PlanetaL, tu foro les
Lo más visto
Libros
Fanfictions y Relatos
Cine
Cortometrajes
Archivo TLW
Fan fictions TLW
Últimos temas
» Sólo por un momento
Septiembre 3rd 2017, 2:07 pm por anita

» Un Nuevo Comienzo, Mayra
Septiembre 1st 2017, 8:38 pm por anita

» Fotos antiguas
Septiembre 1st 2017, 6:45 pm por anita

» Caretas de papel
Agosto 28th 2017, 9:38 am por E.M.A

» Libro No te veía por Jennifer Torices Gómez
Julio 21st 2017, 5:08 pm por Viren

» Peliculas de tematica les
Abril 29th 2017, 8:51 pm por julia

» Alerta de huracán, Melissa Good
Abril 17th 2017, 8:54 pm por malena

» Cortos de temática lesbica
Abril 15th 2017, 12:21 pm por julia

» Easy Abby
Abril 15th 2017, 12:16 pm por julia

Webs amigas


Ir a Revista MiraLes

Ir a AmbienteG

Visitas


Contador de visitas



El regalo, Kim Pritekel

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

El regalo, Kim Pritekel

Mensaje  julia el Diciembre 28th 2010, 1:09 pm

Autora: Kim Pritekel

Traductora: MET


Nota de la autora: La Navidad es mi época favorita de año, y es así desde que era niña. Quiero contaros una pequeña historia acerca de cómo he sido alcanzada este año por el sentimiento de dar a los demás. Ahora, esta historia puede molestar a alguien, o simplemente no hacer sentir lo mismo, si eso ocurre, simplemente aceptadlo por lo que vale.

Trabajo en la biblioteca de una cárcel de media-alta seguridad, y los presos que trabajan para mí de forma más cercana, me preguntaban si podríamos decorar la biblioteca para Navidad, así que dije que sí. Salí y compré dos pequeños árboles, algunos ornamentos y dos largos cordones de luces. Puse mis ofrendas en el mostrador de circulación y dije: "Divertios". Regresé a mi oficina y cuando tras aproximadamente media hora salí de nuevo, me quedé de pie, traspasada cuando vi a cuatro tipos transformar la puerta delantera en su propia versión del mundo de la Navidad. Estaban muy felices, riendo, y encendiendo las luces más brillantes que cualquier otro árbol de Navidad. Supe entonces que cualquier duda que hubiera podido tener sobre mis acciones, eran completamente infundadas, y estaba llena de una completa sensación de paz.

Deseo ese sentimiento en todos y cada uno de ustedes, así como una Feliz Navidad. KP.

EL REGALO (THE GIFT)

Puedo decir que éste será un día extremadamente largo. La multitud, que desde ya está llenando el centro comercial, parece una manada de lobos hambrientos listos para atacar. Y en cierta forma supongo que van a eso, a matar, o por lo menos a cazar. De todas formas, sí van a la cacería de una magnifica oferta. Es viernes, el día después de 'Acción de Gracias', el más importante para compras de todo el año.

Estoy de pie en mi puesto como el jefe duendecillo de Santa Claus en el centro comercial Marlado. Hoy es el primer día del gran chico de rojo, y los niños de Nueva York están por comérselo.

—¡Ahí vienen! —exclamó Tony, más conocido como Santa Claus, con sus palabras cubiertas por su gran barba postiza. Miré al gran vestíbulo del almacén y mis ojos verdes casi se salen de sus órbitas. Una estampida de niños se dirigía a nosotros, muy excitados, con sus voces chillonas llenando el gran espacio y haciendo eco en el techo alto, creando así su versión de la canción "Oh Come All Ye Faithful"—. Dios Santo, ¿quién cielos envió esto? —Tony se santiguó y enseguida puso su mejor y más grande sonrisa en su lugar.

Yo ajusté mi gran bonete verde y rojo, que realmente nunca me había quedado bien en los dos años que llevo haciendo esto, y esperé por el primero en la fila para saludarlo, preguntarle su nombre y ubicarlo en el regazo de Santa Claus. ¿Existen personas qué están tan desesperadas por algo de dinero extra, que se someten voluntariamente a esto… dos veces? Con un suspiro, sonreí.

El día estaba transcurriendo tranquilamente, hasta ahora. Sólo un niño se había orinado en la falda de Santa Claus. Podía estar satisfecha. Había llegado finalmente la hora del almuerzo. Caminé a través del que parecía un infinito corredor en el inmenso vestíbulo del almacén, tomando mi paseo diario admirando las vitrinas, mirando todas las cosas que me encantaría tener, pero a las que nunca podría acceder.

Mis padres murieron hace tiempo y mi hermano no ha vuelto a hablar más conmigo, así que en realidad no tengo a quien comprar regalos. Tal vez podría comprarme algo este año. Por lo menos mi árbol ya tiene un paquete bajo él, un regalo para mi gato psicópata, Sabor.

Miré a través de una gran vitrina de un nuevo almacén, que se había instalado justo antes de la víspera de Todos los Santos. Seguramente este almacén estará abierto todo el año con decoraciones especializadas en las diferentes fiestas. Cualquier cosa que vaya desde aterradoras máscaras y sangre falsa hasta adornos de árboles navideños e inclusive cornucopias del Día de Acción de Gracias.

Vi mi reflejo en el cristal limpio del almacén y tuve que reírme de mi imagen con aquel bonete, el chaleco verde adornado con pequeñas campanitas doradas que anunciaban mi presencia, y el ajustado buzo rojo bajo éste, luego llegué con la mirada a los verdes pantalones de terciopelo que me llegaban hasta las rodillas. Las mallas de franjas rojas y blancas que terminaban en unos ridículos zapatos puntiagudos rojos, con una campanita en cada una de sus puntas.

Alcé la mirada y me quedé paralizada. Revisando unos estantes de graciosos adornos navideños, estaba la mujer más hermosa que jamás había visto. Ella lucía mucho más alta que yo, lo cual no es muy difícil considerando que me quedé en 1.65. Ella tenía el cabello largo y negro, tan brillante y saludable que parecía como si se lo hubiese cepillado cientos de veces. Podía ver únicamente su perfil, pero eso era suficiente. Sus rasgos eran fuertes, su mandíbula firme, sus cejas arqueadas sólo lo suficiente para demostrar poder sin darle un aspecto malévolo. Yo me quedé petrificada. Ella estaba quieta con los brazos cruzados sobre el pecho, la correa de su cartera colgando precariamente del hombro más cercano a mí. Su presencia era la de alguien seguro de si mismo, casi petulante. Ella…

¡CRASH, TILÍN, TILÁN, TILÍN!

Fui empujada y justo por un instante pude ver al bribón que atropellándome corría para seguir a toda velocidad por el corredor, empujando a las personas para que se alejaran de su camino.

¡CRASH, TILÍN, TILÁN, TILÍN!

Fui empujada nuevamente y alcancé a ver las espaldas del personal de seguridad del centro comercial que iban en persecución del estúpido chico. De un tirón acomodé mi sombrero en su lugar y miré a la vitrina. Estaba totalmente abochornada, la mujer estaba mirándome fijamente, sus increíbles ojos azules me sonreían, a pesar de que su rostro permanecía estoico, casi como una piedra. Nuestros ojos se encontraron y tuve que mirar para otro lado.

