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Rosa Chicle, de Gatzara

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Rosa Chicle, de Gatzara

Mensaje  julia el Diciembre 20th 2009, 12:55 am

Rosa Chicle

Autora: Gatzara

Irma siempre vestía de verde esmeralda, desde que viera aquella película en la que Shirley McLaine interpretaba a una pizpireta prostituta que se llamaba igual que ella. Me refiero, por supuesto, a "Irma la Dulce". Pero nuestra Irma tenía poco de dulce, y mucho de huraña y malhumorada. Sin embargo, al igual que ella, también fumaba sin cesar, fumaba como si se le fuera la vida en ello, un cigarrillo tras otro, con tan sólo 15 años. Un feo y nocivo hábito que había adquirido de su madre, una ex-enfermera alcohólica, que en un tiempo fue una mujer preciosa, hasta que su marido le cruzó la cara con una navaja en un ataque de celos.

Desde aquel incidente, su rostro y su boca quedaron completamente desfigurados, y a su eterno gesto de autocompasión le acompañaba ahora una extraña sonrisa cínica, con un borde hacia arriba y el otro hacia abajo, como si se tratase de una máscara tragicómica. Aunque más que una sonrisa era una mueca de amargura.

Al poco tiempo, él las abandonó y se marchó con una camarera veinte años más joven y con un cutis libre de cicatrices. Dicen que el hombre acaba destruyendo aquello que ama, y eso fue lo que aprendió Irma, al menos en boca de su madre, que no dejaba de repetirle una y otra vez:

- Los hombres son egoístas, son criaturas del Infierno, Irma. Cogen de ti lo que quieren, y una vez lo tienen, si no lo pueden hacer suyo te acaban rompiendo la vida. Además, huelen mal. - Y acto seguido se encendía otro pitillo y se servía una copa de vodka que apuraba en dos tragos.

A pesar de que el odio hacia ella la consumía por dentro, Irma siempre creyó los consejos de su madre a pies juntillas, aunque nunca dejara de considerarla una perdedora chiflada y una derrotista. Y al igual que a ella, le desagradaba hasta la náusea el olor de los hombres.

Lo sabía porque empezó a acostarse con ellos a los trece años. Porque la buscaban, y no sabía decir que no, porque era guapa y tenía miedo, tenía hambre de cariño y tenía también hambre de padre. Y aquel ejercicio extenuante de sudor, abrazos y mordiscos era el sucedáneo más parecido al amor que ella había conocido hasta entonces.

Después comenzó a entregar su cuerpo a cambio de cosas, sobre todo cigarrillos, o un paseo en moto, un vestido nuevo, y más tarde por dinero. Irma aprendió que el sexo era una moneda de cambio, y un modo de manipular a los chicos a su antojo, pero siempre se acordaba de las palabras de su madre y nunca dejó que tomaran más de lo que ella ofrecía y estaba dispuesta a dar.

Lo que para algunas significa mucho, para ella significaba más bien poco. Su actitud ante el sexo era totalmente fría y pasiva, y era innegable que eso a muchos les gustaba.

Se tumbaba y se abría de piernas, como si aquello se tratara de un último acto sacrificial, y dejaba que los chicos la bombeasen una y otra vez, entre gruñidos sordos, y sumisa y callada como una muñeca, permitía que la ensuciaran de saliva y otros fluidos y que le estrujasen los muslos y los brazos hasta dejarle el cuerpo lleno de pequeñas marcas, de dientes, de pellizcos...

Por eso siempre estaba llena de moratones, no tanto porque tuviera la piel tan blanca y delicada que parecía translúcida, sino por el ansia con que la sacudían para hacerle el amor. Si es que a aquel intercambio de gemidos y lametazos se le podía llamar así. Lo cierto es que algún que otro incauto acababa enamorándose de ella, fascinado por ese aire de mujer fatal o de presa fácil, algunos llevados por el morbo insano, y otros por puro paternalismo. Pero era entonces cuando ella, movida por la vanidad, el orgullo y el resentimiento, se mostraba cruel y desdeñosa, correspondiéndoles con el mayor de los desprecios. A simple vista podría parecer que era una arpía sin sentimientos, pero no era así.

