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Bella Violeta - R. Pffeiffer

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Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Septiembre 13th 2012, 9:38 pm

Cuando la cena terminó, ayudé a aclarar la mesa y luego salí al porche para buscar la calma que tanto necesitaba mientras los demás se quedaban en el salón pasando una grata velada. Sentir el aire fresco dándome en la cara alivió un poco mi desazón.

Me odiaba en esos momentos por permitirme sentir y alimentar unos sentimientos que no harían otra cosa que hacerme daño. Hoy había tenido prueba fehaciente de ello. Cerré los ojos y dejé caer la cabeza hacia delante en rendición, soportando a duras penas las ganas de llorar. Sabía que si lo hacía tendría que dar muchas explicaciones y no me sentía con fuerzas de tener que preparar una historia que cubriera la realidad.

Deseé haber elegido quedarme en la ciudad, de ese modo no me habría expuesto a unos sentimientos nuevos que me dolían profundamente.

¿Qué me has hecho, Violeta?

La puerta se abrió detrás de mí y oí unos pasos que reconocí, (me sorprendió ser capaz de hacer tal cosa), como los de la azafata. Mi corazón dio un vuelco y una vez más las náuseas obnubilaron mis sentidos. Me aferré a la barandilla de madera con fuerza buscando soporte.

–Jimena... –me dijo desde detrás. Yo no me di la vuelta.– ¿Te ocurre algo?

–No. –dije incapaz de decir algo más.

–No es cierto. Y creo que tampoco tiene que ver con Felipe...

–No sé de qué me estás hablando. –murmuré, sacando el valor de no sé dónde.

Violeta parecía demasiado dispuesta a averiguar el problema.

–¿He hecho algo que te ha disgustado?

–No tiene nada que ver contigo. –mentí.

–Jimena, mírame. –ordenó con voz dura.

Yo sólo pude obedecer su petición, así que me giré y apoyé la cintura en la baranda.

–Creía que éramos amigas. No esperaba que de repente dejaras de hablarme sin ni siquiera darme una explicación. ¿Qué es lo que ocurre?

–Nada. –dije, empecinada en mi mal humor.

Violeta suspiró y cambió el peso de su cuerpo de un pie a otro, algo exasperada.

–Ahora mismo tengo la sensación de estar hablando con una niña mimada...

Sus palabras tuvieron su justo efecto en mí, atravesándome e hiriéndome como una flecha. La miré y mi dolor se tuvo que reflejar en mi rostro porque su expresión cambió de enfadada a una que denotaba compasión. Se acercó a mí en dos zancadas.

–Lo siento. –dijo, acariciándome con dulzura una mejilla.

Yo giré mi rostro para cesar su contacto.

–No tienes que disculparte. En todo caso soy yo quien debería hacerlo.

–Cuéntame lo que pasa, tal vez pueda ayudarte...

–No puedes. –la interrumpí.– Créeme, no podrías nunca.

Una vez dicho eso, me alejé de ella y entré de nuevo en la casa sintiéndome tan miserable como antes. Subí a mi habitación y me encerré allí a esperar el día siguiente.

Comencé a imaginar que esa noche la pasarían juntos, que Felipe la tocaría y la besaría. Que ella pronunciaría su nombre y que lo amaría igualmente. Sentí que el pecho se me hundía en un repentino suspiro de dolor. Yo era capaz de castigarme a mí misma como nadie podría lograr hacerlo. La imagen de Violeta en completo éxtasis entre los brazos de Felipe me dolía hasta el infinito.

El amor te deja sin defensas posibles, te agota hasta no reconocer nada de ti misma... Yo ya no reconocía nada de mí misma si no era al lado de Violeta. Me di cuenta de que no estaba preparada para lidiar con mis sentimientos.

Me giré hasta quedar boca abajo y me tapé la cabeza con la almohada con fuerza, enterrando así los sonidos que provenían del piso de abajo. Oírlos reír mientras yo estaba hundida en mi propia desesperanza era demasiado para mi frágil estado.

La incertidumbre residía en si ella vendría con nosotros a pescar o si, por el contrario, los planes habían cambiado ante la llegada de Felipe.

Decididamente me obligué a que dejara de importarme.

Una vez más intentaba engañar a mi razón con falsas esperanzas.

.........................
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Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Septiembre 13th 2012, 9:53 pm

La veda comenzaba desde las ocho de la mañana hasta las seis en punto de la tarde, por lo que a esa hora los tres estábamos a orillas del río preparando las boyas con sus respectivos muertos para mantenerlas en su sitio. Violeta y yo aguardamos en el lugar mientras mi padre se acercaba hasta la báscula de la zona que habíamos elegido para pescar en busca de nuestras tarjetas de participantes.

Ella y yo apenas habíamos cruzado una palabra e incluso mi padre comenzaba a mirarnos bajo un espeso velo de sospecha. Después de nuestra pequeña charla al finalizar la cena, supuse que Violeta había decidido dejar la decisión en mis manos. Lo cierto era que yo estaba ávida por entablar una conversación con ella, por volver a tenerla de mi lado... Pero mi caprichoso e
infantil comportamiento del día anterior me avergonzaba tanto que dudaba mucho de que ella sintiera ganas de hablar conmigo.

Tuve que admitir que verla preparada y deseosa de partir hacia nuestra odisea desde el amanecer tuvo un efecto devastador en mí. Yo había pensado erráticamente que después de la llegada de Felipe ella encontraría cualquier excusa con tal de permanecer en la casa junto a él.

–Bueno... –la oí decir tras un suspiro.– ¿Vas a seguir ignorándome todo el día?

–No... –balbuceé tras tragar repetidas veces.

–Aunque no lo creas, me duele mucho esta situación...

–Es culpa mía. –confesé abochornada.– A veces parece simplemente que tengo la necesidad de enfadarme con el mundo entero.

–Yo también me siento así a menudo. Pero si quieres hablar de ello quiero que sepas que estoy aquí para ti.

"... estoy aquí para ti", me repetí interiormente, digiriendo las palabras con cautela. Yo sabía que el significado que yo deseaba darle a esas palabras no era el mismo que ella había pretendido hacerme entender cuando salieron de su boca.

–Gracias. –dije simplemente.

–¿Amigas otra vez? –me preguntó ella sonriendo, haciendo que con ello que todas mis defensas cayeran a mis pies.

–Sí.

Me tendió la mano y yo la tomé, sintiéndome como perdida cuando la cubrió.

Mi padre regresó hasta nosotras muy sonriente, frotándose ambas manos con agrado. Miré a Violeta con expresión incrédula y ella se echó a reír.

Se decretó el inicio por fin. Una vez en la barca, conmigo a los mandos de las palas, (aunque yo evitaba mirar más de lo necesario al agua). Remamos río adentro hasta conseguir una profundidad de unos cuatro o cinco metros. Mi padre había decidido seguir el "método alemán", según él, el mejor para aquella faena. Como si alguna de las dos estuviésemos en condiciones de dudar de su capacidad.

Utilizamos tres cañas de surfcasting muy potentes, (el máximo permitido en el concurso), y carretes de curricán, para cubrir nuestro espacio de picada.

–Muévenos un poco a la izquierda, Jimena. –ordenó mi padre.

Remé con algo de esfuerzo hasta que mi padre levantó una mano haciéndome parar.

–¿Cómo vamos a hacer esto? –preguntó Violeta.

–Es más fácil de lo que parece. Sólo hay que colocar el cebo en el anzuelo con su respectivo corcho y éste atado a la boya. Luego nos alejaremos a la orilla y esperaremos desde allí a que piquen.

–¿A la orilla? –preguntó extrañada.

–Así es. Hay que tensar el sedal para evitar que se enreden entre las cañas. Una vez en la orilla se sujetan las cañas en los cañeros y tensamos el hilo.

–Suena demasiado complicado para mi gusto.

–La primera vez también me lo pareció a mí. –dije recordando esa ocasión.– Se nos rompió el hilo un par de veces y tuvimos que montarlo una y otra vez. Supongo que es cuestión de práctica.

–De acuerdo. –interrumpió mi padre una vez colocada la primera carnaza.– Rema despacio, Jimena.

Nos acercamos poco a poco a la orilla, con mi progenitor controlando la caña y el hilo para que no se enredaran. Repetimos el mismo proceso otras dos veces, hasta tener los tres equipos instalados.

–¿Crees que picarán? –preguntó Violeta.

–Eso espero. Ya he visto a un par de tipos pasando por aquí cerca mirándonos a media sonrisa...

–Ya nos encargaremos de borrarlas de sus caras...

Miré a Violeta mientras pronunciaba aquellas palabras como si fueran unas amenazas reales. Temía que mi padre hubiera logrado finalmente contagiarle su loca pasión por aquel fin. Me limité a sonreír para mí misma.

Los tres nos sentamos allí, con las miradas y las esperanzas puestas en nuestras tres boyas amarillas fluorescentes. A lo lejos, sonidos de barcazas a motor nos indicaban que no estábamos solos en aquella locura.

Violeta sacó una tira de chicle y me ofreció la mitad, a la que yo gustosamente accedí. Mastiqué, saboreando el dulce sabor a fresa, mientras me concentraba concienzudamente en cualquier movimiento que la caña hiciera. Sabía que aquel estado de quietud para nosotros podríapermanecer así hasta el final de la jornada y deseé interiormente poder pescar aquel pez sólo
para ver radiante a mi padre.

–¿Se puede hablar? –preguntó Violeta dirigiéndose hacia mí.

–No. Los peces tienen un oído muy fino...

Violeta frunció el ceño y me miró con expresión que denotaba extrañeza.

–¿Me tomas el pelo? –señaló incrédula.

Mi padre me miró y sonrió moviendo la cabeza negativamente y yo me reí con gusto. La expresión en el bello rostro de Violeta merecía mis carcajadas. Estaba absolutamente deliciosa.

–Por un momento creí que nos pasaríamos el día entero sin abrir la boca... –me confesó.

–¿Piensas ir mañana a la fiesta del agua? –le pregunté de súbito.

–¿El qué?

–¿Felipe no te lo ha dicho? –la vi negar con la cabeza.– Es la fiesta popular del pueblo. Es muy divertido...

–No me lo perdería por nada del mundo. –me aseguró.

–Jimena, deberías contarle de qué va... –soltó mi padre.

–Por supuesto, papá. –me dirigí hacia la azafata.– Violeta, no olvides llevar un jarrón o una vasija. Es importante.

–¿Para qué? –me preguntó sumamente extrañada.

Puse cara de misterio y autosuficiencia antes de contestar.

–Es una antiquísima tradición.

–Jimena... –me advirtió mi padre.

–Papá, no tiene sentido que le revelemos el secreto. Es mucho más divertido cuando se va por primera vez sin saber demasiado...

–Supongo que tendré que asumir el reto. –me sonrió, guiñándome un ojo.– En mi pueblo, de tradición vinícola la mayor parte, se celebraba la fiesta de San Andrés a finales de Noviembre... Estrenaban el vino nuevo de las bodegas que previamente se había vendimiado en verano... El vino esos días era el absoluto protagonista. Supongo que era otra excusa más para emborracharse...

Mi padre y yo nos echamos a reír.

–Creo que para eso cualquier excusa es buena. –añadió mi progenitor divertido.

–Al parecer sí, pero hacerlo en esa festividad era como una obligación... –suspiró.

–Papá, ¿por qué no le cuentas aquella vez, en la despedida de soltero de Luis que os emborrachasteis?

Mi padre me miró y me hizo un gesto con la mano algo avergonzado, intentando con ello que desistiera de mi empeño por contar su indecorosa experiencia.

–¿Qué pasó? –inquirió Violeta muy interesada en conocer toda la historia.

–Pues que salieron a celebrar la despedida de soltero y regresaron como cubas... Mi madre los había estado esperando a que llegasen en el comedor y cuando oyó los murmullos fue a abrirles la puerta... Y se encontró con mi padre intentando abrir la puerta con su puro...

Violeta explotó en carcajadas, echando la cabeza hacia atrás.

–¡No es cierto! –me dijo aún entre risas.

–Te aseguro que sí...

Mi padre, que se estaba carcajeando también, se limitó a asentir con la cabeza.

–Pero yo no era el único, simplemente esa noche todos estábamos demasiados dispuestos a pasárnoslo bien y acabamos algo achispados... Si tienes buena memoria y eres capaz de acordarte de las resacas, te aseguro que emborracharte no es algo que querrías repetir... – añadió él.– Nunca en mi vida me había sentido tan miserable como a la mañana siguiente.

–Sé lo que es eso... Yo era una auténtica rebelde en el instituto... –confesó la azafata.

–¿En serio?

–Sí. Mi expediente académico es enorme... Apuesto a que tú eres de esas estudiantes modelo.

–Lo es. –añadió mi padre.

–No tan buena. –me apresuré a decir.– De vez en cuando también hacía novillos...

–Vamos, Jimena. Se te ve a dos leguas que eres un ejemplo a seguir. Además, tienes cara de niña buena... –bromeó Violeta.

Yo suspiré. Lo cierto es que yo no tenía ninguna mácula en mi expediente, más bien todo lo contrario. Si ni siquiera era capaz de soltar tacos... Mi vida no era nada apasionante.

–Una vez incluso me expulsaron del instituto...

–¿Cómo? –pregunté asombrada.

–Por fumar en los servicios... Pero sólo fueron dos semanas.

–Yo odiaba mi colegio. Odiaba el uniforme. Te obligaban a llevar esas espantosas faldas escocesas y unos zapatitos ridículos con calcetines blancos a media pierna. Era de monjas, por supuesto... –pensé durante un instante.– Si lo piensas..., ellas no tienen idea de lo que estéticamente está bien, siempre con esos hábitos negros. Al menos deberían tener más colorido, ¿no? Es demasiado triste ir siempre vestida igual.

–Supongo que si fueran vestidas de colores nadie las tomaría en serio. –añadió Violeta a modo de explicación.

–¿Pero queda alguien que las tome en serio?

–Tu madre. –dijo mi padre con una risita.

–Cierto. Siempre me olvido de mamá...

–Monjas... –la azafata hizo ademán de echarse a temblar.– Me pregunto cómo pueden llevar esa vida de completo celibato...

–Tal vez sea ésa la razón de por qué parecen estar de mal humor todo el tiempo. –expuso mi padre.

Volvimos a reírnos con ganas. Al vernos allí y con aquellas risas, cualquiera pensaría que estábamos haciendo de todo menos pescar.
Pasamos las siguientes horas hablando de los más diversos temas siempre en un tono distendido y bromista mientras esperábamos que cambiara nuestra suerte, aunque por ahora no había ni el menor resquicio de que eso fuera a ocurrir.
Desde nuestra posición pudimos observar en dos ocasiones cómo otros participantes se acercaban a pesar sus enormes presas. Yo evité mirar a mi padre cada vez. Sabía que lo que menos necesitaba era ver la duda en mis ojos. A mí realmente no me importaba en absoluto pescar aquel pez, pero siendo algo tan importante para él me hizo rezar en silencio.

Violeta me palmeó el muslo y me sonrió con sincera simpatía. Yo le devolví la sonrisa tímidamente mientras bajaba la vista hacia mis pies.

–¿Quieres un poco? –le dije, sacando una chocolatina de uno de los bolsillos de mi chaqueta de pesca.

Violeta asintió con la cabeza y yo partí contenta la mitad de la barra para ofrecérsela a continuación.

Aún estaba masticando cuando noté un ligero movimiento en una de las cañas. Me giré rauda hacia mi padre. Él también lo había visto. Un segundo después se repitió el empuje, esta vez más fuerte.

–¡Rápido! –gritó mi padre al tiempo que sujetaba la caña, comenzando a recoger el nailon.

Yo me levanté de mi asiento con la misma celeridad, lanzando hacia uno de los extremos el trozo de chocolate que aún mantenía en la mano. Violeta me siguió y todos nos subimos a la barca con cuidado. Me puse a los mandos de los remos y la conduje hasta nuestro sitio estratégico despacio, dando tiempo a mi padre de recoger el nailon poco a poco.

Violeta me miraba con una extraña expresión, como si fuera Navidad y estuviera a punto de abrir su regalo. Mi padre me indicó con una mano que parara y obedecí al instante.

El pez ya había tenido suficiente tiempo como para haber comido de la carnaza, así que le dio un fuerte tirón a la caña para incrustarle el anzuelo. Violeta y yo nos quedamos inmóviles mientras veíamos a mi padre recoger el nailon, regulando el freno para cansar al pez sin darle tegua en ningún momento.

Minutos después, minutos que a mí me parecieron una eternidad, vimos asomar al pez cerca del borde de la barca.

– ¡Oh, Dios mío! –exclamó Violeta, entre emocionada y asustada de ver aquel monstruo emerger del agua.

– Sujeta la caña con firmeza, Violeta. –comandó mi padre.

Violeta hizo lo que le pidió mi progenitor, mientras éste se colocaba los guantes de jardinero. Yo me levanté de mi asiento y me puse en la otra esquina de la barca, justo donde me indicaba mi padre para equilibrar el peso.

La azafata mantenía sujeta la caña como si la vida se le fuera en ello y puedo asegurar que incluso la vi contener la respiración cuando mi padre se inclinó e introdujo la mano en la boca del sirulo, justo donde este pez tiene una cavidad que es ideal para este fin.

– ¡Desténsalo! –gritó mi padre a Violeta.– ¡Jimena, los alicates!
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Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Septiembre 14th 2012, 3:58 pm

Me moví con cautela hasta alcanzarle los alicates para que pudiera desanzuelar al pez. El peso que ejercíamos los tres en un mismo lado de la barca hizo que ésta se inclinara peligrosamente.

– Violeta, échate hacia atrás.

El sirulo comenzó a moverse nervioso una vez que se sintió libre del anzuelo y mi padre luchó por mantenerlo en el sitio antes de subirlo a la barca. A simple vista yo podía asegurar que aquel pez debía pesar al menos treinta kilos. Por suerte, parecía que mi padre lo había cansado lo suficiente y sólo era capaz de dar ligeros coletazos.

La barca se balanceó cuando mi padre intentó izarlo una primera vez.

– ¿Puedes? –le pregunté cuando falló el primer intento.

– Sí... –dijo con cierta extenuación en la voz.– Sólo estaba comprobando su peso...

La segunda intentona tuvo buenos resultados y mi padre consiguió depositar el pez sobre el plástico que previamente habíamos dispuesto para ese fin en el suelo de la barca. Sólo que fue necesario un brusco movimiento que se resintió en el equilibrio de la embarcación...

No sé si intenté guardar mi propio balance o fue justamente eso lo que hizo que lo perdiera del todo. Cuando me di cuenta, yo había caído por uno de los laterales y el agua me había engullido tan rápido que no había tenido tiempo ni siquiera de gritar. Pero oí otro alarido a cambio que pronunciaba mi nombre.

Fue la voz de Violeta.

El pánico se apoderó de mí cuando sentí que mi cuerpo se hundía y de que no era capaz de hacer que respondiera. Mi cerebro no registraba ninguna demanda de que mis brazos o mis piernas lucharan por salir a la superficie. Todo en lo que era capaz de pensar era en que tenía miedo.

Justo entonces alguien tiró de mí e hizo lo que yo era incapaz de hacer. Cuando sentí que el aire me daba en la cara, abrí la boca para respirar. Violeta me apartó el pelo de la cara y yo pude verla entonces. Sus preciosos ojos azules empañados en preocupación, aunque casi podía asegurar que me estaba sonriendo.

– ¡Jimena! –gritó mi padre al borde de un ataque cardíaco.– ¿Estás bien?

Yo por entonces aún permanecía en estado de shock por lo que era incapaz de pronunciar una palabra. Violeta me tenía asida por la cintura y nadó conmigo hasta el borde de la barca. Entre los dos se las arreglaron para meterme dentro.

– Jimena... Jimena... –llamaba mi padre desesperado.

– Estoy bien... –me obligué a decir para tranquilizarlo un poco.

– Será mejor que la llevemos al hospital... –dijo mi progenitor en cuanto Violeta se subió a la barca.

– Papá... –llamé, empezando a registrar de nuevo la realidad haciéndome consciente de que estaba a salvo.– Tenemos que llevar al sirulo a la báscula... Por favor...

Vi que mi padre se sentaba frotándose la frente nervioso.

– Volvamos... –sugirió Violeta con tono suave.

Mi padre asintió y tomó los remos para conducirnos de nuevo a la orilla. Violeta se sentó a mi lado y me pasó un brazo por la cintura, acercándome aún más a ella. Me sentí completamente a salvo.

Cuando llegamos a la pesa que nos correspondía por zona obtuvimos dos clases de miradas. Por una parte, asombro al ver la pieza que transportábamos en el plástico mi padre y yo, y luego las miradas de guasa y alguna que otra risilla mal disimulada al vernos a Violeta y a mí caladas hasta los huesos y chorreando agua hasta por las orejas.

