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Bella Violeta - R. Pffeiffer

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Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Septiembre 9th 2012, 4:57 pm

Autora: R. Pffeiffer

1. ÉRASE UNA VEZ.

Mi padre es rico. Amasó toda su fortuna llevando a la gente de un lado para otro. Nadie en la familia, que yo sepa, había logrado llegar tan alto como él. Empezó desde cero, trabajando de jardinero, de limpiabotas, de cualquier cosa que pudiera darle de comer a él y a su familia. Tuvo que dejar de estudiar demasiado pronto, la pobreza y el desorden ayudó a que así fuese. Aún así y a pesar de que su futuro entonces era un futuro condenado a trabajar duro para apenas tener algo que comer, mi padre logró ahorrar lo suficiente como para montar un pequeño negocio que pronto se convertiría en una mina de oro. Con mucho esfuerzo logró sacar adelante su negocio de transportes. Ahora el suyo era uno de los más importantes de la ciudad.

Aunque yo diría que su ambición por ser algo más creció a partir de que conoció a mi madre. Amor a primera vista, eso es lo que siempre dicen ellos que fue. Aunque soy muy escéptica con esas historias de amor, debo reconocer que lo que hay entre mi padre y mi madre es absoluta adoración.

Cuando se conocieron, ninguno de los dos tenía nada que ofrecer. El valor y coraje de mi madre fue definitivo para mi padre. Ella trabajó duro sirviendo en las casas de los más pudientes, ahorrando hasta la última moneda, poniendo todas sus esperanzas en su marido.

Y lo lograron.

Volvamos a mi padre, por quien siento una debilidad desmesurada. No me entendáis mal, yo quiero mucho a mi madre, pero ella, aunque se esfuerza, es incapaz de comprender nada de lo que a mí se refiere. En cambio mi padre, él siempre parece saber lo que pasa por mi desordenada cabeza. Su sonrisa es capaz de iluminar el dia más triste de mi existencia. Mi encandilamiento por mi padre va más allá de lo explicable. Siempre con aquella sonrisa en los labios aunque las cosas no fueran del todo bien, siempre con una palabra amable, con una caricia dispuesta.

Recuerdo que de pequeña, cada vez que oía el inconfundible sonido de sus pasos cuando regresaba tras una dura jornada de trabajo, sentía la imperiosa necesidad de correr por toda la casa feliz. Su sola presencia era lo único capaz de llenar el hogar familiar. Ahora lo veo todo diferente, quizás bajo la intuición de quien se cree completamente adulta, dejando atrás los adustos pero felices años de mi infancia.

Él era el mayor de seis hermanos, de padre español y madre mexicana. Mi abuelo O’Donnell emigró desde su Inglaterra natal a Espana antes de que estallarala Guerra Civil.Se casó y asentó en este país, y cuando estalló la guerra, se decidió por el bando que menos fortuna tendría en esta maldita guerra.

Desapareció.

Mi abuela no volvió a saber de él. Se quedó sola, a cargo de seis hijos. Fue entonces cuando mi padre, a la edad de trece años, comenzó a ganarse la vida. El hambre y la miseria fueron constantes en su vida incluso muchos años después. Por eso ha aprendido a apreciar las cosas, por muy pequeñas que éstas sean.

¿Os he dicho que soy la menor de cinco hermanos? Supongo que es hora de que deje atrás los años pasados y me acerque un poco al presente. Mis progenitores venían ambos de familia numerosa, por lo que decidieron que ellos tendrían una también. Y lo consiguieron, tuvieron cinco retoños sanos y fuertes.

En casa pocas cosas habían cambiado, salvo las que el tiempo inevitablemente obliga a permutar. Mis tres hermanos mayores ya se habían casado y dos de ellos incluso habían procreado, con lo cual, la casa familiar se había llenado nuevamente de gritos y voces de demanda. Me encantaba ver a mi padre sonreír y jugar con sus recién estrenados nietos. A veces, él mismo parecía uno más de ellos y no su abuelo.

Me daba cuenta de que mis observaciones eran minuciosas, ávidas. Puesto que ahora cursaba mis estudios en la universidad, primer año de medicina para ser exactos, pasaba mucho tiempo alejada de mi hogar. Mi padre se había empeñado en que estudiara en la universidad de medicina más prestigiosa que pudo encontrar, sin importarle que eso significara alejarme demasiado de la vida que conocía y que tanto echaría de menos en los años siguientes.

Yo me pasaba la vida entre libros, yendo a clase, estudiando cuanto podía, encerrada en mis propios pensamientos y añoranzas, soñando cada noche con volver a casa. Cosa que sólo ocurría en Navidad y, como era el caso ahora, de las vacaciones estivales.

Cada vez que regresaba a casa tras pasar demasiado tiempo fuera para mi disconformidad, me dedicaba a examinar cada momento, a grabar cada imagen que posteriormente me ayudaría a sustentar la dura carga de la lejanía.

La vida de mi padre a los sesenta y siete años seguía siendo la misma excepto para él. Ya lucía una brillante calva y los pocos cabellos que habían tenido el atrevimiento de quedarse en su cabeza, se habían tornado del color de la ceniza. A pesar de su gran afición a la cerveza y al vino, su barriga no se había visto afectada por ello, y seguía luciendo tan delgada como siempre. Su gran altura se había cargado levemente sobre su espalda, lo que le hacía andar algo encorvado. Por lo demás, seguía teniendo su perpetuo donaire y las sonrisas que antes me regalaba con tanta frecuencia, ahora iban dedicadas más que nada, a los más pequeños de la casa.

Mi madre, por el contrario, había mantenido ese espíritu jovial de siempre. Se teñía el pelo cada cierto período de tiempo y seguía peinándose y maquillándose a su estilo día a día, incluso cuando ni siquiera salía de casa."Nunca se sabe si vas a tener visita", decía a su favor. Sé que ella desaprobaba enérgicamente mi indiferencia a mi aspecto, y odiaba profundamente mi tendencia a vestir vaqueros. Pero yo había aprendido a ignorarla desde muy temprana edad, de lo contrario, sería probable que ahora estuviese escribiendo mis memorias vestida con una bata blanca y sentada en la habitación de cualquier hospital psiquiátrico.

Y no exagero.

Hablaré ahora de mis hermanos. La mayor, Isabel, es igual que mi madre. Así que es fácil de comprender mi tortura si digo que es como si hubiese ido al supermercado y me hubieran dado dos por el precio de una. Isabel, fiel a la personalidad que heredó de mi madre, fue siempre una persona muy responsable y muy consciente de su aspecto. Nunca supe si fue a la universidad porque quería estudiar una carrera o porque deseaba tener a tanta gente alrededor que admirase su belleza.

Tras Isabel, un año más tarde, nacería mi hermano Luis, quien heredó todos los defectos de mi padre, pero multiplicados por tres. ¿Qué puedo decir de mi hermano sin caer en la desgracia de admitir que nació estrellado? Quizás sería mejor preguntarle a su sufrida esposa, quien lo está mirando ahora mientras él huele algunos de los canapés que están encima de la mesa para volver a colocarlos en el mismo lugar. Ésa era una manía que mi madre jamás logró quitarle, tenía la imperiosa necesidad de oler la comida antes de tragarla.

A juzgar por la expresión de mi cuñada, cada momento que sus dos hijos pequeños le permitían pensar, debía de hacerse la misma pregunta:"¿por qué?".Luis era tremendamente despistado, y sus descuídos eran aún más caóticos, además de ser un tozudo consolidado. Lo que no me explico es cómo Carmen, mi cuñada, fue capaz de pasar por alto tan evidentes delitos tras seis años de noviazgo. Quizás fue el amor, pero una vez que éste desaparece ya se sabe... Christian fue el primero en casarse, y el primero en darle un nieto a mis padres, un precioso niño que contaba a estas alturas con cuatro años y medio.

Mi hermana Ginebra fue la única, junto conmigo, que heredó los cabellos rubios de mi abuelo. Todos los demás tenían los rasgos morenos y latinos de la parte mexicana de la familia. Yo siempre creía que su inmensa dulzura se debía a su cabello rubio. No sé porqué he tenido la estúpida idea de que las personas rubias son las personas más amables de la tierra. Quizás sólo por mi hermana, porque aunque soy rubia, jamás pienso en mi de esa manera. Ser mamá había endulzado, aún más si cabe, su carácter. Nunca he conocido a nadie con tan buen corazón ni con tantas ganas de hacer las cosas bien. No es de extrañar que todos tuviésemos una oculta debilidad por ella.



Última edición por mariona el Septiembre 9th 2012, 5:12 pm, editado 2 veces
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Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Septiembre 9th 2012, 5:06 pm

Mi madre, después de Gienbra, tardó cuatro años en tener a mi hermano Felipe. El más alocado de todos. Mi madre lo achaca a que durante el embarazo le dio por bailar sin parar. Bailaba a todas horas, en la cocina, en el baño e incluso nos contaba que era incapaz en la cama de dejar de mover los pies. Durante los últimos seis meses de embarazo, mi padre se mudó al sofá. Lo cierto es que la energía que irradiaba Felipe se notaba incluso estando dentro de la tripa de mi madre.

No sé si os habréis dado cuenta de que todos mis hermanos tienen nombres reales, o sea, de reyes o reinas.

Todos menos yo.

Mi madre siempre me dijo que el mío no era exactamente el de una reina, pero que era igual de importante. Mi nombre es Jimena. El por qué de los nombres ni siquiera yo lo sé, pero tengo cierta sospecha de que todo había sido idea de mi madre, tan empeñada siempre en la idea de que fuéramos como la realeza, aunque no tuviéramos ni por asomo sangre azul.

Tras Felipe, tuve que esperar otros siete años para ver la luz. Mi madre dice que en cuanto nací, comencé a mover los ojos en todas direcciones y que ya entonces le parecía que yo estaba hambrienta de descubrirlo todo. Lo cierto es que un rasgo común de mi carácter es que era muy observadora. Me gusta más examinar las cosas, admirarlas con detenimiento y aprender de ellas. Me gusta más que incluso hablar. Desde pequeña fui más bien taciturna, siempre parecía estar metida en mi propio mundo. Por ello, mis padres pensaron que podría tener algún tipo de retraso. Me llevaron a un especialista, y cuál fue su sorpresa al descubrir que no sólo no tenía ningún tipo de problema, sino que era más lista de lo normal.

Una superdotada.

Mis padres apenas podían creer lo que sus genes habían sido capaces de hacer. Y allí estaba yo, una mocosa de seis años que parecía tener al menos diez, sonriéndoles con una seguridad pasmosa. Los siguientes años los pasé explorando esa magnífica cualidad que Dios me había dado. Para mí nunca fue un secreto estudiar y absorbía las cosas de manera inusitada.

Nunca supe bien si elegí estudiar medicina entre mil opciones más porque realmente lo quería o si por el contrario la verdadera razón de todo fue mi padre. Siempre quise que estuviera orgulloso de mi, y pensé que no podía haber mejor orgullo que el de salvar la vida de la gente. Estúpido pensamiento para una superdotada, supongo. O quizás no.

Pronto terminaría la carrera y luego obtendría mi obligada independencia. Yo retrasaba ese momento cuanto podía, sabía que llegaría, pero me obligaba a no pensar en ello. Dejar todo aquello atrás y crear algo tan maravilloso por mí misma se me hacía imposible.

Deseaba con todas mis fuerzas poder parar el tiempo en ese mismo instante, mientras yo estaba aquí, apoyada en el quicio de la puerta del enorme salón, con toda la familia reunida en casa, con los pequeñines correteando, con la voz aguda de mi madre inundando el salón, con mi padre sentado en su sillón favorito, casi adormilado, con mis dos hermanas mayores cuchicheando en un extremo de la estancia, alejadas de los demás, pero sobre todo de mi hermano Luis, quien vagaba por la habitación en busca de algo que seguramente había perdido.

De repente oí que la puerta de la entrada se abría. Me volví para ver de quien se trataba. Mi hermano Felipe, el único que faltaba en la reunión familiar, entraba ahora de la mano de su"ya veremos si última novia", irradiando esa energía que lo caracterizaba.

– ¡Hola hermanita! –dijo alegremente mientras me tiraba de los cachetes hasta casi arrancármelos.

Tras aquella poca sutil muestra de cariño hacia mi persona se adentró en el salón y les dio a todos un caluroso y sonoro beso. Deseé que hubiera traído para mí el mismo cordial saludo, puesto que aún podía sentir las mejillas dolorosamente ardiéndome.

Felipe hacía un año era piloto en una compañía de vuelos comerciales, porque le encantaba el uniforme, decía él mismo. Lógicamente, debido a su trabajo, pasaba largas jornadas fuera de casa, algo que, al contrario de mí, parecía gustarle.

Ahora estaba presentando a"su amiga", como se empeñaba en presentarlas, que por lo visto era azafata en su propia compañía. Todos le dedicamos a la recién llegada una cordial sonrisa de bienvenida, con el pensamiento común de cuánto duraría en la familia.

La nueva invitada era morena, con un largo pelo cubriéndole los hombros. Sonreía amablemente ante cada presentación y se movía de una manera que me recordó a un gato. Me pareció demasiada alta para mi gusto.

Mi madre salió de la cocina, seguida de la cocinera, llevando ambas sendas bandejas de canapés y bebidas de distinto tipo. Inmediatamente reparó en la recién llegada y sin ningún tipo de reparo se dirigió hacia ella.

–Supongo que tú vienes con Felipe, ¿no? –preguntó al tiempo que abandonaba la bandeja sobre la mesa.

Ella sabía de sobra que así era, pero tenía la incesante manía de comportarse de manera extraña con las interminables novias de mi hermano. Yo sonreí al ver lo poco que cambiaban las costumbres de mi madre, mientras me preguntaba si hubiera reaccionado igual si en vez de Felipe hubiera sido yo quien trajera un novio a casa. Yo nunca había presentado a alguien especial, ni siquiera había nadie particular en mi vida. Simplemente era muy tímida y poco llamativa. Eso era todo. Yo sabía que todos habían especulado con la posibilidad de mi homosexualidad, pero yo ni siquiera le daba importancia.

–Jimena, cariño... –oí que mi madre reclamaba mi atención, por lo que salí de mi ensimismamiento. – ¿Vas a decidirte a entrar o por el contrario te quedarás apoyada en esa pared el resto de las vacaciones?

Sentí cómo todos dirigían su atención hacia mí, incluso mis hermanas mayores, que dejaron a un lado sus conversaciones para mirarme. Mi sonrojo, di gracias a Dios, no debió de notarse en mis ya enrojecidas mejillas.

Como un manso corderito, acudí a la llamada de mi madre y me acerqué hasta la mesa para coger un canapé y engullirlo, sin darme cuenta de que era de salmón ahumado hasta que fue demasiado tarde.

Era incapaz de tragármelo, sentía ganas de escupir, pero aún así mantuve aquella cosa inmóvil dentro de mi boca intentando encontrar una solución rápida a mi infortunio. Por primera vez en mi vida, entendí la extraña manía de mi hermano de olerlo todo y deseé ser yo quien la poseyera.

Mi madre estiró el brazo y puso delante de mi nariz una servilleta. Yo la cogí y con gran disimulo saqué de mi boca aquel trozo de castigo.

–Sólo tenías que haberte fijado un poco más en los platos de la mesa, para darte cuenta de que he puesto los de salmón alejados del resto. –mi madre me habló al oído para darme una reprimenda.

–Supongo que sí. –dije con tono culpable al comprobar la veracidad de sus palabras.

Ella dio por zanjada la conversación y cambió de tercio.

– ¿Qué te parece la nueva amiguita de Felipe?

– ¿Así, a simple vista? –yo no soportaba los juicios hacia una persona sólo con echarle un vistazo, pero mi madre parecía tener predilección por esta clase de criterios.

–Durará menos que la última. –sentenció comiéndose un canapé, sin apartar la vista de la atractiva novia de Felipe.

– ¿Cómo puedes estar tan segura? –pregunté algo enfadada.

–No hay más que verlo, la pobre es una insulsa. Dentro de poco se verá desbordada por la energía de tu hermano y entonces.... –abrió los brazos para más énfasis. – ¡se acabó!

–A mi no me parece insulsa, sino educada. –defendí yo.

–Si Felipe tuviera tu carácter, sería la adecuada.

– ¿Por qué? ¿Quizás porque somos las dos igual de insulsas? –dije a la defensiva.

–Cariño... –fue lo único que dijo mi madre en su tono más condescendiente. Luego se alejó hacia mis hermanas, llevándoles a cada una un vaso de refresco.

Alguien tiró de la pernera de mi pantalón vaquero. Miré hacia abajo y encontré a mi sobrino mayor deseoso de mi atención. Me arrodillé hasta quedar a su altura.

– ¿Qué quieres? –le pregunté mientras le acariciaba el cabello.

Levantó el brazo y señaló la bandeja que contenía pequeños chocolates.

– ¡Ah! –exclamé, fingiendo sorpresa. – Así que es esto...

Cogí la bandeja y se la alcancé. Tras unos segundos de meditar, decidió coger todos los que en su pequeña mano cupieran, que no eran más de tres. Luego echó a correr nuevamente. Yo me erguí para encontrarme de lleno una vez más con mi hermano Felipe.

–Y ésta es mi hermana Jimena, la más pequeña.

–Hola. –dijo la mujer con una inmensa dulzura en la voz.

Yo la miré y ella me miró. Me pareció realmente atractiva viéndola por primera vez cara a cara, con aquellos ojos azules y su buena estatura. Me sonrió y su sonrisa me pareció igual de encantadora que sus ojos.

–Soy Violeta. –dijo de nuevo.

Tomé la mano que me tendió.

–Jimena. –repuse mientras intentaba soltar la mano que ella aún aprisionaba.

–No podrás sacarle más de dos palabras seguidas. –repuso mi hermano Felipe en referencia a mí.

–No veo nada malo en ello. –dijo ella saliendo en mi defensa, algo que realmente me extrañó.

Alfonso frunció los labios al mirarla.

–Créeme. –respondió. –Puede llegar a ser un martirio.

Yo no dije nada, ni siquiera hice ademán de hacerlo. Felipe tiró del brazo de Violeta y se la llevó al otro extremo, justo donde estaba mi hermano Christian. Llevé mi atención a mi padre, que aún desde su sofá, había visto toda la escena. Me miró y encogió los hombros, gesto que me hizo reir.

Estuve allí, en medio de la estancia, intercambiando eventualmente alguna que otra breve charla con el resto de mi familia. Miré mi reloj de muñeca. Aún faltaba una hora antes de la cena. Decidí escaparme al invernadero, para así tener la oportunidad de estar sola y recolectar mis pensamientos.

Me evadí del salón silenciosamente y me dirigí hacia el invernadero, mi lugar favorito en el mundo. Abrí la portezuela de hierro y me adentré en el lugar, inhalando los más diversos aromas florales y el olor de la tierra húmeda. Abarqué con la mirada los distintos coloridos y formas a mi paso. Me senté en el sillón colgante, justo detrás de los rosales, las flores preferidas de mi madre.

Con tanta paz rodeándome, sentí cómo casi me vencía el sueño. Hacía un par de horas que había llegado de viaje. Un viaje muy ajetreado y como siempre, demasiado agotador.

En la residencia universitaria apenas tenía esta soledad que tanta falta me hacía siempre, como si el continuado trato con la gente fuera para mí insufrible. Subí los pies al sillón y me abracé a mis rodillas.

–Hace una noche ideal.

Antes incluso de levantar la vista supe a quien pertenecía la voz que había interrumpido mis preciados pensamientos. Era Violeta.

– ¿Te he asustado? Lo siento. Creí que habías oído que me acercaba... –su disculpa sonó sincera. – Verás, tu hermano anda como loco cuchicheando con los demás y yo sentía una cierta urgencia de escapar. Ya veo que tú también.

Se sentó a mi lado, y yo bajé las piernas inmediatamente, para así facilitarle algo más de espacio. No había reparado en lo perfecto que parecía ser su rostro. Decidí que era hermosa.

–Tu hermano me sugirió que visitase el invernadero. Supongo que sabía que tendría a alguien con quien hablar...

Me pareció que se sentía de algún modo culpable por haber interrumpido mi tranquilidad.

–Me alegra que hayas venido. A veces este lugar puede resultar demasiado melancólico incluso para mí. –dije para suavizar la situación.

Ella sonrió y me permitió observar su blanca y perfecta sonrisa. Se relajó echando la espalda hacia atrás y pasando un brazo por encima del respaldo del sillón. Comenzó a mecernos a ambas.

