo.

–Aún no estoy borracha, si es lo que te preocupa. –le dije casi en un susurro.

–Si sigues así lo estarás pronto. –me contestó igualando mi tono.

Ginebra que nos había visto intercambiar aquellas dos frases, encontró de repente la banda de mariachis muy interesante, dándonos así una ligera privacidad.

–No sé si te habrás dado cuenta, pero me estás tratando como si fuera una alcohólica.

–No es lo que pretendo, pero ya que estamos, te diré que casi no has probado la cena y que sin embargo aún no he visto vaciarse tu copa.

–Genial, Violeta. –concedí yo, con un poco de malestar.

–Creo que no es necesario el que te recuerde la disposición que muestras últimamente hacia el alcohol...

Para mostrar mi rebeldía por sus palabras, volví a tomar la copa y la alcé.

–¿Un brindis? –dije en alto.

Ginebra devolvió su atención a nosotras, mientras que Violeta contraía las mandíbulas como muestra de desagrado.

–¿Por qué brindamos? –preguntó mi hermana, secundándome.

–Por nosotras. –repuse.

Las tres chocamos nuestras respectivas copas y tomamos un pequeño sorbo.

–¿Te vas a terminar eso? –me preguntó Ginebra masticando.

Sin decir nada, vacié el contenido de mi plato en el suyo y ella me lo agradeció con una amplia sonrisa.

–Veo que es de familia lo de comer tanto... –murmuró Violeta a media sonrisa.

–Esta pequeña indulgencia que ves, me va a costar muy cara. –admitió Ginebra.– Mi cuerpo ha cambiado demasiado después del parto. No hay manera de domarlo...

–Qué me vas a contar a mí...

–Demasiadas preocupaciones por el simple hecho de comer. –murmuré a media sonrisa.

–Lo dices porque tú eres incapaz de ganar un gramo. –recalcó mi hermana.

–¿Debo sentirme culpable por eso? –añadí en tono burlón.

–¿A veces no la odias, Ginebra?

–A cada instante. –respondió la azafata con premura.

–Yo creo que no se debería tener tanta preocupación por el aspecto. Todo este rollo por el culto al cuerpo ha llegado demasiado lejos... –alegué distraídamente.

Violeta y Ginebra se miraron durante unos instantes para acto seguido romper a carcajadas.

–Jimena, cállate. –me ordenó Ginebra aún entre risas.– Sabes perfectamente que la apariencia lo es todo. No digo que sea justo, pero ésa es la realidad.

–Sois unas superficiales. –me quejé medio en broma.

A mi hermana le entró un repentino ataque de risa, aparentemente por mis palabras, aunque algo me decía de que era producto de los margaritas.

–Tú –me señaló con el tenedor una vez recuperada de su ataque.–, eres tan superficial como cualquiera de nosotras. ¿O me vas a decir que crees en eso de que lo que importa es el interior?

–La gente guapa a menudo suele ir acompañada de una gran falta de humildad, Ginebra.

–Ése es otro tópico estúpido. –añadió Violeta.– No toda la gente bella es estúpida o insoportable... Tú no lo eres. –me miró y yo hice lo de siempre: me sonrojé.

Ginebra acudió en mi auxilio una vez que fue evidente que yo me había quedado sin palabras.

–Jimena cree que no es atractiva, Violeta.

Hubiera preferido en ese momento que mi hermana me hubiera dejado en total desamparo.

–No querer reconocerlo no es lo mismo que no ser consciente de que se es...

–"Touché" –repuso Ginebra.– Ella podría tener a cualquier persona que se propusiera. Es guapa, inteligente y tiene un gran corazón...

En ese punto, cuando mi hermana se decidió por enumerar mis cualidades, cerré los ojos y deseé escapar de allí. No creí ni por un momento que Violeta no se diera cuenta de que Ginebra intentaba tenderle una trampa para que la conversación girara en torno a mí.

Yo sabía que el haberle expuesto mis sentimientos a mi hermana había sido un gran error. Ahora mismo lo estaba comprobando.

–¿Alguien quiere postre? –dije súbitamente, sorprendiéndome hasta a mí misma.

Violeta se giró hacia mí con el ceño fruncido y yo le sonreí levemente.

¿Qué otra cosa podía hacer?

.............................

Violeta nos llevó a casa en su coche. Creo que todas sabíamos que la única que controlaría la bebida sería ella, por lo que fue una buena idea desde el principio el dejarle esa responsabilidad. Viajamos en silencio. Yo estaba prácticamente hundida en el asiento delantero, buscando una posición cómoda, con los párpados tan pesados como el acero. Habíamos abandonado el restaurante casi a la medianoche. El tiempo había pasado volando. Yo no quería que aquella velada terminara, sobre todo porque pasaría Dios sabe cuánto tiempo antes de que volviera a ver a Violeta.

Giré la cabeza para ver su perfil, la expresión era de total concentración mientras guiaba el auto por la carretera. Me pregunté si a mis ojos aquella mujer alguna vez parecería menos que una diosa. Eché un rápido vistazo a Ginebra, quien dormitaba en el asiento trasero, con la cabeza ladeada. Sonreí ante su cómica posición y me concentré de nuevo en mirar por mi ventanilla hasta que cerré los ojos.

– Bien, ya hemos llegado... –su voz me sacó abruptamente de mi adormilado estado y tuve que mirar por la ventanilla para asegurarme de que habíamos llegado a la casa de Ginebra.

Me pareció demasiado pronto...

Nos apeamos del coche las tres y Ginebra se despidió de Violeta con un sonoro beso en la mejilla.

–Nos vemos pronto. –añadió, antes de perderse escaleras arriba.

No había que ser muy inteligente para saber el motivo de las prisas de mi hermana por dejarnos solas.

–¿Me llamarás? –me preguntó.

–Sí.

–Bien. –murmuró algo insegura de lo que preguntar o hacer a continuación.

Nos quedamos allí, casi a oscuras, mirándonos. Ella dio un paso adelante y alzó una mano para colocarme unos rebeldes mechones de pelo fuera de mis ojos. No pude evitar cerrarlos mientras absorbía por completo las sensaciones que esa simple caricia me provocaba. La sentí acercarse hasta mí, puesto que percibí su cálido aliento y dejé de respirar, imaginando que se acercaba para besarme. Lo deseaba tanto. Tanto...

Sus labios rozaron mi mejilla, cerca de los labios, dejando allí un suave cosquilleo. Luego sentí la pérdida de su cercanía y fue entonces cuando abrí los ojos, sólo para verla desaparecer calle abajo
dentro de su coche.

avatar
malena
Admin

Cantidad de envíos : 1007
Fecha de inscripción : 16/05/2008

Volver arriba Ir abajo

Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Octubre 10th 2012, 8:38 am

6. SENTIMIENTOS QUE DELATAN.

El fin de semana en casa de mi hermana resultó ser muy relajante para mí. Hablamos de todo y de nada. Ella, tan sabia como era, no volvió a sacar el tema "Violeta". Creo que sabía que, llegado el momento, sería yo quien pidiera compartir mis emociones. Ginebra había visto a través de mí y había entendido mis sentimientos y lo desdichada que me hacían. A veces la había pescado mirándome como con intención de querer decirme algo, pero tan rápido como mis ojos encontraban los suyos, parecía desistir de su empeño.

Mi madre vino el último día de mi estancia allí y pasamos una grata velada las tres, tomando café y charlando de multitud de cosas. Fue la primera vez que me sentí como si fuera parte de ellas, como si nunca hubieran existido esas diferencias que nos hacían tan opuestas. Por supuesto, evitamos hacer cualquier comentario sobre la inminente separación de Ginebra, y encubrimos la ausencia de Ricardo alegando un fin de semana a solas entre padre e hija. No estoy muy segura de que mi madre, con su suspicacia, creyera del todo aquella simple excusa, pero no mostró ningún síntoma de incredulidad y mucho menos ansias de profundizar en el tema. Nosotras sólo pretendíamos evitarle más dolor.

Vi mi tristeza reflejada en los ojos de mi madre. Jamás la había visto tan apagada. Aunque ella se esforzaba por mostrarse distendida, supe que le estaba costando un mundo seguir respirando. No pude ni imaginar lo que sería quedarse sola, el perder a la persona que tanto se ama... Ella era una mujer más fuerte de lo que yo nunca hubiera imaginado. Ahora lo veía claro. Seguramente, lo único que la mantenía con vida era el pensamiento de que llegaría el momento de reunirse con él, de que él la estaba esperando ya en un mundo perfecto en algún lugar...

Incluso para la muerte existen excusas que pueden dar esperanzas.

Ese domingo mis pensamientos también estuvieron con Violeta. Durante los ochos años que pasé sin verla, nunca había dejado de aparecer en mi memoria, incluso en mis sueños. Pero a medida que pasaba el tiempo su imagen se iba desvaneciendo también. Ahora, ella había vuelto trayendo consigo mis antiguas ansias.

Regresé a la soledad de mi apartamento la tarde-noche de ese mismo día. Me alegré de haberle dejado al conserje del edificio el encargo de tener mi teléfono listo para mi regreso. Eché un rápido vistazo al contestador, que indicaba un mensaje nuevo. Apreté el botón, sintiéndome extrañamente excitada. Y sabía el por qué.

El mensaje, para mi desilusión, era del hospital. Maldije por lo bajo al darme cuenta de que había olvidado todo el asunto de mi trabajo. Me hice la firme proposición de acudir al día siguiente a la clínica y firmar mi renuncia de una vez por todas.

Decidí animarme como casi todas las mujeres lo hacían: comiendo y comiendo. Y si era algo que añadía cantidades ingentes de calorías al organismo, tanto mejor. Así que saqué una tarrina de helado de chocolate del congelador e hice mi camino de vuelta hacia el sofá, donde me estiré cómodamente.

Encendí la tele para distraer mi atención lejos de mis pensamientos mientras engullía grandes cucharadas de helado. Era cierto eso que decían de que el dulce tenía propiedades relajantes.

...............

El día siguiente vino cargado de aburrimiento y de anhelos, aunque yo ignoraba de qué.

Me dediqué casi por entero a poner orden a mi siempre revuelto apartamento para mantenerme distraída. Incluso ordené cada cajón, y cuando me encontré, casi por casualidad, con un añejo álbum de fotos, lo solté como si me quemara.

Mi padre estaba allí dentro.

Una vez que acabé con esa tarea y mi ático pareció algo menos que una selva, pensé en llamar a Ginebra e invitarla a cenar o a ir al cine. Era evidente que no quería estar sola. La soledad, por entonces, me daba mucho margen para pensar. En tan sólo unos días, Violeta había logrado que yo no sintiese tanto placer en mi voluntario retiro.

Abandoné la idea de llamar a Ginebra. Me di cuenta de que lo que me apetecía era salir esa noche y tal vez conseguir algo de compañía. No era pecado desear tal cosa, y hacía mucho tiempo que no disfrutaba de otra persona.

Con la decisión tomada, me di una larga ducha y me vestí y maquillé con parsimonia y dedicación. Estaba dispuesta a averiguar si mi recién estrenado desparpajo había conseguido vencer mi timidez.

Nada más entrar, las intensas luces de la sala inundaron mis sentidos. Avancé por entre la apiñada muchedumbre, percibiendo los diferentes trazos de perfume, inundada de humo, recibiendo alguna que otra mirada de admiración y de sonrisas que dejaban claras intenciones.

Odiaba los lugares cargados de gente, odiaba sentirme observada, pero esa noche no. Esa noche quería que me mirasen, que me tocasen. Que me desearan.

Conseguí llegar hasta la barra. Ya me notaba acalorada e incluso podía sentir la espalda húmeda con sudor. Sopesé la idea de no tomar alcohol esa noche, pero al final accedí a mis deseos y le pedí un whisky solo a una casi desnuda camarera con un piercing en la nariz que me sirvió de inmediato.

Observé a la camarera y me pregunté si había comprado el vestido o simplemente eran los retales del mismo. "Bonitas piernas", me fijé.

Me giré entonces, apoyando un codo sobre la barra mientras escaneaba la zona. Mis sentidos me alertaron de que alguien me estaba mirando. Me giré hacia la izquierda y fui recibida por unos enormes ojos que, a pesar de la distancia, podía jurar que eran verdes.

Sin apartar la vista de aquellos ojos, tomé un sorbo de mi bebida y le sonreí juguetonamente. Recibí otra en aprobación a mis actos y decidí que definitivamente había encontrado algo interesante esa noche y con excesiva rapidez.

Giré mi cuerpo para estar completamente de frente. Eso tuvo la recompensa esperada cuando aquellos ojos verdes se acercaron hasta mí. Mucho antes de sentir el calor de su cuerpo, pude distinguir su suave perfume. Me gustó. Definitivamente sus ojos eran verdes.

El único saludo fueron las respectivas sonrisas que nos dirigimos. No hay nombres ni hacen falta las palabras cuando dos personas saben lo que buscan.

Se reclinó hacia delante y yo me aparté ligeramente asustada por el súbito movimiento. Ella sonrió pícaramente y señaló con el dedo hacia el vaso donde estaban las cañitas, poniendo de manifiesto su intención de coger una para su vaso, así que continuó inclinándose hasta que su cuerpo estuvo totalmente pegado al mío, su pelo cobrizo rozándome un hombro desnudo. Fui consciente de un aliento rozando suavemente mi oreja, de una piel rozando mi brazo y me sentí extrañamente en trance. Casi sin pensar, dejé que mi mano viajara por aquel brazo desnudo desde la muñeca hasta el codo.

Bebí el resto de mi copa de un solo trago. Necesitaba ánimos esa noche. No habría lugar para pensar en mi padre o en Violeta. Esa noche era para mí y lo necesitaba.

–¿Quieres otra copa? –me giré hacia ella cuando su voz me alertó.

Su voz me pareció dulce. Decidí que me gustaba.

–Gracias. –le contesté y ella se giró para pedir.

Me fijé en que llevaba unas faldas justo por encima de las rodillas y que la piel de sus muslos parecía ser extremadamente suave. No pude evitar colocar mi mano allí, despacio, para darle tiempo a retirarla si era lo que quería.

Ni siquiera me miró. Siguió apoyada en la barra mientras yo alzaba la mano y me encontraba con el extremo de su falda.

Se giró hacia mí y se acercó un paso más, de forma que su pierna estaba ahora entre las mías. Colocó el vaso delante de mi nariz y yo lo tomé.

–¿Sabes qué es lo que me ha atraído de ti? –me dijo al oído. Negué con la cabeza y ella se acercó de nuevo para darme la respuesta.– Tu expresión. Nadie debería entrar en un lugar como éste así de triste...

Me reí y ella me siguió.

–Al parecer ya has logrado que esté de mejor humor... –concedí, hablándole al oído por el ruido que nos rodeaba.

Alargó una mano y separó suavemente de mis ojos un errante mechón de pelo. Ese gesto me hizo recordar inevitablemente a Violeta, tan empeñada siempre en atusar la rebeldía de mi cabello. Cerré los ojos con fuerza y saqué cualquier pensamiento de Violeta de mi cabeza.

–Salgamos de aquí. –dije con premura.– Hace demasiado calor.

Ella no puso ninguna objeción a mi demanda y me siguió mientras yo luchaba por atravesar la densa muchedumbre. Una vez en el exterior la llevé hasta mi coche.

–¿Te apetece dar una vuelta? –le pregunté.

Ella asintió con la cabeza y nos metimos dentro del auto. Lo puse en marcha y salimos rumbo a ningún lugar. Me concentré en la carretera, aunque era consciente de que la mujer me estaba mirando fijamente. Incluso podía asegurar que estaba sonriendo de medio lado.

–Eres una persona extraña... –me dijo.

La miré, aprovechando que en esos momentos había tenido que parar frente a un semáforo en rojo.

–Lo sé. –confesé.– Suelen decírmelo a menudo. Claro que a los demás les lleva algo más de tiempo llegar a esa conclusión.

–Me gusta... –indicó casi ronroneando.– ¿Adónde me llevas?

–No tengo la menor idea...

–Tampoco es que importe mucho, ¿verdad?