La aguja marcó un peso total de treinta y ocho kilos, lo que nos hacía ganadores si nadie lograba coger alguna pieza mayor en el tiempo que quedaba hasta que finalizara la veda. El juez nos felicitó por tan descomunal captura.

Fue entonces cuando no pude controlarme a mí misma y comencé a reírme a mandíbula batiente, hasta el punto que incluso se me salieron las lágrimas, mientras todos me miraban como si estuviese loca.

Me fundí en un fuerte abrazo con mi progenitor. Era imposible que yo sintiera más orgullo hacia él. Luego le tocó el turno a Violeta, que me esperaba expectante mientras me acercaba a ella lentamente para regalarle la misma muestra de cariño que a mi padre. Ella me aceptó con ganas e intensificó el abrazo. Un abrazo que para mí significaba tanto como la vida misma.

Al final de la jornada, nos hicieron entrega de la copa y los tres posamos sonrientes y orgullosos para el periódico local con nuestra presa y el recién estrenado trofeo.

El resto de la familia, que por entonces ya habían comparecido nos felicitaron casi incrédulos de que hubiéramos logrado nuestro loco objetivo. Menos feliz se mostró mi madre cuando llegó al lugar y nos vio de aquella guisa. Casi se desmaya cuando mi padre le contó lo sucedido, aunque algo maquillado, eso sí. Pero después de lo que habíamos logrado, ni siquiera los reproches de mi madre lograron empañar aquello.

Yo me sentía inmensamente feliz y no sabía muy bien por qué. Me limité a disfrutar de aquella sensación.



En la casa no se habló de otra cosa durante el resto del día que no fuera nuestro día de pesca. Mi padre parecía realmente encantado de relatar la historia minuciosamente, casi como si la estuviera viviendo nuevamente. Por supuesto, hizo hincapié en sus buenas dotes de pescador, aunque no olvidó alabar también las artes de sus dos asistentes.

Mi madre seguía refunfuñando por lo bajo, pensando y exagerando, como era normal en ella, las posibles consecuencias de lo ocurrido. Yo creo que casi podía imaginarse asistiendo a mi funeral.

Después de la cena nos reunimos todos en el salón y nos sentamos en un corro. El trofeo encima de la repisa de la chimenea, reluciente.

– Ese pez era lo más feo que he visto en mi vida. –comentó Violeta riendo.

– Yo no me acercaría a él ni aunque me juraran que está muerto... –alegó Isabel estremeciéndose ante la idea.– Violeta, te juro que no sé cómo puedes hacerlo...

Hice rodar los ojos. Si era capaz de subirse a la mesa por una cucaracha, cuanto más por un pez así. Me pregunté cómo era posible que mis hermanas tuvieran tan agudizado el sentido del pudor.

– Sólo es un pez... –respondió la aludida restando importancia al asunto.

Yo evité comentar que la primera vez que lo había visto casi se desmaya del susto, pero supuse que a Violeta le gustaría que los demás siguieran pensando que tenía ese arrojo y valentía de los que parecía dar muestra. Después de todo, yo estaba en deuda con ella. Me había salvado la vida. Había oído comentar brevemente a mi padre que Violeta no le dio tiempo a que él mismo reaccionara y que cuando fue capaz de darse cuenta de lo ocurrido ella ya me había sacado a la superficie.

Ahora, aparte de todo ese amor que mi cuerpo entero le profesaba se añadía también la admiración. Observé que por el rabillo del ojo Violeta se inclinaba hacia mí. Se había sentado entre Felipe y yo. Mi hermano convertido ahora en molusco, puesto que parecía no despegarse de ella ni un solo momento.

– Menudo susto me diste hoy... –me susurró al oído.

Me ruboricé. Y sé que lo hice porque sentí que las mejillas me ardían.

– Fue todo tan rápido que apenas recuerdo nada... –articulé a duras penas.

– Eso me pareció a mí también.

– Pero valió la pena, ¿verdad? –sentencié, haciendo un movimiento con la cabeza para señalar a mi encumbrado padre.

Violeta dejó escapar una suave risa.

– Sí. Fue una experiencia única. Increíble...

– Aún queda lo de mañana. –le recordé.

– Lo espero con ansia. –me guiñó un ojo.

– ¿El qué? –preguntó de súbito Felipe.

A mí se me borró de un plumazo la sonrisa y giré la cabeza hacia otro lado cuando Violeta se volvió hacia él y comenzó a explicarle. Por más que yo lo intentara, no podía hacer que Felipe desapareciera.

Me encontré de lleno con la mirada de Ginebra, quien me observaba con cierta sospecha y una sonrisa de medio lado. Fruncí el ceño y ella se encogió de hombros, removiendo su atención a otra cosa.

Aquella extraña mirada me dejó pensativa. Eso y que Violeta se había inclinado hasta apoyar su cuerpo en el de mi hermano hizo que decidiera que era el momento justo para retirarme a mi habitación.

Di las buenas noches educadamente y salí casi precipitadamente del salón intentando no llevarme conmigo ninguna imagen de Violeta y Felipe. Antes de alcanzar las escaleras, pude percibir un comentario que hizo Felipe en referencia a mí que fue algo como: "qué rara es... ".

Me tumbé sobre la cama después de ponerme el pijama y me permití recrear los momentos de aquel día en mi mente. Esperaba con impaciencia el día de mañana, otro día más en el que yo iba a disfrutar de la grata compañía de la morena mujer que me había robado la cordura. Eso me ayudaba a no pensar en que el domingo ella se marcharía de la casa de campo y que no sabría cuanto tiempo pasaría antes de volver a verla.

Tal vez, si me esforzaba lo suficiente, ella sopesaría la idea de quedarse más tiempo. Con esa esperanza logré conciliar el sueño.
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Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Septiembre 17th 2012, 4:50 pm

– ¡Llegaremos tarde! –me quejé lo suficientemente en alto como para que me oyeran todos.

– Que alguien le dé un calmante... –murmuró Felipe.

Esa mañana yo había sido una de las primeras en levantarme de la cama. Algo que, por supuesto, había sorprendido a todos. Ahora los componentes de mi familia estaban en el salón, después de haber tomado el desayuno, y ninguno parecía tener demasiadas prisas en llegar a la plaza del pueblo. El mismo lugar donde, miré el reloj, ya había debido de comenzar la fiesta del agua hacía media hora.

– Voy a vestir a Cristina y bajo enseguida. –dijo Ginebra, tomando a su hija en brazos para cumplir con lo que había dicho.

– Ricardo y yo iremos juntos. –anunció mi padre antes de girarse hacia mí.– ¿Vienes con nosotros?

– ¿Puedo conducir? –pregunté casi en súplica.

– Jimena... –dijo mi progenitor en tono condescendiente.

Yo aún no tenía la licencia de conducir, pero me encantaba ponerme a los mandos de un coche. Mi padre me dejaba el suyo siempre que quería, pero únicamente en el circuito que circundaba la casa.

– Yo te dejaré conducir. –anunció Violeta. Me volví hacia ella y tragué con dificultad.

– Papá, ¿tengo sitio con vosotros? –indicó Felipe. Por nada del mundo se subiría en el mismo auto que yo y menos si era yo misma la que conducía.


Violeta me miró entonces.

– ¿Tan mal conduces? –me preguntó con una ceja alzada.

Yo negué con la cabeza, a media sonrisa.

– ¡Lista! –gritó Ginebra anunciando así su presencia.

Para mi delicia, no me hicieron esperar mucho más y salimos todos al exterior. Mi padre, Ginebra y Ricardo fueron en el mismo coche, mientras que Felipe finalmente optó por llevar el suyo y yo... Yo hacía dos segundos que me había colocado en el asiento del piloto del Mazda de Violeta, con ella a mi lado.

– Bien... –me dijo.– No hagas que me arrepienta.

Por el tono de sus palabras supe que ella no creía de veras que se arrepentiría. Puse el coche en marcha, me coloqué las gafas de sol y le dediqué una última mirada antes de apretar el acelerador. La oí reírse.

– ¡HURRA! –grité llena de júbilo.

– Bendita juventud... –murmuró Violeta frotándose los ojos.

.....................

Mucho antes de llegar a la plaza, la algarabía se podía escuchar a un kilómetro a la redonda. Puse especial atención en atisbar la cara de Violeta cuando viera aquel espectáculo. La gente, de todas las edades, incluso ancianos, corría desbocada, persiguiéndose los unos a los otros, jarros en mano, calándose de agua hasta los huesos.

Aquella era una antiquísima tradición que se celebraba desde tiempos inmemorables. Que la plaza tuviera varias fuentes repartidas en puntos estratégicos ayudaba mucho. Sin pensarlo, me adentré en la confusión corriendo. Antes de llegar a la primera fuente ya me habían bañado un par de veces. Llené mi jarro y fui en busca de Violeta, que aún miraba asombrada el acontecimiento.

Me vio llegar cargada de agua y me miró desafiante, como sin creer que fuera capaz de hacerlo.

– No serás capaz... –me dijo con voz de aviso.

– ¿Tú que crees?

– Que las venganzas son muy, muy placenteras...

Acto seguido echó a correr de súbito y me dejó allí plantada unos segundos antes de salir nuevamente en su busca. Estuvimos unos instantes metidas entre la multitud, recibiendo y mojando a todo el que pasara. Yo no podía dejar de reír al ver Violeta empapada de pies a cabeza y persiguiendo a cualquiera que se le cruzara por delante. De repente se giró hacia mí y me miró con fiereza. Yo huí de ella hasta que la respiración se me hizo entrecortada y paré.

– Basta... –le dije moviendo las manos en súplica.

– ¿Ahora quieres parar? –negó con la cabeza mientras balanceaba su cuenco repleto de agua en la mano.

Yo noté un ligero movimiento encima de nuestras cabezas, justo en un balcón, y me acordé que la tradición tenía un añadido más...

– Violeta... –la llamé mientras daba un paso atrás y ella uno hacia delante.

– ¿Sííííí? ¿Es que vas a suplicarme? –ronroneó.

– No precisamente...

En ese momento un montón de harina cayó sobre su cabeza, dejándola completamente blanca como un muñeco de nieve. Violeta se sacudió como pudo quitándose el pegajoso polvo de los ojos y escupiendo la harina que se le había metido en la boca por accidente. Levantó la cabeza hacia arriba despacio y observó a las señoras que le habían tirado la harina, quienes parecían celebrar que hubieran dado de lleno en el blanco... Nunca mejor dicho. Acto seguido me miró a mí, con el azul de los ojos contrastando completamente con su cara nívea.

Me eché a reír descontroladamente. Y cuando digo descontroladamente quiero decirlo. Hasta el punto de que me dolían las mandíbulas. Pero mi risa duró poco cuando me agarró por la cintura y comenzó a restregarse contra mí, dejando pegotes de harina húmeda por todo mi cuerpo y pelo. Intenté zafarme, pero su fuerza era muy superior a la mía.

– ¿Jimena? –Violeta y yo cesamos en nuestro forcejeo y me giré para encarar a Diego.

– ¡Hola! –grité entusiasta.

– Hola. –me saludó él, mientras le dedicaba una mirada a Violeta con algo de asombro.

Pasó un nutrido y vocinglero grupo de chavales junto a nosotros y esperé a que desaparecieran para seguir hablando con Diego. Me fijé que llevaba una inmensa tabla cuadricular bajo el brazo, como si fuera un surfero.

– ¿Adónde vas? –le pregunté.

– Algunos nos reunimos en la bajada de detrás de la iglesia y nos lanzamos calle abajo a toda velocidad. Es muy divertido... –dudó.– ¿Quieres venir?

– ¿Os lanzáis con eso? –le pregunté señalando la tabla.

Asintió con la cabeza mientras me miraba ávido de que yo le diera una respuesta.

– ¿Qué dices, Violeta? ¿Te apetece ir?

– Si quieres puedes ir y yo ya me encargo de informar a tu padre de donde estás... –me contestó.

– Preferiría que vinieses conmigo... –entorné los ojos como lo haría un cachorrillo.

– Jimena... Fíjate en mí, ¿crees que voy a dejar que me vean así? Necesito darme una ducha urgentemente...

– ¡Oh, vamos, Violeta! No serías la única. Esto es una fiesta, ¿recuerdas?

– Lo extraño sería que no estuvieras así... –añadió Diego dedicándole una amplia sonrisa.

Yo se lo agradecí profundamente al ver que Violeta comenzaba a ceder a mis caprichos.

– ¿Por favor? –dije, dándole mi mejor expresión de súplica.

– De acuerdo... –sentenció.

Reprimí las ganas de soltar uno de esos infantiles "yupis" para en cambio regalarle una feliz sonrisa. La tomé de la mano sin darme cuenta de lo que hacía y seguí la estela de Diego mientras él comenzaba a explicarme los pormenores de la bajada.

Cuando llegamos al lugar estratégico pudimos observar la larguísima cola de personas, en su mayoría jóvenes, que esperaban su turno para lanzarse cuesta abajo. Se tiraban individualmente, de dos en dos y hasta en grupos de tres. Incluso algunos padres con sus hijos pequeños entre las piernas se aventuraban a deslizarse por la pista mojada. Al final del recorrido, habían dispuesto un montón de neumáticos de todos tamaños para frenar a los participantes.

Viendo la velocidad que algunos llegaban a tomar y las caras de satisfacción que traían en su rostro cuando volvían a posicionarse en la cola hizo que sintiera verdadera emoción ante el pensamiento de tirarme calle abajo.

– ¿Te vas a lanzar? –me preguntó Violeta.

La miré extrañada de que pudiera dudar de mis intenciones.

– Por supuesto... –dije con exaltación.

– ¿No te apetece probar? –dijo Diego dirigiéndose hacia la azafata.

– Primero vosotros. –comentó casualmente, mientras seguía empeñada en recomponer su aspecto todo lo que pudiera.

Después de unos diez minutos llegó nuestro turno.

– ¿Prefieres delante o detrás? –preguntó Diego.

– Como es la primera vez, me sentaré detrás.

– De acuerdo.

Diego colocó la tabla en el suelo y se sentó al frente. Yo me posicioné detrás y me aferré a su cintura.

– ¿Preparada?

– Síííí... –grité emocionada.

Con el peso de su cuerpo hizo que la madera comenzara a moverse y pronto empezamos a coger velocidad. Yo grité sin poder evitarlo, mi voz contrastando con el ruido estridente de la madera contra el asfalto. Mientras, Diego ponía todo su empeño en que no volcáramos antes de llegar al final del tramo.

Los neumáticos pararon bruscamente nuestra inercia y salimos despedidos ambos, aterrizando encima de las gomas. Nos levantamos con rapidez y yo alcé los brazos en señal de victoria. Había sido increíble. Segundos después, otra pareja acabó también encima de los neumáticos.

– ¿Qué te ha parecido? –me preguntó Diego cuando nos pusimos en marcha otra vez.

– ¡Genial! –dije.

Busqué a Violeta con la mirada y me di cuenta de que nos estaba esperando fuera de la cola. Agité una mano y ella dio unos pasos para colocarse a nuestra altura.

– No voy a preguntarte si te ha gustado. –me dijo.– Vaya gritos...

– ¿Quieres deslizarte conmigo? –le pregunté.

– De acuerdo. Pero si me rompo algo lo llevarás en la conciencia toda la vida...

– No exageres... –me reí dándole un amistoso palmeo en uno de sus costados.

– Ya estoy un poco mayor para esto.

– ¿Qué dices? Apuesto a que estás mucho más en forma que yo.

– Ya veremos...

Esta vez, nuestro turno llegó con más rapidez y en sólo unos segundos yo me había colocado a la delantera de la tabla. Violeta se sentó detrás, con sus enormes piernas a cada lado, con las rodillas casi rozándome los hombros.

– Espera... –me dijo y abrió aún más las piernas colocándome hacia atrás.

– Agárrate a mí. –le indiqué y ella pasó los brazos en mi cintura como momentos antes había hecho yo con Diego.
Hice que la tabla se deslizara proyectando el peso de mi cuerpo hacia delante y comenzamos a bajar. Violeta posicionó la barbilla sobre mi hombro. Todo aquello me resultó tremendamente cálido y el sentir sus pechos clavados en mi espalda causó que incluso sintiera escalofríos.

Decidí que aquel sería uno de los mejores días de mi vida.

Cuando vio acercarse la muralla de neumáticos la sentí aferrarse a mí aún mas y respirar frenéticamente contra mi oído.
Violeta y yo salimos despedidas a gran velocidad y ella aterrizó sobre mi espalda, sacándome de un plumazo todo el aire que yo llevaba en los pulmones.

– Lo siento. –me dijo al incorporarse.

Me tendió una mano y yo la tomé para ayudarme a levantar.

– No te preocupes, ni siquiera he notado que estabas encima de mí... –"podríamos repetirlo sobre una cama...". Uh..., malos pensamientos... Muy malos.

– Entonces mejor te doy las gracias por haber sido mi colchón. Sinceramente creo que no hubiese preferido caer sobre los neumáticos...

– Muy graciosa. –dije poniendo una vocecilla irónica.

La vi poner las manos en su cintura y estirarse hacia atrás, haciendo que algunos de sus huesos crujieran mientras tanto.

– Te dije que estaba demasiado vieja...

Me reí. Diego vino entonces a nuestro encuentro sonriendo también. Violeta se negó a tirarse otra vez, pero esperó pacientemente mientras nosotros repetimos el mismo ritual hasta cinco veces. Fue entonces cuando decidimos regresar en busca del resto.

Encontramos a Ginebra y a Ricardo en nuestro camino de vuelta junto a una de esas atracciones para niños pequeños. Mi sobrina Cristina nos saludó, moviendo la mano frenéticamente, una vez que pasó su vagón de tren delante de nosotros con una enorme sonrisa de satisfacción.

Ginebra nos indicó que el resto de la familia estaba en un puesto de comida colindante a la plaza. Los tres nos acercamos, un tanto sin aliento, y con una facha realmente lamentable. Yo no sólo iba mojada de cabeza a los pies y llena de pegotes de harina, sino que el roce de los neumáticos había ennegrecido mi ropa casi por completo.

– ¡Violeta, por Dios Santo! –exclamó Felipe nada más verla un tanto divertido.

– Lo sé, lo sé... –contestó ella.

Felipe se acercó hasta Violeta y comenzó a retirarle del pelo los pegotes de harina.

– Estás hecha un desastre... . –le comentó burlón. – Has perdido todo tu atractivo.

– ¿En serio? –se rió ella burlona.

Fue entonces cuando Felipe negó con la cabeza y le plantó un suave beso en los labios. Yo me giré para darles la espalda. No dejaría que nada empañara el día que yo había elegido como tan especial.

– ¿Os lo habéis pasado bien? –preguntó mi padre divertido al vernos llegar de aquella forma.

– Mucho. –añadí, llena de felicidad, mientras me lanzaba de lleno al plato que descansaba encima de la barra de metal y que contenía trozos de carne frita.

– Hola, Diego. –saludó al tercero en discordia.

– Señor O´donell. –respondió el aludido tímidamente.

Le ofrecí a Diego un trozo de pan con un pedazo de carne encima y él lo aceptó con gusto.

– Nos hemos lanzado cuesta abajo por una calle mojada, papá... –comencé a relatar con la boca medio llena.– Fue increíble... –me giré hacia Diego.– ¿Cuánta velocidad crees que llegamos a tomar?

– No lo sé con seguridad, pero supongo que unos cuarenta kilómetros por hora...

– Vaya..., ¿y eso con tan sólo una tabla? –inquirió mi padre.

– Es que es una bajada muy pronunciada. –dije yo.

– ¿Y eso no es peligroso?

– No lo es. –comentó Violeta en tono tranquilizador.– Yo misma lo comprobé.

Se acercó hasta mí y comenzó a sisar trozos de carne del mismo plato que yo.

– ¿Tú también? –mi padre negó con la cabeza.

Diego y yo nos dimos un buen atracón de comida para reponer fuerzas acompañado de un par de vasos de vino. El vino fue precisamente lo que me hizo sentir ciertos acaloramientos, como si de repente me hubiera crecido una estufa dentro de la tripa. Pero era una sensación extraordinaria...

Los acordes de una música llegaron a nuestros oídos. Una orquesta se había subido al escenario y había empezado a tocar ritmos muy pegadizos. En cuestión de pocos segundos, estábamos rodeados de parejas que danzaban al son de la orquesta. Yo misma sentí que los pies se me movían sin autorización. Felipe tomó a Violeta de la mano y la acercó a su cuerpo. Juntos comenzaron a bailar cómicamente. Violeta reía complacida mientras mi hermano la obligaba a
dar vueltas sobre sí misma una y otra vez.

Era obvio que el vino comenzaba ya a tener efectos relajantes en cada uno de nosotros.