–Es maravilloso.

Supuse que se refería al jardín.

–Sí. –repuse. – Lo es.

– ¿De qué color son tus ojos? –me preguntó de súbito.

Yo abrí mis orbes no para que pudiera ver mejor su color, sino porque la pregunta me había sorprendido.

–No he podido decidir aún qué color es el que los describe con más exactitud. –sentenció sin dejar de mirarme con intensidad.

Me atreví a mirarla fijamente. Incluso a la tenue luz del jardín, me seguía pareciendo una diosa. ¿Cuántos años debía de tener? Estaba segura de que ya había alcanzado los veinte y algo. Era uno de esas mujeres a los que cualquier hombre nunca se negaría. Me pregunté si yo conseguiría alguna vez levantar pasiones como aquella belleza. Durante la velada anterior, me había dado cuenta de que mi hermano la miraba con absoluta devoción, algo que ella no parecía devolver en igual proporción.

De repente me di cuenta de que la había estado mirando fijamente durante demasiado tiempo y que ella debió de notarlo, aunque parecía querer ignorar este hecho.

–Debo irme. –dije de súbito y me levanté.

No noté que Violeta me había aprisionado una mano hasta que tiró de ella y me hizo retroceder.

–Por favor. –rogó. – Quédate un poco más.



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Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Septiembre 9th 2012, 5:08 pm

Yo miré su mano, justo la que se cerraba alrededor de la mía. Un sudor frío me recorrió la línea de la espalda. Absorbí la calidez de su mano, el suave tacto de su piel. Me pareció que se levantaba y me daba un beso. Sólo tuve que abrir los ojos para darme cuenta de que soñaba despierta y de que ella seguía sentado mirándome sorprendida, quizás por mi extraña reacción. Le sonreí. ¿Qué más podía hacer?

–Yo.... –dije dubitativamente.– Yo no soy muy buena compañía...

–¿Quieres que te confiese algo? –repuso.– Disfruto más de la compañía de alguien que habla más bien poco que de los que son habladores por naturaleza, sobre todo porque casi nada de lo que dicen resulta interesante. Estoy segura de que tú tienes algo que decir que siempre vale la pena esperar para escuchar.

Mis piernas comenzaron a temblar y casi no me sostenían en pie. Ella debió notar mi repentina indisposición.

–Perdona. –dijo.

La miré. ¿Me pedía disculpas? ¿Por qué? Nadie en mi corta vida me había hecho sentir tan importante aunque sólo fuera durante unos breves segundos. Y ella no era para mí. No lo sería nunca. Ahora sí que sentí la abrumadora necesidad de escapar.

–Gracias. –fue lo único que logré sacar de mis cuerdas vocales por último.

Luego me adentré de nuevo en el mundo de la realidad, dejando detrás quizás el mejor sueño que nunca había tenido.

Mi madre dio la voz de aviso justo a las nueve en punto, con lo que todos los miembros de la familia nos dirigimos al comedor tomando nuestros respectivos asientos. Me fijé que Felipe le otorgaba el que era mi habitual lugar en la mesa a Violeta, con la única razón de mantenerla junto a él. No me quedó más remedio que sentarme en el único sitio que quedaba libre, junto a Violeta a mi izquierda y cerca del extremo donde se sentaba mi padre. Pronto apareció la sirvienta con la sopera.

–Es un vino espléndido. –oí que decía Violeta.

–Y lo es, ciertamente. –respondió mi padre halagado, moviendo la copa de vino tinto y mirándolo a trasluz.

–Su familia tiene unos viñedos de su propiedad. –indicó Felipe tomando parte en la conversación.

–Vaya, así que estamos ante toda una experta en vinos.

Violeta sonrió levemente antes de responder.

–En realidad, el auténtico experto es mi padre.

Yo jamás probaba el vino, de hecho aborrecía aquel amargo sabor, pero saber que para Violeta era algo importante, me impulsó a tomar mi copa y beber un sorbo. Por primera vez no me pareció del todo horripilante e incluso sentí un auténtico placer en paladear aquel extraño sabor.

Cuando la sopa se hubo servido, mi padre, como era habitual, comenzó a bendecir la mesa. Agradeció a Dios los bienes, la comida que nunca faltaba y el volver a tenernos una vez más a todos reunidos allí. Minutos más tarde, sin casi haber probado la sopa, pero sí habiendo dado cuenta de dos copas de vino más, comencé a preguntarme si mi nuevo estado de embriaguez era producido por el licor o por el contrario era debido al continuado roce del muslo de Violeta contra el mío.

–¿Hace mucho que eres azafata? –preguntó mi madre desde el otro extremo de la mesa.

–Cuatro años. –fue la escueta respuesta de Violeta.

Creo que nuestra invitada era consciente del interrogatorio de preguntas a las que mi madre estaba a punto de someterla. Parecía haberse preparado para aguantar el aluvión.

–¿Te gusta lo que haces?

–Por ahora está bien.

–Pero eso de viajar contínuamente y tener la maleta permanentemente hecha puede llegar a resultar agotador, ¿no?

–Bueno, puedo hacerlo, soy libre.

–Quizás ya te apetezca formar una familia. –apuntilló mi madre, cada vez más metida en su papel de investigador malo.

–Quizás. –fue la ambigua respuesta de ella. Violeta bajó la cabeza hacia su plato.

Yo estaba segura de que estaba soportando aquello a duras penas. Bastaba una simple mirada para saber que era una persona que odiaba hablar de si misma. Mientras, mi madre continuó su particular batalla de preguntas.

–Aunque yo creo que es el trabajo ideal para aquellos que no quieren o no están preparados para ninguna clase de compromiso.

Juego, set y partido para mi madre. Yo levanté la vista hacia mi progenitora y la miré con cierto desprecio y vergüenza ajena.

Felipe abrió en ese momento la boca para decir algo que, seguramente, no sería demasiado agradable a oidos de mi madre, pero una voz lo paró. Una voz que no reconocí como mía hasta después de unos breves instantes.

–Basta, mamá.. –dije muy seria.

Supe que acababa de hacer algo inusual en mi. Y lo supe porque ahora el resto de los comensales habían abandonado su atención en todo lo demás para mirarme. Sabía que mis otros hermanos estaban acostumbrados a que mi madre convirtiera cualquier cena en un campo de batalla y que incluso mis cuñados sabían que era normal, puesto que ellos habían pasado por el mismo calvario. Pero yo no. Yo no era como los demás y una vez más volví a demostrarlo.

Mi madre me miró, en su cara una expresión de absoluto disgusto. Pero a mí eso no me amedrentó. Todo lo contrario, me sentí aliviada y al mismo tiempo enfadada conmigo misma por no haberlo hecho antes. Sentí que alguien posaba una mano sobre mi muslo y que me daba un ligero apretón. Era la forma en la que Violeta me daba las gracias.

De repente sentí ganas de reír. Acababa de conocer a aquella persona y en una sola noche había descubierto cosas de mi misma que no sabía que existían. Y era cómico, porque había crecido dentro de mi una ilusión que siempre sería eso, una ilusión.

Mi padre se atrevió a romper el incómodo silencio que reinaba entonces en la mesa.

–Bueno, creo que Isabel tiene algo muy importante que decir.

Todos olvidamos rápidamente el asunto anterior y dirigimos la atención hacia mi hermana mayor.

–Adelante, hija. –instó mi padre.

Isabel tomó un enorme suspiro que a mi me pareció cómico, tanto, que tuve que fingir cierta tos para no soltar un bufido a modo de risa.

–Estoy embarazada. –dijo por fin, tras mantenernos en vilo eternos segundos.

Todos nos quedamos un instante en silencio, como asimilando la noticia. La primera en reaccionar fue Ginebra, quien prácticamente saltó de su asiento y corrió a abrazar a Isabel. Luego la siguió Ricardo, su marido y así el resto de nosotros, cada uno murmurando palabras de júbilo. Me di cuenta de que mi madre permanecía en su sitio, callada. Supe que al sentimiento de malestar que yo le había regalado por mi repentina y brusca intervención, se había sumado el hecho de que fuera mi padre y no ella el portador de tan especial noticia.

Su enfado finalmente no duró mucho y fue la última en abrazar a su hija mayor, dejando a un lado su reciente decepción.

Mi hermana nos contó seguidamente que su marido Andrés y ella habían decidido venir a vivir a España por fin. Andrés era vicepresidente de una compañía alemana y por ello habían ido a vivir a aquel frío país. Pero ahora, la empresa estaba pensando en instalar una sucursal aquí y por supuesto, Andrés había pedido el traslado de inmediato. Traslado que según mi hermana, se haría efectivo en cinco meses.

Aquella noticia nos alegró aún más a todos, que tomamos nuestros respectivos asientos una vez más para proseguir con las aplazadas cenas. Yo supe que el anuncio no estaba previsto hasta que estuviésemos tomando el postre, pero la tensa situación que había surgido momentos antes hizo que todo tomara un rumbo inesperado.

Precisamente, cuando llegó por fin el postre, que consistía en tarta de queso, especialidad de mi madre, a mi padre se le ocurrió anunciar una particular idea.

–¿Qué os parece si pasamos un par de semanas en la casa de campo? Ahora que todos tenemos tiempo por vacaciones he pensado que podría ser una buena idea.

Todos lo miramos y nos miramos entre si. Mi padre hacía muchos años que había adquirido aquella casa a las afueras, en el campo, cerca de un enorme río, para practicar la pesca, uno de su deportes favoritos. Aún así, habían sido pocas las ocasiones en las que había podido disfrutarla. Por mi parte, no me entusiasmaba la idea de pasar allí dos semanas, pero sobre todo no me arrebataba la idea de estar pegada a la loción contra los mosquitos, más que nada porque no sólo hacía huír a los mosquitos.

–¿Qué os parece? –volvió a preguntar, ya que nadie se había pronunciado por el momento.

"Decid que no..." deseé interiormente.

Isabel fue la primera en apuntarse al plan.

–A mi me parece estupendo, el aire fresco del campo me hará bien.

–¡Eso mismo pienso yo! –añadió mi padre.

Seguidamente, mis hermanos, uno por uno, comenzaron a aceptar la idea. Me pregunté si ellos secretamente conocían mi aversión por el campo y ésa era otra manera de torturarme.

–¿Jimena? –fue mi turno.– ¿Prefieres quedarte aquí sola?

–No. –murmuré apenas audible.

–Supongo que tú también te unirás a nosotros.

Violeta, que hasta el momento había permanecido en silencio, levantó la vista hacia mi padre, pero lo que tenía que decir lo interrumpió la voz de mi hermano Felipe.

–Por supuesto que vendrá, de otra forma me aburriría muchísimo. –le pasó un brazo sobre el hombro.

Violeta pareció dudar, pero al final sonrió, con lo que confirmó su asistencia.

–Nosotros no podemos ir. –soltó Luis.– Quizás la próxima semana.

Yo sabía que la verdadera razón de que Luis no fuese es que su mujer odiaba aquella casa aún más que yo y que prefería pasar aquellas semanas en compañía de sus propios padres.

Mi padre asintió y se terminó el postre. A mi lado, por el rabillo del ojo, observé que Violeta se inclinaba para murmurarle algo a mi hermano. No pude llegar a oír lo que le decía, a pesar de que puse todo mi empeño en ello, pero sí pude percibir la respuesta de Felipe, que fue algo así como un:"no te preocupes".

La cena por fin acabó y después del café, Violeta se levantó con disposición a irse. Yo me sentí como una estúpida colegiala, con ganas de iniciar una pataleta ante el pensamiento de no verla más durante esa noche. Supuse que el vino me hacía sentir cosas realmente extrañas y decidí volver a repudiarlo como antaño.

–Buenas noches a todos. –anunció.

Acto seguido, un coro de buenas noches y sonrisas se sucedió.

–Esperamos verte de nuevo, Violeta. –dijo educadamente mi padre.

–Gracias. Lo he pasado muy bien esta noche.

–Te acompaño hasta el coche. –informó mi hermano.

Yo me quedé en mi sitio, de pie, pensando en por qué mi hermano pasaría la noche en su antigua cama y no en compañía de aquella mujer.

Violeta pasó a mi lado y me dedicó una amplia sonrisa. Se la devolví, poniendo en ello todo el empeño del que fui capaz. Y desapareció entonces de mi vista.

Murmuré unas palabras que disculparan mi inmediata partida y subí corriendo las escaleras hacia mi habitación. Sin encender la luz, me acerqué hasta la ventana para ver a mi hermano y a Violeta, caminando lado a lado hasta donde ella había aparcado su coche. Intercambiaron un par de palabras y después de que Felipe se inclinara para darle sendos besos en cada mejilla, ella entró en el coche y se fue. Sólo cuando giró para tomar la carretera y su automóvil se perdió calle abajo, mi hermano decidió regresar dentro de casa.

Yo nunca había tenido mucho en común con el resto de mis hermanos, pero ahora mismo podía percatarme de que Felipe y yo, por primera vez, sentíamos la misma admiración por la misma persona.

Me desvestí, sin tener otra cosa que hacer que no fuera meterme en la cama. Encendí el ventilador, las noches en esa época del año resultaban extremadamente calurosas, y me eché sobre las sábanas limpias. La antigua tranquilidad que obtenía siempre al estar en casa, se vio de repente alterada por las imágenes de Violeta danzando en mi cabeza. No concilié el sueño hasta mucho después, cuando el último de los invitados se fue y la casa quedó en completa calma.

Sólo cuatro días después cargábamos el coche familiar para pasar un tiempo en la casa de campo, como mi padre había sugerido. Yo sólo me limité a embarcar algo de ropa, dos libros y un discman portátil, junto con mis cds favoritos, todo ello dentro de la misma bolsa. Mi padre se limitó a preparar con ahínco y cuidado su extenso equipo de pesca, que era lo único que parecía importarle de verdad, mientras que de todo lo demás se ocupaba mi madre.

Mi madre, desde bien temprano, había estado sumida, junto con mi hermana Isabel, a la tarea de llenar el coche de todo tipo de objetos, la mayoría de ellos inservibles para el caso. Siempre pensé que ésa era la manera que tenía de sentirse segura cada vez que salíamos de casa. Me senté en el asiento de atrás del coche, aferrada a mi bolsa de viaje, esperando que pudiéramos poner rumbo a la casa de campo no muy tarde.

Era un viaje muy largo y ya casi llevábamos dos horas de retraso con respecto a la hora con la que habíamos determinado partir. Mi padre decidió seguir mi ejemplo y se acomodó en el asiento del conductor, suspirando. Mientras, mi madre e Isabel seguían entrando y saliendo cargadas con bolsas . Mi padre murmuró algo por lo bajo, que yo supe que era un lamento que no se atrevía a decir en voz alta. Él odiaba esperar y su esposa era consciente de ello.

–Teníamos que habernos ido ya. –me dijo.–. Solos tú y yo. Tu madre e Isabel podrían haber ido mañana con Felipe.

–Ya sabes cómo es mamá.

–Lo sé ahora.. –respondió en tono burlón.– Pero no cuando me casé.

Le sonreí y me permití suspirar también.

–Hace un día espléndido. Según el parte seguirá haciendo buen tiempo durante el resto de la semana.

Hice cuenta mental de que estábamos a lunes, y me pregunté cómo era posible que los metereólogos podían asegurar algo con tantos días de antelación. Seguro que llovía, después de todo.

–Así podrás pescar cuanto quieras.

–Eso será si tu madre se decide a terminar de una vez.

–¡Sé que estáis hablando de mi! –gritó su esposa desde atrás. –. ¡Y hubiéramos salido ya si en vez de estar ahí sentados estuviérais ayudando algo!

–Nosotros ya hemos cumplido con nuestra parte. –respondió mi progenitor.

Mi madre nos dio la espalda indignada. Aún tuvimos que esperar más de media hora, (a mí me pareció que lo hizo a posta), hasta que por fin se metieron en el coche. Oí que mi padre murmuraba un gracias a Dios y observé que mi madre le regalaba un pellizco en el brazo. Isabel y yo nos miramos y nos echamos a reír.

–Son como niños. –me dijo ella.

Nos pusimos en marcha y al instante bajé del todo la ventanilla para poder sentir el aire en mi cara. Me acerqué más aún y saqué la cabeza al exterior. Esto, desde luego, era una costumbre que mi querida madre odiaba, diciendo que parecía un perro. Sin embargo, a mi me parecía de lo más excitante aún a mis dieciocho años. Ver pasar el paisaje a gran velocidad, sentir el cabello golpeándote la cara, la sensación de que no llega suficiente aire a tus pulmones...

–Jimena. –oí la voz de mi madre, más grave que de costumbre.

Intenté ignorarla, pero su siguiente llamada fue imposible de pasar por alto.

–¡Jimena! –repitió, esta vez con el esperado malestar.

Metí otra vez mi cabeza dentro de las inmediaciones del coche y la miré. Me observó y arrugó la nariz. Supe que debía de ser mis cabellos desordenados y el rubor de mis mejillas lo que le había hecho mirarme con reprobación.

–¿Quieres cerrar la ventanilla, por favor? Entra demasiado aire, y con la de tu padre me es suficiente.

Obedecí y pulsé el botón para cerrarla.

–Gracias. –sentenció mi madre y de nuevo se colocó con la vista al frente, mas satisfecha que antes, eso sí.

Me arremoliné en mi asiento y pensé que con unos cuantos años menos me hubiera permitido tener una rabieta y rebelarme antes las demasiado estrictas órdenes de mi madre. Sospecho que mi recién estrenada madurez me lo impidió.

Me giré hacia Isabel, que me sonreía y recordé lo ridículo de mi aspecto. Me llevé las manos a la cabeza e intenté recomponerlo. Isabel estiró un brazo y me ayudó en la difícil tarea.

–¿Es época de truchas ahora? –preguntó mi madre.

–Ya lo creo.

–Espero que eso no signifique que te vayas a pasar todo el tiempo en ese río.

–Sé a dónde quieres llegar, pero no voy a pasarme estas semanas yendo de visitas.

–No podemos ir al campo y no visitar a Don Federico. –argumentó su esposa.– Ya sabes que de no ser por él, Jimena se hubiera ahogado en el río.

"Estupendo", pensé, "otra vez mi miserable y avergonzante historia sale a la luz. Otra razón más para no querer ir al campo."

–No tenemos que agradecérselo eternamente, creo que ya hemos hecho suficiente por él.

–No creo que le guste la idea de que hayamos estado en el campo y no lo hayamos visitado. –masculló mi madre entre dientes.

–Es un maldito franquista. Tiene su casa llena de rifles y escopetas que cuida y mima más que a sus propios hijos. ¿No crees que está algo chalado, aunque sea un poco?

–¿Y qué si es un aficionado a la cinegética? No sería el único.

"¿Cinegética?", pensé. Giré para encarar a mi hermana que me miró a su vez.

–¿Cinegética? –repetí esta vez en alto para que lo pudiera oír Isabel.

Nos echamos a reír por lo bajo.

–Creo que ha vuelto a suscribirse a esas revistas culturales. –añadió Isabel, provocando otra tanda de suaves risas.

Mis padres seguían enzarzados en su discusión.

–¿Temes que te pegue un tiro?

–La verdad, sí. –repuso mi padre.– Ya no es tan joven y por lo tanto tan diestro para manejar esos espantosos chismes.

En ese punto, decidí ponerme los cascos para evitar oír más de la ridícula discusión. Si me preguntaran, diría que odiaba incluso que hablaran mientras mi padre conducía, siempre más pendiente de mi madre que de la carretera.

Fijé mi atención en el paisaje, esta vez a través de la ventanilla. Miré el reloj. Aún quedaban muchas horas de viaje. Sin duda llegaríamos al anochecer.

–¡No te olvides de la bolsa azul! –me pidió mi padre desde la escalera que daba acceso a la casa de campo.

Miré en el interior del maletero y la ví al fondo. La deslicé hasta mí y la levanté por las asas, cerrando con la otra mano libre la portezuela del maletero. Entré en la casa, que estaba impoluta. Mi madre había avisado con antelación para que la acomodaran para nuestra llegada.

–Vaya. –se quejó mi madre.– Esa maldita bombilla sigue sin cambiar.

–A la lámpara aún le quedan otras dos.

–Le resta mucha luz al salón. –indicó mi madre, ignorando lo que su marido había dicho un instante antes.

–Estoy contigo, mamá. –añadió Isabel.– Además, no es nada estético.