Volteé un solo segundo para sonreírle y ella me devolvió el gesto, para poco después colocar una mano sobre mi muslo y acariciarlo. Sentí que inmediatamente algo dentro de mí se encendía y tragué con algo de dificultad.

–Quizás deberíamos ir a tu apartamento... –me sugirió cuando se dio cuenta de que yo comenzaba a respirar ruidosamente.

Sin decir una palabra, apreté el acelerador y puse rumbo hacia mi ático.

...............
avatar
malena
Admin

Cantidad de envíos : 1007
Fecha de inscripción : 16/05/2008

Volver arriba Ir abajo

Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Octubre 11th 2012, 8:36 am

Cuando desperté a la mañana siguiente, lo hice a solas. Ella se había marchado en algún momento de la mañana, puesto que hicimos el amor hasta bien entrada la madrugada, sin que yo me diera cuenta.
Respiré hondo y me impregné de su olor. Su aroma estaba en todas partes, en la cama, las sábanas, en mis dedos e incluso en cada parte de mi piel.

No recordaba haber hecho el amor tan salvajemente ni haber tenido en la cama a alguien tan complaciente y al mismo tiempo tan insaciable. Los músculos doloridos y cansados de mi cuerpo eran una prueba de ello.

Me di la vuelta hasta quedar boca abajo y me enterré en la almohada. Seguí recordando los acontecimientos de la noche previa, demasiado frescos en mi memoria. No estaba muy segura, pero creo que en un momento dado fui capaz de prometerle amor eterno. De haber sido profesora le hubiera dado matrícula de honor a su examen oral...

Me reí y volví a darme la vuelta. No recordaba lo bien que podía hacerte sentir un buen polvo al día siguiente, cuando despertabas con sólo la conciencia de haber pasado unos gratos momentos, sin ataduras, sin nada de lo que arrepentirse.

Me erguí para sentarme sobre la cama y no pude evitar exclamar un alarido de dolor cuando coloqué todo el peso sobre mis nalgas. En un momento de pasión, ella me había clavado las uñas allí. Tardaría varios días en lograr sentarme derecha...

Me levanté dispuesta a darme una larga ducha para borrar todo resto de mi noche de pasión, pero antes de dar dos pasos, mi cuerpo se desplomó sobre el frío suelo. Gemí inconsolable y di gracias de estar sola. Me quedé estirada allí mientras daba coces intentando desenredar mi pie izquierdo de la sábana. Pensé que había días en los que era mejor no poner un pie fuera de la cama.

Esperaba que aquel no fuera uno de ellos.

"Torpe", me regañé a mí misma.

El jueves me descubrí mirando fijamente el teléfono sin atreverme a descolgarlo y realizar esa llamada con la que había estado suspirando los días anteriores. Se suponía que Violeta había regresado de su viaje el día anterior y que ya tenía vía libre para llamarla, pero no quería parecer demasiado ávida por verla de nuevo, a pesar de que era así como me sentía en realidad.

Cada vez que me acercaba al aparato mi corazón martilleaba a tanta velocidad que incluso llegaba a marearme. Suspiré pensando en lo inepta que era. Una simple llamada y parecía que era un asunto de vida o muerte.

Justo cuando logré recolectar todo mi valor, que era más bien poco, y me disponía a descolgar el auricular, el teléfono sonó asustando hasta la última fibra de mi ser. Lo descolgué y carraspeé antes de responder.

–¿Diga...? –dudé.

–Vaya, me alegro de comprobar que vuelves a estar comunicada con el mundo exterior. –la voz de Violeta sonó burlona.

Cerré los ojos con fuerza y respiré despacio. La había echado inmensamente de menos.

–¿Jimena? –dijo preocupada al no obtener ninguna respuesta de mi parte.

–¿Qué tal el viaje? –me apresuré a decir.

–Aburridísimo.

Hubo otro silencio entre nosotras, y a pesar de que intenté romperlo, no se me ocurrió nada coherente. Todo lo que mi mente podía elucubrar eran las palabras "Violeta" y "felicidad".

–¿Ocurre algo? –volvió a inquirir con el mismo desasosiego.

–No.

–No habrás vuelto a beber, ¿verdad?

–No... –suspiré.

–¿Es un mal momento? –cuestionó con cuidado.

–En realidad estaba sentada frente al teléfono desde hace demasiado tiempo, intentando encontrar el valor para llamarte...

Un instante en el que supuse que estaba asimilando la información.

–¿Hace falta valor para hacer eso?

–Para mí sí. –afirmé con vehemencia.

–¿Por qué?

–No lo sé. Supongo que me importa demasiado lo que pienses de mí. –admití con algo de vergüenza.– No quería parecer ansiosa...

–Yo también te he echado de menos, Jimena. –dijo simplemente, poniendo voz a lo que yo no quería pronunciar.

Apreté con fuerza el auricular, negándome a asimilar aquellas palabras como algo más que palabras. Pero todo sonaba completamente diferente cuando era Violeta quien lo pronunciaba.

–Pensaba invitarte a cenar esta noche en mi casa... Podríamos pedir pizza o algo así. Por supuesto, a menos que ya tuvieras planes.

Me reí. Me hizo gracia que ella pudiera pensar que yo tuviera planes. Como si mi patética vida social diera para mucho.

–No, no tengo nada mejor.... –subrayé la palabra para más énfasis.– que hacer. Y me parece una buena idea lo de las pizzas.

–Estupendo. Apunta la dirección.

Mientras me daba los datos y yo los apuntaba en un improvisado papel me di cuenta de lo cerca que había estado de mí todos estos años y nunca habíamos coincidido. Ella vivía tan sólo a unos veinticuatro kilómetros de mí.

–¿La tienes?

–Sí.

–De acuerdo. Te espero a las siete entonces.

–Hasta luego.

La línea quedó muerta tras mis últimas palabras. Me estiré en el sofá observando el techo con detenimiento mientras pensaba que esa misma noche iba a cenar en casa de Violeta. Casi podía imaginar que era una cita. "Las amigas no tienen citas", me recriminé a mí misma poniéndome de pie de un salto. De repente me había invadido la imperiosa necesidad de pensar con detenimiento lo que me iba a poner para la ocasión.

Observé mi guardarropa durante algunos momentos. Supuse que lo mejor sería llevar algo cómodo. Violeta me conocía demasiado bien como para saber que yo prefería esa clase de ropa. Un jersey de cuello alto azul marino y unos pantalones de pinzas de color negro fueron mi elección final después de pensarlo resueltamente en la ducha.

Me costó mucho más trabajo intentar acomodar la rebeldía de mi cabello hasta hacer que, por fin, pareciera que lo llevaba peinado. Luego me apliqué una pequeña base de maquillaje para esconder mis ojeras junto con un breve toque de color a los labios.

De repente parecía un ser humano otra vez.

El lugar donde residía Violeta era un edificio de unas doce plantas, cerca de uno de los mayores centros comerciales de la ciudad. Saludé al conserje nada más entrar en la luminosa sala de entrada, quien no me quitó la vista de encima los diez segundos que me tomó esperar al ascensor.

Llegué hasta su puerta y tomé una honda inspiración. De alguna forma tenía que calmar los nervios que se habían apoderado de mí. Toqué con los nudillos suavemente y esperé tan sólo unos segundos.

–Hola. –me saludó una complaciente Violeta nada más abrir la puerta.

A su saludo añadió un cálido beso en una de mis mejillas al que yo correspondí con demasiada buena gana.

–Hola... –murmuré casi sin aliento.

Le alcancé la botella de vino elegantemente empaquetada que yo había comprado de camino a su casa. Ella la aceptó con sonrisa pícara y siguió mirándome con intensidad.

–Estás muy guapa. –me dijo, apreciando con ello mis esfuerzos por mejorar mi aspecto.

–Gracias.

–Supongo que no habrás tenido problemas para encontrar el lugar... –repuso, cerrando la puerta tras de sí y ocupándose de mi chaqueta de cuero, la cual colgó de un perchero.

–No. Aunque no tenía la menor idea de que vivías tan cerca de mí.

–Tan sólo hace dos años que me mudé.

Me adentré en los dominios de Violeta con hambre de descubrir por primera vez cómo era el lugar donde ella vivía. Para ser una persona que pasaba tiempo limitado en su casa, aquel apartamento estaba lejos de ser impersonal. Lo primero de lo que te dabas cuenta era de que en realidad era mucho más grande de lo que pudiera parecer. El salón lo había decorado en tono pastel, con macetones de plantas a cada esquina. En el centro, un enorme equipo de televisión y estéreo y en una de las paredes una enorme estantería repleta de libros, discos y adornada con figuritas de todo tipo. Un tresillo de cuero negro completaba el mobiliario de la sala. Otro detalle que no me pasó desapercibido era que no había ni una sola fotografía en todo el lugar. Ni siquiera de ella misma.

–Hace dos años... –murmuré por lo bajo, recordando lo último que me había dicho.

–Exacto. El mismo tiempo que ha pasado desde la muerte de mi padre.

La miré.

–Me dejó todo lo que tenía. Supongo que prefirió dejárselo a una hija a la que odiaba pero que llevaba su sangre que a cualquier otra persona. Tardé menos de una semana en venderlo todo. Espero que se esté revolviendo en la tumba... –dijo con inmensa amargura.

Eso explicaba el hecho de que pudiera costearse un apartamento de aquel calibre. Me permití esbozar una sonrisilla casi imperceptible. Violeta siempre tuvo claro que las cosas que la vida te regalaba había que aprovecharlas. Ella había tomado el dinero de su padre como una recompensa a todo el sufrimiento que él le había infringido a lo largo de aquellos años.

–Lo único bien que hizo fue morirse, y yo ni siquiera estaba allí para verlo...

–Violeta... –la llamé sabiendo hacia dónde habían ido sus pensamientos.

–Lo siento... –suspiró.– ¿Quieres ver el resto de la casa?

–Por supuesto.

Violeta me enseñó el resto del apartamento con orgullo. Su habitación fue, de todo, lo que más me llamó la atención. Estaba impregnada de su inconfundible olor y nada más entrar, sentí deseos de no volver a salir jamás.

–Jimena... ¿estás bien? –me preguntó, notando mi repentina y breve indisposición.

–Sí.

–¿Tienes hambre? Podríamos ir pidiendo las pizzas ya, si te apetece.

–¿Qué tal una copa de vino antes? –pedí casi en clemencia. Yo sabía que una copa podía calmar mis repentinos nervios.

–Está bien, pero sólo una.

Yo hice rodar los ojos y ella se rió, dándose la vuelta para dirigirse a la cocina. La seguí desde muy cerca. Violeta sacó dos copas de cristal y con gran destreza descorchó la botella. Me acercó una de las copas y yo tomé el primer sorbo con avidez. Ella no había parado de sonreírme un instante y yo ya estaba empezando a sentirme como si pudiera volar.

–Está muy bueno... –dijo tras su primer trago.– Cuéntame, ¿qué has hecho estos días?

–Nada en especial. Me he dedicado a ordenar mi casa, ¿puedes creerlo?

–¿En serio? –soltó una carcajada.– Es increíble lo que puede hacer el aburrimiento...

Me indicó con la cabeza que la siguiera y me llevó hasta el salón, donde nos sentamos en su cómodo sillón de cuero, lado a lado.

–¿Y tu viaje? Por lo que me dijiste, al parecer no te lo pasaste muy bien.

–Estaba lloviendo. Siempre llueve en esa ciudad. Por cierto, te he traído algo, es una tontería, pero estaba paseando por mi hotel, entré en una tienda de souvenirs y me acordé de ti. Se levantó y la vi acercarse a su bolso de donde sacó una bolsita pequeña que me ofreció nada más retomar su asiento.

–Toma.

Abrí la bolsita y miré en su interior para descubrir una réplica en miniatura del Big Ben. Sonreí. Ella se había acordado de mí.

–Gracias. –musité encantada.

–De nada. Es una tontería pero, al parecer, eso es lo que se suele regalar. Te prometo que la próxima vez que vaya a París te traeré una Torre Eiffel.

–Me gusta. Gracias por acordarte de mí.

Sonrió complacida por mi respuesta y se apoyó en el respaldo, pasando un brazo por encima, justo detrás de mi cabeza. Ambas nos miramos fijamente durante unos breves instantes y yo no pude evitar acercarme para plantarle un beso en la mejilla, tan breve que apenas rocé la piel de su rostro. Aún así, me pareció que ella contuvo la respiración.

–¿Cómo está Ginebra? –me preguntó una vez que hube recuperado mi posición inicial.

–Me llama casi todos los días, a veces incluso más de una vez. Ella dice que está bien, pero yo sé que está pasando por unos momentos muy duros.

–Siento oír eso. –me dijo con sincera pena en la voz.

–Yo aún no termino de creerlo, ¿sabes? Es como si esperara que mañana me llame y me diga que han arreglado las cosas.

–Siempre hay posibilidades de que eso ocurra... –me aseguró, palmeándome el muslo.

–Al final tendré que darte la razón...

–¿La razón sobre qué?

–Sobre lo que me dijiste una vez de que el amor es sólo una ilusión. –afirmé.

Violeta suspiró y se pasó una mano por el pelo, colocando unos fugaces mechones tras la oreja.

–No necesariamente tiene que pasarte lo mismo que a tu hermana. Puede que tú sí que encuentres a alguien a quien amarás el resto de tu vida.

–Y tú también... –añadí, muy segura de mí misma.

Eso atrajo la curiosidad de Violeta, que me miró bajo un denso velo de sospecha.

–Tienes más esperanzas en mí de las que yo misma tengo. Curioso. –remarcó, fingiendo
indiferencia.

–No veo por ningún lado una fotografía, ni nada que indique que estás con alguien...

–Puede que eso sea un lastre para cuando sea vieja y la soledad me atormente, pero ahora mismo es algo que no me preocupa.

–Siempre tan fría y tan indiferente con todo... –murmuré, tomando un largo sorbo de vino.

–¿Te parezco alguien frívolo?

–¿Te das cuenta de que solemos acabar hablando de lo mismo siempre? –observé, levantando ambas cejas.

–Al menos es un buen tema de conversación. Sería un tormento hablar de fútbol, por ejemplo.

–¿Qué tiene de malo el fútbol? –bromeé, fingiendo falsa indignación.

–Pues que es aburridísimo, sin más.

Con eso, se acercó a la mesa y llenó ambas copas de nuevo.

–Pensé que habías dicho que sólo habría una para mí...

–Hoy me has pillado de buenas. –me contestó agudamente.

–Me controlas demasiado.

–Alguien tiene que hacerlo, ya que tú no pareces muy dispuesta.

Fruncí el ceño con disgusto y me revolví en mi asiento intentando digerir sus últimas palabras. Todo ello bajo su atenta mirada, parecía estar esperando mi reacción.

–Al parecer crees que tengo un serio problema con la bebida, y te diré que no he...

–No quiero volver a verte así. –me interrumpió muy seria.– Me dolió haberlo hecho.

–¿Tan importante soy para ti? –me atreví a preguntar.

–Sí.

Mi corazón perdió un latido entonces. Sentir que era importante para ella era el mejor regalo que podía darme en aquellos momentos.

–Algún día estaremos preparadas para descubrir qué es lo que ocurre entre nosotras. –admití seria.

–Algún día... –suspiró.– Por ahora, voy a llamar a la pizzería. No sé tú, pero yo me muero de hambre.

Se levantó del sofá y yo inmediatamente sentí la ausencia de tibieza que me otorgaba su cercanía.

–¿Alguna preferencia? –me preguntó.

–Que tenga atún.

–De acuerdo.

Observé su esbelta espalda mientras hacía la llamada. Yo intentaba calmar mi interior en un intento por evitar que mis sentimientos se desbocaran demasiado y me hicieran hacer o decir algo fuera de lugar. Sabía que Violeta confiaba en mí y yo no podía traicionar de ninguna manera esa confianza.

La oí encargar el pedido y dar la dirección con voz diligente.

–¿Qué tal algo de música? –me sugirió una vez que completó su tarea al teléfono.

Me encogí de hombros y ella se acercó hacia su equipo de música. Breves momentos después, la voz rasgada de Francisco Céspedes inundó la estancia. Me arremoliné en mi asiento, echando la cabeza hacia atrás permitiendo que la música terminara de relajar mi cuerpo.