Me dirigí rápidamente por el pasillo, no podía soportar la idea de que ella me viese otra vez con este estúpido disfraz. Como si importara. Primero, ¿por qué iba a estar ella interesada en lo que yo pudiera usar?, y segundo, ella probablemente no sería gay. Dios, ¡que embarazoso! Encontré un baño y me metí en él ya que sentía que por mi cuello subía un rubor que pintaba mi cara de carmesí. Me apoyé en el mostrador y me miré en el gran espejo que estaba sobre la pared, mi sombrero otra vez estaba torcido.

—Maldición. —Lo retiré y pasé los dedos por mi larga cabellera dorada-rojiza, tratando de poner algo de orden en mis mechones. No había forma. El material del sombrero había hecho que mi cabello estuviera cargado de estática. Acomodé nuevamente el bonete en mi cabeza y me dirigí de regreso hacia el torrente de emociones festivas.

HO, HO, HO, HO, HO

Cuando por fin salí de la casa de la locura, me dirigí hacia mi pequeño apartamento con su minúsculo dormitorio y su salita-cocina. Me lancé sobre el sillón verde, de más de treinta años, el cual lo compré por veinte pavos, y cerré mis ojos, apoyé la cabeza en el respaldo. Con un profundo suspiro dejé que mi mente recorriera el día. Inevitablemente, la mujer de la tienda de adornos navideños pasó por mis ojos. ¿Quién era ella? Sé que Nueva York es una ciudad inmensa, pero alguien como ella se quedaría clavada en mi mente, con seguridad.

Abrí los ojos al sentir el frío hocico que tocaba suavemente mi mano. Sabor me estaba mirando a través de sus ojos verde/gris/azulados, moviendo la cola elegantemente en el aire, mientras esperaba que yo le prestara atención.

—Hola, hombrecito. —Comenzó a frotar su cabeza en mi mano y yo le acaricié entre las orejas y los ojos. Ronroneó y de un salto se subió al sofá para acomodarse junto a mí. Miré pensativa a la pared frente a mí, mientras pasaba distraída la mano por la suave piel de mi gato. ¿Qué estoy haciendo aquí?, yo soy del otro lado del país, del estado de Washington o para ser exactos de Seattle. Había decidido aventurarme a salir hace tres años, cuando mis padres murieron en un accidente de aviación.

Soy una escritora, bueno, algo así. Por lo menos eso es lo que quiero ser. En realidad sólo soy Sarah Bronson, duendecillo a medio tiempo, camarera a tiempo completo en un pequeño salón a ocho calles de mi departamento, y escritora extraordinariamente frustrada.

Por naturaleza soy una optimista, pero incluso eso estaba comenzando a fallar. Tengo pocos amigos, y en ocasiones siento que únicamente estoy empujando una rueda sin que ello me lleve a ningún lado. Es una sensación horrible. Miro a mí alrededor, las sombras profundas de la noche pintan todo en tonos grises. Podría fácilmente empaquetar lo que tengo, ponerlo en mi auto y dirigirme a casa. Todavía tengo amigos allá que podrían ayudarme a salir adelante.

Entonces, desde la esquina de mi escritorio, mi enorme ordenador me llamó la atención desde la esquina en que se encontraba el escritorio, encajonado entre una estantería y la pared. Ya tengo una pequeña historia publicada, tal vez pueda seguir en esto. Lleva tiempo y todavía soy joven, con sólo 24. En aquel momento la mujer del centro comercial saltó a mi mente de nuevo, ¿qué pasa con ella? Era increíble. Algo me dice que la voy a volver a ver.

—Claro que lo harás. Trabajas en el centro comercial —murmuré para mi misma mientras me levantaba y estiraba mi cuerpo dolorido. Me quité el estúpido bonete y lo lancé al sillón. Sabor lo olfateó y se fue. Incluso a él no le gusta. Sonreí y comencé a revisar mis patéticos armarios vacíos de la cocina. Odio comprar comida, cualquier cosa menos eso. Es una pérdida de tiempo. Sin encontrar nada interesante, y con un suspiro de resignación, me fui a la cama.

HO, HO, HO, HO, HO

El sol era cegador al salir de mi edificio. Las cinco pulgadas de nieve que habíamos recibido la noche anterior tenían a la ciudad molesta. Miré abajo, hacia los montones de nieve que se habían acumulado contra la cerca que bordeaba la propiedad, su blanco brillante estaba esparcido de lodo y sucio por los autos que pasaban y las manchas amarillentas que periódicamente aparecían cuando algún idiota dejaba a su perro orinar. Suspiré mientras me dirigía hasta mi trabajo en el salón. Al parecer no importa cuan temprano me levante, nunca consigo ver la nieve clara y limpia antes de que la ciudad la tome con ella. Oh, bueno, quizás algún día.

—¡Sarah! Hola chica. ¿Cómo te va?

—Hola, Raquel. Bien, y ¿tú?

—Nada mal, nada mal.

El salón estaba ya lleno a las siete de la mañana. ¿La gente no duerme? Miré alrededor a todos los clientes que estaban apretados en los escasos espacios para sentarse. Fui rápidamente hacia el cuarto de atrás y tomé el delantal de mi pequeño casillero, lo até a mi cintura. Disponiendo de un limitado vestuario, no puedo permitirme el lujo de arruinarlo con la comida grasienta que servimos aquí. Siempre me he admirado de cómo ninguno de nuestros clientes cae fulminado con las arterias obstruidas.

Corrí fuera hacia el mostrador, donde en línea, la gente hambrienta, mal humorada e impaciente me miraba con esperanza, mezclada en sus miradas hambrientas, mal humoradas e impacientes. Tomé una profunda bocanada de aire, agarré la jarra de café y puse una sonrisa en mi cara.

—¿Quién quiere café?

HO, HO, HO, HO, HO

El centro comercial estaba tan abarrotado como el día anterior, quizás más teniendo en cuenta que hoy es sábado. Tan rápido como salí del salón cerca de las seis de la tarde, tomé el metro y apresuradamente llegué acá. Santa Claus estaba ya hasta arriba, mi duende asistente, Marla, quien me reemplaza mientras estoy en mi otro trabajo, parecía aturdida. No era una buena señal.

—Hola Marla. ¿Cómo ha ido esto? —pregunté suavemente mientras pasaba sobre la cuerda roja que marcaba el límite del territorio de Santa Claus de los otros quioscos a nuestro alrededor.

—No tan horrible. Pero el pequeño Bernard regresó hoy. ¿No es suficiente ver a Santa Claus seis veces?

—Creo que está obsesionado, el chico necesita ayuda. —Marla sonrió y puso su mano en mi hombro.

—Buena suerte Sarah. La vas a necesitar.

—Gracias. —Marla me pasó el balde con los minúsculos caramelos y comenzó a salir por entre la multitud de niños ansiosos, hasta que finalmente escapó.

Lo bueno de este trabajo es que, como estás tan ocupada, el tiempo pasa muy, muy rápido. Antes de darme cuenta, ya eran las ocho y era el momento de un descanso. Teníamos exactamente dos horas más antes de poder ir de regreso al Polo Norte para pasar la noche.

—Sarah, ¿vas hasta Arby's? —Miré a Tony.

—Sí, ¿quieres algo?

—Me traes un batido de moka, ¿por favor?

—Claro, regreso enseguida.