–Estética, eso es precisamente lo que le hace falta a tu padre.

–Mañana... –cedió el aludido.– bajaré al pueblo a comprar los cebos y no olvidaré añadir a la lista de importantes una bombilla.

Se acercó a su esposa y le dio un beso conciliador en la mejilla. Yo ya subía mi bolsa rumbo a mi habitación, que era la más pequeña de todas, pero también la más apartada. Mi habitación era lo que en un principio se pretendió que fuera el ático, lugar designado para que mi padre guardase todos sus chismes.



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Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Septiembre 9th 2012, 5:09 pm

Mi padre me cedió su punto estratégico cuando se dio cuenta de que a mí me encantaba aquel lugar. Así que puede decirse que mi primera mudanza fue a los diez años. Por otra parte, mi antigua habitación le sirvió a mi padre como nuevo cuartel general. Incluso le había parecido estupendo tener más espacio para sus cosas. No tan contentas se quedaron mis hermanas, siempre temerosas de que alguno de aquellos asquerosos gusanos que usaba como cebo se escaparan de su encierro, a pesar de que mi padre les aseguraba que ya estaban bien muertos.

Recuerdo que Isabel no se metía en la cama hasta que mi madre no le sacudía las sábanas hasta dos o tres veces para asegurarse que ningún elemento foráneo se hubiera metido bajo ellas. Y fue precisamente Isabel, quien de pequeña tenía la mala costumbre de ir descalza, "como si fuera una india" en palabras de mi madre, la que una mañana, después de que mi padre hubiera partido a una de sus jornadas de pesca, comenzó a gritar como una descosida. Yo no debía de tener más de diez años. Recuerdo que salí de la cama alertada por los gritos. Bajé corriendo y encontré a Isabel, con un pie flotante y una cosa amarilla y viscosa aplastada en la planta de su pie. En su salida matutina, a mi padre se le había caído de alguna forma uno de aquellos gusanos e Isabel había sido la primera en descubrir su despiste. Creo que aún hoy no me ha perdonado que acabara en el suelo retorcida de la risa.

Jamás volvió a andar descalza

Abrí la ventana de par en par y una ligera brisa hizo acto de presencia. Di gracias a Dios, puesto que el intenso olor a alcafor me estaba empezando a marear.

– ¡Jimena! –mi madre exigía ya mi presencia en la parte baja de la casa.

– ¡Ya voy!

Bajé las escaleras y seguí el sonido de las voces femeninas que me llevaron hasta la cocina. Mi madre estaba preparando unos sandwiches, junto con Isabel.

– ¿Quieres cenar algo? –me preguntó nada más verme aparecer.

–Un bocadillo estará bien.

Siguieron enfrascadas en la conversación que habían interrumpido brevemente tras mi llegada, sin importarles mi desconocimiento del tema, fuera cual fuese éste. Cogí uno de los bocadillos que ya se amontonaban sobre un plato. Miré su interior. Era de jamón. No me había dado cuenta de lo hambrienta que estaba hasta que le di el primer bocado. Llevaba todo el día sin comer, salvo por el café y el bollo que me había tomado para desayunar en casa antes de partir. Tantas eran las ganas que tenía mi padre de llegar que únicamente hicimos una parada en una gasolinera y sólo ante la amenaza de mi madre de que si no paraba era capaz de hacérselo allí mismo. Con este pensamiento acabé mi sandwich, pero mi estómago siguió exigiéndome más, así que cogí otro.

–Pobrecita. –dijo mi madre en referencia a mi. – Tu padre casi os mata de hambre.

–No exageres, mamá. –protestó Isabel.

–No estoy exagerando, le dije cientos de veces que parara en algún lugar para almorzar, pero él ni caso.

–Lo hubiéramos hecho de no ser porque tardaste tanto esta mañana.

Inmediatamente después de decir aquello me arrepentí. Sabía que mi madre se tomaba estas cosas a la tremenda. Así que me preparé para el aluvión de protestas que vendrían a continuación.

–De no ser por mí y mi tardanza no estaríais cenando, ¿o es que pensáis que el pan y el embutido vino solo hasta aquí? Él sólo es capaz de preocuparse de sus cosas, pero soy yo quien tiene que disponerlo todo para que estos días no se conviertan en un caos. –se quejó, incluso poniendo una expresión de absoluta pena.

–Tienes razón, mamá. –dijimos Isabel y yo casi al unísono.

–Gracias.

Isabel se acercó al estante para intentar colocar unas latas en el más alto.

–Déjame a mí. –resolví al instante.

Me subí a la encimera y comencé a colocar los envases con cuidado.

– ¿Qué te pareció la novia de tu hermano?

– ¿Violeta? –contestó Isabel.

La sorpresa por oír aquel nombre se manifestó en mi repentinamente y de forma bastante torpe. A pesar de mis juegos malabares, no pude evitar que una de las latas que sostenía entre las manos se me deslizara y cayera estrepitosamente encima de la encimera.

– ¿Quién si no? –continuó mi madre al tiempo que me devolvía la prófuga lata.

Me pareció que ninguna de las dos se dio cuenta de mi azoramiento y por primera vez dí gracias a Dios por haberme hecho tan desmañada desde que nací. Puse atención a las palabras de Isabel.

–No estoy segura.

– ¿Cómo que no estás segura?

–Mamá, ya sabes que no me gusta emitir juicios premeditados.

–Pero bueno. –insistió mi madre. – Algo te habrá parecido.

–Es muy guapa.

–Eso sí, desde luego. –consintió mi progenitora.

Yo ya había terminado de colocar las latas y ahora me dedicaba a la inservible tarea de ordenarlas y ponerlas con sus etiquetas hacia afuera.

–Me pareció que a Felipe le gusta de verdad. –añadió Isabel.

–A mí también me lo pareció. Llegarán mañana, así tendremos oportunidad de conocerla mejor.

–Después del interrogatorio al que le sometiste en la cena, creo que evitará acercarse a ti todo lo que le sea posible.

– ¡Vaya! –repuso mi madre pensativa. – Pensará que soy una de esas madres preguntonas y metomentodo.

–Es que eres así, mamá. –cedió Isabel con algo de condescendencia y resignación en la voz.

Mi madre le dedicó una mirada fulminante a modo de respuesta. Por mi parte, decidí que era hora de apearme, ya que no quedaba nada que pudiera hacer allí arriba.

Mi padre eligió ese momento para hacer acto de presencia.

–Estupendo. –dijo señalando la bandeja de los bocadillos.– Justo en lo que estaba pensando.

Tomó una servilleta y puso en ella dos sandwiches. Luego, se dirigió hacia la nevera y sacó una lata de cerveza saliendo nuevamente de la cocina e ignorándonos a todas, como si realmente no hubiéramos estado allí.

–Odio cuando hace eso... –señaló mi madre.

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Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Septiembre 9th 2012, 5:12 pm

la mañana siguiente, unos suaves toques en mi puerta hicieron que cediera en mi empeño de seguir dormida.

–Jimena.... –reconocí la voz de mi padre susurrando mi nombre.

Me levanté y llegué hasta la puerta. La abrí con cuidado para ver qué era lo que quería mi padre de mí a tan tempranas horas de la mañana.

– ¿Quieres acompañarme al pueblo?

Lo pensé un instante. En realidad sopesé mis otras opciones y tuve que admitir que me atraía mucho más viajar hasta el pueblo que quedarme con mi madre y mi hermana toda la mañana, sin hacer otra cosa que no fuera hablar.

Dame diez minutos para vestirme y estoy contigo de inmediato.

Me sonrió y asintió con la cabeza.

–Te esperaré abajo.

Cerré la puerta y comencé a vestirme. Como siempre, unos viejos vaqueros y una camiseta de color azul, fueron mi elección, que conjunté con unas zapatillas de deporte. Cogí también un jersey que até a mi cintura, puesto que noté mirando por la ventana que el día estaba algo nublado. Me dirigí hasta el baño y me aseé y peiné antes de reunirme con mi padre.

En todo el pueblo, la tienda de Chano era la única que existía. En ella podrías encontrar los artículos más variados, desde cebos para pescar de todas clases habidas y por haber, hasta unas tijeras de podar, víveres y un montón de cosas más que en cualquier ciudad tendrías que desplazarte al menos a cuatro sitios para comprarlas. Ya lo decía el cartel clavado a una de las paredes y que a mí siempre me pareció ridículo:"VÍVERES GLEZ - DE TODO"

Mi padre fue el primero en acceder al interior, seguido de mí. Chano, desde detrás del mostrador parecía estar ultimando unas cuentas. No levantó la vista a pesar de que la campana de la puerta había sonado.

–Enseguida le atiendo. –dijo aún con la mirada puesta en su libro de cuentas.

– ¿Es una nueva forma de tratar a los clientes? –bromeó mi padre.

El viejo propietario pareció reconocer la voz y miró a mi padre.

– ¡O’Donnell! –gritó con júbilo.

Siento no haber mencionado antes que a mi padre se le conocía por el apellido de mi abuelo.

– ¿Cómo estás, Chano?

Los dos hombres se dieron un corto abrazo y unas sonoras palmadas en la espalda.

–Ha pasado mucho tiempo desde la última vez. –argumentó el viejo.

–Ya lo creo que sí, pero ya sabes, la familia es cada vez más difícil de controlar, y por desgracia he tenido unos hijos demasiado cosmopolitas...

–Hablando de hijos, ¿es esta Jimena?

Me señaló con el dedo, en su cara una expresión de incredulidad. Mi padre me asió por los hombros y me acercó más a él, dándome un suave apretón.

–Lo es. Todas las esperanzas que tenía de que no creciera se han esfumado para siempre..... –bromeó mi padre haciendo reír a Chano. – Mírala, se ha convertido en toda una preciosidad.

Me sonrojé al tiempo que sonreía tímidamente.

–Supongo que vienes a buscar cebos, ¿no?

Interiormente suspiré de alivio porque la conversación en torno a mí se hubiera terminado. Mi padre se acercó hasta el mostrador, mientras Chano le hablaba de unos nuevos cebos que había traído hacía apenas unos días. Yo sabía que la conversación se alargaría hasta límites insospechados, por lo que decidí darme una vuelta por los pasillos de la tienda.

No recordaba el establecimiento así, pero supuse que incluso en aquel pueblo, hacía falta de vez en cuando echar mano de los avances. Me dirigí inmediatamente al estante de los chocolates. Con las prisas no había desayunado, así que seleccioné uno de esos bollos esponjosos con forma de barra de pan rellenos de chocolate y lo abrí dispuesta a comérmelo. Antes de pasar a otra estantería, pillé un par de chocolatinas y un paquete de galletas de arroz inflado.

– ¿Vas a comerte todo eso? –me preguntó mi padre divertido cuando me vio llegar cargada de golosinas.

–No, tonto.... –le dije. – Estoy llenando mi cupo de provisiones.

Dejé las cosas sobre el mostrador y seguí con mi recorrido. El bollo estaba muy bueno, pero no sé por qué, siempre conseguían dejarte con sed. Supuse que tal vez las empresas de batidos le daban alguna comisión. Metí la pequeña cañita en el brick de batido de fresa y seguí avanzando a través de los pasillos. Con el hambre ya resuelta, me dediqué simplemente a dejar que pasara el tiempo.

–Hola. –oí detrás de mí.

Me giré con rapidez.

–Hola... –dije algo confusa, puesto que la cara de aquel muchacho me era familiar.

Él me sonrió y fue entonces cuando me di cuenta de que el chico llevaba un delantal idéntico al de Chano, lo que significaba que trabajaba allí.

–Supongo que no me recuerdas. –me dijo algo tímido.

Puede que el batido de fresa consiguiera despertarme del todo, o puede que de repente hubiera tenido una visiòn sin darme cuenta, lo cierto es que conseguí acordarme de él. Cuando era pequeña, aquel chico que tenía ahora en frente solía ser mi compañero de juegos.

– ¿Diego? –dije con algo de duda.

Él se rió, parecía encantado de que finalmente hubiera sido capaz de recordarlo.

–El mismo. Ha pasado mucho desde la última vez.

–Sí, empiezo a creer que demasiado. Desde que empecé en el instituto, si mal no recuerdo.

–Ahora estarás en la universidad.

–Sí... –fue mi escueta respuesta, y comencé a juguetear con la cañita de mi batido, antes de cometer una estupidez y empezar a contarle al chico lo desgraciada que me hacía sentir la universidad.

–Estás muy guapa. –me dijo de repente.

Nunca nadie había flirteado conmigo, así que no sabía muy bien si aquello era un flirteo o si por el contrario era un simple comentario amable. De todas formas, ¿hay mucha diferencia entre lo uno y lo otro?

Seguí con la cara pegada a mi batido y comencé a sorber frenéticamente, mientras imaginaba mi foto en el libro Guinness de los Records, como la mujer que ostentaba el record de sonrojos en un día.

–Sigues igual de tímida que siempre, por lo que veo. –volvió a decir Diego.

Yo seguí plantada allí en medio, esperando a que él se decidiera cambiar de tema, algún tema en el que yo tuviera la valentía de decir algo. Pero entonces recordé que los únicos asuntos en los que yo era capaz de expresarme sin apenas balbucear eran los de medicina, y dudaba mucho que Diego supiera algo sobre las etapas organicistas de las enfermedades.

Oí que mi padre me llamaba. Le sonreí a mi inesperado acompañante y sin decir nada más pasé junto a él. Su voz me hizo darme la vuelta una vez más.

–No te olvides de pagar eso.... –bromeó señalando el cartón casi vacío que aún sostenía entre las manos.

–Vaya.... –contesté fingiendo decepción. – Esperaba que me guardaras el secreto.

Me alejé de Diego dejándolo con una interesante sonrisa en su rostro y me reuní nuevamente con mi padre.

–Media hora más, Chano, y mi hija te hubiera dejado sin provisiones.... –se rió me padre al verme llegar con algunas cosas más que había recogido por el camino.

–Está en edad de crecer. –contestó el anciano, mientras apuntaba frenéticamente en su libretita.

Yo evité decir que era bastante probable que me quedara con mi miserable metro sesenta y cuatro e ignoré el comentario.

–Papá, no te olvides de la bombilla.

–Ya sabía yo que por algo pensé que sería una buena idea traerte conmigo.

–Vaya, pensaba que disfrutabas de mi compañía.

–Eso también, cariño, eso también.... –se burló de mí, al tiempo que se giraba para pedirle a Chano una bombilla.

De vuelta a casa, yo cada vez me iba sintiendo peor. Miré mi reloj, eran casi las doce del mediodía. Probablemente Ginebra y Felipe ya habían llegado. Eso significaba que Violeta estaría allí. Mi corazón se aceleró tanto que creí sinceramente que era el principio de un infarto. Abrí la ventanilla para que me diera el aire en la cara. Lo único que logré fue que una nube de polvo me diera de frente. Me había olvidado que siempre tomábamos la vieja ruta que iba al pueblo, en vez de ir por la carretera de asfalto. Otra de las excentricidades de mi padre.

– ¿Te ocurre algo? –preguntó él.

–No. –mentí, mientras me frotaba los ojos ahora irritados por la polvareda.

–Estás muy rara... ¿Hay algo que te preocupa?

–No.

Pasaron unos breves instantes. Yo esperaba que mi padre iniciara un nuevo intento para sonsacarme más información. Sabía que me conocía demasiado bien como para no saber que algo me pasaba y yo no podía decirle que estaba tremendamente aturdida, que no podía sacarme de la cabeza a la novia de mi hermano, que incluso había soñado con ella y que... ¡Oh, Dios!, casi había olvidado mi sueño erótico, ése al que tanto me había aferrado antes de que la voz de mi padre ganara la batalla esa mañana en contra de mis deseos.

–De acuerdo, si no quieres decírmelo no te voy a obligar...

–Gracias. –dije aliviada.

Me miró con el ceño fruncido.

–De modo que hay algo que no quieres decirme.

Me tapé los ojos con ambas manos. Había olvidado lo tramposo que podía llegar a ser mi padre en ocasiones.

–Papá. –comencé con cuidado de no herir sus sentimientos. – no es que no quiera contártelo, simplemente creo que...

– ¿Es un chico?

"Frío, frío..."

–No. –murmuré, aunque me hubiese gustado gritarlo, estaba enfadada porque ni siquiera me había dejado explicarlo.

–Te vi hablando con Diego...

– ¿Y? –no tenía ni idea de a dónde quería llegar.

– ¿Tienes algún novio en la universidad?, ¿estás triste porque quizás le echas de menos? –me preguntó preocupado.

–No...

–Podrías haberlo invitado. –una vez más me interrumpió. – Sabes que siempre será bienvenido.

Crucé los brazos a la altura del pecho y me arremoliné en mi asiento, intentando calmarme antes de que el incipiente enfado que corría a través de mis venas llegara al cerebro. ¿Un novio en la universidad? Si apenas tenía amigas. Creo que incluso les daba miedo a todos los del maldito campus. Debían tomarme por una asesina en serie o algo así. Como si las personas a las que les cuesta relacionarse tuvieran que ser asesinos en serie por derecho constitucional.

–Admito que hasta hoy no se me había pasado esa posibilidad por la cabeza, eres mi niña pequeña. A veces sigo resistiéndome a que crezcas.

–Papá.... –lo llamé. Odiaba las charlas sentimentales.

–No puedes culparme porque me preocupe por ti. No quiero dejar este mundo sin ver a todos mis hijos felices.

–Yo soy feliz. –le dije, no sé si por tranquilizarlo a él o a mí misma.

–De todos tus hermanos, tú has sido siempre la que más me ha costado leer. Nunca sé más de lo que me permites ver. –lo vi tragar antes de formular la siguiente pregunta. – ¿Sigues enfadada aún porque te envié a esa universidad tan lejos de casa?

–No.

–Cuatronodesde el inicio de la conversación. Definitivamente algo está ocurriendo en esa cabecita tuya. Pero no voy a insistir, cuando estés preparada o necesites mi ayuda, sabes que estaré esperando.

–Lo sé, papá, gracias.

Minutos después, paraba el Jeep a un lado de la carretera. Lo miré extrañada mientras él salía corriendo a esconderse detrás de unos matorrales. No pude evitar echarme a reír y me pregunté si mi padre comenzaba ya a tener problemas de próstata.

Al llegar a la casa, me di cuenta enseguida de que allí habían ya tres coches aparcados. Reconocí el Ford blanco de mi hermana Ginebra, el Mercedes gris de Felipe y por supuesto, el Mazda descapotable de Violeta. Lo que más me sorprendió fue descubrir que el color de su coche no era gris, sino azul cielo. La poca luz aquella noche hizo que me perdiera ese detalle.

Esperé a que mi padre se pusiera a mi altura antes de encaminarnos hacia la casa. Ambos con dos bolsas a cada mano. Mientras me acercaba, podía sentir que las palmas de mis manos comenzaban a sudar. Permití que mi padre me adelantara y entrara primero al interior de la casa.

– ¡Ya estamos aquí! –anunció a los cuatro vientos.– Me alegra ver que ya estamos todos, esta noche podremos incluso echar unas partiditas al bingo.

Fuimos recibidos con efusivos "holas" por parte de mi madre, Isabel, Ginebra y su marido. Pero no había rastro de Violeta ni de mi hermano Felipe.

Ginebra se acercó y le dio un sonoro beso, primero a mi padre y luego a mí. Su hija mayor la seguía muy de cerca, agarrada a su falda. A juzgar por su expresión, hacía poco que había pasado una crisis de llanto.

Dejé las bolsas sobre la mesa y me acerqué hasta mi sobrina, de quien decían que era un calco de mí. Lo que era seguro es que iba a ser mucho más guapa que yo. Esta niña tenía ángel, justo como su madre.

–Hola Cris. –le dije con suavidad mientras me agachaba para ponerme a su altura.

–Hola tata.... –contestó con su dulce voz infantil.

– ¿Me das un beso?

Dudó un instante, para poco después darme un húmedo beso en toda la mejilla. Yo saqué una de las chocolatinas que había comprado en la tienda y se la alcancé.

–Ten, para que no estés triste.

Su cara se iluminó de repente y me dio un gracias que sonó a"asias"más bien. Luego se alejó correteando, seguramente buscando un lugar seguro donde dar buena cuenta de su dulce.

– ¿Dónde está Felipe? –oí preguntar a mi padre.

–Creo que ha ido a enseñarle los alrededores a Violeta. –contestó Isabel.

–O a hacer manitas detrás de algún árbol. –bromeó Ginebra, haciendo reír a todos.