Violeta se unió a mí entonces, sentándose demasiado cerca para su seguridad. Seguí el movimiento de su mano cuando la alzó para apartar unos mechones de cabello de mi frente.

–Tienes pinta de turista... –me dijo riendo suavemente.

–Lo sé. No es la primera vez que me dicen algo así.

Ella siguió trazando con las yemas de sus dedos una mejilla.

–¿Ocurre algo? –dije, observando la expresión de concentración de Violeta mientras me acariciaba.

Era como si se hubiese ido a miles de kilómetros de allí.

Mis palabras también rompieron nuestra conexión y ella apartó la mano casi bruscamente.

–No...

–¿En qué estabas pensando? –inquirí con una ceja alzada.

–En nada en particular... –comentó ausente mientras bebía de su copa.

–Entonces pensabas en mí...

–¿Desde cuando eres tan perceptiva? –preguntó divertida.

–Desde que has empezado a mirarme diferente...

Violeta se quedó seria.

–¿Piensas que te he traído aquí por alguna oscura razón?

–No. Pero ya que has sacado el tema, me gustaría saber porqué.

–No creo que sea algo muy descabellado invitarte a cenar... –dijo levantando ambas cejas para dar mayor relevancia a la frase.– Como tampoco lo es que disfrute de tu compañía.

No había que ser muy listo para percibir que el ambiente, por alguna razón, empezaba a mostrarse algo tenso. Quizás era porque a ninguna de las dos se nos olvidaba la profunda atracción que yo sentía hacia aquella preciosa mujer.

–¿Te hace sentir incómoda el saber lo que siento por ti?

Violeta abrió los ojos tanto como sus párpados se lo permitieron. La cuestión la había cogido por sorpresa.

–¿A qué viene esa pregunta? –inquirió ceñuda.

–A que nunca he sabido si eso te molestaba.

–¿Y qué es exactamente lo que sientes por mí?

Suspiré. Si necesitaba oírlo de mi propios labios se lo diría, aunque yo sabía que ella era muy
consciente de que yo la deseaba con cada poro de mi piel. Debía de ser alguna artimaña para
reafirmar de alguna manera su ego.

–Sigo deseándote, a pesar de todo... –dije casi en un murmullo.

Esta vez no bajé ni aparté la vista tímidamente, sino que me obligué a mirarla a los ojos para observar su reacción.

–No me molesta. –dijo simplemente.

–Me alegro. Necesito ir al servicio. Si me disculpas...

–Claro.

Me levanté del sofá y me dirigí hacia el baño sintiendo la mirada de Violeta en mi espalda. Cuando volví a aparecer en el salón la encontré atendiendo la llamada que unos instantes antes había sonado. Al pasar a su lado cogí un breve trazo de la conversación. Ella le estaba diciendo a quien quiera que fuese que el día siguiente le parecía ideal. No me quedé lo suficiente para descubrir qué era eso que le parecía tan estupendo y, por el contrario, me acerqué a una de las estanterías para darle algo de privacidad.

Algo llamó mi atención de allí y tardé muy poco en tener lo que parecía ser un viejo álbum de fotos en las manos. Iba a abrirlo cuando la voz de Violeta sonó desde detrás de mí.

–Es lo único que quise conservar de mi antigua casa.

Me giré rauda.

–¿Puedo?

–Por supuesto. Sentémonos y así podremos mirarlo juntas...

Hice lo que me dije y al momento siguiente ambas nos habíamos acomodado nuevamente en el sillón. Me vi obligada a posponer mi curiosidad cuando el timbre de la puerta sonó.

–Estupendo. La cena.

Violeta se encargó de recibir el pedido y de acomodar unos pequeños platos y cubiertos sobre la mesita del café, además de rellenar las copas de vino.

Últimamente estar en presencia de Violeta y la emoción que eso conllevaba me quitaba las ansias de comer. Lo comprobé cuando, después de tres trozos de pizza, me vi incapaz de tragar un solo bocado más.

Violeta también se dio cuenta de este detalle.

–¿Es que estás a dieta? –me preguntó aún masticando cuando me vio abandonar los cubiertos sobre el plato.

–No.

–¿Qué fue de tu legendario apetito entonces?

–La pizza no es que sea uno de mis platos favoritos... –mentí. Me arrepentí de ello inmediatamente.

–¿Y por qué no lo dijiste antes? Hubiéramos pedido comida china o cualquier cosa. Será porque no hay restaurantes de todo tipo en esa maldita ciudad... –alegó demasiado exaltada.

–Violeta, no es eso... Mi estómago sigue rebelándose contra mí estas últimas semanas y no quiero forzarlo mucho.

–Espero que me estés diciendo la verdad. Aunque no me extraña que te pase eso, teniendo en cuenta cómo has tratado a tu cuerpo últimamente...

–Ya he recibido más de una queja por tu parte de ese asunto. –la interrumpí.– Y ya se acabó la bebida para mí.

Me miró sospechosamente pero no dijo nada más, dándome con ello un ligero margen de confianza. Poco después ella terminaría su propia cena y recogió prestamente los restos.

Mi atención volvió hacia el álbum de fotos. Estaba extrañamente deseosa de verlo. Tenía curiosidad por descubrir si en su interior habitaban fotos de Violeta siendo una niña o de, si incluso, contenía instantáneas de su hermana fallecida.

–De acuerdo. –se sentó a mi lado por enésima vez.– Ya veo que no hay nada que te interese más que ver lo que ese viejo álbum esconde.

–¿Tan evidente soy?

–Para mí sí.

Cogió el deseado objeto y lo abrió por la primera página. Yo me acerqué aún más a ella para tener una mejor perspectiva del asunto, con lo cual estábamos hombro con hombro.

–Ten. Sujétalo tú, así no tendrás ningún problema. –concedió Violeta.

Intercambiamos posiciones con la variación de que ella se apoyó sobre una mano en mi muslo. Tan cerca estaba que pude sentir su aliento en mi mejilla. Se inclinó levemente y yo eché un rápido vistazo al escote que permitían los últimos botones de su camisa. Me volví rauda cuando ligeramente logré avistar el inicio de sus senos.

Demasiado para mi pobre voluntad.

La primera foto en blanco y negro era de un precioso bebé de pocos meses, rechoncho y sonriente.

–¿Eres tú? –pregunté. Por el rabillo del ojo la vi asentir.– Te gustaba comer, por lo que veo... – bromeé.

–Y eso que aún no has visto unas que me tomaron algunos años después...

–¿Estabas gorda? –pregunté con asombro, girándome hacia ella. Por primera vez fui consciente de cuán cerca estaba de mí.

–Y era bastante fea, además...

–Eso sí que no me lo creo... –añadí moviendo negativamente la cabeza.– Sólo tus ojos ya te hacen merecedora de cualquier calificativo menos ése...

–¿En serio...? –dijo en tono meloso, cosa que hizo que mi cuerpo temblara de la cabeza a los pies.

–Sí. –tragué con dificultad y pasé a una segunda hoja.

–Alicia... –me informó aunque yo ya lo había deducido al ver la instantánea de una niña de unos ocho años.

–Se parece a ti.

–Ella era mucho más guapa que yo...

Violeta pronunciaba las palabras despacio, con inmensa tristeza. Tal vez no había sido una buena idea, después de todo, abrir aquel álbum lleno de duros recuerdos para ella.

–¿Quieres que lo dejemos? –pregunté cauta.

–No, adelante.

Pasé la hoja y encaré un par de fotos de Violeta, pero era una Violeta que bien valía por dos.

–¡Oh, Dios mío! –exclamé sin poder evitar reírme.

–Te lo advertí...

Me giré hacia ella y ella levantó el rostro hacia mí. La risa se disipó en un segundo. Carraspeé y devolví mi atención a lo que tenía entre manos, que era lo único que me daba cierto espacio para no pensar en la cercanía de Violeta y en su mano sobre mi muslo.

¿Por qué tenía que ser tan malditamente bella? ¿Por qué no podía dejar de desearla con todas mis fuerzas, aún sabiendo que eso no me aportaba otra cosa que dolor?

Ella comenzó a parlotear sin descanso.

–En el colegio me llamaban albóndiga. Los niños a veces podían ser muy crueles... Aunque a mis espaldas, claro. Yo era mucho más grande que la mayoría y, en cierta, forma me tenían miedo...

Mientras la oía hablar, comencé a ponerme cada vez más nerviosa. El corazón me latía sin orden ni concierto a la vez que las manos empezaban a temblarme. Estaba segura de que si Violeta dejaba de hablar notaría al instante el frenético movimiento de mi pecho al respirar. Ella estaba tan cerca, tan cerca...

–... más de una vez regresé a casa sangrando por la nariz por alguna pelea en la que me había metido... Eso sin contar mi tendencia a escalar todo lo que levantara más de un metro del suelo...

Apreté las mandíbulas y me llamé al sentido común, pero mi sentido común se había evaporado junto con mi voluntad. Así que me giré rauda e hice lo que deseaba y necesitaba, incluso más que respirar.

Violeta no se movió cuando mi boca cubrió la suya. Quizás no le di tiempo a que lo hiciera. Tan rápidos fueron mis movimientos que incluso a mí me sorprendieron. Cerré los ojos con fuerza y comencé a mover los labios absorbiendo el sabor de los suyos, consciente de que tendría muy poco tiempo antes de que Violeta se apartara.

Lo que nunca esperé fue que ella comenzara a mover los suyos en sintonía. Me permití probar con mi lengua y lamí su labio inferior tentativamente. Cada uno de mis sentidos a punto de explotar cuando me permitió adentrarme en el oscuro rincón de su boca. "No permitas que me muera, no ahora...", recé interiormente a un Dios en el que apenas creía, al sentir que la vida se me escapaba de puro placer.

Sentí que Violeta se inclinaba hacia delante para añadir más presión al beso. Sus labios comenzaron a cubrir los míos con hambre y su lengua se encontró con la mía a medio camino.

La urgencia por asistir a mis pulmones con nuevo aire fue lo único que consiguió apartarme, pero lo hice lentamente, liberando poco a poco uno de sus labios de entre mis dientes.

No estaba preparada para abrir los ojos, aún así lo hice. Violeta me miraba de forma extraña, con los labios aún entreabiertos. La realidad y la noción de lo que yo acababa de hacer me golpeó de repente. Me levanté del sillón asustada. El álbum cayó a mis pies ruidosamente, pero ninguna de las dos pareció reparar en este hecho.

¿Qué has hecho?, repetía mi mente una y otra vez, embargándome con un sentimiento de culpa difícil de soportar.

–Lo siento... –dije con esfuerzo, aunque el tono ronco por el deseo de mi voz confirmó justo lo contrario.

La miré gritándole mudamente que dijera algo, cualquier cosa con tal de que dejara de mirarme de aquella forma. La última vez que yo había hecho algo así había provocado que Violeta huyera de mi lado. Un castigo demasiado imposible de soportar una segunda vez.

Era dolorosamente evidente que Violeta no estaba dispuesta a decir una sola palabra, y aún existía la duda de que si lo hiciera a mí me agradara tal respuesta, con lo cual recogí los restos que quedaban de mi autoestima e hice lo único que se me ocurrió que fuera lo correcto. Me dirigí hacia la puerta y recolecté mis pertenencias antes de abandonar el apartamento. No oí ni sentí ningún vestigio de que ella quisiese realizar cualquier mínimo intento por hacerme desistir.

Por entonces, y durante mucho tiempo después, un único pensamiento rondando mi cabeza. Casi podía asegurar, a menos que tuviera la valentía de volver a mirarla a los ojos, que había visto a mi eterna y bella Violeta por última vez.

.....................
avatar
malena
Admin

Cantidad de envíos : 1007
Fecha de inscripción : 16/05/2008

Volver arriba Ir abajo

Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Octubre 12th 2012, 12:33 pm

La lluvia pegaba con fuerza en el cristal de las ventanas. A mi pésimo estado de ánimo se había unido las inclemencias del tiempo. La noche me había abrazado sin darme cuenta habiendo pasado todo aquel día sumida en mis pensamientos sobre Violeta. Mi mente se empeñaba en recrear una y otra vez mi error, me atormentaba con la necesidad de arreglar lo que mi irreprimible deseo había implantado.

Sentada en el sofá intentaba dejar de pensar en lo que había ocurrido el día anterior. Pero no lograba sacarme a Violeta de la cabeza. Me reí dolorosamente. Eso era algo que no había logrado en años, no sé porqué estúpida razón pensé que sería capaz de hacerlo en esos momentos.

Tenía que decírselo, por una vez en mi vida sentí que tendría la valentía suficiente como para hacerlo. Si lo dejaba pasar estaría perdida para siempre. Lo sabía. De alguna forma ella me ayudaría a superarla, me ayudaría a dejarla ir, quizás incluso a sacarla de donde tan pertinazmente se me había metido.

¿Qué le diría?: "Violeta, eres mi vida entera". Me daba la sensación de que esa frase, además de cursi, era fútil. No soportaría que se riera de mí, a pesar de que dudaba mucho de que fuera capaz de hacer tal cosa.

Ella me había demostrado que realmente sentía aprecio por mí. Pero no amor. No amor. Eso era tan fácil decirlo, pero tan difícil de creer. ¿Cuánto tiempo seguiría fantaseando con el hecho de que Violeta algún día se daría cuenta de que me amaba tanto como yo a ella? Creía seriamente que me llevaría ese deseo a la tumba. Era estúpido pensar en eso. Una locura. Ella había tenido demasiado tiempo para descubrir que me amaba como yo para intentar olvidarla. Supuse que las dos habíamos fallado.

Me levanté del sofá, estaba cansada de estar sentada. Di unos cuantos pasos en círculo, buscando la calma que sabía de antemano que no lograría. Su nombre se repetía en mi interior como un constante martilleo, haciéndome desear poder arrancarme los sesos.

¿Por qué?

Ésa fue la pregunta y mi respuesta.

En un arrebato repentino, salí por la puerta de mi casa. Ni siquiera esperé al ascensor. Corrí escaleras abajo como si mi alma estuviera poseída y no fuera mía nunca más. Llegué hasta la calle. Fue entonces cuando me di cuenta de que había salido sin ningún tipo de abrigo, y que me calaría nada más dar dos pasos. No me importó en absoluto.

Sabía que no podía perder tiempo sacando mi coche del garaje, por lo que me decidí por un taxi.Me acerqué hasta el extremo de la acera para intentar parar uno. Había poca gente en la calle, nadie se atrevía a salir con una tormenta así. Los pocos que se cruzaron en mi camino se alejaron lo que pudieron de mí, confundiéndome seguramente con una loca.

Quizás había perdido el juicio después de todo.

Por alguna intervención divina, un coche público se acercó y atendió mi urgente llamada. Me subí al asiento de atrás, totalmente empapada y le di las instrucciones al taxista como si la vida se me fuera en ello. Noté que, mientras ponía el taxi en marcha, me miraba con curiosidad por el retrovisor.

–¿Puede ir un poco más rápido? –le pregunté cuando me di cuenta de que su atención estaba más dirigida a mí que a la carretera.

–Eso no será posible. –me contestó serio.– Está lloviendo demasiado y la carretera está mojada. Es muy peligroso conducir a mucha velocidad en estas condiciones.

No dije nada más, me arremoliné detrás y esperé. Tras unos quince minutos, el taxi se paró del todo. Me acerqué al conductor para preguntarle.

–¿Qué pasa?

–Caravana. –me señaló con el dedo.– ¿Ve aquellas luces?

Me fijé en lo que me dijo acercándome cuanto pude hacia delante y pude observar las intermitencias propias de una ambulancia.

–Creo que ha habido algún accidente... –anunció el taxista tranquilamente.

–¡Maldita sea! –grité desesperada.

Me saqué el dinero del bolsillo de atrás y le di todo lo que tenía sin importarme. Abrí la puerta y me eché a correr bajo la mirada extrañada del pobre hombre.

En pocos segundos me acerqué hasta el lugar del accidente. Había muchas personas, entre curiosos y accidentados, arremolinados en las aceras. Me abrí paso como pude, ignorando las protestas que me gritaban aquellos a los que yo empujaba para poder pasar.