—¡Oye, y ésta vez no olvides la pajita! ¡La última vez tuve que estar retirando las barbas postizas de mi boca durante dos días! —me advirtió Tony. Reí y alcé mi mano para indicarle que lo había escuchado mientras salía.

Arby's estaba tan lleno como el resto del centro comercial, había gente por todos lados. Siempre pensé que noches como éstas eran la perfecta oportunidad para un ladrón de hacerla a lo grande. Nadie está en casa, presa fácil.

—Hola. ¿Puedo ayudarla? —Salté sobresaltada, giré mi asustada cara a la joven que estaba detrás del mostrador. Se veía acalorada, cansada y definitivamente irritada conmigo.

—Perdón. Hola. —Le sonreí. Ella se quedó mirándome. Bien, entonces…—. ¿Me da un batido de moka, con una pajita y una…?

—Las pajitas están ahí afuera. —Señaló al mostrador de condimentos detrás de mí.

—Oh, bien. Muchas gracias. Es de gran ayuda. —Estaba haciendo un gran esfuerzo para contener mi voz. Esta pequeña y fastidiosa adolescente me estaba sacando de mis casillas. Todos estábamos cansados, hambrientos, refunfuñones. Quiero decir, diablos, estábamos trabajando en la avalancha de Navidad en un centro comercial, ¿verdad? Todos éramos suicidas. Deberíamos estar juntos frente a la cara de la locura.

—¿Y? —Me apresuró.

—Y una limonada grande, y sí, eso es todo. —La dejé callada. Comenzó a aplastar las teclas de su máquina registradora. ¡Ja! Yo también puedo jugar duro. Me indicó el total a pagar y saqué mi dinero, saliendo con mi premio fuera del local. Por una bendición de Dios, pude encontrar un sitio donde sentarme, un banco junto a grandes jardineras, que por alguna razón la gente toma por ceniceros.

Saqué la envoltura de la pajita y la inserté en el orificio de la tapa de mi limonada, tomé un tercio de ella en un solo sorbo. Cerré los ojos con alivio y me limpié la boca. Cuando volví a abrirlos nuevamente, por poco me atraganto. ¡Allí estaba ella otra vez! La mujer de la tienda de adornos. Salía de un local de naranjadas, que estaba junto a la puerta de Arby's. Contemplé cómo tomaba un sorbo de su bebida, de repente se giró y se quedó mirándome directamente. Traté de no parecer tan estúpida mientras sonreía. Ella me sonrió. Después, para mi completo horror, comenzó a caminar en mi dirección.

—¿Santa Claus te dio la noche libre? —me preguntó con un pequeño toque de picardía en sus ojos azul cobalto. Me quedé fascinada con ellos.

—No, sólo un descanso.

—Hmm, estoy segura de que lo necesitabas. —Me sonrió nuevamente y luego se alejó. La seguí con la mirada. ¡Ohhhh, Dios! ¿Quién eres? ¿Por qué estás aquí? ¿Quién te envió para atormentarme?

avatar
julia
Admin

Cantidad de envíos : 1632
Personajes favoritos : Bette
Fecha de inscripción : 27/02/2008

http://planetal.forosactivos.com

Volver arriba Ir abajo

Re: El regalo, Kim Pritekel

Mensaje  julia el Diciembre 29th 2010, 11:48 am

Lentamente regresé hacia mi puesto en donde Tony esperaba impacientemente su batido.

—¿Dónde te habías metido? ¡Tenemos que regresar en tres minutos!

—Discúlpame Tony, las filas eran largas. —Le di su bebida y sorbí la mía, mientras mi mente divagaba a lugares donde no debía ir, teniendo en cuenta que en dos minutos y medio debía estar trabajando con niños pequeños.

A menudo me pregunto cuán locos se volverían sus padres si conocieran los pensamientos que pasan por mi cabeza mientras ayudo a sus pequeños a subir a las piernas de Santa. Sonreí, puse mi bebida abajo, fuera de la mirada de los curiosos.

HO, HO, HO, HO, HO

Es domingo, los dioses están sonriendo y yo también, ya que tengo el día libre de mis dos trabajos. ¡Aleluya! Bueno, el domingo es mi único día libre y punto. No me molesté en salir de la cama hasta cerca de las once, y cuando lo hice me quedé frente a la ventana mirando el maravilloso invierno. Durante la noche tuvimos otro gran ataque. La mayoría de la gente con la que me he cruzado, se ha quejado del clima de la costa este, pero viniendo de sólo lluvia, la cual adoro también, aquí estoy en el paraíso. Por lo que digo, bienvenida.

Me bañe, rápidamente, tanto como mi pequeño calentador me lo permite, ya que sólo provee agua caliente para una ducha alrededor de cuatro minutos. Me puse un par de vaqueros desgastados, un grueso y pesado saco y botas de montaña.

Fui hasta la sala/cocina, tomé del refrigerador una botella de Gatorade y me acomodé en el sofá cerca de Sabor a mirar sin pestañar mi casi desnudo árbol de Navidad. El año pasado sólo tuve dinero para comprar uno pequeño de un metro más o menos, por lo que este año mi gigante de 1.80, luce pobremente decorado.

—Tenemos un arbolito triste, ¿eh Sabor? —El gato alzó la cabeza y me miró, luego volvió a dormitar. Con un suspiro me levanté, tomé el abrigo y las llaves. Puse mi billetera en el bolsillo y salí a… se lo imaginan, al centro comercial.

El metro estaba repleto de gente que iba de aquí para allá, con los brazos llenos de paquetes de todo tipo. Quise dejarme llevar por el movimiento del vagón del metro mientras se desplazaba por los oscuros túneles y plataformas rebosantes, para luego salir a la luz del día, sólo para regresar otra vez a los túneles, como si estos lugares fueran donde los trenes se sienten más seguros. Bajé en mi parada y caminé las pocas calles que había hasta el inmenso complejo del centro comercial.

Pasé rápidamente por el puesto de Santa Claus y su impaciente ayudante. Odio restregar en sus rostros el hecho de que yo esté libre, y que no tengo que lidiar con niños llorando, gritando y aquellos que tienen una actitud de niños crecidos. En vez de eso, fui hacia la tienda de adornos. En vista de que Navidad está a la vuelta de la esquina y hay esta nueva tienda que necesita hacer negocio, tal vez tengan algunas buenas ofertas. Además, yo tengo un buen 10% de descuento por ser empleada del centro comercial.

Entrar en la tienda de adornos, era como entrar en un mundo maravilloso para niños. La tienda estaba decorada por completo como si fuese una fábrica de juguetes, con elfos ubicados estratégicamente alrededor de las mesas con juguetes a medio hacer y sus decoraciones. Los elfos estaban moviéndose, sus brazos martillando en el último clavo sobre la madera, o añadiendo el último toque en la sonrisa de un patito amarillo. Un tren largo, con todo, su silbato, humo y su sonido mientras recorría la tienda por sus rieles de madera. Una gran sonrisa se dibujó en mi rostro. Estaba completamente encantada.

Me dirigí hacia una estantería donde estaban colocados cientos de pequeños adornos de cristal. Algunos eran de cristal sencillo, otros eran pintados y tenían diseños dorados o plateados. Sostuve uno en mi mano, alzándolo hacia la luz para poder apreciar sus reflejos sobre los bordes sobresalientes.