A todos menos a mí.

– ¿Manitas? –dijo mi padre.– Creía que eso se hacía en mis tiempos, ahora van mucho más allá que, en fin...

–Papá.... –protestó Maite entre risas.

– ¿Papá? –se burló mi progenitor. – Recuerdo que tu madre se empeñaba en dejar a vuestros novios en habitaciones separadas. Con eso sólo lograba que nos desveláseis un par de veces por la noche con tanto ruidito disimulado de puertas que se abrían y se cerraban.

El marido de Ginebra, que estaba bebiendo de una lata de cerveza casi se atraganta y todos nos volvimos hacia él para ver que sus mejillas se habían puesto de un color rojo intenso. Tal vez era porque le costaba respirar por el líquido que no había logrado tragar por el sitio adecuado.

Todos nos reímos, incluso mi madre, a pesar de que sabíamos que en su momento le había costado mucho el aceptar que ninguna de sus hijas llegara virgen al matrimonio. Ella era una acérrima defensora de la virtud y creía que la virginidad era casi un don divino.

La puerta se abrió entonces y como si fuera una repetición de la misma escena de hacía cinco días. Felipe entró acompañado de Violeta. A él apenas lo miré, no podía mirar más allá de aquella mujer enfundada en unos vaqueros tan roídos como los míos, con una camisa de seda azul y el pelo recogido en una trenza.

Me aparté de mi hermano como de la peste, temiendo que se ensañara con mis cachetes como la última vez.

–Hola, Jimena. –me dijo al pasar, prestándome tan poca atención como yo a él.

Violeta pasó a mi lado a continuación.

–Hola. –saludó ella y lo siguiente que pude ver era que se estaba acercando a mi rostro para plantarme un beso en la mejilla.

"Di algo, ¡imbecil!", me reñí. Lo cierto que la percepción, como de cosquillas, que sus labios dejaron en mi mejilla me obnubilarían por el resto del día.

La felicidad, aunque de esa manera resultase incluso estúpida, era una sensación extraña.
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Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Septiembre 10th 2012, 1:35 pm

2. EL DESPERTAR.

Esa noche, durante la cena, no tuve tanta suerte como la última vez y me vi afinada entre mi cuñado Ricardo y mi sobrina Cristina. Todos mis deseos de sentarme cerca de Violeta perecieron enseguida. Al menos me distraje un poco observando a la cría hacer multitud de muecas y gestos que me hicieron reír.

La conversación giró en torno a asuntos banales, cada uno exponiendo su punto de vista sobre la política o la economía. Esta vez mi madre, con gran acierto, se abstuvo de sonsacarle información a Violeta, quien parecía más relajada que la última vez.

No habíamos cruzado una palabra tras su llegada y yo comenzaba a desesperarme por su aparente indiferencia hacia mí. Pensé en eso de la indiferencia y me di cuenta de que todo había estado siempre en mi imaginación, que ella jamás correspondería a mis deseos de la manera que yo quería, que ella jamás soñaría conmigo de la misma forma, que sus miradas jamás serían mías. Me sentí traicionada por mi conciencia al traerme en aquellos momentos semejantes pensamientos.

Levanté la vista hacia Violeta por centésima vez esa noche, y casi grito al encontrarme con sus preciosos ojos azules mirando directamente a los míos. Me sonrió levemente y yo sentí cómo mi cuerpo se deslizaba de la silla sin poder evitarlo. Fue como si mis músculos se hubieran rendido y, de repente, quisieran convertirse en gelatina. Notando mi destemplanza, más que nada porque casi había desaparecido por entero debajo de la mesa, se giró de nuevo para atender a la conversación de mi hermano.

–¿Te encuentras bien? -preguntó mi padre, atrayendo con ello toda la atención hacia mi persona.

–Sí. -murmuré, como era habitual en mí.

No me atreví a levantar la vista hacia mi progenitor, sabiendo que efectivamente encontraría la duda y la sospecha en sus ojos. En esos momentos no estaba preparada para mostrar nada de mí al mundo, por lo que seguí con la cabeza gacha y la mirada en mi plato hasta el final de la cena.

Si me preguntaran ahora mismo sobre la cena, no sabría decir con seguridad ni siquiera qué era lo que habíamos comido.

En cuanto terminó la comilona, salí al porche y me senté en las escaleras, sola. No tenía ganas de asistir a la posterior reunión donde todos seguirían hablando de los más diversos y aburridos temas. Además, tenía la esperanza de que ella viniera a hacerme compañía.

Miré al cielo cubierto de estrellas, un placer que en la ciudad nos negaba la polución. Sonreí ante tan maravillosa vista y fue entonces cuando vi cruzar una estrella fugaz. Cerré los ojos tanto que me dolieron para pedir un deseo, pero antes incluso de formularlo, ya se me había concedido.

–¿Puedo sentarme un rato contigo?

No abrí los ojos, maldiciéndome por si aquella voz que acababa de oír no era real, sino producto de mi dilatada imaginación. Tomé una inspiración, apenas detectable, y los abrí lentamente. Enseguida abarqué su visión, justo encima de mi cabeza, mirándome divertida. Pensé que debió de haber sido ridículo encontrarme allí, con los ojos cerrados y con una extraña expresión, casi cómica, en mi rostro.

–Por favor. -dije, aunque me dio la sensación de que casi lo supliqué.

–Gracias.

Tomó asiento a mi lado, en el segundo escalón. Por el rabillo del ojo la observé doblar el cuello para mirar el cielo.

–Pocas veces he visto el cielo tan estrellado como esta noche. -dijo.

–Las noches aquí suelen ser así.

–Sí, sé lo que es vivir en el campo. De pequeña, mi familia vivía en una hacienda, creo que ya sabes que mi padre tiene viñedos. -asentí.- Las noches allí eran mágicas. Yo solía escaparme a la azotea y tumbarme allí con mi manta hasta que casi amanecía. Jamás me cansaba de mirar al cielo.

Pude apreciar cierta nostalgia en su voz y aquel descubrimiento hizo que mi corazón se encogiera.

–¿Tienes hermanos?

–No, soy hija única, desgraciadamente. -me miró sonriendo.- Pero acepto voluntarios.

Dejó la frase en el aire, aunque yo sabía a lo que se refería. Si se casaba con mi hermano, entonces ambas llegaríamos a ser hermanas políticas. No permití que ninguna expresión cruzara por mi cara y me mantuve tan inexpresiva como fui capaz, aunque en el fondo deseara rebelarme ante esa idea. Puse toda mi atención una vez que ella comenzó a hablar de nuevo.

–Mi madre murió cuando yo era pequeña y mis relaciones con mi padre no son en absoluto buenas. No le gusta cómo he elegido vivir. -me miró.- Tienes una familia magnífica, Jimena.

Sonreí levemente mirándola.

–¿Incluso a pesar de mi madre?

Hizo ademán de pensar.

–Incluso a pesar de ello. -bromeó.

Emití un suspiro y devolví mi atención a las estrellas, imitando la posición de ella, apoyándome sobre mis codos. El silencio se prolongó hasta que yo decidí romperlo con la pregunta más estúpida de las que podía haber hecho.

–¿Qué edad tienes?

Me miró extrañada, pero me lo dijo sin más dilaciones.

–Veintisiete.

Hice cuenta mentalmente de que eso eran tan sólo nueve años más que yo. No sé porqué me sentí aliviada de saber que la edad no era un obstáculo tan insalvable. Al menos para mí.

–¿Y tú? -inquirió de súbito.- Lo justo es lo justo.

–Tengo dieciocho.

–¿Sólo dieciocho? -rebatió enseguida.- Fruncí el ceño por no poder saber a lo que se refería con eso de"sólo". ¿Es que acaso la había decepcionado? Su sonrisa me hizo ver que bromeaba.- Supongo que ya vas a la universidad.

–Sí. -dudé.- Eso me mantiene alejada de casa durante demasiado tiempo.

–Eso a mí me resulta un tanto extraño. -dijo con insólito tono de voz.

La miré buscando respuestas.

–¿El qué?

–Que te duela tanto estar lejos de tu hogar. A tu edad, yo sólo quería huír de la mía. -confesó. Tras eso abandonó la visión de mi rostro para concentrarse nuevamente en el cielo.

Eso fue suficiente para mí para entender que, por ahora, el tema estaba zanjado. Me dio la impresión de que no era una persona de muchas confesiones y que lo que acababa de hacer, aunque sólo fuera una simple frase, le había costado mucho esfuerzo. Me vi inundada por el dolor que me autoinfringí al pensar en una Violeta dolida o desdichada. No supe hasta qué punto mis sentimientos gritaban por el amor de esta mujer hasta esa misma noche.

–¿Piensas quedarte las dos semanas?

–No, creo que me iré este domingo. Aún tengo muchas cosas que hacer, y estas minivacaciones no figuraban entre mis planes.

–Puede que te aburras y te vayas antes del domingo... -añadí cuidadosamente.

Me sonrió una vez más. Empecé a creer que sabía exactamente el efecto que eso tenía en mí.

–Espero que seas capaz de evitar que eso ocurra.

Me sentí afortunada de estar sentada, de lo contrario, habría dado con mis huesos en el suelo.

–Felipe ya habrá pensado en eso y tendrá alguna clase de plan para que no pases un solo momento aburrida.

Me arrepentí de haber dicho aquello, pues me miró con expresión circunspecta, y yo volví a analizar mis palabras, intentando encontrar la razón de aquella mirada.

–Toda tu familia cree que tu hermano y yo somos novios, ¿verdad?

–No sé si"novios" -mastiqué la palabra como si fuera un trozo de limón.-, es lo más correcto a utilizar. -De repente sentí la angustiosa necesidad de desprestigiar a mi hermano.- Felipe trae tantas chicas a casa que sería casi un sacrilegio llamarlas "novias". Debe existir alguna clase de porra sobre tu duración en la familia.

–Entiendo. -fue su seria respuesta.

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Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Septiembre 10th 2012, 1:36 pm

Me arrepentí inmediatamente de haberle dicho aquello. Quizás había ido demasiado lejos en mi repentino ataque de celos y puede que incluso le hubiera hecho daño. Me obligué a pensar en una forma de compensarla, pero mi cerebro se negó a pensar con la brillantez a la que me tenía acostumbrada. Tan metida estaba en mi particular lucha que casi me pierdo sus siguientes palabras.

–¿Harías una cosa por mí?

"Te daría mi vida si me lo pidieses sin dudarlo".

–Por supuesto. –respondí.

–¿Me guardarías un secreto? –preguntó una vez más, elevando con ello mi curiosidad.

–Sí. –no pude evitar la avidez con la que respondí.

–No apuestes en esa porra. –dijo llanamente.

Se rió al ver mi expresión de completo aturdimiento. Por un momento, por mi cabeza pasó la idea de que quizás no eran novios, tal vez sólo fueran buenos amigos. Mirándola me dije que era imposible tenerla como simple amiga. Sólo había que obervar la expresión de mi hermano cuando la enfocaba para saber que sentía algo muy profundo por aquella belleza. Cada vez me resultaba más enigmática y eso sumaba aún mayor curiosidad.

Yo ya podía sentir el veneno recorriéndome las venas.

–Estás aquí. –dijo alguien desde atrás y las dos nos movimos al unísono para ver de quien se trataba.

Felipe estaba de pie, junto a nosotras. Bajó dos escalones para encararnos de frente.

–¿Qué te ha contado la mocosa de mi hermana? –preguntó burlón.

Deseé tener uno de los rifles de Don Federico para poder deshacerme del impresentable de mi hermano. ¿Es que siempre tenía que ponerme en evidencia delante de los demás? ¿Por qué no podía ignorarme, como lo hacía siempre que estábamos solos?

Felipe se rió a gusto, al parecer, simplemente por el hecho de haberme llamado mocosa. Violeta no. Se quedó allí, mirándolo fijamente, con expresión seria. Hizo que la sonrisa se borrara de la cara de Felipe de un plumazo. Mi hermano optó por cambiar de tema.

–¿Te apetece dar un paseo?

Antes de contestarle, se giró hacia mí.

–¿Quieres venir? –me preguntó.

Sabía que debía decir que no, puesto que estaba claro que a Felipe no le haría nada de gracia que los acompañara. Así que, como siempre, hice lo que debía.

–No, gracias. Creo que me voy a ir a la cama. Mañana tengo sesión de pesca con papá y apuesto a que me despertará al amanecer.

–Tu habitación es la del ático, ¿verdad? –preguntó.

–Sí.

–Quizás algún día te apetezca invitarme a ver las estrellas desde allí.

–Claro. –fue lo único que conseguí argumentar.

–Buenas noches, Jimena.

–Buenas noches.

Aquella sonrisa que siempre parecía tener dispuesta para mí, apareció una vez más. Luego se levantó y se alejó hasta perderse entre las sombras con Felipe. Me quedé allí, durante unos instantes, absorbiendo lo que había pasado, recordando sus palabras.

Esa noche no me importó quedarme hasta tarde mirando las estrellas desde la ventana de mi ático. La ilusión de estar en compañía de Violeta obró el milagro. Incluso mantuve una conversación ficticia en donde le hablaba de mí, de mis deseos, de lo que esperaba de la vida, cosas que jamás había compartido con nadie. Ella me hacía desear ser de otra forma.

Esa misma noche fue cuando acepté que estaba perdida.

Cuando volví a despertar apenas despuntaba el Sol, pero mi padre tocaba insistentemente a mi puerta. No entendía cómo tenía un padre tan madrugador y yo, sin embargo, no había heredado esa cualidad. Podía pasarme la vida entera en la cama. Odiaba los despertares tempranos.

–Ya voy. –dije con la voz ronca por el sueño.

–¡Date prisa, hija!

Me vestí lo más aprisa posible, poniéndome unos pantalones cortos de color beige, una camiseta blanca con la foto del grupoKissen el pecho y mis zapatillas de deporte. También recordé llevar la gorra verde de pesca, y salí con cierta urgencia hacia el baño.

Después de haber calmado los apremios de mi vejiga y de haberme aseado y acicalado, corrí escaleras abajo en busca de mi padre, quien revisaba por enésima vez ambas cañas de pescar y el bolso donde guardaba todas las cosas que harían falta antes de colgárselo al hombro.

–Ocúpate tú de la cesta del picnic mientras yo meto esto en el Jeep. Tu madre la habrá dejado sobre la mesa de la cocina.

Fui a la cocina, y como había predicho mi padre, encontré la cesta de mimbre sobre la mesa. La cogí, tomándome por sorpresa lo mucho que pesaba, y salí hasta el jeep.

–¿Ya has metido la nevera portátil? –le recordé, sin ganas de quedarme sin nada fresco que tomar durante la pesca.

–Sí.

–Mamá ha hecho bocadillos para un batallón. –le informé mientras deslizaba la pesada cesta en el interior del maletero.

–Será mejor que traigamos al menos media docena de truchas, o no volverá a prepararnos los bocadillos.

Reí la gracia de mi padre. Cerramos el maletero y nos metimos en el coche. El río al que nos dirigíamos estaba a tan sólo tres minutos de la casa, por lo que muy pronto estábamos descargando el jeep. Mientras yo buscaba un sitio para asentarnos, mi padre sacó su caña y su bolso de pesca.

Instalarnos bajo la sombra de un enorme árbol me pareció la mejor de las ideas, así que lo coloqué todo cuidadosamente.

–¿Quieres que te prepare la caña? –preguntó mi padre.

–¡De acuerdo! –le grité desde la distancia.

Saqué mi gorra y me la calé, sabedora de que dentro de poco el sol estaría en todo su apogeo sobre nosotros.

Cuando llegué al lado de mi padre, él ya había echado su primer lance con su caña de cinco metros. Yo no usaba para pescar cebo natural como él, prefería usar señuelos, en este caso mosca, por lo que usaba una caña telescópica de unos tres metros. Me senté a su lado y lancé el nailon en sentido contrario al de mi padre.

–¿Ves aquellas rocas? –me señaló con la cabeza, puesto que tenía su caña sujeta en una línea tensa, esperando a sentir el plomo.

Miré hacia donde creí que me indicaba y pude observar una serie de rocas, algunas de las cuales sobresalían ligeramente del agua.

–¿Qué te he dicho siempre de las rocas?

–Los peces están cerca de las rocas, las ensenadas profundas y de los árboles sumergidos. –dije imitando la voz profunda de mi padre.

–Muy bien, ¿entonces por qué has lanzado hacia allí? –no me dio tiempo a contestar. –Hija, tienes que hacer las cosas pensando.

–Lo siento, papá. –recogí nuevamente el nailon.

Me posicioné cara a aquellas rocas y lancé, no sin antes apuntar bien. Le di vueltas a la manivela del carrete para que el señuelo cruzara por el punto que había elegido y sostuve la caña firme.

–Bien hecho. –me aplaudió mi padre. –¿Trucha?

Negué con la cabeza.

–Carpa.

–Ya veremos.

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Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Septiembre 10th 2012, 1:36 pm

Llevábamos algo más de dos horas y media y la pesca por ahora había sido muy poco productiva. Al menos para mí, puesto que mi padre y sus lombrices habían conseguido pillar desprevenidas a un par de truchas.

De repente oímos un ruido que nos sobresaltó y miramos hacia atrás al mismo tiempo. Reconocí al vetusto hombre que se nos acercaba como Don Federico, pero de no ser así, el enorme rifle que transportaba sobre uno de sus hombros me hubiera dado la pista definitiva. Oí que mi padre murmuraba una maldición por lo bajo y que se despedía de su tranquilo día de pesca.

–¿O´Donnell? –dijo el viejo, sin abrir demasiado la boca a fin de que no se le cayera el puro que sostenía entre los labios.

–¡Don Federico! –saludó mi padre, aunque sólo yo era capaz de notar la falsedad en sus palabras.

Recogió el nailon y abandonó la caña en el suelo. Yo me negué a separarme de la mía, eso me daría ventaja y evitaría que me acercara demasiado a aquel loco.

–¡Creí que ya no volverías por aquí! –dijo Federico riendo con risa borracha.

–Es cierto, ha pasado mucho tiempo.

Se estrecharon las manos.

–¿Ha habido suerte con la pesca?

–Un poco sí, pero he tenido días peores. –dijo mi padre. –¿Qué le trae por aquí hoy?

–Los patos. Vengo a cazar patos.

Yo no pude evitar soltar un bufido al no poder retener la risa. Aquel anciano estaba más tarado de lo que yo creía. ¿Patos? ¿Dónde? Por allí no iba a encontrar un pato a no ser que fuese de goma. Mis ruidos guturales atrajeron toda la atención sobre mí.

–¿Es ésa tu hija pequeña? –preguntó.

–Así es.

–Cómo ha crecido, la condenada.

Ante ese comentario me di la vuelta rápido. Por nada del mundo deseaba ver su lasciva mirada sobre mi cuerpo. Arrugué la nariz con disgusto y comprendí porqué mi padre le tenía tanta aversión a aquel anciano. Los sentí alejarse hacia el árbol donde yo había depositado las cosas, seguramente mi padre lo habría invitado a una cerveza fresca.

"Estupendo", fue lo único que pensé,"darle alcohol a un viejo tarado y armado con una escopeta..."Esperaba que mi progenitor tuviera el sentido común de invitarlo a una una coca-cola.

El sol comenzaba a apretar con intensidad y yo podía notar las gotas de sudor resbalando por mi espalda. Hubiera dado la vida por un baño refrescante... Si fuese capaz de meter mi cuerpo en las aguas de aquel río... Me coformé con ir a por un refresco.

Mientras me acercaba a los dos hombres, cogí un fragmento de la conversación que estaban manteniendo, mejor dicho, que estaba manteniendo Don Federico.

–La gente de ahora no tiene ningún respeto hacia nada ni nadie, nacen para ser delincuentes.

La cerveza parecía volverlo más parlanchín, cosa que mi padre seguramente no debía de saber. Cogí mi lata de cola y me alejé nuevamente, no sin antes ver la expresión de mi padre de auténtica aflicción.

Retomé mi posición detrás de la caña con nuevo brío, puesto que el refresco estaba surtiendo efecto en mi sistema operativo. Mis pensamientos, como era habitual, volcados en Violeta. Era extraño, pero sentía que la echaba de menos. Tal vez debí haberle preguntado si le hubiera gustado venir con nosotros, pero mi temor al rechazo me lo impidió.

Mi padre no pudo deshacerse de la presencia de Don Federico hasta casi una hora después. Vino resoplando todo el camino hasta unirse a mí.