Corrí y corrí sin saber siquiera de donde sacaba las fuerzas. La lluvia apenas me dejaba ver nada, pero yo seguía mi rumbo por instinto. Sólo quedaba un pequeño tramo y yo tenía prisa por recorrerlo. Tanta era mi premura, que al intentar esquivar a una pareja que se refugiaba bajo el mismo paraguas, resbalé y fui a dar contra una farola.

Me recuperé lo más rápido que pude del golpe, frotándome el lugar de mi frente con el que había frenado. Pensé, maldiciendo a la inanimada torre de metal, que en la vida de cualquier persona siempre había una farola en el peor lugar y en el peor momento. La pareja detuvo su paso para preguntarme por mi estado, pero yo ya había echado a correr nuevamente. No sé cuanto tiempo estuve corriendo, cinco minutos, diez, quizás más, pero llegué. Ya divisaba el edificio de Violeta, y cuanto más cerca estaba, más acelerado batallaba mi corazón contra mi pecho. Entré en la recepción, desacelerando el paso. El conserje me miró con el ceño fruncido mientras yo pasaba de largo y mis zapatillas caladas chirriaban contra el parqué. Presioné el botón del ascensor varias veces, como si con ello consiguiera que acudiera a mi llamada más prestamente.

Las puertas se abrieron para mí y me adentré en la cabina, apoyándome enseguida contra la pared después de pulsar el número del piso de Violeta. Mi respiración aún estaba entrecortada y al mirar al suelo noté el pequeño rastro de agua que mi ropa y mis zapatillas estaban dejando allí. Me di la vuelta para mirarme en el espejo y ahogué un grito de alarma cuando vi una línea roja que resbalaba desde uno de los laterales de mi cabeza, la sien y una de mis mejillas. Intenté borrar cualquier rastro de sangre con la mano, pero seguía brotando.

Mi aspecto, francamente, era demasiado crudo.

Las compuertas se abrieron entonces y yo me decidí en dos segundos. Los mismos que me tomaron llegar hasta su puerta.

Respiré hondo y toqué suavemente. Conté hasta diez, pero no hubo una respuesta a mi llamada. Volví a tocar, esta vez más consistentemente. Luego unos pasos que se acercaron y la puerta se abrió.

Violeta dejó escapar una exclamación al verme.

–¡Dios mío! –gritó.

–Violeta... –comencé yo, sin querer perder el tiempo por si me arrepentía de hacer lo que me había traído hasta allí en el día más tormentoso del mundo.

–¿Qué te ha pasado? –se acercó a mí y me apartó el pelo de la frente para observar el alcance de la lesión.

–Resbalé. –dije simplemente.– ¿Puedo pasar?

–Sí... –dudó.– Entra.

Me adentré en su apartamento y la esperé. Violeta se acercó hasta mí por detrás y yo me di la vuelta. Fue entonces cuando me di cuenta por primera vez de que ella no llevaba nada más que una camisa que apenas le llegaba por encima de las rodillas. ¿Qué demonios hacía ella, con aquel frío, medio vestida con una simple camisa? Una camisa que además era demasiado ancha para ser suya. Y demasiado masculina...

La realización de lo que allí había estado pasando me llegó tan de repente que me tambaleé. Violeta me sujetó por los codos.

–¿Estás bien? –me preguntó muy preocupada.

La miré y pude oler en ella algo diferente, un olor que no era el suyo.

Me deshice de su agarre bruscamente, mi alma ya oscurecida de rabia, y me aparté de ella como si tuviera la peste.

–No estás sola, ¿verdad? –dije sin apenas despegar los labios.

Violeta no respondió, simplemente bajó la vista.

Yo había ido allí a descubrirle mis sentimientos, a arriesgar todo lo que yo poseía simplemente porque ya no soportaba sufrir mi amor a solas. Ella tenía derecho a saberlo, como lo tenía yo a saber si era merecedora de alguna esperanza. La habría esperado toda mi vida, y las siguientes vidas posterior a ésa. Violeta era eterna para mí.

Un repentino dolor y la autocompasión anegaron mis sentidos. Tenía que salir de allí como fuese.

Ya había hecho el ridículo y ahora era el momento de salir mientras tuviera fuerzas para ello. Por segunda vez en muy poco tiempo, la urgencia de huir del lado de Violeta era insufrible.

–Tengo que irme. –le anuncié.

–Espera... –me dijo y yo podía jurar que su voz estaba atorada, como con dolor.

–No. Tengo que irme. –repetí, casi para mí misma.

Abrí la puerta y eché a correr. Sentí que Violeta me seguía.

–¡Jimena! –me llamó y aceleré el paso.– ¡Jimena!

Golpeé el botón del ascensor varias veces con furia. Ella llegó hasta mí.

–Jimena, por favor. No te vayas. Tenemos que hablar.

–Vuélvete, Violeta. ¡AHORA! –grité la orden desesperada.

–¿A qué has venido? –preguntó ignorándome. Al contrario de mí, su voz demasiado calmada.– Dímelo, por favor.

–Te lo suplico. Esta vez te lo suplico con todas mis fuerzas. Vete.

La cabina se abrió para mí y entré en ella buscando refugio. Bajé la cabeza y antes de que las puertas se cerraran del todo, pude observar por el espejo a Violeta aún en el mismo sitio, mirándome con la expresión más triste que había visto en mi vida.

Sabía que no tenía derecho alguno a reprocharle nada. Pero eso no quería decir que no me doliera comprobar que en su vida no había sitio para mí. Días antes mi cama también la había ocupado otra persona. ¿Cuál era la diferencia? La diferencia, tuve que admitir, es que ella, cuando cerraba los ojos, no me veía a mí.

Me volví a mi casa a pie. La lluvia siguió castigándome incluso con más dureza que antes. Al llegar a mi ático, estaba aterida de frío, temblando descontroladamente y con un dolor de cabeza que obnubilaba mis sentidos.

Me deshice de toda la ropa húmeda y decidí tomar un baño caliente para entrar rápidamente en calor. Metida en la bañera, con el agua hirviendo brotando del grifo, pensé en lo que acababa de ocurrir. Todo era culpa de mi empecinamiento. ¿Porqué no podía dejar ir a Violeta? ¿Por qué?

Hace ocho años me había resignado. Entonces supe que la seguiría amando, pero nunca esperé que eso cambiara. Sin embargo, ahora yo misma me había metido en un pozo demasiado profundo. No había manera posible de que saliera de él sin sufrir amargamente.

Pero ya estaba agotada. Inmensamente agotada de librar una batalla que estaba perdida desde el principio.

Ella se había alejado de mí una vez y ahora sería yo quien optaría por esa solución. Dejaría aquella ciudad. La haría desaparecer de mi vida como fuera. En mi vida había estado tan decidida a lograr algo como en aquellos momentos.

Violeta me había dicho que las cosas se logran cuando se lucha por ellas. Yo aceptaba mi derrota ahora. Pero ya no quería seguir siendo una perdedora.

Me froté el cuerpo frenéticamente, como si de esa forma pudiera arrancarla de mí.

Para siempre.

......................
avatar
malena
Admin

Cantidad de envíos : 1007
Fecha de inscripción : 16/05/2008

Volver arriba Ir abajo

Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Octubre 13th 2012, 9:43 am

Me apeé del coche a la mañana siguiente y entré en el que había sido mi hogar durante mucho tiempo.

Todo allí seguía igual que siempre. Nada más alcanzar el interior el inconfundible olor a flores recién cortadas me dio la bienvenida junto al sonido del enorme reloj de cuco del salón. Inmediatamente, Lourdes, nuestra cocinera, salió a recibirme. La vi acercarse, con su delantal, sonriéndome. No la recordaba con tantas canas. Supuse que el tiempo no perdona a nadie.

–¡Jimena! –me dijo, dándome un enorme abrazo.

Era la primera vez que pisaba la casa después de la muerte de mi padre. Casi me sentía extraña dentro de aquellas paredes, a pesar de todo.

–Pensé que eras tu madre...

–¿No está ella en casa?

–No. Salió bien temprano esta mañana. La oí decir algo de ir al cementerio, pero supongo que está a punto de volver. Ya casi es la hora del almuerzo.

–Entonces la esperaré. –repuse.

Me echó un largo vistazo de arriba abajo.

–Estás más delgada que la última vez. Apuesto a que ni siquiera comes en condiciones.

Le sonreí, recordando la obsesión de aquella rechoncha mujer por la comida y la buena alimentación.

–Sabes que no lo hago desde que me fui de casa. No hay nada que se pueda comparar con tu cocina.

–Aduladora... –me palmeó el brazo. De repente se puso seria.– ¿Cómo estás, niña?

–Sobrevivo. Ésa es la verdad.

–Puedo adivinarlo por tu expresión. No hay nada en ella sino desaliento.

–Es difícil. –le confesé.

–Lo sé.

–Voy al invernadero. Hazme el favor de decirle a mi madre que la estoy esperando.

–Lo haré. ¿Quieres que te lleve algo? ¿un té o un refresco? ¿Pido un servicio para ti en la mesa?

–No, gracias, Lourdes. Sólo avísala de que estoy allí cuando regrese.

–De acuerdo, niña.

Pasé al lado de la cocinera, dejándola negando con la cabeza ante mi crudo aspecto. Me dirigí hacia la puerta trasera, la que me daría acceso a la parte de atrás de la casa. Empujé, como tantas otras veces, la enorme y pesada verja de hierro. Nada más pisar la pequeña escalinata de lonjas, sentí que algo dentro de mí cambiaba tan rápido como un ciclón.

Era casi espeluznante lo que aquel jardín podía hacer en mí. Cuando traspasaba aquella puerta de hierro, el mundo real quedaba atrás, y yo me convertía entonces en cualquier cosa que quisiese ser. Dentro de aquel jardín yo había sido mayor cuando era una niña, y ahora que lo era, quería retroceder en el tiempo para volver a tener cinco años. Quería recuperar todo lo que el tiempo me había arrebatado tan impunemente.

Quería volver tenerlo a él.

Aquel jardín estaba ahora entre el cielo y el infierno. Era un antes y después en mi vida. Me recordaba, como si lo tuviera escrito en alguna parte, todo lo que aprendí, todo lo que mi padre se esmeró en enseñarme. Era un libro donde yo había escrito mi vida entera durante mucho tiempo, y al que dejé de confesarme una vez que fui a formar mi propia vida. Algo en lo que había fracasado miserablemente.

También fue el lugar donde descubrí a Violeta. Su recuerdo impregnaba hasta el último rincón que me rodeaba. Este sitio tan importante para mí, también le pertenecía de algún modo a ella.

Me senté en el sillón colgante, recordando aquella noche. La misma noche en que ella hizo que mi mente despertara de su letargo. Mis sentimientos en aquella ocasión se rindieron a ella sin remedio. Creo que desde entonces ya sabía que jamás podría haber otra. Estaba segura de que si le contaba todo esto a Violeta huiría despavorida y nunca volvería a verla. Me tomaría por lo que yo comenzaba a creer, una pobre excéntrica, demasiado cobarde como para enfrentarse a la realidad.

Apoyé los codos sobre mis rodillas, hundiendo la cara entre mis manos.

–Jimena...

Levanté la vista para ver justo delante de mí a mi madre, completa pero impecablemente vestida de negro.

–Hola, mamá. –dije. Mi voz casi rota.

–Lourdes me ha dicho que estabas esperándome aquí. –comentó.– La miré durante un momento como si de repente hubiera perdido el juicio, no podía creer que hubieras venido. Me alegro tanto de verte... Pensé que pasaría más tiempo desde que te vi en casa de Ginebra.

–Yo también me alegro de verte. –le mostré una pequeña imitación de sonrisa.

–Nunca estás en casa. Me he cansado de llamarte.

–Lo siento, se me olvidó decirte que no funcionaba mi teléfono. Hace poco que lo he arreglado.

Por nada del mundo le iba a decir que en un arrebato de furia, mientras estaba completamente borracha, había arrancado el cable telefónico.

Mi madre se sentó junto a mí. El rastro de su perfume, el mismo que había usado desde que soy capaz de recordar, inundó mis sentidos.

–Cuéntame qué es lo que te pasa. A pesar de que eres mi hija, apenas sé nada de ti.

–No es que hayas mostrado mucho interés en saber cómo soy o lo que soy. –dije ásperamente.

–Eso no es cierto. Siempre estoy esperando a que decidas contarme lo que pasa a cada momento de tu vida, porque sé que si intentara preguntarte o insistir en ello, te esconderías tras ese
caparazón tuyo.

–Me resulta muy difícil hablar de ciertas cosas contigo.

–¿Por qué? ¿Crees que no lo entendería?

–Quizás... –admití al instante.

–Jimena, dime qué es lo que he hecho mal para que no puedas abrirte a mí. ¿En qué me he equivocado?

–Tú no has hecho nada mal, mamá. Eres la mejor madre que he podido tener. Soy yo.

–Esa respuesta no es lo que esperaba.

–¿He hecho algo alguna vez como esperabas que hiciera? Deberías estar acostumbrada. –supe que intentaba hacerle daño, justo como siempre hacía con todos aquellos a los que amaba.

–¿Por qué has venido hoy? –me preguntó, rindiéndose ante mi cabezonería.

–Quería decirte que me voy de la ciudad. No sé durante cuánto tiempo.

La vi bajar los hombros, en una pose entristecida. Tardó varios segundos en formular la siguiente pregunta.

–¿Adónde piensas ir?

–A la casa de campo.

Creo que el saber que me iba a las afueras y no a quien sabe qué sitio remoto del planeta la alivió de algún modo.

–¿Por qué ahí? Nunca te gustó el campo ni esa casa. No quisiste volver allí desde el último verano cuando tenías dieciocho años.

–Cualquier sitio es mejor que esta maldita ciudad. Necesito respirar. –repuse, colocando unos mechones de pelo tras mi oreja.

–¿Sola?

–Sí.

–¿Quieres que vaya contigo? –me preguntó, dubitativa, casi con miedo.

–No. Una de las razones por las que voy es porque quiero estar sola.

–¿Puedo llamarte al menos?

–Como quieras. –cedí al reconocer en su voz la preocupación que toda madre siente por sus hijos cuando éstos atraviesan por momentos difíciles.

–¿Qué es exactamente lo que pretendes hacer allí?

–No lo sé. Francamente, no lo sé.

–Si descubres que no es lo que estás buscando, las puertas de esta casa siguen abiertas para ti. Me gustaría mucho que, al menos, consideres el estar a mi lado como una remota posibilidad. Me gustaría mucho poder ayudarte. Sé que puedo hacerlo.

–Dame tiempo, mamá. Necesito acostumbrarme a todas las cosas que le han dado la vuelta a mi vida.

–No quiero que olvides ni por un momento que estoy aquí.

–Cuento con ello. –dije, tomándola de la mano.– Otra cosa más... Si Violeta te pregunta por mí, no le digas a dónde he ido...

–¿Violeta?

–Sí. Y de paso deja de acudir a ella cada vez que me pase algo. –suspiré. Necesitaba que mi madre
me aclarara algo más.– ¿Por qué a ella?

–Porque es la única persona que siempre pareció importarte... –respondió segura.

Me quedé unos segundos en silencio, mirando a mi madre, intentando averiguar si ella también conocía de mis verdaderos sentimientos por Violeta. Su expresión no me dio ninguna pista de que eso fuera cierto.

–Olvídalo. –la interrumpí.– Si te pregunta por mí, simplemente dile no lo sabes.

–Si es lo que quieres, lo haré. –me aseguró asintiendo al tiempo con la cabeza.

–Gracias.

–¿Cuándo sales?

–Ahora mismo. Tengo el equipaje en el coche.

–¿Te quedarás a almorzar al menos? –dijo con cierta esperanza en la voz.

–No puedo. Me espera un largo viaje.

Bajó la vista al suelo. Su última esperanza de que me quedara más tiempo a su lado se desvaneció. Ella tampoco esperaba ya mucho de mí. O simplemente estaba acostumbrada a rendirse conmigo.

–No insistiré en ese caso.

Me levanté del sillón entonces, habiendo dicho todo lo que tenía que decir.