—Entonces, Santa Claus sí da tiempo libre a sus duendecillos.

Con el salto de sorpresa que di, el adorno se cayó de mi mano y dio contra el piso con un estruendo. Me giré para verla parada detrás de mí. Ella miró al montoncito de cristal y pintura, una sonrisa apareció en sus labios.

—Ups. —Me miró, nuestros ojos se encontraron. Alzó la vista sobre mi hombro y nuevamente sonrió. Seguí su mirada y vi el pequeño cartel con letras negras que decía: SI LO ROMPE, LO PAGA—. Creo que acabo de comprarme un adorno, ¿verdad?

Las dos nos giramos cuando escuchamos el gruñir irritado de la empleada que estaba a nuestras espaldas, mirando lo que había pasado, con las manos en la cadera.

—Tuvimos un accidente —dijo la mujer de mis sueños.

—Ajá.

—No se preocupe. Lo pagaremos —anunció tratando de tapar el sarcasmo con su tono dulce. La empleada se alejó moviendo la cabeza.

La hermosa mujer regresó a mí. —No quería asustarte.

—Oh, está bien. No es difícil hacerlo.

—¿De verdad? ¿Por qué?

—Oh, bueno, no sé. —Sonreí estúpidamente. Sólo lo dije para tranquilizarla. Ella al parecer se dio cuenta de eso y sonrió.

—Realmente debemos dejar de encontrarnos así. Pero ya que parecemos destinadas a hacerlo, mi nombre es Christian. —Extendió la mano. Miré sus largos dedos, los tomé. Su saludo era fuerte, seguro, como todo acerca de ella.

—Sarah.

—Entonces, ¿es tu día libre?

—Sí, al fin. —Sonreí y dije esto probablemente con un poco más de alivio del que debía. Enarcó la ceja.

—¿Es duro trabajar para Santa Claus? —Rió. Tenía una dentadura notablemente blanca y pareja. Era tan increíble de cerca como había sido de lejos.

—Sí, bueno, no, es sólo todos esos niños. Ellos pueden ser tan exigentes. —Bajó la mirada y seguí su curso. Estaba mirando a nuestras manos que aún estaban agarradas, y que seguían moviéndose arriba y abajo. Alzó a mirarme con una sonrisa.

—Yo diría que la necesito de vuelta.

—¡Oh! —Solté su mano—. Perdón. —"Dios, ¡qué idiota!".

—¿Qué haces en el trabajo, por decir así, en tu día libre?

—Necesito comprar algunos adornos para mi árbol.

—Ah. ¿Entonces ya pusiste tu árbol?

—¡Sí! Lo puse el fin de semana pasado.

—Oh, yo nunca he sido muy de las cosas de Navidad. No tengo ni siquiera un árbol. —Dejó de mirarme y se concentró en las cosas de la tienda. Dios, ¿soy tan aburrida que no puedo lograr que mantenga su atención en mí?

—¿Has comido? —Fui sacada de mis pensamientos de auto-desprecio.

—¿Qué? Oh, no.

—Bien, vamos entonces. —Me sonrió, una sonrisa que podría detener el corazón, desleír el alma, convertirte en pudín. Sin una palabra, la seguí hacia el mostrador en donde puso un billete de cincuenta dólares, ante la mirada perpleja de la empleada—. Por el adorno —dijo dirigiéndose hacia fuera del local.

—Uh, Christian, de ninguna forma ese adorno podía costar tanto. Talvez veinte, pero…

—No te preocupes. Puede quedarse con el cambio para con eso pagar la cuenta del hospital, por el ataque al corazón que tendrá.

HO, HO, HO, HO, HO

Christian escogió un pequeño y tranquilo sitio en el que sirven desde comida italiana hasta mexicana y típica americana.

—¿Has venido aquí antes? —me preguntó, mientras se quitaba su pesada chompa.

—No. —Me fijé que dentro de la chompa llevaba un hermoso saco con fondo negro, y escenas invernales decoradas en tonos azules brillantes, que hacían juego con sus ojos. Sus vaqueros eran costosos y bien entallados. Era asombrosa.

Yo me saqué mi vieja chompa de sempiterno y la coloqué en el respaldo de mi silla. Saqué la billetera para revisar cuanto dinero tenía. No podía imaginarme cómo podría terminar un maravilloso almuerzo con ella, para luego darme cuenta de que no tenía suficiente dinero para pagarlo. Tenía exactamente doce dólares, y mi tarjeta de crédito, Visa.

—¡No! Ésta va por mi cuenta Sarah, no te preocupes —afirmó con una sonrisa casual.

—No, no puedo. Yo tengo dinero, yo…

—Yo invito —insistió de una manera que no me dejó lugar a ninguna argumentación.

—Oh. Bueno, gracias. ¿Pero por qué lo haces?

—¿Y por qué no? —Tomó un menú y me lo pasó.

—¿Tú no necesitas uno? —Movió la cabeza.

—No, vengo aquí a menudo. Sé exactamente qué es lo que voy a pedir. Tú, por otra parte, puedes pedir cualquier cosa que desees. La pasta que sirven aquí está para morirse, o si prefieres comida mexicana, prueba el plato que tiene de todo un poco, en pequeñas cantidades. Realmente maravilloso.

—Está bien. —Sonreí nerviosamente y abrí un gran menú de color café, comencé a revisar sus opciones, que hacían la boca agua. Creo que Christian no tenía ni idea de dónde se había metido. Tengo un apetito voraz. Pero creo que hoy lo mantendré bajo control. Siempre puedo más tarde pararme a la vuelta de la esquina y comer un pequeño bocadillo.

Media hora más tarde yo estaba casi terminando con mi plato de comida mexicana, y Christian todavía estaba jugando con su ensalada de langosta. Sacudió la cabeza admirativamente, sus ojos resplandecían con una sonrisa escondida, ante mi habilidad de comer todo lo que me ponían enfrente.

—¿Sabes? Creo que nunca he visto a una mujer de tu tamaño acabar con el plato entero. Una vez yo lo hice, pero por supuesto fue con la ayuda de mi cita. ¿No comes regularmente?

Gemí para mi misma. Había llegado justo a la conclusión a la que esperaba que no llegara.

—Sí, claro que sí. Es sólo que siempre he tenido un apetito que puede poner a muchos hombres en vergüenza. —Sonreí y después me sonrojé profusamente mientras sentía que algo de la salsa picante rodaba por mi quijada. Enseguida la limpié con la servilleta—. Lo siento.

—No lo hagas. Creo que es absolutamente encantador. —Alcé mis cejas soreprendida. ¿¡Ella piensa que mis maneras de cerdo en la mesa son encantadoras!? ¿De qué habla?

—Entonces —continuó, alejando su plato y sentándose hacia atrás en la silla, cruzando los brazos sobre su pecho—, cuéntame sobre ti, ¿qué haces a parte de tu simpático trabajo?

Mastique rápidamente y traté de tragar un gran trozo de burrito de pollo, pero era demasiado grande y sentí que comenzaba a atrancarme. ¡Dios, mátame ahora mismo, por favor!

La sonrisa de Christian se fue de su rostro y en su lugar apareció una mirada de preocupación.