–¿Una conversación interesante? –me burlé.

–Aunque no lo creas, le he podido sacar a ese viejo algo relevante.

–¿El qué? –dije con la incredulidad de que eso fuera probable.

Me miró levantando las cejas y tardando un ratito en responder, haciéndose el interesante.

–Pasado mañana hay una competiciòn de pesca.

–¿Una competición?

–Sí. Al parecer a quien logre pescar el pez más grande le dan un trofeo. Supongo que es otra de esas cosas del ayuntamiento para fomentar el turismo rural.

–¿Piensas inscribirte? –no sé por qué formulé la pregunta. Conociendo a mi padre y sus dotes competitivas era un hecho anunciado.

–Por supuesto.Ambos–subrayó la palabra con énfasis. – lo haremos.

–Me lo temía.

–Tendremos que conseguir una barcaza de pesca, a remos preferiblemente. El ruido de un motor podría alterar la calma de nuestras presas.

Yo sabía lo que pretendía al querer alquilar una barca. Sus pretensiones a este punto no eran nada nuevas para mí.

–¿Otra vez con lo del sirulo?

Se rió.

El sirulo es un pez que introdujeron en los años sesenta un grupo de alemanes aficionados a la pesca. Al parecer soltaron unos cuantos miles de alevines en nuestras aguas, traídos expresamente desde su frío país. Claro que seguramente no pensaron lo que iba a suceder... El pez se encontró en unas aguas casi perfectas para su supervivencia, puesto que el clima es mucho más cálido que el de su lugar de origen. Se extendió por varios ríos, con lo cual, y lo que es peor, extinguió algunas especies en esas zonas que más tarde se han logrado recuperar. Es el pez más grande que se puede encontrar en aguas dulces. Puede alcanzar longitudes y pesos escandalosos, se dice que se ha llegado a atrapar hasta ejemplares de cien kilos y varios metros de longitud.

–Papá, nunca has logrado cazar a uno de esos peces. Ni siquiera lo hemos visto de lejos. ¡Es una locura! Puede que ni siquiera existan en este río.

–Sí que existen. –rebatió él. –Ya los han pescado, es por eso que pienso que nosotros podríamos lograrlo. Si es lo bastante grande, saldríamos hasta en los periódicos nacionales.

Resoplé y pensé hasta qué punto me gustaría cazar uno de esos enormes bichos. ¿No podíamos intentar pescar una carpa de considerable tamaño como el resto del mundo? No. Tenía que ser un sirulo, y si era el más grande que se había visto, pues mejor. Por el rabillo del ojo vi como mi padre se frotaba las manos satisfecho, era casi como si se estuviese imaginando con el trofeo ya en la mano. Hice rodar los ojos. A veces mi padre podía ser incluso más infantil que sus nietos.

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Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Septiembre 10th 2012, 1:37 pm

La jornada terminó al atardecer. Eran las seis pasadas cuando recogimos todo y nos pusimos en marcha de regreso. Mi padre había puesto un empeño inusitado en pescar sobre todo carpas, con el objetivo de usarlas para atrapar un sirulo. A mí tanta insistencia me estaba poniendo de los nervios, pero evité decirlo en voz alta, no quería ensombrecerle la ilusión.

Llegamos a casa, por mi parte totalmente agotada. Entré casi corriendo, había pasado el día entero pensando en Violeta, consumida por los deseos de verla de nuevo. En el salón, mi madre y mis hermanas tomaban café, sentadas en el enorme sofá. Nada más vernos llegar se levantaron de sus respectivos sitios para saludarnos.

Enseguida todos quisieron saber si tanto esfuerzo había valido la pena. Se acercaron para ver la cesta y mi padre la abrió para que pudiesen ver su contenido. Truchas y carpas la llenaban. Yo, por fin, había logrado atrapar tres, lo que hizo que mi tarde no fuera tan inane como de costumbre.

Mi pequeña sobrina me tiró del pantalón impaciente. Yo la miré y sin preguntarle supe que ella también quería participar, aunque su baja estatura se lo impidiera. La cogí en brazos y la alcé, acercándole la nariz a la cesta. Abrió tanto los ojos que parecía que se le iban a salir de las órbitas.

–¿Puedo tocarlos? –me preguntó ilusionada.

Yo arrugué la nariz.

–¿Es que quieres oler a pescado durante una semana? –me reí, aunque ella no entendió bien por qué era tan malo oler a pescado.

–¿Puedo? –insistió.

–Si te empeñas... –le tomé de la mano y la acerqué con cuidado.

Ella enderezó su pequeño dedo índice y esperó con ansias el momento en que yo lo acercara definitivamente. El pez, que aún tenía algo de vida, se estremeció, haciendo que mi sobrina gritara espantada y riera posteriormente con una risa muy nerviosa.

Yo no pude evitar soltar una enorme carcajada. Adoraba a aquella niña. Volví a depositarla en el suelo.

El perfume de Violeta llegó antes que su presencia y la sentí rozándome la espalda mientras se inclinaba para ver mejor nuestras capturas. Supuse que venía del piso de arriba, pero yo no lo había notado, tan ocupada como estaba con la niña.

–Vaya. –dijo. –¿Todo eso lo has pescado tú?

Torcí el cuello para mirarla. Tuve que aguantar la respiración y me pregunté si alguna vez dejaría de reaccionar tan estúpidamente y me acostumbraría a su belleza. Pero eso era imposible, cada vez que la miraba, descubría algo que me hacía desearla más.

–Sólo tres. –dije tímidamente.

Me sonrió.

–¿Para cuándo el festín?

–Me temo –intervino mi padre. –que estos peces son para pescar más peces.

–¡Oh, sí! Se me había olvidado decírtelo, mamá.

–¿Decirme qué? –preguntó mi madre desde el otro extremo de la mesa.

–Papá y yo vamos a inscribirnos en el concurso de pesca del viernes.

Mi madre hizo rodar los ojos con resignación. No podía hacer otra cosa.

–Pero aún no sabes lo mejor. –me aventuré, animada por la cercana presencia de Violeta. –Vamos a cazar un sirulo.

–¿Otra vez con eso? –se quejó mi madre.

Mis hermanas se rieron y negaron con la cabeza.

–Ya veréis, incrédulas. –cortó mi padre viendo la reacción en cadena de risas que había provocado nuevamente su misión imposible.

–Papá. –soltó Felipe. –En ese río no hay sirulos.

–Felipe, hijo, nadie creyó a Galileo Galilei cuando formuló su teoría de que la Tierra era redonda.

–¿A ése no lo desterraron? –interrumpió mi madre, contenta de poder meter baza contra mi padre.

El teléfono sonó en ese instante. Mi madre se apresuró a coger el receptor. Después de un momento se dirigió hacia mi hermano Felipe para que atendiera la llamada.

–Bueno. –anunció mi madre. –Hora de preparar la cena.

–¿Puedo ayudar en algo? –se ofreció Violeta.

–Por supuesto que no, eres nuestra invitada. Mal estaría si te pusiéramos a trabajar. –contestó Isabel.

–No me importa, en serio. Me gusta sentirme útil.

–Es una costumbre en la familia. –bromeó mi madre al tiempo que se dirigía a la cocina, seguida de mis dos hermanas.

Miré a mi alrededor para encontrarme a mi padre enzarzado en una conversación con mi cuñado Ricardo, esta vez le tocaba el turno al fútbol. Me volví hacia Violeta y me asombré de que le hiciera aquella proposición.

–¿Quieres dar un paseo?

Contuve la respiración mientras esperaba su respuesta. Debido al nerviosismo, mi corazón comenzó a latir sin orden.

–Por supuesto.

Salimos al exterior, faltaba menos de una hora para que anocheciera. Estuvimos sin hablar al menos tres minutos mientras caminábamos lado a lado. Luché por que se me ocurriera algo inteligente qué decir. No sabía por qué la presencia de esa mujer hacía que mis neuronas se pusiesen en huelga.

–¿Qué es un sirulo? –me preguntó ella.

–Es un pez enorme. Realmente puede llegar a ser grande.

–¿Cómo un tiburón?

–Más o menos.

–¿También es tan peligroso?

–No. –me reí. –Sólo come otros peces. Es bastante feo, una vez vi unas fotos suyas y tiene unos colmillos parecidos a los de un perro.

–¿Hay peces así en ese río?

Bufé antes de hablar, poniendo en duda la veracidad de que realmente los hubiera.

–Según mi padre, sí. Lleva intentando cazar uno desde hace años.

–No estoy segura de querer verlo muy de cerca.

–Yo tampoco, créeme. –le dije en broma.

Mientras caminábamos, nuestras manos se rozaron accidentalmente y yo di un respingo. Ella se paró en seco y me miró con extrañeza.

–¿Estás bien? –me preguntó.

Pregunta que yo esperaba.

Le pedí a Dios, si es que existía, que me ayudara a dejar de hacer aquellas estupideces delante de ella. No quería saber la opinión que Violeta tendría de mí. Seguro que cuando menos pensaba que era una esquizofrénica.

–Sí. –respondí mirando al suelo.

Iba a seguir la marcha cuando su voz me detuvo nuevamente.

–¿Por qué siempre haces eso?

–¿El qué?

Estaba perdida, seguro que había notado algo. Sentí que me sonrojaba de la cabeza a los pies.

–Bajar la mirada al suelo. Es una pena que nos hagas perder la visión de esos maravillosos ojos.

Metí las manos en los bolsillos. Fue la única reacción coherente que se me ocurrió ante aquellas palabras. Todo valía mientras no levantara la vista de mis zapatillas. Ése era mi único cobijo en su presencia.

Sentí que me alzaba la barbilla. Ni siquiera hizo falta ningún tipo de esfuerzo, tan sólo me rozó y yo atendí su orden prestamente. Sus ojos se enlazaron con los míos.

–¿Recuerdas ayer cuando te dije que era hija única? –Asentí con la cabeza, tragando saliva al mismo tiempo. –Bueno, eso no era del todo cierto... –me recompuso un mechón de pelo rubio detrás de la oreja. –Tenía una hermana. Tú te pareces mucho a ella. Solía ser muy tímida, y se empeñaba en bajar la vista, como si eso la ayudara a esconderse de los demás. ¿Lo haces por eso? Me gustaría saberlo.

–No lo sé. Simplemente lo hago.

–Nunca se lo pregunté. –algo en su voz había cambiado.

Yo tenía que saber, necesitaba saber o aquella incertudimbre acabaría por volverme loca.

–¿Qué pasó?

Inspiró hondo y apartó su mano de mi pelo.

–Se suicidó.

En ese momento deseé ser una avestruz, para poder hacer un agujero en el suelo, esconder la cabeza y no salir jamás. Pude sentir el dolor de Violeta como si fuera el mío propio. Quería hacerlo mío para que ella dejara de sentirse tan desdichada, porque eso era lo que sus ojos mostraban en ese momento.

Yo estaba sin palabras, no sabía que decir. Ni siquiera un"lo siento"me parecía adecuado.

¿Por qué me contaba aquello a mí, a una casi desconocida? Era como si se hubiera arrepentido de mentirme el día anterior. No había que ser muy listo para saber que era una persona hermética que no le gustaba hablar de sí misma. Podía haber elulido mi pregunta como yo estaba segura que era capaz de hacerlo. Aún así confió en mí.

–Si algún día descubres por qué lo haces, ¿me lo dirías? –su voz me devolvió a la realidad.

–Te lo prometo.

–De acuerdo.

Seguimos caminando, cada una sumida en sus propios sentimientos. Yo sabía que Violeta ocupaba su mente ahora a los recuerdos de su hermana, porque continuaba teniendo el ceño fruncido. Yo, por mi parte, pensé en lo injusta que era la vida. Cuando ella me miraba yo le hacía recordar a su hermana perdida. Cuando la miraba yo, veía mi vida entera.

Sabía que por ahora, la ilusión de que algún día fuera mía sería suficiente, pero que tiempo después no dejaría de ser una obsesión. Una obsesión que no tendría ninguna salida. También sabía que estaba poniendo todas mis esperanzas en algo que no existía, pero ¿cómo podía dejar de hacerlo?, ¿qué es lo que aquella mujer poseía que me hizo entregarle mi alma desde mismo instante en que la vi por vez primera?

De algo si estaba segura, y es que de mi antigua coherencia no quedaba ni rastro.

–Me gustaría ver la puesta de sol. ¿Nos sentamos allí? –me señaló el enorme cerezo que se alzaba grandioso en nuestro jardín.

–Sí.

Nos acomodamos en el suelo, las dos muy cerca, tanto que nuestros muslos se tocaban. Apoyé la espalda sobre el tronco y fijé la vista sobre el horizonte, donde el Sol parecía posarse ya sobre el océano.

–Hacía mucho tiempo que no encontraba esta paz. –dijo de súbito. –No sabía que iba a encontrar el campo tan placentero por una vez en mi vida.

–Sé a lo que te refieres.

Suspiró y se echó hacia atrás imitando mi posición.

–¿Cuándo vuelves a clase?

–A finales de mes. Tan sólo me dan un mes de vacaciones. Ésa era otra de las razones por las que quería quedarme en España.

Una vez más me regaló su suave risa.

–Por tus palabras deduzco que odias estudiar fuera.

–Para mí se ha convertido en un auténtico calvario. –admití.

–¿Por qué no te rebelas contra ello entonces?

–Porque de ese modo tendría otra de esas infinitas charlas con mi padre sobre lo agradecida que estaré por ello algún día. Así que prefiero soportarlo unos años más.

–En eso tiene razón. No tendrás problemas para conseguir un buen puesto aquí cuando hayas terminado.

–Supongo que sí. –coincidí con ella. –¿Por qué elegiste ser azafata? ¿No tienes miedo?

–Quería tener la oportunidad de ver cosas. Y no, no tengo miedo. Me gusta lo que hago.

A mí me pareció que otra de las razones por las cuales había elegido aquel trabajo, era para pasar mucho tiempo alejada de todo lo que la rodeaba. Supe que estaba huyendo de algo. Pero no había forma alguna de que me atreviera a decírselo en voz alta.

–Yo no soporto volar. Lo odio.

Volvió a sonreírme, y abandonó su visión de la puesta de sol para mirarme.

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Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Septiembre 10th 2012, 1:38 pm

–¿No hay nada que te guste de la universidad? ¿Ni siquiera un novio o algo así?

–No tengo novio. –afirmé rotundamente.

–¿Por qué?

–No lo sé.

–Se me hace muy difícil de creer eso. Eres una muy guapa. –dijo haciéndome ruborizar intensamente.

Yo sabía que si en ese momento abría la boca para hablar, no diría otra cosa que balbuceos sin sentido. Por lo que la mantuve cerrada ante el inminente peligro de ponerme en evidencia una vez más.

–Tú eres como yo, no sabes digerir bien los cumplidos. –resolvió ella al ver mi incomodidad.

–Creía que tú estabas a costumbrada a eso. –me aventuré.

–¿Entonces te parezco guapa?

¿Estaba de broma? Tenía que estarlo. O eso o pretendía meterme en serios apuros. Tragué saliva con fuerza y me preparé para contestar.

–Sí. Y creo que sólo tratas de ponerme en aprietos.

–¿Por qué querría hacer yo tal cosa? –me preguntó algo divertida.

–Porque no soy ciega, simplemente por eso. Sé que eres muy consciente de lo hermosa que eres.

–Puede que si me conocieras un poco más dejaría de parecértelo. –afirmó, ya más seria.

No sé qué fue lo que había cambiado en el transcurso de aquellos pocos minutos, pero era algo que me hacía sentir tremendamente incómoda. Supuse que Violeta, como lo hacían los demás contínuamente, quería jugar conmigo, ver qué había detrás de la armadura en la que me escondía. Quizás había notado algo de aquella admiración que yo le profesaba y quería alimentar su ego a mi costa.

Sé que a veces podía parecer un auténtico misterio para los demás que no eran como yo. Pero me molestaba que pensaran en mí como algo extraño, como algo que nunca reaccionaba como el resto del mundo.

Me levanté decidida a irme.

–He que irme. –anuncié. –Aún tengo que darme una ducha antes de la cena.

–Siento haberte molestado.

–No, no me has molestado.

–Puedo notar que así es. –insistió mirándome desde el suelo.

Yo no dije nada, simplemente me di la vuelta y me alejé de ella unos pasos antes de que me cogiera de la mano y me diera la vuelta para encararla. Me tomó por sorpresa, ni siquiera la había oído acercarse. Ya lo había dicho yo antes. Ella era como una gata.

–Jimena...

–¿Qué?

Vi algo en sus ojos que nunca antes había visto. Algo que se parecía bastante al miedo.

–Me has interpretado mal. Yo... –la voz pareció agotársele de repente. Yo esperaba paciente a que lograra acabar su frase, atónita de verla sin su impertérrita compostura. –Cuando te miro... –comenzó después de tomar aliento.–, la veo a ella. Antes, cuando reías con tu sobrina en brazos, sentí casi el corazón pararse, era como si pudiera oírla de nuevo.

Me asió por ambos hombros, mirándome con intensidad. Jamás había visto aquella expresión desesperada en nadie. Casi me asustó. Algo de mi miedo debió reflejarse en mi rostro, puesto que cedió en su presión y se frotó los ojos con una mano. Creo que intentaba contener las lágrimas.

Sentí lástima por ella. Me dolía verla en aquel estado de desolación.

–¿Cómo se llamaba?

–Alicia. –dijo, aún sin apartar la mano de sus ojos.

–Me hubiera gustado conocerla.

–Sí. –sonrió, dejándome ver de nuevo su rostro al completo. –Estoy segura de que hubiérais encajado en ese mundo vuestro, tan apartado del resto.

–No llores, por favor, Violeta... –al favor de mi súplica, añadí una caricia en su afligido semblante.

–Lo siento. –se disculpó, aparentemente por haberse dejado llevar por un momento de debilidad.

Sequé una errante lágrima que rodaba por una de sus mejillas, la atrapé en la palma de la mano y la bajé hasta mi costado, apretando con fuerza el puño. Aquel era el primer regalo que obtenía de ella.

Me miró con una intensidad que yo no había visto jamás. Creo que aquella fue la primera vez que pudo ver algo de mí, o quizás la primera vez que yo le permití enseñarle algo de mi adoración por ella. La oscuridad nos abrazó entonces y Violeta fue la primera en hablar.

–Deberíamos volver. –dijo simplemente.

–Sí. –fue lo único que pude articular.

Fue entonces cuando decidimos regresar por el mismo camino que nos había traído hasta allí, con el mismo silencio rodeándonos.


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–¡Violeta! –oí que Felipe la llamaba desde la entrada.

Al parecer hacía tiempo que intentaba localizarla. Fruncí el ceño con disgusto. Siempre se me olvidaba que Violeta estaba allí por él y no por mí.

–¿Ocurre algo?

–Sí. –suspiró. –Desgraciadamente tengo que volver a la ciudad. Tenemos una reunión con el sindicato, estamos estudiando ir a la huelga, si no queda más remedio.

–¿Problemas otra vez? –dijo Violeta con su mejor tono condescendiente.

Yo permanecí detrás de la morena, escuchando atentamente, feliz por perder de vista a Felipe y así tener a Violeta para mí sola. Me sorprendió estar pensando tal cosa, ese egoísmo que parecía salir de cada poro de mi piel cuando se trataba de ella.

–Eso me temo. Será sólo un día, dos a lo sumo.

–De acuerdo. Iré a recoger mis cosas.

De mi garganta emigró un sonido gutural, como cuando se inicia el llanto. No había pensado en la posibilidad de que Violeta se fuera tras los pasos de mi hermano. Ellos no parecieron darse cuenta de mi repentina indisposición, o al menos prefirieron ignorarlo. Siguieron con su charla.

–De ningún modo, Violeta. Te quedarás aquí con mi familia. Quiero que sigas disfrutando de tus vacaciones.

Yo miraba la escena consciente de que no debería estar allí, pero el pensamiento de irme con la incertidumbre de que quizás no volvería a ver a Violeta fue lo que me mantuvo clavada al sitio.

–Felipe... –comenzó a discrepar ella.

–A menos, claro, que no te sientas a gusto aquí. –interrumpió él.

–No es eso, tu familia es maravillosa...

–Por favor, quédate. –fue la segunda vez que se la interrumpió, con la variación de que había sido yo esta vez.

Los dos se volvieron hacia mí, pero yo sólo tenía ojos para ella. Hasta yo misma pude sentir la impetración en mi mirada.

–De acuerdo. –dijo sin apartar su visión de mí.