Ginebra reapareció entonces y se unió a nuestra algarabía. Me dejó al cuidado de mi sobrina mientras ella y su marido se adentraban en la multitud para dar los primeros pasos de baile. Icé a la pequeña, que iba cargada de un montón de golosinas, hasta colocarla en una de mis caderas y comencé a dar vueltas haciéndola reír con descontrol.

– ¿Mamá no piensa venir? –le pregunté a mi padre, parando de moverme ante el inminente riesgo de marearme.

– Creo que prefirió quedarse en casa con Isabel. Ya sabes que a ninguna le gusta los sitios con mucha gente.

Yo lo sabía muy bien.
– ¿Quieres dar una vuelta? –me preguntó Diego.
Me giré para buscar a Violeta y la vi demasiado centrada en mi hermano. Decidí que la oferta de Diego era una buena idea.
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Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Septiembre 17th 2012, 4:57 pm

– Claro. Volvemos dentro de un rato. –dejé a la niña en el suelo y comenzamos a alejarnos.

Diego me llevó hasta los puestos ambulantes y admiramos las diferentes cosas que allí se ofrecían. Observé en particular un collar hecho de pequeñas piedras de múltiples colores.

– ¿Te gusta? –me preguntó él.

– Sí. Es muy bonito.

– ¿Cuánto? –inquirió al señor del puesto.

A mí me pareció un gesto muy bonito el que Diego se ofreciera a comprármelo, así que se lo permití. Pagó el regalo y se acercó a mí para ponérmelo.

– Te queda muy bien... –me cumplimentó y bajó la vista con timidez.

– Gracias. –me acerqué y le di un beso en la mejilla como muestra de gratitud.

– ¿No trabajas los sábados? –le pregunté para iniciar una conversación.

– No. Hoy es festivo y Chano cerró la tienda. De todas formas, me suele dar los fines de semana libres.

– Eso es estupendo.

– Sí.

Comenzamos a caminar lado a lado despacio.

– ¿Has dejado los estudios?

– Siempre fui mal estudiante y era una pérdida de tiempo que siguiera... –dijo sin mirarme.

Yo no quería especular con ello, pero de repente me vino a la cabeza la idea de que quizás Diego sentía atracción por mí. Pensé en ello detenidamente. Era realmente halagador descubrir que le gustas a otra persona, pero por otra parte, Diego no me hacía sentir en absoluto lo que sí podía Violeta. Lo miré. Era un chico atractivo y tenía unos ojos marrones
verdaderamente bonitos. Pero yo sabía que nunca podría desearlo de esa manera.

– ¿Te apetece tomar algo? –me preguntó.

– De acuerdo...

Un minuto después, ambos sosteníamos un botellín de cerveza. Yo no había tenido mucho acercamiento con el alcohol, pero si hacía unos momentos pude tragar vino supuse que igualmente lo haría con la cerveza. Mandé al diablo las señales que en mi cabeza me avisaban que comenzaba a sentir el mareo propio de una borrachera. O al menos, el
principio de una.

Seguimos deambulando por las calles sin buscar nada en particular, cada uno disfrutando de la calmada compañía.

– ¿Cuánto tiempo vas a quedarte? –me preguntó de súbito.

– Una semana más.

– Supongo que tienes que regresar a la universidad.

– Sí... –contesté cansadamente.– Eso también.

Era obvio que Diego se estaba esforzando por mantener una conversación fluida para evitar que yo me aburriera. Los años que habíamos pasado sin vernos había provocado que también hubiéramos perdido toda aquella confianza que poseíamos. No recordaba que fuera tan difícil comunicarnos. Pensé q e tal vez se debía a que ambos éramos adolescentes y que por ello todo resultaba más complejo.

– ¿Violeta es la novia de Felipe?

Imaginariamente vi que se encendía una pequeña lucecita en mi cabeza. "Tema equivocado, Diego", pensé para mí misma mientras arrugaba la nariz con disgusto.

– Eso parece. –respondí con cuidado.

– Es preciosa... –afirmó algo tímido.

Lo miré, sintiéndome algo celosa. El que Diego pudiera mirar a Violeta con deseo fue algo que no me gustó en absoluto. Yo tenía suficiente con soportar a duras penas el que mi hermano tuviera puestas sus manazas todo el tiempo sobre ella.

– Lo es. –tomé un largo sorbo de cerveza en un intento por eliminar el repentino sabor amargo de mi boca.

– Y al parecer os lleváis muy bien...

– Violeta es especial. –afirmé sin poder evitarlo.

Una traca de petardos explotó cerca de nosotros, asustándome tanto que casi me hizo caer de bruces de no ser porque los fuertes brazos de Diego me sujetaron en el sitio.

Un pequeño grupo de mocosos de no más de diez años salió corriendo entre risas, al parecer contentos por haberme pillado desprevenida y haberme dado un susto de muerte.

– Sólo son petardos... –me dijo Diego en tono tranquilizador antes de soltarme.

– Casi parece como si nos hubieran disparado o algo así...

Diego se rió y me tomó del codo para que siguiéramos caminando.

– Me estabas hablando de Violeta... –me recordó.

– ¿En serio? ¿Por qué tienes tanto interés?

Se encogió de hombros.

– ¿Es que te gusta? –volví a preguntar y pensé que de repente me había convertido en mi querida madre.

Tal vez llevaba en mis genes sus dotes de inquisidora.

– No, ella no me interesa para nada. En realidad... –dudó.– Sólo pretendía entablar una conversación... –dijo por fin, aunque ambos fuimos conscientes de que eso no era lo que había pretendido decir en un primer momento.

– Se supone que el alcohol nos debería de hacer más parlanchines, no lo contrario. – bromeé enun intento por aliviar la tensión.

– Cierto. ¿Qué tal unos chupitos?

– ¿Intentas emborracharme?
– ¡Oh, no! ¡Ni por un momento! –se apresuró a asegurarme temeroso de que yo pudiera pensar que sus intenciones eran deshonestas.

– Tranquilo... –me reí incapaz de evitarlo.– Sólo bromeaba.

– Extraño humor el tuyo...

Me hizo reír de nuevo.

– Por cierto, felicidades por la pesca de ayer.

– Gracias.

– Debió de haber sido increíble. Sois la comidilla del pueblo hoy... –me confesó.

– Créeme, la primera sorprendida soy yo. A veces me parece que lo de ayer fue un sueño...

– Tu padre tiene esa sonrisa de superioridad en la cara. Se ve que está orgullosísimo.

– Eso es normal en él... –añadí, pensando en mi amado progenitor y sonriendo levemente.

– Me hubiera encantado participar, pero el trabajo, ya sabes...

Oí que Diego suspiraba y decidí que me apetecía algo más de acción.

– ¿Vamos a por esos chupitos o no? –pregunté.

– Tú primero. –me hizo un gesto con el brazo señalándome al frente.

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Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Septiembre 21st 2012, 2:05 pm

Cuando volvimos a unirnos al grupo yo ya caminaba sobre una nube, además de tener una sonrisa en los labios casi perenne. Mi padre me miró con ligera sospecha y yo me limité a encoger los hombros. Él era lo suficientemente confiado como para darme ese margen de confianza y pensar que yo sabía exactamente lo que estaba haciendo. De todas formas, me fijé en los mofletes sonrosados de Ginebra, era evidente que los miembros de mi familia también estaban disfrutando mucho de la fiesta.

Busqué con la mirada inmediatamente a Violeta y la avisté prácticamente en el mismo lugar donde antes la había dejado. Sólo que ella parecía haber pasado por el caserón para cambiarse con ropas limpias, ni siquiera tenía ya restos de harina en todo su alto contorno.

– Diego, espero que estés cuidando bien de mi pequeña... –dijo mi padre medio en broma.

– Papá... –me quejé dándole un ligero golpe en un costado.

– Por supuesto, señor O´Donnell.

– ¿Qué tal te trata Chano?

– No puedo quejarme... Aunque no estaría mal un aumento de sueldo. –comentó de forma casual.

– Me alegra ver que todo te vaya bien. –dijo mi padre con simpatía. Ginebra se acercó a mí entonces y me cogió de las manos para seguir el ritmo latino que en esos momentos tocaba la orquesta. Me olvidé de lo patosa que había sido yo siempre en cuestiones de baile, (dicen que la práctica hace la maña, pero mi práctica era, en este caso, más bien nula), y comencé a moverme al ritmo lo mejor que pude.

– Creo que Felipe está frotándose los ojos para acabar de creerse que estés bailando... –me dijo al oído.

No pude evitar soltar una sonora carcajada y miré a mi hermano, que estaba girado hablando de algo con mi padre y Ricardo. A cambio, Violeta me estaba observando detenidamente. De repente todo el alcohol que yo había consumido se me subió a la cabeza y me nubló los sentidos. Me permití mirarla con toda la intensidad de la que fui capaz, diciéndole con los ojos lo que nunca me atrevería a decirle con palabras. Fui recompensada con una media sonrisa, tan característica y tentadora en ella.

– Jimena, tu aliento parece una destilería... –siguió burlándose mi hermana de mí.

– ¿Te has mirado a un espejo? –le dije jocosa.– Pareces una rusa.

– ¿Qué has hecho con Diego por ahí a solas...?

Levanté las cejas con asombro.

– ¡Nada! –me apresuré a decir con voz estrangulada.– ¿Qué crees que he estado haciendo?

– No lo sé. Por algo te lo pregunto... –me guiñó un ojo como si de repente fuera mi aliada y me estuviese prometiendo que me guardaría el secreto hasta la muerte.

Pensé en Violeta.

– ¿Creéis que he estado haciendo "algo" con Diego?

– Era broma, Jimena. Pero creo que ese chico bebe los vientos por ti...

– ¿En serio? –pregunté como si fuera una inocente colegiala.

– En serio.

Miré a Diego y él me devolvió la mirada, sonriéndome mientras levantaba su botellín y me ofrecía un imaginario brindis. Me sentí bien y satisfecha de mí misma por ser capaz de levantar pasiones.

– ¿Acaso no lo has notado?

– Bueno... –comencé a admitir.

En ese momento apareció Ricardo para anunciar algo que me perdí. Pero segundos después lo vi alejarse con su hija en hombros y el resto de los hombres de la reunión, incluido Diego.

– Las tres solas... –dijo Ginebra mientras nos acercábamos a Violeta.

– Peligroso. –contestó la azafata.

– ¿Os apetece algo? –preguntó mi hermana.

– Tequila. –anuncié con premura, recordando lo mucho que me habían gustado los chupitos que anteriormente había probado con Diego. Mi hermana frunció el ceño pero no dijo nada.

– Por mí bien. –convino Violeta.

Ginebra se encargó de pedir las tres copas y al instante cada una de nosotras estaba tragando con algo de dificultad el licor.

– Creo que éste será el último para mí... –anunció Violeta con tono provocador.– El alcohol no es compatible con el sexo...

A mí se me salió disparado de la boca el trozo de limón que aún estaba chupando. En mi estado ebrio, unir la palabra sexo con Violeta era demasiado. Me conformé con descubrir que al menos ese estado también me permitía no imaginarla con mi hermano... Ginebra y ella se echaron a reír casi con desenfreno.

– Podrías haberlo dicho antes, Violeta. Creo que yo ya he sobrepasado el límite. –cerró los ojos y murmuró un largo "mmm".

– ¡Basta! –dije con los brazos en jarras.– Parecéis un par de... de...

– ¿De qué? –inquirió mi bella Violeta.

Por el rabillo del ojo vi a mi hermana hacerle muecas a la azafata con la boca y me giré para reconocer en sus labios la palabra "virgen". Por supuesto, en referencia a mí. Casi me desmayo.

Devoré a mi hermana con la mirada llamándola mudamente traidora. Ellas, como era lógico, seguían riéndose a mi costa. Violeta se acercó a mí y me pasó un brazo por los hombros, consiguiendo que mi cuerpo se pegara al suyo.

– Me gusta eso que llevas al cuello... –me dijo casi al oído.. – ¿Te lo ha regalado tu novio?

– No... –contesté jugueteando con el recién estrenado collar.

– ¿No?

– Sí... –su cercanía me impedía pensar con claridad.– Quiero decir que me lo regaló él, pero no es mi novio.

Me fijé en que Ginebra estaba discutiendo algo con el señor del puesto, ajena a nuestro intercambio de frases y a mi nerviosismo.

– Es muy guapo... –me reafirmó.– Y te mira de una forma que..., bueno, es obvio que le gustas.

– Eso también me lo ha dicho Ginebra. –argumenté sintiéndome con ganas de alardear de mi inesperada conquista.

– ¿Te lo estás pasando bien?

– Mucho. –asentí, tragando con dificultad.

– Felipe me ha dicho que después vienen los fuegos artificiales. Tengo muchas ganas de verlo.

– Es cierto. –anunció Ginebra llevando tres vasitos pequeños con ella y repartiéndolos.–Justo a medianoche hay un espectáculo pirotécnico.

Violeta removió su brazo de mi hombro y yo, como siempre que perdía su cercanía, me sentí desconsolada.

– ¿Qué es esto? –me atreví a preguntar al observar el líquido rojo que contenía el pequeño vaso.

– No tengo ni idea. –dijo Ginebra.– Pero el tipo de la barra me ha dicho que estaba buenísimo.

Lo tragué sin más dilación. Estuve segura entonces de que aquel veneno me provocaría una úlcera cuando lo sentí quemarme la garganta.

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Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Septiembre 21st 2012, 2:15 pm

–Para cuando regresaron los hombres, (me di cuenta de que lo que habían ido a hacer era dejar a mi sobrina en casa debido a lo tarde de la hora), nosotras ya habíamos dado buena cuenta de varias copas más. Felipe sacó nuevamente a bailar a Violeta y los celos entonces se apoderaron de mí. Cogí de la mano a Diego y, sorprendentemente, le ofrecí bailar.

Sé que detrás de mis intenciones no había otra razón que la de dar celos a Violeta. No sé cómo podía pensar que si hacía aquello lograría mi objetivo. Era estúpido e infantil. Mi conciencia se encargó de añadir otro sentimiento más que no era otro que el de pesar por estar usando tan impunemente a Diego para mis fines. Violeta me había convertido en
un ser vil. Pasé los brazos por su cuello y lo acerqué más a mí. Él pareció estar encantado con todo aquello, puesto que ni una sola vez lo vi quejarse o tan siquiera atreverse a comentar mi extraño comportamiento, en vez de eso, se permitió asirme de la cintura.

Me moví al ritmo que imponía la música, de vez en cuando robando breves miradas hacia Violeta. Me pareció estar metida en una de aquellas películas donde los protagonistas intentaban darse celos mutuamente, con la salvedad de que aquí únicamente era yo la que estaba intentando conseguir tamaña estupidez. Diego se comportó adorablemente, guiándome a cada paso con gentileza y riéndose suavemente cada vez que yo le pisaba.

– Uno hacia delante y otro hacia atrás... –me indicó con voz suave.– Eso es...

Pensé que no era tan difícil después de todo seguir el ritmo una vez que lo memorizas. Diego siguió dirigiendo la danza al tiempo que me miraba intensamente a los ojos. Me pregunté por qué era incapaz de sentir cualquier cosa estando entre sus brazos. No sólo era por Violeta, sino aquel sentimiento de que no era allí a donde yo pertenecía... No era suficiente. Suspiré y hundí el rostro en el hombro de él, cansada de pensar. En esos momentos sólo sentía ganas de abandonarme a mí misma. El gesto de acercarme aún más hizo que Diego comenzara a temblar ligeramente.

– Lo estás haciendo muy bien... –me susurró al oído.

– Gracias.

Observé que Ginebra y Violeta cuchicheaban algo. Mientras que la expresión de mi hermana era divertida, la de la azafata parecía algo más sombría aunque, cuando nuestros ojos se encontraron, ella me regaló una sonrisa. Yo seguí bailando con Diego hasta que unos amigos suyos nos interrumpieron. Los observé mientras se saludaban y bajé la vista al suelo, de repente demasiado tímida. Diego comenzó una breve charla con ellos y yo me sentí algo fuera de lugar. Miré el reloj. Ya casi era medianoche y pronto comenzarían los fuegos artificiales. Me di la vuelta para buscar a Violeta una vez más, pero ella estaba de espaldas charlando con el grupo. Deseé con todas mis fuerzas que se girara para encararme, mi mente lo estaba gritando.

El milagro se obró y lentamente Violeta se dio la vuelta. Nos miramos unos segundos. El bullicioso sonido de la fiesta se apagó de repente. No estoy muy segura qué es lo que me impulsó a acercarme hasta ella y cogerla de la mano, ni tan siquiera sé como le dije"vamos"con aquel tono seguro y autoritario. Ella accedió sin preguntar y la saqué de la plaza sin soltarle la mano. Comencé a abrirme paso entre la multitud con desesperación, pensando que tal vez así no le daría tiempo de arrepentirse. Mientras nos alejábamos, ella fue la primera en hablarme.

– ¿Adónde me llevas? –me preguntó.

– Quiero que veas algo.

– De acuerdo.

Recordé que de pequeña mi padre me solía llevar a un descampado cerca del pueblo para que viera el espectáculo de cerca. Me pareció una buena idea aprovechar aquel recuerdo como una manera de tener a Violeta para mí sola aunque sólo fuera durante breves minutos. Incluso eso me bastaba. Cuando llegamos al sitio en cuestión, ya había alguna gente allí esperando a ver los fuegos artificiales, así que decidí alejarme aún más.

– Jimena, esto está muy oscuro..., ¿qué es lo que quieres enseñarme?

– Desde aquí lo veremos mejor. Ya verás. Será estupendo.

Le indiqué que se sentara en el suelo y yo hice lo mismo. No pude evitar colocarme lo suficientemente cerca para que nuestros muslos y hombros estuvieran en contacto. Ella se giró hacia mí.

– ¿No va a venir Diego?

– No. –contesté sobriamente.

A pesar de la oscuridad tuve la certeza de que ella había fruncido el ceño.

– ¿Estás bien?

– ¿Por qué lo preguntas? –inquirí.

– No lo sé. Te noto algo rara.

– A estas alturas deberías estar acostumbrada a mis rarezas.

– Estás borracha, ¿no es cierto? –me dijo algo divertida.

– Sólo un poco. ¿Y tú?

Negó con la cabeza.

– Han sido unos días increíbles... –murmuró.

– Mañana te vas, ¿verdad?

– Sí. Partiré por la tarde. Me encantaría quedarme, pero me es imposible.

Bajé la vista sintiéndome demasiado triste. En mi interior una voz se rebelaba una y otravez con la idea de separarme de Violeta.

– Jimena... –me llamó quedamente, tomándome una mano entre las suyas.– ¿Qué ocurre?

– Voy a echarte de menos... –confesé en un arrebato de sinceridad.

– No estés triste por eso. Pasará poco tiempo antes de que volvamos a vernos. Te lo prometo.

Violeta me estaba haciendo una promesa. A mí aquello me sonó como si me estuviera prometiendo amor eterno. Una enorme sonrisa apareció en mi rostro.

– Así me gusta. –añadió.– Verte sonreír es un placer...

Enlacé los dedos entre los suyos y ambas fijamos la vista al frente cuando el ruido atronador del primer cohete sonó por encima de nuestras cabezas. La luz centelleante nos iluminaba y yo no pude evitar girarme hacia Violeta para apreciar su rostro bañado por aquella luminosidad. Ella simplemente resplandecía más.

Durante segundos no pude apartar la vista de su precioso rostro a pesar de que mi mente, una y otra vez, me pedía que lo hiciera. Violeta se giró hacia mí y ambas nos miramos fijamente. Yo bajé la vista hacia su boca. Deseaba tanto acercarme hasta ella y probar sus labios... Lo deseaba tanto que incluso me dolía.

Cerré los ojos e imaginé que encontraba el suficiente coraje como para lograrlo. Incluso pude sentir la suavidad de sus labios contra los míos. Cuando los volví a abrir evidencié con cierto espanto que no lo había soñado. Allí estaba yo, con mi boca cubriendo la suya, moviendo tímidamente los labios. No sé cuanto tiempo pasó hasta que Violeta se apartó de
mí. Para mí fue como si hubiese descubierto la eternidad.

Ahora yo había desnudado mis sentimientos. Ahora ella sabía que yo la amaba. Sólo me quedaba esperar a su reacción.
Violeta se levantó lentamente de su sitio, suspirando mientras lo hacía.

– Deberíamos volver. –dijo, aunque su voz no sonó fría ni enfadada. Simplemente no había nada en su voz o en su semblante que me indicara cualquier cosa.

Me sentí perdida y con unas inmensas ganas de llorar. Aún así me erguí y ambas hicimos el camino de vuelta en silencio hasta que, de repente, Violeta se giró hacia mí y me tiró del brazo para colocarme enfrente de ella.

– ¿Qué sientes por mí? –me preguntó mirándome casi con desesperación.