–Adiós, mamá. –le dije antes de darme la vuelta.

–Adiós. Cuídate, hija mía.

Mi madre se quedó sentada allí, observándome marchar. No era la primera vez, pero casi estaba segura de que ambas teníamos la sensación de que podría ser la última. Por una vez en mi vida, yo estaba dispuesta a buscar y encarar todos mis miedos, pero no tenía la menor idea de a dónde me llevaría eso. Sólo que era el comienzo de algo.
avatar
malena
Admin

Cantidad de envíos : 1007
Fecha de inscripción : 16/05/2008

Volver arriba Ir abajo

Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Octubre 14th 2012, 1:17 pm

7. EL TIEMPO Y LA ESPERA

El tercer día de mi estancia allí se decidió por aparentar estabilidad. Al menos eso es lo que auguraba el resplandeciente sol en medio de un claro cielo. Apenas pude dar crédito cuando abrí la ventana de par en par y asomé la cabeza por ella. Como recuerdo de las pasadas tormentas sólo quedaba el olor a tierra húmeda.

Desayuné con la habitual calma en mí, decidiendo lo que me apetecía iniciar en aquel tranquilo día. Teniendo ciertas urgencias por abandonar el encierro al que las lluvias me habían obligado, resolví pasar aquel día tomando aire fresco. Quizás una pequeña excursión hasta el río para empezar.

Experimentando cierto goce ante esa idea, recogí lo que había usado en el desayuno con premura y me dirigí hacia mi habitación. Allí recolecté mi discman, un libro que encontré una de aquellas
noches por casualidad y que nunca había terminado, un jersey que até a mi cintura y una manta sobre la que echarme bajo la sombra de un árbol.

Especulé con la idea de prepararme la cesta del pic. – nic, pero pensé que en el momento en que sintiera los primeros síntomas de hambruna retomaría el camino a casa. De todas formas, el tiempo que iba a pasar fuera era impreciso, dependiendo sobre todo de los factores atmosféricos.

Con decisión, salí de la casa rumbo a mi coche y me puse en marcha. Comprobé con alivio que los cambios que había sufrido el lugar en el tracurso de aquellos años no había afectado lo más mínimo al río y a sus zonas colindantes.

Aparqué el Audi en el lugar donde solíamos hacerlo mi padre y yo. Aquella resultaba ser la parte menos transitada, puesto que estaba en el lado opuesto del camino que llevaba al pueblo. Saqué mis cosas y me asenté en el mismo árbol que tantas veces me había visto hacerlo. Puse la manta en el suelo, sobre la hierba y me senté sobre ella. Permanecí un largo rato observando mi alrededor, percibiendo los casi inaudibles sonidos de la brisa acariciando las hojas y el ligero rumor del agua.

Sonreí, pensando en las interminables tardes que había pasado allí en compañía de mi padre. En ninguna ocasión lograba aburrirme. Estar con él era una experiencia nueva cada día, siempre haciéndome reír y aprender a partes iguales. Siempre tuvo tanto que ofrecerme que yo agradecía cada noche a Dios la suerte de tenerlo.

Pero él había muerto y Dios había dejado de existir al mismo tiempo. Cogí el libro que había traído conmigo y comencé a leerlo desde el principio. Poco después lo abandonaba a un lado cuando el sueño vino a visitarme. La imagen de mi padre hizo que me apresurara a cerrar los ojos para soñarle.

La presencia de alguien cerca de mí logró que regresara de mi placentero sueño de repente. Abrí los ojos sobresaltada. Delante de mí se erguía la figura de Diego, ataviado con ropa informal, una gorra, una caña en una mano y una cesta de mimbre en la otra.

–¿Te he asustado?

–Hola. –dije.

–No pretendía despertarte, acabo de llegar... –me pareció que estaba algo avergonzado.

–No te preocupes. –reprimí un bostezo y me erguí hasta quedar sentada.– ¿Vienes a pescar?

–Sí. Pensé en aprovechar el estupendo día que hace hoy. Quizás mañana vuelva a llover.

Recordé que hoy era domingo y que probablemente era su día libre.

–Cierto. Yo pensé lo mismo. Me he pasado los últimos días encerrada en casa y necesitaba despejarme un poco.

–Bueno... –dijo dispuesto a irse.– Lamento haberte despertado.
–Te he dicho que no tiene importancia. ¿Quieres sentarte aquí un rato conmigo? –le pregunté,
sorprendiéndome a mí misma.
–De acuerdo. –dijo, colocando sus cosas en el suelo y tomando asiento a mis pies.– ¿Has venido
sola?
–Sí. –comencé a recomponerme el pelo.– En realidad estoy sola en la casa también. Él asintió con la cabeza no queriendo indagar más en los motivos que me habían traído allí y más si era sola.

–Hacía mucho tiempo que no tenía oportunidad de venir aquí. A mí me gusta este lugar.

–Cuando éramos pequeños pasábamos todo el tiempo aquí, ¿lo recuerdas? –observé.

–Cómo olvidarlo. Mis mejores recuerdos de la infancia son los que pasé contigo.

–¿Me dirás algún día qué fue lo que viste en mí? Porque no podía decirse que fuera muy habladora...

–Quizás fue eso mismo... –me dijo medio en broma, sonriéndome.

No sé por qué me fijé en sus manos para descubrir si estaba casado o algo por el estilo. En sus dedos no había rastro de alianzas.

–¿No te has casado? –pregunté, aún a riesgo de parecer cotilla.

–No. Tuve una novia durante algunos años. Me dejó.

–Vaya... –fue lo único que se me ocurrió argumentar.

–Ella quería cosas que yo no. A mí me bastaba con vivir y morir en este lugar, tener un trabajo estable y disfrutar de todo ello mientras pudiera. Supongo que no todo el mundo tiene las cosas tan claras como yo. –me miró.– ¿Y tú?

Me abracé a mis rodillas y pensé durante un momento qué contestarle.

–Yo también estoy sola. Pero mi historia es diferente.

–Si quieres, puedes contármela. Soy un excelente oyente. –se ofreció con entusiasmo.

–No lo pongo en duda. Pero a menos que quieras que te explote la cabeza con mis historias, no vuelvas a sugerirme que te cuente mi vida.

Se rió y yo también, contagiada por su risa.

–Me parece increíble que alguien tan atractiva como tú esté sola.

–¿Sabes? Eso ya me lo han dicho muchas veces, pero nadie de los que me lo han dicho ha tenido otra intención que las palabras. ¿Crees que algún día alguien me dirá eso y pretenderá con ello algo más? –comenté jocosa.

–Puede que los intimides. De pequeño me pasaba eso contigo.

–¿Yo te intimidaba? –exclamé incrédula.– No te creo...

–Te lo digo muy en serio. Creo que incluso te admiraba... Era extraño.

–Jamás hubiera podido adivinarlo.

–Puede que incluso me haya enamorado un poco de ti entonces...

Me reí a grandes carcajadas.

–Ahora entiendo por qué intentaste besarme cuando teníamos trece años debajo de aquel árbol... –recordé entre risas.
–Preferiría que no me recordaras esa ocasión. Fue muy vergonzoso, sobre todo después de que echaras a correr como una posesa...

–Quizás era porque tú también me intimidabas a mí. No volviste a intentar nada parecido después de aquello.

– Con tu reacción me dejaste claro que no era algo que desearas que repitiera.

–Fue mi penúltimo verano aquí. Luego pasaría mucho tiempo antes de volver a vernos.

Moví al cabeza negando con una sonrisa en el rostro, perdida durante un instante en aquellas memorias.

–Es increíble como pasa el tiempo... –dije casi en trance, pareciéndome increíble que hubieran pasado tantos años desde aquello.

–He traído unos dulces. ¿Te apetece? –ofreció, sacando dos paquetes de su cesta.

Miré el reloj entonces. Me había quedado dormida varias horas, con lo cual ya casi era mediodía y mi estómago estaba vacío.

–Gracias. –dije cuando me alcanzó uno de los bollos.

Sin preguntarme esta vez, puso a mi lado una lata de gaseosa y abrió otra para él.

–No te sientas obligado a hacerme compañía. –le dije cuando recordé que él había venido a pescar y no a entretenerme a mí.

Me sonrió.

–No me siento obligado para nada. En realidad, encuentro el estar contigo bastante más
interesante que estar de pie durante horas sin hacer otra cosa que esperar.

Tuve problemas con la anilla de mi refresco, que se negaba a abrirse. Diego me arrebató la lata con gentileza y la abrió para mí. Le di las gracias, recordando lo generoso que siempre había sido. Era un caballero en todo el sentido de la palabra. Sólo tenía que reconocer lo cómoda que me sentía a su lado a pesar de todos los años que habían pasado desde nuestra infancia. Supuse que había algo en él, algo que yo reconocía como un sentimiento de familiaridad.

–Se está bien aquí. –dijo él al verme perdida en mis pensamientos una vez más.

–Sí. Es curioso, pero tuve una época que no soportaba venir aquí y ahora... –mordí el dulce para no tener que seguir con la frase al notar que había hablado demasiado.

Diego no pareció querer indultarme esta vez.

–¿Ahora? –me instó a seguir.

–Ahora es más como un refugio. –sentencié.

–Entonces vienes huyendo de algo, ¿no es cierto? –Lo miré sin saber qué responder.– Lo siento... – se disculpó.– No es asunto mío.

–No importa. Supongo que se me nota demasiado.

–Sea lo que sea, al final acabará por encontrarte aquí también.

–Lo sé. Para entonces espero saber qué hacer.

–Sé que lo debes de estar pasando mal con lo de tu padre, sobre todo porque lo querías muchísimo. Yo pasé por lo mismo hace unos años, cuando mi madre enfermó. A veces no es posible ver ninguna salida, pero créeme, es cierto lo que dicen de que el tiempo lo cura todo.

–El tiempo ahora parece no tener sentido.

–La soledad tampoco te hará ningún bien. Sólo empeorará las cosas, a menos que sea eso lo que quieres en realidad. –me dijo muy serio, casi parecía que podía leer mi interior.

No era algo extraño, después de todo él me conocía desde hacía mucho tiempo y puede que hasta le fuera familiar mi forma de actuar. Como si pudiera decir que mi cabezonería y mi orgullo me hubieran abandonado con el paso de los años. Pero no, yo seguía siendo la misma.

Lo vi mirar al cielo.

–Creo que dentro de poco tendremos otra descarga de agua. Fíjate... –me señaló.– ¿Ves esas nubes?

Asentí con la cabeza.

–Ni siquiera nos ha dado tiempo a olvidar que estamos en Otoño. –dije, triste en pensar que otra vez me vería recluida en mi casa por tiempo indefinido.

–No habrá día de pesca para mí hoy. Creo que deberíamos recoger.

–Sí. –coincidí con él.– ¿Quieres que te lleve?

–No, gracias. – se levantó.– He traído mi camioneta.

–De acuerdo. –metí las cosas de nuevo meticulosamente en mi mochila mientras le daba vueltas a una idea que me había venido a la cabeza. Sin pensar la dije en voz alta.– ¿Te apetecería venir a cenar esta noche a mi casa?

Me miró, tan sorprendido como yo, y fue entonces cuando me arrepentí de habérselo propuesto. Tal
vez él confundiría mis intenciones y se liaría el asunto.

–Me encantaría. –me respondió.

Ya no había marcha atrás, con lo que seguí con el plan. No quedaría muy bien que le dijese que lo olvidara.

–¿Qué tal a las nueve y media?

–Me parece perfecto. ¿Quieres que lleve algo? –me ofreció.

–No. Tu presencia será suficiente.

–Entonces a las nueve y media me tendrás allí. –se dio la vuelta sonriente dispuesto a irse cuando mi voz lo paró de nuevo.

–Vaya... –dije con fastidio.

–¿Qué pasa?

–No recordaba que no tenía en casa nada que no estuviera preparado para el microondas...

–No pasa nada. Yo también abuso de esa comida. Me gustará.

–Ni hablar. –dije negando con la cabeza.– Si te invito a cenar tiene que ser una cena como Dios manda. Nada de congelados ni de comida precocinada.

–Podríamos salir a cenar por ahí...

–¿Es que no hay ningún supermercado abierto hoy?

Lo vi arrugar la nariz antes de contestar.

–Sólo ése enorme hipermercado... Si alguien se entera que te he mandado a la competencia perderé mi reputación... –dijo cómicamente, mirándome con ojos suplicantes.

–Ha sido por una buena causa. –cedí entre risas.

Nos despedimos entonces. Yo me metí en mi coche y puse rumbo al centro comercial. No sé por qué estaba tan entusiasmada con la idea de tener un invitado en casa. Tal vez todo aquel tiempo de reclusión habían hecho que nacieran en mí enormes deseos de socialización...

También la idea de pasar más tiempo con Diego se me hacía agradable. ¿Qué más daba lo que fuera?

...............

avatar
malena
Admin

Cantidad de envíos : 1007
Fecha de inscripción : 16/05/2008

Volver arriba Ir abajo

Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Octubre 15th 2012, 8:24 am

Me sorprendí a mí misma con las inesperadas dotes culinarias de las que di muestra. Nunca me había interesado la cocina, pero viendo realizar múltiples recetas durante tantos años a Lourdes habían dejado cierta huella en mí.

Si mi madre fuese capaz de verme allí, con el delantal calado, rodeada de todo tipo de especias y concentrada en varias cacerolas a la vez, estoy segura de que se hubiese desmayado del susto. Dejé los pensamientos de mi madre y sus posibles ataques de pánico a un lado y me concentré una vez más en el porqué había sido tan entusiasta en mi invitación a Diego. No sé por qué eso me parecía tan importante. Lo cierto es que en aquel instante me había parecido una idea muy apetecible, y aún ahora, a pesar de que en algunos momentos creía que me arrepentiría, me lo seguía pareciendo. ¿Qué daño podría hacerme algo de compañía?

Él había sido mi único amigo de la infancia y quizás la única persona también con la que me sentía totalmente a gusto. Sus conversaciones siempre eran agradables y los recuerdos que traía consigo aliviaban de algún modo mi inconsolable alma. ¿De cuántas personas podía nombrar tantas virtudes? Era mi amigo y me gustaba pensar en eso.

Aquella era la primera vez que iba a cocinar para alguien más que no fuera para mí misma y estaba decidida a causar una buena impresión. Probé la salsa del pollo por enésima vez, dudando si precisaba de un poco más de sal. Opté por no añadirle. Recordé que me había dicho que le gustaba el picante así que me arriesgué a sumarle otro puntito de tabasco.

Dejé la cena a fuego lento y fui a darme una ducha rápida. Ya lo tenía todo dispuesto, incluso había puesto a enfriar dos botellas de vino. Como no sabía qué es lo que prefería Diego, opté por una botella de blanco y otra de tinto que seleccioné de la bodega de mi padre. Cuando salí de la ducha, me vestí con unos vaqueros negros y un jersey de lana de cuello alto del mismo color. Me cepillé el pelo y me perfumé ligeramente. No quería que aquello pareciese una cita, pero tampoco pretendía tener aspecto de andar por casa.

Bajé rauda a la cocina para revisar el estado de la comida. Salí al comedor y adorné la mesa con uno de los mejores manteles que poseía. Coloqué los platos y las fuentes de comida y saqué para la ocasión las copas de cristal de bohemia que mi madre guardaba con excesivo celo en una vitrina.

El sonido del timbre de la puerta alertó mis sentidos. Miré el reloj. No esperaba a Diego hasta las nueve y media. Las agujas marcaban las nueve y cuarto. Al parecer, la excesiva puntualidad era otra de las cualidades a añadir. Sin deshacerme del delantal me dirigí a la puerta.

–Llegas tem... –dije mientras abría, tragándome las palabras en cuanto la forma de Violeta apareció ante mis ojos.

–Supongo que esperabas a otra persona. –dijo algo secamente.

–A cualquiera menos a ti. –me apresuré a decir, igualando la seriedad de ella.

Violeta alzó una ceja algo incrédula, sin dejar de mirarme fijamente.

–¿Puedo pasar?