–¡Estupendo! –soltó Felipe. –Voy a preparar el equipaje para salir de inmediato.

–Te ayudaré. –se ofreció Violeta.

Ambos entraron en la casa, seguidos de mí. Ellos se dirigieron hacia la habitación de Felipe y yo a la mía. Me desvestí con premura y me metí en el baño para darme una ducha. No quería tardar demasiado. Tenía miedo de que cuando saliera, Violeta hubiera cambiado de opinión y se fuera con Felipe.

Sentí el agua fría como un bálsamo sobre mi cuerpo. No había notado hasta ese momento, cuando alcé los brazos para enjabonarme el pelo, lo tensos que tenía los músculos.

Cuando salí de la bañera, me dediqué unos segundos, mientras me refregaba con la toalla, a mirarme en el espejo. Me preguntaba si yo le resultaba atractiva, bueno, quizás la palabra correcta sería"guapa",a Violeta. ¿Qué podía ella admirar de mí? Quizás mis ojos verdes. Tal vez mi sonrisa. Siempre me habían dicho que poseía una sonrisa bonita. Sonreí a mi reflejo para comprobármelo a mí misma. No es falsa modestia cuando me digo que no soy nada fuera de lo común. Ella, en cambio, sí lo es.

Me recogí el pelo por encima de la nuca e intenté imitar esa expresión de Violeta cuando algo le parecía interesante. Creo que esa pose sólo podía quedar bien en el rostro de una persona, y no era yo. Me reí cuando de repente todo aquello me pareció estúpido. ¿Qué pretendía? ¿Ensayar miradas y muecas para intentar parecer más seductora ante sus ojos?

Me até una toalla para cubrirme el cuerpo y envolví otra en mi cabeza antes de salir del aseo, moviendo negativamente la cabeza ante las tonterías que comenzaba a realizar sólo porque tenía un enamoramiento. Ella no se iba a enamorar de mí por muchas poses y actos de misterio que yo hiciera.

Me metí rauda en mi habitación por la puerta levemente abierta. Dudé de que la hubiese dejado así cuando me fui al baño. Mi sorpresa fue enorme cuando vi a Violeta asomando la cabeza por la ventana, de espaldas a mí. Debió oírme, porque se giró inmediatamente para encontrarme.

Si hubiera hecho caso a mi madre desde pequeña en cuanto a ser ordenada, probablemente no hubiera tropezado con una zapatilla que había dejado en mitad del suelo. Me caí deshonrosamente boca abajo. La toalla de mi cabeza se deslizó también.

Lo único que podía pensar en ese instante era en rezar para que todo aquello hubiera sido un sueño y en realidad yo no estuviese con la nariz pegada al frío suelo en frente de la criatura más hemosa de la tierra.

Violeta se acercó a mí en dos zancadas y se arrodilló en frente.

–¿Estás bien? –me preguntó preocupada.

Yo no podía levantar la mirada, simplemente no podía mirarla. ¿Por qué a mí? ¿Qué había hecho yo para merecer tal castigo?

–¿Jimena? –me llamó, creo que ya había notado mi vergüenza. –Es culpa mía. Siento haberte asustado. ¿Puedes levantarte?

–Sí. –dije al fin. –Creo que no me he roto nada.

Me cogió por los antebrazos y tiró suavemente de ellos, para ayudarme a recomponer mi posición vertical. Yo me aferré a la toalla como si en ello me fuera la vida. Sólo me faltaba que se escurriera también y me quedara desnuda en frente suyo.

–Lo siento de veras. –repitió una vez más.

–No ha sido nada. Tengo la maldita manía de dejarlo todo en medio.

–¿Estás enfadada?

–¿Por qué iba a estarlo? –le pregunté anonadada de que pudiera creer tal cosa. Estaba segura de que me era imposible disgustarme con ella, pasara lo que pasara.

–Por entrar así en tu habitación, sin permiso...

–Bueno, antes de irte tendrás que vaciarte los bolsillos. –bromeé y ella se rió, creo que más sorprendida por mis inusuales dotes de cómica que por la broma en sí.

–Me sentía sola allá abajo, Felipe ya se ha ido, y contigo me siento muy cómoda.

"Respira"me ordené después de oír aquella declaración.

–Me alegro de que estés aquí.

–Parece ser que siempre consigo imponerte mi presencia. –admitió y yo me di cuenta de que también se refería a aquella vez en el invernadero de mi casa.

–No es cierto. –dije sonriéndole. –Ya te he dicho que me alegra que estés aquí.

–Gracias.

Yo me quedé allí, mirando hacia abajo para ver cómo movía ridículamente en círculos uno de mis pies descalzos.

–Será mejor que me vaya para que puedas vestirte. –anunció.

–Quizás después te apetezca venir conmigo y ver las estrellas desde aquí... –dije con premura.

"¿Ver las estrellas? Eso si que es una cursilada".

–Me encantará. He visto que has traído contigo un libro de Pedro Salinas. –me señaló la mesa de noche al lado de mi cama.

–Es mi poeta favorito. –afirmé.

–También lo es mío. Si te portas bien, quizás esta noche te lea algo de él . –me sonrió y salió de la habitación, dejándome clavada en el sitio.

Miré mi copia de"Poemas Escogidos"al que ella se había referido momentos antes.

–Sabía que leer poesía sería de gran ayuda algún día. –le dije al inanimado libro con tapas verdes y letras doradas.

Corrí a vestirme, la cena pronto estaría servida.

Minutos después me adentraba en el comedor. El olor de los inconfundibles y deliciosos canelones de mi madre llenando la estancia. Mi estómago gruñó con fuerza en cuanto me acerqué. Eché un ligero vistazo, las mujeres de la casa estaban metidas en la cocina, desde aquí las podía oír hablar, mientras que mi padre y mi cuñado seguían sentados en el salón discutiendo de sus asuntos y tomando una cerveza. No vi a Violeta por ningún lado, por lo que supuse que tal vez permanecería en su habitación hasta la llamada de la cena.

Entré en la cocina a investigar y quizás a pillar algo para calmar la inquietud de mi vientre. Inmediatamente mi hermana Isabel me cargó con media docena de platos.

–Jimena, colócalos, por favor. –me ordenó.

Salí nuevamente de la cocina y dispuse la vajilla en cada asiento. Inicié un nuevo intento de adentrarme en los dominios de mi madre y mis hermanas, con el mismo resultado. Pronto estaba afuera acomodando los vasos, sólo que esta vez había logrado sisar un trozo de pan blanco que aguardaba en mi bolsillo esperando una mejor ocasión. Terminé la última tarea que se me había encomendado y me fui hasta un rincón para roer el trozo de pan con avidez.

Vi a Violeta descender las escaleras. Llevaba el pelo húmedo, lo que indicaba que se acababa de dar una ducha. Se había cambiado a una camiseta blanca y unos vaqueros negros. Me pareció que con cualquier cosa que se pusiera resultaría increíblemente atractiva.

Me sonrió mientras se dirigía a mí. Me costó horrores tragar el último trozo de pan que me había metido en la boca.

–Necesitaba esa ducha tanto como respirar. –me dijo nada más acercarse a mi rincón. –¿Qué haces aquí sola?

–Huír de mi madre y de mis hermanas. –comenté casualmente levantando las cejas, algo que la hizo sonreír más.

–¿Por qué?

–¿Las has oído hablar cuando están juntas?

–A mí no me parecen tan malas. –dijo ella.

Torcí la cabeza y la miré bajo un velo de sospecha.

–Pero sí que te te parecen aburridas, ¿verdad?

Una nueva sonrisa reemplazó a las palabras y me dieron a entender que, efectivamente, ella las encontraba tan tremendamente soporíferas como yo.

–Me pregunto cómo es que existe tanta diferencia entre tus hermanas y tú. –hizo una pausa. –Tu eres tan...

–¿Rara? –respondí por ella.

–No. No era eso lo que pretendía decir.

–¿Entonces qué?

–Interesante.

Dejó que la palabra saliera de su boca suavemente, flotando en el aire. Su tono era icreíblemente pertubador y me pregunté si era así como aquella mujer atraía a las presas a su red. Todo en ella resultaba fascinante, intrigante.

–¿Por qué tengo la extraña sensación de que toda esta campaña de halagos hacia mí me va a resultar cara? –me burlé haciéndola reír suavemente.

–¿Crees que quiero obtener algo de ti por hacerte un cumplido?

–La mayoría de la gente se guarda ases en la manga. –expuse medio en broma medio en serio.

–Veamos... –colocó una mano bajo su mejilla e hizo acto de pensar. – ¿Qué tienes tú que pudiera interesarme?

"¿Mi cuerpo?". Sacudí la cabeza ante ese pensamiento antes de que se me ocurriera decirlo. Últimamente mi razón no respondía muy bien a mis órdenes.

–Me agrada estar contigo, Jimena. Ésa es la verdad. –repuso ella.

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Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Septiembre 10th 2012, 1:39 pm

–Gracias. De todas las novias que ha tenido mi hermano eres la única que merece la pena, aparte de ser la más guapa. –bajé la vista antes de decir la última frase casi en un murmullo.

–Vaya, ¿soy yo la que tiene que pensar ahora que intentas obtener algo de mí?

–Me gustaría tener tu amistad. –dije con total sinceridad.

–Estás pidiendo algo que ya tienes.

Le sonreí, agradada por su respuesta y ella me respondió de la misma manera. Lo cierto es que me conformaba con su amistad. No se me ocurrió que pudiera esperar algo más de ella, aunque en el fondo lo deseara con todas mis fuerzas.

–Y por cierto... –añadió. –No soy la novia de tu hermano.

Mi madre apareció con una enorme bandeja de olorosos canelones e interrumpió lo que tenía previsto responderle a Violeta con su llamada a cenar.

Seguí de cerca a Violeta y tomé un asiento contiguo al suyo. Un minuto más tarde, con la mesa ya dispuesta y cada uno en su sitio, comenzamos la cena. Me ofrecí voluntaria a desmenuzar en pequeños trocitos los canelones a mi sobrina, que como siempre había elegido sentarse a mi lado. Creo que era el hecho de que yo le regalara tantas chocolatinas lo que la hacía preferirme al resto de la familia.

–Están deliciosos. –oí que cumplimentaba Violeta dirigiéndose a mi madre.

–Receta de mi abuela, me alegro de que te gusten.

–Desde luego. –contestó ella metiéndose otro tenedor lleno en la boca.

–¿Cuándo regresa Felipe? –preguntó mi padre. –Todo fue tan repentino que ni siquiera pude enterarme bien de lo que pasaba.

–Otra de esas reuniones con el sindicato. –metió baza mi progenitora. – Lo de siempre, cariño, ellos quieren más dinero y la compañía no quiere pagar.

–Vaya lío.

–Me dijo que tal vez le tomaría como mucho dos días. –terció Violeta.

Mi sobrina entonces requirió mi atención.

–Tata... –me señaló. –Zumo.

Llené su pequeño vaso de plástico con zumo de naranja, que rápidamente bebió. Le sonreí y ella me correspondió, escondiéndose vergonzosamente tras su vasito. Puse mi interés nuevamente en la conversación que se desarrollaba en la mesa.

–Todos los años se produce algún problema con el sindicato y las compañías. –murmuró mi padre. Siempre hacía eso cuando decidía zanjar un asunto, así que yo esperé para oír cómo iniciaba una nueva conversación. –¿Vas a venir al pueblo mañana conmigo para alquilar la barca y el equipo?

–Yo iré contigo. –se ofreció mi cuñado Ricardo.

–Papá, –dije –¿por qué simplemente no podemos pescar una trucha como el resto del mundo?

–Porque eso sería muy fácil, hija mía. Además, ¿no quieres ganar el premio?

–Sí, pero, ¿un sirulo? No quiero ni oír lo que dirán si no lo pescamos. –esto último lo añadí casi en un murmullo.

–Hija... –comenzó a decir él, preparado para darme una lectura sobre la fe, algo a lo que yo no estaba muy dispuesta en esos momentos.

–Papá, –lo corté en un tono condescendiente. –iremos a pescar ese pez si tanto lo deseas, pero no me digas que no te lo advertí cuando volvamos de manos vacías.

–¿Tan difícil es pescarlo? –preguntó Violeta.

–Ni siquiera sabemos si hay en ese río, además, las mejores horas para cazarlo es de noche, cuando aparecen para comer. –comencé a explicar.

–La veda comienza casi al alba. –se defendió mi progenitor interrumpiéndome.

Miré a Violeta y le hice una mueca de desaliento, a lo que ella sonrió divertida. Seguimos hablando durante un momento, ahora con dos conversaciones sobre la mesa, la que sosteníamos mi padre, Ricardo y yo y por el otro lado mis hermanas y mi madre. Me alegré al comprobar que Violeta encontraba la nuestra mucho más interesante. Fue entonces cuando mi sobrina volvió a palmearme un brazo.

–Tata... –dijo.

–¿Quieres más zumo? –pregunté al ver su vaso vacío.

–Sí.

Me dispuse a servirle más zumo cuando la voz de Ginebra me paró en seco.

–Jimena, no le des más zumo, ya se ha tomado tres vasos y apenas ha comido. –me dijo, luego se dirigió a su hija y añadió. –Cristina, no hagas enfadar a mamá y termínate la cena.

Como era de esperar, la niña se rebeló caprichosa. Me pregunté por qué no la dejaba tomar más zumo si era lo que realmente le apetecía. A mí me pareció mucho peor obligarla a comer si no quería hacerlo.

Claro que yo no era madre.

–¡Mamá! –gritó la cría soltando su pequeño puñito sobre la mesa con enfado, con tan mala fortuna que pegó contra su cucharilla llena de pasta, la cual saltó llenándome la cara con ella.

No me moví mientras sentía la comida caliente resbalar por una de mis mejillas. Abrí un ojo y lo primero que ví fue la expresión divertida de Violeta, que me miraba a punto de soltar una carcajada.

–¡Cristina! –oí a mi hermana gritar.

–Ha sido un accidente, Ginebra, no pasa nada... –dije para evitar el más que probable castigo a mi sobrina.

Cogí una servilleta y comencé a quitarme la pegajosa pasta de la cara.

–Trae, déjame a mí. –oí que se ofrecía Violeta.

–¿Cuántas veces te he dicho que te comportes en la mesa? –siguió regañando mi hermana.

Por el rabillo del ojo pude observar las risitas de mi padre, pero yo ahora estaba concentrada en tener el rostro de Violeta cerca del mío, afanada en la tarea de quitarme los restos de comida de la cara.

–De todas formas tengo que ir al servicio a lavarme, no te molestes. –le dije, muy nerviosa al sentir su aliento en la piel de mi rostro. Comencé a temblar como una hoja.

–Claro, al menos te he quitado la salsa de los ojos. –bromeó. –Así podrás ver por donde pisas.

La mesa, en esos instantes se había convertido en una batalla campal, con el llanto a viva voz de mi sobrina por haber recibido tan descomunal censura, mis hermanas discutiendo el asunto y mi padre pidiendo calma. Pero yo hacía rato que había anulado todo lo que me rodeaba para centrarme en lo único que desde hacía un tiempo parecía importarme. Ella pareció tener la misma sensación que yo, hasta que apartó la vista, consciente antes que mí misma, de que nos estábamos mirando fijamente.

–Voy al servicio... –dije trémulamente al tiempo que me apeaba de mi asiento, rezando para que mis piernas me sostuvieran.

Una vez a solas en el baño, me apoyé en la pared y me pasé las manos por el pelo, intentando averiguar qué era lo que acababa de ocurrir. Dejé escapar una gran bocanada de aire y me recliné contra el lavabo. De repente me parecía que iba a tener una tarea muy difícil en esconder mis sentimientos hacia Violeta. Me parecía mentira el grado de atracción que llegaba ya a sentir por ella.

Me enjuagué a conciencia el rostro y me miré en el espejo para asegurarme de que no quedaban restos de comida en mi cara.

Cuando volví a salir, la disputa parecía que se había calmado y que todo volvía a la normalidad. Nada más sentarme, mi sobrina, instigada por su madre me murmuró una disculpa, con la cabeza gacha por la vergüenza.

–Dame un beso, pequeña. –le dije, a lo que ella respondió con inusuales ganas.

–¿Y cómo está don Federico? –preguntó mi madre dirigiéndose a su marido.

–Totalmente chiflado. Vino acompañado, como no, de un enorme rifle. –soltó un bufido. –Pretendía cazar patos.

–¿Aún vive ese hombre? –inquirió Ginebra, que se había sentado junto a su hija más pequeña y le estaba obligando ahora a tomarse uno de esos potitos.

–Sigo diciendo lo mismo, que es un peligro.

–Aún recuerdo que si no fuera por él, Jimena se hubiera ahogado en el río.

Hice rodar los ojos con indignación. Desde aquel incidente, hablar de don Federico significa tener que recordarlo todo una y otra vez.

–¿Casi te ahogas? –me preguntó Violeta. Al parecer, ella también estaba ávida de conocer toda la historia.

Asentí con la cabeza.

–Tenía sólo ocho años. –dije en mi defensa.

–¿Cómo ocurrió?

–Mi hermana no quiso aprender a nadar hasta los doce años, si no recuerdo mal. –metió baza Ginebra. –Le daba un miedo terrible el agua. Creo que aún hoy sigue teniéndolo.

–¿En serio? –preguntó Violeta mirándome.

No me quedó más remedio que asentir. Lo último que necesitaba era tener a Violeta creyendo que yo era una de esas aprensivas personas a las cuales les daba miedo absolutamente todo.

Si bien es cierto que las masas de agua, a no ser las que concentraban en la bañera, me inspiraban cierto recelo, no había nada más a lo que yo le tuviera algún tipo de escrúpulo. Hasta en eso tenía yo que ser rara.

Cuando era pequeña veía y oía disfrutar a todos los demás niños en el agua, y cuando mi padre me obligó a ir a la piscina municipal para que aprendiera a nadar de una vez por todas me costó horrores superar ese miedo. Tardé mucho en aprender y lo peor de todo es que desde que dejé las clases de natación yo había seguido evitando todo contacto con el agua.

–¿Me vas a contar la historia? –me preguntó Violeta.

–¿Qué tal si te la cuento otro día? –le sugerí.

–De acuerdo. –acordó ella, devolviendo la vista hacia su plato

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La cena acabó sin más percances. Esa noche fue mi turno de recoger la mesa y meter los platos al lavavajillas. Violeta se ofreció a ayudarme y aunque me negué en rotundo, omitió mis protestas y me acompañó hasta la cocina. Nos pusimos manos a la obra, yo quitando los restos de comida de la vajilla y ella colocándolos en la cesta del lavaplatos.

–Adoras a tu padre, ¿verdad? –me preguntó en un momento dado, tras varios minutos de silencio.

–Sí. Él lo es todo para mí. Lo que me hace débil, jamás he sido capaz de negarle nada.

–He visto cómo lo miras. Puede notarse a kilómetros toda la admiración que le profesas.

Le sonreí, admitiendo sus palabras como ciertas. Supuse que el amor que yo sentía por mi padre podía reflejarse en mis ojos, como tantas otras cosas.

–Es un luchador nato, ¿sabes? Lástima que yo no haya heredado ese arrojo.

–¿Por qué dices eso? –me preguntó.

–Porque yo soy más bien de los que no se arriesgan. Siempre me mantengo al margen esperando mi oportunidad.

–¿Y si ésta no llega?

Me hizo pensar durante breves momentos."¿Y si ésta no llega?".

–Todo es cuestión de suerte, supongo.

–Yo no lo creo. –me aseguró mirándome fijamente. –Si quieres algo has de ir a por ello, aceptando las consecuencias, por supuesto. Ser impaciente está en mi naturaleza, también es cierto, pero todo lo que he conseguido en esta vida ha sido porque yo me lo he propuesto. Quizás no lo sepas, porque tu familia aún te protege, pero ahí afuera hay una auténtica jauría de lobos esperando devorarte. Tienes que luchar por ser la mejor en cada cosa que hagas, de otra forma, te quedarás en el camino.

–No soy tan niña como para no saber lo difícil que es abrirse paso en esta vida. Sé que piensas que soy una niña rica que estudia en la mejor universidad y que cuando acabe su papaíto se encargará de buscarle un buen puesto de trabajo, una casa y un coche. Pero eso no es cierto.

Terminamos en ese instante de colocar la vajilla y ella se irguió encarándome con una media sonrisa irónica adornando su cara.