Yo sabía que mentir era inútil. Ya no tenía nada que perder. Sólo a ella. Sopesé la idea de ofrecerle un "lo siento", pero yo no estaba dispuesta a renegar de mis sentimientos sobre todo porque no poseía ninguna autoridad sobre ellos. Estaba segura de que para Violeta era tan obvio como lo era para mí que la amaba, pero pensé que quizás
ella tenía que oírlo de mi boca.

– Te quiero. –murmuré. La vergüenza me hacía incapaz de decirlo a viva voz.

– Oh, Jimena... –se lamentó y su lamento fue lo último que oí de ella esa noche.

Regresamos en completo silencio y volvimos a unirnos al resto. El sonido de los fuegos artificiales me parecía insufrible a ese punto y cerré los ojos ante la punzada de dolor que inundó mi pecho.

Me di la vuelta y allí estaba Diego. Yo sólo pude sonreírle. Poco después abandonaba la fiesta junto con mi padre.

La realización de lo que había hecho me llegó a solas en mi cama. Estaba segura de que la había perdido para siempre. Hundí la cara en la almohada mientras las lágrimas hacían acto de presencia y me sumían aún más en la desesperación.

"Mañana será otro día", me repetí una y otra vez hasta que esa letanía me indujo al sueño.

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Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Septiembre 22nd 2012, 1:18 pm

A la mañana siguiente me desperté con un agudo dolor de cabeza y la boca pastosa. Estaba segura de que repudiaría el alcohol por el resto de mis días. Me di una larga ducha que ayudó a despejarme y cuando me vestí y acicalé correctamente decidí que ya no podía evitar por más tiempo el bajar las escaleras y encararme con Violeta.

Dentro de mí había un inmenso temor a lo que pudiera yo ver en sus ojos. Sabía que si encontraba repulsión en su mirada no sería capaz de superarlo. Ella era demasiado importante para mí. Pero ya no podía borrar lo que hice, tal vez sí pudiera explicarlo y, llegado el momento, ofrecer una sincera disculpa.

Bajé los escalones sin prisa, como dándome tiempo a recuperar toda mi valentía. Al llegar abajo la casa parecía estar en completo silencio. Me dirigí a la cocina y allí encontré a mi madre y a Isabel.

– Buenos días.

– Hola, Jimena. ¿Quieres desayunar? –preguntó mi madre.

Arrugué la nariz con disgusto. Mi resaca era tan grande que el pensamiento de tragar cualquier alimento me daba náuseas.

– Tienes un aspecto horrible... –expuso Isabel.

– Gracias, hermana. –alegué yo irónicamente.– ¿Dónde están los demás?

– Aún están en la cama. Menos papá que ha ido a dar un paseo con Cristina. Felipe y Violeta se fueron anoche, poco después de llegar de la fiesta.

Mi mundo se rompió al caerme a los pies.

– ¿Qué? –dije con la voz entrecortada.

– Al parecer Violeta recibió una llamada y tuvieron que partir de urgencia. Espero que no sea nada grave.

"¿Una llamada?". Yo sabía que no había sido eso. Eché a correr sin importarme los comentarios que suscitaría mi reacción y salí al exterior de la casa sólo para comprobar la ausencia de los dos coches.

Violeta me había abandonado. Cómo me dolió comprobar eso...

– No... –dije trémulamente, aunque me hubiese gustado gritarlo.

Me odié a mí misma por no haber sabido conservar lo único bueno que había en mi vida. Me repetí una y otra vez lo fracasada que era y que seguiría siendo. Algo en mi interior me decía que no volvería a ver a Violeta, que ella se había alejado de mí para siempre.

El amor duele, castra, mutila, sesga... El amor no correspondido simplemente te quita la vida.

Mi padre apareció entonces junto con mi sobrina y me vio apoyada allí, agarrada como si la vida se me fuera con ello a la balaustrada de madera.

– Jimena. –me llamó preocupado.– ¿Qué ocurre?

Yo era incapaz de contestar. Reprimí las lágrimas como pude, cerrando los ojos con fuerza.

– ¿Jimena? Dime que ocurre...

"Quiero morirme, dejar de existir".

Miré a mi padre una última vez antes de encerrarme nuevamente en la habitación y cerrar con ello un episodio de mi vida del que estaba segura jamás lograría recuperarme.
Violeta se lo había llevado todo con ella esa noche.
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aaaaaaaaaaaaaaaaaa

Mensaje  malena el Septiembre 23rd 2012, 1:48 pm

4. CADENAS QUE SE CIÑEN.

Han pasado ocho años. Ocho largos y laboriosos años.

Para mí demasiado tiempo atrapada en mi desconsuelo, sintiéndome vacía sin saber cómo no sucumbir a la tristeza. Por supuesto, mi vida siguió su curso como si fuera un río. Nada se salió de lo convenido. Nunca permití que así fuera. Siempre les había dado a los demás lo que esperaron de mí, así que acabé la carrera y me especialicé en pediatría. Supongo que mis sobrinos fueron, en su mayoría, los culpables de esta decisión. Yo había aprendido con ellos a adorar incondicionalmente a los niños.

Comencé a hacer las prácticas en un hospital y pronto obtuve un puesto en mi especialidad. No fue difícil. Mi elevado coeficiente siempre me permitió pensar que al menos mi carrera profesional no iría a la deriva como el resto de mi vida. Me encanta mi trabajo, realmente me gusta. Me siento querida a mi alrededor, a pesar de que sigo en mi empeño de no disfrutar de las relaciones humanas como el resto. Pero mis compañeros parecen haber visto algo en mí que les hace aceptar ese hecho. Me siento amada a mi alrededor, y lo que es más importante aún, me siento respetada.

Después de acabar mis estudios y conseguir mi primer trabajo, decidí que era hora de independizarme, sabía que tenía que hacerlo. Mi padre, por supuesto, se empeñó en conseguirme un ático a cinco kilómetros del hospital donde yo trabajaba, cosa a lo que yo me negué. Su respuesta fue clara. Me dijo que todo lo que había conseguido en la vida era por nosotros y que ello nos pertenecía por derecho. ¿Para qué quería todo aquello si no nos servía de nada? Así que acepté. A decir verdad, jamás pude negarle nada a mi padre. Lo amaba demasiado.

Fue así como empecé a vivir una vida de adultos de verdad. Al principio fue difícil, más de lo que nunca pudiera imaginar, pero me obligué a seguir firme. Me resultaba tremendamente paradójico que cuanto más adulta me hacía, más temor me provocaban las relaciones humanas. No me importaba comportarme de forma absolutamente ridícula en presencia de mis niños, sin embargo, seguía teniendo dificultad para comunicarme con los demás. Tal vez nunca dejaría de ser una niña en mi interior. Tal vez no esté hecha para la vida como los demás... Tal vez no he encontrado aún mi verdadero camino.

Sólo que no sé siquiera por dónde empezar.

En estos ocho años no volví a ver a Violeta, tan sólo supe de su vida por algunas ráfagas de algo que comentaba Felipe , aunque siempre tuve la extraña sensación de que para él le era tan desconocida como para mí. Él siempre mantuvo contacto con ella y yo sabía que eran múltiples las ocasiones en las que se veían. Creo que mi hermano nunca perdió la esperanza de tenerla.

Yo no he podido olvidarla. No encuentro manera alguna de sacarla de mi corazón. Mi amor, por increíble que parezca, ha perdurado impoluto a través de todo este tiempo. La huella que ella me dejó es imborrable. Me enseñó el significado de muchas palabras sin pretenderlo. Me mostró que era capaz de amar como el resto del mundo, incluso que era capaz de hacerlo con una intensidad difícil de igualar.

Pero ella nunca vio cuánto pude amarla.

Sus ojos siguen alterando la calma de mis sueños. Puedo perderme en ellos e imaginar que algún día también podrían mirarme de la manera que la miran los míos.

Ni siquiera en ese estado de inconsciencia que produce el sueño, puedo deshacerme de su hechizo. No creí que el amor doliera tanto, pero duele. He tenido ocho años para comprobarlo. A veces simplemente, querría seguir sumida en mi mundo de sueños junto a ella y no despertar jamás aún sabiendo que no es real. Pero si ésa fuera la única forma de tenerla a mi lado, yo la aceptaría con una sonrisa.

El por qué ni tan siquiera yo lo sé.

Otras personas han pasado por mi vida, personas que sin embargo no lograron hacerme dimitir de mi búsqueda. Creo que no he conseguido otra cosa que elevar a Violeta en un pedestal, intocable, perenne. Mi obsesión fue lo que la mantuvo en mi pensamiento durante todo este tiempo. Y supongo que eso mismo será lo que la siga manteniendo en el mismo sitio. Tenerla en mis pensamientos y negarme a que me abandonara allí también quizás haya sido un error. Ya ni siquiera soy capaz de distinguir el amor de la obsesión, o los sueños de la realidad.

Cada día que pasaba me fui desvinculando más de mi familia. Era lógico que con el paso de los años nuestras diferencias se hicieran más evidentes y el hecho de que yo me encerrara en mí misma no ayudó en absoluto. Sólo mi padre siguió intentando atravesar las defensas que yo me había autoimpuesto. ¿Qué diría él de mis obsesiones? ¿Qué pensaría si le dijera lo que siento? Si de algo estaba seguro es de que yo no había descubierto aún cuál era mi lugar en el mundo.

Pero sigo buscando. Busco algo que me haga sentir plena, tan llena que no me dé tiempo a pensar. ¿No es lo que buscamos todos? Yo creo que sí, pero en mi caso debe ser algo que borre todas las dudas y los miedos.

He aprendido a mantener una relación cordial con las personas que me rodean y dejar de esconderme en mí misma. Aún así, dudo mucho que alguna vez imaginen la pesada carga que llevo sobre mis hombros, lo desdichado que es mi corazón, la desesperanza que una vez, hace ocho años me inundó, y que aún perdura con cada latido.

Todos a mi alrededor parecen tan felices, que me pregunto si yo habré nacido sin ese gen. ¿Qué es realmente la felicidad? ¿Es un estado consciente o inconsciente?

Muchas cosas me han hecho feliz, he reído, he disfrutado... ¿es eso a lo que se refieren con felicidad? ¿o se parece más a lo que sentí cuando mi boca se unió a la del ser que más he amado en esta vida? Quizás debería describir lo que sentí, quizás he sido más feliz en un minuto de lo que lo ha sido la mayoría de la gente en toda su vida.

Ahora estoy aquí, en mi pequeño pero acogedor ático, nadando a través de los canales de televisión, pero sin ver nada realmente, esperando a oír el timbre de la puerta anunciando que mi cena había llegado.

Pero no fue el timbre de la puerta, sino el del teléfono el que sonó. Me apresuré a cogerlo con una extraña sensación en el estómago que pronto supe que era de angustia. La dulce voz de Ginebra me anunció algo al otro lado del hilo que yo sabía que llegaría en cualquier momento, pero que me empeñaba en no pensar, creyendo así que lo retrasaría para siempre.

Colgué el auricular anunciando un leve y casi inaudible "voy hacia allí". Sólo tuve tiempo de recoger una cazadora antes de salir por la puerta de mi casa, sabiendo que ésta era la última vez que todo había sido igual.

Después de haber estado sentada en los aparcamientos del hospital durante al menos media hora, recolectando mis pensamientos, pero fallando miserablemente en mi empeño, me decidí a entrar en el recinto que en tan sólo unos segundos se había convertido en mi sepultura.

Atravesé los pasillos con la costumbre de quien lo hace cada día, casi sin mirar a nada más que al frente. Tomé el ascensor que me llevaría a la unidad de cuidados intensivos. Las puertas del elevador se abrieron demasiado pronto, pero yo no me atreví a dar un paso. No quería hacerlo. Cuando por fin sentí que estaba avanzando, maldije mis piernas por haberme traicionado.

Llegué a la pequeña salita de espera, donde ya esperaban mi madre, Ginebra, Isabel y su marido. Mis hermanas tenían los ojos hinchados y acuosos. Habían llorado. Yo aún había sido incapaz. Mi madre me abrió los brazos para abrazarme y yo la acepté a pesar de que no era eso lo que necesitaba. Seguramente ella sí.

– Jimena... –oí que me llamaba Ginebra.

Levanté la vista hacia ella y me aparté de mi madre.

– ¿Dónde está?

– Aún lo tienen en la UCI, no tenemos ni idea de lo que pasa ahí dentro, nadie ha venido a decirnos nada... –se le rompió la voz al no poder evitar el llanto una vez más.

Yo tuve la impresión desde el primer momento que no volvería a ver a mi padre. Casi lo sentí yéndose. Su corazón se había roto como el mío, sólo que el suyo se negó a seguir latiendo.

Volví a mirar la escena familiar, mi madre había conseguido encerrarse en otro abrazo, ésta vez en el de Isabel. Los inconfundibles sonidos del llanto contenido comenzaron a desesperarme. Fui hacia el extremo más alejado de la sala, me senté en una de las frías e impersonales sillas verdes del hospital y me tapé los oídos.

A mi mente llegaron imágenes de mi padre. Quería atormentarme y lo estaba consiguiendo. Eso me resultaba fácil, así que seguí pensando en él, en su sonrisa, en su voz hasta que sentí que no podía respirar. Delante de mí iban pasando familiares, algunos de mis tíos y primos que se empeñaban en preguntarme que cómo me sentía. Quizás esperaban que les respondiera que yo también me estaba muriendo y que deseaba hacerlo en ese mismo instante. Pero sólo me limité a asentir. Por una vezen mi vida, hice algo igual que el resto de las personas.

Me levanté y fui hacia la ventana. Observé las luces de la autopista lindante a la clínica. Sentía la necesidad de sacar la cabeza fuera y respirar otro aire que no fuera el del hospital, que ya comenzaba a darme náuseas. Mi padre era un todo para mí, mi punto de referencia, mi apoyo. Perderlo supondría tener una herida que no cerraría jamás. Yo estaba segura de eso. Se me hacía imposible pensar que no volvería a tenerlo a mi lado o que simplemente no volvería a escuchar su voz o su risa.

El dolor que sentía casi no me dejaba respirar. Tomé varias bocanadas de aire en un intento de no desfallecer, aunque mis piernas comenzaban a flaquear. Oía las voces a mi espalda, voces de lamento, llantos sofocados... Aquello me estaba desquiciando.

“¡Callaros!”, quería gritar.

Pensé que subirme al alféizar de aquella ventana y dejar que mi cuerpo cayera al vacío sería una buena idea. Todo el sufrimiento que llevaba dentro se acabaría entonces con enorme rapidez.

– Jimena...

La visión delante de mí se nubló. Todo quedó atrás. Me concentré en aquella voz que pronunció mi nombre. La misma voz que creía con total seguridad que no volvería a oír.

Me giré para mirarla. Lo primero que vi fue que seguía igual de bella que siempre.

Eso me dolió.

– Jimena... –repitió otra vez.

Yo seguía mirándola mientras ella buscaba algo en mi rostro que yo no pude imaginar que era. Ninguna de las dos sabíamos qué hacer a continuación. Siempre pensé que eso era algo común en mí, pero no en Violeta. Vi que extendía su brazo hacia mí para tocarme. Yo la esperé sin apartar mis ojos de su rostro. Los cerré en cuanto sentí el dorso de su mano acariciando mi mejilla, echando los cortos mechones de pelo rubio tras mi oreja.

Nadie, a no ser que estuviera ciego, podría decir que ella no estaba sufriendo con sinceridad, casi tanto como yo. Esta vez no abandoné la esperanza de que fuese por mí.

Fui la última en dirigir la mirada, concentrada como estaba en Violeta, al vetusto hombre envuelto en una bata blanca que se acercaba para hablar con mi madre. Lo reconocí como el jefe del departamento de cardiología, al igual que reconocí aquella expresión que siempre ponían todos cuando eran noticias sin solución.

Sentí una aguda punzada de dolor justo en el entrecejo, como cuando sientes que se te sube la adrenalina y duele.

Se había acabado.

No me quedé allí para ver cómo todos a mi alrededor se derrumbaban. Con paso firme me dispuse a salir de aquella celda, ignorando a Violeta que me llamaba, a pesar de que su voz retumbaba en mis sentidos. Incluso sé que quiso salir detrás de mí, pero mi hermano Felipe se lo impidió.
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Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Septiembre 25th 2012, 12:07 am

Vagué sin rumbo fijo en el interior de mi coche durante horas. Pensé que eso lograría aliviar algo mi dolor, como parecía que hacía en las películas, pero lo cierto es que no sirvió de nada. Llegué a mi apartamento tan agotada que sólo tuve que estirarme en el sofá para caer rendida. Mis sueños fueron desapacibles, como esperaba que fueran.

El teléfono sonó demasiado temprano a la mañana siguiente. Miré el reloj, ya la mañana se había ido, ahora eran las tres de la tarde. Ignoré el irritante sonido hasta que calló. Me levanté del sofá y me metí en la ducha. No sé cuánto tiempo estuve bajo ella, pero fue el suficiente como para agotar el agua caliente y salir tiritando de forma descontrolada de la bañera.

Mi contestador marcaba intermitentemente cuatro mensajes nuevos, que supuse que serían de mi fmadre o de alguno de mis hermanos. No los escuché. No quería hacerlo, e incluso, cuando el teléfono volvió a sonar un par de veces azorándome cada vez, opté por simplemente arrancar el cable de la paredy callarlo de una vez por todas.

El mundo entero podría olvidarse de mí. Yo no existía para nadie y nadie existía para mí. Envuelta en mi bata, decidí volver a echarme sobre el sofá. El sueño era lo único a lo que me apetecía enfrentarme. Aquél día lo pasé por entero encerrada en mi apartamento, sin otra cosa que hacer cuando no dormía que mirar el techo de mi casa.

Al siguiente día, cansados de no obtener respuesta de mí por teléfono, alguien se atrevió a venir hasta mi casa. Reconocí los pasos como los de mi hermano Luis, unos pasos tan erráticos como su personalidad. Oí que tocaba el timbre, que aporreaba la puerta incluso, pero no me importó. Antes de irse deslizó un papel doblado por debajo que horas más tarde leería. En él se me anunciaba que ese día enterrarían a mi padre, la hora y el lugar exactos. Acababa con un simple: "Llama a mamá, está muy preocupada por ti".

No lo hice. Como tampoco acudí al funeral.

Mi propia miseria, mi autocompasión y el egoísmo que eso conllevaba me lo impidió. Por el contrario, saqué varias botellas que guardaba en una de las despensas. Una de ron añejo, otra de whisky y una tercera de vodka. Fue ésta última por la que me decidí a empezar.

Bebí y bebí hasta que de alguna manera logré calmar una ansiedad para la cual no había cura posible. Dejé de registrar la realidad incluso, algo que me pareció realmente placentero. Si hubiera alguna forma de arrancarme los sesos lo hubiera hecho sin dudar...

Durante los tres días siguientes no recuerdo haber pasado mucho tiempo sobria, pero eso me facilitó las cosas, me permitió dejar de pensar en mi padre.

Y en Violeta.

–¡Abre la puerta, Jimena! ¡Sé que estás ahí!

Abrí los ojos asustada. Alguien aporreaba de nuevo mi puerta. Sin pensar, pero decidida a pedir que me dejaran de una vez por todas en paz, me levanté tambaleante del sofá aún bajo los efectos de la última de mis borracheras y abrí la puerta. Detrás de la madera apareció la figura esbelta y bien abrigada de Violeta.

– ¡Dios mío! –sofocó un grito.

Mi estado tenía que ser lamentable para que ella tuviera aquella horrible expresión en su bello rostro.

– Jimena... –me llamó.

Yo apenas podía mantener mi cabeza derecha. Ella fue la primera en darse cuenta de que me deslizaba torpemente al suelo y me cogió al vuelo, evitando así la caída. Yo le eché los brazos al cuello para asirme y durante un breve instante sentí que me apretaba contra sí, como si me estuviese abrazando.

– ¿Qué te has hecho? –me dijo, aunque creo que sabía tan bien como yo que era incapaz de responder. – ¿Por qué?

Me ayudó a entrar de nuevo en el interior del ático, cerrando la puerta con un pie. El sofá fue lo primero que debió ver, pues hasta allí se dirigió directa, dejándome caer sobre él con cuidado. La bata que cubría mi cuerpo se abrió, dejando mi cuerpo desnudo ante su visión. Sin mover un músculo de su cara, la cerró de nuevo y pasó a tomarme el pulso en una muñeca. Fue entonces cuando vió las tres botellas que reposaban encima de la mesilla del café como si fuesen un trofeo, casi vacías. Se dio cuenta de que mi deplorable estado se debía al alcohol.

– Apuesto a que ni siquiera has comido. –suspiró. – Tengo que llamar a tu madre antes de ocuparme de ti. Está muy preocupada e incluso estaba a punto de llamar a la policía. –me miró para asegurarse de que yo tenía mi atención puesta en ella. Prosiguió en cuanto supo que así era. – Entiendo por qué has hecho todo esto. Pero ahora va siendo hora de que comiences a aceptarlo.