—¿Estás bien, Sarah? —Asentí con entusiasmo, a pesar de que casi no podía respirar. Ella se levantó de su asiento y vino hasta mi lado. Comenzó a golpear mi espalda, haciendo que mi cara por poco aterrizara en el plato. Pero sentí que el trozo comenzaba a aflojarse y podría tragarlo, a pesar de que parecía que tenía púas, pues iba llevando consigo un pedazo de mi esófago con él. Tosí y traté de aclarar mi garganta—. ¿Estás bien? —repitió, comenzando a masajear mi espalda. Oh sí, puedo acostumbrarme a esto. Una parte de mí quería mantener el drama por un ratito más para que ella siguiera masajeándome, pero estaba demasiado avergonzada por todo el asunto, para hacer nada más que mover mi cabeza afirmativamente.

—Gracias —pude decir finalmente. No podía mirarla a la cara. Nunca querrá tener nada que ver conmigo. Sarah, creaste nuevos estándares para la idiotez. Quería solamente desaparecer bajo la mesa y morir.

—Ahora —dijo Christian, sentándose en su sitio nuevamente. Me estaba mirando completamente divertida, me di cuenta cuando tuve el coraje suficiente para alzarla a ver—. ¿Donde estábamos? Oh sí… Tú. Cuéntame de ti.

Tomé un sorbo de agua, aclaré la garganta y retiré mi plato. Todavía tenía un poquito de hambre, y todavía quedaban algunas delicias en él, pero atrancarme una vez era suficiente por una noche.

—¿Qué es lo que quieres saber?

—Oh, no sé. ¿De dónde eres? ¿Eres nativa de Nueva York?

—No. Soy de una tierra distante llamada Seattle. —Christian se rió de esto.

—He oído hablar de ella. ¿Y por qué tan lejos de casa?

—Hace tres años me mudé para acá, con la esperanza de cimentar mi carrera de escritora.

—Alzó su oscura ceja.

—¿Una escritora? ¿Qué es lo que escribes? —Entré en pánico, ¿cómo puedo decirle que escribo relatos lésbicos? Quiero decir, estaba prácticamente segura en este punto que ella también era lesbiana, pero no tanto como para compartirlo con ella. Opté por ser incierta.

—Bueno, muchas cosas variadas. Todas de ficción, por supuesto. Algo de poesía, pero esa no es mi pasión principal.

—¿Cuál es tu pasión, Sarah? —me preguntó a la vez que tomaba su limonada. Me miró sobre el borde de su vaso.

—Uh, no lo sé —reí y comencé a jugar con el borde del mantel, tomándolo accidentalmente muy fuerte, de modo que lancé un florero vacío que estaba en el centro de la mesa. Christian alcanzó a agarrarlo antes de que golpeara la mesa. Lo enderezó y me miró expectante.

—Estas teniendo un día difícil, ¿verdad? —sonrió.

—Sí, así parece. ¿Te importaría si sólo desaparezco en el tapiz de la pared? —le pregunté. Rió sonoramente. Tenía una hermosa risa, estrepitosa, plena.

—Eres adorable. —Sólo me quedé mirándola, no estaba segura de qué decir, así que no dije nada—. ¿Está tu familia todavía en la madre tierra? —Tomó de su bebida otra vez.

—No. Mis padres murieron hace tres años, y mi hermano y yo no nos hablamos más.

—Oh, Sarah. Eso es espantoso. —Estiró su mano a través de la mesa y tomó la mía, dándole un apretón antes de soltarla—. ¿Qué pasó?

—Un extraño accidente de avión. Mi padre era un piloto experto. Volaba para United durante más de diez años. Tenía una pequeña avioneta, entonces decidió llevar a mi madre a Hawai para su aniversario. En algún lado del camino… —mi voz se cortó. A pesar de que habían pasado todos estos años, no me gustaba hablar de ello más que superficialmente, aún no podía entrar en muchos detalles. Pareció que Christian sintió esto y me sonrió amablemente.

—¿Y tu hermano?

—Oh —respiré, sentí como una pequeña punzada de dolor y culpa en mi corazón. —Bueno, él es diez años mayor que yo, y es religioso. No aprueba cómo vivo mi vida.

—¿De verdad? Eso es malo ¿Entonces el no está de acuerdo con lo de escribir? —preguntó, pero por alguna razón tenía el presentimiento de que ella sabía exactamente de lo que estaba hablando, sólo quería escuchármelo decir.

—Uh, bueno, sí eso, y otras cosas —respondí nerviosamente

—¿Otras cosas?

—Sí, otras cosas. —Me encontré con su mirada retadora. Bueno, por un segundo, ya que enseguida miré a otro lado, de repente atraída por el diseño del tapiz de la pared.

—¿Como qué? —¡Ay! Realmente me va a hacer decirlo. Puedo mentir, supongo.

—Él no está de acuerdo con la gente con la que me rodeo.

—¿Como quiénes? —preguntó otra vez. ¡Lo sabía! Puedo ver el brillo en tus ojos, Christian. Sólo estás jugando conmigo. Yo también decidí jugar.

—Todas las mujeres. —Me encontré con su mirada, enfrentando mi propio reto.

—¿Tantas, Sarah? Estoy impresionada —susurró.

—No —respondí honestamente—, pero ha habido algunas —dije con sinceridad.

—Estoy segura de que sí. ¿Cuándo fue la última vez que lo viste o hablaste con él?

—El día del funeral de mis padres —contesté suavemente. Otra vez sentí esa mano tranquilizadora en mi brazo. Miré sus intensos ojos azules.

—Lo siento, Sarah. —susurró suavemente. Yo sonreí agradecida.

—Yo también. Tengo un sobrino que vi una vez, y una sobrina que nunca he visto.

—¿Cómo lo sabes?

—Todavía tengo algunos amigos en casa. Ellos me mantienen al día.

Christian miró hacia los grandes ventanales que estaban en el frente del lugar, se viró hacia mí con una sonrisa.

—Está nevando.

—¿Te gusta la nieve? —le pregunté, con mi emoción creciendo.

—¡Absolutamente! ¿No les gusta a todos los neoyorkinos?

—No que yo sepa.

—¡Bah, vamos a caminar sobre ella! —Antes de que pudiera responder, Christian ya estaba fuera de su asiento y poniéndose su abrigo—. ¡Vamos! —exclamó tomando de la mesa la cuenta y sacando la billetera de su cartera. Pagó y me dirigió hacia fuera en lo que ya era bastante tarde. Respiró profundamente, cerró los ojos y una sonrisa se formó en sus labios.

—Huele eso —dijo inspirando.

Hice lo mismo. —¿Qué, el humo del combustible de los taxis? —Me quedé mirándola, con el ceño fruncido.

—No. —Me miró nuevamente y golpeó con suavidad mi brazo—. La nieve, el olor del frío.

Respiré profundamente de nuevo, ella tenía razón. Una vez que tu nariz ha aislado el olor del humo, sulfuro y hollín de los autos, la nieve huele maravillosa.