Me hice a un lado, otorgándole el permiso de adentrarse en mis dominios. Pasó por mi lado y no sé por qué extraña razón, esperaba que lo hiciera acompañada de equipaje. Me di cuenta entonces que su visita era una breve.

Se volvió hacia mí, esperando seguramente a que yo dijera algo. Pero simplemente cerré la puerta y me alejé de ella. Los recuerdos de la última vez que la había visto aún permanecían dolorosamente frescos en mi memoria.

En un segundo me vi asaltada por las posibles razones que la habían traído a mí nuevamente. Di varios pasos en círculos, abrazándome a mí misma, sin saber qué hacer. Violeta, por el contrario, observaba con detalle todo lo que había dispuesto para la cena. Supuse que estaría preguntándose por el misterioso invitado que se sentaría delante del servicio extra.

Toda pregunta quedó relegada a mejores tiempos cuando el timbre de la puerta volvió a sonar con estridencia. Yo estaba en mitad del salón, observando a Violeta, embrujada una vez más por su presencia. Sabía que era mi deber atender a la llamada del timbre, pero mis piernas se negaron a complacerme.

–¿No vas a abrir? –me preguntó ella.

Sin esperar respuesta, casi tan convencida como yo de que estaba clavada en el sitio, se dirigió a la entrada y abrió la portezuela. No pude ver el rostro de Diego, pero estaba segura de la absoluta expresión de sorpresa que debía de señalarse en su cara.

Oí a Violeta presentarse, anunciando su nombre y a continuación un "soy amiga de Jimena". Diego se presentó asimismo y añadió algo así como que la recordaba de aquella ocasión con motivo de las fiestas. Violeta concordó con él y dio un paso atrás para indicarle así que podía pasar. Fue entonces cuando pude reaccionar. Me deshice del delantal y salí a recibirle.
avatar
malena
Admin

Cantidad de envíos : 1007
Fecha de inscripción : 16/05/2008

Volver arriba Ir abajo

Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Octubre 16th 2012, 8:20 am

Como era de esperar, la invitación se extendió también a Violeta, quien ocupó un lugar en la mesa. Me senté al frente, justo en el sitio que solía ocupar mi padre, con cada comensal a un lado. Yo apenas había probado bocado, tan concentrada como estaba en observarla, como si no tuviera fuerza de voluntad suficiente como para obligarme a despegar la vista de ella.

Violeta pareció ignorarlo hasta que se volvió hacia mí y me dedicó una de sus personales miradas fulminantes. Mirada que yo, por supuesto, pasé por alto. Regresó su atención a su plato, de vez en cuando levantando la vista hacia el tercer invitado. El mismo que para mí había quedado relegado a un segundo plano desde ese mismo instante en que la presencia de Violeta había abandonado mis sueños y había aparecido empíricamente en el portal de mi casa.

Yo sabía que estaba comportándome de una forma absurda e infantil, pero no encontré ninguna razón de peso para obligarme a dejar de hacerlo. La certeza que tenía en aquellos momentos de cuánto había echado de menos a Violeta me atravesó como el más afilado de los cuchillos. Ahora que la tenía delante, sólo podía mirarla, buscar en su alma las preguntas que con tanta codicia necesitaba que me respondiera.

Tragué con avidez el vino que por tercera vez había llenado mi copa y estiré el brazo buscando la botella para rellenarla una vez más, pero Violeta fue más rápida y puso el envase fuera de mi alcance, todo sin mirarme una sola vez, dando por sentado que no habría más alcohol para mí esa noche. Tuve que rendirme, sin más, a sus calladas exigencias y me bebí de dos tragos la copa de agua, ahora el único líquido que se me permitía tener en cuantas cantidades deseara.

Diego, por su parte, observaba con detenimiento, aunque disimuladamente, el intercambio de miradas entre nosotras sin atreverse a decir una palabra. Aquel silencio para él tenía que ser del todo insoportable.

–Está realmente delicioso... –soltó de súbito Diego, abandonando cuidadosamente sus cubiertos sobre el plato.– Pero si tomo un bocado más, acabaré por reventar...

–Gracias. –agradecí yo.

–No puedo hacer otra cosa que coincidir contigo, este pollo es sublime.

Violeta dio por terminada su cena también, dando un largo suspiro.

–Espero que hayáis dejado sitio para el postre... –dije, anhelando que mi voz no pareciera a sus oídos tan forzada como sonaba en los míos.

–Para eso siempre hay un lugar. –repuso Violeta a media sonrisa.

Me levanté sin más dilación y recogí los platos, con el mío casi intacto.

–Espera, te ayudaré. –se ofreció Violeta.– Discúlpanos un instante, Diego.

–Por supuesto.

Me siguió rumbo a la cocina, a donde nada más llegar me abordó en voz baja, aunque por la expresión de su cara supe que deseaba gritarme.

–¿A qué demonios venía todo eso?

–¿El qué? –dije indiferente, colocando la vajilla sobre la encimera.

–Como si no lo supieras...

–Si no te conociera mejor diría que te encanta atormentarme, Violeta. Una de las razones por las que vine aquí fue para alejarme de ti. ¿Cuáles son las tuyas?

–No creo que sea el mejor momento para hablar de eso. –gruñó casi sin despegar los labios.

–Muy bien. –me dirigí hacia el refrigerador para sacar la tarta de manzana que había comprado esa misma tarde en el supermercado.

–Tienes un invitado al que atender. Y espero que lo hagas mejor de lo que lo has hecho hasta ahora.

Saqué los platos de postre con gran parsimonia, como ignorándola por completo. Yo conocía todos sus tonos de voz y aquel que estaba usando ahora era uno que demandaba confrontación.

–Creí que iba a encontrarme a una Jimena desolada, pero lo que jamás imaginé fue que te iba a encontrar haciendo vida social. Lamento haber estropeado tus planes de alcoba.

Me reí. – ¿Mis planes de alcoba? ¿Eso es lo mismo que decir que tenía toda la intención de meterlo en mi cama? –me giré hacia ella y la encaré con el esperado malestar.– ¿Es que alguna vez he dado a entender que me acuesto con todo el que se me acerca? Y si fuera así, ¿a ti qué demonios te importa?

–No me provoques, Jimena. –me dijo ella con absoluta amenaza en la voz.

–Aparta de mi camino, Violeta. –la enfrenté yo, cargada con los tres platos de postre.

Hizo lo que le demandé, echándose a un lado para permitirme el paso. Yo salí con la cabeza bien alta y con una sonrisa ensayada previamente. Diego nos esperaba sentado en la misma posición, jugando con la servilleta.

–Te gusta la tarta de manzana, ¿verdad?

–En realidad soy alérgico a las manzanas...

Lo miré atónita y lo vi sonreírme.

–Era broma... –repuso alzando los brazos para coger uno de los platos.– Me encanta la tarta de manzana.

–Me habías asustado... –dije con el alivio de haber descubierto que todo había sido una burla.

Violeta tomó su asiento y su ración de postre también, partiendo el pequeño trozo de tarta en múltiples pedazos más pequeños aún con el tenedor. El silencio volvió a hacer acto de aparición y luché en mi interior por encontrar algo que decir que resultase adecuado. Diego me alivió de esa pesada carga.

–Me alegro mucho de que me hayas invitado a cenar, Jimena.

–Yo también me alegro.

–La próxima vez la invitación correrá de mi cuenta... Hay un restaurante italiano muy bueno a pocos kilómetros de aquí.

–Sería estupendo... –dije sin más.

–Por supuesto, tú también estás invitada Violeta.

Ella no aceptó ni desdeñó la proposición, simplemente se limitó a sonreírle con brevedad.

–¿Qué tal te va todo, Diego? –le preguntó.

Yo comencé a engullir mi tarta a pesar de que no tenía gana alguna de comerla, pero eso me mantenía ocupada.

–Muy bien, gracias. Por ahora las cosas me van bastante bien...

–Tienes suerte entonces... –añadió la azafata.

–Supongo.

Una breve pausa en la que los tres seguimos tomando el postre antes de que Diego decidiera romper el silencio nuevamente.

–¿Y Felipe?

Violeta y yo levantamos la vista del plato con celeridad y lo miramos. Diego pareció tragar con algo de dificultad, como si se hubiera dado cuenta de que había pronunciado una palabra maldita en aquella mesa.

O algo así.

–Felipe se casa dentro de unos meses... –anuncié yo.– Increíble, pero cierto.

Diego pareció entender que mi hermano se iba a casar, pero no con Violeta.

–Oh... –exclamó, un tanto avergonzado aún.

Violeta se tapó la boca con la servilleta, fingiendo que se limpiaba las comisuras de los labios, pero sólo yo fui consciente de que lo que realmente quería tapar era una sonrisilla. Lo cierto es que la expresión de Diego había sido de lo más cómico, y si a eso le añadimos el tono grana que ahora cubría sus mejillas...

–¿Sabes si seguirá lloviendo durante los próximos días? –le pregunté yo, haciendo esfuerzos porque volviera a sentirse cómodo.

–En esta época suele ser así. Llueve con intensidad, aunque intermitentemente. Así que seguro que habrá algún día soleado que otro.

–Estupendo. –añadí.

–¿Piensas ir de pesca?

–No. Sólo era por curiosidad. Odio estar encerrada en esta casa por culpa de las lluvias.

–Ahora ya no estás sola... –añadió él.– No será tan malo...

–Es cierto. La compañía de Violeta aliviará mis penas... –añadí con algo de sarcasmo.

–¿Piensas quedarte mucho tiempo? –inquirió Diego dirigiéndose a la azafata.

–Depende... –levantó la vista hacia mí y yo la miré frunciendo el ceño.

–Violeta ha venido unos días para despejarse. Ya sabes, el estrés de la ciudad... –comenté.

–En realidad no lo sé muy bien. He pasado toda mi vida en este pueblo.

–Créeme, este pueblo no tiene nada que envidiarle a la ciudad. Yo diría que todo lo contrario.

–Tienes razón. No hay nada como vivir rodeado de tranquilidad. –concedió él.

–Exactamente. –sentencié, metiéndome en la boca el último trozo de tarta.

Me di cuenta de que la conversación que sosteníamos se había vuelto demasiado fría y educada. De haber estado Diego y yo solos, hubiera discurrido por otros cauces más distendidos. Pero la presencia de Violeta y la tensión palpable entre ambas, había causado tal situación.

Diego era demasiado educado como para atreverse a preguntar, aunque yo estaba segura de que para él era obvio que algo pasaba entre la azafata y yo. No había que ser muy observador para darse cuenta de ello.

–Esta casa está igual que como la recordaba. –repuso Diego.

–Mi madre no se atrevería a cambiar una sola cosa en ella. Ahora mucho menos...

–Me gusta así. Me trae muchos recuerdos...

–Apuesto a que recuerdas cuando nos deslizábamos por la balaustrada... –comenté yo entusiasta.

–Sí. –respondió él sonriendo.– Hasta que llegaba tu madre y nos ordenaba que parásemos.

Me reí levemente, acomodándome sobre el respaldo de la silla.

–Lo sé. Mi madre nunca tuvo ni la más remota idea de lo que era la diversión.

Pasamos desde ese punto a relatar algunas de nuestras experiencias cuando éramos niños. Me descubrí como una ansiosa participante, todo por tratar de olvidarme, al menos durante unos instantes, que Violeta estaba allí. Ella permaneció callada la mayor parte del tiempo, sólo sonriendo levemente ante algunas anécdotas realmente cómicas que contaba Diego.

Terminamos el postre y después de aclarar la mesa pasamos al salón para charlar otro rato. Casi era media noche cuando Diego se levantó dispuesto a irse. Yo abandoné mi sitio en el sofá para acompañarlo hasta la puerta, mientras él y Violeta se dedicaban un cordial, aunque frío, adiós.

–He disfrutado mucho de la velada, en serio. –me aseguró en el quicio de la puerta.

–Yo también. Me encanta tu compañía.

–Espero que volvamos a repetirlo alguna vez. Tienes mi teléfono.

–Lo sé. Te llamaré. –dije, aunque no estaba segura de si iba a hacerlo.

–Muy bien. –se agachó y me plantó un gentil beso en la mejilla.– Adiós.

–Adiós.

Cerré la puerta y me quedé allí durante breves segundos, mientras calmaba el veloz e inconstante latido de mi corazón. Había llegado el momento de enfrentarme a solas con Violeta. Y tenía miedo, a la par que deseo y satisfacción por tenerla allí.
avatar
malena
Admin

Cantidad de envíos : 1007
Fecha de inscripción : 16/05/2008

Volver arriba Ir abajo

Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  Invitado el Octubre 16th 2012, 11:58 pm

que bueno este fic! Lo habia leido hacia años y ahora lo releo por aquí. Buenísimo! y ahora viene la parte mas interesante mrgreensonrisa

Invitado
Invitado


Volver arriba Ir abajo

Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Octubre 17th 2012, 9:20 am

–¿Vas a quedarte ahí toda la noche? –me dijo desde atrás.

Yo me volví rauda, alertada por su voz.

–Me has asustado. –dije con una mano en el pecho.

–¿Es que habías olvidado que estaba aquí? –indicó, tomando un sorbo de su vino.

–Si consiguiera hacer eso sería más feliz, te lo aseguro.

–¿Tanto te incomoda mi presencia? Puedo irme ahora mismo si es lo que quieres...

–¡Oh, por favor! –dije con hastío al tiempo que me alejaba de la entrada.– Tan sólo desearía saber qué es lo que te ha traído hasta aquí, Violeta.

–¿Qué otra razón puedo tener para venir aquí sino tú?

–Una visita de cortesía, entonces.

–Desapareciste. Estuve como loca buscándote. Ni siquiera tu madre me quería decir dónde demonios te habías escondido esta vez...

–Pero tú puedes ser muy persuasiva... –la interrumpí.– A la vista está.

–Siento mucho lo que pasó en mi...

–Ni te atrevas. –la amenacé.– No quiero que empieces a disculparte por tener una vida en la que no significo nada. Tú eres así, y yo intento hacerme a la idea de que no puedo tenerte.

–Jimena, siempre tienes la equívoca idea de que no me importas. Creo que te he demostrado con creces que no es así. Yo te quiero.

–De todas las mentiras que podrías decirme, ésa es la peor. Tú no puedes quererme. De otra forma no me atormentarías de esta manera... ¿Qué pasa, Violeta? ¿Es que verme sufrir te excita de alguna forma?

–Voy a imaginar que esas palabras nunca han salido de tu boca.

–Imagina lo que quieras, no me importa. Pero quiero que sepas que tu sola presencia me hace daño.

–¿Por qué me niegas tu amistad? –señaló casi implorando

–¿Amistad? Me besaste, Violeta. Deberías tener, al menos, una ligera noción de lo que eso puede significar para mí. No me pidas ser tu amiga, eso sería demasiado cruel. Déjame que supere esto. –suspiré cansadamente antes de proseguir.– Al menos dame una oportunidad.

–He cometido un error viniendo hasta aquí. Ni siquiera sé por qué lo he hecho. –repuso.

Comencé a ponerme nerviosa y algo enfadada.

–Pues deberías pensarlo con detenimiento. –solté muy seria.– Tal vez tengas motivos que te niegas a reconocer.

–¿Cómo cuáles? –la vi entrecerrar los ojos, mirándome con sospecha.

–Eso sólo lo sabes tú.

Me alejé de ella rumbo al salón para recoger los últimos restos de la velada. La sentí seguirme muy de cerca.

–¿Puedo quedarme esta noche aquí?

–Puedes quedarte el tiempo que quieras. Sabes que, a pesar de todo, eres bienvenida. –admití, poniendo rumbo a la cocina.

Una vez allí, llené la cesta del lavavajillas y lo puse en marcha. Violeta había puesto música en el salón y desde allí pude oír las notas del Concierto de Aranjuez. Suspiré y me repetí un millar de veces que era capaz de enfrentarme a aquella situación. Encontré a Violeta cerca del tocadiscos, de espaldas, con un codo flexionado, sosteniendo aún una copa de vino media llena.

–A mi padre le encantaba esa pieza. –le dije.

–Debo de haberlo oído hasta la saciedad, pero en cada ocasión consigue emocionarme como la primera vez.

–Tiene algo especial. –convine.

–Sí.