Me dio la espalda y sacó el celular de su bolso. Marcó un número y la oí hablar con mi madre. Incluso yo pude oír la estridente voz de mi progenitora preguntando por mí tantas veces como le permitió el minuto que duró la conversación, mientras Violeta trataba de calmarla lo mejor que podía.

Devolvió el teléfono a su correspondiente lugar y se alejó de mí otra vez. La oí dirigirse al baño y después percibí el rumor del agua cayendo. Supuse entonces que estaba llenando la bañera. Cerré los ojos ante la repentina punzada de dolor que me sobrevino en las sienes y que hizo tambalear todos los cimientos de mi cuerpo. Para cuando volví a abrirlos, ella estaba de vuelta. Me hizo sentar sobre el sofá para deshacerse de la bata que me cubría. Luego sentí que me alzaba en el aire y que me llevaba en sus brazos hasta depositarme en la bañera.

Me quejé al notar el agua demasiado caliente y ella pareció sonreír ante su descuido antes de abrir la llave del agua fría. Mientras el agua subía de nivel y la bañera terminaba de llenarse, se subió las mangas de su camisa de seda hasta el codo, (no supe con exactitud en qué momento se había deshecho de su abrigo largo), y cogió una esponja para frotarme el cuerpo. Puso jabón sobre ella y la pasó primeramente por mis hombros.

Yo busqué con ahínco cualquier atisbo de expresión que no fuera esa seriedad que casi empañaba sus preciosas facciones. Mis sentimientos, ya desbordados por el alcohol, se concentraron ahora en ella, haciendo que mi desdichado amor me empapara como el agua de la bañera. Eso me hizo romper el llanto. Un llanto ebrio.

Sentí que dejaba de frotarme el pecho y que me miraba. Yo estaba rota, y lo que era peor aún, ella me estaba viendo así. Intenté esconderme el rostro con las manos, pero ella me lo impidió bajándolas cada vez que intentaba acercarlas a mi cara. Mis ojos encontraron los suyos y a pesar de que las lágrimas nublaban casi por entero mi visión, tuve la certeza de que había amor en los suyos también.

Sin importarle que yo estuviera del todo mojada y que arruinaría su blusa, me acercó hasta sí, dándome un ligero beso en los labios para después abrazarme.

– Eres demasiado inteligente para esto. –comenzó a decirme. – Casi me muero al verte así, no lo vuelvas a hacer... No lo vuelvas a hacer... –repitió.

– Te lo prometo. –le respondí.

La única persona en el mundo capaz de devolverme la cordura me había hecho el inmenso favor de preocuparse por mí.
La hubiese amado más de haber sido posible.

.........................

Más tarde volví a despertar de mi sueño, esta vez por el intenso y apetitoso olor que salía de mi cocina. Sólo tuve que recapacitar unos segundos para recordar lo que había pasado antes de caer dormida de nuevo. Recapitulé los últimos acontecimientos y caí en la cuenta de que debí haberme dormido en sus brazos aún estando en la bañera, puesto que no recordaba nada posterior a eso.

Me erguí de la cama y quedé sentada al borde del colchón. Violeta me había vestido con mi pijama de franela y había añadido también a mi atuendo unos calcetines. Me levanté con intención de dirigirme a la cocina. Pero antes, tuve que hacerle una visita obligada al baño. Violeta debió saber que me había despertado por el ruído de la cisterna, puesto que cuando salí del servicio, ya me esperaba por fuera con un vaso de agua en una mano y una pastilla, que me enseñó nada más verme, en la otra.

Yo fui inmediatamente a tomar la pastilla que sabía que aliviaría el martilleo incesante de mi cabeza. Pero ella la apartó en el último momento.

– ¿La quieres? –me preguntó.

– Sí.

– Primero tendrás que comer. –dijo con absoluta seriedad.

En esos instantes me hubiera tragado un elefante de un bocado por esa pastilla. Así que asentí con la cabeza y la seguí hasta la pequeña mesa de la cocina, donde ya me esperaba un plato humeante que distinguí por el olor que era sopa de pollo.

Me senté y cogí la cuchara. Durante los últimos tres días, no había satisfecho a mi estómago con otra cosa que no fuera alcohol, y ahora mismo, sentada allí, dudé de que pudiera tomar siquiera un sorbo de la sopa. Ella me observaba desde el otro extremo de la mesa.

– Tan sólo pruébala. –me instó Violeta. – O tendré que llevarte al hospital a que te pongan uno de esos molestos sueros...

Yo desconocía por completo aquella faceta amedrentadora de Violeta y, francamente, hablando con aquel tono y mirándote con fiereza, podía resultar muy persuasiva. Su expresión cambió de amenazadora a aliviada cuando vio que me metía una cuchara llena en la boca. Nada más llegar el sabroso caldo a mi paladar, sentí ganas de seguir comiendo. Y seguí haciéndolo hasta que ya no quedaba nada en el plato.

.................

Como había prometido, Violeta me dio la pastilla y yo la tragué con avidez.

–Gracias. –dije.

Me miró, pero no dijo nada. En vez de eso estiró el brazo y volvió a enredar sus dedos en mis vmechones de pelo rubio, que ahora caían descuidados sobre mi frente.

–Te has hecho mayor... –fue como si fuera la primera vez que se hallara consciente de ello.– Aunque éste nuevo corte de pelo tuyo te hace parecer una adolescente rebelde...

Ante ese comentario, alcé las manos para ordenar en algo mi desastroso pelo. Pero Violeta, una vez más, me lo impidió, sonriéndome como sólo ella sabía hacer.

–No. –protestó suavemente. – Me gusta así.

–Supongo que dentro de poco tendrás que irte... –dije triste, al darme cuenta de la hora tardía que marcaba el reloj.

–No, me quedaré aquí esta noche.

La sorpresa se reflejó en mi cara.

–¿Por qué?

–Para asegurarme de que estás bien. Y porque quiero. ¿Alguna duda más? –preguntó algo burlonamente.

–Cuidado. –dije con voz seca. – No te portes demasiado bien conmigo o comenzaré a pensar que me quieres.

–Es que yo te quiero. –afirmó.

La miré.

–Eso es algo muy difícil de creer. –me levanté, nerviosa, y recogí mi plato para depositarlo dentro del fregadero. Le hablé dándole la espalda. –Han pasado ocho años... Pero supongo que eso da igual... –mastiqué las palabras llena de rabia.

–Sigues teniendo esa idea equivocada de mí. Si me fui de aquella manera fue por ti. –rebatió ella poniéndose en pie.

–¿Perdona?

–Eras demasiado joven para saber con exactitud qué era lo que querías. No deseaba añadir más confusión a tu...

–¿Confusión? –alcé la voz, lo que me valió otro pinchazo en las sienes, aún así lo ignoré. –No creo que tengas idea de lo que verdaderamente me hizo perder el rumbo...

–¿Tenemos que discutir esto ahora? –con esta frase me mostró todo su malestar. Seguía sin gustarle hablar de sus sentimientos.

–Por supuesto que no. Es más, ya no tiene caso. Hace mucho tiempo que te he olvidado. –juraría que vi cómo el azul de sus ojos se oscurecía.

No esperaba menos de ti. Sabía que sólo era un capricho de adolescente...

Sentí ganas de reírme a carcajadas. Acababa de nombrar mis sentimientos hacia ella como un capricho de adolescente.

Me pregunté cómo lo llamaría si le dijera que ese capricho de adolescente aún seguía tan vivo como el primer día y que verla de nuevo sólo había sumado en mí mayor desesperación por no tenerla. La miré. La tenía a tan sólo dos pasos de mí, aún así no podía alcanzarla. Nunca podría.

–Siempre me he preguntado qué es lo que pasa por tu mente cuando me miras de ese modo. –me dijo.

– Olvídalo. –me reí ligeramente. – No querrás saberlo.

–¿Por qué te empeñas en pensar que no me importa nada de lo que tenga que ver contigo?

–Me da igual que te importe o no. Es tarde tanto para lo uno como para lo otro.

Si las miradas matasen, yo estaría yaciendo sin vida sobre el suelo de mi cocina, porque aquella mirada que me dirigió fue la más fiera que he visto jamás en toda mi existencia. Hubiera asustado hasta a una pantera.

–Me voy a la cama. –anuncié.

–De acuerdo. Yo dormiré esta noche en el sofá, si quieres algo sólo tienes que llamarme.

–No.

–¿No a qué? –preguntó, sintiéndose ya algo molesta ante tanta cabezonería.

–No hay necesidad de que duermas en el sofá. Hay suficiente espacio en la cama para las dos. Y esta noche no espero visita.

Creo que fue la realización de que yo podría tener una vida sexual activa o que quizás estaba con alguien lo que la hizo volver a sentarse.

Quizás sólo estaba cansada de estar de pie.

–Cada día te pareces más a tu madre. Has heredado su destreza con la lengua. –me soltó irónica.

Salí de la cocina lanzándole una risita de medio lado que le demostró que no me había disgustado en lo más mínimo sus palabras. Me dirigí al baño y me cepillé los dientes antes de meterme en la cama. Bajo las mantas esperé hasta que la oí salir de la cocina, entrar en el lavabo y posteriormente en mi habitación. Seguramente le habría echado un vistazo a mi sofá como para saber que con su altura no cabría en él.

De espaldas a mí comenzó a desvestirse con la única claridad de una de las luces del pasillo que permanecía encendida. Abrió mi armario y buscó algo que ponerse. Sacó una camiseta y terminó de desbrocharse la camisa y el sujetador. Tragué ante tan maravillosa visión de su espalda. Algo sentí en mi centro que se transformó en forma líquida entre mis piernas.

Me moví hasta quedar de lado, no quería ver lo que la visión de su trasero me haría. Seguramente me provocaría un ataque al corazón. Seguí sus movimientos con mis oídos. Mientras avanzaba por la alfombra hasta el extremo contrario de mi cama, mi corazón se aceleró tanto que creí seriamente que me saldría por la boca.

La cama se movió bajo el peso de su cuerpo mientras se metía bajo las mantas. La cama era lo suficiente grande como para no tocarnos y dormir con espacio. Desde ese momento ambas nos quedamos inmóviles, esperando que el sueño nos venciera.

–Jimena... –me llamó.

–¿Qué?

–¿Hay alguien en tu vida?

Dudé en qué responderle. Quería parecer segura de mí misma, quería mostrarle que tenía una vida interesante. Aunque no fuera cierto. Aún así, le dije la verdad.

–No.

–Date la vuelta. –me instó.

Hice lo que me ordenó y la encaré. Su rostro más precioso aún bañado por las tenues sombras.

–¿Por qué no estás con nadie?

–Porque supongo que no he encontrado a la persona adecuada. –contesté, sabiendo que ése era uno de esos vacuos tópicos que servían para cuando eras un completo desastre con las relaciones.

–Hombre o mujer. –me preguntó muy seria, queriendo saber si mis gustos se decantaban por lo mismo que la última vez que me había visto.

–Mujer.

Me acarició la mejilla con la mano. Era la tercera vez hoy, eso me extrañó, ella jamás me había tocado tan repetitivamente.

–¿Pretendes decirme que aún no has encontrado a una mujer maravillosa que te haga feliz? Me amparé en la cierta oscuridad para mirarla con toda la intensidad que deseaba antes de contestar.

–No, de hecho la he encontrado. –respondí.

–¿Y qué pasó?

–Ella no quiso escucharme.

–¿Escucharte?

Para mí estaba claro que de quien hablaba era de Violeta, pero la protagonista parecía querer omitir ese hecho y estaba concentrada en sonsacarme más información como si se tratara de otra persona. Después de todos estos años, ella seguía sin poder creer que entonces la amara sinceramente. Eso me dolió profundamente.

–Sí, no me dio ninguna oportunidad de explicarle cuánto la amaba.

–Lo siento mucho. –me dijo consternada.

–Yo también.

–Debe de ser una estúpida por no haber sabido apreciar lo que tenía.

Sofoqué una risa tan rápido como pude, aún así mi garganta emitió un extraño ruido.

–Sí, ése es justamente el adjetivo que yo utilizaría. –dije, fingiendo indiferencia. –¿Qué hay de ti? ¿Estás con alguien?

Apreté tanto los dientes que me dolieron. No sabía que tuviera tanto pavor a lo que ella pudiera responder.

–No lo sé.

Fruncí el ceño.

–¿Qué clase de respuesta es "no lo sé"?

–Mi vida es demasiado complicada como para explicar...

–Tal vez dentro de ocho años más por fin esté preparada para entenderla. –interrumpí mordaz.

–Jimena... –me llamó y yo pude notar cierto cansancio en su voz.

–Buenas noches, Violeta. –zanjé cualquier comienzo de una nueva conversación y me di la vuelta.

–Buenas noches.

Antes de dormirme, pensé en la posibilidad de abrazarla con la excusa de estar bajo los efectos del sueño. Necesitaba encontrar la manera de acercarme a ella. No podía soportar el hecho de que estuviera tan cerca de mí y que yo no pudiera sentir al menos su calor. Pero mis opciones eran tan escasas y mis artes para la comedia tan pésimas que no tuve más remedio que permanecer en mi sitio ante el enorme riesgo de ponerme en evidencia una vez más.

Siempre pensé que cuando me enamorara sería maravilloso. Ni el más infausto de mis augurios prometía tanta desdicha. ¿Cómo era posible que esta mujer consiguiera atravesar todas mis defensas e instalarse en mi corazón eternamente? Ella ni siquiera había tenido tal pretensión, lo que sumaba más misterio a mi desgracia.

Pensé en mi padre y en sus deseos de morir viéndonos a todos siendo felices. Él lo había hecho todo por mí, me lo dio todo y yo no pude darle lo único que me pidió. Empiezo a creer en serio que no sé como ser feliz. Si él pudiera verme ahora, desde algún lugar, estoy segura de que estaría sufriendo por mi atribulada vida.

No eres real, ¿verdad, Violeta? Es imposible que lo seas como imposible es que pueda amarte tanto...

Recé para que al menos el sueño viniera en mi busca, no quería seguir pensando. La presencia en mi cama de Violeta había dado paso a que encontrara dificultades para lograr esa empresa esa noche. La oí respirar profundamente, a un ritmo que me avisó de que ya estaba dormida. Ese sonido logró por fin que cayera en los brazos de la inconsciencia.

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Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Septiembre 26th 2012, 8:32 am

Cuando volví a despertar, los rayos del Sol pasaban a través de las rendijas de mi persiana. Levanté un poco la cabeza para mirar el reloj que reposaba sobre la mesita de noche. Las nueve y media. Violeta aún estaba sumida en su sueño profundo. La miré bajo el amparo de su letargo.

Tenía los labios ligeramente fruncidos, su pelo desordenado cayendo la mitad sobre su rostro y lavmitad sobre la almohada. Un brazo debajo de su cabeza y el otro sobre su cadera. Decidí que lasvdiosas debían de tener su aspecto. Como si realmente hubiera podido sentir que la estaba mirando,vlentamente abrió los ojos para mí. En un segundo me encontré nadando en la profundidad de suvazul. Durante unos segundos que parecieron eternos, ella me devolvió la mirada, igualando la intensidad.

–Hola. –dijo al fin con la voz ronca.

–¿Has dormido bien?

–Perfectamente. –ahogó un bostezo.

–Te prepararé el desayuno antes de que te vayas, es lo menos que puedo hacer.

–¿Te sientes mejor? –me preguntó.

–Sí. Creo que sobreviviré.

–No tienes que hacerme el desayuno.

–Quiero hacerlo. –rebatí con firmeza al tiempo que salía de la cama.

–De acuerdo entonces.

–¿Qué te apetece? –le pregunté dándole la espalda.

–Crepês con mermelada de arándanos, y quizás también huevos y bacon...

Me volví para mirarla. Hacerle el desayuno me iba a costar estar medio día en la cocina. Me sorprendió verla sonreírme.

–Era broma. –anunció. – Me conformaré con leche y cereales. No tomo nada más para desayunar.

–Sólo tengo de chocolate. –le dije sin saber si le gustarían.

–Tú y tu obsesión con el chocolate. Está bien, no me disgustan.

Salí de la habitación y antes de comenzar a poner la mesa para el desayuno, pasé por el baño paraacicalarme un poco. Al mirarme al espejo, no tuve más remedio que sofocar un gemido. Mi aspecto era realmente pésimo, con unas profundas ojeras que circundaban mis ojos y la piel más pálida delo normal.

"Adorable", pensé con ironía.

Mientras preparaba el desayuno, bueno, más bien mientras ponía las cosas en la mesa de la cocina, oí a Violeta en el baño. Un minuto después se unía a mí en la mesa, aún llevando sólo la larga camisola de mi propiedad. Echó los cereales en su cuenco y luego la leche, todo con gran parsimonia y bajo mi intenso escrutinio. Yo, mientras, me tomaba una rebanada de pan blanco con mantequilla y una loncha de jamón. Un incómodo silencio sobrevino, sólo roto por el ruidoso cereal dentro de la boca de Violeta. Imaginé que estaba a punto de decirme algo, por lo que esperé.

–La lectura del testamento será mañana. Debes ir. Tu madre me ha pedido que te haga entrar en razón.

Yo, que estaba a medio camino de darle otro bocado a mi rebanada, me paré en seco. Todo vestigio de hambre se esfumó para mí. Deseché el pan a un lado y sin mirar a Violeta hablé.

–No pienso acudir.

–¿Vas a seguir escondiéndote del mundo aquí dentro? ¿Qué pasa con todo lo demás? ¿con tu trabajo?

–No quiero hablar de eso.

–Tienes que hacerlo. Tu padre ha muerto, Jimena, acéptalo.

Me levanté de la mesa con rabia, haciendo tambalear todo lo que estaba encima de ella. Quería alejarme de Violeta y de sus palabras, que me dolían. Al pasar junto a ella, su mano asida fuertemente a mi muñeca frenó mi fuga. Se levantó y yo intenté zafarme de su agarre, pero siempre había tenido más fuerza que yo, así que opté por la vía diplomática.
–Suéltame. –dije entre dientes.

–No.

–Por favor. –pedí por segunda vez.

–No.

–Déjame ir, Violeta. –esta vez, mi réplica parecía más una amenaza que una petición.

–No hasta que me escuches.

–Tú nunca me diste esa oportunidad, ¿por qué crees que debo dártela yo a ti?

–Esto no tiene nada que ver con nosotras, ni con ninguna venganza particular que quieras cobrarme. Se trata de ti, de tu vida.

Me volví hacia ella con furia, todo mi cuerpo temblaba bajo esa emoción.

–No puedes decirme nada que yo ya no sepa. Déjame llevar mi dolor como quiero. No tienes ningún derecho a venir aquí y a exigirme lo que tengo o no que hacer. No iré a esa maldita lectura, como no saldré de aquí hasta que esté segura de que el mundo ahí afuera no me va a tragar. –las palabras vinieron a mí como un torrente imposible de contener. – Soy una cobarde y lo admito. Me escondo detrás de cualquier excusa para no tener que enfrentarme a las cosas que me disgustan.

Sé que mi padre ha muerto, soy más consciente de eso que nadie, pero eso no significa que deba olvidarlo o que intente sacar mi vida adelante, porque eso, ahora mismo, me parece incluso más difícil que tenerte a ti...

Supe que la última frase no debí pronunciarla jamás. Y lo supe incluso antes de que mis cuerdas vocales la enunciase. Pero cuando me di cuenta, la orden ya había llegado a mi cerebro. Violeta soltó mi muñeca y yo me la restregué, haciendo correr de nuevo la sangre y mirando al suelo.

–¿Qué has dicho?

–Olvídalo. –comenté apenas audible.

–No voy a olvidarlo.

–¿Qué quieres de mí, Violeta? No sé nada de ti en ocho años y de repente apareces jugando a ser el buen samaritano. Dime qué es lo que quieres.

–Pensé que quizás me necesitarías. –admitió mirándome fijamente.

–Ya me había acostumbrado a estar sin ti. No hubiera sido ninguna sorpresa el que no hubieras venido. Parece como si me debieras algo...

–¿Cuándo vas a perdonarme?

–¿Perdonarte por qué? –pregunté, aunque sabía muy bien a lo que se refería.

–Por huír como lo hice hace ocho años.

–Tú no huíste, simplemente no me querías lo suficiente. –me dolió admitir eso.

–¿Tú me quieres? –preguntó muy seria.

Yo sabía que era ahora o nunca, que era el momento adecuado para descubrir mi alma y sacar todo lo que durante tanto tiempo había estado guardando con celo. Pero no sabía muy bien lo que Violeta haría con aquella información. Quizás sólo era curiosidad. Pensé que se reiría de mí, y que no creería una palabra de lo que le dijese. Yo era demasiado insignificante en su vida como para que me tomara en serio.