—Ven. —Sonrió y comenzó a caminar por la acera, con los brazos extendidos, con las manos enguantadas tomando los copos de nieve en ellas, rápidamente convirtiendo a sus guantes de cuero negros en grises, luego blancos. La seguí, moviendo mi cabeza con admiración. Esta mujer es tan asombrosa. Quién se hubiese imaginado que pudiera tener un lado tan infantil tras aquel duro y formidable exterior. Se paró de repente, casi causando que chocara contra ella. Se giró, sus ojos brillaban con la idea que tenía—. Vamos a mi casa, tengo un patio inmenso, lleno de nieve, nieve virgen. ¡Podemos hacer un muñeco de nieve! —Tan sólo me quedé mirándola.

avatar
julia
Admin

Cantidad de envíos : 1632
Personajes favoritos : Bette
Fecha de inscripción : 27/02/2008

http://planetal.forosactivos.com

Volver arriba Ir abajo

Re: El regalo, Kim Pritekel

Mensaje  julia el Enero 1st 2011, 4:16 pm

—¿Uh, un muñeco de nieve?

—¡Sí, vamos!

—¡Espera…! —Traté de protestar, pero me tomó por la mano y me dio un tirón, llevándome hacia el restaurante, donde estaba su Jeep.

Las calles estaban llenas, pero Christian maniobraba su auto negro y gris de forma casual, como una verdadera nativa de Nueva York. Mientras nos dirigíamos a su casa, comencé a darme cuenta de que no sabía absolutamente nada de esta mujer. ¿De dónde era, qué hacía? Nada.

—¿Christian?

—¿Hmm? —murmuró distraídamente, ya que su atención estaba en las calles heladas.

—No me has dicho nada acerca de ti.

—Pregunta. —Devolvió su mirada sobre su hombro, para escurrirse por entre un escarabajo VW y un gran camión de Pepsi.

—Bueno —comencé, mis dedos agarrándose fuertemente a la manilla de la puerta, mientras miraba por el espejo como el camión se acercaba más y más—. ¿Eres de aquí?

—No. Nací en Grecia. Mi padre estaba en el ejército, y vivíamos alrededor del mundo, hasta que me gradué en Inglaterra y decidí que quería ir a la Universidad en los Estados Unidos. —Miró hacia atrás y se colocó en nuestro carril original.

—¿A qué te dedicas?

—Soy corredora de Bolsa.

—¿De verdad? —le pregunté interesada—. ¿Como Michael Douglas en la película 'Wall Street', ese tipo de corredor? —Christian sonrió.

—Sí, como ése. Pero no tan delincuente.

—Bueno, entonces creo que estás en el lugar correcto para tu trabajo —afirmé todavía impresionada.

—Me ha llevado mucho tiempo llegar a donde estoy ahora.

—¿Qué edad tienes, Christian? —Me miró y sonrió—. ¿Eh?

—Me gusta cómo lo dices.

—¿El qué?

—Mi nombre. Me gusta como lo dices. Y cumpliré treinta el próximo mes. —Puso el intermitente y giró a la izquierda en la siguiente calle. Me quedé mirando intimidada. Estábamos entrando en territorio de ricos. Demasiado ricos para mi gusto—. ¿Y qué hay de ti, Sarah?

—Encontró mi mirada, y enarcó su ceja interrogándome con ella.

—Yo tengo veinticuatro. —Sonrió y giró nuevamente.

—Veinticuatro. Ésa es una buena edad.

—¡Es una edad un tanto confusa! —exclamé—. Quiero ya tener treinta, y ahí parar.

—¿Por qué treinta?

Sonreí. —Porque a esa edad la gente te toma en serio. Ahora todavía me miran como una niñita. Puede ser realmente frustrante algunas veces. —Christian puso su mano sobre la mía que estaba en el asiento.

—No quieras botar tu vida, Sarah. Ya tendrás tiempo. Fíjate, éste es el momento en el que se supone que puedes cometer errores. Cuando tienes treinta, ya no te está permitido hacerlos más. —Quitó el calor de su mano sobre la mía, poniéndola nuevamente en el volante. Giró a la derecha, luego otra vez y entramos en un largo camino para terminar en un círculo frente a una gran casa de ladrillos de dos pisos.

—¿Es ésta tu casa? —pregunté, con voz llena de admiración y temor.

—Hogar, dulce hogar. —Apagó el auto y se sacó el cinturón. Miré a la inmensa estructura con ventanas enmarcadas con cortinas de un verde oscuro y la puerta delantera con sus diseños en vidrio labrado. Hermosa.

—¡Uau! —Respiré—. Creo que puedes meter todo mi apartamento en tu baño. —Christian rió.

—Ven. Toda la nieve nos está esperando.

Ni siquiera entramos, pasamos por una entrada lateral hacia atrás, a un inmenso patio. Un blanco y maravilloso mundo, como lo había dicho ella, lleno de nieve virgen. No había pisadas, ni marcas amarillentas, ni el sucio de la ciudad que interrumpieran su perfección.

—¡Uau! —Fue lo único que pude decir. Christian me sonreía.

—Sabía que te gustaría. —Lo siguiente que supe fue que había sido golpeada por una bola de nieve en la cara—. ¡Te alcancé! —gritó. Me viré y agarré también un puñado de nieve, la hice bola compactándola bien, mientras Christian comenzaba a escapar de mí—. Oye, sabes que todavía tenemos que hacer ese muñeco de nieve, Sarah. Es mejor que comencemos antes de que se ponga demasiado obscuro… —¡PLAS!, justo en la boca. Casi me caigo de la risa—. ¿Entonces, quieres jugar rudo, eh? —Christian se limpió la nieve resbaladiza de la cara, y la carrera comenzó. Escapé sabiendo que debía conseguir ventaja, teniendo en cuenta nuestra diferencia de estatura. Grité al escuchar que comenzaba a seguirme enseguida.

—¡No, lo siento, lo siento! —De repente fui empujada desde atrás, y caí de cara contra el polvo—. ¡Ah! —exclamé mientras escupía la nieve de mi boca.

—¿Cuánto lo sientes? —exhaló en mi oído. Cerré los ojos al tiempo que un escalofrío me recorría. "¿Realmente lo siento?", pensé—. ¿Qué vas a hacer para que te disculpe?

—Tú comenzaste —me disculpé con la voz débil por el frío, el peso en mi espalda y por estar completa y absolutamente excitada. Se rió en mi oído, causándome otro escalofrío.

—Y pienso terminarlo. —Sentí que mi cuerpo era alzado como el de una muñeca de trapo y colocado sobre mi espalda. Miré y vi a Christian sobre mi cuerpo, con las rodillas en cada uno de los lados de mi cadera, sus manos a los lados de mis hombros. Me miraba fijamente a los ojos, su cálido aliento salía en pequeñas nubecillas. Podía leer su expresión—. ¿Sarah? —susurró.

—¿Si? —susurré también.

—Aquel día cuando te vi parada fuera de la vitrina del local, con aquel encantador disfraz de un pequeño duende… —sonrió y yo también.

—Si.

—Te deseé desde ese día. Alcé la mirada, te vi por un segundo y luego te habías ido.

—Estaba avergonzada, ¿sabes?, me empujó ese muchachito, después los guardias de seguridad, luego ese estúpido disfraz, con todas las campanitas, y mi sombrero casi cayéndose otra vez… —Sabía que estaba balbuceando, pero no podía quitar los ojos de sus labios y eso me ponía nerviosa. Luego esos labios comenzaron a descender hasta que los sentí suavemente apoyarse en los míos, cortándome en mitad de la frase. Alcé mis manos y acerqué su cabeza aún más. Sentí su boca abrirse, su lengua pasar por mis labios, buscando entrada, la cual inmediatamente le di.