Se hizo un incómodo silencio. Yo me restregué las manos pensando en lo próximo que debía decir. Ni tan siquiera sabía si quería estar allí, donde la presencia de Violeta se me hacía difícil de sobrellevar.

–Voy a ir arriba. –me moví hacia delante y atrás nerviosa.– Ya es muy tarde y aún tengo que preparar tu habitación.

Se giró rauda hacia mí.

–Quédate un poco más. –me pidió.

Creo que ambas sabíamos que no podría negarme a nada de lo que ella me pidiera.

–De acuerdo.

Se sentó entonces en el enorme sofá, depositando su copa sobre la mesilla. Me miró y palmeó un lugar cerca del suyo, indicándome que me sentara. Lo hice sin más dilación, aunque evité colocarme demasiado cerca.

–Siento lo de antes. –me dijo.– A veces no sé qué me ocurre...

–No tiene importancia.

–Sí la tiene. No he venido hasta aquí para empeorar las cosas contigo. Eso es justamente lo que menos deseo.

–Violeta... –comencé, haciendo acopio de valentía.– Yo... Tú no tienes por qué...

Las palabras se negaron a fluir ordenadamente de mi boca. Me froté la frente con desesperación, todo ello bajo el intenso escrutinio de ella.

–Dios mío... –dije quedamente.– Necesito un trago...

Sin decir una palabra, me ofreció su copa que vacié de un solo sorbo, ávidamente. Mantuve la copa entre mis manos, observándola. Sabía que Violeta me estaba diciendo algo pero la ignoré. Ahora estaba concentrada en apreciar mi propio reflejo en el cristal. No me gustó lo que vi.

Sin apenas ser consciente de que estaba apretando demasiado la copa que sostenía, ésta se rompió bajo la presión esparciéndose en pedazos, algunos de los cuales se incrustaron en el interior de mi mano.

–¡Jimena! –oí gritar a Violeta.

Sentí el dolor entonces, mientras la sangre salía a borbotones goteando en el suelo. Me cogió la mano para observarla, con expresión dura en el rostro. Con enorme decisión, tiró de mi brazo y me obligó a levantar para llevarme al baño donde me sentó sobre el inodoro.

Abrió el botiquín buscando algo frenéticamente. La vi sacar un desinfectante, mercromina, esparadrapo y vendas. Cosas que depositó en una de las esquinas del lavabo. Se arrodilló frente a mí y me tomó de la mano con inmensa dulzura, apenas rozándomela. Le dio la vuelta para calibrar el tamaño de la lesión en la palma. Extrajo uno de los trozos, el más grande, con sus dedos mientras contenía la respiración.

–¿Te duele mucho? –me preguntó.

Yo negué con la cabeza.

–Necesito unas pinzas para sacarte el más pequeño... –me anunció al tiempo que desaparecía dejándome sola en el baño.

Mientras esperaba su regreso, me dediqué mirar la herida. Aún salía bastante sangre y podía sentir algo extraño metido entre la piel. Violeta volvió entonces. Me levantó nuevamente para meterme la mano bajo el agua y aclarar la herida. Una vez hecho esto, me obligó a sentarme en el mismo sitio. Yo parecía una muñeca de trapo, mientras ella me zarandeaba de un lado a otro. La verdad era que en aquellos momentos no me atrevía a rechistar o a quejarme.

Arrodillada frente a mí y completamente entregada a su tarea, Violeta intentaba extraerme el cristal. Una punzada de dolor me hizo estremecer. Ella alzó la mirada hacia mí.

–No te muevas. –me dijo con voz dura.

Permanecí todo lo inmóvil que pude mientras ella trataba de sacarlo con unas pinzas de depilar.

–Te juro que a veces no logro entenderte. –me dijo una vez lograda su empresa.

Acto seguido me aplicó el desinfectante. Me quejé cuando noté que me escocía. Con enorme gentileza, Violeta sopló sobre la herida mientras pasaba el algodón, aliviando así el resquemor.

–¿Esto es por mí? –me preguntó, cesando en su tarea para mirarme.

–No. –dije simplemente.

En mi interior yo también buscaba las mismas respuestas.

Comenzó a vendarme la mano. Sus largos y bellos dedos trabajando raudos. Una vez que los enfoqué, me vi incapaz de escapar de su visión. Se me olvidó incluso el dolor. Terminó por poner un trozo de esparadrapo que cortó con los dientes para mantener la gasa en su sitio. Fue entonces cuando flexioné inconscientemente la mano para atraparlos, quería sentirlos. Ella paró en seco, observando ahora sus dedos cubiertos por los míos.

–Si hay algo de ti que me perturbe, son tus manos. Han sido capaces de quitarme el sueño muchas noches... –le confesé.

Con la mano que tenía libre, tracé las líneas que formaban las venas y que surcaban la fina piel del
dorso.

–Al igual que tus ojos... –proseguí, comenzando a acariciarle el rostro.– Tu boca, tu voz...

–Jimena... –protestó ella levemente, pronto acallada por mi pulgar sobre sus labios. "No creo ni por un momento que nadie te haya sabido amar de la forma en que yo te amo. Pero desgraciadamente la felicidad no sólo se obtiene por amar. Quizás el hecho de que siempre me hayas rechazado ha convertido este amor en eterno." Imaginé que le decía esas palabras, como tantas otras veces. Guardarlas era lo que había hecho hasta ahora, pero nunca parecía llegar el momento adecuado para que ella las oyera. En vez de exponerle mi alma, opté por sonreírle levemente y levantarme de mi insólito asiento.

avatar
malena
Admin

Cantidad de envíos : 1007
Fecha de inscripción : 16/05/2008

Volver arriba Ir abajo

Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Octubre 18th 2012, 9:43 am

La sentí moverse detrás de mí y supe que me estaba siguiendo. Era tan sigilosa en sus movimientos que parecía un gato. Seguí andando hasta tomar las escaleras que me llevarían al piso de arriba. Ella lo hizo también. Apresuré el paso y Violeta me imitó una vez más. Estaba a punto de abrir la puerta de mi habitación y desaparecer tras de ella cuando sentí un grave tirón hacia atrás que me hizo dar la vuelta y chocar contra la pared.

Intenté desenredarme pero Violeta me asió por ambas manos, poniéndolas a cada lado de mi cabeza. La mano herida me dolió bajo la presión que ejercía en ella, pero no me atreví a quejarme.

Me miró, buscando quizás las palabras que no me había atrevido a pronunciar antes, como si quisiera escuchar todas y cada una de las confesiones que yo atesoraba con tanto celo. Con las últimas fuerzas que me quedaban, la empujé y conseguí arrastrarme por la pared unos centímetros más, quejándome por el esfuerzo. Pero su solidez era superior a la mía, y tras unos segundos de infausta lucha cedí en mi empeño y me mantuve en la posición que ella deseaba, aunque con la cabeza ladeada, no permitiéndole verme los ojos.

Se acercó a mí y me rozó la mejilla con su nariz, depositando allí un ligero beso. Dejé de respirar sin saber cuándo había decidido hacerlo. Ella prosiguió tentando con sus labios la piel de mi rostro. Mi garganta emitió un suspiro imposible de contener y mis piernas temblaron de emoción, pero aún así me negué a moverme un solo ápice.

Hasta que probó mi cuello.

Fue entonces cuando me giré. Violeta aprovechó ese movimiento para abandonar mi garganta y tomar posesión de mi boca. Liberó mis manos y yo me anclé en la parte posterior de su cabeza, atrayéndola aún más hacia mí. Abrí la boca para permitirle el paso y ella entró con enorme hambre.

Su sabor se mezcló con el mío mientras nuestras lenguas luchaban feroces por enredarse. De mi garganta salió un sonido gutural, tan primitivo que parecía de naturaleza animal. Tal era mi deseo que comencé a abrazarme a ella con las piernas. Quería tenerla imposiblemente cerca.

Violeta respondió echando todo el peso de su cuerpo sobre el mío, confinándome contra la pared aún más. Se separó de mí sólo un instante para mirarme a los ojos y luego volvió cubrir mi boca con la suya, tan desesperada como yo. Mi cabeza pegaba una y otra vez contra la pared debido al fervor con que lidiábamos aquella batalla, pero no me importó. Ya no podría importarme nada.

Noté, aún con los ojos cerrados, cómo se movía y cómo me alzaba el jersey para introducir una mano por debajo de él. Esa primera vez que sentí su mano bajo mi abrigo fue la confirmación de mi condena.
Sus dedos se movieron golosos trazando las líneas de mi vientre, sin atreverse a ir más allá. La empujé para separarla de mí y ella me miró con expresión desatinada. Me saqué el jersey con premura y expuse mi torso y mis pechos totalmente descubiertos por la ausencia de un sujetador. Me estaba ofreciendo por completo. Quería saber si estaba dispuesta a aceptarme. Percibí algo más, algo como...

... Fuego... Si tuviera que elegir una palabra para describir lo que vi en sus ojos cuando me miró tras observar largamente mis pechos, sería ésa misma.

Violeta recorrió la breve distancia que nos separaba con un solo paso. Yo me aferré con ambos brazos a su cuello, mientras ella colapsaba contra mí, tomándome de las nalgas para acercarme aún más. Inhalé la esencia que desprendía y me llené de ella. Su olor era por sí solo capaz de llevarme a un estado de auténtico delirio, haciéndome incapaz de registrar la realidad.

Sus manos se elevaron desde mis nalgas hasta mis costados. Mi piel respondiendo a su contacto. Yo, mientras, había rozado el lóbulo de su oreja con mi nariz sin pretenderlo en mi empeño de absorberla. Un segundo después mis dientes habían atrapado aquel sensitivo lugar. Violeta me regaló un primer gemido que hizo temblar todos y cada uno de los elementos de los que constaba mi cuerpo. Mis rodillas quisieron doblarse por propia voluntad, la misma voluntad que hacía rato que me había abandonado.

Toda promesa de olvidar a Violeta, de dejar de amarla, de desearla se esfumaron como si nunca hubieran existido. Al fin y al cabo ella era mi único destino posible.

Mi bella Violeta me tomó de la cintura y ambas nos dejamos deslizar hasta el suelo. Me quejé levemente al sentir la frialdad del pavimento contra mi espalda, pero rápidamente me acostumbré a ella. Mientras, Violeta se había colocado con la mitad de su cuerpo sobre mí, con una pierna entre las mías, apoyada sobre uno de sus codos y con el rostro pegado a mi faz, mirándome fijamente, respirando mi aire, haciéndome con ello que tuviera dificultades para seguir inspirando.

Su mano derecha se alzó, siguiendo el camino de mi vientre, atravesando el valle entre mis pechos, pero sin rozarlos en ningún momento. Sus dedos descansaron en mi cuello, justo donde mi yugular se apreciaba latiendo al ritmo desenfrenado que había impuesto mi corazón. Fui consciente de algo entonces: En mi entera existencia me había sentido tan viva.

Violeta se acercó aún más a mi boca y observé mientras hacía aparecer su lengua por entre los labios. Sólo un poco más y rozaría los míos, pero ella quería atormentarme. Labor que estaba consiguiendo.
Levanté la cabeza y atrapé el apéndice con la boca, sorbiendo de él como si se tratase de un helado.

Fue en ese instante cuando decidió cubrir uno de mis pechos. Mi espalda se arqueó en acto reflejo, instándola a adueñarse de más. Su mano se movió lentamente, en círculos. Luego su dedo índice marcando las líneas que formaban el pecho, con su boca recibiendo todas las respuestas ahogadas en formas de gemidos que yo le otorgué con ilusión.

Mis manos fueron hacia su camisa de algodón, intentando desabrochar los escurridizos botones sin ningún éxito. Quería verla para así, la próxima vez que ella me cazara en mis propios sueños, no tener que imaginar las formas de su cuerpo de mil maneras, sino ser capaz de pensarlo tal y como era. Estaba más que dispuesta a memorizar cada rincón de su anatomía para ese fin. Después de todo, no sabía si habría una próxima vez. Ignoraba si esto era tan sólo un regalo que Violeta me otorgaba a mí y a mi alma inconsolable. Ella era sobradamente compasiva como para hacer eso.

Se incorporó lo suficiente como para ayudarme con los botones. Con cada uno de ellos, mis esperanzas se sumaban y mi ánimo, imposible de contener, echaba a volar. Se deshizo de la prenda con cierta exasperación, tirando de ella. Me permitió entonces ver por primera vez su torso, y no fue el motivo de verla desnuda lo que me hizo temblar como una hoja, sino el hecho de que aquello me lo estaba brindando a mí.

Sentí que tiraba de la abertura de mi pantalón, haciendo que los botones se soltaran por sí solos hasta el último de ellos. Mi presión arterial se disparó, y me pareció que el techo de la casa se movía en forma de espiral, por lo que cerré los ojos con fuerza.

Muchas veces había imaginado estar en tal situación, si bien es verdad que nunca pensé que sería sobre el suelo, en mitad de un pasillo, con prisa mal disimulada y el ardor de quien está descubriendo el placer por primera vez. Pero así era, Violeta me estaba descubriendo, y yo me estaba desvelando a ella.

Su mano se adentró en el rincón más reservado de mi cuerpo, presionando rígidamente contra mi piel por el escaso espacio que permitía la tela de mis vaqueros. Aún así, se abrió paso a contracorriente, acariciando el inicio de mi sexo. Gemí inconsolable. Mi deseo crecía por momentos y apenas podía soportar mis ansias por liberarme.

Violeta seguía concentrada en lo que estaba haciendo, sin dejar de mirarme a los ojos, sin decir una palabra. Yo bajé la vista hacia sus pechos, percibiendo sus pezones erectos contra la tela de su sujetador. Eso casi me hace gritar, por lo que tuve que morderme el labio inferior.

Cuando sentí sus dedos deslizarse dentro de mí, fui capaz de saborear mi propia sangre al morder exageradamente el labio cuando me atravesó. Violeta cerró los ojos e inspiró con fuerza cuando comenzó a mover los dígitos pausadamente.

Mis pantalones seguían negándole espacio, por lo que se incorporó y me los bajó junto con mi ropa interior hasta las rodillas. Yo abrí las piernas entonces todo lo que pude, invitándola, deseándola. No me hizo esperar esta vez. Volvió a entrar en mí, ahondándome, atravesándome. Mis caderas comenzaron a moverse a su ritmo. Pero yo quería algo más. La alcancé, intentando llegar hasta la abertura de su pantalón. Yo quería darle todo lo que me estaba dando a mí, era lo único que necesitaba para sentirme colmada.

No me lo permitió. Retiró mi mano en las dos ocasiones en las que lo intenté.

Me rendí, deseando poder parar aquello. De repente ya no era lo que deseaba. No lo era. Pero fue demasiado tarde. El ritmo que llevaban mis caderas a ese punto era imparable. Intentó besarme cuando notó que me acercaba al orgasmo, pero se lo impedí. Ella me arrebataría un placer que yo era incapaz de retener ya, pero en modo alguno le daría algo más de mí.

Me convulsioné entonces, ahogando los gritos de éxtasis. Apreté las mandíbulas, el sabor de la sangre aún en mi boca.

Sangre, sangre, sangre... me repetí. Mi sangre estaba envenenada de Violeta.

Le así de la muñeca con fuerza y la obligué a salir de mí bruscamente. Me subí los pantalones tan rápido que parecía que la vida se me iba en ello. Me erguí, buscando mi jersey, de repente demasiado avergonzada de mi desnudez ante ella.

Violeta se irguió también, sin entender mi repentino cambio de humor.

–Pensé que era lo que deseabas.

De todas las cosas que podía haber dicho, aquella era la que más esperaba que no pronunciase. Violeta seguía sin entender nada. Y ahora yo estaba segura de que ni siquiera quería intentarlo. Me giré como una pantera rabiosa hacia ella, abrigo en mano.

–Quería que hiciéramos el amor, Violeta, no que me follaras como si te estuviera pagando por ello. –mastiqué las palabras con irritación.

–¿De qué estás hablando?
Me pregunté si realmente no tenía idea de lo que había hecho o es que me estaba tomando el pelo. Lo único que sabía era que la visión de su pecho me seguía perturbando demasiado.