"¿Por qué tuviste que volver. Violeta? ", le dije mudamente. Yo ya me había hecho a la idea de que seguiría siendo una ilusión el resto de mi vida hasta que volvió a aparecer. Los sentimientos que durante tanto tiempo se habían adormecido en queda calma dentro de mí comenzaron a bullir desde el primer momento que mis ojos se posaron en ella de nuevo.

Todos aquellos años había pensado en Violeta y la costumbre de hacerlo había logrado que ni siquiera me doliese. Pero ahora la tenía delante y yo estaba segura de que tenía que alejarme de nuevo antes de que su presencia se hiciera necesaria como antaño.

Yo ya no era una niña. Ahora era una mujer, una mujer obsesionada que amaba con el mismo ardor que cuando era adolescente. Y Violeta seguía siendo mi maldita obsesión, lo único que podía romper mi paz interior en tantos pedazos que se me hacía imposible recuperar los trozos.

Todos estos pensamientos lograron mi primer objetivo que no era otro que el de endurecer mi corazón aún más.

Así que le mentí.

–No. No te quiero. Al menos no como creo que me preguntas.

–De acuerdo. –dudó un instante. – Era todo lo que quería saber.

Mi paz interior, en esos momentos, bullía como el agua hirviendo. Quería gritar, gritarle a ella, gritarle a Dios si es que existía.

–Déjame sola. –le pedí casi en un susurro. – Necesito estar sola.

–¿Para qué? ¿para que puedas autocompadecerte a gusto? ¿para que puedas culpar al mundo de lo que te pasa? ¿o quizás quieres encerrarte aquí y ponerle fin a tu vida con el vodka...?

–Déjame en paz. –ladré. – ¿Qué sabes tú de mí?

–Sé algo, y es que las cosas que se desean de verdad hay que luchar por ellas.

–Ve a darle ese sermón a otro, llegas tarde para mí. –dije con gran carga sarcástica.

–¿Qué hay de tu familia? ¿quieres que al dolor por la pérdida de tu padre se sume también la tuya?

–¿¡Qué pasa con mi maldita familia!? –grité llena de rabia al tiempo que descargaba ambos puños sobre la mesa, haciendo que el cuenco de leche volcara sobre la madera, inundándolo todo.

Violeta se quedó allí, de pie, mirándome con una extraña expresión en la cara. Creo que ambas nos dimos cuenta en el mismo instante de lo destruída que yo estaba. Aquel espíritu que tenía hacía ocho años había salido de mí y ahora sólo quedaba un alma atormentada e infeliz.

–Cuando te conocí, recuerdo que pensé que no había visto a nadie que amara tanto a su familia como tú, te veía disfrutar de cada pequeño momento... Debo admitir que eso incluso me hizo sentir envidia, yo jamás tuve algo parecido...

Yo me senté, vencida. Era como si hubiese logrado echar la vista atrás y me hubiese visto a mí misma, ahora sumida en un pozo profundo, sin salida alguna. Violeta siguió hablándome, contándome las virtudes que un día tuve, pero yo no la escuché. No quería hacerlo. Observé la leche cayendo por uno de los extremos de la mesa, gota a gota.

–¿Jimena? –me llamó Violeta al darse cuenta de que yo estaba a mucha distancia de allí.

Levanté la vista hacia ella. Sería tan fácil pedirle ayuda.

Tan fácil.

Me levanté una vez más y me dirigí hacia el fregadero para coger la balleta y limpiar el desastre
que había provocado.

–Jimena, escúchame, por favor... –pidió una vez más Violeta.
–Iré. –dije simplemente, sin mirarla, zanjando cualquier intento de coversación que intentara comenzar ella.

Violeta pareció querer añadir algo, pero viendo mi aparente indiferencia y el dolor que me estaba provocando su sola presencia la hizo dimitir de su intento.

–De acuerdo.

Salió de la cocina, dejándome nuevamente sola. Yo casi había terminado de limpiar la mesa cuando ella regresó, vestida con su ropa, el abrigo en una mano y el bolso pendiendo de uno de sus hombros. Ya se iba. Otra vez.

–Aquí está mi tarjeta. Si necesitas algo, lo que sea, a cualquier hora, llámame. –depositó el trozo de cartulina blanco sobre la encimera. En vista de que yo no tenía intención de pronunciar una palabra decidió cortar por lo sano. – Adiós.

Yo sólo me limité a asentir mientras seguía entregada a mi tarea, como si ésta fuera tan interesante que me tomaba toda la atención. Se dio la vuelta y salió. Fue entonces cuando me permití sentarme en una de las sillas, con la cabeza apoyada en la pared, en completa rendición de mí misma.

Durante algunos minutos pensé en la escena que había tenido lugar allí mismo. Yo sabía que Violeta había intentado ayudarme desinteresadamente. Ella, de alguna forma, entendía mi sufrimiento e incluso lo compartía hasta cierto punto. Pero también me recordaba demasiadas cosas, cosas imposibles que me hacían sentir aún más fracasada... Violeta lo era todo y nada al mismo tiempo.

Me levanté cansada de tanto pensar y me dirigí hacia mi habitación. Sobre el colchón descansabadoblada la camisola que había usado la azafata. Me tendí sobre la cama y la cogí, llevándola inmediatamente hasta mi nariz, inhalando su inconfundible olor. Cerré los ojos y me abracé a aquel pedazo de tela con fuerza.

Repentinamente me descubrí excitada tan sólo porque su olor comenzó a llenarme. Mi mano tomóla decisión de viajar dentro de mi ropa interior hasta encontrar lo que andaba buscando. Me convulsioné sobre la camisola, pronunciando su nombre maldito contra la tela.

Así pasé la mayor parte del día, justo como había pasado los últimos ocho años: soñando con Violeta.

Tarde esa noche decidí salir a la calle por primera vez en cuatro días. Mi intención era llamar a mi madre desde una cabina, puesto que en uno de mis ataques de ira había arrancado el cable del teléfono de la pared. Marqué el número sintiéndome nerviosa y sin saber exactamente por qué. Tal vez era por tener que enfrentarme a mi madre, por saber que había sido demasiado egoísta con ella... Quizás porque me recordaba demasiado a mi padre.

–¿Sí? –respondió una voz, lo suficientemente triste como para saber que sólo podía ser la de ella.

–¿Mamá?

–Jimena, ¿eres tú?

–Sí.

–¡Gracias a Dios, hija!No sabías si estabas bien, hemos intentado localizarte en estos días, al principio pensé que debía darte tiempo, siempre has sido tan... –un ligero silencio mientras buscaba la palabra adecuada. –... tan para ti misma que...

–Creí que Violeta te había llamado para decirte que estaba bien.

–Sí, lo hizo. Yo le pedí que te hiciera entrar en razón...
La última frase de mi madre, inconsciente ella del daño que me hizo, me dio en toda la frente. De modo que Violeta sólo había venido como un favor a mi madre, no porque realmente sintiera mi pesar.

–Siento no haber llamado antes. –dije con la voz ronca por contener el llanto.

–Hija, ¿estás bien?
–Sí, lo estoy. Es sólo que... sólo que...

–Lo sé, sabía que de entre todos, serías tú a quien más le costaría aceptarlo. Incluso tu padre lo sabía...

–Mamá. –la interrumpí. –. Violeta me dijo que mañana era la lectura del testamento, ¿es necesario que vaya?

–Por supuesto, tu presencia allí es ineludible. ¿No quieres saber cuál fue la última voluntad de tu padre? –seguidamente me indicó la hora y el lugar para la cita.

Quería gritar que no, que no era porque no quisiera, simplemente quería apartarme de todo aquello. Violeta tenía razón, yo aún no había aceptado la muerte de mi padre. Quizás no lo hiciera nunca. Mi madre siguió con su particular monólogo del cual sólo logré escuchar la última parte.

–Escucha, ¿por qué no vienes a casa? Así podré ayudarte en lo que necesites... Hija, no te encierres en ti misma como siempre...

–Mamá, se acaba el crédito y no tengo monedas. –mentí, jugando con las que tenía en el bolsillo de mi chaqueta. –. Nos vemos mañana, ¿vale?

–Como quieras, Jimena.

–Adiós.

–Adiós. –fue lo último que oí antes de colocar el receptor en su lugar.

Metí ambas manos en la chaqueta cuando un repentino aire frío me sobrecogió. Crucé la calle y volví a encerrarme en mi apartamento.

El despertador sonó demasiado temprano para mi gusto. Lo apagué a tientas consiguiendo casi tirarlo al suelo. Me levanté a regañadientes y lo primero que hice fue ducharme. Luego me vestí simplemente con un traje de sastre de color gris oscuro y dejé que mi pelo se secara con el aire. No me maquillé, ni siquiera intenté camuflar las profundas ojeras.

Tardé en llegar al sitio indicado menos de media hora. Aparqué el coche sobre una acera, puesto que no encontré a esa hora de la mañana un espacio libre. Me daba igual que se lo llevara la grúa.

El edificio donde se ubicaba el despacho del notario era enorme, tenía catorce plantas y estaba pintado en su fachada de color gris y un verde que lo bordeaba. Entré en la recepción, con mis zapatos chirriando molestamente en el suelo recién encerado. Me dirigí al ascensor y pulsé el botón que indicaba la séptima planta.

La puerta del despacho del notario estaba abierta, y antes de alcanzarla, pude oír distintas voces. Aparecí en el quicio y todo el mundo se volvió para verme.

–Jimena. –me llamó mi madre.

Me arrepentí, al ver su expresión, de no haberme maquillado.

Oteé la salita de espera, allí estaban todos mis hermanos, sus respectivas parejas y mi madre. Todos los que supuestamente nombraba mi padre en su testamento.

–Hola, mamá.

Me acerqué hasta ellos y nos saludamos todos correctamente, aunque se podía decir que el ambiente era tenso. Quizás fuera mi presencia aquí y no en el funeral. Respiré hondo, maldiciéndome por haberme metido en tan molesta situación. Si tan sólo pudieran darme un respiro, dejar de pensar en mí tan erróneamente. Ginebra se acercó a mí.

–Tienes un aspecto horrible. –me dijo a media sonrisa.

–Lo sé.

–Nos has tenido a todos muy preocupados.

–Eso también lo sé.

–Somos tu familia, ¿por qué no nos pides ayuda? –me dijo con desconsuelo.

–Porque no la necesito. –ladré en voz baja.

–Eso, Jimena, eso es lo que nunca he entendido de ti.

La miré. En realidad los miré a todos, uno por uno. Quería saber si era un pensamiento común, si era cierto que seguía siendo un completo misterio para ellos. No tuve duda alguna de que así era, pero también pensé que no había hecho nada por evitar que así fuera. Siempre me dije que tal vez ellos no lograran nunca entenderme y en estos momentos me daba cuenta de que es que nunca lo intenté. La muerte de mi padre había servido para distanciarnos aún más. El vínculo que nos mantenía unidos se había ido para siempre.

Miré a mi madre. Sentí lástima por ella. Se había quedado aún más sola que yo.

En ese momento apareció el albacea, para amablemente hacernos pasar. Ginebra me dio un suave toque en mi hombro derecho y fue a reunirse con su marido. Yo seguía clavada en el sitio, mirando a mi madre. Ella se acercó a mí y yo le tomé de la mano.

–No puedo hacerlo. –le dije.

–Lo sé.

–Perdóname. –le pedí con expresión de angustia.

–No hay nada que perdonar. Lo creas o no yo puedo ver lo que hay en tu corazón. Soy tu madre, yo te parí. –me sonrió con tristeza. –Vete a casa, Jimena. Espero verte pronto. Con eso, se alejó de mí para unirse a los demás que ya habían pasado al interior del despacho. Me di la vuelta y salí por donde había venido.

Ya dentro del ascensor, sola, observando mi reflejo en el enorme espejo de la cabina, me permitídejar que algunas lágrimas salieran de mis ojos, a fin de poder aliviar el intenso dolor que permanecía en mi garganta desde hacía largo rato por el llanto contenido. Apoyé la frente en espejo, negando no sé a quién, deseando que mi padre estuviera allí. Las compuertas se abrieron y yo sequé mis lágrimas como pude antes de salir y dejar detrás de mí las miradas desconcertadas de quienes esperaban su turno para entrar en el ascensor.

Volví a encontrarme con el frío aire de la mañana y me dirigí hacia la acera para confirmar mis temores. Un guardia municipal controlaba la operación de la grúa, que ya remolcaba mi Audi.

–Disculpe. –me dirigí hacia el guardia.

Me miró bajo la gorra que le cubría la totalidad de las cejas y casi los ojos. Me pregunté por qué se la colocaban de esa forma, me parecía estúpido. Supuse que quizás creían que le daba un aire más serio a su autoridad.

–¿Es usted la dueña del vehículo?

–Sí.

Antes de que pudiera sugerirle que tuviera un poco de compasión hacia mí, se adelantó para zanjar cualquier polémica que yo pudiera enfrentarle por llevarse impunemente mi coche.

–Lo siento mucho, pero si tiene alguna reclamación ya sabe que puede hacerla en el ayuntamiento.

–Estupendo. –murmuré con rabia. –Muchas gracias.

–Disculpe... –dijo dándome nuevamente la espalda.

Lo que realmente me hubiera gustado hacer era mandar a la mierda a aquel guardia, a él y a sus impecables y falsas maneras, pero sólo hubiera conseguido que me metieran en un calabozo. Con lo que me dí la vuelta para intentar conseguir un taxi.

Nunca imaginé que conseguir un taxi libre en aquella maldita ciudad fuese tan difícil. La media hora que me tomó, casi hizo que me pusiera a patalear en medio de la calle. Cuando al fin lo logré, le diinstrucciones al taxista para que me llevara al hospital donde trabajaba.

Pedí ver a la jefa del departamento de pediatría. Pronto me pasaron dentro de su despacho. Un extraño olor me inundó. Debía de provenir de el material con que estaban tapizados el sillón y las dos sillas de visita. Parecía cuero, pero no podía precisarlo con exactitud.

Me senté en unas de las sillas y miré a mi alrededor. No es que fuera la primera vez que estaba allí, pero cuando había que esperar, lo más efectivo era observar los alrededores. Pasé los dedos por la inmensa mesa de roble, trazando círculos al azar. Estaba a punto de que mi vida diera un rumbo inesperado. Sabía que debía empezar de nuevo, desde cero. Pero como toda nueva cosa que me atrevía a emprender, esto también me aterraba.

Petra Collado, que así se llamaba, se unió a mí minutos más tarde. Ella siempre había mantenido un trato cordial conmigo, e incluso me atrevería a decir que yo le agradaba. Cosa inusual, puesto que los demás internos la odiaban. Tenía un carácter agrio, pero todos nuestros encuentros habían sido, hasta la fecha, cordiales.

–Siento mucho lo de tu padre. –me dijo nada más cerrar la puerta tras de sí.

La observé rodear la mesa y sentarse en su cómodo sillón, acomodándose la bata acto seguido.

–Gracias. –repliqué.

–Creo que sé a lo que has venido. Lo imaginé la primera vez que llamaste para hacerme saber que no ibas a venir en unos días.

La miré, esperando que prosiguiera y me evitara así el esfuerzo de hablar, algo que últimamente parecía que me costaba demasiadas energías.

–Vienes a pedirme la renuncia, ¿verdad?

–Sí. –admití simplemente.

–¿Hay algo que pueda hacer para evitar que hagas esa locura?

–No. No puedo ejercer ahora mismo. No sería justo. Ni siquiera sé cómo cuidarme a mí misma.

–Todos hemos pasado por algo así alguna vez. Así es la vida, Jimena. –fue la primera vez, que yo recuerde, que me había llamado por mi nombre de pila. –No me digas que no sabías que esto pasaría en algún momento...

–Sabía que ocurriría. Pero eso no cambia nada.

Me miró.

–Espero que no te arrepientas de esta decisión.

A mí me salió como por arte de magia un intento de risa que resultó ser más bien un bufido.

–Desgraciadamente, siempre acabo arrepintiéndome de todo lo que hago.

–Jimena... –soltó cerrando los ojos y negando con la cabeza. –Puedo darte una semana más. Piénsatelo hasta entonces.

–No creo... –comencé a replicar.

–Hazlo como un favor personal hacia mí. Si sigues pensando igual, aceptaré tu carta de dimisión sin rechistar.
No podía negarme a aquello. Aquella mujer con la que apenas había cruzado un par de frases, parecía estimarme y yo no podía rechazar aquella simple petición.

–De acuerdo.

–Te he visto con los niños, realmente eres buena. Casi me atrevería a decir que la mejor que ha pasado por aquí. No olvides eso nunca. –sentenció a media sonrisa.

–No lo olvidaré. Gracias.

Me levanté y salí del despacho, no sin antes mirar por última vez a la mujer, quien me regaló una mirada de simpatía y entendimiento.

Me di prisa en llegar hasta la salida, no me sentía con ganas de coincidir con algunos de mis compañeros de profesión. Aún así, me tropecé con uno o dos a los que les dediqué un leve asentimiento de cabeza.

Afuera, me seguía aguardando la fría mañana. Me abroché el último botón de mi abrigo y fui en busca de otro taxi, maldiciendo, por quinta vez en aquel día, al guardia municipal.

De repente, abandoné la intención de buscar un coche público y me pareció una magnífica idea el simplemente deambular sin rumbo fijo por entre las calles. Ahora que había abandonado mi trabajo, y de paso mi última responsabilidad, ya no tenía prisa por llegar a ningún sitio. Me pregunté qué era lo que iba a hacer de ahora en adelante, pero fue sólo eso, una ligera cuestión, puesto que no había nada en aquel mundo que me preocupara menos que eso.

Seguí caminando por entre los edificios de apartamentos, que se me antojaban en esos instantes horrendos, durante al menos veinte minutos más hasta llegar a un parque donde pude descansar mis agotados pies en un banco de madera.

Junto a mí, pocas personas paseando a tan tempranas horas de la mañana, sólo los madrugadores o los que tenían el inevitable deber de sacar a sus mascotas. Observé desde mi puesto la tristeza del paisaje que el Otoño otorgaba a su paso. Las similitudes que encontré entre aquel panorama y mi propio interior fueron aplastantes . Yo estaba así, aparentemente muerta, esperando a que llegaran tiempos mejores que fueran capaces de provocarme la vida de nuevo. Deseé con todas mis fuerzas ser alguno de aquellos árboles.

Qué fácil es la existencia para los que no sienten.

Estos pensamientos tuvieron un inesperado efecto en mí. De repente todo lo que anhelaba era poder tomar un trago de licor. Sólo uno. Un trago que yo estaba segura de que calmaría mi ansiedad.

Me levanté decidida en dirección a una licorería cercana, a la que yo había pasado sin dedicarle apenas un vistazo temerosa de volver a caer en la tentación de esconderme en algo tan infecundo como el alcohol. Pero ahora esa tentación era demasiado poderosa como para ignorarla.

Simplemente quería recuperar algo de mi paz interior. Sólo eso. Y yo ya había comprobado que el alcohol era capaz de dármela. Recordé mi promesa a Violeta, pero encubrí mi traición diciéndome que sólo sería por esta vez.

Media hora después, tras haber gritado, peleado y casi mordido por un taxi, llegué a mi casa. Nada más abrir la puerta me deshice de la chaqueta y del bolso, a los que abandoné con absoluta despreocupación en el suelo. Sólo me importaba la bolsa de papel que contenían las botellas de Smirnoff y a la que yo me aferraba como a un salvavidas.

Pensé cómicamente que acabaría por desarrollar un incondicional amor por los rusos, por haber sido los artífices de tan espectacular destilería. Me reí en voz alta ante mi propia y estúpida ocurrencia. "Esto va bien", me dije al darme cuenta del extraordinario humor del que ya disfrutaba sin haber probado una gota de alcohol.

Coloqué la bolsa sobre la mesita del café y fui directa a abrir una ventana para que iluminara el salón. En mi camino de vuelta, fui dejando desperdigados los zapatos, la falda y la camisa blanca de algodón. Entré en el dormitorio y me puse el pijama para estar del todo cómoda. Mi siguiente destino fue la cocina, donde tomé un pequeño vaso para apurar el vodka.

Nada más sentarme en el sofá, abrí la primera botella de licor. El olor que de ella se desprendió, hizo que mis papilas gustativas se quejaran con dolor y que la saliva se hiciera más líquida aún. Sonreí, observando como me temblaba la mano que sostenía el vasito. Estaba expectante. Así que cerré los ojos y me dejé llevar.

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Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Septiembre 28th 2012, 8:23 am

–¿Jimena?

Lo oí, pero me negué a responder.

–¿Jimena? –se volvió a repetir, esta vez con más insistencia.

–Déjame en paz... –pedí, dando manotazos a ciegas para apartar a quien se hubiera atrevido a molestar mi calma.

–Muy bien. –dijo la voz. –Tú lo has querido.

Sentí que me asían de los pies, pero aún así me negué a abrir los ojos, deseando poder regresar a mi estado de ensoñación. Creí que aquella pequeña interrupción acabaría pronto y que sólo era producto de mi ebrio estado.Hasta que mi cuerpo se desplomó sin remedio sobre el suelo.