–¿Intentas convencerme de que tienes una vida difícil o dura? No tienes idea de lo que es eso.

–No intento convencerte de nada. Ni siquiera me conoces. –dije con los labios apretados.

La idea de que ella creyera que era una estúpida niña rica me ponía frenética. Yo quería que me considerara una mujer adulta, capaz de tomar sus propias decisiones. Pero estaba claro que ante sus ojos no era más que una cría.

–Es cierto, apenas te conozco. Pero vives entre algodones, sé lo difícil que es forjarse un futuro escapando de algo a lo que estás tan acostumbrada.

–Parece como si me odiaras por el hecho de ser rica. Te recuerdo que es mi padre quien tiene el dinero, no yo. –resolví, ya bastante incómoda.

Violeta se acercó a mí, apoyándose en la encimera, con los brazos cruzados sobre el pecho.

–¿Y qué diferencia hay?

–Quizás tenga más suerte que la mayoría de las personas, pero eso no cambia el hecho de que la infelicidad pueda ser una opción más en mi futuro.

La vi asentir con la cabeza. Quizás era su forma de darme la razón.

–Chica lista. –me dijo palmeándome en un hombro. –Creo sinceramente que vas a lograr cualquier cosa que te propongas.

–¿Y por qué estás tan segura? –inquirí curiosa.

–Tengo ese presentimiento.

–¿Sueles acertar con tus presentimientos?

–La verdad es que sí. –contestó a media sonrisa.

–Entonces puedo estar tranquila.

Violeta se rió suavemente y me palmeó un hombro.

–Vamos, salgamos de aquí. Este calor me está matando.

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Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Septiembre 10th 2012, 1:40 pm

"Pensar en ti esta noche
no era pensarte con mi pensamiento,
yo solo, desde mí. Te iba pensando
conmigo, extensamente, el ancho mundo.
El gran sueño del campo, las estrellas,
callado el mar, las hierbas invisibles,
sólo presentes en perfumes secos,
todo,
de Aldebarán al grillo te pensaba.

¡Qué sosegadamente
se hacía la concordia
entre las piedras, los luceros,
el agua muda, la arboleda trémula,
todo lo inanimado,
y el alma mía
dedicándolo a ti! Todo acudía
dócil a mi llamada, a tu servicio,
ascendido a intención y a fuerza amante.
Concurrían las luces y las sombras
a la luz de quererte; concurrían
el gran silencio, por la tierra, plano,
suaves voces de nubes, por el cielo,
al cántico hacia ti que en mi cantaba.
Una conformidad de mundo y ser,
de afán y tiempo, inverosímil tregua,
se entraba en mí, como la dicha entera
cuando llega sin prisa, beso a beso.
Y casi
dejé de amarte por amarte más,
en más que en mí, inmensamente confiando
ese empleo de amar a la gran noche
errante por el tiempo y ya cargada
de misión, misionera
de un amor vuelto estrellas, calma, mundo,
salvado ya del miedo
al cadáver que queda si se olvida. "

Violeta terminó de recitar el poema. Yo me sentí extrañamente extasiada por el sonido de su voz que aún retumbaba en mis oídos. Cerré los ojos y me dejé llevar sólo un instante, mientras ella aún seguía perdida por entre las páginas del libro, rozando las yemas de sus dedos sobre las hojas, casi acariciando las letras que allí se concentraban formando aquel mundo de sentimientos que era la poesía.

No pude precisar exáctamente cuánto tiempo hacía que nos habíamos adentrado en mi habitación. Sentadas en el suelo lado a lado, debajo de mi ventana, leíamos pasajes del poemario, casi sin decir una cosa más.

–Es precioso. No puedo imaginar lo que debe sentir alguien que escribe algo así. –la oí decir.

Abrí los ojos y la miré.

–Quizás estuviera profundamente enamorado. –manifesté.

–Es una posibilidad.

–¿No crees que el amor sea capaz de inspirar cosas como ésta?

Dejó de observar el libro para encararme a mí, como si de repente hubiera visto un fantasma. Curvó los labios a media sonrisa.

–Yo siempre he creído que el amor es como Dios, ¿sabes? Hay que tener mucha fe para creer en él.

–¿Es que nunca has estado enamorada?

–Jimena, el amor es algo tan idealizado que hemos perdido la visión de lo que realmente es.

–¿Y qué es? –pregunté, de repente demasiado interesada en su punto de vista sobre tan delicado tema.

–Una ilusión.

–No estoy de acuerdo contigo. –me vi obligada a discrepar con ella.

Yo no creía ni por un momento que lo que empezaba a sentir por aquella mujer fuese una simple ilusión.

Si no apreciara tan adentro, si no sintiera la seguridad de que el mundo estaba puesto a mis pies cada vez que la tenía cerca, entonces pudiera ser que hallara algo de veracidad en sus palabras. Pero la verdad era que el amor sólo podía sentirse de la manera en la que yo lo sentía. No había nada de espejismo o de ilusión en cómo la amaba yo.

Esa seguridad, a veces, me daba miedo.

–Jimena, una chica joven como tú idealiza en demasía las cosas. Quien sabe, quizás seas de esas personas que aseguran que siguen teniendo "la llama del amor"–hizo un gesto con ambas manos, expresando las comillas. – encendida después de muchos años. Para mí eso no tiene ningún sentido.

–¿Te has enamorado alguna vez? –no pude evitar hacerle aquella pregunta. Tenía que descubrir si sus palabras eran expresadas tras la máscara de la desilusión.

–No puedo decirte que sí porque te estaría mintiendo. Pero yo creo que para mí el amor es de la forma en que yo lo vivo. Simplemente soy así.

–¿Por qué dices eso?

–Normalmente todos quieren algún tipo de compromiso, algo que les de la noción de que les perteneces o una estupidez semejante.

–¿También es así con mi hermano? –la interrumpí, deseosa de conocer la respuesta a esa pregunta.

Suspiró profundamente. Imaginé entonces que estaba buscando las palabras adecuadas para expresarse. Yo no veía la dificultad en que me contara aquello, pero ella quizás sentía la necesidad de ir con cuidado. Al fin y al cabo era de mi hermano de quien nos disponíamos a hablar.

–Tu hermano y yo sabemos hasta qué punto somos capaces de llegar. No hay promesas de amor ni sueños de futuro. Él acepta lo que le ofrezco sin pretensiones y yo le doy todo lo que soy capaz de dar. Es un trato justo.

Pensé en sus palabras un instante, asimilando lo que me estaba diciendo.

–Eres una persona extraña, ¿lo sabías?

Se rió de mi última frase, echando la cabeza hacia atrás. Una imagen que supe que perduraría en mi memoria como marcada a fuego vivo.

–¿Ves como todos somos singulares? No sólo tú, querida Jimena.

Me levanté del suelo y me dirigí hacia la mesa de noche, en cuyo cajón guardaba mi preciado tesoro en forma de chocolate. Lancé una chocolatina a Violeta que la cogió al vuelo y saqué otra para mí antes de unirme nuevamente a ella.

–Apuesto a que puedes comer montañas de estas cosas. –me dijo dando un grueso bocado a su barra.

Yo asentí asimismo, sumergiéndome en el dulce sabor.

–Es una ventaja que no me haga subir de peso.

Me regaló una mueca muy cómica que me hizo reír.

–Odio a las personas como tú. –señaló. –Yo tengo que vigilar mi peso.

–Bueno, por ahora estás haciendo un buen trabajo.

–Cuesta mucho sacrificio, créeme. Sobre todo para alguien a quien le gusta tanto comer como a mí.

–Supongo que tengo suerte entonces, porque con lo que soy capaz de tragar quizás hubieran tenido que ensanchar las puertas.

–Me he dado cuenta. –me dijo algo burlona. –Yo me lo pensaría dos veces antes de invitarte a cenar.

–¿Será esa la razón por la que no tengo novio?

Nos reímos de mi ocurrencia antes de que ella me mirara seria.

–Me encanta esa forma que tienes de reírte de ti misma. Conozco a poca gente capaz de hacer eso, ¿sabes?

Una vez más, sentí las mejillas arder. Me maldije a mí misma por no saber contener mis emociones. Bastaban unas pocas palabras amables por parte de ella y todo mi ser parecía perder toda su estabilidad.

–Te has ruborizado. –me anunció.

Como si yo no fuera consciente de ese hecho.

–A veces me sigo comportando como una niña. –tuve que admitir para intentar al menos excusar mi pobre comportamiento.

–Pues estás realmente guapa cuando te ruborizas.

–No es cierto. –rebatí. –Eso es algo que siempre se dice, pero yo no veo ninguna belleza en que mi rostro se ponga del tono de la remolacha.

–¿De verdad que no eres consciente de lo bella que eres o es sólo falsa modestia?

–¿Perdona? –dije entre balbuceos.

–Eres una persona bellísima, Jimena. Tanto por dentro como por fuera.

Sé que estuve moviendo los labios, porque los sentí moverse, pero de mi boca no escapó ni un solo sonido que contase como palabra. Era lógico en mí, teniendo en cuenta que la persona más maravillosa del universo me había descrito como una persona bella. Ser para ella alguien especial me hizo elevarme hasta casi tocar el cielo.

La vi ponerse en pie dispuesta a irse y aunque mi cerebro se rebeló contra ello, mi garganta seguía aún atorada.

–No tenía ni idea de que fuera tan tarde. Debo irme ya, supongo que después de un día como hoy estarás agotadísima.

–Claro. Tú también tendrás ganas de descansar. –dije después de tragar varias veces.

–Hasta mañana, Jimena.

–Hasta mañana.

Salió de mi habitación sigilosamente. Por mi parte, permanecí sentada en aquel suelo durante tiempo indefinido, con la mirada fija en la puerta por la que ella había atravesado rumbo a su alcoba.

Me desvestí entonces y me metí en la cama con gran parsimonia, ya sufriendo la ausencia de Violeta. Me notaba feliz, pero sin saber exactamente el por qué. Sabía que mis sueños estarían llenos de ella , por lo que tenía prisa por sucumbir a él.

Mañana sería otro día lleno de esperanza para mí.


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Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Septiembre 11th 2012, 2:29 pm

3. INALCANZABLE.

Cuando salí de mi habitación a la mañana siguiente me encontré con un ajetreo inusual para
esas horas. Demasiado trajín para mí adormilada noción.

–¿Qué pasa? –pregunté, apeándome del último escalón.

–Nos vamos de pic. –nic. –contestó mi madre pasando a mi lado como un vendaval.

–¿De pic. –nic? ¿Quién?

Isabel se paró enfrente de mí y me hizo un gesto negativo con la cabeza.

–Pues todos, Jimena. A menos, claro, que quieras quedarte aquí sola.

–¿Dónde está Violeta?

Isabel me indicó con la cabeza la cocina, y yo me dirigí rauda hacia allí. Apenas podía soportar las ganas que tenía de verla de nuevo. Por el camino me encontré con mi sobrina Cristina, que requirió mi atención y a quien elevé colocándola sobre la cintura.

–Nos vamos de pini. –me informó algo confusamente.

–Lo sé, pequeña.

Me adentré en la cocina y lo primero que vi fue a mi hermana Ginebra y a Violeta preparando los bocadillos. Charlaban animadamente, incluso parecían estar pasando un buen rato.

–Buenos días. –saludé.

–Vaya, la Bella Durmiente... –contestó mi hermana jocosamente.

Violeta rió su gracia y me guiñó un ojo. Posé a mi sobrina en el suelo y me acerqué a ellas.

–Muy graciosa, Ginebra. ¿De quién ha sido la estupenda idea de ir de picnic?

–De mamá, como siempre.

–¿Puedo ayudar en algo? –me ofrecí, sintiéndome con ganas de participar en lo que fuera con tal de estar cerca de Violeta.

–Puedes ir envolviendo esto.

–De acuerdo.

Me coloqué a un extremo de la cocina y comencé a liar los bocadillos, primero con una servilleta y luego en papel de platino.

–¿Aún no ha vuelto papá del pueblo? –pregunté, notando la ausencia de mi progenitor.

–No. Seguramente habrá aprovechado para parar a tomar algo con Ricardo.

–Te aseguro que le temo al día de mañana.

–¿Por qué no le dices que no?

–¿Estás loca? –exclamé. – Sabes que no aceptaría un no por respuesta. Es demasiado tozudo...

–¿A quién me recuerda...? –dijo mi hermana refiriéndose, por supuesto, a mí.

–También podrías fingir unas repentinas fiebres... –sugirió Violeta.

–¿Y acabar en el hospital? No, gracias.

–Sólo te queda una opción y es ir de pesca mañana.

–Rezaré para que podamos pescar ese maldito sirulo. De esa forma, quizás se le quite esa
obsesión. –dije entre dientes.

–Le dará después por cazar ballenas o algo así. –bromeó Ginebra.

Las tres nos echamos a reír.

–Me encantaría estar allí para verlo. –añadió Violeta.

–¿Quieres venir? –propuse precipitadamente.

Ginebra dejó su tarea para mirarme bajo un velo de sospecha. Creo que fue el hecho de que yo pareciera tan entusiasmada con algo lo que la hizo observarme con detenimiento. Yo siempre solía ser de las que nunca mostraba apetencia por nada y a decir verdad, eran pocas las veces que la sentía.

–¿Es que hay sitio para uno más?

–Por supuesto que sí. –contestó esta vez Ginebra.– Una ayuda extra siempre es bien recibida.

Di gracias a Dios por haberme dado una hermana tan maravillosa. Dentro de mí, cada vez se
desvanecía más la preocupación del día siguiente. Si Violeta se decidía a venir con mi padre y conmigo todo tendría otro significado para mí.

–¿Cómo vais chicas? –preguntó mi madre acercándose para supervisar nuestra tarea.

–Bien, mamá. Son bocadillos, no es como si estuviéramos preparando una bomba. –contestó
sarcásticamente Ginebra.

Mi madre la miró con una ceja alzada. Esas expresiones a menudo eran ocasionadas por mi
hermana Ginebra y por mí. Éramos las dos únicas personas de la familia que se atrevían a
contradecirla. Sobre todo Ginebra, que nunca permitió que mi madre intentara controlar lo más mínimo en su vida. Siempre le decía que no todas podíamos ser como Isabel.

–Se nota que aún no has tomado tu café, hija. –dijo mi madre, desapareciendo nuevamente.
Violeta y yo nos miramos e intercambiamos unas sonrisas de complicidad.

–Hablando de café. –sugirió Ginebra.– ¿Te apetece uno, Violeta?

–Por favor. –suplicó en broma la aludida.

Mi hermana se alejó de la mesa y se dispuso a preparar la cafetera.

–¿Siempre sois así? –me preguntó Violeta.

–¿Así cómo?

–Pues así de hiperactivos.

–Es culpa de mi madre. –razoné.– Cree que es un deber proponer cosas nuevas cada día a fin de que no nos aburramos...

–No me entiendas mal. A mí todo esto me parece estupendo. No estoy acostumbrada a
levantarme por las mañanas y que súbitamente me encuentre organizando algo especial.

–Me alegro mucho de que te guste, Violeta

Nos habíamos asentado por fin a orillas del río, después de la media hora en la que mi madre
nos tuvo dando vueltas en círculos para encontrar el sitio perfecto. Ahora nos encontrábamos
todos bajo el amparo de adecuadas sombrillas y sentados en cómodas sillas plegables. Yo me había apresurado a instalarme una de las primeras, algo alejada del resto, como era habitual en mí, esperando que Violeta optara por situarse en un lugar cerca del mío. Cuando lo hizo, sentí tanta felicidad que casi me mareo.

Fijé la vista al frente, justo donde mi padre y mi cuñado Ricardo se habían adentrado en las
aguas del río cerca de la orilla. Mi sobrina riendo a carcajadas mientras su padre la sumergía una y otra vez en el agua.

–Se está muy bien aquí... – oí decir a Violeta.

La sentí moverse por el rabillo del ojo y giré el rostro para encararla. Para mi total desesperación ella se estaba deshaciendo de su camiseta blanca, revelando la parte de arriba de su bikini.

Estiró las piernas por completo, por ahora sin decidirse a quitarse también sus bermudas.
Mantenía los ojos cerrados en completa relajación. Tragué con dificultad y me obligué a mirar al frente, ante el peligro de ponerme en evidencia delante de mi familia. Supuse que mirar los pechos de alguien fijamente no entraba dentro de lo que se consideraba un comportamiento normal. Abandonar la visión de su torso fue lo más difícil que había hecho en mi corta vida.

–Sí... –respondí, algo tardíamente a lo que ella había dicho por último, antes de carraspear.

–Violeta, tengo una crema de protección solar, si te interesa... –anunció mi hermana Ginebra, quien también se había sumado a la iniciativa y ahora andaba por el lugar en bañador.

Violeta levantó levemente la cabeza y deslizó sus gafas de sol hasta la mitad de su nariz,
sonriente.

–Gracias, Ginebra.

Mi hermana rebuscó en su bolso y le alcanzó un bote de color azul. Violeta comenzó a extender la crema por todo su torso y brazos. Yo no supe si el repentino acaloramiento que sentí se debía a las altas temperaturas y que yo aún tenía puesta toda la ropa o se debía al simple hecho de lanzar breves miradas en dirección a Violeta y su cuerpo. Un cuerpo que me estaba haciendo víctima de uno de los pecados capitales.

Cuando terminó su tarea de cubrir su piel con aquello se giró hacia mí.

–¿Quieres?

–¿Qué...? –contesté, absolutamente perdida.

–¿No vas a tomar el sol?

Fue entonces cuando mi madre, que nos había estado observando, metió baza en el asunto.

–Jimena, hace un calor infernal. Quítate la ropa o conseguirás asarte...

–Tiene razón... –convino Violeta.

Yo miraba la escena al completo con sorpresa mezclada con algo de indignación. Lo cierto es que sentí un repentino ataque de vergüenza de que Violeta me viera. Yo no estaba preparada para competir con el perfecto cuerpo que ella poseía. El mío no se acercaba ni de lejos a la esplendidez del suyo.

–¿Te da vergüenza? –me preguntó ella de súbito.

–No... –mentí con algo de titubeo en la voz.

–Seguramente. –prosiguió mi madre, al parecer empeñada ese día en ponerme las cosas muy difíciles.
Ginebra le dedicó una mirada a nuestra madre, reprochándole su comportamiento y comenzó a discutir algún asunto banal con ella, seguramente para mantenerla alejada de mí.

Violeta pareció ignorarla y me sonrió.

–Te prometo que no miraré. –dijo jocosamente.

Yo me rendí ante aquella sonrisa y cuando comencé a sacarme la camiseta, ella fue fiel a su
promesa y fijó la vista al frente. Doblé mi camiseta y mis pantalones cortos y los puse a un lado.

Cuando me senté nuevamente, me volví hacia Violeta y me di cuenta, cuando cerró los ojos
abruptamente al saberse sorprendida, de que me había estado mirando por un extremo de sus gafas.

–Has hecho trampa... –comenté en broma.

–Lo sé. –reconoció, hablando en voz baja para que los demás no pudieran oírnos.– Sentía
curiosidad...

–¿Curiosidad? ¿Por qué?

–No sé, pensé que quizás te faltaba alguna parte del cuerpo y que por eso no querías
desvestirte. –me sacó la lengua y me reí.– No entendía cómo se puede ser tímida con ese
precioso cuerpo tuyo...

La boca se me secó y los músculos de mi estómago se encogieron. Bueno, yo tenía dieciocho
años, nadie podía culparme de tener aquellas reacciones de adolescente enamorada.
Nadie excepto yo misma.

Apreté los dientes con fuerza y me obligué a pensar en cualquier cosa menos en aquélla que
precisamente se negaba a abandonar mi mente. Si seguía pensando en Violeta de esa forma, me arriesgaba a tener un orgasmo allí mismo.

Levanté una ceja para parecer despreocupada y la miré por el rabillo del ojo. Violeta se había
acomodado aún más en su silla y había puesto los brazos por encima de su cabeza. Parecía que casi dormitaba en queda paz. Mis ojos capturaron la visión de una furtiva gota de sudor que resbaló desde el hueco de su garganta hasta perderse en su ombligo.

Fue demasiado para mi acalorada imaginación.

"Piensa en algo, en lo que sea...", me repetía una y otra vez. Me acordé de Pedro Salinas y
comencé a recordar una de sus poesías sin darme cuenta de que la estaba musitando hasta que Violeta me cuestionó.

–¿Qué haces?

–Nada... –contesté avergonzada.

–Estabas murmurando algo.