–Por el amor de Dios, ¡vístete!–le ordené.

Me coloqué el abrigo y me quedé en el sitio, dándole la espalda, sin saber qué hacer. Irme, quedarme, decirle una vez más cuánto daño me había hecho... Sus palabras interrumpieron mis cavilaciones.

–Si he hecho algo mal, lo siento. Pero tú no me diste ninguna señal de que parara...

–¿Disfrutaste? –le pregunté.

–¿Qué?

–Lo has oído perfectamente. ¿Es que acaso eres una de esas malditas frígidas que son incapaces de sentir nada? –ladré enfadada.

–Quería centrarme en ti... –comenzó a explicarme algo insegura, casi como si sintiera vergüenza.

–¿Centrarte? –me giré hacia ella, aliviada de comprobar que se había abrochado los suficientes botones de su camisa como para no dejar ver nada que me turbara.

–Quería darte todo el placer del que fuera capaz.

–No quiero ningún placer si no se me permite devolverlo. Creí que podría amarte por una vez libremente, me diste una esperanza de que así podía ser... Nunca aprenderé que los sueños jamás se hacen realidad.

–Esto no es un maldito sueño. Yo soy real. –respondió molesta.

La miré. Aún había algo que me intrigaba en demasía.

–¿Por qué, Violeta? ¿Por qué ahora?

–Porque quiero que me enseñes a amar. Quiero sentir lo que tú sientes. Quiero sentir tu obsesión y compartirla. –una pausa.– Quiero todo eso y más...

–Tienes que haberte vuelto loca... –dije entre dientes.– ¿No ves a qué estado me ha llevado a mí eso? Deberías estar asustada, aterrorizada. Si has logrado entender mi obcecación deberías estar huyendo de mí y no volver jamás...

–No tengo miedo. Lo deseo con todas mis fuerzas. Te deseo a ti. –me aseguró con una seguridad que me dejó pasmada, incrédula incluso.

–¿Qué quieres conseguir?

–Quiero que estés tan adentro de mí como lo estoy yo en ti.

–Loca... –murmuré.– Has perdido completamente la cabeza...

–Sé que si no te hago mía no conseguiré olvidarme de ti. No hay nada peor que tener el remordimiento de lo que no se ha hecho jamás.

Negué con la cabeza al tiempo que me movía en círculos, cada vez más perdida.

–¿En qué momento...?

–En el instante en que volví a verte en el hospital... –me interrumpió nuevamente.

Empecé a preguntarme si es que ella ya tenía ensayadas todas y cada una de las respuestas que me estaba ofreciendo. Era como si supiera exactamente qué era lo que yo me preguntaba a cada momento.

–¿Me enseñarás? –dijo y casi podía sentirse una ligera súplica en esa frase.

No respondí. En cambio, me acerqué hasta ella y la empujé contra la pared. Esta vez Violeta no pareció querer evitar mis avances. Vi la decisión en sus ojos y eso me hizo sentir más valiente.

Le abrí el pantalón dolorosamente despacio, sin dejar de mirarla ni un instante. Introduje una mano por debajo de su ropa interior y encontré lo que estaba buscando. Violeta emitió un breve suspiro y echó la cabeza hacia atrás cerrando los ojos con dolor, abriendo aún más las piernas para mí.

Tuve que apoyarme con una mano en la pared ante el riesgo de caerme de bruces cuando su calidez me recibió. Mis dedos se mojaron inmediatamente de su excitación. Me agradó descubrir que ella se había excitado tanto como yo.

Saqué la mano entonces y puse los dedos delante de su cara. Abrió los ojos y los miró, luego me miró a mí con extrañeza.

–Primera lección: –dije muy seria.– El deseo.

Entonces lo vi en sus ojos: Violeta se estaba rindiendo a mí.

Ya no había nada que pudiera evitar lo que estaba a punto de acontecer.
avatar
malena
Admin

Cantidad de envíos : 1007
Fecha de inscripción : 16/05/2008

Volver arriba Ir abajo

Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Octubre 19th 2012, 8:30 am

8. DESEO QUE QUEMA.

Terminamos de desayunar y mientras Violeta se daba una ducha, yo me dediqué a recoger el desastre que mi pasión había creado en la cocina y de paso recoger los cristales de la copa rota en el salón. Me quejé cuando sentí una punzada de dolor en la mano herida al realizar un movimiento brusco.

–Te sigue doliendo demasiado, ¿verdad? –preguntó Violeta.

Me giré para verla detrás de mí recién salida de la ducha y vestida con ropa cómoda, (antes había ido a su coche a recoger la bolsa de viaje que había traído consigo). El olor del jabón que había utilizado me llenó por completo.

–Sólo cuando la muevo. –me las arreglé para decir.

–Tal vez sería mejor que te la viera un médico. Anoche no parecía ser grave, pero puede que se infecte.

–Soy médico. ¿Recuerdas? –me sonrió. – Tan sólo necesito cambiar la venda y limpiar la herida.

–No insistiré entonces. –se acercó a una ventana y retiró la cortina para ver a través de ella. – Parece que no tiene intención de dejar de llover.

– ¿Tienes que irte pronto? –me atreví a preguntar.

–No.

Decidí no indagar más en ese asunto. Ni siquiera me importaba. Tenerla allí, el tiempo que fuese, era lo único que me incumbía.

Amontoné los últimos trozos de cristal en el recogedor y me erguí con él en la mano. Violeta me había estado observando sentada en uno de los sofás. Yo aún tenía puesta tan sólo una camisa y debía de ser eso lo que tanto atraía su atención. El hecho de que me mirara sin molestarse en esconder su deseo me llenó.

Abandoné el recogedor y me acerqué hasta ella inclinándome hasta que mi rostro estuvo a la altura del suyo. La besé lenta y profundamente, haciéndola suspirar de placer.

–Eres insaciable... –le dije con tono jocoso.

Una de sus manos subió por mi muslo hasta que alcanzó mis nalgas.

– ¿Quieres que te cuente lo que he estado haciendo en la ducha? –musitó, mirándome fijamente.

Abrí los ojos tanto que casi sentí que se me salían de las órbitas.

–Me hubiera gustado más estar allí para verlo... –murmuré, apoyando la mano sana sobre su muslo.

–Tendrás oportunidad de verlo en otra ocasión.

Mis piernas temblaron de emoción con sólo pensar en esa posibilidad.

–Violeta...

– ¿Sí?

– ¿Qué ves cuándo me miras? –pregunté, no muy segura de dónde había salido esa cuestión.

–Ahora mismo sólo tengo ojos para tu boca...

La tomé del pelo y tiré de él.

– ¿Quieres besarme? –dije, recordando así una ocasión en mi ático. Entonces ella tenía el control y me había hecho esa misma pregunta.

–Sí.

– ¿Por qué?

–Porque estás demasiado cerca...

La solté, sin mover el rostro un ápice.

–Hazlo entonces. –ronroneé antes de que Violeta conquistara de nuevo mis labios.

...............................


– ¿Qué lees? –preguntó Violeta.

Después de tomar un almuerzo que era casi cena, nos habíamos tumbado cada una al extremo del mismo sofá para relajarnos. Yo había optado por retomar la lectura de aquel libro que parecía no querer acabar nunca y Violeta simplemente se había echado conmigo, con sus pies al lado de mi cabeza, casi dormitando. O eso es lo que me había parecido.

–"Desayuno en Tiffany’s",de Truman Capote. –dije, volviendo a meterme de lleno en la lectura.

– ¿Es interesante?

–Bastante...

– ¿Más que yo?

Dejé caer el libro abierto sobre mi pecho para mirarla. Me sonrió con picardía.

–No vas a dejar que lea, ¿verdad?

–No...

–Está bien. –descarté el libro sobre el suelo y crucé los brazos detrás de mi cabeza. – ¿Qué quieres hacer?

–No lo sé... –colocó uno de mis pies sobre su pecho y comenzó a masajearlo. – ¿Qué tal si no hacemos nada?

–Me parece una buena idea. –ronroneé de placer. – Yo no hago nada y tú, mientras, sigues haciendo lo que estás haciendo.

Violeta siguió acariciando los dedos de mi pie durante un breve rato, antes de romper el silencio nuevamente.

–Tengo curiosidad por saber algo...

–Pregunta entonces. –la insté, sin abrir los ojos.

– ¿Qué fue lo que te hizo enamorarte de mí?

Abrí los ojos y la miré. No tuve que rebuscar demasiado en mi memoria para encontrar el momento justo cuando mi entera existencia cayó rendida a los pies de aquella mujer.

– ¿Recuerdas aquella primera noche en el invernadero? –ella asintió. – Esa noche me dijiste algo que me hizo sentir muy importante...

– ¿Sólo por eso?

Parecía algo decepcionada. Sonreí. Supuse que lo que había esperado oír era algo referente a su aspecto.

–Ése fue el principio. Luego el hecho de que no pararas de sonreírme todo el tiempo... –suspiré. – Todas las noches me dormía pensando en ti. Imaginaba que estabas en mi cama, que me abrazabas... Cosas de adolescente, supongo.

Se sentó, colocando mis piernas en su regazo.

– ¿Dejaste de pensarme de esa forma?

–Me hiciste mucho daño cuando te fuiste aquella noche sin ni siquiera despedirte. Me sentí culpable. Al pasar los años, seguías estando presente en mi memoria, pero ya no eran pensamientos agradables. Me dolía pensar en ti...

–Ahora parece que te duele incluso el estar conmigo.

Me tomó por sorpresa. No tenía la menor idea de por qué me había dicho aquello. ¿Qué era lo que Violeta había notado que la llevara a aquella conclusión?

– ¿Por qué dices eso?

–Nunca me miras los ojos cuando hacemos el amor. Los cierras. Presumo que porque no quieres verme...

Seguí respirando despacio. Nos miramos fijamente.

–Ni siquiera me había dado cuenta de que lo hacía... –me defendí. – Supongo que me pasa no sólo contigo.

Alzó una ceja y supe que posiblemente no creía del todo aquella explicación.

–De acuerdo. –cedió. – No tiene importancia.

–Al parecer, para ti la tiene...

–Quiero conocer todo de ti, saber los porqué de cada cosa que hagas.

Después de aquella respuesta, decidí decirle la verdad. No tenía sentido negárselo. Era algo que deseaba y yo estaba dispuesta a ofrecerle cada cosa que ella anhelara.

–Cierro los ojos por costumbre. –comenté sin más dilación.

– ¿Por costumbre?

Asentí levemente.

–Cuando otra persona me hacía el amor, solía cerrarlos para imaginar que eras tú... –Violeta se quedó estática en el sitio, sin ni siquiera pestañear. – Da miedo, ¿verdad? –dije sonriendo, aunque malditas ganas si tenía de hacerlo. Sólo pretendía borrar la tensión en el ambiente.

–Sí. Pero es una sensación extraña...

– ¿A qué te refieres?

–Me haces sentir muchas cosas a la vez, Jimena. A veces deseo, luego ternura y otras miedo cuando te abres a mí y me muestras tus sentimientos.

Se levantó y se colocó con las rodillas a cada lado de mis piernas, echándose momentos después sobre mí. Sentir el peso de su cuerpo contra el mío era cada vez más placentero. Deseé poder tenerla así para siempre.

Comenzó a apartarme el pelo de la frente.

–No puedo dejar de tocarte. –admitió. – Mis manos ya no quieren obedecerme.

Metió una de ellas por debajo de mi camiseta blanca. Hizo que un escalofrío me recorriera por la frialdad de su palma. Cubrió uno de mis senos y yo me arqueé en acto reflejo. Me besó como pocas veces recordaba, clavando sus dientes, como le había hecho yo la noche anterior, en mi labio inferior. Su aliento frenético, su olor me estaban dirigiendo directamente hacia el abismo.

Me quité la venda de la mano herida a tirones. Estaba harta de que aquello fuera una barrera que me impidiera sentir más de ella. Nunca era suficiente.

Introduje las manos bajo su camisa, por la espalda, amasando la cálida piel, llenando mis manos de ella.

De repente el sofá parecía demasiado estrecho.

Estrujé su camisa y ella se la sacó primero por un brazo y luego por el otro, sin dejar de besarme en ningún momento hasta que se separó para retirarla de su cuello. Aproveché ese momento para hacer lo mismo con la mía.

Violeta siguió besándome de una forma que no era normal, ansiosa, desesperada. Mientras lo hacía, de su garganta se emitía un sonido incesante, como una canción que se murmura. Llegó un momento en el que casi fui incapaz de seguir el ritmo que imponían sus labios.

Mis manos fueron hasta la abertura de sus tejanos y tiré de los botones para que se abrieran solos. Luego, comencé a bajarlos todo lo que pude para después ayudarme con los pies. Oí a Violeta reírse contra mi boca al notar mis casi infructuosos esfuerzos por deshacerme de sus pantalones. Ella misma tuvo que echar una mano hacia atrás y terminar lo que había empezado yo. No sé cómo demonios lo hizo, pero se sacó los pantalones enseguida.

Introduje la mano sana entre sus piernas hasta llegar a su sexo.

Violeta se encogió por completo y emitió una indecente maldición. Se irguió lo suficiente como para colocarse de rodillas, soportando su peso con un brazo sobre el respaldo del sillón y una mano al lado de mi cabeza. El movimiento hizo que mis dedos se introdujeran por sí solos.

Comenzó a cabalgar sobre mi mano con fuerza, subiendo y bajando el cuerpo, imponiendo su propio ritmo. Me dediqué a observarla absorta. Mi propio deseo olvidado.

Violeta bajó la cabeza para mirarme y su pelo cayó por sus hombros en cascada.

–Di mi nombre... –me imploró sin dejar de moverse.

–Violeta. –obedecí al instante, extasiada por como sonaba su voz en aquellos momentos.

Obvié el dolor en mi muñeca producido por sus acometidas. Nunca en mi vida había visto nada igual. Nunca había sentido tal grado de fascinación. Era como si Violeta me hubiera hipnotizado con su proceder.

–Mi vida no comienza... –me dijo.

– ¿Qué...? –incluso para ese simplequéhizo falta que lo dijera en dos tiempos. Mi voz estaba completamente atorada.

–... se acaba en ti...

No sé si era por la situación o porque mi cerebro había decidido independizarse y buscar mejores cosas que hacer que tan sólo razonar, pero no lograba entender a Anahi.

–Te siento dentro de mí, Jimena... Ya estás aquí...

Luego de decir esas palabras, intensificó el ritmo y poco después alcanzaba el orgasmo. Su cuerpo se estiró hacia detrás, su cabeza cayó como si no pudiera soportarla sobre sus hombros, las venas de su cuello se marcaron hasta parecer querer estallar, la piel del sofá crujió bajo su fuerte agarre...

No es sólo amor, ni sexo, ni tan siquiera la consecución de lo que más se desea. Es la total entrega, algo que, estoy segura, fue el propósito de Dios al concedernos la virtud de amar. Y de todo ello fui testigo. Jamás volvería a cerrar los ojos en su presencia. Cada segundo que ella abarcó mi visión esa tarde me hizo sentir cómplice de algo que escapaba a la razón.

Violeta descansó de su enorme esfuerzo volviéndose a echar sobre mi cuerpo medio desnudo. La abracé con fuerza y esperé a que su respiración se normalizara de esa forma. Cuando volvió a levantar el rostro hacia mí, observé un pequeño rastro de sangre en una de sus mejillas. Lo limpié con el dedo pulgar y luego le di la vuelta a la palma tan sólo para verificar que los pequeños cortes de mi mano habían vuelto a sangrar.

Ella limpió la sangre como lo haría un animal con su cría. Lamió de mí y selló el pacto de nuestro delirio .

La vida no tiene ningún sentido si no se ama. Mi cordura, mi felicidad, mi sentir, mi paz interior... Todo estaba ligado a su nombre.

.....................
avatar
malena
Admin

Cantidad de envíos : 1007
Fecha de inscripción : 16/05/2008

Volver arriba Ir abajo

Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  Contenido patrocinado


Contenido patrocinado


Volver arriba Ir abajo

Página 3 de 5. Precedente  1, 2, 3, 4, 5  Siguiente

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba

- Temas similares

 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.