–¡Maldita sea! –mascullé con rabia, despertándome por entero.

–Levanta. –me ordenó la voz, igual de autoritaria que desde el principio.

–¿Violeta? –pregunté incrédula, cuando mi lento cerebro registró aquel tono.

Despegué la cara del suelo gélido y levanté la vista para asegurarme de que era ella. La expresiónd e su rostro era de absoluto enfado, con los brazos en jarras y los labios fruncidos, mirándome como si quisiera tragárseme de un bocado. El misterio de su presencia allí inundó mis sentidos.

–¿Qué haces aquí? ¿Cómo has entrado?

–Por la puerta.

–¿No se le llama a esto allanamiento de morada? –dije jocosa mientras me levantaba a duras penas. –Con el agravante de agresión...

–Yo que tú no tentaría a la suerte, créeme. Aún puedo hacerte mucho más daño. En estos momentos lo único que se me pasa por la cabeza es estrangularte.

Me senté en el sofá pesadamente, evitando hacer contacto visual con ella.

–En cuanto a tus preguntas... –dijo al tiempo que sacaba unas llaves del bolsillo, con un llavero que yo reconocí como la copia que poseía mi madre de la casa.

–¿Mi madre otra vez? Tenía que haberlo supuesto... Debo hablar con ella seriamente y decirle que no puede acudir a ti cada vez que me pase algo...

–Me lo prometiste. –me interrumpió, señalando con la cabeza la botella media vacía que reposaba sobre la mesita.

–Puede decirse que yo no estaba en plenitud de mis facultades cuando te hice tal promesa, así que podríamos declarar el acuerdo nulo y sin efecto.

–Imbécil. –me espetó con furia mal disimulada.

–Gracias. –fue lo que dije a cambio. – ¿Te apetece un trago?

–No, y tú tampoco vas a beber más.

Me arrebató la botella de las manos antes de que yo pudiera llenar el vaso.

–Devuélvemela. –dije en tono amenazador.

–No.

Suspiré con desgana y me recliné sobre el respaldo del sofá, sabedora de que no me devolvería la botella aunque se lo suplicara.

–No he dejado de pensar en ti en todo el día... –me confesó. –Estoy muy preocupada por ti.

–¿Y qué sugieres que hagamos?

–Jimena... –comenzó ella otra vez.

Yo no estaba por la labor de comenzar otra agotadora charla sentimental. Tan sólo quería regresar a mi estado ebrio, del que apenas quedaba ya nada.

–Dame la botella, Violeta.

–¿Esto es lo único que te importa?

–En este instante sí.

–¿Por qué no me dejas ayudarte? –me dijo casi en súplica.

–Porque no te necesito.

–Sí, ya... Creo que eso ya me lo habías dicho... Basta una mirada para saber lo mucho que necesitas que te ayuden...

Me puse en pie casi de un salto y me acerqué a ella con pasos cortos, casi creando una danza mientras lo hacía. Violeta esperó pacientemente sin moverse un ápice, incluso cuando me acerqué todo lo que pude a ella, con la tela de nuestras respectivas ropas rozándose. Lo cierto es que a mí se me había ocurrido una estúpida y cruel idea, que en otras circunstancias jamás me hubiera atrevido a poner en práctica.

–De acuerdo..., ¿quieres ayudarme? –dije, sin reconocer mi propia voz que casi se podía confundir con el ronroneo de un gato. –¿Qué tal si vamos a mi cama y hacemos el amor? Eso también podría hacerme olvidar...

Dejé la cuestión en el aire y observé como Violeta curvaba la boca en una sonrisa, igualando así mi propia pose de perversión.

–Estás borracha. –dijo, apenas sin despegar los labios.

–¿Lo estoy? ¿Y si no lo estuviera?

–Si no lo estuvieras, ni siquiera se te habría pasado semejante idea por la cabeza.

–¿Es sólo repulsión lo que te hace decir eso o es que quizás sigues creyendo que soy la misma niña inexperta e inocente? –no le di oportunidad de responder a mis insidiosas preguntas, sino que proseguí provocándola. –Lamento tener que decírtelo, pero nunca he sido así. Desde el primer momento en que te ví quise sentirte, que me besaras, que me hicieras el amor hasta hacerme gritar... Justo como estoy segura de que eres capaz de hacer... Tu cuerpo no tiene nigún rincón desconocido para mí... Al menos en mis sueños... –sentencié.

La vi apretar las mandíbulas varias veces mientras me miraba con una intensidad pasmosa que casi me hizo dejar de respirar. No supe la razón, quizás era enfado, ira o tal vez deseo, aunque esto último sólo fuera una sensación que yo deseaba tener.

–Deberías darte una ducha. –me dijo simplemente. – Una muy fría.

–Voy a tomarme esa respuesta como un no, y puesto que no hay nada más divertido que hacer, ¿te importaría devolverme la botella ahora?

–No vas a probar una gota de alcohol en mi presencia.

–Si no quieres verlo... –clamé agriamente, volviendo a estirarme sobre el sofá. –... ya sabes dónde está la salida.

Violeta se giró levemente y fijó la vista en otro punto del salón, emitiendo un leve suspiro.

–¿Qué te apetece cenar? –me preguntó como si nada hubiera pasado, como si fuese inmune a mis ataques.

Yo me revolví en el sofá, lanzando lejos un cojín que había ceñido momentos antes contra mi pecho.

–¡Por el amor de Dios, Violeta!Sólo quiero que me dejes en paz.

–No voy a dejar que te ocurra nada. No mientras pueda evitarlo.

Su maldita cabezonería provocó que mi interior se rebelase y me llenara de ira. Después de tantos años, yo sabía que era incapaz de aceptar su ayuda, entre otras cosas porque eso significaría tener que aceptar su amistad. Y yo no podía conformarme con eso sólo. Si no podía tenerla por entero, en cuerpo y alma, prefería sufrir su ausencia.

Así que me levanté una vez más dispuesta a acabar de un modo u otro.

–¡Yo no soy tu hermana, Violeta!, ¡salvarme a mí no te será de ayuda!, ¡YO NO SOY ELLA! –grité con ganas.

Las consecuencias de mis agrias y crueles palabras se reflejaron al instante en su rostro, endureciéndose como el acero, su expresión una máscara de dolor. La vi apretar la botella hasta que sus nudillos se pusieron blancos por el esfuerzo. Incluso me hizo temer seriamente por mi vida, algo que por otra parte, no me importaba en absoluto.

–Lo siento. –dije.

Negó con la cabeza.

–Te hubiera perdonado si no estuviera tan segura como lo estoy de que deseabas hacerme daño deliberadamente. Enhorabuena. Lo has logrado. Espero que al menos haya servido para que una de las dos se sienta mejor.

–No me siento feliz de haberlo hecho. –confesé en un murmullo.

–Tal vez tengas razón y esto sea un error...

Nunca imaginé que hacerle daño a alguien a quien tanto se ama, tuviera tales efectos
devastadores. En mi interior una única súplica : la de dejar de existir.

–Perdóname.

–No tienes ningún derecho a usar a mi hermana para hacerme daño...

–Lo sé. –admití avergonzada, bajando la cabeza.

–Debería dejarte en paz, como quieres que haga. Debería dejar que te sumas en la oscuridad que tanto deseas...

–Hazlo de una maldita vez. –gruñí, sentándome en el sofá por enésima vez, mientras hundía el rostro en las manos totalmente derrotada.

–No.

–Violeta... –la llamé cansadamente. – ¿Es que posees el don divino de aliviar las penas ajenas? Porque de otro modo no se me ocurre cómo puedes ayudarme. ¿Puedes devolverme a mi padre? Porque eso es lo único que necesito.

–No te he visto llorar ni una sola vez, Jimena, todo lo que haces es beber y beber...

–¿Perdona? –repuse extrañada.

–Apuesto a que ni siquiera te has permitido llorar hasta que no te queden lágrimas, sacar toda esa rabia que llevas dentro..., ¿me equivoco?

–Lloraré si sigues con ese tono condescendiente, te lo aseguro. Nunca he encajado bien los sentimentalismos. –dije mordaz, queriendo cortar la conversación cuanto antes.

–¿Sabes por qué se suicidó mi hermana?

La miré. ¿Es que iba a contármelo? Eso era algo que nunca imaginé que ocurriría, oír hablar a Violeta de sus sentimientos, de su hermana o de lo que le pasó.

–Creía que eso era algo de lo que no te gustaba hablar...

–Supongo que lo que realmente pasaba es que no tenía las fuerzas suficientes para hacerlo.

La vi acercarse y sentarse junto a mí. Depositó la botella sobre la mesa y suspiró antes de hablar. Todo sin dedicarme una simple mirada. Supuse que así le resultaba más fácil hacer las cosas.

–Mi madre murió cuando yo tenía cinco años. Mis recuerdos de ella, desgraciadamente, se han ido desvaneciendo con el tiempo. Yo creo que murió de tristeza. Mi padre no la hizo feliz. A decir verdad, ese hijo de puta fue incapaz de hacer feliz a nadie...

Hizo una pausa. Apretó las mandíbulas con fuerza, pude ver los músculos de su cara tensarse. Yo estaba segura que era por el hecho de estar hablando de su padre. Si algo me había dejado claro siempre es que nunca le quiso. Esperé pacientemente a que prosiguiera su relato, inmóvil en mi sitio.

–Verás, nunca supe que fue lo que pasó con seguridad. Ella era como tú, tímida, llena de inocencia, encerrada en su propio mundo... Yo la amaba con total devoción, créeme, y creo que ella a mí también. Al fin y al cabo sólo nos teníamos la una a la otra. No sé muy bien los motivos, pero creo que fue eso lo que la llevó a ese extremo.

–Violeta... –la llamé. Deseaba que dejara de contarme aquello. Ya se estaba convirtiendo en una pesada carga para mí.

–¿No quieres conocer toda la historia?

–No estoy segura. –admití, tragando con fuerza.

–Me ha costado muchos años poder hablar de esto. Quiero que veas que no eres la única que sufre.

Yo me he pasado toda la vida de esa forma...

Supe, por la mirada que me dedicó entonces, que necesitaba comprensión. Y me había elegido a mí. ¿Cómo podía negarle aquello?

–Sigue, por favor. –le supliqué en aquel punto.

–Se cortó las venas con una cuchilla en la bañera, y así fue como la encontré, bañada en su propia sangre. No tienes ni idea de cómo esa imagen me ha perseguido y estoy segura de que lo hará hasta el día en que me muera.

Otra pausa que sirvió para que ella se frotara la frente con una mano, recopilando, seguramente, viejos recuerdos. Observé en su perfil, cuando apartó la mano, que una mueca de pesar se había instalado allí.

–Yo soy quien ha cargado con todo el peso de su muerte, ¿sabes? Creo que fui la única que lo sintió. Cuando tienes un padre que te maltrata suelen ocurrir cosas así. Y ése es el fin de la historia. No hay más, sólo quedamos yo, mis pensamientos y mis recuerdos. Algunos incluso hacen muy difícil el levantarme cada día ...

Desde que conocía a Violeta, nunca había estado tan segura de lo desdichada que era hasta aquel momento. Pero lo que ella me había contado era incluso más de lo que podía soportar. Y su rostro compungido me lo reafirmaba.

Además, supe que había algo más en su historia que no quería contarme. Pero de ninguna forma yo iba a preguntárselo.

–Quizás nunca te he demostrado lo que me importas, Jimena. Quizás ni siquiera sé hacerlo, pero no estoy aquí por Alicia, nada puede traerla de nuevo. Estoy aquí por ti. No me preguntes porqué, ya sabes que odio dar explicaciones. Simplemente acepta mi ayuda si puedes. Entre tú y yo hay demasiadas cosas sin aclarar...

–Violeta... –la llamé acallándola, al tiempo que me acercaba a ella.

La alcancé con ambas manos e hice que me mirara a los ojos. Me arrimé, haciendo que bajara la cabeza para plantarle sendos besos en la frente y las mejillas. La besé con desesperación, uniendo mi dolor con el suyo. No me importó entonces demostrarle cuánto sufría por su desdicha, cuánto me importaba y cuánto la amaba. Le estaba dando todo lo que yo tenía y era capaz de dar. Hubiera dado mi vida por borrar todo aquel sufrimiento de la suya.

Violeta se dio cuenta. Era imposible no hacerlo.

La sentí introducir una mano en la parte de atrás de mi cabeza. Tiró con fuerza de mi cabello hasta hacerme separar de ella hasta que me tuvo mirándola a los ojos. Se acercó a mí, casi se rozaban nuestras narices. Pero en ese punto se mantuvo inmóvil. Inhalé su aliento, sentí su calor. Tenía que probar esos labios, pero cada vez que intentaba acercarme, ella tiraba de mi pelo hacia atrás para impedirlo.

–¿Quieres besarme? –me preguntó.

–Sí. –respondí con sinceridad.

–¿Por qué?

–Porque estás demasiado cerca...

–¿Te conformarías con eso? –inquirió de nuevo.

–No lo sé.

–Voy a soltarte y entonces podrás comprobarlo...

Por primera vez levanté la vista de sus labios hacia sus ojos, mientras ella soltaba mi cabello sin mover su rostro. No supe muy bien si lo que quería era jugar conmigo o tal vez comprobar algo. Y entonces me di cuenta.

No la besé.

Jamás me conformaría con eso. Eso es lo que ocurre cuando se ama de verdad .

–De entre toda la humanidad tuviste que elegirme a mí, ¿verdad? –me dijo.

Yo no estaba preparada para responder a esa respuesta. En cambio, le hice una pregunta que siempre me había estado rondando por la cabeza.

–Te acostabas con mi hermano... –interpelé súbitamente, algo que a ella también le sorprendió.

–Sí.

–¿Entonces por qué conmigo eres incapaz? ¿Porque soy mujer?

–Si me acostara contigo... –dijo haciendo una pausa. –¿Qué crees que cambiaría?

–Sólo sé que el que aparecieras de nuevo sólo me ha traído viejos fantasmas que yo había logrado encerrar en mi mente. Tu sola presencia me inquieta...

–Me ves como una amenaza... –contestó incrédula.

–Una amenaza para mi estabilidad... Creo que me estoy volviendo loca...

–Jimena, yo soy igual que el resto de los humanos. Tengo tantos defectos que a veces encuentro difícil el esconderlos. ¿Qué es lo que te hace verme de esa forma? ¿Qué tengo yo que no has conseguido olvidar?

Sentí que me mareaba. Ella había dado con el enigma. Ahora sólo nos quedaba resolverlo.

–No quiero hablar de esto... –dije, temerosa de que ella dijera algo así como que jamás sería capaz de amarme o incluso peor. Prefería seguir pensando que siempre habría una posibilidad, aunque en el fondo supiera que no era cierto.

–Sin embargo has sacado el tema... ¿De qué tienes miedo?

–Yo no tengo miedo. –mentí.

–No es cierto.

Me froté las manos y miré la botella que reposaba sobre la mesilla. Señor, cuánto deseaba en esos momentos beber un trago.

–Aún no puedo explicar qué es lo que me mantiene tan unida a ti... –me confesó.

Yo pensé durante unos breves instantes para después responderle.

–Creo que sí lo sabes. Yo te recuerdo a tu hermana. Nunca has dejado de repetírmelo.

–Siento haber sido tan injusta contigo. Me doy cuenta de lo duro que tiene que haber sido para ti ese hecho.

–Me he acostumbrado a ser para ti nada más que un espejismo. –solté mordaz.

–Jimena... –me llamó quedamente al tiempo que posaba una de sus manos sobre mi muslo.

No puede evitarlo, pero aquel suave roce de su mano me hizo sentir un escalofrío. Cerré los ojos y suspiré hondo ante la intensa sacudida que cruzó mi cuerpo.

–Voy a darme una ducha. –dije de repente, alejándome de ella cuanto pude.

Violeta no intentó impedírmelo, sólo se limitó a mirarme con expresión extrañada. Me dirigí al baño con paso firme y eché el cerrojo para después apoyarme en la puerta. Me froté los ojos para impedir que las lágrimas que allí se congregaban salieran al exterior. Me sentía anímicamente destrozada, como nunca antes. Y supuse que la presencia de Violeta y sus palabras tenían mucho que ver con ello.

Abrí el grifo de la bañera y observé el agua rodar por la porcelana, llenando poco a poco la tina. Me desvestí con gran parsimonia y me metí dentro. El agua apenas alcanzaba para cubrirme las piernas, pero me senté allí, con la espalda apoyada en la pared, dejando que mi mente se recreara en los recientes hechos.

Casi tenía ligera esperanza de que cuando emergiera del servicio, Violeta se hubiera ido, dejándome de nuevo a solas. Intenté escuchar algún sonido que proviniera de afuera, pero el ruído del agua cayendo me lo impidió.

Corté el agua en cuanto ésta me cubrió hasta la cintura. Reparé en la mitad de mi cuerpo que permanecía sumergida, sobre todo en mi cintura y en mi claro vello púbico. Hundí la otra mitad y permanecí sumergida, sintiendo como cada vez con más urgencia, mis pulmones me pedían auxilio. Aún así, me quedé inmóvil hasta que la visión se me nubló. Me pareció que retrocedía en el tiempo, cuando tenía ocho años y había luchado por permanecer en la superficie, mientras mi cuerpo se empeñaba una y otra vez por hundirse como una piedra en aquel río.

Entonces las manos fuertes de don Federico me habían sacado afuera, las sentí tirando de mi cuerpo casi inerte, justo como ahora, cuando sentí que irremediablemente mi cabeza salía del fondo de la bañera.

No estoy segura de cómo ocurrió, sólo sé que me encontré de nuevo en la superficie, tragando sonoras bocandas de aire. Tosí durante varios segundos.

–¿Jimena? –oí que Violeta me llamaba desde detrás de la puerta.

–Estoy bien. –dije, aún algo asfixiada.

–¿Seguro?

–Sí. –me reafirmé y solté una última frase con gran carga sarcástica, apenas audible a mis propios oídos. – Nunca he estado mejor...

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Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Septiembre 30th 2012, 12:20 am

Cuando salí del baño nuevamente, oí a Violeta peleándose con algo en la cocina. Yo me infiltré en mi habitación para calarme unos vaqueros viejos y una camiseta. Dejé que mi pelo se secara con el aire y ni siquiera me peiné.

Salí descalza dispuesta a encontrarme de nuevo con mi inesperada invitada. La encontré terminando de codimentar una ensalada. Mi cocina relucía. Había hecho la cena y había recogido aquel desastre permanente que siempre parecía tener yo allí.

–Estaba a punto de tirar la puerta abajo. –me dijo, aunque yo no estuve muy segura si fue en tono de broma.

–¿Qué es ese olor? –pregunté, abriendo la tapa de la cacerola.

–Espaguetis con tomate. Sé que te gusta mucho la pasta.

–Tienen buena pinta... –admití, inspirando con fuerza el inconfundible olor del orégano.

–Acuérdate de pasar por el supermercado algún día de estos, tu despensa da lástima.

Me reí suavemente acordándome de algo más.

–También debo acordarme de recoger mi coche.

–¿Y eso? –preguntó, mirándome, sin dejar por un momento de mezclar los ingredientes de la ensalada.

–Se lo llevó la grúa esta mañana... Lo aparqué encima de una acera.

Me miró, dedicándome una mirada que decía: "lógico"

–Podríamos ir mañana, si quieres. –se ofreció.

–¿No trabajas?

–Mi próximo vuelo sale dentro de tres días.

–¿A dónde?

–Londres. –respondió llanamente.
De repente me sentí tremendamente triste ante la idea de que ella se fuera. Tenía que admitirlo, entrar en mi propia cocina y verla allí, cocinando para mí, había sido casi mágico. Algo a lo que , por supuesto, no tardaría mucho en acostumbrarme.

–¿Quieres que ponga la mesa? –me ofrecí.

–Claro.

–¿En la cocina o en el comedor?

–En el comedor.

–De acuerdo. –convení.

Abrí las estanterías y saqué dos platos llanos y dos vasos. En cuestión de segundos tenía la mesa dispuesta.

–¿Vino? –dije jocosa abriendo el refrigerador.

Violeta se giró hacia mí, no tan consciente como yo de que la sugerencia había sido una broma. Me encogí de hombros y sonreí.

–Vale, nada de alcohol en tu presencia.

–No bromeo cuando te digo que has heredado esa manía quisquillosa de tu madre.

La dejé nuevamente sola en la cocina llevándome el cartón de zumo de manzana y riéndome a gusto. Pensé que en poco tiempo habíamos recuperado algo de nuestra antigua camaradería. Todo, cuando ella estaba a mi alrededor, parecía fluir por diferentes cauces.

Me senté y esperé. No tardó mucho en emerger de la cocina, con la bandeja de los espaguetis en una mano y la fuente de la ensalada en la otra. Aún llevaba puesto el delantal. La observé. Imposible pensar en ella como una ama de casa.