Irma estaba enamorada de Rosa, una chica de su clase. Se sentaba dos filas detrás de ella y la contemplaba ensimismada mientras la escuchaba mascar chicle de fresa como una auténtica idiota, lo cual le parecía, por otra parte, tremendamente erótico... Rosa era menuda y rubia, introvertida y algo tonta, o mejor dicho, era absolutamente boba, lo que le daba un aire taciturno y melancólico no exento de cierto misterio. Apenas hablaba, y toda su conversación se reducía a tímidos monosílabos. No hacía otra cosa que atusarse los rizos y mascar chicle, y todo en ella olía a fresa y vainilla. Su piel, su pelo, sus vestidos, sus libretas... Para Irma aquellos efluvios eran celestiales, y en cuanto tuvo ocasión, le robó el pañuelo que llevaba atado al cuello para poder respirar su olor mientras dormía, pensando en ella.
Sin embargo, a Irma le parecía que los chicos olían a madera vieja, a tabaco, a óxido, a lejía, a tierra húmeda y, en el mejor de los casos, a clorofila. Porque los chicos nunca mascaban chicles de fresa, eso sería de maricas.

Rosa, a pesar de ser tremendamente torpe en muchas lindes, hacía gala de una gran habilidad y destreza con las gomas de mascar, conseguía unas pompas enormes, perfectamente redondas y rosadas, e Irma, en sus fantasías más lúbricas, imaginaba que las nalgas de ella debían ser también como dos delicadas pompas de chicle, y se preguntaba si reventarían de un par de cachetadas... No en cambio las suyas, que se habían hecho fuertes y duras a base de magreos, golpes y embestidas.

Continuará
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Re: Rosa Chicle, de Gatzara

Mensaje  Invitado el Diciembre 20th 2009, 2:44 pm

me encanta julia, esperando la continuacion

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Re: Rosa Chicle, de Gatzara

Mensaje  julia el Diciembre 21st 2009, 1:37 pm

Cuando hacía explotar aquellas enormes burbujas, Irma no podía dejar de acordarse de esa canción de Nancy Sinatra con la que vio por primera vez bailar y abrazarse a sus padres en el salón, embriagados y a medio desvestir. Fue la primera, la única y la última vez que los viera felices, aunque por la manera desesperada que él tenía de agarrarla, más bien pareciera que la quisiera estrujar hasta robarle el aliento.

"Bang bang, you shoot me down.
Bang bang, I hit the ground.
Bang bang, that awful sound.
Bang bang, my baby shot me down."

Irma comenzó a acercarse a Rosa; al fin y al cabo, ninguna de las dos tenía muchas amigas, por no decir ninguna. Rosa, porque era tan insultantemente hermosa que resultaba amenazadora, Irma, porque a los ojos de las demás era una chica fácil, una guarra.
Paseaban por las inmediaciones del río y se tumbaban al Sol, a acariciarse el pelo la una a la otra sin hablar demasiado ni hacerse grandes confidencias. Y era mejor así.
Rosa provenía de una familia bien, era hija de un matrimonio bien avenido, e Irma no hubiera querido quebrar su inocencia con el relato sórdido de su doble vida.

Pero una tarde, Irma encontró a Rosa más rara y callada de lo habitual, y recordó que durante toda la hora del recreo la había estado evitando, y que en vez de buscarla en la verja trasera se había sentado con tres o cuatro chicas que no hacían otra cosa que reírse e intrigar mientras la miraban, susurrándose cosas al oído.

- No quiero que sigamos siendo amigas, Irma. Ya me han contado que tu madre es una borracha, y que tú eres una puta.