—Sarah. —Respiró en mi boca. Sentí una de sus manos acariciar mi pelo mientras la otra se mantenía a un lado de mi cara. Bajé mi mano por todo lo largo de su espalda, presionando suavemente hasta que ella lo entendiera y se pusiera completamente sobre mí. Un escalofrío recorrió mi cuerpo ya que con el peso extra sobre mí, me hundí un poco más en la fría nieve.

Christian terminó el beso, llevó sus labios a mi mandíbula y a mi cuello. Levanté la cara para darle más acceso, tenía mis ojos cerrados. Luego volvió trazando su camino hasta mi boca.

—Vamos adentro —jadeó.

HO, HO, HO, HO, HO

La casa de Christian era tan increíble dentro como fuera. Pisos de madera, brillantes con hermosas alfombras orientales, bajo un mobiliario antiguo.

Como me había dicho, realmente no tenía ni el más pequeño adorno de Navidad en ningún lugar.

Su dormitorio no era diferente al resto de la casa. Era inmenso, y como pieza principal, en el centro estaba su gigantesca cama, hermosamente antigua. En uno de los costados tenía una ventana grande en cuyo borde había colocado varios cojines de colores para sentarse. Hacia el otro lado había un baño completo, con una tina inmensa y su ducha separada. Otros muebles del mismo estilo adornaban la habitación.

Christian me dirigió hacia su cama y se paró justo junto a ella. Me abrazó por la cintura, acercándome a ella. Recorrí con mis manos su espalda hasta llegar a su cuello. Podía sentir el calor de su cuerpo, casi quemándome por donde pasaba. Movió sus manos por mi espalda, deteniéndose al llegar al dobladillo de mi sudorosa camisa. Me miró profundamente a los ojos por un momento, quizá esperando que le diera el sí. En respuesta atraje su cabeza a mí, y la besé suavemente, con ternura y luego apasionadamente. Christian gimió, luego sentí sus cálidas manos subir dentro de mi camisa, acariciando la piel de mi espalda.

—Tan suave —jadeó. Sus manos recorrieron mi columna, trazando su curva hasta llegar a la cerradura de mi brazziere, luego sus dedos zafaron el gancho, liberándome. Los dos bordes cayeron sin uso en mi espalda y por mis costados. Tuve un suave escalofrío cuando sentí que el frente también se caía, el frío de la habitación rozaba mis senos desnudos.

—¿Me deseas? —me preguntó rozando mi boca.

—Sí. —Suavemente me empujó sobre la cama.

HO, HO, HO, HO, HO

Estaba de pie en mi puesto usual de los miércoles por la noche, junto a Santa. Miraba la multitud de caras, padres nerviosos, niños excitados, adolescentes aburridos. Pero no estaba Christian. Habían pasado casi dos semanas desde la última vez que la vi. Nada desde aquella increíble noche que pasamos juntas.

Durante días esperé su llamada, o que se apareciese inesperadamente en uno de mis trabajos, o a mi apartamento. No. No escuché ni una palabra de ella.

—¡Senodita, oiga, senodita!

—¿Qué? —grité hacia la pequeña mano que estaba tirando de mi chaleco. Inmediatamente me arrepentí de mi tono duro de voz. La pequeña niña con mejillas rosadas me estaba viendo con sorpresa y temor, reflejados en sus ojos azul claro. Los ojos como los de Christian— ¿Si? —forzando mi tono para que fuera dulce, aunque yo quería sacar a tirones el sombrerito con dibujos de nieve de la cabeza de la pequeña y destrozarlo.

—¿Ez mi tudno de id a ved a laz?

Ohh, mi resolución se deslió y me arrodillé frente a esta adorable niñita.

—¿Cuál es tú nombre dulzura? —le pregunté.

—Sada.

—¿Sarah?

—Ajá. —Contestó con un dramático movimiento de su cabecita. Sonreí.

—¡Qué nombre tan lindo! —Me miró orgullosa.

—¡Ho, Ho, Ho! —Ésa es mi señal.

—Esta bien, Sarah. Es tu turno.

El resto de la noche pasó con mi mente perdida en las diferentes posibilidades de por qué no había sabido nada de Christian. Tal vez salió de la ciudad. Sí, claro. No he escuchado de muchos agentes de bolsa viajeros. ¿Tal vez está en algún hospital?, plausible sino fuera que ya los revisaste todos. Tal vez y sólo tal vez, tú no le gustas para nada. Sólo te usó.

—¡No puede ser! —grité a mi departamento vacío. Sabor me miró fijamente, como si yo hubiese perdido la razón. Demonios, sí he perdido la razón, he llamado a su casa cuatro veces y he dejado mensaje sólo dos. Pero ella probablemente tiene identificador de llamadas, por lo que ahora pensará que la estoy acechando. Incluso llegué a tomar un taxi y pasé por su casa. No había luces prendidas, por lo que no me molesté en detenerme. Treinta pavos, ¿para qué? Yo estaba al borde de la ofuscación y completamente deprimida.

Realmente Christian me gustaba. No sé en verdad el motivo, bueno, quiero decir… ya sé que ella es increíblemente bella, tiene un magnífico trabajo, una casa absolutamente espectacular, y el hecho de que es buena, de verdad buena en la cama, pero va más allá de todo eso. Hay algo que no puedo negar. Me está destrozando. Siento como si finalmente hubiera encontrado lo que estaba buscando y ahora sencillamente me fuera arrebatado.

HO, HO, HO, HO, HO

Dos semanas más tarde, me quitaba el delantal con premura, más que lista para irme a casa después de un día increíblemente largo, doce horas en el restaurante. Raquel llamó para avisar de que se encontraba enferma, entonces Ronnie, el dueño, me pidió que me quedara una hora más. ¡Sí, claro! Luego llegó la hora de gran demanda y tuve que decir que estaba enferma en el centro comercial. ¡Dios, no puedo esperar más a que Navidad se acabe! Ésta se está convirtiendo rápidamente en una de mis peores.

—Oye, gracias por tu ayuda Sarah. Lo aprecio de verdad.

—No hay problema, Ronnie. Te veo mañana —murmuré mientras salía apresuradamente del salón, que ya comenzaba a llenarse de nuevo. Abrí la puerta de cristal mientras buscaba mis guantes en los bolsillos. Era otra noche fría en Nueva York.

—Te extrañamos en el Polo Norte.

Alcé la cabeza, y mis ojos se estrecharon al encontrarse con dos esferas azul cobalto.

—Sí claro, seguro que lo hiciste —dije, y me sorprendí de cuan dura sonó mi voz. Nunca fui capaz de decir a la gente exactamente lo que sentía, o pensaba. Mi tono de voz tomó por sorpresa a Christian tanto como a mí.

—Lo siento —se disculpó mientras yo pasaba a su lado.

—¿Qué parte? —le pregunté. Continué caminando con cuidado por la superficie resbaladiza por el hielo.

—¿Qué quieres decir con qué parte? —inquirió, caminando junto a mí.

—Quiero decir —dije y la miré—, ¿qué parte, la parte en que me usaste? ¿La parte en la que no devolviste ninguna de mis llamadas? ¡La parte en la que me hiciste sentir como una maldita tonta! —Ahora estaba realmente furiosa, comencé a caminar más rápido.

—Espérame Sarah. Por favor, ¿podemos por lo menos hablar de esto?