Se sentó a mi lado y nos sirvió a ambas.

–¿Está bien así? –me preguntó.

–¿Qué? –respondí, algo aturdida.

Me señaló con la cabeza el plato y yo miré hacia abajo, a la montaña de colorados espaguetis. Supuse que me preguntaba por la medida de pasta que me había servido.

–Sí.

Comimos durante un rato, en completo silencio, hasta que yo sentí la imperiosa necesidad de preguntar cosas que durante aquellos ocho años me habían rondado por la cabeza.

–¿Por qué dejaste a Felipe?

Violeta miró al frente, sin dejar de masticar.

–Dejamos de disfrutar de nuestra compañía... de esa forma. –añadió.

–Es así siempre, ¿no?

–¿El qué? –se metió un tenedor lleno de enrollados espaguetis, quizás para evitar así tener que responderme.

–Llega un momento en que te cansas de las relaciones.

–Quizás sea porque no encuentro lo que busco... –dijo ella, como ausente, como si por primera vez mis palabras le hubieran hecho pensar en el asunto.

–¿Y qué es lo que buscas?

–Te lo diré cuando lo averigüe.

Me sonrió triunfante, a sabiendas de que había dejado la conversación sin posibles salidas para que yo pudiera seguir con mi interrogatorio.

–Tramposa... –bromeé.

–¿Y tú?

–¿Ya me toca responder a mí?

–Eso parece. –apuntó Violeta.

–¿Qué es exactamente lo que quieres saber?

–Te advierto que eso puede resultar peligroso...

–Estoy preparada para responder a tus preguntas. –dije, aunque en el fondo sabía que ni por asomo lo estaba.

–¿Eres virgen?

–¿Perdona? –exclamé con falso disgusto.

–No digas que no te lo advertí... –se rió ella, enrollando un trozo de lechuga y llevándoselo a la boca.

–No lo soy. Incluso alguien como yo siente curiosidad por el sexo en un momento dado de su vida.

–¿Cuándo fue la última vez? –siguió ella.

Arrepentida. Así es como me sentía por haberle otorgado aquel arma peligrosa. Claro que tampoco pensé que sería tan despiadada conmigo. Carraspeé ligeramente, pensando en cómo responder. La verdad era lo único que no me haría arrepentirme aún más.

–Hace unos años... –revelé, pero en voz tan baja que sólo yo pude oírlo.

–¿Qué te pasa? –me miró con cierto brillo perverso en los ojos. –¿Te has atragantado o algo así?

–No.

–Entonces puedes hablar un poco más alto para que yo también pueda oír lo que dices.

–Dije que hacía unos años...

–Perdona, he perdido el hilo de la conversación... –la sentí hacer un pequeño ruído con la boca, lo que me dio a entender que estaba disfrutando y mucho poniéndome en serios aprietos. –¿Hace unos años de qué?

–Violeta... –pronuncié su nombre a modo de amenaza.

Como era de esperar, lo ignoró.

–Dime, ¿"unos años" no te parece demasiado tiempo?

No había pensado en ello hasta que has sacado el tema... Supongo que se hace difícil de creer, pero me he acostumbrado a estar sola y al parecer es todo lo que necesito.

–No puedes hablar en serio... –añadió Violeta incrédula. –La soledad no es buena, Jimena.

–Yo he sobrevivido.

–Sigo sin poder entenderlo. Es imposible que no hayas sido capaz de encontrar a alguien que te haga feliz...

–Te encontré a ti. –la interrumpí. –pero aún dudo si eso me hizo feliz...

Me miró y yo pude notar que su expresión se había ensombrecido.

–Al principio no te creí, quizás porque no quería hacerlo, pero últimamente tengo la sensación de que es cierto que me odias... –repuso triste.

–Yo no te odio. –no pude evitar reírme. –¿De dónde demonios has sacado esa conclusión?

–Puede que sea el hecho de que me hables con dureza, de que te incomode mi presencia...

–Eso es porque aún me pareces inalcanzable, Violeta.

–Pero ya no me amas... –dijo, dejando en el aire la posibilidad de que yo le dijera lo contrario.

"Cuidado", oí que me decía una voz en mi cerebro, "no le des esa ventaja o te hará daño de nuevo".

–El amor es lo más efímero que existe, ¿sabes? –respondí al fin, evitando con ello el tener que mentir.

Violeta devolvió su atención a los espaguetis, no sin antes emitir un pequeño suspiro. Ambas comimos en silencio, cada una perdida en sus propias cavilaciones. A pesar de todo, yo me sentía extrañamente en paz, y sabía que el tener a Violeta allí tenía mucho que ver en ello.

–¿Qué es lo que viste en mí?

Me preguntó de repente, como si el pensar que yo alguna vez pudiera amarla le pareciese inverosímil. Decidí seguir una línea segura, donde no cometiera el error de comprometerme con mis respuestas.

–Lo mismo que veo ahora. –me apresuré a decir. –No creo que alguna vez haya sido un secreto el que te deseara...

–¿Aún me deseas?

–Cualquier persona te desearía, Violeta. –suspiré cansadamente al reconocer aquello y recordar que cualquier persona podría tenerla menos yo. –¿Por qué tantas preguntas?

Violeta comenzó a juguetear con la comida, dándole vueltas en el plato. Yo la observé hasta que
decidió contestarme.

–No lo sé. –se encogió de hombros. –Curiosidad, supongo.

–¿Tienes curiosidad por mí? ¿Te interesa saber algo de mi vida?

–Aunque no lo creas, sí. –contestó muy seria.

–No lo había puesto en duda. Si te quedas lo suficiente, quizás puedas averiguar muchas cosas por ti misma...

Violeta añadió la boca para añadir algo, pero mi voz la calló una vez más.

–De hecho, quizás sea capaz de descubrir qué es exactamente lo que sientes tú por mí... –dije zanjando toda cuestión y metiendo un tenedor lleno de comida en la boca.

Violeta volvió a perderse en sus pensamientos hasta tiempo después.

Hice rodar los ojos con disgusto al comprobar como el dado de Violeta se giraba hasta enseñar el número cuatro y cómo ella, con una sonrisa de medio lado absolutamente aviesa, me comía la ficha e color rojo. Yo sabía lo que vendría a continuación: unos minutos de indecisión y de contar veinte on todas las fichas para al final decidirse por la que primero había escogido, eso sí, después de sopesar sus opciones hasta la saciedad.

Como si yo, con tan sólo una ficha que ella aún había tenido la "delicadeza" de no comerse, pudiera ser una amenaza.

Después de la cena, ambas decidimos sentarnos en la alfombra del salón y jugar unas partidas al parchís. A mí siempre ese juego me había parecido tremendamente divertido, y era uno en el que yo solía tener bastante suerte, pero hoy sólo había conseguido demostrar mi ineptitud.

De repente, el parchís me pareció algo bastante bélico, puesto que tenía ciertas ganas de borrar aquella sonrisa de superioridad de la cara de la azafata y no con buenas maneras precisamente. Observé a Violeta mientras mordía levemente el cubilete por un extremo en actitud de profunda concentración. Yo suspiré.

–¿Qué? –me preguntó al oírme.

–Nada.

–Vale.

–¿Vas a decidirte de una vez? No creo que sea tan difícil. –repliqué algo exasperada.

–Así que eres mala perdedora... –murmuró sin tan siquiera dignarse a mirarme, para luego seguir susurrando mientras contaba una y otra vez.

–Violeta...

–Sé lo que intentas. –me miró por primera vez en media hora. –Pero no vas a desconcentrarme.

–Violeta, estamos jugando al parchís. Sólo hay que tirar el dado y contar. No creo que haya que concentrarse mucho para hacer eso... –solté, con gran carga sarcástica.

–Es evidente que tú no piensas las jugadas, de otra forma no estarías jugando con una sola ficha.

–Esto es una estupidez... –decidí yo, soltando mi cubilete sobre el tablero.

Violeta cogió una de sus fichas verdes y, como yo ya había imaginado, había escogido la primera con la que había contado. Estaba segura de que aquello era una estrategia para enervar al contrario. Por otra parte era una estrategia muy eficaz, puesto que yo estaba al borde de un ataque de nervios.

–¿Contenta? –me dijo levantando las cejas cómicamente. –Tu turno.

Reprimí la risa y me concentré en lanzar mi dado que cayó con el cinco hacia arriba. Me apresuré a sacar una ficha de la caseta contenta conmigo misma.

–Muy bien.

–No quiero ni imaginar lo que sería jugar contigo al ajedrez. –añadí puntillosa. –Una partida podría
durar años...

Violeta me ignoró por completo y en cambio se concentró en agitar frenéticamente su cubilete.

–Vamos, vamos, un tres precioso... –pidió para luego soplar su puño antes de dejar caer el dado.

Yo me fijé en el tablero y me pregunté para qué demonios quería un tres. Lo descubrí pronto cuando fue ese el número que marcó su dado y ella gritó llena de júbilo. Luego, metió una de sus fichas en la meta, con lo cual le tocaba contarse diez. Al hacerlo se llevó a mi incauta ficha por delante.

–No es justo. –me quejé infantilmente. – Ya no quiero jugar más.

Violeta se rió de mí y yo me enfurruñé más.

–No sabía que fueras tan mala perdedora... –me dijo mirándome con un vil brillo en los ojos.

–Ni yo que tuvieras toda la suerte del mundo.

–¿Te rindes entonces?

–Yo no me he rendido. –gruñí.

–Vale, llámalo como quieras. –comenzó a silbar distraídamente mientras recogía el tablero y lo ponía a un lado.

–Eres desesperante a veces... –le dije entre dientes.

–¿En serio? –me contestó divertida, alzando una ceja mientras.

La miré con detenimiento. Recordé que yo solía amar cada expresión de su rostro. En él podías leer cualquier cosa, sus emociones siempre se reflejaban en cada gesto. Sin poder evitarlo acerqué una mano y le aparté varios mechones de pelo oscuro que caían sobre su frente.

–¿Ocurre algo? –me preguntó.

Yo negué con la cabeza. Ella parecía preocuparse por cada cosa que hacía o cada instante en el que yo me perdía en mis pensamientos.

–Estaba pensando en que sigues igual de bella que siempre...

Ella se dejó hacer mientras yo trazaba las líneas de su rostro con mis dedos en un roce casi imperceptible. Aparté la mano segundos después, pero ella la atrapó entre las suyas y besó el dorso de la misma, consiguiendo con ello que yo sintiera un escalofrío.

–Eres especial, Jimena. La persona más especial que he conocido en mi vida.

–¿Por qué?

–Porque a pesar de todo no he podido olvidarte en todo este tiempo... Sólo la gente que es especial logra dejar huella en los demás. –sentenció, casi en un susurro.

–Creo que nunca me habían dicho algo tan bonito en mi vida... –admití.

–Así es como lo siento. Puede que te parezca imposible, pero Felipe tiene tanto de ti...

–Quizás fue ese el motivo por el cual lo dejaste. . –añadí, llena de curiosidad.

Por mucho que yo lo intentara, ella nunca revelaría el por qué de sus decisiones. Supe que siempre había actuado de esa forma. Violeta era dueña de su destino y nunca permitiría los reproches.

–Felipe conseguía llenar muchos aspectos de mi vida. Pero no el más importante.

–¿Cuál es el más importante?

–Conseguir que yo lo amara. Tan simple como eso. –se pasó una mano por el cabello antes de proseguir. –Nunca se debe confundir el cariño con el amor. Eso es un error.

–Yo sé lo que es el amor.

Atraje su atención por completo.

–Tienes suerte. –concedió en voz baja.

Le sonreí y ella me devolvió la sonrisa. Juntas habíamos conseguido crear un ambiente relajado, como de camaradería. Parecía como si aquellos ocho años no hubieran pasado jamás entre nosotras. La vi estirar la espalda mientras algunos de sus huesos crujían, pero lo que más me llamó la atención fue la forma en la que sus pechos se marcaron contra la tela de su blusa.

–Violeta...

–¿Sí? –me miró con aquellos ojos y yo no pude evitar tragar con fuerza.

–¿Cómo conseguiste superar lo de Alicia?

La ví pensar durante unos breves momentos, buscando seguramente las palabras adecuadas. Ella sabía que yo necesitaba que me diera esperanzas de que mi vida, a este punto, podría seguir adelante.

–Creo que nunca se supera la pérdida. –dijo con dulce voz. –pero sí puedes llegar a dejar de pensar constantemente en ello hasta que te permite vivir. Sé que es difícil, Jimena, pero tú lo lograrás también.

–Muy difícil. –musité.

–Lo sé. –se acercó a mí y me pasó un brazo por los hombros, acercándome hasta que pudo abrazarme. Comenzó a acariciarme el pelo e incluso la sentí besarme ligeramente la cabeza.

Estar en sus brazos era absolutamente placentero, con lo cual permití que esa sensación me inundara. De alguna manera yo sabía que pertenecía a aquel lugar.

–Ocho años, Violeta. –dije de súbito, sorprendiéndome incluso a mí misma. –Todo este tiempo me has negado tus abrazos.

–Lo siento.

–Dime al menos que me has echado de menos, que alguna vez pensaste en mí.

–Por supuesto que he pensado en ti. Miles de veces. Felipe me recordaba a ti. Era imposible verlo casi a diario todo este tiempo y que tu nombre no apareciera como por arte de magia en mi cabeza...

Me separé para mirarla.

–Tú siempre has tenido el don de hacerme sentir importante. –le confesé.

–Lo eres, Jimena. Lo eres. Aunque yo ya no lo sea para ti.

Me reí dolorosamente, negando con la cabeza al tiempo.

–Violeta... Creo que tú nunca podrás entender nada de mí...

–¿Por qué dices eso?

–Puede que algún día estés dispuesta a poner la suficiente atención para descubrirlo por ti misma.

La sospecha y la intriga era evidente en su mirada. Pero yo no iba a revelarle nada más de mí. Me
había hecho esa firme promesa. La última vez que había intentado hacer algo similar con ella había
desembocado en una desgracia para mí. Simplemente quería saber qué ocurriría esta vez, hasta
cuándo Violeta seguiría apareciendo en el quicio de mi puerta, llenando mi vida con ello.

Era extraño, a veces quería que se alejara, que saliera de mi vida y otras sólo deseaba tenerla cerca de mí para siempre. Supongo que el amor es así, una multitud de sentimientos que se mezclan y se confunden.

–Hora de ir a la cama... –informó ella tirando de mi mano para ayudarme a levantar.

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Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  Invitado el Septiembre 30th 2012, 10:59 pm

Este fic es lo mejor que se ha escrito en los ultimos 30 años en materia de fic chicaenamorada me gusta muchísimo no puedes ir mas deprisa subiendo los capitulos? icon_pray

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Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Octubre 1st 2012, 10:36 am

Violeta entró en el dormitorio ya vestida con su pijama. No supe que se había traído una pequeña bolsa con algunas cosas suyas hasta que llegó la hora de irnos a dormir. Como siempre, ella lo tenía todo dispuesto.

La miré apartar las mantas y meterse debajo de ellas con celeridad. Yo no podía apartar la vista de la azafata. Tampoco es que lo intentara mucho. Su visión era para mí un incesante ir y devenir de emociones.

–¿Qué? –me preguntó algo incómoda al notar que la estaba mirando fijamente sin pretensiones de decir algo.

–Nada. Sólo te miro.

–¿Estoy segura durmiendo contigo aquí? –preguntó en tono jocoso.

–¿Crees que voy a saltar encima de ti?

–¿Es una posibilidad?

–Ahora estoy completamente sobria... –contesté, como si eso fuera suficiente para su tranquilidad.

–¿Lo sabe tu familia?

Me reí suavemente, apoyando el codo sobre la almohada, con la palma de la mano sosteniendo mi cabeza. Así que quería saber cosas sobre mí. No es que se molestara mucho en esconder su interés hacia mi persona. Ya lo había demostrado antes.

–Tengo veintiséis años, ni un solo novio conocido y ninguna vocación religiosa. No son necesarias las palabras en este caso.

Un recuerdo cruzó mi mente. Me sentí a mí misma fruncir el ceño.

–¿Qué? ¿en qué piensas? –me preguntó cuando notó mi ligera vacilación.

–Creo que en mi familia llevan especulando con mi homosexualidad desde hace demasiado tiempo. Supongo que esas cosas se notan.

Ella no dijo nada, simplemente me miró. La visión de su rostro desde mi posición era maravillosa, con su largo cabello azabache esparcido sobre la almohada, con una mano posada sobre su estómago, con la sábana a la cintura y aquella personal pose desganada.

Sus manos eran algo que siempre me llamó la atención en demasía. Poseía unos bellísimos y largos dedos, con la piel tersa y suave que los rodeaba. En el dorso, venas azuladas que se marcaban como las líneas de un mapa. Todo en ella era tan mágico que era imposible no caer bajo su hechizo.

"Oh, Dios mío, como la deseo en estos momentos", me reconocí a mí misma.

–Recuerdo mi primera vez... –dije, sorprendiéndome incluso a mí. –Fue increíble, jamás pensé que sería de aquella forma, ya sabes, ese mito de que la primera vez es un calvario. Supongo que el hecho de que ella fuera una mujer experimentada ayudó a que no se convertiera en un fracaso... Pude observar, por la avidez que denotaba su mirada, que estaba muy interesada en el tema que yo había sacado a relucir.

Así que proseguí.

–Recuerdo que yo no me sentí nerviosa en ningún momento, pensé que tan sólo me tenía que dejar llevar por mi instinto. –sonreí. –Tampoco es como si el cuerpo de una mujer fuera desconocido para mí... ya sabes, yo pertenezco a ese género... Fue la segunda persona a la que besé, después de ti, claro. Un solo beso y ya me hizo sentir arder por dentro, luego un dolor intenso en la ingle, casi insoportable... Sus manos. –con mi mano libre tomé una de las suyas y le acaricié los dedos. –Tenían al firmeza de las tuyas. Unas manos que me hicieron gritar como nunca imaginé que fuera capaz mientras ella me animaba a seguir una y otra vez... Nunca imaginé que un cuerpo se pudiera acoplar perfectamente al tuyo, como si fuera parte de ti... Tenerla entre las piernas fue como un sueño, mientras se movía contra mi piel, sus pechos contra los míos, su sexo...

Violeta retiró nerviosa su mano de la mía y fue entonces cuando me fijé que sus pezones se marcaban con precisión contra la tela de su camiseta blanca.

–Una historia interesante. –me interrumpió. Pude notar por el tono de su voz, que estaba algo molesta.

Yo la había puesto en una situación incómoda premeditadamente, quizás porque quería comprobar si con ello podría sacar alguna emoción de su interior. Celos, deseo, aversión, cualquier cosa me valía con tal de tener un atisbo de lo que Violeta pensaba o concebía sobre mi persona. Era muy importante ir recogiendo las pequeñas piezas que me iba otorgando para completar el puzzle que siempre había sido para mí.

Mi propia autoestima me exigía que lo hiciera.

–Me muero de sueño. –dijo al fin, sin ganas ya de continuar con la conversación.

Se dio la vuelta para apagar la luz de la lámpara que estaba en su zona de la cama. Yo me acomodé de nuevo sobre el colchón y apagué la luz de mi lado. Me di la vuelta, distinguiendo entre las sombras la silueta de su espalda. Sentía tantas ganas de alcanzarla, tantas que apreté los muslos y hundí la cara en la almohada. Deseé estar sola para, al menos, encontrar la realización que mi cuerpo me pedía a gritos.

Minutos más tarde me encontré sumida en la misma desolación, con las ganas encendidas, sin la menos señal de que el sueño llegara pronto. Violeta no se había movido de su posición ladeada, dándome la espalda. Casi me atrevía a jurar que ella tampoco conseguía conciliar el sueño aquella noche.

–Violeta. –susurré para que, en caso de que estuviera dormida, no alterar su inconsciencia.

–¿Qué? –me susurró de vuelta.

–No puedo dormir... ¿Podrías...? ¿Podrías abrazarme?

No contestó. Un segundo después se dio la vuelta para encarar mi rostro entre las sombras. Creo que vio la necesidad descarnada reflejada en mis ojos, se dio cuenta de que el hecho de estar entre sus brazos podría adormecer a todos los demonios que vivían en mi interior. Ése era el poder que sin quererlo ella poseía sobre mí. Yo era su esclava, su cautiva...

Sin decir una palabra, me atrajo hacia sí con infinita dulzura. Yo me dejé llevar hasta quedar arropada por sus brazos, nuestras piernas entrelazadas bajo las mantas, uno de mis brazos en su cintura, mi rostro hundido en su garganta.

Casi como por arte de magia, los ojos comenzaron a cerrarse sin remedio. La calma se apoderó de mi cuerpo.

Esa noche abandoné el infierno y me adentré en el paraíso que era Violeta.

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