No sólo le desconcertó oírla por primera vez decir dos frases seguidas, sino que el mundo se le desmoronó en aquel momento en que los virginales labios de Rosa pronunciaron la palabra "puta". Y no es que fuese la primera vez que la llamaban así, muy al contrario, había escuchado ese calificativo miles de veces, de boca de los hombres, de las compañeras, hasta de su propia madre... Pero aquella palabra brotando de boca de Rosa sonaba realmente sucia, abominable, verdaderamente hiriente, como dos puñaladas a traición en el pecho...

PU-TA, como dos golpes de martillo, uno en cada sien.
PU-TA.
PU-TA.

Se dio la vuelta tapándose los oídos y salió corriendo hacia su casa. Encontró a su madre beoda perdida y medio desnuda sobre el sofá, que apestaba a orines de gato. Agarró la botella de vodka y se encerró en el cuarto a beber, entre hipidos y sollozos. Era la primera vez que lloraba, y sería la última.

A la mañana siguiente no fue al instituto, ni a la otra, ni a la otra, ni a la otra... Hasta que un día llamaron a la puerta con gran insistencia. Era Rosa, mascando chicle, bañada en lágrimas y con el arrepentimiento dibujado en sus ojos, esos ojos vacíos y estúpidos, y sin embargo tan azules y grandes que uno podía imaginar que había cualquier cosa dentro de ellos, y con eso bastaba para dotarlos de cierta magia, o cuanto menos, inteligencia.
Sin decir una palabra la abrazó llorando hasta dejarle el jersey lleno de mocos, y el delicioso olor a fresa hizo olvidar a Irma todo lo que había pasado. Subieron al cuarto y se sentaron en la cama.

"Bang bang, I hit the ground..."

Su canción sonaba una y otra vez, y como de costumbre no hablaron gran cosa, mejor así. El amor casi siempre consiste en proyectar tus propias fantasías en la pantalla del otro; mientras menos sepas de él, mientras más calle, mientras más blanca y vacía sea la pantalla, más claramente podrás ver aquello que deseas.
Reían sin parar, mientras hacían pompas de chicle y competían por ver quién hacía la más grande. Rosa empezó a soplar, a soplar, a soplar, despacito... Era una enorme bola rosa, nacarada, suave... Rosa mantenía los ojos entrecerrados, concentrada en su hazaña, la boca entreabierta, tan jugosa que Irma no pudo evitar abalanzarse sobre ella para besarla y... ¡bang!

Sus rostros se fundieron en una amalgama de carne, pestañas, lenguas y chicle, pero aquel pegajoso ósculo tuvo un desenlace trágico. Rosa empezó a ponerse roja, a gesticular entre convulsiones, a toser... del rojo pasó al morado... hasta que dejó de respirar, e Irma, presa de la confusión, nada pudo hacer por ella.
Murió atragantada con su propio chicle.
Una muerte ridícula, pero no exenta de cierta justicia poética.

Irma jamás pudo superar aquella pérdida, dejó las clases en el instituto y siguió con lo suyo, acostándose con hombres a cambio de dinero. Aunque en la mayoría de las ocasiones, lo hacía por puro placer... obligándoles a mascar chicle durante el acto, en una suerte de ritual fetichista en memoria de la difunta.
Y hacía como de costumbre, se tumbaba, abría las piernas, permanecía lánguida y pasiva como una muñeca muerta, pero con una ligera variación. Cerraba los ojos, y el olor a fresa y el incesante chasquido de dientes le evocaban a Rosa, Rosa, Rosa... Sólo de esta manera llegaba al orgasmo, recreándose en el espejismo de amor que precede al coito, y reteniendo el recuerdo de la única persona a la que quiso en la vida y que la llamó puta.

"Bang bang, you shoot me down.
Bang bang, I hit the ground.
Bang bang, that awful sound.
Bang bang, my baby shot me down."

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Re: Rosa Chicle, de Gatzara

Mensaje  Invitado el Diciembre 21st 2009, 3:41 pm

ey muy buena julia, sobre todo el final, esa cancion de nancy sinatra es muy buena, gracias por el aporte

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Re: Rosa Chicle, de Gatzara

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