—¡No! —me giré. —¡No, nosotras…! —Sentí como mis pies comenzaran a resbalar y mis piernas trataran con todas sus fuerzas de adherirse salvajemente a cualquier superficie que encontraran en la gruesa capa de hielo. ¡RAS!, justo en los brazos de Christian. Me sostuvo, casi perdiendo el equilibrio ella también.

—¿Cómo estás? —Sonrió al mismo tiempo que miraba mi cuerpo torcido. Sentí su cuerpo cálido a mi costado, sus brazos a mi alrededor. Tragué fuerte y la miré.

—Estoy bien. Gracias por evitar que cayera —dije suavemente al irme zafando despacio de sus brazos. Quería llorar, me sentía tan estúpida. Me separé y una vez más estuve de pie—. Tengo que irme. Es tarde y estoy cansada. —De nuevo empecé a caminar en la dirección de mi edificio.

—Sarah, espera. Déjame llevarte hasta tu casa. —Me sujetó del brazo para detenerme—. ¿Por favor? —Miré a la oscura calle, con el aliento formando nubecillas de vapor. Era una fría noche en Nueva York— Está bien —dije.

Christian se mantuvo en silencio durante el corto viaje de ocho calles hasta mi casa, su mirada clavada al frente.

—¿Por qué viniste esta noche? —le pregunté finalmente.

—Porque —se giró para mirarme—, quería hablar contigo, explicarte.

—Oh, es aquí. —Christian paró el Jeep en frente de mi edificio. Miró hacia arriba a través de la ventana del pasajero.

—Bonito sitio —dijo

—Sí, por fuera. —Sonrió. Yo abrí la puerta y salí—. ¿Sarah?

—¿Si? —me volví a mirarla, mi mano se mantenía en la puerta, lista para cerrarla, sacando a Christian de mi vista y posiblemente de mi vida.

—Todavía quiero hablar. Fui a buscarte al salón para preguntarte si querías cenar conmigo el viernes.

—¿Viernes?, es la noche de Navidad —afirmé frunciendo las cejas.

—Sí, ¿tienes planes?

—Bueno, realmente no sé. Puede que yo… —me corté, esto es ridículo. Tratemos de actuar como adultas, ¿vale? —No, no tengo nada —sonrió.

—Bien. Yo tampoco. Como te había dicho, no soy una persona navideña. ¿Qué tal si te recojo a las siete?

—Está bien. Te veo entonces.

Los siguientes días los pasé tratando de entender qué es lo que Christian quería de mí. Nunca antes en mi vida había estado en esta disyuntiva. Una parte de mí estaba herida por lo que me hizo, mientras otra quería estar con ella más que nada en el mundo.

Finalmente llegó el viernes. Decidí esperarla fuera, no quería que viera mi minúsculo apartamento. Para mi sorpresa el Jeep negro ya estaba allí. Se sorprendió cuando abrí la puerta.

—Estaba buscando en mi cartera a ver si había anotado en algún sitio el número de tu apartamento. Iba a ir arriba a recogerte. —Una pequeña traza de desilusión se notó en su voz.

—Oh, pensé que sería más fácil encontrarte aquí abajo.

Christian se inclinó en su asiento y me sorprendió con un suave beso. La miré, no segura de qué decir, o pensar.

—Te extrañé —susurró, mirándome a los ojos.

—Yo también te extrañé —admití. Ella sonrió y prendió el auto.

Llegamos a su casa y aparcó. Con una sonrisa de seguridad, abrió la puerta y caminó alrededor hacia mi lado para encontrarme mientras yo cerraba mi puerta. Sin una palabra me tomó de la mano y me guió hasta la entrada principal. Miré a las ventanas que daban a la calle. Todas estaban a oscuras. Extraño.

Cuando llegamos a la puerta, Christian se detuvo y se giró hacia mí.

—Cierra los ojos —pidió suavemente. La miré por un instante, no sabía qué hacer. Ella me sonreía como una pequeña. La niñita en la línea de Santa Claus vino a mi mente, sonreí y cerré los ojos. Escuché la pesada puerta abrirse y el calor llegó a mi cara, así como los maravillosos olores de pan apenas horneado, pavo, y de fuego en la chimenea—. Cuidado con el siguiente paso —me avisó Christian al oído, mientras me guiaba. Di un paso y entre en la casa. Una vez más ella me tomó de la mano y caminamos por lo que yo sabía era el gran vestíbulo, y dentro de lo que calculé era la sala—. Bueno Sarah, abre esos hermosos ojos verdes.

Mi respiración se cortó al ver las maravillas frente a mí. Un inmenso árbol estaba en el centro de la sala, con cientos de luces, adornos de todo tipo, pequeños angelitos dorados y plateados colocados en él. Cantidades de regalos hermosamente empacados alrededor de la base del árbol. La única luz en la sala, era la del árbol y la de la chimenea de la esquina.

—¿Y bien? —Christian me preguntó, con preocupación en su voz.

—Estoy sin palabra. —Respiré—. Es hermoso.

—Así es la mujer que lo inspiró. —Christian me giró para verla directamente—. Sarah, la razón por la cual no me gusta, o debería decir no me gustaba la Navidad, era porque no tenía nadie con quien compartirla. Ninguna persona especial a la cual dar algo, nadie a quien amar. Hasta que llegaste tú. —Yo sólo la estaba mirando, mi mente y mi corazón estaban dentro de un remolino. ¿Estaba ella diciendo esto de verdad?—. Sé que esto suena raro. Ciertamente lo que tuvimos fue de un solo día. No lo puedo explicar. —Miró a otro lado, como tratando de encontrar las palabras correctas. Regresó su mirada a mí—. Tú me cambiaste Sarah. ¿Tiene esto sentido?

—Sí —susurré. Ella sonrió dándome ánimos.

—Verás, el motivo por el cual me mantuve alejada fue porque al principio sí te estaba usando. Tenías razón. Eres hermosa, joven y muy divertida. La conquista perfecta. Pero al pasar los días, no dejabas mi mente. Te seguía mirando en mis brazos, en mi cama y en mi vida, Sarah. Comencé a sentir que te estaba necesitando. Como si… como si… —Tragó—. ¿Te sonaría descabellado si te dijera que creo que me estoy enamorando de ti?

—No. Siento lo mismo. Desde el primer día que te vi a través de aquella vidriera. —Christian acarició mi cara, suavemente, llena de amor.

—Sí. Yo también. Sarah, tú eres un regalo para mí. ¿Podrías por favor perdonarme? ¿Perdonarme por haber sido tan estúpida?

Puse la mano sobre la de Christian que estaba en mi mejilla y besé su palma.

—Sí, Christian. Te perdono. Tú eres también un regalo para mí. Te amo.

—Te amo. —Christian me acercó a ella para darme un beso abrasador que nos dejó a las dos sin aliento—. Feliz Navidad, Sarah.

—Feliz Navidad, Christian.

FIN

avatar
julia
Admin

Cantidad de envíos : 1632
Personajes favoritos : Bette
Fecha de inscripción : 27/02/2008

http://planetal.forosactivos.com

Volver arriba Ir abajo

Re: El regalo, Kim Pritekel

Mensaje  Contenido patrocinado


Contenido patrocinado


Volver arriba Ir abajo

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba

- Temas similares

 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.