–No me había dado cuenta... –admití, lo cual me alivió, después de varias respuestas en las
cuales le había tenido que mentir.

–Ya veo.

–¿Es que nadie va a meterse en el agua? –preguntó mi padre, desde la orilla.

–Ahora mismo me siento demasiado cómoda para desear moverme. –contestó Violeta.

–Lo mismo digo. –concedió igualmente Ginebra.

–Esto es mejor que estar en la playa con ese montón de gente rodeándote y gritando como
locos. –dijo mi madre, cuyo rostro estaba ahora escondido bajo una enorme pamela.

–Un día perfecto... –concedió Violeta.

Mi progenitora volvió a darle la razón.

–Exactamente.

Instantes después, Violeta decidió cambiar de opinión y se incorporó dirigiéndose a mí.

–Voy a refrescarme. ¿Vienes?

Yo no iba a meter un solo centímetro de mi cuerpo dentro de aquel río por nada del mundo, pero supuse que podría acercarme a la orilla y salpicarme un poco de agua para mitigar el calor.

–Claro. –dije aceptando su oferta.

Se quitó el pantalón y nos dirigimos ambas hacia el agua. Me rezagué ligeramente y pude echar varios vistazos a su trasero.

Miré al cielo y pedí clemencia.

–Demasiado calor, ¿eh? –dijo mi padre sonriente.

–¿Algún bicho raro del que tenga que tener constancia y del que deba cuidarme? –preguntó
Violeta medio en serio, antes de hundirse del todo.

–Nosotros estamos casados... –bromeó mi progenitor, refiriéndose a su yerno Ricardo y a sí
mismo.

La hizo reír y mi padre le guiñó un ojo. Creo que secretamente, los hombres de aquella familia empezaban a admirar la belleza de Violeta tanto como yo. Un vistazo a mi babeante cuñado para confirmarlo. Me pregunté si a mí se me ponía aquella misma cara de imbécil.
Recé porque no fuera ése mi caso.

Violeta entró con cuidado y yo me senté en la orilla, con el agua cubriéndome los tobillos. Ella se sumergió y dio varias brazadas antes de ponerse de pie a la altura de los hombres. Me miró sospechosamente y cuando yo bajé la vista fue el momento en que confirmé que no iba a moverme de donde estaba. Ella pareció entenderlo y no dijo nada.

Puso atención a la conversación que mi padre mantenía con Ricardo sobre sus planes del día
siguiente, tales como la colocación de las boyas y el punto estratégico que había elegido, seguro de que picarían.

–Me alegro mucho de que hayas decidido venir con nosotros, Violeta. Tu ayuda es más que
bienvenida, va a ser toda una experiencia, ya lo verás...

–Eso no lo dudo.

–Jimena y yo lo hubiéramos tenido más difícil sin ayuda extra y en esta familia nadie está
dispuesto a hacerlo. –comentó el patriarca en tono serio.– Qué se le va a hacer si únicamente mi hija más pequeña heredó mi afición...

–Yo nunca he ido de pesca, para serle sincera...

–No es complicado, te darás cuenta enseguida.

–Quiero cazar ese pez y quiero ganar ese trofeo. –aseguró Violeta con arrebato.

Me abracé a mis rodillas mientras miraba la escena delante de mí. El entusiasmo de mi padre era realmente contagioso y me di cuenta de que en unos breves momentos Violeta mostraba ya tanta ilusión como él. Por mi parte, simplemente esperaba que el día de mañana no se
convirtiera en un auténtico fracaso.

Violeta cogió en brazos a mi sobrina y comenzó a jugar con ella, provocando en la niña risas
nerviosas. Admiré la escena con delicioso placer, admirando los fuertes brazos de la azafata y los músculos que ligeramente se marcaban en ellos.

Violeta braceó hasta mí pasados unos minutos y se sentó a mi lado, hombro con hombro
haciéndome percibir la frescura de la que disfrutaba ahora. Me sonrió y le sonreí igualmente.

–Esto es maravilloso... –me informó al tiempo que extraía el exceso de agua de su cabello.

–Ya no puedes echarte atrás. –dije sin mirarla.– Mañana estás obligada a ir de pesca con
nosotros.

–No quiero echarme atrás. En realidad me apetece mucho ir.

–Espero que mañana seas capaz de repetir esas palabras.

–¿Por qué crees que no me gustará? –me preguntó algo extrañada de que yo dudara tanto de su disposición.

–Lo siento. Es sólo que me preocupo de que lo pases bien y pasar un día de pesca puede que te resulte aburrido.

–Tú vas a estar allí, no hay nada de lo que preocuparse. –resolvió al instante.

La miré y ella me arrojó un poco de agua a la cara. Abrí un ojo y la vi reírse de mí.

–Vamos. –me dijo levantándose para dirigirse nuevamente a su sitio.

En vez de tumbarse en la comodidad de su silla, optó por tender la toalla en el suelo, sobre la hierba y echarse boca abajo. Tomó el bronceador y lo alargó hacia mí, pidiéndome en muda voz que la ayudara con una ceja levantada.

Tragué la saliva a duras penas mientras me acercaba a ella. Me senté a su lado y comencé a
untarle la crema. La vi echar las manos hacia atrás y abrir el cierre de su bikini. Mis manos se deslizaron por su espalda, sintiendo la tersa piel en las palmas. Me consentí el disfrutar de aquello sin que me importara nada más.
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Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Septiembre 13th 2012, 9:20 pm

Mi corazón latía descontroladamente mientras mi mente viajaba trayéndome las más diversas fantasías. Casi podía sentir aquella piel contra la mía. Me sumergí dentro de mí misma sin darme cuenta de que había comenzado a trazar líneas con la yema de mi dedo índice. La estaba acariciando y peor aún es que para mí resultaba lo más natural del mundo. Sólo cuando ella giró la cabeza y me miró con un solo ojo abierto me di cuenta de lo que estaba haciendo. Aparté la mano de su espalda como si de repente me quemara.

–Vas a hacer que me quede dormida. –me dijo.

No parecía estar enfadada en absoluto. Aún así no me sentí tranquila.

–Lo siento... –respondí bajando la mirada al suelo. Me di cuenta que no debí disculparme. Y ella también.

–¿Por qué?

Ahora sí que estaba en un lío y de los grandes. ¿Qué iba yo a responderle? "Siento haberte acariciado de esa forma, pero es que no pude evitarlo...". Simplemente genial.

–Trae tu toalla y échate aquí conmigo, ¿vale?

Asentí con la cabeza, contenta de que ella me hubiera aliviado de mi carga. Creo que pudo ver a través de mí. Y si había logrado hacer eso, entonces también se habría dado cuenta de que yo sentía algo por ella que en nada tenía que ver con la amistad.

Obedecí a su sugerencia al instante y segundos después me echaba a su lado, boca abajo, con los brazos debajo de la barbilla, imitando así su posición.

–Ahora son verdes claro... –dijo de súbito.

–¿Qué?

–Tus ojos. Con la luz del día son verdes. A veces es imposible precisar cual es su color.

–¿Aún sigues intrigada por el color de mis ojos? –dije, recordando que una de las primeras cosas que me había dicho era precisamente algo referente a ellos.

–Felipe también los tiene verdes, pero no como los tuyos. Es extraño.

–¿Extraño? –arrugué la nariz.– ¿Eso cómo debo tomármelo?

–Siempre buscando un significado oculto en las cosas, ¿verdad?

–Jimena. –llamó mi madre con voz estridente.– Vas a quemarte. Haz el favor de ponerte protección.

Hice rodar los ojos y apreté los dientes. Supuse que era mucho pedir que dejara de tratarme como a una mocosa. Violeta se irguió y me hizo el favor de extender crema sobre mi espalda sin que yo tuviera que pedírselo.

Como si hubiese sido capaz de hacer tal cosa.

Me quedé inmóvil y Violeta terminó su trabajo en pocos instantes. Aún así disfruté del contacto.

–A veces es más fácil de lo que parece complacer a los padres. –me indicó a media sonrisa.

–Si me dedicara a complacer a mi madre no tendría tiempo para nada más.

Volvió a sonreírme y cerró los ojos. Poco después la sentí respirar pausadamente y supe que estaba dormitando. Yo me rendí también a la placidez, a pesar de que me rodeaba el sonido de las voces de mi madre y mis hermanas que, para variar, no paraban de hablar.

Mi madre interrumpió nuestra gloriosa paz demasiado pronto para mi gusto y nos congregó a todos para comer.

Me levanté de mi cómodo sitio a regañadientes y me uní al resto de la familia, seguida muy de cerca por Violeta.

–¡Felipe! –oí a mi padre anunciar.

Me giré tan rauda como Violeta para ver a un sonriente Felipe saliendo de su coche. Inmediatamente un cúmulo de sensaciones se entremezclaron dentro de mí. Supuse que Felipe se había dado prisa en volver por el mismo motivo por el cual yo deseaba que no volviera.

–Imaginaba que estaríais aquí. –dijo nada más ponerse a nuestra altura.– Hola a todos.

–¿Has resuelto el problema, hijo? –preguntó mi progenitora.

–Algo así, mamá. –le pasó un brazo a Violeta por el hombro y le susurró algo al oído que yo pude oír a pesar de que deseé no haberlo hecho.– ¿Me has echado de menos?

Vi que la azafata y dueña de mis pensamientos asentía sonriente con la cabeza y sentí ganas de gritar. Mi hermano se fijó en mí, muy satisfecho por la respuesta de ella.

–Vaya, Jimena. –indicó con un leve movimiento de cabeza a mis pechos.– Casi pareces una
mujer...

"¡Imbécil!", le grité interiormente, dedicándole una mirada asesina. Violeta le dio un golpe suave en el hombro. Yo para entonces apretaba los puños con fuerza, airada.

–Felipe... –reprehendió mi padre.

–¿Qué? ¿Qué he dicho? –dijo él con voz falsamente inocente.

–Me pregunto cuando vas a crecer, hermano. –dijo Ginebra.

–Para eso haría falta un milagro. –añadió Isabel.

Me alejé de la feliz pareja y me acerqué a mis hermanas, preguntándome cuál era exactamente el problema que tenía Felipe conmigo. Desde que yo recuerde, había sido el blanco de sus continuas bromas y burlas. Al parecer, el hecho de que fuera siete años mayor que yo le otorgaba ese derecho. Yo estaba segura de que él me odiaba por alguna razón que yo desconocía.

No probé bocado.
Simplemente no podía hacer que el alimento bajara por mi garganta. Decidí no mirar a Violeta, quien parecía inmensamente feliz de que Felipe estuviera allí, olvidándose por completo de mi persona.

Me acerqué hasta la orilla del río y me senté sobre la hierba, buscando algo de soledad.

–¿Aún estás enfadada? –me preguntó mi padre colocándose a mi lado. Yo sabía que no tardaría mucho en venir a mi encuentro.

–No.

–Siempre has sabido ignorar los comentarios de Felipe muy bien.

–Quizás me he hartado de que siempre tenga algo que decir para molestarme. –contesté secamente.

–Tendré que hablar con él después.

–Prefiero que no lo hagas.

Mi padre suspiró y me miró con el ceño fruncido.

–¿Por qué?

–Porque no necesito que me defiendan como si yo no supiera hacerlo sola. No soy una niña. – apunté, exponiendo mis razones.

–Sé que no lo eres. Pero esto no tiene nada que ver contigo, simplemente no puedo tolerar este comportamiento.

–Siempre lo ha hecho, ¿qué ha cambiado ahora? –rebatí, sin poder evitar pronunciar las palabras con acritud.– A veces creo que no pertenezco a esta familia...

–Espero que eso que has dicho no vaya en serio. –señaló mi padre muy serio.

–Papá, no tengo nada en común con ninguno de mis hermanos, creo que me ven como a un bicho raro...

–Eso no es cierto. Tus hermanas te adoran, Ginebra siente debilidad por ti y lo sabes. ¿Acaso no te diste cuenta de cómo te defendieron al instante? Puede que Felipe sienta que tiene una deuda contigo porque siempre sacaste mejores notas... –comentó en tono casual.

–No quiero que hables con él. –decidí.

–De acuerdo. Como prefieras.

Me aferré aún más a mis rodillas, apoyé la barbilla sobre ellas y fijé la vista al frente.

–Jimena, estos días te he notado extraña. ¿Sigues sin querer decirme qué es lo que pasa?

–¿Qué es lo que te hace decir eso?

–A veces te olvidas de que soy tu padre y que nadie te conoce mejor que yo. Últimamente pareces inmersa en un mutismo constante, pensativa... Quizás tu madre tenga razón y lo de esa universidad...

–No es por la universidad. –lo tranquilicé.– Simplemente ocurre que estoy intentando lidiar con nuevos sentimientos a los que no estoy acostumbrada... Y no me preguntes nada más, por favor.

Mi padre me miró con denodado interés entonces y yo fui incapaz de devolverle la mirada. Él sabía de alguna manera que lo que le acababa de decir era algo importante y que a mis dieciocho años ya empezaba a sentir cosas que no podría compartir con él como lo hacía antes.

Oímos la algarabía detrás de nosotros y mi padre se irguió ofreciéndome la mano para ayudarme a levantar. La tomé y nos unimos al grupo.

Lo que en un principio me había parecido un maravilloso día, de repente se había convertido en un desastre en toda regla. No había intercambiado una sola palabra con Violeta y eso empezaba a hacerme sentir completamente desesperada. Sólo en un par de ocasiones me había permitido mirarla y en cada una de ellas me había devuelto la mirada acompañada de una leve sonrisa.

Sin embargo no se había acercado a mí. ¿En qué momento creí que podría competir con Felipe o que simplemente sería capaz de hacer que sintiera por mí algo de lo que sentía por mi hermano?

El amor para mí comenzaba a tener tintes angustiosos.

Una vez que regresamos a casa, subí las escaleras sin soltar una palabra y me encerré en mi habitación. Estaba enfadada con el mundo entero y sólo quería que me dejaran en paz.

Si alguna vez pretendí demostrar que ya había alcanzado la madurez, ahora mismo estaba poniendo de manifiesto que no era cierto. Pero no me importaba comportarme como una niña mimada. Tenía todo el derecho, además.

Me eché sobre la cama, totalmente rendida de mí misma. Miré al techo fijamente mientras mis pensamientos recreaban los acontecimientos de aquel nefasto día.




Última edición por camila el Septiembre 13th 2012, 9:30 pm, editado 1 vez
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Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

Mensaje  malena el Septiembre 13th 2012, 9:26 pm

Lo primero que tuve que admitir era que el hecho de que Felipe hubiera aparecido me había molestado mucho más de lo que me molestó el que se burlara de mí.

Como si no estuviese acostumbrada a esto último...

Lo segundo que me obligué a reconocer era que me sentía tremendamente desconsolada, disgustada incluso por la aparente indiferencia que mostró Violeta hacia mí una vez que la presencia de Felipe inundó su campo visual.

Los celos no eran nada buenos. Eran una sensación tan amarga como la de sentir dolor.

–¿Jimena? ¿Estás ahí?

Fruncí el ceño al reconocer la voz de Felipe. Mi padre había faltado a su promesa.

Irritada, abrí la puerta para encarar a mi hermano, quien seguramente había sido obligado a pedirme disculpas.

–¿Qué quieres? –le espeté, sin molestarme en ocultar mi malestar.

–¿Estás enfadada conmigo?

Si Felipe no midiera casi dos metros y tuviera aquella complexión atlética, tal vez, sólo tal vez hubiera accedido a mis deseos y le hubiera dado un puñetazo.

–La verdad es que no. Con el paso de los años he aprendido a ignorarte. Deberías intentar hacer lo mismo conmigo. –dije con algo de resignación.

–No pretendía hacerte enfadar. Lo siento.

–Si pensaras antes de abrir tu bocaza, Felipe, los dos nos ahorraríamos muchas molestias. Tú el que tengas que disculparte y yo el que tenga que soportar tus patéticas disculpas. Ahora, si me perdonas, tengo cosas que hacer.

–De acuerdo. Ya me he disculpado, tú puedes seguir enfadada si tanto te apetece...

–Dile a papá que el que te haya obligado a venir me ha hecho enfadar aún más. –lo interrumpí a cada momento más frenética.

–No sé de qué me hablas. Papá no ha hablado conmigo. –la expresión de su cara me mostró que decía la verdad.

–No importa, olvídalo. –sentencié, sólo deseando cerrar la puerta y volver a la comodidad de mi soledad.

Mi hermano se dio la vuelta y se perdió escaleras abajo. Cerré la puerta y me volví a tender sobre la cama. Si mi padre no lo había enviado, ¿quién entonces? Lo que sí sabía es que por él mismo no había venido a pedir disculpas. Conocía demasiado bien a Felipe como para saber que carecía de sentimientos hacia mí y que le daba igual si me quedaba encerrada en aquella habitación hasta el fin de mis días.

Pensé que quizás había sido Violeta. Pero me dije que eso era poco probable.

A este punto ya me daba igual.

Después de meditarlo mucho, me levanté de la cama y me di una ducha para posteriormente unirme a los demás en la cena. Sabía que mi padre se disgustaría si no lo hacía, aunque jamás se atreviese a reprochármelo.


Me senté en la mesa silenciosamente, al lado de mi padre, que me sonrió y me tomó de una mano.

–¿Estás bien? –me dijo.

–Perfectamente. –aseguré.

Sentía los ojos de Violeta sobre mí, pero me negué a encontrar su mirada. Ya casi era como si me doliese el hacerlo.

Me concentré en la cena sin pronunciar una palabra. Todo lo que hice fue pegar la vista a mi plato sin que aparentemente me importara nada más.

Violeta esa noche se mostraba más abierta y participativa que nunca e incluso pude observar cierto acercamiento para con mis hermanas. Las tres charlaban animadamente de diversos temas a los que yo puse toda la atención que pude. De vez en cuando, mi hermana Ginebra hacía algún intento por meterme en la conversación preguntándome directamente, pero lo único
que obtuvo de mí fue algún que otro monosílabo.

–Jimena, hija, parece que acabas de salir de un velatorio... –adivinad quien acababa de soltar esa frase.

Levanté la vista de mi plato y me dirigí hacia mi madre fulminándola. O al menos intentándolo.

–No me mires así, pareces una psicótica. ¿Ocurre algo y yo aún no lo sé?

–Cariño... –metió baza mi padre.– Es imposible que pase algo en esta casa y tú no seas la primera en saberlo...

–Pues está claro que eso no es cierto. Mira a tu hija...

–Quizás ella no tenga ganas de hablar. Eso no es una obligación. –me defendió él.

Me di cuenta de que las tertulias en la mesa habían cesado para que cada comensal atendiera a la que intercambiaban ambos de mis progenitores, los cuales, para mi disgusto, seguían discutiendo sobre mí sin importarles que yo estuviera allí presente.

Por mi parte, no tenía ni la más mínima intención de abrir la boca. Con mi enfado monumental hasta les permitiría que me diseccionaran y comentaran cada aspecto de mí como si me estuvieran haciendo una autopsia.

–Te digo que es esa universidad. –seguía mi madre.– Cada vez se muestra menos comunicativa.

Yo sabía que buscaría motivos para mi repentina falta de comunicación incluso en aquella vez que me caí de bruces teniendo cinco años y me rompí un diente. Me alegré mucho cuando aquel diente a medias se cayó y me creció uno nuevo y reluciente.

–Ella siempre ha sido así, mamá. –esta vez fue Ginebra.

Yo asentía ausente con la cabeza mientras le daba vueltas con el tenedor a la comida de mi plato. Si hay algo para lo que mi madre tenía don era para hacer de cada pequeña cosa un desastre mundial. Esa noche me tocaba a mí.

Sentí los ojos de Violeta sobre mí y levanté la vista. Ella me miraba realmente divertida, creo que hasta incrédula. Me limité a encoger los hombros con resignación.

Por el rabillo del ojo observé a mi hermano acariciar despreocupadamente el brazo de Violeta mientras hablaba Ricardo. Eso me hizo sentir náuseas y unas repentinas ganas de vomitar la cena.

Cerré los ojos con fuerza y respiré hondo varias veces, pidiéndome mentalmente el mantener la calma.

No sabía en qué momento había desarrollado yo la conciencia de que Violeta me pertenecía.

–Jimena. –me reclamó mi madre con tono serio.– ¿No tienes nada que decir?

–Sí. –dije igual de solemne.– ¿Me pasas el pan?

Tema zanjado.

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Re: Bella Violeta - R. Pffeiffer

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